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La vela al tercio y
los últimos pesqueros a vela del Golfo de Vizcaya
Juan Carlos Arbex
INTRODUCCIÓN
En su novela José, ambientada en el puerto asturiano de Cudillero a finales del siglo XIX, el novelista
Armando Palacio Valdés describía con un punto de amargura la situación de los pescadores vizcaínos que
recalaban cada verano en la estrecha cala del puerto. Sus pesadas chalupas, después de perseguir duran-
te semanas a los bonitos, caían sobre el litoral asturiano agotadas en busca del escaso refugio que pro-
porcionaba una costa abrupta y poco hospitalaria. Palacio Valdés se quejaba de las terribles condiciones de
vida de las tripulaciones que llegaban con su carga de bonitos («Thunnus alalunga»), alejadas de sus
hogares, durmiendo sobre los paneles, cocinando en un escueto fogón y empleando las velas como
improvisadas tiendas de campaña. A veces, las estancias se prolongaban más tiempo del acostumbrado
por culpa de malos vientos y la situación en las chalupas se deterioraba.
También en las bahías cántabras existen re f e rencias decimonónicas a estos nómadas de la coste-
ra, con sus grandes y negras lanchas conocidas bajo el nombre de «marracanas», fondeados frente a
Santander, Laredo o al pie del puente de San Vicente de la Barquera. En todos estos casos la pro c e-
dencia de las chalupas era indefectiblemente vasca, aunque en el Cantábrico central existiera enton-
ces una significativa flota de embarcaciones similares. En un barrido del este hacia el oeste de la cos-
ta cantábrica, las embarcaciones pesqueras artesanales del norte peninsular tienen un entronque
común que hunde sus raíces en el País Vasco y que se extiende entre los arenales de Las Landas fran-
cesas y los últimos acantilados asturianos del Eo. Este es el territorio, o mejor el sector marítimo,
s o b re el que centramos nuestra atención y sobre el que re i n a ron la chalupa bonitera vasca y sus her-
manas de trabajo.
1. ARQUEOLOGÍA PESQUERA
Cuando se aborda el estudio y la clasificación de una flota de embarcaciones, y más aún cuando se tra-
ta de buques dedicados a la pesca, antes de dejarse llevar por atavismos culturales e ideas preconcebidas,
es imprescindible plantearse tres preguntas básicas: cuándo, dónde y, sobre todo, para qué. Los trabajos
de arqueología náutico-pesquera no deberían olvidar que un buque de pesca, perteneciente a cualquier
época y cualquier mar del planeta, no es más que una herramienta de trabajo. Un objeto útil y evolutivo
sobre el que inciden factores tan diversos como las condiciones oceanográficas de su mar doméstico; las
de su refugio costero; de la formación técnica de sus constructores y de los materiales que tienen a mano;
las condiciones de uso de los artes de pesca elegidos y los animales que habitan en su zona de actuación;
todas ellas impregnadas, además, por un ambiente cultural que suele rebasar los límites geográficos de la
zona estudiada.
Demasiadas condiciones como para hacer análisis simples y rápidos. Además de los factores antes
mencionados, existen otros de tipo social, económico y medioambiental, no menos importantes y que lle-
gan a condicionar poderosamente el diseño de los buques de pesca. Pongamos como ejemplo el actual
diseño de las modernas boniteras polivalentes de la flota de bajura vasca.
Las boniteras que hoy vemos en los puertos del País Vasco y del Cantábrico central trabajan con tres
artes o sistemas de pesca: el cerco de jareta para la captura de peces pelágicos de pequeño tamaño y que
viven agrupados en bancos; el llamado método del «cebo vivo» para la pesca de túnidos; y, finalmente, la
cacea o curricán usada para los mismos peces. La práctica de los dos primeros métodos mencionados
requiere de tripulaciones relativamente numerosas, si establecemos la comparación con los escasos hom-
bres necesarios para faenar con las denostadas redes de enmalle a la deriva o los arrastres pelágicos que
usan los pescadores franceses vecinos.
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C o n s i d e remos el hecho de que si la flota de bajura vasca hubiera adoptado estos nuevos métodos,
nuestras boniteras habrían empezado a desaparecer hace tiempo, siendo reemplazadas por los cortos
de eslora y mangudos buques que hoy faenan desde los puertos franceses (un paseo por los muelles de
San Juan de Luz puede ser muy instructivo en este sentido) ya que sus tripulaciones, compuestas por
tres o cuatro hombres, son más que suficientes para capturar similares volúmenes de las mismas espe-
cies. Pero hay razones sociales que buscan el mantenimiento del empleo en la flota y razones ecológi-
cas para la conservación de unos sistemas de pesca tradicionales que aspiran a proteger las pesquerías
estacionales del Golfo de Vizcaya evitando, de esta forma, una sobrepesca suicida. Por esto, la bonite-
ra sobrevive.
Como vemos, seguir el desarrollo evolutivo de un pesquero requiere de algo más que conceptos de
ingeniería naval o consideraciones meramente técnicas y etnográficas. Un pesquero es fruto de su tiempo
y de sus circunstancias. Y de todas las circunstancias que le moldean día a día, la impuesta por la fauna
marina que persigue es posiblemente la de mayor calado.
3. TIPOLOGÍA ELEMENTAL
Podemos hacer tres grandes grupos de pesquerías tradicionales y artesanales en el mar vasco. La pri-
mera es la referida a especies autóctonas y que podemos denominar con el apelativo «de cantil», gene-
ralmente bentónicas, y mayoritariamente representadas por el besugo, la merluza, el congrio y otros peces
de «piedra». La segunda es la correspondiente a especies migratorias y estacionales, de vida pelágica,
representadas por los túnidos (Atún rojo «Thunnus thynus», Bonito «Thunnus alalunga»), los clupeidos
(Anchoa «Engraulis encrasicolus», Sardina «Sardina pilchardus») y los escómbridos (Caballa «Scomber
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scombrus»). Un tercer grupo abarcaría un conjunto de especies costeras y minoritarias (cefalópodos, crus-
táceos y otros peces) que no tendrían especial incidencia en el diseño de las embarcaciones1.
Para cada una de estas pesquerías se requiere un arte concreto y, en ocasiones, una embarcación espe-
cífica. A la hora de establecer qué artes de pesca eran necesarios para capturar todas estas especies,
deben ser tenidas en cuenta algunas circunstancias biológicas y oceanográficas. Las más significativas son
el carácter violento del Cantábrico; la orografía costera marcada por la escasez de grandes playas y arena-
les tranquilos; la relativa lejanía de los caladeros de piedra más productivos y de las rutas empleadas por
los túnidos; por último, la relativa estrechez de la plataforma continental vasca y la abundancia de cantiles
Esloras
Embarcación Bancadas Tripulantes Tipo de pesca
10 a 17 mts.
CHALUPA 8 a 24
— Cacea
BONITERA hombres
10 a 12
CHALUPA 9 a 12 mts.
TXIKI
— — 8 a 12 Palangre
Meriñake hombres Liña
Lancha calera 8 a 10
Lancha mayor
12 mts.
Enmalle
10 a 19
TRAINERA — Cerco de
hombres
jareta
8a9
6 a 8,5 mts.
Palangre
5a7
POTIN — Liña
hombres
Nasa
5
5 a 6 mts.
Palangre
5a6
BAIDEKO — Liña
hombres
Enmalle
4a5
4 a 5 mts.
Liña
3a4
BATEL — Potera
hombres
Auxiliar
3
Tipología básica. De los cinco tipos de embarcaciones, la única que puede ser catalogada con rigor y que presenta una cier-
ta uniformidad en su diseño y en sus dimensiones es la trainera.
1. Algo muy diferente sucedió en Galicia con la pesquería de los cefalópodos costeros y el diseño del «polveiro» como velero específicamente
construido para la pesca del pulpo con «raña».
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de piedra. Todas ellas son suficientes razones para que determinados artes de pesca tradicionales, comu-
nes en otras regiones costeras y ampliamente utilizados para la captura de especies iguales o similares, no
pudieran desarrollarse cómodamente en la costa vasca.
Nos referimos a los grandes artes de playa (jábegas, bolinches, sacadas,..) y los artes de arrastre (gán-
guiles, tartanas, rapetas, bous a la pareja,..) tan significativos en otras pesquerías tradicionales y contem-
poráneas de la época estudiada. A pesar de contar con una activa pesquería de túnidos, en el País Vasco
no fueron nunca montados artefactos fijos de pesca, como las almadrabillas baleares o las almadrabas,
siendo la más cercana de éstas últimas la instalada en la isla de Salvora (Galicia) a mediados del siglo XVIII.
Existe referencia en los archivos de Marina del Viso del Marqués (Museo Naval) a la petición de permiso
para instalar una almadraba de buche en la localidad vizcaína de Ea a finales del siglo XIX. Petición que no
fue atendida.
Obligados por su importancia a la hora de moldear las embarcaciones, nos centraremos en primer
lugar en las pesquerías estacionales.
2. Documentos que fueron recogidos por GRACIA, J.A. en su Estudio Histórico de una Comunidad de Pescadores: La Cofradía de Bermeo en el
siglo XVIII, tesis presentada en la Universidad de Deusto en 1980.
3. PAZ GRAELLS en su Exploración científica de las costas del Departamento del Ferrol, del año 1870, describe a las traineras como análogas a las
barcas balleneras.
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Impulsados por un nordeste débil, los 10 tripulantes de una embarcación de pesca entran en el puertecillo de Biarritz con los
remos preparados para negociar la estrecha bocana. Por los finos de su casco y la numerosa tripulación, se trata de una traine-
ra que faena con redes de enmalle o de cerco, si bien el arte no se aprecia a bordo. El color del casco invita también a pensar
en una de las traineras que usaban el blanco como supuesto atrayente de los cardúmenes. También es otra característica de la
trainera el amplio tambucho de proa sobre el que se coloca quien otea el mar en busca de pescado y que, ahora, se prepara
para lanzar la estacha de amarre al muelle. Arbola una gran vela al tercio muy evolucionada y que hace firme la amura al mis-
mo pie del mástil hasta casi trabajar como una vela áurica o de cuchillo. Este detalle data la construcción de la lancha a comien-
zos de nuestro siglo. (Postal Colección Norberto Chiapuso).
ta sardinero para confirmar un diseño que parecía condenado a desaparecer. Efectivamente, el sistema del
cerco, en sus acepciones de «traiña» y de «bolinche», requerían de embarcaciones rápidas de maniobra. La
capacidad de la trainera era suficiente para transportar a bordo las redes de hasta 40 brazas de longitud (70
metros aproximadamente) y 9 brazas de caída (16 metros aproximadamente), de tejido fino y de poco peso4.
La faena con el cerco de jareta rentabilizaba la abundancia de brazos existente a bordo y daba sentido al
g o b i e rno de la embarcación mediante espadilla, más ágil que con el timón de codaste convencional.
El arte de cerco de jareta tuvo la virtud de estimular a los constructores en la idea de incrementar aún
más las peculiaridades de la trainera. Así, la estructura general adquirió más arrufo; la quilla casi desapa-
reció entre los ligeros genoles acentuando su curvatura en el tercio de popa de la eslora; los finos aumen-
taron hacia el codaste; el branque incrementó la forma curva de la proa y las pequeñas velas vieron su
papel aún más reducido. Todo para poder dar alcance a los bancos de anchoa o sardina en el menor tiem-
po posible y efectuar una rápida navegación en círculo alrededor del pescado mientras se largaba el arte.
Esta capacidad de conseguir alta velocidad fue de gran utilidad en el regreso a puerto y en la mejor con-
servación y presentación de un pescado, la anchoa y la sardina, que pierde la escama con facilidad.
La utilidad de la trainera y su adaptación al sistema del cerco de jareta se extendió a lo largo de la costa
norte de la península recalando en las Rías Bajas gallegas. Allí, la importación del sistema de cerco de jareta
desde el Cantábrico a partir del año 1900, en sustitución del dominante «xeito» (arte de enmalle de deriva
similar a los «abocartes» cantábricos y los «sardinales» catalanes), trajo también consigo la introducción del
buque mejor adaptado para su empleo: la trainera. Sin embargo, la peculiaridad de las traineras gallegas
radicó en su envergadura. La quietud de las rías permitió el uso de redes de cerco de mayores dimensiones5,
faenadas desde traineras de hasta 25 tripulantes, 16 de ellos re m e ros, y con cerca de 18 metros de eslora.
4. Seco y recién tintado, lo que le hacía perder la grasa del pescado, un boliche bien plegado podía ser transportado sobre los hombros de un solo
pescador.
5. Arturo Romaní, en recopilación de artículos periodísticos bajo el título La Pesca de Bajura en Galicia, Ediciós do Castro, 1981, indica unas medi-
das para las primeras redes de cerco de jareta gallegas de 400 a 500 metros de longitud por 150 ó 180 metros de alto. Estaban compuestas por cinco
paños y, tras introducirse en las Rías Bajas, fue oficialmente aprobado su uso en la ría de Muros en 1916, después de años de conflictos con los pesca-
dores que empleaban el «xeito». El cerco de jareta también recibió oposición y resistencias entre los pescadores ampurdaneses que utilizaban los enma-
lles o «sardinales». Sin embargo, el autor desconoce si estas reticencias ante el nuevo sistema existieron en el País Vasco.
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Una chalupa bonitera se acerca a puerto. Las perchas de cacea han sido desmontadas y asoman por la popa, en tanto que las
falcas que elevan la borda continuan colocadas, a excepción de las que libera dos toletes a cada banda para usar los remos
de maniobra. La embarcación tiene una eslora aproximada de 12 metros y obedece a la tipología clásica de finales del XIX. La
posición de la verga de proa y de la vela mayor indican que navega con viento flojo de popa y que la vela de proa está des-
ventada. La palabra «falucho» no debe sorprender ya que fue un apelativo genérico de la época utilizado por los no iniciados
para designar cualquier velero menor. Los faluchos, con vela latina y originarios del Mediterráneo, llegaron hasta Galicia a
finales del XVIII de la mano de fomentadores catalanes de sardina. De allí, el nombre pudo extenderse por el Cantábrico y ser
empleado, en forma errónea, por el impresor de la postal. (Fotografía de Otero, editada como tarjeta postal por Vda. de
Laborde, Tolosa. Colección Norberto Chiapuso).
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tema de pesca conocido hasta 1900 para la captura de túnidos6. Las formas tendrían que ser llenas para
cargar las capturas, pero aptas para bogar con dos o tres remos por banda y así franquear fácilmente las
barras de los puertos y bahías. No podían ser de bordas excesivamente altas pues los pescadores tenían
que manipular por el costado las líneas de pesca e izar a bordo, con la ayuda de bicheros, peces relativa-
mente pesados. A la hora de navegar, estas bordas eran realzadas mediante falcas desmontables y, sin
mayores inquietudes por la maniobrabilidad, las chalupas podían ser gobernadas a través de timones de
caña convencionales.
Si en las traineras encontramos mástiles que apenas alcanzan una longitud similar a la mitad de la
eslora de la embarcación, las chalupas boniteras arbolaban un palo mayor de igual longitud que la eslora,
situada entre 14 y los 16 metros, y un trinquete mucho más corto. La manga llegaba a los cinco metros,
configurando cascos muy llenos que calaban apenas metro y medio. Aspecto éste que proporcionaba a la
embarcación una obra viva apta para la velocidad y facilidades para refugiarse en unos puertos afectados,
más que por unos calados reducidos, por unas diferencias mareales de consideración.
Tras conocer las embarcaciones usadas para la pesca de las especies estacionales, nos encaramos
con las diseñadas para la pesca de especies domésticas. Serían, en términos generales, las encargadas
de transportar hombres y aparejos desde los puertos hasta los cantiles o calas situados al borde de la
plataforma continental y en fondos de 200 metros o más, en pesquerías «al día». Las especies bentó-
nicas así obtenidas eran el besugo, la merluza, el congrio, los escualos y el mero7. Los aparejos emple-
ados eran de anzuelo, en las modalidades de liña y palangre, caracterizados por lo estático de su
maniobra.
No parece caber duda de que si un puerto poseía una flotilla de chalupas dedicadas a la pesca de túni-
dos durante el verano, resultaba de todo punto imprescindible rentabilizarlas el resto del año. Tanto más
cuando, para llevar a cabo estas pesquerías invernales, era recomendable el uso de embarcaciones de
cierto porte capaces de alcanzar los lugares de pesca emplazados a más de diez millas de la costa. Forta-
leza, capacidad de carga y estabilidad eran características prioritarias. Y la chalupa cumplía holgadamen-
te con las especificaciones requeridas.
Así pues, la chalupa resultaría ser «bonitera» desde julio hasta octubre, para transformarse en «besu-
guera» de noviembre a marzo y, eventualmente, en «merlucera» durante la primavera. La polivalencia es
un fenómeno tan natural en la pesca que no dejan de ser interesantes las noticias referentes a la flota de
chalupas boniteras bermeanas, varadas en las marismas de Busturia durante los inviernos a la espera de la
costera de túnidos, y flotillas de traineras ociosas durante los veranos. Esta información, recogida por
Jesús Urkidi y Juan Apraiz en su trabajo «La construcción naval en Bermeo»8, nos descubre una intransi-
gente especialización que sólo podría florecer en el seno de una comunidad económicamente poderosa.
También, y por motivos opuestos, contrasta la utilización de traineras en la pesca a la cacea de bonitos
practicada en determinados puertos guipuzcoanos, como Fuenterrabía9.
Uno de los rasgos más personales de la flota pesquera vasca de finales del XIX es la ausencia de
artes de arrastre artesanal. Mientras en el Mediterráneo, en el Atlántico sur y en Galicia prosperaban
las «barcas de bou», los «faluchos a la pareja» y los «galeones» respectivamente, como buques insig-
nia de las flotillas, la pequeñez de nuestra plataforma continental erigió a la chalupa y el anzuelo como
protagonistas.
6. El sistema de «cebo vivo», mayoritariamente empleado por la flota del Cantábrico oriental y central, es un invento procedente del Pacífico y
desarrollado en primer lugar por pescadores japoneses. A partir de 1925 el método fue adoptado por pescadores profesionales de California y no lle-
gó a la costa atlántica europea hasta la década de los cuarenta. Por otra parte, en 1926 se hicieron ensayos franceses frente a Finisterre a bordo del
vapor Hébé para la pesca del bonito con redes de enmalle de deriva. Finalmente, la pesca de túnidos con redes de cerco es también de procedencia
norteamericana y fue ensayada en la costa guipuzcoana por cerqueros convencionales a finales de los cuarenta. Las pruebas no dieron los resultados
apetecidos por la fragilidad de las redes, la escasa velocidad de la embarcación y la dificultad en mantener fijo el banco de bonitos cercado.
7. El mero negro o mero de altura del golfo de Vizcaya «Epinephelus guaza»=«Serranus gigas», con casi metro y medio de envergadura y pre-
sente hace cien años en toda la costa vasca y en los cantiles de hasta 400 metros de fondo, es hoy una especie prácticamente extingida en nuestras
aguas. Igual ha sucedido con otras especies antes comunes y objeto de una pesca estacional muy activa, como con la gran corvina, andejxa o lantesa
«Argyrosomus regius» que ya no visita nuestra costa con la periodicidad anterior.
8. «La construcción naval en Bermeo», Bermeo. Udalerri eta itsasoko gaiei buruzko aldizkaria, nº 1, 1981, pp.153-203.
9. Recogida en el artículo de BOSS, J.L. y LARRARTE, M.: «Au temps des grandes chaloupes basques», Chasse Marée, nº 61, dic. 1991, donde se
señala la existencia de una trainera bonitera en Fuenterrabía, con ocho bancadas y doce remeros. Desconocemos las rutas migratorias de los bonitos a
comienzos del presente siglo. Y es posible que estas rutas se acercaran más a la desembocadura del Bidasoa que lo hacen hoy en día. En todo caso,
este sí es un caso de polivalencia notable por parte de la trainera.
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P e ro la flota pesquera del Cantábrico estaba compuesta por algo más que chalupas de altura y trai-
neras, ya que existía toda una colección de embarcaciones complementarias caracterizadas por su
similitud. A decir verdad, en pocas regiones atlánticas europeas se encuentra una flota pesquera tan
homogénea en cuanto a su diseño general, hasta el punto de resultar sumamente confuso clasificarla
como no sea atendiendo al número de sus bancadas o a la pesca que practican. Esta dificultad aumen-
ta con las peculiaridades de cada región cantábrica, de cada puerto e incluso de cada patrón. Recor-
demos que si la construcción de embarcaciones pesqueras sigue estando hoy día dominada por las
concretas necesidades de cada armador, lo que produce ejemplares únicos, esta regla era más clara
hace un siglo.
Si bien las chalupas de altura podían asumir la pesca bentónica en los caladeros más alejados de la pla-
taforma continental, los puertos dispusieron de otras embarcaciones similares a las anteriores y de menor
tamaño, preparadas para faenar con aparejos de anzuelo, redes de enmalle y nasas.
Así, en algunos puertos de Cantabria, como Santander, Laredo o San Vicente de la Barquera, aparecen
referencias a una llamada «lancha mayor», copia a escala reducida de la chalupa bonitera. Igual embarca-
ción existió en Vizcaya y Guipúzcoa bajo la denominación de «meriñake», «lancha calera» o «txalupa txi-
ki». Con ellas era también posible cacear bonitos, aunque su trabajo se centraba en los cantiles cercanos
al puerto.
Bajo el nombre de «potín» podemos englobar a una serie de embarcaciones de entre 6 y 8,5 metros
de eslora, capaces de alcanzar los caladeros de merluza y caracterizadas, al menos en Vizcaya, por arbolar
dos mástiles y un plano vélico formulado al revés que en la chalupa de altura: la vela de mayor superficie
se largaba a proa. Más reducido que el potín, el «baideko» no superaba los 6 metros de eslora y cubría el
mismo trabajo que su hermano mayor para, además, conseguir sardinas con las que cebar palangres
mediante el uso de redes de enmalle de deriva en el interior de las bahías.
Finalmente, con el nombre genérico de «batel» (País Vasco) y «barquía» o «barquilla» (Cantabria) se
describen embarcaciones menores de hasta 6 metros de eslora capaces de largar una única vela en un
mástil ligero y aproado. A esta embarcación se le asignaban pesquerías artesanales cercanas a puerto y, en
algunas ocasiones, escapaban al diseño general de la flota gracias a sus popas estampas10. Un resumen
general de la flota puede contemplarse en el cuadro adjunto, recordando que existieron múltiples varian-
tes y que las únicas embarcaciones provistas de cubierta fueron las chalupas boniteras de altura de última
generación11.
4. LA VELA AL TERCIO
La descripción y el estudio que encaramos a continuación sobre la vela al tercio en la flota pesquera
artesanal cantábrica tiene que ser considerada como un intento de dar respuestas lógicas y con base téc-
nica al tan personal diseño de las embarcaciones. Voluntariamente, no entraremos en la polémica de los
primitivos orígenes mediterráneos de algunos rasgos de identidad de las embarcaciones vascas, defendi-
dos por especialistas franceses12, ya que se remontan a épocas anteriores al comienzo de la pesca de la
10. Los bateles de diseño «internacional», con popa estampa, estuvieron presentes sobre todo en el País Vasco francés y en la flota de recreo.
Merece la pena resaltar la existencia de una flota viva de bateles a vela en Rivadeo (Lugo) y Castropol (Asturias), conocida entre los amantes de la vela
tradicional como botes de Rivadeo y propulsada por velas al tercio muy picadas del tipo «latino» (de caída de proa muy corta).
11. Las galernas y las consiguientes pérdidas de vidas humanas aconsejaron unas medidas mínimas en las embarcaciones que se alejaban de la
costa, dictadas por la Cofradía de Pescadores de Bermeo y sancionadas por la Capitanía General del Departamento Marítimo de El Ferrol, con fecha
1886. Pero en estas normas no se menciona la imposición de cubierta en las chalupas. Habría que esperar hasta los primeros años del siglo XX para
que se construyan chalupas boniteras dotadas de cubierta. Comentado por URKIDI, J. y APRAIZ, J. en «La construcción naval...», op. cit.
12. Notablemente por el investigador François BEAUDOUIN en su conferencia «Les bateaux de pêche basques», pronunciada en la Universidad de
Deusto en abril de 1973 (III Semana de Antropología Vasca, t.II, v.IV, Bilbao, 1976, pp.303-324).
Según Beaudouin, las rodas curvadas, los codastes fuertemente curvados y remangados, acompañados por timones cuyas palas siguen dicha cur-
vatura y sobresalen más allá de la quilla, así como el sistema de toletes que atraviesan la regala y se unen al remo mediante estrobo, son características
que se nutren del mismo stock técnico que muchas embarcaciones primitivas mediterráneas. Este fenómeno afectaría únicamente a la zona compren-
dida entre Galicia y Arcachon. A este respecto, y sin desear entrar en el fondo de la cuestión, no cabe duda de que existe un fuerte paralelismo entre
las embarcaciones tradicionales de la Bretaña y Galicia. Comparando los perfiles de una dorna de El Grobe y una barca sardinera de Douarnenez,
ambas de finales del XIX, nos parece estar contemplando buques del mismo puerto. Siguiendo esta idea, la flota tradicional desarrollada entre Burela
y Biarritz puede parecer fuera de lugar, ya que no se amolda a los cánones seguidos a lo largo de la fachada atlántica. Por así decirlo, la flota vasca es
una discontinuidad que invita a elucubrar. Sin embargo, si se retrocede al siglo XVIII y se comparan los modelos de chalupas bretonas y vascas, sor-
prende la similitud entre ambas. Nos encontraríamos entonces ante orígenes comunes y evoluciones regionales que en el transcurso de dos siglos for-
jarían unas flotas específicas. Galicia y Bretaña tienen una costa, unas rías y un mar muy similares. El golfo de Vizcaya es diferente.
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Este dibujo de una chalupa caceando
figura en el Diccionario de la Pesca
Española de Benigno Rodríguez San-
tamaría, publicado en 1923. Se trata
de una representación fiel que, ade-
más, muestra la braza que maniobra
la verga del trinquete. Según el texto
que le acompaña, en 1923 subsistían
en el Cantábrico 150 embarcaciones
a vela que practicaban el curricán
para la pesca del bonito y del atún,
junto a una flota de 300 lanchas
vaporas.
ballena. Antes bien, resulta más razonable desde el punto de vista evolutivo responsabilizar a la caza de la
ballena del aspecto final de nuestros últimos pesqueros a vela.
Conviene hacer, previamente, algunas rápidas observaciones acerca de la historia de la vela para aque-
llos lectores no familiarizados con tema. Para hacernos idea de las velas más primitivas tenemos que ima-
ginar a un hombre en pie sobre un objeto flotante, con los brazos abiertos en cruz y sosteniendo en sus
manos un tejido que se hincha al viento. El tejido estaría compuesto por paños largos y estrechos unidos
entre sí hasta formar un gran lienzo de forma cuadrada o rectangular13. Si reemplazamos el cuerpo de ese
hombre por un mástil y sus brazos por una verga, obtenemos la vela cuadra, origen de todas las velas que
evolucionaron en el mundo occidental.
Mientras la vela cuadra fue empleada como simple auxilio a la verdadera energía que movía los
buques, los hombres a los remos, no fue necesaria ninguna evolución. Si los vientos eran favorables, es
decir, si soplaban de popa, la vela cuadra cumplía sus funciones sin mayores problemas. En caso de vien-
tos contrarios, se recurría a los remos o se retrasaba el viaje. Si se requerían velas de mayor tamaño, se
hacían buques más grandes que, gracias al mayor espacio disponible a popa del mástil, permitían alejar-
se hacia atrás y «cazar» o sostener con eficacia los dos puños o extremos inferiores de la vela sin que el
aire resbalara bajo la relinga inferior o pujamen.
El verdadero problema para la vela cuadra llegó cuando se hizo necesario disponer de una vela capaz
de hacer navegar una embarcación pequeña hacia barlovento, contra el viento. De hecho, la evolución de
la vela fue asunto en el que participó decisivamente la llamada «pequeña marina», la de las embarcacio-
nes de cabotaje y, sobre todo, la de los pesqueros. Y esto por una básica razón de «peso»: un gran buque
equipado con velas cuadras y dando bordos, o lo que es lo mismo, navegando hacia donde sopla el vien-
to por el sistema de hacer una ruta en zig-zag, tendrá que virar cada cierto tiempo para ofrecer el otro
costado al viento y recuperar así su rumbo. Llegado el momento, el timón orientará la proa del buque
hacia el lugar de donde viene el viento, las velas se verán aplastadas contra el mástil al recibir el aire por
su cara delantera, se frenará el andar del buque y el éxito en la maniobra de cambio de bordo quedará
confiado a la inercia del buque. Una vez franqueada la frontera y con el buque abatido sobre el costado,
las velas cuadras se reorientan y prosigue la navegación hasta la siguiente bordada.
Pero ¿qué ocurre si el buque es pequeño y carece del peso suficiente para vencer las dificultades de
un cambio de bordo por escasez de inercia? Para evitar que el viento frene la marcha de la embarc a c i ó n ,
lo más adecuado es bajar la vela en el momento de dar la bordada, girando al tiempo la verga para colo-
carla paralelamente a la quilla, pasarla al otro lado del palo y volver a izarla una vez virada cuando la
p roa del buque ha enfilado la dirección deseada. Esto es posible hacerlo cuando se cuenta con suficien-
te tripulación y con un aparejo ligero. También es posible usar el empuje de unos cuantos remos para
13. La forma vendría obligada por la forma del paño pues, ya fuera tejido a mano o con la ayuda de telar, los paños fueron y son siempre tiras de
formato rectangular. Las velas se confeccionan con tiras de paño unidas longitudinalmente.
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La comparación entre la chalupa vasca y la bretona señala su paralelismo en busca de la vela áurica. La embarcación 1 es un
«trincado vizcaíno» («Voilure de Trincadoure usitée en Espagne et à Bayonne») de mediados del siglo XVIII extraído de los
Souvenirs de Marine del Vicealmirante Pâris. Su contemporánea de Bretaña representada en el dibujo 4 (Chalupa de l´Iroise
y de Concarneau) es una réplica casi exacta dibujada también por Pâris. Destacan en la bretona las perchas para tensar la
caída de proa de la vela cuando navegan de bolina.
Los dibujos 2 y 5 muestran los mismos buques en la primera década del siglo XIX. El dibujo 5 pertenece a M. Consolin,
Maestro Velero del Arsenal de Brest, publicado en 1859. Su contemporáneo vasco, dibujo 2, es una reconstrucción hipoté-
tica del autor. La mayor diferencia entre estos dos diseños y los primeros están en el paralelismo de ambos mástiles, la mayor
envergadura de los mismos y el avance de la driza hacia proa.
En la tercera fase de la evolución, dibujos 3 y 6, que podemos situar entre 1860 y 1880, se aprecia un fuerte parecido entre
las chalupas. Las velas han ganado altura al picarse las vergas, pero siguen amuradas en la borda y lejos todavía del pie del
mástil. Sin embargo, la bretona 6 ha perdido los estais y aparece con su casco muy apopado para combatir la deriva. La vasca
3, profundiza su timón y exhibe un aparejo de bolina para la vela mayor. Las drizas ya se hacen firmes al pie del mástil. El
dibujo 3 se realizó a partir de la maqueta conservada en el Museo Naval de Madrid, datada a mediados del XIX. El dibujo 6
ha sido confeccionado a partir de esquemas publicados en el volumen tercero de Ar Vag.
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7 8
7 y 8. Fase final de la evolución en la chalupa bretona de Plougastel y una chalupa bonitera vasca, en los primeros años del
siglo XX. Las similitudes existentes en el último tercio del XIX (ilustraciones 3 y 6) han desaparecido por completo. La embar-
cación bretona, dibujo 7, ha evolucionado totalmente hacia la vela áurica, amurando las velas al pie de los palos y hundien-
do su popa. Para compensar el desequilibrio de dos velas al tercio tan parecidas, aparece un foque. No hay estais y sí oben-
ques. El dibujo fue elaborado a partir de la publicación Ar Vag antes mencionada.
Entre tanto, la chalupa vasca del dibujo número 8 ha quedado estancada en el siglo XIX, picando sus vergas de tal forma
que ya no tiene el punto de driza «al tercio» de su longitud, sino «al cuarto». Como conseguir velocidad es importante, el
casco ha decidido no aumentar su calado y por ese motivo ha tenido que alargar la pala del timón y compensar el posible
abatimiento gracias a una orza móvil que se instala a sotavento y en el primer tercio de la eslora. Los estais o burdas se man-
tienen, así como la primitiva bolina que tensa el borde de ataque de la vela mayor.
Entre estos dos diseños náuticos hay una distancia de casi cuarenta años, aunque las dos embarcaciones convivieron entre
1890 y 1915.
forzar la virada del buque, maniobra que bien pudo ser empleada por nuestras chalupas en casos de
viento escaso.
El hecho de colocar la verga en sentido longitudinal, aunque fuera momentáneamente y en el trans-
curso de una maniobra, fue un gesto inicial en el lento proceso que desembocó en las velas «áuricas»:
velas que, al contrario de las cuadras, se sitúan en un plano longitudinal paralelo al eje proa-popa del
buque y están capacitadas para trabajar recibiendo indistinta y alternativamente el viento por sus dos
caras. La historia de la navegación no recoge el momento en el que la vela cuadra se transforma, lo que
resulta lógico por el doble motivo de constituir un proceso extremadamente lento y por el hecho de afec-
tar a las pequeñas embarcaciones de pesca, muy poco documentadas. Pero sí hemos visto sus consecuen-
cias prácticas y el diferente camino recorrido en las fachadas marítimas europeas.
En el Mediterráneo, la vela latina alcanza su máximo desarrollo como vela áurica y carecemos de espa-
cio en estas páginas para aventurarnos en sus orígenes y evolución. En la costa del Atlántico, los procesos
de transformación de la vela cuadra en su camino hacia la práctica vela que sitúa su plano en el eje del
buque, pasaban por la vela «de pico», «de trincadura» o «al tercio». Así pues, vela latina y vela al tercio
marcan dos zonas náuticas muy determinadas, con un área de «contacto» situada en el litoral portugués.
Cuando contemplamos los primitivos buques atlánticos, desde el «drakkar» normando hasta los bar-
colongos del siglo XIII, dotados de mástiles tiples (enterizos) y en candela (verticales) de los que penden
velas cuadras puras, y los comparamos con el aparejo al tercio de una embarcación tradicional atlántica,
vemos cómo se han producido tres cambios fundamentales: los mástiles ya no son verticales y no se levan-
tan en el centro de las embarcaciones; las vergas no están suspendidas de los mástiles (punto de driza) por
su justa mitad sino a un tercio o a un cuarto de su longitud total; y las velas se han deformado hasta con-
figurar trapecios irregulares.
El eslabón entre los barcolongos medievales, muy parecidos a los que figuran en los sellos de villas atlán-
ticas como San Sebastián, y la chalupa tradicional, es el llamado «trincado vizcaíno». Podemos describir
este tipo de embarcación como un lanchón de poco calado, dos proas, forrado a tingladillo y aparejado en
«trincadura», lo que suponía uno o dos palos sin crucetas, cargando velas de pico o al tercio. Los «trinca-
dos», veleros relativamente veloces y que se emplearon como avisos y escampavías en la Armada, trabaja-
ron también en la flota mercante. A lo largo del XVIII, encontramos referencias a pequeños veleros de cabo-
taje que re c i b i e ron el sobrenombre de «vascos» y que no son otros que «trincados» evolucionados.
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Juan Carlos Arbex
El esquema ofrecido anteriormente es muy revelador. En las primeras imágenes de la ilustración, las
velas de las embarcaciones son rectangulares y las vergas se sitúan perpendiculares a unos palos inclinados
hacia popa. A principios del siglo XIX, el punto de amura de la vela mayor está muy avanzado y se hace
sobre la borda de barlovento.
No hay noticias claras de en qué momento empiezan a cambiar los aparejos, entre otras cosas porque
la iconografía de embarcaciones menores es muy escasa antes de 1860. Tenemos referencias bretonas de
una basculación de las velas hacia popa a mediados del XIX, cuando los marinos comprueban lo fatigoso
y complicado que resulta reorientar el aparejo en cada bordada, obligados a arriar las velas y volver a izar-
las. El viaje de las velas hacia la popa y la progresiva inclinación de las vergas conduce a que el punto de
amura se vaya aproximando a la base de los mástiles y se sitúe en el eje del buque. Simultáneamente, la
driza de la verga también empezó a hacerse firme cerca del pie de cada mástil.
14. Los datos e ilustraciones han sido extraídos de la Colección Ar Vag, Éditions de l´Estran, Douarnenez, 1985, así como de la colección de lámi-
nas Souvenirs de Marine del Vicealmirante Pâris del año 1882.
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Con esta evolución, muy elaborada ya en los primeros años del siglo XX, se completaba el proceso de
transformación de la vela cuadra en el aparejo «áurico» o de «cuchillo»15, y ya no fue necesario arriar todo el
trapo en cada bordada porque la vela al tercio amurada junto a la base del palo era capaz de navegar correc-
tamente «a la mano contraria». Para unas tripulaciones que debían estar más pendientes de su trabajo como
pescadores que de las velas, este proceso simplificó la vida a bordo ya que un par de hombres se bastaban para
maniobrar el aparejo. Además, la vela mayor largada a barlovento del mástil evitaba vibraciones al palo, traba-
jaba mejor y evitaba perturbaciones a la vela de mesana, largada por el contrario a sotavento de su mástil.
La chalupa vasca disponía, en la última fase de su vida, de una jarcia fija simplificada. Por un lado, la
driza hacía las veces de obenque del mástil, haciéndose firme a barlovento del mismo. En sentido longi-
tudinal, el palo mayor utilizaba un estai a proa, que en otros tiempos serviría de contrapunto a una driza
muy apopada, y otro hacia popa que más que un estai podría ser considerado como una «burda volante»
hecha firme en la aleta de barlovento.
La antigüedad del aparejo en las chalupas se pone de manifiesto tanto en estos dos estais como en
la «bolina» que tensa el gratil de la vela mayor. Para los no iniciados, este detalle del aparejo necesita
de explicaciones complementarias. Una vela cuadra que se transforma en vela áurica o de cuchillo pue-
de sufrir vibraciones, flameos y desgarros en su borde de ataque al viento; es decir, en la caída o bord e
15. La denominación de «aparejo de cuchillo», dado en ocasiones a las velas áuricas, es la forma castellana de la expresión francesa «taillevent»
o corta-viento. En efecto, las velas áuricas, por su posición coincidente con el eje proa popa del buque, cuando navegan ciñendo tienen unos de sus
bordes cortando el viento como un cuchillo. De ahí el sobrenombre. Se pueden considerar como velas de cuchillo los foques, cangrejas, escandalosas,
velas de estai y las velas al tercio más evolucionadas.
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vertical de proa. Las primeras velas al tercio superaban este problema tensando lo que podíamos consi-
derar como «el borde del cuchillo» mediante una pértiga de madera. Este artefacto, visible en una de
las ilustraciones de una chalupa primitiva bretona, se sigue empleando a bordo de las dornas a vela
gallegas.
En las embarcaciones de mayor tamaño era imposible lograr esta tensión con un solo punto de apoyo
y se recurrió a un trenzado de cabos que se hacía firme en al menos cuatro puntos del gratil y cuya tensión
podía regularse mediante un aparejo. Esta es la solución usada por las chalupas boniteras vascas. Y deci-
mos que esta «bolina», llamada así por emplearse cuando el buque navega «de bolina», es una prueba de
antigüedad en el diseño porque es un aparejo innecesario en fases más evolucionadas en las que la amu-
ra de la vela se hace firme en la base del mástil.
La generalización del vapor y de la propulsión mecánica en los primeros años del siglo XX, sorprendió
a las flotas tradicionales europeas en diferentes fases evolutivas. En la costa noratlántica encontramos, a
partir de 1860, un buen número de embarcaciones de pesca propulsadas por el avanzado aparejo áurico
de goleta. No es de extrañar, porque su origen está en el Mar del Norte y ya en la isla bretona de Ouessant
hay referencias gráficas de velas cangrejas desde mediados del siglo XVIII, aplicadas a embarcaciones de
uso civil.
El aparejo de cuchillo se había generalizado entre los pesqueros de Holanda, Francia, Alemania y el Rei-
no Unido desde 1883. Ya en 1875 se había botado el primer «dundée» de pesca, la primera goleta, del
puerto galo de Fécamp como respuesta a los británicos «dandy rig» construidos en Yarmouth y Lowestoft
en 1865. Tomando como referencia el año 1900, comprobamos que la flota pesquera del Atlántico norte
europeo estaba entonces repleta de buques aparejados de goleta, desde los «sloups» sardineros de Con-
carneau y de Brest, las goletas langosteras de Lorient y los «dundées» de Camaret, hasta los «smacks»
arrastreros o arenqueros («drifters») de Brixham.
La flota de pesca vasca no adoptó nunca velas tan evolucionadas como los foques y las cangrejas, per-
maneciendo fiel a la vieja vela al tercio que, por otro lado, no llegó a alcanzar fases evolutivas tan depura-
das como en otras flotas del norte. En realidad, el plano vélico de las chalupas vascas de 1900 tiene su equi-
valente en el de las chalupas bretonas de 1860. Cuarenta años de retraso. Este «estancamiento» resulta
mucho más llamativo por cuanto que uno de los elementos más significativos de la flota, la chalupa boni-
tera, era un velero puro que realizaba largas singladuras persiguiendo bandadas de peces muy rápidos. Una
chalupa bonitera aparejada de goleta, como los «dundées thonniers» bretones, quizás habría negociado
mucho mejor los vientos contrarios del Cantábrico, facilitando la vida de las tripulaciones.
Si la chalupa no evolucionó fue por la sencilla razón de que nunca lo necesitó. En el País Vasco y en el
Cantábrico, al contrario de la Bretaña o Galicia, no eran precisas complicadas maniobras para salir a mar
abierto dando bordadas desde el interior de rías encajonadas. Navegar en busca de bonito tampoco
requería dar bordada tras bordada, porque para arrastrar por la popa media docena de aparejos cebados
con hojas de maíz se bastaban con vientos constantes que mantuvieran rumbos largos con los que rastre-
ar días y días el mar. Tampoco necesitaba tomar marcas en la costa para localizar con precisión caladeros
navegando arriba y abajo. Justamente, el empleo de chalupas de menor tamaño, los «meriñakes» y las
«caleras» para la pesca en el «cantil», puede justificarse por su mayor facilidad para moverse a remo en
busca de la posición adecuada y mantenerse sobre el caladero.
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En el caso de las embarcaciones de altura, cuando llegaba el momento de dar un bordo había que con-
tar con hombres fuertes y especializados. Pero esto sucedía en contadas ocasiones.
Las goletas sardineras de Concarneau seguían saliendo de los astilleros en 1923. Los pescadores del
puerto de Lorient, seguían acudiendo a la zafra de la langosta «verde» de Mauritania a bordo de goletas
nuevas, construidas en los años treinta y equipadas con motores auxiliares16. La vela cangreja, en resumen,
no dejó de trabajar en toda la costa atlántica francesa hasta terminada la Segunda Guerra Mundial.
En la costa vasca, tal y como anunciábamos al comienzo de este trabajo, el abandono de la vela fue
drástico. La llegada de la hélice a la pesca en la primera década del siglo XX, no fue una simple adapta-
ción: fue una revolución.
El estudio de la tipología de una flota tradicional comprende un razonamiento sobre sus orígenes, un
seguimiento de su evolución a través de los años y un análisis de las razones de su desaparición. Las cir-
cunstancias que rodean la extinción de un tipo de embarcación pueden ser muy ilustrativas y, en el caso de
nuestras chalupas y traineras, esclarecedoras. Sobre todo cuando examinamos por qué o por quién fueron
reemplazadas.
Se ha insistido en que la lancha vapora («baporak») fue apreciada por los pescadores vascos esencial-
mente a causa de su polivalencia, ya que venía a sustituir de golpe a dos embarcaciones tradicionales: la
trainera y la chalupa bonitera. También se nos ha recordado la dramática galerna de agosto de 1912 como
factor decisivo en la renovación de la flota al elevar los márgenes de «seguridad» de los pescadores. El
cambio se produjo dentro de una misma generación de pescadores que, por fortuna, debieron contar con
el apoyo de una economía saneada, un substrato tecnológico favorable en plena expansión industrial del
País Vasco y, lo que es más importante y menos habitual en el sector, espíritus abiertos a la innovación y al
cambio.
Partiendo de San Juan de Luz, la marea del vapor arrasó las dársenas. Pero ¿de dónde salían estas recién
llegadas lanchas? Desde luego no eran adaptaciones locales a la propulsión mecánica tal y como había esta-
do sucediendo desde 1906 con las «pinasses» de Arcachon y sus motores de petróleo. Las lanchas vaporas
eran unas intrusas procedentes del Mar del Norte alejadas de la cultura náutica del Golfo deVi z c a y a .
Las proas rectas, formas llenas, quillas profundas, altos bordos y popas cuadradas en voladizo (popas
en «cola de pato»), correspondían a cascos de goletas y cutters del Canal de la Mancha desarbolados y
readaptados a la maquinaria y a la hélice. En resumen, a los armadores y pescadores vascos no se les ocu-
rrió incorporar las máquinas de vapor a sus chalupas, sino que adoptaron un producto completo («llave en
mano») de origen fundamentalmente británico. Como es natural, las lanchas de vapor tenían defectos.
A los pescadores se les redujo su autonomía, que pasó de dos semanas a una sola. Se terminaron las
correrías por el Cantábrico ya que no era fácil encontrar carbón en todos los puertos. La velocidad dismi-
nuyó, pues los diez nudos de las chalupas se convirtieron en cinco o seis con las vaporas. Las pronunciadas
formas en «V» del casco acostaban a las vaporas dentro de las dársenas cuando bajaba la marea, siendo
necesario instalar quillas de pantoque para remediar el problema. Los tubos de refrigeración y condensa-
ción del vapor, sujetos a la obra viva, se golpearon y rompieron en las varadas. Disminuyó la capacidad de
los buques pues las primeras lanchas medían algo más de diez metros de eslora y había que contar con la
carga de combustible. Se hizo evidente la necesidad de un mecánico a bordo tras algunos accidentes cau-
sados por explosiones en las calderas. Por último, las lanchas no eran baratas. Todos estos defectos eran
compensados con un extraordinario incremento de la seguridad y con la capacidad de navegar aunque
faltara el viento.
Los astilleros artesanales tuvieron que ponerse al día y olvidar siglos de tradición para empezar a cons-
truir embarcaciones inglesas. Si las chalupas se hubieran encontrado en una fase más avanzada de su evo-
lución hacia el aparejo áurico, con cascos más quillados y velas más modernas, el motor habría entrado en
la flota a hurtadillas y sin convulsiones. Las chalupas se habrían equipado con una hélice, en codastes más
amplios, y la vela habría sobrevivido algunas décadas más. Pero con un calado y un plano de codaste poco
16. Las goletas «langosteras» francesas, equipadas con nasas de mimbre del tipo acampanado, fueron especialmente activas a comienzos del
siglo XX en aguas gallegas. Las langostas eran abundantes en la costa comprendida entre cabo Silleiro y la desembocadura del Miño y no recibían aten-
ción por parte de los pescadores locales por falta de mercados estables. La influencia francesa fue decisiva en los modos de hacer gallegos, hasta el
punto de introducir este tipo de nasa en la cultura pesquera de las Rías Bajas, desde Bayona (Vigo).
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capaz, se recurrió a un nuevo casco. Alguna de las últimas chalupas boniteras construidas, como la ber-
meana Sogalinda de 1917, reunía ya características especiales con su casco en «V» y sus dimensiones
espectaculares.
Pero el avance llegaba tarde y podemos insinuar que el arcaísmo de la chalupa pesó de forma decisiva
en su rápida extinción. Tan rápida que, a pesar de referirnos a acontecimientos que tuvieron lugar hace
apenas ochenta años, no ha quedado ni un solo vestigio de una sola de las chalupas17 o traineras que
navegaban a principios de siglo.
BIBLIOGRAFÍA
17. En San Vicente de la Barquera (Cantabria) apareció, en 1990, el timón de una chalupa pequeña. Algún remo y otras piezas menudas sobrevi-
ven. Pero no se ha encontrado el casco de una gran chalupa bonitera o de una trainera, haciendo aún más interesante la iniciativa de construcción de
una embarcación tradicional como la existente en Socoa y extensamente descrita en el nº 110 de la revista de etnografía marítima Chasse Marée.
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