Género: Desde una perspectiva global
Por Raewyn Connel y Rebecca Pearse
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Género - Raewyn Connel
GÉNERO
DESDE UNA PERSPECTIVA GLOBAL
RAEWYN CONNELL • REBECCA PEARSE
GÉNERO
DESDE UNA PERSPECTIVA GLOBAL
Traducción
Arantxa Grau i Muñoz y Almudena A. Navas Saurin
UNIVERSITAT DE VALÈNCIA
Esta publicación no puede ser reproducida, ni total ni parcialmente,ni registrada en, o transmitida por, un sistema de recuperación de información,de ninguna forma ni por ningún medio, sea fotomecánico, fotoquímico, electrónico, por fotocopia o por cualquier otro, sin el permiso de la editorial. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org)si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.
Título original: Gender. In World Perspective
© Polity Press Ltd., Cambridge, 2015
© Raewyn Connell & Rebecca Pearse, 2015
© Publicacions de la Universitat de València, 2018
© De la traducción: Arantxa Grau i Muñoz y Almudena A. Navas Saurin, 2018
Publicacions de la Universitat de València
http://puv.uv.es
publicacions@uv.es
Corrección y maquetación: Letras y Píxeles, S. L.
Diseño y fotografía de la cubierta: www.FabrikaGrafika.com
ISBN: 978-84-9134-333-2
A la memoria de Pam Benton 1942-1997
She, who had Here so much essentiall joy
As no chance could distract, much lesse destroy;
... she to Heaven is gone,
Who made this world in some proportion
A heaven, and here, became unto us all,
Joy, (as our joyes admit) essentiall.
Ella que tuvo Aquí tanta esencial alegría,
Como ninguna ocurrencia pudo distraer, mucho menos destruir;
... ella al Cielo se ha ido,
Que hizo este mundo en alguna proporción
Un Cielo, y aquí, llegó a ser para nosotros todos,
La alegría (como nuestras alegrías admiten) esencial.
ÍNDICE
Prólogo a la edición en lengua castellana: enmarañadas en el género
La llegada del género
Notas para la lectura del presente libro
Bibliografía
Prefacio
1. La cuestión del género
Percibir el género
Comprendiendo el género
Definiendo el género
Notas sobre las fuentes
2. La investigación de género: cinco ejemplos
Caso 1: El juego de los géneros en la vida escolar
Caso 2: La hombría y las minas
Caso 3: Retorciendo el género
Caso 4: Mujeres, guerra y memoria
Caso 5: Género, marginalidad y bosques
3. Diferencias sexuales y cuerpos generizados
Diferencia reproductiva
Relatos conflictivos de la diferencia
Datos sobre la diferencia: investigación sobre la «similitud sexual»
Corporalización social y arena reproductiva
4. Teóricas del género y teoría de género
Introducción: Raden Adjeng Kartini
La Europa imperial y sus colonias: de Sor Juana Inés de la Cruz a Simone de Beauvoir
De la liberación nacional a la liberación de las mujeres
Queer, poscolonial, del sur y global
5. Relaciones de género y políticas de género
Patrones de género
Las relaciones de género en 4 dimensiones
Poder: directo, discursivo, colonizante
Producción, consumo y acumulación generizada
Catexis: relaciones emocionales
Simbolismo, cultura, discurso
Entretejido e intersección
El cambio en las relaciones de género
Políticas de género
6. El género en la vida personal
Políticas personales
Creciendo de forma generizada: la socialización en el rol sexual y el psicoanálisis
Un relato más ajustado: el aprendizaje corporalizado
Discurso e identidad
La transición, lo transgénero y lo transexual
7. Género y cambio medioambiental
Ecofeminismo: debatiendo sobre la naturaleza de las mujeres
Género, desarrollo y justicia medioambiental
Género y gestión medioambiental
Prosiguiendo la búsqueda de la sostenibilidad feminista
8. Economías, estados y relaciones de género globales
Corporaciones empresariales generizadas
Estados generizados
Las apuestas en las políticas de género
Género en una sociedad global
Políticas de género a escala global
Coda
Referencias
Índice
Prólogo a la edición en lengua castellana: enmarañadas en el género
Raewyn Connell tiene un artículo con un anexo titulado «ser traducida» en el que intenta ponerse en la piel de aquellas que hemos pretendido descodificar sus escritos a otra lengua. Leemos sus páginas y nos reconocemos en ellas porque, efectivamente, tal y como ella aduce en su texto, traducir este libro ha constituido un proceso que podríamos nutrir de muchos significados, todos, menos el de sencillo.
Conocimos a Raewyn y a Rebecca en marzo de 2016, a lo largo de las seis semanas que duró nuestra estancia; Connell dedicó una parte nada desdeñable de su tiempo en cuidarnos. Nos cuidó intelectualmente, nos cuidó emocionalmente, nos cuidó incluso ofreciéndonos su casa cuando tuvimos problemas con el alquiler y nos cuidó depositando su confianza en que podríamos hacer una buena traducción de Gender in a World Perspective. Gender in a World Perspective no era un libro desconocido para nosotras, lo habíamos trabajado mucho antes de nuestro encuentro en Sydney, éramos sabedoras de la potencialidad epistemológica de su propuesta, por eso, intentar traducirlo al castellano como si fueran las autoras quienes lo explicaran ha merecido un tiempo considerable –¡cualquiera diría que solo tiene 240 planas!– de escritura, lectura y reestructura. No podemos sino reivindicar este proceso como un acto de cuidado también, en el que cada metáfora, cada signo de puntuación, cada reiteración ha supuesto para nosotras –estas dos osadas– horas y horas de reflexión y toma de decisiones, en las que, a menudo, las acepciones últimas que nos ofrecía el diccionario eran aquellas que más acorde al significado nos parecían, en las que los guiones, los corchetes y las comillas emergían como retos que superar. La lectura de esta obra en inglés tiene un ritmo y una cadencia –tal vez herencia del amor por la poesía de una de sus autoras– que han necesitado replicarse en esta versión, y hace alusiones a una cosmología cultural que ha merecido su traslación a la nuestra. Todo este compendio de encrucijadas las recoge Connell en su texto, y todas ellas las hemos experimentado nosotras de manera encarnada durante estos meses.
La primera lección que nos proporciona Gender, in a World Perspective –o al menos la que nos ha proporcionado a nosotras– es la de sospechar de esas certezas arrogantes que se perfilan como esquemas de conocimiento de la metrópolis, y que vertemos sin titubear sobre realidades desconocidas. En este libro se habla de género desde una perspectiva global y se hace desde una aproximación atenta a los contextos históricos que perfilan los distintos órdenes de género del planeta.
Lo cierto es que nosotras escribimos y traducimos desde la metrópolis –desde la periferia de la metrópolis, si se nos permite decir– y este posicionamiento situado debe ser puesto encima de la mesa porque, sin lugar a dudas, nuestra traducción también está impregnada de la mirada del Norte y, todavía más, de la arrogancia cultural del Estado español, volcada sobre otros territorios que este país colonizó en otros tiempos. Es precisamente este último hilo discursivo del que queremos estirar en este capítulo introductorio. Los órdenes de género, en tanto estructura social, tal y como veremos en las páginas que siguen, no son atemporales; el ordenamiento vigente de relaciones de género que hoy nos parece incuestionable, incluso irrefutable, tiene una génesis, pero su expansión, su propagación a nivel global, también la tiene: los proyectos colonizadores del mundo autonombrado racional respecto a los territorios –definidos bajo su prisma– salvajes. La estructuración colonial estuvo impregnada de un ordenamiento de género.
Todo el extenso material con el que nutren Connell y Pearse su teoría, no con la voluntad de ejemplificarla –como puede malentenderse– sino con el objetivo, justamente, de asentar sus pilares, todo este contenido, insistimos, opera como evidencia con la que identificar aquellas fracturas, pliegues, desgastes que desdibujan la supuesta solidez del género como estructura social. Pero el desafío que nos plantean las autoras no se adscribe al escrutinio de la alteridad –«los otros, las otras»–, va más allá, con todas esas referencias a trabajos empíricos, las autoras desmontan el andamiaje que afianza el género como categoría universal, y nos ponen a las lectoras y a las investigadoras –si nos dejamos seducir por su lectura– en el precipicio del análisis de los órdenes de género despojadas de esas categorías tan conocidas como son las de «hombre» y «mujer».
En este apartado introductorio hemos optado por hacer visible este ejercicio de equilibrismo enfrentándonos al análisis del encuentro entre un orden de género colonizador (el de la España - potencia colonizadora) y el ordenamiento de género de las sociedades colonizadas. Acometemos el desafío de esta revisión haciendo uso de la propuesta de Connell y Pearse. Nosotras, como dice Gloria Anzaldúa (1987), no nos debemos a los errores de nuestra cultura, pero sí respondemos ante la introyección de estos. Poder escrutar ese proceso de imposición de un orden de género sobre otro, enfrentarse a la violencia colonial y sus jerarquías genéricas, nos coloca en un interrogante epistemológico que es necesario, a nuestro entender, para comprender la importancia y la solidez de la teoría de Connell y Pearse.
LA LLEGADA DEL GÉNERO
La colonialidad del poder que, según Aníbal Quijano (2001), se inicia con el colonialismo hace posible la clasificación social universal de las poblaciones de todo el planeta en términos de la idea de raza. Una premisa básica – aunque no suficiente– para la comprensión del sistema moderno-colonial. Ahora bien, en esta colonialidad del poder, nos dice María Lugones (2008) matizando la teoría de Quijano, el género no juega un papel residual sino, por el contrario, concomitante: «es importante entender hasta qué punto la imposición de este sistema de género fue tanto constitutiva de la colonialidad del poder como la colonialidad del poder fue constitutiva de este sistema de género» (p. 93).
Los feminismos decoloniales, con la intención explícita de superar la mirada postcolonial –la segunda intenta superar la colonialidad, mientras la primera pretende deconstruirla–, se han articulado de reclamo ante voces silenciadas por la producción académica y literaria. Esta subalterización de dichas voces, dice Ochy Curiel (2007), no solo se da por parte de las sociedades y de las ciencias sociales, sino también por el mismo feminismo atravesado por un sesgo universalista y racista. La trayectoria crítica que ha seguido el movimiento feminista latinoamericano no solo ha apuntado a la necesidad de dar cuenta de la especificidad de estas sociedades periféricas, sino sobre todo de poner en cuestionamiento el instrumental con el que se intenta aprehender esa especificidad (Oyarzún, 1992). Se trata de un reclamo que coincide –aunque solo parcialmente– con el que hacen las historiadoras feministas cuando denuncian la parcialidad de una historiografía asentada en los escritos de varones blancos alfabetizados, a quienes les fue encargada la tarea de plasmar la historia de la conquista (Bouvier, 2002). Un instrumental, este también, embebido de una perspectiva colonial que adolece, apunta Suzy Bermúdez (citado en Ramírez, 2006), de tintes androcéntricos y elitistas.
María Lugones (2008) es considerada como una de las analistas más influyentes de la descolonialidad. Lugones ha articulado una potente propuesta que, desde la crítica al feminismo hegemónico, abraza la interseccionalidad de raza/clase/sexualidad/género para dar forma a una herramienta con especificidad histórica que denomina el sistema moderno-colonial de género. Situarse en la perspectiva de Lugones implica una responsabilidad histórica y epistemológica para con el proceso de creación de las categorías de hombre y mujer que fueron impuestas –y todavía hoy no deconstruidas– en tanto que categorías ontológicas atemporales y ahistóricas, y que han sido utilizadas como categorías políticas universalistas por algunos feminismos.
Lugones sitúa esta articulación en el colonialismo. El ejercicio de desenmarañar la impronta colonial en esta reorganización de la sociedad no resulta, a priori, una tarea fácil de acometer, mucho menos si pretendemos situar el género en el epicentro de esta reformulación y descartamos tratarlo como una dimensión de análisis entre otras. El género aquí no actúa como apéndice del proyecto colonizador; por el contrario, es el proyecto colonizador en sí mismo. Esta premisa nos obliga a desmantelar la fortaleza con la que se presenta hoy el orden de género en los países periféricos, y a situar el proceso de instauración de un orden colonizador que orbita en la sexualización de los seres –la arena reproductiva, tal y como la llama Connell– y en una derivada construcción de categorías identitarias binarias.
La teoría de Raewyn Connell (1987, 2009) nos permite abordar el proceso de colonización como ejercicio de abatimiento de un orden de género (aquel que organiza la conquista) sobre otro (aquel que es colonizado). Tenemos hoy constancia de que la imposición coercitiva de dicho orden de género colonizador suplantó unas organizaciones previas con patrones genéricos distintos. Esta afirmación no quiere contribuir a la idealización romántica sobre un supuesto orden de género indígena igualitario y justo. Mujeres Creando (Monasterios, 2006), siguiendo la estela de otras autoras como June Nash o Iris Blanco, trabajan con la hipótesis de que la organización patriarcal constituyó un proceso anterior al de la apropiación de tierras indígenas. Según esta perspectiva, las indias habrían sido despojadas de sus cuerpos y su sexualidad mucho tiempo antes que de sus tierras. María Teresa Díez Martín (2004) sitúa precisamente este debate no resuelto en los años cincuenta, cuando se empieza a hacer mención de las relaciones genéricas no jerarquizadas de las culturas prehispánicas. Desde entonces, dice la autora, el análisis de los efectos de la conquista sobre los órdenes de género indígenas se ha encarado en posiciones enfrentadas, aquellas que «defienden un patriarcado prehispánico y su coincidencia con el colonial, lo que se traduce en la subordinación femenina durante los dos periodos; y aquellas otras que proponen ordenaciones sociales de género igualitarias basadas en la complementariedad sexual del trabajo, antes y después de la conquista» (Díez, 2004: 224).
Sin ninguna pretensión de desdecir estos análisis, sí queremos mostrarnos cautelosas ante posibles ejercicios de traslación de herramientas analíticas, como puede ser la referencia al patriarcado como organización social universal, que situamos en un paradigma epistemológico muy distinto al que pretendemos aproximarnos. En este sentido, el punto de partida de nuestro ejercicio no puede avanzar ninguna otra certeza que no sea la de que la colonización política y cultural fue de la mano de un desplazamiento de órdenes locales por parte de otro orden de género distinto: aquel que organizaba el propio proyecto colonial. Kemy Oyarzún expresa esta aproximación desde una prudencia que hacemos nuestra:
me parece significativo hacer notar que el mayor grado de «avance» de las civilizaciones tiende a coincidir con un menor grado de dialogismo en lo genérico-sexual, con una menor participación de la mujer en los asuntos comunitarios o sociales y con una confrontación cada vez más biunívoca entre la madre y la mujer sexuada, pasando esta última al ámbito de lo satanizado y posteriormente patologizado (Oyarzún, 1992: 39).
Ahora bien, lejos de comprender este descentramiento como una curva de imposición de cadencia lineal y sostenida, algo que desde una perspectiva muy simplista podría entenderse como un proceso de suplantación y reemplazo del orden de género colonizado por el orden de género colonizador, la teoría de Connell nos invita a complejizar la ecuación. En primer lugar, el modelo teórico de Connell fuerza el ejercicio de identificación de ciertas inflexiones expresadas en estrategias diversas de contestación y resistencia ante dicha imposición; en segundo lugar, proyecta un proceso creativo, histórico, que logra redibujar un nuevo orden, de manera que no son solo las organizaciones sociales autóctonas las que experimentan un desplazamiento, sino que los vórtices sobre los que opera el orden de género colonizador también se ven agitados. Todas las dudas que vertemos sobre la teoría de la socialización de género en cuanto a su naturaleza ordenada y sin fisuras son aplicables en este caso. Dicho en otras palabras, y siguiendo la trayectoria teórica de Connell, no podemos acercarnos a dicho proceso de transformación social desde el concepto de resocialización sin incluir en él la anticipación de una necesaria coexistencia, a veces tensada, de narrativas, patrones y prácticas de género distintas.
Es importante aclarar ciertas cuestiones que pueden ocasionar malentendidos. Partimos de la consideración del proceso colonizador como un proceso violentador, orquestado a través de una articulación orgánica de diferenciaciones y jerarquías que consiguió desestabilizar –y aniquilar incluso– tanto las tierras como a las poblaciones asentadas. Este punto de partida deja un espacio muy residual a la existencia de grupos sociales que consiguieran, de algún modo, mantenerse totalmente ajenos a dicho proyecto imperial. No obstante, y asumiendo esa realidad como telón de fondo, parece igualmente necesario tomar distancia de una perspectiva totalizadora y problematizar, incluso asumiendo esa dialéctica de dominaciones y subalteridades, supuestas posiciones pasivas y sumisas de los pueblos invadidos.
En este capítulo introductorio a la obra de Connell y Pearse, nuestro interés por caracterizar ese proceso de colisión entre órdenes de géneros distintos, sumergidos a su vez en relaciones de poder desiguales, no radica tanto en corresponder a la fidelidad de los hechos históricos (somos muy conscientes de nuestra limitada y sesgada revisión bibliográfica), sino en explorar, profundizar, ensayar, si se quiere, la aplicabilidad de la teoría de género de Raewyn Connell en tanto que matriz epistemológico-analítica, con la que aproximarnos a ese proceso de transformación del orden de género que fue fraguado como parte integrante y esencial del proyecto colonial español; y hacerlo desde la problematización de los posibles sesgos coloniales y androcéntricos. Nuestro objetivo no es otro que el de (de) mostrar la potencialidad del modelo analítico de Connell, no solo como herramienta de descripción de órdenes y regímenes de género contextualizados, sino también como matriz que puede ayudarnos a retratar las transformaciones de dichos ordenamientos, el cambio social.
El concepto de género con el que trabaja Connell encapsula una dimensión relacional. Explorar un orden o un régimen de género –como explican Connell y Pearse detenidamente en el capítulo 5– supone fijarnos en un conjunto de disposiciones que resultan observables cuando atendemos a las relaciones sociales. Las relaciones de género, por lo tanto, constituyen relaciones que se generan y surgen de la arena productiva (concepto fundamental que se describe en el capítulo 3).
La referencia a la colonización de los territorios del imperio Azteca y el imperio Inca, entre otros, despierta exaltaciones nacionalistas, posiciones ambivalentes o, desde sectores más concienciados, gritos de repulsa. A pesar de la variabilidad del tono, todas estas posturas suelen descansar en un imaginario ampliamente nutrido de caballeros y nobles más o menos agraciados –quien haya contemplado el mural de Diego Rivera del Palacio Nacional en el zócalo de la Ciudad de México, entenderá nuestra ironía–que se lanzaron a una aventura transoceánica y cuyo resultado fue el de la colonización militar y política de tierras y poblaciones. La colonización es asumida como una gesta de hombres, de hombres, además, de un estrato social pudiente.
Sin embargo, este retrato pintoresco resulta excesivamente simplista como acercamiento a la llamada «conquista del Nuevo Mundo». La afijación del género a la identidad de hombre desdibuja el carácter estructural de dicha herramienta analítica; reducir el género a una categoría identitaria nos lleva, irremediablemente, a otorgarle un mayor protagonismo a los sujetos, y oscurece el hecho de que una de las etapas históricas más rememoradas –para bien o para mal– en el Estado español pivotaba en patrones de género que, como sucede en muchas otras ocasiones, son dados por descontados y obviados como ejes organizadores de la realidad y la práctica social. La colonización constituyó un proceso generizado en sí mismo, articulado por relaciones de género, embebido de órdenes de género concadenados entre sí que consiguió imponerse crudamente a los órdenes de género precoloniales. Este nivel de comprensión de dicho proceso, según nos enseñan Connell y Pearse, supera la premisa de la diferenciación sexual como variable explicativa.
Esto que acabamos de exponer a propósito de la conceptualización de género con la que abordaremos nuestro análisis no tiene ninguna pretensión de despolitizar las categorías sociales de hombre y mujer, ni desdramatizar la impronta de estas categorías en nuestra vida cotidiana –como queda muy evidente en el capítulo 6 de esta obra–, pero sí quiere, por un lado, desencializarlas como categorías y someterlas a la variabilidad; por el otro, reconocerle al género su carácter estructural.
Dicho de otro modo, en nuestro propósito de dibujar el juego conflictivo de órdenes de género durante el proceso colonizador español, debemos ofrecer una visión que consiga superar la invisibilidad de las mujeres en la historiografía –una práctica bastante común a la que aludiremos más tarde– y también que contribuya a deconstruir aquellas visiones estereotipadas de su participación que no contemplan la variabilidad de posiciones y de experiencias que tuvieron las mujeres durante este proceso. Ciertamente, no es esta una tarea sencilla cuando solamente podemos servirnos de materiales producidos de forma indirecta: lo que conocemos de dicho periodo histórico nos llega tamizado, como no podría ser de otro modo, por unos lentes epistemológicos concretos (Bouvier, 2002). Ahora bien, el reto es mucho mayor cuando, desde una posición epistemológica de la metrópolis, queremos escapar de una violencia epistémica que preasigna categorías genéricas y sexuales a los sujetos en relación genérica. Lo que reclama Raewyn Connell es la necesidad de ahondar en los órdenes y regímenes de género superando la diferenciación sexual como premisa, y hacerlo a través de una maquinaria instrumental historiográfica que logre situar dicha diferenciación en lo contingente. Esto nos obliga, por un lado, a asumir, ante los órdenes de género que queremos analizar, una postura relacional tanto sincrónica (estamento, clase, etnia, linaje…), como diacrónica; pero también a vaciar las categorías políticas de hombre/mujer, femenino/masculino de todo contenido social y simbólico. A efectos analíticos, esto supone revisar de puntillas las aportaciones que, desde la historia, nos hablan de los sujetos-hombres y los sujetos-mujeres despojados de toda su contingencia.
La tesis de Raewyn Connell sobre los órdenes y los regímenes de género comprehende, de manera distinta a otras teorías sobre género, dice Maquieira (2005), no solo una conceptualización teórica, sino también dimensiones mediante las que observar los órdenes y regímenes de género que pueden ser traducidas, a través de un procedimiento metodológico, en dimensiones de análisis. Dicho modelo –como se recoge en el capítulo 5– diferencia cuatro dimensiones en la estructuración de las relaciones de género que pueden ser resumidas bajo los epítetos de: poder, producción, catexis y simbolismo. Hemos organizado nuestro análisis atendiendo a estos como si de vórtices se trataran desde los que poder leer cómo se produce el género.
Aunque expondremos la exploración del encuentro entre el orden de género colonizador y el ordenamiento de género colonizado a través de las dimensiones de esta matriz de forma fragmentada, en un intento de exponer de una manera clarificadora nuestro análisis, dichos ejes no pueden concebirse como coordenadas con autonomía propia sino, por el contrario, como hebras que entretejen una madeja articulando relaciones sociales que perfilan un orden de género concreto.
No cabe ninguna duda que, si nos circunscribimos solamente a la dimensión de representatividad estadística, hay documentados muchos más nombres¹ que podrían ser asignados a hombres que nombres «propios» de mujeres en los registros de las embarcaciones que se hicieron al mar. No obstante, al utilizar este dato como variable descriptiva totalizadora, no contribuimos más que a reforzar la invisibilización de las 13.218 mujeres embarcadas entre 1509 y 1607 que ha contabilizado María Teresa Condés (2002: 129) en su tesis, un cómputo con el que pretende acallar las reiteradas sospechas emitidas por los historiadores de la época, que niegan incluso la mera presencia de mujeres en dichas travesías (Langa, 2010a). Yendo incluso más lejos, se puede decir que en el relato histórico de la colonización que intenta aferrarse a una estructura binómica de género, es posible llegar a aceptar la presencia, pero no la agencia. Así, encontramos voces en libros como el de Carlos Vega (2003) que, aun queriendo rescatar a estas mujeres del anonimato –obviamente solo a aquellas que los cronistas han hecho posible nombrar– las relega a un papel pasivo de apoyo y sostén de sus familias y maridos: «Vinieron a América siguiendo a sus maridos y por un afán de mantener viva la unión y calor familiar, pero muy poco les traía en cuenta enfrascarse personalmente en las empresas conquistadoras que dejaban en manos de sus consortes […]. Ellas eran felices en su hogar, cuidando de sus hijos y criándolos y educándolos como correspondía a su posición» (Vega, 2003: 6). Una narrativa que se ve deslegitimada por aportaciones como las de Mar Langa (2010a) que insistentemente nos recuerdan que, entre esas mujeres, hubo quienes tomaron las armas, financiaron la conquista, formaron empresas e incluso ocuparon cargos públicos, posiciones en la sociedad colonial que no podemos denotar como secundarias ni como exentas de poder.
Entre estas mujeres de posición tan destacada como para haber merecido la atención de los historiadores –a las anónimas es más difícil seguirles la pista– una con un papel muy relevante: la reina Isabel. La figura de Isabel II, reina de Castilla, como la de otras reinas, contribuye a poner en cuestionamiento las relaciones de género como modelos universales, estables y descontextualizados: las reinas tienen poder, en términos generales menos que los reyes, pero más que muchos hombres y muchísimo más que las mujeres de otras posiciones sociales.
La figura de la reina en la España moderna, apunta Pérez Samper (2005), no se engarza en definiciones estáticas ni definitivas –no hay documento magno ni normativa que regule cómo debe ser una reina–, sino que la definición de sus roles y funciones ha venido acotada por los distintos contextos históricos. No obstante, nos dice la autora, sí debemos apreciar la figura de la reina como una figura relacional que se articula en correspondencia a la figura del rey. Las monarquías aspiran a su continuidad, en ello, las guerras y conflictos políticos proteccionistas juegan un papel relevante, pero también lo juega la descendencia legítima en la que necesariamente ha de participar la reina. Una división de las tareas que no puede ser ajena a ningún análisis de género de los procesos de sucesión a las Coronas. Isabel II fue reina propietaria y ejerció como tal defendiendo sus derechos ante su hermano, la nobleza e incluso el rey Fernando II. No contaron con esa posibilidad las siguientes hijas de reyes –ni siquiera su propia hija Juana de Castilla, quien fue despojada de su derecho por haber sido «más mujer que reina» (p. 280)–; la promulgación de la ley agnaticia (una versión moderada de la ley sálica francesa) ofreció a los varones la regulación de su ventaja masculina –el dividendo patriarcal, lo llama Connell— y contribuyó a redefinir el régimen de género de la Monarquía, expulsando a las mujeres de las posiciones de máximo poder en la regencia.
Tanto aquellos autores que rebaten las posiciones de poder que detentaron algunas mujeres en el proceso colonizador, como aquellas que intentan visibilizarlas contextualizándolas en sus propios contextos de constricción, aluden a relaciones de género, y lo hacen desde la dimensión de poder de la que habla Connell. Sin embargo, la profundización en el vórtice de poder del esquema de Connell no se agota con la identificación de las desigualdades de género que conciernen tanto al acceso al poder como a la realización del poder. La invasión de los territorios que fueron posteriormente denominados la Nueva España involucró el dominio, el control y la violencia, dando génesis a una relación de posiciones subyugantes y subyugadas, un nuevo ordenamiento que necesariamente alteró la organización social previa en dichas comunidades y que no puede escapar a nuestro análisis del primer vórtice del análisis de género.
Frantz Fanon (2001) pone el acento en el marco simbólico-ontológico que ha contextualizado todos los procesos de colonialismo: la deshumanización. Las prácticas de los colonos (la violencia, la expropiación de las tierras…) solamente pueden ser posibles desde una mirada de despojo, de enajenación del «ser» de las poblaciones autóctonas. Aplicando diversos mecanismos de poder y dominio, los colonos reconvirtieron a (una parte de) esas poblaciones en «los otros», los extranjeros, los extraños. Podemos decir que el orden de género colonizador, en su eje de distribución de poder, se manifiesta a través de la deshumanización de esos seres a los que coloniza, situándolos en una posición subalterna respecto a las posiciones de dominio encarnadas por los colonizadores portavoces de los valores universalistas castellanos. Los europeos, seres de razón, llamaron «indios», «negros», a esos seres que percibían como animales, bestias, dice Lugones (2012). A esta jerarquía racializada que descansaba en el imperativo de la razón se le superponía –no de manera agregativa sino en disolución– otra dicotomía jerárquica que dividía, así mismo, lo humano. Una partición que sigue vigente, dice Lugones (2012:130) entre «hombre (europeo-des-pués blanco-burgués en la metrópolis o en la Colonia) y mujer (europea-después blanca-burguesa en la metrópolis o en la Colonia)».
Esta desestabilización de las organizaciones sociales locales tuvo un impacto directo en esos cuerpos desautorizados. Unos cuerpos que fueron resignificados como cuerpos de uso para ser doblegados a las necesidades del Imperio: los cuerpos leídos a través de la lente de lo sexualmente femenino fueron invadidos como lo fueron las tierras; los cuerpos adscritos a lo masculino doblegados por el trabajo y el látigo.
Nicole Percheron (1998) analiza los resultados obtenidos a través de un documento de 50 preguntas que, en 1577, fue enviado por el rey Felipe II a las colonias. El objetivo de este incipiente estudio sociológico radicaba en recopilar información sobre la opinión de los indios de mayor edad de Michoacán (México) a propósito de las causas del despoblamiento demográfico que se había dado tras la conquista. Esta recopilación de datos de la que da cuenta Percheron demuestra la preocupación de la península por la progresiva merma en la población indígena; los indios constituían la única fuente de riqueza y recursos para los españoles, encomenderos o clérigos y frailes, pero también para el rey, que necesitaba aumentar las arcas para mantener la administración colonial y para la retribución de los oficiales reales. Las causas de la catástrofe demográfica que extraen los autores de las Relaciones son, por un lado y de manera destacada, la introducción de epidemias y enfermedades desconocidas en la Nueva España: viruela, sarampión… Otra causa directa de mortalidad se ve relacionada con los servicios que prestaban las poblaciones indígenas a los colonos: los trabajos forzosos, los servicios en la construcción de monumentos y edificios religiosos, las tareas de extracción de oro, plata y/o cobre en las actividades mineras… a veces esos trabajos que acarreaba la población (en su ejercicio de la esclavitud o como tributo) exigían su traslado a tierras más frías, donde morían antes de atemperarse al clima. Respecto a esta última de las causas, Quijano (2000) ha tratado las muertes directas de la conquista así como