(Florence Gauthier) El Terror, de Robespierre A Daech, Pasando Por Podemos
(Florence Gauthier) El Terror, de Robespierre A Daech, Pasando Por Podemos
(Florence Gauthier) El Terror, de Robespierre A Daech, Pasando Por Podemos
Un nuevo acceso de prurito “aterrorizante” ataca desde hace algún tiempo. Ha sido recientemente
reactivado por Pedro J. Ramírez, exdirector del diario madrileño EL Mundo, que ha publicado un
tocho rayano en las 1000 páginas titulado originalmente El primer naufragio (Madrid, 2013) y
traducido al francés con el provocador título siguiente: El golpe de Estado. Robespierre, Danton y
Marat contra la democracia (Paris, 2014). Y el pasado 15 de junio, en el diario Ouest-France, el
sociólogo Michel Wieviorka la emprende también con Robespierre para compararlo con… ¡Daech!
Hay que observar que Pedro J. Ramírez ha colado de matute una comparación con Pablo Iglesias,
fundador del partido Podemos, no en su libro –en el que no aparece siquiera mencionado—, sino en
las entrevistas que va ofreciendo a cuenta de su libro: compara a Iglesias con Robespierre para
expresar sus posiciones políticas personales. [1]
El autor tiene que probar que Podemos no podrá hacer otra cosa que repetir el “Terror”. Se empeña,
así pues, en construir una narración de “la toma del poder por Robespierre, Danton y Marat” en
forma de… ¡golpe de Estado! Empresa harta osada y aun muy audaz, habida cuenta de que lo
ocurrido entre el 31 de mayo y el 2 de junio de 1793 está abundantemente documentado y no ha
dado pie a ningún tipo de violencia, ni jurídica ni física. Recordaré brevemente lo que pasó, que
resulta de lo más interesante.
Las instituciones democráticas de la época concebían los cargos electos como fideicomisos, lo que
significa responsables ante sus electores. Y la Revolución del 31 de mayo de 1793 consistió
precisamente en el ejercicio práctico de llamar a capítulo a los mandatarios en los que se había
perdido confianza: los electores se habían expresado en los meses precedentes exigiendo la
destitución de esos mandatarios infieles precisamente porque ya no confiaban en ellos.
Eso se hizo el 31 de mayo, y 22 diputados de la Gironda fueron destituidos y enviados a sus casas.
Es verdad que esta institución, democrática por excelencia, no suele practicarse en nuestros
sistemas electorales actuales. Valdría la pena que se enseñara en las facultades de ciencias
políticas para que los estudiantes se familiarizaran con los lazos que vinculan íntimamente la
responsabilidad fideicomisaria de los cargos electos con la noción misma de soberanía popular: así
podrían reconocerla sin mayores dificultades cuando la vieran puesta en práctica. Y así se evitarían
también groseras traiciones de la ignorancia como las reveladas por la lectura del voluminoso libro
de Pedro J. Ramírez.
Difícil empresa, la de demostrar que Robespierre, Danton y Marat, los tres diputados electos,
habrían dado un “Golpe de Estado” el 31 de mayo de 1793, habida cuenta, encima, de que la
Convención votaría la Constitución del 24 de junio de 1793 a la que el gobierno girondino había
venido dando largas hasta entonces.
No, decididamente, Pedro J. Ramírez no consigue “aterrorizarnos” con este asunto, ni siquiera
olvidándose de mencionar en su libro el voto de esta Constitución… El primer golpe de Estado sigue
siendo el del general Bonaparte el 18 de Brumario (9 de noviembre) de 1799, ¡un golpe desde luego
militar!
“Cuando su padre sube a la tribuna del Primero de Mayo, lo que se ve es más que una afrenta. Se
ve perfectamente que ella no puede dirigir su partido. Cuando no consigues dirigir tu partido, no
puedes dirigir un país ni una gran región. Esa es la limitación que está revelando. Y no podrás
impedir hoy que algunos pretendan ajustes de cuentas internos. Mire al señor Philipot, un pequeño
Robespierre que quiere la cabeza de Luis XVI. Eso es hoy el Frente Nacional.”
El autor de esta alusión a la Revolución francesa vincula a Robespierre al proceso del rey, como si
se hubiera tratado de la decisión de un solo individuo aislado. ¡Nada más falso! El proceso al rey fue
largamente debatido en la Convención y votado por una mayoría de diputados, el detalle de cuyos
votos se conoce perfectamente.
En cuanto a la alusión por un tercero a “la muerte del padre” en la familia Le Pen, la cosa mueve
más a sonreír que a “aterrorizarse”.
El más reciente acceso del prurito viene firmado por Michel Wieviorka en Ouest-France el pasado 10
de junio. El autor se lanza a una comparación entre Daech y Robespierre, y –si es que el título no es
de la Redacción— se felicita por la excelencia de su idea: “La comparación entre Daech y la Francia
de Robespierre tal vez resultará chocante, pero es muy instructiva”.
También aquí encontramos el tono del exceso fementido, vecino del de Ramírez. Vean, si no:
“En el Oriente Próximo de 2015 como en la Francia de 1793, uno o dos Estados podrían construirse
sangrientamente. El bien llamado Terror fue precedido por masacres de sacerdotes, preludio de las
guerras de la Vendée. Un decreto del 31 de julio de 1793 pedía la destrucción de las tumbas reales y
de otros mausoleos en toda la República. Daech no ha inventado nada nuevo (…).”
Lleva razón Wieviorka al creer que su fórmula “tal vez resultará chocante”. Pero yo estoy menos
chocada por sus intenciones que por el descubrimiento de la magnitud de su ignorancia de los
hechos más elementales del período revolucionario: ¡las fuentes para conocerlos no son
precisamente escasas!
Empecemos con la masacre de los sacerdotes. Robespierre, en tanto que diputado elegido cada
mes por la Convención para el Comité se Salud Pública después del 17 de julio de 1793, ha
rechazado la “descristianización” llevada a cabo por dos corrientes: los “desfanatizadores sectarios”,
una, y los contrarrevolucionarios, otra. Ambas querían sacar provecho de las divisiones creadas por
esas tensiones religiosas. Robespierre reclamó la aplicación de los principios de la Declaración de
los derechos del hombre y del ciudadano en lo tocante a la libertad de conciencia: precisamente por
eso fue castigado por la historiografía adepta a la “desfanatización intolerante”, que afectó ver en él a
un obscuro defensor de la religión católica, al gran sacerdote de una supuesta religión del Ser
supremo. Lo único cierto es que Robespierre defendió el principio de libertad de culto de la
Declaración de derechos. [2] ¿Probablemente como Daech?
Veamos ahora las guerras de la Vendée. El señor Wieviorka cae aquí en su inevitable
instrumentalización luego de que un historiografía surgida del bicentenario y pilotada por el lobby
vendeano buscara enterquecidamente un genocidio en la Revolución francesa. Los resultados de
esa búsqueda desesperada de un supuesto “genocidio… franco-francés” en la Vendée fueron
ridículos. Por lo demás, Robespierre no desempeñó papel alguno en esos sucesos, al contrario de lo
que martillea sin descanso este lobby vandeano. [3]
En lo tocante a las destrucciones de tumbas reales, el diputado Grégoire hizo votar en la Convención
medidas contra lo que él mismo llamó “vandalismo que no conoce sino la destrucción”, al que calificó
de “barbarie contrarrevolucionaria”. [4] Esas medidas fueron apoyadas sin reservas por Robespierre,
como es harto sabido. ¡También aquí es hato difícil cargarle el sambenito!
Comparar el vandalismo del período revolucionario con los actos cometidos por Daech no sólo es un
error. Es ridículo. Mejor habría hecho el señor Wieviorka comparando esos actos con la destrucción
de la civilización romana en el momento de la caída plurisecular del Imperio romano de Occidente,
que no sólo destruyó monumentos, sino lengua, literatura y bibliotecas. [5]
Fuente:
URL de origen (Obtenido en 25/06/2019 - 12:30):
http://www.sinpermiso.info/textos/el-terror-de-robespierre-a-daech-pasando-
por-podemos-pedro-j-ramrez-wieviorka-y-otros-excesos