Grey
Por Alberto Chimal
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Alberto Chimal
Alberto Chimal (Toluca, México, 1970) es narrador y ensayista. Ha publicado los libros de relatos El Rey bajo el árbol florido (1996), Gente del mundo (1998), Ejército de la luna (1998), El país de los habilistas (2001), Éstos son los días (2004, Premio Nacional de cuento San Luis Potosí 2002), Grey (2006), El último explorador (2012), entre otros; las novelas Los esclavos (2009) y La torre y el jardín (2012); teatro (El secreto de Gorco, 1997, premio de dramaturgia para niños de la Feria Internacional del Libro Infantil y Juvenil, y Canovacci, 1998), así como las colecciones de ensayos La cámara de maravillas (2003), La Generación Z (2012) y Cómo empezar a escribir historias(2012). Fue becario del FONCA (1997-98).
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Grey - Alberto Chimal
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Catálogo de sectas [I]
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1. Los ofiditas sostienen que la Serpiente era, en verdad, una predicadora de la fe verdadera (!), que habría intentado convertir a Adán y Eva antes de que el hapaxlegómeno (?) naciese destorcido (sic). Sus adeptos son optimistas sólo porque creen que dicho hapaxlegómeno volverá y podrá educársele. (En fin.) Su mayor diversión es pisotearse unos a otros y hablar sacando y metiendo la lengua: su código es semejante al del antiguo telégrafo.
2. Los dulzones gustan de cosas simples como botes llenos de jarabe de fresa, cajas y cajas de caramelos, galletas crocantes y pastelillos recién horneados. Tienen un libro sagrado que es una antología de las comidas, las cenas y las confituras que se mencionan en todos los otros. (Es breve.) Su cuerpo doctrinal es despreciable: ni siquiera pretenden justificar sus excesos invocando versículos, y menos aún esgrimiendo virtud, linaje, raza o méritos en vidas previas o futuras. Se bautizan por inmersión en miel y las vacaciones de sus recién matrimoniados tienen un nombre más extenso y empalagoso que la presente nota.
3. Parábola: Estaban un ofidita y un indescifrable (no pregunte usted) en la ladera de una montaña. El ofidita pregunta: ¿Ya es la hora de la salvación?
El indescifrable responde. El ofidita no entiende. El indescifrable amplía su respuesta. El ofidita sigue sin entender, se enoja, pisotea un poco al indescifrable, le dice palabras malas con su lengua. Pero el indescifrable tiene buen corazón y no lo dejará allí, a merced de la avalancha.
4. Los de oid! (así lo ponen) son la primera meta-secta: clasifican a todos los seres humanos en ofiditas, indescifrables y dulzones. Niegan la existencia de quienes no caben en ninguna de estas categorías, o bien (depende del líder) abogan por su muerte violenta.
a)
TANTO GUSTO
♦
Con la barra en alto y a punto de golpear el cristal, el Rocko descubre que el coche no está, en realidad, vacío: adentro hay una niña pequeña, como de dos o tres años, sentada en el asiento trasero, precisamente junto a la ventana que el Rocko se propone romper. Muy sorprendido, y aunque los demás se le quedan mirando con un asombro distinto (pues no entienden por qué no le da al vidrio de una buena vez, para que entre todos puedan arrancar el estéreo y las bocinas), el Rocko retrocede un paso, luego lo avanza nuevamente, luego se inclina para ver mejor. La niña, de hecho, es su hija, a la que no ha visto desde que la madre se la llevó hace algunos meses. Ella también parece reconocerlo, pues alza la manita y pega la palma al interior del cristal. Lo primero que se le ocurre al Rocko es que la madre es todavía más pendeja y perra de lo que él creía, para dejar a su propia hija sola en un coche cerrado, para que en vez del Rocko llegue alguien que no la conozca y le ponga al menos un susto horrible, y en el peor de los casos la golpee o la hiera o la saque para violarla o… El Rocko, indignado, levanta otra vez la barra, pero para golpear la ventanilla delantera, de modo que la niña (quien sigue con la mano en el cristal) no corra peligro ni siquiera de recibir un golpe, y mientras los demás trabajan él pueda sacarla y llevarla a su propia casa. Entonces, en un parpadeo, la niña desaparece del interior del coche y su lugar lo ocupa una mujer muy vieja, arrugada, gorda, sentada justamente en la misma posición de la pequeña. Ella mira intensamente al Rocko. Éste piensa en su abuela y luego tiene una idea curiosa: le parece que, si vive lo bastante, su hija podría llegar a verse así: su propia hija llegará, si tiene suerte, a ser ese despojo. Nunca se le había ocurrido semejante idea y no es un pensamiento agradable. Una vez más baja la barra. Los demás se encuentran cada vez más agitados por la falta de acción del Rocko: ha pasado casi medio minuto desde que llegaron hasta el coche y, si bien es poco probable que alguien intente detenerlos, no es bueno que se mantengan mucho tiempo en el mismo lugar, y además está la urgente necesidad de contar con el dinero de la venta de cuanto puedan sacar del interior. Uno de ellos va a increpar al Rocko para que se apresure cuando éste vuelve a moverse. Los demás creen que va a romper, ahora sí, el vidrio, y en efecto el Rocko vuelve a levantar la barra, porque también sabe de las urgencias del momento y lo más fácil debería ser sacar a la vieja (porque debe ser una desconocida: la impresión que tuvo el Rocko es absurda) y echarla a un lado mientras trabajan. Entonces, ya para dar el golpe, el Rocko se detiene una vez más. Aquí cabe esta digresión: el coche les llamó la atención desde varias horas antes, cuando lo vieron de lejos en la esquina más remota del estacionamiento de la unidad, cerrado y lejos de los otros automóviles; ahora, mientras el Rocko mira boquiabierto las ventanillas, los otros, por algo observar pues no ven lo que él está viendo, reparan en varios detalles triviales: por ejemplo, la carrocería no es como ninguna que hayan visto antes y la marca (logotipo de una fábrica, nombre del modelo) no se ve por ningún lado. El Rocko mismo no ha reparado en nada de esto porque, ahora, el interior del coche alberga un tesoro: diez cajas nuevas y perfectamente cerradas de estéreos para automóvil, de buena marca y cada una con su correspondiente juego de bocinas.