Arturo y Clementina
Arturo y Clementina
Arturo y Clementina
Clementina le dio las gracias. Pero aquella noche, antes de dormirse, estuvo
pensando por qué tenía que llevar a cuestas aquel tocadiscos tan pesado en lugar
de una flauta liviana, y si era verdad que no hubiera llegado a aprender las notas y
que era distraída.
Pero después, avergonzada, decidió que tenía que ser así, puesto que Arturo, tan
inteligente, lo decía. Suspiró resignada y se durmió.
Durante unos días, Clementina escuchó el tocadiscos. Después se cansó. Era de
todos modos un objeto bonito, y Clementina se entretuvo limpiándolo y sacándole
brillo. Pero al poco tiempo volvió a aburrirse. Y un atardecer, mientras
contemplaban las estrellas, a orillas del estanque silencioso, Clementina dijo:
Sabes, Arturo, algunas veces veo unas flores tan bonitas y de colores tan extraños,
que me dan ganas de llorar. Me gustaría tener una caja de acuarelas y poder
pintarlas.
¡Qué idea ridícula! ¿Es que te crees una artista? ¡Qué bobada! Y reía, reía, reía.
Clementina pensó: Vaya, ya he vuelto a decir una tontería. Tendré que andar con
mucho cuidado o Arturo va a cansarse de tener una mujer tan boba. Y se esforzó
en hablar lo menos posible.
Arturo se dio cuenta enseguida y afirmó: Tengo una compañera aburrida de veras.
No habla nunca y, cuando habla, no dice más que disparates.
Pero debió sentirse un poco culpable y, a los pocos días, se presentó con un
paquetón. Mira, he encontrado a un amigo mío pintor y le he comprado un cuadro
para ti. Estarás contenta, ¿no? Decías que el arte te interesa. Pues ahí lo tienes.
Átatelo bien porque, con lo distraída que tú eres, ya veo que acabarás por
perderlo.
La carga de Clementina aumentaba poco a poco. Un día se añadió un florero de
Murano: ¿No decías que te gustaba Venecia? Tuyo es. Átalo bien para que no se te
caiga, ¡eres tan descuidada!
Otro día llegó una colección de pipas austríacas dentro de una vitrina.
Después una enciclopedia, que hacía suspirar a Clementina. ¡Si por lo menos
supiera leer!- pensaba.
Llegó el momento en que fue necesario añadir un segundo piso a la casa de
Clementina.
Clementina, con la casa de dos pisos a sus espaldas, ya no podía ni moverse.
Arturo le llevaba la comida y esto lo hacía sentirse importante: ¿Qué harías tú sin
mí? ¡Claro! -suspiraba Clementina-. ¿Qué haría yo sin ti?
Poco a poco, la casa
de dos pisos quedó
también
completamente llena.
Pero ya tenían la
solución: tres pisos
más se añadieron
ahora a la casa de
Clementina.
Hacía mucho tiempo
que la casa de
Clementina se había
convertido en un
rascacielos, cuando
una mañana de
primavera decidió
que aquella vida no
podía seguir por más
tiempo.
Salió sigilosamente
de su casa y dio un
paseo: fue muy
hermoso, pero muy corto. Arturo volvía a casa para el almuerzo, y debía
encontrarla esperándole. Como siempre.
Pero poco a poco el paseíto se convirtió en una costumbre y Clementina se sentía
cada vez más satisfecha de su nueva vida. Arturo no sabía nada, pero sospechaba
que ocurría algo: ¿De que demonios te ríes? Pareces tonta -le decía.
Pero Clementina, esta vez, no se preocupó en absoluto. Ahora salía de
casa en cuanto Arturo le daba la espalda. Y Arturo la encontraba cada vez
más extraña, y encontraba la casa cada vez más desordenada, pero
Clementina empezaba a ser verdaderamente feliz y los retos de Arturo ya
no le importaban.
Y un día Arturo encontró la casa vacía.