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Chernobyl - Frederik Pohl

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Histórica

porque su trama se basa en hechos reales extraídos de la


historia: abril 1986, en Ucrania, donde uno de los reactores de la más
avanzada central nuclear de la Unión Soviética estalló, provocando una
catástrofe que estuvo a punto de alcanzar envergadura planetaria y
cuyas consecuencias todavía persisten.
Histórica porque ella misma hará historia en el ámbito de las letras
contemporáneas; porque un gran maestro de la literatura de ciencia-
ficción mira por primera vez de cerca a los hombres y mujeres de hoy y
nos ofrece una entrañable imagen de su comportamiento, lo mismo en la
vida cotidiana que en circunstancias de excepción.
La Unión Soviética de la era Gorbachov ha encontrado en Frederik Pohl
su historiador inmediato; nosotros, los lectores, un guía inspirado que
nos da a conocer un país todavía enigmático, nos cuenta el horror de
una gran tragedia humana.
Sin hipérbole, repetimos: este libro quedará en la memoria de cuantos
tengan la buena fortuna de leerlo. Para siempre. Como para siempre han
quedado en la atmósfera que todos respiramos las mortíferas partículas
exhaladas por un reactor nuclear en un rincón de Ucrania.
Una novela dos veces histórica.
Frederik Pohl

Chernobyl
ePub r1.0
orhi 02.02.16
Título original: Chernobyl
Frederik Pohl, 1987
Traducción: Rafael Marín

Editor digital: orhi


ePub base r1.2
Los científicos afirman que, debido a los desplazamientos del aire sobre
la superficie terrestre, hoy, dos mil años después de la muerte de Julio
César, cada vez que un ser humano respira, sea aquí, sea en la sabana
africana, o en la Patagonia, inhala por lo menos una molécula del aire
que exhaló en su último aliento el ilustre romano.
El número de moléculas de vapor, de gases, de hollín y de cenizas que
exhaló en su estallido uno de los reactores de la Central Nuclear de
Chernobyl era incalculablemente superior al contenido en el aliento de
César. Todos tenemos dentro una mínima parte de aquel aliento
histórico. Mucho antes de que transcurran dos mil años, todos los seres
humanos habrán asimilado una parte del siniestro aliento radiactivo del
reactor de Chernobyl.
Con este espíritu universalista Frederik Pohl se ha acercado a la terrible
tragedia ucraniana de abril de 1986 y ha escrito sobre ella una novela
que tiene difícil equivalente en la narrativa de nuestros días.
Mundialmente famoso por sus relatos de ciencia-ficción, sorprende que
el autor haya logrado, cultivando un género distinto, no sólo una obra
realista, directa y actual, sino un auténtica epopeya de nuestro tiempo.
Su lectura verdaderamente estremece, tanto por las dimensiones del
tema como por la cálida humanidad con que nos son mostradas la
tragedia y su entorno, las gentes que la protagonizaron y el marco
general de la desconcertante Unión Soviética remoldeada en los últimos
años por Gorbachov y sus seguidores.
Este libro está dedicado a los cientos de hombres y mujeres cuyo valor
y sacrificio impidieron que una terrible catástrofe adquiriera
proporciones aún más horribles.
Chernobyl es una obra de ficción. En ella se mencionan personas que existen
en la realidad; la información sobre dichas personas ha sido extraída de archivos
públicos, y ninguna de ellas aparece como personaje activo en la novela. Todos
los personajes que aparecen son ficticios, sin que representen a personas reales.
Esto se cumple incluso en los pocos casos en que el personaje es identificado por
su cargo (por ejemplo, el director de la central nuclear de Chernobyl), o por
alguna actividad particular (los tres hombres que descienden con equipos de
buzo bajo el reactor para drenar las aguas subterráneas). Ciertamente, una
persona real tuvo ese cargo o llevó a cabo esa actividad, pero en tales casos el
personaje de la novela no tiene relación ninguna con la persona real.
Tocó la trompeta el tercer ángel, y cayó del cielo un astro grande, ardiendo
como una tea, y cayó en la tercera parte de los ríos y en las fuentes de las aguas.
El nombre de ese astro es Ajenjo. Y convirtióse en ajenjo la tercera parte de las
aguas, y muchos de los hombres murieron por las aguas, que se habían vuelto
amargas.
SAN JUAN
Apocalipsis, III, 10-12

Chernobyl, en ucraniano, significa «ajenjo»


1
Viernes, 25 de abril, 1986.

En la actualidad, Simyon Smin es un hombre activo y amable de sesenta y


cuatro años que parece un exluchador de peso pesado. Es bajo y bastante
fornido. Sonríe a menudo, con ese tipo de sonrisa al que las demás personas
corresponden instintivamente. No se le podría llamar guapo, en parte porque
tiene una franja de piel suave y casi vítrea que le cruza el lado izquierdo de la
cara desde el labio superior hasta la nuca, donde desaparece cubierta por la ropa.
Sin embargo, hay una dulzura en su expresión que hace que sus subordinados
masculinos se sientan libres para hablarle francamente, y que las mujeres
encuentran atractiva. Ésa es una de las razones por las que su esposa, Selena, se
casó con él, aunque en el momento de la boda Simyon tenía casi cuarenta años y
ella sólo diecinueve. Otra razón fue que, como veterano de guerra, herido y
condecorado, gozaba del privilegio de ponerse a la cabeza de las colas y comprar
en tiendas especiales. Incluso entonces resultaba obvio que su carrera iba en
sentido ascendente. Hoy ha tenido éxito. Es el director técnico de la central
nuclear de Chernobyl, que suministra a Ucrania oriental casi una cuarta parte de
su energía eléctrica, miembro del Partido desde hace cuarenta y tres años, con
posibilidades, de viajar al extranjero. Selena ha podido acompañarle fuera del
país en dos ocasiones. Una, a Alemania Oriental solamente; pero la otra fueron
cinco días maravillosos, cuando tuvo que visitar la sede de la Agencia
Internacional de Energía Atómica en Viena, una auténtica ciudad occidental.

Aquel día, inmediatamente después del almuerzo, Smin recibió a tres


visitantes de Yemen del Norte en la sala de conferencias de la central. Era uno de
los lugares de la planta que con mayor orgullo se exhibían, con el busto blanco
de V.I. Lenin mirando desafiante desde una de las paredes y la gruesa alfombra
armenia en el suelo. Su secretaria había preparado una larga mesa con las cosas
apropiadas para los distinguidos invitados extranjeros, quienes podían (así lo
esperaban los de Novosibirsk) ordenar un reactor nuclear RBMK-1000 para su
país. (Naturalmente, por razones políticas, tardarían mucho tiempo en recibirlo,
pero las autoridades de la central nuclear deseaban a toda costa que lo pidieran.)
Había botellas abiertas de Pepsi-Cola y Fanta de naranja, así como ceniceros y
paquetes de cigarrillos americanos Marlboro, y en la pequeña nevera bajo la
mesa había latas sin abrir de zumo de naranja griego. (Había también una botella
de vodka Stolichnaya en el congelador, por si acaso los yemeníes resultaban ser
más marxistas que musulmanes.)
Los yemeníes llegaron escoltados por la secretaria de Smin, Paraska
Kandyba, quien los conducía con rostro impasible. Les seguía el traductor, quien
tuvo la deferencia de sentarse en un extremo de la mesa sólo después de que los
tres hombres de chilabas blancas hubieran tomado asiento.
—Les doy la bienvenida a la central nuclear de Chernobyl. Pido disculpas
por el hecho de que nuestro director, el camarada Zaglodin, no se encuentre
presente, pero al igual que yo, él espera que su visita aquí sirva para aumentar
las relaciones amistosas entre nuestros dos países —dijo Smin con su agradable
voz de tenor, y esperó a que el traductor repitiera sus palabras en el idioma de los
visitantes.
Era el habitual discurso de hospitalidad y satisfacción ante la planta nuclear:
dos frases cada vez y luego una pausa para que interviniera el traductor. Lo
pronunció de corrido, mientras su secretaria acudía con una bandeja de café
servido en tacitas pequeñas y otra con dulces, que pasó entre los invitados. Éstos
sorbieron y picotearon impasibles mientras escuchaban a Smin recitar las
virtudes del sistema de energía nuclear soviético, la devoción extrema con la que
acataban las decisiones del 27º Congreso del Partido y su éxito absoluto en
alcanzar los objetivos fijados.
El discurso era cierto en casi todo, aunque no decía nada de, por ejemplo, los
apaños y estratagemas necesarios para hacer el plan viable, al menos
técnicamente. Ni decía explícitamente qué otros deberes impedían al director
recibir a los honorables invitados yemeníes. (Y que eran, principalmente, otros
invitados a quienes el director consideraba más importantes que aquel puñado de
árabes nacidos en el único país de la península arábiga que no tenía petróleo.)
Smin podría haber repetido aquel discurso dormido. A veces casi lo hacía.
Normalmente, solía dedicar la mitad del tiempo empleado en la traducción a
estudiar a los visitantes (cubanos, alemanes orientales, angolanos,
cumpucheanos, vietnamitas o polacos), y se preguntaba qué pensaban de este
inmenso monumento a la ciencia y la tecnología soviéticas. Por supuesto,
muchos disponían de centrales nucleares propias, o al menos esperaban disponer
de ellas pronto. Lo que utilizaban, sin embargo, eran reactores de agua a presión.
Lo que ninguno de los invitados extranjeros tenía eran los RBMK-1000 de
Chernobyl. Este modelo particular no se exportaba a los fraternos países
socialistas. Los reactores que ellos tenían, sin duda, eran lo bastante buenos para
producir energía eléctrica, pero apenas servían para otros propósitos.
(Naturalmente. ¿Quién podía confiar a los campucheos o a los polacos la
capacidad de fabricar plutonio?) A veces, Smin trataba de imaginar lo que harían
los invitados extranjeros, si pidieran reactores de la serie RBMK y se accediese a
enviárselos. Pensaba que, mansamente, devolverían los núcleos usados para
reprocesarlos en la URSS sin regateos ni carencias inexplicadas.
Pero no pensaba en ello a menudo.
Hoy, sin embargo, tenía otras cosas en la mente. Cuando el líder de los
yemeníes tomó la palabra para responder a su discurso de bienvenida, Smin, que
asentía con apreciación ante cada fragmento traducido, aprovechó la oportunidad
para escribir en un trozo de papel: ¿El experimento marcha según lo previsto?
Pasó la nota a su secretaria cuando ésta se disponía a ofrecer a los visitantes el
zumo de naranja. Nadie pareció darse cuenta de lo que había hecho. El portavoz
de la delegación estiró el cuello para ver lo que había en el interior de la nevera
cuando la secretaria la abrió, y se volvió hacia Smin.
—Peut-être, un peu de vodka? —preguntó.
—Mais certainement —exclamó Smin afablemente—. Et alors, vous parlez
français? Très bien!
Hizo un gesto con la mano a la secretaria indicándole que le dejara abrir la
helada botella y sirvió casi exactamente 150 mililitros a cada invitado. Si alguno
de ellos advirtió que Smin no se había servido nada, no lo comentó. A partir de
entonces la conversación continuó en un francés utilitario, aunque rudimentario,
por ambas partes. Así era mucho más rápido. Smin explicó que cada uno de los
cuatro reactores que componían la central de Chernobyl producía una potencia
de mil megavatios y podía ser realimentado en marcha, lo que quería decir que
estaba en funcionamiento mucho más tiempo que los modelos occidentales.
Repartió convincentes fotografías de la sala de turbinas, la cámara de
contención, las consolas de control con sus cuatro o cinco técnicos siempre de
servicio, y también las fotografías seriadas que fueron tomadas durante la
construcción y mostraban la inmensa planta a medida que crecía, capa tras capa.
—¿Pero por qué nos muestra sólo fotografías? —preguntó amablemente uno
de los yemeníes—. ¿No podemos visitar esos lugares en persona?
—¡Naturalmente! —exclamó Smin—. Claro que hay que subir muchas
escaleras. ¿No les importa? Y será necesario, simplemente como medida de
precaución, llevar equipos protectores, ¡pero podemos empezar ahora mismo!
Y hacerlo deprisa, añadió para sí, porque la nota que la secretaria había
deslizado en su mano decía: Sí, está previsto que empiece a las dos de la tarde.

Chernobyl no era simplemente una central eléctrica. Era casi una ciudad.
Cada reactor RBMK-1000 en sí mismo era inmenso, con sus toneladas de
bloques de grafito que frenaban los neutrones, sus casi mil setecientas tuberías
de acero reforzado que llevaban el agua a los núcleos, sus tanques de secado
donde las mil setecientas tuberías confluían para exprimir las gotas de agua del
vapor y pasar el vapor cargado de energía a las turbinas, su grueso piso de
macadam en la sala de las turbinas, donde los motores zumbaban o rugían, sus
sesenta centímetros de acero y metro ochenta de cemento en torno a cada
reactor…, medidas de seguridad ante el caso improbable de que algo, en algún
momento, fallase. Ya había cuatro RBMK-1000 funcionando en la central de
energía de Chernobyl; y la central en sí era solamente upa estructura en una
ciudad de naves de almacenamiento, talleres, oficinas administrativas, un centro
médico, baños para las personas que trabajaban allí, cafeterías, salones de
esparcimiento y descanso para después de los turnos, y todo lo demás que Smin
pudo imaginar y, a través de súplicas o sobornos, conseguir, para hacer
Chernobyl perfecta.
Éste era el trabajo del director técnico, y el hecho de que la perfección
absoluta fuera imposible no impedía que Smin continuara persiguiéndola. Contra
viento y marea. A pesar de todas las frustraciones. Porque las había, empezando
por los propios trabajadores; si éstos no bebían en el trabajo, se ausentaban sin
permiso; si no hacían ninguna de ambas cosas, se marchaban a otros trabajos en
cuanto podían. En teoría, esto no era fácil en la URSS, ya que nadie consigue un
empleo sin un informe de su último patrono, y los patronos, se suponía, no
alentaban vagabundeos de ese tipo. En la práctica, la gente que había trabajado
en Chernobyl tenía tanta demanda que incluso un informe negativo era bueno. Y
ésos eran sólo los problemas con el personal. Si de alguna manera se conseguía
aplacar e incluso motivar a los empleados, quedaban los problemas de material.
Siempre era difícil conseguir materiales de buena calidad, para cualquier cosa, y
Smin, incansable, hacía todo lo posible por encontrar acero sin defectos, y cables
bien construidos, y cemento de primera calidad, e incluso los frutos mejores y
más frescos de los huertos privados de los koljozes de la vecindad, con destino a
las cocinas de las cafeterías de la planta. Sólo unas semanas antes había
aparecido un artículo en Literaturnaya Ukraina denunciando una sórdida
historia de gente incompetente y materiales defectuosos. Para los superiores de
Smin esto había supuesto un gran embarazo, pero a la larga había reforzado la
rutinaria dedicación de Smin a exigir, a apremiar, a insistir y, cuando era
necesario, lo cual sucedía a menudo, a sobornar. No era así como Smin prefería
hacer su trabajo, pero algunas veces era la única manera posible.
Dado que tenía prisa, Smin no mostró todo a los yemeníes. Se saltó las salas
de almacenamiento de combustible, encima de los reactores, donde se guardaba
el gasoil para las bombas de emergencia, en caso de que se produjera un fallo de
energía; les permitió echar solamente una rápida ojeada a las gruesas ventanas de
cristal de la cámara de recarga, donde la gran máquina en forma de araña se
arrastraba sobre sus masivos raíles de tubería en tubería, según hiciera falta,
quitando el combustible gastado y reemplazándolo con nuevo mientras el
generador continuaba produciendo energía. Se saltó la Sala Roja y la cafetería y
los baños, aunque estaba orgulloso de todo ello por la prueba que suponían de su
constante preocupación por los cuatro mil hombres y mujeres que trabajaban en
Chernobyl. No permitió, por supuesto, que los visitantes entraran en ninguna de
las cuatro cámaras de reactores, aunque les dejó que miraran, nuevamente a
través de una gruesa ventanilla, el número uno, el más viejo de los reactores de
Chernobyl que (tuvo que elevar la voz por encima del rugido del vapor y las
turbinas para que pudieran oírlo) aún generaba energía con el mejor nivel de
rendimiento y seguridad de la URSS. Incluso les dejó mirar las grandes tuberías
del sistema de agua, porque de todas formas les cogía de camino. Poco después
el líder yemení daba un respingo al ver las llamas siseantes del quemador de
hidrógeno.
—¿Qué es eso? ¡Creí que energía atómica quería decir que no hay que
quemar petróleo!
—Oh, pero si eso no es petróleo —explicó Smin, tranquilizándole—. No
tiene nada que ver con el vapor, simplemente es una manera de deshacerse de los
gases que, de otra forma, podrían resultar peligrosos. Verá, cuando el agua
atraviesa el reactor, una pequeña parte cada vez se disocia en hidrógeno y
oxígeno a través de radiólisis. No podemos conservarlos en el sistema, sería
peligroso. Así que los quemamos.
A continuación les dejó entrar en la sala de turbinas, con las orejas protegidas
y utilizando cascos, porque sabía que no soportarían el ruido, desde donde
pasaron a la sala de control de los reactores uno y dos.
Mientras el intérprete traducía sus preguntas al ingeniero jefe del turno, Smin
cogió un teléfono y verificó de nuevo. Sí, los camaradas invitados ya se reunían
para observar el experimento, que seguía el horario previsto. Así que, comprobó
mirando su reloj, tenía diez minutos para deshacerse de los yemeníes antes de
dirigirse a la sala de control principal. Se acercó a ellos, sonriendo.
El ingeniero jefe no sonreía.
—Me están preguntando por Luba Kovalevska —le dijo a Smin entre
dientes.
Smin suspiró y se volvió hacia los yemeníes.
—¿Tienen alguna pregunta que hacerme? —preguntó con cortesía.
El yemení más viejo le miró. Era difícil leer su expresión, pero dijo
solamente:
—Hemos oído historias.
Smin siguió sonriendo.
—¿Qué historias son esas? —preguntó, aunque sabía la respuesta.
—Ha habido información en su propia prensa —dijo el hombre, en tono de
disculpa. Se puso las gafas y sacó un recorte de papel del bolsillo—. De su
revista Literaturnaya Ukraina, ¿es así como se dice? Un artículo que habla de
pobreza de diseño, de materiales poco seguros, de falta de disciplina entre los
trabajadores… Por supuesto —añadió, doblando el papel— si hubiera leído este
tipo de cosas en la prensa occidental comprendería que no hay que tomarlas en
serio. ¿Pero en sus propios periódicos?
—Ah —dijo Smin, asintiendo—, es lo que nosotros llamamos glasnost. —
Usó la palabra rusa y la tradujo rápidamente—: Es decir, sinceridad. Franqueza.
Apertura. —Sonrió de manera amistosa—. Supongo que les sorprenderá
encontrar una crítica tan dura en una revista soviética, pero, ya ven, corren
nuevos tiempos. Nuestro secretario general, Mijail Gorbachov, ha dicho
acertadamente que necesitamos glasnost. Tenemos que hablar abierta y
honestamente, y en público, sobre toda clase de errores. El artículo de la señora
Kovalevska es un ejemplo de ello. —Se encogió de hombros—. Resulta muy útil
que nos recriminen públicamente nuestras faltas. No voy a decir que no sea
doloroso, pero es así como los fallos pueden ser corregidos a tiempo. A veces,
quizá se llega demasiado lejos. Una escritora como la señora Kovalevska oye
rumores y los pone en un periódico… Bien, es bueno que se aireen los rumores,
para que así se los pueda investigar. Pero no hay que creer que todo lo que se
dice es verdad.
—¿Entonces este reportaje de Literaturnaya Ukraina es falso?
—No completamente falso —admitió Smin, mientras el ingeniero jefe
trataba de seguir el diálogo en francés y fruncía el ceño ante cada palabra—.
Ciertamente, se han cometido algunos errores. Pero se están corrigiendo. Y
además, por favor anoten, mis queridos amigos, que esas cosas de las que la
señora Kovalevska habla con tantos detalles se refieren principalmente a
construcción y operación defectuosas. ¡Ni por un momento sugieren que haya
nada malo en el reactor RBMK-1000! Nuestros reactores son completamente
seguros. Cualquiera puede comprender que esto es cierto por el hecho de que
nunca, en la historia de la energía atómica, ha habido en la Unión Soviética un
accidente de ningún tipo.
—¿Sí? —dijo el yemení sagazmente—. ¿Es correcto eso? ¿Qué hay entonces
del accidente de Kyshtym en 1958?
—No hubo ningún accidente en Kyshtym en 1958 —afirmó Smin
rotundamente, y se preguntó si decía la verdad.

Cuando Smin consiguió llevar a sus invitados a la salida eran ya las dos y
veinte. Había podido enterarse, por los operadores de la sala de control, de que el
reactor número cuatro estaba todavía funcionando a pleno rendimiento, así que
el experimento no se hallaba a punto todavía. Le quedaba un poco de tiempo,
que aprovechó para ser un anfitrión completo.
—¿Ven este lago? —dijo, señalando la laguna junto a la que paseaban—. Es
nuestro estanque refrigerador. Seis kilómetros de largo y, como ven, muy
hermoso. Y está lleno de peces: nuestros pescadores locales dicen que aquí se
pesca mejor aún que en el río Pripyat.
—¿Cómo es eso? —preguntó amablemente el yemení más joven.
—Porque el agua se calienta todo el año.
—Pero yo veo hielo —dijo secamente el más viejo.
—¡Es que estamos en Ucrania! —explicó Smin, sonriendo—. Naturalmente,
nuestros inviernos son terriblemente fríos. Pero incluso en lo peor del invierno,
el lago no se congela totalmente, cosa que a los peces les encanta. Observen los
árboles, las flores. Es primavera.
Se detuvo y miró los altos edificios que contenían los reactores tres y cuatro.
—Desde aquí —continuó— pueden ver lo grande que es la central de
Chernobyl. Cuatro reactores operando, cada uno produciendo mil megavatios de
electricidad, suficiente para iluminar una ciudad de un millón de habitantes. Y ya
hemos empezado a construir otros dos, todavía mayores. Cuando estén
terminados podremos suministrar energía a una ciudad de siete millones de
habitantes.
—Nosotros no tenemos ciudades con siete millones —dijo el yemení más
viejo—. Y tampoco tenemos lagos.
—Con toda esa energía se pueden crear todos los lagos que uno quiera —dijo
Smin, enfático—. Vengan, les enseñaré dónde se están construyendo los nuevos
reactores.
Cuando llegaron al borde de la gigantesca excavación que pronto acogería el
núcleo del reactor número cinco, ahora llena de equipo y de camiones que
llevaban la tierra, los yemeníes parecieron igualmente insatisfechos.
—¿Éstos también serán RBMK-1000? —preguntó el más viejo.
—No, no. Mayores todavía: ¡mil quinientos megavatios de energía eléctrica!
—Pero siguen siendo reactores de grafito —rumió el yemení—. Y algunos
dicen que este sistema no es tan bueno como el del reactor de agua a presión que
se usa en Occidente.
—Ah, Occidente —dijo Smin, mucho más contento desde que había visto
que el coche Volga azul oscuro que se iba a llevar a los yemeníes se acercaba a
ellos entre los camiones y los bulldozers—. Las plantas de energía de los
submarinos…
—¿Submarinos?
Smin sonrió.
—¿No saben por qué los americanos utilizan reactores de agua a presión?
Porque están en un atolladero. Los primeros reactores americanos fueron
diseñados para los submarinos nucleares. Por eso hacía falta agua a presión.
Nada más podía funcionar dentro del submarino, ya ve; modelos avanzados
como nuestros RBMK no sirven para propulsar submarinos. Así que cuando los
americanos por fin se decidieron a producir energía atómica con propósitos
utilitarios, simplemente construyeron nuevos motores de submarinos, pero más
grandes. El RBMK es diferente, y por «diferente» quiero decir mejor. Ante todo,
es extremadamente obediente. Los generadores americanos, como todos los
generadores de agua a presión, sólo sirven para crear energía de base… Tardan
mucho en arrancar y en pararse. El RBMK responde rápido. Si hace falta energía
de repente, un RBMK puede ponerse a funcionar en menos de una hora. Y…
bueno, les recuerdo la seguridad. La Isla de las Tres Millas tenía un reactor de
agua a presión, ya saben.
—Si eso es así —dijo de pronto el yemení más viejo—, ¿por qué no nos ha
mostrado el reactor número cuatro?
Smin se las apañó para conservar la sonrisa. ¿Qué habían oído?
—Porque el reactor número cuatro es exactamente igual que los demás.
—Nos gustaría verlo.
Smin negó con la cabeza.
—Por desgracia, el reactor cuatro está a punto de ser desconectado del
servicio, para mantenimiento. Así que no se permite a nadie entrar en el área
porque existe un ligero riesgo de exposición a la radiación, ¿entienden? Es una
precaución que se sigue muy estrictamente… A pesar de los artículos glasnost
que publican los periódicos, realmente somos muy cautelosos. ¡Qué lástima!
Pero tal vez podrían ustedes regresar mañana, cuando todo vuelva a la
normalidad.
—Desgraciadamente —rezongó el yemení—, esta noche nos alojamos en el
Hotel Dniepro de Kiev, y volamos a Moscú por la mañana.
—Lástima —repitió Smin, que ya sabía todo aquello—. ¡Ya está aquí su
coche! Confío en que hayan tenido una estancia agradable en la central nuclear
de Chernobyl. ¡Espero con ansia que volvamos a vernos!

Smin seguía pensando en los yemeníes cuando se detuvo, simplemente por


precaución, antes de subir a la sala de control, para asegurarse de que el
experimento continuaba según lo previsto. Cuando escuchó lo que el operario
tenía que decirle olvidó a los yemeníes por completo.
—¿Cancelado? ¿Por qué ha sido cancelado? ¿Qué vamos a hacer con toda
esa gente?
El operario de turno suspiró.
—Si tiene alguna idea, por favor, dígamela. Siguen aquí. Todo lo que sé es
que los del suministro de energía, en Kiev, dicen que no pueden desconectar
ahora. No he hablado con ellos; tendrá que preguntarle al director. ¿Qué? No, no
está aquí. Creo que está abajo, en la sala de turbinas.
Smin colgó el teléfono y frunció el ceño. Esto sí que era un contratiempo.
Había casi una docena de observadores. Habían llegado a Chernobyl desde
lugares tan lejanos como Leningrado: directores de centrales eléctricas,
representantes de constructoras de turbinas, ingenieros, con el exclusivo
propósito de ver cómo funcionaba el experimento de generar energía extra a
partir del calor y el impulso residuales después de desconectar el reactor. El
experimento debía empezar justo en aquel momento, lo que significaba que
todos estarían de vuelta en los coches y molestando a otros antes de que
anocheciera.
¿Pero ahora qué?
La única persona que podía contestar a esto era el director, así que Smin fue
a verle. Smin se aseguraba siempre de que sus trabajadores se vistieran
adecuadamente para el trabajo, y siguió el ejemplo colgándose la escarapela del
dosímetro y la gorra blanca y el mono y las zapatillas de tela antes de entrar en la
sala de turbinas.
También se colocó el protector en las orejas. Las salas de turbinas,
particularmente la grande, donde confluían las salidas de los reactores tres y
cuatro, eran los lugares más ruidosos de toda la central. Quizás eran los lugares
más ruidosos del mundo, pensó Smin, pero recibió el ruido con alborozo. El
chirrido del vapor en las turbinas era buena cosa. Significaba que el calor de los
átomos que morían hacía girar las grandes ruedas y convertía mágicamente el
vapor en electricidad para alimentar las luces, las radios, los televisores y los
motores de los ascensores de una cuarta parte de la República Socialista
Federada Soviética Ucraniana… y aún sobraba suficiente energía para exportar a
sus vecinos socialistas de Polonia e incluso Bulgaria y Rumania.
Lo menos agradable, pensó, recordando, era que los yemeníes habían hecho
preguntas molestas. La peor había sido la referente a Kyshtym.
¿Había algo de verdad en la historia de Kyshtym?
La gente le había preguntado lo mismo en la Agencia de Viena. No habían
aceptado la respuesta negativa tan fácilmente como los yemeníes. Incluso le
habían dado una copia de un libro del disidente Zhores Medvedev, que contaba
una historia preocupante. Decía que, en 1958, determinadas manipulaciones
habían terminado terriblemente mal en Siberia. Desechos nucleares —¡o algo!—
habían alcanzado su masa crítica. Habían estallado. Los lagos fueron destruidos;
los ríos, envenenados. Los pueblos quedaron inhabitables y la campiña entera se
había convertido en una escombrera radiactiva.
¿Podía ser verdad una cosa así?
Smin reconoció que no lo sabía. Aunque la historia fuera auténtica, pensó
con rebeldía, lo que había dicho, la mayor parte de lo que había dicho a los
yemeníes era cierto y demostrable. Los soviéticos nunca habían tenido un
accidente nuclear. Al menos, ninguno relacionado con los reactores, ¡y
ciertamente no en Chernobyl!
Aunque llevaba los protectores en los oídos, el enorme rugido de las turbinas
hizo que le doliera la cabeza. Se alegró de ver al director, Zaglodin, al fondo de
la sala. Con él estaban el jefe de la Sección de Personal, Jrenov, y el ingeniero
Jefe, Varazin, hablando con un cuarto hombre. «Hablando» no era la palabra
adecuada. Los cuatro hombres parecían mantener una especie de pervertido
flirteo bajo los semicilindros de las turbinas. Los tres altos cargos tenían las
cabezas juntas, y el cuarto hombre intentaba hacerse oír por encima del estrépito.
Cuando Smin se aproximó, el cuarto hombre se separó del grupo y, con el
ceño fruncido, se encaminó hacia la puerta. Era Sheranchuk, el ingeniero
hidráulico de la central, normalmente un tipo amistoso, aunque ahora sólo
dirigió a Smin un breve movimiento de cabeza y se marchó airado. Los
mecánicos de un equipo de trabajo que comprobaba los indicadores de la turbina
número seis fueron más agradables. Todos dirigieron a Smin un saludo de
respetuosa camaradería cuando pasó junto a ellos, y Smin lo devolvió, sonriente.
Jrenov se percató del saludo. Smin no se sorprendió. Como director de la
Primera Sección de la Central (Personal y Seguridad), es decir, la sección que
informaba a la KGB, el trabajo de Jrenov consistía en percatarse de todo. El
director, al otro lado, fruncía el ceño. Hizo un gesto a Smin para que
retrocediera, y los cuatro hombres salieron a la relativa tranquilidad del pasillo
exterior.
—Es usted muy popular entre los trabajadores, Smin —observó Jrenov en
cuanto se quitó los protectores.
—La popularidad no es lo que importa —dijo el director, de mal humor—.
¿Ha oído, Smin? ¿Qué cree que nos han dicho los de Kiev ahora? La red de
suministro necesita nuestra energía; no podemos desconectar hoy.
—Ya veo —dijo Smin, comprendiendo. El experimento sólo podía llevarse a
cabo cuando uno de los reactores dejara de funcionar—. ¿Y los observadores?
—El camarada Varazin se encargará de ellos —dijo el director, mirando al
ingeniero jefe—. Acaba de ofrecerse voluntario.
—Ya veremos cómo —dijo sombrío el ingeniero jefe—. Tal vez mañana
pueda enseñarles las cámaras del reactor. Ninguno de ellos es experto en la
materia; todo les parece interesante.
—Estoy seguro de que les gustará —dijo Smin, satisfecho de saber que, al
menos, no tendría que renunciar a su fin de semana—. Quizás ahora podremos
cumplir nuestras previsiones del mes de abril —añadió con una sonrisa.
El director Zaglodin le miró en tono especulativo y se permitió devolverle la
sonrisa.
—Quizás ahora —corrigió— podré tomar mi avión. ¿Hay algo que le
gustaría que le trajera de Moscú? Aunque no creo que tenga tiempo, en realidad,
para ir de compras —añadió rápidamente, en caso de que Smin intentara
sorprenderle y le pidiese algo.
—Mi esposa seguro que tiene una lista, camarada director —dijo Smin, de
buen humor—, pero no está aquí. ¿Órdenes para mí en su ausencia?
Naturalmente que las había.
—La fábrica de cemento ha enviado ya quinientas toneladas para la base del
reactor número cinco. Bien, naturalmente no estamos preparados, y también
sospecho que el cemento no alcanza la calidad necesaria. Véalo, Smin.
—Por supuesto, camarada director.
Smin captó la mirada comprensiva de Jrenov. No se molestó en comentar.
Todos ellos sabían que aquello significaba que Smin tenía ahora la
responsabilidad de, o bien aceptar el cemento de baja calidad, o bien retrasar la
instalación del nuevo reactor, lo cual se convertiría en la típica situación que no
beneficiaría a nadie. ¡Qué suerte tenía el director Zaglodin de poder ir de caza
aquel fin de semana a las afueras de Moscú, con otros altos cargos!
—Y además hay lo de su hombre, lo de Sheranchuk —gruñó el director.
—He visto que estaba hablando con ustedes —dijo Smin con cautela—.
¿Qué quería?
—¿Qué es lo que quiere siempre? No está satisfecho con nuestra central,
Smin. Quiere comprobar todas las válvulas de nuevo.
Smin asintió. Era un hecho aceptado que Sheranchuk, el ingeniero
hidráulico, era su protegido personal, lo cual quería decir que el director tenía el
derecho, que utilizaba, de echar la culpa a Smin cada vez que el ingeniero le
molestaba.
—Si piensa eso probablemente tenga razón. ¿Por qué no se le permite?
—¿Por qué no le dejamos desmantelar toda la planta y construir una nueva?
—gruñó el director. Luego se calmó—. Quedará usted a cargo de todo mientras
estoy en Moscú. Haga lo que quiera.
—Naturalmente —dijo Smin, sin señalar que en las cuestiones relativas a la
dirección de la central siempre lo hacía.
El director era, en realidad, el superior de Smin sólo nominalmente. Aquélla
era otra de las normas de Gorbachov: poner al hombre que realmente hacía el
trabajo en segundo lugar, para que pudiese realizarlo, mientras que el presunto
jefe de la empresa quedaba libre para entretener a los dignatarios visitantes,
representar a la organización en reuniones formales, asistir a recepciones; en
resumen, ser la cabeza visible. Sólo que este director en particular pretendía que
Smin llevara incluso a los grupos de yemeníes de excursión por la planta.
—También hay un partido de fútbol mañana —dijo Jrenov, observando a
Smin.
El director alzó la cabeza orgullosamente. Era un hombre pequeño, como un
gorrión. No le faltaba más que la barbita puntiaguda para parecerse a la estatua
de Lenin que había en el patio de la central. Sin duda era consciente de ello, pues
incluso posaba exactamente como Lenin posaba en todas sus estatuas y retratos:
ansioso, con la barbilla hacia adelante, los brazos medio extendidos para atrapar
algo…, fuera lo que fuese lo que Lenin quiso siempre atrapar. Posiblemente el
mundo. Tal vez, pensó Smin, eso era lo que el director quería también en el
fondo, en cuyo caso no era probable que lo consiguiera desde su actual posición
como mera cabeza representativa de una central nuclear.
—Así que —sonrió Zaglodin—, ¿quiere que dispense a su mejor delantero
del turno de noche para que salga a jugar descansado? ¿Por qué no, Jrenov? De
todas formas, tendrá que pedírselo a Smin, ya que yo me marcho. —Entonces,
por fin, recordó a los visitantes de aquella tarde—. ¿Cómo le fue con los
yemeníes? —preguntó.
Smin se encogió de hombros.
—Preguntaron por el artículo de Luba Kovalevska. También preguntaron por
Kyshtym.
—¡No pasó nada en Kyshtym! —dijo severamente el director—. Y es por
Kovalevska y sus deslealtades por lo que voy a Moscú, para asegurar a nuestros
superiores que aquí, después de todo, no somos completamente incompetentes.
—Miró a Smin—. Espero que eso sea cierto —añadió.

Antes de despedirse, el jefe de Personal invitó a Smin a tomar con él un baño


de vapor en las instalaciones de la central, pero Smin rehusó la oferta.
—Será mejor que vuelva a mi oficina —dijo—. ¿Quién sabe lo que se puede
haber estropeado mientras escoltaba a los árabes?
Descubrió que no había sucedido nada. Sin embargo, vio otro centímetro de
papeles añadidos al grueso fajo colocado sobre su escritorio, papeles que Paraska
había traído mientras él perdía el tiempo con los yemeníes. No parecía haber en
el nuevo fajo algo más urgente que cualquiera de las otras cosas urgentes que
esperaban su atención, pero los papeles no se iban a firmar solos.
—¡Paraska! ¡Una taza de té, por favor! —pidió, y empezó a reducir el nivel
del fajo poco a poco.
Aceptaciones de pedidos de acero estructural, repuestos, cables a prueba de
incendios, ladrillos, tejas, partes de generadores, vidrio, cristales reforzados,
material de fontanería, componentes de tejados. Había cartas de los
suministradores lamentando que, excepcionalmente, los pedidos no podrían ser
servidos en las fechas especificadas, pero que no se escatimarían esfuerzos para
enviarlos dentro de un mes, de tres meses, o más tarde. Directrices jerárquicas
que recordaban las decisiones del 27º Congreso del Partido para incrementar la
producción, y gráficas de producción de los suministradores para mostrar con
cuánta urgencia se necesitaba el incremento. Informes sobre ausencias y retrasos,
procedentes de la sección de Jrenov…, no demasiado malos, advirtió Smin con
cierta satisfacción: la central nuclear de Chernobyl era, en aquel aspecto, una de
las mejores de la Unión Soviética. Y también en la mayoría de los otros aspectos.
Encontró un pequeño vale que excusaba a Vladimir Ponomorenko de sus
deberes en el turno de las cuatro en la brigada de construcción del reactor
número cinco, y lo firmó con una sonrisa. Los Ponomorenko estarían todos muy
ocupados entrenándose para el partido del día siguiente y, a fin de cuentas, no
venía mal hacer un pequeño favor de vez en cuando a la sección de Jrenov.
El té se le enfrió, pero al menos consiguió despachar casi una décima parte
de los papeles. Miró por encima los que quedaban. Seguía sin haber nada en
ellos que los hiciera más urgentes que los demás. Se reclinó en su asiento,
pensando en el fin de semana. Con algo de suerte, él y su esposa podrían pasar
un poco de tiempo en la parcela, veinticinco kilómetros al norte, donde su dacha
se iba haciendo realidad desde casi un año antes. ¡Qué hermosa sería cuando
estuviera terminada! Era abril, casi primeros de mayo; en julio estarían montadas
las puertas y las ventanas, y en agosto podrían ocupar casi con toda seguridad
una de las habitaciones. En otoño pasarían allí los fines de semana, y los patos
de las marismas del Pripyat aprenderían que Simyon Smin sabía usar una
carabina.
Encendió pensativo un Marlboro y se quedó mirando uno de los dibujos que
tenía sobre la mesa. Procedía de un número atrasado de la revista de humor
Krokodil, mostraba un tornillo del tamaño de un vagón de tren y una tuerca tan
grande como una casa de pisos saliendo de una fábrica cuyo rótulo decía:
Estrella Roja Tomillos y Tuercas Número 1; y el pie rezaba: «¡Y así, de un solo
paso, cumplimos nuestro plan!» Smin apreció que no era una pulla del todo
injusta sobre los usos industriales soviéticos.
Su jornada casi había terminado, e incluso pensó que llegaría a casa puntual.
Cogió el teléfono y llamó a su esposa para decírselo, pero Selena Smin tenía
otras noticias.
—No vamos a ir a la dacha. Tu madre ha llamado —dijo ella—. Quiere que
vayamos a cenar esta noche. Dice que no fuiste a verla anoche, y que al menos
deberías ir hoy. ¿Sabes lo que quiere decir?
Smin gruñó. Lo sabía, aunque no quería precisamente expresarlo por
teléfono.
—¡Pues eso significa que habrá que conducir hasta Kiev y volver! —
exclamó, pensando en los ciento treinta kilómetros que suponía cada trayecto.
—No, podemos quedarnos allí. Haré unas cuantas compras en Kiev mañana
por la mañana —dijo ella—. Tal vez podamos visitar la dacha el domingo. Oh, tu
madre también dijo que tenía una sorpresa para ti.
—¿Qué sorpresa?
—Dijo que preguntarías eso. Y que te contestase que si te explicaba en qué
consistía la sorpresa, ya no sería sorpresa; pero que es una gran sorpresa.
Smin claudicó. Cuando colgó, llamó a su secretaria.
—Necesitaré el coche esta noche, pero conduciré yo mismo. Dígale a
Chernavze que lo traiga y se asegure que el depósito está lleno, y que luego
puede marcharse a casa.
Tenía otra cosa que hacer antes de marcharse. De alguna manera, era también
dar ejemplo: debía visitar los baños de la central. Se cambió en el vestíbulo y,
cogiendo una sábana y una toalla del mostrador, se dirigió a las duchas.
Siempre había habido duchas en Chernobyl, porque los hombres que
trabajaban con sustancias radiactivas las necesitaban. Pero estos cuartos de baño
no sólo eran nuevos, eran creación de Smin. Las losas de pizarra para que los
hombres se recostaran, las duchas, las jaboneras…, todo era de Smin. Entró en
una de ellas, abrió el agua y se enjabonó. Se quedó tendido, desnudo, con la
cicatriz vidriosa a la vista de cualquiera. Pero estaba solo en la sala de duchas.
Cerró los ojos, escuchando los grititos y chillidos del baño de las mujeres, al otro
lado de la pared… Algunas trabajadoras jugueteaban y se zambullían en su
piscina. Se preguntó si apreciaban las lujosas instalaciones que les había
proporcionado. Aunque, después de todo, lo hicieran o no, ¿qué diferencia
había? Las atenciones especiales repercutían en el buen mantenimiento de la
central, y la central era lo importante.
Cuando se hubo secado, se envolvió los hombros con la sábana y se dirigió a
la sauna. Era casi la hora del cambio de turno. Había ocho o nueve hombres en la
sauna. Cuatro jóvenes fornidos se pasaban una toalla hecha un bulto de uno a
otro; uno la dejó caer y se la pasó a otro de una patada; el último la recogió e
hizo un gesto con la cabeza a Smin, disculpándose.
—Hagan como si yo no estuviera —dijo Smin, reconociéndoles—. Cumplan
como es debido en el partido de mañana.
—Cuente con ello, camarada director técnico —dijo el delantero Vladimir
Ponomorenko, el «Otoño» de los cuatro jugadores, parientes entre sí, a quienes
llamaban las Cuatro Estaciones.
Eran dos grupos de hermanos, cuyos padres también eran hermanos; todos
tenían el mismo apellido: Ponomorenko. Arkady era «Primavera», un muchacho
delgado y tímido, de veintitrés años, que acababa de salir del Ejército, trabajaba
como ajustador en el departamento de Sheranchuk y en el terreno de juego era
una tromba. Vassili, «Verano», era bombero; Vyacheslav, «Invierno»,
maquinista. Todos estaban en el turno de noche excepto «Otoño», Vladimir, el
delantero.
—¿Así que mañana estarán en plena forma? —preguntó Smin mientras
escudriñaba entre el vapor en busca de un sitio vacante.
Nunca estaba completamente seguro de a cuál de las Cuatro Estaciones
hablaba. Todos eran hombres fuertes y morenos, de estatura media, que no
llegaban a los treinta años. Primavera era el rápido, Otoño el musculoso, recordó
Smin; pero, ¿y los otros dos?
—Eso es, camarada director técnico —dijo uno de ellos—. ¿Estará usted
allí?
—Por supuesto —dijo Smin, y se sorprendió al darse cuenta de que, después
de todo, podría estar: confiaba en que no se quedarían en Kiev todo el día, y el
partido se celebraba a última hora de la tarde para que los jugadores del turno de
noche pudieran dormir un poco.
Un hombre sentado en el banco junto a él se quitó la toalla de la cara y
resultó ser Jrenov, el jefe de la Primera Sección.
—Basta de vapor, camaradas futbolistas —dijo afablemente—. ¡Ahora
duchas frías, y luego a practicar! —Se dirigió a Smin—: Gracias por librar a
Otoño del turno.
—¿Por qué no?
Smin se encogió de hombros. Las ausencias de los futbolistas para entrenar
se aprobaban siempre, pues una de las directrices de Moscú alentaba el deporte.
La central de Chernobyl no era ajena a ello. En algunos lugares, de hecho, era
práctica común dar a los atletas destacados empleos cómodos en los que no
necesitaban trabajar.
No es que a Smin le gustara, naturalmente, pero en aquello estaba dispuesto
a hacer concesiones, ya que rehusaba tantas otras cosas. Se movió para pasar
junto a Jrenov, y la toalla se le cayó del hombro.
Jrenov no se apartó. Hizo una cosa muy en su estilo, pensó Smin. Cuando la
toalla no le cubría, en el baño, la mayoría de los presentes, invariablemente,
miraba para otro lado. Jrenov no. El jefe de la Primera Sección extendió la mano
y tocó pensativo la línea de la cicatriz que Smin tenía en la parte trasera del
cuello, como un coleccionista de arte que apreciara la pátina de un bronce
antiguo. No dijo nada, pero esto entraba también en su estilo. Estudiaba la
cicatriz cuidadosamente cada vez que la veía, aunque Smin estaba seguro de que
sabía no sólo sus dimensiones exactas, sino también el modelo y el número de
serie del carro de combate en llamas donde la había adquirido. Jrenov era un
hombre bajo, aún más bajo que Smin, y no tan fornido. Sin embargo, a Smin no
le habría gustado pelear con él. Jrenov almacenaba una gran carga de energía y
vigor.
Miró a Smin con ojos inescrutables y luego le dio las gracias y se marchó en
pos de los jóvenes.
Smin se sentó y cerró los ojos, inhalando el vapor cautelosamente por la
boca. Permaneció allí, con la mente en blanco, hasta que oyó que alguien
mencionaba su nombre. Cuando abrió los ojos, vio que era su ingeniero
hidráulico.
—Buenas tardes, camarada fontanero Sheranchuk —dijo Smin—. ¿Cómo
van tus válvulas? ¿Es verdad que pretendes revisar todas las conexiones de la
central?
—De momento sólo unas pocas, camarada director técnico Smin —dijo
Sheranchuk gravemente.
—Sí, claro. Las demás ya las has renovado —se burló Smin.
Sheranchuk era la última adición al equipo directivo de Chernobyl; un
ucraniano velludo y pelirrojo, rescatado de una vieja central térmica a punto de
ser cerrada, que ahora se encargaba, agradecido, de todos los problemas de
conducción de agua en Chernobyl. Problemas había habido muchos: todas las
válvulas salieron de fábrica con sólo una remota aproximación a las dimensiones
requeridas, y Sheranchuk había tenido que rehacerlas.
El ingeniero dudó, y luego miró la puerta por la que acababa de salir Jrenov.
—Le supongo enterado de que el director Zaglodin ordenó que esta tarde
desconectaran el sistema de bombeo automático.
Smin frunció el ceño. No lo sabía.
—Sí, por supuesto —dijo—, para preparar nuestro experimento. Ya que ha
sido pospuesto, el jefe del turno lo volverá a conectar.
—Eso supongo. Lamento lo de esta tarde, Smin.
—¿Por qué? Nuestro director a veces me saca de quicio a mí también. Lo
importante es que hagas tu trabajo.
—Vendré mañana y lo verificaré una vez más —prometió Sheranchuk.
Smin asintió.
—Así estaremos en condiciones para el Primero de Mayo —dijo, y añadió
—: Pienso que, en general, lo has hecho bien.
Sintió que el aire resecaba sus labios mientras hablaba. Uno de los hombres
había estado de nuevo vertiendo agua sobre la cerámica caliente y el vapor
volvía la sauna opresiva.
Smin ajustó la gruesa sábana en torno a sus hombros y trató de pensar en
algo que alegrase al ingeniero. ¿Un chiste? Sí, claro. El que le había contado por
la mañana uno de los hombres de las turbinas.
—Dime, Sheranchuk, ¿te gustan los chistes de Radio Armenia? Ahí va uno.
Alguien llama a Radio Armenia y pregunta: «¿Cuál fue la primera democracia
popular?»
—¿Y cuál es la respuesta? —preguntó Sheranchuk, sonriendo ya.
—Cuando Dios creó a Adán y Eva y le dijo a Adán: «Ahora, elige
libremente a tu esposa».
2
Viernes, 25 de abril.

Leonid Sheranchuk tiene cuarenta y dos años y parece un jugador de hockey


sobre hielo, cosa que fue hace veinte años. Lleva dos visibles dientes de acero
como resultado. Sin embargo, es un pelirrojo muy apuesto. Las mujeres se
sienten atraídas por él. Por lo que sabe Tamara, su esposa, él no les corresponde
ni siquiera cuando su interés es aparente, pero de todas formas le gustaría que
pudieran pasar las vacaciones juntos. Ella es médico en el hospital Pripyat. La
ciudad casi toca los terrenos de la central nuclear, pero sus servicios son
independientes. Esto significa que sus vacaciones transcurren en las
instalaciones de verano del hospital, a cuatrocientos kilómetros al sur, junto a un
agradable lago; las de él, en la residencia turística de la central, en el Mar Negro.
Ella desearía que la trasladaran al cuadro médico de la central, para así estar
juntos, pero la paga es mejor aquí, y las condiciones del verano mucho mejores,
y la competencia para conseguir tales puestos es dura. Además, sabe que tienen
suerte. Sólo llevan en Pripyat unos meses, desde que Smin reclutó a su marido
para un puesto mucho mejor que el anterior. Es consciente de que llevan una
buena vida. Con los trescientos rublos al mes que gana Sheranchuk y los ciento
ochenta de ella, no les falta nada. Su hijo, que tiene dieciséis años, es bailarín,
buen estudiante, y está en el Komsomol. Sheranchuk tiene un estante lleno de
medallas de los días en que era jugador de hockey, así como todos los diplomas
y certificados que le cualifican como ingeniero hidráulico en la central nuclear
de Chernobyl. Obviamente no es un «fontanero», ni le hace gracia que le llamen
así, a menos que sea el director técnico Smin quien se permita la broma.
Después de haber dejado a Smin en los baños, Sheranchuk se sintió
refrescado. No tenía por qué esperar a la mañana para despachar algunos de sus
papeles, pensó. La tarde era joven y a su esposa no le importaría que hiciera unas
cuantas horas extras.
Nadie obligaba a Sheranchuk a hacerlas, y menos que nadie el director
técnico Smin. Sheranchuk se las imponía él mismo. Como ingeniero cualificado
tenía que trabajar las horas propias del personal directivo: de nueve a cinco y
media, cinco días a la semana. Pero sabía que gozaba de la confianza de Smin.
Quería conservarla, y pasar una tarde en casa era menos importante que
asegurarse de que aquella confianza era merecida.
Así que, mucho después de la cinco y media, Sheranchuk estaba de vuelta en
su despacho, en la oficina que compartía con dos asistentes y el director de
Deportes de la planta, escribiendo notas sobre lo que quería hacer cuando el
reactor número cuatro fuera desconectado para mantenimiento. El experimento
para conseguir energía extra de las turbinas no le afectaba. Lo que pretendía era
mirar dentro de la gran bomba que forzaba el agua condensada por el
conmutador de calor hasta el depósito situado bajo el núcleo del reactor. Según
los archivos que había heredado, aquella bomba había sido ya desmontada y
revisada por su predecesor, pero Sheranchuk quería verla con sus propios ojos.
Revisando los archivos de cada componente, Sheranchuk prestó particular
atención a las fechas de entrega de las partidas. Una fijación de válvula llegada a
Chernobyl la primera semana del mes, por ejemplo, habría salido probablemente
de fábrica la última semana del mes anterior. Ésa era una señal de alerta. Los
últimos días de cada mes eran los más frenéticos, los días en que todos los turnos
hacían esfuerzos de última hora para mantener el esquema de producción que
determinaba si los trabajadores conseguirían o no una bonificación. La mitad de
la producción de cualquier factoría se hacía usualmente los últimos días del mes.
Eran los días en que los maquinistas se apresuraban y los inspectores hacían la
vista gorda, y las flamantes piezas que llegaban a destino tenían que ser tiradas
directamente a la basura porque no ajustaban. O, peor aún, se instalaban de todas
formas.
Por supuesto, el ingeniero anterior sabía todo esto tan bien como
Sheranchuk. Cada pieza había sido calibrada antes de ser colocada; todo el
equipo había sido desmontado y, cuando hacía falta, rehecho o reformado, o
simplemente reemplazado por nuevas piezas. Sheranchuk lo sabía. Pero quería
verlo.
Con una lista de conexiones que verificar en la mano, se acercó a ver si el
director técnico Smin estaba aún en su oficina. No estaba. La oficina se hallaba a
oscuras, como la mayoría de las otras oficinas ante las que pasó, excepto la de la
Primera Sección. Ello no le sorprendió: los hombres de Jrenov estaban siempre
por todas partes. Pensó en irse a casa, donde su esposa se preguntaría qué le
había pasado, pero subió a la sala de control principal de los reactores tres y
cuatro.
Smin no se encontraba allí tampoco, pero Jrenov sí, fumando un cigarrillo y
charlando con el jefe del turno sobre el entrenamiento para el partido. Tras ellos
se alzaba la pared de instrumentos que informaba del estado de cada una de las
partes de los sistemas de la central. La mayoría de las pantallas, luces
destellantes y señales de osciloscopios, se referían a cosas que no interesaban
mucho a Sheranchuk, pero automáticamente comprobó las lecturas de los
sistemas hidráulicos y la presión del vapor. Todo funcionaba normalmente,
excepto que las bombas estaban bajo control directo de los operarios. Los
sistemas automáticos seguían desconectados.
Sheranchuk frunció el ceño y miró alrededor. Junto a la puerta, con aspecto
aburrido, había un operario que reconoció: Kalychenko, medio lituano. Cuando
le preguntó con bastante corrección si los sistemas automáticos no deberían ser
conectados de nuevo, el operario dijo molesto:
—¿Cómo voy a saberlo? No soy de este turno. Simplemente, estoy aquí
perdiendo el tiempo.
Jrenov alzó la mirada y se acercó a ellos.
—Ah, Kalychenko —dijo, ignorando al ingeniero—. ¿Todavía está aquí?
—¿Dónde más podría estar? Soy del turno de medianoche, y llevo aquí
desde muy temprano por causa de un experimento que no va a realizarse.
¿Cuándo se supone que dormiré?
—Para variar, podría dormir en su propia cama —dijo Jrenov en tono suave
y burlón—, en vez de pasar la mitad de la noche en la de otra persona.
Sheranchuk vio que el hombre se ruborizaba como si Jrenov hubiera tocado
un punto sensible, pero esto no era asunto suyo.
—Discúlpeme —dijo—. Estaba señalando que el sistema de bombeo
automático sigue desconectado.
—Sí, sí —dijo Jrenov—. Lo sabemos.
—Las normas dicen que debe estar conectado en todo momento, excepto en
circunstancias especiales.
—Es usted muy diligente en su trabajo —comentó Jrenov en tono admirativo
—. Pero éstas son circunstancias especiales, ya ve. Una parte del experimento
consiste en observar cómo se pueden mantener las bombas manualmente, y que
al menos sea posible continuar. Ahora, Kalychenko —dijo, volviéndose al
operario—, ya que no hace falta aquí, le sugiero que descanse un poco… solo, si
no le importa, para así estar dispuesto para su turno normal.
Sheranchuk no esperó a ver cómo respondía Kalychenko. Dio media vuelta y
se marchó.
Pensó que, probablemente, Kalychenko no respondería de ninguna forma, a
pesar de que su cara se volvía escarlata y su expresión era feroz. Sheranchuk
simpatizó con el operario. Después de todo, no era asunto del jefe de Personal si
Kalychenko anticipaba los privilegios del matrimonio con una de las muchachas
de la ciudad antes de la ceremonia.
La cuestión no era tanto saber dónde dormía Kalychenko como si Jrenov
dormía alguna vez. Sheranchuk sabía que a las seis de la mañana ya estaba en la
central. Parecía encontrarse siempre allí, en todas partes. ¿Tenía una casa?
¿Dormía allí? ¿Tal vez tenía un camastro en su oficina y descansaba en él de vez
en cuando, saliendo para patrullar la central con aquellos ojos que no dejaban
escapar nada?
Era una posibilidad al menos, pero nadie fuera de la Primera Sección podía
saberlo. Con otro jefe, habría una secretaria o un subordinado que comentara los
secretos de su superior con alguna otra secretaria, y así el cotilleo se extendería a
toda la central.
Con Jrenov no.
Jrenov era Primera Sección. Se la llamaba «Personal y Seguridad». Pero era,
por supuesto, el órgano detector del Estado. La secretaria de Gorodot Jrenov no
comentaría nada con nadie, pero si un solo comentario de cualquier clase llegaba
a sus oídos, Jrenov lo sabría en menos de una hora, y a la mañana siguiente
formaría parte de un dossier en un archivo en la Plaza Dzerzhinskaya, en Moscú.

Sheranchuk salió del edificio del reactor, se guardó la lista de verificaciones


en el bolsillo, y se sorprendió al ver que había luces en la última planta del
bloque de oficinas. Allí estaban situadas las salas especiales para funciones
importantes, principalmente los comedores para las ocasiones ceremoniales.
Sheranchuk pensó que ello sólo podía significar una cosa: los observadores
venidos para el experimento no se habían marchado, a fin de cuentas. El
ingeniero jefe tenía el encargo de darles de comer y entretenerlos de alguna
manera hasta que, presumiblemente, el fin de semana terminara y el reactor
número cuatro pudiera ser desconectado para el experimento que habían venido
a presenciar.
Olvidó a los visitantes, pues entretenerlos no entraba en sus funciones.
Sheranchuk se preocupaba por los tubos, bombas y válvulas que conducían el
agua en la central.
Había mucho de verdad en el apodo cariñoso que Smin le había dado. La
principal responsabilidad de Sheranchuk era la fontanería. Es decir, Sheranchuk
estaba a cargo de casi todos los conductos por los que el agua corría en la
central. No se preocupaba por la de los lavabos y los baños y las cocinas: tenía
ayudantes que se encargaban de esas minucias, y ya les había hecho comprender
que lamentarían cualquier queja que surgiera sobre aquellas zonas. La
preocupación directa de Sheranchuk eran las aguas que circulaban por los
generadores y los núcleos. Había dos sistemas principales, los dos separados.
Uno era el flujo de agua a la planta desde la laguna refrigerante; aquella agua era
bombeada al interior para condensar el vapor en cuanto éste dejaba las turbinas,
y era de nuevo bombeada al exterior, ahora un poco más caliente, de vuelta a la
laguna. No había muchos problemas en ello. El otro circuito era más completo y
más crítico. Sus aguas salían del tanque de condensación y eran llevadas al
depósito situado bajo el núcleo del reactor, y una vez allí, a través de cientos de
estrechos tubos, al grafito y uranio del propio núcleo. Allí, el calor de la reacción
nuclear la convertía en vapor. Como vapor, las tuberías la conducían a tanques
de secado, donde el vapor era purgado de gotas de agua y usado a continuación
para mover las grandes turbinas. A partir de allí, el vapor usado y más frío
(aunque todavía muy caliente) entraba en los condensadores, donde se convertía
de nuevo en agua gracias a los serpentines de la laguna refrigerante. Ni una sola
molécula de aquella agua llegaba a alcanzar el mundo exterior. El sistema estaba
completamente cerrado, y ello era indispensable, porque en su trayecto a través
del núcleo las moléculas de agua disolvían partículas de metal de las tuberías, y
muchas de tales partículas eran radiactivas. Sólo las aguas limpias de radiación
del circuito sellado de refrigeración volvían a la laguna… y a veces, cuando ésta
se desbordaba en primavera o con las lluvias de otoño, llegaban al río Pripyat y a
los suministros de agua potable de millones de ucranianos, hasta la ciudad de
Kiev.
La responsabilidad de Sheranchuk terminaba con los sistemas de conducción
de agua. Sus preocupaciones, no. Tomaba como modelo al director técnico Smin,
y solía hacer lo que pensaba que Smin habría hecho en las mismas
circunstancias.
Sheranchuk admiraba al director más que a nadie. No era solamente que le
estuviera agradecido por haberle librado de un trabajo sin futuro. Observando a
Smin, había visto cómo un hombre con habilidad y determinación podía vencer
todos los obstáculos y encontrar solución a todos los problemas que hacían que
la complicada red de sistemas que recibía el nombre de central nuclear de
Chernobyl cumpliera sus objetivos. Había aprendido mucho de Smin, pero
especialmente que la planta entera debía ser motivo de preocupación para
quienquiera que trabajase en ella.
Era un hecho probado que el reactor RBMK-1000 tendía a fluctuar en su
producción de energía. Cuando ello sucedía, había que controlarlo. Existían tres
maneras básicas de hacerlo. Una era introducir en la masa de uranio y grafito
que formaban el núcleo del reactor barras de metal que absorbiesen los neutrones
y frenaran la reacción. Ésta era la manera clásica: más de cuarenta años antes
Enrico Fermi, en Chicago, había controlado su primera pila nuclear del mismo
modo. Otra era simplemente inundar el reactor con agua adicional para frenarlo,
o cortar el flujo para acelerarlo. El agua, también, absorbía los neutrones, y
cuanta más hubiera menos átomos se fraccionaban para liberar el calor que
producía vapor.
El tercer método era más sutil. En el interior del grueso escudo de contención
del RBMK, los ladrillos de grafito, las barras de combustible y las tuberías de
agua que componían el reactor en sí estaban rodeados por una atmósfera
artificial compuesta de dos gases, helio y nitrógeno. Esto se hacía por dos
razones. Una era que la mezcla de nitrógeno y helio expulsaba el oxígeno del
aire, y por tanto los calientes bloques de grafito no ardían. La otra razón era
parte del sistema de control. Los gases no conducían el calor del mismo modo,
así que añadiendo uno u otro podía modificarse como se deseara la capacidad de
transferir calor de aquella atmósfera; el reactor, obedientemente, se calentaría o
se enfriaría un poco más, y así podían suavizarse las pequeñas fluctuaciones de
su rendimiento.
Normalmente.
Por supuesto, ningún ser humano podía observar las indicaciones de los
instrumentos con el suficiente cuidado y calcular las medidas necesarias con
suficiente rapidez como para decidir cada vez la acción adecuada.
Sucede lo mismo con los aviones modernos. Si el piloto suelta los controles
de un avión ligero convencional, el aparato continuará volando razonablemente
bien, al menos durante un rato. Si suelta los mandos de un caza moderno, se
estrellará. Pero, aunque ejerza el control, un hombre no puede dirigir el aparato
solo. Es simplemente imposible. Hay que hacer demasiadas cosas a demasiado
velocidad, y el cerebro humano no es lo bastante rápido. Un ordenador gobierna
el aparato, y el piloto sólo le indica lo que quiere que haga.
Y así ocurría con el RBMK. Los operadores humanos sólo le decían al
sistema cibernético lo que querían. Los ordenadores se encargaban de las
fluctuaciones en cada momento. Los operadores podían leer los instrumentos, y
éstos eran maravillosamente sensibles, la mayoría importados de Occidente a
alto coste, pero ante cualquier emergencia las respuestas instantáneas tendrían
que venir de los ordenadores; lo cual quería decir, en realidad, que de ellos
dependía el complejo entero. Muchos otros elementos contribuían a que
funcionase. Pero eran solamente los ordenadores, y el puñado de operadores de
la sala de control, quienes podían, en cualquier momento, provocar la catástrofe.
3
Viernes, 25 de abril.

La madre de Sim, que es viuda casi desde que Sim nació, vive en un
apartamento de cuatro habitaciones en las afueras de Kiev, lo que provoca
muchos comentarios por parte de sus vecinos. En la Unión Soviética, las
disposiciones oficiales permiten nueve metros cuadrados por persona, y aquella
anciana, que ni siquiera trabaja, ocupa casi cuarenta. Es verdad que la vieja
Aftasia Smin pertenece al Partido desde su fundación, pero también es verdad
que no ha tomado parte activa en la política durante muchos años. Así que los
comentarios de los vecinos no versan sobre la condición de Aftasia como
veterana de la Guerra Civil, sino acerca de los verdaderos motivos por los que
dispone de un apartamento de tales características. Se debe, simplemente, según
dicen, a que su hijo ocupa un alto cargo; y en esto tienen razón.

Cuando Smin llegó al piso de su madre, descubrió que la sorpresa era


auténtica. Se trataba de dos americanos, un hombre y su esposa.
El joven Vassili Smin, que había pasado dos horas quejándose ante la
perspectiva de tener que dormir otra vez en el viejo catre militar plegable de
babushka, dejó de quejarse cuando vio al americano y a su joven, alta y rubia
esposa, que vestía pantalones amarillo canario, y el reloj digital que indicaba la
hora no sólo de Kiev, sino también de Los Angeles. Smin notó que su hijo
acababa de enamorarse. Sólo esperaba que no se ofreciera a comprar el reloj al
americano, que resultó ser su primo segundo.
—¿Te acuerdas de lo que te contaba sobre mi primo Yerim, que se marchó a
América en 1923? —graznó la madre de Smin—. ¡Éste es su nieto! ¡Y ésta su
esposa! ¡Hace películas de televisión sobre un negro!
El nombre del primo segundo no era Yerim Skazchenko ni nada que se le
pareciese, sino Dean Garfield, pero seguía siendo un familiar, lo suficiente como
para haber traído regalos para todo el mundo, aunque cuando salió de Los
Angeles no sabía si llegaría a encontrar a algún pariente a quien entregarlos. Los
regalos, por tanto, eran de todo tipo. Había un pisacorbatas de plata con la
Estatua de la Libertad para Smin, un jersey de cachemira para su esposa (era una
lástima que le quedara un poco estrecho, pero aparentemente había sido diseñado
para una figura americana), una calculadora de bolsillo para Vassili, una caja de
bombones rellenos de licor para todo el mundo, e incluso una maravillosa y
gruesa bufanda de seda para Aftasia. Lo mejor de todo era una remesa completa
de cintas de vídeo para la familia que no contenían simplemente los típicos
filmes americanos que otros también podían tener, sino copias del programa de
televisión que Garfield había producido. «El número tres en audiencia», como él
mismo anunció modestamente.
Lo que hizo difícil la conversación fue que Garfield sólo hablaba inglés y su
esposa sólo inglés y un poco de español. Ninguno sabía una palabra de ruso,
ucraniano, francés o alemán, como Smin. Y los dos años de inglés de Vassili no
bastaban para entender ni la mitad de lo que decían Dean Garfield y su esposa
Candace.
La madre de Smin se había encargado de resolver el problema. Aftasia había
invitado a una pareja de jóvenes ucranianos apellidados Didchuk que vivían en
el piso de abajo y enseñaban inglés en una de las escuelas locales. Smin notó que
ambos se hallaban un poco cohibidos en presencia de un miembro del Partido
que conducía un Chaika negro con luces antiniebla amarillas, por no mencionar
a dos americanos de verdad, y decidió ser amable con ellos. Mientras la joven
ayudaba a Vassili con sus excitadas preguntas a los apuestos primos americanos,
Smin charloteó con el hombre sobre las ventajas del Chaika sobre el Zhiguli, que
apreciaba, el Moskvich (sí, un coche hermoso, pero costaba mucho mantenerlo)
y el Volga, que era en algunos aspectos, según declaró, mucho mejor que el suyo
propio. El maestro escuchó atento, y humildemente pidió la opinión de Smin
sobre el Zaparozhets, que él y su esposa habían pensado comprar dentro de un
año o dos. El Zaparozhets era el coche más barato fabricado en la URSS, pero
Smin tuvo palabras de elogio también para él. Después de todo, le recordó al
hombre, estaba fabricado en Ucrania y era muy rentable.
—Sólo asegúrese de que lo sacan de fábrica a primeros de mes, antes de que
estalle la tormenta de la prisa —dijo.
El maestro asintió agradecido ante el consejo, aunque éste no era necesario.
Después de todo, ¿qué ciudadano no conocía al dedillo todos los detalles de cada
uno de los coches soviéticos, incluso si su esperanza de poseer uno algún día se
proyectara al siglo XXI?
En cualquier caso, Didchuk descubrió que Smin había dejado de prestarle
atención. Éste se había quedado mirando a su esposa, y había una media sonrisa
en su cara.
Y es que, desde que Selena Smin puso su vista en aquella rubia, diosa
californiana, había aprovechado la primera ocasión para desaparecer en el
diminuto cuarto de baño. Cuando regresó, sus párpados eran más oscuros, sus
labios más rojos e incluso se había echado unas gotas del perfume que Smin le
había traído de su último viaje a Viena. Con afecto, Smin advirtió que su esposa
había decidido demostrar de una vez por todas a aquellos americanos que las
mujeres soviéticas no llevaban necesariamente dientes postizos de acero ni vello
en las axilas. Le complació observar que, aunque Dean Garfield no pareció notar
ninguna diferencia, su bella esposa lo hizo inmediatamente.
Garfield escuchaba atentamente los intentos de Vassili por lidiar con el
inglés. Cuando Smin logró captar unas palabras de lo que su hijo decía, frunció
el ceño.
—Discúlpeme —le dijo al profesor, y se dirigió al chico—: ¿Vassili? No
entiendo el inglés, pero reconozco palabras como «neutrón» y «uranio». ¿Qué
les estás contando a nuestros amigos americanos?
El chico se sonrojó.
—Sólo les explicaba qué es lo que haces, padre.
—Sí, que estoy a cargo de una central nuclear, claro. ¿Pero qué más les estás
diciendo?
—Oh, nuestro primo Garfield no comprendía cómo es posible controlar una
reacción nuclear, así que le he explicado lo que tú me enseñaste: que aunque la
mayoría de los neutrones son liberados de una vez, unos pocos duran una
fracción de segundo más, y es por ello que hay tiempo de ajustar la velocidad de
la reacción. Lo que tú me dijiste, padre. ¿Lo he hecho bien?
—Quizá demasiado bien —dijo Smin secamente—. No creo que a Gorodot
Jrenov le gustase saber que explicas cuestiones nucleares a los americanos. Ve a
ayudar a tu abuela, por favor; está preparando la cena.
Así que Vassili se encargó de juntar dos mesas y disponer las sillas alrededor,
y la joven señora Didchuk de ayudar a la formidable anciana a servir la comida.
En unos minutos todos estuvieron sentados, de una forma o de otra, charlando
aún.
Smin se preguntó qué estarían pensando los americanos. La mujer, después
de todo, era muy hermosa. Parecía exactamente una de esas estrellas de las
películas occidentales, con sus dientes perfectos y el tipo de una jovencita…
Bueno, eso era exactamente: una estrella de cine. De Hollywood. No había duda
de que vivía en una de aquellas mansiones de ocho o nueve habitaciones que
colgaban de la falda de una montaña y se asomaban al océano, y tenía, sin duda,
piscina en el jardín trasero y dos o tres cochazos americanos en el garaje. ¿Qué
estaría pensando del apartamento de su madre con las finas alfombras peladas,
su mobiliario cascado, sus paredes con la pintura descascarillada en las
esquinas?
Con resignación, supuso que antes de que pasara mucho tiempo su esposa
volvería sobre el tema. Llevaba años echándole en cara el departamento «estilo
Kruschev» de su madre, edificado a toda velocidad hacía treinta años y que se
venía abajo progresivamente desde entonces, ¡y que ni siquiera tenía teléfono!
«Debes darte cuenta, Simyon —le diría otra vez pacientemente—, de que ocupas
una posición importante. Debes vivir de acuerdo con ella. No al estilo Breznev,
por supuesto; eso no. Pero con dignidad, incluso en el apartamento de tu madre,
ya que lo usamos a menudo.» Y no tendría sentido decirle —¡otra vez!— que su
madre vivía así por propia elección, porque ella simplemente señalaría que los
ancianos no siempre saben lo que es mejor para ellos.
Smin se preguntó si merecería la pena intentar atajar algunas de las
observaciones de su esposa explicando a los americanos qué clase de mujer era
su madre. Parecía tarea difícil, especialmente con la vieja Aftasia sentada allí
delante y escuchando cada palabra. En cualquier caso, la conversación se
desarrollaba bien sin aquello. Garfield, a través de la señora Didchuk, estaba
explicando al grupo por qué habían decidido que era mejor vivir en Beverly
Hills que en Brentwood, aunque por supuesto Beverly Hills era mucho más caro.
A mitad de la conversación, Garfield se interrumpió y miró más de cerca lo
que Aftasia Smin había puesto en la mesa. Entonces sonrió y habló rápidamente
a su esposa, quien se echó a reír y replicó. Los dos, obviamente, discutían sobre
la comida.
—¿Qué están diciendo? —preguntó Smin al maestro.
Didchuk parecía cohibido.
—Es gracioso, pero la señora Garfield dice… —Dudó—. Bueno, ha
mencionado que le sorprende que no haya col en la mesa.
Smin rió.
—Dígale, por favor, que las coles y mi madre no congenian. ¿Eso era todo?
—Oh, no. —El maestro hizo una pausa, obviamente buscando las palabras
más adecuadas—. El señor Garfield le estaba explicando a su esposa qué son
estos platos. Dice que ésas son hierbas amargas y que los bizcochos son lo que él
llama «matzos» y que, discúlpeme, no sé la palabra, se trata de una comida de…
¿Pas-tua?
—Oh, mi madre ha vuelto a hacer de las suyas —suspiró Smin—. Estamos
en una festividad judía… ¿Qué es, la segunda noche de Pascua? Por favor, dígale
que no somos religiosos, pero mi madre…
—¡No le diga nada de eso! —exclamó su madre, poniendo sobre la mesa una
gran fuente de sopa—. Aunque no sepa hebreo, nuestro primo de América es
judío. ¡Se lo pregunté!
Pero descubrieron, después de un rato de charla, que, aunque a Dean
Garfield le gustaba el ritual de la Pascua, no era más practicante que Smin. En
realidad, dijo que era algo llamado «un unitario», que su esposa había sido
«metodista» y que buscaron una «escuela dominical» para enviar a sus hijos. Y
entonces la madre de Smin quiso saberlo todo sobre éstos.

El caldo de pollo estaba excelente. (La madre de Smin había hecho cola una
hora para conseguirlo.) En seguida empezó la comida: champiñones cocidos en
crema agria, servidos en cuencos individuales; la carne del pollo con que se
había hecho la sopa; pasteles de carne; esturión en jalea; a continuación,
compota de fruta y pastelitos rellenos. Al principio, los maestros no comieron
mucho, por timidez, pero había también vino de Georgia y brandy armenio, y
vodka helado. Después del brandy, y antes del vodka, los maestros estaban
atiborrándose y los americanos, aunque comieron muy poco, lo alababan todo
inmensamente y bebían bastante para demostrarlo. Incluso elogiaron los
manteles de la madre de Smin, superpuestos para cubrir las dos mesas dispares,
y no comentaron la curiosa colección de sillas de cocina, sillones y otros asientos
que daban acomodo a las ocho personas. Obviamente disfrutaban impresionando
a sus parientes, y a los otros, con su prosperidad y la alta audiencia del programa
televisivo de Garfield, pero la verdad era que a éste también le había
impresionado su primo segundo.
—¡Director de una central nuclear! —dijo a través de la intérprete—. Eso es
un trabajo muy importante.
—Es el más importante de toda Ucrania —proclamó la madre de Smin llena
de orgullo.
Smin tuvo que matizar.
—Mucha gente se sorprendería al oír eso —dijo, y entonces, para los
americanos, explicó cómo era Chernobyl: cuatro mil millones de vatios de
electricidad extraídos de la potencia, impoluta y sin humo, de fisionar dióxido de
uranio; suficientes para el suministro de una ciudad entera o de toda una
comarca industrial.
Resultó que el primo americano tenía algunas ideas sobre energía nuclear.
Habló de San Onofre y la Isla de las Tres Millas, de terremotos y del Síndrome
de China, de niños con defectos de nacimiento y de futuras leucemias. Los
maestros tradujeron con presteza, aunque tenían que consultarse frecuentemente
entre sí algunos términos.
—Sí —intervino ansiosamente Vassili, casi cayéndose del asiento; como era
el más joven, le habían sentado en un taburete con almohadas encima—, pero
nuestros reactores son diferentes. ¡Hubo un informe en una revista científica, lo
leí en la escuela, que decía que en la Unión Soviética los problemas de seguridad
nuclear han sido resueltos!
—No, no —dijo Smin suavemente—, no resueltos. Una cosa así nunca está
resuelta. Es cierto que conocemos las soluciones y las incorporamos a nuestra
práctica diaria, pero toda solución tiene que ser aplicada una y otra vez, cada
minuto. Perdonadme…, no tengo nada contra las prácticas americanas…
Esperó pacientemente la traducción.
—Adelante —dijo sonriendo el primo americano cuando le llegó el turno. Y
añadió algo que hizo que Didchuk tartamudeara al traducir—: Yo mismo detesto
a esos bastardos.
Smin se quedó un poco sorprendido, pero continuó:
—En América, es el factor humano el que causa los accidentes. Recordad
Idaho Falls, en 1961, donde las barras de control fueron retiradas por error y
murieron tres personas. En nuestro reactor, las barras son insertadas
automáticamente si algo va mal. En Brown’s Ferry, en Alabama, en 1975, un
hombre buscaba fugas de gas en el escudo. ¡Para encontrarlas usó una vela
encendida! Le prendió fuego al aislamiento y la mayoría de los sistemas de
seguridad fallaron porque perdieron energía… Fue una catástrofe casi total. En
la planta de Sequoia, en Tennessee, en 1981, más de un cuarto de millón de litros
de líquido radioactivo escaparon. Hace sólo unos meses, en Gore, Oklahoma,
alguien calentó un contenedor de combustible nuclear y provocó una explosión
que mató a un trabajador e hirió a cien más. Y la Isla de las Tres Millas…
Bueno, todo el mundo sabe que allí se produjo una fusión del núcleo casi
completa. Lograron detenerla a sólo unos minutos del desastre.
—Sí, exactamente —asintió Garfield—. Da miedo.
—Pero todos ésos son errores humanos, primo Dean. Nosotros no
permitimos que ocurran. Nuestros trabajadores no sólo están altamente
entrenados —Smin tragó saliva, recordando el artículo de Literaturnaya Ukraina
aunque era poco probable que Dean Garfield lo hubiera visto—, también se les
enseña a mantener la vigilancia todo el tiempo. No se les deja trabajar si no se
encuentran bien. ¿Es cierto, primo Dean, que en América a veces los operadores
encargados del reactor consumen drogas en el trabajo?
—Eso he oído, sí —concedió Garfield—. Aunque creo que eran sólo
guardias de seguridad, o tal vez obreros, no técnicos. ¿No tenéis hierba por aquí?
El maestro tuvo que hacerse repetir la palabra y por fin la tradujo por
«marihuana». Smin negó con la cabeza.
—Pero supongo que alguno beberá un poco de vez en cuando, ¿no? —dijo
sonriendo el americano.
—¡Nunca! —declaró Smin—. ¡Ningún ciudadano soviético bebe un poco!
Bebemos mucho… ¡Pásame el vaso!

Aunque Smin no bebía nada, ni siquiera vino, hubo de sobra para los demás,
e incluso los dos maestros estaban colorados y sonrientes. La madre de Smin
repetía una y otra vez que la carta de América les había llegado aquella misma
mañana, y que había telefoneado de inmediato al hotel y enviado un coche a que
recogiera a los visitantes. Vassili Smin explicó en detalle la gran importancia del
trabajo de su padre, y cómo él mismo sería algún día ingeniero nuclear… o quizá
piloto de helicóptero, como su hermano mayor Nikolai, que ahora era teniente
(aunque nadie mencionó en qué país estaba exactamente). Los americanos
dijeron lo mucho que les había impresionado Moscú (una ciudad inmensa, como
un gran monumento) y Leningrado (sí, desde luego, muy apropiadamente
llamada la Venecia del Norte) y cómo aquella velada era lo mejor del viaje, y
todos estuvieron de acuerdo en lamentar que el contacto se hubiera establecido
tan tarde, ya que los Garfield tenían previsto salir para Tiblisi por la mañana. En
la atmósfera relajada y amistosa, Didchuk se atrevió a contar un par de chistes
soviéticos, con el ojo puesto en Smin para asegurarse de que no era indiscreto,
incluyendo el de Radio Armenia que explica la definición de un trío de cuerda
(un cuarteto soviético que ha regresado de una gira por Occidente), y Dean
Garfield respondió con uno sobre las azafatas de Aeroflot. (En América las
azafatas decían: «¿Café, té o yo?», y en Aeroflot decían: «¿Vino blanco, zumo
de cereza o vete a una esquina, camarada, y háztela tú mismo?».) Pero el chiste,
aparte de requerir muchas y agitadas consultas sobre la traducción, hizo que la
mujer del maestro se sonrojase.
Smin echó una mirada a su reloj. Eran más de las diez y todavía estaban
sentados alrededor de la mesa. Después de todo, pensó aliviado, había pasado
tres o cuatro horas lejos de los problemas de la central nuclear. Recordó con
divertida simpatía (más simpatía que diversión) al ingeniero jefe y al jefe de
Personal, que aún estarían intentando quitarse de encima a los observadores que
no tenían ya ningún experimento que presenciar. No por primera vez, se dijo que
la anticuada forma de vivir de su madre era a veces una ventaja. Si hubiera
habido teléfono en la casa, habría llamado a la central. Ya que no lo había, podía
relajarse.
Ni siquiera fue difícil sostener la conversación. Tras explicarle América a su
familia soviética, Dean Garfield le estaba explicando ahora la Unión Soviética.
Ya habían visitado Leningrado y Moscú. Incluso habían conseguido entradas
para el único recital de piano que el famoso emigrado Vladimir Horowitz había
ofrecido en Moscú unos días antes. Smin casi se sintió un poco molesto por esto.
¿Cuántos ciudadanos soviéticos habrían cedido un mes de sueldo por conseguir
entradas? Pero, naturalmente, se daba prioridad a los turistas…, quienes podían,
después de todo, oírle en América tantas veces como quisieran. En Kiev habían
visto varias catedrales del siglo X, y los huesos de los monjes en las catacumbas
de Lavra, y la Gran Puerta de Oro que Moussorgsky había hecho famosa con sus
Cuadros de una exposición; de hecho, se alojaban en el flamante Hotel de la
Gran Puerta, justo al otro lado de la Puerta misma, en la calle Jreschatik.
Garfield tenía anécdotas graciosas que contar sobre su viaje.
—Entonces la guía nos mostró el viaducto que conduce a las playas, ¿sabes?,
el que cruza el río en Kiev. Y le dije que en Nueva York no sólo tenemos
viaductos para ir a las islas del río, sino también teleféricos. Entonces nos enseñó
ese Arco Iris que conmemora, ¿qué es?, la unión de Rusia y Ucrania, y le dije
que tenemos uno exactamente igual en San Luis, el Gateway Arch, sólo que
mide doscientos metros de altura y tiene unas cabinas que te llevan a la cima.
—Sí, todo es más grande en América —intervino secamente Aftasia—. ¿No
os coméis la compota? ¿No os gusta?
Entonces el hijo de Smin, envalentonándose en su práctica del inglés,
empezó a hablarles de los cuatro grandes futbolistas del equipo central de
Chernobyl, las Cuatro Estaciones, y Dean Garfield respondió con historias sobre
su propio equipo, llamado al parecer Las Cabras de Los Angeles, según
Didchuk, aunque Smin no pudo creer que el nombre fuera correcto.
Smin bostezó mientras su hijo seguía explicando más cosas a sus invitados,
hasta que vio la forma en que los americanos estudiaban las cicatrices de su cara
y su cuello. Por la expresión de sus rostros, pesar y simpatía, supo de lo que su
hijo estaba hablando.
Smin colocó suavemente una mano sobre el hombro de su hijo y se dirigió a
Didchuk:
—Dígales por mí, por favor —rogó—, que Vassili, como todos los niños, se
siente fascinado por los relatos de guerra. Especialmente le gusta presumir de las
heroicas aventuras de su padre, pero la verdad es que simplemente quedé
atrapado en un tanque cuando empezó a arder. Eso fue hace más de cuarenta
años.
—¡Pero te dieron cuatro medallas! —exclamó su hijo, angustiado.
—Y sólo espero que nunca te veas en situación de ganar medallas de esa
clase —dijo Smin solemnemente—. Ahora, veamos, ¿quién tiene el vaso vacío?

La velada amenazaba con volverse larga, fatigante por los intentos de


mantener una conversación amistosa con parientes recién conocidos y a través
de intérpretes. Smin se alegró cuando dejaron de hablar de él. Las mujeres se
pusieron a charlar entre sí: la maestra, la señora Didchuk, hablaba en inglés con
la hermosa rubia americana. Aftasia Smin, al margen, preguntó:
—¿Qué está diciéndole?
—Pues que ayer mismo —respondió la señora Didchuk sonrojándose de
placer al recordarlo—, cuando fui a la tienda, vi que tenían cientos de rollos de
papel higiénico. ¡Imagine! ¡Todos los que una quisiera! Así que compré doce, y
el empleado me reprendió, figúrese, diciendo: «¡No hay necesidad de
acumularlos, de ahora en adelante habrá muchos!» ¿Cree que eso es cierto?
—Lo que creo es que ése no es tema para discutir con nuestros invitados en
la mesa —dijo la vieja Aftasia Smin. Sus ojos brillaron repentinamente—. Hay
cosas más interesantes. ¿Quiere preguntarle a la esposa de mi primo si le apetece
venir a mi habitación? Hay algo que quiero enseñarle.
—Otra vez —murmuró la esposa de Smin, frunciendo el ceño, cuando su
suegra se llevó a la invitada.
—Eso parece —dijo Smin, y cuando las mujeres regresaron confirmó su
opinión al ver la manera en que la rubia americana miraba a Aftasia Smin.
Aftasia le había estado enseñando sus cicatrices de guerra. Bueno, tenía
derecho a ello: no todas las ancianas de Kiev habían luchado valientemente en la
Guerra Civil, ni pertenecían al Partido desde hacía más de sesenta años.
Subrepticiamente, Smin volvió a mirar la hora. ¡Más de medianoche! Y
llevaba despierto desde las seis. Menos mal que el día siguiente, pensó distraído,
no sería muy duro. El intento de obtener energía residual de los generadores
probablemente no tendría lugar en sábado. ¿Se retrasaría hasta que el director
regresara? Era idea suya, después de todo. Pero también era típico del director
concebir una idea y descubrir en seguida que tenía «negocios importantes» que
atender en otra parte, y así Smin asumía la responsabilidad de desarrollarla.
¡Negocios importantes! ¡Cazar patos en Moscú! Bueno, si de verdad quería
matar unos cuantos patos, había millones en las marismas del Pripyat, al norte de
la central… Salvo que, naturalmente, no eran los patos lo que buscaba Zaglodin,
sino la compañía: cazaba buenas influencias más que aves.
Smin bostezó y miró la botella de vodka. Pero todavía no era la hora del
único trago que se permitía cada día.
—¿Puedo tomar al menos un té? —le preguntó a su madre, justo cuando el
maestro, Didchuk, proclamaba ansioso:
—¿Pueden ustedes creerlo? ¡El señor y la señora Garfield dicen que su casa
está sólo a pocos kilómetros de Disneylandia!

Así que fue una velada feliz e interesante. Hizo que Smin olvidara, o casi, los
problemas de Chernobyl y perdonara a su madre sus sorpresas, incluso su
obstinada decisión, a su edad, de celebrar de nuevo las fiestas judías. Vassili
empezó a bostezar y la abuela se quedó dormida en su asiento, y era ya
demasiado tarde para llamar un taxi. Smin llevó a sus nuevos parientes de
regreso al hotel, con Didchuk para que siguiera haciendo de intérprete.
Hasta que cruzaron el puente sobre el río Dnieper estuvieron casi solos por
las calles del extrarradio de Kiev. Los ocupantes de algunos coches oficiales les
miraron al pasar, pero pocos policías se atreverían a molestar al conductor de un
Chaika negro con luces antiniebla. Luego, cuando llegaron al centro de la
ciudad, ya encontraron actividad, incluso a aquella hora. En la plaza principal,
camiones del Ejército con baterías de luces iluminaban el espacio, que estaba
siendo decorado con nuevos carteles para el desfile del Primero de Mayo.
¡Cumpliremos nuestros planes! y ¡Pedimos paz y libertad para el mundo!
Cuando pasaron junto a la gran catedral, Smin se dirigió a Didchuk:
—Dígales que hay servicio cada domingo; si uno desea creer en Dios, puede
hacerlo.
—Ya lo he hecho —dijo orgullosamente Didchuk—. Les agradó mucho
saberlo.
El desfile del Primero de Mayo recorrería la Jreshchatik, por supuesto: no
había calle más famosa en Kiev. Tuvieron que meterse entre los camiones del
Ejército para llegar a la puerta del hotel. Por supuesto, a aquella hora estaba
cerrado. Cuando Didchuk despertó al portero para que les abriera, salieron del
coche y se quedaron de pie bajo el frío aire de abril.
—Me gustaría que nos hubiéramos conocido antes, primo Simyon —dijo
Candace Garfield—. Es una verdadera lástima que tengamos que marcharnos
para Tiblisi mañana. Lo hemos pasado muy bien, y si alguna vez vas a Beverly
Hills…
—Naturalmente —sonrió Smin con galantería.
Al abrazarla notó que era más delgada de lo que había pensado, y que en sus
cabellos había aromas de América y Francia.
—Ah, bueno —le dijo a Didchuk cuando regresaban—. Otra visita más que
tendremos que corresponder la próxima vez que vayamos a California. Qué
molestia, ¿verdad?
Pero ahora que se habían quedado solos, Didchuk pareció recordar que
estaba en presencia de un director técnico y miembro dirigente del Partido, y no
supo responder al comentario.
Cuando Smin llegó al apartamento de su madre, todo el mundo dormía. Tuvo
mucho cuidado de no despertar a su hijo mientras se servía los 150 mililitros de
brandy que eran todo lo que se permitía y, gratificado, se tumbó junto a su
esposa, que ya roncaba suavemente. Había sido una noche interesante, aunque
un poco sorprendente en ciertos aspectos. ¿Qué había querido decir Garfield
cuando llamó a su esposa «una chica del valle»? Desde luego, constituyó un
final agradable para un día lleno de irritantes preocupaciones.
Cuando el timbre sonó y, simultáneamente, alguien llamó con todas sus
fuerzas a la puerta, Smin se despertó de un salto. ¡Eran más de las dos! Selena se
enderezó a su lado, con la cara angustiada.
—No, no —la tranquilizó Smin, sin preguntarle qué la había asustado porque
lo sabía, sin recordarle que los días en que una llamada a las dos de la
madrugada significaba algo específico y temible habían acabado, porque
también ella lo sabía.
Casi consiguió serenarse mientras escuchaba las voces en el exterior, hasta
que su hijo irrumpió en la habitación, envuelto en una sábana, gritando:
—¡Papá! ¡Es la policía! Traen un mensaje importante… ¡Debes volver a
Chernobyl de inmediato!
4
Viernes, 25 de abril.

Leonid Sheranchuk entiende muy poco de energía nuclear. En esto, es como


la mayoría de los ingenieros y directivos de la Central de Chernobyl. La
especialidad de Sheranchuk incluye tuberías, bombas, agua y vapor, y su
experiencia laboral se reduce a la anticuada central térmica situada al norte de
Moscú. La mayoría de sus colegas, asimismo, sólo ha conocido plantas de
carbón y petróleo, y de lo que entiende es de turbinas, transformadores y
electricidad. El súbito incremento de la producción de energía nuclear en la
Unión Soviética ha sido mayor que el suministro de ingenieros especializados en
el tema; aunque, por supuesto, ya se sabe que los problemas de una central
nuclear son muy similares a los de cualquier otra planta de energía: se calienta
agua, se convierte en vapor, y el vapor se convierte en electricidad. Las
cuestiones específicamente nucleares, según se enseña, han sido resueltas a
niveles superiores hace mucho tiempo. De todas formas, Sheranchuk quiere
saber más. Se ha matriculado en un curso nocturno de energía nuclear en la
escuela politécnica local, aunque el curso no empezará hasta dentro de un mes.
Mientras tanto, lee sobre el tema cuando puede encontrar tiempo libre.

Cuando Sheranchuk regresó a casa, pensó en dar un repaso a los libros, pero
estaba verdaderamente cansado. En vez de estudiar, comió un poco, mientras en
la televisión daban las noticias de las nueve. Su mujer, naturalmente, ya había
cenado con su hijo, Boris, mucho antes, pero se sentó junto a él y le acompañó
con un vaso de vino.
—¿Algo interesante en el trabajo, hoy? —preguntó cordialmente.
—No —contestó Sheranchuk; no tenía sentido contarle los contratiempos
surgidos con el proyectado experimento del reactor número cuatro; ella ya se
preocupaba bastante por los peligros desconocidos de la energía nuclear—.
Algunos problemas con una de las bombas, pero ya está resuelto. —Pensó un
momento, y entonces añadió—: El director técnico dice que, en general, estoy
haciendo un buen trabajo.
—¡En general!
—Es su forma de hablar. Dice que soy su fontanero.
—¡Fontanero! —Ella sabía bien lo que pensaba su esposo del director
técnico Smin—. ¿Entonces no tendrás que ir mañana por la mañana? —preguntó
—. Lo digo por tu cita con la dentista.
—La había olvidado por completo —confesó Sheranchuk. Entonces sonrió
—. ¿Sabes lo que me dijo la última vez? «Es una vergüenza que conserve esos
dientes de acero inoxidable. Ahora podemos hacerlos mucho mejor, de
porcelana, incluso mejores que los suyos propios, y así todas las chicas se
girarán al verle pasar.»
—No hace falta que las chicas te miren —dijo Tamara, cortante.
—¿Ni una sola mirada? ¿Y si yo no las miro?
—Ya te miran bastante. —Empezó a recoger los platos de la mesa, en
silencio, y recordó que tenía que contarle a su marido lo de la muchachita que
había ido aquella mañana a la clínica para que le practicaran un aborto—.
¡Imagínate, Leonid! ¡Sólo tiene dieciséis años! ¡No es mayor que Boris!
—Bueno, al menos nuestro hijo no puede quedarse embarazado —dijo
sonriendo Sheranchuk.
—¡No tiene gracia! Va a destruir una vida en su interior, y es tan joven…
—Pero, Tamara, ¿qué otra cosa quieres que haga? —dijo Sheranchuk,
intentando ser razonable—. Con dieciséis años, es demasiado joven para casarse,
y especialmente para cuidar de un bebé cuando ella misma no es más que una
niña.
—Yo nunca haría una cosa así —insistió Tamara.
—Nunca has tenido que hacerlo —dijo tímidamente Sheranchuk.
Habría sido absurdo: ella trabajaba en un hospital y tenía fácil acceso a
diafragmas y cosas así. Pero la mirada que su mujer le dirigió mientras iba a
fregar los platos le hizo callar. No era una mirada de furia, sino de exclusión,
como si dijera: «Eres un hombre, ¿qué sabes tú?», o algo peor.
Sheranchuk apagó la televisión y buscó en la biblioteca los libros sobre
energía nuclear. Empezó a bostezar nada más abrir el primero. Para concentrarse,
puso una cinta en el magnetófono y el suave sonido de las canciones satíricas de
Vladimir Vyshinsky le sirvió de fondo mientras intentaba estudiar.
Tamara Sheranchuk se detuvo en su tarea para escuchar. Conocía la canción.
No era raro en ellos escuchar las cintas de Vyshinsky, o de Aleksandr Galich o
de Boulat Okudzhava, los baladistas que vivían en (pero no del) sistema
soviético. Sus discos no eran grabados nunca por Melodiya. Sus canciones no
tenían reconocimiento oficial, pero casi todos los ciudadanos soviéticos las
sabían de memoria, y pasaban de mano en mano registradas furtivamente en los
cassettes llamados magnitizdat.
—Un poco más bajo —pidió.
Las cintas no eran ilegales, pero de todas formas convenía evitar que los
vecinos las oyesen.
Sin embargo…
Tamara había conocido a Sheranchuk en un concierto de Okudzhava. No fue
en un teatro, o en un estadio, ni tampoco en un club nocturno. El concierto había
sido al aire libre, en un pinar, durante una noche de primavera confortable,
aunque no cálida, y ni siquiera seca: de vez en cuando cayeron pequeños
chaparrones. Sin embargo, había más de doscientas personas en el bosque,
escuchando al baladista georgiano tocar su vieja guitarra y cantar sobre los
trolebuses y la carretera de Smolensko. Todas jóvenes. Y entre ellas estaba este
muchacho pelirrojo que había llegado solo, y que no sonrió cuando la miró. Pero
cuando tuvieron que echar a correr entre los árboles para refugiarse de la lluvia,
ella se había quedado junto a él. Dejó el grupito con el que había venido, y
Sheranchuk la acompañó de vuelta a casa.
Tamara atrapó un resfriado por haber asistido al concierto, pero también
atrapó a su marido.

Para estar descansado por la mañana, Sheranchuk se obligó a sí mismo a


acostarse a las diez. Pero no consiguió conciliar el sueño. Escuchó los sonidos
que su esposa producía mientras planchaba la camisa de Boris, y la música pop
de fondo, muy débil, procedente del televisor; y también oyó que Boris volvía de
su reunión del Komsomol, adonde había sido llamado especialmente para
preparar la celebración del Primero de Mayo, y se dirigía al frigorífico.
Cuando empezaba a conciliar el sueño, recordó no haber verificado que las
bombas automáticas hubieran sido conectadas de nuevo después del abortado
experimento de la tarde.
El experimento no era asunto suyo. Las bombas sí. Pensó un instante, se dio
la vuelta sobre el costado izquierdo, con el codo bajo la almohada, encogido
como un feto en la posición que para él siempre comportaba comodidad y sueño.
El ingeniero de servicio, con toda seguridad, habría vuelto a poner en marcha las
bombas, se dijo. No había por qué estar despierto y preocupado. Intentó pensar
en cosas más agradables. En Tamara, por ejemplo, que estaba en la habitación de
al lado. Pensó en llamarla; quizá podrían hacer el amor, y así después le entraría
sueño. Pero estaba el niño, que sin duda comía una manzana ante la mesa, con
todos los libros delante, estudiando para el examen de geometría del sábado. Si
se le hubiera ocurrido un poquito antes, meditó Sheranchuk, habrían
aprovechado que el niño no estaba en casa y podría haber sido como cuando eran
recién casados y tenían un apartamento para ellos solos… Dio una cabezada, y
volvió a despertarse cuando alguien en otro apartamento tiró de la cadena de la
cisterna. Tendió la mano y cogió el despertador y miró, a la luz que entraba por
la ventana, la hora que era. Más de medianoche. Un nuevo día; y las bombas
seguían en su mente.
Sheranchuk gruñó y se sentó en la cama, con los pies en el suelo, frotándose
la barbilla. Un momento después suspiró, se puso la bata y entró en el salón para
llamar a la central. Tamara, de camino hacia el cuarto de baño, pasó junto a él.
—¿Todavía despierto? —le regañó.
Él le palmeó el trasero afectuosamente, pero no se detuvo.
Boris estaba ya dormido, y Sheranchuk habló en voz baja, tras localizar a
Kalychenko, uno de los técnicos del turno.
—Las bombas… —empezó a decir, y escuchó con sorpresa que el
experimento, después de todo, seguía adelante—. ¿Sin el director presente? Pero
entonces, Smin…
No, Smin tampoco estaba allí. Y no se le echaba en falta, dijo Kalychenko,
porque, aparte de algunas pequeñas fluctuaciones de energía, todo se
desarrollaba bien. Sheranchuk frunció el ceño.
—¿Qué clase de fluctuaciones? ¿Del seis al once por ciento? ¡Pues no son
tan pequeñas!
Escuchó un rato y luego colgó. Abrió el frigorífico y se sirvió un vaso de
zumo de manzana. Miró pensativo a su hijo dormido mientras lo bebía.
Pensó que quizá Boris no se despertaría y que Tamara esperaba aún en la
cálida cama que compartían.
Sheranchuk se dijo que no tenía sentido perder el sueño con asuntos que eran
responsabilidad de otro. Regresó a la cama. Pero Tamara ya estaba dormida en
su lado, y aunque Sheranchuk pasó el brazo a su alrededor, tentativamente, ella
sólo hizo un ruidito agradable y se dio la vuelta.
Ah, bien.
Resignado, trató de dormir.

Media hora después suspiró, se levantó y empezó a vestirse. A la una estaba


en la fría calle, porque no tenía sentido permanecer despierto en casa,
preocupándose por la central, cuando podría estar igualmente despierto y
preocupándose en el lugar de los hechos. Se encontró casi solo. Los trolebuses
habían dejado de prestar servicio, y sólo había luces ocasionales en las ventanas
de algunos edificios. Se percibía una suave fragancia de lilas en el aire
primaveral.
En cierto sentido, Sheranchuk se alegraba de trabajar en la central a horas tan
extrañas. Le recordaba la especial importancia de lo que hacían. Por todo el país,
las fábricas habían cerrado ya, la gente apagaba las luces y desconectaba sus
aparatos de televisión. La demanda de electricidad se reducía minuto a minuto.
Las centrales alimentadas con petróleo detendrían sus operaciones durante la
noche. Las plantas de carbón estarían apagando sus fuegos; los generadores
hidroeléctricos disminuirían su actividad a medida que se cerraban las
compuertas para preservar el agua embalsada en las grandes presas. Pero
Chernobyl continuaba. La energía nuclear era básica. Había que mantenerla en
marcha.
Era una noche plácida, con unas pocas nubes. Mientras caminaba por las
silenciosas calles de Pripyat, Sheranchuk se preguntó por qué Smin no estaría
disponible aquella noche. Cierto, el director técnico seguía la política de dejar las
tareas cotidianas a la gente responsable de ellas. Sin embargo, también era cierto
que Smin tenía por norma el hallarse presente cuando y donde hiciera falta. Era
un buen hombre. Sheranchuk pensó en la conversación que había tenido con él
en la sauna. Cuando Smin se reajustó la sábana, Sheranchuk había podido ver las
cicatrices anchas, pálidas, casi brillantes que corrían desde la parte izquierda de
su rostro hasta su espalda; eran, Sheranchuk lo sabía, de la Gran Guerra
Patriótica, pero Smin nunca hablaba de la forma en que se las causó. Sheranchuk
se preguntó cómo sería la guerra. Durante la Gran Guerra Patriótica él era un
niño; su servicio militar transcurrió en tiempo de paz…, de paz general, al
menos, sin contar unas cuantas escaramuzas con los chinos a lo largo del Amur,
que a Sheranchuk le pillaron a tres mil kilómetros de distancia.

El pequeño apartamento de Sheranchuk estaba a tres kilómetros de la central,


pero aquella noche tuvo suerte. Pasó una ambulancia junto a él y le recogió en
respuesta a sus señas. Sheranchuk medio reconoció al doctor como colega de
Tamara, y el hombre supo quién era Sheranchuk en cuanto le dijo su nombre.
Acababan de llamarle para atender a una niña pequeña que se había tragado algo
que no debía, explicó (sí, sí, la niña estaba bien, sólo un poco mareada después
de soportar un lavado de estómago), y ahora iba a la clínica. Pero no tenía
demasiada prisa, y le alegraba desviarse por espacio de un par de minutos para
ayudar al marido de Tamara Sheranchuk.
La ambulancia adelantó a un hombre en bicicleta para dejar al ingeniero
junto a la verja de la central. Sheranchuk le dio las gracias al médico y bajó del
vehículo. Buscó sus documentos mientras la ambulancia se alejaba. Aunque al
otro lado de la verja los edificios aparecían casi tan iluminados como durante el
día, a este lado la noche estaba en calma. Las únicas cosas que se movían eran la
ambulancia, el ciclista y algunos madrugadores que, siguiendo la moda, corrían a
grandes zancadas, agitando los brazos al compás, sin siquiera mirar a
Sheranchuk o al guardia de la puerta.
Lo gracioso era que, ahora que estaba en la central, Sheranchuk empezó a
sentir sueño. Poco le habría costado darse la vuelta y marcharse a la cama.
Sonrió para sí, decidido; no, ya que había llegado hasta aquí, entraría y vería
qué estaban haciendo con el reactor número cuatro…
Mostraba ya sus paprushka al guardia cuando el mundo a su alrededor
cambió.
Hubo un estallido de luz blanco-anaranjada, una flor de fuego en el aire y el
estampido estremecedor y dañino de una gran explosión.
—¡Santo Dios! —gritó Sheranchuk, aferrándose al brazo del guarda mientras
los dos miraban al cielo con horror.
El ruido no cesó. Una sirena empezó a ulular en el interior de uno de los
edificios. A lo lejos había hombres gritando.
—Pero esto es completamente imposible… —balbució el guardia.
Sheranchuk abrió mucho la boca y miró al cielo. La gran bola de fuego se
dispersaba y disminuía, pero tras ella se alzó un terrible fulgor rojo. El rumor de
la lluvia se unió a los otros ruidos, pero no era agua lo que caía. Eran trozos de
piedra, y ladrillo y metal.
—Sí —dijo Sheranchuk, atontado—. Es completamente imposible.
Pero había sucedido.
5
Sábado, 26 de abril.

La central nuclear de Chernobyl contiene cuatro unidades, cada una de ellas


con un reactor RBMK-1000. El RBMK es el generador de energía nuclear
preferido en la Unión Soviética. Por toda la URSS hay casi dos docenas de
unidades instaladas y funcionando, y los modelos de la serie 1000, con una
potencia nominal de 1.000 megavatios de electricidad cada uno, son los más
grandes y los más nuevos en funcionamiento, aunque están empezando a
aparecer algunos todavía mayores. El combustible es dióxido de uranio,
encerrado en tubos de acero y zirconio e insertado en una gran masa de bloques
de grafito. (La utilidad del grafito es servir de «moderador». No se necesita nada
para provocar la fisión de los átomos de uranio —es decir, su ruptura—, y
cuando lo hacen producen energía atómica en forma de calor. Lo hacen de
manera natural todo el tiempo; por eso decimos que el uranio es «radiactivo». A
medida que cada átomo se fisiona, libera neutrones que golpean el núcleo de
otros átomos y hacen que éstos también se fisionen. Sin embargo, los neutrones
liberados de modo natural se mueven tan deprisa que sólo de vez en cuando
causan la fisión del otro átomo; tienen que ser frenados para producir una
reacción útil a los seres humanos. El grafito, junto con otros pocos materiales,
tiene la capacidad de «moderar» o frenar estos neutrones que escapan, y así
puede controlarse la velocidad de la reacción en un generador.) Además de por
los tubos de combustible, la plancha de grafito es atravesada por casi mil
setecientas tuberías que contienen agua. Cuando el uranio se fisiona desprende
calor. El agua se lleva este calor, previniendo así la fusión general del núcleo de
uranio y proporcionando de paso el vapor que mueve las turbinas que generan la
electricidad. Como todos los otros reactores nucleares, el RBMK-1000 está
diseñado para ser totalmente seguro. Y lo es, mientras algo no se estropee.

A las diez de la noche de aquel viernes, Bohdan Kalychenko también


intentaba dormir, aunque en circunstancias menos favorables que las de Leonid
Sheranchuk. Estaba en un catre en el cuartelillo de bomberos de la Central de
Chernobyl. Un amigo bombero de la Brigada de Incendios número 2 llamado
Vissgerdis (bombero, ciertamente, pero sólo más o menos amigo) le había
prestado el catre, que fue construido para alguien mucho más bajo que un
hombre con sangre lituana como Kalychenko, o como el propio Vissgerdis.
Kalychenko tenía problemas para acomodarse. No era simplemente el catre; era
su trabajo, su jefe, los jefes de sus jefes, como Jrenov, su novia, su próxima
boda… Estaba además el hecho de que antes de irse a dormir había pasado dos
horas jugando a las cartas con el resto de sus compañeros. Ahora era cincuenta
kopecks más pobre que por la tarde, y estaba seguro de que su prometida, Raia,
descubriría que había vuelto a jugar.
Se cubrió la cabeza con la manta para no oír el ruido del juego de cartas. No
le sirvió de nada. No consiguió aislarse de las voces de los hombres en la
habitación contigua, ni siquiera del olor del tabaco que fumaban. Kalychenko se
enorgullecía de no haber fumado nunca. En realidad, era bastante intolerante con
los fumadores, como su prometida; aunque en este caso le era útil que ella
tuviese al menos un vicio que él no compartía. Y le sería más útil aún después de
que se hubieran casado, pensó sombrío. Al menos, entonces sería cuando más lo
necesitase.
La idea de casarse no le agradaba del todo. Tarde o temprano, por supuesto,
era lo que uno hacía. Pero Kalychenko no estaba preparado para aquel tipo de
claudicación, especialmente porque consideraba que, si Raia estaba embarazada,
la culpa era exclusivamente de ella. Por supuesto, se dijo, cuando se hubieran
casado y tuvieran una habitación para ellos en el alojamiento familiar sería
bonito compartir la cama cada noche, al menos hasta que llegara el bebé, cuando
una sola habitación sería ya insuficiente para los tres. Incluso en Pripyat, la lista
de espera era de tres años para conseguir un apartamento. Además, primero
vendría la luna de miel… Pero hasta eso, pensó Kalychenko amargamente, sería
motivo de disputa. Raia estaba empeñada en ir al Mar Negro. Ninguno de los dos
gozaba del suficiente rango en la central o el sindicato para alojarse en alguno de
los «sanitoria» especiales, así que ello significaría pagar siete rublos a un crimeo
ladrón, y tendrían suerte si no les instalaban otras seis camas en su cuarto.
Golpeó la almohada, apartó las sábanas y se sentó, enfadado.
¿Cómo podían los demás dormir tan profundamente? Había al menos media
docena de catres ocupados, y de la mayoría de ellos surgían suaves ronquidos.
No tan suaves del catre más cercano; Kalychenko sabía que el bombero allí
dormido era el futbolista a quien llamaban «Verano», máximo goleador de las
Cuatro Estaciones.
Kalychenko aún intentaba decidir si merecía la pena acostarse de nuevo
cuando Vissgerdis se asomó a la puerta.
—¿Kalychenko? Al teléfono —dijo.
Cuando Kalychenko farfulló la pregunta de quién podría llamarle a aquellas
horas, Vissgerdis solamente miró hacia arriba y movió el pulgar en dirección al
cielo antes de regresar a su partida de cartas.
Ello podía significar, o bien Dios mismo, o el Sistema. La KGB. ¿Y qué
demonios querría? Con toda certeza la voz al otro extremo del hilo no pertenecía
a Dios, sino al jefe de Personal y Seguridad, Jrenov.
—Operario Kalychenko —dijo, en tono cálido e íntimo—, qué bueno que
para variar esté durmiendo solo; pero si puede venir a su puesto de trabajo, le
necesitamos. El nivel térmico del reactor número cuatro desciende.
—Con sumo gusto —replicó Kalychenko.
Miró el reloj. ¡Ni siquiera eran las once todavía! Mientras se vestía, se sirvió
media taza del té concentrado que los bomberos guardaban para las ocasiones en
que debían despertar a toda prisa. Se vistió rápidamente. Una llamada de Jrenov
no era algo que Bohdan Kalychenko tomara a la ligera, aunque fuese
irrazonable, o tal vez ilegal, como ahora. Jrenov, ciertamente, no tenía derecho a
darle órdenes en algo que incumbía a sus deberes profesionales, por supuesto.
Pero cuando Jrenov daba órdenes, éstas se obedecían. Kalychenko no perdió
el tiempo preguntándose cómo el jefe de Personal sabía donde encontrarle;
naturalmente que Jrenov sabía dónde encontrar a cualquiera, en todo momento.
Lo que le molestaba eran sus continuos chistecitos sobre la relación de
Kalychenko con la mujer con la que iba a casarse. ¡Eso sí que no era asunto de la
KGB!
A Kalychenko no se le ocurrió quejarse a nadie de la conducta de Jrenov. ¿A
quién se podía uno quejar de la KGB?
—¿Qué pasa? —preguntó Vissgerdis, distrayendo momentáneamente su
atención de la partida—. Se cuenta que esta noche van a hacer algo raro con el
reactor número cuatro.
Kalychenko hizo una pausa mientras se ponía una de las botas.
—Sí, claro —dijo, recordando—. No, no es nada raro, simplemente la prueba
de una nueva medida para acumular energía.
Eran amigos, más o menos: Vissgerdis era medio lituano, como el propio
Kalychenko, y los dos destacaban, por su altura y palidez, entre los bajos
eslavos, lo que en principio les había empujado a relacionarse. Sin embargo,
Kalychenko nunca olvidaba que era un operario cualificado, mientras que
Vissgerdis era sólo un bombero. Por tanto, añadió en tono de ruda camaradería:
—Una cuestión técnica. Nada importante.
Pero, reflexionó, el problema era que cuando algo así tenía lugar, ellos
estaban ocupados toda la noche. Una molestia. Normalmente, Kalychenko
prefería el turno nocturno. A fin de cuentas la central funcionaba sola. Todos los
operarios se escabullían de vez en cuando en los turnos de noche; oh, tenían
cuidado de que siempre hubiera alguien vigilando las pantallas y atendiendo los
teléfonos para el caso de que llamaran los suministradores de Kiev, pero, en
realidad, no había mucho que hacer durante aquellas horas, cuando los jefes
estaban ausentes.
Pero aquella noche sería diferente, pensó sombrío.
A desgana, salió del cómodo cuartelillo de bomberos tras darle las gracias a
Vissgerdis, que ya había vuelto a la mesa de juego. La central no estaba en
silencio (nunca lo estaba, con el chirrido de las turbinas siempre constante en los
oídos, dondequiera que uno se encontrara), pero sí casi desierta. No había más de
cien personas a aquella hora de la noche; la construcción se había detenido
durante el fin de semana, y los tres mil trabajadores que pululaban por allí
durante el día habían regresado a sus casas.
Cuando Kalychenko llegó a la sala de control de los reactores tres y cuatro,
ésta no parecía desierta. Estaba repleta. El turno de cuatro de la tarde a
medianoche seguía aún allí, como también algunos de los hombres que tomarían
el relevo a las doce, aunque no eran más que las once y media. E incluso estaba
Jrenov, que miraba pensativo a Kalychenko mientras se acercaba, y cosa rara, el
ingeniero jefe de la planta, Vitaly Varazin.
El jefe de Seguridad le dirigió una de sus miradas íntimas y comprensivas.
—¿Acaba de salir de la cama, Kalychenko? —preguntó. Era su manera de
demostrar que estaba de buen humor, ¿pero por qué de buen humor?—.
¿Consiguió esta vez dormir un poco?
Con alguien como, digamos, Smin, Kalychenko se las habría arreglado para
replicar que no le importaba a nadie con quién o cuándo dormía. Pero con Jrenov
no. Kalychenko sólo dijo, en tono muy suave:
—Gracias, sí. —Relevó al otro operario y tomó asiento ante la gran pantalla.
Vio de inmediato que las bombas principales estaban desconectadas aún, y llamó
al jefe del turno—: ¿No deberíamos conectarlas de nuevo?
Fue Jrenov quien contestó:
—En absoluto —dijo, sonriendo—. Nos han permitido desconectar el
número cuatro, después de todo. Seguiremos con el experimento. ¿No le
satisface?
Kalychenko no tuvo que responder, porque Jrenov ya se había vuelto para
hablar con Vitaly Vazarin. El ingeniero jefe tenía aspecto fresco, recién afeitado.
Era evidente que había acudido poco antes que Kalychenko, porque Jrenov aún
le estaba explicando la situación.
—Llega justo a tiempo —anunció Jrenov—. Ya hemos empezado a reducir
energía en el número cuatro.
Varazin dudó.
—¿Vamos a continuar sin el director ni el director técnico?
—Estamos haciéndolo —sonrió Jrenov—. El director, a fin de cuentas, ha
dejado el asunto en sus manos. Y en cuanto a Smin, he intentado llamarle, pero
está en algún lugar donde no le localizo. Así que cuando aparezcan el lunes
podremos darles a ambos una agradable sorpresa.
—Bien, bien —dijo Varazin, frotándose las manos. Parecía complacido de
ser el técnico de mayor categoría en el lugar—. ¿Y nuestros camaradas, los
observadores del experimento?
—Les he telefoneado a todos —añadió Jrenov—. Que pierdan un poco de
sueño; así verán lo duro que trabajamos en Chernobyl.
—Entonces continuemos con la preparación. Una pregunta, camarada Jrenov.
Las reglas requieren que se designe un jefe para las pruebas. ¿Quién va a ser?
—Usted, por supuesto.
—Entonces debo informar —dijo Varazin—. No, no, Gorodot, está ordenado
específicamente en las reglas, y hay que cumplirlas. —Alzó la voz, mirando a la
sala de control—. ¿Pueden prestarme atención, por favor? Como establecen los
procedimientos formales, es mi deber informarles del experimento que vamos a
llevar a cabo. Si quieren prestar atención…
—Adelante, entonces —gruñó Jrenov—. Después de todo, tenemos aquí
personal especializado, sabemos todo eso. ¡No, no deje lo que está haciendo,
Kalychenko! Continúe reduciendo la energía; ¡no queremos perder aquí toda la
noche!

Kalychenko escuchó a medias, aunque lo que el ingeniero jefe decía era


bastante interesante. Casi se le pasó el sueño. El propósito del experimento,
anunció Varazin, era ver si se podía generar energía útil del calor que
normalmente se perdía cuando un reactor nuclear era desconectado para
mantenimiento. El reactor nunca dejaba de estar caliente, por supuesto; nunca lo
estaría, hasta que la central quedara completamente fuera de funcionamiento,
algún día del siglo próximo; y probablemente ni siquiera entonces de manera
absoluta. No era normativo el intentar aprovechar aquel calor mientras el reactor
estaba siendo revisado. Ahora, quizá Chernobyl abriría el camino a nuevas
prácticas.
Un par de observadores, con aspecto soñoliento, llegó cuando estaba
mencionando las nuevas prácticas. Varazin los saludó amablemente con un gesto
de cabeza y continuó hablando:
—De esta manera abriremos el camino a nuestros colegas en toda la Unión
Soviética. Estas medidas también podrían ser de gran importancia bajo
condiciones catastróficas; podrían asegurar un suministro razonable de energía
para mantener estables nuestras operaciones hasta que, por ejemplo, los
generadores diesel auxiliares fueran puestos en marcha. ¿Alguna pregunta?
El jefe del turno levantó la mano.
—No comprendo muy bien para qué «condiciones catastróficas» nos
estamos preparando, Vitaly Aleksandrovitch.
—¿Quién puede decirlo? —sonrió el ingeniero jefe—. ¿Una tormenta muy
fuerte? ¿Un terremoto? O… —frunció el ceño significativamente— tal vez un
repentino ataque nuclear de nuestros enemigos.
—Ah —dijo el jefe del turno, aclarada su duda—. Por supuesto. Pero me
queda todavía otra pregunta. ¿Por qué no desconectamos simplemente el reactor
en lugar de intentar reducir la potencia?
—Porque debemos estar completamente seguros —dijo severamente el
ingeniero jefe—. Haremos esta prueba una serie de veces, registrando
cuidadosamente todos los resultados. Es una cuestión de seguridad, al fin y al
cabo… ¡y en la central nuclear de Chernobyl nunca seremos lo bastante
cuidadosos en cuestión de seguridad!
Kalychenko gruñó para sí. ¡Varias veces! ¡Podría estar con ello toda la
noche…! Y muy probablemente, tal como se desarrollaban las cosas, parte de la
mañana del sábado. Con resignación, se dedicó a su trabajo.
El turno normal de noche en la sala de control contaba solamente con media
docena de hombres, un grupo mínimo para tener las cosas en marcha. No había
mucha demanda de energía eléctrica a altas horas de la noche en la Unión
Soviética. Los buenos ciudadanos se iban a la cama temprano para acudir frescos
y despejados al trabajo, la mañana siguiente.
Aquella noche era diferente. Además del turno de Kalychenko había otros
cuatro hombres del turno anterior, todos con aspecto deprimido por tener que
trabajar unas horas por las que posiblemente no les iban a pagar, más los
observadores, el ingeniero jefe y el jefe de Personal, Jrenov.
Reducir la energía en un reactor como el RBMK no es como bajar el
volumen de un aparato de radio. Desconectarlo por completo es mucho más
fácil. Simplemente se introducen todas las barras de boro, doscientas once, que
atraviesan el núcleo de grafito de arriba a abajo y en todas sus partes. El boro es
nocivo para las reacciones nucleares. El boro absorbe los neutrones, que no
pueden provocar otra fisión atómica, y por tanto la reacción se detiene: ése es el
método fácil.
Frenar el reactor nuclear es otro asunto. Hay tres maneras distintas de
hacerlo. Primero, en líneas generales, se introducen unas pocas barras
adicionales en el núcleo. No demasiadas: no hay que matar la reacción. (Una vez
que el reactor se detiene, los productos de desecho empiezan a acumularse, y el
xenón es el peor de todos, ya que bloquea las reacciones nucleares más aún que
el boro. Entonces es imposible empezar de nuevo hasta que han pasado varias
semanas y el xenón se ha disipado.)
Hay además una medida de control que se consigue variando la mezcla de
gases en el espacio sellado en torno al núcleo. Algunos de los gases absorben los
neutrones de la misma manera que el boro, aunque no tan fuertemente; para
frenar un poco la reacción, simplemente se añaden más gases de aquella índole a
la mezcla.
Por último, está el agua. El agua que fluye por el núcleo para convertirse en
el vapor que alimenta las turbinas tiene también la característica de absorber
neutrones…, al menos mientras es agua. En cuanto se ha convertido en vapor,
que es menos denso, absorbe menos neutrones, y así la reacción nuclear se
acelera. Esta condición se llama un «coeficiente de vacío positivo», término
técnico que únicamente significa que cuanto más vapor hay en las tuberías más
rápida será la reacción. También significa que cuanto más rápida sea la reacción,
se generará más vapor… y por tanto más «vacíos», y mayor velocidad de
reacción, y más vapor… Es sumamente delicado mantener un reactor, uno
cualquiera, entre la desconexión y la aceleración imparable, y por lo tanto el
control de un reactor nuclear es un baile constante de barras y bombas.
Cuando las cosas marchaban bien, Kalychenko disfrutaba de su participación
en aquel baile. La mayor parte, en suma, era automática. Había sensores
caloríficos por todo el núcleo del reactor. La temperatura óptima de las 130
toneladas de uranio combustible era cientos de grados más alta que la
temperatura de ignición de las placas de grafito. El grafito es carbono. El
carbono arde. Pero no puede arder sin oxígeno, y el oxígeno se excluía
cuidadosamente de la mezcla de gases en el ámbito circundante. Si la
temperatura del reactor se elevaba o decrecía demasiado, ello sería señalado por
los costosos instrumentos importados de Occidente que la regulaban. Entonces,
el operario conectaría los motores que introducirían más barras, o las sacarían un
poco. Si la temperatura se elevaba drásticamente el operador no se vería
involucrado en absoluto: unas bombas automáticas inyectarían agua fría en el
núcleo para refrescarlo.
Tal cosa no podría suceder aquella noche porque el sistema automático había
sido desconectado horas antes, pero de todas formas nadie dejaría que las cosas
llegaran tan lejos como para que el sistema interviniese.
Otra cuestión que ningún operador deseaba (al menos Kalychenko no, desde
luego) era intentar bajar la temperatura lentamente. Cuestión difícil, porque a
niveles bajos, el RBMK era muy duro de controlar. El problema radicaba en su
enorme tamaño. Los sensores de temperatura no podían estar en todas partes.
Una parte del núcleo podía hallarse a la temperatura deseada, mientras otra, a un
metro de distancia, alcanzaba niveles peligrosos sin aviso. Por eso, Kalychenko
sudaba y maldecía para sus adentros, pues el condenado indicador subía y
bajaba, ahora a un diez por ciento de la potencia, luego arriba, hasta el treinta,
luego otra vez abajo porque se hundían unas cuantas barras, y después casi se
paraba, llegado al punto en que el xenón empezaba a formarse, hasta que hubo
que retirar todas las barras, excepto seis, con lo cual volvió a la vida.
Cuando Kalychenko tuvo un segundo de respiro para apartar los ojos de la
consola y echar una ojeada al reloj, vio que solamente era la una. Ya no tenía
sueño. Simplemente estaba exhausto. ¡Sólo la una, y había trabajado más de lo
que normalmente trabajaba en todo el turno! Los demás parecían también
agotados.
Incluso el hombre de la KGB, Jrenov, había perdido su aspecto cálido y
alerta. Justo detrás de donde estaba sentado Kalychenko, Jrenov discutía con el
ingeniero jefe.
—¿No puede controlar esa bestia? —inquirió—. ¿Tendré que buscar a Smin
y traerle aquí?
Varazin se sonrojó.
—Yo soy el ingeniero jefe, no Smin —declaró—. El director Zaglodin me ha
confiado este proyecto.
—¡Entonces llévelo a cabo! —ladró Jrenov. Examinó la sala llena de
técnicos—. Veo que he fallado en mis obligaciones —anunció—. No he
seleccionado el personal con el cuidado suficiente. No tenemos un equipo
técnico lo bastante competente para atender las demandas de esta central.
Varazin se acobardó.
—Eso es inexacto. Estas personas están altamente cualificadas. Es
simplemente la dificultad de operar a baja potencia lo que…
—Es incompetencia —zanjó Jrenov. Dio un largo suspiro—. Ya es la una.
¿Cree que podremos empezar la prueba a las dos? ¿Sí? ¡Volveré entonces, y por
favor, ingeniero jefe Varazin, consiga que las cosas estén en orden a esa hora!

Al menos, con la marcha de Jrenov todo el mundo respiró un poco más


libremente, pero el trabajo no fue más fácil, sino peor. Con gran dificultad
consiguieron estabilizar el nivel de energía del reactor número cuatro a 200
megavatios, un quinto de su capacidad normal. Kalychenko cantó la lectura y
alargó la mano hacia el interruptor que mantendría aquel nivel.
—¿Conecto los sistemas automáticos? —preguntó, con el dedo ya preparado.
—Por supuesto que no —contestó Varazin, molesto—. Está demasiado alto.
Enfríe el reactor un poco.
—Hay seis bombas funcionando ya —informó el jefe del turno.
—¡Conecte la séptima!
Kalychenko registró la hora en que la séptima bomba era incorporada: tres
minutos después de la una. Y en efecto, la temperatura del núcleo empezó a
responder; no era el frescor del agua la causa, sino el líquido añadido al sistema,
que absorbía unos pocos neutrones más.
El ambiente en la sala de control se había ahora excitado, con los ingenieros
y operadores pidiéndose datos unos a otros, como espectadores de un partido de
fútbol. Incluso el veterano Varazin se movía inquieto de un lado a otro mientras
comprobaba con ellos las lecturas, y Kalychenko empezó a pensar en lo que
aquello significaba. Si el experimento tenía éxito podría servir de modelo para
todas las centrales nucleares de la Unión Soviética. Habría recomendaciones,
quizá recompensas en metálico…, ¡quizás incluso les mencionarían el
Literaturnaya Ukraina, o puede que Pravda! Bueno, no, se dijo, esto no era
probable; tal tipo de cosas no se comentaba en la prensa, para que en Occidente
no supieran qué sucedía en las industrias soviéticas. ¡Pero quedaría en los
archivos! Ni siquiera Jrenov dejaría de anotar en sus ficheros a todas las
personas que habían contribuido a un éxito tan grande.
—El nivel es aún demasiado alto —anunció Varazin—. ¡Añada otra bomba!
Era la una y siete minutos. Y de repente, sin solución de continuidad, la
alegría de Kalychenko desapareció. Empezó a preocuparse.
El primer indicio de nuevas complicaciones fueron las lecturas de presión en
los sistemas de agua.
—La presión se reduce en el tambor de secado —informó uno de los
ingenieros.
El jefe del turno miró a Varazin.
—Sí, por supuesto. Adelante —dijo éste, impaciente, pero también nervioso.
Con dos bombas extra introduciendo agua en el sistema, la formación de
vapor se había frenado; entraba más agua en el núcleo que la que éste podía
vaporizar, y por ello en el gran tambor, donde se extraía el vapor para alimentar
las turbinas y el agua restante se bombeaba de nuevo al sistema de circulación, la
presión había empezado a bajar. Paradójicamente, esto significaba más vapor
allí, ya que el agua encontraba más espacio para expandirse. Kalychenko
escuchó y pensó que podía oír, en el distante latir de las bombas, un sonido
forzado, puesto que intentaban bombear vapor en lugar de agua.
Entonces el ordenador emitió un aviso: El reactor debe ser desconectado de
inmediato.
—¡Ingeniero jefe Varazin! —exclamó Kalychenko.
—Sí, claro —dijo el aludido, que ahora parecía más tenso—. Estamos
operando bajo condiciones desusadas, para las que el programa no está diseñado.
—Entonces deberíamos…
—¡Por supuesto que no! —atajó Varazin, mordiéndose el labio—. El
camarada Jrenov volverá a las dos, y no quiero que encuentre un reactor
desconectado. —Miró el reloj. Era la una y veinte minutos—. Cierre la válvula
de control de parada —ordenó.
Kalychenko miró al jefe del turno antes de obedecer, pero el hombre
simplemente hizo un gesto afirmativo con la cabeza. Estaba pálido.
De mala gana, Kalychenko hizo lo que se le mandaba. La válvula era el
último de los sistemas automáticos de seguridad…
Entonces todo se precipitó.
—¡La temperatura se está elevando! —gritó el jefe del turno.
Todos miraron hacia los indicadores térmicos: del siete por ciento de
potencia normal al quince…, al veinte…, en diez segundos subió al cincuenta
por ciento de la potencia normal. Y en la mente de Kalychenko, mientras
contemplaba horrorizado lo que sucedía, se formó la imagen del interior del
núcleo del reactor, con cada uno de los 1.661 tubos llenos de agua… Sólo que la
presión bajaba… y el agua se transformaba prematuramente en vapor, vapor que
no era lo suficientemente denso para absorber neutrones y que permitía que la
reacción se acelerase…
Hubo un sonido sordo y distante.
—¿Qué ha sido eso? —chilló Varazin, y añadió, en el mismo tono—:
¡Inserten barras! ¡El cincuenta por ciento de las barras, inmediatamente!
Pero el operador de las barras informó que los motores de control no
respondían: las barras no penetraban en el núcleo.
—¡Cierre de emergencia, entonces! ¡De inmediato! —exclamó Varazin, y
contuvo la respiración.
Pero las barras no entraban.
—¡Algo las está bloqueando! —gritó el controlador, con voz temblorosa.
Kalychenko le escuchó incrédulo, porque lo que decía era imposible. No
había nada que bloqueara las barras en sus tubos… Sólo se explicaría si el
interior del reactor se hubiese torcido de repente, o contraído, o roto…
La siguiente explosión fue mucho más fuerte. Las paredes temblaron. De
ellas se desprendió polvo, que flotó en el aire como un repentino destello de
niebla helada. Las luces se apagaron… Todas, incluidos los diales de la consola
y el panel de instrumentos.
—Oh —murmuró Varazin—, Dios mío.
—¡Circuitos de emergencia! —gritó el jefe del turno, y el hombre sentado
junto a Kalychenko, murmurando maldiciones, tendió la mano hacia el
interruptor.
Entonces, al menos, las luces de los instrumentos volvieron a conectarse,
pero lo que revelaban era una locura. Lecturas de temperatura fuera de toda
escala, niveles de radiación increíbles. Y el ruido no terminó con la explosión.
Había un rumor como un trueno de paredes desmoronándose, un golpeteo de
algo duro que caía sobre el tejado, un crepitar que sólo podían ser llamas.
—Vayan y vean lo que ha pasado con el reactor —ordenó Jrenov.
Con los ojos fijos en el panel de instrumentos, Kalychenko ni siquiera se
había dado cuenta de que el otro había regresado.
Al menos era una orden que obedecer. La mayoría de los hombres de la sala
saltaron dispuestos a cumplirla. Kalychenko se levantó de su consola inútil, pero
al atravesar la puerta tropezó con uno de los hombres, quien farfulló algo y le
apartó de su camino. Kalychenko cayó al suelo pesadamente. Cuando se puso en
pie, la mayoría de los presentes había salido corriendo para ver la cámara del
reactor.
Kalychenko se había lastimado el brazo al caer. Dudó, frotándoselo, y
entonces dio la vuelta y se alejó en dirección contraria. Fue un acto de cobardía.
Huyó de su deber, y eso le salvó la vida.
6
Sábado, 26 de abril.

Existe una diferencia entre las reacciones nucleares de una planta de energía
(incluso en una central con un «coeficiente positivo de vacío») y una bomba
atómica. La diferencia estriba, principalmente, en el combustible. El uranio de
las centrales está ligeramente enriquecido con el isótopo U-235. El uranio de las
bombas es muy similar. Esto gobierna la velocidad de la reacción en la cual los
átomos que se fisionan liberan un neutrón, que golpea otro átomo y hace que
también se fisione, y así sucesivamente, según la conocida «reacción en cadena».
Los eslabones de esta cadena surgen muy rápidamente en cada caso. En una
bomba, pueden darse cien millones de enlaces sucesivos en un segundo. En una
central nuclear, sólo unos diez mil. Para un operador humano, la diferencia
realmente importa poco, porque no puede reaccionar con suficiente rapidez para
intervenir, ni en un caso ni en otro. Pero dentro del núcleo radica la diferencia
entre un accidente nuclear y la explosión de una bomba. Si el núcleo del reactor
número cuatro hubiera sido del uranio que se usa para las bombas, la reacción
nuclear habría continuado, implicando más material fisionable antes de que la
fuerza de la explosión tuviera tiempo de dispersarlo. Como no lo era, la
explosión nuclear se «apagó» sola. Su fuerza cinética desparramó sus propios
elementos combustibles, y en el proceso destruyó sólo una parte de un único
edificio en lugar de una ciudad entera. Las consecuencias posteriores, sin
embargo, serían otra historia.

En aquel primer momento, el ingeniero Bohdan Kalychenko salvó la vida al


huir del reactor. En el perímetro de la central, Leonid Sheranchuk salvó la suya
al correr hacia él. Cuando vio las terribles llamas alzarse hacia el cielo, se quedó
petrificado. Trozos de escombros ardientes caían por el suelo, sobre los tejados
de los edificios, sobre el hombre de la bicicleta, sobre otro hombre que caminaba
a veinte metros de distancia, incluso sobre el techo de la ambulancia que
lentamente daba la vuelta para regresar al lugar de la explosión. Un gran trozo de
algo del tamaño de un balón de fútbol cayó a sólo unos pocos metros de donde él
estaba; ardía, incandescente, y pudo sentir el calor que desprendía. ¿Grafito?
¿Podría ser grafito? ¿Del propio núcleo del reactor? No sabría decirlo;
realmente, en el caso de que lo fuera, prefería no saberlo. Pero ninguno de los
restos alcanzó a Sheranchuk. Al principio quedó protegido por la caseta del
guarda. Luego saltó hacia la entrada más cercana a los edificios de la planta, no
porque razonara que aquello sería lo más adecuado, sino porque la central estaba
en peligro de muerte y no podía hacer otra cosa. Resultó ser la puerta de la
sección del edificio que contenía la sala de control del reactor número cuatro, al
otro lado del infierno que había sido el propio reactor, con la nave de las turbinas
en medio.
Al entrar, oyó la señal de alarma que ordenaba la evacuación. ¡Pero aquello
era un error! Sheranchuk supo instantáneamente que era una equivocación: no se
huye de una planta nuclear porque haya habido un accidente; debe hacerse todo
lo posible para evitar que el accidente se agrave.
—¡Alto! —gritó, intentando taponar la puerta con su cuerpo; pero alguien le
hizo a un lado, y alguien más se precipitó al exterior—. ¡No, esperen! ¿Qué
están haciendo? ¡Vuelvan a sus puestos! ¡No pueden dejar la planta desatendida!
Unos le increparon, otros no le oyeron. A algunos los agarró por los hombros
y les hizo volver a la fuerza. Eran demasiados para él: operarios del turno,
trabajadores de mantenimiento, monitores de radiación, dos hombres más viejos
que pensó serían observadores de otra central… Incluso le pareció reconocer a
otros dos que discutían mientras trotaban por otro corredor: Jrenov y el ingeniero
jefe Varazin.
Entonces las sirenas de alarma se detuvieron. Desde el exterior, casi
ahogados por el ruido del edificio ardiente, Sheranchuk pudo oír las sirenas más
débiles de la brigada de bomberos que corría hacia el lugar del desastre.
—¿Oyen? —aulló—. ¡Vienen los bomberos! ¡Ayúdenles, vuelvan a su
trabajo, asegúrense de que los otros reactores están a salvo!
A continuación, abandonando el intento, se abrió camino hacia las escaleras
entre el humo y los alarmantes sonidos de rotura y los derrumbamientos. Apenas
tuvo conciencia de la larga ascensión, y cuando llegó a la sala de control del
reactor número cuatro no pudo creer lo que veía. Bajo la ventana, la sala de
turbinas entera estaba ardiendo. La parte superior del edificio del reactor había,
simplemente, desaparecido. No pudo ver el núcleo ardiendo: eso le salvó los
ojos… y la vida; pero había fuego por todas partes. El fin del mundo se había
desencadenado sin previo aviso.

Lo que falló a la 1.23 de la madrugada de aquel sábado en Chernobyl ocurrió


en cuatro etapas distintas, pero tan seguidas que sólo duraron unos segundos.
Primero hubo la fluctuación de energía en una esquinita del vasto núcleo de
uranio y grafito. Aunque el reactor había sido reducido casi hasta la extinción,
una pequeña sección entró en fase crítica: esto fue la explosión atómica.
Lo segundo fue el vapor. El estallido nuclear voló los remates de 1.661
tuberías, todos a la vez, y las tuberías rotas quedaron expuestas al violento calor
del material combustible. El agua, sometida a sesenta y cinco atmósferas de
presión, quedó de pronto sin presión ninguna. Se convirtió en vapor, y la
explosión del vapor sacudió la cámara de contención. En aquel punto, el desastre
quedó completamente fuera de control y todo lo que vino a continuación fue
inevitable.
La siguiente explosión fue química. El terrible calor y la presión causaron
que el vapor de las tuberías rotas se descompusiera en sus elementos gaseosos,
hidrógeno y oxígeno; el zirconio con que estaban recubiertas las tuberías de
acero ayudó al proceso como catalizador. Ello produjo una explosión de
hidrógeno-oxígeno, la poderosa reacción que pone en órbita las naves espaciales.
Las ruinas del inmenso contenedor de acero y hormigón fueron lanzadas al aire.
El piso de realimentación, situado encima del reactor, fue apartado, junto con la
grúa de cuarenta toneladas que transportaba las barras de combustible. Material
intensamente radiactivo salió disparado en todas direcciones. Todo lo que podía
arder alrededor, ardió. Importantes fuegos prendieron en la techumbre de los
edificios cercanos, y ésa fue la tercera fase.
Todo aquello sucedió en un instante. Luego, la cuarta fase completó el
holocausto.
El grafito que contenía el núcleo quedó expuesto al aire libre al quebrarse el
bloque. El grafito es carbono. El carbono arde, aunque con más dificultad. Por
añadidura, el vapor de las tuberías rotas caía ahora sobre el grafito caliente. Ésta
es una reacción química clásica que se produce diariamente en los laboratorios
químicos de cualquier instituto de enseñanza en todo el mundo; se llama el
proceso de «gas de agua». Los profesores de química escriben para sus alumnos
en las pizarras la ecuación C + H2O - CO + H2, indicando que el carbono y el
agua combinan para formar monóxido de carbono e hidrógeno libre. El
monóxido de carbono es muy combustible cuando se halla expuesto al aire. El
hidrógeno es explosivo.
Con ello se completó la base del desastre. El borde de los bloques de grafito
había empezado a arder. Todos los fuegos, sumados, produjeron un huracán
vertical de gases calientes que se llevaron consigo una sopa de partículas
diversas y hasta iones de cuanto había en torno… incluyendo los radionúclidos
del núcleo. Lantanio-140, rutenio-103, cesio-137, yodo-131, telurio-132,
estroncio-89, itrio-91; entre todos formaron el hollín del humo, se mezclaron con
el uranio y el plutonio de los elementos combustibles, y se esparcieron en una
nube que terminó por cubrir medio continente. Las primeras tres explosiones
destrozaron el reactor número cuatro de la Central Nuclear de Chernobyl, pero
fue el fuego lo que esparció la calamidad sobre más de un millón de millas
cuadradas.

Ya nadie podía hacer nada por el reactor número cuatro desde la sala de
control. No quedaba ni reactor por controlar. Las pantallas mostraban lecturas de
datos que eran, o bien tranquilizadores, o bien completamente imposibles, pero
que en ningún caso correspondían a la realidad. La única persona que estaba en
la sala era el jefe del turno.
—Ya no hay nada que hacer —dijo—. Todo el mundo se ha ido. También
usted puede marcharse.
—Entonces, ¿por qué sigue usted aquí? —preguntó Sheranchuk.
El hombre tenía muy mal aspecto; sudaba y se frotaba la boca.
—Porque no me han relevado todavía —replicó.
Mientras bajaba de nuevo las escaleras, a medio camino, Sheranchuk pensó
que podía haberle dicho: «Yo le relevo, entonces», y el hombre habría quedado
libre. Pero, después de todo, estaba tan a salvo allí como en cualquier otro sitio.
Sea como fuere, Sheranchuk desistió de volver.
Abajo no pudo evitar echar otra ojeada al exterior. Ahora había muchos
bomberos, de la ciudad de Pripyat, más la propia brigada de la central, y los
coches amarillos de la policía llegaban con sus luces verdes destellando. Las
luces de los focos hacían palidecer las llamas de los escombros ardientes y
recortaban las siluetas de los bomberos en los tejados de algunos edificios.
Detrás de los bomberos agrupados en tierra estaba la oscura mole del bloque de
oficinas de la central, que parecía ahora curiosamente desierto… porque, vio
Sheranchuk, todas sus ventanas habían sido voladas por la fuerza de la
explosión.
Alguien le gritaba, un policía, con la cara negra por el humo y el sudor:
—¡Eh, el de allí! ¿Se encuentra bien? ¡Échenos una mano con esta gente!
Sheranchuk no se paró a pensar si aquello era lo que debía hacer;
simplemente obedeció. Se alegró de recibir la orden, porque obedecer era mejor
que haber de decidir qué hacer. Porque no se sentía capaz de decidirlo. Todo le
había tomado por sorpresa.
Ayudó a un bombero a llegar hasta la ambulancia que esperaba; el hombre
cojeaba y se cubría la cara con una mano. No era la única baja. El médico que le
había traído cargaba en la ambulancia un bulto de harapos achicharrados que
Sheranchuk no habría creído humano si no hubiera estado maldiciendo en un
tono de voz débil y agudo. Otros tres bomberos tosían sentados en la calzada,
esperando que alguien les trajera oxígeno o, aún mejor, unos pulmones nuevos
que reemplazaran los que tenían llenos de humo. (¿Por qué no llevaban
mascarillas?, se preguntó Sheranchuk. ¿Y por qué tampoco las llevaba él?)
Glazodva, la recia mujer encargada de la cafetería de la central durante la noche,
había conseguido guiar a dos de sus clientes a sitio seguro, pero cuando
Sheranchuk la vio estaba tendida bajo la placa de Lenin a la entrada de la central,
llorando indefensa, sin responder a los intentos que otros hacían para hablar con
ella. Un policía yacía en el suelo, con el pelo chamuscado donde un trozo de
escombro ardiendo le había caído encima, dejándole inconsciente y, quizá,
fracturándole el cráneo.
Había espacio para dos personas solamente en el interior de la ambulancia,
pero el médico, al marcharse, prometió enviar más vehículos desde el hospital de
Pripyat.
—¡Y dése prisa, por favor! —exclamó Sheranchuk.
La siguiente ambulancia, sin embargo, no acudió de Pripyat, sino de la
ciudad de Chernobyl, a treinta kilómetros de distancia, y llegó junto con media
docena de coches de incendios. Ya había más de cien bomberos en el lugar, y el
estentóreo batir de las bombas de succión se había ido añadiendo a los gritos y a
los ominosos golpes y crujidos y al crepitar de las llamas. En el centro de todo,
altivas e increíbles, se alzaban las paredes resquebrajadas de lo que una vez fue
el reactor número cuatro.

Quemaduras, cortes, contusiones, magulladuras, inhalación de humo,


congestión, simple cansancio: ya había cuarenta o cincuenta personas esperando
a que se las llevaran las ambulancias que iban y venían de la central al hospital
de Pripyat, a pocos kilómetros. Sheranchuk pensó que era extraño que cuando
las ambulancias se marchaban lo hicieran sin sirenas ni campanas, tomando al
parecer una ruta que rodeaba la población antes de dirigirse al hospital. ¿Era
posible que tuvieran la consideración de no despertar a los vecinos? Se quedó
allí, entre las mangueras, con la mente llena de preguntas, pero obsesionado por
aquélla, la más irrelevante.
—¡Eh! ¡Usted! ¡Manténgase detrás de las líneas, está en medio del camino!
—le gritó el jefe de una brigada, mientras un nuevo camión de bomberos,
procedente de una villa campesina, intentaba abrirse paso entre la congestión
para pararse junto a los otros. Sheranchuk sacudió la cabeza, intentando aclarar
su mente. ¿Qué era lo que habían dicho? ¿Que todavía había gente en el interior
de la planta?
Bien, eso al menos era algo de lo que él podía ocuparse. Se retiró hacia la
cancela, lentamente, hasta que el comandante de los bomberos dejó de mirarle, y
entonces corrió hacia la entrada más cercana. Sheranchuk no supo por qué hizo
precisamente aquello. En parte fue por ver si había alguien que necesitaba ayuda
para salir, en parte porque no podía permanecer cruzado de brazos.
En el interior del edificio el ruido del exterior se apagaba, pero había otros
sonidos nuevos y preocupantes. Podía oír los chasquidos y los golpes sordos de
lo que quedaba del reactor número cuatro, y un temblor irregular que le
preocupaba. El edificio en que se hallaba estaba conectado a la sala de turbinas
que compartían los reactores tres y cuatro, y no había quedado incólume. Las
paredes estaban surcadas por grandes grietas. A veces, habían cedido tabiques
enteros y tuvo que sortearlos. El suelo estaba resquebrajado, hinchado y lleno de
cristales de lámparas fluorescentes, de extintores y de cosas inidentificables que
habían caído del techo y las paredes. Aquí, también, la mayoría de las ventanas
habían volado, y los cristales rotos crujían bajo sus pies mientras corría de puerta
en puerta. Un olor desagradable, sofocante, químico, se percibía en todas partes.
Le hizo toser mientras corría y tropezaba en la oscuridad, ya que sólo seguían
funcionando unas pocas luces de emergencia.
La mayor parte de las puertas estaban cerradas, puesto que era, después de
todo, el fin de semana. Cuando encontró alguna abierta, gritó al interior para ver
si había alguien, pero no obtuvo respuesta. Estaba en el quinto piso del edificio
cuando empezó a pensar que perdía el tiempo sin conseguir nada.
Se detuvo y reflexionó. No se le ocurrió que estuviera comportándose
valerosamente, sino sólo que hacía algo carente de sentido.
El temblequeo irregular continuaba. Escuchó, con el ceño fruncido,
apoyando una mano contra la pared del corredor, que vibraba. Le costó un
momento reconocer que lo que oía era el sonido de las turbinas que aún
funcionaban en la sala que servía a los reactores tres y cuatro.
La sala de control correspondiente estaba a dos pisos de distancia, y
Sheranchuk corrió a ciegas por las escaleras y llegó a ella sin aliento. Allí había
sólo tres hombres, el jefe del turno y dos operarios, que se volvieron a saludarle
con expresiones furiosas cuando entró corriendo. Sheranchuk contempló
incrédulo la habitación. La inmaculada sala de control estaba sucia. Cuando
apoyó la mano en el respaldo de la silla, los dedos se le llenaron de polvo.
—¿Qué pasa aquí? —preguntó.
—El diablo lo sabe —respondió el jefe, señalando con la mano el panel de
instrumentos.
Las luces parpadeaban, pero Sheranchuk pudo leer las indicaciones.
—Santo Dios, ¿qué demonios están haciendo? —exclamó— ¡Tengan
cuidado! ¡Harán que estalle éste también!
—Al carajo con Dios y con su madre —respondió el supervisor—. ¿Qué se
supone que tenemos que hacer? Primero el número cuatro salta, entonces
intentamos estabilizar el nuestro, luego nos llega la orden de evacuar de
inmediato, así que empezamos a desconectar, y a continuación dan contraorden y
dicen que hay que mantener las unidades funcionando porque hace falta la
energía.
—Pero la turbina seis… —empezó a decir Sheranchuk, señalando los
indicadores de presión del agua.
—¡A la mierda con la turbina seis! ¡Todas se han vuelto locas! ¡Sus tuberías
tienen escapes, fontanero!
Instintivamente, Sheranchuk alzó el teléfono para llamar a la sala de control
de bombas, pero, por supuesto, el aparato no dio ninguna señal; sus cables, como
la mayoría de los cables del edificio, se habían frito en algún punto de la línea.
Sheranchuk no quiso discutir. Bajó las escaleras más rápido de lo que las había
subido, y estuvo a punto de caerse media docena de veces. Cuando llegó a la sala
de control de las bombas, casi esperaba que estuviera vacía, pero al menos había
una persona allí: el ajustador a quien llamaban «Primavera», Arkady
Ponomorenko.
—¡Tú no eres operador! —le recriminó Sheranchuk.
—No pretendo serlo —replicó suavemente el futbolista, tímido y educado
incluso ahora—. Me dijeron que había daños en las bombas, así que vine a echar
un vistazo. Mire, Leonid, la presión falla. He intentado conectar otra bomba,
pero sigue bajando.
—Necesitamos presión —repuso Sheranchuk—. Déjame ver.
Apartó bruscamente al ajustador y examinó los manómetros. Pero
«Primavera» tenía razón: las bombas principales estaban conectadas, aunque tres
de ellas no parecían funcionar, y la presión en el sistema se reducía lentamente.
Sheranchuk se frotó los ojos. Alguien gritaba en el interior, pero no le prestó
atención.
—Será mejor que lo miremos —dijo—. Probablemente no habrá luz ahí
abajo. ¿Tenéis una linterna por aquí?
—Acabo de encontrar una —anunció «Primavera», ansioso, agitándola en la
mano.
—¡Vamos entonces!
Pero en el exterior un jefe de la brigada de bomberos corrió hacia ellos,
gritándoles:
—¿Es aquí donde están los fontaneros? ¡Ustedes dos, escuchen! Hay una
especie de llama que no podemos apagar. Alguien dice que es suya.
—¿Una llama? —repitió Sheranchuk. Entonces comprendió—. Oh, la llama
de hidrógeno. Sí, claro. Sólo hay que desconectarla.
—¡Entonces vayan y háganlo! —ordenó el bombero.
—Yo lo haré —se ofreció el ajustador—. Sólo es cuestión de girar una
válvula; luego volveré para ayudarle, Leonid.
No pidió permiso. Simplemente colocó la linterna en la mano de Sheranchuk
y se marchó con el bombero. Sheranchuk borró el asunto de su mente. Su
problema era el sistema hidráulico, no una simple llama que se desconectaba
igual que el horno de la cocina de su esposa.
Cinco minutos más tarde estaba en el tramo de escaleras que conducía al
sótano, alumbrando con la linterna la oscuridad, sorprendido por lo que veía.
El impacto de la explosión había destrozado por completo el sistema de
retorno del agua. Todas las tuberías del suelo habían sido dañadas severamente
en sus juntas; las bridas que las unían estaban abiertas como flores. El agua que
debería haber regresado a los circuitos de los reactores tres y cuatro salía
lentamente por las juntas abiertas para añadirse a la laguna humeante, de varios
centímetros de profundidad, que ocupaba el suelo de la nave subterránea.

El primer pensamiento racional de Sheranchuk fue que el reactor número tres


tenía que ser desconectado. Si el sistema de retorno de agua estaba roto, dentro
de muy poco las bombas no tendrían más que aire que enviar al núcleo del
reactor número tres, y entonces el número tres se sumaría al cuatro y volaría
también. Su segundo pensamiento fue que la persona con autoridad para ordenar
la desconexión era el ingeniero jefe Varisov, dondequiera que Varisov estuviese.
Llegó a estas conclusiones despacio y dolorosamente, pero su cuerpo actuó sin
esperar una decisión formal. Antes de que concluyera que necesitaba encontrar a
Varisov, ya había salido del edificio, alejándose en la oscuridad del alboroto del
incendio, en dirección a la puerta del reactor número dos.
La puerta estaba a más de cien metros de distancia, y Sheranchuk, mientras
corría, tuvo incluso tiempo de advertir que había en el cielo brillantes estrellas y
el aroma de algo verde y florido (¿tal vez lilas?) en el aire. En aquel extremo de
las grandes estructuras adjuntas el olor a humo había desaparecido, arrastrado
por el viento. No había nada, pensó Sheranchuk, que le impidiera seguir
corriendo, hacia adelante, más allá de la verja.
Por supuesto, no lo hizo. Cuando llegó a la puerta, descubrió que estaba
cerrada.
Sheranchuk gritó furioso, pero una vez más su cuerpo actuó sin esperar
instrucciones de su mente racional. La puerta al fondo del bloque estaría abierta,
aunque con un guardia para mantener fuera a los intrusos.
La puerta, en efecto, estaba abierta, y no había ningún vigilante a la vista.
Sheranchuk corrió escaleras arriba, deteniéndose sólo en la quinta planta para
cruzar rápidamente hacia la sala de turbinas número uno (no, no había nadie allí,
aunque las turbinas murmuraban apaciblemente), y para mirar en la cámara de
realimentación. También estaba vacía, y bastante normal según parecía, con la
gran grúa agazapada en silencio en una esquina. No había nadie tampoco en los
mandos de la grúa pero Sheranchuk, en realidad, no había esperado encontrar allí
a Varisov.
Jadeaba intensamente cuando atravesó el edificio y llegó a la sala de control
del reactor número uno.
Varisov tampoco estaba allí. Las seis personas presentes eran las del turno
normal de noche. Parecían bastante alarmadas, por no decir asustadas, pero
seguían cumpliendo con su deber como de costumbre.
—¿Varisov? No —dijo el supervisor del turno—. Dicen que la última vez
que se supo de él iba camino de Pripyat, pero yo no le he visto.
—¿Podría estar en el número dos? —preguntó irritado Sheranchuk—. Será
mejor que vaya a ver si…
El encargado del turno pareció sorprenderse.
—Como quiera, pero, ¿no sería mejor telefonear, simplemente?
—¿Telefonear?
Sheranchuk parpadeó ante tan extraña idea. Sin embargo, lo intentó. Y en
efecto, en la sala de control número dos cogieron el teléfono a la primera
llamada, aunque Varisov no estaba tampoco allí. El jefe del turno dijo que Jrenov
había pasado un rato antes para ordenarles que permanecieran en su puesto, pero
Jrenov no le servía de nada a Sheranchuk. Ya que tenía la oportunidad, intentó
telefonear al número tres. No, aquellas líneas seguían sin funcionar.
—Tendré que ir al número tres —gruñó, y se marchó antes de que ninguno
de los hombres de la sala tuviera tiempo de responder.
Al llegar a las escaleras se dio cuenta de que había una alternativa a tener
que bajar los siete tramos y subir luego otros siete. La alternativa era el tejado
del edificio.
Pero no pudo ser. En cuanto abrió la puerta que daba al tejado, un bombero
le gritó que retrocediera. Realmente, no había otra opción. Por toda la ancha
superficie del tejado que unía los edificios de los reactores se extendían
hogueras, unas pequeñas, otras mayores. Los bomberos trabajaban duramente
por extinguirlas, pero en cuanto conseguían apagar un fuego, otro empezaba. En
la entrada de las escaleras que conducían al reactor número tres Sheranchuk vio
un curioso espectáculo a la luz de los reflectores de los bomberos: una especie de
fuente negra, de medio metro de altura, de donde caían oscuros goterones. Salía
humo de ella y, mientras la observaba, estalló en llamas cuando el trozo de
grafito al rojo blanco que se había enterrado en el alquitrán del techo finalmente
incendió la materia.
Tendría que bajar y subir aquellos siete pisos, después de todo…, sólo que
ahora, ya que había subido al tejado, serían ocho en cada dirección.
Cuando por fin, tosiendo y jadeando, llegó a la sala de control del reactor
número tres, vio que los dos operadores se habían convertido en seis, ya que
habían ido llegando voluntarios para reemplazar a los ausentes. Pero el jefe del
turno seguía en sus trece. No, el ingeniero jefe Varisov no estaba allí, ni había
estado desde la explosión. Sí, claro, pasaba algo raro con las turbinas y el
sistema de agua. Pero, definitivamente no, no desconectaría el reactor.
—¿Está usted loco? ¿Sabe lo que pasará cuando el agua se acabe? —replicó
Sheranchuk.
El técnico, impasible, negó con la cabeza.
—¡No tenemos órdenes!
—¡Órdenes! —gritó Sheranchuk—. ¡Yo se lo ordeno!
—Por escrito, por favor —dijo el técnico, ridículamente firme—, pues no
asumiré la responsabilidad de no completar nuestro plan faltando sólo cuatro
días para el fin de mes.
De manera increíble, grotesca, Sheranchuk se encontró firmando una orden
escrita para la que no tenía ninguna autoridad: «Ordeno que el reactor número
tres sea desconectado de inmediato», ante la cual el hombre claudicó y permitió
que los operadores siguieran con su trabajo. Sólo dos de ellos, advirtió
Sheranchuk; los otros habían huido. Los dos restantes, maldiciendo y jurando,
manipularon los mandos hasta que una serie de golpes secos, casi ahogados por
el ruido constante del fuego y de los que combatían el fuego, les anunciaron por
fin que todas las barras de boro estaban firmemente encajadas.
—¿Qué está haciendo, Sheranchuk? —preguntó una voz amable y apenada, a
espaldas suyas.
Antes de girarse, Sheranchuk supo que era el director de la Primera Sección,
Gorodot Jrenov.
—Ayudo a desconectar este reactor —contestó.
—Sí, sí —dijo Jrenov, ausente. Sus ojos pardos estaban nublados, y la
expresión del hombre era distante—. Parece que da órdenes en materias que no
le conciernen —observó, mirando alrededor.
Los operarios escuchaban atentos.
—Sólo nos ha recordado que hiciéramos lo que debemos hacer en un caso
como éste —explicó uno.
Los ojos de Jrenov escrutaron al hombre, cuya cara se estiró.
—Hay que notificar a Moscú de inmediato —intervino Sheranchuk, sin
hacer caso de la crítica implícita.
Los ojos de Jrenov se abrieron, pero el operador volvió a hablar.
—Ya se ha hecho. Yo mismo telefoneé a Moscú para informar del accidente.
—Ah —asintió Jrenov—, alguien más que se adjudica autoridad. ¿Y qué
informó?
—Que el reactor número cuatro ha estallado, por supuesto.
—Pero eso es responsabilidad del ingeniero jefe —comentó Jrenov.
—La última vez que vi al ingeniero jefe, corría con todas sus fuerzas en
dirección a Pripyat. Camarada Jrenov, ¿no sería mejor que ayudáramos a
combatir el fuego en vez de estar aquí discutiendo?
—Sí, por supuesto —la voz de Jrenov sonó cansada—. Pero, recuerden,
sobre todo, que debemos evitar que cunda el pánico.

¿Evitar que cundiera el pánico? Sí, por supuesto, se repetía Sheranchuk una y
otra vez. Esto era absolutamente esencial…
Pero también era imposible. Una docena de veces le vino a la memoria una
parodia escolar de un poema inglés (¿de Rudyard Kipling?), que decía:

Si puedes mantener la cabeza en su sitio


cuando todos a tu alrededor la pierden,
entonces,
probablemente,
es que no te has enterado de lo que pasa.

El problema de Sheranchuk era que se había enterado demasiado bien de lo


que pasaba y le asustaba de una forma que nunca había imaginado. No
solamente porque él mismo pudiera estar en peligro, sino porque significaba el
final de una época. Mientras colaboraba una vez más en la tarea inacabable de
acomodar las bajas en las ambulancias, apenas podía recordar la pacífica noche,
escasamente siete horas antes, en que había dejado su apartamento, tranquila y
apaciblemente, para acercarse a la central nuclear.
Ahora no había tranquilidad en Chernobyl, ni menos paz. Sheranchuk se
sorprendió al saber, cuando pasaba junto a un grupo de bomberos, que habían
declarado el fuego oficialmente extinto hacía una hora. Cierto, pequeñas llamas
saltaban de vez en cuando, allí donde trozos ardientes del núcleo continuaban
prendiendo todo lo que tocaban. Ciertamente, el núcleo mismo no estaba
apagado, y parecía como si nunca pudiera estarlo, porque su fulgor blanco
incandescente iluminaba las paredes quemadas a su alrededor. Y ciertamente,
nada semejaba interrumpir el constante desfile de hombres heridos y enfermos.
Seguía habiendo quemaduras, y contusiones, y accidentes peores, ya que los
bomberos resbalaban y caían de los reblandecidos tejados, pero otros muchos
hombres simplemente estaban exhaustos, sudorosos, y a veces vomitaban
incontrolablemente.
Uno de ellos pertenecía a su propio departamento. Era el ajustador a quien
llamaban «Primavera».
—Lo siento —se disculpó mientras Sheranchuk le hablaba—. Estoy
mareado…, pero les apagué la llama de hidrógeno, Leonid.
—Estaba seguro de que lo harías —dijo Sheranchuk, y le miró pensativo
cuando subía a una ambulancia que se lo llevó momentos después.
Otros reclamaban su atención. Un hombre alto y delgado se quejaba
mirándose los pies quemados; por un instante Sheranchuk pensó que era el
operador Kalychenko, pero resultó ser un bombero llamado Vissgerdis. Cuando
se volvía, alguien le cogió por el brazo y le sacudió rudamente. Al principio no
reconoció a la mujer.
—¡Loco! —le gritó ella—. ¿Dónde están tus ropas protectoras? ¿Quieres
morir por nada?
Había olvidado la radiación por completo.
Y no fue hasta que se puso la capucha que advirtió que la mujer era su propia
esposa.

Realmente no era mucho lo que alguien como Leonid Sheranchuk podía


hacer —los especialistas se habían hecho cargo de todo—, pero no podía
contener su deseo de colaborar en algo, lo que fuere. Cuando hubo suficiente
personal médico para atender a los heridos mejor que él, volvió al interior de los
edificios, buscando una vez más algún posible lesionado o simplemente alguna
persona aturdida que se hubiese quedado en las áreas de almacenamiento o en
los talleres. No había nadie. Estaba solo. Era un trabajo duro y difícil, y no
desprovisto de riesgo. Exploró el edificio entero del reactor número tres. Estaba
oscuro, y pese a la linterna que había conseguido tropezaba constantemente con
los escombros. Sólo había una pared entre él y las ruinas del número cuatro, y el
reactor fulminado emitía ruidos como si a cada momento pretendiese atravesar la
pared y lanzarse contra él. Incluso las paredes resquebrajadas irradiaban calor,
pues al otro lado el grafito ardía a 4.000 grados. Miró al techo, donde ya no se
veía ningún fuego, aunque sí muchos bomberos que dirigían sus mangueras
contra las ascuas, hundidos hasta los tobillos en el alquitrán pegajoso.
Sheranchuk suspiró y volvió sobre sus pasos. Se preguntó si alguien habría
dicho a los bomberos que no sólo se enfrentaban al calor, el humo y las
quemaduras, sino a la tormenta invisible y letal de radiación que les acometía
junto con el humo.
En los cuatro meses que Sheranchuk llevaba en Chernobyl había estudiado
diligentemente toda la bibliografía sobre centrales nucleares. Había comprendido
los peligros especiales de una fusión del núcleo, una meltdown, y el riesgo
particular de un fuego de grafito en un RBMK; a fin de cuentas había
experiencias de ello en el extranjero. Los ingleses conocieron un caso similar, en
un lugar llamado Windscale, unas cuantas décadas antes. Pero nada que hubiera
leído o imaginado le había preparado para esto. Se le ocurrió que casi deseaba
que Smin no le hubiese telefoneado nunca para ofrecerle aquel puesto de trabajo;
ciertamente, nada en la vieja central térmica habría producido semejante
pesadilla.
Pero no tenía tiempo para estos pensamientos. Nadie tenía tiempo para nada
en aquella noche interminable, en la que cada segundo traía una nueva alarma o
una nueva misión. Sin embargo, Sheranchuk nunca olvidó que era el «camarada
fontanero» de Simyon Smin. Atendió sus propias y específicas obligaciones cada
vez que tenía un momento libre de las más urgentes operaciones de rescate. Sus
bombas y tuberías y válvulas aún seguían realizando su trabajo como
buenamente podían. El agua refrigeradora aún salía del estanque; en los dos
reactores que funcionaban, los circuitos aún bombeaban agua a los núcleos.
Combatir el fuego era, después de todo, una cuestión de fontanería. Cuando
vio las grandes mangueras que sacaban agua del estanque, casi se preguntó si los
bomberos llegarían a secarlo. Pero era sólo un temor imaginario. Las compuertas
del río estaban completamente abiertas, y no secarían el Pripyat ni en mil años.
Ahora había bomberos de, parecía, cientos de comunidades; Kiev, entre todas, no
era la más lejana. Había agentes de policía para reforzar el equipo de seguridad
de la central; ambulancias cuya procedencia no pudo deducir llegaban con las
sirenas sonando, y sus doctores y asistentes y se marchaban una y otra vez
llevándose a los heridos. Camiones cisterna de gasolina recargaban las bombas
de las brigadas que combatían el fuego, mientras éstas trabajaban, y el ruido era
interminable e indescriptible.
Alguien le puso dos tazas en las manos. Una era de té caliente y concentrado,
la otra de vodka puro. Sheranchuk se sentó en el suelo un momento mientras las
sorbía las dos, una después de la otra, de un tirón. No se había detenido a mirar
qué aspecto tenía la pira, como antes. Era terrible. Una nube de humo rojo salía
del reactor destrozado, y sólo se dirigía hacia el nordeste cuando estaba tan alta
que casi se perdía de vista. Si había estrellas, el humo las ocultaba. Pero
Sheranchuk no tuvo tiempo de ver mucho: alguien le llamaba, haciéndole señas
desde la verja de entrada, donde la última hornada de bomberos heridos yacía en
el suelo, quejándose. Comprendió que éstos habían estado combatiendo el fuego
desde lo alto del edificio de las turbinas, situado junto al reactor destrozado, y
habían resultado gravemente dañados por la superficie de alquitrán fundido.
Ayudó a llevar a dos hombres con serias quemaduras en los pies, y cuando los
depositaba ante un personaje bajo y grueso cubierto por una capucha y un mono
protector, el hombre dijo suavemente:
—¡Vaya, camarada fontanero Sheranchuk! Esta vez hemos organizado una
buena ¿no?
Y vio que el personaje era Simyon Smin.
7
Sábado, 26 de abril.

No se puede decir que Selena, la esposa de Smyon Smin, sea una mala
mujer. Nadie negaría, sin embargo, que es una «coleccionista». Una mujer
soviética humilde nunca sale de casa sin llevar su bolsita de malla, la avos’ka,
sólo por si se da la casualidad de que vea algo que merezca la pena comprar.
Selena, como esposa del director técnico de la central nuclear de Chernobyl, no
tiene que recurrir a esto. Consigue todo lo que quiere, o casi. Tiene tiendas
especiales en las que comprar, aunque deba trasladarse a Kiev o Moscú para
encontrar las mejores. Incluso dispone de «distribución», privilegio de los altos
cargos que le permite ordenar comida por teléfono (y no sólo la comida normal,
sino la de alta calidad que ofrecen las tiendas exclusivas) para que se la envíen a
su apartamento o a su dacha. Esto le resulta muy placentero a Selena, quien era
una bailarina sin demasiado éxito cuando se casó con Simyon Smin. En su vida
anterior no existían tales lujos. Ha comido bien desde entonces, y si ya no
conserva la figura de una bailarina ello no parece importarle a Smin. Selena tiene
trabajo propio, claro; está a cargo de los programas culturales y de la puesta a
punto física en la central de Chernobyl; y a menudo, a las once de la mañana y a
la una de la tarde, cuando la atractiva pareja ataviada con leotardos hace sus
ejercicios diarios en la televisión con el acompañamiento de un pianista y bajo
las órdenes de un entrenador, Selena se une a los trabajadores y dirige sus
movimientos gimnásticos. Su posición, teóricamente, la ubica en la Primera
Sección de la planta, bajo la jefatura de Gorodot Jrenov, pero Jrenov nunca
interfiere con la esposa del director técnico. Sólo se asegura que el director
técnico lo sepa.
Selena Smin no pudo dormir mucho aquel sábado por la mañana. A las siete
se levantó y se vistió despacio, preguntándose a qué se debería aquella llamada
urgente de la planta. A las siete, mientras tomaba una taza de té con su suegra,
volvieron a llamar a la puerta, y esta vez fue un telegrama:
Continúo aquí. Suplico Vassili y tú quedéis en Kiev durante fin de semana.
Smin.
—¡Pero yo no puedo quedarme! —se quejó Selena—. Tengo cosas que
hacer, y el niño no debería perder el colegio.
—Ya lo ha perdido —dijo la vieja Aftasia Smin, práctica.
Era cierto: Vassili aún estaba acostado, con la rubia cabeza enterrada bajo las
sábanas, mientras las dos mujeres hablaban en voz baja. Pero aun así…,
¿quedarse en Kiev para hacer qué? ¿Sin coche, sin siquiera teléfono?
—No puedo ni llamar para averiguar qué está pasando —se quejó Selena.
—Puedes hacer lo que hago yo —dijo Aftasia—. Los Didchuk tienen
teléfono.
—¡Los Didchuk lo tienen y nosotros no! He de volver a hablar con Simyon
de esto. —Selena pensó un momento—. ¿En qué apartamento viven?
Vivían en el piso de abajo. Dos minutos más tarde, Selena había bajado las
escaleras y llamaba con suavidad a la puerta. Los Didchuk estaban en casa;
todos, pues al parecer había una niña pequeña y una pareja de abuelos en el
apartamento, además de los dos profesores. Se hallaban despiertos. No se habían
acabado de vestir (la mujer llevaba rulos en el pelo y el hombre tenía puesta una
bata), pero fueron, por supuesto, muy amables, muy hospitalarios y naturalmente
que podía usar su teléfono.
Sin embargo, no consiguió comunicación, porque todas las líneas estaban
ocupadas. Lo intentó hasta cinco veces. Los Didchuk continuaron con sus tareas
matutinas, procurando no estorbarla cada vez que tenían que entrar en el
pequeño saloncito, donde había un aparato de televisión, un canapé de brocado,
cortinas finas y brillantes. El abuelo la saludó camino del cuarto de baño. La
abuela salió de la cocina y la invitó a desayunar, lo que ella declinó
graciosamente, aunque aceptó una taza de té, que le fue entregada por la hija de
los maestros, una niña de diez años. Ni siquiera contestaba el teléfono de su
propio apartamento en Pripyat; no estaba comunicando, pero sonó sin que nadie
lo cogiera hasta que tuvo que colgar. Ello significaba que Smin no estaba en
casa.
—Bueno, qué fastidio —declaró, sonriendo a la mujer— ¡Pero qué hermosas
cortinas! ¡Ha sacado usted mucho partido de esta habitación!
—Es difícil, porque los dos trabajamos —dijo la mujer modestamente.
—Sí, a mí me pasa lo mismo —coincidió Selena, y charló amigablemente
con la profesora y su suegra mientras, en su interior, trataba de decidir qué iba a
hacer el resto del día.
Un día entero en Kiev; con coche, sí, porque era siempre bastante útil. Pero
sin él, era un reto. Había sitios a los que acudir y tiendas que visitar, y siempre
podía encontrar a alguna amiga en el club para almorzar. Aunque sin el coche…
Al pensar en el club tuvo una idea.
—Una llamada más, si no les importa —pidió, y marcó el número del Hotel
de la Gran Puerta; pero la operadora no pudo localizar a ningún señor ni señora
Garfield en las reservas.
—Debe darme el número de la habitación —explicó la operadora—. No se
puede atender la llamada sin el número de la habitación, por supuesto.
—¡Qué tontería! —exclamó Selena—. Soy Selena Smin y hago esta llamada
de parte de S.T. Smin, el director de la Central Nuclear de Chernobyl.
La operadora se retiró, y Selena permaneció un rato al teléfono mientras
pensaba lo bueno que habría sido invitar a los americanos no solamente a
almorzar en el club, por muy agradable que éste fuera, sino en su propia casa de
Pripyat, para que vieran cómo vivía una familia soviética decente en una casa
decente, no en este apartamento de la época Kruschev. Pero, por supuesto,
aquello era sólo una fantasía, ya que no se invitaba a los extranjeros a visitar
Pripyat. Al fin la operadora regresó y dijo solamente, con cierta satisfacción:
—Los americanos de los que habla ya no están en este hotel.
—¡Pues claro que están en el hotel! ¡Si les vi anoche mismo!
—Se han marchado —dijo la operadora, triunfal—. Quizá si pregunta a
Intourist puedan informarle de su itinerario.
—Ah, bien —suspiró Selena, dirigiéndose a la pareja de maestros, que
empezaban a mirar subrepticiamente sus relojes: tenían que marcharse a clase—.
Una llamada más, si es posible, para pedir un taxi.
¿Pero adónde iba a ir en el taxi? ¿Al club? ¿Y qué iba a hacer allí,
especialmente con Vassili? Quien ahora debería, por lo demás, estar ya camino
del colegio. Miró por la ventana y, tras escuchar un trueno lejano, vio que
empezaba a llover.
8
Sábado, 26 de abril.

Un sábado en la Unión Soviética no se parece en nada a un sábado en


Londres o en Nueva York. Los soviéticos no trabajan sólo cinco días a la
semana. Los colegios imparten sus clases. La jornada laboral es normal. Pero un
sábado sigue siendo, después de todo, parte de un fin de semana, incluso en la
Unión Soviética, y los que están en condiciones de gozar de algún descanso,
generalmente lo hacen.
En Moscú, por ejemplo, aquel sábado, sonó el teléfono. Llamaban de
Chernobyl.
—Al habla Gorodot Jrenov, director de la Primera Sección de la Central
Nuclear de Chernobyl —oyó decir el funcionario de servicio en el Ministerio de
Energía Nuclear.
—¡Por fin! —estalló—. ¿Qué ha pasado? Recibimos una llamada
anunciando que se había producido un accidente serio, nada más, y nadie
responde al teléfono.
—Sí, —dijo la voz cálida y comprensiva de Jrenov—. Ha sido muy molesto.
Las comunicaciones quedaron interrumpidas por causa de un incendio en una
unidad generadora. Pero las brigadas de emergencia respondieron de inmediato.
Lo que el funcionario de servicio replicó fue verdaderamente obsceno, pues
había pasado parte de la noche intentando apurado localizar a su superior.
Desgraciadamente, su superior se había marchado a su dacha de Peredelkino, y
el funcionario de servicio se había visto obligado a actuar por su cuenta. Gruñó
al pensar en cuáles habían sido aquellas actuaciones.
—¿Entonces la situación está bajo control? —demandó.
—Bajo control, sí.
—Pues dígame algo —gruñó el funcionario—. ¿Qué va a hacer con el avión
lleno de expertos de la comisión especial que va de camino a Kiev?
Hubo una pausa al otro lado de la línea.
—¿Una comisión especial? —preguntó Jrenov.
—Veinticuatro personas —dijo sombrío el funcionario de servicio—. A todas
las hemos despertado en mitad de la noche tras el primer aviso de Chernobyl. El
avión salió de Moscú a las seis.
—Ya veo —dijo débilmente Jrenov. El funcionario se mantuvo a la espera,
tamborileando con los dedos sobre la mesa—. Bien —añadió Jrenov por fin—.
Ha sido un incendio bastante serio, es cierto. Seguro que nos vendrá bien una
ayuda del Ministerio.
—Pues van a tenerla —dijo secamente el funcionario—, porque los primeros
llegarán en helicóptero a su central dentro de una hora aproximadamente.
—Gracias —dijo Jrenov con suavidad, y colgó.
El funcionario notó el grado de preocupación en su voz, lo que le produjo
gran satisfacción. Tomó el teléfono y llamó para cancelar la localización de su
jefe. Decidió que ya habría tiempo de molestar a las autoridades superiores
cuando llegara un informe completo. Además, él también tenía una dacha a la
que marcharse en cuanto acabara el trabajo.

En Novosibirsk, en la sede del Ministerio de Estructuras de Centrales de


Energía de toda la Unión, se tomaron la llamada más en serio… hasta que
descubrieron que los visitantes yemeníes se habían marchado antes de que algo
sucediera. Al menos, se dijeron, no sufrirían la vergüenza de ver cómo una de
sus plantas estallaba en presencia de tres potenciales clientes extranjeros.
En Kiev fue otro asunto. El encargado del suministro eléctrico quedó
sorprendido.
—Sí, de acuerdo. Dos de sus unidades han sufrido daños. Naturalmente que
no pueden generar energía… Pero, ¿por qué hay que desconectar las otras dos
también? ¿Como precaución? Las precauciones están muy bien, ¿pero tiene idea
del problema que me crea?
Cuando colgó el teléfono estaba sudando. Chernobyl era la central con la que
siempre se podía contar, ¿y dónde iba a encontrar un sábado por la mañana tres o
cuatro mil megavatios de energía eléctrica para reemplazarla?
Cuando el teléfono sonó en la Agencia Internacional de Energía Atómica, en
Viena, podría haberse producido más revuelo, pero aquella llamada en particular
se hizo no para dar información, sino para pedirla.
El ingeniero de servicio dejó la taza de té para atender el teléfono. El que
llamaba hablaba con un acento extraño, lo cual quedó rápidamente explicado
cuando dijo que llamada desde la Ucrania Soviética.
—¿Tienen ustedes documentación sobre cómo controlar fuegos de grafito en
los reactores? —preguntó amablemente.
El ingeniero de servicio aquella mañana resultó ser inglés; no tuvo dificultad
en comprender la pregunta.
—¿Quiere decir algo tipo Windscale? Sí, creo que sí. Aquello fue un Efecto
Wigner —hizo una pausa para ver si le pedían que explicara qué era este efecto.
El Efecto Wigner es un cambio que tiene lugar en la estructura molecular del
grafito tras una larga exposición a radiación ionizante. La estructura molecular
almacena energía de la radiación. Esto encierra peligros potenciales, y por lo
tanto, una vez al año los moderadores de grafito de aquel tipo tienen que ser
«recorridos», es decir, calentados suficientemente para que los enlaces
moleculares se aflojen y, al enfriarse, se relajen.
En Windscale, en Inglaterra, en 1957, este proceso se les fue de las manos a
los operadores, lo que originó que el grafito ardiera y destruyera el reactor.
—Un momento —dijo el ucraniano. Hubo un murmullo de voces, y luego el
hombre volvió a la línea—. No en la relación con Efecto Wigner —dijo—.
Pregunto por medidas de control. Por maneras de tratar el caso si llegara a
ocurrir.
—¿Quiere decir cómo lo combatieron? —preguntó el inglés—. Simplemente
siguieron empapándolo con agua. Desviaron un río, si mal no recuerdo. Espere
un momento. Creo que tenemos algunos documentos en el archivo… ¿Quiere
que le envíe una copia?
La voz al otro lado del teléfono desapareció de nuevo.
—No, gracias —dijo amablemente cuando regresó—. Creemos que no será
necesario.
El inglés colgó, terminó su té y se sirvió otra taza. Había sido una llamada
extraña. Miró en sus archivos para ver qué podía encontrar acerca de reactores
moderados por grafito en la URSS. Había bastantes, pero nada parecía justificar
la consulta.
Sin embargo, después de considerarlo un momento, volvió a coger el
teléfono y llamó a un colega en el Reino Unido.
—¿Qué crees que es lo que pasa? —preguntó, después de resumirle la
llamada.
El colega bostezó; había estado durmiendo apaciblemente, en una lluviosa
mañana típica del fin de semana inglés.
—Son rusos —dijo, como si aquello lo explicara todo—. Ya sabes por qué
les gustan esos reactores de grafito: son útiles para obtener un poco de plutonio
extra. En mi opinión, no les interesa saber nada sobre medidas de control.
Simplemente esperan encontrar alguna manera de incrementar la producción.
—Supongo que podría ser eso —dijo el hombre de Viena—. Tienen un
montón de RBMK funcionando. He encontrado una nota de uno de nuestros
jefes advirtiendo que esas bestias no son completamente seguras.
—Será cosa de Marshall, seguro —dijo el de Londres. Se refería a Lord
Walter Marshall, jefe del United Kingdom’s General Electricity Generating
Board—. Se habló de ello hace unos años, ¿no?
—¿Crees que debería informar a alguien? —dijo el ingeniero de Viena,
dudando.
—¿Informar a quién? ¿Y de qué hay que informar? No. Yo lo olvidaría si
estuviera en tu lugar. Es lo que yo mismo voy a hacer…
9
Sábado, 26 de abril.

Si Vassili Smin viviera en Moscú, se integraría fácilmente en la «juventud de


oro», occidentalizada y consentida, que habla inglés y lee Playboy y cuyos
tejanos Wrangler y calzados Gucci la convierten en atracción de la sala de fiestas
«Pájaro Azul». Vassili tiene tanto a su favor como cualquiera de aquellos chicos
moscovitas disolutos. Su padre ocupa un alto cargo en el Partido, y además es el
director técnico de un inmenso complejo industrial. Vassili mismo ha sido líder
de la organización patriótico-comunista juvenil, los Pioneros, y se incorporó al
Komsomol en cuanto alcanzó el décimo grado en el colegio. Tiene para gastar el
mismo dinero que cobra como sueldo la campesina que amorosamente le hace la
cama todas las mañanas y saca brillo a sus zapatos. Vassili, sin embargo, no vive
en Moscú. Vive en una pequeña ciudad a ciento treinta kilómetros de Kiev, e
incluso en Kiev los chicos más consentidos están menos alienados que en la
capital. La otra cosa que distingue a Vassili de la «juventud de oro» de Moscú es
que tiene mucho de su padre. Quiere triunfar. Pero sabe que el camino para
lograrlo es, primero, asegurarse la entrada en un colegio de primera y, segundo,
afiliarse al Partido en cuanto pueda. Las reuniones del Partido, claro, podrán
resultar aburridas, pero no hay otra manera de conseguir una buena posición. Y
aunque su padre tiene influencias para obtenerle plaza en cualquier universidad
de la URSS, no es tan poderoso como para asegurarle a su hijo un puesto
prominente para toda la vida. Vassili sabe que lo que suceda después de la
universidad dependerá de sus calificaciones.
Vassili también sabía que le servirían de mucho las referencias de sus líderes
en el Komsomol, pero ésa no era la razón por la que, la mañana del sábado, tomó
un autobús hasta las afueras de Kiev y se situó en la carretera de Pripyat
agitando un billete de cinco rublos para que pudieran verlo bien los conductores
de los vehículos que pasaban. No es que se resistiera a perder un día de clase, o
la reunión, por la tarde, de la liga de jóvenes comunistas, el Komsomol, que
daría los toques finales a los planes del Primero de Mayo. También estaba
preocupado.
Un billete de cinco rublos, estadísticamente, conseguiría que le cogieran al
menos la mitad de los camiones, ambulancias o coches particulares, pero aquella
mañana no funcionaba. Aunque había mucho tráfico, la mayoría de los coches
eran oficiales y tenían prisa. Vassili vio pasar una docena de camiones bomberos,
vehículos militares y coches de la policía antes de que, por fin, un pesado
camión agrícola se parara junto a él.
—¿Qué pasa? —le preguntó el conductor, asomándose por la ventanilla sin
abrir la puerta.
—No lo sé —dijo Vassili, agitando el billete ante él—. Pero tengo que llegar
a Pripyat.
—¡Pripyat! Yo no voy a Pripyat. Puedo llevarte cincuenta kilómetros.
—Por un rublo, no por cinco —regateó Vassili, y accedió a dar finalmente
dos.
El agricultor se pasó casi media hora hablando; la mitad del tiempo, sobre la
picajosidad de los clientes del mercado libre de Kiev, y la otra mitad sobre los
demás conductores, que le adelantaban a ciento veinte por hora. Ninguno
correspondía al tráfico normal de camiones y autobuses; la mayoría parecían
vehículos de emergencia que corrían a toda prisa, y Vassili empezó a
preocuparse seriamente.
Cuando por fin el koljozista le dejó en un lado de la carretera, Vassili volvió
a ser recogido, casi de inmediato, por un soldado que conducía, cosa insólita, un
cañón de agua.
—¿Qué? ¿Hay una revuelta en Pripyat? —preguntó Vassili, sorprendido de
su propia idea.
Pero el conductor únicamente sacudió la cabeza. Sus órdenes eran ir a un
puesto de control a treinta kilómetros al sur de la ciudad. No tenía más
información. Representaba para él todo un día de trabajo, y lamentaba perder el
sábado.
Luego llegaron al puesto de control.
Vassili saltó del camión, preocupado. Una barricada bloqueaba la carretera.
Los vehículos civiles habían sido obligados a dar la vuelta, y ya habían dejado
surcos de barro en los márgenes de un campo de girasoles al hacerlo. Había
soldados tras las barricadas, y junto a ellos un grupo de jóvenes… ¿Jóvenes?
Vassili vio, con sorpresa, que eran komsomols. ¡De su propia escuadra! Uno era
su amigo Boris Sheranchuk, quien en cuanto le vio le hizo señas para que se
acercara.
—Nos han llamado para que ayudemos a la policía, así que tú también estás
de servicio.
—¿De servicio para qué?
—Para asegurarnos de que no pase nadie, por supuesto. Ha habido un terrible
accidente en la central.
—¡Un accidente! —exclamó Vassili—. ¿Tienes… sabes dónde está mi
padre?
—Ni siquiera sé dónde está el mío. Es un feo asunto. Hay muertos.

Durante todo aquel largo día, Vassili y los otros jóvenes comunistas
siguieron de servicio. No era su trabajo hacer que los vehículos dieran la vuelta;
esto lo hacían los policías. Para los komsomols, la tarea consistía en asegurarse
de que ninguno de los vehículos se internaba en el campo de girasoles y evitar
que hicieran a la cosecha más daño que el absolutamente necesario; y cuando los
camiones llegaban con agua y alimento para los guardias, ayudar a repartirlo. No
era un trabajo bonito. Ni divertido, pues nadie parecía tener noticias de lo que
sucedía en Chernobyl. El tráfico sólo era de ida. Los vehículos que volvían eran
generalmente ambulancias, y ninguna de ellas se detenía.
La mejor fuente de noticias era con seguridad el cielo, hacia el norte, donde
una oscura columna de humo en el horizonte contaba su propia historia. Vassili
no creía posible que hubiera tanto por quemar. Cuando por fin un camión regresó
de la ciudad y se paró, Vassili fue el primero en llegar a su lado.
—¿Está la ciudad ardiendo? —preguntó un komsomol.
Pero los ocupantes del camión eran sólo jóvenes pioneros, muchachos de
doce y trece años que sabían muy poco. No, Pripyat no estaba en llamas, ¡qué
idea! Pero sí, claro, el fuego en la central era muy grande, nadie podía decir
cuándo estaría bajo control, y nadie tenía noticias del padre de Vassili Smin. Ni
del de Boris Sheranchuk; ni, en realidad, de nada en absoluto, excepto que la
escuadra de pioneros había sido llamada para colocar aquellos signos que daban
miedo: placas con el ominoso símbolo de la radiación en rojo brillante y un aviso
de prohibición de paso; los pioneros se habían dividido en grupos de tres y
cuatro para situarse en un perímetro que rodearía completamente Chernobyl.
¿Rodear Chernobyl? ¿En un perímetro de treinta kilómetros? Vassili no
podía creerlo.
El sol se ponía en el horizonte, pero dentro de su traje protector Vassili
sudaba. Cuando oscureció y llegó otro camión con pan, té y sopa de verduras, se
quedó atrás hasta que los hombres de la policía recibieron su parte. Entonces
tomó su bandeja y se sentó bajo un árbol, y mientras comía lloró, contemplando
el feo resplandor rojo que se extendía al norte.
Permaneció en su puesto hasta después de medianoche, cuando un camión
del ejército soviético llevó de vuelta a Pripyat a los agotados komsomoles.
Vassili se sentía exhausto, pero aun así le quedaron fuerzas para sorprenderse
de lo pacífica que estaba la ciudad. ¿Sería posible que no lo supieran? Por
supuesto, a media noche no era de esperar mucha actividad en las calles de
Pripyat…, ¿pero nada? Cuando salió del ascensor y entró en el apartamento que
compartía con sus padres pensó en comer y rechazó la idea; pensó en darse un
baño y lo descartó también, pero se asomó un instante a la ventana orientada en
dirección a la central.
No podía ver el humo en la oscuridad, pero allí seguía habiendo luces.
Se tumbó en la cama, conmocionado. ¡La central de su padre no podía haber
estallado! Era el máximo triunfo de la tecnología soviética, dotada con todas
aquellas medidas de seguridad que su padre le había enseñado orgullosamente
mientras visitaban la gigantesca planta. ¡Era demasiado grande y demasiado
magnífica para estallar! Y además, era de su padre.
10
Sábado, 26 de abril.

A las nueve de la mañana de este sábado, la Central Nuclear de Chernobyl ya


no forma parte de la red eléctrica ucraniana. No fluye energía por ninguno de los
cables de alta tensión. Los reactores uno, dos y tres han sido desconectados, y
los terribles incendios —al menos los incendios de los edificios— han quedado
extinguidos hace rato. Solamente continúan ardiendo cientos de toneladas de
grafito en el núcleo del reactor número cuatro. Hasta ahora, sólo un extremo de
aquel grafito está en combustión, con un calor incandescente que resulta tan
doloroso a los ojos como mirar al sol, y los bomberos no pueden hacer nada por
apagarlo. Sus mangueras aún se dirigen a los tejados de los edificios cercanos, a
los humeantes montones de escombros, a las paredes que rodean las ruinas del
reactor número cuatro, pero no han podido apagar el grafito. Simplemente, está
demasiado caliente; el agua se convierte instantáneamente en vapor. Hay otra
dificultad para el uso de mangueras. El agua que se escurre del núcleo y de cada
pedazo de materia radiactiva, grande o pequeño, disuelve material radiactivo al
circular; y después lleva la radiactividad a dondequiera que vaya.

Aquella mañana, el padre de Vassili Smin estaba sentado en un coche de la


policía a diez metros de la entrada principal de la central nuclear, tomando notas
febrilmente. El coche tenía las ventanillas subidas del todo, y el coronel de la
policía que se sentaba al volante fumaba un cigarrillo de tabaco búlgaro, del tipo
que los trabajadores compran a cuarenta kopecks el paquete. El interior estaba
lleno de humo. Smin no lo notaba. Ni siquiera oía cuando, de vez en cuando, el
policía cogía el micrófono y daba órdenes por radio, o cuando llegaban los
mensajes. Smin se había quitado la capucha de su traje protector porque el roce
le irritaba la cara y el cuello (estaba sudando, y su cicatriz no podía sudar) e
intentaba anotarlo todo mientras aún estaba fresco en su memoria. Preparaba una
lista de las cosas que habían fallado por causa de deficiencias en el
adiestramiento, equipo y suministros. La lista se estaba haciendo muy larga.

Médicos no preparados combatir efectos radiación.


Bomberos no entrenados actuar bajo radiación.
No reserva trajes protec. en central.
No aparatos respiradores.
Necesario equipo para estación+ciudades cercanas, etc.
Necesario repetir ensayo procedimientos emergencia.

Smin hizo una pausa, rascándose la cicatriz bajo la oreja y mirando


ensimismado los vehículos que había a su alrededor, con los motores en marcha,
mientras los pocos bomberos activos continuaban dirigiendo las mangueras
hacia las paredes en peligro. Ninguna de las cosas que había escrito, advirtió,
abordaba la cuestión principal: ¿Qué había fallado, en nombre de Dios? Se
preguntó si alguna vez llegarían a descubrirlo. Las versiones que había
recopilado (por ejemplo, que los operadores, uno por uno, habían desmantelado
sistemáticamente todos los sistemas de seguridad, justo en el momento en que el
reactor estaba en su momento más crítico) eran simplemente demasiado
fantásticas. Smin rehusó la idea de que nadie en la central hubiera sido tan
arrogantemente estúpido. Era casi más fácil admitir la posibilidad de aquel
concepto que no había oído mencionar en la Unión Soviética desde hacía
décadas:
Sabotaje.
¡Pero aquello era también imposible de creer! Sí, ciertamente, la CIA o los
chinos eran muy capaces de hacer volar una central simplemente por molestar a
los soviéticos. Pero no había manera de que tal cosa fuera posible sin la
participación de todos los que estaban en la sala de control principal…, y creer
esto era tan descabellado como creer en la estupidez simple, lisa y masiva.
¡Y el coste! No simplemente el coste en rublos, aunque iba a ser alto. Ni
siquiera el coste que iba a suponer para el plan. Era el coste en vidas humanas lo
que pesaba sobre Simyon Smin. ¡Tantas bajas! Casi cien de los peores casos se
encontraban ya camino del aeropuerto de la ciudad de Chernobyl, donde un
avión especial iba a llevarles directamente a Moscú para que les administraran
tratamiento. ¡Y ya había dos muertos! Uno de ellos no había podido ser
encontrado, porque el hombre fue visto por última vez en la misma sala del
reactor minutos antes de la explosión. El otro había muerto a primeras horas de
la mañana en el hospital de Pripyat, con quemaduras en el ochenta por ciento del
cuerpo y terribles daños provocados por la radiación… Y habría más.
Se inclinó sobre la libreta que tenía en el regazo y escribió rápidamente:
Pomada antiquemaduras?
Instal. esp. antiquemad, en hosp.?
—… ¿Camarada Smin?
—¿Eh?
Alzó la vista hacia el policía, que volvía a colocar el micrófono en el
salpicadero.
—Decía que el helicóptero de Kiev aterrizará a un kilómetro de distancia,
junto al río, dentro de cinco minutos. Con el equipo del Ministerio de Energía
Nuclear.
—Oh, por supuesto —dijo Smin, mirando el reloj… ¡Las nueve ya! Se
habían dado prisa—. ¿Le importaría llevarme hasta allí? No, espere —añadió,
cuando el agente de policía estaba a punto de asentir—. ¿Puede conectar ese
altavoz?
Vio por la ventanilla a los bomberos en que no hacían nada en aquel
momento, con las capuchas blancas y los trajes de faena, contemplando en
grupos a sus camaradas mientras éstos dirigían el agua a las paredes.
—¡Eh, ustedes! —llamó Smin a través del micrófono, y oyó el eco de su voz
amplificada—. ¡Que esos hombres se pongan a cubierto! ¿Han olvidado todo lo
que les han enseñado sobre radiación? —Cuando se volvían para mirarle, añadió
—: ¿Quieren que se les frían las pelotas?
Fue satisfactorio ver cómo saltaron… Pero, ¿cuánto tiempo habían estado
allí antes de que él les avisara?

Cuando el coche de la policía salió del recinto de la central, Smin pudo ver a
través de los árboles las brillantes torres de la ciudad de Pripyat, bellamente
coloreadas por el sol de la mañana. Pensó que debería haber dirigido el mensaje
a su mujer y su hijo en términos más fuertes, para que se mantuvieran a distancia
hasta que las cosas volvieran a la normalidad…
Si alguna vez volvían. Porque Smin, al menos, tenía una idea bastante clara
de lo que los radionúclidos que habían brotado del reactor número cuatro iban a
hacer a los edificios, las calles y el suelo de Pripyat en cuanto cambiara el
viento. Ya lo estaban haciendo, sin duda, a los pequeños pueblos campesinos de
Bielorrusia, al otro lado de la frontera, al norte.
Smin reconoció el parquecito junto al río. Era allí donde la gente se bañaba
en verano, y donde el equipo de fútbol de la central realizaba sus
entrenamientos. Ahora las porterías habían sido derribadas y la gente que había
allí no jugaba al fútbol. Algunos estaban en camillas, esperando que los llevaran
a Chernobyl. Uno de ellos, para sorpresa de Smin, era el ingeniero jefe Varazin,
perfectamente vestido y con la cara seria. Vaya, incluso se había afeitado, pensó
Smin, aunque las bolsas bajo sus ojos sugerían que no había dormido.
Smin le saludó con un gesto de cabeza por entre un grupo de otras personas y
miró al cielo. Podía oír el helicóptero aproximándose desde el sudeste, pero el
aparato no bajó directamente. Se desvió y circundó lentamente la central. Era
muy sensato por parte de aquella gente echar un buen vistazo a las ruinas, pensó
Smin, y deseó poder hacer lo mismo.
—¿Director técnico Smin?
Era uno de los hermanos Ponomorenko, el futbolista al que llamaban
«Otoño». Smin intentó recordar cuál era su nombre auténtico y lo consiguió.
—Hola, Vladimir. Parece que hoy no tendremos partido.
—No. ¿Puede decirme, por favor, si sabe algo de mi primo Vyacheslav?
Creen que ha desaparecido.
—¿Estaba de servicio? —Smin pensó durante un instante—. Sí, claro que
estaba. En el turno de noche. No, no lo he visto. Probablemente tuvo el buen
sentido de irse a casa cuando evacuaron la central.
—No está en casa, director técnico Smin. Gracias. Seguiré buscando. —
Ponomorenko dudó—. Mi hermano está en el hospital, allí —dijo, señalando las
distantes torres de Pripyat—. Le afectó la radiación.
—Tendrá los mejores cuidados —prometió Smin, intentando mostrarse más
seguro de lo que en realidad se sentía—. ¡No podemos permitirnos perder a
nuestras Cuatro Estaciones!
Miró hacia arriba. El helicóptero de Kiev había completado su paseo y
descendía hacia ellos.
—Bien, aquí vienen los expertos del Ministerio de Energía Nuclear. Ahora lo
tendremos todo, y pronto.
Era una manera de darle ánimos al futbolista, pero no, reconoció Smin, una
afirmación realista. Ni siquiera los expertos del Ministerio tenían experiencia en
una cosa así, ya que nada similar había sucedido antes. Ni tan sólo en América,
pensó Smin amargamente, recordando cómo había fanfarroneado ante sus
parientes americanos la noche anterior. Era, definitivamente, una primicia en el
desarrollo de la tecnología nuclear: una vez más la Unión Soviética había dado
el primer paso.

Cuatro expertos del Ministerio de Energía Nuclear bajaron del helicóptero, y


el ingeniero jefe Varazin echó a correr para saludarlos bajo las aspas antes
incluso de que éstas hubieran cesado de dar vueltas. Smin reconoció a un par de
ellos, pero aun así Varazin se los presentó a todos.
—Camaradas Istvili, Rasputin, Lestilyan —dijo, y esperó a que ellos
presentaran al cuarto hombre.
No lo hicieron. Rasputin, al que Smin no conocía, le estrechó la mano con
simpatía.
—No, no soy el Monje Loco —dijo, sonriendo—. Estoy simplemente en la
sección que estudia los efectos biológicos de la radiación. Tampoco tengo
relación ninguna con el escritor.
—Una lástima —intervino Varazin, coloquialmente—. Mi esposa es una
gran admiradora de sus novelas. —Dudó—. Había pensado que tal vez nuestro
director Zaglodin vendría con ustedes.
Istvili negó con la cabeza. Era un hombre alto y fornido, con el aspecto
moreno, casi mediterráneo, de los oriundos de Georgia.
—Eso esperábamos también nosotros, pero no había sido localizado cuando
nuestro avión salió de Moscú… a las seis de la mañana —precisó—. Ha sido un
largo viaje.
—Claro —simpatizó Varazin—. Bien. He preparado un puesto de mando a
cinco kilómetros; todo estará a punto cuando lo requieran. Creo que será
adecuado. Pero estoy seguro de que primero les gustaría inspeccionar la
central…
Smin escuchaba sorprendido aquella charla casual. Varazin hablaba a
aquellos hombres exactamente como si fueran los visitantes yemeníes, una
pequeña molestia para un hombre ocupado.
—¿Puedo utilizar su helicóptero? —intervino bruscamente.
Istvili comprendió de inmediato.
—Por supuesto. Merece la pena verlo desde arriba. Ahora… —miró el reloj
—, son las nueve y dieciocho minutos. ¿Podemos reunirnos a las diez en el
puesto de mando para una primera conferencia? Bien, vamos.

Simyon Smin había estado pocas veces en un helicóptero, pero en esta


ocasión no le interesaron los rápidos y eficientes movimientos del piloto. Sus
ojos se hallaban fijos en la planta.
—Permanezca alejado de esa nube de humo —ordenó al piloto—. No
descienda a menos de doscientos metros. Pero acérquese todo lo que pueda.
—Naturalmente —dijo el piloto, sin apenas mirar en torno; probablemente
había recibido la misma orden de sus últimos pasajeros.
Pero Smin tampoco le escuchaba. Miraba por la ventana, y se cambió al
asiento del otro lado cuando el helicóptero viró, para no perder de vista la
central. Mientras se aproximaban desde un lado que no había sufrido daños, por
encima de la laguna, la central parecía casi normal…, al menos, si no se tenía en
cuenta la oscura columna de humo que se elevaba lentamente hacia el norte
desde las ascuas todavía humeantes. Los bomberos retiraban metódicamente sus
mangueras de succión del estanque. El tejado no estaba todavía a la vista…
En seguida lo estuvo, y Smin se indignó. Aún había bomberos en el tejado, y
continuaban dirigiendo las mangueras a las zonas que echaban humo. ¡Idiotas!
¿No sabían que los escombros del tejado eran radiactivos y que algunos
procedían del núcleo mismo del reactor? Entonces, mientras el helicóptero
continuaba su avance, pudo ver las ruinas del número cuatro, y olvidó a los
bomberos en peligro.
Desde el suelo no había captado bien lo terrible de la destrucción. No
quedaba absolutamente nada del edificio del reactor, ni de la sala de
alimentación, ni del tejado. Vio metales retorcidos que debieron ser alguna vez la
grúa del realimentador; y vio, sobre todo, el propio núcleo desnudo. Se protegió
instintivamente los ojos con las manos, súbitamente consciente de que
doscientos metros de altura no eran suficiente distancia para aquellas ascuas
radiactivas. Un arco de brillante luz blancoazulada en un extremo mostraba el
grafito ardiendo… No más del diez por ciento de la superficie quemaba ahora,
pensó Smin, y se preguntó si sería más o menos que una hora antes.
El helicóptero se mantuvo a distancia de la nube.
—¿Paso por debajo del humo? —preguntó el piloto— ¿O le gustaría que
diéramos otra vuelta?
Smin se recostó en su asiento.
—Ya he visto bastante —dijo.

El «puesto de mando» de Varazin resultó ser ni más ni menos que su


confortable dacha, que se encontraba a cien metros fuera de la carretera, en el
bosque de abetos. Su salón era dos veces mayor que cualquier habitación del
apartamento de Smin, pero cuando la reunión empezó, estaba abarrotado. Smin,
Varazin, los cuatro hombres del Ministerio, el jefe de los bomberos, el director
médico del hospital de Pripyat, Jrenov (que parecía preocupado, pero seguro),
dos hombres del Consejo de Ministros de la República de Ucrania (¿cuándo
habían llegado?), media docena del Comité del Partido de Pripyat, un general del
ejército. Smin miró a la pequeña multitud, desesperado. Tenía que ser una
reunión de emergencia, no una asamblea del Partido. Estaba firmemente
convencido de que la efectividad de cualquier conferencia era inversamente
proporcional al número de personas que se sentaban alrededor de la mesa, y con
más de cinco uno podía echarse a dormir hasta que terminaba.
Pero Istvili, el georgiano del Ministerio de Energía Nuclear, tomó las riendas
con firmeza. Para un hombre que se había despertado a las cuatro de la
madrugada y había estado viajando desde entonces, se mostraba
sorprendentemente despejado y sosegado.
—No esperaremos a los que vienen de Kiev en coche —anunció—. Nuestra
primera obligación es hacer un informe de la situación. Tengo entendido que la
central está ahora completamente desconectada.
—Yo mismo di las órdenes pertinentes para los reactores uno y dos —asintió
Varazin—. Como precaución. Por supuesto, consulté primero a los
suministradores de Kiev.
—Y el director técnico Smin y yo habíamos desconectado ya el número tres
—añadió Jrenov.
—Entonces la situación es estable —dijo Istvili—. Pasemos al control de los
daños.
—El fuego quedó apagado a las tres y ocho minutos de la mañana —dijo el
jefe de las brigadas de incendios.
—Sí, pero, discúlpeme —intervino Smin—, sus hombres siguen en los
tejados y las mangueras siguen funcionando.
El jefe le miró con desdén…
—Están enfriando y extinguiendo pequeños brotes ocasionales.
—Creo que no me explico bien. Toda esa agua de las mangueras está
contaminada de radiactividad. Va a cualquier parte, y dondequiera que vaya es
peligrosa.
—Radiación —dijo el jefe, pensativo—. No es asunto nuestro. Nuestra
ocupación es apagar los fuegos, y eso hicimos aquí en una hora y media. La
radiación es asunto suyo.
—¡Es también asunto de sus bomberos! ¡Están en grave peligro ahí fuera, sin
trajes protectores!
Istvili alzó una mano.
—Por favor. Se han mencionado dos temas: la contaminación de los
desagües del incendio y la protección adecuada de los trabajadores que controlan
los daños. Cuando terminemos… ¿Qué pasa, Varazin?
—Mi esposa va a servir un poco de té y agua mineral —anunció el ingeniero.
Y su esposa, con una muchacha junto a ella apareció en la puerta portando
unas bandejas.
—Gracias, camarada Varazin —dijo Istvili secamente—. Como iba diciendo,
cuando hayamos terminado esta conferencia preliminar, estableceremos grupos
de trabajo para tratar cada uno de los problemas. Primero debemos dedicarnos a
lo más inmediato. El grafito del núcleo aún está ardiendo.
Todos se volvieron a mirar al jefe de bomberos.
—Eso es cuestión aparte del fuego en la estructura —explicó—. Sin
embargo, continuamos regándolo. Tenemos más bombas en camino, incluso un
par de cañones de agua; conseguirán apagarlo, como los británicos hicieron en
Windscale.
—¡No, no! —exclamó Smin, pero el otro hombre del ministerio, Lestilyan,
habló antes que él.
—Eso es inaceptable por las razones que Smin ha dado —dijo—. Además,
probablemente fracturará el grafito expuesto, y más superficie combustible
estará en contacto con el aire. Tenemos que cubrirlo.
—¿Con qué? —preguntó el bombero—. La espuma está fuera de lugar.
—Con cosas mucho más densas que la espuma. Arena, yeso, incluso plomo.
Probablemente también con boro, que se traga los neutrones.
—¿Y cómo va a meter todo eso en el núcleo? —preguntó el bombero
sarcásticamente—. ¿Quiere que mis hombres lo lleven en carretillas, como
albañiles?
—Naturalmente, necesitaremos maquinaria pesada —dijo Lestilyan, crispado
—. Eso, también, supongo que podrá asignarse a un grupo de trabajo.
—Exactamente —dijo Istvili prontamente—. Dentro de quince minutos
aplazaré esta reunión y empezaremos el trabajo de los grupos ¿Camarada
Rasputin? ¿Quiere decir algo sobre las bajas y los riesgos?
—Los heridos están siendo evacuados; el hospital de Pripyat no puede
alojarlos a todos, así que la mayoría son enviados a otros lugares.
El director médico levantó la mano.
—Creo que el hospital mismo debería ser evacuado. Y también,
probablemente, la ciudad.
—Por supuesto —intervino Smin—, lo antes posible.
Uno de los hombres del Consejo de Ministros de Kiev se revolvió.
—¿Por qué «por supuesto»? El viento se lleva el humo hacia otro lado, ¿no?
—Podría cambiar en cualquier momento.
—Eso es cierto —añadió Rasputin—. Y la lluvia plantearía un problema muy
serio: lluvia radiactiva. Esta mañana en Kiev estaba lloviendo.
—Aquí no. La evacuación provocaría el pánico general —dijo el hombre de
Kiev.
—Entonces, al menos, la gente debería ser informada —insistió Smin con
terquedad.
El hombre frunció el ceño.
—La decisión no es nuestra, camarada Smin.
—¡Pero si esperamos a que Moscú la apruebe pasarán horas! Como mínimo
déjenos anunciarlo por la radio de Pripyat.
Istvili volvió a tomar el control de la reunión.
—Cuando tengamos hechos concretos que contar, sí. Entonces se autorizará.
Por ahora, esta discusión queda cerrada. Pasemos a la causa del accidente.

Algo positivo podía decirse de los tres altos cargos del Ministerio de Energía
Nuclear, pensó Smin. Hacían las cosas como es debido. Los tres hablaron
rápidamente, pero sin apresuramientos; la reunión, según el reloj de Smin, había
durado menos de siete minutos. Contra su voluntad, Smin empezaba a
respetarlos, incluso empezaban a gustarle; le resultaba difícil recordar que
aquellos hombres eran los mismos que le habían bombardeado cada semana con
órdenes tajantes para que se apresurara, para que incrementase la proporción de
tiempo de trabajo, ¡para que cumpliera el plan! Incluso el cuarto hombre, al que
nadie se había molestado en presentar, parecía listo para actuar. Durante la
primera parte de la reunión, había esperado tranquilamente, fumando un
cigarrillo y sorbiendo su té mientras dirigía a cada interlocutor una mirada
amable, pero fría. Ahora que habían llegado a la conclusión de la causa del
accidente, había cogido un lápiz y empezaba a tomar notas.
—Parece que el accidente ocurrió en el transcurso de un experimento insólito
que requería la desconexión de algunos de los sistemas de seguridad del reactor
número cuatro —dijo Istvili—. ¿Es correcto?
El ingeniero jefe Varazin soltó la taza con tanta fuerza que derramó un poco
de té.
—No era un experimento «insólito». ¡Fue aprobado en todos sus puntos por
el Ministerio!
—Creo que no en todos —dijo Istvili—. No para que se desarrollase a la una
de la madrugada. No sin un inspector de seguridad presente.
—No hubo directrices sobre horas ni sobre inspectores de seguridad —
replicó, obstinado, Varazin.
—Tampoco hubo ninguna directriz que autorizase el desmantelamiento de
los sistemas automáticos —señaló Istvili, y Smin contuvo la respiración.
—¡Eso no puede ser cierto! —rugió—. ¿Lo es? ¿Esos idiotas lo
desconectaron todo? ¡Por Dios, Varazin! ¿Cómo permitió que lo hicieran?
El ingeniero jefe Varazin nunca había sido su amigo íntimo, pero en aquel
momento, advirtió Smin, se había convertido en enemigo irreconciliable. El
ingeniero no cambió de expresión, pero los músculos se contrajeron en sus
mejillas cuando replicó:
—¡Al menos estuve allí! Y si sabe usted tanto, director técnico Smin, ¿por
qué no estuvo presente?
Todos los presentes esperaron pacientemente la respuesta de Smin. ¿Por qué?
¿Acaso porque la responsabilidad correspondía al ingeniero jefe? ¿O porque lo
último que se dijo fue que el experimento quedaba pospuesto indefinidamente?
¿Porque Smin no había imaginado siquiera semejante estupidez?
Smin sacudió la cabeza, más para sí mismo que para los hombres de la
comisión.
—Admito que debí haber estado presente —dijo con claridad, y vio que el
silencioso hombre de Moscú anotaba cuidadosamente sus palabras.
11
Sábado, 26 de abril.

Dean Garfield tiene treinta y cuatro años y es realmente un productor


televisivo de gran éxito en América. La razón de ello es, quizá, que el dinero de
la joyería de su padre le pagó cuatro años de estudios y el subsiguiente grado en
la Universidad del Sur de California y en el momento preciso, a principios de los
setenta. Justo entonces, un puñado de jóvenes y brillantes universitarios se
estaban preparando para convertirse en los genios del cine y la televisión del
final de la década, y se acordaron de sus compañeros cuando se situaron. Una
consecuencia de ello, quizás, es su esposa. Candace Garfield (su nombre
profesional es Candace Merlyn) era la estrella del primer programa de Garfield.
Desgraciadamente, el programa no pasó de las ocho semanas, y Candace ha
estado buscando una nueva serie desde entonces. La hace muy feliz el éxito
actual de Garfield con su serie de personajes exclusivamente negros, que lleva
ya tres años en antena, pero no hay papeles en ella para rubias altas y hermosas.
Confía, sin embargo, en poder representar a una ingeniero nuclear soviética,
rubia, alta y hermosa, en una nueva serie, y ha estado elaborando esta idea con
Garfield desde el desayuno.

En realidad, la idea surgió de Dean Garfield. Se le ocurrió mientras, con una


ligera resaca y demasiado excitado para dormir, contemplaba desde la ventana el
nuboso amanecer ucraniano sobre la ciudad de Kiev. Cuando vio que su esposa
tenía los ojos abiertos y le observaba desde cama, sonrió.
—Sospecho que estoy algo cargado. ¿Cuántos americanos consiguen ver el
interior de una casa rusa de verdad? Bueno, ucraniana… ¿Sabes una cosa? En
esto tiene que haber una historia. ¡Con tanto color local! Vamos a dar un paseo y
echar un vistazo a la ciudad.
—Ya hemos visto la ciudad —bostezó Candace—. No tengo fuerzas para
más museos de miniaturas.
—¡No me refiero a los lugares turísticos! Hablo de la forma en que la gente
vive. Cómo viaja en el metro. Cómo camina por la calle. Ver cómo… no sé, ver
qué comen en lo que haya aquí equivalente a un «MacDonald’s».
—¿Me estás hablando de una nueva serie de televisión? —dijo su esposa, a
quien empezaba a interesarle la idea.
—¡Todavía no sé de lo que hablo, pero vamos a dar un paseo!
Y así lo hicieron, aunque empezaba a llover. Por la mañana fueron a una
carnicería y una lechería, incluso a unos grandes almacenes. Candace Garfield se
maravilló al ver a la gente esperando en cola simplemente para ver qué se podía
comprar, haciendo luego una segunda cola para pagar al cajero, y una tercera
cola para recoger lo que hubiese.
No descubrieron nada parecido a un «MacDonald’s», pero decidieron
disfrutar de la mejor comida que pudieran encontrar en Kiev. A la hora del
almuerzo, Dean Garfield estaba casi convencido de que no sólo había en todo
aquello un posible programa sino que su esposa bien podría ser la protagonista.
—Tal vez no deberías ser un ingeniero —dijo pensativo, mientras esperaban
a que les dieran una mesa en el restaurante «Dynamo»—. ¿Y si fueras una guía
del Intourist? Te metes en toda clase de situaciones graciosas con los turistas,
¿sabes? Cada semana hay un grupo nuevo, americanos, japoneses, de todo…, así
que tenemos estrellas invitadas en pequeños papeles…
—¿Como Vacaciones en el mar?
Ella tenía fruncido el entrecejo cuando el camarero les condujo escaleras
arriba a una mesa en la terraza, pero se debía a la concentración, no al enojo.
Garfield conocía bien la diferencia. Se sentó con un gruñido de satisfacción.
—Menos mal. Me dolían los pies —dijo, echando un vistazo alrededor.
Habían estado caminando por Kiev durante cuatro horas, y Candace no cesó
de hablar en todo el tiempo. Su excitación había pasado, pero empezaba a tener
auténtica hambre. Cuando llegó la camarera con el menú ni siquiera lo miró;
diez días viajando por la URSS le habían enseñado que, de los cientos de platos
que aparecían en cada carta, sólo había disponibles la docena que tenían
marcados los precios, y no necesariamente todos ellos.
—¿Habla usted inglés? —preguntó.
Como la camarera negó con la cabeza, Garfield se levantó y echó una ojeada
a las otras mesas. Cuando vio algo que le pareció comestible, lo señaló, luego se
señaló a sí mismo y mostró dos dedos.
—Supongo que no será filete —dijo Candace con tono ausente.
Se había puesto las gafas y estaba tomando notas en su cuaderno.
—Creo que es una especie de guisado de ternera —explicó Garfield—. Olía
bien. También he pedido una botella de ese vino blanco de allí.
Encendió un cigarrillo y miró la planta de abajo. Parecía haber al menos dos
convites de boda, uno en el cual la novia llevaba el tradicional vestido blanco,
aunque sin velo ni cola, y el otro con la novia en traje de calle verde pálido. Una
orquesta de cuatro instrumentos tocaba lo que Garfield reconoció como Gotas de
lluvia sobre mi cabeza, y dos parejas bailaban en la diminuta pista.
—Me alegra que decidiéramos quedarnos, aunque no saquemos nada de todo
esto —dijo a su esposa—. Me gustaría volver a ver a mis parientes…, si supiera
cómo ponerme en contacto con ellos.
—Llámales —dijo Candace con el mismo tono ausente, sin dejar de escribir.
—¿Llamarles a dónde? Simyon no vive en Kiev, y no sé la dirección de tía
Aftasia.
La anciana les había telefoneado al hotel y les había enviado un coche el día
anterior, y a Garfield no se le ocurrió pedir direcciones o números de teléfono.
—Tiene que haber una guía telefónica —dijo Candace.
—¿En ruso? De todas formas, me parece que no tenía teléfono.
—Entonces esperemos al lunes y llama a la central nuclear. Escucha. Creo
que tengo algo. Soy una guía de Intourist, como dijiste. Tal vez en ocasiones soy
azafata de Aeroflot. Cada semana cuidamos de un grupo diferente de turistas, y
vamos a un sitio distinto. Moscú, Leningrado, Kiev, no sé, tal vez Tashkent,
Yalta…, hay un millón de lugares en Rusia. Como en Vacaciones en el mar,
cambiamos de escenarios, ¿de acuerdo? Y cada semana tenemos tres parejas
haciendo el viaje, igual que en Vacaciones en el mar; tratan de salvar su
matrimonio, o acaban de conocerse, o estaban enamorados y tuvieron que
separarse…
—¿Cómo vamos a arreglarnos con tantas localizaciones?
Ella soltó el bolígrafo para mirarle.
—¿No crees que los rusos cooperarán en la filmación?
—Estoy pensando en los costes de producción, por no hablar de entenderse
con los laboratorios y los técnicos rusos.
—Hay que buscarle un nombre a mi personaje —dijo Candace con decisión.
Garfield, encogiéndose de hombros, se rindió, y ella continuó—: ¿Qué te parece
Camarada Tanya? Lo de los exteriores es fácil. Envía a un equipo por todo el
país para que filmen los fondos, y el resto lo hacemos en estudio. Además, de
todas formas, Dean, debe de haber cantidad de exteriores rodados ya. Catedrales,
ríos, aeropuertos. ¿Qué tipo de escenarios hacen falta? Un autobús. La recepción
de un hotel. Una playa…, cualquier playa puede valer, sólo pon un montón de
personas con trajes de baño rusos.
—Podría ser —concedió Garfield; y entonces, viendo asomar el otro tipo de
ceño fruncido añadió—: Quiero decir que verdaderamente merece la pena.
Buscaré un guionista en cuanto regresemos. ¡Ahí viene nuestro vino!

El guisado resultó ser cerdo y no ternera, y el vino blanco estaba caliente,


pero aun así fue un buen almuerzo. Lo que lo hizo particularmente bueno fue
que Candace estaba radiante con la nueva idea y Dean Garfield había empezado
a confiar en que, aunque nada de lo que hablaran llegara a ser filmado jamás, el
proyecto haría que su viaje a la Unión Soviética pudiera ser maravillosa e
indiscutiblemente deducible de impuestos. Utilizó su último rollo de película
filmando los convites de bodas, los camareros con sus chaquetas, la graciosa
orquestina, donde tres de los cuatro músicos eran mujeres. Ni siquiera el terrible,
denso y dulce café enfrió su ánimo. Se echó hacia atrás, encendió un cigarrillo y
contempló a su bella esposa. Casi todos los presentes en el restaurante habían
mirado a la americana alta y esbelta, vestida de color celeste. Garfield suponía
que las mujeres miraban el vestido y los hombres imaginaban lo que había
debajo. No era un pensamiento nuevo; ésa era su opinión general cada vez que
salían juntos, y estaba seguro de que tenía razón. Él hacía lo mismo. Lo hacía
ahora mientras contemplaba a su esposa desde el otro lado de la mesa, aunque en
su caso no imaginaba, sólo recordaba. Desgraciadamente, no por experiencias
recientes. No sólo en Vacaciones en el mar las parejas viajaban para intentar
salvar sus matrimonios.
Apagó el cigarrillo con decisión. Como Candace había llenado el cenicero
con la grasa cuidadosamente amputada de su guisado de cerdo, tuvo que usar un
plato.
—Podríamos descansar un poco, ¿no crees? ¿Volvemos al hotel?
—Me parece bien. Estoy pensando en los otros personajes fijos. Tendremos
un conductor de autobús, tipo Mickey Rooney. Tal vez estuvo en un campo de
concentración. Por haber dicho algo malo, pero gracioso, sobre Khruschev o
alguno de ésos. Y el tipo de la KGB, gordo, chapucero y tonto. Participa en
todos los viajes para vigilar a Tanya, sólo que está loco por ella y nunca informa
de nada…
—Escribiremos todo eso en el hotel —prometió Garfield.
Su esposa le dirigió una sonrisa pícara.
—Al menos terminemos el vino. Luego quizá te enseñe mi cicatriz, como la
vieja.
—Sí, cuéntame. ¿De verdad te enseñó una herida de bala? Me habría gustado
verla.
Candace se echó a reír.
—Ni se te ocurra. Está justo al lado del pubis. Tuvo que quitarse la ropa
interior para enseñármela. Y, en serio, cariño, no creerías la clase de bragas que
usa.
—¿Dice que la hirieron en la Revolución?
—Bueno, el maestro dijo que en la Guerra Civil… ¿Es lo mismo? La anciana
contó montones de cosas, pero la maestra sólo tradujo una cuarta parte. Es una
lástima. Si conseguimos volver a localizarles, ¿cómo vas a hablar con ellos?
—Nos preocuparemos de eso el lunes —dijo Garfield—. Acábate el vino.
Estoy realmente ansioso por acostarme.
Pensó que el día iba a resultar bastante bueno. Incluso encontraron un taxi
delante del restaurante, y al conductor dispuesto a llevarles al hotel. Sólo cuando
salieron del ascensor y presentaron la tarjeta del hotel a la conserje, la celadora,
o como quiera que llamaran a la mujer que lo supervisaba todo, la cosa empezó a
torcerse. Lo primero que ocurrió fue que Candace profirió un gritito al ver que
su equipaje estaba apilado tras el mostrador. Lo segundo fue que la mujer les
dijo, en un inglés con fuerte acento, que tenían que marcharse para Tbilisi aquel
mismo día con el resto del grupo de Intourist; su habitación se necesitaba de
inmediato para los nuevos huéspedes, quienes de hecho ya la estaban ocupando.
¿Les importaría llevarse las maletas ahora mismo?
—¡Pero dejé una nota en recepción! —exclamó Garfield—. Decía que
habíamos cambiado de planes.
La mujer pareció sorprendida.
—No, eso es imposible. Su grupo ya se ha marchado. Deben ir
inmediatamente a caja y abonar su cuenta; luego un portero trasladará su
equipaje.
En recepción no fueron más amables. No, no había habitaciones disponibles.
No, no habría tampoco habitación en ningún otro hotel de Kiev; dentro de pocos
días sería el Primero de Mayo y, naturalmente, todos los hoteles estaban llenos.
Garfield dio la espalda a su esposa porque no quería ver el aspecto de su
cara.
—Bueno —dijo, en el tono seguro y relajado que de tanto le había servido en
las reuniones de ejecutivos de las cadenas de televisión—. Estoy seguro de que
habrá algún lugar donde podamos hospedarnos. ¿Una casa particular? Ya sabe,
uno de esos sitios donde dan cama y desayuno.
—Va contra la ley que los extranjeros se hospeden en casa de cualquier
ciudadano soviético.
—¿Pero entonces qué vamos a hacer?
Lo único que la empleada de recepción concedió fue:
—Les guardaremos el equipaje hasta que lo recojan.
Hizo un cortés movimiento de cabeza, les dio la espalda y desapareció.
Garfield abrió la boca para llamarla, pero su esposa le tiró de la manga.
—Vámonos fuera —dijo.
Su tono no admitía discusión.
Una vez estuvieron en la calle, él se quejó.
—Pero no podemos dormir ahí en medio, querida.
—Había un hombre detrás de ti —dijo ella, tensa—, escuchándolo todo.
—¿De qué hablas? ¿Quieres decir una especie de policía secreto? ¡Si no
hemos hecho nada!
—Vamos —dijo ella, empujándole para que caminara. Los transeúntes les
miraban con curiosidad. Candace guardó silencio hasta que doblaron una
esquina; entonces se volvió hacia su esposo—. Tenemos bastantes cheques de
viaje. Ésta es una ciudad grande; ha de haber algún lugar.
—La empleada dijo que no.
—La empleada no lo sabe todo. —Ella reflexionó un instante, luego sonrió
—. Esto podría ser una auténtica aventura, ¿sabes? Y apuesto a que
conseguiremos buen material para Camarada Tanya. Encontraremos una
habitación. Dios sabe que no será el Beverly Wilshire, pero podremos soportarlo
por un par de días. En el peor de los casos, está el apartamento de la tía Aftasia;
tiene una habitación extra, porque los Smin se quedaron a dormir anoche.
Garfield pensó durante un momento.
—Dejaremos a tía Aftasia como último recurso —concedió—. Bien, ¿qué tal
Simyon? Es un pez gordo. Puede mover algunos hilos.
—Dean —dijo ella pacientemente—, Simyon no vive en Kiev. ¿Sabes acaso
el nombre de la ciudad donde vive? Y… ¡Oh, Dios! ¡Ahí está ese hombre otra
vez!
Garfield se volvió. Era cierto. El hombre que se acercaba a ellos era el
mismo que había visto en la recepción del hotel. No le pareció un funcionario de
la KGB. No llevaba gabardina negra, ni sombrero calado, y no era
particularmente fornido. Además, no tenía más de veinte años.
El hombre miró rápidamente a un lado y a otro y después dijo, de manera
intrigante:
—Por favor, ¿me disculpan? ¿Quieren una casa para dormir? Conozco un
buen lugar, cerca del autobús. ¿Tienen dólares americanos para pagar?
12
Domingo, 27 de abril.

La casa de Simyon Smin y su familia no es un «piso». Es un hermoso


apartamento en la planta dieciséis de uno de los mejores edificios de Pripyat, y
tiene cinco habitaciones. ¡Cinco! Por supuesto, está en consonancia con la
elevada posición de Smin, y además hay espacio de sobra para Nikolai, su hijo
mayor. Nikolai Smin está ahora en las Fuerzas Aéreas, aunque a Selena no le
gusta recordar dónde. Es una casa muy confortable. La cocina tiene un
congelador además de la nevera; el baño, además de la bañera, una ducha y un
bidet, y Selena Smin ya ha contratado un técnico para asegurarse de que el suelo
es suficiente firme para soportar el peso de lo siguiente que espera adquirir: casi
ha conseguido la importación de una jacuzzi que reemplace la bañera. La cama
que comparte con Smin es grande, con sábanas inglesas y cobertores irlandeses
de lazos blancos; puede que no exista otra igual en toda Ucrania. En la salita hay
libros de lujo en ruso, francés y alemán. El más importante es un volumen
maravillosamente ilustrado sobre los tesoros artísticos del Hermitage de
Leningrado, editado especialmente para la exportación, pero hay también bellos
volúmenes de escenarios turísticos de todo el mundo, y una mesa de café
cubierta de cristal, importada de Alemania Oriental, donde colocarlos. Hay, por
supuesto, un aparato de televisión, con un vídeo conectado. Los Smin poseen
casi veinte cintas de vídeo la mayoría de ballet y ópera para los padres, y cuatro
o cinco films americanos que pertenecen a Vassili. Su película favorita es
Jesucristo Superstar. (Hay un segundo televisor más pequeño en la habitación de
Vassili, lugar donde éste tiene posters de las naves espaciales soviéticas y fotos
de los cosmonautas, así como un retrato firmado del astronauta americano Edgar
Mitchell.) Selena negaría que viven «a lo Brezhnev», aunque señalaría que ya
que su marido consiguió su puesto de trabajo en la época de Brezhnev, tienen
derecho a vivir de modo más opulento que lo que está de moda actualmente. Con
todas sus actividades, Selena no puede mantener un apartamento tan grande en
orden, pero tiene una doncella de diecisiete años, del koljoz vecino, que acude
todas las mañanas a las siete y que, si hay invitados, se queda a veces hasta casi
media noche.

La doncella no estaba cuando Selena llegó a su apartamento aquel domingo


por la mañana. Tampoco estaba su marido, aunque su hijo menor, Vassili, dormía
profundamente, tendido sobre la cama, con las ropas puestas, arrugadas y llenas
de lodo. Roncaba con suavidad.
Selena le dejó dormir. No había nada que quisiera decirle especialmente…
¡ahora que sabía que estaba vivo! Tampoco había nada que quisiera oír de él,
pues ya había oído, visto y sentido demasiado en las últimas venticuatro horas;
lo que ahora quería era que todo acabase para retornar a la organización de su
fiesta del Primero de Mayo para unos cuantos amigos selectos, y a la prevista
instalación de su jacuzzi.
A efectos prácticos, lo primero que debía hacer era lavarse. Selena había
llevado la misma ropa durante dos días. Dispuso la tetera (pasando un dedo por
el borde de la cocina de gas y resolviendo que tendría unas palabras con la
doncella cuando ésta decidiera dejarse ver de nuevo), y se metió en la ducha.
Solamente caía un chorrito de agua tibia.
Con el grifo de la cocina había pasado también lo mismo. Selena suspiró y lo
usó como pudo, enjabonándose copiosamente. Pensó en la jacuzzi con ansiedad
y recordó sombríamente los dos últimos días en Kiev. La visita de los primos
americanos había sido excitante y placentera, pero ahora parecía haber sucedido
cuando ella era una jovencita, como su primer solo en una representación
estudiantil del Lago de los Cisnes, o como el día que Simyon Smin la había
llevado a pasear bajo los cerezos para decirle que deseaba hacerla su esposa.
Recordó que tenía que hablarle otra vez a Smin sobre el apartamento que tenían
a nombre de su madre. ¿Merecía la pena conservar aquel «refugio» en la ciudad
si estaba en un suburbio estilo Krushchev?
A Selena no le desagradaba la madre de su marido. De hecho se llevaban
bastante bien…, ¡pero vaya elemento que era su suegra! ¿Para qué servía una
suegra que conocía a todo el mundo en las alturas (o al menos, a los padres o
abuelos de todo el mundo) si vivía como una pensionista de una granja
colectiva? Sí, de acuerdo, Aftasia Smin prefería vivir tranquila y sin molestar a
nadie. Muy bien, no tenía nada contra esto. ¿Pero no podría conseguir su hijo un
apartamento mejor? ¿En un vecindario mejor? ¿Con más espacio para guardar
ropa y otras cosas que pudieran necesitar y, por el amor del cielo, al menos con
un teléfono? ¿Y preferiblemente sin la abuela compartiéndolo? Y ya que estaba
en ello, con un cochecito propio, aunque sólo fuera un Moskva, por ejemplo,
para no tener que volver a coger un autobús de Kiev a Pripyat… ¡y para que no
la hicieran apearse sin ningún tipo de ceremonia en un puesto de control, junto
con otros quince pasajeros, obligados a seguir a pie hasta sus destinos, si es que
podían! No había estado sola. Yvanna Jrenova, la esposa del director de Personal
y Seguridad, se había encontrado en el mismo puesto de control… Ningún coche
fue a recibirla cuando regresó al aeropuerto de Kiev, después de un viaje a
Smolensk para visitar a sus familiares. El taxi que había alquilado fue obligado a
dar la vuelta por los soldados del puesto de control, a quienes no importaba de
quién era la esposa. Ni tampoco quién era Selena. Yvanna tuvo incluso que
gritarle a una ambulancia para que la llevara los dos últimos kilómetros que la
separaban de su casa. Y por lo menos le había hecho sitio a Selena en el
vehículo.
La ducha la refrescó. Empezó a pensar en lo que había que hacer. Había
comida en el frigorífico, así que el reparto (directo desde las tiendas especiales a
las casas de aquellos que tenían derecho al Servicio) había llegado. Vassilli no
debería pasarse todo el día durmiendo, o no dormiría por la noche. Su marido
seguramente llegaría a casa, o telefonearía, dentro de poco, y tendría que
preguntarle si el problema de la central iba a estropear sus planes de celebrar una
fiesta el Primero de Mayo, durante la cual contemplarían los fuegos de artificio.
Éstos eran los temas que ocupaban la parte ordenada del cerebro de Selena
Smin; pero mientras se secaba y miraba por la ventana distinguió la columna de
humo, visible desde muchos kilómetros de distancia, y al hacerlo pensó que su
vida no volvería a estar en orden nunca más.

Intentaba, una vez más, sin esperanza, conseguir comunicación con la central
cuando oyó que el ascensor se detenía en su planta. La puerta rechinó y se cerró;
hubo un sonido de llaves, y su marido entró.
—Ah, estás aquí. Estupendo —dijo él—. ¿Hay algo de comer?
Selena Smin nunca había visto a su esposo con aquel aspecto. Su traje estaba
sucio, sus pantalones llenos de barro, sus zapatos convertidos en una ruina. Su
cara regordeta parecía haber perdido consistencia. Había medias lunas
cenicientas bajo sus ojos, y la terrible cicatriz parecía brillar.
—Oh, querido —dijo, ayudándole a quitarse la chaqueta—. ¡Siéntate!
Espera, te buscaré algo. Tienes un aspecto terrible. ¿Qué ha pasado?
Simyon Smin miró a su esposa con los ojos enrojecidos por las venillas rotas.
Señaló la ventana, donde la nube serpentina de humo se curvaba en el cielo hacia
el norte.
—Eso —dijo.

La sopa tenía más de dos días, pero a Selena le pareció buena cuando la olió
y la dejó hervir un minuto más para asegurarse. El pan era bastante fresco.
Cuando Smin salió de la ducha, envuelto en su bata marrón, había preparado la
mesa.
—¿Has tenido agua suficiente en la ducha?
—No mucha. Hay una restricción temporal de energía. Supongo que ha
afectado las bombas de nuestro edificio.
Selena sirvió el té.
—Deberías descansar —aconsejó.
—Cuando haya comido dormiré una hora. No más. Asegúrate de
despertarme.
—¿Tienes que regresar a la central?
—¿Quién si no? —dijo Smin, con la boca llena de pan—. El director sigue
en Moscú. El ingeniero jefe se marchó anoche. Ahora está intentando dirigir las
cosas desde seis kilómetros de distancia.
Selena introdujo una cuchara en su propio plato de sopa pero simplemente la
movió, sin llevársela a la boca.
—Es realmente malo —dijo, y no era una pregunta.
—De los trescientos técnicos, cuarenta están en el hospital y ciento tres se
han presentado al servicio. El resto simplemente ha huido y no ha vuelto.
—¡No se lo reprocho! —exclamó Selena, sorprendiéndose a sí misma—.
Desearía…
—Desearías no haber regresado —completó Smin por ella—. Yo también.
No se está a salvo aquí, Selena.
—¿Puede estallar?
—Ya ha estallado —la corrigió él—. No son las explosiones de lo que hay
que preocuparse. Ese humo está lleno de veneno. Cada partícula… ¡Oh, Dios,
espera! —Se levantó de la mesa y cerró las ventanas—. ¡No vuelvas a abrir una
ventana hasta que yo te lo diga! —ordenó—. Mientras duerma, limpia las sillas.
Limpia todo lo que tenga polvo…, cualquier tipo de polvo. ¡Usa periódicos,
tíralos cuando termines y lávate las manos con mucho cuidado!
—Pero la doncella…
—Volveremos a ver a la doncella cuando los cerdos vuelen. O cuando la
situación esté bajo control… Lo que suceda primero. He metido las ropas que
me he quitado en una bolsa de papel. No la abras. Sólo tíralas.
—¡Tu traje bueno!
Smin suspiró y no contestó.
—Cuando Vasya despierte —dijo, después de sorber la última cucharada de
sopa—, no le dejes salir. Si alguien viene a buscarle, di que ha estado vomitando.
Creerán que es por causa de la radiación y le dejarán tranquilo.
—¡Radiación!
—¿No sabes hacer otra cosa que no sea repetir lo que digo? —preguntó
Smin, casi jocosamente—. Por favor. Hazlo. Y no salgas tú tampoco. Cuando
tenga ocasión, lo prepararé todo para que os evacúen a los dos, tal vez con mi
madre en Kiev. Empaqueta todo lo que necesites, pero no más de dos maletas.
—¿Para cuánto tiempo empaqueto? —preguntó Selena.
No se sorprendió de que su esposo no le respondiera. Smin se levantó de la
mesa y caminó lentamente hacia su dormitorio, moviéndose como si la espalda
le doliera, cosa que hacía frecuentemente.
Limpió la mesa, buscó periódicos viejos y empezó a cumplir las
instrucciones que le había dado su marido. Cuando mojó los papeles, el flujo de
los grifos de la cocina era aún más débil que antes. Pensó que iba a llorar. En vez
de hacerlo, dejó caer los papeles al suelo y se dirigió al dormitorio.
Smin no estaba en la cama. Estaba junto a la ventana, contemplando la
columna de humo.
—Selena —dijo sin mirarla—, es realmente muy malo. Estalló. No pudimos
impedirlo. Si no hacemos algo morirá gente por toda la Unión Soviética, debido
a la radiación que transporta ese humo. Y sólo Dios sabe qué podemos hacer.
Nada funciona.
—Encontrarás la manera, Simya —dijo ella, desesperada.
—Eso espero. No confío tanto como tú.
—¡Pero lo harás! ¡Estoy segura! Y entonces, cuando se abra una
investigación, por supuesto que el director tendrá que marcharse, y entonces será
tu turno…
Calló, porque su esposo se había vuelto a mirarla.
—Mi querida Selena, ¿crees que ganaré algo con eso?
—¡Todo el mundo sabe que tú haces todo el trabajo! Claro que te darán un
ascenso.
—¡Un ascenso!
—Es verdad —insistió ella—. El director…, ni siquiera estaba allí. Y,
después de todo, el responsable es él. No es un secreto que tú simplemente
corriges sus errores y cubres sus fallos. ¡Seguro que es a él a quien culpan!
Smin estudió a su esposa un momento.
—¿Puedes creer de verdad —preguntó amablemente—, que no se culpara lo
bastante a todos?
13
Domingo, 27 de abril.

La ciudad de Pripyat, con sus tiendas, su cine, su biblioteca, sus cinco


escuelas, sus hostales y apartamentos para casi cincuenta mil personas, existe
solamente para servir a la central nuclear de Chernobyl. Pripyat es una ciudad
nueva, rodeada de extensos bosques de abetos y pinos. Pocos de los edificios
tienen más de diez años, como tampoco los tiene la central nuclear en sí. Durante
la Gran Guerra Patriótica, el terreno donde se alza la ciudad fue un campo de
batalla donde los alemanes y los soviéticos se mataron a millares. Cuando se
excavaron los cimientos para construir las hermosas torres de apartamentos de
dieciséis pisos de altura, se encontraron esqueletos de hombres y restos de
máquinas. La gente que vive en Pripyat se considera afortunada. Tienen dinero,
porque la paga es buena en la central nuclear, y también en la fábrica de radios y
en los trabajos de construcción, que son las otras industrias importantes de la
ciudad. Son personas jóvenes: la edad media no supera los treinta años, incluso
sin contar a los niños. La ciudad es «avanzada» desde el punto de vista
arquitectónico. Urbanistas de toda la URSS acuden a estudiarla. Fue construida
para un fin determinado, pero lo sirve no sólo bien, sino con gracia. Incluso con
dimensión humana: los habitantes de Pripyat se enorgullecen de decir que su
avenida principal fue rediseñada para que pudieran salvarse tres viejos
manzanos. Los edificios de apartamentos están adornados con azulejos de color
blanco, rosa y azul, y brillan bajo el sol. Los bulevares son anchos. Fue sensato
hacerlos así. Después de todo, la tierra era barata, ya que no había más que
arena. La ciudad está llena de zonas verdes. Ningún habitante consideraría
siquiera la idea de cambiar de empleo para marcharse de allí…, al menos hasta
ahora.
El operador Bohdan Kalychenko despertó cuando llamaron
estruendosamente a su puerta. Kalychenko corrió preocupado a abrir, pero al
hacerlo vio que la persona que llamaba no pertenecía a la Primera Sección de la
planta ni venía a preguntar por qué Kalychenko había desertado de su puesto.
Era solamente Zajarin, el hombre de la lechería de la esquina. Sin su chaqueta
blanca ni su gorra, Zajarin parecía bastante distinto, y extrañamente dubitativo
después de su violenta manera de llamar.
—¿Le he despertado, camarada Kalychenko? —preguntó—. No estaba
seguro de encontrarle aquí. Pensé que podría estar en la central.
—Es mi día libre —dijo Kalychenko, frotándose el brazo derecho, que
llevaba en cabestrillo.
—¿Oh? ¿Siguen con el ritmo de trabajo habitual, incluso ahora? —El lechero
examinó más de cerca el brazo de Kalychenko—. Pero veo que está herido.
Kalychenko se sujetó el brazo con la otra mano.
—¿Qué es lo que quiere? —preguntó.
El hombre carraspeó. Era mucho más bajo que Kalychenko.
—Usted entiende de estas cosas más que yo, Kalychenko —empezó a decir,
mirando hacia arriba—. Sólo soy un tendero. Usted tiene preparación técnica.
Verá, estamos asustados. La explosión, el humo…, algunos piensan que no es
seguro permanecer en Pripyat. ¿Cree que es tan serio?
—Las autoridades decidirán —dijo Kalychenko, roncamente.
Zajarin insistió.
—Las autoridades están completamente desbordadas por los hechos,
Kalychenko. No hay apenas un solo policía en las calles. No queda un solo
bombero en Pripyat, ni una manguera, nada. ¡Trozos de carbón incandescente
han caído en los bosques! El marido de mi hermana los vio. Si este edificio
empieza a arder, ¿qué podremos hacer?
—Nada de eso es asunto mío —dijo Kalychenko, furioso.
Miró con hostilidad al lechero, cuyo aspecto era bastante extraño con la
corbata y el traje de los domingos. Zajarin parecía más viejo y menos seguro de
sí mismo que en la tienda, donde contaba los huevos para un cliente o
almacenaba cuidadosamente los envases de leche en el refrigerador. También
parecía bastante asustado, aunque intentaba ocultarlo. Esto tocó la fibra sensible
del corazón de Kalychenko.
—No sé qué es lo que quiere de mí —agregó de mala gana.
—Antes que nada información, por favor. Es usted un científico. Mi hijo, que
tiene catorce años, dice que el humo de la central contiene átomos de radio y
otras substancias que pueden hacer que se nos caiga el pelo y que la sangre se
nos vuelva agua, y que tal vez nos maten. ¿Es eso cierto?
—No, eso no —dijo Kalychenko. Dudó un instante, y luego añadió—: Pero
si es cierto que hay riesgo de lluvia radiactiva.
—¡Lluvia radiactiva! ¡Como cuando los americanos prueban bombas
atómicas! ¿No deberíamos, pues, ir a otro sitio hasta que pase el peligro? Por
favor, camarada, tengo tres hijos. Varios de nosotros hemos discutido este
asunto… Apenas he dormido en toda la noche. Pensamos que deberíamos acudir
a las autoridades y exigir que los niños, al menos, fueran llevados a lugar seguro.
Pero no sabemos cómo explicarlo; ninguno de nosotros es experto. Así que, por
favor, acompáñenos a la sede del Partido…
—¡No! ¡Eso está completamente fuera de la cuestión!
Zajarin dio un paso atrás ante la vehemencia del tono de Kalychenko. Sus
ojos parpadearon; sin su gorra, Kalychenko vio que era casi calvo.
—Debo informar a la central —añadió Kalychenko firmemente—. Esto es,
después de todo, una emergencia. Lamento no poder ayudarle.
—Volveré a hablar con los otros —dijo el hombre obstinadamente, mientras
Kalychenko le cerraba la puerta.

Kalychenko no llegó a informar, aunque lo intentó seriamente. De hecho,


tuvo el teléfono en la mano no una, sino cuatro veces, y cada una de ellas algo le
interrumpió y no logró hacer la llamada. Primero fue la necesidad de ir al lavabo.
Luego, un repentino ruido en el exterior que le incitó a asomarse a la ventana
para mirar al patio, donde al menos había treinta personas reunidas que
hablaban, discutían, señalaban en dirección a la central. Kalychenko no podía
verla, pero sabía que hablaban de la negra columna de humo. Más tarde, ya con
el teléfono en la mano, se dijo: «Tienen este número de teléfono, si se toman la
molestia de buscarlo. Me llamarán si me necesitan. En cualquier caso, debería
afeitarme antes de presentarme al trabajo.» Y se afeitó, con meticuloso cuidado,
dos veces, usando el tubo de crema que su prometida le había regalado por su
cumpleaños sólo unos días antes. Kalychenko era un hombre alto y pálido y su
barba era tan rubia que afeitarla más de dos veces por semana era mero capricho;
pero se dijo que si las cosas estaban realmente tan mal como parecía, tal vez
pasaría tiempo antes de que tuviera ocasión de volver a afeitarse. Luego reajustó
el cabestrillo a su brazo derecho (que por cierto había utilizado con bastante
libertad de movimientos mientras se afeitaba), y se dirigió resueltamente al
teléfono por cuarta vez. Entonces volvieron a llamar a la puerta.
Esta vez fue Raia, su prometida. Entró en la habitación velozmente, cerrando
la puerta a sus espaldas.
—El hombre de la lechería… —empezó a decir, y Kalychenko gruñó.
—¿Qué, también ha ido a verte a ti?
—Pero, Bohdan, ¿no tiene razón? ¿Cuántas veces me has hablado de lo
peligroso que pueden ser esos productos radiactivos? No me preocupo por el
lechero, ni por ti ni por mí. ¿Has olvidado lo que llevo en mi interior?
Se palpó el vientre, todavía bastante esbelto.
—No lo he olvidado ni un segundo, Raia —dijo él amargamente.
—¡Entonces escucha lo que dice Zajarin! Pienso que deberías ayudarle. ¡Haz
que las autoridades comprendan que se ha de actuar!
—Raia —dijo él pacientemente—, no es de nuestra incumbencia tomar esas
decisiones. En cualquier caso, ¿de verdad quieres que evacúen Pripyat? Si se
llevan a todo el mundo, ¿entonces qué? Miles de personas serán trasladadas.
Habrá una confusión inmensa. Supón que te envían a Kiev y a mí a Kursk o a
cualquier otro sitio.
—Ya encontraremos la manera de estar juntos.
—Sí, tal vez, tarde o temprano. Pero podría llevar tiempo, ¿y qué pasaría con
nuestra boda? ¿Podremos dar el convite en una estación de tránsito? ¿Dónde
estarán nuestros amigos?
—¡La gente se casa en todas partes, Bohdan! Si no podemos celebrar el
convite en la Sala Roja de la central…, muy bien, nos casaremos igualmente y
ya daremos la fiesta en otra ocasión, cuando regresemos a Pripyat…
—¿Regresar a Pripyat? ¿Con todo ese veneno cayendo? ¿Cuándo? —
Empezó a decir más, pero se reprimió al ver que los ojos de la muchacha se
dilataban ante sus palabras—. De acuerdo. Vamos a pensarlo paso a paso. Estoy
conforme con que tal vez deberías marcharte, por el bien de nuestro bebé. La
siguiente pregunta es, ¿puedo marcharme también yo? No lo sé; quizá se
necesitarán todas las manos disponibles en la central. Pero digamos que sí
puedo. Muy bien. Tú te marchas ahora; yo te sigo cuando pueda. Tus padres, en
Donets, nos acogerán si nos casamos allí. Así que puedes tomar un autobús…
—¡Un autobús! No queda ninguno, Bohdan. Incluso las calles están cubiertas
de espuma blanca.
—¿Espuma blanca?
A Kalychenko no le gustó aquello. Espuma en las calles significaba que
alguien había determinado que el peligro de lluvia radiactiva era bastante real.
—Sí, espuma, y no hay autobuses. ¿No has salido para nada? Fui a la
autopista a ver lo que pasaba, y es allí donde están los autobuses, transportando
policías, tropas y bomberos. La autopista está llena de vehículos de emergencia.
No, por favor. La ciudad entera debe marcharse, o no lo hará ninguno de
nosotros.
—No creo que sea una buena idea —gruño Kalychenko intranquilo.
Raia suspiró desesperada y le tendió una mano.
—Al menos déjame ver cómo está tu brazo —ordenó. Él asumió una
expresión estoica cuando ella desarrolló la venda y subió la manga de la camisa
—. ¿Te duele? —preguntó, tanteando.
—No. Sí…, aquí, un poco.
Ella le movió el brazo adelante y atrás, y luego suspiró.
—¿Sabes? Creo que me he levantado con la garganta irritada esta mañana.
—Eso es porque fumas demasiado.
—No, dudo que sea por fumar, querido Bohdan. También la cara… No
puedo describirlo exactamente…, me escuece un poquito. Como si alguien me
estuviera clavando alfileritos. No quiero decir que sea doloroso. Es simplemente
extraño.
—Tal vez todos esos cigarrillos te están cortando la circulación.
—¿Pero en la cara? Bueno, si no te parece que sea serio… —Volvió a
colocar la venda en el brazo—. No hay hinchazón —dijo dubitativa—. Deberías
ver a un médico.
—¿Qué, cuando hay tanta gente malherida? Discúlpame, tengo que ir al
lavabo.
Se levantó bruscamente y, con la puerta cerrada a sus espaldas, se sintió
mejor. Aquellos tontos síntomas tendrían que ser, por supuesto, imaginarios.
Nunca había leído nada referente a gargantas irritadas o alfilerazos en la cara
como indicios de exposición a la radiación… Pero, claro, se dijo, nunca había
leído entero el material que le dieron cuando empezó a trabajar en Chernobyl.

Ahora que Kalychenko no estaba, Raia sacó un cigarrillo e inhaló


profundamente el humo mentolado. De inmediato empezó a preocuparse.
¿Debería dejar de fumar? ¿Fumar sería malo para el niño? Su futuro esposo le
había informado con bastante detalle de que sí lo serla, pero en la clínica
solamente se encogieron de hombros y le recomendaron moderación.
Deseó haber preguntado en la clínica sobre radiación. ¿Pero quién podía
imaginar que tales preguntas serían necesarias? Se palpó el vientre esperanzada,
y se preocupó. Hasta entonces lo único que la había inquietado era si llegaría a
celebrarse la boda y si el niño tendría los ojos azules.
Ahora…, ¿tendría ojos?
Cuando Kalychenko salió del cuarto de baño, Raia se había asustado hasta la
testarudez.
—Debes ir a la sede del Partido —dijo con firmeza.
—¿Y dejar el teléfono? ¿Y si hago falta en la central?
—¿Cómo van a encontrarte aquí? Por lo que saben en la central, estás aún en
la residencia de hombres solteros, ¿no?
—Creo que informé de que estaría aquí —dijo él, aunque era mentira.
En realidad, no había pensado que le importara a nadie si tomaba prestado
temporalmente aquel apartamento que era de un compañero, que había seguido a
su esposa a Odessa, esperando convencerla para que no se divorciase. En
cualquier caso, juzgando por algunas de las observaciones que Jrenov había
hecho, seguro que la información se hallaba en algún lugar de los archivos de
Personal y Seguridad.
—¿Y con toda esta confusión crees que alguien va a recordarlo? No, Bohdan,
si estás preocupado porque te necesitan en la central, llámales. Pero ven primero
a la sede del Partido. Es lo único que puedes hacer, ¿no?

Tal vez era lo único. Kalychenko, al menos, no veía otra posibilidad. No


podría seguir escondiéndose en el apartamento de su amigo como había hecho el
día anterior. Por fin suspiró, se zafó del brazo de su prometida y se dirigió,
disgustado, a decirle al lechero que, después de considerarlo, había decidido que
iría a hablar con la gente del Partido. No porque pensara que era una buena idea.
Simplemente, no tenía otra mejor.
Un grupo de un centenar de personas marchaba con obstinación hacia la sede
del Partido. La espuma blanca se había secado y ahora era sólida, y había un olor
desagradable de humo y productos químicos, casi como de amoníaco, en el aire.
Era cierto que no se veían autobuses en la calle. Había poco tráfico, y ninguno
procedente del exterior de la ciudad. Caminaron por el centro de la calle, sin que
ningún agente de policía les reprendiera por entorpecer la calzada. Zajarin abría
la marcha, con Kalychenko al lado, que intentaba parecer decidido y seguro.
Todavía era temprano, poco más de las diez, pero el día se presentaba
extrañamente teñido de color de cobre. No había muchas nubes. El sol brillaba
bastante, incluso daba calor. Pero en las alturas, cubriendo la mitad del cielo,
flotaba la masa de humo de Chernobyl. Los ciudadanos que normalmente
estarían sentados, en bata, bebiendo té en la confortable holganza de su día libre,
se asomaban a las ventanas o permanecían en las aceras; señalaban el grupo de
hombres que recorría la calle y algunos se unían a la marcha. La mayoría,
simplemente, parecía preocupada.
La bandera ondeaba débilmente en la fachada del edificio del Partido. Un par
de policías viejos y cansados montaban guardia en la puerta.
—¿Qué es lo que pretenden? —preguntó uno de ellos—. ¿Por qué alteran el
orden en un momento crítico?
—Queremos hablar con el secretario del Partido —dijo atrevidamente
Zajarin.
—¿Un domingo por la mañana? ¿Está loco?
—Es una emergencia —insistió el lechero.
—Claro que es una emergencia —contestó el otro policía—, y el secretario
del Partido está cumpliendo con su deber. Vuelvan a sus casas de inmediato.
—No —dijo Zajarin—. Exigimos que se haga algo. ¡La ciudad debe ser
evacuada! El peligro es muy grande para todos nosotros. El camarada
Kalychenko es experto en el tema. Les explicará…
Pero el camarada Kalychenko no explicó nada, porque cuando Zajarin se
volvió para presentar a su experto, Bohdan Kalychenko no estaba ya a la vista.
14
Domingo, 27 de abril.

No hay «fusión del núcleo del reactor» en la central de Chernobyl. Al menos


eso es imposible, pues el dióxido de uranio no se funde hasta que alcanza una
temperatura de 7.000 grados Farenheit. El grafito en combustión no llega ni a la
mitad de esa temperatura. Que el grafito ardiese fue, después de todo, la simple
reacción química del carbono en combustión por la presencia de oxígeno, no
básicamente distinta de un fuego de tizones en una chimenea. Aunque fue una
auténtica explosión nuclear lo que inició el desastre, la reacción se consumió en
la primera fracción de segundo posterior al estallido. Así que después ya no ha
habido verdadero peligro de que se materialice la más famosa pesadilla nuclear,
la fusión del núcleo, el meltdown. Pero sí hay otro peligro ominosamente
presente. En cierto sentido, es incluso peor. Cuando el carbono del grafito
reacciona con el oxígeno del aire en aquel horno, produce humo. No hay
chimenea, pero no la necesita. A esa temperatura el fuego crea su propia
chimenea, a medida que la columna de humo caliente y los gases suben a la
atmósfera. La columna transporta otros gases y trocitos de materia sólida. Ahí es
donde se encuentra el peligro real y más terrible. El humo contiene venenos
mortíferos. No solamente el uranio del núcleo del reactor es ahora radiactivo. El
reactor ha creado sus propios tóxicos, algunos de los cuales son más
preocupantes que el uranio. Es inevitable. Incluso si un reactor nuclear pudiera
arrancar con materiales puros y casi inofensivos, su pureza no duraría mucho. La
propia radiación lo corrompe. Algunos átomos se fragmentan, y cada fragmento
es ahora un nuevo elemento químico. Los núcleos ganan partículas o las sueltan.
Elementos que no existen en la naturaleza (los «transuránicos») se crean, y
muchos de ellos son fuertemente radiactivos. Éste es el único peligro de los
accidentes nucleares. Sin excepción, todos los elementos radiactivos son dañinos
para los seres vivos…, para todos los seres vivos, desde los hongos a los
humanos. Las altas dosis de radiación matan rápidamente. Las dosis más bajas
requieren más tiempo. A la mínima concentración posible (una sola partícula que
golpea una sola célula) puede que no haya ningún daño detectable, porque el
resto del cuerpo será capaz de reparar o reemplazar la célula. O no lo será, en
cuyo caso el daño puede que no se detecte durante décadas y aparezca sólo al
final de la vida en forma de cáncer.

Dígase lo que se diga de los hombres del Ministerio de Energía Nuclear,


pensó Smin, fatigado, al menos debe reconocerse que hacen cosas. Había
perdido la cuenta del número de expertos (médicos especialistas, ingenieros,
técnicos de la construcción) llegados a Chernobyl en las últimas doce horas. Por
supuesto, la dacha del ingeniero jefe Varazin era demasiado pequeña para
albergar todas las reuniones y a todos los personajes individualmente
relacionados con el esfuerzo por controlar el daño del reactor número cuatro. Tal
vez, pensó Smin, también estaba demasiado cerca del núcleo desnudo para que
los expertos se sintieran a gusto; así pues, un nuevo puesto de mando había sido
emplazado a treinta kilómetros de distancia, en la sede local del Partido de una
granja colectiva.
No eran solamente hombres lo que el Ministerio había reclutado, sino
también material. Una densa caravana de máquinas pesadas se arrastraba camino
de la central. Habían llegado camiones durante toda la noche, transportando toda
clase de cosas que la central nuclear de Chernobyl no había tenido nunca antes.
Todo el mundo llevaba ahora un pequeño dosímetro de aluminio en forma de
pluma estilográfica. Todo el mundo, incluso en el puesto de control, vestía ropa
protectora, gorras que cubrían el cuello y las orejas, incluso máscaras de tela
sobre la boca y la nariz, aunque en el puesto las máscaras colgaban sueltas del
cuello de quienes las llevaban. No se podía diferenciar a un general de un obrero.
Vestidos de blanco o de verde, todos iban cubiertos de la cabeza a los pies.
Parecían robots.
Pero si hubieran sido robots no se habría producido el número de bajas que
salían de la central.
Casi todos los heridos eran ahora bomberos. Muchos sufrían severas
quemaduras, pero la mayoría también tenían algo peor. Unas cuantas víctimas
padecían ampollas que supuraban, en la cara y la boca, y que no eran sólo
quemaduras: eran los primeros síntomas de la radiación, y el hecho de que las
negras ampollas herpéticas hubieran aparecido tan rápidamente era indicación
segura de que la exposición había sido grande.
Pero Rasputin, el especialista en los efectos biológicos de la radiación, había
instituido severos procedimientos para tratar con ellos. Cada hombre era
desnudado cuidadosamente por asistentes con guantes, batas y capuchas blancas,
mientras yacía en las camillas al aire libre. Sus ropas, hasta el último fragmento,
iban a una bolsa para ser enterradas en campo abierto, donde un bulldozer
excavaba una profunda trinchera. En seguida los médicos se hacían cargo del
afectado, lavando primero cuidadosamente cada pulgada de piel expuesta,
comprobando con monitores la radiación; luego le vestían con ropa de hospital y
emplastaban las quemaduras. Dos grupos de ambulancias esperaban en el puesto
de control; cuando estaban llenas, se marchaban. Algunas llevaban a los
pacientes más dañados por la radiación al aeropuerto de la ciudad de Chernobyl,
donde un avión los trasladaría al hospital especial de Moscú. Los otros eran
llevados al Hospital número 18 de Kiev.
La autopista cruzaba un pequeño arroyo en la granja colectiva, lugar que fue
elegido para emplazar el puesto de control. Un camión de bomberos estaba allí
permanentemente, con las mangueras sacando constantemente agua del arroyo.
Cada ambulancia era regada con aquella agua antes de volver a la central para
seguir recogiendo la interminable sucesión de heridos. Las ambulancias de la
central nuclear no pasaban el puesto de control hacia el mundo exterior. No lo
harían nunca.

Al regresar al puesto para celebrar otra de las interminables reuniones,


Simyon Smin vio un pequeño helicóptero de dos plazas junto a la carretera. Sus
rotores giraban lentamente, y el piloto estaba recostado en su asiento,
contemplando la distante columna de humo de la estación. Smin pasó por debajo
de las aspas y golpeó la puerta.
—¡Piloto! ¿Quién es usted?
El piloto se volvió hacia él, parpadeando.
—Teniente Kutsenko, a su servicio. Piloto del general Varansky.
—Naturalmente —ladró Smin, como si supiese quién era el general
Varansky—. Tengo órdenes del general. Lléveme. Quiero supervisar el lugar. —
Y cuando el teniente Kutsenko abrió la boca para preguntar, agregó—: ¡De
inmediato! ¿No se da cuenta de que este accidente pone en peligro a todo el
país?
Smin nunca había volado en un helicóptero tan pequeño. El aparato botaba y
traqueteaba tambaleante, mucho peor que el que había usado el día anterior, pero
su mente no estaba en el vuelo. No estaba ni siquiera en su fatiga, o en el hecho
de que sus cicatrices le picaran, le dolieran los ojos y tuviera irritadas las
comisuras de los labios. En lo único en que pensaba era en lo que deseaba ver.
Tras recorrer cinco o seis kilómetros la central apareció a la vista. La gran
columna de humo negro semejaba más gruesa que el día anterior, a pesar de que
la mayoría de los incendios llevaban largo tiempo apagados. Smin sabía que eran
las ascuas incandescentes las que producían el humo. Al aproximarse a las torres
de Pripyat, Smin pudo ver que las calles estaban llenas de gente. Sus caras
blancas mostraron excitación al localizar el helicóptero.
—Locos —murmulló Smin.
El piloto se giró hacia él.
—¿Qué? —exclamó—. ¿Ha hablado usted?
Smin sacudió la cabeza. Había que evacuar a la gente de Pripyat de aquella
zona, no cabía duda, pero el piloto no podía hacer nada.
—Más arriba, si es posible. Pero manténgase apartado del humo.
El piloto asintió y manipuló los controles. La máquina giró y se elevó,
primero apartándose del reactor, luego dando la vuelta para aproximarse a él a
favor del viento. No estaban a más de trescientos metros sobre el infierno.
Mientras el piloto se mantenía parado en el aire, Smin abrió la portezuela y se
asomó, contemplando el fin de tantas esperanzas y la sentencia de muerte que
había caído sobre tantos amigos.
Incluso a aquella altura, el calor le golpeó en la cara. Era cierto que todos los
fuegos menores estaban apagados, pero pudo ver claramente que los esfuerzos
de los bomberos no habían hecho nada para detener, o ni que fuera retardar, la
terrible combustión que tenía lugar en el núcleo de grafito del reactor destruido.
Si el día anterior ardía solamente un diez por ciento del grafito, ahora lo hacía
casi una tercera parte. La superficie que no quemaba era un amasijo de trozos y
grietas y lomas. La parte que ardía era tan brillante y tan caliente como el sol.
Grandes chorros de agua surgían de las mangueras y se precipitaban sobre el
horno, pero no servían de nada. Cuando alcanzaban el fuego brotaban nubes de
vapor, pero al interrumpirse el fuego continuaba ardiendo tan violentamente
como antes.
Smin pudo ver las excavadoras trabajando y amontonando tierra. Junto a
ellas, un par de cañones de agua actuaban contra la zona inferior del blindaje del
reactor; no pudo precisar si el agua conseguía algo o si no servía de para nada.
El humo giró hacia ellos.
—¡Aléjese! —gritó Smin, reintegrándose a la cabina y cerrando la puerta.
El piloto ya había iniciado la maniobra, pero la errante bocanada de aire fue
más rápida que él; por un momento quedaron rodeados por el humo, y una peste
de productos químicos ardientes irritó la garganta de Smin. Luego el aire se
aclaró. Los dos hombres tosían, y el helicóptero dio la vuelta.
—Mejor será que bajemos —consiguió decir Smin, y el piloto ni siquiera
asintió: ya se dirigía de vuelta al puesto de control, en la periferia.
Cuando tomaron tierra, habían dejado de toser.
—Gracias —dijo Smin gravemente, y salió del aparato para reunirse con un
hombre de atuendo verde que les observaba impasible desde la puerta del
edificio. Aunque no lucía las insignias, Smin supo quién era.
—Gracias también a usted, general Varansky, por permitirme utilizar su
helicóptero.
El general ni siquiera sonrió.
—¿Por qué iba a negar un helicóptero cuando ya están utilizando ustedes la
mitad de todo el equipo móvil de Ucrania? —murmuró solamente—. ¿No
deberíamos entrar ya para la reunión?

La observación del general no había sido exagerada. Desde el aire, Smin


había visto literalmente ejércitos de camiones, excavadoras, ambulancias, coches
de bomberos y especímenes de casi todo lo que podía moverse sobre ruedas, en
torno a la central herida.
Smin siguió al general Varansky a la sala de reuniones. La única conferencia
en curso era con los médicos especialistas de Moscú. Al menos, ellos sabían
exactamente lo que tenían que hacer y cómo había que hacerlo. Su base, el
Hospital número 6, había sido designada punto de concentración para los
afectados por la radiación, y el primer trabajo que desarrollaron la noche anterior
había sido explorar a cada una de las víctimas… Más de mil hasta el momento,
casi doscientas de las cuales iban ya de camino a Moscú para que les aplicaran el
adecuado tratamiento. Los médicos explicaban esto a algunos funcionarios del
Partido y el Ayuntamiento de Pripyat, que parecían malhumorados.
Smin se detuvo un momento en la puerta, donde había una hilera de
dosímetros. Miró alrededor mientras el general seguía adelante. Nadie le
prestaba atención. Se quitó el dosímetro viejo, lo arrojó a una papelera y se
prendió uno nuevo en la chaqueta antes de entrar.
—Espero —estaba diciendo el secretario del Partido de Pripyat, con voz
sombría— que no va a proponer que examinemos a todo el mundo en Pripyat.
—Claro que tendremos que examinarlos a todos —intervino Smin,
consciente de que su tono ofendía al otro hombre, consciente de que el secretario
redactaría un informe de lo que pasaba; consciente, sobre todo, de que nada de
ello importaba.
Smin arrugó la nariz ante el olor de excrementos animales que inundaba la
sala: los establos de las vacas estaban sólo a una docena de metros de distancia.
—No es lo único que hay que hacer en la ciudad —prosiguió—. Las vidas de
esas personas están en peligro. Deben ser evacuadas.
Dos de los médicos de Moscú asintieron, pero los hombres de Pripyat
parecieron contrariados.
—¡Imposible! —exclamó el secretario del Partido—. ¿Qué está diciendo?
¡No queremos provocar el pánico!
—Mejor es que estén asustados que muertos —insistió Smin.
—Lo rechazo —dijo el hombre—. Esta misma mañana nos llegaron a la sede
del Partido algunos irresponsables con el mismo ultimátum. ¡Fue casi una
manifestación! Les dimos una buena lección, se lo aseguro.
—Si los mete en la cárcel en Pripyat —dijo Smin—, la lección que les dará
será definitiva, porque morirán allí. Todos los habitantes de la ciudad morirán si
se quedan mucho tiempo. Deben ser evacuados de inmediato.
—¿Evacuados a dónde?
—¡Al campo abierto para que duerman allí, si quieren! —exclamó Smin—.
Siempre será mejor que dejarles morir en sus pisitos. Si no se atreve a hacerlo
bajo su responsabilidad, llame a Moscú. Yo mismo hablaré con ellos. Insisto…
Oh, ¿qué pasa ahora?
El especialista en secuelas biológicas, Rasputin, estaba en la puerta, junto a
un médico que sostenía una redoma llena de agua. El ingeniero hidráulico
Sheranchuk se hallaba junto a ellos, con aspecto tan cansado como el de Smin.
Pero habló primero:
—Es del arroyo, de donde sacan el agua que utilizan para los heridos y para
lavar los vehículos —dijo—. Ahora da señales de radiactividad.

Leonid Sheranchuk no sólo parecía cansado, sino exhausto. No había


dormido… ¿durante cuánto? Había perdido la cuenta. Más de cuarenta y ocho
horas, al menos.
Podría haberse ido a casa cuando la policía y las brigadas de incendios y los
trabajadores de emergencia de todo tipo empezaron a desplegar sus fuerzas,
porque ya no hacían falta albañiles ni camilleros aficionados. Pero entonces
recordó que era un técnico cualificado en hidráulica, y los recursos hidráulicos
eran lo único que evitaba que el resto de la central nuclear de Chernobyl se
incendiara y se sumase al reactor dañado. Fue Sheranchuk quien consiguió que
algunas de las bombas primarias de la central proporcionaran presión a los
bomberos y dieran un pequeño respiro a los coches-bomba. Fue Sheranchuk
quien indicó a los bomberos las partes más profundas y menos sedimentadas de
la laguna refrigeradora…
Y fue Sheranchuk quien, al observar los chorros de agua que caían por los
lados del edificio y se desparramaban por el terreno, empezó a preguntarse
adónde iban.
Cuando encontró a Rasputin y le expresó sus miedos, el hombre del
Ministerio respondió de inmediato. Llamó a uno de los médicos y salieron a
investigar. Los detectores de radiación les dieron la respuesta. Las aguas claras y
susurrantes del arroyo contiguo al puesto de mando registraban altos niveles de
radiactividad.
No era un problema inmediato. El agua del arroyo era aún buena para lavar
los camiones…, incluso para beber, para preparar el té, para lavar las heridas de
los hombres. Eso no era importante. En cualquier caso, quedaban los pozos de la
granja colectiva, que podrían cubrir tales necesidades.
El problema era que el arroyo no se detenía en la autopista.
El arroyo venía de las proximidades de la central. No sólo absorbía radiación
de la lluvia de hollín del incendio. Era el canal (uno de los canales) de desagüe
de los millones de galones de líquido extraídos del río Pripyat y de la laguna de
la central para verterlos sobre el fuego. El agua que no se convertía en vapor se
filtraba por el suelo y lo atravesaba y llegaba al arroyo y a cualquier otro curso
cercano; al mismo río Pripyat, tarde o temprano.
—Y el río Pripyat —dijo Sheranchuk, sombrío— llena los depósitos que
suministran agua a la ciudad de Kiev.
Miró directamente al secretario del Partido, quien le devolvió la mirada.
—¿Sí? —dijo al cabo de un momento, y alzó una mano para no dejar
contestar a Sheranchuk—. Veo lo que implica eso, pero seguro que no es tan
importante… ¿El agua de unas pocas mangueras contra todo un depósito?
—Esa agua está infestada de material radiactivo —dijo Smin, hastiado—.
¿Qué hacemos, camarada fontanero?
—Debemos contener el desagüe —dijo inmediatamente Sheranchuk—.
Debemos interceptar cada corriente, embalsar cada río que haya cerca de
Chernobyl. Es preciso levantar un dique que separe la laguna refrigeradora del
Pripyat. Las alcantarillas, los desagües, deben ser desviados, o simplemente
obstruidos.
El secretario del Partido le miró.
—¿Tapar los desagües?
—Exactamente —dijo Rasputin—. Exactamente como dice Sheranchuk. No
tenemos otra opción.
—O envenenaremos a la población de Kiev —dijo Sheranchuk.
Smin suspiró, se puso en pie y ordenó:
—Vamos, camarada fontanero. Muéstrame dónde quieres construir esos
diques.

Pero a la larga, por supuesto, no fue Sheranchuk quien decidió dónde se


situarían los diques; no fue tampoco Smin, sino los hombres de Moscú. Cuando
Smin y Sheranchuk regresaron al puesto de mando, alguien había sacado un
mapa hidrológico de la zona (los ojos de Sheranchuk se le salieron de las órbitas:
ni siquiera sabía que existían tales mapas), y ya habían marcado los diques y las
trincheras y las diversificaciones.
Smin comprendió que todo estaba ahora fuera de sus manos. La autoridad
superior se había hecho cargo. La autoridad superior escuchaba, hablaba, miraba
unos planos… y luego tomaba el teléfono y daba instrucciones. La autoridad
superior no tenía que saborear ni mendigar para conseguir lo que quería.
Simplemente daba una orden, y en algún lugar de Ucrania o de Moscú o de
Bielorrusia alguien mandaba a los trabajadores cargar un camión con cualquier
cosa que hiciera falta, y lo enviaban rápidamente a Chernobyl.
No retiraron a Smin, aunque se caía de fatiga. No objetaban nada cuando
aparecía en una de las interminables reuniones donde se planeaba el implacable
futuro mientras, a la vez, se trataba del catastrófico presente. Incluso le
escuchaban cortésmente cuando hablaba. Pero eso no sucedía a menudo, pues la
autoridad superior conocía sus recursos mejor que él. Smin atendía y se
maravillaba.
Ante Rasputin, que explicaba al director del hospital de Pripyat que la razón
por la que su clínica había sido evacuada no era solamente mantener lejos a los
pacientes, sino que su personal era inadecuado para enfrentarse a aquellos
problemas:
—Sus doctores están atendiendo heridas, shock, calor, incluso ataques
cardíacos…, ¿pero dónde hay uno capaz de atender la radiación?
Y se maravillaba ante Lestilyan, que razonaba pacientemente con el
comandante de las brigadas de bomberos sobre la conveniencia de utilizar otros
métodos. El fuego del núcleo no se había apagado; ni siquiera se había reducido:
el volumen de grafito combustible era inagotable, y cada uno de sus átomos
ansiaba unirse al oxígeno del aire. El núcleo incendiado era una reserva masiva
de calor. Incluso si enfriaban un poco la superficie, al vasto almacén interior la
recalentaba y mantenía la temperatura de los bloques de grafito muy por encima
de la temperatura de ignición.
—Exactamente. Así que el agua no sirve —se quejó el jefe de bomberos—.
Hierve inmediatamente.
—Claro. Por tanto, debemos sofocarlo. Tal vez cubriéndolo con arena. Algo
que no deje pasar el aire.
—¿Echar arena con las mangueras? ¡Qué insensatez! Nunca he oído nada
parecido.
—No con mangueras —dijo pacientemente Lestilyan—. De alguna otra
manera, y rápido. ¿Qué habrá ahora? ¿Seiscientos microroentgens por hora en
Pripyat? ¡Y aumenta a cada instante!
—No entiendo nada de micro-lo-que-sea —dijo testarudo el comandante—.
Sólo entiendo de fuegos. —Dudó un momento—. Bien, entonces, ¿podemos
conseguir helicópteros para arrojar la arena? ¿O quiere que mis hombres la
transporten en sus cascos?
—Helicópteros pesados, claro —asintió Lestilyan; y cogió el teléfono para
llamar a las Fuerzas Aéreas.
Smin les escuchaba a todos con atención, y apenas hablaba. Y así pasaban las
horas: una emergencia tras otra, sin tiempo de resolver un problema cuando ya
había otro esperando. Al menos, la Fuerza Aérea prometió que los helicópteros
llegarían al anochecer. Al menos, una grúa acudió desde Pripyat y se encontró a
un operario lo bastante valiente para acercarla al reactor incendiado y tratar de
arrojar tierra, piedras, trozos de roca y de cemento en aquel horno ardiente, en
tanto llegaban los helicópteros pesados. Al menos, los problemas médicos
estaban ahora en manos de expertos. Al menos…
Al menos, pensó Smin sombrío, su esposa y su hijo menor estaban fuera de
aquello. Los había pasado al otro lado del punto de control él mismo, en su
propio coche, veinte minutos antes de que llegara la orden de que no cruzasen
más vehículos.
Pero aún quedaban otras cincuenta mil personas en la ciudad de Pripyat.
Cuando le pusieron delante un plato de rancho militar y un trozo de pan,
Smin descubrió que era más de mediodía y que no había comido nada desde que
llegó al puesto de control, mucho antes de amanecer. Deseó poder dar una
cabezada aunque fuera por un minuto, cerrar los ojos…
Pero no bastaría un simple minuto. El cansancio y el dolor de huesos, el
pulso que empezaba a latir entre sus sienes…, aquello no desaparecería con una
siestecilla. Así que Smin permaneció despierto. Se levantó, dejó el plato y se
acercó a la puerta, porque había oído el ruido de un helicóptero aproximándose.
¿Podría ser que las Fuerzas Aéreas llegaran tan pronto?
No. Era un pequeño artefacto de dos plazas, similar al del general, y el
hombre que bajó de él era el director de la central nuclear, T. M. Zaglodin. Habló
deferentemente a Istvili, el hombre del Ministerio, antes de dirigirse a Smin.
—Bien, Simyon Mijailovitch —dijo, furioso—. ¡Me ausento unos días para
resolver unos asuntos y menudo lío organiza!
Lo que el director tuviera que decir poco significaba para Smin. Zaglodin ya
no contaba a la hora de tomar decisiones. No había estado presente cuando hubo
que tomar las primeras, y ahora que los hombres de Moscú se encontraban allí,
nada de lo que él o Smin pudieran decidir sería definitivo sin que los otros lo
ratificaran. Smin no le hizo caso.
—Camarada Istvili —dijo—. Exijo una decisión en la cuestión relativa a la
urgente evacuación de Pripyat de todo el personal innecesario.
Pero Istvili alzó una mano.
—Los autobuses ya vienen —dijo. No parecía interesado en el tema. Miraba
curiosamente a Smin—. Camarada director técnico, ¿qué le pasa en la cara?
Y Smin, tardíamente, notó que los pequeños puntos sensibles en las
comisuras de su boca se habían ido haciendo más dolorosos, y cuando tocó uno
de ellos no se sorprendió al ver que su dedo se humedecía con el fluido de una
llaga abierta.
15
Domingo, 27 de abril.

Aunque el soldado del Ejército soviético Sergei Konov nació en Tashkent, es


ruso y moscovita por linaje y educación. No recuerda nada de Tashkent. Ni
siquiera recuerda haberse trasladado a Moscú con sus padres cuando tenía dos
años. Recuerda muy bien cuando salió de allí para cumplir su servicio militar en
junio de 1984, a los veinte años, porque no quería ir. Konov no ha sido un buen
soldado. No quería serlo en absoluto, puesto que no le gustaba ninguna de las
posibilidades que ello sugería. Podía ser enviado a Afganistán y morir allí, podía
ir a Polonia y ver cómo las muchachas de Solidaridad le rehuían; podía, en el
mejor de los casos, pasar el tiempo haciendo cosas arduas y estúpidas durante un
par de años, sin ocasión de lucir sus hermosos tejanos Wrangler, de reunirse con
sus amigos en la sala del «Pájaro Azul» de la calle Pushkin, o de escuchar cintas
de Los Beatles y de los Abba en el apartamento de alguien, hasta el amanecer.
Pero lo que Konov quería no importó. No hubo de evitarlo, aunque lo intentó. La
jarra llena de café en polvo americano que se obligó a beber antes del examen
médico había hecho, ciertamente, que su corazón se acelerase, pero el facultativo
no se impresionó lo más mínimo. Todo lo que dijo fue, «Menos café, Konov, por
favor. Servirá mejor a su país si duerme por las noches». Konov tiene la
reputación en su unidad de ser un soldado vago. Se la ha merecido. No se lleva
muy bien con la mayoría de sus camaradas, algunos de los cuales son eslavos,
como él mismo (y ninguno, por supuesto, bielorruso, ya que es en la República
de Bielorrusia donde está emplazada la 461 División de Guardias). Procura hacer
lo menos que puede, con bastante fortuna ahora que es soldado de cuarta clase,
no le falta mucho para licenciarse y está en posición de obtener de los soldados
recién llegados que hagan su trabajo por él. Tiene una ambición, y es evitar que
le envíen al pelotón de castigo antes de que termine su servicio. Ya que Konov
forma parte del reemplazo del verano de 1984, su servicio terminará
exactamente dos años más tarde, el 12 de junio de 1986. Conoce la fecha muy
bien. Ha estado esperándola ansiosamente durante 684 días, y mientras viaja en
el destartalado camión militar a dondequiera que les lleven, calcula que si siguen
en el vehículo mucho rato pronto habrá ganado otro día.

Konov no sabía que Chernobyl era el nombre del lugar al que se dirigían
aquella tarde dominical de abril, el único día de la semana que debería haber
sido preciosamente suyo. Konov no sabía en absoluto a dónde iban ni qué iban a
hacer. Y tampoco lo sabía ninguno de los otros veintitantos perplejos soldados
que viajaban con él en el camión, que traqueteó por una carretera comarcal a
ciento treinta kilómetros por hora hasta que se detuvieron en una encrucijada y
les ordenaron que bajasen.
Bajaron del autobús para orinar, alineados a lo largo del borde de un campo
de trigo, e intercambiaron con los soldados de los otros camiones las mismas
hipótesis que habían intercambiado con sus compañeros durante las últimas dos
horas. Nadie sabía nada. Ninguna de las unidades estaba ni siquiera completa. La
División 461 había sido puesta en alerta a las dos de la tarde, y a los hombres
disponibles se les ordenó subir a los camiones con equipo completo a las tres y
cuarto.
—No puede ser un ataque americano —dijo uno—, porque iríamos hacia el
este, no al sur.
—Un carajo los americanos —dijo otro—. Son los puñeteros ucranianos.
Han encontrado otro bandido cosaco que los lidere y están intentando otra
revuelta.
Y otro más estaba convencido de que eran los chinos, quienes habían subido
desde las fronteras del Irán, o los afganos, que se habían aburrido de tender
emboscadas a las tropas soviéticas en su propio país y ahora les invadían, ¿o
quizás eran los marcianos? No fue hasta que un sargento llegó al trote para
gritarles que obtuvieron alguna información, aunque no resultó de utilidad
inmediata.
—¡Gilipollas! —chilló—. Tenéis que mear en el lado oriental de la
carretera… ¡El lado oeste es donde dormiréis esta noche!
—¿Dormir aquí, sargento? —preguntó uno—. ¿Quiere decir que nos vamos
a quedar en este sitio? ¿Para qué estamos aquí?
El sargento señaló la distante columna de humo que se alzaba en el horizonte
meridional.
—¿Veis eso? Por esa cosa estamos aquí, y suerte tendréis si vivís para ver
algo más.

Era sólo una manera de hablar, se tranquilizaron mutuamente los camaradas


de Konov. Pero una hora más tarde, cuando llegaron a la ciudad de Pripyat,
Konov ya no estuvo tan seguro. Algunos de los policías que vigilaban los
accesos habían hablado con los soldados, y las palabras que utilizaron daban
miedo. «Explosión atómica.» «Fuera de control.» Y aún peor, «¡La gente está
muriendo aquí!»; y nadie parecía creer que fuera una exageración. Entonces les
dieron aquellas cositas de aluminio que parecían plumas estilográficas. Las
miraron con curiosidad, y cuando les dijeron que se llamaban «dosímetros» y
que su propósito era medir la cantidad de radiación peligrosa que podría recibir
cada uno de ellos, el estado de ánimo de los soldados se tornó bastante taciturno.
Su trabajo resultó ser evacuar a los vecinos de la ciudad de Pripyat. Una
interminable fila de autobuses de todo tipo (urbanos, interurbanos, militares:
Konov nunca había visto tantos autobuses juntos…, ¡alguien dijo que había mil
cien!) se dirigía a la ciudad por la autopista. La primera tarea de los soldados
consistía en sacar a las gentes de sus casas y llevarlas a los transportes.
Inmediatamente. Se les asignaron bloques y edificios, por parejas, y Konov se
encontró subiendo y bajando escaleras y diciendo a los ocupantes que la ciudad
iba a ser evacuada (sólo temporalmente, como precaución) y que todos debían
prepararse para partir dentro de media hora. Mientras tanto, ¿había algún
enfermo? ¿Mujeres embarazadas? ¿Ancianos o gente con problemas de corazón
que necesitaran ayuda especial?
A Konov le sorprendió que los habitantes de Pripyat tomasen sus gritos tan a
la ligera. Por supuesto, habían recibido numerosas advertencias de que se cocía
algo. Si por cualquier circunstancia no hubieran visto aquella distante nube de
humo, los coches de la policía que recorrían las calles con los altavoces a todo
volumen se lo habrían hecho saber. Y sin embargo, había gente que no quería
marcharse, gente que no podía decidirse y gente (mucha, mucha gente) que
definitivamente quería que se los llevaran de la ciudad amenazada lo antes
posible, pero primero pedían tiempo para tomar decisiones, ayuda para
empaquetar su comida, sus ropas, sus animales, sus niños.
No había tiempo.
—¡Dentro de treinta minutos —gritaba Konov— estarán fuera de este
edificio, o volveremos para sacarles a rastras! Deben llevar comida y todo lo
necesario para tres días, ¿comprenden? ¡Y en treinta minutos un autobús les
recogerá!
Cuando vio Pripyat por primera vez casi sintió envidia. Los edificios de
hormigón de ocho pisos, en las afueras, eran similares a aquellos que habían
invadido todas las zonas verdes de los alrededores de Moscú; eran, de hecho,
como aquéllos donde aún vivían los padres de Konov, a la salida de
Leningradskaya Prospekt. Pero los del interior de la ciudad eran bastante
distintos. Eran, en una palabra, preciosos. Estaban muy bien cuidados y rodeados
por árboles y parques. No era sólo que alguien con una excavadora hubiera
plantado un jardín aquí o un lecho de flores circular allá; los árboles de Pripyat
eran abetos nativos, y también había castaños y árboles frutales, algunos de los
cuales estaban en flor. Qué hermoso sería vivir en un lugar como éste, pensó
Konov. Los únicos elementos que le recordaban su hogar eran los coches
aparcados en las aceras, casi la mitad cubiertos todavía con las fundas de lona
que los habían protegido del invierno ucraniano. Y en el interior de los edificios
se sintió aún más como en casa, pues, aunque eran nuevos, los corredores tenían
ese omnipresente aroma ruso de coles viejas.
Por primera vez en su servicio en el Ejército, Konov sintió que estaba
haciendo un trabajo que merecía la pena.
Al principio le dio miedo… ¡Un accidente nuclear! Pero era obvio que lo
importante era poner a toda aquella gente a salvo. Konov se movió deprisa,
como no lo había hecho en los últimos veintidós meses y medio, y aun así le
pareció que no era lo bastante rápido. Cuando terminaron el primer recorrido por
los edificios que les habían asignado, Konov ansiaba continuar el trabajo.
Pripyat era una ciudad de gente joven y sana, al parecer. Apenas nadie
necesitaba atenciones especiales por causa de la edad o de enfermedades. Los
hombres del pelotón de Konov se sentaron en la calle a fumar, esperando nuevas
órdenes para terminar la tarea.
—Miklas —le dijo Konov a su compañero, un armenio moreno y compacto
—. Podríamos hacer esto más rápido si nos separamos.
—¿Para qué queremos hacerlo más rápido?
Konov dudó.
—¿Para ayudar a esta gente?
Las palabras se habían convertido en una pregunta a medida que iba
pronunciándolas.
Miklas le miró con curiosidad.
—Seryhozha, si terminamos pronto, encontrarán cualquier otra cosa que
ordenarnos.
—Incluso así.
Miklas sacudió la cabeza.
—Bien, ¿por qué no? De acuerdo. Tú te encargas del edificio alto, yo del
otro.
Conforme, pensó Konov mientras entraba en la segunda casa de
apartamentos del bloque. Ya había ideado una nueva forma de encarar la
situación. Era mejor empezar por la planta baja e ir subiendo, que empezar por
arriba. Con su nuevo sistema, podía verificar de nuevo cada piso al bajar, porque
cuando la gente saliera del piso superior los dos de abajo ya estarían informados
de lo que tenían que hacer. Además, con suerte, muchos de ellos ya andarían por
la calle, camino de las zonas de embarque señaladas en las aceras, con sus
pertenencias bajo el brazo y quizás un niño a cuestas. Tuvo que emplear
amenazas en uno de los apartamentos del primer piso, pero en el segundo
encontró una ayuda inesperada.
Un hombre alto y pálido, con el brazo en cabestrillo, le esperaba en las
escaleras.
Curiosamente, aunque el tiempo era caluroso a aquella hora de la tarde, el
hombre llevaba un jersey de cuello alto y una gorra de lana.
—Déjeme ayudarle —dijo, en un raro tono de súplica—. Me llamo
Kalychenko. Soy ingeniero. Trabajaba en Chernobyl.
Konov frunció el ceño.
—¿Y cómo puede ayudarme? —preguntó.
—¡Por lo menos puedo explicar a la gente a qué se enfrenta! —dijo el
hombre, como pidiendo disculpas—. Muchos de ellos, simplemente, no
entienden el peligro de la radiación.
—Pero está usted herido —objetó Konov, señalando su brazo. No era un
cabestrillo correcto lo que llevaba, sino un chal de mujer—. Si baja ahora, puede
que quede alguna ambulancia para los enfermos.
—No necesito una ambulancia. Ya me curarán después.
—Vamos entonces —dijo Konov, girándose. Se detuvo al ver que el hombre
soltaba su maleta en el interior del apartamento, pero dejaba la puerta abierta—.
¿No tiene miedo de que le roben?
El hombre se echó a reír.
—Eso es imposible. No hay nadie en Pripyat que pueda cargar con más de lo
que ya lleva. ¡Vamos! ¡Cuanto antes pongamos a esa gente en marcha, más
pronto nos iremos todos!

Konov no lo habría creído posible, pero en menos de noventa minutos desde


el momento en que entraron en Pripyat, una ciudad de cerca de cincuenta mil
habitantes había quedado desierta.
La calle a la que había sido asignado fue casi la última en ser evacuada.
Patrulló la acera con Miklas, siempre vigilando que ninguno de los
quejumbrosos ciudadanos cediera al impulso de volver atrás y recoger algo más,
mientras esperaban.
—Habría sido mejor reunirlos a todos en las plazas principales y recogerlos
allí —criticó Miklas.
—No digas tonterías. Los han retenido en sus casas porque no quieren que
cunda el pánico. Lo que tendrían que haber hecho es asignar a cada autobús una
dirección específica, y así no habría que esperar tanto.
—El tonto eres tú —dijo Miklas amigablemente—, y que te den por el culo.
¿Qué sería de la Unión Soviética si no hubiera que esperar haciendo cola? Por
eso no eres oficial, Sergei. No entiendes la forma de vida soviética.
—La comprenderé perfectamente cuando regrese a ella —dijo Konov, y
luego alzó la voz—: ¡Usted! ¡Quédese donde está! ¡Su autobús vendrá
inmediatamente!
No vino, sin embargo. Konov podía oír los autobuses de las manzanas
próximas, pero hasta el momento el suyo no había aparecido. Sólo había
soldados a pie en las calles. Los coches de la policía eran los únicos que
circulaban. Konov estudió cuidadosamente los grupos de gente de su bloque para
ver si alguno cambiaba de opinión, o recordaba que había algo imprescindible
que sería mejor volver a recoger. Algunos lo intentaron. Ninguno lo consiguió.
Pudieron ver cómo recogían en la manzana de al lado los quizá penúltimos
habitantes de Pripyat, y cómo éstos eran introducidos en el autobús número cien
(o tal vez número mil) de los que pacientemente rondaban las calles, cargaban y
se marchaban. Los había de toda clase. Algunos habían prestado servicio en la
misma ciudad de Pripyat, la mayoría parecían ser de la distante Kiev y otros
quizá venían de comunidades cercanas. Había incluso algunos camiones con las
insignias del Ejército, acaso los mismos en que habían venido Konov y sus
camaradas dos horas antes.
—Así que volveremos a pie al cuartel —gruñó Miklas, y Konov le palmeó la
espalda.
—Puede que tengas suerte. Mira, asignan un soldado a cada autobús. ¡Tal
vez pases la noche en el Mar Negro!
Si allí era adonde se dirigían, algunas personas que esperaban ser evacuadas
se habían equivocado en sus previsiones. Muchos llevaban chaquetones de piel
de oveja, incluso botas; un hombre incluso sostenía un par de esquís. Otro tenía
una raqueta de tenis; bueno, ya que les habían dicho que la evacuación duraría
sólo tres días, planeaban sin duda gozar de unas pequeñas vacaciones en
compensación. (¿Pero adónde pensaba que iban el hombre de los esquíes?) ¡Y
las cosas que llevaban! Incluso un pollo vivo; Konov lo vio con sus propios ojos,
bajo el brazo de una anciana. Había jaulas de pájaros y mantas enrolladas,
maletas y bolsas de viaje, sacos, cestas de la compra, lámparas de mesa con
dibujos color de rosa, aparatos de televisión, un estéreo o dos…, no había nada
en ningún hogar soviético lo suficientemente pequeño para poderlo transportar
que no se viera a hombros o en las manos de alguien, pensó Konov. ¿Qué
posesiones habrían dejado atrás? Y sin embargo, Konov sabía que la respuesta
era todo. Incluso los más pobres poseían más de lo que él mismo podía acarrear,
y los oficiales habían sido inflexibles: lo que una persona no pudiera transportar
en un solo viaje, sería abandonado cuando el autobús arrancara. Ya se había
formado un montículo de pertenencias descartadas, y lloradas, en la puerta del
edificio, que se sumaba a todo lo que había abandonado en casa, o en el puesto
de trabajo, junto con la ropa tendida y la comida dispuesta en las mesas…
Konov pensó que algo similar había ocurrido casi medio siglo antes, cuando
los alemanes terminaron su barrido por los pantanos de Pripyat y arrasaron
aquella zona. Pero ahora no eran los alemanes; no era la acción de un enemigo
externo; era, pensó intranquilo Konov, simplemente el resultado de lo que se
habían hecho a sí mismos.
No le gustó este pensamiento.
Konov se quitó el dosímetro de la gorra y lo observó a la luz. Lo que vio
fueron números y símbolos crípticos, negros sobre fondo blanco. Pero nadie le
había dicho qué significaban los símbolos.
Al otro extremo del bloque de casas, el sargento sostenía un altercado con un
hombre que gritaba y señalaba un coche. El sargento negaba con la cabeza.
—Mira —dijo Miklas—, el pobre tipo sólo quiere marcharse con su Zhiguli.
¿Por qué no le deja el sargento?
—Porque no quieren atascos de tráfico, naturalmente —replicó Konov.
Pero había algo que quería preguntarle al sargento. Empezaba a tener mucha
hambre. Se levantó y caminó hacia él, y al hacerlo casi tropezó con el hombre
pálido del brazo en cabestrillo que le había ayudado a evacuar algunos edificios,
el de apellido ucraniano, Kaly-lo-que-fuera. Konov tenía cosas más importantes
en mente y apenas devolvió el saludo del hombre, aunque advirtió que la
muchacha que estaba junto a él era atractiva. Konov se acercó al sargento, que
ahora estaba solo y bebía de una botella de Fanta de naranja, aunque su
contenido tenía el color y el olor de la cerveza.
—Sargento —dijo Konov educadamente—, creo que ya ha pasado nuestra
hora de comer.
—Comeréis cuando se os diga. Probablemente habrá comida en el área de
aprovisionamiento.
—Sí, sargento, pero si se están usando nuestros camiones para salvar a estas
personas del peligro, ¿cómo llegaremos allí? Hay al menos diez kilómetros.
—Son casi veinte —dijo el sargento, pensativo, mirando a Konov—. Pero tú
no tendrás que andar —añadió alegremente—. Estaba a punto de elegir a un
hombre para que subiera a ese autobús y mantuviera el orden. Tú lo harás. Sube.
—¿Para ir a dónde? —preguntó Konov, dando un paso atrás.
—A dondequiera que vaya —dijo el sargento, y estiró la mano y le quitó a
Konov el dosímetro—. Pero primero dame eso; nos hará falta para las patrullas
que permanezcan de servicio aquí.
—¡Pero sargento, no sé lo que dice! —gimió Konov—. Si resulta que he
quedado expuesto a demasiada radiación, ¿cómo lo sabremos?
—Claro que lo sabremos —afirmó el sargento, señalando el autobús con el
pulgar—. Recibiremos un informe de dondequiera que vayas diciéndonos que
estás muerto.

Al principio, el ambiente en el autobús era alegre; alguien tenía un acordeón,


y unas cuantas personas empezaron a cantar como adolescentes que fueran a su
campamento Komsomol a pasar el verano. Luego el autobús entró en la
autopista. Tuvo que pasar junto a una larga fila de vehículos del Ejército,
ambulancias y máquinas pesadas que se dirigían a la central.
Todo el mundo se volvió para mirar el convoy. El ambiente festivo se
evaporó de inmediato.
El autobús estaba lleno de personas y sus pertenencias. No había sitio para
Konov, excepto el hueco de la escalerilla junto a la puerta; al menos, estaba en lo
que parecía un autobús interurbano, no uno de los urbanos donde incluso las
escalerillas eran tan angostas que nadie podía dormir en ellas; Konov consiguió
dormir, encogido, con la cabeza casi debajo del asiento del conductor.
Lo mismo hicieron, después de un rato, la mayoría de los ocupantes del
autobús, incluso Kalychenko. Él y su chica habían tenido suerte. Consiguieron
sentarse juntos, y hacerlo al fondo del autobús, donde había un poco más de
espacio en el suelo para colocar el maletín de paja de Raia, sus utensilios de
cocina, su saco de harina y medio kilo casi fundido de manteca. Cada diez
minutos, durante los primeros cincuenta kilómetros, ella dio un respingo
recordando algo más que había olvidado.
—¡El vino, Bohdan! ¡El champaña para nuestra boda, aún está en la cocina,
no me dieron tiempo para pensar!
Y Kalychenko la abrazaba, con el brazo dolorido cuando ella descansaba
contra su hombro.
—Tranquila, Raia, no pasa nada. No nos marchamos para siempre, ¿sabes?
¿Pero era eso cierto? Kalychenko sabía bastante bien que aquellos «tres
días» podrían muy bien ampliarse hasta siempre. El hecho de que la ciudad
hubiera sido evacuada tan apresuradamente y tan de improviso era prueba cierta
de que el grado de radiación no sólo estaba por encima de los niveles de alarma,
sino que era verdaderamente muy peligroso. (¿Y cuánta radiación había recibido
ya cada uno de ellos? No tanta como el propio Kalychenko si hubiera
permanecido en su puesto, por descontado… Pero este pensamiento le conducía
a preocupaciones casi peores que la amenaza de una futura leucemia.) Calculó
mentalmente, intentando recordar la vida media de los mortíferos radionúclidos
que podían encontrarse en el humo de la explosión y del incendio. Supón (pensó)
que los bomberos y los ingenieros consiguen apagar las llamas y controlar las
reacciones de fisión. Supón que llegan a sellarlo todo. Muy bien. Aún quedarían
todas las pequeñas partículas radiactivas caídas del cielo. Las cenizas del fuego,
el rocío de la mañana, el mismo aire ya habría dejado películas invisibles de
cesio radiactivo, yodo, estroncio y una docena de elementos más. Y todos ellos
estaban aún en Pripyat, emitiendo radiación. Bueno, algunos tenían corta vida
media, recordó. En pocos días, la mitad del yodo se habría convertido en otro
elemento, uno inofensivo; en pocos meses, lo mismo podría decirse del cesio y
del estroncio. En un año o menos, la radiación estaría sólo a una fracción de sus
niveles actuales…
¡Un año o menos! Ni siquiera pensó en los elementos transuránicos, como el
plutonio, con una vida media de un cuarto de millón de años. Un año ya era una
eternidad.
Y, de cualquier forma, todo dependía de qué cantidad hubiera al principio.
Un cuarto de un poco era quizá no más que el nivel normal, mientras un cuarto
de mucho podría ser todavía suficiente para matar. Y lo peor de todo, ¿cuándo
podrían poner en marcha el paciente reloj que les dijera la fecha en que podrían
volver? Cuando el autobús se marchaba, Kalychenko había doblado el cuello
para mirar atrás. Aún pudo ver, a la menguante luz de aquel día de abril, la
distante e irregular columna de humo. Parecía que había helicópteros alrededor.
¿Observadores? Estaban locos si así era, porque si atravesaban aquella columna
aprenderían por las malas lo que es tomar precauciones, demasiado tarde para
que el saberlo les sirviese de algo.
La columna no era ni una pizca más pequeña ni menos preocupante que el
día anterior.
Así que fácilmente podría pasar un año antes de que volvieran a ver Pripyat,
se dijo Kalychenko. Podría ser mucho más tiempo. Podría no ser nunca. ¿Y qué
ocurriría entonces con su precioso estéreo de Alemania Oriental, sus cintas de
Okudjava y de los Beatles, sus esperanzas de un coche, su carrera? ¿Qué pasaría
con los diez mil tesoros olvidados de Raia? ¿Y su boda? Cuando ella empezó de
nuevo («¡Mi impermeable de Checoslovaquia! ¿Y si llueve donde vamos?»), él
la acarició silenciosamente. Llovería, claro. Llovería muchas, muchas veces
antes de que ella volviera a ver aquel flamante impermeable negro.

Cuando despertó de su intranquilo sueño una hora más tarde, fue porque
Raia estaba pisándole. Intentaba ayudar a la mujer del asiento de delante, cuyo
bebé lloraba. El niño se había mojado, y la madre intentaba improvisar un
espacio llano entre el montón de maletas, bolsas y posesiones personales de todo
tipo apiladas en el pasillo, para poder cambiarlo. En las presentes circunstancias,
era un problema grave. La madre no había olvidado traer todo lo que necesitaba,
incluyendo especialmente las gasas. Por desgracia, el niño estaba en su regazo, y
las gasas guardadas en una bolsa sepultada en algún lugar del pasillo.
Kalychenko soportó que su novia se encaramara sobre él, cambiando de
asiento para ser más útil a la mujer de delante. Raia sostuvo al niño por los
hombros mientras la madre lo limpiaba y rápidamente lo envolvía en un pañuelo
de cabeza.
Kalychenko apartó los ojos. No podía hacer lo mismo con su nariz, y cuando
la mujer arrolló cuidadosamente las gasas sucias y las depositó a sus pies, se
quejó a su novia:
—¡Debería tirarlas por la ventana! ¡No es justo que nos haga soportar esa
peste!
Ahora le tocó a Raia el turno de calmarle:
—¿Y qué usará entonces cuando lleguemos? Está bien, Bohdan. Toma, huele
esto. —Sacó un pequeño frasquito de colonia y le roció las mejillas—. No te
importa lo del pañuelo, ¿verdad? —añadió tímidamente.
—¿El pañuelo? ¿Quieres decir que le has dado a esa mujer mi cabestrillo?
Kalychenko estaba furioso.
—Me ha parecido que ya no la necesitabas, Bohdan, querido. Levantaste las
bolsas con las dos manos. Y bueno, dentro de unos meses, cuando tengamos
nuestro pequeño…
—Supongo que está bien —gruñó él—. Volvamos a dormir.
Y Raia, obedientemente, apoyó de nuevo la cabeza en su hombro y cerró los
ojos.
No fue fácil para Kalychenko. La mujer de delante había abierto la ventana
un poquito para tratar de disipar el mal olor, pero como resultado, una corriente
de aire frío y húmedo le daba a Kalychenko en la cara. Tenía ganas de orinar. Su
futuro era negro. Su ánimo, hosco.
No existían dudas en la mente de Kalychenko (bueno, ninguna duda real), de
que quería casarse con Raia, ni mucho menos que quería al niño que ella llevaba
en sus entrañas. Claro que todo el mundo debería tener un hijo. ¡Pero qué mal
momento! Y las pequeñas magulladuras de su hombro, las que se hizo cuando se
cayó al huir del reactor que estallaba, ya no le parecían tan convincentes.
Especialmente desde que Raia había dado su cabestrillo. Éste, por supuesto, no
era más que un camuflaje, una evidencia circunstancial para añadir credibilidad a
la historia que planeaba contar; pero Kalychenko era consciente de que
necesitaría toda la ayuda posible cuando llegara la hora de las preguntas.
Y, tarde o temprano, aquella hora llegaría.
Kalychenko gruñó (sofocando el sonido, para que Raia no lo oyera) e intentó
dormir de nuevo. Pero el autobús parecía reducir la marcha, incluso detenerse.
Se paró, y luego volvió a ponerse en marcha lentamente.
Kalychenko intentó levantarse para ver lo que pasaba sin molestar a Raia.
Había luces en la carretera. Alguien gritaba órdenes; el autobús avanzó hacia un
costado de la calzada y se detuvo por completo. Los pasajeros empezaron a
moverse.
Las luces interiores del autobús se encendieron y la puerta se abrió. Delante,
el conductor, el soldado que se había quedado a bordo y alguien del exterior
hablaban en susurros; después, el soldado se dirigió a ellos:
—¡Todo el mundo tiene que bajar aquí! —chilló, con la voz ronca de sueño y
fatiga—. Dejen sus pertenencias en el autobús. ¡Por favor, dense prisa!

A fin de cuentas no había sido buena idea sentarse al fondo del autobús,
porque les llevó una eternidad salir de él.
Vaciar el vehículo fue un complicado problema logístico. Primero la gente de
los asientos delanteros tenía que levantarse y quitar algunas de las cosas del
pasillo y colocarlas en los sitios que dejaban vacantes, antes que los de las filas
siguientes pudieran salir. El proceso tuvo que repetirse, fila tras fila, por todo el
autobús, hasta que les llegó el turno a Kalychenko y Raia. No había manera de
aligerar el proceso. Todo lo que pudieron hacer fue mirar por las ventanas.
Vieron que estaban en lo que parecía alguna clase de estación rural de autobuses.
Había otros vehículos, una docena o más, y gente deambulando bajo luces
brillantes.
—¡Por favor, todo el mundo! ¡Escuchen! —llamó el soldado cuando ya
avanzaban y estaban a punto de desembarcar—. Recuerden que el número de su
autobús es el 828. ¡828, recuerden! ¡Cuando mencionen ese número, sigan las
instrucciones, y especialmente a la hora de marcharse, asegúrense de que
vuelven al autobús 828, porque me juego el culo si no lo hacen!
Una anciana le reprendió:
—¿Ésas son maneras de hablar? ¿Un soldado del Ejército Rojo? ¿Le gustaría
a tu madre oírte hablar así?
—Lo siento —dijo Konov, ruborizado—. Pero por favor, autobús 828, ¡no lo
olvide!
Los hombres eran conducidos a la derecha, las mujeres a la izquierda.
Kalychenko se apartó lo suficiente para evitar los charcos que habían dejado los
que bajaron antes que él y alivió su vejiga al lado de la carretera, tiritando en el
frío aire nocturno. Uno a uno, los autobuses se acercaban a un tanque de gasolina
para repostar, y luego regresaban a sus lugares de aparcamiento. Los conductores
se apresuraban para atender sus propias necesidades. Cerraban la puerta tras
ellos. Los soldados (otros soldados, con las insignias verdes de las tropas
locales) mantenían a raya a todo el mundo excepto a los conductores. Aún había
más soldados, agrupados en torno a un par de mesas de madera, con gente
formando colas ante ellas, y desde la parte trasera de un autobús, komsomols
cansados y sucios repartían comida.
Bueno, al menos era algo. Kalychenko buscó a Raia, y cuando ella regresó
de hacer sus necesidades se pusieron en cola para recoger lo que daban. Los
komsomols, exhaustos y agitados, entregaban pan, salchichas y té fuerte.
—Me pregunto dónde estamos —dijo Kalychenko cuando encontraron un
muro bajo en el cual sentarse mientras comían.
—Una mujer ha dicho que en un sitio llamado Sodolets —respondió Raia,
alzando la voz para hacerse oír. Era un lugar ruidoso, con los motores que rugían
mientras llegaban nuevos coches y los anteriores se marchaban—. Al sur de
Kiev. Hemos recorrido un buen trecho. —Miró a su vecina del autobús, quien,
dándoles tímidamente la espalda, amamantaba a su bebé—. Espero que no nos
falte mucho —se quejó—. No es bueno para el niño estar despierto tan tarde con
este aire.
—Tampoco es bueno para mí —gruñó Kalychenko en voz baja.
Y entonces llamaron el número de su autobús y una vez más guardaron cola,
bajo las luces brillantes, ante las mesas donde esperaba un coronel del Ejército,
que ponía cara de palo y fumaba un cigarrillo, mientras dos tenientes, ¡maravilla
de maravillas!, daban dinero. Cuando llegó su turno, Kalychenko mostró su
pasaporte. El teniente diligentemente copió su nombre en una larga lista y luego,
con sumo cuidado, contó veinte billetes nuevos de diez rublos y se los puso en la
mano.
—¿Para qué? —preguntó Kalychenko, sorprendido.
—Para usted —dijo el teniente—. Para ayudarle a establecerse en su nuevo
hogar. Un regalo de los pueblos de la Unión Soviética. ¡Ahora muévase rápido,
hay más gente esperando!
Kalychenko contó los billetes con el ceño fruncido, mientras seguía a Raia al
lugar donde habían ordenado reunirse a los pasajeros del autobús 828. El
soldado de Pripyat permanecía de pie ante la puerta cerrada, con un tazón de té
en la mano. Parecía más alegre que antes, y saludó a Kalychenko con un
movimiento de cabeza.
—Escuchen todos —ordenó—. Cuando entren en el autobús, sean sensatos.
Primero los de las filas de atrás. Siéntense en el mismo sitio que antes. De otro
modo, sólo nos armaremos un lío y…
Guardó silencio, ya que un capitán del Ejército llegaba con una carpeta.
—Embarquen ya —ordenó con voz cansada, tirando de la puerta hasta que se
abrió—. En pocas horas, camaradas, estarán en sus nuevos hogares. ¿Dónde? —
Miró su carpeta—. ¿Éste es el autobús número 828? Bien, entonces les queda
todavía un trecho. Van a un lugar llamado Yurovin.
16
Domingo, 27 de abril.

La radiación mata las células de los seres vivos deteriorando su proceso de


crecimiento, y por ello son las partes del cuerpo humano que crecen más deprisa
las que sufren más. Las mucosas bucales y el tubo digestivo son dañados
rápidamente, pero es la médula ósea la que corre mayor riesgo. Es en la médula
ósea donde se generan las células sanguíneas, miles a la vez, para reemplazar
aquellas que se pierden en el desgaste normal del cuerpo. Cuando la médula ósea
es dañada por la radiación, la sangre queda sin la capacidad de combatir la
infección, de llevar el oxígeno de los pulmones, incluso de coagular. No importa
mucho si la radiación dañina proviene de una guerra nuclear, de una fuente
natural o de algo como Chernobyl. Lo que importa es cuánta radiación se recibe.
Hay muchas maneras de medir el daño que la radiación causa, pero la unidad
más común se llama «rad», que es la abreviatura inglesa de «dosis de radiación
absorbida». En términos técnicos, un rad se define como la cantidad de radiación
ionizante que deposita 100 ergios de energía en cada gramo de materia biológica
expuesta. El número de rads determina el proceso. Una persona que no haya
recibido más de 150 rads puede recuperarse por completo. Con 300 rads su vida
está en peligro, pero mediante transfusiones sanguíneas, antibióticos y los
mejores cuidados médicos, puede que salga adelante. 500 rads o más significan
que la médula ósea queda destruida, y sin médula ósea nadie puede vivir mucho
tiempo.

En la ambulancia, de camino al hospital número 18 de Kiev, Tamara


Sheranchuk deseó haber planchado menos camisas a su marido y haber prestado
más atención a sus libros. Tal vez en ellos habría algo acerca de esos «rads» y
«roentgens». Sabía muy bien que las cifras de las dosis eran muy importantes.
Los expertos del hospital número 6 de Moscú lo habían explicado a todos los
médicos de Pripyat y Chernobyl en aquellos breves veinte minutos que duró la
reunión, puesto que no había tiempo para más. Desgraciadamente, ella no supo
muy bien lo que querían decir. Por añadidura, las bajas que llegaban a su puesto
médico no traían cifras. Algunos de aquellos hombres no traían nada en
absoluto. Antes de entregarlos a los médicos, les practicaban una exploración
radiométrica. De vez en cuando los contadores hacían sonar la alarma, y
entonces les quitaban la ropa contaminada, que se añadía al montón de prendas
condenadas. Tenían suerte si conseguían un albornoz o una bata para cubrirse.
Tenían más suerte aún si eran solamente sus ropas las que hacían sonar los
detectores.
Incluso los que habían tragado o inhalado material radiactivo no resultaban
tan frustrantes como quienes estuvieron, simplemente, expuestos a radiación
intensa. Éstos eran los más difíciles de diagnosticar. No había ninguna herida
visible. Estaban débiles, sentían náuseas, vomitaban de modo impredecible; sí,
muy bien, éstos eran precisamente los primeros síntomas de envenenamiento por
radiación. Pero también eran los síntomas de shock o sobreesfuerzo y de un
centenar de otras cosas, incluso de simple fatiga, y desde luego todos cuantos
habían trabajado para controlar los daños del accidente tenían derecho a sentir
fatiga. Incluyendo a Tamara Sheranchuk.
Así que lo que Tamara estuvo haciendo, antes de que le ordenaran tomar la
ambulancia para acompañar a cuatro heridos graves al hospital número 18 de
Kiev, era el tipo de trabajo médico que siempre se hacía con los heridos:
emplastos, vendas, sutura… No bastaba.
No había espacio en la ambulancia para cuatro pacientes, y mucho menos
para Tamara y las perchas de donde colgaban el plasma y los antibióticos que
fluían al riego sanguíneo de dos de los pacientes. No había suficientes pinzas
para tantas perchas, y por ello cada vez que la ambulancia se balanceaba Tamara
tenía que sostener con una mano una bolsa de glucosa y con la otra impedir que
una percha de donde colgaba una solución salina se cayera, y encima evitar caer
ella misma.
Aquellos pacientes en concreto sufrían (o al menos se pensaba que sufrían)
ligeras dosis de radiación. Tres de ellos estaban seriamente quemados.
Desgraciadamente, sólo uno de los tres permanecía inconsciente: los otros dos
no paraban de quejarse y lloriquear mientras la ambulancia daba bandazos y
Tamara luchaba por permanecer despierta y controlar las perchas. Había un olor
desagradable en la ambulancia, en parte debido al vómito y en parte debido al
humo y, sobre todo, lo que peor olía era la carne quemada.
El cuarto paciente era una mujer que sentía dolores en el pecho, tal vez el
principio de un ataque cardíaco. Era mayor y estaba consciente; yacía sin hablar,
observando cómo Tamara procuraba cuidar a los otros. Cuando Tamara pudo
sentarse un momento, apartándose el cabello de los ojos deseando poder
cerrarlos un instante, la mujer le habló:
—La he visto antes —dijo, y cuando Tamara se identificó asintió con la
cabeza—. Sí, claro. ¿No me recuerda? Soy Paraska Kandyba, la secretaria del
director técnico Smin.
—Claro —dijo Tamara, soltando la percha con la solución salina y
consultando su ficha—. Sí, ya le han dado heparina y nitroglicerina. ¿Cómo se
encuentra?
—Me duele la cabeza. De momento, nada más.
—Eso es efecto de la nitroglicerina. Es desagradable, pero será mejor que no
le dé nada hasta que lleguemos al hospital.
—No quiero nada. Fue una locura por mi parte intentar ayudar, pero con una
cosa tan terrible…
Tamara vio que la mujer lloraba en silencio.
—Fue usted muy valiente.
—Pero no sensata. Y el director Smin tampoco fue sensato. ¡No es ya un
hombre joven! ¡Y sin embargo le vi entrar y salir constantemente de la central,
junto a los bomberos!
Tamara tuvo que soltar la ficha para rescatar de nuevo la solución salina. La
mujer había estado en la planta todo el día, suplicando que le dieran la
oportunidad de entrar y rescatar los papeles de su jefe.
—Dígame, Paraska —aventuró—. ¿Ha visto hoy por casualidad a mi
esposo?
Pero Paraska Kandyba solamente negó con la cabeza y continuó llorando.
Era obvio que sus lágrimas y su preocupación iban dirigidas al director técnico
Smin.

Cuando llegaron al hospital número 18, Tamara Sheranchuk bajó de la


ambulancia para ayudar al traslado de los pacientes. No hacía falta. Se apartó a
un lado mientras los enfermeros del hospital descargaban eficientemente a los
pacientes y los conducían al recibidor. Ansiaba regresar. ¡Y le llevaría casi dos
horas! Dos horas en las que podría tenderse en la ambulancia y dormir. Se
apoyaba contra la puerta del vehículo, soñando con aquello, cuando se dio
cuenta de que el conductor la tocaba y le hablaba.
—Mírelos.
Tamara parpadeó.
—¿Mirar a quién?
—A esa gente. ¡Se comportan como si nada hubiera pasado!
Era cierto. Contempló sorprendida las calles de Kiev. ¡Aquí era, después de
todo, una tranquila tarde de domingo! La gente paseaba, los niños reían mientras
jugaban, unas cuantas flores tempranas habían brotado en los castaños, los
brillantes carteles de la celebración del Primero de Mayo estaban por todas
partes. Tamara se maravilló de lo increíble que era que todas aquellas personas
hicieran vida normal, ajenas al infierno que se había desencadenado a menos de
ciento cincuenta kilómetros de distancia.
—Tienen suerte —gruñó el conductor de la ambulancia, y Tamara sacudió la
cabeza.
—En realidad no. Nadie tiene suerte hoy. Simplemente, no lo han
descubierto todavía. ¿Hemos acabado ya? Entonces regresemos a Chernobyl.
Cuando el conductor, que no había dormido más que Tamara, ponía en
marcha el vehículo, un hombre se les acercó corriendo y les pidió que le
llevaran. Explicó que era médico especialista en radiación, y que le habían
llamado de urgencia. Tamara se obligó a permanecer despierta: ¡ahora tenía
ocasión de aprender algo útil! Le preguntó por las cifras.
—Sí, exactamente —le explicó el médico—, por encima de los quinientos
rads la única esperanza es que alguien les done médula ósea.
—¿Y cómo se hace eso?
—Trasplantes de hígado fetal. En algunos lugares transplantan médula ósea,
en América algunas veces; pero hay grandes problemas. Primero es preciso
destruir la médula del propio paciente, o de otro modo el trasplante será
rechazado. Luego debe haber una compatibilidad perfecta, y eso no es fácil de
comprobar en el caso de la médula; si no es compatible, el trasplante será
rechazado igualmente. Por supuesto, el asunto es serio: un paciente susceptible
de recuperarse puede morir en el proceso de rechazo.
—¿Y cómo es el procedimiento del hígado fetal?
—En el embrión, son las células del hígado las que realizan las funciones de
la médula ósea adulta generando células sanguíneas. Así que se extrae el hígado
de fetos procedentes de abortos, purificamos las células y las inyectamos a los
pacientes. —Dudó—. Esto también tiene un bajo promedio de éxito —admitió
—, pero, después de todo, no hay otra opción para los pacientes con más de
quinientos rads.
—Ah, sí —dijo Tamara—, ¿pero cómo saben cuál ha sido la exposición, si
las víctimas no llevaban dosímetros?
—Ésa es la clave, por supuesto —dijo con entusiasmo el joven especialista
—. La doctora Ajmatova, en el hospital número 4 de Moscú, donde practiqué, ha
desarrollado un procedimiento. Efectuamos conteos de sangre a intervalos de
dos horas y los comparamos con las cifras normales. Vemos con qué velocidad
se deterioran las células, y a partir de ahí podemos determinar cuál ha sido la
exposición…
Pero Tamara se había quedado dormida a su lado.

Tamara casi se había permitido suponer que, para cuando volvieran, el fuego
estaría bajo control y la emergencia habría concluido, pero ahora todo parecía
peor aún que antes. Pripyat había sido evacuada. (¿Y dónde había ido su hijo
Boris?) La ambulancia fue enviada a la ciudad de Chernobyl, a treinta
kilómetros del reactor. Parecía que esa distancia era segura, y ahora se decía que
todo el mundo, todo el mundo, en aquellos treinta kilómetros de radio, tenía que
ser trasladado. ¿Dónde iban a encontrar sitio para alojar a toda aquella gente?
Había una docena de pueblos y casi treinta granjas colectivas en la zona:
¿adónde irían?
No era sólo la gente. La mitad de las granjas criaban ganado, principalmente
vacuno, pero también ovejas, cerdos, cabras, incluso algunos caballos. Muchos
de los animales procedían de las explotaciones privadas de los koljozistas, lo que
hacía que sus propietarios estuvieran doblemente ansiosos por salvarlos.
Cuando rodeaban la ciudad de Pripyat y la planta accidentada, Tamara miró
con nostalgia por la ventana trasera de la ambulancia. Allí estaría Sheranchuk.
Haciendo, estaba segura, algo tenazmente heroico y ciertamente peligroso. ¡Si
pudiera recogerles a él y a Boris, y escapar!
No se le ocurrió pensar que aquélla era la primera vez que, separada de su
esposo, su principal preocupación no era que él estuviese con otra mujer.
Cuando llegaron a la ciudad de Chernobyl, les dirigieron a la estación de
autobuses.
Allí, Tamara Sheranchuk no hizo más que entrar en la habitación habilitada
para los médicos cuando su jefa, la encargada de cirugía de la clínica de Pripyat,
arrugó la nariz y frunció el ceño.
—¿Cuándo te has cambiado de ropa por última vez? —ladró—. Ve de
inmediato y dúchate. Come algo. Descansa. No vuelvas hasta dentro de una
hora.
—Pero hay tantos pacientes…
—Ahora también hay muchos doctores —dijo la mujer—. Ve.
Y realmente, cuando Tamara regresó con una bata blanca limpia, el pelo aún
húmedo pero recogido en un moño, había cuatro médicos desconocidos
turnándose en los ingresos. Dos eran de Kursk, otro de Kiev, mientras que una
mujer, pequeña y morena, de aspecto oriental, había venido desde Volgogrado.
—Habrán vaciado todos los hospitales de la Unión Soviética —dijo Tamara.
—No, los hospitales están atendidos al completo —respondió la mujer de
Volgogrado—. Hemos venido los que no estábamos de servicio por ser domingo.
—¿Tanto preocupa a la gente de Volgogrado una explosión en Ucrania?
—La gente de Volgogrado no sabe nada. Tampoco lo sabía yo. Simplemente
me dijeron que me presentara en el aeropuerto a las nueve de la mañana, fuera
domingo o no, y aquí estoy. ¿Por qué no avanza esa cola? ¡Que entre el
siguiente!
Aquí era incluso fácil tratar a los pacientes. Los que sufrían heridas serias ya
habían sido atendidos y enviados a otros hospitales. Los que llegaban ahora eran
leves o estaban ilesos. En la mayoría de los casos, todo lo que Tamara tuvo que
hacer fue un rápido chequeo físico (los ojos, el pulso, la presión Sanguínea, el
interior de la boca), una breve encuesta sobre los síntomas y extraer unos pocos
centímetros cúbicos de sangre para que los analizaran en algún laboratorio.
Luego, la mayoría iba directamente a los autobuses o a los trenes, pues aquellos
que podían viajar eran catalogados de inmediato como refugiados.
—Madre —dijo una voz en la cola de al lado, y cuando ella alzó la vista del
paciente que atendía, vio a un muchachito.
Su cara estaba sucia y llevaba una camisa del Ejército que le quedaba
grande; tardó un momento en darse cuenta de que era su hijo.
—¡Boris! ¿Estás bien?
—Creo que sí. Ahora también están retirando a los komsomols.
—¡Ya era hora de que lo hicieran! ¿Pero a dónde os llevan?
—¡Oh, a un campamento de verano, madre! ¡A buen sitio! Tal vez a Artek,
en el Mar Negro… Y, oh, madre —dijo alegremente—, ¡no nos va a costar ni un
kopeck!
17
Domingo, 27 de abril.

El humo no permanece mucho tiempo en el aire. Lo que hace visible una


columna de humo son las pequeñas partículas de hollín, las cenizas y las otras
cosas que contiene, todas ellas efímeras. Las partículas más grandes caen pronto
al suelo; las restantes lo hacen más despacio, o son diluidas por la lluvia o por el
mismo aire en el que flotan, de modo que ya no pueden verse. Los gases
incorporados al humo, sin embargo, permanecen. Muchos de los gases de un
accidente nuclear son invisibles pero no indetectables. Un análisis químico los
localizará rápidamente, aunque si fuera necesario un laboratorio para detectarlos
no causarían demasiada preocupación. Desgraciadamente, se anuncian de una
forma diferente y mucho más alarmante: por la radiación que desprenden.

La primera persona que observó algo extraño en el aire que le envolvía fue
un soldado finlandés. Ya no quedaba humo cuando la nube procedente de
Chernobyl alcanzó la frontera finlandesa, así que no vio nada. Sus instrumentos
sí. El deber del soldado era supervisar una estación detectora de radiaciones
entre Finlandia y la URSS, y lo que sus instrumentos indicaban fue un
incremento pequeño, pero inexplicado, de los niveles normales de radiación. El
soldado informó inmediatamente a sus superiores, pero éstos decidieron
ocultarlo. Había un factor político a tener en cuenta. Finlandia no forma parte del
Pacto de Varsovia, pero por ello mismo los finlandeses han aprendido a ser
discretos. Pensaron que era posible que la radiación proviniera de alguna prueba
nuclear soviética no anunciada. En Finlandia no se emiten indiscriminadamente
informes preocupantes sobre las acciones nucleares de sus vecinos soviéticos.
Finlandia, sin embargo, no fue el único país en descubrir que había algo
extraño en el aire, aquel pacífico domingo de abril. Sólo fue el primero. A las
dos de la tarde, en la central nuclear sueca de Forsmark, un trabajador que
terminaba su turno pasó por el control de radiación. La prueba era pura rutina,
pero los resultados no.
Sus zapatos eran radiactivos.
Suecia no se toma a la ligera un descubrimiento de radiactividad inexplicada.
Hay un poderoso movimiento antinuclear entre los suecos. Todo lo que ocurre en
una central nuclear es vigilado con suma atención. Así que aquella información
fue transmitida en seguida a la cadena de alerta nacional. Causó preocupación
inmediata, que se multiplicó cuando otras estaciones informaron que también su
aire se mostraba tan sorprendentemente radiactivo como después de una prueba
nuclear. O como después de una bomba.
El primer pensamiento (después de que decidieran que las centrales suecas
eran inocentes) fue aterrador. La mayor parte del aire de Escandinavia proviene
del oeste y del sur. (Es por esta razón que el humo de las fábricas inglesas está
matando los lagos suecos: los británicos se deshicieron de su niebla, de su «puré
de guisantes», con grandes chimeneas que exportan la contaminación a
Escandinavia.) Así que dedujeron que la fuente de la radiación estaba en el
Reino Unido. ¿Era posible que Inglaterra hubiera sufrido un ataque nuclear? Las
estaciones de radio británicas continuaban su emisión. Por otro lado, ¿podrían
haber hecho los ingleses, los alemanes o los holandeses, de forma totalmente
imprevista, una prueba nuclear? Entonces los meteorólogos siguieron el curso de
los últimos movimientos del aire sobre Suecia e informaron a las autoridades
nucleares que las pautas eran un poco insólitas. La nube radiactiva no venía del
oeste; cosa bastante atípica, el aire de más reciente entrada se había originado en
el sur y en el este.
Había venido de la Unión Soviética.
Los suecos son tan prudentes respecto a sus vecinos como los finlandeses,
pero les importa menos la sensibilidad soviética. No vieron motivo para
mantener el asunto en secreto. Informaron a las agencias de prensa. La noticia
saltó inmediatamente a primera plana. Una hora después, la mayor parte del
mundo sabía que algo grande y nuclear había sucedido en la URSS… Casi todo
el mundo, en realidad, excepto la propia Unión Soviética.
18
Lunes, 28 de abril.

La Embajada de los Estados Unidos de América en Moscú se encuentra en la


sección de los bulevares que lleva el nombre del compositor Tschaikowsky. La
Embajada no es un solo edificio, sino una colección de varias estructuras unidas
en un complejo de ladrillo rojo. En la misma entrada del complejo monta guardia
una pareja de agentes de la KGB uniformados que fuman cigarrillos y charlan
entre sí hasta que alguien se aproxima. Entonces interceptan la puerta y piden los
pasaportes americanos o las tarjetas de hotel. Si los documentos están en orden,
los guardias de la KGB, o al menos los más amables de entre ellos, dicen
«Puzhalsta», que significa «por favor», y tal vez incluso se llevan la mano a la
visera de la gorra mientras se hacen a un lado. (Hay momentos en que son menos
amables y mucho más enérgicos, especialmente cuando, como pasa de vez en
cuando, algún desesperado ciudadano soviético ha intentado colarse entre ellos e
irrumpir en el santuario.) En realidad, la Embajada americana en Moscú es una
ruina. Debería haber sido desalojada hace al menos una docena de años, pero el
gélido estado de las relaciones soviético-americanas ha causado interminables
discusiones y generado retrasos en cada detalle, y por ello los planes de
instalarse en un nuevo edificio, moderno y espléndido, se han quedado sólo en
planes. Lo mejor que tiene es la cafetería. Allí, el personal americano puede
conseguir las únicas hamburguesas, patatas fritas y batidos auténticos que se
encuentran en Moscú. Lo peor que tiene puede que sea el hecho de que, entre su
plantilla de conductores, telefonistas, traductores, personal de cocina y de
limpieza, la mayoría son ciudadanos soviéticos y se sabe que casi todos ellos
tienen un segundo empleo (o, de hecho, el primero) como funcionarios de la
KGB.
Warner Borden, el agregado científico adjunto de la Embajada, regañaba a
Emmaline Branford, la encargada de Prensa y Asuntos Culturales, a propósito de
que la sorprendente noticia llegase por los teletipos libres.
—Diles a los nativos que se marchen —ordenó furiosamente, refiriéndose a
la traductora y al hombre de la limpieza.
Emmaline Branford le miró sorprendida.
—¡Pero si todo lo que ha llegado es el servicio de noticias públicas, Warner!
No hay ningún secreto.
—A veces hablamos, ¿no? —siseó Borden, bajando la voz—. ¡Mámenlos
alejados hasta que vuelva!
—¿Vas a la sala de códigos? —preguntó Emmaline, y Borden le dedicó una
mueca burlona.
—¿Ves a lo que me refiero? Me marcho, simplemente.
Emmaline suspiró mientras él se dirigía a los teletipos de seguridad, en otra
parte de la Embajada, con los marines siempre de guardia en la puerta. Al
menos, reflexionó, esta vez no le había palmeado el trasero.
Al otro lado de la estrecha sala, la traductora, Rima, examinaba el Pravda de
la mañana y vertía meticulosamente al inglés un artículo sobre las metas de
producción de las factorías pesqueras del Mar Báltico. Rima tenía un apellido
(era Solovjova), pero para la mayoría de miembros de la Embajada americana
los rusos solían tener sólo un nombre, como los peones de las plantaciones del
viejo Sur. Para Emmaline, una mujer negra cuyos antepasados se llamaron
Cuffe, Napoleón o Jezebel, aquel uso era desagradable. Pero los propios rusos
parecían preferirlo así. Quizá se debía al hecho de que no les gustaban los
intentos americanos por pronunciar nombres como «Solovjova».
Emmaline se detuvo junto a ella.
—Mira, Rima —dijo—, mejor que hagamos lo que dice.
—No hay problema, Emmaline —contestó Rima, sin levantar la cabeza de su
mesa.
Si la rusa tenía algún interés en el tema de la radiación, que ardía en todos
los teletipos, se lo guardaba para sí. Emmaline se demoró un momento,
pensando. Quería preguntarle a Rima Solovjova si había algo en Pravda que
hablara de emisiones de radiación inexplicadas, pero ya sabía que no. La propia
Emmaline había hojeado el periódico. Aunque su dominio del ruso no era
completo ni mucho menos, no se le habría pasado por alto una noticia así; ni
siquiera en los pequeños párrafos de página interior (especialmente en ellos)
donde solían encontrarse las malas noticias de cualquier índole.
Por descontado, Rima tendría que saber que pasaba algo. Se había hablado
mucho en la sala de teletipos, como dijo Brandon. Lo más sencillo habría sido ir
y preguntarle qué había oído y qué era lo que pensaba, pero nada resultaba
sencillo en las relaciones con los empleados soviéticos. Las relaciones entre
Emmaline y la traductora eran sumamente amistosas. Ciertamente, se
demostraban mutuamente amistad. Emmaline no veía ningún mal en hacerle a
Rima el regalo ocasional de una caja de tampones americanos o una bolsa de
plástico de Macy’s o de Marshall Field’s. Y Rima la ayudaba espontáneamente
localizando pintores, fontaneros y carpinteros que no estaban en las guías, o
suministrando a Emmaline recetas caseras para reemplazar las cosas que siempre
parecían faltar, incluso en las tiendas privilegiadas: spray matacucarachas, por
ejemplo. Sin embargo, Emmaline no llevaba en Moscú el tiempo suficiente para
haber intimado hasta el extremo de abordar temas políticamente embarazosos.
Mientras debatía si intentarlo o no, Rima Solovjova levantó la cabeza, la cara
pálida.
—¿Me sería posible ausentarme un rato? No me encuentro bien.
—Oh. ¿Puedo hacer algo?
—Si solamente pudiera echarme un poco… —dijo la traductora en tono de
disculpa—. Una hora como mucho, y estaré bien.
—Por supuesto —replicó Emmaline; y vio que la mujer ponía su pisapapeles
sobre la traducción, cogía su cuaderno de notas imitación de cuero y se
marchaba.
Rima no miró atrás. Emmaline escuchó sus tacones repicar en la estrecha
escalera hasta que el sonido de la puerta exterior le informó de que Rima no
había ido al pequeño lavabo de señoras de la planta baja, sino que había salido
del edificio.
Antes supuso que la rusa tenía la regla, pero ahora cambió de opinión.
Seguro que iba a hacer una llamada telefónica, tal vez pidiendo instrucciones
sobre lo que debía hacer a la luz de aquella noticia inesperada. Emmaline suspiró
y recordó al hombre de la limpieza.
—Andrei —dijo, practicando su ruso—, ¿puede terminar eso más tarde, por
favor? Después del almuerzo estará bien.
Y entró en la sala de teletipos para ver qué más noticias se recibían.
Las noticias eran los resultados del día anterior de la Liga Nacional de
Baloncesto. Emmaline esperó un momento para ver cómo habían quedado los
Atlanta Braves. Volvió a su escritorio y abrió el dossier del pianista de jazz
americano que vendría de gira a Moscú, Leningrado y Volgogrado, y el del
novelista que acudía por invitación especial del Sindicato de Escritores
Soviéticos. Su corazón no estaba en lo que hacía. La gran noticia eran las nubes
de material radiactivo que salían de la URSS. El primer pensamiento de
Emmaline, por supuesto, había sido el mismo de todo el mundo, es decir, que los
rusos efectuaban alguna prueba nuclear a pesar de su moratoria autoimpuesta.
¡Pero ello tenía tan poco sentido! Los Estados Unidos seguían haciéndolo
cuando querían. Nada impedía a los soviéticos imitarles, excepto que fueran lo
bastante estúpidos para mentir, en cuyo caso todos los beneficios
propagandísticos obtenidos con la moratoria quedarían anulados por el engaño.
Quedaba la posibilidad de un accidente de algún tipo. Warner Borden le había
hablado del misterioso suceso de Kyshtym, hacía más de veinticinco años. Al
parecer, los soviéticos habían estado almacenando residuos radiactivos en
Siberia, cerca de la ciudad de Kyshtym, y de alguna manera se habían
descuidado y permitido que se juntaran, alcanzando la masa crítica.
A Emmaline nunca se le había ocurrido que los residuos pudieran convertirse
en una pequeña bomba atómica, pero Borden le aseguró que aquello era lo que
mejor explicaba el envenenamiento de cientos de kilómetros cuadrados del suelo
de Siberia, el abandono de una docena de pueblos y varias granjas colectivas, la
contaminación de lagos y ríos, e incluso el cambio de los mapas soviéticos.
Obviamente, los soviéticos negaban en redondo que hubiera sucedido nada
parecido. Era lo que hacían siempre, claro.
Así que cuando Warner Borden la llamó para que se uniera a él junto a los
teletipos y dijo que había hablado con uno de los suecos y que éstos, tras analizar
la nube, habían decidido que definitivamente no era una prueba nuclear, su
primera pregunta fue:
—¿Otra vez algo como Kyshtym?
—No, no, nada de eso. Tampoco una fábrica de armas nucleares, aunque por
un momento lo pensé. Pero los elementos presentes en los gases no
corresponden, según los suecos. Tiene que ser… —miró a su alrededor y cerró la
puerta—, tiene que ser un accidente en una central nuclear. Podría incluso ser la
fusión de un reactor.
—Oh, Dios mío —dijo Emmaline, recordando la película El Síndrome de
China—. Pero si se trata de ese tipo de explosión…
—No tendría por qué ser una explosión grande. De todas formas, es lo que
los suecos dicen. Han examinado la nube, y las proporciones de materiales
radiactivos cuadran con la que los rusos encontrarían si les estallara una central
nuclear. —Borden estudiaba los teletipos con avidez, pero todo lo que éstos
daban ahora eran informes sobre el tiempo—. He verificado los mapas. Hay dos
centrales nucleares en el Báltico. Tiene que ser una de ellas. Tal vez las dos.
—¿Dos centrales nucleares estallando a la vez?
Él sonrió. Parecía casi feliz.
—¿Qué es lo que eres, uno de esos chalados antinucleares? Son centrales
rusas. Uno espera que estallen de vez en cuando.
Se recostó contra el teletipo, junto a Emmaline, posando una mano
negligentemente en su cadera. Ella se retiró, resignada, sin ganas de pelear en
aquel preciso momento. (¿Por qué los jóvenes blancos de Georgia se excitaban
tanto ante una piel negra?)
—Será mejor que vuelva al trabajo —dijo, y regresó a su oficina.
Rima había regresado y trabajaba diligentemente en su propia mesa. No
levantó la cabeza de las cartas que atendía. Emmaline se detuvo junto a la
ventana de su despacho, mirando el ancho bulevar Tschaikowsky repleto de
tráfico. ¿No sabían aquellas gentes que sus centrales nucleares estaban
estallando? ¿No deberían decírselo? Suspiró y se sentó…
Y allí, en su escritorio, había un ejemplar abierto de una revista.
Emmaline no lo había dejado. Lo cogió y vio que era algo llamado
Literaturnaya Ukraina. El ruso de Emmaline era más o menos bueno o al menos
tan bueno como el que más después de haber seguido el curso acelerado para el
servicio extranjero, pero la revista no estaba en ruso. Era ucraniana.
La mayoría de las palabras coincidían, aunque había giros distintos.
Emmaline frunció el ceño. El artículo parecía tratar sobre deficiencias en una
central nuclear, pero no en una de las centrales situadas en el Báltico. Miró a
Rima Solovjova, y la traductora no levantó la cabeza de su trabajo. Emmaline
pensó en preguntarle si había puesto la revista allí, aunque, de haber sido ella,
lógicamente ya se lo habría dicho. ¿Y por qué iba a darle Rima, o quien fuera, un
artículo sobre un lugar llamado Chernobyl?
19
Lunes, 28 de abril.

Vremya, el noticiario televisivo de las nueve de la noche, es una institución


soviética. Lo contemplan cada día decenas de millones de personas, aunque no
con mucha atención. Generalmente es lo que en América llaman un programa de
«bustos parlantes»; las noticias son leídas por un hombre ante una mesa,
brevemente y con un tono inexpresivo, y no hay demasiadas. Las únicas
filmaciones son por regla general de granjeros que consiguen un nuevo récord en
la cosecha, o de la botadura de algún nuevo rompehielos. Los rusos bromean
diciendo que siempre se sabe cuándo dan las noticias porque puede oírse, a
través de las débiles paredes de los apartamentos, el ruido que hacen los vecinos
al ir al cuarto de baño y soltar la cisterna después de haber visto la película
correspondiente, las retransmisiones deportivas o los conciertos.

Así pues, cuando llegó la hora del noticiario aquel lunes por la noche, Igor
Didchuk se levantó y se dirigió a la cocina para tomar un vaso de agua mineral
del frigorífico, y Oksana sin duda habría hecho lo mismo si no hubiera estado
ocupada en terminar la última pasada de su labor de punto. El ballet en
televisión, aquella noche, había presentado a la compañía del Bolshoi en una
producción llamada Las calles de París, nada parecido a La Bohème o Gaité
Parisienne, sino un drama sobrio y conmovedor sobre la Comuna francesa de
dos siglos antes.
—Pero el baile ha sido maravilloso —le dijo Oksana a su esposo cuando éste
regresó.
—Por supuesto —dijo él con orgullo.
El Bolshoi era una compañía rusa, no ucraniana, pero Didchuk se
consideraba un auténtico internacionalista soviético. Desde su punto de vista, la
compañía del Bolshoi era soviética (y un día tal vez su propia hija Lia, que ya
hacía sus solos en la academia de danza a la que asistía dos días por semana,
sería la Plisetskaya del año 2000). Lia tenía nueve años, y estaba ya dormida en
su «habitación», que en realidad era sólo una extensión de la sala central de la
casa. Los padres de Oksana refunfuñaban en el comedor y sala de estar, que
también les servía de dormitorio; ya era, a fin de cuentas, hora de irse a la cama.
Didchuk se detuvo a mirar las noticias.
—¿Yereem? —Le dijo entonces su esposa—. ¿Te dije que el niño de los
Bornets ha llegado al colegio con una temperatura de treinta y ocho grados? ¿Te
imaginas?
—No, no me lo dijiste.
—Pues cuando le he enviado al consultorio ha vuelto con una nota diciendo
que el doctor no pasaba hoy consulta, que le habían llamado para una
emergencia.
—Supongo que se estará preparando para el Primero de Mayo, como todo el
mundo. ¿Qué has hecho?
—¿Qué podía hacer? No podía mandarle a casa. Sus padres estarían los dos
en el trabajo. Así que le acosté en la sala de profesores, aunque, Yereem, eso no
es justo para con mis colegas. ¿Y si yo misma hubiera traído alguna especie de
virus a nuestra familia?
—A mí me pareces bastante sana. Bien, vamos a la cama…
Estaba a punto de apagar el televisor cuando el presentador, en la pantalla,
soltó una hoja de papel, cogió otra y leyó, sin cambiar de expresión:
—Se ha producido un accidente en la central nuclear de Chernobyl, en
Ucrania. Hay heridos, y se están tomando medidas para que la situación vuelva a
la normalidad.

Los soviéticos aplican una tabla de conversión a la forma en que el gobierno


divulga las malas noticias. Si la noticia no se comunica nunca y no es más que
objeto de rumor, entonces es mala pero soportable. Si el suceso es descrito
públicamente como «menor», entonces es serio. Y si no se le aplica ningún
calificativo, entonces es necesario recurrir a «las voces» para tener idea de lo que
ha pasado.
La única radio que los Didchuk tenían no estaba en la cocina con el aparato
de televisión; estaba en la otra pieza, donde los abuelos se disponían ya a
acostarse. Didchuk llamó a la puerta y se disculpó.
—La radio —dijo—. Convendría que la escucháramos un momento.
—¿A esta hora? —preguntó su madre; pero cuando oyó lo ocurrido con la
noticia, dijo—: Sí, ahora comprendo. La señora Smin, el sábado por la mañana,
estaba claro que ocultaba algo. Pero, por favor, no pongáis las voces demasiado
altas.
No hacía falta que lo dijese. Didchuk encendió la radio, una Rekord 314, del
tamaño del ataúd de un bebé, y esperó pacientemente que se calentara. Situó el
volumen apenas en un susurro. No es exactamente ilegal escuchar la Voz de
América y otras emisiones extranjeras orientadas hacia la Unión Soviética, pero
tampoco es algo que la mayoría de ciudadanos quiera ventilar.
No parecía llegar nada en ruso desde el exterior, y la mayoría de las emisoras
extranjeras, por supuesto, estaban interferidas. Todo lo que pudieron encontrar
fue la emisión desde Francia que, por razones que nadie había explicado nunca,
casi nunca era interferida; pero se hacía en francés, y ninguno de los Didchuk
hablaba este idioma.
Aun así pudieron captar algunas frases del rápido recitado, frases que aludían
a «deux milliers de morts» y «una catastrophe totale».
—¡Pero si la central de Chernobyl está a más de cien kilómetros de
distancia! —protestó Oksana, la cara pálida.
—Sí, cierto —coincidió su esposo, sombrío—. Tenemos la suerte de estar
muy lejos. Dicen que la radiación puede ser peligrosa, no sólo inmediatamente,
sino por un período de muchos años. Cáncer, defectos congénitos… Leucemia
en los niños…
Se miraron mutuamente y luego volvieron los ojos hacia el salón, donde Lia
dormía pacíficamente, con la cabeza apoyada en un puño y una dulce sonrisa en
los labios.
20
Martes, 29 de abril.

El puesto de control para combatir el desastre de la central nuclear de


Chernobyl ya no está en la granja colectiva. Ahora hay demasiada gente para la
capacidad de una comunidad agrícola, y por ello ha sido trasladado a la propia
ciudad de Chernobyl, a treinta kilómetros de distancia. La evacuación de Pripyat
se ha ampliado hasta incluir todas las poblaciones que abarca aquel radio. Donde
setenta y dos horas antes vivían más de cien mil personas, ahora no hay nadie
excepto los bomberos, los equipos de emergencia y los médicos. Dos
escuadrones de helicópteros pesados de las Fuerzas Aéreas Soviéticas se han
unido a los contingentes de auxilio, y noche y día cargan sacos de arena y redes
llenas de barras de metal, las llevan en un vuelo de cinco minutos al reactor, lo
descargan todo sobre el foco de combustión, que está al rojo blanco, y vuelven
para otra carga. Las cabinas de los helicópteros han sido revestidas con placas de
plomo, lo que reduce seriamente la carga que pueden llevar, y los pilotos
trabajan doce horas diarias. A las cuadrillas que combaten el accidente desde el
suelo sólo les permiten tres turnos de dos horas, cada veinticuatro. Incluso así, a
cada hombre se le analiza la sangre dos veces al día para contar sus glóbulos
blancos, y cuando el número de éstos es bajo se le retira rigurosamente de la
tarea.

Sheranchuk entendía perfectamente la razón para los turnos de dos horas,


pero nadie le había dicho qué podía hacer en los intervalos de seis horas, durante
los cuales tenía prohibida la entrada a la zona. Lo que hacía, principalmente, era
tratar de dormir. Cuando no lo conseguía, comía, y fumaba febrilmente, y se
convertía en un estorbo.
Sabía que se estaba poniendo pesado, porque ya se lo habían dicho cuando
visitó el hospital de la ciudad de Chernobyl para ver cómo le iba a su esposa
(«Muy bien querido», le dijo ella, «pero la verdad es que ahora estamos muy
ocupados»), y cuando intentó telefonear al hospital en la lejana Moscú para
preguntar por el director técnico Smin («Su estado es controlado
cuidadosamente; está consciente; y, por favor, no entorpezca nuestras líneas
telefónicas en este momento.»). No podía evitarlo. Echaba de menos a Smin. Los
expertos y voluntarios llegados de toda la URSS eran bastante buenos, pero
después de todo el núcleo de grafito estaba aún ardiendo, ¿no?
Paseaba de un lado a otro, rezongando contra el distante humo que persistía
en el horizonte, cuando el vehículo blindado que transportaba al personal llegó.
Dio un salto y corrió a unirse a los otros catorce trabajadores dispuestos a
cumplir su turno.
El trayecto hasta la central duraba media hora, y ninguno de ellos habló
mucho. En el camino, todos se pusieron los monos protectores, verificaron sus
dosímetros y se aseguraron de que las capuchas cerraban bien. En cuanto el
transporte se detuvo, Sheranchuk corrió directamente al circuito cerrado del agua
para verificar las lecturas de presión en los manómetros.
Oyó que en las alturas los helicópteros iban y venían. Uno de ellos le pasó
por encima. Parecía una ballena volante, con una hélice en lo alto y los rotores
de la cola girando sincronizados. Pudo ver que alguien tiraba algo por la puerta;
un saco de arena, sin duda.
Entonces llegó a las tuberías, y ya no volvió a mirar a los helicópteros, ni
siquiera cuando sintió el golpeteo de la arena en su casco y supo que uno de los
sacos se había roto al caer. Después de todo, no era más que arena. Si le hubiera
golpeado uno de los sacos, o una de las barras de plomo que caían, no necesitaría
mirar: estaría muerto…, como ya había ocurrido al menos con uno de los
bomberos a quienes su labor situaba demasiado cerca del punto de vertido.
Aquélla era la parte positiva de la tarea inmediata de Sheranchuk: liberar las
grandes válvulas de agua del sistema de vapor. Estaban en un lugar protegido
que le mantenía fuera del alcance directo de las descargas de los helicópteros. La
parte negativa era que las válvulas se resistían a ser liberadas. Los motores
eléctricos que tenían que moverlas se habían quemado, porque algo en el interior
de las válvulas estaba obstruido. Las ruedas de control exteriores no conseguían
mover las gigantescas palas del interior. Cuando Sheranchuk llegó al lugar de los
hechos, vio que los que le relevaron habían intentado una estrategia diferente.
Habían secado el sistema de refrigeración de agua del estanque para atacar las
válvulas con palancas de hierro. Pero ello tampoco había funcionado, porque el
sistema de vapor se había calentado tanto que quedaba poca agua líquida en las
tuberías. Ahora casi todo era vapor, y nadie podía trabajar con aquel calor, así
que tuvieron que abrir los diques y dejar que el agua refrigerante volviera a fluir.
Cuando Sheranchuk llegó con el nuevo turno, estaban otra vez forzando las
ruedas externas.
Sheranchuk vio que el anterior jefe de turno había colocado en las ruedas un
sistema de barras intercaladas, y el grupo intentaba mover las válvulas haciendo
palanca.
Pensó de inmediato que aquello era peligroso. El mayor riesgo no era sólo
que probablemente no funcionaría, sino que si aplicaban demasiada fuerza
partirían las barras, aunque fueran de acero reforzado. Así que cuando
Sheranchuk se hizo cargo, urgió al grupo a empujar con mayor suavidad.
—¡No se trata de golpear como un ariete! ¡Un impulso continuado! ¡Ahora!
¡Manténganlo! Con todo su peso…
Cuando el esfuerzo no consiguió tampoco nada, intentó hacer retroceder un
poco la rueda antes de empujar de nuevo. Casi funcionó. La rueda giró unos
pocos centímetros, y adelante y atrás, adelante y atrás, siguieron trabajando duro,
sudando en el interior de sus monos, bajo el ruido de los helicópteros y el
estrépito de la arena y las barras metálicas que caían, y el rumor de las bombas
de incendios y los broncos gritos de los hombres…
Sheranchuk se sorprendió cuando alguien apoyó una mano en su hombro.
Parpadeó al ver que era el relevo. ¿Ya habían pasado dos horas? ¿Y qué habían
conseguido? Conocía la respuesta a esta pregunta…

Al menos ya no estaban solos. No eran solamente las fuerzas de la central


nuclear las que combatían el accidente, ni siquiera las de la región o de Ucrania
entera. La ayuda venía de todas partes, por todos los medios posibles. Por
carretera, convoyes de camiones se dirigían hacia Chernobyl desde los cuatro
puntos cardinales. Por aire llegaban aviones al pequeño aeródromo de la ciudad,
así como helicópteros. Llegaban barcazas al puerto, y los trenes entraban en la
estación de Yanov; y no eran sólo trenes de mercancías con un paquete o dos
para los bomberos: eran trenes especiales que descargaban al borde de la zona
evacuada y cuya carga, trasladada a vagones-plataforma prescindibles, era
llevada a la central por locomotoras que no salían de la zona. Médicos,
bomberos, ingenieros, policías, soldados…, la mitad de la Unión Soviética
semejaba acudir junto a la central nuclear de Chernobyl en su agonía.
Era un esfuerzo impresionante. La única pregunta que Sheranchuk se hacía
era si bastaría.
Les habían ordenado que se ducharan sin falta cada vez que terminaran su
turno, y con tanta frecuencia como pudieran en los intervalos, para mayor
seguridad. En cuanto Sheranchuk se despojaba del mono protector y dejaba que
le sacaran unas cuantas gotas más de sangre, se dirigía a las duchas, mientras se
frotaba el interior del codo. Los médicos encontraban cada vez más difícil
localizar un lugar en su brazo que ya no hubiera sido pinchado antes. Parecían
cansados. Y también lo estaba Sheranchuk. Se abría camino entre los hombres
exhaustos y desnudos que esperaban su turno y dejaba que el agua fría le
empapara. Se enjabonaba a conciencia, preguntándose qué cantidad de radiación
habría en el agua. Ésta era una preocupación inútil. Tenían que ducharse de todas
formas. Y, además, aquellos momentos bajo la ducha eran los únicos de que
disponía para relajarse y pensar en su esposa y en su hijo. La última noticia de
Tamara era que Boris estaba ya en camino hacia un campamento del Komsomol
en el Mar Negro con otros veintidós chicos de Pripyat. Sheranchuk se consolaba
con estos gratos pensamientos. Al menos, su familia estaba fuera de peligro…
Si es que alguien en Europa estaba fuera de peligro, se dijo, recordando la
nube de gases que deambulaba por la faz de la tierra. En Europa, o en el mundo.
El grato momento se volvía amargo.
Sheranchuk salió de la ducha y se secó con sus propios calzones, porque las
toallas eran una de las comodidades en las que nadie había pensado todavía en el
puesto de control. Se puso una camisa de algodón y unos pantalones de trabajo y
se calzó zapatillas. Vestido con todo lo que necesitaba, atravesó el dormitorio
improvisado, ante las filas de catres, algunos de ellos con hombres que roncaban,
y las mesas donde otros hombres hablaban o jugaban a las cartas, y se dirigió a
la reunión de las seis.
Aquél era el inconveniente del hecho positivo de que tantos ciudadanos
soviéticos se hubieran apresurado a ayudar. Las reuniones. Con más de dos mil
hombres y mujeres desplegados para combatir la explosión y sus consecuencias,
los responsables tenían que mantener una reunión casi permanente para
coordinar sus esfuerzos.
En la sala había una mesa con una bombilla sin pantalla colgando sobre ella,
y media docena de hombres esperaban su informe. Lo dio con rapidez.
—Las válvulas no se abren. Están intentando forzarlas, pero temo que sólo
las romperán.
Al mirar a su alrededor, Sheranchuk advirtió que ahora era casi la persona de
mayor rango que quedaba en el lugar desde el tiempo de paz (se corrigió: desde
la época anterior a la explosión). Smin estaba en un hospital de Moscú, luchando
por su vida. Después de su llegada, el director había insistido en hacerse cargo
de la emergencia, hasta que tuvieron que relevarlo. Era fácil suponer dónde
estaba ahora. El ingeniero jefe estaba con él. Otros se encontraban en el Hospital
número 18 de Kiev, o habían sido evacuados con sus familias, o simplemente
habían huido. Las personas reunidas en torno a aquella mesa pertenecían todas a
otros distritos, y venían de Moscú, Kiev, Novosibirsk y Kursk. La mayoría de
ellas llevaba uniformes militares bajo los trajes protectores.
Quien presidía la reunión, sin embargo, era un civil, Istvili, el hombre del
Ministerio de Energía Nuclear. Ya no estaba tan aseado como cuando llegó por
primera vez, pero permanecía aún firme mientras escuchaba las malas noticias
de Sheranchuk. No pareció sorprendido.
—Hay que drenar el depósito —dijo solamente.
Se refería a la reserva de agua emplazada bajo el reactor, construida allí para
que, en caso de que se rompiera una tubería, el vapor pasara por el depósito y se
enfriara convirtiéndose de nuevo en agua, en vez de reventar la coraza de
contención. Por supuesto, era inútil frente a lo que había sucedido en la central.
Más que inútil, un peligro.
El general que mandaba las brigadas de bomberos se movió inquieto.
—No veo por qué no podemos simplemente dejarlo en paz.
—Porque, camarada general, no queremos agua ahí debajo. Queremos
cemento. Necesitamos aislar el núcleo entero del mundo exterior, por encima,
por debajo y por los lados.
—¡Habla de un trabajo que durará meses!
—Espero que podamos hacerlo en meses solamente. En cualquier caso, no
sabemos qué fuerza tienen las estructuras que sostienen el núcleo; si éste cae
sobre el depósito, será un problema serio.
¡Serio! Ya era bastante serio para Sheranchuk, quien intervino
obstinadamente:
—Sin embargo, no creo que esas válvulas vayan a abrirse.
Istvili asintió.
—¿Qué propone entonces?
—Atacar desde otra dirección —dijo Sheranchuk, arrojando el cigarrillo al
suelo para tener las manos libres—. Aquí, déjenme mostrarles. —Dibujó
rápidamente el reactor destrozado y la cámara llena de agua que había debajo—.
Si entramos en el tanque desde otro lado, podremos drenarlo. Aquí. Donde se
encuentra con el depósito del reactor número tres. Si vaciamos éste, podremos
abrirnos paso a su través.
Istvili estudió el boceto sin sorprenderse.
—Lo apruebo. Creo que también podríamos intentar excavar otro túnel
desde… aquí. Sera más largo, pero tal vez resulte más fácil.
—¡Mis hombres no son topos! —ladró el general de los bomberos.
—No necesitamos a sus hombres para eso, camarada general. Un equipo de
operarios de las minas de carbón de Donets ya viene de camino. Ahora, ¿en
cuánto al fuego en el propio grafito?
—La operación de los helicópteros contribuye a apagarlo. Aunque se
necesitan al menos otras cincuenta toneladas de arena.
—¿Camarada coronel?
—Por supuesto —dijo el oficial de las Fuerzas Aéreas—. Ya hemos pedido
otro escuadrón de hombres y aparatos. Estarán aquí por la mañana. Con ellos,
seguiremos la descarga según los previsto.
Istvili miró al general, que se encogió de hombros.
—Si es así, tal vez necesitaremos más voluntarios para llenar los sacos.
Además, mis hombres no pueden atravesar los cascotes que hay alrededor del
edificio del reactor.
—¡Haga que las excavadoras los retiren!
—Naturalmente, camarada Istvili —dijo el general suavemente—, ¿pero
dónde los echarán? Ya han vertido parte en la laguna…
—¡Por el amor de Dios, hombre! —exclamó Sheranchuk—. ¡En la laguna
no! Ya hemos envenenado suficiente agua.
—Es lo que digo. ¿Dónde?
—Hay un gran agujero excavado, destinado a los cimientos de otro reactor,
al otro lado de la central —dijo Sheranchuk, ya que nadie hablaba—. Dudo que
jamás llegue a construirse; ¿no pueden echarlos allí?
—Hágalo —dijo Istvili, volviéndose para mirar de nuevo a Sheranchuk.
Luego se dirigió a todos los presentes—: ¿Hay algo más para lo que necesitemos
a nuestro ingeniero hidráulico?
—Hay algo para lo que yo necesito a la reunión —dijo rápidamente
Sheranchuk.
—¿Qué es?
Resulta imposible hacer nada en un turno de dos horas un par de veces al día.
Pido permiso para trabajar períodos más largos.
—¿Como cuánto?
—¡Todo lo que haga falta! Cuatro horas, como mínimo.
Istvili tamborileó con los dedos sobre la mesa y miró alrededor.
—¿Cómo están las lecturas de sus glóbulos blancos, camarada Sheranchuk?
—¿Quién sabe? Simplemente, me sacan sangre y se la llevan. Hasta ahora no
me han dicho que esté en peligro.
Istvili asintió. Luego suspiró.
—Permiso concedido —dijo—. Ahora veamos cómo andamos de material…
21
Jueves, 1 de mayo.

Exceptuando tal vez el aniversario de la Revolución de Octubre (que tiene


lugar en Noviembre a causa del cambio de calendario), la fiesta principal en la
Unión Soviética es el Primero de Mayo. Se le llama el Día Internacional del
Trabajo o, con mayor frecuencia, simplemente el «Día de Mayo». No hay pueblo
en la URSS que no celebre de algún modo el Día de Mayo, y en las grandes
ciudades constituye un acontecimiento sonado.
—Pero no podemos verlo en la televisión —le dijo Candace Garfield a su
esposo, razonablemente—, porque no tenemos una en este delicioso cuartito que
has conseguido, y nos cobrarán más si queremos usar la del salón. Además, es en
blanco y negro.
—Bueno, demonios, querida —dijo su esposo, también tratando de razonar;
sólo eran las ocho de la mañana, y los dos todavía eran razonables a aquella hora
—. ¿Quién quiere verlo por televisión? Lo mismo daría que estuviéramos en
Beverly Hills, si eso es lo que queremos hacer. Bajaremos a la calle y…
—Y tomaremos el metro, ¿de acuerdo? Porque los autobuses no parece que
funcionen.
—Funcionaban ayer, cariño. Solamente no pudimos encontrar uno el
domingo y el lunes.
—Y hoy es fiesta, ¿no? Así que probablemente tampoco los habrá.
Garfield abrió la boca para replicar un poco menos razonablemente, porque
su paciencia empezaba a agotarse después de cuatro días solos en Kiev. Le salvó
un golpe en la puerta.
—Oh, ése es Abdul que viene por el alquiler —dijo Candace—. Espera un
momento a que me ponga algo.
—Será mejor —dijo Garfield, a quien no le gustaba la forma en que su
casero miró a Candace la vez que la había visto con una de sus batas.
Hizo que el hombre esperara hasta que ella se vistió con una de sus prendas
menos transparentes y se sentó con las rodillas bajo la mesa.
Era Abdul quien había llamado, aunque su nombre en realidad no era Abdul.
Se llamaba Yismir al-Koba, y era una especie de árabe con alguna clase de cargo
diplomático en algún consulado de Kiev; durante cuatro días había evitado
decirles qué nación le pagaba el salario. Los Garfield sólo podían conjeturar por
qué razones mantenía tal detalle en secreto, pero sus conjeturas no eran
tranquilizadoras. Candace creía que el hombre trabajaba para los iraníes del
Ayatollah Jomeini, mientras que su esposo pensaba que para la OLP. Al-Koba
era un hombre delgado y constantemente sonriente que no aparentaba más de
treinta años. Esta vez, como siempre, les saludó con un alegre «¡Buenos días!» y
una mano tendida. Como siempre, cogió el cheque de viaje de cien dólares y le
devolvió a Garfield el cambio en rublos. La tarifa acordada por la cama y el
desayuno era de sesenta y cinco dólares americanos diarios. La vuelta de treinta
y cinco dólares en rublos se calculaba siempre según el cambio oficial, y
Garfield estaba seguro de que el hombre sacaba sus rublos de alguno de los
furtivos jovenzuelos que merodeaban alrededor de los hoteles turísticos y a un
cambio seis veces superior a la tarifa oficial.
Por supuesto, no habían tenido dónde elegir. No era una habitación mala del
todo; en realidad, era razonablemente bonita, especialmente para las normas
soviéticas, aunque no disponían de baño propio. Se hallaba en un edificio nuevo
y atractivo, en una especie de ghetto diplomático; se entraba a través de una
cancela, y cuando se llegaba en taxi un policía echaba un vistazo para asegurarse
de que ningún ciudadano soviético tratara de introducirse en un lugar reservado
para los extranjeros residentes en Kiev. Desgraciadamente, no parecía haber
ningún americano, inglés o canadiense en el complejo, y su anfitrión les había
urgido (todavía sonriente, pero con mucho énfasis) a que evitaran el contacto con
los vecinos en la medida de lo posible.
—No va exactamente contra las leyes soviéticas, no, pero sigue siendo una
cuestión de discreción, por favor.
La mañana del Primero de Mayo, sin embargo, cuando devolvió a Garfield
veinte rublos y algunos kopecks, Abdul perdió la sonrisa.
—Siento mucho traer malas noticias, pero todo tiene su fin. Mañana es el
último día que podrán estar aquí. Debido a un cambio de circunstancias, tengo
que marcharme y cerrar mi piso.
—¿Qué circunstancias? —preguntó Garfield.
El hombre, simplemente, se encogió de hombros.
—Eh, un momento —exclamó Candace desde la mesa—. ¿Dónde se supone
que vamos a ir? ¡Tiene que dejarnos todavía aunque sea un par de noches!
Cuando la bata de Candace se entreabrió, la sonrisa volvió a aparecer en la
cara de Al-Koba. Pero ello no hizo que dejara de negar con la cabeza.
—Lo siento, eso es imposible —explicó, sonriendo de oreja a oreja—. ¿Su
equipaje? Si quieren, pueden dejarlo aquí hasta que vengan a buscarlo…, no más
tarde de las seis de la tarde de mañana. Y ahora debo marcharme para preparar
nuestra recepción del Primero de Mayo, y cuando regrese haré las maletas para
marcharme. Mi buena esposa tendrá ya el desayuno preparado. Ha sido un gran
placer conocerles, de verdad. Y, oh, sí, las horas extra del equipaje en su
habitación… serán veinticinco dólares americanos.

El desayuno fue exactamente igual que las tres mañanas anteriores, con la
silenciosa esposa embarazada sirviéndoles los mismos huevos pasados por agua,
las gruesas rebanadas de pan y el fuerte té, excepto que esta vez, mientras aún
estaban a la mesa, un hombre moreno llamó a la puerta. Él y la esposa del
diplomático hablaron en voz baja durante un rato, en lo que Garfield pensó que
no era un idioma arábigo, pero casi con toda certeza tampoco ruso. Luego el
hombre tendió un grueso fajo de billetes. La mujer lo contó dos veces, y a
continuación pescó un juego de llaves de coche del bolsillo de su bata y se las
dio al hombre. Un momento después, los Garfield oyeron el sonido de un
automóvil arrancando en el patio, abajo. Por la ventana, Garfield vio que el
hombre se marchaba al volante del viejo Mustang descapotable de Al-Koba.
—Abdul no va a volver. Ha vendido el coche —dijo cuando sallan del
complejo y saludaban con familiaridad al policía de la puerta.
—¿Y entonces? —preguntó su esposa, mirando hacia la avenida donde
debería haber un autobús, aunque no lo había.
—Entonces nada —replicó Garfield, alegremente, decidiendo sobre la
marcha no insistir en la cuestión de qué «cambio de circunstancias» ocasionaba
que Al-Koba se marchase con su esposa—. Mira —continuó—, no tiene sentido
esperar el autobús, y sólo hay un paseo de veinticinco minutos hasta el metro.
—La próxima vez que vaya contigo a alguna parte —dijo Candace, sin
humor—, me llevaré mis Adidas. ¿Dean? Esta aventurilla está empezando a
hacerse aburrida. Creo que es hora de volver a casa.
—Cariño, sabes lo que dijeron los de Aeroflot. No hay plazas disponibles
para Moscú hasta el día siete.
—¿Y entonces qué vamos a hacer, dormir en el aeropuerto toda la semana?
Garfield se dio por vencido. Pero cuando salieron de la estación del metro, al
otro lado del río, incluso Candace empezó a mostrar signos de excitación.
Ante todo, era un hermoso día de primavera. La ciudad estaba llena de rosas
y de castaños en flor, y el ambiente era festivo. Las calles alrededor del
Kreshchatik aparecían abarrotadas de gente a la espera de desfilar ante los
dignatarios. Sindicatos, escuelas, destacamentos del Ejército, funcionarios
públicos…, cada grupo parecía tener una representación dispuesta a marchar
ante el gran cartel de Lenin, de seis pisos de altura, con su barbilla extendida
resueltamente hacia adelante, en desafío al mundo hostil que le rodeaba. Debía
de haber miles de personas dirigiéndose hacia el recorrido del desfile junto con
los Garfield; no sólo desfilantes, sino sin duda también sus familias. Había niños
con banderas, madres con bolsas de malla (hoy no con la esperanza de encontrar
algo que comprar, sino con el almuerzo de los niños). Una barrera cerraba la
entrada de las calles más cercanas a los palcos. Los Garfield no podían esperar
introducirse en la plaza, ni acercarse mucho, pero sí vieron que la plaza y sus
aledaños estaban adornadas con carteles y banderas. Lenin no estaba solo; Marx
estaba allí, y Mijail Gorbachov, y otras caras que los Garfield no pudieron
reconocer pero supusieron de héroes locales ucranianos.
—¿Ése no es Khruschev? —preguntó Garfield, inseguro.
—Creo que sí —contestó Candace, que intentaba descifrar los caracteres
cirílicos letra a letra—. Sí. Es «Nikita», claro. Pensaba que aquí ya nadie
enloquecía por Khruschev.
—Será porque no hemos leído el Pravda de esta mañana —sonrió su esposo
—. Aunque no se ve a Joe Stalin, y… ¡eh!, exclamó, señalando a un grupo de
niños de ambos sexos que rodeaban a su maestra al otro lado de la barrera, ellas
con trajes marrones y delantales blancos y ellos con chaquetas azul marino y
gorras, y cada tres niños había uno con un banderín que pasaba al siguiente
cuando los brazos se le cansaban—. ¿Ésa no es… cómo se llama? ¿La maestra
que habla inglés, la de la fiesta de Smin?
Oksana Didchuk no vio a los americanos, ni siquiera les oyó llamarla, ni se
dio cuenta de la pequeña discusión que tuvieron con el policía cuando intentaban
pasar la barrera. Oksana estaba muy atareada con su clase, haciendo repasar a los
niños los esloganes, que iban a cantar, recordándoles que marcharan en fila,
halagándoles, advirtiéndoles, contándoles historias para tranquilizarles hasta que
les llegara el turno de desfilar.
—Mirad —dijo señalando un grupo de jóvenes altos, vestidos con uniformes
negros, galones de pro y espadas al costado—, ésos son los cadetes de la
Academia Naval de Kiev. ¡Puede que algún día uno de vosotros esté allí!
Pero las niñas miraban a las bailarinas folklóricas que giraban con sus
brillantes trajes típicos ucranianos, y la mayoría de los chiquillos observaba con
ojos saltones el gran tanque T-60 que recorría la avenida hacia ellos y las filas de
apuestos soldados del Ejército Soviético que marchaban detrás al paso de la oca.
Oksana suspiró y miró a su alrededor por ver si podía localizar a su hija, pero
había demasiados grupos de escolares, demasiados banderines, y bandas y
vehículos militares, demasiada gente.
Oksana Didchuk se preguntaba si sería cierto que aquello de la central
nuclear de Chernobyl era peligroso incluso para la gente de Kiev. ¿A quién podía
creer? Las voces habían sonado más estridentes que nunca aquella mañana. Los
Didchuk habían conseguido incluso sintonizar unos minutos Radio Europa Libre
antes de que los interceptores descubrieran la longitud de onda a que había
cambiado y el biiiiip se la tragara. ¿Pero qué podían hacer? Las autoridades del
colegio se mostraban bastante firmes:
—No hay motivo de pánico. ¡Si se requieren algunas medidas
extraordinarias, por supuesto que seremos informados de inmediato!
Y sin embargo los rumores crecían: veinticinco mil muertos, enterrados en
una fosa común en las riberas del río Pripyat, le había susurrado un colega, o eso
había oído que decía una de las voces. Casi seguro que aquello era falso, pensó
Oksana con firmeza. Especialmente considerando la fuente. Nadie creía a Radio
Europa Libre…, pero era una lástima que no pudieran sintonizar la voz tranquila
y fiable de la BBC.
Y entonces llegó la señal para que su grupo empezara a desfilar. Oksana
reunió a los chiquillos y éstos ocuparon su lugar en las filas. ¡Qué bien se
estaban comportando hoy! Todos ellos, tan pequeños como eran, tan traviesos
como solían ser a veces, desfilaban gallardamente; y cuando pasaron ante la
tribuna todos dieron con perfección vista a la derecha y gritaron juntos:
«¡Defenderemos la tierra natal del Socialismo!» Los ojos de Oksana se
humedecieron cuando pasó bajo los grandes retratos de Marx (el tamaño de la
cabeza demostraba el inmenso poder del gran cerebro que había en su interior) y
de Lenin (la mirada siempre alerta para descubrir a quienes buscaban refugio en
los dos mayores enemigos de la clase obrera: Dios y el vodka). Y allí, al final de
la plaza, estaba el retrato más pequeño, de Khruschev. Oksana dirigió una rápida
mirada alrededor para ver si alguno de los suyos había advertido que aquella
nueva cara había sido añadida el presente año. Ninguno de los niños pareció
darse cuenta. Por tanto, no habría preguntas difíciles; aunque, se dijo Oksana,
después de todo era lógico que el hombre que había mantenido en pie a la ciudad
de Kiev en aquellos terribles días de 1941, cuando los alemanes la atacaban por
los dos flancos, fuera reconocido el Primero de Mayo. Siempre se recordaría que
fue Khruschev quien, años más tarde, insistió en incluir Kiev en la breve pero
ilustre lista de las «Ciudades Heroicas» de la URSS por aquella desesperada
resistencia… Cierto que en aquella época muchos habitantes de la ciudad,
escuchando las traicioneras palabras de los derrotistas y los saboteadores, no
cumplieron con su deber con tanto entusiasmo como la gente de Moscú y de
Stalingrado. ¡No importaba! El retraso de los alemanes en Kiev había costado
muchos miles de vidas, pero sirvió para frenar el avance hitleriano hacia Moscú
lo suficiente para que el asalto no ocurriese nunca. Y por supuesto…
Una de las niñas le estaba tirando de la manga. Ahora habían salido ya de la
plaza y esperaban la señal de romper filas.
—¿Qué es lo que pasa, Lidia? —preguntó Oksana.
—Esa gente —susurró la niña—. La están llamando.
Y cuando Oksana se volvió, vio a la pareja americana que le hacía señas más
allá de un par de ceñudos policías.
—¡Señora Didchuk! —gritó la mujer—. ¡Ayúdenos, por favor!

Era casi de noche cuando Oksana Didchuk puso fin a sus obligaciones y
pudo llevar a los americanos al edificio de apartamentos. Allí, encontraron a la
señora Smin y a su hijo en la azotea, con la vieja suegra, esperando a que
empezaran los fuegos artificiales.
—¡Vaya si nos alegramos de veros! —sonrió Dean Garfield—. Nos echaron
del hotel y nos hemos alojado en el apartamento de un árabe desde entonces, y
hemos estado a punto de que nos echaran también de allí.
Pero le sorprendió que Selena Smin no se mostrase demasiado contenta de
verles otra vez. La expresión de su cara mientras escuchaba la traducción que
Oksana Didchuk hacía de sus aventuras era lejana…, no, aún peor, preocupada.
Ya no era la simpática anfitriona que les había obligado a comer un poco más,
sólo unos días antes.
Selena Smin pensó un momento antes de hablar, y luego miró a los Garfield
con gravedad mientras Oksana traducía:
—¿No habéis oído nada del accidente de Chernobyl?
Y cuando Garfield negó con la cabeza empezó a hablar rápidamente, tan
rápidamente que Oksana apenas podía seguirla. No era sólo eso. Garfield
adivinó que Oksana Didchuk oía parte de aquello por primera vez, mientras
Selena hablaba de la explosión, los gases radiactivos detectados ya en muchos
lugares de Europa, los heridos, la evacuación de la ciudad de Pripyat, los
muertos.
—Y mi propio esposo —terminó— está ahora en un hospital de Moscú,
quizá gravemente enfermo… No están seguros todavía. Nuestro hijo, Vassili, va
a ser enviado a un campamento del Komsomol para que pase el verano, pero
primero… Primero supongo que me acompañará. Voy a ir mañana a Moscú para
estar con mi esposo.
—Oh, Dios mío —susurró Candace, agarrándose al brazo de su marido.
—Apuesto a que ésas son las «circunstancias» de que hablaba el árabe, hijo
de puta —dijo Garfield groseramente—. ¡Pero no nos dijo ni una palabra!
Candace no le escuchaba, sino que prestaba atención a un rápido intercambio
entre Selena y la traductora que hizo que Oksana, de pronto, se pusiera pálida.
—¿Qué está diciendo ahora? —preguntó Candace.
Oksana dudó.
—Sólo le he preguntado qué podría hacer yo con mi hijita. Dice que no lo
sabe. Pero en cuanto a usted y a su esposo —intervino de nuevo Selena Smin, y
Oksana tradujo—, sólo hay una cosa que hacer. Deben marcharse rápidamente a
casa. La señora Smin o su suegra lo dispondrán todo; volarán a Moscú o
Varsovia o Bucarest dentro de unos días, y desde allí podrán regresar a América.
Muchos extranjeros ya han partido.
Vassili Smin había estado siguiendo la conversación, pero de pronto se
apartó.
—Mirad ahora, por favor —dijo en inglés—. Los… Ah… La pirotécnica ha
empezado.
Los cohetes estallan muy por encima de los edificios de la ciudad, sobre el
río Dniéper, rojos, dorados y blancos. Abajo, oculto por los edificios, había un
resplandor fijo y más intenso.
—Eso es la nave Soyuz en fuegos artificiales —dijo Vassili, escogiendo con
cuidado cada palabra—. No la podemos ver bien porque… porque… —buscó el
modo de explicarlo y se ayudó con gestos.
—¿Porque la han puesto de cara a la ciudad y no a nosotros?
—Exactamente. Está de cara a la ciudad. Creo que tiene que ser muy bonita.
—¿Qué vas a hacer ahora, Vassili? —preguntó Candace amablemente.
—¡Mañana volaré a Moscú! —dijo el muchacho con orgullo. Luego tragó
saliva y añadió—: Mi padre tiene… ¿una enfermedad en la sangre? Y piensan
que de mis… de mis huesos, pueden sacar algo que le mejore.
—¡Claro que sí! —dijo Candace, infundiendo confianza a su voz—. Una
cosa, Vassili…
—¿Sí, señora Garfield?
—Mi marido se ha quedado tan impresionado con la noticia que ha olvidado
mencionarlo, pero no tenemos sitio donde vivir a partir de mañana. Si
pudiéramos marcharnos contigo…
—Un momento, por favor.
El muchacho habló rápidamente con su madre y con su abuela, y luego se
volvió hacia los americanos, sonriendo feliz por poder ayudarles.
—Tendrán una habitación de hotel, por supuesto.
—¡Pero no quedan habitaciones de hotel!
—¡Qué tontería! —se mofó el muchacho—. Créame, encontrarán habitación.
Después de todo, mi abuela sigue siendo Aftasia Smin.
22
Viernes, 2 de mayo.

Lo malo de un estado centralizado, en el que todo tiene que resolverse en la


capital, es obvio. Suprime iniciativa, demora decisiones, lleva al derroche, a la
mala administración y a la corrupción. Pero también tiene ventajas. No pasa
nada hasta que las autoridades deciden, pero entonces lo que hay que hacer se
cumple con rapidez sorprendente. Así es como sucede con la evacuación de la
zona en un radio de treinta kilómetros en torno a la central nuclear de Chernobyl.
Moscú dice «¡Evacuar!» y un centenar de pueblos, ciudades y granjas colectivas
del exterior del perímetro hacen sitio a los habitantes de las ciudades, pueblos y
granjas del interior. Aparecen autobuses para transportar a las personas. Llegan
camiones para la maquinaria agrícola y los animales. Por supuesto, se
comprueba la radiactividad de todos y todo antes de que se desplacen un solo
metro de su lugar de origen, pero la mayoría de las cosas basta con regarlas. Así
desaparecen los residuos de hollín depositados por la lluvia radiactiva, y el
objeto es inocuo. Cuando las expediciones llegan a su destino, los granjeros van
inmediatamente a las granjas, los ciudadanos a las ciudades, los niños a escuelas
preparadas para recibirles.

El lugar donde Sheranchuk se encontró era la granja colectiva de Kopelovo,


a cien kilómetros de la zona evacuada, aunque no por ello necesariamente
tranquila. Ochenta familias evacuadas de Pripyat y de comunidades más
pequeñas habían sido establecidas allí; otras cuarenta, como Sheranchuk y su
esposa, fueron enviadas de vacaciones. ¡Vacaciones! No lo eran para
Sheranchuk; eran ya treinta y seis horas de exilio forzoso.
—Debería estar en la central —se quejó en cuanto llegaron.
—Precisamente porque has estado demasiado tiempo en la central te han
traído aquí, querido Leonid. Alégrate. Descansa. Vete a la cama, pero déjame
primero que te vuelva a tomar la temperatura.
Habían llegado juntos a primeras horas de la mañana del Primero de Mayo, y
de inmediato se acostaron en un suave lecho de plumas, en casa del secretario
del Partido en el koljoz. A pesar de todo la granja de Kopelovo había seguido
adelante con los festejos del Primero de Mayo, tanto para alegrar a sus
inesperados huéspedes como para elevar su propia moral. Sheranchuk se perdió
la celebración. Durmió todo el día como un tronco, sin moverse, y ni el
estruendo de la banda ni los discursos por los altavoces penetraron su sopor.
Despertó al anochecer, el tiempo suficiente para ir al baño. (¡Tenían retretes con
cisterna! ¡Algunas granjas colectivas sí que ofrecían ventajas a los koljozistas!)
Luego comió con la familia del secretario del Partido, y volvió a la cama con
Tamara.
Para entonces ya se había recobrado lo suficiente para aprovechar la
oportunidad. Hicieron el amor con la velocidad y el éxito que da la práctica, y
yacieron despiertos susurrándose cosas mutuamente durante horas hasta que él
volvió a dormirse y lo hizo sin interrupción durante toda la noche.

A la mañana siguiente había trabajo que hacer en la granja, fuera fiesta o no,
trabajo que empezó al amanecer. Tamara Sheranchuk se levantó sin hacer ruido
en cuanto hubo luz. El pueblo ya estaba en pie, con los granjeros saliendo a los
campos. Los dos hijos del secretario del Partido, que habían dejado su habitación
para que los Sheranchuk pudieran utilizarla, volvieron de la casa de los vecinos
donde habían pasado la noche, para desayunar. Tamara se les unió y charlaron
tranquilamente. Veinte minutos después ya habían desayunado y se marcharon
con su padre, y la mujer de la casa aceptó alegremente la oferta de Tamara de
lavar la vajilla para que ella pudiera ocuparse de otros menesteres.
Le llevó muy poco tiempo, a pesar de que no conocía la cocina. Luego se
hizo otra taza de café y echó un vistazo a su marido.
Sheranchuk dormía de lado, roncando suavemente. Muy bien, eso era
exactamente lo que se suponía que tenía que hacer. Deseó haber podido tomarle
la temperatura una vez más antes de que se fueran a dormir, pero por supuesto no
habían pensado como médico y paciente, sino solamente como marido y mujer.
(No se le ocurrió tomar su propia temperatura, aunque la razón de que ambos
hubieran sido enviados a aquel lugar era que estaban a punto de sufrir un colapso
debido al cansancio y cerca, además, de alcanzar niveles peligrosos de
exposición a la radiación.)
Tamara dejó a su esposo dormir e investigó la ducha. Sí, había agua caliente;
sí, había jabón y unas toallas muy bonitas, posiblemente extranjeras. Se bañó y
se vistió, sintiéndose rodeada de lujos.
El infierno de la central de Chernobyl estaba lejos de su mente.
Y no porque no tuviera conciencia de su terrible significado. En parte, había
estado demasiado cerca de aquel infierno durante tanto tiempo que sus sentidos
se habían embotado; había cerrado su mente al tema durante las treinta y seis
horas de su vacación forzosa. Sin embargo, había algo más. No habían tomado
precauciones en el lecho de plumas del secretario del Partido. Como médico,
Tamara sabía bien que estaba en el punto más fértil de su ciclo. No sería extraño
que quedara embarazada.
Se preguntó qué pensaría Leonid de acoger a un nuevo bebé en la familia.
No se inquietaba por ella misma. Aunque Tamara Sheranchuk tenía casi
cuarenta años, sabía que estaba en tan buena forma física como siempre. Sí, las
mujeres maduras tenían a veces embarazos y partos más difíciles que las de
veinte años (pero otras veces no). Sí, las madres maduras corrían un riesgo
ligeramente superior de tener un niño con defectos de nacimiento (¡pero la
inmensa mayoría los tenían normales!). Sí, se dijo sobriamente, había que
considerar otro factor. Aunque la radiación que había recibido era poco probable
que afectara su salud de modo significativo, el daño a un embrión podía ser
mucho más grave.
¿Pero eso qué significaba al fin y al cabo? ¿Que las mujeres deberían
abstenerse de tener hijos?
Y además, su marido merecía un nuevo hijo. Aunque él mismo no supiera
cuánto.
Tamara soltó la taza vacía, se asomó a la ventana, contempló la calle ahora
vacía y volvió a mirar a su esposo.
Sheranchuk ya no estaba dormido. Abrió los ojos y la miró.
—¿Has sabido algo de la central? —preguntó de inmediato.
—No hay nada que saber. Se supone que no tienes que pensar en eso
mientras estés aquí.
Él puso mala cara, pero luego sonrió.
—¿Es posible desayunar algo? —preguntó, mirando su reloj—. Después de
todo, el autobús nos recogerá a las diez y son ahora casi las ocho.

Cuando el autobús llegó con su pasaje de nuevos trabajadores de emergencia


obsequiados con «vacaciones», Sheranchuk recorría de un extremo a otro la calle
del pueblo. En cuanto le fue posible, ya acomodado con Tamara en el vehículo,
empezó a preguntar al conductor. ¿Hechos? El conductor conocía muy pocos
hechos. ¿Rumores? Oh, sí, había rumores. Se decía que de los primeros
trescientos bomberos que intervinieron, al menos ciento ochenta estaban muertos
o moribundos. Trescientos policías que debían montar guardia en el interior del
perímetro durante seis horas, quedaron olvidados y permanecieron allí doce: la
mitad de ellos estaba ahora también en el hospital. Y la misma ciudad de
Chernobyl iba a ser evacuada…
—Pero eso es imposible —protestó Sheranchuk—. ¡La ciudad está a treinta
kilómetros de la central, completamente fuera de la zona de peligro!
El conductor se encogió de hombros.
—Le estoy diciendo lo que he oído. Es todo lo que sé. Quizá sea sólo
temporal, debido a que el viento ha cambiado.
Sheranchuk regresó a su asiento junto a Tamara, agarrándose a los
respaldares cada vez que el autobús se bamboleaba en la estrecha carretera.
Estaban en medio de campos de cultivo, entre lino y trigo y cerezos y manzanos.
Sacó un cigarrillo.
—No deberías fumar —dijo Tamara automáticamente.
Él se encogió de hombros y lo encendió.
—Te estás comportando como un loco —añadió su esposa—. Ya has
recibido nadie sabe cuánta radiación. ¿Quieres morir de cáncer antes de cumplir
los cincuenta?
—Si muero de radiación no tendré tiempo de morirme de cáncer de pulmón,
querida —dijo él.
La miró con curiosidad, sorprendido por su tono de voz. Después de
dieciocho años, conocía todos sus tonos. Cuando le decía que dejara de fumar,
solía hacerlo con voz de médico; en la mayoría de sus comunicaciones
cotidianas era la voz de una pareja trabajadora resolviendo conjuntamente sus
problemas. Esta vez el tono parecía más joven, menos seguro, más vulnerable…
No, la palabra adecuada era la primera en que había pensado. Más joven. Sonaba
como la voz de la muchacha que conoció en el bosque, con la que se había
casado.
—¿Tamara? ¿Estás preocupada por mí?
—Te quiero a mi lado durante los próximos veinte años —le dijo ella
seriamente.
—¿Sólo durante veinte años? ¿Y después tendré permiso para morirme si
quiero?
Ella ignoró el chiste.
—¿Te gustó la granja?
—Era bastante agradable, supongo —concedió él—. La casa estaba
realmente al día.
—Tranquila, y el aire era limpio. Una persona podría vivir allí muy feliz, me
parece, sin preocuparse por reactores nucleares que estallan. —Le miró
directamente—. Y en tu caso, sin añadir más radiación a la que ya has recibido.
Podría ser, Leonid, que no volvieses a trabajar nunca más en una central nuclear.
Él refunfuñó ante la idea.
—¿Y qué iba a hacer yo en un koljoz?
—Imagino que viviríamos bastante bien. Estaríamos a salvo. Merece la pena
vivir, simplemente, y criar una familia al aire libre.
—La verdad, Tamara —dijo él, sorprendido por su tono una vez más—. Soy
ingeniero hidráulico. ¿Crees que me necesitan para que abra las acequias de
riego, o para que arregle las cisternas de los retretes, de las que parece que tienen
tantas? —Ella no respondió—. No, si no puedo trabajar en Chernobyl lo haré en
cualquier otra planta generadora. Habrá nuevas centrales de carbón, y de gas, y
de petróleo. Tal vez una estación hidroeléctrica… Eso estaría al aire libre, si lo
que quieres es vivir fuera de las ciudades. Pero…
—Pero todavía no has renunciado a Chernobyl —terminó ella por él.
—La central nuclear de Chernobyl es valiosa para el país, Tamara —se
rebeló Sheranchuk—. No la van a arrinconar simplemente porque un reactor se
ha quemado. Volverá a funcionar dentro de un año, estoy seguro.
—Veamos. Quieres quedarte en Chernobyl porque admiras a Smin; muy
bien, yo también le admiro, ¿pero de verdad crees que conservará el puesto
después de todo esto?
—¡Él no tiene la culpa!
—Puede que ni siquiera esté vivo, Leonid. Y en cuanto a ti, te quedan pocos
glóbulos blancos. Has recibido al menos veinte rads…, que podrían ser cien, ya
que al principio no llevabas dosímetro. No te puedes permitir más exposición.
Él se encogió de hombros y miró por la ventanilla. Estaban entrando en
Chernobyl. Si la ciudad iba a ser evacuada, no mostraba signos de ello. Las
calles estaban llenas, los vecinos intentaban hacer su vida normal mientras miles
de trabajadores de emergencia deambulaban, la mayoría de ellos esperando el
momento de ser trasladados al torbellino de la planta.
—¿Me oyes? —preguntó su esposa—. Ya has hecho tu parte, Leonid. Debes
dejar que otros tomen el relevo.
—Supongo que eso es lo que tendré que hacer —dijo él, sombrío.
Pero se equivocaba, porque cuando se presentó en el puesto de control
recibió malas noticias. La radiación se había elevado de nuevo, casi al 75 % del
nivel del primer día. El intento de llegar hasta el depósito desde la reserva de
agua del número tres había fallado: demasiado acero, demasiado hormigón. Una
hora más tarde estaba de vuelta en la estación de autobuses.

Una avanzadilla de control había sido establecida en un bunker subterráneo


que antes era el dormitorio de los bomberos de la central y ahora el puesto de
mando de la lucha contra el desastre. El aire estaba lleno de humo de cigarrillos
y no había mucha ventilación; el mismo aire se reciclaba una y otra vez porque,
por mucho que apestara, era mejor que el que había fuera.
Apenas habían pasado cuarenta y ocho horas desde la marcha de
Sheranchuk, pero muchas cosas eran distintas. Los lanzamientos desde los
helicópteros estaban cumpliendo su objetivo. Casi cinco mil toneladas de boro,
plomo, arena y mármol habían sido arrojadas ya sobre el grafito ardiente del
núcleo del reactor, y el grafito no era ahora el problema más acuciante.
El problema inmediato era el depósito bajo el reactor destrozado. Contenía
agua, y por tanto era parte de la responsabilidad de Leonid Sheranchuk.
Por supuesto, la finalidad del depósito había sido contribuir a la seguridad:
contendría el vapor si una o dos tuberías estallaban. Pero aquel elemento de
seguridad era ahora el mayor peligro que ofrecía el núcleo del reactor número
cuatro.
Basculando sobre el depósito había una masa de ciento ochenta toneladas de
dióxido de uranio, más lo que quedara de las mil ochocientas toneladas de
grafito, doscientas toneladas de fragmentos del mecanismo de realimentación y
otros materiales asociados a él, los escombros de las paredes derrumbadas… y
las cinco mil toneladas vertidas encima desde los helicópteros para ahogar las
mortíferas emisiones. La estructura no fue diseñada para soportar tanto peso.
Peor aún, la estructura misma había sido sacudida y dañada por la violencia de la
explosión. Se había debilitado de manera impredecible. Todo podría venirse
abajo en cualquier momento…, y si lo hacía, dos mil toneladas de uranio y
grafito caerían sobre el depósito, y entonces el agua se convertiría
instantáneamente en vapor y la explosión subsiguiente sería aún peor que la
primera.
Todo volvería a empezar…, por no mencionar la muerte de cuantos
trabajaban frenéticamente por evitar el accidente.
Ahora estaba al mando de la operación un general de Ingenieros, y el hombre
tenía un plano de los depósitos subterráneos extendido ante él. Sheranchuk se
encorvó sobre el dibujo mientras el general explicaba:
—Nuestros mineros de Donets han excavado el túnel hasta aquí. Luego un
equipo de ocho voluntarios (nueve originariamente, pero uno de ellos tuvo que
ser retirado) han trabajado intensamente durante un día y medio para abrir
camino.
—¿Han abierto camino hasta el depósito? —preguntó Sheranchuk—.
Entonces, ¿cuál es el problema? Drénenlo y viertan el hormigón.
—No se puede drenar —dijo el general.
—¿Por qué no? Ah, claro —dijo Sheranchuk, señalando los planos—. Hay
que abrir estas válvulas.
—Y están bajo el agua —dijo el general, sombrío—. Todos los pasos se han
llenado de agua y tienen escapes. Alguien debería ir con equipo de buzo y
abrirlas. Contamos con dos voluntarios…, pero ninguno de los dos sabe dónde
están las válvulas.
—¡Yo lo sé! —exclamó Sheranchuk.
El general le estudió un momento.
—Sí —dijo—, eso es lo que pensaba.

No disponían de «equipos de buzo», a despecho de lo que hubiera pensado el


general de Ingenieros. Tenían trajes de goma, que eran incómodos y fríos y
difíciles de colocar y quedaban demasiado estrechos en algunos lugares y
colgaban flojos en otros… Por supuesto, no había tiempo de preocuparse por las
tallas. Tampoco tenían linternas portátiles sumergibles. Lo que tenían era una
lámpara con un largo cable (el electricista juraba que había hecho todo lo posible
para que fuera estanca) y uno de los dos voluntarios para transportarla. Tampoco
tenían teléfonos. Una vez estuvieran en el agua, no había nadie a quien hablar y
nada que oír.
Nada, excepto los ominosos crujidos y golpes procedentes de las seis o siete
mil toneladas de material que esperaba para caerles encima.
No podían dejar de oír aquellos sonidos. Incluso con los oídos tapados los
habían percibido en forma de sacudidas del agua que les rodeaba.
Al menos no sentían frío. Al principio Sheranchuk pensó que aquello era una
ventaja, porque el traje, al ponérselo, le había quedado terriblemente ajustado.
Luego ya no lo fue tanto, pues el agua estaba notablemente caliente, más caliente
que la temperatura de la sangre, debido al furioso calor del núcleo que se hallaba
encima. Sheranchuk se encontró sudando en un traje que no dejaba que el sudor
escapase por ninguna parte.
Esto no era lo grave, sin embargo. Sheranchuk sabía que el agua estaba
caliente por otros motivos todavía más desagradables, pues la mayor parte de
ella había corrido entre intrincados montones de escombros radiactivos antes de
inundar los pasadizos de hormigón por donde los hombres nadaban y se abrían
paso. Ninguno de los tres llevaba dosímetros. No tenía sentido. El agua estaría
sólo ligeramente contaminada de radiactividad (al menos eso era lo que se
suponía desde fuera), y de todas formas había que hacer el trabajo. Era esencial.
La única cuestión era si, además de esencial, sería posible.
Los pasadizos de hormigón por los que Sheranchuk había caminado en otras
ocasiones sin preocupación eran ahora auténticos laberintos. La luz de la
lámpara mostraba las paredes, el suelo, el techo, las inútiles instalaciones
eléctricas, los instrumentos que no funcionaban…, ¡pero qué distinto parecía
todo! Les costó veinte minutos llegar al lugar donde estaban situadas las válvulas
del depósito.
Sheranchuk se volvió, parpadeando bajo el brillo acuoso de la lámpara de
mil vatios, para llamar a sus ayudantes; y justo entonces, sin aviso, la luz se
apagó.
—¡La madre que…! —gritó Sheranchuk, y tragó una bocanada de agua al
hacerlo.
Ninguno le oyó. Ninguno le habló tampoco, o si lo hicieron, él no pudo
oírles.
En completa oscuridad, Sheranchuk no podía distinguir arriba de abajo, ni
podía calcular dónde estaban las paredes, ni mucho menos a dónde habían ido a
parar sus camaradas. Braceó lleno de pánico hasta que se lastimó los nudillos al
tropezar con una de las paredes. Entonces continuó tanteando hasta que encontró
una baranda; la siguió hasta que algo chocó con él. Extendió la mano y cogió el
pie de uno de los otros dos hombres.
¿Cuál era? No hubo forma de saberlo hasta que sintió que el tercer hombre le
rozaba, y palpando sus brazos encontró la luz inútil con su cable.
Sheranchuk pensó un momento. Podían volver a por otra lámpara. ¿Pero
mejoraría ello las cosas? ¿Y cuánto tiempo podrían permanecer en aquel lugar
antes de que sus cuerpos empezaran a brillar en la oscuridad?
Asió el hombro del que llevaba la linterna y lo palmeó dos veces para llamar
su atención; luego, le empujó indicativamente hacia atrás, por el corredor: Ya no
le era de ninguna ayuda. Empujó al otro hombre hacia la pared, localizó su mano
y la colocó sobre la baranda. Le hizo entender que siguiera adelante mientras él
se internaba también en el corredor inundado.
Dando gracias al Dios en que nunca había creído, Sheranchuk llegó al final
del corredor y sintió la tubería del depósito bajo sus pies.
A partir de entonces fue fácil. Los dos hombres siguieron caminando a lo
largo de la tubería hasta que llegaron a la primera válvula. Sheranchuk puso las
manos del otro hombre sobre ella y, en la oscuridad, con los sonidos palpitantes
del núcleo sacudiéndoles, empujaron con todas sus fuerzas.
Giró.
Un momento después encontraban la segunda válvula. También giró. Y
entonces oyeron los sonidos gorgoteantes del depósito al vaciarse.

Sheranchuk cerró los ojos ante la luz al llegar al aire libre, apartando a los
trabajadores que pretendían abrazarle mientras intentaba quitarse el traje de
goma. Se sentía triunfante, pero más que nada estaba muy cansado. Tropezó con
los cascotes del túnel de los mineros, pero media docena de manos le sostuvieron
rápidamente.
Cuando regresó al bunker le apetecía un cigarrillo, pero vio a una doctora
que se le acercaba con una carpeta y supo lo que le iba a decir. Se levantó para
saludarla.
Era gracioso. Podía ver que la boca de la mujer se movía como si le hablara,
pero no oía las palabras.
Abrió la boca para comunicarle aquel hecho curioso, y entonces el mundo
empezó a girar a su alrededor y las luces se apagaron. Notó que caía
pesadamente en brazos de la doctora, y luego ya no sintió nada en absoluto.
23
Sábado, 3 de mayo.

El Comité de Seguridad del Estado, o Komitet Gosudarstvennoy


Bezopasnosti, es conocido habitualmente por sus iniciales rusas como la «KGB».
Ha tenido una presencia constante en la vida de todo ciudadano desde que existe
el Estado soviético. Su nombre ha cambiado según las épocas. Lo mismo ha
hecho su imagen…, más o menos. En la actualidad aún se la teme, pero quizá
como una presencia difusa, como teme al cáncer de pulmón un fumador
empedernido que no quiere dejar el vicio. Ya no es el temor de los tiempos de
Stalin (entonces se llamaba OGPU, y más tarde NKVD), que se parecía al que la
gente experimenta durante una epidemia, cuando la muerte y la destrucción
golpean con frecuencia, sin escrúpulos y como al azar. El fundador de la
organización (que entonces tenía aún otro nombre diferente, la Cheka) fue Felix
Dzerzhinsky, el «Divino Félix». La gran plaza del centro de Moscú donde se
encuentran la prisión Lubyanka y la tienda de juguetes más popular de la ciudad,
lleva su nombre. Se dice que a Dzerzhinsky, si no otra cosa, le gustaban al
menos los niños. Se cuentan historias al respecto. Una vez, una niña corrió a
saludarle en una estación de ferrocarril y le ofreció un ramo de flores.
Dzerzhinsky se quedó dudando un horrible momento. Luego sonrió y palmeó la
cabeza de la niña. «Así que, pese a todo, sabe ser amable», le susurró un
moscovita a otro. «Eso parece», contestó éste. «Al fin y al cabo, podría haberla
hecho fusilar.»

La primera indicación que tuvo Smin de que los hombres de la KGB iban a
visitarle fue que la enfermera acudió para rodear rápidamente su cama con las
mamparas que solían colocar cuando un paciente estaba próximo a morir.
—¿Así que tengo compañía? —preguntó Smin, y no se sorprendió de que la
mujer no le contestara.
Suspiró y se incorporó lo mejor que pudo. Estaba bastante seguro de saber lo
que vendría a continuación. Las mamparas no eran para apartarle de la vista de
su compañero de habitación, porque éste había sido conducido a Cirugía la
noche anterior y no había regresado. Pero resultaba molesto que los
interrogadores vinieran a importunarle ahora. El médico que le tomaba muestras
de sangre una hora antes le había dicho que su «camarada fontanero»,
Sheranchuk, acababa de ser admitido en el Hospital número 6, y Smin había
planeado que la enfermera le diera unas zapatillas y una bata para poder visitar a
su amigo. Smin se sentía bastante bien. Esto era sólo temporal, le había
advertido el médico; mero efecto de las transfusiones. Su estado seguía siendo
crítico. No hacía falta que se lo dijeran. Sabía bien que una sensación
momentánea de bienestar podía ser probablemente la última sensación de este
tipo que tuviese. Estaba dispuesto a disfrutarla mientras durase. ¡Y era mala
suerte que los chekistas aparecieran justo entonces!
Eran dos, por supuesto. Al menos no llevaban los sombreros calados y las
gabardinas; parecían bastante menos preocupantes con las batas blancas que el
hospital imponía a todos los visitantes.
—De modo, Simyon Mijailovitch —dijo el más joven de los dos,
amablemente—, que, según nos han dicho, hoy se siente mucho mejor.
—Temporalmente —asintió Smin; de hecho, a pesar de las irritaciones de la
boca y la debilidad y la diarrea, se encontraba bastante bien.
—Oh, espero que sea más que temporalmente —intervino el otro—. ¿Pero y
esas cicatrices? Seguro que no son del desastre.
La sábana de Smin se había desplazado, de modo que las cicatrices de sus
quemaduras estaban por completo a la vista.
—Sólo son un viejo recuerdo. Ésta, sin embargo —se tocó la pequeña venda
del pecho, de donde los médicos habían extraído médula ósea—; ésta es nueva,
pero poco importante. Supongo que no habrán venido para hablar de mi salud.
—En general, no —concedió el más joven—. Pero naturalmente que nos
preocupa. No queremos molestarle con preguntas si no se siente bien.
—Preguntas —repitió Smin—. Ya veo. Por favor, con toda libertad,
pregunten lo que quieran.
Y lo hicieron. Amablemente al principio, casi con indiferencia. Luego, no.
—Por supuesto está usted informado, Simyon Mijailovitch, de que las
decisiones del 27º Congreso del Partido establecen que la producción de energía
nuclear se doble en 1990 a trescientos noventa mil millones de kilovatios-hora.
—Por supuesto —dijo Smin.
—¿Y conoce usted la garantía que dio el presidente del Comité de Energía
Atómica, Andronik Petrosants, al Comité Central, hace sólo tres años, de que la
probabilidad de que ocurriese un desastre como el suyo era de un millón contra
uno?
—¿Como el mío? —preguntó Smin—. ¿Dice que es mi desastre? ¿Es lo
mismo que acusarme de haber causado la explosión?
—Era usted el directivo de más categoría que se hallaba presente, camarada
Smin. El director estaba ausente. Éste es un detalle contra él, y de hecho ya ha
sido depuesto de su cargo y expulsado del Partido, como tal vez sepa. Pero
estaba usted al frente de la planta mientras él se encontraba fuera.
—En realidad —recalcó Smin—, yo tampoco estaba presente. Cuando
sucedió la explosión me encontraba libre de servicio.
—En efecto —dijo el otro hombre con severidad—. ¿Y dónde estaba?
Entonces empezó la parte más desagradable del interrogatorio. Smin había
dejado su puesto de trabajo para atender un servicio religioso, ¿no? ¿Acaso era
un creyente no registrado? («En absoluto», protestó Smin. «Mi madre…») Pero
ellos no estaban interesados en su madre. Apartaron la cuestión religiosa y
cambiaron de tema. Smin había utilizado el automóvil que el Estado le
proporcionaba para un viaje privado (uso de propiedad estatal con fines
personales), e incluso había despedido al conductor y conducido él mismo más
de cien kilómetros. ¿Y con qué propósito? Para reunirse con unos extranjeros en
una ceremonia religiosa en un apartamento de Kiev. En cuanto a aquel
apartamento, ¿cómo lo había conseguido? ¿No era verdad que, aunque estaba a
nombre de su madre, era él, ilegalmente, el propietario del piso…, además de
serlo de su propia casa en Pripyat y de la dacha que planeaba construir en las
afueras?
—Camarada —preguntó el hombre mayor, apenado, dirigiéndose al más
joven—, ¿qué clase de persona tenemos aquí, que puede vivir en tres casas a la
vez?
Smin escuchó atentamente los cargos, pero habló poco. Por un lado, le dolían
las comisuras de la boca cuando hablaba; por otro, aquello no tenía importancia.
Los hombres de la KGB estaban simplemente montando un caso. En el fondo de
su corazón Smin había estado seguro de que, tarde o temprano, algo parecido
ocurriría. Sólo cuando llegaron a los detalles específicos de la construcción de la
planta se puso en guardia.
—No —dijo rotundamente—. Rechazo la afirmación de que cualquier
trabajo de construcción que se hiciese lo fuera sin autorización. Los planes
fueron aprobados por el Ministerio. En las tareas cotidianas, el director daba
instrucciones exactas. Seguí fielmente su programa a este respecto.
—Ah, ya veo —asintió el hombre mayor—. A este respecto. ¿Pero y en
otros? ¿Le dio el director instrucciones de que usara materiales de calidad
inferior?
Y con un floreo sacó el ejemplar de Literaturnaya Ukraina donde aparecía el
artículo que llamaba la atención sobre las desastrosas condiciones del proyectado
quinto reactor de Chernobyl: materiales defectuosos, pobre mantenimiento,
dirección descuidada. Parecía claro, dijo apenado el chekista, que no eran los
suministradores quienes habían engañado a Smin con cemento pobre y tuberías
defectuosas, sino que era Smin quien había conspirado para estafar al Estado, sin
importarle el daño a la propiedad del pueblo.
—Pero eso se refiere al reactor número cinco. Y no fue el material
defectuoso lo que causó el accidente —estalló Smin—. En cualquier caso,
ningún material de ese tipo fue utilizado en la construcción esencial… Fue
descartado todo, y sólo se emplearon materiales satisfactorios.
Pero ello sólo condujo al cargo siguiente, que bajo la dirección de Smin tres
mil sacos de costoso cemento (fuera de inferior calidad o no, ¿qué sentido tenía
discutir este punto?) habían sido dejados a la intemperie hasta que la lluvia los
empapó y los convirtió en bloques de piedra descompuesta, mientras que
tuberías de acero escasas y caras («¿O también eran defectuosas, camarada
Smin? Entonces, ¿cuánto material defectuoso aceptó?») quedaron abandonadas
hasta que se oxidaron. Y además estaba la cuestión de los baños.
—¿Por qué baños tan lujosos, camarada Smin? ¿Pensaba que sus
trabajadores eran patricios de la antigua Roma?
—Los trabajadores que tratan con materiales radiactivos deben tener acceso
a las duchas cuantas veces sea necesario —señaló Smin.
—¿A duchas tan magníficas?
—Después de todo, disponíamos de gran cantidad de agua caliente —replicó
Smin.
—¿Y gran cantidad de losas de alta calidad?
—No. De ésas, ninguna sobró. Todas las buenas se destinaron a la sala de
turbinas. Las defectuosas sirvieron para los baños.
—Ya veo —dijo el investigador—. Pero, ¿por qué, por favor, puso usted en
peligro la central haciendo el reactor más explosivo?
Smin, ante esto, se sentó en la cama. Parpadeó ante el hombre.
—¿Cómo dice?
El agente de la KGB miró sus notas.
—Está confirmado que autorizó un incremento del once por ciento en el
contenido de uranio 235 del núcleo. Es decir, de uno con ocho a un dos por
ciento del uranio total.
—¿Yo autoricé eso? —preguntó Smin, sorprendido—. No, fue una decisión
del ingeniero jefe. Yo simplemente contrafirmé su orden. Y eso no hizo el núcleo
más explosivo. Al contrario. La medida se tomó para reducir la desviación entre
la generación de vapor y la actividad del núcleo.
El hombre de la KGB le miró sin expresión.
—Admite, entonces, que aprobó el cambio. Al mismo tiempo quitó grafito,
¿no es cierto?
—Reducimos su densidad, sí, si es eso lo que quiere decir. Era parte del
mismo procedimiento. Pero en este caso creo que fue el director Zaglodin, no yo,
quien firmó la orden. Sea como fuere, ¡ocurrió hace más de dos años!
El agente mayor suspiró y miró su reloj extraplano, obviamente extranjero.
—Prometimos que no estaríamos más de veinte minutos —le recordó a su
colega.
—Oh, creo estar en condiciones de contestar a sus preguntas, camaradas —
dijo Smin—. Por supuesto, sé que están muy ocupados. Supongo que también
van a interrogar al camarada Jrenov.
La temperatura de la habitación cambió.
—¿Con qué propósito piensa que deberíamos interrogar al camarada Jrenov?
—dijo suavemente el hombre más joven.
—¿Quizá porque él estaba en el lugar de los hechos y yo no?
—Simplemente como observador, camarada Smin. En cualquier caso, no fue
un problema de personal lo que causó su accidente.
—¿No? Yo creo que sí, camaradas. Fue la completa estupidez de todo el
equipo de la sala de control lo que causó la explosión. Desconectaron una a una
todas las medidas de seguridad, y luego se sorprendieron de que el reactor ya no
fuera seguro.
—¿Intenta descargar la culpa de sus fallos de liderazgo en otras personas? —
inquirió él hombre mayor.
—¡En absoluto! ¿Pero qué clase de liderazgo puede haber cuando la Primera
Sección admite gente que bebe y se queda en casa cuando debería estar en su
puesto de trabajo, e incluso escapa…? Sin embargo —añadió pensativo—,
supongo que en parte tienen ustedes razón. Aplicar las directrices del Congreso
del Partido en cuanto a bebida y absentismo no eran únicamente responsabilidad
de Jrenov. Yo debería haber sido más ingenioso. Conseguí encontrar aplicación
para las losas defectuosas, colocándolas donde no causarían daño. Supongo que
lo podría haber hecho mejor aún encontrando empleos sin importancia para la
gente inútil.
Los dos hombres se miraron mutuamente.
—Bien —dijo el mayor, poniéndose en pie—. No debemos cansarle en su
estado, Simyon Mijailovitch. Quizás otro día se sienta más dispuesto a cooperar.
Smin cerró los ojos y se recostó en la almohada.
—Yo no contaría con ello —fue lo único que dijo, sin mirarles.

En aquél momento, Smin necesitaba más que nada un bacín.


Afortunadamente, la enfermera vino de inmediato. Cuando se hubo aliviado, ella
empezó a retirar el biombo. Smin se quedó mirándola.
—Supongo que no será usted una borracha —le dijo gravemente.
Aunque las enfermeras estaban acostumbradas a oír toda clase de cosas de
sus pacientes, la mujer le dirigió una mirada de sorpresa.
—¿Yo una borracha? ¡Qué idea!
—Pues es extraño, ¿verdad?, que nuestras mujeres soviéticas beban muy
poco, mientras que los hombres lo hacen a raudales. ¿Por qué cree que será?
—La embriaguez es un gran mal social —le dijo ella con severidad—. Las
decisiones del 27º Congreso del Partido…
—Sí, sí, las decisiones —la atajó Smin—. ¿Pero por qué beben nuestros
hombres? Porque tienen empleos que no les gustan, trabajos por los que no les
pagan lo suficiente, y con el dinero que les pagan no pueden comprar lo que
quieren. ¿No es cierto? ¡Pero si eso es cierto para los hombres, cuánto más lo
será para las mujeres! ¿No le gustaría tener un lavaplatos eléctrico? ¿Un secador
para el pelo?
—Tendré todas esas cosas muy pronto —dijo ella, con la lección bien
aprendida—. La producción de bienes de consumo aumenta sin cesar.
Smin sonrió.
—Es usted muy buena chica.
Cuando ella se marchó, Smin se recostó y cerró los ojos. La entrevista con
los hombres de la KGB le había cansado más de lo que previo, pero no tuvo
ocasión de dormir porque en cuanto salió la enfermera entró una de las doctoras,
con una sonrisa en su fría cara.
—¿Y cómo se siente hoy, director técnico Smin?
—Muy cansado de estar en el hospital. Por lo demás, no mal del todo.
—Ya sabe que eso es sólo un alivio temporal. —La doctora dudó, y luego le
preguntó, en tono acusador—: ¿Le hizo algo a su dosímetro?
—¿Yo? ¿A mi dosímetro? ¿Por qué iba a hacerle nada? —preguntó Smin,
determinado a no contarle el cambio que había efectuado.
—¿Porque quería ser un héroe? No lo sé, sólo sé que su condición física no
cuadra con la dosis registrada. Según el estado de sus glóbulos blancos, debe de
haber recibido más de doscientos rads. Diría que han sido unos quinientos.
—Me parecen demasiados rads… Sea lo que sea un rad —dijo Smin.
—Si no le hubiéramos tratado, bastaría para matarle en aproximadamente
treinta días después de la exposición. —Contó con los dedos—. Sin tratamiento,
no moriría antes del veintiuno de mayo, y quizá sobreviviría hasta primeros de
junio, pero no más. Sin embargo —continuó, sonriendo glacialmente—, en este
hospital somos muy buenos tratando los efectos de la radiación. Tal vez incluso
cuando el paciente no coopera como debería. También tenemos un maravilloso
doctor americano que llegó ayer, un regalo de nuestro amigo el doctor Armand
Hammer.
—¿Quién es ése?
—Uno de los americanos buenos, director técnico Smin. Siempre ha sido
amigo de la Unión Soviética, desde los días de Lenin, y ahora nos ha
proporcionado ayuda en este desagradable trance. Este doctor Gale venido de
América ha desarrollado métodos especiales para tratar casos como el suyo. Nos
desharemos de su médula ósea deteriorada y la reemplazaremos con otra nueva y
sana… en cuanto encontremos un donante satisfactorio.
—De acuerdo —dijo Smin—. Ahora déjeme solo hasta que llegue el
momento de la operación.
—Por desgracia no es tan fácil —dijo la doctora, triunfalmente—. Primero
tenemos que prepararle para el trasplante. Y eso, me temo, no es un proceso muy
agradable.

Cuando la doctora terminó de contarle lo poco divertido que iba a ser el


procedimiento, Smin permaneció acostado, con los ojos cerrados, reflexionando
sobre el tema. No sentía dolor. De vez en cuando notaba náuseas, o sudaba bajo
las ligeras sábanas. Pero no sufría, y su cabeza estaba clara y despejada.
Pensó que tal vez habría preferido un poco menos de claridad mental.
Se lo habían explicado todo y, sí, estaba de acuerdo, no había nada agradable
en su futuro inmediato. La verdadera cuestión era cuánto futuro tenía.
La doctora había sido bastante explícita. Básicamente, había cuatro estadios
en los casos de radiación: primero, el «síndrome prodrómico», el inicio de la
enfermedad, en que se daban vómitos y debilidad. Esto, le había dicho la
doctora, no era serio; probablemente el simple impacto de la radiación sobre el
sistema nervioso producía los síntomas, y éstos pasaban.
Tal como había ocurrido: en sólo una hora, aproximadamente.
Ahora se encontraba en el «período latente». El paciente se sentía mejor,
como se sentía Smin, sin contar la debilidad resultado de las cosas que le hacían
para salvarle la vida; sin contar con que el pelo se le caía; sin contar,
especialmente, que el período latente no duraría más de un par de semanas, y que
entonces llegaría el «período febril».
Era durante el período febril cuando probablemente moriría, porque el cuarto
estadio sólo admitía dos posibilidades: o bien empezaría a recuperarse
lentamente, o moriría.
Abrió los ojos al oír un ruido en la puerta. Su hijo Vassili entró, con aspecto
asustado. Parecía aún más joven con la gorra y la bata blanca y las chanclas de
plástico.
—Han tomado una muestra de mi médula ósea —dijo con orgullo—. ¿Sabes
lo que han hecho? ¡Clavarme una especie de cuchillo en el pecho! ¡Directo al
hueso!
Se tocó con cuidado la clavícula para mostrar dónde había entrado el
instrumento.
—Habrá sido muy doloroso —dijo Smin, deseando poder abrazar a su
hijo…, si no le resultara tan difícil moverse, si no supiera que Vassili tenía
miedo, como parecían tenerlo cuantos venían al hospital, de que, de alguna
manera, algunos materiales radiactivos saltaran de su piel a la suya si se acercaba
demasiado…
Vassili se mordió los labios, buscando algo que decir que no pareciera una
tontería propia de adolescentes, o de un sentimentalismo inadmisible.
—Me alegro de haberlo hecho —dijo, confuso; y cambió de tema—: ¿Qué
harán ahora?
—Bien. —Smin cambió de postura en la cama—. Verás, como estoy
enfermo, es necesario que me ponga todavía más enfermo. Como la médula de
mis huesos ha sido dañada, ahora deben terminar el trabajo y destruirla por
completo. Así, cuando me pongan médula buena, encontrarán un espacio vacío
esperándola.
Vassili tragó saliva, los ojos abiertos de par en par.
—Ah, pero todo tiene un lado bueno —añadió Smin rápidamente—. Ya he
recibido tanta radiación que, al menos, no tendrán que darme más. Sólo
productos químicos. Lo único que las medicinas consiguen es que vomite, pero
ya vomitaba de todas formas.
El muchacho mantenía el ceño fruncido. Al parecer, ya le habían dicho lo
que aguardaba a su padre.
—¿También te han sacado médula?
—La poca que quedaba, sí. —Smin sonrió, tocándose el esternón—.
Ayúdame a sentarme en la silla de ruedas… No, espera —se corrigió, recordando
que los visitantes no debían tocar a los pacientes—. Ya le diré a la enfermera que
lo haga más tarde. Quiero visitar a un amigo, el ingeniero hidráulico
Sheranchuk.
—Sí —dijo el muchacho, ausente—. Está aquí, también por haberse
expuesto demasiado a la radiación. —Luego regresó al tema que le preocupaba
—: ¿Padre? Si mi médula ósea no es buena para ti, ¿qué pasará?
—Que tendremos que buscar a alguien más que me dé un poquito —replicó
Smin alegremente—. No tiene por qué venir de un pariente. Ocurre que son
normalmente los más indicados para que los trasplantes sean compatibles, pero
también podría utilizarse la de un extraño que, simplemente, tenga la misma
clase de médula que yo.
—¿Y si no hay nadie que sirva?
—Entonces probarán con las inyecciones de hígado fetal. ¿Sabes lo que es
eso? Antes de nacer, los niños crean sus propios glóbulos blancos en el hígado; y
cuando se obtiene una porción de hígado fetal, se inyecta a gente como yo. Igual
que la médula ósea. Hay tres personas aquí que ya han recibido esas inyecciones.
—No añadió que las tres habían muerto. Cambió de tema—: ¿Ya te han asignado
un colegio mientras estés en Moscú?
—Oh, sí —respondió el muchacho, con los ojos brillantes—. ¡Qué colegio,
padre! ¡Hay un ordenador en la clase de matemáticas, y mi profesora de inglés
estudió en América! —Eso le recordó una cosa—. Aquí hay doctores
americanos, ¿lo sabías? Dos de ellos, y dicen que van a venir más… Con toda
clase de medicinas y aparatos. Harán que te pongas bien en seguida, ¡seguro!
—Claro que sí.
El esfuerzo de reconfortar a su hijo empezaba a pesar sobre Smin. Notaba
que sudaba, y era obvio que el niño aún tenía algo en la mente. Suspiró y no
dudó en preguntárselo:
—¿Qué más te preocupa, Vassili?
El muchacho se mordió los labios, y por fin lo soltó:
—¿Qué querían esos hombres?
Smin se hundió en la almohada. ¡Por supuesto!
—Ah, ya veo. Los funcionarios. Tenían preguntas que hacerme, claro. Es
lógico que cosas como la que ha ocurrido sean investigadas a fondo.
Vassili asintió, dubitativo.
—Pero tú no has hecho nada malo —protestó, incapaz de evitar que la frase
sonara como una pregunta.
—El accidente no se produjo solo, Vass. Cuando todo haya sido estudiado,
sabremos de quién ha sido la falta. Ésta es la cuestión.
Apartó la sábana, dejando ver sus pantalones de pijama a listas rojas y
blancas, sin chaqueta. Incluso delante de sus hijos, Smin siempre había sentido
el reparo de mostrar las brillantes cicatrices de su torso, pero ahora, pensó, le
vendrían bien las preguntas de Vassili al respecto. ¿Qué otra cosa sería mejor
para el muchacho que escuchar en aquel momento el relato de la heroica
conducta de su padre en la batalla de carros ante Kursk?
Hubo una oportuna interrupción. Smin miró agradecido a la doctora cuando
ésta entró, pero bajo la gorra blanca la cara de la mujer era grave.
—Lo siento —empezó a decir, mirando a Vassili más que a Smin; y éste
supo de inmediato a quién pedía disculpas.
—Ah, Vass —interpuso sonriendo, aunque ello hacía que las comisuras de su
boca le dolieran terriblemente—. Tienes la suerte de haber salido a tu madre,
pero esta vez, me temo, esa suerte no la compartiré. La doctora quiere decirnos
que tu médula ósea no me sirve.
24
Martes, 6 de mayo.

El Ministerio, en Moscú, ha aplicado una desafortunada etiqueta a la aldea de


Yuzhevin. La etiqueta es «poco prometedora». La forma más fácil de que una
población la consiga es perder a la mayor parte de sus jóvenes, que se van a
buscar trabajos mejores a las ciudades, a los complejos industriales o, como en el
caso de Yuzhevin, a las minas de la cuenca del Don. No hay inversiones para el
desarrollo de una aldea poco prometedora. A medida que decae, es probable que
pierda la electricidad y (si alguna vez los ha tenido) los teléfonos. La aldea tiene
suerte si conserva su almacén, su clínica, su colegio. Yuzhevin no ha sido
afortunada, pero, como muchos pueblos poco prometedores, dispone en
abundancia una de las cosas más escasas en la Unión Soviética: hay muchas
casas vacías en Yuzhevin. La verdad es que los alojamientos disponibles no son
precisamente lujosos. Apenas ninguno tiene más de una habitación, carecen de
agua corriente, y a nadie se le ha ocurrido nunca hacer reparaciones o limpiar las
casas abandonadas. En Yuzhevin, sin embargo, no hay radiactividad, y por ello
al menos es mucho mejor estar aquí que permanecer en Pripyat.

Como que Yuzhevin ni siquiera está junto a la autopista, Bohdan Kalychenko


tuvo que andar un kilómetro y medio sorteando los charcos fangosos de la
carretera, para recibir el autobús de Raia. Luego tuvo que esperar una hora,
porque el autobús venía con retraso, y finalmente resultó que Raia ni siquiera
estaba en él. Cuando volvió al pueblo no sólo tenía calor y sed, sino que también
empezaba a sentir hambre.
Aunque Kalychenko era un ingeniero especializado en energía nuclear
(bueno, un operador al menos, lo que para él era casi lo mismo), no pudo hacer
nada con el fogón de petróleo de la casita que tuvo que compartir con otro
evacuado. Después de maldecir un buen rato, consiguió que uno de los
quemadores se encendiera y preparó té, cortó unas cuantas rebanadas del pan
que había traído el camión el día anterior y, masticando lentamente, se sentó en
el porche para mirar la calle del pueblo. En la plaza, a treinta metros de
distancia, un grupo de evacuados jugaba a las cartas alrededor de una mesa, bajo
el caliente sol. Le hicieron señas invitándole, pero Kalychenko no se sentía de
humor para unirse a ellos.
Al menos su compañero de cuarto, el cartero Pestya Barisov, no estaba allí
para molestarle. Cuando los aldeanos ofrecieron a los evacuados trabajo en las
granjas, Barisov había aceptado rápidamente…, no tanto por el dinero a ganar
sino por estar lejos de su madre, que había sido evacuada al mismo pueblo y se
lamentaba constantemente de los tesoros que se vio obligada a abandonar en
Pripyat. Ahora Barisov se encontraba en los pastizales, reparando vallas. Así que
Kalychenko tenía un momento de intimidad. Desgraciadamente, Raia no estaba
allí para aprovecharlo mejor. Pese a que en Yuzhevin no había verdadera
intimidad, con todos los aldeanos curioseando obsesivamente a sus nuevos
vecinos y con las paredes de las cabañas hechas de tablas resquebrajadas. Él
estaba seguro de haber oído respirar a alguien justo al otro lado de la ventana,
por la noche. Los habitantes de Yuzhevin se mostraban ciertamente amistosos
con la rica gente de la ciudad. No sólo porque los evacuados fueran mucho más
sofisticados que los koljozistas. Los ciudadanos representaban una bendición
para Yuzhevin, porque con ellos llegaban día tras día camiones con comida e
incluso, a veces, con cosas como papel higiénico y, ocasionalmente, ropas de
vestir. No era lo mismo que tener otra vez una tienda en la aldea, pero sí más de
lo que habían tenido en media docena de años.
Kalychenko examinó las opciones que se abrían ante él. En su casa no habría
habido problema. Se habría puesto a escuchar su radio alemana, o su bienamado
estéreo checoslovaco, pero por supuesto ambos estaban aún en Pripyat, junto con
su televisor y el resto de sus tesoros; y aunque los tuviera aquí, no había
electricidad para que funcionasen.
Pensó que podía escribir otra carta a la central de Chernobyl, pidiendo que le
hicieran regresar para volver al trabajo. Seguro que muy pronto el reactor
número uno o el número dos volverían a entrar en funcionamiento, ahora que
(según había oído) el fuego del número cuatro había sido extinguido. Aunque
ello significaba explicar de nuevo las razones no muy explicables de por qué
había escapado.
Bien, entonces. Había otras alternativas. Podía hacer algunas de las cosas que
le había prometido a Raia. Barrer el suelo de la cabaña. Volver a limpiar las
ventanas que Raia ya había limpiado una vez; pero que el polvillo de carbón en
el aire ensuciaba casi de inmediato. Podía, como había prometido, reparar la
puerta del retrete del patio trasero, que no cerraba bien, y la cual había que
mantener cerrada con una mano mientras uno atendía a lo suyo en el interior, a
oscuras.
Kalychenko podría haber hecho todas aquellas cosas útiles y productivas,
pero no le apetecía ninguna. Además, recordó que tenía un proyecto más
interesante.
Se las había arreglado para comprar medio kilo de frambuesas tempranas a
uno de los aldeanos, aquella mañana, a un precio sorprendente, casi la mitad de
lo que habría tenido que pagar en los mercados privados de Pripyat. Sacó las
frambuesas de la alacena, junto con dos botellas de vodka para las cuales había
tenido que guardar cola cuatro horas. Descorchó las botellas y las colocó sobre la
mesa. Pacientemente, les sacó el rabillo a las frambuesas y las introdujo una a
una en las botellas para darle sabor al vodka. Como las botellas empezaron a
llenarse, pronto tuvo que parar. Pero encontró la solución. Sacó una taza y
escanció el licor suficiente para poder meter las frambuesas restantes.
Como no tenía sentido dejar el vodka en una taza sin tapar, la sorbió mientras
añadía las últimas frambuesas. Cuando volvió a poner los tapones a las botellas,
había engullido todo el licor sobrante. El aldeano que entonces apareció en la
puerta le encontró de excelente humor.
—¿Es usted Kalychenko? —preguntó.
—Ése es mi nombre —contestó Kalychenko, dispuesto a comportarse
amablemente con aquel destripaterrones de camisa sucia—. ¿Le apetece un
trago?
El hombre sonrió. Era un tipo grandote y mayor, casi calvo, y aunque lucía
ropas toscas y botas gruesas llevaba un impresionante reloj de pulsera.
—Nunca desprecio el gorulka —dijo—. ¿Qué, que no es gorulka? Bueno, da
lo mismo.
Su nombre, dijo, sentándose, era Yakovlev («llámeme Kolka») y había oído
que Kalychenko era una especie de ingeniero. Cuando ambos hubieron bebido
un vaso de vodka, que apenas había adquirido aún el sabor de las frambuesas,
Yakovlev preguntó:
—¿Significa eso que sabe algo de máquinas?
—Lo sé todo —fanfarroneó Kalychenko.
—Sí, vaya, no lo tome a mal —insistió Yakovlev—. Lo que quiero decir es si
sabe manejar un tractor.
—Mi querido Kolka —dijo Kalychenko, volviendo a llenar los vasos—. No
he venido a esta metrópoli llamada Yuzhevin para ayudarles en sus
investigaciones agrícolas. Yo ni siquiera debería estar aquí, ¿comprende?
Nuestro autobús fue el único que enviaron a un lugar como éste.
—Sólo he preguntado si sabe manejar un tractor —insistió el hombre.
—¡Un tractor! Soy ingeniero nuclear, ¿entiende lo que eso significa?
Significa que soy un experto que ha sido entrenado durante muchos años con
maquinaria de la más alta tecnología. Me llamarán muy pronto para que vuelva
al trabajo, porque no hay muchos como yo en la Unión Soviética; y no sólo
somos escasos, sino que estamos muy bien pagados.
—Oh, oh —dijo Yaklovev, con amabilidad—. Más de novecientos rublos al
mes, supongo.
Los ojos de Kalychenko casi se le salieron de las órbitas cuando bebía el
siguiente trago. Estuvo a punto de atragantarse, pero consiguió abrir la boca.
—¿Cuántos rublos?
—Es lo que pagaba a mi hijo por ayudarme a manejar el tractor, pero el
muchacho decidió que prefería ser pobre en Odessa que rico en Yuzhevin. ¿Le
interesa el salario? ¿Sí? Entonces, querido Bohdan, creo que ya hemos bebido
suficientes orines de pato. Venga a mi casa y allí tomaremos un buen coñac
francés mientras averiguo si sabe lo suficiente para ocupar el puesto de un chico
de dieciocho años.

Cuando Raia, la prometida de Kalychenko, regresó a la aldea, fue a la cabaña


que Kalychenko compartía en vez de dirigirse a la que le había sido asignada con
otras dos mujeres solteras. No se sorprendió de que no estuviera allí. Tampoco se
sorprendió de que no hubiera hecho ninguna de las reparaciones, ni de que no
hubiese limpiado nada, aunque las botellas vacías de vodka sí le hicieron alzar
las cejas.
Sin embargo, se dijo, mientras intentaba restablecer el orden, no podía
esperar que un hombre como Bohdan Kalychenko se convirtiera de repente en
ama de casa.
Raia no se hacía muchas ilusiones respecto al hombre con quien pensaba
casarse. Eran su piel blanca y sus ojos azules lo que la había impulsado a
acostarse con él, no su carácter. Ciertamente, su trabajo en la central nuclear de
Chernobyl estaba socialmente muy por encima de su propia condición (Raia
trabajaba como conductora de autobús en la ciudad), pero en Pripyat había
muchos hombres jóvenes con buenos puestos de trabajo. Sólo que no tenían el
aspecto de Bohdan Kalychenko.
Ahora en particular, sabía bien que Kalychenko estaba asustado. No veía
razón para mencionárselo. No había forma en que pudiera reconfortarle, porque
él tenía todos los motivos del mundo para sentir miedo. Inevitablemente, iba a
haber una enorme investigación en torno al desastre de Chernobyl, y su novio se
había ganado a pulso el hacer de chivo expiatorio, abandonando su puesto de
trabajo.
Raia no le excusaba por ello. Tampoco se molestaba en culparle. Debió ser
aterrador estar allí cuando el reactor número cuatro voló en pedazos. Ella
simplemente aceptaba, como una de las cosas que pasan en la vida, que cuando
su hijo naciera, su padre, muy posiblemente, estaría a cinco mil kilómetros de
distancia, cortando leña en algún rincón helado de Siberia. No por esto Raia
descartaba la idea de casarse con él. Al contrario, deseaba que la ceremonia se
llevara a cabo lo antes posible, por si alguno de los funcionarios del Estado
aparecía y a la mañana siguiente se lo llevaba a la prisión de Lefortovo.
Raia se detuvo y encendió un cigarrillo. Frunció el ceño al ver que el fogón
no perdía su capa de grasa.
Era necesario hacer planes alternativos, por si acaso ocurría lo peor.
La capacidad de Raia para razonar era excelente. Vio que tenía cuatro
alternativas: Primera, podía casarse con Kalychenko y tener el niño; eso era lo
mejor, si lo conseguía. Segunda, podía tener el niño sin casarse. Ésa era una
pobre elección: una madre soltera no se casaría nunca, y Raia quería,
definitivamente, tener una casa y un marido. Tercera, podía abortar, pero esto
estaba descartado, no por la lógica, sino porque ella nunca haría una cosa así.
Y quedaba una cuarta posibilidad.
Estaba Volkya Kokoulin, un colega conductor de autobuses, quien le había
hecho saber claramente que nada le haría más feliz que perderse con ella en el
bosque y hacer el amor.
Si detenían a Kalychenko antes de que se casaran, no sería difícil descubrir
dónde habían evacuado a Kokoulin. Podría encontrarle, y entonces sería bastante
fácil acostarse con él, informarle unas semanas más tarde de que estaba
embarazada, y casarse. Habría algún desacuerdo en las fechas cuando el niño
naciera, pero entonces, ¿qué importaría ya? Y si Kokoulin estaba tan hambriento
de carne como había sugerido sería bastante fácil convencerle que en su familia
se daban muchos casos de partos prematuros.
Sonreía para sí misma, apoyada en el borde de la mesa, cuando Kalychenko
entró por la puerta. Se echó en sus brazos, llena de placer. No había fingido
nada. Éste era el hombre con el que pretendía casarse, si era posible, porque en
realidad, cuando lo pasaban bien, todas las virtudes de Kokoulin no
compensaban el hecho de que Kalychenko era alto, apuesto y tenía los ojos
azules, mientras que Kokoulin era feo.

Cuando Kalychenko regresó a su casa y encontró a Raia, llegada poco antes


que él, estaba radiante. Traía grandes noticias.
—La verdad, querida —dijo de inmediato—, es que este Yuzhevin no es mal
sitio, después de todo.
Su novia estaba colorada y sudorosa, y había dos bolsas de malla llenas sobre
la mesa. Kalychenko fisgó en su interior mientras la saludaba con un beso.
—Ah, qué bien. Has tenido que andar mucho, me temo. ¡Pero traigo buenas
noticias! ¡Me han propuesto que conduzca un tractor! No, no, no me mires así.
¡Espera hasta que oigas lo que pagan a los tractoristas! Bueno, el capataz, Kolka
Yakovlev, vive en ese caserón a la salida del pueblo, ¿sabes? El de los árboles
frutales alrededor y el Volga aparcado en el patio trasero. ¡Dieciséis mil rublos
pagó por el coche, eso es lo que gana un tractorista en Yuzhevin, porque todo el
que vale algo se va a la ciudad!
—Pues está muy bien —dijo Raia, mirando hacia la puerta con repentino
interés.
—¡Y si no estás muy cansada esta noche, nos ha invitado a su casa para que
veamos algunas películas americanas! ¡Tiene cintas de toda clase… El Mago de
Oz, y películas de Clark Gable, e incluso de Mickey Mouse! Oh —añadió, en
tono de disculpa—, pero te has quedado rendida trayendo estas cosas. Es culpa
mía, perdona. Fui a esperar el autobús, pero…
—No vine en autobús. Lo perdí. Vine en coche, Bohdan. Dos hombres me
recogieron y me trajeron casi hasta Yuzhevin.
—Bueno, tuviste suerte.
—No, Bohdan —suspiró ella—. Creo que no ha sido suerte. Los hombres no
me dijeron mucho, pero no me pareció que vinieran precisamente al pueblo. Ahí
está su coche, sin embargo, al otro lado de la plaza. ¿Sabes lo que pienso,
Bohdan? Pienso que esos hombres han venido para interrogar a los evacuados
como nosotros. Creo que son agentes del Estado.
25
Martes, 6 de mayo.

En el interior de los grandes continentes, el aire generalmente fluye sobre la


superficie terrestre de oeste a este, con una ligera desviación hacia los polos. Por
este motivo, el clima de Chicago suele proceder de California, y el de Moscú
procede en gran parte de España o Francia. Sin embargo, en cualquier momento,
los vientos pueden variar. Si las masas de aire sobre la Unión Soviética se
hubieran movido en la dirección prevaleciente en abril y mayo de 1986, los
gases de Chernobyl habrían sido llevados a Siberia y al Pacífico. Pero no ocurrió
así. Primero se movieron hacia el norte. Luego al este. Luego en todas
direcciones.
Las primeras paradas que hizo el errante aliento de Chernobyl fueron Polonia
y el este de Escandinavia. La nube invisible fue recibida con confusión y pánico.
En Polonia, la prensa oficial restó importancia al asunto. La prensa clandestina,
que es la que los polacos leen para averiguar qué pasa, no. Por tanto, las
farmacias polacas agotaron el yoduro potásico, pues el ingrediente más temible
de la nube era su yodo 131 radiactivo. El problema con el yodo radiactivo es que
cada ser humano posee una glándula tiroides, y cada glándula tiroides tiene un
apetito insaciable de yodo. Si el yodo resulta ser el isótopo radiactivo, la
glándula lo devora igualmente. Allí el yodo permanece, bombardeando
incesantemente con su radiación a la víctima desde dentro. El cáncer de tiroides
es una de las consecuencias más comunes de la exposición a fugas radiactivas.
Poco después, los vientos llevaron los gases de Chernobyl al sur y al este,
barriendo la mayor parte del continente europeo, pero para entonces el yodo 131
ya no constituía el peligro mayor. El yodo radiactivo tiene al menos una virtud:
dura poco. En sólo ocho días, la mitad se convierte en otra cosa. Otros dos
isótopos eran, por entonces, mucho más preocupantes: el xenón 133, un gas, y el
cesio 137, normalmente sólido (aunque, al igual que el yodo, lo suficientemente
volátil para que grandes cantidades ascendieran con el humo de Chernobyl y
permaneciesen en la nube bajo la forma de partículas finamente divididas). El
xenón, como es un gas, resulta particularmente nocivo. La lluvia no lo disuelve;
está en el aire y es respirado hasta que se transforma. El cesio es aún peor.
Cuando por fin cae al suelo, permanece en el terreno y en el agua durante
mucho, mucho tiempo.
Por supuesto, incluso después de transcurridos los treinta años de vida media
del xenón, no todo habrá desaparecido. La mitad aún estará allí. Si se siguiera la
historia de una parcela de terreno donde hubiese caído un millón de átomos del
cesio radiactivo de Chernobyl, en el año 2016 aún quedaría medio millón.
Seguiría habiendo unos sesenta mil a principios del siglo veintidós. Tarde o
temprano, naturalmente, desaparecían todos, y el último átomo radiactivo de
aquel millón inicial se habría convertido en otra cosa. Ello sucedería
aproximadamente dentro de seis siglos.
Cuando las pequeñas partículas de cesio radiactivo caen finalmente del cielo,
se agarran a aquello en lo que aterricen. Algunas habrán caído en plantaciones de
lechuga y espinaca (que la gente come), o en pastizales (que comen las vacas,
que a su vez producen leche contaminada con cesio, que la gente consume).
Por tanto, todos los gobiernos de Europa ordenaron, o la gente simplemente
decidió por su cuenta, prescindir en la alimentación diaria de la leche fresca y las
verduras. Esto resultó molesto para los padres de niños pequeños. Fue aún peor
para los campesinos. Las exportaciones de alimentos procedentes de Europa
Oriental fueron rechazadas en las fronteras. Cuando la nube llegó hasta el sur de
Italia, las autoridades prohibieron la venta incluso de las verduras locales, y los
agricultores italianos, desesperados, vieron cómo sus cosechas se pudrían.
26
Martes, 6 de mayo.

El Hospital número 6 de Moscú, que ocupa la mayor parte de un gran bloque


de edificios, no está dedicado enteramente a los pacientes afectados por la
radiación. Si así fuera, se hallaría prácticamente vacío casi todo el tiempo; los
Chernobyls son raros. Pero cuando sucede un Chernobyl, el Hospital número 6
se encuentra preparado pues es allí donde la Unión Soviética ha concentrado a
los mejores médicos especialistas en aquella dolencia. Es un hospital muy
bueno. El ala dedicada a las víctimas de la radiación está construida a estilo
antiguo, con techos altos y habitaciones grandes, y en este cálido día de mayo el
sol la inunda. En el ala hay un total de 299 pacientes procedentes de Chernobyl.
Éstos son los casos peores, los que han recibido más radiación. Se les están
aplicando los mejores cuidados posibles, pero para muchos de ellos no son
suficientes.

Cuando Leonid Sheranchuk llegó allí, sin embargo, protestaba porque recibía
más atención de la que necesitaba, y mucha más de la que realmente quería. Los
médicos no le hicieron caso. Ya que estaba allí, allí permanecería hasta que le
dieran el alta; pero le ofrecieron una compensación. La mayoría de los pacientes
ocupaban habitaciones privadas, pero a él le permitieron compartir la del director
técnico Simyon Smin, y esta gentileza hizo que dejara de protestar.
Sheranchuk no estaba seguro, sin embargo, de que la gentileza lo fuera
también para Smin. El director técnico, ciertamente había agradecido su
compañía. Pero, desde entonces, había ido empeorando rápidamente. El primer
día Smin estaba alerta, aunque muy enfermo; incluso había saludado a su
camarada fontanero y bromeado sobre su propia fontanería interna. Pero ahora,
según podía oír Sheranchuk, la fontanería interna de Smin estaba causándole
molestias otra vez. Tras la médula ósea, los principales puntos que la radiación
atacaba eran los tejidos blandos de la boca y el aparato intestinal, y uno de los
efectos más desagradables de una sobredosis de radiación eran las terribles
diarreas de sangre que provocaba.
Cuando la enfermera salió, llevando el recipiente cubierto con respeto,
porque lo que había salido del cuerpo de Smin no era solamente desagradable,
sino que además estaba contaminado de radiactividad, Sheranchuk preguntó:
—¿Cómo está?
—Creo que dormirá un rato. ¿Y usted? ¿Cómo se encuentra?
—Me encuentro muy bien —respondió Sheranchuk automáticamente.
Era casi cierto, si no contaba los dolores, y los cardenales allí donde le
habían clavado agujas. Incluso estaba pensando en ir a visitar a algunos de los
otros pacientes, a pesar de que se sentía, como siempre, un poco fatigado.
Ella asintió, sin siquiera escuchar. Después de todo, conocía su estado
bastante mejor que él.
—¿Necesita algo?
—Sólo salir de aquí —sonrió el ingeniero—. Preferiblemente vivo.
—Tiene buenas posibilidades —replicó ella con fuerza—. Y en cualquier
caso, le visitará un nuevo médico. Cuatro o cinco si cuenta a los americanos,
pero estoy segura de que se alegrará de ver a uno en particular.
—¿Y quién es? —preguntó, pero ella solamente sonrió y le dejó.
Sheranchuk cogió una revista y se agitó incómodo en la cama.
—No te dice la verdad, ya sabes —pronunció suavemente una voz al otro
lado de la mampara.
—¿Director técnico Smin? —exclamó Sheranchuk—. Pensé que estaba
dormido.
—Exactamente, sí. Lo pensabas porque la enfermera te ha dicho que
dormiría; pero, ya ves, no duermo.
—Déjeme que aparte el biombo —dijo Sheranchuk ansiosamente, pasando
las piernas por encima de la cama.
—¡No, por favor! No te esfuerces. No estoy muy atractivo en este momento,
como puedes suponer, y preferiría no exhibir mis miserias. Podemos hablar así
perfectamente.
—Claro —dijo Sheranchuk.
Hubo un instante de silencio. Luego la voz de Smin dijo con gravedad:
—Me han contado que te comportaste con gran valentía, camarada
fontanero.
Sheranchuk se sonrojó.
—Necesitaban meter hormigón debajo del reactor. Alguien tenía que hacerlo.
Sólo espero que haya salido bien.
—Al menos ha empezado bien —dijo Smin, y se detuvo un instante para
toser—. Hablé anoche por teléfono con la central. Va bien, te lo aseguro.
Decidieron que había que perforar un túnel bajo el núcleo para introducir el
hormigón, pero la mezcla era demasiado blanda. Entonces encontraron un
ingeniero del metro de Leningrado que les mostró cómo hacerlo. Congelaron la
masa con nitrógeno líquido, y ahora el hormigón está allí.
—Así que ha pasado el peligro.
Hubo un largo silencio por parte de Smin.
—Eso espero, camarada fontanero —dijo por fin—. ¿Es ya la hora de la
ronda de los médicos? Creo que sí dormiré un poco hasta entonces…

Cuando los médicos llegaron, mantuvieron las mamparas de Smin, y


Sheranchuk se sentó al borde de su cama, golpeando irritado con los pies las
patas de metal, escuchando. No había mucho que oír. Todos los recursos del
Hospital número 6 no lograban que Smin mejorase. Hoy estaba más débil que
cuando ingresó. Al moverse los médicos, las mamparas se apartaron un poco, y
Sheranchuk pudo ver lo mal que estaba su amigo. Su piel parecía… parecía la de
un leproso, decidió Sheranchuk, aunque nunca había visto ninguno. Estaba lleno
de ronchas. Bajo los vendajes había llagas abiertas. La parte de su pecho no
marcada por la gran quemadura estaba ahora moteada de pequeños sarpullidos
de sangre que los médicos llamaban «petequias». Aprensivo, Sheranchuk
examinó su propio pecho y sus brazos, pero no descubrió ninguna.
En realidad él no estaba, volvió a decirse, lo bastante enfermo para
permanecer en aquel lugar.
Cuando le llegó el turno, los doctores se mostraron más relajados. Sólo fue
«Abra la boca por favor» y «Si quiere ser tan amable de bajarse el pantalón del
pijama», con lo cual pudieron juguetear con sus testículos. Luego miraron sus
papeles un momento.
—Yo no debería estar aquí —les dijo—. Estoy ocupando un espacio que
otros necesitan más.
—Tenemos espacio de sobra, Leonid —replicó el médico principal,
sonriendo—. También tenemos doctores de sobra. Incluso van a venir más de
América, y muy pronto.
Pero lo cierto era que Sheranchuk pensaba ya que había, en efecto,
demasiados médicos. Le sobraba especialmente la hematóloga, la doctora
Ajsmentova. No le caía bien la mujer, y no le agració que ella se quedara cuando
todos los otros médicos se marcharon.
—Sólo unas cuantas gotas más de sangre, camarada Sheranchuk —dijo.
No pidió permiso. Ya le había tendido en la cama y le había cogido el brazo.
—Las enfermeras son más amables que usted —se quejó Sheranchuk,
mientras ella volvía a clavarle la aguja en las heridas que habían producido otros
pinchazos.
—Las enfermeras tienen más tiempo. Deje de resistirse, por favor.
Él obedeció silenciosamente. Al mirar sus brillantes dientes de acero cuando
sacaba la aguja, la doctora agregó:
—Y otra cosa. Cuando le vean los doctores americanos, intente no sonreír.
No queremos que tengan un pobre concepto de la ortodoncia soviética.
—Espero que los americanos no lleguen a ver a la doctora Ajsmentova —
dijo Smin desde detrás de las mamparas cuando ella se marchó—, porque no
queremos que se lleven una pobre opinión de nuestros hematólogos.
Sus palabras eran alegres, pero el tono era tan débil que alarmó a
Sheranchuk.
—Por favor, Simyon. No se canse hablando.
—No estoy cansado —protestó Smin—. Débil sí, un poco. —Se agitó,
molesto. A través de la separación de las mamparas Sheranchuk pudo verle
intentando ajustarse mejor la sábana en torno al cuerpo—. Aunque tal vez tengas
razón y debería descansar más —continuó—. Me han dicho que voy a tener
visitantes distinguidos, y debo estar alerta y consciente para atenderles.
¡Otra vez la KGB! ¿No podían dejar tranquilo al pobre hombre?
—Entonces descanse, por favor —suplicó Sheranchuk—. E intente comerse
el almuerzo cuando se lo traigan. —Captó una nota de ira en su propia voz, y
para justificar la amargura de su tono añadió—: Pero es cierto que yo no debería
estar aquí.
—Leonid —dijo Smin pacientemente—, estás aquí porque eres un héroe.
¿Crees que alguien ha olvidado lo que hiciste debajo del reactor? Eres una
persona preciosa, y todo el mundo quiere asegurarse de que no mueras por hacer
una loca heroicidad más. Ahora ve y almuerza.

El comedor de los pacientes estaba a media planta de distancia, y mientras


caminaba por los pasillos Sheranchuk fue mirando todas las habitaciones ante las
que pasaba. ¡El director técnico le había llamado héroe! Pero todo el mundo en
aquel lugar lo era: los bomberos, los operadores que habían permanecido en su
puesto, los médicos que habían vuelto una y otra vez para socorrer a las víctimas
hasta que ellos mismos se convirtieron en víctimas…, ¡por no mencionar al
mismísimo director técnico Simyon Smin! Casi todos ellos estaban mucho peor
que Leonid Sheranchuk, quien simplemente había sido lo bastante débil para
desmayarse debido al cansancio.
El comedor de los pacientes lo demostraba. No había más de una docena de
personas ante las mesas donde podrían haberse sentado muchas más. No se debía
a que hubiera escasez de pacientes para llenar la sala. Era simplemente que
muchos de ellos estaban demasiado enfermos o demasiado débiles, o
simplemente demasiado trabados por pipetas y sondas y tubos y aparatos
médicos para poder levantarse e ir al comedor.
Sheranchuk se detuvo en la puerta para oler lo que había. Sopa de pescado, al
menos, pensó aprobatoriamente; dijeran lo que dijeran, la comida era mejor aquí
que en ningún otro hospital del que hubiera oído hablar. Se dirigió a una de las
mesas junto a la ventana y se sorprendió cuando mencionaron su nombre.
Al principio le costó trabajo reconocer al hombre que se había levantado,
pero luego vio que era Vladimir Ponomorenko, una de las Cuatro Estaciones del
equipo de fútbol.
—¡Otoño! —exclamó Sheranchuk sorprendido—. ¡Tú también!
—Oh, no, camarada Sheranchuk —dijo el futbolista, en tono de disculpa, y
Sheranchuk observó que iba vestido con la bata blanca de los visitantes, no con
el pijama a rayas rojas de los pacientes—. Las enfermeras me dijeron que podía
comer aquí, pero sólo he venido para ver a mis primos, por si pueden usar mi
médula ósea.
—¿Tus primos? ¿Los dos? Pero, Otoño, no tenía ni idea. ¿Primavera y
Verano, los dos, en este hospital? Espera, déjame que me siente contigo,
cuéntame qué es lo que les ha pasado.
Las noticias no eran gratas. Los dos primos de Vladimir, el bombero, Vassili,
a quien llamaban «Verano», y el ajustador, Arkady, «Primavera», habían recibido
serias dosis de radiación. El pronóstico para ambos era feo. El bombero no
solamente sufría radiación. También había resultado con graves quemaduras: un
pie, al menos, lo tenía tan destrozado que iba a perderlo casi con seguridad, y
estaba tan lleno de morfina que ni siquiera había reconocido a Otoño junto a su
cama. Y el ajustador Arkady…, cuando fue a apagar la llama de hidrógeno, pagó
el precio.
—Pero es de mi propia sección —dijo Sheranchuk, dolido—. ¡Yo le dejé ir
allí! ¡Y ni siquiera sabía que estaba en el hospital!
—Estaba en otra planta —explicó Otoño—. Le trasladaron ayer, cuando una
habitación quedó vacante.
Sheranchuk asintió. Sabía cómo quedaban vacantes las habitaciones en
aquella ala del Hospital número 6. Aunque comió todo el almuerzo (la sopa de
pescado, el shashlik, y la ensalada de pepino, y el pan negro), apenas saboreó
nada.
—Volya, ¿has acabado? Entonces vamos a ver a Arkady, por favor. Quiero
disculparme por no haber ido antes.
Pero cuando entraron en la habitación del ajustador, Primavera no quiso
aceptar disculpas de ningún tipo.
—¿Disculparte por no visitarme? Pero, camarada Sheranchuk, yo al menos
sabía que estabas aquí, así que la culpa es mía por no haber ido a verte.
Sonrió, porque la sonda de plástico que introducía sangre en sus venas era
evidencia de que no se encontraba en disposición de practicar las relaciones
sociales.
—Cuando te sientas mejor, nos visitaremos mutuamente como dos abuelas
—prometió Sheranchuk.
Pero sabía que era una promesa que no iban a poder cumplir. El ajustador no
volvería a andar. La radiación afecta de manera distinta a personas distintas, y lo
que le había hecho a Primavera era colapsar su aparato digestivo. El grande,
duro y musculoso Primavera se había vuelto de repente enclenque. Ya no era la
llama que ardía en los campos de fútbol. No era tampoco el tímido, dubitativo,
preocupado ajustador con quien Sheranchuk había trabajado todos aquellos
meses. A medida que su cuerpo se debilitaba, su espíritu se había vuelto casi
bullicioso. Gastaba bromas y reía, y les hacía guiños a las enfermeras.
—Así que te gusta estar aquí —dijo Sheranchuk, sintiéndose más como un
visitante que como un paciente.
—¿Por qué no? La comida es buena, las enfermeras son bonitas y los
fotógrafos vienen a diario para sacarme fotos. La próxima vez querrán que se las
firme. Puede que me quede en Moscú. ¡Al Dynamo le hacen falta unos cuantos
jugadores buenos!
Pero las enfermeras no les dejaron demorarse mucho, y cuando Sheranchuk
salió de la habitación con Otoño, el otro miembro de la familia Pomorenko se
mostró solícito… ¡con él!
—No deberías cansarte, ¿sabes? —dijo seriamente—. Déjame que te
acompañe de vuelta a tu habitación.
—Me gustaría ver a tu primo —se obstinó Sheranchuk.
—Pero está en la primera planta. Las escaleras…
—Puedo soportar unos cuantos escalones. Además, mi compañero de
habitación espera visitas importantes. Es mejor que esté fuera un rato.
Otoño se encogió de hombros.
—Imagínate —continuó Sheranchuk, pensando en el accidente—. Tus dos
primos en el hospital a la vez. ¡Qué cosa tan terrible! Pero al menos tu hermano
Vyacheslav no está aquí… —Se interrumpió al ver la manera en que el futbolista
le miraba—. ¿Qué sucede? ¿También Invierno resultó herido?
—Pensé que lo sabías —dijo Otoño, turbado—. Mi hermano estaba en la sala
del reactor número cuatro. Dicen que fue el primero en morir, pero no han
podido encontrar su cuerpo. Piensan que todavía sigue allí.

Smin estaba empezando a dormirse cuando advirtió que volvía a tener


compañía.
—Espero que no te hayamos despertado —dijo el más alto de los dos
hombres que habían separado las mamparas.
—Es un placer comprobar que todavía puedo despertarme —dijo Smin,
asintiendo—. Fedor Vassilievich Mishko, Andrei Pavlovich Milaktiev. Me honra
ser visitado por dos miembros de las altas jerarquías.
—Por dos viejos amigos, Simyon Mijailovitch —corrigió Mishko—. Si no
amigos, al menos hombres con los que has trabajado en el pasado. ¿Te
encuentras bien?
—Me siento regular —sonrió Smin—. Me sentiría un poco mejor si supiera
si estáis aquí para interesaros por mi salud o para decirme que he caído en
desgracia.
—Lamentablemente, para las dos cosas —dijo Milaktiev con dureza.
Era un hombre mayor y apuesto. Tenía barriga, pero su traje, caro y
occidental, casi conseguía ocultarla. Su pelo era aún oscuro, al igual que su
grueso y ostentoso bigote… Un bigote casi como el de Stalin, pensó Smin.
—Sin embargo —añadió Mishko— también venimos como amigos. Espero
que nos creas, Simyon Mijailovitch.
Smin reflexionó cuidadosamente sobre estas últimas palabras. Los hombres
habían cerrado las mamparas tras ellos e introducido sendas sillas. Se habían
sentado y esperaban pacientemente su respuesta.
—Creo —dijo por fin— que mi madre tenía en la más alta estima a tu padre,
Fedor Vassilievitch.
Mishko sonrió. Era más alto que su compañero, y vestía una chaqueta
deportiva marrón claro y corbata Paisley.
—De hecho —dijo—, si mi padre no hubiera sido purgado en los años de
Stalin, tú y yo podríamos ser ahora hermanastros.
—Eso me ha dicho mi madre —concedió Smin—. Habla a menudo de
aquella época.
—Época que, estoy seguro, no quiere ver volver.
Habían conversado hasta entonces en voz baja, pero Mishko la bajó aún más
y miró hacia la abertura de las mamparas mientras lo hacía. ¡Así que incluso un
miembro del Comité Central se preguntaba en ocasiones quién podría estar
escuchando!
—Supongo que no habréis venido para discutir conmigo el culto a la
personalidad —dijo Smin—. ¿Os importaría decirme qué es lo que queréis?
Mishko suspiró.
—En realidad tenemos dos motivos. El oficial es hacerte algunas preguntas
sobre el accidente.
—La KGB ya me las ha hecho.
—Y sin duda te volverán a hacer más —asintió Mishko—. Los agentes
siguen siendo concienzudos. Pero esto es, después de todo, un asunto serio,
Simyon Mijailovitch. Supongo que sabes que todos los generadores RBMK de la
Unión Soviética han sido desconectados.
Smin se sorprendió.
—No lo sabía.
—Las consecuencias económicas son graves. Hemos perdido la exportación
de alimentos porque los extranjeros piensan que nuestros tomates les harán
brillar en la oscuridad. La producción se ha venido abajo en las fábricas que
requieren energía eléctrica. Y el turismo, por supuesto… Ya no hay turismo. Y ni
siquiera estoy hablando de las pérdidas en vidas humanas.
—¿Estoy acusado de sabotaje?
—Simyon —dijo el otro hombre con amabilidad—, no estás acusado de
nada. ¿Te importa que fume?
Había carteles Ne kurit por toda la habitación, pero Smin se encogió de
hombros.
—Ojalá pudiera hacerlo yo.
Milaktiev encendió el cigarrillo antes de hablar. Consideró un momento lo
que iba a decir.
—Cuando el Partido te confió una posición muy elevada esperaba que
cumplieras tus responsabilidades. ¿Has dado a tu gente un buen liderazgo?
—Les he dado buena comida, buenas casas, buena paga, buen trato…, lo
mejor que he podido, con la Primera Sección resoplándome detrás del cuello. No
sé cómo se mide el liderazgo.
—Una forma de medirlo —dijo Milaktiev— es por el número de encargados,
ingenieros y otros que desertaron de sus puestos. En la central de Chernobyl
hubo ciento cincuenta y ocho.
—Y casi tres mil más se quedaron —replicó Smin.
—¿Qué hay de los materiales defectuosos?
—Había algunos, sí. He informado sobre esto al completo. No estaban en
lugares esenciales. Después de que apareciera el artículo en Literaturnaya
Ukraina…, creo que los dos sabréis de lo que hablo…
—Oh, sí —sonrió Mishko, respondiendo por los dos.
—… Llevé a cabo una inspección completa de todos los sistemas básicos.
Donde encontré defectos, los eliminé. En cualquier caso, si algún fallo causó el
accidente es probable que fueran los instrumentos.
—¿Los instrumentos?
—Que fueron importados de Francia y Alemania —señaló Smin—. Id a
juzgar a los franceses.
—No estamos hablando de juicios, Simyon Mijailovitch. Estamos hablando
de fallos en la dirección de la central. Si me dices «Lo hice todo correctamente»,
entonces te diré «Pero aún así sucedió».
Smin se encogió de hombros.
—Yo era sólo director técnico.
Mishkov suspiró.
—El director será procesado.
—¿Y yo?
—Espero que no, Simyon Mijailovitch. Por supuesto, es posible que seas
despedido de tu puesto. También puede que se te expulse del Partido.
—Por supuesto —dijo Smin amargamente—. Ahora, si me disculpáis, me
gustaría vomitar.
Los dos hombres se miraron mutuamente. Entonces Milaktiev, apagando el
cigarrillo, se inclinó hacia adelante y habló aún más bajo.
—Si tienes que vomitar, hazlo. Pero ya hemos terminado con la parte oficial
de nuestra visita, y hay otro asunto que discutir.
—¿Y qué es? —preguntó Smin, luchando contra la fatiga; porque si había
algo más, tenía que saber qué era.
—¿Querrías hacer para nosotros, Simyon Mijailovitch, un informe completo
de lo que pasó en Chernobyl? No me refiero al accidente. Me refiero a antes del
accidente. Te pedimos que nos describas todo lo que te dificultaba dirigir la
central adecuadamente. Directivos que no estaban a la altura de las
circunstancias, o que resultaban nocivos. Presiones políticas. El nombramiento
de un director incompetente. La corrupción. La embriaguez y el absentismo. La
interferencia de la Primera Sección. Todo. ¿Entiendes lo que quiero decir con
«todo»? Quiero decir todo.
Smin se sentía ahora muy débil. La cara sobria se difuminó ante él.
—No te sigo —dijo—. Ya he dado toda esa información a los agentes.
—Que pueden pasárnosla a nosotros o no. Lo queremos todo.
—¿Quieres decir que me pedís que ponga en un papel todo lo que se guarda
en secreto?
—Exactamente eso, sí.
—Y… —Smin se humedeció los labios—. Y si lo hago, ¿qué uso haréis de
ello?
Ellos volvieron a mirarse mutuamente.
—No puedo decirlo. No lo sé —replicó Milaktiev—. Todavía.

Cuando Leonid Sheranchuk regresó finalmente a su habitación, vio que las


mamparas del lecho de Smin estaban aún cerradas. Había alguien allí, porque
pudo percibir un murmullo de voces casi inaudible. Y cuando tropezó con su
cama, una cabeza salió de entre las mamparas para mirarle. Desapareció en un
instante, y escuchó que una de las voces decía a la otra: «Smin está casi
dormido. Volveremos en otra ocasión.» Pero Sheranchuk pensó que aquella
cabeza le era familiar, y cuando su propietario salió con el otro hombre,
saludándole amablemente mientras se marchaban, se dijo que la cara del otro
hombre también le parecía familiar. No eran amigos. No era tampoco gente con
la que se hubiera encontrado en una reunión casual; eran caras que había visto en
los periódicos o en la televisión. Se tumbó en la cama, sopesando la cuestión. En
seguida se levantó. Cansado como estaba, se asomó a la ventana abierta y miró
al patio.
Unos momentos después aparecieron, la chaqueta deportiva marrón y la gris
clásica, bajando las escaleras. Desde el otro extremo del patio, un coche se puso
en marcha para acudir a su encuentro.
El coche era un Zil.
Sheranchuk se quedó mirándolo mientras daba la vuelta y el tráfico se
apartaba milagrosamente para dejarle paso. Nunca antes había estado en
presencia de dos miembros del Politburó.
27
Miércoles, 7 de mayo.

La madre de Smin, Aftasia, mide un metro cuarenta y siete centímetros y


pesa poco más de cuarenta kilos. Hubo una época en que fue más alta, aunque no
mucho. Luego, el hambre atrasada, y más tarde la osteoporosis, le quitaron unos
pocos centímetros de altura. Tiene ochenta y seis años: la edad del siglo, como
ella dice. Aftasia celebra su cumpleaños el primer día del año. La fecha, en
realidad, es hipotética, ya que a principios de siglo, en el shtetl, no se
acostumbraba a prestar mucha atención al registro del nacimiento de las niñas
judías. Aunque nunca fue muy corpulenta, llevó un fusil en la Guerra Civil desde
1913 hasta que, embarazada de siete meses, dejó que su esposo marchara en
persecución de las últimas fuerzas blancas de Ucrania. Aftasia regresó al shtetl
para dar a luz a Smin. Todavía tiene una cicatriz en la parte interior del muslo,
donde una bala de la Legión checa la puso fuera de combate durante dos meses
fríos, famélicos y dolorosos. El joven y osado revolucionario por quien había
dejado el shtetl para casarse fue capturado más tarde por las tropas de Kolchok.
Murió ejecutado, después de un bárbaro interrogatorio, la semana que Smin
nació. Simyon tenía ya un año cuando Aftasia supo que su marido había muerto.
Nunca averiguó dónde estaba enterrado su cuerpo.

Lo que Aftasia Smin representaba para su vecina del piso de abajo, Oksana
Didchuk, era difícil de definir. Para Oksana, la frágil anciana era un poco como
un acertijo, y a veces muy preocupante. Había cosas muy buenas en Aftasia
Smin. Era una vecina generosa, que siempre tenía algo para la niña de los
Didchuk el día de Año Nuevo, y no sólo una tableta de chocolate o un pañuelo,
sino cosas como una muñeca de cabellos de lino de la juguetería Mundo Infantil
de Moscú, o incluso exquisitas almendras azucaradas traídas de París. No era
solamente la hija quien se beneficiaba de la magnanimidad de Aftasia. Bastaba
con que Oksana mencionara que no había podido encontrar rulos de plástico en
el mercado, por ejemplo: la vieja Aftasia aparecía al día siguiente con una caja
llena, diciendo que su hijo se la había traído de un viaje a Occidente, como las
almendras azucaradas, y después de todo, ¿para qué quería una vieja como ella
cosas así?
Por otro lado, había aspectos de Aftasia Smin que inquietaban a sus vecinos.
No era solamente que Aftasia pareciera, de algún modo, muy judía. No había de
hecho nada malo en ser judío, siempre y cuando uno no lo tomase en sentido
religioso. Aftasia nunca había dado muestras de respetar el Sabbath o de asistir a
la única sinagoga que funcionaba en Kiev. (Aunque era cierto que los Didchuk
se habían sorprendido bastante al descubrir que la comida con la que les
obsequió el 25 de abril era interpretada por los americanos como parte de algún
ritual de la fe yid.) Claro está, no era preocupante que Aftasia fuera una veterana
bolchevique. Al contrario, constituía un honor tratar a una persona así. ¡Aftasia
se había codeado con muchos de los grandes héroes de la Revolución! Y aún
tenía contacto con sus hijos y nietos. Pero en el fondo, se preguntaban a menudo
los Didchuk, si ella era lo que era, ¿por qué vivía como vivía?
Para esto los Didchuk no tenían respuesta. Pero cuando Aftasia les pedía
algún favor, como usar su teléfono (¿por qué no tenía uno propio?) o hacer de
intérpretes de aquellos fascinantes primos americanos, los Didchuk se sentían
dichosos de corresponder. Y cuando ella llamó a la puerta, aquella revuelta
mañana de mayo, con toda Kiev alborotada, lamentaron mucho no poder
atenderla de inmediato.
—Pero, vea —dijo tristemente Oksana Didchuk—, hoy van a evacuar de
Kiev a todos los niños…, simplemente como precaución, por supuesto. Nos
gustaría mucho ayudarla a llevar a sus primos americanos al aeropuerto, pero
tenemos que acompañar a nuestra hija a la estación. También debo ir al mercado
y comprarle comida para el viaje. Además, hay que hacer no sé qué papeleo, así
que mi marido y yo iremos juntos a la estación a resolverlo y…
—Déjeme eso a mí, por favor —dijo Aftasia enérgicamente—. Mis primos
no se marchan hasta la tarde. Sobra tiempo para llegar a la estación. ¿Hay que
comprar comida primero? ¿Por qué no? Si me deja usar su teléfono ordenaré que
el coche venga antes y pasaremos juntas por el mercado.
Así fue como Oksana Didchuk se encontró en el asiento trasero de un
hermoso Volga nuevo, con Aftasia Smin junto al conductor, indicándole que las
llevara al mercado y esperase mientras hacían sus compras. Era desde luego
mucho mejor que hacer cola para el autobús, especialmente aquel miércoles
particular en que todo el mundo en Kiev parecía querer ir a otro sitio. La radio y
la televisión habían sido muy explícitas. La ciudad no sería evacuada; sólo los
locos y los propagadores de bulos dirían una cosa así. Sólo por si se daba la
remota probabilidad de que subieran los niveles de radiación, sería mejor que los
niños pequeños, que eran quienes corrían mayor riesgo, fueran trasladados a otro
lugar. No había, pues, motivo para asustarse.
Era sorprendente, sin embargo, ver cuánta gente parecía asustada.
Incluso el antiguo Mercado Rye tenía aquella mañana un aspecto raro.
Normalmente, en un día de primavera tan hermoso, los vendedores no sólo
llenaban el interior sino también las calles colindantes con frutas y verduras
venidas de las granjas privadas próximas a Kiev. Hoy no. Oksana observó que
había brechas en la línea de campesinas de gorra blanca apiñadas a menudo
hombro con hombro delante de sus productos. En los pasillos abundaban las
clientes, pero ninguna parecía comprar mucho. Más de una vez, vio Oksana a
una cliente coger un par de tomates o una remolacha, mirarlos de cerca, incluso
olerlos, y luego soltarlos con recelo.
—Muy bien —dijo Aftasia Smin—, ¿qué es lo que quiere comprar? —
Escuchó atentamente mientras la mujer le explicaba lo que quería, y luego
modificó sus planes—: Queso, sí, pero uno viejo…, de leche ordeñada antes del
accidente. Y embutidos, muy bien, y pan, por supuesto. Y un arenque, creo.
¡Todavía no se habrá contaminado el océano, al menos!
Y cuando Oksana se entretuvo delante de las lonchas de tocino blancas como
la nieve y los conejos desollados, pensando en la cena que prepararía para su
marido y sus padres aquella noche, Aftasia también la vetó.
—Otra vez embutidos, si le parece bien…, y que sean viejos, como el queso.
¿Inspeccionados? Claro que han sido inspeccionados… —No podía ser de otra
forma, dadas las largas colas de vendedores que esperaban a que colocaran sus
fresas y sus jamones frescos bajo los detectores de radiación para obtener el
permiso de venta si pasaban la prueba—. Pero si yo fuera a quedarme en Kiev,
no compraría carne fresca todavía. Deje que la normalidad se restablezca un
poco.
—¿Entonces se va a marchar usted de Kiev? —aventuró Oksana.
La anciana le sonrió.
—¿No haría usted lo mismo? No creo que nadie llamado Smin sea muy
popular en Kiev, precisamente ahora.

Pero, popular o no, Aftasia Smin todavía tenía amigos, como demostró a los
Didchuk. Partieron a tiempo hacia la estación de ferrocarril, Aftasia sentada
delante con el conductor para darle instrucciones, los Didchuk detrás con su hija
y con las maletas de su hija, las bolsas y los paquetes de comida en medio.
Los últimos cien metros fueron los más lentos, porque los policías habían
rodeado la plaza de la estación. Los accesos estaban colapsados. Oksana
Didchuk lanzó una exclamación, preocupada al ver los números rojos del reloj
digital de la estación.
—¡Pero si el tren sale dentro de una hora!
Aftasia Didchuk se volvió hacia ella; era tan pequeña que tuvo que
levantarse para mirar por encima del respaldo del asiento.
—No, no saldrá dentro de una hora. Fíjese, los trenes apenas están llegando.
Era cierto. Los Didchuk pudieron ver cómo los largos convoyes serpenteaban
lentamente hacia los andenes.
Oksana expresó con otro sonido su preocupación, pero lo ahogó. Los tres
nocturnos regulares entre Kiev y Moscú llevaban vagones modernos y
aerodinámicos, construidos en Alemania Oriental, que lucían orgullosos los
nombres de las ciudades que conectaban. Los que ahora veía eran diferentes.
Habían sido compuestos a toda prisa con vagones tomados de talleres y vías
muertas, unos nuevos y otros viejos, unos usados y otros flamantes, y por cada
plaza disponible en ellos parecía haber dos personas dispuestas a abordarlos.
Aquellos trenes especiales habían sido improvisados para alejar a los niños de
menos de diez años de la nube radiactiva que amenazaba Kiev, pero cada niño
tenía padres, hermanos mayores, abuelos, tíos, tías. Casi todos ellos deseaban
tomar el tren hacia Moscú y respirar allí un aire que no les amenazara de muerte.
Algunos lo intentaron. Otros probaban otro tipo de soluciones. Se decía que las
cápsulas de yoduro potásico evitarían que el yodo radiactivo se introdujera en el
cuerpo y produjese cáncer de garganta. Se decía que el vino de Georgia
inmunizaba contra la radiación, o que lo hacia el vodka, o un cóctel a partes
iguales de vodka y trementina, o la clara de huevo, o sustancias aún más
insólitas. Los primeros rumores de este estilo parecían bastante fiables, y el
yoduro de potasio desapareció de las tiendas de la noche a la mañana. Las otras
cosas no, pero ello no evitó que la gente las probara. Muchas de las personas
presentes en la terminal estaban borrachas, incluidos uno o dos niños de ojos
vidriosos. Había unos cuantos casos hospitalizados por envenenamientos
diversos. Todo el mundo llevaba sombrero. Muchos niños sudaban con ropas de
invierno en aquel cálido día de mayo, porque les aconsejaron que se abrigaran
bien si tenían que marcharse de casa. Quienes estaban cerca de las puertas de la
estación gritaban constantemente a los que entraban o salían que las cerrasen,
para evitar que el aire exterior, con su secreta carga de enfermedades,
envenenara el aire caliente, sudoroso y malsano de la terminal.
—Esperen aquí —ordenó Aftasia a los Didchuk cuando el conductor
encontró un sitio donde estacionar el coche.
Estuvo ausente durante casi una hora, pero cuando regresó agitaba triunfal
una tarjeta de embarque que permitía que la hija de los Didchuk viajara en uno
de los vagones más nuevos del tren. Aquel tipo de documento no lo conseguía
todo el mundo. Pero no todo el mundo tenía un carnet del Partido expedido
originalmente en 1916, e incluso la anciana tenía amigos de amigos capaces de
hacer un favor. Incluso ahora.
Cuando la niña se instaló, rodeada por sus maletas y su pequeña bolsa de
viaje y sus embutidos y su pan, los Didchuk dieron las gracias a Aftasia. Ella las
rechazó, adoptando un tono de eficiencia.
—Pueden hacerme un favor a cambio, si quieren —dijo—. Tengo que llevar
a mis parientes americanos al aeropuerto. Si tuviera usted la amabilidad de venir
conmigo y servirme de intérprete, Didchuk, estoy segura de que a su esposa no
le importará quedarse sola aquí con la niña hasta que salga el tren.
—¿Para traducir? —preguntó Didchuk—. Pero seguramente en el aeropuerto
habrá personal que hable inglés…
—Primero quiero mostrarles algo a mis primos —dijo Aftasia tercamente—.
¿No es demasiada molestia?
Por supuesto que no. Didchuk habría preferido quedarse con su esposa en el
andén, saludando y sonriéndole a su hija hasta que el tren se marchara, pero no
le podía decir que no a Aftasia. Así que los dos volvieron al coche, con las
ventanas completamente cerradas al aire exterior (como había sido ordenado que
se hiciera con todas las ventanas) y el conductor les llevó, a través de las calles
abarrotadas, hasta el hotel.
Los Garfield estaban esperando en la puerta, vigilando su hermoso lote de
equipaje azul claro, comprado en California.
—Un momento —dijo Aftasia, y le explicó al portero del hotel que, si no le
importaba, enviara el equipaje de los Garfield al aeropuerto en el autobús de
Intourist, ya que no había sitio en el coche para meterlo todo.
El hombre dijo también que no le importaba, o que no le importaba mucho, y
Aftasia invitó gentilmente a los americanos a que subieran al coche.
—¿No podemos al menos abrir las ventanillas? —preguntó Candace
Garfield.
Cuando Didchuk tradujo, el conductor estalló:
—¡Por supuesto que no! Nos han dicho que evitemos el aire todo lo posible
y, después de todo, sólo estamos a primeros de mayo. Iremos bastante cómodos
si nadie fuma. Y si —añadió, mirando a Aftasia Smin—, es realmente necesario
dar este rodeo en vez de ir directamente al aeropuerto.
—Es necesario —dijo Aftasia simplemente.
Cuando el conductor claudicó, la anciana entabló una amable conversación
con sus primos americanos a través del maestro. Era maravilloso, dijo, que
hubieran tenido ocasión de conocerse, después de todo. Esperaba que no se
hubieran asustado demasiado con el problema de la central de su hijo. Seguro
que estarían bien, porque sólo habían permanecido expuestos a lo que fuera unos
pocos días. Quizás era más peligroso para los que tenían que quedarse en
Ucrania, pero en sólo unas horas estarían en Moscú, y al día siguiente volarían
camino de… ¿Dónde iban primero? ¿París? ¡Ah, qué maravilla! Siempre había
soñado con ver París… y, oh sí, especialmente California, a la que siempre había
imaginado como una combinación de Yalta, Kiev y el cielo.
Con la conversación desarrollándose a paso de caracol por medio del
intérprete, les llevó media hora intercambiar todas aquellas finezas. Mientras
tanto, el coche cruzaba el río Dniéper, serpenteaba entre el tráfico y se dirigía al
extrarradio. Aftasia calló para contemplar las calles que recorrían, y Didchuk
tomó sobre sí el peso de la charla.
—Esta parte de Kiev —dijo con orgullo— no era más que campo abierto
antes de la guerra. ¿Llegaron a ver nuestro Museo de la Gran Guerra Patriótica?
¿Sí? Entonces saben que por aquí hubo muchos combates. Ahora todo son casas
magníficas, como ven. La gente que vive aquí toma el autobús o el metro y en
veinte minutos llega al trabajo por la mañana. —Miró hacia adelante y frunció el
ceño ligeramente—. Esta zona en particular —mencionó tímidamente— fue de
hecho muy famosa, porque… Discúlpenme —dijo con brusquedad, y se inclinó
para hablar con Aftasia.
Candace Garfield miró a su alrededor. Pasaban junto a una alta torre de
televisión, rodeada por edificios de apartamentos de nueve pisos.
—No veo nada que parezca famoso —le dijo a su marido—. A menos que se
refiera a ese parquecito a la derecha.
Su marido se secó el sudor de la frente.
—Lo que me gustaría ver es un avión.
—Piensa en París —le dijo ella, de buen humor—. París en primavera. Las
terrazas de los cafés en las aceras…
—Esos atardeceres largos y románticos —dijo Garfield, enderezándose—.
Cena en nuestra habitación, con mucho vino…
—Tranquilo, chico —le ordenó su esposa, cuando Didchuk se volvía a sentar
y les miraba nerviosamente.
—Éste es el sitio. La señora Smin me pregunta si han oído alguna vez hablar
de Babi Yar.

—Bueno por supuesto que hemos oído hablar de Babi Yar —dijo Garfield.
Su esposa, concentrándose, comentó:
—Eso creo. Durante la guerra, ¿no es así?
—Sí, exactamente. Durante la guerra, Yevgeny Yevtushenko le dedicó un
poema muy famoso, y se han escrito canciones, libros, toda clase de cosas sobre
Babi Yar —confirmó Didchuk. Señaló el parque—. ¿Ven ese monumento de
allí? Es muy hermoso, ¿no creen? Mucha gente viene a rendir su homenaje,
incluso deposita flores, pero… —añadió tristemente— la señora Smin no quiere
parar aquí. Sin embargo, pueden echar una mirada mientras pasamos.
Girando el cuello, los Garfield pudieron ver un grupo estatuario de estilo
heroico. Visto de frente era un conjunto de figuras de piedra apiñadas, juntas
como viajeros de metro; se distinguía una madre que alzaba desesperadamente a
su hijo en brazos.
—¿Qué están haciendo? —preguntó Candace, mientras el coche pasaba
lentamente—. Parece que los de más atrás están cayendo en ese valle de allí.
—Eso es —asintió Didchuk—. Caen a esa hondonada. Pensé que nos
pararíamos aquí, junto al Instituto, para presentar también nuestros respetos.
Pero la señora Smin quiere ir un poco más lejos… Ah, sí, nos paramos aquí.
Dice que ésta es la auténtica Babi Yar. Dice que no le importa mucho el
monumento —concluyó, apenado.
El coche se detuvo. El maestro miró a Aftasia Smin en espera de
instrucciones, luego se encogió de hombros y abrió la puerta.
—A la señora Smin le gustaría que saliéramos y echáramos una ojeada.
—Pensé que tenía miedo de la radiación, o de lo que sea —dudó Garfield.
—No lo tiene —dijo el maestro. Condujo a la anciana hasta una suave loma.
Candace Garfield siguió a su marido, perpleja.
—No me queda mucha película —se quejó, quitándose la cámara del
hombro.
—Por favor —dijo Didchuk apurado, mirando hacia atrás—. Sería mejor no
tomar fotos, porque la torre de televisión, después de todo, sería un objetivo
militar en caso de guerra, y cosas así no deben ser fotografiadas.
—Bien, entonces sólo sacaré una foto de los apartamentos.
—Por favor —dijo él con aprensión, mirando a los coches que pasaban
como si esperase que un pelotón de soldados saliera de ellos y los arrestara.
Aftasia se detuvo en la cresta de la loma y contempló el pequeño valle de
abajo. Después se volvió y habló rápidamente a Didchuk, que tradujo.
—En septiembre de 1941 —dijo—. Hitler decidió posponer unas semanas la
toma de Moscú mientras conquistaba Ucrania. Ordenó a sus tropas que tomaran
la ciudad de Kiev. Stalin ordenó al Ejército Rojo que resistiera. Hitler venció.
Sus ejércitos pasaron al norte y al sur de la ciudad, y luego se unieron. Cuatro
ejércitos soviéticos quedaron rodeados, más de medio millón de hombres. La
mayor parte murieron o fueron capturados, y los alemanes entraron en Kiev.
Aftasia escuchaba pacientemente la traducción al inglés. Cuando Didchuk
hizo una pausa y la miró, señaló la ciudad y habló rápidamente en ruso. El
maestro vaciló y dijo algo, pero ella sacudió la cabeza con firmeza, urgiéndole a
continuar.
—La señora Smin pide que les diga que cuando los nazis ocuparon Kiev
muchos ucranianos mal informados les dieron la bienvenida. Incluso… —Dudó,
y prosiguió a disgusto—: Incluso dijeron cosas como, bueno…, perdónenme,
«¡Gracias a Dios que ya nos hemos librado de los bolcheviques!», y «¡Ahora
podemos volver a adorar a Dios!» Bien, esto es cierto, aunque tal vez no fueran
tantas personas como sugiere la señora Smin. —Aftasia continuó hablando.
Didchuk asintió y trasladó el mensaje—: Así que cuando llegaron los oficiales
alemanes, algunas personas de Kiev, incluso líderes, incluso miembros del
Partido, salieron a recibirles con las ofrendas tradicionales del pan y la sal para
mostrarle que eran bienvenidos. Los alemanes sólo se rieron. Después se
pusieron serios. Lo robaron todo, señora Garfield, incluso las cazuelas de las
cocinas.
Se detuvo para que Aftasia efectuase la siguiente entrega.
—Algunos ucranianos llegaron a trabajar para los alemanes. No solamente
como granjeros y ese tipo de cosas, ya comprenden. Como aliado suyos contra la
Unión Soviética. Actuaron como policías a su servicio. Hubo algunos…, un
hombre llamado Stepan Bandera, otro llamado Melnik, y otros…, gente que
capitaneaba bandas de guerrilleros incluso antes de que los alemanes ocuparan la
ciudad, atacando la retaguardia del Ejército Rojo cuando combatía a los
invasores. Incluso quisieron unirse a los alemanes para formar un ejército
vlasovita…
—¿Un qué? —preguntó Garfield, frunciendo el ceño.
Didchuk se mostró remiso en contestar.
—Bueno, no sólo hubo traidores en Ucrania. Hubo un famoso general ruso
llamado Vlasov que cayó prisionero y formó un ejército de soldados soviéticos
que lucharon del lado de los alemanes. Pero la señora Smin me pide que les
hable de los ucranianos. De algunos ucranianos. Cuando el Ejército Rojo liberó
Kiev en 1944, se encontraron carteles (lamento decirlo, carteles ucranianos), con
imágenes de personajes que rompían la hoz y el martillo, y frases como «Abajo
los bolcheviques» e incluso, discúlpenme, «No cesará la lucha mientras nuestra
Ucrania sea esclava de los comunistas».
Ahora estaba sudando. Miró implorante a Aftasia, pero ella continuó
hablando y él tradujo tenazmente:
—Los ucranianos, por supuesto, estaban locos. Los alemanes les hacían
pasar hambre, los esclavizaban y los fusilaban. Pero algunos de ellos aún
pretendían lamer las botas a los nazis. Especialmente en lo referente a los
judíos…, por favor, sólo estoy diciendo lo que ella me dice, no es cierto.
Continúo. Porque los ucranianos odiaban a los judíos tanto como Hitler (¡pero
sólo unos pocos, créanme!) Los ucranianos amantes de los nazis ayudaron a
acorralar a los judíos de Ucrania. Les robaron, les desnudaron, los metieron en
los vagones de la muerte que iban a los campos de concentración.
»Pero aquello era demasiado lento para ellos. Así, el 28 de septiembre, los
alemanes fijaron bandos por todo Kiev diciendo que todos los yids…,
discúlpenme, señor y señora Garfield, ésa es la palabra que la señora Smin dice
que usaban…, diciendo que se presentaran al día siguiente con ropa de abrigo y
todas sus cosas de valor.
Aftasia pronunció una sola frase.
—Dice… —tradujo el maestro—: «Yo no me presenté.»
—Bueno, claro que no lo hizo —intervino Garfield—. Ya para entonces todo
el mundo sabía que cuando se ordenaba a los judíos que se presentaran
significaba la muerte en los campos de concentración.
Didchuk tradujo; luego escuchó cómo Aftasia Smin, sacudiendo la cabeza
vigorosamente, hablaba en tono furioso.
—Dice que no sabían lo que significaba. Dice… —miró alrededor, inseguro
y temeroso—, dice que a causa de la… esto… ¿cómo puedo llamarla?, por la
relación especial que había existido en aquella época entre la Unión Soviética y
Alemania…, antes de la invasión, claro…
—Ah —dijo Garfield, comprendiendo—. El pacto entre Hitler y Stalin.
Didchuk vaciló.
—Sí, eso es —dijo débilmente—. El… Pacto de No-agresión. Bueno, ella
dice que por tal motivo nada se sabía en la Unión Soviética del antisemitismo
alemán. No se había informado de ello.
—¡Por el amor de Dios! ¿Cómo no lo sabían?
—Yo no había nacido entonces, señor Garfield —dijo Didchuk
obstinadamente—. Es la señora Smin quien dice que ni siquiera los judíos lo
sabían, y supongo que tiene razón. Así que todos los judíos se presentaron, como
se les había dicho, o casi todos, y la policía nazi ucraniana y las tropas de las SS
los rodearon y los trajeron aquí. A este lugar, Babi Yar.
Garfield miró alrededor con expresión sorprendida.
—He oído hablar de Babi Yar, claro, ¿quién no? Pero pensé que era una
especie de valle muy apartado, en el campo.
—Entonces era un valle, señor Garfield. Fue rellenado para construir esta
carretera, y luego la ciudad creció y lo engulló. Pero esto es Babi Yar, en efecto,
y aquí los trajeron. Hombres y mujeres. Ancianos. Niños pequeños. Incluso
bebés en brazos. Y les hicieron desnudarse, unas pocas docenas cada vez. Y
entonces los alemanes los fusilaban y los enterraban aquí mismo, en este valle.
La señora Smin dice que tenemos delante a cien mil judíos muertos. —Miró
rápidamente a Aftasia y añadió, casi en su susurro—: No creo que fueran tantos.
—Dios mío —dijo Candace, agarrando el brazo de su esposo—. Es increíble.
—Sí, exactamente —dijo Didchuk rápidamente—. No pudieron ser
exclusivamente cien mil judíos. Todo el mundo sabe que había también
miembros del Partido, rehenes, gitanos… Oh, los gitanos fueron perseguidos
casi igual que los judíos, sólo que, por supuesto, no había tantos. Y, como la
señora Smin me pide que les diga, los judíos que no se presentaron fueron
cazados. No sólo por los alemanes. Fueron cazados también por los rusos y los
ucranianos porque, verán, si alguien delataba a un judío escondido tenía derecho
a coger lo que quisiera de las pertenencias del judío.
Miró a Aftasia con la esperanza de haber terminado su trabajo. Su cara
cambió de expresión cuando vio que ella continuaba.
—Bien —suspiró—, hay más cosas que quiere que les diga. Más tarde,
cuando los heroicos ejércitos soviéticos contraatacaron y estaban ya a punto de
expulsar a los hitlerianos de nuestra tierra, los alemanes se asustaron. No querían
que se encontraran todos aquellos cadáveres. Así que capturaron más prisioneros
y los obligaron a desenterrar todos los cuerpos que pudieran. —Se frotó la nariz
con aire desdichado—. Habían permanecido enterrados varios años, ya
comprenden. Estaban bastante descompuestos, naturalmente. A menudo se caían
en pedazos. Entonces los alemanes hicieron quitar las lápidas de un cementerio
judío que había aquí…, justo donde ahora está la emisora de televisión, dice la
señora Smin, y aprovecharon las losas para levantar grandes hornos. Y en
aquellos hornos quemaron los cadáveres. Con madera que cortaron de los
bosques que entonces había aquí. Una capa de leños, una capa de judíos, y los
quemaron a todos.
Cuando se detuvo, Aftasia añadió algo en tono sombrío.
—Sí, sí —dijo Didchuk, impaciente—. Quiere asegurarse de que les cuento
esta parte, aunque no es muy agradable. Me dice que les cuente que después de
la cremación, los alemanes recogieron las cenizas y los huesos. Los trituraron y
los esparcieron por los cultivos. Dice que esto hizo que las coles crecieran muy
bien. Dice que desde entonces no ha vuelto a comer coles.

Guardaron silencio un momento, incluso Aftasia. Los Garfield contemplaban


el parque verde y el distante monumento, pero no decían nada. Los coches que
circulaban, los magníficos bloques de apartamentos, la alta torre de televisión en
el horizonte parecían contradecir el horror de la historia de Babi Yar.
Finalmente, Candace aventuró:
—No veo por qué no quiso que parásemos en el monumento.
—Un momento —dijo Didchuk amablemente, e intercambió unas cuantas
palabras con Aftasia—. Dice que el monumento está muy bien, pero que llegó
un poco tarde. Lo erigieron hace solamente ocho años, y la inscripción ni
siquiera menciona a los judíos. Eso es lo que dice —terminó, con la voz ronca
por el esfuerzo—. ¿Puedo decirle a la señora Smin que han comprendido lo que
les he estado contando?
—Vaya si lo hemos entendido —dijo Garfield, sacudiendo la cabeza.
Aftasia pronunció otra frase, y Didchuk tradujo.
—Dice la señora Smin que de esa forma los soviéticos aprendimos a no
confiar en los extranjeros. Descubrimos que los alemanes no estaban interesados
en…, dice que en «liberarnos». No vinieron para hacernos ningún bien. Eran
ladrones, bandidos, violadores. Eran asesinos.
Aftasia asintió y añadió una frase más. Didchuk bajó la cabeza mientras
traducía.
—Y dice que nosotros, los judíos…, estoy hablando en su nombre, ya
comprenden; yo no soy judío… Nosotros los judíos aprendimos a no confiar ni
siquiera en nuestros vecinos.
28
Jueves, 8 de mayo.

La donación de médula ósea no es un proceso agradable. Una aguja de la


longitud de un lápiz se introduce en uno de los huesos más grandes del donante;
normalmente el de la cadera es el más fácil de alcanzar. La médula, que parece
sangre, se extrae, una cucharadita cada vez, hasta acumular aproximadamente
medio litro. Esto viene a ser la décima parte de la cantidad que tiene un humano
adulto, aunque si está razonablemente sano la regenerará en unas pocas semanas.
La extracción dura una hora o más. Luego, la médula extraída es centrifugada
para separar las células más ligeras de las más grandes, viejas e inútiles. Las más
ligeras se transfieren al paciente desde una bolsa colgada junto a su cama, a
través de una aguja conectada a las venas de su brazo. El método no es nuevo.
Las primeras investigaciones para curar las enfermedades provocadas por la
radiación con trasplantes de médula ósea empezaron en los Estados Unidos en
1945, cuando, tras los bombardeos nucleares en Japón, algunos investigadores
empezaron a preguntarse qué sucedería si alguien arrojaba bombas similares
sobre América. Trece años más tarde se intentó por primera vez el procedimiento
con seres humanos, cuando cinco yugoslavos, expuestos a la radiación en un
accidente nuclear, recibieron médula de los huesos de sus parientes. Cuatro de
ellos sobrevivieron, a pesar de que las probabilidades de éxito de un trasplante
de médula sin homologar son aproximadamente de diez mil a una, y a que por
entonces nadie sabía cómo llevar a cabo la tipificación especial necesaria (lo que
se llama el proceso de «compatibilidad HLA»). Hay solamente dos posibles
explicaciones del hecho de que los cuatro yugoslavos sobrevivieran. O bien no
estaban tan enfermos como parecía y se habrían recobrado de todas formas, o
fueron maravillosa e increíblemente afortunados.
Si Leonid Sheranchuk iba o no a poner a prueba su suerte era una cuestión
dudosa. Aunque su conteo sanguíneo daba un índice bajo, no era crítico. La
radiación que había absorbido era sólo marginal, así que no podía asegurarse que
fuera a necesitar un trasplante de médula ósea. Tampoco era seguro que la
consiguiese si la necesitaba. Su único pariente cercano era su hijo Boris, y sus
células no servían.
La verdad era que a Sheranchuk no le preocupaba mucho el tema de su
supervivencia. Si tenía que suceder, que sucediera. Había otros mucho más cerca
de la muerte que él. Algunos ya habían muerto. A un segundo Ponomorenko, el
bombero Vassili, Verano…, habían terminado por amputarle la pierna, y Verano,
demasiado débil, no sobrevivió a la operación. El tercero de las Cuatro
Estaciones, su propio ajustador, Arkady, parecía desmoronarse rápidamente. Los
doctores no habían podido encontrar médula ósea compatible con la suya, ni
siquiera la de su primo, y por tanto tuvieron que aplicarle un trasplante de hígado
fetal. Había serias dudas de que aquello salvase la vida de Primavera. Lo que sí
era cierto era que le había sumido en un estado de delirio semiconsciente, así que
pasaba diez minutos maldiciendo furiosamente a Otoño, su primo, mientras
Sheranchuk permanecía sentado a su lado, sin decir palabra, y luego,
recobrándose, hacía chistes y animaba al pobre Otoño porque parecía deprimido.
Lo que más dolía a Sheranchuk con respecto a Arkady Ponomorenko era que
fue él quien había ordenado (o al menos, permitido) que el ajustador se expusiera
a la radiación que ahora le estaba matando. Sheranchuk no podía perdonarse por
esto. Habría sido igualmente efectivo haber enviado a Ponomorenko a explorar
las tuberías rotas bajo la sala de turbinas mientras él mismo llevaba a cabo la
tarea más peligrosa de apagar la llama de hidrógeno. Él era más viejo. Tenía más
experiencia. Podría haber hecho el trabajo más rápidamente, no lo dudaba, y
habría salido con solamente un poco de radiación…
O podría estar muriéndose también.
Pero, se preguntaba Sheranchuk, ¿qué importaba eso? Si uno hacía el trabajo,
había que aceptar los riesgos implícitos. Si los dados te caían en contra, no tenías
derecho a quejarte.
Preocupaba asimismo a Sheranchuk el director técnico Smin: parecía muy
claro que Smin se estaba muriendo.
Esto suponía para él un dolor agudo y siempre presente, mucho peor que el
de las agujas que aquella bruja de Ajsmentova insistía en clavarle para sacarle
más sangre seis veces al día. No quería que el director muriera. Sheranchuk no
pensaba en Simyon Smin como en un padre (no era tan presuntuoso como para
ello), pero ningún afecto filial habría sido más fuerte que el suyo. Estaba en
deuda con Smin por haberle dado la oportunidad de trabajar en la central de
Chernobyl. Admiraba a Smin por la forma en que hacía su trabajo, sin importarle
cuántos obstáculos encontrara en su camino. Su garganta reprimía un gemido de
pena y respeto cuando veía con cuánta valentía aceptaba Smin su propia
responsabilidad y la molestia de su estado físico. A Sheranchuk no se le ocurrió
sumar todos aquellos sentimientos, pero si lo hubiera hecho se habría visto
obligado a darles un nombre. Lo que sentía hacia su amigo era simplemente
amor. Y Smin se debilitaba día tras día.

Cuando Sheranchuk almorzó aquel día, apenas advirtió qué era lo que comía:
borsch al estilo ucraniano, con ajo, hecho especialmente porque muchos
pacientes eran ucranianos, con cordero de segundo plato. Comió con rapidez y
sin hablar con nadie. La verdad era que no había muchos pacientes con quienes
hablar, puesto que unos pocos amigos suyos habían sido dados de alta y la
mayoría estaban ya demasiado enfermos para acudir al comedor. Se saltó la
compota de frutas del postre y corrió de vuelta a la habitación que compartía con
Smin, esperando tentar al director para que comiera, cucharada tras cucharada.
Intentar que comiera era realmente lo único que aún podía ofrecerle a Smin.
Incluso así, rara vez tenía éxito. Su amigo tragaba unas cuantas cucharadas como
cortesía, y luego sacudía la cabeza.
—Pero si siempre he estado demasiado gordo, Leonid —decía, sonriendo—.
Perder unos cuantos kilos no es mala cosa.
Y entonces le pedía a Sheranchuk, con mucha consideración y muy
cortésmente, que volviera a colocar las mamparas, por favor. Ahora Smin pasaba
la mayor parte del tiempo tras el biombo. A veces las enfermeras venían a
ayudarle cuando se sentía peor. A veces dormía, y Sheranchuk se alegraba,
aunque siempre temía que el sueño fuera, finalmente, algo más que mero sueño.
A menudo Sheranchuk podía ver entre las mamparas que Smin escribía, escribía,
escribía… Escribía algo en un cuaderno escolar que nunca le mostraba y que
escondía bajo la almohada cuando alguien se acercaba. ¿Sus memorias? ¿Una
confesión para la KGB? ¿Una carta para alguien? Pero cuando se aventuró a
preguntarle, sólo respondió:
—No es nada. Simplemente algunas cosas que quiero poner por escrito… Mi
memoria ya no es tan buena como antes.
Pero no era simplemente la memoria lo que Smin estaba perdiendo.
Esta vez no fue necesario que Sheranchuk abreviara su almuerzo para ayudar
a su amigo a comer, porque cuando llegó a la puerta de su habitación vio que la
esposa y el hijo menor de Smin se encontraban allí. El niño estaba junto a la
cama de su padre, con una cuchara en una mano y un plato en la otra, y parecía
inseguro.
—Está bien, Vassili —le susurró Serena Smin a su hijo—. Ya ha comido un
poco, y ahora necesita dormir.
Entonces vio a Sheranchuk en la puerta y le sonrió, dándole la bienvenida.
Para Leonid Sheranchuk, la esposa de Smin siempre había estado por encima
de toda crítica, simplemente porque era la esposa de Smin. Para sí, al menos,
podría haber admitido que la encontraba más bien egocéntrica y tal vez un poco,
orgullosa. No pensaba así ahora. Era una mujer excepcionalmente bella (¿no
había sido bailarina?) y mucho más joven que su marido, pero lo que vio en
aquel momento fue una esposa y madre que llevaba escrito en la cara el amor
por su familia.
Se apartó cortésmente cuando ella y su hijo salían de la habitación, pero
Serena se detuvo para hablarle.
—Vassili ha conseguido que se comiera casi todo el cordero —informó—. Se
lo piqué primero y lo probé. La verdad es que estaba muy bueno.
—Aquí nos alimentan muy bien. Señora Smin…, me he estado preguntando
si el hecho de tenerme en la habitación no le resultará molesto.
—¡No, no, Leonid! Agradece mucho tu compañía. No creas que no nos ha
dicho lo que haces por él.
—¡Ojalá pudiera hacer más!
—Haces todo lo posible —le dijo Serena Smin con firmeza—. Creo que
ahora debe dormir, y por eso le dejamos un rato a tu cuidado.
—Gracias —dijo Sheranchuk, sin saber si estrecharle la mano o no, pero ella
zanjó el asunto dándole un beso en la mejilla.
Se la quedó mirando sorprendido y apenas se percató de que una doctora se
le acercaba, encapuchada, con botas y vestida de blanco. Cuando ella lo llamó
por su nombre, Sheranchuk, sorprendido, descubrió que era su esposa.
Tamara Sheranchuk dio a su esposo un beso leve y distante en la mejilla; lo
más aconsejable, pensó él, ya que incluso las pequeñas partículas salinas de su
sudor podían ser radiactivas, por no mencionar la saliva si le hubiera besado en
los labios.
—¿No te parece que es una suerte? —dijo ella—. ¿Cómo estoy aquí? Bueno,
en parte porque mi propio índice de conteo es un poco bajo, y en parte porque
voy a aprender cómo examinan la sangre para determinar la cantidad de
radiactividad que contiene… Sólo me quedaré veinticuatro horas, me temo. Pero
sobre todo estoy aquí porque tú estás, querido, y he pedido permiso.
Sheranchuk la miró con preocupación.
—¿Tu índice es bajo?
—Oh, pero muy poca cosa. No, querido, eres tú el paciente, no yo. He
echado un vistazo a tus gráficas con los otros médicos. Son un poco
sorprendentes.
—Eso me han dicho. No estoy tan enfermo como debería estar.
—¿Te han hablado del sistema de la doctora Guskova? Ya que no sabemos
cuánta radiación recibiste, ha ideado un método para deducirlo por la forma en
que tu conteo desciende…
—Ya he oído todo lo que hay que oír sobre el sistema de la doctora Guskova.
Pero no me dijo cuánta dosis había. Ni ella ni nadie.
Tamara dudó.
—Tal vez cien rads —dijo, dubitativa—. Es posible que más.
—¿Y eso qué significa?
—En tu caso, querido, resulta difícil decirlo.
—Ya veo —replicó él, pensando. Entonces recordó cómo su esposa había
surgido de la nada y le había hecho ponerse las ropas protectoras—. Habría
recibido más si no hubiera sido por ti.
—Así que al menos valgo algo como esposa —dijo ella. La apostilla era
ligera, pero su tono no. Él abrió la boca para preguntar si algo iba mal, pero
Tamara continuó—: El director técnico Smin puede que no haya recibido tanta,
pero como ves está muy enfermo y tú… ¿no?
—Me encuentro perfectamente.
Exagerando la verdad. En realidad, se sentía cansado la mayor parte del
tiempo y a veces tenía un poco de fiebre. Pero no como Smin, por supuesto.
Su esposa se sentó en la cama a su lado, dispuesta a informarle.
—La etiología de la enfermedad es bien conocida. Simyon Mijailovitch no
sigue la curva. Empeora más rápidamente de lo que debiera. El…
Tamara recordó de repente y miró temerosa las mamparas.
—Está dormido —le aseguró su esposo—. Le oí roncar hace un minuto.
—Bien —dijo ella, bajando la voz—, tu hemograma no decae tan deprisa
como el suyo, o como muchos de los otros.
—Otra vez jerga médica —se quejó él—. ¿Qué significa?
—Significa que no sabemos por qué. Tal vez porque toda tu exposición
procedía de fuentes externas, polvo y humo depositados en tu piel que pronto se
diluyeron. Smin, en cambio, debió tragar o respirar cierta cantidad. Los
radioisótopos están aún en su cuerpo.
Sheranchuk se sorprendió.
—¡Pero yo estuve expuesto tanto como él! Incluso pasé más tiempo en la
zona. Él no se hallaba presente cuando ocurrió la explosión. Respiramos el
mismo aire, comimos la misma comida…
—Pero esas diferencias tan pequeñas pueden producir un gran efecto,
Leonid. Estuviste en el interior de los edificios buena parte del tiempo. Puede
que él estuviese fuera. La causa podría encontrarse en una cosa tan simple como
una cesta de pan que hubiera estado demasiado tiempo encima de una mesa. Tal
vez él comió la rebanada superior y tú una de las de abajo.
—Eso significa que yo… —dijo Sheranchuk, calmando su tono; pero no
terminó la frase.
—Significa que tus posibilidades son algo mejores —concluyó ella, y luego
—: ¡Leonid! ¡Seguro que te recuperarás por completo!
Sheranchuk dio la vuelta y se apoyó sobre un codo para estudiar a su esposa.
Nunca antes había sido su paciente, excepto por algún dolor de cabeza ocasional
o alguna torcedura. ¿Era así como hablaba siempre a los que estaban bajo su
cuidado? No era ni de lejos la manera fácil y libre con que dialogaban en su
cocina, o en la cama.
—Sigues hablando como un médico —se quejó.
—Pero, Leonid, eso es lo que soy. Y, oh —continuó—, ¡estoy segura!
¡Especialmente con esos médicos americanos aquí! ¡No puedes imaginar lo
buenos que son! Esta misma mañana la centrifugadora del hospital se ha
estropeado y en cuestión de unas pocas horas lo han empaquetado todo y lo han
trasladado a otra instalación. ¡Y sus instrumentos! ¡Tienen una máquina en la
que pones una muestra de sangre, la conectas, zas, y en segundos te imprime un
hemograma, con todos los números! Mientras que nosotros tenemos que poner
cada muestra bajo el microscopio y alguien debe contar cada glóbulo uno a
uno…, media hora como mínimo, ¡y cuando un técnico ha contado una docena
de muestras, sus ojos se cansan y su atención flaquea, y es muy fácil cometer
errores!
—Eso suena maravilloso —dijo Sheranchuk.
Ella se mojó los labios, preparándose para anunciar algo todavía más
sorprendente.
—¿Y sabías, Leonid, que uno de ellos no es americano, sino de Israel?
Eso sí que era sorprendente. Israel y la Unión Soviética no mantenían
relaciones diplomáticas. Por tanto, ningún ciudadano israelí podía conseguir un
visado para entrar en la URSS, a menos, por supuesto, que alguna autoridad muy
superior ordenase que se olvidaran las leyes para este caso.
—Eso es aún más sorprendente que lo de la máquina —admitió él—. Sin
embargo, les hemos dado a los israelíes mucha gente. Bien pueden prestarnos
una persona a cambio.
—¡El doctor americano incluso dijo que, en su país, un hospital como éste
tendría aire acondicionado!
Smin sonrió.
—Lo próximo que harán los americanos será instalar aire acondicionado en
sus coches.
El brazo empezaba a cansársele. Volvió a tumbarse en la cama y continuó
mirando a su esposa mientras ella le describía las maravillas técnicas que habían
traído de California. Su forma de comportarse era, después de todo, un poquito
extraña. Él agradeció la conversación, porque no recibía muchas visitas y le
fatigaba sostener un libro entre las manos para leer, pero, ¿eran aquellos los
temas que una esposa comentaría en semejantes circunstancias? ¿Era posible que
le estuviera ocultando algo? ¿Qué podría ser?
—¿Qué hay de Boris? —preguntó de repente.
Ella se interrumpió.
—¿Boris? —repitió, como si intentara recordar de quién estaba hablando—.
Bueno, sí. Es una lástima, pero sus células no cuadran con las tuyas. Sin
embargo, puede que no necesites para nada un trasplante…
—Eso ya lo sé —gruñó él—. Te preguntaba si tienes noticias suyas.
—Oh, claro. Ha sido evacuado al campamento de Artek, en el Mar Negro, el
mejor campamento Komsomol de todo el país, y completamente gratis.
—Eso también lo sé. Te pregunto si sabes algo del chico.
—¡Pues claro! Incluso ha enviado unas fotos… Mira —dijo, sacando algunas
de su bolso—. Éstas las tomó camino de Yalta.
Mientras Tamara le contaba orgullosamente cómo Boris aprendía a montar a
caballo, Sheranchuk contempló las fotografías en color. En una de ellas estaba en
la playa, con el brazo encima del hombro de otro muchacho a quien Sheranchuk
nunca había visto antes. Los dos llevaban bañador y sonreían a la cámara. Tras
ellos había un grupo de mujeres de mediana edad en bikini que jugaban a
balonvolea. Una tenía una gran cicatriz de cesárea en el vientre.
—¿Te fías de él con bellezas como ésas alrededor? —sonrió Sheranchuk.
Ella volvió a coger las fotos y las estudió un momento antes de guardarlas.
—En un campamento de verano, uno puede dejarse tentar —suspiró.
Sheranchuk sonrió sin reservas. Aquello, al menos, era más típico de Tamara.
—¿Y tal vez también en un hospital? ¿Así que piensas que he estado
tonteando con la doctora Guskova? Es un poco vieja para mí, y además
demasiado gorda para mi gusto. Pero hay una enfermera en el turno de noche…
Tamara sólo hizo un puchero, sin aceptar el afectuoso desafío.
—He visto que Serena Smin estaba aquí.
—Ha sido muy buena con su esposo —dijo Sheranchuk—. La admiro
mucho.
—Sí, ya he visto que ella también te admira a ti.
—Oh —dijo Sheranchuk, comprendiendo por fin. Sonrió—. La viste
besarme. Sí, claro, ella y yo hemos estado haciendo la mar de cosas, con su
marido dormido en la cama de al lado y su hijo montando guardia en el pasillo.
—No me gusta bromear sobre estos temas —dijo Tamara.
Sheranchuk gruñó débilmente. ¿Era posible que volviera a estar celosa?
Abrió la boca para tranquilizarla, y entonces vio que algo se movía.
Se volvió hacia la puerta. En el umbral había un joven bronceado, vestido
con el uniforme azul de las Fuerzas Aéreas.
—Soy el teniente Nikolai Smin —anunció—. ¿Está mi padre aquí?
—Sí —empezó a decir Tamara Sheranchuk—, pero debe ponerse una bata si
quiere…
Una voz tras las mamparas la interrumpió:
—¿Es ése mi hijo? ¡Pónganle la bata, por favor, y déjenle entrar!
Nikolai Smin tomó la silla de visita contigua a la cama de Sheranchuk,
puesto que éste, amablemente, se había retirado con su esposa para dejarles
solos, y la colocó a la cabecera de su padre. Empezó a apartar las mamparas,
pero Smin lo detuvo.
—Déjalas —ordenó—. Prefiero que no me veas demasiado bien.
Su deseo se justificó penosamente. Nikolai no pudo evitar un escalofrío al
ver a su padre. De repente, Smin parecía un hombre viejo, abocado a una muerte
repulsiva. ¿Qué eran los horribles manchones negros que tenía en la cara? ¿Qué
eran las ampollas rojas que tenía en el cuello y los hombros, y aquel fluido
incoloro? ¿Y aquel olor desagradable?
—No me toques, Kola —dijo Smin—. Besa el aire por mí y yo lo besaré de
vuelta.
Nikolai hizo como se le pedía, pero protestó:
—No temo contagiarme nada de ti.
—Pero yo temo por ti. Además, duele si me tocan.
—Al menos estás, bueno… —farfulló Nikolai, buscando algo positivo que
decir.
—¿Consciente? ¿Lúcido? Sí, Kola, a veces durante media hora seguida, así
que no la desperdiciemos con cumplidos. Me alegra muchísimo verte, hijo mío.
¿Lo pasaste mal donde has estado?
Nikolai dudó, escogiendo las palabras.
—No es tan peligroso pilotar un MI-24 en Afganistán, padre. Es sucio y
aburrido, y a nadie sino a un loco le gusta disparar contra civiles desde el aire.
Cierto que algunos civiles devuelven los disparos, pero ninguno me ha pasado
cerca.
—¿Y cuando acabes aquí tendrás que volver a Afganistán?
Nikolai pareció rebelarse.
—Por supuesto.
—Ya veo. Sin embargo, tu madre dijo algo relativo a ofrecerte voluntario
para pilotar los helicópteros que están echando materiales sobre el reactor…
—Fue una idea estúpida. Ya no necesitan pilotos que arrojen basuras en tu
reactor, padre, porque han interrumpido los lanzamientos.
—¿Sí? —dijo Smin, interesado—. ¿Entonces el núcleo del reactor está ahora
completamente a salvo?
—Creo que al menos es más seguro continuar aislándolo por otros medios
que tener a los pilotos metidos en aquello. He visto las fotos, padre; no es el tipo
de trabajo que le gusta a un piloto de helicópteros. De todas formas, han dejado
de hacerlo. Pregunté si necesitaban otros trabajos aéreos en la zona. Me dijeron
que ninguno. O casi ninguno; las únicas misiones relacionadas con lo que pasó
en tu central las hacen ahora los Yaks que sueltan cristales de yodo en las nubes
antes de que lleguen a Chernobyl, para que no llueva sobre la central. Pero,
desgraciadamente, no me necesitan para eso.
—¿Desgraciadamente? —repitió Smin—. ¿Por qué desgraciadamente? —
Nikolai se encogió de hombros—. No, de verdad —insistió su padre—. Me
gustaría comprender lo que sientes. ¿Has decidido lavar el honor familiar?
¿Crees que el accidente fue culpa mía y que tienes que hacer algo heroico para
compensarlo?
Nikolai reflexionó un momento.
—No sé lo que pienso sobre eso. ¿Importa acaso? Al menos estoy aquí.
—Y yo lo agradezco —dijo su padre, deseando cambiar de tema—. Aprecio
que hayas venido a intentar salvarme la vida.
—Si es que puedo. Van a hacerme las pruebas esta tarde.
El joven tragó saliva involuntariamente, y Smin se dio cuenta.
—No será agradable para ti —dijo con amabilidad—. Lamento tener que
implicarte en esto. Y aún más que sea necesario. ¿Kola? ¿Te avergüenzas de tu
padre?
—¿Avergonzarme? ¡Pero, padre, lo hiciste lo mejor que pudiste!
—Sí, eso pensé que hacía —concedió Smin.
—¡Es así de verdad! Mi madre y Vassili me lo han contado. En los últimos
tres años has logrado que todo funcionara mucho mejor…
—En tres años, sí. Y en otros cinco tal vez habría terminado el trabajo y
Chernobyl habría cumplido al máximo sus objetivos en todos los aspectos. Es
una pena, pero no dispuse de esos cinco años.
—No —dijo Nikolai lealmente—. No es tu culpa. Sin embargo…
Smin esperó.
—¿Qué, Kola?
—Debería marcharme a que me hagan las pruebas y no importunarte con
tonterías cuando no te encuentras bien.
Smin se rió. ¡No se encontraba bien! Pero le lastimaba reírse, y lo que dijo,
con gran paciencia, fue:
—Termina lo que empezabas, Kola. Padres e hijos deben hablarse con
sinceridad.
—Bien… Sólo… —continuó Nikolai, apresurándose—. ¡El caso es que se
cuentan historias terribles! ¡Cemento que se desmorona y se convierte en arena,
paredes que se caen!
—Esas historias son ciertas, Kola. Acepté muchos productos de inferior
calidad.
—¿Pero por qué, padre?
Smin suspiró.
—¿No te han enseñado en las Fuerzas Aéreas cómo es el mundo?
Supongamos, Kola, que eres el director de una fábrica de cemento. Tienes un
plan que cumplir todos los meses. Quizás el plan requiera que produzcas diez
mil toneladas de cemento y, mira, estamos a veinticinco del mes y sólo has
producido cuatro mil. Pero si no cumples el plan, no hay bonos para los obreros,
no hay ascensos para ti, puede que incluso recibas una amonestación. ¿Qué es lo
que haces entonces, Kola? Haces lo que todo el mundo. Poner a trabajar a tus
obreros a marchas forzadas, con órdenes de producir a la carrera seis mil
toneladas de cemento en cinco días. ¿Pueden hacerlo? Claro, si el resultado es
una chapuza; y así, el último día del mes has cumplido el plan… Naturalmente,
esas seis mil toneladas son inútiles.
—¡Pero entonces no tienes por qué aceptarlas, padre!
—Sí, exactamente. Uno debería rechazarlas de inmediato. ¿Pero entonces
qué? Chernobyl necesita cemento. El fabricante necesita no sólo cumplir su plan,
sino vender la producción. Así que me dice: «Quieres buen cemento, muy bien,
yo te doy todo el que necesites. Pero también debes aceptar esta remesa». Y no
tengo elección, Kola. Acepto el cemento malo, porque si no me lo quedo se lo
quedará otro, y entonces será él quien tenga el cemento bueno que yo necesito
desesperadamente. Y en cuanto al acero: el plan de la acería está fijado en otras
diez mil toneladas, pongamos por caso; es bastante fácil conseguirlas si haces
acero blando, de baja graduación. ¡Pero yo lo necesito mejor! Así que para
conseguir el acero que me hace falta para mis reactores, debo persuadir al
fabricante de que lo haga, y para persuadirle también debo comprar unas cuantas
toneladas inútiles. O tengo que sobornar a alguien con dinero, o incluso con un
coche. O tengo que enviar intermediarios… ¡Intermediarios! Son gángsters, en
realidad. Persuasores. A veces chantajistas. A veces chulos. Y envío a esos
individuos a cenar y beber con mis suministradores para que les coaccionen y
me remitan los materiales que realmente necesito, en vez de la basura de la que
quieren deshacerse… E incluso así, a menudo me envían lo que necesito, más la
basura.
—Eso es vergonzoso —dijo agriamente su hijo—. Discúlpame, no me refiero
a ti, me refiero…
—Refiérete a mí, Kola —dijo Smin gentilmente—. Podría haber hecho las
cosas bien, después de todo. Sólo que pienso que Chernobyl no habría estado
produciendo cuatro mil megavatios de electricidad si las hubiera hecho.
Nikolai murmuró algo por lo bajo.
—¿Qué has dicho? —preguntó Smin.
—Nada, padre. Tengo que acudir a mi cita. Volveré más tarde.
Y esta vez, con cuidado pero firmemente, tomó la mano de su padre en la
suya antes de marcharse. Pero Smin no respondió al apretón. Estaba
preguntándose si era cierto que había oído lo que creía.

Tener unos pocos minutos para sí mismo mientras su cabeza estaba


despejada… Esto era un don precioso para Simyon Smin. No lo malgastó. Sacó
el cuaderno en el que había estado escribiendo la carta para Mishko y Milaktiev,
pero después de uno o dos renglones los brazos se le cansaron y se le nubló la
vista. Estaba por resolver, además, la forma en que iba a hacer llegar su escrito a
las personas que se lo habían pedido. ¿Volverían? Probablemente sí, se dijo,
¿pero sería mientras aún estaba en condiciones de entregárselo en mano?
Descartaba la posibilidad de dárselo a su esposa o a su hijo menor. ¿Y si los
sorprendían con la carta?
Kola, sí. Tal vez. Al menos era una opción a considerar. Kola era un hombre
adulto, y ahora, después de once meses de pelear con las tribus musulmanas de
Afganistán, un hombre duro y lleno de recursos. Pero quedaba aquella cosa
preocupante que Kola había dicho. ¿Sería la persona adecuada para confiarle una
carta así?
Ello dejaba solamente a la madre de Smin.
Smin permaneció tumbado, con el cuaderno bajo la almohada, pensando en
su madre. En este mismo momento, lo sabía, ella se encontraba en algún lugar
del hospital, haciendo lo mismo que Kola: permitir que le atravesaran el esternón
con un cuchillo afilado para tomar una muestra de su médula. Para él. Siempre
para él. Recordó a su madre en la aldea, cuando él estaba en el colegio, cuando
era un pionero, cuando se marchó a los veinte años para cumplir el servicio
militar (una molestia, realmente: ¿quién osaría atacar a la Unión Soviética en
1940, cuando el otro único estado poderoso de Europa había firmado con ella un
tratado irrevocable de no agresión?), cuando tuvo el buen sentido, o la buena
fortuna, de elegir el servicio en carros de combate. Así que cuando Hitler rompió
el «tratado irrevocable» y lanzó a sus ejércitos a través de la frontera, un año más
tarde, el joven teniente Simyon Smin no formó parte de los dos millones de
reclutas novatos que cayeron en las primeras matanzas, porque estaba estudiando
tácticas avanzadas a cuatro mil kilómetros de distancia.
Se despertó, sudando y casi a punto de gritar. Había estado soñando. Las
llamas se habían alzado sobre él y su T-34 había sido alcanzado.
Respiró profundamente para calmarse. Tal vez ahora estaba muriéndose, pero
al menos no había muerto entonces, como tantos otros. Se le habían concedido
cuarenta años extra de vida, y por ello ya no se le debía nada.
No había malgastado aquellos años. Se había casado con dos excelentes
mujeres, y tenía dos buenos hijos para probarlo. Era una lástima que todo
terminase tan mal, pero aun así era mucho más de lo que había esperado
mientras intentaba escapar del tanque en llamas.
Fue en aquella época, hallándose en el hospital, cuando su madre le preguntó
si le importaba que volviera a casarse.
Esa posibilidad nunca se le había ocurrido al joven Simyon Smin. Era
consciente de que su madre era aún una mujer atractiva, aunque tuviera algo más
de cuarenta años. ¿Pero casarse? ¿Con un alto cargo del Partido? Pues Vassili
Mishko era el segundo de Nikit Jruschev en la organización del Partido en
Ucrania, que acababa de ser reconquistada a los fascistas.
Sin embargo, había dado su aprobación inmediatamente. No fue egoísta.
Incluso le había alegrado pensar que su madre volvería a tener una vida propia,
sin haber de preocuparse por él, o por una guerra, o por una purga. Y así habría
sucedido si no hubiera sido porque Vassili Mishko desagradó a J. V. Stalin y
acabó trabajando en una mina de oro de Siberia. A Smin no le sorprendía que su
madre hubiera elegido vivir calladamente el resto de su vida. Había visto lo que
pasaba cuando una persona se volvía demasiado pública.
—¿Está despierto? —le llamó suavemente una voz desde la abertura de las
mamparas.
—Claro, camarada fontanero —dijo, esforzándose por mostrar otra sonrisa
—. ¿Qué noticias hay?
Estaba realmente contento de ver a Sheranchuk. Procuró escuchar mientras
éste le contaba sus cosas: las buenas noticias, su esposa que había aparecido
repentinamente en el hospital; las malas noticias, que otro de los Cuatro
Estaciones moría, y moría malamente, entre el dolor y el delirio.
—Me extraña que no le oyera —dijo Sheranchuk—. Gritaba mucho hace un
rato, pero ahora está más tranquilo.
—Sí, sí —dijo Smin, ausente.
—Y su hijo mayor ha venido a verle. Ésa es una buena noticia, claro.
—Supongo que sí —asintió Smin, y su tono hizo que Sheranchuk le mirara
más de cerca.
—¿Algo va mal? —preguntó, preocupado.
—¿Qué podría ir mal? No, Leonid. Estoy un poco intranquilo. Kola dijo
algo. Hablábamos de lo que no funcionaba en la central… No me refiero al
accidente. Me refiero a las dificultades con los materiales y el personal. Se
indignó mucho. Entonces dijo…, creo que dijo… Ojalá volviera Stalin.
—Ya veo.
Smin le miró.
—¿De verdad?
—Bueno, sí, supongo —dijo Sheranchuk, incómodo—. Es un militar,
después de todo. Hay muchos que piensan que nuestros gobernantes han perdido
el tiempo en Afganistán.
—¿Quieres decir que también piensas que Mijail Gorbachov es demasiado
liberal? —preguntó apenado Smin.
—¡No, no! Nada de eso. ¿Qué sé yo de esas cosas, después de todo?
Simplemente estoy diciendo que he oído a la gente hacer ese tipo de
comentarios. La verdad es que hay mucho despilfarro y mucha corrupción…
—Pues bajo Stalin la ineficiencia era la misma, Leonid, sólo que entonces se
llamaba «sabotaje». Y encima teníamos las purgas.
—No recuerdo muy bien los tiempos de Stalin —se excusó Sheranchuk.
—Desgraciadamente, mi hijo Kola tampoco. Nunca ha tenido que
preocuparse porque llamaran a la puerta a las dos de la madrugada. Ahora los de
la KGB son mucho más considerados. Solamente vienen en horas laborables.
¿Leonid? ¿Te han interrogado?
—Bueno, sí, un poco. Simplemente les dije que estaba de servicio en el
momento de la explosión y que, por lo que sé, fue Jrenov quien insistió en
continuar el experimento sin las medidas de seguridad —Sheranchuk escrutó
más de cerca la expresión de la cara de Smin—. ¿Qué pasa?
—Espero que no fuera un error —dijo éste.
—¿Pero cómo podría ser un error? Dije simplemente la verdad.
—Les contaste la verdad sobre Jrenov —dijo Smin pacientemente—. Jrenov
es uno de los suyos. ¿Crees que informarán de que la culpa fue de uno de los
suyos? Eso sería admitir que la KGB comete errores. ¿Estabas allí cuando
Jrenov dio la orden de desconectar los sistemas de seguridad?
—¡No, pero lo hizo!
—¿Cómo lo sabes? No estabas presente —insistió Smin—. Créeme, los
agentes saben bien lo que Jrenov hizo, y Jrenov responderá ante ellos. Pero no en
público. Así que si hay un proceso, y lo habrá, y si testificas, que testificarás,
simplemente di lo que viste y lo que hiciste. No lo que crees que sabes por los
informes de otra persona. —Dudó, y luego dijo con suavidad—: Todas esas
cosas están registradas.
—Y los registros quedarán para siempre en los archivos de la KGB —dijo
Sheranchuk amargamente, porque de repente tuvo miedo.
Smin hizo una pausa.
—No necesariamente —replicó con lentitud un momento después—.
Recuerda el discurso de Jruschev sobre los excesos del régimen de Stalin. Es
posible que todo salga a luz de alguna forma. —Sacudió la cabeza y sonrió: una
mueca lastimera en la cara dañada—. En cualquier caso… Espera, ¿qué es eso?
Sheranchuk también lo oyó.
—Me temo que Arkady Ponomorenko esté gritando de nuevo. ¿Pero qué es
lo que iba a decir?
—Sólo que, en cualquier caso, quizá todos tengamos la suerte de morir aquí,
en el Hospital número 6. Pero ve a ver a tu amigo. Parece que necesita a alguien.

Una enfermera detuvo a Sheranchuk en la puerta de la habitación del


ajustador.
—¿Adónde va? —le espetó—. ¿No ve que no está en condiciones de recibir
visitas?
—No soy un visitante sino un amigo, otro paciente. En todo caso necesita a
alguien.
—¿Y qué bien cree que puede hacerle ahora? —preguntó la enfermera
amargamente. Tras ella, Primavera había dejado de gritar, pero ahora dirigía
sobrias y reflexivas consideraciones al aire—. Bien —concedió la mujer—.
Supongo que no puede perjudicarle, al menos hasta que vuelva su primo.
Si Volya Ponomorenko no regresaba pronto, no vería vivo a su primo.
Sheranchuk estaba seguro de ello. El ajustador boqueaba al hablar. Le contaba al
aire que la central nuclear de Chernobyl no tenía derecho a estar donde estaba.
—Son los rusos, sabes —decía con tono febril, ensoñador, mirando al techo
—. Ellos son los que la necesitan, no nosotros. ¡En Ucrania tenemos campos y
granjas! Cultivamos lo mejor del mundo; no necesitamos sus fábricas ni sus
centrales de energía. ¡Si queremos electricidad, tenemos el río Dnieper! ¿así que
para qué traer esos artefactos atómicos?
—Ssssh —dijo Sheranchuk, nervioso—. Deberías descansar, Arkady, por
favor.
El ajustador no dio signos de haberlo oído. Continuó dirigiéndose al techo,
en tono razonador:
—Entonces, ¿por qué tenemos esa central nuclear? Porque los rusos quieren,
claro. No es para los ucranianos, no. Es para que los rusos puedan encender la
luz en Moscú y vendan electricidad a la gente de Polonia y Bulgaria. ¡Pues que
produzcan la suya propia!
—Por favor, descansa —suplicó Sheranchuk, mirando hacia la puerta.
¿Dónde se metían los médicos cuando hacían falta?
—¡Pero no! —volvió a exclamar Ponomorenko, nuevamente alzando la voz
—. Los rusos insisten, ¿y qué podemos hacer nosotros? ¿Podemos decirles que
no? ¿Podemos acaso pedirles que planten sus asquerosos tarugos atómicos en
otro sitio? ¿Podemos vivir libremente en nuestra querida Ucrania, que Bogdan
Jelmnitski liberó de los polacos? ¿Podemos siquiera decir la verdad cuando
queremos? No, no podemos, ¿y sabes por qué? ¡Te diré por qué!
—¡Por favor! —exclamó Sheranchuk, y se volvió hacia la puerta—.
¡Enfermera!
—¡Por esto! —gritó Ponomorenko, levantándose y apoyándose sobre los
codos—. ¡Porque somos prisioneros! Los rusos nos han hecho sus esclavos y
ahora no podemos liberarnos. Mi único deseo…
Rompió a toser y se derrumbó. Nadie sabría nunca cuál era aquel único
deseo, porque la manera en que su cabeza golpeó la almohada, la manera en que
uno de sus ojos quedó medio abierto y el otro cerrado, la manera en que abrió la
boca, lo decían todo. El valiente ajustador y osado futbolista, Primavera en el
grupo de las Cuatro Estaciones, Arkady Ponomorenko, estaba muerto.
29
Jueves, 8 de mayo.

Emmaline Branford llama la atención en las calles de Moscú, no sólo porque


es una mujer que lleva pantalones americanos a la última moda y a veces
escucha su walk-man mientras pasea, sino porque es negra. El color de su piel,
en realidad, no es negro, sino de un agradable tono acaramelado, pero sí lo es su
adscripción étnica. Sabe que ésa es también la razón de que haya hecho carrera
en la delegación de Moscú, ya que el Departamento de Estado, como cualquier
otro patrono americano, necesita cultivar la imagen de que ofrece igualdad de
oportunidades. Su sexo también la ha ayudado en esto, claro; como Agregada
Cultural, es la segunda mujer en el escalafón de la embajada de Moscú.
Emmaline es una mujer hermosa con un master en sociología y un minor en
lenguas eslavas. Su madre no quería que fuera a Moscú. Lo que todavía quiere es
que acepte un trabajo de maestra en Waycross, Georgia, se case y le dé un nieto.
El novio de Emmaline quiere lo mismo; pero, a los veintisiete años, Emmaline
no está dispuesta todavía a sentar la cabeza.

La primera cosa que Emmaline hacía al levantarse cada mañana era disponer
la cafetera para tomar la indispensable taza de café negro y caliente que le abría
del todo los ojos. La segunda era más dura. Era la desagradable tarea de sacar la
escoba y el recogedor (en realidad era la tapa de una caja de cartón, pero cumplía
su objetivo) para barrer la acumulación matutina de cucarachas muertas. Sólo
había una docena aquella vez, no demasiadas para una brillante mañana de
mayo, así que Emmaline se metió en la ducha y salió antes de que el café
estuviera listo.
Vestida y a punto de salir, Emmaline miró por la ventana de su apartamento,
situado en el ghetto extranjero, mientras terminaba su zumo de uva (el último
que tomaría hasta que alguien de la embajada hiciera otro vuelo a Helsinki).
Esperaba a que Warner Borden, el Agregado Científico de la embajada, llamara
a su puerta. Aún no había decidido lo que iba a decirle: si aceptaría que la llevara
a la embajada en su pequeño Nissan rojo o si haría un poco de ejercicio e iría
caminando sola. (Con 56 kilos de peso, Emmaline estaba convencida de que
había engordado durante el invierno ruso.) No tenía la menor idea de lo que le
diría a Warner. Era primavera. El invierno había sido largo, y muy solitario para
Emmaline, y hacia el mes de marzo incluso Borden había empezado a parecerle
interesante. Había muy pocos americanos solteros en Moscú, y ninguno negro, a
menos que contara a los marines de diecinueve años que montaban guardia en la
embajada. Emmaline no estaba prometida formalmente a su novio de Waycross,
y no se oponía a experimentar un poco por ahí. En realidad, tampoco se oponía a
Warner Borden. Pero fornicar perdía gran parte de su encanto cuando una sabía
que el teléfono, un micrófono en la pared y otro en el cuarto de baño transmitían
cada murmullo, susurro, caricia o quejido a alguien con una grabadora y unos
auriculares a un bloque de distancia. Y las orejas bajo los auriculares no eran
siempre necesariamente rusas.
Así que la decisión respecto a Warner (Emmaline era por naturaleza una
persona justa) era si darle pie o no. La decisión debía ser tomada. Pensó en ello
mientras recogía los restos del desayuno y lo guardaba todo para desanimar a las
cucarachas, y aún pensaba en el asunto cuando se miraba en el espejo del cuarto
de baño. Al cepillarse los dientes, encontró otras tres cucarachas junto a la taza.
Regresó a por la escoba y el cartón y, por supuesto, justo en ese momento
Warner Borden llamó a la puerta.
Ella le saludó desde el umbral.
—Gracias de todas formas —dijo—, pero creo que mejor iré dando un paseo.
Él no pareció contrariado.
—Hace un bonito día. ¿Puedo tomar una taza de café?
Era completamente absurdo sentirse cohibida por las cucarachas, que eran la
cruz que todos soportaban.
—Sírvete —dijo, y se dio la vuelta.
Cuando capturaba el último bicho que se escabullía detrás del lavado, medio
envenenado e incapaz de moverse con la suficiente rapidez, Borden apareció en
la puerta del baño, con la taza en la mano, y vio cómo arrojaba las cucarachas al
inodoro y vaciaba la cisterna.
—Tendrás suerte si no atascas las cañerías con esos bicharracos —dijo él con
interés científico—. ¿Qué es lo que usas?
—Una receta de la abuela de Rima. Bolitas hechas con una mezcla de ácido
bórico y patatas chafadas. Rima dice que les dan sed, pero les impiden beber. Así
se mueren. Algunas, por lo menos. Supongo que por eso están siempre alrededor
del lavabo y el fregadero.
Borden sonrió.
—Dando vueltas en torno a lo que no pueden conseguir. Yo hago lo mismo.
Emmaline cerró la tapa del inodoro y cambió de conversación.
—¿Qué has oído de Chernobyl?
—Todavía nada —dijo él con amargura—. Ha habido varias conferencias de
prensa en el Ministerio de Energía Nuclear, pero sólo para los países comunistas
y Ted Turner. Ahí tienes la glasnost. —Miró el reloj y sorbió el resto del café—.
Tengo una reunión dentro de media hora. Tal vez entonces me entere de algo. De
todas formas, la nube sigue dirigiéndose hacia el este, así que imagino que aquí
estamos a salvo.
Emmaline hizo un esfuerzo por ver el lado positivo de la situación.
—Si la nube llega, a lo mejor mata a las malditas cucarachas.
—Oh, no, querida, ni lo sueñes. A las cucarachas no les afecta la radiación.
La devoran. Si fueras a Chenobyl en este momento, probablemente encontrarías
un montón de personas muertas… y un millón de cucarachas felices sentándose
a comer.
—¿Tantas? —preguntó ella, desalentada.
—¿El millón de cucarachas? Oh, te refieres a las personas muertas. Bueno,
¿cómo demonios vamos a saberlo? Los rusos sólo han admitido dos bajas. En
Washington todo el mundo dice que son muchas más, tal vez cientos… En
Nueva York se cuenta que hay ya quince mil muertos.
—¿A quién crees, Warner?
—Querida —suspiró él, volviéndose para lavar la taza antes de marcharse—,
cuando lleves en este sitio tanto tiempo como yo, aprenderás a no creer a nadie.

Aquella agradable mañana de mayo, cuando Emmaline salía del complejo


residencial extranjero, pasaba ante los muros de los estudios cinematográficos
Sovkino y ante la estación ferroviaria de Kiev, el aire era lo bastante fresco para
resultar confortable. El sol brillaba. Sin embargo, ella se alegraba de haberse
puesto un jersey. Aún había restos de nieve sucia al pie de las paredes encaradas
al norte. Parte de aquella nieve estaba en el mismo sitio desde octubre y aún no
se había fundido, pero los árboles se hallaban en flor y la naturaleza reverdecía
en torno.
Emmaline pensaba en Warner Broden y en Chernobyl. Le había molestado
un poco que él no se hubiera enfadado cuando rehusó su invitación. Bueno, se
dijo, el hombre estaba ocupado. Su primera entrevista del día era para hacer otra
oferta de asistencia técnica americana a las autoridades soviéticas del Ministerio
de Energía Nuclear, y sus pensamientos estaban obviamente más centrados en la
reunión que en ella.
Sea como fuere, ni siquiera había insistido. Se sentía picada en su amor
propio. Ciertamente, era su privilegio rechazarle, pero no había contado con que
él capitulara tan fácilmente… Entonces vio que se aproximaba a la estación de
metro contigua a la terminal ferroviaria de Kiev, y se olvidó de Warner Borden
porque recordó lo que allí pasaba hoy.
Mientras se dirigía a la terminal, fue detenida por una mujer vestida con unos
pantalones tan bien cortados como los suyos propios, que llevaba una cámara
colgada del cuello.
—Discúlpeme —dijo la mujer—, pero es usted americana, ¿no? ¿Qué es lo
que pasa?
Emmaline ya había adivinado el motivo de la pregunta. La estación de Kiev
estaba más llena de gente que nunca, y el número de policías, de uniforme o no,
era al menos diez veces superior a lo normal.
—Están trayendo a los niños de Kiev —contestó—. Han sido evacuados.
—Oh, Dios mío —suspiró la mujer.
Se hizo a un lado para dejar paso a un grupo de chiquillos. Parecían tener
ocho y diez años, y marchaban en grupos de veinte o treinta en filas
disciplinadas que supervisaban un par de mujeres con aspecto de maestras de
escuela. Los niños, obviamente, estaban fatigados, y no tan limpios como
debieran, pero se mantenían en orden y en silencio mientras caminaban hacia un
autobús que les esperaba. Cada uno llevaba una bolsa con sus posesiones y la
mayoría tenía una manzana en la mano que les había sido ofrecida por sus
anfitriones.
—Íbamos a nuestro hotel, ¿sabe? —dijo la mujer americana con tono
ausente, el gesto preocupado—. El Hotel Ucrania. Y tomamos el metro hasta
esta estación y… Escuche, ¿estamos a salvo aquí? Hemos oído tantas historias…
—Por lo que sé, está perfectamente a salvo en Moscú —dijo Emmaline con
cuidado—. La ciudad no se verá afectada en absoluto. Su hotel está por allí,
cruzando el gran bulevar Kutozovsky.
Señaló, pidió excusas y se volvió para ver por sí misma qué pasaba. Un
periodista de Reuter, con aspecto sudoroso y fatigado, la llamó.
—¿Sabes algo que yo no sepa? —le preguntó.
—No sé mucho. ¿Has hablado con los niños?
—¿Hablarles? Ni siquiera puedo acercarme sin que los tipos de la KGB me
digan que me quite de en medio. Tú eres diplomática, encanto. Acércate a los
trenes y llévame contigo.
—Ni lo sueñes —dijo firmemente Emmaline—. Dime qué está pasando.
—Ah —respondió el hombre, disgustado—. Han reunido a todos los niños
de Kiev y los han traído aquí. Se supone que los van a enviar a los campamentos
de verano de los Pioneros, en las afueras de Moscú, pero lo que realmente quiero
saber es cómo están ahora las cosas en Kiev, y no me dejan hablar con nadie.
Escucha, tu ruso es mejor que el mío. ¿Ves ese grupo de niños esperando para
entrar en el retrete? Vamos a ver si podemos llegar hasta ellos e iniciar una
conversación.
Pero Emmaline negó con la cabeza.
—Otra vez, ¿vale? Tengo que irme al trabajo.

A las once, Emmaline tenía la mesa despejada, los telegramas enviados, el


programa del día confirmado y un coche y un conductor comprometidos a acudir
al Hotel Rossiya a la una. Warner Broden asomó por la puerta.
—Como un muro de piedra —informó—. Nos agradecen nuestro interés,
pero no aceptan nuestras ofertas de ayuda. ¿Para qué necesitaban la embajada
cuando tienen Occidental Oil?
—¿Has hablado con los médicos que han enviado?
—Nadie ha hablado. Los tienen muy ocupados… Me encantaría cambiar
unas palabras con alguno de ellos, sólo para averiguar cómo se las arreglan los
rusos en cuestiones de medicina radiactiva. Pero ni siquiera en la oficina de
Occidental Oil les han visto; todo se negoció directamente entre Armand
Hammer y, supongo, el propio Gorbachov. La cosa es —dijo, sentándose en la
silla que había junto a la mesa de Emmaline—, que me pregunto si tienes alguna
información sobre un tal Smin.
—¿Quién es Smin?
—Uno de los pacientes del hospital especializado en radiación. Está mal.
Dicen que era uno de los peces gordos de la central de Chernobyl. Sólo no puedo
situarlo. Échale un vistazo a esto.
Depositó un par de fotografías sobre la mesa. Tres habían sido reproducidas
de periódicos y eran muy pobres; la cuarta mostraba a varios hombres en el
aeropuerto de Moscú, dando la bienvenida a Blix.
—Pensamos que Smin es uno de éstos —dijo.
—¿Y bien? ¿Cómo quieres que lo sepa?
—Tal vez de la misma forma que nos informaste de lo de Chernobyl —dijo
Borden—. Sabes que tu reputación está ahora por las nubes. Fuiste la primera en
señalar que todo podía proceder de la central de Ucrania, cuando los demás
estábamos mirando hacia el Báltico. Si tus fuentes pudieran ayudarnos…
—Ya veré —dijo Emmaline.
La verdad, sin embargo, era que no tenía idea de lo que haría, ni estaba
segura de querer que sus «fuentes» se comprometieran más. (Había solamente
una fuente, ahora sentada a su escritorio y concentrada en la lectura de Trud.)
Aquel ejemplar de Literaturnaya Ukraina… ¿era realmente Rima quien lo había
puesto sobre su mesa? ¿Hubo en ello algún riesgo? Rima nunca había dicho
nada. Pero también era cierto que Emmaline nunca se lo había preguntado ni se
había franqueado con ella.
Emmaline suspiró y se preparó para acudir a su cita de la una. Se arriesgó
todo lo que estaba dispuesta a arriesgarse. Es decir, mientras salía se detuvo
junto a la mesa de la traductora.
—Voy a salir para reunirme con Pembroke —dijo—. Oh, por cierto, hay
algunas fotografías en mi escritorio a las que te gustaría echar un vistazo.

Emmaline caminó hasta el metro y cogió el tren para Marksiya, uno de los
complejos de estaciones subterráneas del corazón de Moscú. ¿Por qué le
interesaba Smin a Borden? Si el hombre estaba en el hospital, deberían dejarle
tranquilo. Mientras escuchaba al conductor del tren anunciar que llegaba a su
destino, deseó que no sólo a Smin le dejaran en paz, sino que toda la Unión
Soviética pudiera hacer frente con calma a aquel desastre terrible, pero
estrictamente interno. El gran país merecía una oportunidad para intentar curarse
la herida.
Salvo que el desastre no fue meramente interno. No con una nube de gases
radiactivos deambulando por media Europa.
El camino más rápido para reunirse con el novelista en el Hotel Rossiya era
tomar el autobús que contorneaba la Plaza Roja, pero su reloj le dijo que todavía
era temprano. Siguiendo un impulso, atravesó los abarrotados almacenes GUM y
salió a la plaza. Sus tacones resonaban en las baldosas, sorprendiendo a los
turistas soviéticos que paseaban.
En Moscú, era una mañana de mayo tan normal como cualquier otra. Si
alguien pensaba en Chernobyl, Emmaline no oyó que se comentara el asunto. Un
padre con dos niñas señalaba el lugar, sobre el Mausoleo de Lenin, donde habían
estado los líderes del Partido sólo una semana antes para revisar los tanques y los
portamisiles del desfile del Primero de Mayo. Una familia de una de las
repúblicas orientales miraba boquiabierta la Puerta Spassky, mientras un Zil
grande y negro salía de las murallas del Kremlin, con las cortinas echadas y
algún alto personaje dentro. Tres colas separadas de escolares esperaban turno
para entrar en la Catedral de San Basilio, y dos parejas de recién casados se
hacían fotos ante el Mausoleo. Las novias, elegantemente vestidas de gasa
blanca y con guirnaldas de flores en el pelo, colocaban sus ramos envueltos en
celofán ante la tumba, bajo los ojos inexpresivos de los guardias uniformados de
la KGB. Emmaline se detuvo a estudiar a las parejas. Según su experiencia,
todas las novias parecían cohibidas y todos los novios compartían el mismo
brillo desenfocado en los ojos, producto de tres martinis y de su aparente
felicidad. Aquellas dos parecían un poco distintas. Pero los novios tenían el
mismo aspecto ligeramente ansioso.
Emmaline comprendió de inmediato. También para ellos era primavera.
Cualquier encuentro íntimo que aquellas parejas hubieran conseguido tener
durante los últimos seis meses, había estado condicionado por los apartamentos
compartidos, los padres siempre presentes y, sobre todo, por la nieve. No había
paseos románticos por los bosques que rodean Moscú, en enero. Ni en abril,
dado el caso. Así que, ahora, los chorros de hormonas pugnaban por liberarse, y
el sueño de cada uno de aquellos hombres era la noche que tenía por delante,
cuando los padres quedarían excluidos al fin e incluso (¡vaya lujo!) tal vez les
esperaría un viaje en el tren Flecha Roja a Leningrado. Esto significaba un día
entero para visitar la gran galería de arte, el museo antireligión de lo que antaño
fue la Catedral de San Isaac, y el crucero Aurora frente al Palacio de Invierno;
¡pero sobre todo significaba dos noches completas en un compartimento para
ellos solos, con un cerrojo en la puerta y sin que nadie llamase!
Emmaline se sorprendió del fugaz temblor de su propio vientre. Había sido,
de verdad, un largo invierno.

El Hotel Rossiya se anuncia como el segundo más grande del mundo (el
primero también está en la Unión Soviética), pero Emmaline ya sabía andar por
él. Presentó su tarjeta, sin que hiciera falta, al encargado de la puerta y se dirigió
a los ascensores.
El nombre del novelista era Pembroke Williamson, y no estaba en su
habitación. Escoltada por el conserje siempre vigilante, Emmaline recorrió el
largo corredor y, mirando por encima de la baranda de la escalera, le vio con una
taza de té y contando cuidadosamente el cambio en el bufete del hotel.
—Tiene usted periódicos americanos —dijo ella de inmediato, al ver las
páginas asomando por su bolso—. ¿Puedo?
Mientras Pembroke intentaba sumar las monedas inglesas de diez peniques,
los marcos alemanes y las coronas suecas que le habían dado a cambio de su
billete de cinco dólares americanos, Emmaline repasó los titulares. La noticia
había saltado a primera plana; Chernobyl aparecía en todos los periódicos. ¡Y
qué titulares! El New York Post ofrecía el más demencial:

FOSA COMÚN
15.000 ENTERRADOS TRAS ACCIDENTE NUCLEAR

Pero incluso las informaciones de la UPI decían que al menos había dos mil
muertos, y casi todos los periódicos rechazaban las cifras soviéticas.
—¿De modo que cuál es la verdad? —preguntó Pembroke—. ¿Quién está
mintiendo?
—Tal vez todo el mundo —dijo Emmaline, pensativa, intentando echar una
mirada a las tiras cómicas de Bloom County y Andy Capp—. Los rusos siguen
afirmando que hay dos muertos, víctimas directas de la explosión, y nada más.
Por supuesto, admiten que un par de centenares de personas están hospitalizadas
aquí, en Moscú, y Dios sabe cuántas en otros sitios.
—¿Cree usted eso?
—Yo trabajo para el Departamento de Estado. El señor Schultz dijo que
apostaba diez dólares a que los soviéticos están mintiendo.
—¿Qué tal una libra diez en esterlinas y otros dos dólares en calderilla y
cerramos el trato? —sonrió Pembroke.
—Eso es lo que el Secretario de Estado quiere apostar. Personalmente, no
hago apuestas. Ya sabe cómo son las cosas aquí; no conseguimos mucha
información de peso, y la que conseguimos es principalmente secreta. Esperaba
que pudiera usted decirme qué ha pasado.
El novelista se echó hacia atrás, mirándola seriamente.
—¿No teníamos que ir a la editorial?
Su libro sobre Lincoln acababa de ser publicado en la URSS, y los directores
de la Compañía Editora Mir querían convertir en una ceremonia el pago de
regalías mediante un cheque en buenos dólares americanos cambiables.
—El coche nos recogerá dentro de media hora. Mir está solamente a diez
minutos.
—¿Quiere un café? —preguntó el novelista; y cuando volvió con dos tazas,
lo probó, hizo un gesto y dijo—: ¿Recuerda lo que pasó en Florida el 28 de
enero?
—¿Se refiere a la explosión del Challenger?
—Eso es. La lanzadera espacial Challenger. Parece que había un defecto en
las anillas que sujetan el cohete exterior de combustible sólido. La NASA
conocía el defecto desde hacía tiempo, pero no hizo nada hasta que murieron
siete personas.
Emmaline lo miró perpleja.
—¿Qué tiene eso que ver con Chernobyl?
—Creo que es lo mismo, Emmaline. Cuando venía para acá, hice escala en
Londres para entrevistar a un inglés llamado Grahame Leman. Él interpreta que
cosas como Chernobyl y el Challenger son el resultado de lo que llama el
«PBT»…, es decir, el sistema político-burocrático-técnico de tomar decisiones.
Verá, lo que Leman dice es que las decisiones técnicas no se toman solamente en
base a consideraciones técnicas. Los técnicos no querían que el Challenger
despegara ese día. Las fuerzas que sí lo querían eran burocráticas y políticas. Los
burócratas son quienes mandan, así que sus decisiones prevalecen sobre las
decisiones de los técnicos, sólo porque el que está arriba puede más que el que
está abajo. Las presiones políticas son otro factor. La NASA quería mejorar su
propia imagen; no le convenía otro retraso.
—¿No me estará usted diciendo que lanzaron la nave sabiendo que era
peligrosa?
—No exactamente, Emmaline. Sólo digo que no quisieron saber que era
peligrosa. No hay una banderita que se levante anunciando: ¡Peligro!; es
únicamente un cálculo de probabilidades. Lo mismo sucedió en Inglaterra, Dios,
no sé, hace sesenta o setenta años, cuando el avión R-101 se estrelló. Los
ingenieros sabían que el R-101 no estaba a punto, igual que los ingenieros de
Morton Thiokol sabían que el Challenger no lo estaba…, pero eran sólo una pata
del trípode, y los burócratas y los políticos les ganaron. Verá, no quiero que se
forme una idea equivocada. No hablo de políticos y burócratas como individuos.
Son las presiones burocráticas y políticas las que hacen peligroso el síndrome
PBT. El peor accidente de ferrocarril que jamás han sufrido los ingleses se
produjo cuando un maquinista de la Great Western Railroad quiso ganar tiempo
(ésa es la parte burocrática y política) y forzó los sistemas de frenado automático
que le habían detenido cuando pasó una luz roja. No lo hicieron. Se estrelló
contra otro tren. Y diría que lo mismo sucedió en la Isla de las Tres Millas. Y en
Chernobyl. La tecnología en tales casos no es tan mala, ya sabe; lo es la gente
que toma las decisiones, y las razones que tiene para tomarlas… Oh, infiernos —
dijo, sonriendo—. No tenía intención de enrollarme así. Escuche —añadió en un
tono diferente—, hay algo más de lo que quería hablar con usted. ¿Tenemos
tiempo para tomar otra taza de café?
—Si lo bebemos deprisa, sí —dijo Emmaline, sorprendida.
—Bien, al diablo con el café. He recibido una llamada de Johnny Stark.

Emmaline casi se atragantó con el último sorbo de café.


—¿Ha recibido una llamada de Johnny Stark? —repitió.
—Veo que sabe quién es —dijo Pembroke, encantado con la impresión que
había producido.
—Señor Pembroke —dijo ella, intranquila—, por favor, baje la voz. —Miró
a su alrededor. Había varias personas en el bufete, pero las únicas cercanas eran
tres hombres de negocios que conversaban en alemán—. Es el hombre-misterio
—añadió con suavidad.
—El mismo. El de la esposa americana. El que se desplaza a París y Nueva
York y conduce el único Cadillac convertible que hay en Moscú. ¿Qué sabe de
él?
Emmaline pensó un momento.
—Se supone que su nombre auténtico es Iván algo. Sólo usa «Johnny Stark»
para esas guías que escribe, como La Historia del Kremlin y la Guía de Moscú
para angloparlantes.
—He visto los libros.
—Bueno, gana un montón de dinero, que le llega de alguna parte, y no creo
que sea sólo de los libros. Está conectado, ¿sabe lo que quiero decir? Está fuera
de mi ámbito, señor Pembroke.
Pembroke estudió su cara.
—¿Me está diciendo que me mantenga alejado de él?
—No, en realidad no —dijo Emmaline, reacia—. Habla bastante claro
cuando quiere. Dicen que inventó la glasnost antes de Gorbachov… ¿Qué? Oh,
la glasnost. Es como llaman ahora a la política oficial. Significa algo así como
«transparencia» o «franqueza». Lo gracioso del caso es que algunas veces lo es.
—¿Como en el caso de Chernobyl?
—Oh, no. Ni siquiera Johnny Stark va a llegar tan lejos. —Dudó—. ¿Le
importa si le pregunto para qué le llamó?
Pembroke pareció sentirse incómodo.
—Bueno, ésa es la cuestión, Emmaline. Tengo algunos amigos, y ellos
mencionaron una especie de manifiesto que circula por ahí…
Emmaline frunció el ceño.
—¿Qué clase de manifiesto?
—Dicen que trata de lo que hay que hacer para arreglar la URSS. Enderezar
la economía, marcharse de Afganistán, celebrar elecciones libres con más de un
candidato para cada puesto…
—¡Señor Pembroke! —jadeó Emmaline—. Si se mezcla usted con
disidentes…
—¡No, no! No son disidentes. Quiero decir que opino que no lo son. Tal vez
lo sean, porque quien primero los mencionó era… —se detuvo a mitad de la
frase al ver la cara de Emmaline.
—Creo que nadie nos escucha —susurró ella—, pero por el amor de Dios, no
mencione ninguna fuente.
—Oh, claro —dijo Pembroke, sonrojado—. Lo siento. Quiero decir…
Bueno, el propio documento se supone que parte de gente que está muyen las
alturas. Dicen que hay en él un montón de datos secretos que nadie más podría
conocer. Y tiene diecisiete páginas. Es todo lo que sé. ¿Nunca ha oído hablar de
él?
—Puede apostar a que no. Lo que me sorprende es que usted sí. —Emmaline
reflexionó un momento—. Podría preguntarle a alguien —dijo, pensando en
Rima… y rechazando el pensamiento de inmediato. Había límites más allá de los
cuales no se podía presionar a ningún ciudadano soviético, ni siquiera a uno
amigo. También podía preguntar a su contacto local de la CIA, se dijo, pero esta
idea era incluso peor. Emmaline hacía todo lo posible por mantenerse apartada
de la CIA. Además, el agente estaba siempre más interesado en recibir
información que en darla—. Pero —terminó—, si descubro algo, probablemente
no podré decírselo. ¿Qué tiene que ver Johnny Stark con todo esto?
—No tengo ni idea. Me llamó esta mañana y se dio a conocer, y dijo que
había oído que yo estaba interesado en los futuros planes del gobierno. Pensé
que hablaba del documento.
—Señor Pembroke —dijo Emmaline con fervor—, es usted un pozo de
sorpresas.
—Así que dijo que me llamaría de nuevo dentro de unos días, y que tal vez
podríamos comer juntos o lo que fuera.
—Dios mío. Igual que un hombre de negocios americano. Bien, señor
Pembroke, no hay nada que yo pueda decirle, pero si estuviera en su lugar,
probablemente acudiría a la cita. Eso sí, tendría cuidado y vigilaría lo que le
cuento.
—Nada de nombres, nada de datos, ¿no? —sonrió Pembroke—. ¿Cree que
tiene algo en mente?
—Lo único que sé con certeza de Johnny Stark es que siempre hay dos
propósitos en todo lo que hace, y una nunca llega a averiguar cuál es el segundo.
—Bajó la voz hasta convertirla en un susurro—. Dicen que perteneció a la KGB.
—Parece interesante.
Ella le miró con desconfianza.
—No se entusiasme demasiado, por favor. Aunque daría un cuarto de dólar
por ser una mosca en la pared cuando hable usted con él.
—¿Quiere que intente que la invite?
—Señor Pembroke —dijo ella, incorporándose—, de ninguna manera
accederá a eso. Pero si oye algo jugoso, déjese caer por la Embajada y le invitaré
a una hamburguesa con patatas fritas de verdad.
30
Sábado, 10 de mayo.

Es fácil conocer el aspecto del soldado del Ejército Soviético, pues se le ve


en los carteles por toda la URSS. Es joven y rubio. Su cara mira ansiosamente
hacia el futuro, con la barbilla levantada, como la de Lenin. Lleva la gorra
ladeada exactamente sobre la oreja izquierda; su blusa está perfectamente
abotonada y, aunque no se le ven las botas en el retrato, se adivina que brillan
impecables. Así es el soldado ideal del Ejército Soviético. Luego está el soldado
Sergei Konov. Konov no tiene aquella apariencia en absoluto, especialmente
después de un día entero de acarrear yeso para cerrar una alcantarilla, o de
acurrucarse montando guardia en una trinchera llena de barro. Y sin embargo
hay algo en Konov que le diferencia del Konov de sólo una semana antes. Ha
sorprendido a sus camaradas. Más que a nadie, ha sorprendido a su teniente,
quien nunca había considerado la posibilidad de que el soldado Konov se
ofreciese voluntario para nada.
—Comprendes —dijo el teniente con cautela—, que este trabajo es un poco
peligroso.
—Lo comprendo, teniente Osipev.
—Por supuesto, si obedeces las órdenes con exactitud no pasará nada. Sólo
tienes que ser rápido.
—Lo seré, teniente Osipev.
—Y después te quedará el resto del día libre. Bien —suspiró el teniente—, te
autorizo a ofrecerte voluntario, así que adelante, Konov. El coche blindado está
esperando para llevar la sección de limpieza a la central.
Konov no era el único voluntario. Había otros cincuenta esperando inquietos
en la planta superior de la central, justo debajo de la azotea. La mayoría de ellos
se encontraba por primera vez en el interior de los edificios de la central nuclear
de Chernobyl, y se les había advertido que fueran prudentes y no tocaran nada.
Cuando estuvieron reunidos, el sargento los miró sin entusiasmo.
—No tenemos sitio para los holgazanes —les dijo—. Debéis moveros
deprisa, hacer vuestro trabajo, salir corriendo, y eso será todo. De otra manera
estaréis tan muertos como el chico que se ha quedado dentro. Y no hay trajes
para anormales. Si alguno pesa más de cien kilos o menos de sesenta y cinco,
que se marche.
Seis o siete soldados fueron descartados; la mayoría rezongando, aunque
algunos, pensó Konov, más aliviados que decepcionados. La promesa de un día
libre había parecido atractiva, especialmente después de una semana de remover
escombros, pero a partir de allí el asunto empezaba a sonar mucho más serio.
El entrenamiento fue tan simple como los requisitos. Cuando llegaron al
último tramo de escaleras que conducía al tejado (caminando con cautela todo el
tiempo, corriendo cuando el sargento les advertía que pasaban por sitios de alta
radiactividad) un mayor los examinó, sacudió la cabeza y los envió a otro
sargento distinto.
—¡Alineaos! —ordenó éste—. ¡En grupos de cuatro! ¡Muy bien, vosotros
cuatro seréis los primeros! Buscad un traje que os venga bien, ponéoslo, y
aseguraos de que está herméticamente cerrado o no volveréis a ver a vuestras
madres.
Los trajes eran apretados, como equipos de submarinismo, y pesaban mucho
por el plomo que contenían.
—No os echéis pedos dentro del traje, chicos: pensad en quien se lo habrá de
poner después —advirtió el sargento al primer grupo—. Ahora las botas…,
asegurad bien los lazos. Los cascos…, los respiradores… Claro, otros cien
soldados han chupado las mismas máscaras, ¡pero imaginad que estáis besando a
la novia!
Y así, antes de que tuviera tiempo de reflexionar, le llegó el turno al grupo de
Konov.
Subieron rápidamente las escaleras a la voz de «¡Ya!», traspusieron la puerta,
cada uno agarró un trozo de grafito del tamaño del culo de una mujer (¡y tan
caliente!, ¡gracias a Dios por los guantes de plomo!), lo arrojaron por el borde
del tejado, y luego otro más, y otro, y otro…, mientras el mayor contaba a gritos
los segundos: cuarenta, cincuenta, sesenta…
Cuando Konov y sus tres camaradas volvieron, el mayor sonrió.
—Sesenta y un segundos el último. Lo habéis hecho bien. Ahora podéis
marcharos, y los valientes que quieran pueden volver mañana y repetir.
Konov pensó que repetiría. Su dosímetro indicaba que había recibido menos
de medio Roentgen, y aquello era ciertamente más interesante que remover la
porquería que los bulldozers habían dejado.

También era más útil. Cuando el coche blindado devolvió al grupo de Konov
a la granja colectiva abandonada que era su cuartel general, el soldado aceptó
una taza de té del sargento de cocina y se preguntó qué iba a hacer con un día
libre que particularmente no necesitaba.
Arrojar terrones de grafito caliente y radiactivo desde la azotea de la central
para que las excavadoras pudieran recogerlos y llevarlos a sitio seguro, aquello
era útil. Incluso emocionante, pues aquellos trozos de carbón habían sido un
tiempo parte del mismísimo núcleo que estalló y provocó todo el desastre.
También daba miedo, pero era como el teniente había dicho: si te apresurabas y
obedecías las órdenes, no pasaba nada…, a menos, naturalmente, que tropezaras
y cayeras, o que se abriese una brecha en tu traje aislante, o que cualquier otra
cosa saliera mal.
Pero nada había salido mal y el día, en realidad, acababa de empezar. Konov
contó con los dedos y se dio cuenta de que era sábado, el día libre de los
soldados soviéticos… cuando no los llamaban para una inspección por sorpresa
o una marcha de veinte kilómetros, lo que sucedía una o dos veces al mes. Era el
día en que los soldados podían dormir, o jugar al fútbol, o incluso ir a la ciudad y
ver cómo estaban las chicas. Pero, ¿qué iba uno a hacer en un día libre, aquí? Ni
siquiera podía salir del viejo establo que era su barracón sin ponerse el traje
antiradiación, ¿y quién iba a jugar al fútbol con una máscara respiratoria? Aun
suponiendo que hubiera alguien más con quien jugar…
Konov volvió a vestirse y llamó a la puerta del teniente.
—Soldado Konov se presenta al servicio, teniente Osipev —dijo, en posición
de firmes.
El teniente pareció sorprendido.
—¿No me entendiste? Tienes el resto del día libre.
—Sí, teniente Osipev. Deseo volver al servicio.
—¿Qué, te has aficionado de repente a remover mierda? La mayoría de los
hombres está levantando diques.
—Como el teniente diga.
Osipev le miró con curiosidad un instante; luego se encogió de hombros.
—Oh, bien —dijo—. Hay un camión que va a Pripyat con más petróleo para
los pulverizadores. Puedes ir allí, pero date prisa. El camión está a punto de
marcharse.
—Gracias, teniente Osipev —dijo Konov.
Y al marcharse, notó los sorprendidos ojos del teniente clavados en su
espalda.

En realidad, aquello era lo que más le gustaba a Konov: deambular por la


ciudad fantasma de Pripyat. La tarea era de confianza y muy importante. Los
vecinos evacuados no podían proteger sus pertenencias contra los saqueadores,
el clima o la radiación. Constituía el deber de Konov, y su placer también,
hacerlo por ellos.
El trabajo de hoy era un poco distinto. La orden era llevar un tanque
pulverizador a Pripyat, rociar de petróleo todos los parches de tierra expuesta
que otros camiones hubieran pasado por alto. No iba solo: llevaba un
compañero, para que cada uno vigilase al otro. A fin de cuentas, la tentación de
coger algún tesoro abandonado podía ser demasiado grande incluso para un
soldado. Su compañero era Miklas, un armenio, bajo, moreno, furioso contra el
mundo y especialmente contra el Ejército que le había robado dos años de su
vida; el segundo peor soldado en el regimiento hasta que Konov dejó vacante el
último puesto. Pero en cuanto los dos estuvieron solos, se jugaron a cara o cruz
con una moneda de tres kopecks quién llevaría el contador de radiación (le tocó
a Miklas) y luego, para hacer el trabajo más deprisa, tomaron direcciones
diferentes.
Era un trabajo duro. Konov empezó a sudar inmediatamente dentro del traje
y la capucha, pero fue meticuloso. Introdujo el largo spray en cada rincón del
huerto (tomates y vides muertas) y del jardín (tallos retorcidos, con capullos que
nunca florecerían a través de la gruesa capa de petróleo).
Según como se mirase, lo que Konov hacía era destruir. Cuando veía vida
vegetal, la mataba con el spray. Allí donde una esquina de tierra negra aparecía
entre la película grasienta, la cubría de inmediato con el mortífero líquido. Él no
lo entendía de esta manera. Era el bisturí del cirujano. Mataba aquí para evitar
una muerte peor en otro sitio, y por ello rociaba con su spray detrás de los
arbustos muertos, debajo de los escalones de madera, todos los recovecos que
otros pudieron haber descuidado.
Le llevó una hora o más terminar con el terreno que rodeaba un solo edificio,
y había medio centenar de ellos, dedicados a apartamentos, sin contar con los
parques y los campos de juego escolares y las plazas y los jardines de oficinas y
comercios. No importaba. Ni un solo centímetro iba a escapar a Sergei Konov.
Tampoco descuidaba sus deberes colaterales. Todo el tiempo que esparcía el
petróleo estuvo alerta, atento a cualquier indicio de que hubiera en la ciudad
gente sin la debida autorización.
Algunas personas, por supuesto, tenían derecho a permanecer allí, pues él y
su compañero no estaban solos. Otros dos equipos se encargaban de otras zonas,
y además, grandes camiones de color naranja aparecían de vez en cuando para
regar de nuevo las calles. Pero cuando dobló una esquina y vio un camión más
pequeño aparcado y con el motor en marcha y la puerta trasera levantada, sin
nadie a la vista, tuvo un solo pensamiento: «Saqueadores».
Tenía que investigar. Se quitó el tanque de los hombros, lo dejó en el suelo y
se aproximó al camión con cautela. ¡Estaba lleno de cosas! ¡Cosas robadas de los
apartamentos vacíos! De modo que tal vez era cierto que había saqueadores
operando: Konov pudo ver aparatos de radio y grabadoras amontonadas en el
interior del camión.
Sin embargo, cada aparato estaba etiquetado con el número del apartamento
de donde procedía, y seguro que los saqueadores no se preocuparían de una cosa
así. Y en la parte posterior del vehículo había cosas por las que un saqueador rara
vez se molestaría: libros, revistas, periódicos, todos también cuidadosamente
etiquetados: Paseo de la Victoria 115, piso 22; Marx Prospekt 112, apartamento
18.
La curiosidad indujo a Konov a coger algunos. Ciertos papeles habían sido
encuadernados con tapas de cartulina azul en las que alguien había escrito a
máquina un título y un nombre. No eran auténticos libros, con ilustraciones en la
portada y páginas impresas. Eran xerocopias, algunas apenas legibles, cosidas
con hilo de algodón. Konov vio algunos títulos que le parecieron poco
familiares, autores con nombres como Vladimir Voinovich (¿quién era Vladimir
Voinovich? Konov leía libros a menudo, pero nunca había oído mencionar a
aquel autor), y Oksana Mechko (¿Mechko?, otro enigma), y… ¿qué era esto?
Oh, Boris Pasternak, Andrey Amalryk…, ¡claro! ¡Todo esto era samidzat!
Konov había visto samidzat antes, pero nunca en tal cantidad, o tan
cuidadosamente recopilado.
No todo era samidzat, sin embargo. Había montones separados de revistas de
brillantes colores, todas extranjeras. Éstas no habían sido etiquetadas, sino
simplemente amontonadas, y cuando Konov echó un vistazo a las portadas los
ojos le saltaron de las órbitas…, aunque no tanto como cuando pasó las páginas
y vio… ¡mujeres! ¡Mujeres hermosas! ¡Mujeres desnudas…! Y no solamente
desnudas, ¡sino mostrando sus partes más íntimas de forma incitante!
Konov nunca había visto fotos así. Nunca había soñado que existieran… ¡y
aquí había doce o catorce revistas llenas de ellas! Cierto, estaban escritas en
inglés y alemán y en algo que le pareció italiano, y por tanto eran
incomprensibles, ¿pero qué falta hacía la escritura con lo que las fotos
revelaban?
—¿Qué te figuras que estás haciendo, escoria de cerdo? —le espetó una dura
voz a sus espaldas.
Konov se volvió para encararse a dos hombres que tenían las manos
enguantadas y llenas de más papeles y libros. Sus insignias estaban ocultas por
los trajes protectores, pero no necesitaba verlas para saber a qué rama del
servicio pertenecían.
—Estoy de servicio aquí —dijo enérgicamente—. ¿Están ustedes en servicio
oficial?
—Siempre estamos en servicio oficial —dijo el otro hombre, con voz suave
y agradable. Sus ojos, tras la máscara, sin embargo, eran penetrantes—.
Reunimos evidencias. ¿Qué, quieres una de esas porquerías? ¿Por qué no?
Cogió una de las revistas y se la colocó en las manos.
—Ésa no —gruñó el otro hombre, señalando la revista, cuyo título inglés era
Hustler.
—Entonces ésta. Y esta otra. Y llévatelas pronto, soldadito, porque tenemos
mucho trabajo.

Konov obedeció. Siempre era mejor hacer lo que los poderosos querían que
hiciera. Luego, durante media hora, se sentó en el interior del portal de uno de
los altos edificios de apartamentos, para vigilar lo que pasaba fuera mientras se
entretenía examinando cuidadosamente cada página. En plena erección volvió a
mirar una de sus favoritas, la foto de una rubita en ropa interior que, de pie,
vuelta de espaldas, con la cabeza girada tímidamente hacia él, empezaba a
bajarse las bragas con el pulgar; y luego la de la morena delgada, casi como un
muchacho, que tumbada de espaldas le miraba impasible entre las piernas
abiertas.
—¿Qué es lo que has robado ahora? —le preguntó su compañero, Miklas,
apareciendo por detrás.
Konov dio un salto. En seguida le tendió una de las revistas y vio cómo los
ojos del otro soldado se abrían como platos mientras pasaba las páginas.
—¿Y hay más así en el camión? —preguntó.
—Docenas más. También samidzat, de todas clases.
—Konov —dijo Miklas, apenado—, ¿sabes lo que valen estas revistas?
Podríamos conseguir diez rublos por cada una.
—También nos podrían arrestar por saqueadores, idiota.
—Sólo si somos tan tontos como para permitir que nos capturen. No somos
saqueadores. Los de la KGB ya nos han ahorrado el trabajo.
Además, ¿qué crees que van a hacer con todo ese samidzat, sino complicarle
la vida a algún pobre hombre? Es nuestro deber —añadió Miklas, de repente
lleno de virtud— proteger los intereses de las personas que fueron expulsadas de
sus casas sin aviso. ¡Tenemos que hacer lo que podamos para evitar que les
causen daño!

Cuando los agentes de la KGB volvieron, con las manos llenas de más
papeles y una radio de onda corta, vieron a Konov y a Miklas en el interior del
camión pasando el detector de radiación sobre los fardos de papeles.
—¡Eh! —gritó uno—. ¡Gilipollas! ¡Marchaos de ahí inmediatamente!
Miklas se volvió hacia ellos con aire de disculpa, sin dejar de pasar el
aparato por encima de las revistas.
—Lo lamento mucho, señores —dijo obsequiosamente—, ¡escuchen!
El detector estaba sonando.
—¿Qué es eso? —demandó el KGB—. ¿Está este material contaminado?
—Me temo que todo —dijo Miklas, apenado—. ¿Lo han encontrado cerca de
alguna ventana abierta? ¿Tal vez expuesto al polvo? La radiactividad es tan
traicionera, señores, que uno nunca puede distinguir lo inofensivo de lo
mortífero… ¡Pero escuchen! ¡El contador va a rebasar el límite!
Entre maldiciones, los KGB sacaron a patadas los papeles del camión y se
marcharon. En cuanto estuvieron lejos, Miklas quitó el pedazo de barro
radiactivo del detector y Konov lo regó profusamente con petróleo.
—Ahora —sonrió Miklas—, nuestro único problema es cómo vamos a llevar
las revistas a los barracones.
No las podían transportar por las buenas.
—¿Tal vez una o dos cada vez? —insinuó Konov—. Podemos esconderlas
en alguna parte y llevarnos una o dos en cada viaje, escondidas dentro de los
pantalones.
Pero la expresión de Miklas había cambiado. Pasaba frenéticamente el
detector, ahora limpio, sobre las revistas.
—No junto a mis pelotas, maldita sea —gruñó, pues el instrumento emitía su
señal de contaminación más fuerte que nunca.
31
Domingo, 11 de mayo.

Se ha llamado a Afganistán el Vietnam de la Unión Soviética; y no se debe


solamente a que haya durado tanto tiempo y haya segado tantas vidas jóvenes.
Se parece a la experiencia americana en otro aspecto. Los soldados soviéticos
destacados en Afganistán han tenido por primera vez acceso fácil y barato a los
narcóticos. Las drogas nunca fueron anteriormente un problema importante para
los soviéticos. Los castigos eran demasiado duros, la vigilancia demasiado
estricta. No hay lanchas que se internen en las caletas soviéticas durante la
noche, ni aviones ligeros que atraviesen sus fronteras con cargamentos de
cocaína o heroína. Los habrían hundido o los habrían derribado. De todas
formas, los soviéticos como los rusos en tiempos de los zares, tienden al alcohol
más que a las drogas como vicio favorito. Pero Afganistán está cambiando estos
hábitos.

Justo antes de que oyera que su hijo mayor había sido arrestado por posesión
de drogas, Simyon Smin despertó de un sueño aterrador. En el sueño, le parecía
haber sido capturado por enemigos (nazis, guardias de un campo de
concentración, la Inquisición española)… No podía decir quiénes eran, pero le
habían apuñalado un centenar de veces y le habían atado a una cama mientras
máquinas infernales zumbaban y chirriaban y borboteaban a su alrededor.
Qué lástima, pensó, que el sueño no fuera tal. Todas aquellas cosas eran
reales; pese a que quienes se las habían hecho no eran enemigos: estaban
intentando salvarle la vida, no matarle entre tormentos; pero igualmente tenía
agujas clavadas en los brazos, las muñecas y el cuello, y su costado era una masa
de contusiones allí donde no había sarpullidos o llagas abiertas.
Su primer pensamiento, una vez despierto, fue para asegurarse que el
cuaderno seguía aún bajo la almohada. El segundo fue para su cuerpo. Con
esfuerzo, levantó el borde de la sábana y se miró. Su cuerpo no estaba solamente
desnudo. Estaba pelado. Lo lampiño de su pecho no terminaba al borde de la
gran quemadura de la guerra. No tenía pelo en absoluto, en ninguna parte, ni en
la cabeza. Incluso su miembro aparecía tan descubierto y expuesto como el de un
niño de seis años… y, pensó, igual de útil.
No hacía falta que le dijeran que el trasplante de médula ósea de su hijo
mayor no había dado resultado. Su cuerpo se lo comunicaba a través del dolor y
del sofoco de la fiebre.
—Camarada fontanero —pidió débilmente—. ¿Puedes llamar a una
enfermera? Necesito el bacín con urgencia.
—¡En seguida! —respondió Sheranchuk desde la otra cama, con voz
preocupada—. Pero su hijo Vassili ha venido a verle.
—Entonces que vaya a buscar a la enfermera, y que entre después.
—Ya has oído —le dijo Sheranchuk al muchacho, que esperaba en la puerta,
forzando una sonrisa que le reconfortara y preguntándose qué nueva
preocupación hacía que Vassili Smin pareciera a punto de llorar—. El puesto de
las enfermeras está al final del pasillo.
—Claro —dijo Vassili, mirando una vez más, horrorizado, hacia la cama de
su padre.
Las mamparas no alcanzaban a ocultarlo todo. Vassili vio las abrazaderas que
parecían largas y feas tijeras, aplicadas a las conexiones de los tubos para
mantenerlos tiesos, las mangueras negras y de color naranja que colgaban de las
bolsas de plástico… y, lo peor de todo, la caja azul que zumbaba y parpadeaba
con luces rojas. Cuando encontró a una enfermera y hubo regresado a la
habitación, Vassili se sentó resueltamente junto a la cama de Sheranchuk, sin
mirar hacia su padre, intentando no escuchar aquellos sonidos feos e íntimos que
provenían de él.
Sheranchuk intentó ayudarle.
—Mira —dijo, hablando para ocultar los ruidos—, mira lo que los médicos
americanos nos han traído.
Sacó una pequeña linterna, una calculadora de bolsillo y, lo mejor de todo,
una cajita extremadamente plana que cabía en la palma de la mano y que era un
despertador electrónico.
—También le han dado lo mismo a tu padre. Tal vez te regale la calculadora.
Pero Vassili no salía de su abatimiento.
—¿Qué es lo que pasa, Vassili? —preguntó Sheranchuk, alarmado—.
¿Alguna mala noticia que te preocupa?
El niño le miró a través de las lágrimas.
—Sí, tengo malas noticias, y lo que me preocupa es que debo decírselo a mi
padre.

Cuando Smin escuchó aquellas noticias, minutos más tarde, se enderezó en


la cama, ajeno a todos los tubos, cables y sondas, y exclamó:
—¿Nikolai? ¿Arrestado bajo una acusación de drogas? ¡Pero esto es
completamente absurdo!
—Es cierto, padre —gimió su hijo menor, dirigiendo una mirada implorante
a la otra cama, donde Sheranchuk se esforzaba en pretender que concentraba su
atención en la lectura de un periódico.
—No puede ser verdad —susurró Smin.
Cuando cayó contra la almohada, sin embargo, supo que tenía que serlo.
Cerró los ojos, maldiciendo en silencio. ¡Aquella terrible debilidad! Era aún peor
que el dolor. Y sin embargo, el dolor se le hacía casi insoportable, a pesar de los
esfuerzos de los médicos. Todo su cuerpo era una masa de llagas abiertas y
apestosas. Apenas podía deglutir, no conseguía orinar o vaciar sus intestinos sin
sufrir una agonía, pese a lo cual debía hacer todas esas cosas cada pocos
minutos. Pero habría podido soportar el dolor si solamente tuviera fuerzas para
actuar…, ¡para salir de aquella cama, al menos, e ir a ver a su hijo! O para
suplicar a quienes le habían arrestado. O para acudir a alguien, para hacer algo,
para intentar arreglar el asunto.
En medio de todo era una suerte que atravesara uno de los cada vez menos
frecuentes períodos de lucidez.
—Cuéntame exactamente lo que ha pasado, Vassa —suplicó.
Escuchó la explicación del muchacho de cómo los agentes estatales habían
ido por su hermano. Sí, claro que eran agentes estatales: se trataba de delito de
contrabando, a fin de cuentas, y eso estaba bajo la jurisdicción directa de la
KGB. Simplemente, habían aparecido y se habían llevado al teniente Smin. ¿Por
qué le habían acusado? Porque alguien en el hospital había efectuado ciertas
pruebas con la sangre de Nikolai, con la orina o con la médula ósea… Tenían
copiosas muestras de sus fluidos, claro, para asegurarse de que el trasplante
saldría bien. Y ese alguien había encontrado restos del hashish en el organismo
de Nikolai… y había informado de ello de inmediato.
—No debes echar la culpa a los médicos —dijo Vassili, apenado—. Era su
deber, claro.
—Claro —suspiró Smin con amargura—. ¿Y cómo se ha tomado tu madre
esto?
—Ha ido a ver qué puede hacer. La abuela también. Insistió en ir. No sé
adónde.
Smin cerró los ojos desalentado. Pero se incorporó para volverse y llamó a su
compañero de habitación.
—¿Camarada fontanero? Tengo que pedirte disculpas por haberte hecho
participar en este desagradable problema familiar…
—Soy yo quien debe pedir disculpas —repuso Sheranchuk—. Perdóneme.
Usted mantiene una conversación privada con su hijo y yo no debería estar aquí.
Con su permiso, saldré un rato a visitar a algunos amigos.
—Gracias —dijo Smin. Vio cómo Sheranchuk se incorporaba en silencio, se
colocaba la chaqueta del pijama sobre el torso desnudo y se marchaba—. Tiene
suerte —añadió para su hijo, sombríamente—. Creo que le darán de alta pronto,
mientras que yo…
—¿Sí, padre?
Smin no terminó la frase. Poco importaba ya su certeza de que no saldría
vivo del Hospital número 6.
—Ah, mi pobre Kola —susurró lleno de angustia—. ¡Si hubiera confiado en
mí!
Hubo una pausa.
—¿Qué habrías hecho entonces, padre?
—Habría intentado ayudarle, por supuesto. —Smin estudió a su hijo,
sorprendido por el tono de su voz—. ¿Crees que eso estaría mal, Vassili?
—Oh, no —dijo el muchacho rápidamente—. Por supuesto que no. Un padre
debe ayudar a su hijo.
Sin embargo, había sonado a falso. Smin frunció el ceño, intentando estar
más alerta, ser más inteligente: algo preocupaba al muchacho.
—¿Qué es, Vassa? ¿He hecho algo mal?
—¡Claro que no, padre!
—Entonces… es que… me refiero… ¿Hay algo que tengas que decirme?
—No, padre.
—Sí, padre —insistió Smin—. Tienes algún problema que no conozco,
¿verdad?
—En realidad no. Te doy mi palabra de komsomol.
—¿Pues qué es? Me falta paciencia para jugar a los acertijos, hijo. ¿Hay algo
que me quieras preguntar, tal vez sobre el accidente, sobre algo que yo haya
hecho?
—No.
—¡Sí! —gritó Smin—. No te he educado durante dieciséis años sin saber
cuándo algo te preocupa. ¡Dime lo que es!
Vassili abrió la boca. Luego la cerró, negando con la cabeza, y de pronto
estalló:
—¿Por qué me hiciste circuncidar, padre?
Smin miró a su hijo sorprendido.
—Sí, ya sé que por razones higiénicas —continuó el muchacho, rebelde—.
¿Pero no se hizo al octavo día de mi nacimiento, según la costumbre religiosa
judía?
—¿Cómo sabes que fue el octavo día? —preguntó Smin, alarmado.
—Yo no lo sabía. Ellos lo sabían.
—¿Te han interrogado? —susurró Smin, sobrecogido.
—¡Sí, los agentes, durante dos horas! Pero no tenía nada que decirles, sólo…
Bien, lo de la cena en el piso de la abuela; dijeron que fue un rito religioso. Lo
llamaron «seder». ¿Lo fue? Y luego me preguntaron por una ceremonia… el día
que cumplí doce años…
—¿Qué te hicieron?
Vassili intentó tranquilizarle.
—Nada en absoluto, padre. De verdad. Sólo me preguntaron sobre estas
cosas, y el problema fue que yo no podía contestarles. ¿Pero es cierto? ¿Tuve lo
que llamaron un «bar mitzvah» por mi cumpleaños?
Smin cerró los ojos. Era un error. Sintió que se desmayaba, que no podía
soportarlo. Se obligó a incorporarse y hablarle a su hijo.
—A los doce años tuviste una fiesta de aniversario, claro. Los doce años son
una edad significativa que requiere atención especial. Fue la mejor fiesta de
cumpleaños que tu madre y yo pudimos ofrecerte, pero desde luego no fue un
«bar mitzvah». Lo sabes. ¿Recuerdas que hubiera algún servicio religioso?
—No, padre, pero…
—No lo puedes recordar porque no hubo ninguno. Ni siquiera en secreto.
Dime, hijo. ¿Se te ha dado alguna vez instrucción religiosa? ¿De algún tipo?
¿Por mí, por tu madre, o por alguien?
Vassili dudó.
—La abuela a veces me dice cuándo es Yom Kippur.
—Tu abuela —suspiró Smin— come cerdo y cangrejo y otras cosas que le
estarían prohibidas si fuera una judía religiosa. No ha pisado una sinagoga desde
que tenía catorce años. No es religiosa, pero está algo chapada a la antigua; no
hay ningún secreto en eso. —Dudó—. La verdad es que sólo se la podría
considerar judía porque su madre lo era. Igual que yo, Vassili. Pero tú no. Tu
abuela no decidió considerarse a sí misma judía hasta que cumplió los cincuenta
años, cuando ya ser judío estaba mal visto.
—¿Por qué mal visto?
—¿Por qué? ¿No has oído hablar nunca del Complot de los Doctores? ¿No?
Bueno, para los judíos fue una mala época. Stalin proclamó que conspiraban
para destruirle.
—¿Quieres decir que la abuela no se toma en serio lo de ser judía?
—Tu abuela siempre se lo toma todo en serio —dijo Smin con severidad. El
dolor volvía—. Pero tú no eres judío. Mira tu pasaporte. Dice «ruso».
Vassily pareció molesto.
—Sin embargo, después de que me interrogaran, el KGB me llamó «zhid».
—¡Entonces demándalo! —exclamó Smin—. ¡No tenía derecho! No has
hecho nada malo. No tienes nada que temer.
Vassili le miró, con los ojos de alguien de más de dieciséis años.
—¿Y tú tienes algo que temer, padre?
Smin consideró la cuestión un instante, luego sacudió dolorido la cabeza. La
respuesta adecuada habría sido ya no, porque todos los obstáculos con los que
quizá tuviera que enfrentarse quedaban minimizados por un hecho central.
Estaba más allá de la justicia de los hombres. Iba a morir, y no temía a la muerte.
—¿Me preguntas si iré a la cárcel? No. Estoy seguro de que no.
El muchacho reflexionó un momento, con la cara sombría. Smin le observó.
—Vassa, hay más —dijo amablemente—. ¿Qué es?
—¿Qué es qué, padre? —preguntó el niño.
—Por favor —suplicó Smin—. Aún tienes algo en la cabeza. Dime lo que es.
—Padre, estás muy cansado —explicó el muchacho—. No es justo que te
preocupes.
Entonces volvió a mirar la cara de su padre y se encogió de hombros.
—Antes de que Nikolai fuera… arrestado… estuvimos, bueno, hablando.
—¿Sobre qué?
Y entonces todo surgió. El muchacho empezó a pontificar como si estuviera
haciendo un informe a su grupo komsomol: los fallos de liderazgo, la tolerancia
de irregularidades, la necesidad de disciplina.
—Ah —asintió Smin—. Ya veo. Tu hermano dijo que deseaba que volviera
Stalin. ¿Es eso?
—Pero lo que dijo tenía sentido, padre. ¡Con Josef Vissarionovich teníamos
un liderazgo firme! ¡Dio un gran impulso a la disciplina!
—¡Fue un asesino, Vassili!
—¡Padre!
Se miraron uno al otro. Vassili desvió primero la mirada.
—Deberías descansar —aconsejó—. Sí, sé lo que quieres decir. El camarada
Stalin ordenó fusilar a algunas personas.
—¿A algunas personas? Vassili, ¿sabes a cuántas?
El muchacho se encogió de hombros.
—Unos pocos centenares, supongo.
—¿Unos pocos? ¡Fueron millones, Vassili! No sólo troskistas y
saboteadores…, ¡la mitad de los líderes del Partido Comunista! ¡La mayoría de
los altos oficiales del Ejército! ¡Y no menciono a los campesinos que murieron
de hambre por la colectivización forzosa de la tierra, ni a los millones y millones
que fueron enviados a campos de concentración para que murieran allí, y los
pocos que regresaron lo hicieron con la salud destrozada y la vida arruinada!
—Hablas de él como si hubiera sido un tirano —dijo Vassili, sorprendido—.
Y eso es imposible.
—Es verdad. ¿No sabes nada? ¿Nunca has oído hablar del discurso de
Jruschev en el Congreso del Partido, en 1963?
—En 1963 yo no había nacido.
—¡Pues deberías saberlo! ¡Deberías haberte preocupado por conocer estas
cosas!
—¿Cómo podía saberlo? —preguntó Vassili—. ¡Si son verdad, tú deberías
habérmelas contado!

A las diez de la noche, el Hospital número 6 se había quedado en calma. La


mayoría de los pacientes dormían. Los pasillos estaban vacíos. Las enfermeras y
los médicos de guardia hablaban en susurros mientras hacían sus rondas,
verificando temperaturas, dando una inyección de ciclosporina aquí y un
antibiótico allá, cambiando las ropas a un quemado, facilitando un bacín cuando
hacía falta, reponiendo las bolsas de plasma, la sangre, las soluciones salinas y la
glucosa que fluían a las venas de los heridos. Incluso los comedores, donde los
parientes estaban autorizados a esperar, se hallaban casi vacíos cuando Vassili se
acurrucó bajo una mesa e intentó dormir.
No fue fácil. El muchacho se odiaba a sí mismo por haber discutido con su
padre justo cuando éste necesitaba toda la fuerza y toda la ayuda que pudiera
conseguir para seguir vivo.
Vassili, además, tenía mucha hambre. La muchacha pálida de apellido
lituano que ahora dormía sobre una manta puesta en el suelo le había dado dos
rebanadas de pan y media manzana horas antes. Pero después se había enterado
de que él no era más que el hijo de un paciente («Pues yo soy la hermana, y por
eso es más probable que mi médula sea compatible», había dicho con orgullo) y,
todavía peor, de que sólo tenía dieciséis años.
Vassili empezó a pensar que era muy probable que su padre no saliera vivo
de este hospital.
Le costaba enfrentarse a este hecho. Vassili nunca había considerado la
posibilidad de que su padre muriera. No encajaba con ninguna de sus
experiencias. Durante toda su vida, Simyon Smin había estado presente,
rebosando vitalidad. El muchacho no podía imaginar un mundo donde su padre
faltase. Trece días antes el pensamiento de la muerte de su padre le habría
parecido ridículo, y lo habría ignorado. Ahora ya no era ridículo, pero seguía sin
poder aceptarlo.
Por otro lado, Vassili no era tonto. Cuando la doctora se había detenido en el
pasillo para hablarle, Vassili estudió con cuidado el tono de sus palabras y la
expresión de su cara.
—Su estado es muy grave —le había dicho—, pero estamos haciendo todo lo
que podemos.
Eso se podía interpretar como una esperanza, ¿no?
Pero un momento después la había oído hablar con la muchacha lituana, y el
tono de la doctora era el mismo, la expresión era la misma, incluso las palabras
eran casi exactamente las mismas; y Vassili sabía con toda seguridad que lo que
la doctora hacía era preparar a la joven para el hecho de que su hermano, el
bombero, se estaba muriendo.
Mediante un teorema geométrico podía demostrarse que ambos casos eran
iguales, y por tanto la esperanza que Vassili había hallado en las palabras de la
doctora no tenía base real.
Vassili Smin se levantó. Demasiadas preocupaciones. Ni siquiera un
muchacho de dieciséis años podía dormir con un hermano en la cárcel y el padre
muriendo a pocos metros. Fue a echar una mirada a la habitación. El ingeniero
Sheranchuk roncaba, con una mano sobre la cara. Tras las mamparas, Vassili
pudo ver a su padre, que también dormía. El muchacho pensó en coger una silla
y sentarse a su lado. Rechazó el pensamiento, porque podía despertar a su padre
y, además, empezaba a sentirse mareado en la atmósfera del hospital. No era
solamente que la gente estuviera enferma…, ¿para qué estaban los hospitales,
sino para albergar a gente enferma? No era tampoco que su padre fuera un
enfermo más. Lo difícil de aceptar era la juventud de las personas que morían:
muchachos, algunos de ellos, más jóvenes que su hermano, pero ya calvos y con
los ojos brillantes. ¡Ni siquiera tenían cejas!
Todo era demasiado extraño y demasiado horrible para Vassili Smin.
Bajó las escaleras, saludó al adormilado guardia de la puerta y salió a la
suave noche de primavera. ¡Vaya, había coches en las calles! Incluso gente en las
esquinas, que gritaba para parar un taxi. ¡Como si el precio del desastre de
Chernobyl no lo estuvieran pagando tantos y tan cruelmente a sólo una pared de
distancia! Era casi reconfortante encontrarse en una calle, entre gente no
relacionada con la tragedia. Vassili se sintió libre. Recorrió el exterior del
edificio, hacia la iglesia de torres blancas y doradas, giró a la izquierda, siguió
adelante, doblando sucesivas esquinas. Fue un largo paseo. Debería haberle
cansado. Pero no le cansó. La ola de fatiga no le acometió hasta que estuvo de
vuelta en la puerta del hospital, cuando iba a subir de nuevo las escaleras hacia la
habitación de su padre.
Smin tenía los ojos abiertos. Se llevó un dedo a los labios y le hizo al
muchacho un gesto para que entrara.

Cuando Aftasia Smin llegó al comedor, furiosa y triunfante, empujando al


avergonzado y arisco teniente Nikolai Smin ante ella, despertó a todo el mundo.
Vassili se frotó los ojos, mirando a su hermano, mientras Aftasia preguntaba:
—¿Cómo está tu padre? ¿Por qué no nos dejan entrar en su habitación?
Las dos esposas de pacientes, sentadas una junto a otra ante una de las
mesas, se susurraron algo, y la hermana del bombero de nombre lituano miró al
hombre que vestía uniforme de las Fuerzas Aéreas con interés.
—También a mí me hicieron salir, abuela —respondió Vassili—. Dijeron que
tiene que dormir.
Aftasia bajó la voz.
—Entonces nos quedaremos hasta que despierte, para que vea que este
criminal hijo suyo se ha librado del castigo por sus crímenes.
Miró en torno con ojos que decían a las otras mujeres que se ocuparan de sus
asuntos, mientras el teniente se sentaba con cuidado junto a su hermano,
gimiendo «Coño» al notar la dura madera de la silla.
—¿Pero qué ha pasado? —preguntó Vassili quejumbrosamente.
La expresión de su abuela era sombría.
—Le saqué —dijo. No especificó a qué viejos camaradas del Partido había
llamado, o la suerte que había tenido de que el acusador fuera hijo de alguien
que había servido a las órdenes de su difunto esposo. Se limitó a explicar—: Al
menos no le encontraron esa porquería que él dice que no tiene.
—Me dolía el culo donde me clavaron esa aguja —dijo Nikolai, testarudo—.
Simplemente tomé unos calmantes.
—Ah, sí —asintió Aftasia—, eso es lo que les dijiste a los agentes, y por
supuesto se te rieron en la cara. La doctora Ajsmentova es tan tonta que
confundió aspirina con hashish…, por no mencionar que la prueba sanguínea se
hizo antes de que donaras la médula. —Nikolai se encogió de hombros—. De
todas formas —continuó ella—, si eres inteligente y vas al sitio donde tienes
escondida esa cosa que no tienes, y la tiras por el desagüe antes de que te cojan
con ella, entonces tal vez se olvide todo esto. No será por la endeble evidencia
de una muestra de sangre por lo que te arrestarán.
Nikolai la ignoró y se volvió a su hermano.
—Y nuestro padre, ¿está mejor?
Vassili dudó un instante, luego dijo apesadumbrado:
—Creo que está un poco peor. Ahora han colocado mamparas de plástico a
su alrededor, y es todavía más difícil verle. Estuvimos hablando un rato.
—¿Sobre qué? —preguntó Aftasia Smin.
Vassili resopló.
—Hablamos de cosas políticas, abuela. Temo que me excité un poco, y eso
no fue bueno para él. Culpa mía.
—¡Idiota! —le espetó su hermano.
—Tienes razón —se excusó Vassili, agachando la cabeza—. Fui un idiota al
molestarle cuando estaba tan enfermo, pero por lo menos… —Se tragó el resto
de la frase. Debería haber terminado: «pero, por lo menos a mí no me arrestaron
por traficar con drogas», pero no quería decirlo—. Por lo menos —se corrigió—,
durmió un rato. Volví a verle después.
—¿Y?
—Y me pidió que hiciera algo por él, aunque al principio no entendí lo que
quería. Era que echara una carta al correo.
—¿Una carta? —preguntó su abuela—. ¿Qué clase de carta?
—¿Cómo puedo saberlo? Era bastante gruesa. Y estaba dirigida a sí mismo, a
tu casa, abuela. Y luego, cuando volví… —Dudó—. Bueno, hablamos un poco,
pero creo que deliraba. Me miraba, pero se dirigía al «Camarada miembro del
Comité Central».
Aftasia Smin frunció el ceño y escudriñó en derredor. Cuando habló, lo hizo
en voz mucho más baja:
—¿Sí? ¿Y qué tenía tu padre que decirle a un miembro del Comité Central?
Vassili estaba a punto de llorar.
—Decía cosas extrañas, abuela. La verdad es que no pude comprenderle.
Pero me decía, o le decía, al miembro del Comité Central que creía que era yo,
que aprobaba la sugerencia de elecciones libres al Soviet Supremo. Dijo que
sería excelente que hubiera más de un candidato para cada puesto, ¡incluso tal
vez bajo la designación de otro partido político, o dos!
—Ah —dijo tristemente Aftasia Smin—. Ya veo. Tienes razón, Vassili.
Deliraba.
32
Miércoles, 14 de mayo.

Han pasado dieciocho días desde la explosión en la central nuclear. Todos los
televisores de la Unión Soviética están encendidos y a la espera de un mensaje
importante, y Mijail Gorbachov aparece en la pantalla. Su rostro es grave, pero
su presencia firme. Empieza a hablar:
—Buenas noches, camaradas. Como todos ustedes saben, una desgracia ha
caído sobre nosotros: el accidente de la central nuclear de Chernobyl. Ha
afectado dolorosamente al pueblo soviético y ha provocado la ansiedad del
público internacional. Por primera vez en la historia nos hemos enfrentado a una
fuerza tan siniestra como la energía nuclear que ha escapado al control.
»¿Qué es lo que sucedió?
»Según los especialistas informan, la capacidad del reactor se incrementó de
repente durante una desconexión programada en la cuarta unidad. La
considerable emisión de vapor y la reacción subsiguiente dieron como resultado
la formación de hidrógeno, su explosión, el daño al reactor y la descarga
radiactiva correspondiente.
»Es aún pronto para emitir un juicio sobre las causas del accidente. Todos los
aspectos del problema (diseño, construcción, técnico y operacional) están siendo
investigados de cerca por la comisión del Gobierno.
»No hace falta decir que cuando se complete la investigación del accidente y
se llegue a las conclusiones necesarias, se tomarán medidas para evitar la
repetición de algo parecido.

A treinta kilómetros del reactor, el soldado Konov estaba encorvado sobre su


cena, pero con los ojos fijos en la pantalla. Apenas sabía qué estaba comiendo.
Una lástima; era pollo que había traído un granjero local y que los técnicos
habían aprobado después de pasar los detectores por encima de sus plumas e
incluso sobre su vientre abierto.
—Parece que estaremos aquí mucho tiempo —murmuró el soldado sentado a
su lado.
—Estaremos aquí hasta que terminemos el trabajo, Miklas —replicó Konov
—. ¡Calla, por favor! Quiero oír lo que dice.
Y la voz de Gorbachov continuó:
—La gravedad de la situación era obvia. Fue necesario evaluarla urgente y
competentemente. Y en cuanto recibimos información inicial fiable, se puso a
disposición del pueblo soviético y se envió a través de los canales diplomáticos a
los gobiernos de los países extranjeros.
»Consideramos entonces de máxima prioridad reforzar la seguridad de la
población y proporcionar asistencia efectiva a aquellos que habían sido afectados
por el accidente.
»Los habitantes de las poblaciones cercanas a la central fueron evacuados en
cuestión de horas y luego, cuando se descubrió que había una amenaza potencial
para la salud de las personas en la zona adyacente, también se las trasladó a lugar
seguro.
»Sin embargo, las medidas tomadas no consiguieron salvar a todos. Dos
hombres murieron en el accidente, un ajustador de los sistemas automáticos y un
operador de la central.
»Hasta la fecha de hoy, había 299 personas hospitalizadas bajo diagnóstico
de radiación en diversos grados de gravedad. Siete de ellas han muerto. Al resto
se les está aplicando el mejor tratamiento posible.

En su apartamento de Kiev, el matrimonio Didchuk y los abuelos estaban


reunidos en torno a su aparato.
—No menciona a los niños evacuados —se quejó la señora Didchuk.
—Porque seguro que ninguno de ellos sufre radiación —la tranquilizó su
esposo—. Después de todo, hablamos con nuestra hija por teléfono ayer mismo.
—¡No quiero hablarle por teléfono! ¡Quiero abrazarla!
—Pronto, querida. ¡Mira ahora! ¡El camarada Gorbachov está furioso!
Al menos, había torcido el gesto mientras decía duramente:
—No puedo dejar de mencionar otro aspecto de este asunto. Me refiero a la
reacción que ha habido en el extranjero sobre lo sucedido en Chernobyl. —Se
detuvo un instante. Su expresión se suavizó al continuar—: En todo el mundo, y
hay que recalcarlo, la desgracia que ha caído sobre nosotros, y nuestras acciones
en esta complicada situación, han sido tratadas con comprensión.
»Estamos profundamente agradecidos a nuestros amigos de los países
socialistas que han mostrado su solidaridad con el pueblo soviético en un
momento difícil. Estamos agradecidos a las figuras políticas y públicas de otros
estados por su sincera simpatía y apoyo.
»Expresamos nuestros más cálidos sentimientos a los científicos extranjeros
y a los especialistas que se han ofrecido rápidamente para ayudar a remediar las
consecuencias del accidente. Me gustaría hacer notar la participación de los
médicos americanos Robert Gale y Paul Terasaki en el tratamiento de las
personas afectadas y expresar gratitud a los círculos financieros de aquellos
países que rápidamente reaccionaron a nuestra petición de ciertos tipos de
equipo, materiales y medicinas.
»Pero… —y ahora frunció el ceño—, es imposible ignorar y no evaluar
políticamente la manera en que el suceso de Chernobyl ha sido tratado por los
gobiernos, las figuras políticas y los medios de comunicación de ciertos países
de la OTAN, especialmente los Estados Unidos de América.
»Han desatado una feroz campaña antisoviética.
»Es difícil imaginar lo que se ha dicho y escrito estos días…: “miles de
bajas”, “enterramientos en masa”, “Kiev asolada”, que “toda la tierra de Ucrania
ha sido envenenada”, y así sucesivamente.
»Hablando en general, nos encaramos a una verdadera montaña de
mentiras…, mentiras descaradas y maliciosas. Es desagradable resaltar esto, pero
hay que hacerlo. El público internacional debería saber a qué nos enfrentamos,
para encontrar respuesta a la pregunta: ¿Qué hay detrás de esa campaña
absolutamente inmoral?
»Sus organizadores, a buen seguro, no están interesados en la información
veraz sobre el accidente o sobre el destino de la gente de Chernobyl, de Ucrania,
de Bielorrusia o de cualquier otro lugar de cualquier otro país.
»Necesitaban un pretexto para difamar a la Unión Soviética y su política
exterior, para atenuar el impacto de las propuestas soviéticas para la terminación
de las pruebas y la eliminación de las armas nucleares, y, al mismo tiempo,
enturbiar el creciente criticismo que en el escenario internacional despiertan la
conducta americana y su rumbo militarista.
»Hablando claramente, ciertos políticos occidentales tenían propósitos bien
definidos: torpedear las posibilidades de equilibrio en las relaciones
internacionales, sembrar nuevas simientes de desconfianza y recelo hacia los
países socialistas…
En su apartamento, Warner Borden se levantó para volver a llenar el vaso de
Emmaline, pero ella colocó la mano sobre el borde.
—Nada más, por favor —dijo—. Tengo que volver a casa. Pero gracias por
dejarme ver tu televisión.
—No me lo agradezcas a mí —sonrió él, con la botella en la mano, por si
ella cambiaba de opinión—. Agradécelo al amigo Gorbachov. Está montando
todo un show.
Emmaline dudó.
—La verdad es que pienso que tiene razón.
—¿En qué? ¿En lo que dicen los periódicos en América? Bueno, querida, si
ellos hubieran publicado la verdad no se habrían producido especulaciones.
—Supongo que así es —dijo Emmaline, pensativa—. De todas formas, ha
mencionado a los médicos americanos.
—Claro. Una línea. Y ahora… escucha, va a empezar a hablar del desarme.
No querrás perdértelo. Y mira, queda un poquito en la botella. Podríamos
terminarla.

—El accidente de Chernobyl —decía Gorbachov— nos muestra una vez más
el abismo que se abrirá si una guerra nuclear se abate sobre la humanidad. Pues
inherentes a los arsenales nucleares almacenados hay miles y miles de desastres
aún más horribles que el de Chernobyl…
»La era nuclear demanda un nuevo enfoque de las relaciones internacionales,
la suma de esfuerzos entre estados con diferentes sistemas sociales para poner
fin a la desastrosa carrera armamentista y lograr una mejora radical del clima
político mundial…
Pero en la habitación de Simyon Smin, en el Hospital número 6 de Moscú,
nadie escuchaba las palabras que brotaban del televisor, aunque Vassili Smin
miraba fijamente la pantalla con los ojos inundados de lágrimas. Su hermano
Nikolai estaba apoyado contra la ventana, con la frente en el cristal y los ojos
cerrados. Su madre miraba al vacío con una expresión que no era airada ni triste,
sino la mirada frustrada de una mujer que no podía creer que las cosas le
hubieran salido tan mal.
Al otro lado de la habitación, su abuela le cerraba los ojos al padre. Las
mamparas de plástico habían sido apartadas. La máquina renovadora de sangre
estaba en silencio, con las luces apagadas. Simyon Smin parecía dormido, con la
boca abierta y la cara franca y amistosa convertida en una máscara.
—¿Qué dijo antes, que nueve personas habían muerto a causa de Chernobyl?
—preguntó Aftasia—. Ahora ya son diez.
33
Viernes, 16 de mayo.

En la ciudad de Mtino, no lejos de Moscú, hay un tranquilo cementerio. A


doscientos metros de su entrada se ha reservado un recinto especial. Sólo
contiene unas pocas tumbas, aunque hay espacio para muchas más. Se le llama
el «Jardín de los Héroes». Todas las personas enterradas allí tienen una cosa en
común: murieron en el mismo lugar (el Hospital número 6) y procedían del
mismo sitio: la central nuclear de Chernobyl. No fueron muchos los asistentes al
funeral de Simyon Mijailovitch Smin: sólo diez personas. Sus dos hijos, su
esposa, su madre. Dos médicos del Hospital número 6. Su fiel «camarada
fontanero». El segundo secretario del Partido Comunista de Pripyat, contento de
tomarse un día libre de las otras obligaciones por las que estaba en Moscú, para
participar en las exequias de Smin. Y otros dos. Eran éstos quienes sorprendieron
a los doctores y probablemente también al secretario, porque habían llegado en
un Zil y en el grupo se susurraron sus nombres: los camaradas P.V. Mishko y
A.P. Milaktiev, miembros del Comité Central. Sólo la vieja Aftasia Smin tuvo la
temeridad de acercarse a ellos y saludarles por sus nombres, aunque después
ambos hablaron, o al menos saludaron a todos los demás, de manera afable.
—Gracias por haber venido, Fedor Vassilievich —dijo Aftasia al mayor de
los dos.
—Ah, ¿pero por qué no? —protestó el ministro—. Tu hijo era un buen
hombre. Murió como un héroe. No hay ninguna duda en mi mente de que,
cuando la comisión investigadora concluya su trabajo, se revelará que su
conducta ha sido ejemplar. Además —añadió—, ya no quedan muchos viejos
bolcheviques a los que presentar mis respetos cuando muere un miembro de la
familia.
Aftasia no hizo caso de esto.
—¿Estás seguro de que ésas serán las conclusiones de la comisión? —
preguntó.
Milaktiev respondió por él.
—Nadie puede predecirlas hasta que se reúnan todas las evidencias. El fallo
humano es siempre posible. Pero yo mismo he visto la mayoría de las
declaraciones. Tu hijo cometió irregularidades, Aftasia Israelovna, pero siempre
por el bien de la central, no por lucro propio.
—Estoy de acuerdo —asintió Mishko—. Y puedes verlo por ti misma: se le
está ofreciendo un entierro honorable.
—Pero pequeño —dijo Aftasia fieramente. Luego se calmó—. En cualquier
caso, es bueno que hayáis venido. Dejadme que os presente a su viuda y sus
hijos.
Milaktiev se aclaró la garganta y miró a su alrededor. Estaban demasiado
lejos para que los demás pudieran oírles, pero parecía tener miedo de hablar.
—Aftasia Israelovna, ¿puedo decir que tienes muy buen aspecto? Hemos
sabido muy poco de ti durante tantos años… Se habría creído que estabas muy
enferma, o retirada a un asilo de ancianos…
—¿O muerta? Sí, eso es cierto. He vivido en silencio durante mucho tiempo.
¿Por qué no? Soy una vieja; no tengo nada que decir.
—No estoy de acuerdo —replicó Mishko—. Creo que tienes mucho que
decirnos, y es en este momento en particular cuando habría que escuchar a los
viejos bolcheviques.
Aftasia le miró apreciativamente. Mishko no era un hombre alto, pero la
sobrepasaba en mucho.
—¿Por qué este momento en particular?
—Es tiempo de grandes cambios. Lo sabes. Veo que tu mente sigue lúcida,
¿no es verdad?
—He tenido muchas ideas lúcidas en todos estos años. No era la única en
pensar con claridad. Muchos de mis viejos camaradas también pensaban como
yo, y expresaron sus pensamientos en voz alta. La mayoría de ellos llevan
muertos más de cincuenta años por tal razón.
—Estás hablando de los excesos de los años de Stalin —asintió Mishko—.
Esta época es diferente.
—¿Sí? ¿Está Lefortovo vacía ahora? Bien, sí, es una época diferente, pero
cuesta trabajo desprenderse de los viejos hábitos. Yo tenía un hijo que criar,
Fedor Vissarionovich. No tenía padre, y no podía consentir que perdiera también
a su madre. Mantuve la boca cerrada. No sentía ningún deseo de quedarme
sentada en un campo durante treinta años, mientras Simyon crecía sin nadie que
le cuidara. Aprendí a callar.
—Todos hemos aprendido, y por las mismas razones.
—Sin embargo, supongo que ahora no pasaré treinta años en los campos, ¿no
es así? —sonrió—. Fedor Vissarionovich, no somos extraños. Tu padre me pidió
que me casara con él en 1944, y si no le hubieran arrestado habría cuidado de ti
como de mi propio hijo.
—Ojalá hubiera ocurrido —dijo Mishko, y era sincero.
—Entonces, ¿por qué no me hablas con franqueza? ¿Hay algo que queráis
que haga?
—Quizás éste no sea el lugar adecuado para discutir el asunto… —dijo
Milaktiev, incómodo.
—Oh, vamos, suéltalo, hombre —replicó ella, enfadada—. ¿No me has
llamado vieja bolchevique? Bueno, lo soy. No soy una florecilla delicada que no
puede sentir más que pena en el funeral de su único hijo. Él no querría eso de mí.
¿Por qué habríais de quererlo vosotros?
—Bien —dijo Mishko, mirando a su compañero—. El hecho es que algunos
de nosotros tenemos ciertas proposiciones que hacer…

Sheranchuk vio cómo la anciana hablaba con los hombres del Comité
Central, impaciente porque la ceremonia empezara. Una mujer vestida con un
bonito vestido beige se le acercó.
—Soy la doctora Ajsmentova —anunció—. La hematóloga del Hospital
número 6. Estaba a cargo de los análisis de sangre de usted y de todos los otros
pacientes.
—Gracias por su trabajo —dijo amablemente Sheranchuk—. No la había
reconocido sin la bata blanca.
—Pero yo le reconocí a usted, camarada Sheranchuk. He hecho lo posible
por saber quién era para poder hablarle antes que le den de alta. Será mañana,
¿no?
—Eso espero —dijo Sheranchuk, alarmado—. ¿Hablarme de qué?
La mujer se pasó la lengua por los labios.
—Esperaba que su esposa le informaría de este asunto, pero creo que se ha
marchado.
—La enviaron de regreso a su trabajo regular, sí. ¿De qué asunto habla?
—Verá… —reflexionó la doctora—. Realizo mi labor con mucho cuidado.
No es suficiente ser técnicamente correcta. Según mi punto de vista, mi deber
me obliga a advertir a mis pacientes sobre cualquier hecho inusitado que
encuentre.
Sheranchuk empezaba a enfadarse con aquella meticulosa mujer.
—¿Y qué hechos ha descubierto sobre mí? —preguntó, con un tono más
irónico de lo que pretendía.
—No sólo sobre usted, camarada Sheranchuk. Sobre su esposa y el chico,
Boris Sheranchuk.
—¿Sí? —inquirió él, definitivamente irritado.
—Su sangre es del tipo O, camarada Sheranchuk. Su esposa es del tipo A. El
chico, AB.
Se colocó las manos en la cintura cuando terminó de hablar, mirándole en
silencio.
—La verdad, doctora Ajsmentova —protestó él—. No entiendo nada de esos
asuntos. Si es peligroso para mi hijo…
Pero ella negó con la cabeza.
—No es peligroso para su salud, no, ése no es el caso. Tengo experiencia
como testigo en este tipo de asuntos. En juicios de paternidad, por ejemplo,
donde los grupos sanguíneos pueden identificar al padre de un hijo ilegítimo. Y
le aseguro, camarada Sheranchuk, que si su esposa hubiera entablado un juicio
de paternidad contra usted cuando nació el niño, usted no habría podido
perderlo.

El funeral fue lo suficientemente largo para ser decente y lo bastante corto


para que el segundo secretario no se encontrase más tarde con que había hecho
declaraciones excesivamente entusiastas: diez minutos. Luego el féretro fue
bajado a la fosa y los asistentes, uno a uno, echaron paladas de tierra. Luego aún,
naturalmente, llegó la hora de retirarse y dejar que los sepultureros
profesionales, que esperaban apoyados en sus palas, terminaran el trabajo.
Pero nadie quería marcharse hasta que lo hicieran los dos hombres del
Comité Central, y éstos parecían no tener prisa. Dieron la mano a todo el mundo,
besando a los miembros de la familia, intercambiando con ellos palabras
amables. ¿No tenían nada mejor que hacer aquellos altos cargos del Partido?, se
preguntó Sheranchuk, enfermo de vergüenza y rabia. Por supuesto, su ira no iba
dirigida contra los dos hombres, y cuando le dieron la mano se las arregló para
responder a sus preguntas sobre su salud, y hasta se sorprendió de que supieran
su nombre.
—Pues claro, camarada Sheranchuk —sonrió Mishko, el mayor y más
apuesto de los dos—. Hemos leído su declaración, y todas las relativas al
accidente. ¡No tenemos más que alabanzas para su esfuerzo y su valor!
—Es demasiado pronto para hablar de condecoraciones —añadió
cálidamente Milaktiev—, pero si alguien merece una, es usted.
Sheranchuk consiguió darles las gracias. Les miró lleno de perplejidad hasta
que, más de media hora después de que el servicio terminara, el ministro Mishko
miró su reloj y dijo, lo bastante claro para que todos pudieran oírle:
—Oh, pero si son ya casi las tres y tengo una cita en Gosplan a las tres y
media…
—Y yo debo volver a mi despacho —añadió Milaktiev—. ¿Puedo llevar a
alguno de ustedes? ¿No? Entonces permíteme que te deje en tu oficina, Fedor
Vassilievich. ¡Espero que todos nos volvamos a ver en momentos más felices!

Los momentos más felices no habían llegado aún cuando Milaktiev regresó a
su oficina. Saludó a su secretaria, abrió la puerta de su despacho privado y se
detuvo, mirando la mesa.
En ella había un sobre grande, cuadrado, y alguien había escrito a mano: A la
atención personal de A. P. Milaktiev, exclusivamente.
Milaktiev dejó la puerta abierta, se acercó a la mesa y abrió el sobre, tras
forcejear con el triple lacre. Miró el documento que había en el interior. No lo
acompañaba ninguna carta. No constaba ningún nombre en él, ni en el sobre. No
había nada que indicase de dónde procedía, pero lo que decía era muy claro.
Proponía «Un Movimiento para la Renovación Socialista» y, aunque estaba
escrito en un lenguaje formal y frío, el texto era sorprendente. Cada frase saltaba
del papel:
Nuestro país ha alcanzado un límite más allá del cual amenaza un retraso
insuperable… La URSS está a punto de convertirse en una de las naciones
subdesarrolladas… Hay que combinar reformas políticas y económicas…
Exigimos diferentes organizaciones políticas que compitan, controladas por el
pueblo a través de elecciones libres… Debemos cumplir con principios tan
fundamentales del Estado socialista como la libertad de expresión, prensa y
reunión, la inmunidad personal, de correspondencia privada y de llamadas
telefónicas, y la libertad de asociación…
Todo estaba allí, palabra por palabra.
Milaktiev leyó el documento, las diecisiete páginas escritas a máquina,
mientras la secretaria le miraba con curiosidad a través de la puerta abierta.
Después alzó la voz en un rugido:
—¡Margetta Ivanovna! ¿Qué es esta cosa? ¿De dónde ha venido?
Ella corrió nerviosa a su lado.
—La entregaron en mano. Un soldado. Dijo que era urgente y sólo para
usted…
—¿Y no le preguntó su nombre? ¿No le hizo que mostrara ningún tipo de
identificación? ¿Y si hubiera sido una bomba o algo infectado con una
enfermedad mortal? ¿Le parece bien permitir que cualquier criminal entre aquí y
deje lo que le venga en gana en mi despacho mientras estoy ausente y usted está
a cargo de todo?
La secretaria rompió a llorar al minuto siguiente, no tanto por la violencia de
las palabras sino por el terrible contraste que había con sus maneras
habitualmente amables. Bueno, pensó él, ya volvería a ser cortés con ella en
cualquier otra ocasión. Lo importante era que se diera cuenta de que estaba
completamente sorprendido, incluso indignado por el hecho de que aquel
documento subversivo hubiera aparecido de la nada… Porque, cuando
empezaran a investigar quién lo había mandado, el último lugar donde mirarían
sería entre aquellos que habían recibido una copia de un extraño.
34
Lunes, 19 de mayo.

En torno a las ruinas del reactor número cuatro de la central nuclear de


Chernobyl se están levantando escudos de hormigón. El demonio aún aulla en su
interior, pero lo peor de la radiación del núcleo en sí se halla contenido. Grúas
con blindajes de plomo en las cabinas trasladan los escombros contaminados a
camiones también protegidos para que se los lleven. En los otros edificios, en los
campos, en la ciudad de Pripyat, las superficies que no han sido revueltas o
cubiertas con tierra fresca, al menos han sido lavadas, regadas o pintadas con un
compuesto de látex. Incluso se han atendido las granjas situadas dentro del radio
de treinta kilómetros de zona evacuada. Los granjeros suplican que les dejen
volver para cuidar de sus cosechas, pues el área al norte de Kiev es la principal
fuente de alimentos de la Unión Soviética. Sus inviernos son más suaves que los
de Moscú, y el suelo es negro o gris, el más rico del mundo. Moscú cultiva coles
y centeno. Alrededor de Chernobyl cultivan trigo y maíz, y el soldado Sergei
Konov sabe que la Unión Soviética necesita estos productos.
Por ello, cuando le ordenaron que acompañara a uno de los tres técnicos
vestidos de blanco a los campos de cereales, Konov obedeció sin queja. Hacía
calor. Las bandas rojas y blancas de la torre de Chernobyl se veían en el
horizonte… Al menos ya no salía humo de la central.
El trabajo en los campos era duro. Casi más duro que obturar las alcantarillas
con cemento rápido o trasladar escombros, pues Konov llevaba dos tanques de
petróleo a la espalda para no perder tiempo repostando, y eran pesados. Cuando
los detectores del técnico señalaban un parche de radiactividad entre los altos
tallos, Konov daba un paso al frente y lo rociaba a conciencia, destrozando aquel
metro cuadrado de futura cosecha para que el resto pudiera crecer sin daño.
Aunque no imaginaba quién iba a comer aquel grano cuando madurase.
A mediodía, el técnico insistió en hacer un descanso (fue decisión suya, no
de Konov) y Konov le preguntó qué le pasaría al trigo. El hombre se apartó la
mascarilla de la boca para responder.
—Todo depende de los niveles de radiación —dijo—. La medirán después de
la cosecha. Si sobrepasa el nivel de peligro, almacenarán el trigo hasta que el
nivel baje.
Sacó un paquete de cigarrillos y le ofreció uno a Konov, pero el soldado
negó con la cabeza. Muy bien que el técnico se quitara la mascarilla si quería,
pero Konov no había olvidado las órdenes. Y aquella noche, de vuelta a los
barracones, cuando retiró la mascarilla de su boca y nariz y la tendió al
encargado para que la verificara, escuchó un débil pero ominoso bibibibibip del
detector de radiación.
—Nada serio —dijo el hombre, bostezando.
Pero hubo veneno en el aire después de todo, y Konov se alegró de que él, al
menos, se hubiera quedado con la máscara puesta.

La cena fue lo de costumbre: sopa, pescado salado, patatas. Durante ella, sin
embargo, circuló un rumor: dentro de treinta días las tropas iban a ser relevadas,
pues el reemplazo del verano proporcionaría nuevos reclutas en abundancia.
—Bueno —dijo su amigo Miklas, que mojaba pan en el té—. Dejemos que
los novatos se frían las pelotas.
Konov siguió comiendo en silencio durante un momento.
—Creo que me gustaría seguir aquí —dijo con despreocupación.
Miklas no pudo ocultar su asombro.
—¿Qué estás diciendo, Seryozha? —preguntó—. ¡Aquí no hay ni chicas que
te tienten a quedarte!
—Tampoco hay chicas en Mtintsin, sólo cerdos —dijo Konov, doblando
cuidadosamente su rebanada de pan negro para morderla.
—Los cerdos de Mtintsin por lo menos hablan ruso. ¡Aquí, ni chicas, ni
siquiera algo que beber!
—Pues si te dedicas a beber lo que despachan en Mtintsin, acabarás ciego.
—Prefiero estar ciego a que se me quemen las pelotas —dijo Miklas
seriamente—. ¿Cómo sabes que no serás el siguiente en ganarte una tumba de
héroe?
Konov no tenía respuesta para aquello, aunque, de hecho, había pensado
mucho sobre el particular. Su conclusión había sido que, por una vez, las órdenes
del Ejército tenían sentido. Por consiguiente, seguía meticulosamente las
instrucciones que le habían dado sobre las cosas que tocaba, el aire que respiraba
y lo que hacía. Permanecía en el viejo establo convertido en barracón con las
ventanas bien cerradas, cuando no estaba de servicio. Nunca había estado tan
limpio. Se duchaba por lo menos seis veces al día. Se lavaba la ropa (su propio
uniforme, no el mono protector que le entregaban cada vez que salía) siempre
que se la ponía. En el exterior, nunca se quitaba la gorra, la máscara o los
guantes, no importaba lo mucho que sudara. Y todos los días guardaba cola ante
el puesto de control médico para que le sacaran sangre, y el informe decía
siempre que su sangre aún contenía cantidad suficiente de aquellas cositas
blancas que eran lo que la radiación mataba primero.
Durante tres semanas y media, Konov había realizado una docena de tareas
diferentes en la limpieza de los destrozos de la explosión de Chernobyl. Lo más
terrible fue subir corriendo al tejado de la central para arrancar los trozos de
grafito; allí sentías el calor del sol por un lado, y por otro el calor que aún
irradiaba del gran núcleo de grafito y uranio. Lo había hecho tres veces, pero
aquel trabajo concreto ya había terminado. El resto fue simple rutina: levantar
diques de sacos de arena en la laguna refrigeradora de la central, desviar las
pequeñas corrientes que desembocaban en el río Pripyat, montar solitarias
guardias nocturnas en el perímetro de treinta kilómetros de la zona, entre las
torres de vigilancia levantadas para impedir que los locos intentaran volver a sus
perdidos hogares.
Lo que a Konov le gustaba más era que le asignaran alguna misión en la
ciudad desierta de Pripyat; cualquier misión, desde derramar goma líquida sobre
los coches abandonados a cargar escombros en los camiones que se los llevarían.
Había llegado a pensar en Pripyat como en su propia ciudad. La conocía tan bien
como conocía el Leninskaya Prospekt, junto a su casa de Moscú; desde el
pequeño parque de juegos para niños (¿dónde estaban los niños ahora?, ¿volvería
alguno a montar en aquellos columpios rojos y blancos?), hasta la tierra
removida a lo largo del bulevar principal, donde tanto los rosales como el césped
habían sido arrancados por las excavadoras. Incluso le gustaban las largas
noches de guardia en la ciudad, el fusil al hombro, dispuesto a utilizarlo contra
los saqueadores, mientras se oía el aullido lastimero de los perros abandonados,
alzándose de ninguna parte bajo la luna llena. Pero, fuera cual fuese el trabajo,
Konov lo hacía, y nunca se quejaba, y se despertaba por la mañana siguiente
despejado y ansioso por continuar.
Su teniente apenas reconocía al nuevo soldado Sergei Konov.
El siguiente día tocaba orinar en la botella. Antes del desayuno, todos los
soldados del barracón formaban cola para orinar uno tras otro, en una probeta de
análisis. El especialista en radiación pasaba su detector; pero, hasta el momento,
ninguna partícula de veneno parecía haberse introducido en el cuerpo de Konov.
Así que, pensaba el soldado, no había razón para no quedarse si elegía hacerlo. Y
lo había elegido. No le gustaba la idea de compartir la zona con un centenar de
reclutas novatos que no comprenderían lo que había sido aquello los primeros
días después de la explosión. Se preguntaba, además, qué sucedería con los
nuevos oficiales. El mando actual había resultado bastante fácil de tratar; el
teniente Osipev incluso había dejado de ordenarle que se cortara el pelo. Pero los
nuevos, venidos de fuera, podrían cambiarlo todo, y entonces las cosas podían ir
tan mal como en el campamento de instrucción.
Sin embargo, sabía que quería pasar los últimos días (¿cuántos eran?, ¿sólo
treinta?, ¿menos de mil horas?) de su servicio militar allí mismo; en la zona
evacuada, ayudando a reparar el mortífero destrozo de Chernobyl.
Cuando Konov recogió su desayuno aquella mañana y se lo llevó a un
rincón, el teniente se le acercó, se sentó junto a él y encendió un cigarrillo.
—Sigue comiendo, Konov —ordenó—. Esto no es oficial. Apenas una
charla informal, si no te importa.
—Como usted quiera, teniente Osipev.
—Me gustaría hacerte una pregunta, Konov. ¿Por qué te has ofrecido
voluntario para quedarte aquí?
—Para servir a la Unión Soviética, teniente Osipev.
—Sí, por supuesto —gruñó el teniente—. Pero nunca habías sido tan
servicial. Me tienes intrigado desde hace mucho tiempo, Konov. No eres un
gilipollas. Tienes educación, después de todo. Podrías haber llegado a cabo.
Podrías incluso haber ido a un batallón de formación para ascender a sargento.
¿Por qué eras tan puñetero?
Konov le miró y decidió decirle la verdad.
—El hecho es que lo único que quería era salir del Ejército lo antes posible,
teniente.
—Humm —dijo el oficial, que no había esperado otra respuesta—. Pero
después de todo, Konov, el Ejército no es tan malo. Como soldado, claro, es una
cosa. Pero podrías considerar la posibilidad de ingresar en una de las
academias… La de Frunze, por ejemplo, que es donde yo me gradué. Como
oficial, la vida militar es completamente distinta.
—Agradezco su consideración, teniente —dijo Konov con cortesía,
terminando el pan moreno y las gachas y guardando la rebanada de pan blanco
para mojarla en el té.
—La Unión Soviética necesita buenos oficiales, Konov —señaló el teniente
—. La Gran Guerra Patriótica no fue la última que habrá, ya sabes. Nuestro país
estuvo entonces en grave peligro. Hubo grandes batallas en esta zona. Los
alemanes de Hitler, en 1941, llegaron hasta aquí mismo, y los pantanos de
Pripyat fueron nuestra mejor defensa.
—¿Y aun así se abrieron paso? —preguntó Konov.
—No a través de los pantanos. Los tanques de entonces no podían hacer eso.
Se combatió duramente en Chernigov, a cien kilómetros al este, y alrededor de
Kiev, al sur. Fue una mala época, Konov, ¿pero qué consiguieron los nazis al
final? Llegaron hasta Stalingrado, y allí aprendieron lo que es la retirada. ¿Por
qué? Por causa de los valientes soldados y oficiales del Ejército Soviético. Tú
podrías ser uno de ellos. No —dijo, levantándose—, no me des una respuesta
ahora. Sólo quiero que lo pienses.
Cuando el teniente se marchó, Miklas se acercó.
—¿Qué quería?
—Invitarme a tomar el té en el club de oficiales, claro. ¿Qué pensabas?
Ahora vayamos al trabajo. Hoy volveremos a Pripyat.
—Dámelo —ordenó Konov cuando el coche blindado les dejó junto a la
vacía fábrica de aparatos de radio.
Miklas se metió la mano en el blanco mono protector y, sarcásticamente,
sacó la bolsa con las sobras de comida que Konov había pedido de los
desperdicios de la cocina.
—Su cena, excelencia —dijo obsequiosamente—. Espero que su excelencia
cene bien.
Konov no le hizo caso. Sacó su propia bolsa, llena de cortezas de pan y de
huesos de cerdo de la comida de los oficiales, y buscó un lugar apropiado donde
dejarlos para los animales abandonados de Pripyat.
—Sabes que van a morir de todas formas —dijo Miklas.
—Todos moriremos tarde o temprano —dijo alegremente Konov—. Si
puedo, retrasaré un poco ese día para los perros.
Miklas suspiró.
—¿Sigues dispuesto a ofrecerte voluntario para quedarte aquí?
—¿Por qué no?
—¡Hay mil razones para no quedarse! Si quieres presentarte voluntario para
algo, ¿por qué no para trabajar en una de las nuevas residencias que van a
construir para los granjeros? Al menos allí habrá gente.
—¿Y sudar catorce horas al día cavando cimientos para las casas? No
cuentes conmigo —dijo Konov, aunque aquélla no era la razón verdadera por la
que había descartado la idea.
—Al menos, de un trabajo así no saldrás con dos cabezas —gruñó Miklas.
—En tu caso, otra cabeza no te vendría mal. Elige tu edificio.
—Oh, creo que habría que vigilar la fábrica más de cerca —dijo Miklas de
inmediato.
—Entonces hazlo —repuso Konov.
Sabía que lo que Miklas quería vigilar era la docena de cajas de kvass y
coca-cola que los primeros soldados habían encontrado en la cantina de la
fábrica. Ahora ya habían consumido la mitad. Pensó en advertir a Miklas del
riesgo de quitarse la máscara para beber una coca, pero sabía que no serviría
para nada. De todas formas, se consoló, el interior de la fábrica estaba bastante
limpio.
La cuarta parte de Pripyat lo estaba, en realidad. Bueno, casi limpia. En los
mejores edificios había bolsas de radiación intratable (impregnando los
cimientos o encastadas en las grietas) que necesitarían de un grupo de
demolición para desaparecer. Tales edificios estaban marcados con los signos de
aviso, y al pasar junto a ellos había que apresurarse. Pero existían bloques
enteros donde el nivel de radiación se situaba apenas por encima de lo normal.
En la superficie, sin embargo, Pripyat apenas había cambiado en tres
semanas. Era como una formación geológica sin vida. No cabía duda de que
algún día acabaría por erosionarse, pero ello ocurriría dentro de mucho tiempo.
Nada más cambiaría. Las puertas que quedaron abiertas continuaban abiertas.
Los esquíes y los cochecitos de los niños y las bicicletas permanecían intactos en
las terrazas y balcones. Los coches abandonados bajo los árboles, con las fundas
que los protegían contra los elementos, no habían sido movidos. Las lluvias y los
vientos acabaron por enrollar en torno a los cables la ropa tendida, de modo que
ya no danzaba con la brisa; alguna había bailado con demasiada pasión y acabó
por romperse y soltarse, y ahora yacía en una cloaca o estaba ensartada en un
rosal. Konov se detuvo en una esquina, dudó, y luego entró en el edificio de
apartamentos de la derecha.
Aquellos edificios eran nuevos, levantados para los trabajadores de la central
de Chernobyl, y aunque fueron construidos a la carrera el cemento era sólido y
las instalaciones funcionaban. Por supuesto, ahora no tenían electricidad. El
ascensor estaba en la planta baja, con la puerta abierta, pero Konov apenas le
prestó atención y empezó a subir las escaleras.
La mayoría de los inquilinos habían cerrado cuidadosamente sus
apartamentos cuando se marcharon. En el piso superior, Konov intentó abrir las
puertas: las cuatro estaban cerradas. Esto era todo lo que tenía que hacer, pero
además aplicó la oreja contra cada una de las puertas. Aunque no esperaba
encontrar saqueadores, siempre existía la posibilidad de que algunas familias, en
el pánico y la prisa, hubieran dejado olvidado un gato, un perro, un pájaro…
No se oía nada. Konov bajó un piso y repitió el proceso en la quinta planta.
Otra vez nada; pero en la cuarta planta una familia llamada Dazchenko, según
leyó en la placa de la puerta, se había marchado tan a la desesperada o tan
alocadamente que no echó el cerrojo a la puerta. Konov la abrió y entró en el
oscuro pasillo para echar un vistazo.
Arrugó la nariz, disgustado ante el aire del interior. Olía muy mal. Su
obligación, no obstante, no era oler, sino mirar, y empezó la inspección. A la
izquierda de la entrada había una habitación de niño… No, se corrigió Konov, de
dos niñas: sus ropas colgaban de la pared. Una de ellas debía de tener unos
cuatro años. La otra poseía la falda y la blusa del uniforme de pionera. La
habitación de al lado pertenecía a los padres; una cama de matrimonio la
ocupaba casi toda. La cama estaba aún sin hacer, y los cajones de la cómoda
aparecían abiertos, y su interior desordenado. En la pared había un retrato de
Lenin, pero (Konov sonrió) también había un icono. Los dos dormitorios
brillaban a la luz que entraba por las ventanas, pero los desagradables olores
persistían.
Si hubiera sido su propio apartamento, pensó Konov, habría abierto todas las
ventanas inmediatamente; pero no lo era, y además, ¿para qué serviría? Lo que
oliera tan mal seguiría oliendo mal, y una ventana abierta dejaría entrar la lluvia
la próxima vez que cambiase el tiempo.
Y a este lugar, en este momento, no eran sólo moho y herrumbre lo que la
lluvia podía traer.
El olor a podrido procedía de la cocina. La puerta de la nevera había quedado
abierta. Lo que había en su interior, fuera lo que fuese, se había descompuesto.
Jadeando, Konov cerró la puerta; era todo lo que podía hacer, aunque se
preguntó si los gases de la descomposición de aquello (¿qué era?, ¿un pollo?,
¿un estofado?) no volarían la puerta.
Era, ciertamente, un bonito apartamento. Al fondo del pasillo había dos
puertas pequeñas; una daba a un lavadero, la otra a un retrete, y alguien había
recortado cuidadosamente fotos de alguna revista extranjera (Konov pensó que
el idioma era sueco o alemán), y las había pegado en la parte interior. Las fotos
eran de Lady Di y su esposo, el príncipe de Gales; así que aquí era donde las
niñas se sentaban a hacer sus necesidades mientras miraban románticamente a la
hermosa pareja real. En el dormitorio había un aparato de televisión pequeño
pero bastante nuevo; estaba colocado en el suelo, los cables estaban enrollados
cuidadosamente encima… El padre había intentado llevárselo, sin duda, para
descubrir en el último momento que era imposible trajinar más cosas.
Pero no había ningún saqueador ni ningún animal abandonado, y Konov
tenía que seguir investigando. Forcejeó con la cerradura de la puerta del
apartamento hasta que consiguió que se cerrara tras él; así al menos, cuando
regresara, la familia encontraría la casa tal como la había dejado. Con olores y
todo. Si regresaba.

Cuando Konov empezaba con su segundo edificio, se detuvo, miró alrededor


y escuchó. Era un día cálido, no precisamente silencioso. Podía oír las
excavadoras en alguna otra zona de la ciudad, removiendo el suelo para que la
peor parte pudiera ser llevada a otro sitio y enterrada. Un rumor más cercano
provenía de los camiones cisternas que metódicamente regaban las calles vacías
para librarlas una vez más del polvo envenenado. (¿Pero quién eliminaría el
veneno de los tejados, de las paredes, de los alféizares?) Konov empezó a llamar
a Miklas, quien sin duda estaría fumando un cigarrillo, sin la capucha, en la
fábrica, al otro lado de la calle… Y entonces se detuvo, escuchando. Alguien
había cerrado una puerta con mucho sigilo en algún lugar por encima de él.
Si era un saqueador, era muy pequeño. Konov se ocultó tras la puerta del
ascensor mientras escuchaba las pisadas y el ocasional roce de ropas y el aliento
de una persona que bajaba. Cuando el intruso llegó al último tramo de las
escaleras, salió y se encaró a él.
—En nombre de Dios —dijo, sorprendido—, ¿qué está usted haciendo aquí,
abuela?
La mujer tenía al menos ochenta años, y era aún más pequeña de lo que
había imaginado. Su pelo, gris y plata, estaba recogido en un moño tan tirante, y
el cabello era tan escaso, que se le veía el cuero cabelludo. Llevaba una camisa
negra y una larga falda del mismo color; y en la mano, una pala de jardinería.
La blandió contra Konov, casi amenazante, como si fuera un arma.
—¿Dónde si no iba a estar, estúpido? —chilló—. ¡Es mi casa!
—Oh, abuela —reprochó Konov—. ¿No la evacuaron con los demás?
¿Cómo ha vuelto? ¿No sabe que es peligroso estar aquí?
—¿Cómo puede ser peligrosa para mí mi propia casa? Me llamo Irina
Varisovna, y vivo aquí. Márchate, por favor. Estoy muy bien. Simplemente,
déjame sola.

Pero Konov, naturalmente, no podía dejarla sola, y la anciana, tras diez


minutos de discusión, aceptó lo inevitable. Sus otras dos opciones eran matar a
Konov y ocultar su cuerpo, lo que sólo provocaría una investigación, o hacer que
él avisara para que el resto del pelotón se la llevase a la fuerza.
—Pero, te lo ruego, querido joven —suplicó ella—. ¿Un favor? ¿Uno
pequeño? Después, te lo prometo, me marcharé contigo…
Cuando la entregó, junto con su bolsita llena de tesoros, al puesto de control,
la anciana le besó la mano enguantada. Sonriendo, Konov regresó a informar a
su oficial. El teniente Osipev le escuchó con resignación.
—¡Estos viejos! —suspiró—. ¿Qué podemos hacer con ellos? Se les ha
dicho que corren peligro de muerte. Saben que es cierto, pero vuelven. ¿Qué es
lo que llevaba?
Konov dudó, luego admitió:
—Algunas cosas de su apartamento. Y, bueno, otras cosillas más; una
medalla religiosa, su anillo de boda, cosas así; las había enterrado en el jardín y
la ayudé a excavar para sacarlas.
El oficial se encogió de hombros. El teniente Osipev era un hombre
razonablemente compasivo pero, después de todo, el asunto ya no le incumbía.
—Dame tu dosímetro, Konov —ordenó, y cuando el soldado se lo entregó el
oficial lo miró indiferente; luego se sobresaltó—. ¿Qué es lo que has hecho,
idiota? —preguntó—. ¡Márchate de aquí! ¡Ve a que te examinen de inmediato!
Veinte minutos más tarde, después de que el grupo de especialistas en
radiación le hubiera explorado todo el cuerpo desnudo con sus contadores,
Konov se miró la tierra que ensuciaba sus uñas.
Parecía que, después de todo, no iba a volver en seguida al cuartel de la 416
División de Fusileros, en Mtintsin. Había oído cómo el contador sonaba a todo
volumen cuando pasó por los dedos de su mano derecha, la mano de la cual se
había quitado el guante para ayudar a la vieja babushka a escarbar la tierra bajo
el desagüe y sacar su bolsa de tesoros.
La mano que quizás, en un futuro no muy lejano, ya no tendría.
35
Lunes, 19 de mayo.

La costa del Mar Negro es la Florida de la Unión Soviética; el único lugar


donde el agua es cálida y las playas soleadas. La costa está sembrada de hoteles,
balnearios, campamentos juveniles y campings, llenos todo el tiempo. Los
turistas extranjeros gastan aquí sus divisas, pero la mayoría de quienes pasan las
vacaciones son ciudadanos soviéticos que han servido tan bien a su patria o a su
fábrica que se les concede una o dos semanas de lujos. Natación, submarinismo,
wind-surfing, pesca, montañismo, paseos al aire libre, baños de sol… ¡Son
tantos los atractivos del Mar Negro! Y cada localidad tiene sus encantos
especiales, como Yalta, el lugar donde Stalin, Roosevelt y Churchill se reunieron
durante la Segunda Guerra Mundial; los Jardines Botánicos Nikitsky, la vieja
casa donde Chejov vivió y escribió hace casi un siglo. Cerca de Sochi, los
manantiales de agua mineral y las cuevas de Novi Afon. Sujumi, Matsesta,
Simferapol y un centenar de centros viven para el turista. Nadie queda
decepcionado.

Cuando bajó del IL-86, Sheranchuk vio que su esposa le esperaba en la


puerta de la terminal. La besó tiernamente, exclamando:
—¿Qué te parece? ¡Un auténtico Jumbo, con trescientos cincuenta pasajeros!
Cuando vuelva Boris, procuraremos que viaje en uno igual, ¿de acuerdo?
—Claro —dijo Tamara, mirándole con ansiedad.
Él le devolvió la mirada. Su esposa llevaba en aquel lugar sólo una semana,
pero parecía…, bueno, tropical. Estaba bronceada. Lucía gafas de sol, un alegre
pañuelo verde y blanco en la cabeza, pantalones cortos y una blusa blanca. Se la
habría creído al menos diez años más joven, excepto por la expresión de su cara.
—¿Tienes que volver al hospital? —preguntó ella.
—¡Nunca más! —proclamó él—. ¡Completamente dado de alta! Incluso me
han autorizado a volver al trabajo en Chernobyl después de nuestras pequeñas
vacaciones aquí… Todo está en los archivos médicos, podrás verlo tú misma.
¡Pero ahora quiero disfrutar de este paraíso!
Encontró su bolsa rápidamente entre los equipajes y se la colgó del hombro.
—¡Qué calor más agradable! —exclamó cuando salieron de la terminal al sol
del Mar Negro—. Hiciste una buena elección, querida.
—¿Tú crees? —preguntó ella ansiosamente—. Es tan difícil decidir… Si
hubiéramos ido a Sochi habríamos visto las cascadas de Agur y las cuevas…
—¿Y no es hermoso que tengamos la suerte de poder elegir lo que
queremos? —sonrió él—. Además, aquí estamos más cerca del campamento de
Boris, así que mañana nos acercaremos a verle. Pero hoy es nuestro, mi querida
Tamara, porque tenemos muchas cosas que celebrar.
Tamara se rindió.
—Como tú quieras, querido —murmuró—. Pero, por favor, recuerda que
acabas de salir del hospital. No te fatigues.

Sheranchuk se dijo que acaso Tamara estuviera preocupada por su salud. Ello
explicaría la ligera reserva, la abstracción ocasional, la forma dubitativa en que
hablaba de vez en cuando.
También podría ser que pensara en lo mismo que él, concretamente en lo que
la doctora Ajsmentova le dijo en el entierro de Smin.
Aunque había tenido cuatro días para reflexionar, Sheranchuk no habló con
nadie del tema, ni siquiera con su mujer…, especialmente no con su mujer. Pero
durante los cuatro días había pensado en otras muy pocas cosas. Había analizado
todos los momentos de su vida conyugal. En particular, se había esforzado por
recordar cada detalle y cada incidente de la época en que su mujer quedó
embarazada. Sí, cierto, se dijo apenado, habían atravesado un período
tormentoso en aquella época. Sostuvieron muchas y agrias discusiones.
¡Tonterías! Él se había sorprendido al descubrir que Tamara estaba celosa.
Atolondradamente, había intentado bromear:
—¡Oh, sí! Todas las chicas van detrás de mí. ¡Son mis dientes de acero lo
que las enloquece de pasión!
—No me importa que las chicas vayan detrás de ti —había dicho ella
glacialmente—. Me preocupa que tú te intereses por las chicas.
—¡Pero eso no es cierto! —rugió él—. Te comportas como una estúpida.
Aquella noche, Tamara durmió en una butaca al otro lado de la habitación
mientras Sheranchuk se agitaba, solo y desvelado, en la cama.
Pero la cuestión era que sus celos no carecían totalmente de fundamento.
Había una mujer que le interesaba. Trabajaba en el departamento de personal en
la central térmica próxima a Moscú. Sheranchuk nunca la había tocado, pero
admitía que la deseaba. Aún peor: dado que los dos trabajaban en la misma
planta, tenían las vacaciones al mismo tiempo y en el mismo sitio. No había
pasado nada (principalmente, admitía Sheranchuk, porque ella se dedicó en
seguida a otro hombre), pero estaba preparado para una explosión cuando
volviera a casa. Ante su sorpresa, Tamara le había recibido muy bien. De hecho,
se mostró excepcionalmente cariñosa, casi como en una segunda luna de miel.
La pregunta que ahora tenía en mente era qué habría estado haciendo ella
mientras él estuvo de vacaciones, y con quién.

Pasaron la tarde en la playa. A pesar de que estaban en mayo, el agua era


todavía un poco fría para el gusto de Sheranchuk, pero se tendió plácidamente al
sol que se filtraba a través de las palmeras mientras Tamara, solícita, le untaba
una y otra vez la espalda con crema bronceadora. Cuando volvieron a la
espaciosa habitación hicieron el amor a la luz del día, sin apenas hablar,
estrechamente abrazados. Tampoco luego hablaron de nada importante, porque
cuando Tamara le miró con gravedad y se aclaró la garganta como si fuera a
decir algo serio, Sheranchuk se levantó de un salto y gritó que se moría de
hambre.
Celebraron una buena cena en uno de los restaurantes de la orilla del mar.
Pasaron el tiempo charlando del funeral de Smin, de sus planes para su hijo, de
lo que probablemente iba a suceder en la central de Chernobyl. Cuando
regresaron al balneario era ya bastante tarde.
—Ven, vamos a disfrutar un poco del aire —dijo Sheranchuk.
Encontraron un balancín para dos en una parte tranquila de la ancha veranda.
Sheranchuk rodeó a su esposa con los brazos.
—Te noto muy callada, querida —dijo por fin.
—He estado pensando —respondió ella lentamente, dudando; y a la escasa
luz, él pudo ver en su cara aquella mirada indicadora de que quería de nuevo
hablar en serio.
—Si en lo que piensas es en el futuro —dijo apresuradamente—, déjame que
te cuente algunas buenas noticias. Hay un nuevo encargado de personal en la
central, que se llama Ivanov, y ha pasado por el hospital antes de que me dieran
de alta. Promete que me devolverán mi antiguo puesto, con más sueldo. También
habló del lugar donde tendremos que vivir durante los próximos seis meses o un
año.
Ella se volvió a mirarle con una chispa de interés.
—¿En Pripyat?
—No, en Pripyat no. Nadie va a vivir en Pripyat por una buena temporada.
En la ciudad de Chernobyl; y luego en una ciudad nueva que van a construir, de
alto nivel de calidad, a la que llamarán Península Verde por el sitio donde estará
ubicada. Tendremos un apartamento aún más bonito que el anterior, apenas estén
terminados los nuevos edificios. Ivanov ha prometido que encabezaremos la lista
de vecinos, y ya han empezado a poner los cimientos.
Esperó una respuesta.
—Eso suena bien —dijo ella por fin, con voz átona.
—Claro que, sin Smin para echar un ojo a las obras, ¿quién sabe lo pronto
que empezarán a resquebrajarse las paredes, y las puertas a salirse de sus
goznes? Pero todavía hay más noticias. Ivanov dice que te incorporarán al
personal médico de la central.
—¡Oh, maravilloso! —exclamó ella, con la cara iluminada por primera vez;
pero luego volvió a ensombrecerse.
—¿Tienes frío? —preguntó Sheranchuk, solícito—. Tal vez deberíamos
entrar y acostarnos. Mañana por la mañana iremos a ver a nuestro hijo.
Ella guardó silencio largo rato. Luego se volvió hacia él y dijo, casi un
susurro:
—Hay algo que tenemos que aclarar. ¿Te habló la doctora Ajsmentova?
—¿La chupasangre? Oh, sí. Dijo un montón de disparates sobre grupos
sanguíneos, que no pude entender.
—Leonid —dijo ella tristemente—, no lo creo. Eres más que capaz de
entender lo que esa bruja tenía que decirte.
Sheranchuk sacudió la cabeza.
—Lo que yo entiendo, querida, es mucho más importante que cualquier
análisis de sangre. Entiendo que tenemos un hijo estupendo que siempre ha sido
mío. ¿Lo has olvidado? Yo te frotaba la espalda cuando aún le llevabas en tu
vientre, y me recorrí todas las tiendas de Moscú buscando gasas que ponerle, y le
di de comer y le acuné y le cambié los pañales…, no con tanta frecuencia como
debería, lo admito. Ciertamente, no con tanta frecuencia como tú. Pero lo
suficiente para saber que es mi hijo querido, nacido de mi querida esposa. Así
que ¿qué hay que decir sobre grupos sanguíneos? Y ahora, cariño, ya que parece
que estos mosquitos también están interesados en tomar muestras de mi sangre,
tal vez deberíamos entrar e irnos a la cama.
36
Martes, 20 de mayo.

Los hombres de la KGB son siempre concienzudos, pero a veces también


son meticulosamente correctos. Cuando son simplemente concienzudos en la
tarea de, digamos, registrar un apartamento, un tornado tendría menores
consecuencias. Abren todos los cajones y cajas, vuelcan el contenido en el suelo;
rasgan las almohadas y los colchones, vacían los recipientes de la sal y la harina,
desgarran los fondillos de las cortinas; y lo que se llevan consigo es siempre todo
lo que pueden cargar, sean papeles, libros o cualquier cosa que consideren
importante. Cuando son meticulosamente correctos, el proceso lleva más tiempo,
pero produce menos alboroto. Entonces prueban con largas agujas en lugar de
hacer destrozos, tienen un policía presente como requiere la ley, generalmente
reemplazan lo que han sacado de cajas y cajones…, a veces no con demasiado
orden, por supuesto. En ocasiones incluso presentan una orden judicial de
registro. La habían presentado a Selena, Aftasia y Vassili Smin antes de empezar
a buscar en el pisito de las afueras de Kiev, y el policía local, abrumado por la
presencia de una vieja bolchevique, se alegró de aceptar una taza de té mientras
los agentes hacían su trabajo. ¡Pero había tantos! Seis en cada habitación, uno de
ellos simplemente para tomar notas, otro para señalar qué lugar o cuál otro había
que examinar con especial cuidado, y los otros cuatro dedicados a la tarea
efectiva, en silencio y con gran habilidad.
Entretanto, la familia Smin, o lo que quedaba de ella, charlaba amablemente
con el policía.
—Y no hablemos del suministro de agua —decía Selena Smin, levantándose
cortésmente para que uno de los encargados de la cocina pudiera darle la vuelta a
su silla y a examinar el fondo—. He oído que pronto la extraerán del río Desna,
además de los nuevos pozos.
Se habían encontrado radionúclidos no sólo en el río Pripyat, sino en los
pozos subterráneos del entorno de Chernobyl; incluso en Bragin, setenta
kilómetros al norte.
—Han cegado siete mil pozos viejos —confirmó el policía, y añadió,
mirando a los agentes—: O eso es al menos lo que la gente dice.
—Sí, es cierto —asintió Selena, sentándose de nuevo—. ¿Madre Aftasia?
Cuando estuvo en el mercado esta mañana, ¿se inspeccionaban bien las verduras
de las granjas?
—Oh, por supuesto que sí —contestó Aftasia con entusiasmo—. Pasaban
esas cosas, como se llamen, por encima de los tomates y las frutas, y si salía el
menor silbido de las máquinas, entonces directamente a la basura, ¡zas!, y
denegada la autorización de venta. ¡Nuestro Estado socialista cuida
perfectamente de sus ciudadanos! ¿Más té? —le preguntó al incómodo policía,
quien negó con la cabeza—. Ah, pero lo peor de todo —continuó— era la gente.
¿Puede imaginárselo? Se la veía pasar de puesto en puesto, buscando granjeros
de facciones orientales antes de comprar. ¡Granjeros de las provincias orientales!
¡Esperaban, sin duda, encontrar coles cultivadas a dos mil kilómetros de
distancia! Pero yo sólo compré a nuestros honestos ucranianos —terminó
virtuosamente.
—No es que nuestros hermanos tártaros no sean honestos, por supuesto —
completó Selena.
—Por supuesto que no —coincidió Aftasia, y sonrió tiernamente al jefe del
grupo—. Qué, ¿ya han terminado? Y nosotros que teníamos una conversación
tan interesante con aquí, el camarada policía…
El hombre de la KGB la miró pensativo. Durante un momento casi pareció
que iba a devolverle la sonrisa. Luego sacudió la cabeza.
—Vamos a llevarnos ciertos libros y documentos para estudiarlos. Firme el
recibo, por favor.
—Si es un recibo debería firmarlo usted y darme una copia —señaló Aftasia
—. Déjeme ver. ¿Estas cartas? Sí, claro que puede llevárselas; son sólo de mi
nieto mayor, que ahora ha vuelto a Afganistán a servir a su patria. ¿Este libro?
Está escrito por Solzhenitsyn, sí, ¿pero no ve? Es Un día en la vida de Iván
Denisovich, un libro autorizado. Puede que disfrute leyéndolo, así que lléveselo
de todos modos. —Echó una ojeada a los demás libros, luego los juntó y se
encogió de hombros—. Si necesita éstos, no voy a discutir con los órganos del
Estado. No, no se moleste por el recibo. Si no puedo confiar en mi Gobierno, ¿en
quién confiaré? Y gracias por su amabilidad.
El chekista dobló el papel lentamente, sin dejar de mirarla. No tenía más de
treinta años, y era un hombre rubiasco y regordete, de cara agradable, muy joven
para estar atento a tantos detalles.
—Camarada Smin, es usted una mujer notable —dijo—. Miembro del
Partido desde 1916. Heroína de la Revolución de Octubre. ¡Y, a su edad, tan
alerta y activa!
—Sí que lo soy, sí —sonrió Aftasia—. ¿Puede creerme, camarada? Incluso a
mis años, siento que estoy empezando a vivir.
Él asintió, quiso hablar, luego cambió de opinión.
—Tal vez volvamos a vernos —dijo solamente, y siguió a sus hombres y
salió del piso.
—Bueno —dijo Aftasia Smin, recogiendo las tazas—. Vamos a ordenar este
alboroto.
Se dirigió al dormitorio, pero su nieto la detuvo un momento.
—¿Abuela? ¿Crees que volverán?
—No. Si hubiera dicho que seguro que volveríamos a vernos, entonces tal
vez regresarían. Si hubiera dicho que definitivamente no, entonces seguro que sí
volverían. Pero dijo que «tal vez», y eso significa nunca. Ahora, ayúdame a
hacer esta cama.

En el piso de abajo, los Didchuk hacían lo imposible por no oír los pesados
pasos que sonaban en el techo. Se preparaban en aquel momento para ir a la
estación a recoger a su hija, que regresaba.
—Me pregunto —dijo Oksana Didchuk en tono ausente, levantando una
esquina de la cortina para asomarse a la calle—, si no cometemos un error
dejándola volver a casa tan pronto. Después de todo, el campamento no nos
cuesta nada.
—Ya hemos discutido eso, querida —respondió su esposo—. Nos echaba de
menos, simplemente, y además no hay peligro.
Miró las marcas de tiza en la pared, trazadas la semana anterior por los
equipos detectores de radiación: certificaban que el apartamento no registraba
nada por encima de los niveles normales.
—Supongo que no —dijo Oksana, sombría. Y en tono más bajo, añadió—:
Los coches siguen ahí.
Su marido asintió.
—¿Quieres servirme más té, por favor?
—Estoy preocupada —dijo ella.
No especificó el motivo de su preocupación, que podía ser desde la conducta
de la pareja de evacuados que habían aceptado (el marido, que ahora había salido
a buscar trabajo, parecía buen tipo, pero la mujer permanecía encerrada en la
habitación que les habían cedido, llorando sola) a lo que sucedía en el piso de
arriba. Didchuk prefirió interpretarlo como concerniente a su hija.
—Después de todo —dijo, forzando una sonrisa—, si Kiev es lo bastante
segura como para acoger evacuados como nuestros huéspedes, entonces no es
lógico que la niña tenga a su vez que ser enviada a otro sitio.
Oksana suspiró.
—Supongo que también debemos ir pensando en traer de vuelta a tus padres.
—Están muy bien con mi hermana —dijo Didchuk—. Deja que los tenga
una temporada.
—Pero espera un niño, y, oh —dijo ella, feliz de haber encontrado un tema
de conversación apto para apagar los sonidos que venían de arriba—, he leído un
artículo muy interesante en la revista Mujer Trabajadora. ¿Sabías que el setenta
por ciento de las mujeres de las ciudades, y más del noventa por ciento de las
que viven en zonas rurales, acaban su primer embarazo con un aborto ilegal?
—¿Un aborto ilegal? Pero eso es terrible —dijo Didchuk indignado, tan feliz
como su esposa por haber descubierto algo de que hablar—. ¿Y por qué ilegal, si
puedo preguntarlo?
Oksana Didchuk miró a su esposo durante un momento.
—Supongo que nunca has ido a una clínica abortista.
Didchuk pareció enfadado, casi hostil.
—¡Bueno, tú tampoco!
—No, no —le tranquilizó ella—. Al menos, no para mí. Pero cuando Irina
Lavcheck se quedó embarazada me pidió que la acompañase.
Didchuk no frunció el ceño, pero estuvo a punto.
—¿La que está embarazada ahora?
—Su marido le pega. No quería un hijo suyo, sino el divorcio.
—Si llevaba un hijo suyo, él hacía algo más que pegarle. —Se interrumpió
para escuchar los sonidos de la escalera. Parecía que se oían voces en el rellano
de arriba. Parpadeó—. ¿Qué decíamos? Ah, que abortó y tú fuiste con ella para
sostenerle la mano.
—Querido —dijo Oksana intranquila—, no fue fácil para ella. También era
hijo suyo, ¿no? Además, para conseguir un aborto legal tuvo que pedir antes un
permiso médico especial, así que, por supuesto, todo el mundo lo sabía. Y
cuando vas a la clínica, ¿sabes qué es lo primero que ves? Un cartel enorme que
dice: «¡Madre, no asesines a tu hijo!»
—No es obligatorio mirar el cartel, ¿no?
—Es imposible no verlo. Y la operación es verdaderamente desagradable, ya
que a menudo no malgastan anestesia en una mujer que quiere abortar.
Didchuk se pasó la lengua por los labios.
—¿Qué será entonces de nuestro país? —preguntó—. Si hay tantos abortos,
¿cómo podrá el país mantenerse fuerte en la próxima generación?
Oksana no respondió directamente. La única respuesta adecuada habría sido
señalar que ellos mismos tenían solamente un hijo, y que si ella no necesitaba
abortar la razón principal era que habían podido conseguir una prescripción
médica para los escasos recursos anticonceptivos disponibles. No le agradaba
haber sacado a colación el tema, pero dijo:
—Cualquier chica, por tonta que sea, sabe todo esto porque sus amigas
mayores se lo cuentan. ¿Y qué hace entonces? Tal vez no quiera un aborto legal,
porque si es demasiado joven tendrá que obtener el permiso de sus padres. Hace
lo que sus amigas han hecho. Va a una comadrona.
—¡Y a veces, como resultado, muere!
—Sí, es cierto, pero… ¿qué es eso? —preguntó Oksana, mirando a su
marido.
Él había alzado la mano. Escuchaba.
Oksana oyó rumor de pasos en la escalera. Se atrevió a entreabrir la puerta y
la cerró con suavidad.
—Se marchan —susurró.
—Ah —suspiró su marido.
Parecía que los hombres eran muchos, y caminaban despacio, murmurando
entre ellos. Oksana miró por la ventana con cuidado.
—Están entrando en los coches. Sí, y ahora se marchan.
—Ah —dijo su marido. La miró—. ¿De qué estábamos hablando?
—No me acuerdo. ¡Bien! ¡Si tenemos que ir a la estación esta tarde, más vale
que prepare el almuerzo!
Cuando se disponían a comer oyeron ruido de gente moviéndose en el piso
de arriba. Ahora los pasos eran más suaves, y había menos: los Smin restauraban
el orden en su apartamento. Los Didchuk no hicieron ningún comentario, ya que
nada se ganaba hablando de los agentes del Estado, especialmente cuando
alguno de ellos podía estar aún merodeando. Incluso media hora después,
cuando llamaron a la puerta, los dos se sobresaltaron.
Pero era sólo la vieja Aftasia Smin, que parecía bastante alegre y
despreocupada para tratarse de alguien a quien acababan de registrar el piso.
—Espero no molestarles.
—Naturalmente que no —dijo Didchuk, con cortesía pero un poco inseguro
—. Estábamos a punto de marcharnos a recoger a nuestra hija.
—Oh, ¿así que vuelve hoy? Qué buena noticia. Pero sólo les entretendré un
minuto. —No empujó a Didchuk, pero dio un paso hacia el interior con tanta
seguridad que el hombre tuvo que apartarse—. Habrán visto que hemos tenido
visitantes —dijo alegremente—. ¡Qué molestia! Sólo hacían su trabajo,
naturalmente, y les ayudamos con gusto, ya que no tenemos nada que ocultar. La
cosa es, ¿tienen ese regalo que compré para el cumpleaños de mi nuera y que les
pedí que me guardaran?
—Creí que había dicho que era para su nieto —dijo Oksana Didchuk,
asustada.
—Bueno, la verdad es que es para los dos —sonrió Aftasia, mientras
Didchuk sacaba un sobre plano de un cajón—. Oh, gracias. Me lo llevaré ahora y
se lo daré, quizá con un poco de antelación… Y una cosa más, si me permiten.
¿El teléfono? Es una llamada a larga distancia, e insisto en pagarla… Un viejo
amigo de Moscú.
Dobló el sobre, lo guardó en su bolso y se encaminó, sin esperar a que le
dieran permiso, hacia el teléfono. Marcó un número largo, pero contestaron de
inmediato.
—Hola —dijo, sin dar ningún nombre—. Llamaba simplemente para
desearte felicidades en este día. También nosotros celebramos una fiesta, pero
ojalá hubiéramos podido estar en la vuestra.
Los Didchuk no oían la voz al otro extremo de la línea, pero por la expresión
de Aftasia Smin parecía ser amistosa.
—Oh, sí —asintió la anciana—. El regalo dalo por seguro; de hecho, lo
tengo aquí mismo. Nuestros amigos, en la fiesta, querían verlo, pero
desgraciadamente en aquel momento no lo tenía a mano. Sí. ¿Cuándo te
volveremos a ver? ¿No? Bien, entonces, si tú no puedes venir, tal vez vayamos a
veros un día de éstos. ¿Mandar el regalo por correo? No, creo que ya ha
circulado demasiado; no vaya a ser que se pierda. Bueno, te enviamos nuestros
mejores deseos. Sí, adiós.
Colgó y rebuscó en su monedero para pagar la llamada.
—Aniversario de boda —explicó—. El hijo de un viejo camarada del
Partido. Le acuné cuando todavía mamaba del pecho de su madre, y ahí está, ¿se
lo imaginan? ¡Ahora, ya tiene un nieto! Bueno, no quiero entretenerles más… Y
gracias por su ayuda en mi sorpresa de cumpleaños.
—No hay de qué —dijeron los Didchuk al unísono.
Se miraron mutuamente con aprensión cuando la anciana se marchó, pero no
comentaron nada sobre la sorpresa de cumpleaños. Ni entonces, cuando alguno
de los visitantes podría regresar en cualquier momento, ni nunca.

En cualquier caso, el regreso de su hija les brindó otras cosas mucho más
atractivas en que pensar. Alquilaron un taxi para que les llevara a la estación y,
extravagantemente, ordenaron al conductor que esperara, e incluso le dieron una
propina. La terminal semejaba ahora un lugar mucho más agradable que tres
semanas antes. Los Didchuk no eran los únicos padres que esperaban con
impaciencia el regreso de los niños, y todo el mundo vivía un ambiente
festivo…, con algunos toques sombríos, naturalmente. La cifra oficial de
muertos acababa de ser divulgada otra vez, y el número había ascendido ahora a
veintitrés, veintiún hombres y dos mujeres. La gente estaba convencida de que el
número aumentaría. Y seguiría aumentando, no sólo aquella semana o aquel año,
sino durante mucho tiempo, a medida que el leve daño de la radiación produjese
células que se tornarían cancerosas, o provocara abortos, o aún peor, hiciera que
naciesen niños con imprevisibles taras. Los médicos decían que al menos cien
mil ciudadanos soviéticos, quizás el doble, habían quedado expuestos a niveles
de radiación lo suficientemente alto para exigir su estricta vigilancia en las
décadas venideras.
El tren, por supuesto, traía retraso. Transcurrida media hora, Didchuk suspiró
y salió a pagar al taxista y decirle que se fuera, pero regresó radiante.
—¡Imagínate! —comunicó a su esposa—. ¡Dice que esperará gratis! ¡Un
hijo suyo también fue evacuado y regresará el sábado, y dice que le alegrará que
nuestra hija vuelva a casa con toda comodidad!
Los ojos de su esposa se nublaron de repente con lágrimas de alegría y
emoción. Entonces recordó algo.
—¿El sábado?
Pues a ellos, al igual que a la mayoría de los habitantes de Kiev, se les había
notificado que los próximos sábados estarían dedicados a trabajos extra,
voluntarios, para completar el acueducto de nueve kilómetros que traería agua a
Kiev si las lluvias de otoño hacían imbebibles las aguas próximas, a causa de los
filtrados de Chernobyl.
Didchuk parecía preocupado.
—Oh, claro. Lo había olvidado. Pero seguramente le dejarán algún tiempo
libre para que vaya a recibir a su hijo.
Su esposa no le escuchaba. Miraba sorprendida otro andén, donde esperaba
el tren interurbano de la tarde. Una anciana discutía con un empleado, quien
finalmente se encogió de hombros y la dejó que subiera triunfante al convoy.
—¡Pero si es Aftasia Smin! —dijo Oksana—. ¿Qué estará haciendo? No
mencionó que se marchaba a Moscú…
37
Miércoles, 21 de mayo.

La terminal de la TWA en el Aeropuerto Kennedy, en Nueva York, con sus


alas de gaviota, no es solamente un espectáculo arquitectónico; es, además,
inmensa. Tiene sus propios servicios de aduanas e inmigración para los pasajeros
que llegan del extranjero. Ello evita que se produzcan aglomeraciones, y es
buena cosa. Los Estados Unidos no son el país de mundo donde se puede entrar
con mayor facilidad. Los registros de equipajes pueden ser muy estrictos. Los
extranjeros deben tener visados y certificados sanitarios, y a veces se les somete
a innumerables preguntas sobre sus ideas políticas y posibles antecedentes
penales. En ocasiones incluso son devueltos al avión para que regresen a casa.
Durante muchos años, incluso los ciudadanos americanos que llegaban del
extranjero perdían muchísimo tiempo haciendo cola, pero ya que tantos electores
se quejaron ante tantísimos congresistas, ahora resulta más fácil volver al propio
país. Hoy pasan de largo ante las oficinas de Inmigración, y también ante las
aduanas si dicen que no tienen nada que declarar. Pero no siempre. Y a aquéllos
a quienes se pide que entren en otra habitación suele esperarles una odisea.
Así que cuando a Dean y Candace Garfield se les invitó cortésmente a que
salieran de la cola ante el mostrador de la aduana, la sorpresa fue desagradable.
—¡Pero si ya lo hemos anotado todo en los impresos —se quejó Garfield—.
Todavía no hemos hablado con el funcionario de aduanas…
Entonces vio que el jefe de publicidad de su cadena en Nueva York se le
acercaba, acompañado por una mujer joven y un oficial de uniforme del Servicio
de Inmigración, y se relajó.
—Dejad las maletas —le apremió el hombre, sonriendo—. Bobbi se hará
cargo de todo. Tenemos algo más para vosotros.
El «algo más» resultó ser una habitación pequeña donde les esperaba un
médico con una jeringuilla de toma de sangre. En la puerta había media docena
de periodistas de prensa y televisión, ansiosos de hablar, primero, con
celebridades, y sobre todo con celebridades que hubieran estado cerca del
desastre de Chernobyl. Aquella noche, los Garfield tuvieron el placer de verse en
los noticiarios vespertinos.
—¡Debí haberme arreglado el pelo en Viena! —se quejó Candace; pero su
marido, cambiando de canal, dijo sinceramente:
—¡Estabas estupenda! Maravillosa. Y, mira, incluso salimos en la CBS.
Allí estaban. Por supuesto, les dedicaron menos tiempo que en su propia
cadena, pero de todas formas Garfield se vio sonriendo una vez más a la cámara
y diciendo:
—Los médicos creen que tenemos trazas de, ¿cómo se llama?, telurio y otras
cosas terminadas en «io», procedentes de la explosión. Pero lo mismo le pasa a
todo el mundo en Ucrania. No es mucho, y no necesitamos preocuparnos al
respecto. Y, sí, la gente de Kiev marcha bien. Por lo que vimos, lo han limpiado
todo, aunque lógicamente están preocupados por el futuro; pero…, ¡diablos!,
¿quién no lo está?
—¡Se han saltado toda la parte en que hablaba de Camarada Tanya! —se
quejó Candace cuando vio que el presentador cambiaba a un «tema
relacionado».
—Espera un minuto —dijo su marido—. Quiero oír esto.
El «tema relacionado» era la noticia de una conferencia de prensa ofrecida
por la Asociación Americana de Ingenieros Nucleares.
A su portavoz le concedieron más tiempo que a los Garfield, y el hombre
explicó que lo sucedido en Chernobyl no podría suceder aquí. Sí, se habían dado
accidentes en América, en el pasado…, accidentes pequeños; en realidad, sólo
contratiempos técnicos si uno los juzgaba con imparcialidad y no era uno de esos
obsesos antinucleares. Y ciertamente, nadie había resultado herido en América
en un accidente nuclear. Bueno, muy pocas personas. Sí, era cierto que el reactor
de Chernobyl tenía un escudo protector, en contra de lo que se había dicho al
principio, pero era rectangular, no una cúpula. Sí, de acuerdo, en el caso de la
Isla de las Tres Millas las autoridades no informaron durante varios días, y tal
vez el presidente de la Comisión Nuclear Reguladora había expresado con
irritación su deseo de que, en ciertas ocasiones, no se respetara tan fielmente la
libertad de prensa en los Estados Unidos… Sí, cierto, terminó el hombre,
enfadándose evidentemente cada vez más, eran varios los detalles nimios que las
Janes Fonda y la gente que amaba las ballenas podían esgrimir contra la energía
nuclear. Ése era su privilegio. Sin embargo, aquel desastre no podía suceder
aquí, y lo ocurrido en Chernobyl demostraba simplemente que no se podía
confiar en los rusos para cuestiones de alta tecnología. Los responsables de
Chernobyl estaban sin duda en apuros, ¡y se lo merecían!
—Cristo —dijo Garfield, cambiando otra vez de canal, aunque no encontró
nada excepto la información meteorológica—. No me gusta cómo suena eso.
Espero que el primo Simyon esté bien.
—Ojalá me hubiera puesto el vestido azul —suspiró su esposa.

Otro «tema relacionado» no obtuvo cobertura en los noticiarios, aunque el


servicio de prensa de Garfield se lo pasó entre los recortes de periódico, al día
siguiente. La noticia procedía de Francia, donde cinco trabajadores de una planta
de reprocesado nuclear en Cap La Hague habían quedado expuestos a radiación
(uno de ellos cinco veces la dosis anual tolerable), cuando de una tubería escapó
líquido radiactivo.
Tal noticia no llamó mucho la atención en América. Ni siquiera en Francia la
tomaron en serio, excepto en la redacción de un periódico donde un reportero
había descubierto algo considerablemente más preocupante. Al parecer, aquel
mismo año otro reactor francés había alcanzado el punto crítico cuando las
bombas fallaron por un corte de suministro eléctrico en los circuitos primarios.
Esto era grave, pero las cosas empeoraron cuando se intentó evitar el meltdown
total con los generadores diesel de reserva. El primer generador falló. El segundo
era la última esperanza.
Funcionó, y la fusión del núcleo se evitó con su ayuda. Los franceses
consiguieron desconectar el reactor. Profirieron unas cuantas maldiciones, y uno
o dos se fueron a casa a cambiarse de calzoncillos; eso fue todo.
Si la noticia llamó poco la atención fue porque tuvo un final feliz…, excepto
(como el reportero le contó a su director) que para Francia había sido una gran
suerte que el accidente hubiera ocurrido en un cálido día de primavera. El
segundo generador también funcionaba con motor diesel, y cuando hace frío,
según admitían los trabajadores de la central, los diesel, normalmente, rehusan
ponerse en marcha.
38
Jueves, 22 de mayo.

La central nuclear de Chernobyl no ha vuelto a funcionar, ni lo hará durante


un tiempo, aunque los optimistas empiezan a pensar que, después de todo,
funcionará tarde o temprano. Incluso desde el aire, la central ahora parece
extrañamente cambiada. Muchos de los escombros han sido retirados. El gran
agujero donde iba a instalarse el reactor número cinco está medio lleno de
desechos radiactivos y tierra removida. Se han excavado rampas para que la
maquinaria pesada tenga acceso al interior de la central, a la sala de turbinas y
allá donde haga falta. Es un esfuerzo increíble. Todos los recursos de la Unión
Soviética se han volcado en Chernobyl. Flotas enteras de camiones, trenes y
aviones transportan suministros desde todo el país (tuberías, equipo perforador,
materiales de reparación y construcción); al menos son 4.500 los camiones y 800
los autobuses que operan. Las áreas de trabajo de los tres reactores
supervivientes están ahora dotadas de aire acondicionado con triples filtros (los
cuales se examinan en busca de polvo radiactivo y se reemplazan cada dos
horas). Toda la superficie expuesta ha sido repintada con gruesa pintura de
plomo antiradiación. Los trabajadores, en turnos cortos, llegan en vehículos
blindados. El acceso a la mayor parte de la planta está prohibido, excepto a los
grupos antiradiación. El agua para los generadores aún proviene de la laguna
refrigerante, pero ahora es radiactiva. Hay un suministro independiente para los
lavabos y para beber, que procede de nuevos pozos excavados a tres kilómetros
de distancia, aunque el agua no es mucha. La central necesita todavía más
trabajadores que agua, y éstos también provienen de lugares lejanos; el punto
más próximo donde vive la mayoría es ahora la ciudad de Chernobyl.
Cuando Sheranchuk se presentó para su primer día de vuelta al trabajo, tuvo
que recorrer treinta kilómetros de la ciudad a la central, en un vehículo que era
uno de los coches blindados para transporte de personal.
Sheranchuk nunca había estado antes en un vehículo blindado. Ni conocía a
la docena de trabajadores que compartieron con él el largo trayecto hasta la
central. Ninguno se había molestado en ponerse las mascarillas dentro del
transporte, pero las caras no le decían nada. Todos parecían conocerse entre sí,
pues hablaban a la manera de la gente que lleva trabajando junta mucho tiempo,
aunque Sheranchuk estaba seguro de que ninguno de ellos había sido empleado
de la central en aquel tiempo ya lejano…
Se sorprendió a sí mismo. ¿Tiempo lejano? ¡Pero si sólo habían pasado
veintisiete días desde la explosión! Para ser exactos, en la madrugada del sábado,
a la 1.23, serían justamente cuatro semanas.
Parecía toda una vida.
—Pónganse las máscaras, por favor —pidió el conductor.
Haciendo muecas, todos obedecieron mientras que el vehículo atravesaba la
puerta de la planta y se detenía. Sheranchuk se levantó con los otros, pero el
conductor alargó la mano y le detuvo.
—Usted no, camarada Sheranchuk. Su cita es con la sección de Personal, que
está en el puesto de mando, a doce kilómetros.
—¡Pero quería ver la central!
El conductor dudó.
—Venga y siéntese a mi lado —ofreció—. El parabrisas está hecho con
cristal de plomo. Daré una vuelta rápida por la central para que pueda echar un
vistazo; de todas formas, tengo que recoger a otros que también van al puesto de
mando.
En realidad, no era posible dar una «vuelta rápida» por la central. Había
demasiadas máquinas excavadoras que evitar, demasiadas áreas cercadas, con
carteles que avisaban de la radiación, demasiados trechos donde lo que quedaba
de la calzada eran los agujeros y socavones dejados por los bulldozers.
Sheranchuk se deprimió. El lugar no parecía en mejores condiciones que la
última vez que lo había visto: parecía estar mucho peor. Nadie había empezado a
reparar nada; todos los esfuerzos se destinaban todavía a la demolición. Pero,
naturalmente, se dijo Sheranchuk, había que retirar todos los restos antes de
empezar a reconstruir…
Entonces el vehículo blindado dobló una esquina y vio los restos del reactor
destrozado.
Una gran grúa se alzaba sobre lo que quedaba del reactor número cuatro. Los
restos de sus paredes habían adquirido un enfermizo tono rosado, como si se
ruborizaran de vergüenza, pensó Sheranchuk. Un gran armatoste con ruedas de
oruga permanecía inmóvil sobre una rampa de tierra, mientras máquinas más
pequeñas pululaban alrededor. Resultó más difícil pasar por esta zona que por las
partes relativamente poco dañadas de donde venían, pero así y todo el conductor
aceleró. Se bambolearon salvajemente cuando el vehículo atravesaba aquel
escenario, y el conductor no pareció relajarse hasta que tuvieron el edificio de
oficinas, sin ventanas, entre ellos y las ruinas.
—Esto es todo lo que hay que ver —le dijo a Sheranchuk—. Ahora
recogeremos a los que quedan y nos iremos al puesto de mando.
Tocó la bocina delante de una especie de tienda de campaña que se agitaba
con la cálida brisa de la tarde. Un momento después, seis u ocho hombres,
irreconocibles bajo los trajes blancos o verdes y las máscaras, llegaron corriendo
para subir al vehículo. Sheranchuk los miró con la esperanza de reconocer a
alguno, pero se quitaron las máscaras y ninguna de aquellas caras le pareció
familiar.
Cuando se presentaron, gritando para hacerse oír por encima del ruido del
motor del vehículo, Sheranchuk se sorprendió al descubrir que el hombre que
estaba junto a él era un general del Ejército, y que el que tenía delante era uno de
los especialistas del Ministerio de Energía Nuclear. Con los trajes verdes y
blancos, todos parecían iguales. El hombre del Ministerio se sorprendió mucho,
a su vez, al descubrir que Sheranchuk era un antiguo trabajador de los tiempos
anteriores a la explosión.
—¿De verdad? —preguntó—. Pero si pensaba que todos estaban… fuera —
terminó, evitando decir «muertos o en la cárcel».
—Aún quedamos algunos —replicó Sheranchuk secamente—. Dígame cómo
están las cosas en la central.
Durante los doce kilómetros de trayecto hablaron de las setenta toneladas de
plomo que habían dejado caer desde los helicópteros para que se fundiera y
formara una capa sobre el mortífero reactor («Aunque aún hay tanta radiación
que los trabajadores que limpian los tejados cercanos sólo pueden estar un
minuto cada vez»); de los grandes muros de hormigón que se estaban alzando
para crear nuevas paredes en torno al núcleo; de los grandes tanques de acero
que habían sido conectados para captar el agua de desecho de la limpieza, con el
fin de que no volviera a contaminar los terrenos en torno a la central; de las
puertas de hierro instaladas en todos los pasillos cercanos al núcleo expuesto,
que nunca se abrirían y que eran parte del «sarcófago» en el que el núcleo
quedaría encerrado para siempre.
—¿Para siempre? —repitió Sheranchuk. ¿Qué quiere decir con «para
siempre»?
—Lo que «para siempre» significa es para siempre —repitió con firmeza el
hombre del Ministerio—. Para el resto de nuestra vida, y la de nuestros hijos, y
la de los hijos de nuestros hijos, quizá durante siglos. Mucho después de que los
restos de la central nuclear hayan sido desmontados y desechados, el sarcófago
permanecerá.
—¿Y cuando los otros reactores vuelvan a entrar en servicio, la gente
trabajará junto a ese… sarcófago?
—Día tras día. Y vigilando sus instrumentos para asegurarse de que nada
falla. Todos los días. Constantemente. Para siempre.

El centro de control y puesto de mando se había establecido de forma más o


menos permanente en el campamento de verano del Komsomol. Sheranchuk
salió del vehículo con los Otros, siguió las instrucciones del conductor y caminó
por los senderos de grava hacia lo que una vez había sido sede de la
administración del campamento. Apenas advirtió los hermosos árboles que
daban sombra a los barracones y comedores. Intentaba todavía asimilar el
significado de las palabras «para siempre».
La verdad era que no se le había ocurrido pensar en lo que se iba a hacer con
el núcleo destrozado. Como mucho, había supuesto que sería desmantelado y
enterrado. Simplemente, no había imaginado que permanecería allí (aún caliente,
aún mortífero) para siempre.
Las oficinas de Personal y Seguridad estaban en la segunda planta del rústico
pero bien construido edificio. Se habían añadido dobles puertas y dobles
ventanas al diseño original, y estas últimas tenían todas un acondicionador de
aire con triple filtro; aunque fuera hacía calor, dentro se estaba a gusto. Cuando
Sheranchuk llegó allí, la primera persona que vio, junto a una ventana,
contemplando el hermoso campamento, fue al operario huido… ¿Cuál era su
nombre? ¿Kalychenko? El hombre permanecía de pie, con las manos a la
espalda. Cuando se volvió y miró a Sheranchuk, hubo reconocimiento en su
mirada, y una cierta hostilidad defensiva.
—Bueno, hola —le dijo Sheranchuk, después de haber dado su nombre a la
secretaria. Y a falta de nada más que decir, añadió—; Estaba usted de servicio
aquella noche, ¿no?
—Lo estuve un rato —admitió Kalychenko, con cautela.
Sheranchuk le miró pensativo.
—Un día de éstos tenemos que reunirnos para comparar notas, si no le
importa. Todavía guardo un montón de preguntas en la mente.
—Naturalmente —le contestó Kalychenko con amabilidad, deseando que le
partiera un rayo.
¡Preguntas! Como si no hubiera ya contestado diez mil preguntas…, con
otras diez mil más esperándole, sin duda, en cuanto el nuevo secretario le
admitiese.
Pero cuando el secretario de la Primera Sección, Ivanov, salió de su oficina y
se detuvo en la puerta, miró primero a un hombre y luego a otro.
—¿Sheranchuk? —preguntó. Y cuando el ingeniero se identificó, Ivanov
pareció exultante—. ¡Mi querido amigo! —exclamó—. ¡Qué considerado por su
parte venir a verme! ¿Quiere pasar? Usted es Kalychenko, supongo —dijo
cuando el otro hombre hizo un gesto indeciso—. Bien, seguro que no le
importará si trato con nuestro héroe primero, ¿verdad? Claro que no. Siéntese
y… Entre, camarada Sheranchuk. ¡No puedo expresarle el placer que es verle
aquí por fin!

Había ciertamente una diferencia entre Jrenov y el nuevo personaje, Ivanov;


uno socarrón e íntimo, el otro efusivo y alegre, pero era la diferencia entre el
helado de fresa y el de vainilla. El interior de los dos hombres estaba a la misma
temperatura, y la temperatura era gélida. El hecho de que hoy Ivanov fuera
cordial, incluso efusivo, no significaba nada de cara al futuro. Sólo significaba
que hoy quería que el ingeniero hidráulico pensara en él como amigo.
Así que Sheranchuk no se sorprendió del todo cuando, con un guiño, Ivanov
sacó una botella de alguna parte de su mesa, y confesó con otro guiño que
desgraciadamente era sólo vino, pero al menos el mejor de Georgia.
—Por favor, Leonid —dijo, llenando el vaso hasta el borde—, siéntese. No,
por favor, aquí en la silla no. Siéntese en el sofá junto a la ventana, y deje que yo
acerque mi silla. —Levantó su vaso—. ¡Brindo por el futuro de la central
nuclear de Chernobyl! ¡Como nuestra nación, desafía todas las tormentas y se
crece grande en la adversidad!
—Por supuesto —dijo Sheranchuk; sorbiendo el vino.
No estaba nada mal, pensó, tras advertir que Ivanov apenas había mojado el
fondo de su propio vaso.
—Hablemos primero un poco de negocios —dijo Ivanov como quien no
quiere la cosa—. Ya sabe que ha sido readmitido en su antiguo puesto. No hay
acusación de ningún tipo contra usted, e incluso se habla de concederle una
medalla.
—No quiero ninguna medalla —gruñó Sheranchuk.
—¡Mi querido amigo! Le comprendo, Ninguno de nosotros quiere cosas así,
pero usted se comportó admirablemente, y si el Estado quiere hacer pública su
aprobación, al menos será un ejemplo para muchos otros.
Sheranchuk sacudió la cabeza.
—El hombre a quien deberían dar las medallas está muerto.
—¿Oh? ¿De verdad? ¿Y puedo preguntar quién es ese hombre? —dijo
Ivanov amablemente.
—¿Hay alguna duda? El director técnico Smin, por supuesto.
—Ah —dijo Ivanov, humedeciéndose los labios—. Ya veo. Smin, ¿eh?
—¡Smin, claro! Usted no estaba aquí entonces, Ivanov. No tiene ni idea de lo
que Smin hizo por esta central. Se habla de materiales defectuosos y de poca
disciplina de trabajo… No todo es falso, pero habría sido mucho peor si Smin no
hubiera estado aquí. ¡Y mucho mejor si hubiera estado enteramente al mando,
como se merecía!
—Ah —dijo Ivanov, sin discutir, y cogió la botella—. Déjeme que le llene el
vaso. Es interesante que mencione a Smin —continuó cuando, pese a las
negativas de Sheranchuk, volvió a llenar el vaso hasta arriba—. A decir verdad,
siento mucha curiosidad por él. Nunca le conocí cuando vivía. Sólo puedo
formarme una opinión por los archivos y por lo que la gente como usted pueda
decirme.
—Era un gran hombre.
—Ciertamente. Bueno, verá, debo fiarme de sus opiniones. ¿Le importaría si
le hago algunas preguntas sobre Smin?
—¿Qué clase de preguntas?
—Oh, varias. Sólo para tener una idea. Por ejemplo, me han dicho que
compartió durante un tiempo la habitación de Smin en el hospital de Moscú. Me
pregunto… ¿de qué cosas hablaban?
Y entonces las preguntas pasaron de lo que Sheranchuk había hablado a
quién había visto Smin. Sheranchuk, en su tercer vaso de vino, advirtió que
Ivanov ya sabía bastante sobre los visitantes de Smin, sin duda informado por
algunos amigos entre el personal del hospital. Sin embargo, quería saber más.
Por ejemplo, si Sheranchuk, como compañero de habitación de Smin, había oído
alguna conversación.
Las respuestas de Sheranchuk se volvieron más y más cautas. No había duda
de que Ivanov tenía todos los archivos oficiales disponibles, así que le contó lo
que había oído, o supuesto, del arresto del hijo mayor. ¿Otros visitantes, aparte
de la familia de Smin? Bueno, sí, uno o dos. Y en particular dos altos cargos, ¿no
era cierto?, preguntó Ivanov sonriente.
Sheranchuk dudó; pero, ¿de qué tenía que preocuparse? Ciertamente, el
hecho de que hubiera tenido amigos en las altas esferas no podía causarle ningún
daño a Smin. Así que no vio problema en hablar de los dos hombres del Comité
Central (confesó que se había impresionado mucho al verlos), pero, por cortesía,
no escuchaba nada, y en realidad salía de la habitación cada vez que Smin
recibía visitas privadas.
—Naturalmente —dijo Ivanov—. De todas formas, hay otras maneras de
comunicarse con la gente. Por carta, por ejemplo. ¿Tal vez un diario? ¿Recuerda
haber visto a Smin escribiendo algo en el hospital?
Sheranchuk dudó. No le gustaba el rumbo que estaban tomando las
preguntas. Sin embargo, ¿qué daño podía hacer ahora todo aquello?
—Bueno, sí —concedió, a desgana—, pero no sé qué escribía. Nunca me
enseñó nada. Supongo que eran cartas a su familia, tal ver un testamento…, no
lo sé. No lo llegué a ver de cerca.
—¿Y las lecturas del camarada Smin? ¿Le vio leer algo?
—¿Leer? No. Casi nunca. Verá, leer le resultaba doloroso. Creo que de vez
en cuando le vi con Pravda, quizás una o dos veces con un libro, pero no mucho
rato.
—Ya veo —dijo Ivanov—. Sólo un periódico, y de vez en cuando un libro.
Bien, no hay nada de malo en ello, ¿no? Pero, verá, estoy pensando en un
documento en particular, un bloque de unas diecisiete páginas mecanografiadas.
¿No vio nada así?
Sheranchuk negó con la cabeza. Ivanov se quedó mirando la pared,
pensativo.
—¿Ha visto alguna vez al camarada Mishko o al camarada Milaktiev, los dos
hombres del Comité Central?
—Sólo en la habitación del hospital… y, oh, sí, en el funeral, pero sólo por
un momento.
Ivanov guardó silencio. Luego sonrió y sirvió otro vaso de vino.
—Y ahora —dijo alegremente—, antes de que vuelva con su esposa, que
estará ciertamente ansiosa de ver cómo le va después de su primer día de retorno
al trabajo, hablemos de su futuro. Sabe usted que ha absorbido una buena
cantidad de radiación.
—En el hospital me han dado el alta total —dijo Sheranchuk, a la defensiva.
—Pero seguro qué ha sobrepasado los límites fijados para los trabajadores de
una central nuclear. Normalmente, alguien con veinticinco rads es retirado del
servicio. Usted tiene al menos ochenta. Lamento decir que nunca podrá volver a
entrar en una sala de reactor.
—¡Pero eso es imposible! —exclamó alarmado Sheranchuk—. ¿Cómo se
supone que voy a hacer mi trabajo?
—Simplemente en otro lugar —dijo amablemente Ivanov—. Y con una
misión diferente. No, no, no le estamos despidiendo. Le necesitaremos aquí
durante una temporada, para aconsejar a las cuadrillas mientras completan el
trabajo de reparar los daños. Entonces se irá, si quiere, pero sólo para asistir a
algunos cursos sobre seguridad nuclear. El Ministerio ha ordenado esto para
todos los antiguos directivos. Y Cuando vuelva a Chernobyl asumirá la
responsabilidad de probar y reforzar las nuevas medidas de seguridad con todo el
personal operativo. Es un trabajo muy serio, Leonid. Por favor, acéptelo.
Sheranchuk contempló su vaso durante un momento.
—Podría pedir que me trasladasen a otra central eléctrica. No nuclear.
—Por supuesto. No podemos impedírselo. Pero nos gustaría mucho que se
quedase.
En el fondo no tenía elección, pues ¿cómo podía abandonar la central del
director técnico Smin?
—De acuerdo —dijo Sheranchuk al fin.
—¡Muy bien! ¡Magnífico! Veamos, hoy es jueves, no tiene sentido que
venga mañana. Tómese un fin de semana largo para volver junto a su esposa, ¿de
acuerdo? ¿Le he dicho cuánto me alegro de que siga aún con usted, después de
todo? —Y, cuando Sheranchuk se levantaba rígido, añadió—: Y, oh, sí,
camarada Sheranchuk, si vuelve a ver al camarada Mishko o al camarada
Milaktiev, por favor, no olvide decírmelo.
Cuando, cinco minutos más tarde, el secretario le dijo a Kalychenko que
podía entrar, su recepción fue bastante menos amistosa. Desde luego, no hubo
vino; al principio, ni siquiera hubo indicación de que Ivanov supiera que el
operario estaba de pie ante él.
Kalychenko esperó pacientemente. No había previsto nada mejor. La
entrevista con los hombres de la KGB en Yuzhevin le había anticipado lo que
tenía ante él, e Ivanov no hacía más que confirmarlo. Las circunstancias de su
fuga estaban bien inscritas en su historial. Le vigilarían de cerca. Otro paso en
falso sería el último.
Kalychenko se mostró humilde y penitente. No negó nada. No justificó nada.
Aceptó ser acusado de cobardía, falta de disciplina, deserción, ausencia no
autorizada; aceptó todas las formas que a Ivanov se le ocurrieron para describir
el mismo error imperdonable, pero también innegable.
Fue solamente al final de la conversación cuando Ivanov dijo algo que
Kalychenko no había esperado, y ello tampoco era, si lo pensaba bien, ninguna
sorpresa. Era el siguiente, lógico e inevitable paso.

No hubo ningún bombero amigo que le prestara un catre mientras esperaba el


inicio de su primer turno de noche bajo el nuevo régimen, pero Kalychenko
encontró un rincón en la cantina en desuso y se echó hasta que fue hora de
presentarse en el control principal del dormido reactor número tres.
Era bien consciente de que sólo le esperaban unos pocos muros de las ruinas
del número cuatro. Todos los compañeros del turno parecían un poco alerta,
igual que Kalychenko al principio. Pero la monotonía del trabajo tranquilizaba…
y, además, necesitaba pensar en las cosas que el secretario Ivanov le había dicho.
No había realmente mucho que hacer, con tres de los reactores desconectados
y el otro permanentemente fuera de servicio. Lo poco que había, sin embargo,
tenía que ser hecho con urgencia: las temperaturas de los núcleos dormidos
necesitaban ser controladas todo el tiempo, las bombas y mecanismos de barras
y sistemas de agua, verificados cada día; todo tenía que ser perfectamente
normal y operativo, porque nadie se atrevía a imaginar las consecuencias si otro
reactor enloquecía en la central nuclear de Chernobyl.
Sin embargo, aquel trabajo no requería demasiada atención por parte de
Kalychenko. Estaba bien así, porque debía meditar mucho sobre lo que Ivanov le
había dicho al final. Kalychenko intentó recordar las palabras exactas:
—Tiene sólo dos caminos para limpiar su expediente, Kalychenko. Uno es
llevar una existencia absolutamente intachable durante el resto de sus días. Por
desgracia, no vivirá lo bastante para lograrlo. El otro es prestar un gran servicio a
la Unión Soviética. Hay elementos indeseables aquí, Kalychenko. No todos los
ucranianos son tan leales como usted; o como, al menos, espero que aprenderá a
serlo. Circulan rumores de agitación nacionalista. Se necesita vigilancia
permanente, para desenmascararlos. Usted puede ayudar. Ya verá lo que hace.
Kalychenko dio un respingo. Si ya era bastante malo presentarse ame sus
camaradas como cobarde, ¿cómo sería si descubrieran que además era un
chivato?
Cuando oyó que los compañeros de su turno gritaban, le costó un rato darse
cuenta de que sonaba distante una campana de alarma, y todavía más reconocer
que llevaba un rato oliendo a humo.
¡Otro incendio!
Era imposible, pensó Kalychenko desesperado. ¿Cómo podía suceder otra
vez? De nuevo se encontró corriendo lleno de pánico…, pero ahora, y no por una
decisión consciente, no corría huyendo de la nueva amenaza, sino directamente
hacia ella.
39
Jueves, 22 de mayo.

La calle Gorky es para Moscú lo que Park Avenue fue un tiempo para Nueva
York. La gente que vive allí cuenta. Los apartamentos son soleados y espaciosos.
Las paredes se encuentran en ángulos correctos, las puertas cierran sin roces y
nadie se acuerda de la norma de los nueve metros cuadrados por persona. Los
coches, como el Cadillac El Dorado descapotable de Johnny Stark, no aparcan
en las aceras ni se protegen con fundas. Están en amplios garajes, y no son sólo
los coches los que tienen espacio abundante. La gente que vive en la calle Gorky
son danzarinas de ballet y estrellas de cine, pianistas y campeones de ajedrez,
hermanos de miembros del Politburó y nietos de grandes generales. Por
supuesto, todos tienen sus dachas. Por supuesto, todos viajan al extranjero. Es
una paradoja de la calle Gorky que estas personas cuyas casas son tan espaciosas
las ocupen tan poco tiempo.
Emmaline Brandon nunca había asistido antes a una fiesta en un apartamento
de la calle Gorky. Al principio se sintió cohibida y tímida, porque no se había
equivocado: aquella gente no era de su ambiente. El hombre huesudo,
uniformado, con calva prematura: todas aquellas estrellas en sus hombreras
seguramente querían decir que era general. La hermosa mujer con el joven
gordezuelo del brazo era, Emmaline estaba casi segura, una prestigiosa bailarina
del Kirov de Leningrado, y el hombre con quien hablaba era un barítono del
Bolshoi. Por lo que podía ver, ella y Pembroke eran los únicos americanos
presentes (sin contar la esposa de Johnny Stark), pero la mujer mayor con el pelo
teñido de azul era alguien en el cine francés, y la joven pareja con botas de caña
resultaron ser australianos. Emmaline permaneció cerca de Pembroke hasta que
el tercer o cuarto hombre interesante se aburrió de practicar con ella su inglés o
de dejarla que practicara su ruso. El primero había sido un director de cine, y
otro, ¡oh, Dios mío! un cosmonauta.
Entonces recordó que su color la hacía a ella, también, una especie de
celebridad en Moscú.
El vestido rojo no había sido, a fin de cuentas, demasiado exagerado, porque
las otras mujeres estaban tan compuestas como ella y ninguna de sus ropas era
de Lerner’s. Las perlas de la bailarina eran auténticas. Y la esposa de John Stark,
la americana (bueno, la ex americana) parecía vestir con bastante modestia, hasta
que una advertía que la piedra de su dedo no tenía menos de tres kilates.
Emmaline no podía imaginar por qué demonios le habían pedido que
acudiese.
Cuando Pembroke la llamó para decirle que le habían invitado a la fiesta de
Johnny Stark (aunque en realidad no era una fiesta de Stark, sino de un amigo) y
que ella había sido invitada también («Sí, claro que puedes traer una
acompañante, ¿y por qué no aquella chica americana que estaba contigo en las
oficinas de Mir?»), Emmaline estuvo a punto de rehusar. Ciertamente, era una
oportunidad caída del cielo para un diplomático en Moscú, pues aquel tipo de
puertas rara vez se abrían a los americanos de la Embajada. Lo que en realidad
tenía planeado hacer era quedarse en casa aquella noche para pensar en la carta
que le había enviado su madre desde Waycross, Georgia. Aún necesitaba
hacerlo.
Pero tras meditarlo diez segundos se convenció de que no podía desperdiciar
la ocasión de ser el único diplomático americano en Moscú invitado del famoso
(y misterioso) Johnny Stark. Así que allí estaba, codeándose con la flor y nata de
la jet set de Moscú, escuchando a un joven bajo con un corte de pelo casi punk
decirle cuánto le gustaría cantar algunas de sus canciones de rock soviético en
América.
Al menos, la había acercado a la mesa de la comida, y por el momento se
contentaba con escuchar sus torturados intentos de definir su música («No es
Prince, no es Grateful Dead, tal vez podría decirse que es una…, ¿sospecha?, eso
es, de los Stones, sí») mientras comía todos los tomates y todas las tostadas con
caviar negro que podía. Hacía rato que había perdido de vista a Pembroke; la
última vez descubrió que estaba hablando con el general por intermedio de la
traducción de la esposa de Stark. El cantante de rock (de cerca no era tan joven)
no requería mucha atención de su parte, salvo algún que otro movimiento de
cabeza ocasional. Tuvo tiempo de pensar en lo más importante de la carta de su
madre:

Tu media naranja está viendo mucho a Ester Sheridan. ¿Ya has


decidido dejarle colgado? Porque eso es lo que estás haciendo, y si no
vuelves pronto para casarte con Ronald, otra persona seguro que lo
hará.

Ni siquiera había escrito a Ronald desde, calculaba, santo cielo, ¿era posible
que hiciera más de un mes? Era de verdad un hombre agradable, prescindiendo
del hecho de que medía varios centímetros menos que ella. Sería un marido
perfecto, mientras que Warner Borden… Bien, Warner podría ser también un
buen marido, pero Emmaline estaba completamente segura de que no para ella.
No se dio cuenta de que el cantante de rock se había excusado y se había
marchado en busca de otros oídos más atentos, hasta que el propio Johnny Stark
le tendió un vaso de vino y le dijo, en perfecto inglés americano:
—¿Se divierte con los personajes de nuestro Hollywood local? Es la ventaja
de ser la chica más bonita de la sala.
Ella le dirigió una sonrisa diplomática, ya que él también recurría a frases
diplomáticas.
—Todavía no he conocido a nadie que me recuerde Hollywood.
Sin contarle a él, claro. Stark llevaba una camisa de seda negra abierta hasta
la mitad del pecho, lucía un pesado medallón que colgaba de una gruesa cadena
de oro y parecía la imagen rusa de un productor cinematográfico.
—Bien —dijo él—, para eso es la fiesta de Teddy; para algunas personas del
cine que están en la ciudad con motivo de un congreso de su sindicato. Pero me
temo que muchos siguen aún discutiendo sobre las elecciones. ¿Ha oído lo que
han hecho hoy? Se han salido por completo de lo previsto y han elegido a ese
loco de Elem Klimov primer secretario del sindicato.
Emmaline parpadeó. Los sindicatos soviéticos nunca se «salían de lo
previsto». Tales cosas nunca sucedían. Intentó identificar el nombre.
—¿Klimov es el que hizo Ve y mira?
—Sí, exactamente. Todo sangre y violaciones. Supongo que podríamos decir
que es nuestro equivalente de Perros de paja o Apocalypse Now. Está bastante
loco, ya sabe. Pobre tipo, su mujer murió en un accidente de coche, muy trágico,
y aún le habla a su fantasma todas las noches. Dios sabe qué es lo que hará con
el sindicato. —Miró a su alrededor. Todavía sonriendo, continuó—: En realidad,
me estaba preguntando si le gustaría ver alguno de mis iconos. He prometido
enseñárselos a nuestro invitado de honor, y pensé que a usted y a míster
Pembroke les gustaría venir. ¿Un coche? Oh, no nos hace falta un coche. Mi casa
está arriba. Es lo que en América llaman ustedes un ático.
—Bueno —dijo Emmaline, tratando de adivinar lo que Stark tenía en mente
—. Creo que al menos debería despedirme de mi anfitrión…
—Oh, Teddy anda por ahí. Yo lo haré por usted más tarde.
—… y por supuesto tendría que ver qué es lo que quiere hacer el señor
Pembroke…
—Ya se lo he preguntado. Está entusiasmado. No esperaba tener ocasión de
pasar un rato con un miembro del Comité Central.
Para Emmaline, fue exactamente como si alguien la hubiera tocado con uno
de aquellos punzones eléctricos con que los imbéciles atosigan a las chicas en las
convenciones de excombatientes y similares. Se echó a temblar. Todos los
músculos se le tensaron. Apenas oyó el nombre del hombre, maduro y cortés, al
que fue presentada (¿era Mishko?), porque las reverberaciones de las palabras
«Comité Central» absorbieron todo lo demás.
Los diplomáticos de menor rango nunca llegaban a conocer a un miembro
del Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética.
Apenas fue consciente de cómo era el ascensor en que Stark les metió
(aunque al menos era tres veces mayor que el que tenía en su propio
apartamento, y muy silencioso). Advirtió que la habitación a la que Stark les
condujo era grande y con aire acondicionado, pero de esto sólo se dio cuenta
cuando notó que empezaba a tiritar. Miró sin verlos los iconos de Stark, aunque
el de la Bielorrusia del siglo XVI (lo dijo Stark) no sólo era tan grande como la
Mona Lisa y tenía un marco de oro, sino que unas luces lo enfocaban
discretamente. No se recuperó hasta que se vio sentada en un cómodo salón,
junto a una mesa de café donde estaban los últimos números de The Economist,
Der Spiegel y The New York Times, y Stark empezó a hablar.
Su tono era agradable, pero bastante grave:
—Y ahora tal vez podamos charlar un poco en serio, ¿eh? Off the record,
como ustedes dicen. Para que nos ayude a comprendernos mutuamente y así
podamos ayudar a que nuestros países se comprendan. Un momento —añadió,
pidiendo disculpas, y cambió al ruso para que Mishko le entendiera, al tiempo
que abría un pequeño frigorífico de donde sacó cuatro vasos helados y una
botella de un licor de color pajizo.
Cuando Mishko replicó, Stark tradujo:
—Dice que le agradará mucho. Dice que podemos hablar honestamente, si
no de modo absolutamente abierto… Hay ciertas cosas que incluso amigos
íntimos no se dirían uno al otro, y nombrémonos amigos honorarios por esta
noche; especialmente cuando uno de nosotros pertenece al servicio diplomático
de los Estados Unidos.
Sonrió tolerante a Emmaline. Mishko, vigilando siempre, intervino. Habló en
ruso, directamente a Emmaline.
—No tiene que prometernos que no informará de esto a sus superiores. No le
pido una promesa que luego no podrá mantener. En cualquier caso, si lo hace,
todo acabará en un documento clasificado en sus archivos al que nadie tendrá
acceso durante veinticinco años, y para entonces ya no importará.
Stark tradujo para Pembroke y sirvió el vodka helado en cada uno de los
cuatro vasos.
—Un brindis por la campaña antialcohólica —dijo—. Por favor, no piensen
que me burlo de ella. La apruebo. Ahora limito mi bebida a dos vasos al día, no
más de dos días a la semana, excepto en ocasiones especiales. Ésta es una.
Cuando todos hubieron bebido, Mishko prosiguió:
—Si vamos a hablar francamente —propuso con buen humor—, empecemos
por las cosas pequeñas. Hay una pequeña cosa de la que siempre he querido
hablar con un americano. Me refiero a sus películas. He visto sus Noches
blancas y Un ruso en Nueva York. En una de ellas, todos los rusos son malos. En
la otra somos tontos. ¿Por qué no hay de vez en cuando películas americanas que
muestren por lo menos a un ruso como un ser humano decente?
—Porque sería un fracaso de taquilla —predijo Pembroke cuando Stark hubo
traducido—. Existe una regla suprema para los productores americanos. Sus
películas no deben perder dinero. Se les perdonará cualquier cosa, menos eso.
—Ah, sí, la devoción capitalista por el dólar.
Pembroke sacudía la cabeza antes de que Stark terminara de poner la frase en
inglés.
—Sí. Pero también no. Es la forma en que funciona el capitalismo, pero esa
forma no es necesariamente mala. Los Macdonald’s sirven mejor comida que el
bufete de un hotel soviético. ¿Por qué? La gente que dirige los Macdonald’s está
más motivada. Sabe que si no satisface a sus clientes se le acabó el negocio. Lo
que la motiva es el dinero.
—De hecho —dijo Stark en inglés, cuando acabó de traducir al ruso—,
incluso Lenin estimuló las pequeñas empresas privadas durante el período de la
Nueva Política Económica, justamente por esa razón.
—Pues podrían ustedes intentarlo otra vez —sonrió Pembroke—.
Especialmente en sus restaurantes. ¿Puedo traer a colación otra cosa? Ahí va:
¿por qué los porteros de cualquier restaurante medio decente, en Moscú, se
esfuerzan tanto por alejar a los clientes?
—Una buena pregunta —aplaudió Stark—. Tengo mi propia respuesta, pero
primero veamos qué le parece al señor Mishko. —Rápidamente tradujo la
pregunta, y lo mismo hizo con la respuesta de Mishko—. El señor Mishko
sugiere que es principalmente porque esos empleos se dan a los viejos, y los
viejos de todos los países tienden a la extravagancia. Yo tengo una teoría
diferente. Creo que se debe a la regla de la «eterna vigilancia». Todo niño
soviético es educado para estar en guardia permanente contra los enemigos del
Estado: evasores, contrabandistas del mercado negro, borrachos. Oh, y enemigos
peores aún, por supuesto, pero un niño corriente no encuentra muchos traidores o
agentes de la CIA en el patio de juego. Seguro que muchos de esos niños crecen
para convertirse ellos mismos en borrachos y contrabandistas. Pero nunca
olvidan la «eterna vigilancia». Luego consiguen un puesto que comporta cierta
autoridad, portero en un restaurante, conserje en un teatro, conductor de un
trolebús. ¡Guardan su territorio! Y lo hacen siempre como vigilantes. ¡Prohibido
el paso a los intrusos! En caso de duda, dicen no, porque ser demasiado estricto
es sólo un exceso de celo, pero no serlo lo suficiente amenaza al Estado… ¡Así
que cada uno de ellos se autoconsagra como agente de la KGB!
Sonreía mientras elaboraba su tesis, y Pembroke y Emmaline le devolvieron
la sonrisa. Pero cuando tradujo para Mishko, su propia sonrisa se diluyó ante la
expresión de la cara del hombre del Comité Central. Hubo un rápido intercambio
de palabras que Emmaline no pudo seguir. Luego Stark dijo, con sólo un toque
de tensión en su voz:
—Nuestro invitado de honor me ha rebatido. Dice que hablo de la KGB
como lo hacen los americanos en sus novelas de espionaje, cuando de hecho los
agentes del Estado son, en cierto sentido, los elementos que nos conducen a una
democracia más completa.
—¡Oh! ¿De veras? —exclamó Emmaline, incapaz de contenerse.
—Sí, de veras —dijo Stark con firmeza—. El señor Mishko tiene bastante
razón. Ustedes opinan, estoy seguro, que la Unión Soviética se ha vuelto más
«liberal», como ustedes dirían, en los últimos diez años o cosa así. ¿Y quién ha
propiciado esto? Primero Andropov, un antiguo director de la KGB. Ahora
Gorbachov, el protegido de Andropov. Se equivocan si piensan que los hombres
de la KGB son todos fríos guerreros, del estilo de sus propios espías y agentes.
Ellos… —Dudó, luego se encogió de hombros y volvió a sonreír. Sacó de nuevo
la botella del refrigerador con otros cuatro vasos helados, y los empezó a llenar
—. ¡Y he aquí como de las cosas pequeñas pasamos rápidamente a las grandes!

Las cosas grandes se hicieron pronto más grandes aún. Emmaline supo lo
que iba a suceder, y sin embargo se sorprendió cuando el señor Mishko pasó a
referirse al proyecto de la Guerra de la Galaxias.
—Ya que es mi turno, pregunto por qué América está más interesada en
construir nuevas armas en el espacio que en el desarme nuclear.
Pembroke agitó su vaso vacío en la mano.
—¿Piensa el señor Mishko que la Guerra de las Galaxias funcionará? —
preguntó.
La respuesta llegó rápidamente:
—Como un «paraguas nuclear» para proteger a esa linda niñita que vemos en
la televisión americana, no. Por supuesto que no. Nuestros científicos dicen que
un escudo defensivo total de esas características es imposible, y nuestros
científicos son bastante inteligentes. Por lo demás, la mayoría de sus propios
científicos dicen lo mismo.
—¿Entonces por qué se oponen al proyecto?
—Porque, primero, si funcionara incluso parcialmente, sería un excelente
motivo para asestar un primer golpe sin aviso…, y su país siempre ha eludido el
renunciar al primer uso de las armas nucleares. Segundo, en el curso de la
investigación, descubrirán ustedes muchas armas nuevas y preocupantes. Esos
lásers de rayos x con los que proponen destruir nuestros misiles en vuelo, por
ejemplo. Si pueden derribar un millar de misiles en cinco minutos, entonces
seguramente podrían, por ejemplo, prender fuego a todas nuestras ciudades. ¿Es
ésa una manera efectiva de hacer la guerra? ¡Pregúntenle a la gente de Dresde o
de Tokyo! Pero —continuó Stark, levantando una mano cuando Pembroke estaba
a punto de hablar—, el señor Mishko me pide que recalque que él ha contestado
sus preguntas, pero usted no ha respondido a las suyas. ¿Por qué?
Esta vez Pembroke no dudó.
—Los americanos les temen —dijo—. Temen que si hay un tratado ustedes
harán trampas.
Los nervios de Emmaline se dispararon. No había esperado una palabra tan
explícita como «trampa». Pero cuando Stark tradujo, Mishko sólo dijo:
—Sí, se nos ha acusado de hacer trampas. ¿Pero no es una regla suya que
incluso un acusado es inocente hasta que se haya probado que es culpable?
—Eso sólo es válido cuando existe un juez, un jurado… y una sentencia
aplicada a una persona encontrada culpable —dijo Pembroke tercamente—. No
hay un código criminal internacional.
—Tenemos un Tribunal Mundial que ha encontrado a América culpable de,
por ejemplo, minar los puertos de Nicaragua.
Pembroke dudó.
—No estoy a favor de la Contra, y tampoco me entusiasman demasiado las
acciones bélicas subrepticias. No me gusta la CIA más que la KGB. Pero ese
Tribunal Mundial es una broma. Puede ser manipulado, como dice mi
Presidente. Por descontado, no tiene dientes. Puede condenar, pero no tiene
manera de castigar.
—Porque carece de poder. ¿Le daría el poder para castigar a un país como el
suyo?
—¿Lo haría usted?
Mishko se tomó su turno para pensar un momento.
—No depende de mí —dijo a través de Stark—, pero si dependiera, no creo
que lo hiciese. Verá, tampoco nosotros nos fiamos de los americanos. Tenían
ustedes un tratado que les obligaba a no invadir jamás el territorio de otro estado
americano, pero lo rompieron cuando atacaron Granada. Bombardearon ustedes
Libia sin ninguna declaración de guerra. ¿Hay alguna diferencia entre eso y
Pearl Harbor? Condenan ustedes el secuestro aéreo, pero sus propias Fuerzas
Aéreas secuestraron el avión civil de una nación amiga sobre aguas
internacionales para capturar a las personas a quienes culpaban de lo del Achille
Lauro; eso se define como piratería…
—¡Eh, espere!
—Un momento, por favor —dijo Stark, en mitad de la traducción—. Hay
una cosa más. Su CIA derrocó al gobierno de Chile y ni siquiera tuvo la decencia
de hacerlo abiertamente. Ahora, ¿qué es lo que quería decir, señor Pembroke?
Pembroke fruncía el ceño.
—Iba a decir que los del Achille Lauro eran terroristas, pero tengo una idea
mejor. Déjeme que les dé mi propia lista. Su país no ha cumplido la Declaración
de Helsinki sobre derechos humanos. Construyeron un radar en Karsnoyarsk que
viola el tratado sobre misiles antibalísticos. Su dulce KGB mantiene un
Archipiélago Gulag que…
Pero Stark había levantado la mano.
—¿Puedo traducir todo esto antes de que continúe, por favor? No quiero
hacerlo mal.
Y cuando terminó y Pembroke estaba listo para continuar con su lista,
Mishko sonrió ampliamente y se inclinó hacia adelante para palmear gentilmente
la rodilla de Pembroke, Emmaline se sorprendió al oír que Mishko decía
directamente a Pembroke, en un inglés lento y espeso:
—Le hablo de Vietnam y usted me habla de Afganistán. Yo menciono El
Salvador, y usted Polonia. Digo Bahía de Cochinos y usted dice Hungría. Así
que por esa causa…, por esa causa…
Se encogió de hombros y abandonó el intento de hablar en inglés. Terminó
en ruso, y Stark tradujo:
—Por tanto, el señor Mishko dice que deberíamos dejar de dirigirnos epítetos
mutuos y hablar seriamente de los problemas. ¿Tiene alguna pregunta que le
gustaría hacer al señor Mishko? —Antes de que Pembroke pudiera hablar,
continuó, acariciándose el medallón de oro mientras lo hacía. El tono de su voz
no cambió, pero hubo algo en su expresión, ¿una tensión de la barbilla?, ¿un
entrecerrar de ojos?, que hizo que Emmaline se enderezara para oírle—.
Recuerdo que el otro día estaba usted interesado en ciertos rumores alusivos a un
documento secreto. La señorita Brandon creo que también ha hecho algunas
preguntas. ¿Le gustaría pedir al señor Mishko que comentara el tema?

Las maneras de Mishko también cambiaron. No puso mala cara.


Simplemente escuchó con mucha atención, asintiendo con la cabeza para animar
a Stark a continuar cada vez que traducía una frase o dos de lo que Pembroke
decía.
—Lo que he oído era un rumor de segunda mano. Por supuesto, preferiría no
decir dónde lo oí.
Continuó describiendo lo que había oído, haciendo especial hincapié en los
aspectos más revolucionarios: supresión de la censura, elecciones libres incluso
con partidos políticos distintos…
Cuando terminó, esperó mientras Stark y el hombre del Comité Central
conversaban un momento. Luego Stark se volvió a los americanos.
—Me ha preguntado qué le contesté cuando mencionó usted el tema por
primera vez —informó—. Le he explicado que dije, como recordará, que no
tenía conocimiento personal de tal cosa y me preguntaba si sería una
falsificación originada entre elementos antiPartido emigrados a Occidente.
—Esto es lo que me dijo usted, sí —concedió Pembroke—. ¿Qué dice el
señor Mishko?
—Le preguntaré —dijo Stark, e informó del resultado frase por frase—.
Primero, el señor Mishko dice que las elecciones libres pueden darse sin ningún
cambio en las leyes soviéticas, y de hecho se dan. Mencionó lo que comentamos
antes, señorita Brandon: los resultados de las elecciones en el sindicato
cinematográfico, donde los votantes han rechazado en redondo la lista oficial
propuesta y elegido otra presentada por la oposición. Así que este tipo de cosas
sí que suceden en la URSS, aunque naturalmente son raras…
—Eso diría yo —gruñó Pembroke.
Stark frunció el ceño, pero continuó:
—El señor Mishko señala que la posibilidad de que esos documentos
anónimos sean una falsificación no queda excluida. Pero también que las
personas que ocupan altos cargos tienen medios adecuados para debatir
cuestiones políticas sin haber de recurrir al samidzat. Los dirigentes del Partido y
de la nación no llevan anteojeras. Están examinando constantemente todas las
alternativas posibles. Todas se pueden proponer y discutir. Las que son válidas y
tienen méritos, se adoptan. Y los dirigentes no son una tira de soldados de papel.
Todas las facetas de una propuesta pueden ser examinadas, y siempre habrá
propuestas aceptadas o rechazadas. Así que, incluso si el documento es una
falsificación, es posible que algunas de sus partes representen el punto de vista
de determinados altos funcionarios… Pero, dice el señor Mishko, no de una
mayoría —Stark sonrió—, o en ese caso habría sido publicado en Pravda, no
difundido en samidzat.

—Johnny Stark sabía que he estado haciendo preguntas sobre su manifiesto


—dijo Emmaline pensativa, cuando esperaba el autobús junto a Pembroke.
—¿Eso prueba que es de la KGB?
Emmaline se encogió de hombros. Lo que pensaba era que aquello probaba
que dos personas eran de la KGB, Stark y Rima, con quien había tanteado el
asunto, pero no lo dijo.
—Sabe, al principio me pareció muy indiscreto por su parte que nos invitara
a hablar con ese señor Mishko —dijo—. Lo primero que tengo que hacer por la
mañana es averiguar con quién hemos estado hablando. Pero no creo que Stark
sea indiscreto nunca.
—Entonces, ¿qué cree que ha pasado allí?
—¡Sabe Dios! Daba la impresión de que alguien intentaba restarle puntos a
otro, pero no creo que jamás descubramos el marcador ni sepamos de qué va la
partida.
—¿Ni siquiera con la glasnost?
—Nunca habrá tanta glasnost —dijo Emmaline seriamente.
40
Viernes, 23 de mayo.

Los meteorólogos, para explicar la circulación del aire en la atmósfera


terrestre, emplean a veces un ejemplo llamado «El último aliento de César». Se
da la coincidencia de que el número medio de moléculas de aire en un pulmón
humano se aproxima bastante al número total de «contenidos pulmonares» que
formarían la atmósfera terrestre. En los dos mil años que han pasado desde que
César muriera apuñalado en el foro romano, ha habido tiempo de sobra para que
las moléculas de aire que exhaló se mezclen con el resto, así que ahora están en
todas partes. Incluso en los pulmones de usted. Por término medio, cada vez que
usted respira inhala una molécula que César exhaló. Esto no le hace ningún
daño. El último aliento de César no contenía nada que pueda perjudicarle, pero
el gran «aliento» final del moribundo reactor número cuatro de Chernobyl ya es
otra cosa. No está tan bien distribuido como la exhalación de César. No ha
pasado tanto tiempo. Especialmente en el hemisferio sur, que intercambia aire
con el norte muy débilmente, a través de lo que se llaman «células Hadley», sólo
han circulado hasta hoy pequeñas fracciones de los gases de Chernobyl. Pero
había tantos gases en Chernobyl que cada uno de nosotros tiene ahora en los
pulmones un cierto número de sus moléculas, y esto es válido no sólo para todos
los americanos, rusos, chinos, franceses e italianos, sino también para cada
africano, australiano y campucheo, e incluso para los elefantes de Kenya y los
pingüinos antárticos. Inhalamos parte del último aliento de Chernobyl cada día,
y lo seguiremos haciendo el resto de nuestras vidas.

A las ocho de la mañana del 23 de mayo, el nuevo incendio de la central


nuclear de Chernobyl había estado lanzando al aire veneno adicional durante seis
horas, y Leonid Sheranchuk no sabía nada. Estaba a treinta kilómetros de
distancia, en el pequeño apartamento que les habían dado a él y a su esposa en la
ciudad de Chernobyl. (Sólo dos habitaciones: ¿dónde iba a dormir Boris? ¡Pero
seguía siendo una suerte haber conseguido un apartamento tan pronto!) Lo que
Sheranchuk hacía era ponderar con su esposa la conveniencia de preguntar a la
señora Smin si querría vender la parcela de terreno donde ya, con toda
seguridad, los Smin no iban a construir su dacha, y en caso afirmativo si
deberían alquilar un coche para salir al campo y verla antes de dar el paso
siguiente.
Entonces llamaron a la puerta y en ella apareció Vladimir Ponomorenko, el
último superviviente de las Cuatro Estaciones, pidiendo disculpas, preocupado,
insistente. ¿Iba el camarada Sheranchuk a acudir a la central en la nueva
emergencia, y si era así, podía llevarle con él? ¿Qué emergencia? Oh, ¿no se
había enterado Sheranchuk? Un incendio, un feo incendio… Había empezado
sólo Dios sabía cómo, combustión espontánea o algo así, en la sección 24 de la
planta, y ahora estaba casi por completo fuera de control porque aquélla era la
sección más cercana al mortífero núcleo y estaba inundada de radiación y los
bomberos no podían acercarse para extinguirlo.
—¡Por favor, camarada Sheranchuk! ¡Tengo que ir allí inmediatamente!
¡Debo ayudarles!
Y por supuesto, ya que la central de Simyon Smin tenía una vez más
horribles e inesperados problemas, lo mismo hizo el camarada Sheranchuk.

Encontraron un taxi que accedió a llevarles hasta el puesto de mando del


perímetro. Luego siguieron su camino en una ambulancia que retiraba un par de
nuevas bajas; otra vez bomberos, naturalmente: uno que había quedado sin
sentido al ser golpeado por una manguera desprendida, el otro aún peor porque
su traje antiradiación se había rasgado cuando perforaba una pared para llegar al
fuego. Los médicos los trataron con cautela y los trasladaron a otro coche.
Era malo, claro. El conductor les informó mientras traqueteaban por la
carretera hacia la planta, a veces saliéndose del camino para evitar zonas del
pavimento aún contaminadas. Sheranchuk conocía poco el lugar donde el
incendio había estallado, la sección 24 del edificio del reactor, varios pisos por
encima del núcleo aprisionado y moribundo. Un lugar desagradable. Todo en
aquella parte había sido recalentado y resecado por los incendios anteriores, y
quizás algún fragmento calcinado alcanzó la temperatura de ignición. Nadie
podía asegurarlo. Nadie había estado allí para verlo. La sección entera estaba
sellada con puertas de acero, inundada de radiación.
—Así que tuvieron que entrar por las paredes —dijo el conductor mientras
batallaba con el volante para evitar una serie de socavones—, pero el fuego
estaba más arriba. No sé qué harán ahora… ¡Miren, aún continúa, porque hay
humo!
Había humo, negros nubarrones que manchaban el hermoso cielo azul de la
mañana. Sheranchuk se inclinó hacia adelante, intentando ver lo que pasaba a
medio kilómetro.
—¿Qué hace esa gente en los tejados? —preguntó, pero el conductor no lo
sabía; no estaban allí cuando salió—. ¡Es peligroso! —murmuró Sheranchuk,
mirando las plantas superiores de la central.
El núcleo estaba al menos parcialmente blindado, con paredes por las cuatro
caras y en la base: la sólida capa de hormigón que reemplazaba el agua que
Sheranchuk había ayudado a drenar. Pero no había nada encima, excepto lo que
los helicópteros y grúas habían vertido allí; nada para detener el flujo de la
radiación. Incluso con sus grotescos trajes de goma y plomo, aquellas personas
del tejado estaban arriesgando sus vidas.
Contuvo la respiración.
—El combustible diesel —dijo.
Cuando la ambulancia rebasó la entrada, vio mejor dónde estaban los
bomberos.
—¿Qué? —preguntó el conductor, y Ponomorenko le miró con curiosidad.
Sheranchuk simplemente sacudió la cabeza. El lugar donde los bomberos
batallaban contra algo, en el tejado, estaba sólo a unos metros de distancia de los
depósitos de combustible para los generadores diesel. Y si éstos estallaban…
Sheranchuk no quería pensar en lo que sucedería si el fuego llegaba a alcanzar
aquellos depósitos.

Por alguna razón, los hombres del tejado estaban descolgando largas cuerdas
por encima del borde, y otros bomberos preparaban algo abajo.
Salieron de la ambulancia, y corrían hacia el edificio cuando un jefe de
bomberos les detuvo a mitad de camino.
—¡Quítense de aquí! —ordenó—. ¡Ni siquiera llevan trajes protectores!
—Soy el ingeniero Sheranchuk. Los depósitos de combustible… ¡Hay que
vaciarlos o habrá otra explosión!
El bombero frunció el ceño.
—¿Sheranchuk? Sí, está bien, sé quién es usted, pero tendrá que entrar en el
refugio. ¿Qué son esos depósitos de los que habla?
Sheranchuk se lo explicó apresuradamente, mientras los bomberos pasaban
corriendo junto a ellos con una manguera y se dirigían hacia las cuerdas que
colgaban del tejado.
—Sé dónde están —dijo—. ¡Déjeme ir allí! Necesitarán un camión cisterna
para vaciarlos…, las tuberías deben estar bien…
—Usted no —replicó el bombero—. Ya ha corrido demasiados riesgos. No
se preocupe, encontraremos los tanques.
—Camarada —dijo Ponomorenko ansiosamente—. Yo también sé dónde
están.
El jefe le miró, y se encogió de hombros.
—De acuerdo, vaya a que le den un traje y luego nos los podrá mostrar. Pero
usted, Sheranchuk, entre en el bunker, y sin discusiones. ¡Se trata de su vida,
hombre!

Así que mientras un centenar de bomberos y voluntarios combatían las


llamas en una sección de la planta, Leonid Sheranchuk se quedó en una
habitación subterránea, apestosa y llena de humo, a cien metros de distancia. La
habitación había formado parte de las instalaciones de los bomberos de la
central. Ahora era el cuartel general de las operaciones en curso.
No podía quedarse allí. Él conocía la central. El edificio entero era un
laberinto de trampas, corredores bloqueados intencionadamente por puertas de
acero, o simplemente por montones de escombros apilados. Todos estos
bomberos eran nuevos, traídos para reemplazar a la diezmada cuadrilla original.
¿Sabían lo que hacían? ¿Podría guiarles Ponomorenko a los depósitos de
combustible? ¿Sabrían cómo abrir las válvulas de drenaje? ¿Funcionarían las
válvulas? ¿Habrían podido localizar un camión cisterna al cual trasvasar el
combustible?
Encontró un traje. No uno de los buenos, de goma y plomo: sólo la ropa
obligatoria que todo el mundo tenía que llevar ahora en la planta, diseñada
únicamente para proteger contra pequeños niveles de radiación. Le iba al menos
dos tallas grande, pero se lo puso, y cuando un grupo de bomberos finalizó una
reunión de urgencia y corrió a cumplir las decisiones que habían tomado,
Sheranchuk corrió con ellos.
Lo bueno (lo único bueno) era que esta vez los bomberos sí parecían saber lo
que hacían. Incluso tenían equipo; un camión cisterna se hallaba aparcado junto
al edificio, con las mangueras ya conectadas: estaban vaciando los depósitos.
Todo el mundo trabajaba ahora mucho mejor, pensó Sheranchuk
sardónicamente, porque tenía práctica; todo el mundo parecía tomar este
incendio como una afrenta personal, porque todos habían asegurado que una
cosa así no sucedería dos veces.
Una explosión en las alturas le hizo retroceder y alzar la cabeza lleno de
pánico.
No, no habían sido los depósitos de combustible. Era algo extraño. Alguien
había hecho estallar una carga explosiva en el tejado; había abierto un agujero en
la pared del edificio del reactor, por donde salía humo negro.
Sheranchuk se sorprendió al ver que ya estaban izando mangueras desde el
suelo, y que una especie de bastidor de andamiaje bajaba del tejado. ¡Había
hombres en el andamio! Cuatro al menos, que parecían buzos, colgados de las
cuerdas mientras la plataforma se balanceaba… Más arriba, otros dos bajaban
con unos arneses.
Sheranchuk contempló incrédulo cómo los hombres llegaban a la altura del
agujero. No dudaron. Uno saltó dentro, haciendo que la plataforma se balanceara
aún más, luego la sostuvo mientras sus camaradas aseguraban las mangueras y le
seguían. Sheranchuk oyó un grito. Entonces las primeras mangueras se
enderezaron debido a la presión, y al humo del agujero se unieron nubes
amarillentas de vapor.
Aún estaba allí, parpadeando bajo el sol, cuando el jefe de bomberos le tocó
el hombro.
—Se lo dije, hombre, al bunker. ¡De lo contrario, haré que le arresten y se lo
lleven! ¿El incendio? Oh, ya no tiene por qué preocuparse del incendio. Ahora
que hemos logrado entrar, lo apagaremos en un momento.
Y eso hicieron.

En realidad no fue tan fácil. No fue fácil en absoluto, y desde luego no se


hizo sin pagar un precio. Hubo veinticinco nuevas bajas, casi todas bomberos,
pero los trajes les habían protegido de lo peor de la radiación, incluso a los
héroes que entraron por el boquete de la pared.
Si hubieran tenido el mismo equipo un mes antes, pensó Sheranchuk,
¿cuántas vidas podrían haber salvado? La de Simyon Smin indudablemente.
Nadie moriría por causa del segundo incendio. Las lecturas más altas de los
dosímetros eran de menos de cien rads. Había hombres vomitando y con mala
cara en la zona de reuniones, esperando que los evacuaran, pero la mayoría
jugaba y bromeaba.
Y algunos, como Volya Ponomorenko, estaban incluso orgullosos de la
radiación que habían absorbido.
—¡Trece rads! —fanfarroneó, agitando el instrumento en forma de pluma
estilográfica—. ¡Pero sacamos el combustible, camarada Sheranchuk!
—El país está orgulloso de ti, Otoño —dijo Sheranchuk, bromeando sólo a
medias. Y entonces recordó la escena ante el lecho de muerte de su primo—.
Quiero decir… todo el país. Especialmente Ucrania, por supuesto.
Ponomorenko bajó la cabeza rápidamente. Jugueteó con el dosímetro un
instante antes de responder.
—Lo que dijo Arkady… En cierto modo tenía razón. También usted es
ucraniano, camarada Sheranchuk. Lo sabe. Pero, verá, mi primo estaba también
un poco equivocado. Sólo unos cuantos idiotas quieren que Ucrania sea
independiente.
—No pienso mucho en cuestiones de política —se excusó Sheranchuk.
—Arkady pensaba demasiado —dijo el futbolista amablemente—. Y me hizo
pensar a mí también. Y lo que pienso es que quizá los ucranianos alzarán más de
una voz sobre lo que ocurre en Ucrania. Dentro de poco. Y merecerá la pena
esperar para verlo. —Se enderezó y sonrió—. ¿Ha hablado con nuestro nuevo
héroe?
—¿Nuevo héroe?
—Bohdan Kalychenko. Estaba aquí hace un momento, pero se lo han llevado
al hospital, supongo. Dicen que fue el primero en llegar al tejado, antes incluso
que los bomberos. ¡Imagínese! ¡Robó un traje de alguna parte y pensaron que era
uno de los suyos!

Cuando Sheranchuk volvió finalmente a la ciudad de Chernobyl, el pequeño


apartamento estaba vacío. Sólo había una nota: «Me han llamado del hospital.
Ven a decirme que estás bien».
Se sirvió un vaso de zumo de manzana, pensó en telefonear al hospital (su
suerte al conseguir el apartamento no incluía el teléfono), y decidió que podía ir
en persona. Mientras caminaba por las abarrotadas calles de la ciudad, descubrió
que se sentía agotado. La descarga de adrenalina que le produjo el incendio
había desaparecido. Después de todo, se dijo, había sido de muy poca ayuda en
aquella emergencia. Bueno, sí, había indicado el peligro que representaba el
gasóleo, pero fue Ponomorenko quien acudió al foco de peligro para
combatirlo… ¿Y quién podía decir que los bomberos no lo habrían dominado
solos?
Leonid Sheranchuk no estaba tranquilo. El fuego había sido apagado, sí,
pero, ¿cómo asegurarse de que no habría otro? ¿O alguna nueva emergencia
repentina, inesperada, imprevista…, dispuesta a poner una vez más y sin aviso la
central de Simyon Smin en peligro mortal? ¿Era eso, como había dicho aquel
hombre, lo que significaba «para siempre»? ¿Recordar día tras día lo mal que
podían ponerse las cosas y estar constantemente vigilando?
No quiso pensar en Simyon Smin. No tenía que hacerlo: aquel dolor estaba
siempre presente.
Y Tamara… Ciertamente, la había perdonado de corazón, si es que en verdad
necesitaba su perdón; si es que lo que había dicho aquella bruja, Ajsmentova,
tenía algo que ver con la realidad. ¿Pero recordaría él siempre que la había
perdonado? Incluso si surgía algo como lo que Ivanov había dicho, para
recordarle que su falsa paternidad (si era falsa) también la conocían otros…
Por no mencionar lo que el moribundo Arkady Ponomorenko había
balbuceado. Por no mencionar el hecho de que jamás podría volver a
desempeñar su verdadero trabajo en la central de Chernobyl, ni en ninguna otra
central nuclear de ninguna parte.
Suspiró y cruzó la calle, frente al hospital. «No puedes esperar ser feliz
siempre», se dijo.
Luego rectificó. No, pensó, lo importante es aceptar lo que tienes, no importa
lo que sea, y encontrar una forma de vivir feliz con ello.
Cuando halló a su esposa, acalorada y ocupada en la sala de admisiones,
primero le aseguró que estaba bien y después, impulsivamente, la abrazó y la
besó con fuerza.
Tamara quedó sorprendida. Se separó de él y, riendo, le devolvió el beso.
—Todo esto, querido, puede esperar hasta más tarde. ¡Me alegra que estés
aquí! Ahora, por favor, tengo trabajo… ¿Por qué no vas a ver a Bohdan
Kalychenko y le dejas que fanfarronee sobre su heroísmo? Después de todo, se
ha ganado el derecho.

Kalychenko vestía un pijama del hospital, pero no estaba en la cama, sino en


mitad del pasillo charlando con un bombero que llevaba la cabeza vendada.
Cuando vio a Sheranchuk dudó, pero luego se le acercó, sonriendo.
—Pobre chico, acaba de salir de la sala de operaciones, pero se pondrá bien,
seguro. ¿Yo? Sí, estoy bien, pero no pude encontrar un traje lo bastante grande
para mí, así que chupé casi cincuenta rads, ¿lo sabía? Quieren mantenerme en
observación, aunque es sólo su forma de hacer las cosas.
—Ya veo que no puede evitar salir corriendo de su puesto de trabajo —dijo
Sheranchuk, bromeando.
Kalychenko se ruborizó.
—¡Pero si el reactor estaba parado! —protestó—. No había nada que hacer
allí, sólo mirar los contadores…
Sheranchuk se disculpó rápidamente.
—Es una broma. No, Kalychenko, esta vez se ha cubierto de gloria. Y
también de radiación, claro —dudó—. Es una lástima, pero supongo que eso
significa que le retirarán del trabajo. Aunque ya han hecho una excepción
conmigo. Quizá también la hagan con usted.
—No, no —dijo Kalychenko rápidamente—. Ya me han dicho que eso está
fuera de duda, pero no me importa. Tengo otra oferta de trabajo, algo muy
distinto. ¿Dónde? En Yuzhevin, la aldea a la que fuimos evacuados.
Y sí, reflexionó en silencio, está bien, es una aldea «poco prometedora». Pero
el trabajo es bueno, y a Raia le gusta la idea, y al menos no tendré que espiar a
mis camaradas.
Sheranchuk no pudo descifrar la expresión de su rostro.
—Bien —dijo vagamente—. Le deseo suerte. Y, por supuesto, felicidades
por su matrimonio, ¿lo he dicho ya? —preguntó, intentando pensar en algo que
aligerara la conversación—. Ah, sí —añadió—. ¿Le gustan los chistes de Radio
Armenia? El director técnico Smin era muy aficionado a ellos. Éste es el que me
contó en el hospital de Moscú, poco antes de morir. Es un chiste del siglo
veintiuno. ¿Qué le dice un padre a su hijita cuando la lleva a cierta colina? Dice:
«No tengas miedo, palomita. Bajo esta colina hay enterrada uña vieja central
nuclear, pero es perfectamente segura.» Y entonces, cuando la asustada niñita no
quiere subir a la loma, ¿qué le dice? Le dice: «Vamos, si no pasa nada. Mira, si
estás asustada, dame la mano. Muy bien, ahora dame la otra. ¿Ves como no pasa
nada? Ahora dame la tercera.»
Frederik Pohl
CONSIDERACIONES FINALES

Ya que Chemobyl es una obra de ficción basada en la realidad, puede resultar


difícil entender qué hay que aceptar como hechos reales y qué es licencia del
novelista. Para empezar, todos los personajes que aparecen en la novela son
ficticios. Algunas de las cosas que se hacen en la novela fueron hechas
efectivamente por personas reales, como es el caso de los tres hombres que
entraron en los corredores inundados, debajo del reactor, para abrir las válvulas
de drenaje. Los nombres de los tres hombres son Alexei Ananenko, Valeriy
Vezpalov y Boris Baranov, pero los personajes de la novela de ningún modo han
sido modelados a su imagen. La naturaleza y la cronología de la explosión y sus
consecuencias corresponden a la realidad lo máximo posible, aunque me he
tomado libertades menores con su ubicación en el tiempo. Los hechos
secundarios también han sido tomados de la realidad, si bien en algunos casos es
discutible en qué consiste la realidad. Un dato especial es el «documento de las
diecisiete páginas». El documento descrito existe realmente. Es un manifiesto
razonado en el que se piden drásticas reformas en ámbitos tales como la libertad
de expresión, las prioridades industriales y los procedimientos políticos. El
documento circula subrepticiamente por la Unión Soviética y, después de
Chernobyl, incluso fuera de ella. Lo que no está claro es si este documento
dimana de algunos altos cargos, como se dice, o si es una invención de ciertas
personas exiliadas en Occidente. Por otro lado, hay claras evidencias de que
muchos de los cambios revolucionarios que el documento propone están siendo
contemplados seriamente por altos funcionarios…, aunque otros funcionarios de
igual rango se oponen a ellos vigorosamente.
Un signo particularmente visible del cambio es la continua protección de
Mijail Gorbachov a la política de glasnost, o transparencia y honestidad en
informar de los hechos de la vida soviética y en discutir qué medidas hay que
tomar para tratarlos adecuadamente. Dicha política no empezó con la tragedia de
Chernobyl, pero ésta ha hecho posible que se comprendiera. Fue la glasnost lo
que permitió la publicación del artículo ferozmente crítico de Lyubov
Kovalevska sobre las irregularidades de la central nuclear de Chernobyl en el
número del 27 de marzo de 1986 de Literaturnaya Ukraina, sólo unas semanas
antes de la explosión. Fue la glasnost lo que hizo posible el informe soviético
completo, sincero y sin precedentes, que sobre el accidente se remitió a la
Agencia Internacional de Energía Atómica de Viena, en septiembre de 1986 (de
donde proceden gran número de los detalles técnicos de esta novela). Fue
también la glasnost lo que ha informado desde entonces, en la prensa soviética y
en el extranjero, sobre revueltas, accidentes, manifestaciones y otros sucesos que
casi nunca antes salieron a relucir…, incluidas historias de malversación de altos
cargos del Partido Comunista, y hasta de miembros de la KGB. Y, en mucha
menor escala, creo que también fue gracias a la glasnost que pude recibir la gran
asistencia y la firme cooperación que encontré cuando regresé a la Unión
Soviética para completar mi documentación con destino a esta novela. Por ello
debo dar las gracias a muchos funcionarios soviéticos, pero en especial a los
directivos del Sindicato de Escritores. Estas personas me abrieron muchas
puertas, y no impusieron ninguna restricción respecto a lo que podía escribir o a
quién podía ver. Con su ayuda logré entrevistar a docenas de personajes con
información directa del accidente de Chernobyl: periodistas, testigos, bomberos
que combatieron para controlar los daños, expertos nucleares que estaban en el
lugar de los hechos, y muchos otros. Hicieron más para ayudarme a escribir esta
historia de lo que yo habría imaginado, y por ello les quedo profundamente
agradecido.

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