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Encina Francisco A - Nuestra Inferioridad Económica

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Francisco A.

Encina

NUESTRA
INFERIORIDAD
ECONOMICA
SUS CAUSAS,
SUS C O N S E C U E N C I A S

Q uinta edición

E D IT O R IA L U N IV E R S IT A R IA
NUESTRA
INFERIORIDAD
ECONOMICA

C O L E C C I O N

IMAGEN DE CHILE
© E d ito r ia l U n iv e rs ita ria , S .A ., 1955
In s c r ip c ió n N " 17.287
D e r e c h o s ex c lu siv o s re s e r v a d o s p a r a to d o s los p aíse s

T e x to c o m p u e s to c o n f'o to m a tric e s Pholon B askem M v

Se te r m in ó d e im p r im ir e s ta 5 “ e d ic ió n e n los ta lle re s d e
EDITO RIAL UNIVKRSrTARIA,
S a n F ra n c isc o 4 5 4 , S a n tia g o d e C h ile ,
e n el m e s d e ju l io d e 1981
1.500 e je m p la re s

P ro y e c tó la e d ic ió n M auricio Am ster

l '1 e d ic ió n , 1911
2;‘ e d ic ió n , 1955
3 ;l e d ic ió n , 1972
4 “ e d ic ió n , 1978
5“ e d ic ió n , 1981

IM P R E S O EN C H I L E / P R I N T E D IN C H I L E
Colección

IM A G E N D E C H IL E

V olúm enes publicados:

Ja im e E y zag uirre, Breve historia d é la s fro n te ra s de Chile


L u is O y arzú n , T em as de la cultura chilena
J o a q u ín E d w ards Bello, L a Q uintrala, Portales y algo m ás
J a im e E y zag uirre, Ideario y ruta de la em ancipación chilena
E n riq u e S ierra , Tres ensayos de estabilización en C hile
Jo rg e D ow ling, R eligión, cham anism o y m itología m apuches
T o m ás L ago, A rte p o p u la r chileno
G re ta M o n stny, Prehistoria de C hile
A lvaro J a r a , G uerra sociedad en C hile
Francisco A. E ncina, N uestra inferioridad económica
A níbal P into, Chile un caso de desarrollo frustrado
Ja im e E y zag uirre, F isonom ía histórica de Chile
B enjam ín S ubercaseaux, Chile o una loca geografía
G u illerm o Feliú C ru z , L a abolición de la esclavitud en Chile
Y olando Pino S aavedra, C uentos folklóricos chilenos
L u is O y arzú n , D efensa de la tierra
Sergio V illalobos, P atricio Estellé, O svaldo Silva y F ernando Silva,
H istoria de C hile (4 tom os)
Sergio V illalobos R ., Para una m editación de la C onquista
Ja im e E y zag uirre, Viejas im ágenes
A lberto M a rín M ad rid , A r itra jé d e l B e a g le y rebeldía argentina
INDICE

Prefacio

pág. 11

i. M anifestaciones de debilidad
en nuestro organism o económico
pág. 15
/. E l desplazam iento económico del nacional. 2. B alanza adversa y
pa p el m oneda crónico. J. D ebilidad y le n titu d de nuestra expansión
m aterial. 4. D ecadencia del sentim iento de la nacionalidad

ii. N atu raleza y origen del fenóm eno


pág. 26
/. N uestra inferioridad económica es un fen ó m en o distinto e indepen­
diente de las crisis comerciales. 2. L as explicaciones corrientes de su
origen. 3. Sus verdaderas causas

iii . El te rrito rio chileno


desde el punto de vista económico
pág. 34
/. E l valor económico de un territorio sólo p u ed e ser estim ado con re­
lación a la raza que ¡o puebla. 2. E l territorio chileno y la expansión
agrícola. J . L a riqueza m ineral d e nuestro suelo. 4. C arácter indus­
trial de la m inería chilena. 5. N aturaleza económico-sociológica de la
riqueza m ineral. 6. E l territorio chileno y la etapa m anufacturera y
comercial. 7. R esum en

iv. Psicología económ ica del pueblo chileno


pág. 55
I. L o s rasgos psicológicos y las capas sociales. 2. O rientación d e la
actividad hacia las profesiones liberales y los em pleos públicos. J . E l
em pleo d el tiem po. 4. Iniciativa y perseverancia. 5. E l esfuerzo colec­
tivo y la asociación. 6. M o ra lid a d industrial, com ercial y a dm inistra­
tiva. 7. C apacidad técnica y adm inistrativa. 8. E l obrero chileno. 9. L a
hospitalidad, concepto social de la ociosidad y el porcentaje de p a rá ­
sitos. 10. O stentación y prodigalidad. 11. C recim iento de la población

v. A ntinom ia a n te los factores físicos de


expansión económ ica y las ap titu d es de la población
p á g . 103
v i.
O tro s factores de inferioridad económ ica
pág. 107
L a vecindad de la A rgentina. 2. L a p rio rid a d de desarrollo de las
grandes naciones m anufactureras. 3. L a intensidad del contacto co­
m ercial con E uropa y e e .v u .

vil. E squem a de la evolución económ ica de C hile


en tre 1810 y 1875
pág. 120

v iii .
M odificaciones en los factores económicos
pág. 123
7. M u d an zas en los factores m ateriales de la expansión agrícola y
m inera. 2. Descenso del precio de los cereales en el mercado universal.
3. L a incorporación de Tarapacá y Antofagasta a la soberanía de
C hile

ix. C am bios en 'las condiciones sociológicas


p á g . 127
7. Exagerada influencia atribuida al salitre en la crisis m oral de Chile.
■2. A u m en to en la intensidad del contacto con E uropa. 3. L a difusión
de la enseñanza

x . Efectos económicos y sociológicos de los cam bios


m ateriales y m orales verificados en las condiciones
de nuestra evolución
pág. 152
1. C onexión íntim a entre los fen ó m en o s económicos y m orales..2 . S u b ­
ordinación de nuestra expansión agrícola al desarrollo de la industria
salitral. 3. Concentración de la población en las ciudades. 4. A u m en to
de los consum os. 5. D esarrollo del profesionalism o y la em pleom anía.
6. L a s perturbaciones m orales. 7. Paralelism o entre las m anifesta­
ciones de nuestra inferioridad económica y ¡os fen ó m en o s precedentes

x i. C ausas del desplazam iento económico


del nacional
pág. 187
1. L a in tensidad del contacto con E uropa. 2. L a influencia de la en­
señanza. 3. L a concentración de la actividad económica nacional en
las industrias extractivas del salitre y del cobre
x i i . C ausas de la debilidad

y lentitud de n uestro desarrollo después de 1865


pág. 196
/. Chile, la posición q ue ocupaba en Sudam érica. 2. E l descenso m u n ­
dial de los precios entre 1873 y 1896. 3. E l agotam iento de las ntinas
ricas y la extensión de la agricultura a suelos m ás pobres. 4. L a con­
centración p rem a tura de los habitantes en las ciudades. 5. L a in e p titu d
de la población para la actividad fa b r il y com ercial. 6. E l parasitism o.
7. L a s p érdidas de energía económica. 8. O tras causas concurrentes.
9. L a decadencia del espíritu de nacionalidad

xiii. C au sas de la decadencia


del sentim iento de nacionalidad
p á g . 210
1. L a sugestión ejercida p o r civilizaciones extrañas. 2. E l m ercader
extranjero. 3. E l descastam iento de la enseñanza. 4. Courcelle S en eu il
y las doctrinas de libre cam bio. 5. L a penetración de los ideales h u m a ­
nitarios y socialistas. 6. E l fracaso de las ilusiones cifradas en la liber­
tad, las instituciones y la instrucción. 7. L a pérdida de la posición que
ocupábam os en Sudam érica

x iv . C ausas de la depresión
de nuestros cam bios internacionales
p á g .225
L a balanza y los raciocinios deductivos. 2. Capitales extranjeros y
el desarrollo económico nacional. 3. L o s principales factores de infe­
rioridad en nuestros cam bios internacionales

x v . El resurgim iento económico de 1905-1911


p á g .232
. L a p ro sp erid a d agrícola, m inera y fa b ril de los últim os años. 2. C au­
sas accidentales y perm anentes d el resurgim iento. 3. É l auge agrícola
no altera n i las condiciones n i los cam bios de nuestra expansión econó­
mica. 4. L a a n tinom ia en tre los factores físicos y las aptitudes de la
población, subsiste. 5. L o s síntom as de alta trascendencia

x v i. Síntesis
pág. 242

A péndice
p á g .245
Prefacio

El presente trabajo se aleja bastante de los modelos a


los cuales se han ajustado hasta hoy entre nosotros los
estudios económicos.
L a generalidad de los lectores ju z g a rá seguram en­
te demasiado am plios sus horizontes con relación al
objeto, y excesiva la im portancia que se concede a los
factores morales en el desarrollo m aterial.
M otivos de extrañeza serán, tam bién, la ausencia
de doctrina dogm ática, y el poco respeto que se guarda
a los axiom as de la ciencia económica en los contados
casos en que, para aclarar algún punto o para desvane­
cer algún error, hay necesidad de hacer caudal de ellos.
Respecto de las dos prim eras novedades, no hay perso­
na medianam ente versada en la ciencia social que ignore
que estamos hoy m uy lejos de los tiempos en que se
concebía el desarrollo económico como indepen­
diente del conjunto social, haciendo de él algo así como
el producto de hombres im aginarios, de h o m b r e s
e c o n o m ic o s , gobernados por móviles de una sim plici­
dad que contrasta con la com pleja m entalidad del
hombre real. »La economía toda de una nación — dice
Leslie— es el resultado de una larga evolución en que
ha habido continuidad y cam bio a la vez, y de la cual lo
económico sólo es una faz particular” . Los aspectos
intelectual, moral y económico del progreso están, en
realidad, tan íntimamente conexionados que es im ­
posible aislarlos completamente para su estudio.
N o faltará quien advierta en este libro cierta hetero­
geneidad.
N o es im probable que algo haya contribuido a ella

11
el origen de los m ateriales con que ha sido elaborado. Es
difícil fundir en un todo de unidad perfecta los ele­
mentos que se hacen servir a propósitos distintos de
aquéllos en vista de los cuales fueron acum ulados. L as
huellas de su origen aparecen a despecho del autor.
Pero el mal deriva, más que de los inevitables defec­
tos de la ensam bladura de materiales extraídos de un
fárrago inmenso de apuntes, acum ulados en un largo
espacio de tiempo, los unos para el estudio de determ i­
nados problem as, y teniendo en vista propósitos histó­
ricos más am plios los otros, de las num erosas digresio­
nes inconexas con el tema.
Gomo se acaba de decir, es imposible com prender
uno de los aspectos de una sociedad sin los demás.
C uan do las ideas que dominan entre el com ún de los
intelectuales sobre las condiciones del desarrollo de
un país son más o menos exactas, para estudiar una
faz, basta tener presente las otras y referirse senci­
llamente a ellas al explicar sus acciones y reacciones
recíprocas. M a s, cuando las ideas dom inantes sobre
el conjunto son, en su m ayor parte, extraviadas, es
prácticam ente imposible rectificar el error desde el
punto de vista que interesa, sin rectificarlo previa­
mente en los aspectos conexos que obran como cau­
sas.
Por desgracia, esto último es lo que ocurre entre
nosotros. Los conceptos corrientes sobre los aspectos
intelectual y moral de nuestra civilización no son más
exactos que los relativos a nuestro desenvolvimiento
m aterial. Supervivencias disfrazadas de la filosofía
crítica del siglo x v m — que perdura todavía en el
fondo de la generalidad de nuestros intelectuales—
o sugestiones de un positivismo verbal, en que abun­
dan los vocablos sonoros de ciencia experim ental,
sociología, evolución, verdad positiva, etc., pero que
no alcanza, como el verdadero positivism o, al estudio

12
y com paración honrados de los hechos, están en la m a­
yor parte de los casos en contradicción con la realidad.
D e aquí que, al an a liza r las influencias de algunos
factores intelectuales y m orales sobre nuestra exp a n ­
sión m aterial, me haya sido ineludible entrar en el
estudio detenido de fenómenos que quedan fuera del
dominio económico y en la rectificación del concepto
generalm ente aceptado sobre ellos. Sin esta tarea p re­
via, el choque entre los efectos que realmente han su r­
tido esos factores y las ideas corrientes, resultaría tan
violento que la explicación sería rechazada de plano
o no se la com prendería. L as largas disertaciones so­
bre nuestra enseñanza, sobre la crisis moral, sobre
el contacto con E uropa, sobre la decadencia del senti­
miento de la nacionalidad y . no pocas reminiscencias
históricas, habrían podido quedar circunscritas a
simples referencias, si dom inaran sobre la m ateria
ideas más exactas.
Perturban, tam bién, algo la unidad del libro las
nociones sociológicas que con relativa frecuencia se
intercalan en él.
Profesado este curso ante un auditorio de personas a
quienes no son fam iliares la sociología y la economía
política, me encontré en la necesidad no sólo de em plear,
aun a riesgo de confusiones e im propiedades, el lenguaje
menos técnico posible, sino también de intercalar e xp li­
caciones que, innecesarias y aun fastidiosas para perso­
nas versadas, eran indispensables para la inmensa ma­
yoría de los asistentes.

A l editar el curso me habría sido muy fácil su pri­


mir estas explicaciones y aún moderar la viveza del
lenguaje, pero me ha parecido que, tratándose de una
obra cuyo único objeto es despertar la atención p ú bli­
ca sobre algunos problem as que afectan hondamente
a nuestra vitalidad y a nuestro porvenir, no había ven­

13
tajas en ello. L o que el libro gan aría en estética, lo
perdería en eficacia, haciéndose difícil p ara aque­
llos a quienes va dirigido de preferencia: los profesores
y preceptores nacionales.

Santiago, noviem bre de 1911


C ap ítulo i

M an ife sta cio n e s de d e b ilid a d


en n uestro o rgan ism o eco n ó m ico

1
Nuestro desarrollo económico viene manifestando
en los últimos años síntomas que caracterizan un
verdadero estado patológico.
H asta mediados del siglo x ix el com ercio interior
estuvo en C h ile, casi exclusivam ente en manos de na­
cionales; el chileno participaba en el com ercio exterior
en m ayor proporción que hoy; y su iniciativa comercial
desbordábase lejos de las fronteras por las costas del
Pacífico y de parte del A tlántico y aún solía hacerse
presente en las islas de O ceanía.
En menos de cincuenta años, el com erciante extran ­
je ro ahogó nuestra naciente iniciativa comercial en el
exterior; y dentro de la propia casa, nos elim inó del trá ­
fico internacional y nos reem plazó, en gran parte, en el
comercio al detalle.
Igual cosa ha ocurrido en nuestras dos grandes
industrias extractivas. El extranjero es dueño de
las dos terceras partes de la producción del salitre, y
continúa adquiriendo nuestros más valiosos yaci­
mientos de cobre.
La m arina mercante nacional, que merced a la
temprana consolidación del orden, nació casi a raíz
de la Independencia, no sólo no se ha desarrollado pa­
ralelam ente al crecim iento de la riqueza y a la intensi­
dad del tráfico comercial m arítim o, sino que ha venido
a menos y continúa cediendo el paso, aun dentro del
cabotaje, al pabellón extranjero.
Fuera del país tienen sus directorios la m ayor p a r­
te de las com pañías que hacen entre nosotros el ne­
gocio de seguros. Los bancos nacionales han cedido y

15
siguen cediendo terreno a las agencias de los banc
extranjeros. A manos de extranjeros qu e residen lej-
del país, van pasando en proporción creciente los bon .
de las instituciones hipotecarias, las acciones de 1
bonos nacionales y otros valores de la m ism a natural

Estos hechos revelan la existencia de un antigi


proceso de desplazam iento del nacional en el dom in
de los negocios y en la posesión de la riqueza.
Para la inm ensa m ayoría de los políticos, de
prensa y, en general, de todos los elem entos que fo
man y guían la opinión pública, los hechos anotad'
son sim ples m anifestaciones del aporte con que 1
viejos centros de la civilización concurren al desarr
lio económ ico de las naciones jóvenes; son, por cons
guíente, fenóm enos norm ales y benéficos.
Los brazos y los capitales que em igran de las naci
nes europeas buscando horizontes m ás halagador
son, indudablem ente, elem entos de prosperid;
para el pueblo joven a cuya econom ía se incorpora,
su cuantía es, hasta cierto punto, baróm etro que ma
ca la vitalidad del país al cual afluyen. El capital qi-.
en calidad de préstam o viene desde los grandes me
cados a los m ercados nuevos, es un poderoso factor d
desarrollo económ ico, cuando se transforma en nuev;
fuentes de producción o ensancha las existen tes. Pero
desplazam iento del nacional en la explotación de las r
quezas del suelo o en las industrias del com ercio y
navegación, por el extranjero que no se incorpoi
al país, que sólo radica en él sus negocios para obten»
ganancias con las cuales vivir y capitalizar en su p;
tria, y el préstam o de capitales qu e en su m ayor p a r .
devoran consum os irreproductivos, aun desde
punto de vista m eram ente económ ico, distan m ucf
de ser síntom as de vitalidad.

16
M u ch o más grave, aún, es la significación socioló­
gica de semejantes fenómenos.
Ellos reflejan, en prim er lugar, un estado de an e­
mia o debilitam iento del organism o nacional entero,
que se manifiesta incapaz de dom inar y absorber los
elementos extraños que se ponen en contacto suyo.
Revelan, en seguida, una extraordin aria ineptitud
económica en la población nacional, hija de la m enta­
lidad de la raza, o, en el mejor de los eventos, conse­
cuencia de una educación com pletam ente inadecua­
da para llenar las exigencias de la vida contem poránea
y para suplir los vacíos de pueblos retrasados en su
evolución.
El desplazam iento económico del nacional no es,
pues, una fase norm al del desarrollo social, como
creen nuestros economistas, políticos y periodistas.
En todo el curso de la historia, no se ha realizado en la
juventud de ninguno de los pueblos fuertes que han
hecho el progreso, no obstante haberse encontrado
varios de ellos con respecto a los viejos centros de la
actividad económica, exactam ente en la m isma posi­
ción que C h ile. Es, por el contrario, una m anifesta­
ción eminentemente patológica, un síntom a inquie­
tante para el porvenir de una civilización.

2
L a paz interior y la regularidad económica se consoli­
daron en nuestro país muchos años antes que en las
demás repúblicas hispanoam ericanas. C uan do éstas
se agitaban presas de la anarquía política, adm inis­
trativa y económica, nosotros teníam os gobierno
regular, adm inistración ordenada y norm alidad eco­
nómica y financiera.
El conflicto constitucional qu e tuvo su desenlace
en la revolución de 1891, cualquiera que sea la tras­
cendencia qué bajo otros respectos se le atribuya, des-

17
de el punto de vista de la estabilidad del orden interior,
fue un accidente pasajero. Accidente pasajero que
sólo podía perturbar transitoriam ente el desarrollo
de un país de vitalidad económica vigorosa, fueron,
también, las emisiones de papel moneda que, abriendo
un paréntesis a la sensatez tradicional de nuestra po­
lítica m onetaria, alim entaron la fiebre bursátil de 1906.
Sin em bargo, el país no ha podido en los últim os
treinta años sostener el régim en m onetario normal
ni producir lo suficiente p ara pagar con deshogo sus
importaciones. N uestra balanza de cuentas nos ha sido
generalm ente adversa; y el tipo de nuestros cambios
extranjeros, salvo cortas m ejorías, que no han refle­
ja d o una reacción acentuada y duradera, ha descen­
dido continuam ente, mientras ha ido en constante
aumento el volumen de nuestras deudas públicas y
privadas para con los mercados extraños: 45 5/8 de
peniques en 1870, 30 7/8 en 1880, 24 1/16 en
1890, 164/5 en 1900 y 103/4 en 191o1, A.

'L a balan za de cuentas, esto es, el estado de los saldos que los m er­
cados se adeudan, ejerce influencia poderosa sobre el tipo de los cam bios
ex tran jero s. C u ando es adversa, determ ina u na tendencia a la baja que
se hace p articu larm en te sensible en los m om entos en q ue las condicio­
nes del m ercado m undial o accidentes en la econom ía interna del país
deudor, hacen cesar la afluencia de capitales (que en países sujetos al
curso forzoso se realiza siem pre por m edio de la internación de m erca­
d erías cuyo valor se queda adeudando) o provocan el cobro intem pestivo
de lo adeudado. D el propio modo, una balanza francam ente favorable,
provoca una tendencia al alza, que, si otros factores no lo im piden,
hace im posible la subsistencia del papel m oneda depreciado.
Estos hechos han servido de base a la m entalidad — a q u í como en
todas p artes— sim plista de nuestros políticos, p ara idear u na teoría
q u e p retende en c o n trar una relación m atem ática en tre el estado de la
balan za y el tip o de los cam bios, prescindiendo de todos los dem ás fac­
tores q u e cohtribuyen a d eterm in ar ese tipo, e n tre los cuales hay uno,
el de las altern ativas de expansión y depresión de la econom ía nacional,
de im p o rtan cia capital.
A. V er apéndice.

18
La balanza adversa no es por sí sola una m anifes­
tación de inferioridad. Las naciones más ricas suelen
encontrarse en posición desfavorable en sus cam bios
extranjeros. Inglaterra y Francia han tenido repetidas
veces balanza adversa, bien que sólo accidentalm ente
y como consecuencia de trastornos económ icos y mo­
netarios. Los pueblos nuevos que crecen con vertigi­
nosa rapidez, tienen casi siem pre una balanza desfa­
vorable, en razón de la misma celeridad de su desarro­
llo, que excede el poder de las fuerzas propias y obliga
a buscar en los mercados antiguos los capitales nece­
sarios para subvenir a una evolución m aterial excesi­
vamente rápida. Este ha sido el caso de los Estados
Unidos de N orteam érica hasta hace poco.
Pero el desequilibrio crónico de la balanza y la
persistencia del curso forzoso en un país organizado
política y financieram ente, y que, como el nuestro,
se desarrolla con lentitud, son fenómenos anorm ales,
manifestaciones enferm izas que, como el desplaza­
miento económico del nacional, reflejan un estado de
raquitism o o debilidad orgánica general.

3
Tom ando las cifras en un sentido absoluto, nuestro
crecimiento no se ha detenido; la población y la riq ue­
za no han cesado de aum entar: mas, si fraccionam os
en períodos nuestro desarrollo y lo com param os entre
sí, se advierte lentitud y debilidad en el aum ento de la
población y de la riqueza durante los últim os cuarenta
años.
D adas las condiciones en que la R epública se desen­
volvió en el período 1810-1860, su crecim iento
debió acelerarse en el período 1860-1910.
La introducción del riel y del telégrafo, el desarro­
llo de la instrucción pública, el contacto más intenso y
frecuente con E u ropa, la adquisición del salitre; y

I9
sobre todo, la consolidación del orden, son factores
de tal entidad en un pueblo nuevo, que una expansión
más rápida y vigorosa debió ser su consecuencia ine­
ludible.
En lo que se refiere a la población, el censo arroja,
no obstante, un resultado contrario.
El aum ento decenal de la población, qu e había
sido de 2,61% entre 1843 y 1854, y de 2,15% entre 1854
y 1865, baja a 1,33% entre 1865 y 1875, a 1,59% entre
1875 Y 1885a y a 1 , 1 1 % en el período com prendido
entre 1885 y 1907a, B. Entrq los años 1843 y 1875,
la población dobló; entre 1875 y 1907, en un período
igual de tiempo, aumentó sólo en 60%; y en este aum en­
to está comprendido el factor extraordinario de las
tres provincias incorporadas, como consecuencia de
la guerra de 1879.
Si buscamos fuera de la propia casa térm inos de
com paración, la lentitud de nuestro crecim iento se
destaca con nitidez.
En 1854 teníamos 347.900 h. más qu e la R epúb li­
ca A rgentina; en 1885 la Argentina nos aventajó
en 352-791 h.; en 1909 nosotros teníam os 3.329.030 h.
y la A rgentina 6.490.000 h., es decir, casi exactam en ­
te el doble, C .'
Brasil tenía en 1872, 9.931.000 h. y en 1908,
21.461.100, es decir, mucho más del doble.
L a población de A ustralia era en 1870, poco más
o menos, igual a la nuestra en la misma fecha, 1.900.000

2L a cifra 1 , 59 %, q ue acusa un m ayor porcentaje q ue en el decenio


a n terio r, es el resultado del aum ento an o rm al que llevó a la población
la adquisición de T a c n a , T a ra p a c á y A ntofagasta.
3H e tom ado el período de 22 años y no los decenios, po rq u e, siendo
pésim o el censo de 1895, separando los decenios, se llega a las cifras de
0 , 7 1 % p a ra 1885-1895 y 1 ,5 1 % p a ra 1895- 1907, oscilación cuyo absurdo
se com prende a p rim era vista.
B. V er apéndice.
C . V er apéndice.

20
h. En diciem bre de 1908, alcanzaba a 4.275.306 h.,
excluidos los naturales4.
M ás aún, el desarrollo de nuestra población no sólo
és más lento que el de A rgentina, B rasil, A ustralia,
U ru gu ay y Estados U nidos, países jóvenes, favore­
cidos por fuertes corrientes de inm igración, sino tam ­
bién al de H olanda, Inglaterra y J a p ón , países ya sa­
turados que sufren pérdidas considerables por la
emigración a las colonias o al extranjero.
M ientras estas naciones tuvieron aum ento de 1,27,
1,20 y 1,19, respectivamente, el porcentaje fue en
Chile, como ya se ha visto, de 1,1 i en los 22 años corri­
dos entre 1885 y 1907.
L a lentitud en el crecimiento de la riqueza es más
acentuada aún que la de la población, pero la ausencia
de estadísticas antiguas que puedan servir de térm i­
no de com paración, y la im posibilidad de hacer en este
terreno otra cosa qu e evaluaciones prudenciales, me
retraen de invocar datos y cifras parciales.
N o sólo no se ha verificado, pues, el proceso de ace­
leración en nuestro desarrollo, qu e debió ser la con­
secuencia de la paz, del orden y de los numerosos fac­
tores favorables que concurren a nuestro progreso
desde 1860 en adelante, sino que, por el contrario, se
ha debilitado y hecho más lento con relación al perío­
do anterior y al de los países jóvenes con quienes estu­
vimos en una época nivelados.

4
Entre los factores morales que más pesan en el desarro­
llo económico, ocupa el prim er lugar el sentimiento
de la nacionalidad; o sea, el egoísmo colectivo que im ­
pulsa a los pueblos a anteponer siem pre el interés

4M u l h a l l , Dic. o f Statistics, 4 th edition y T h e Statesm an'year


book. 1910 .
nacional y a perseguir, en sus relaciones con los de­
más, sólo la prosperidad y el engrandecim iento pro­
pios.
Este sentim iento, que no es sino el instinto de con ­
servación en las sociedades, ha decaído profunda­
mente entre nosotros en los últim os treinta años.
El deseo de ser grandes, la voluntad de dom inar y
absorber a los elementos extraños qu e se ponen en
contacto nuestro, están adormecidos.
N o es fácil que el observador no habituado a los es­
tudios psicológicos se dé abstractam ente cuenta
exacta de las modificaciones que se han verificado a
este respecto en nuestra alm a colectiva. El sentido de
la percepción se embota respecto del medio que nos
envuelve tanto como en la observación de sí mismo.
Sólo aquellos chilenos que habiendo visitado a la
A rgen tin a treinta años atrás, hayan vuelto a hacerlo
en el últim o tiempo, pueden percibir con facilidad,
por contraste, los cambios que, en sentidos opuestos, ha
experim entado en uno y otro país el sentim iento de la
nacionalidad.
En cambio, las manifestaciones concretas de la
debilidad y decadencia de este sentimiento, son tan
aparentes, que las pueden constatar aun las personas
más ajenas a esta clase de estudios.
H ay indiferencia general por el desarrollo y pros­
peridad de las industrias nacionales.
H ace pocos años un distinguido industrial chile­
no, después de invertir en la em presa su fortuna y de
gastar en ella la actividad de toda una vida laboriosa
como pocas, logró im plantar en el país la industria
de la leche condensada. P ara ahogar en la cuna al nuevo
rival, las fábricas extranjeras bajaron tem poralm en­
te los precios. El derecho que en aquel entonces grav a ­
ba la internación de la leche era ad-valorem y como
consecuencia del descenso ocasional dé los precios y

22
de la revisión de la tarifa de avalúos, el gravam en de
internación descendió tam bién.
E l industrial chileno solicitó del G obiern o y del
Congreso que se reem plazara el derecho ad-valorem
por otro específico, equivalente al m onto real de aquél
en el momento de iniciarse la competencia.
Fue menester hacer grandes esfuerzos para a l­
canzar la m odificación; y — fenóm eno sugestivo—
las consideraciones qu e hicieron efecto fueron las de
equidad y ju sticia. Se estimó ju sto restablecer las bases
económicas del negocio a las condiciones qu e tenían
al iniciarse. Pero, salvo una que otra excepción, el
aspecto nacional del problema no interesó. N o se per­
cibían las ventajas de producir nosotros la leche con-
densada que consum im os, en lu gar de traerla de E u ro­
pa.
M ás recientemente, lo ocurrido con motivo de las
modificaciones que las medidas del G obiern o alem án
llevaron a la econom ía del mercado de nuestras suelas,
ha venido a evidenciar una vez más la indiferencia de
los poderes públicos y de la opinfón por todo lo que a ta ­
ñe a nuestro desarrollo económico.
M ay o r es el desdén que el consum idor de todas las
capas sociales experim enta por los productos de las
industrias nacionales. En igualdad de precios y de
calidad, preferimos invariablem ente el artículo de
procedencia extranjera. En las altas clases sociales
esta preferencia llega hasta el desprecio de lo nacio­
nal. U n joven argentino se quitaba espontáneam ente
el sombrero qu e traía en los días del centenario, y
decía a su interlocutor: »Esto es hecho en Buenos
Aires«. C u alqu iera de nuestros elegantes se habría
avergonzado de hacer igual cosa.
Para colocar sus productos la industria nacional
se ve forzada a disfrazarlos con etiquetas qu e sim ulan
la procedencia extranjera. H asta hace pocos años

23
existía en Santiago una fábrica de urnas funerarias
que giraba en nom bre de una razón social norteam eri­
cana im aginaria, porque su único dueño era un an ti­
guo veterano de la guerra del Pacífico, chileno de na­
cimiento, de nom bre y de apellido. Interrogado acer­
ca del objeto de esta rara superchería, contestó que,
sin ella, nada lo g ra b a ' vender. Sería fácil exhibir un
centenar de ejem plos análogos.
En obsequio del extranjero llegam os hasta a re­
nunciar a nuestro propio interés, y aun hasta a exp o­
nernos a los más serios peligros.
C om o más adelante habrá de verse, en el extenso
territorio chileno, sólo hay 200.000 km2 suscepti­
bles de ser arados o utilizados en el pastoreo de gan a­
dos, de los cuales la mitad, más o menos, a causa del
clima o de la constitución geológica, sólo son aptos
para la crianza de vacunos. N i el cultivo de los cereales
ni el cebamiento de ganados es posible en ellos.
El pueblo y gran parte de la opinión consciente, re­
chaza un impuesto de 3 ctvs. oro de 18 d. el kilo vivo
del anim al que se interne, establecido con el propósi­
to de estim ular el aprovecham iento y la transform a­
ción de esos suelos, en su inmensa m ayoría hoy perdi­
dos para la economía nacional.
Por temor de molestar a la R epública A rgentina y
de’ quebrantar la cordialidad que a ella nos une, nos
négamos a cerrar tem poralm ente los boquetes de la
cordillera, para impedir la introducción de la fiebre
aftosa. A pesar de que la epidem ia se desarrolló en
condiciones m uy benignas, la economía nacional
perdió de veinte a veinticinco millones de pesos, co­
mo consecuencia del menor rendim iento en leche,
del atraso de las engordas y de la merma de la produc­
ción pecuaria del año siguiente, resultado del debi­
litam iento de los machos reproductores y del aborto de
las hembras.

24
No conozco ningún ejem plo de parecida condes­
cendencia en la historia económica contem poránea.
L a propia A rgentina, después de infectarnos, cerró sus
puertas a nuestras procedencias.
La opinión pública no protestó con energía de
esta indiferencia o debilidad, que pudo' costam os se­
senta y más millones de pesos, si la epidem ia reviste
caracteres graves.
C ap ítu lo ii
N aturaleza y origen
del fenómeno

1
Las manifestaciones de nuestra inferioridad económica
no han pasado inadvertidas. En el C ongreso, en la prensa
y en el folleto, se ha llam ado repetidas veces la atención
hacia algunos de los hechos anorm ales que acabo de ano­
tar. En más de una ocasión los que entre nosotros escri­
ben o hablan sobre asuntos económicos han percibido
la persistente anemia o debilidad de nuestro organism o
y la sensación de m alestar que desde años atrás flota
en la atmósfera.
Por desgracia, no han com prendido la verdadera na­
turaleza del fenómeno, ni logrado señalar su origen.
A un personas ilustradas, de quienes había el derecho
de esperar que ahondaran en el estudio de una m ateria de
tan alto interés y de tanta trascendencia, se han queda­
do en la superficie o se han extraviado en estériles con­
troversias doctrinarias.
C on rara uniformidad se ha confundido esta especie
de anem ia generalizada que se revela por el desplaza­
miento del nacional, por los cam bios adversos y por la
lentitud en el crecim iento, con las perturbaciones que
las crisis comerciales han llevado a nuestro desarrollo
económico.
C om o la economía de todas las naciones, la nuestra
ha sido afectada por crisis de variada n aturaleza. P ara
no recordar sino las dos últim as, entre 1897 y 1900,
alcanzó su período álgido una gran crisis de depresión,
sin fiebre previa, que fue la consecuencia de los cuan ­
tiosos sacrificios de hombres y de dinero que im puso la
revolución de 1891 y de la paz arm ada que la siguió. U na
emisión de papel lanzada en el preciso instante que un

26
vigoroso período de expansión m aterial alcanzaba su
apogeo, encendió en 1905 una violenta fiebre bursátil
que fatal e ineludiblem ente tenía que liquidarse por
medio de una crisis, que debía de afectar en especial a
los valores bursátiles; y repercutir, algo atenuada, sobre
toda la econom ía nacional conm ovida por el trastorno.
Pero entre estas crisis com erciales y el estado o rgá ­
nico que he calificado, para darle algún nom bre, de in­
ferioridad económica, media la misma distancia que
entre un tifus y una anem ia. En el prim er caso hay una
afección aguda y transitoria; en el segundo, un estado
crónico, producto de la miseria fisiológica.
Lo pasajero y transitorio entran como factores
esenciales en el concepto económico de crisis. L a crisis
consta de dos elementos, uno psíquico, la sugestión de
optimismo colectivo que la prepara y la sugestión de
pánico, tam bién colectivo, que la liquida; y otro m ate­
rial, la perturbación aguda del ju e go norm al del engra­
naje económico. Am bos órdenes de fenómenos revisten
caracteres agudos y pasajeros. Perturban, pero no de­
bilitan la economía nacional en forma duradera. De
aquí el hecho, a prim era vista paradojal, de que las
crisis sean tanto más intensas cuanto más rico es el país.
Las manifestaciones de nuestra inferioridad eco­
nómica revelan, por el contrario, un estado orgánico
crónico, una postración perm anente, un debilitam ien­
to económico antiguo y persistente.
A vanzando un concepto que habré de desarrollar
más adelante, en la crisis hay un fenómeno puram ente
económico; en el conjunto de fenómenos que constituyen
nuestra inferioridad económica, hay un estado socio­
lógico. "E n la crisis sólo está afectado el funcionam ien­
to del organism o; en los fenómenos que van a ser el tema
de este estudio, la afección toca á l propio organism o
en sus factores fundam entales, el territorio y la raza. *

27
N o han sido más afortunados nuestros intelectuales al
desentrañar el origen de los fenómenos que vengo es­
tudiando, que al apreciar su n aturaleza y significa­
ción.
L a s explicaciones que de ellos se han dado son num e­
rosas.
Concretándose a sólo aquellas que han alcanzado
cierto éxito en la opinión pública o han sido sostenidas
por voces autorizadas, pueden estas explicaciones ser
agrupadas en tres categorías: relativas al régim en
monetario y a la organización del crédito, a la calidad
del G obierno y de la adm inistración pública y a la p olí­
tica económica y comercial.
H an sido las de la prim era categoría las qu e han te­
nido m ayor éxito en la opinión. N o es, tal vez, exagerado
afirm ar que la cuarta parte de las personas que están en
condición de form ar ju icio sobre el desarrollo económ i­
co del país, atribuyen su lentitud y debilidad al régim en
de papel-m oneda, y que otra cuarta parte lo atribuye
a la escasez de circulante, es decir, a la poca cantidad
de papel emitido.
Para aquéllos, el régimen del curso forzoso, con su
consiguiente, inestabilidad m onetaria, aleja los cap i­
tales europeos' que podrían fecundar nuestra riqueza,
disipa los ahorros, estim ula el agiotaje y perturba al in­
dustrial serio y laborioso. El curso forzoso no es la conse­
cuencia de la debilidad del organism o económico, sino
que ésta es la consecuencia de aquél.
Para los últimos, la corta cantidad de papel emitido
mantiene al organism o en un estado de extrem a debili­
dad. A sí como no puede desarrollarse vigoroso el á r­
bol sin savia abundante, o el cuerpo hum ano sin sangre
generosa, un país que no tiene circulante barato y abun ­
dante, está condenado a arrastrar una existencia ra­

28
quítica y miserable. E s éste el evangelio que desde L a w
vienen predicando todos los apóstoles del papel-m one-
da.
T o d a v ía una tercera corriente atribuye una im por­
tancia capital al régim en bancario y a la organización
del crédito. El m alestar que nos aqueja proviene de
nuestra defectuosa organización bancaria. B astaría
reform arla p ara que el país se encarrilara dentro de
una era de sólida y vigorosa prosperidad.
L as explicaciones d e ' la segunda categoría, se rela­
cionan con el G obiern o y la adm inistración pública.
Para sus adeptos, es imposible que pueda desarrollar­
se normalm ente un país en el cual los M in isterios duran
cuatro meses, es decir, el tiempo necesario para que el
M inistro alcance a im ponerse de la nóm ina de los asun­
tos que penden de su consideración. L a ausencia de
todo plan de G obierno, el desequilibrio de los presu­
puestos, el despilfarro de los dineros fiscales, los em ­
préstitos cada día m ás cuantiosos, las obras irrepro­
ductivas o desproporcionadas a la potencia financiera
y la adm inistración relajada y defectuosa de los servi­
cios públicos, consecuencia de la rotación m inisterial
y de nuestros viciosos hábitos políticos, son causas
más que suficientes p ara postrar a una nación.
Pero son, tal vez, las explicaciones qu e he agrupado
en la tercera categoría las que han contado en su apoyo
con voces más autorizadas.
Para distinguidos economistas y políticos, es la ta­
rifa aduanera sobrado proteccionista, la que mantiene
abatida a nuestra economía.
En esta corriente se cuentan casi todos los discípulos
aún vivos de C ourcelle; buen núm ero de los que bebieron
las enseñanzas de don Zorobabel R o dríguez, adepto
exagerado del maestro; y la m ayor parte de los aficiona­
dos a leer cartillas y textos de economía.
Según los doctrinarios de libre cam bio, a los países

29
jóvenes les conviene dedicarse de preferencia a la ex ­
plotación de las riquezas naturales del suelo. En ellos
el esfuerzo aplicado a las industrias extractivas o a la
agricultura rinde un resultado económ ico m ayor que
si se ap licara a la m anufactura. Por consiguiente, g ra ­
var con derechos elevados las procedencias de los países
fabriles es una medida contraproducente. D esvía los
brazos y ios recursos de las industrias naturales, en las
cuales darían un rendim iento m ayor, y los inclina hacia
industrias exóticas, con las cuales no están fam iliariza­
dos, perjudicando seriamente a la econom ía nacional.
Viniendo al caso nuestro, el proteccionism o ha en­
carecido la vida, dificultado la explotación de nuestra
riqueza agrícola y m inera, y creado artificialm ente
numerosas industrias fabriles que producen artículos
de pésima calidad a precios considerablem ente supe­
riores al sim ilar europeo. Si esa cantidad de obreros, de
em presarios y de capitales, de actividad económ ica,
en una palabra, abandonara las industrias parásitas,
que viven del arancel, es decir, del resto de la economía
nacional, y se aplicara a fecundar nuestro suelo, a p ro­
ducir trigo, cobre y salitre, el país experim entaría
considerable alivio. El fardo pesado de las industrias
parásitas oprim e sus espaldas y le ahoga.
D entro de esta tercera categoría, cabe, también, la
explicación opuesta; esto es, la que divisa la causa de
nuestra estagnación en la ausencia de derechos adua­
neros prohibitivos.
H a sido, en mi concepto, el señor M a la q u ía s C o n ­
cha quien ha desarrollado con más fuerza y asentado en
más sólida base científica esta últim a explicación.
G en eralizan do algunas de las ideas con que Federico
L ist se anticipó a la sociología económica3 y apo­
yándose en el concepto de N ovicow sobre la lucha entre

hfía s X a tio n ale System der Polilischen O ekonom ie, 1841 .

30
las sociedades hum anas, ha sostenido el líder dem ó­
crata que en el contacto comercial de pueblos a diverso
grado de evolución económ ica, los más débiles son ab­
sorbidos por los más fuertes, si no se protegen. Y la única
protección posible entre naciones, es el arancel elevado,
y si fuere necesario, prohibitivo. L a debilidad económ i­
ca de nuestro país proviene, pues, de la insuficiencia
de la protección que el arancel aduanero le presta contra
la absorción de Inglaterra, A lem ania, F rancia y demás
países de desarrollo superior. Si no ha logrado hasta
hoy franquear las puertas del industrialism o, débese
este retardo a la ausencia de un arancel elevado.
El fundamento científico de las ideas del señor
Concha es, como se ve, exactam ente el mismo de que
partió el ilustre A lejandro H am ilton, creador de la p olí­
tica comercial de los Estados U nidos de N orte A m é­
rica.

Casi no es necesario dem ostrar la fragilidad de la m ayor


parte de las contradictorias explicaciones que se han
dado del origen de nuestra inferioridad económica.
Bajo el régimen metálico se ha realizado la evolución
de casi todas las naciones contemporáneas; y el papel
no ha sido obstáculo para que la riqueza se haya desarro­
llado con vigor en otras.
Ni es nuestro G obierno todo lo detestable que se le
supone, ni tienen sus defectos gran trascendencia eco­
nómica.
No hay en la historia económica ejem plos de un país
arruinado por exceso de protección, ni desde su inde­
pendencia ha estado C h ile sometido a arancel prohibi­
tivo.
Tam poco es difícil demostrar la insuficiencia de la
explicación del señor C oncha.
L a absorción del más débil, es un hecho sociológicc
firmemente asentado, contra el cual se estrellan im ­
potentes los esfuerzos dialécticos de la economía clá ­
sica. Schm oller ha establecido en form a incontroverti­
ble, el hecho histórico de que sin protección enérgica,
ningún país ha logrado salvar los dinteles de la etapa
industrial6. Pero en C h ile ocurre el fenómeno profun­
damente sugestivo de que las industrias fuertemente
protegidas, no se han desarrollado con mayor vitalidad
que las libradas a la concurrencia extraña. El régimen
aduanero de protección parcial no ha realizado sus
fines o sólo los ha cum plido m uy imperfectamente; ló
cual significa que, más a llá de la inevitable absorción
que trae consigo el contacto con organismos más fuer­
tes, hay algo anorm al en nuestra economía.
N uestra debilidad económica deriva, en efecto, de
causas bien distintas de las apuntadas. Consecuencia de
la naturaleza de los factores físicos de crecim iento y de
las aptitudes económicas de la población, poco tiene
que ver con las frívolas cuestiones relativas al régimen
monetario, con los m alos hábitos de gobierno y con la
política com ercial.
L a expansión agrícola dé que es susceptible nues­
tro territorio, es lim itada, y más que lim itada, lenta, a
causa del núm ero y la naturaleza de los obstáculos que
nece§ita vencer.
N uestra raza, en parte por herencia, en parte por
el grado relativam ente atrasado de su evolución y en p a r­
te por la detestable e inadecuada enseñanza qué reci­
be, vigorosa en la guerra y medianam ente apta en las
faenas agrícolas, carece de todas las condiciones que
exige la vida in du strial.
N ace de aquí una antinom ia entre los elem entos físi­
cos tan inadecuados para una vigorosa expansión a g rí­

6Principes t f E conom ie P olitique, t. v, etc.

32
cola, como adm irablem ente adecuados para la etapa
industrial, y las aptitudes de la raza, apta para la a gricul­
tura e inepta para la actividad m anufacturera y com er­
cial, que se traduce en la debilidad y estagnación eco­
nómica, cuyas manifestaciones se han descrito en los
párrafos precedentes.
A este factor principal únense otros subalternos, re­
lativos a la posición com ercial del país y a la n aturaleza
de los territorios limítrofes.
Las causas de nuestra inferioridad económica son,
pues, más sencillas que las com plicadas explicaciones
que de ellas han dado nuestros economistas; pero, por
desgracia, son también más hondas y más perm anen­
tes.
El análisis del territorio y de la raza desde el punto de
vista económico-; la demostración de la antinom ia que
existe entre la, naturaleza de aquél y las aptitudes de
ésta; y el estudio de aquellos factores que, como el e x ­
ceso de contacto comercial con E uropa y Estados U n i­
dos, la vecindad argentina, etc., contribuyen también,
como causas subalternas, a producir nuestra inferiori­
dad económ ica, constituirán el objeto de la prim era
parte de este trabajo. La segunda abarcará el exam en de
algunos de los numerosos arbitrios propuestos para
estimular nuestro desarrollo económico, y muy espe­
cialmente de la educación y de la política económ ica,
en mi concepto, los únicos capaces de obrar con alguna
eficacia.
C ap ítu lo m
E l territorio chileno
desde el punto de vista económico

E l valor sociológico de una com arca sólo puede ser


estim ado con relación a la raza que la ocupa.
Existen, indudablem ente, grandes influencias que
derivan del clim a, de la configuración geográfica, de la
fauna, de la flora, etc.; que obrandb directam ente sobre
la m anera de pensar y de sentir e indirectam ente, por
las selecciones que determ inan en la constitución étn i­
ca, tienden en la sucesión de los siglos a im prim ir un tipo
común a las distintas razas que se radican en un lugar
dado. Pero es tan lento este proceso, está de tal m anera
contrariado en las. civilizaciones elevadas por las in­
fluencias psíquicas y morales, y son tan hondas y exten ­
sas las variaciones qu e la acción de un mismo medio
experim enta al ejercerse sobre razas de distinto tem pe­
ram ento y carácter o a diverso grado de evolución, que
sólo sum inistra indicaciones vagas y desprovistas de
significación histórica. Regiones adm irablem ente adecua­
das para servir de cuna a la civilización, son inadecuádas
para su desarrollo en los grados superiores. El clim a
y el suelo de G re cia obraron sobre la m anera de pensar
y de sentir de los helenos, dolicocéfalos rubios, de muy
diversa manera que sobre la de los braquicéfalos celto
eslavos que form an la base étnica de su m ezclada pobla­
ción actual.
U n a com arca no adquiere, pues, significación socio­
lógica definida, sino con relación a una raza determ ina­
da
L o que ocurre en el desarrollo general de la civiliza ­
ción, ocurre, tam bién, en su aspecto m aterial o económ ico.
U n mismo suelo tiene valor distinto, no sólo para

34
razas de diversa psicología, sino, tam bién, para los
diversos estados de civilización de una misma raza. El
ibero no habría, ciertam ente, aprovechado el carbón y
la posición m arítim a de Inglaterra, en la form a que el
anglosajón. Los propios anglosajones no pudieron
sacar de las entrañas y de la posición de sus islas el in­
menso partido qu e les ha dado el im perio del m undo, sino
cuando pasaron las puertas de la etapa industrial.
L a simple descripción de las condiciones geológicas
y clim atéricas de un país no' sum inistra indicaciones
concretas. U n buen clim a y un suelo feraz apto para la
producción de pan y de carne, o favorecido con los ele­
mentos qu e engendran la energía m otriz y con un fácil
acceso a la costa, son condiciones que, donde quiera que
éoncurran, hacen posible el desarrollo de la civilización,
y nada más. P ara prever el crecim iento m aterial de la
civilización que se radique en sem ejantes condiciones,
el economista, lo mismo que el sociólogo, necesita cono­
cer qué partido puede sacar de los factores físicos la
raza que puebla la com arca. L a s más adm irables con­
diciones para la actividad m anufacturera, son perdidas,
son como si no existieran para una población todavía
detenida en la etapa pastoral o en la agrícola. C o n ser in­
finitamente más fácil desandar el cam ino recorrido que
abrir nuevas sendas para avanzar, un pueblo m anufac­
turero, colocado en una comarca m editerránea, sin fuer­
za motriz y sin comunicaciones, tarda en plegarse a las
nuevas condiciones de vida y en sacar de su nuevo asiento
los rendimientos de que es susceptible en la ganadería
y en la agricultura7.
7E1 sentido de la realidad, que tanto aten u ó en C ourcelle Seneuil,
las absurdas consecuencias de los desarrollos ideológicos q ue sus discí­
pulos exageraron hasta la ca ricatu ra, lo movió a reconocer que «cuan­
do se estudia la fuerza productiva actual de u n territorio, es m enester
considerarla desde el punto de vista del a rte industrial de los habitantes,
el cual saca m ás o menos partido de esta fuerza«. T ratado teórico y
práctico de Econom ía Política, t. I, p. 73 .

35
E l olvido de esta com penetración íntim a, de este lazo
indisoluble entre el suelo y la raza, ha sido uno de los g ra n ­
des escollos de la ciencia económ ita, y para nuestros
economistas, un denso velo que les ha impedido com pren­
der la verdadera naturaleza de las desconcertantes pe­
culiaridades de nuestro desarrollo m aterial8.

2
Aludiendo al concepto, hasta ayer casi unánim e y hoy
todavía bastante generalizado, que los chilenos tienen
de su territorio, tuve hace poco oportunidad de decir:
»Hemos vivido hasta nuestros propios días en la convic­
ción de que nuestro territorio es adm irablem ente fértil
y tiene dilatado porvenir agrícola«.
«Viene este errado concepto de los propios conquis­
tadores españoles".
»En lugar de oro, encontraron a su paso una pequeña
faja de suelo feraz, que retribuye con largueza el trabajo
del hombre y cuyos productos bastaban a subvenir con
exceso a sus escasas necesidades; y sin reparar en su ex­
tensión, ju zgaro n por ella de todo el territorio del país
descubierto. A lonso de E rcilla, G on zález de N ájera y
casi todos los cronistas ensalzaron en prosa y en verso el
chm a y suelo de C hile. Nuestros padres aceptaron sin
exam en el concepto tradicional, y nosotros mismos sólo
en los últim os años hemos abierto los ojos a la re a lid a d ".
Los 7 5 7 000 K m 2 que aproxim adam ente encie­
rra el territorio chileno, pueden descomponerse así:
6.000 K m 2 de suelos regados que deben contarse en­
tre los más fértiles de los clim as templados; 4.000 de sue­
los también regados, pero pobres o sólo m edianam en­
te fértiles; 40.000 de terreno de secano fértiles; 150.000
de cerros, faldeos y planes muy pobres, aprovechables
sólo p ara el pastoreo de ganados; y 557.000 Km 2 ocu­

8Bases y orientaciones de la política económica chilena.

36
pados por los desiertos del norte, la cordillera de los
Andes y sus ram ificaciones, las partes estériles de la
cordillera de la costa y los lagos.
Las tres cuartas partes de la superficie de C h ile ca­
recen, pues, en absoluto de valor agrícola.
L a sim ple exposición de estas cifras es una saluda­
ble advertencia para los num erosos escritores y p olí­
ticos que se halagan con los resultados de las com pa­
raciones entre el área total chilena y el área de algunas
naciones europeas.
Acentuará la impresión que ella causa, el conoci­
miento de la proporción entre el área aprovechable y
la superficie total en otros países. La R epública
Argentina tiene una extensión total vecina a 2.800.000
Km2, de los cuales, según una estimación tachada
de tím ida, 1.500.000, es decir, más de la mitad, son
cultivables9. El área agrícola de la R epública vecina
es, pues, diez veces la nuestra. Italia tiene una superfi­
cie de 286.682 K m 2, de los cuales 202.480 son
actualmente productivos. F rancia tiene un área de
556463 Km 2, de los cuales 83.971 están plantados
de bosques y 367.770 cultivados. Aprovecha, pues, el
78% de su extensión. Inglaterra, inclusive las aguas,
tiene 3 14-339 K m 2 y aprovecha en cultivos, pasto­
reo y bosques, en núm eros redondos, 257.000, es decir,
más del 80%.
U n dato todavía más sugestivo. El U ru gu ay tiene
178.700 Km 210, es decir, menos de la cuarta parte del
área de C h ile, y el año 1900 aró y utilizó como cam po
de pastores 151.300 K m 2.
Pasemos ahora al estado de cultivo de los 200.000
Km2, susceptibles de aprovecham iento agrícola
que encierra nuestro territorio.

9F. L a t z i n a , L a A rgentina considerada en sus aspectos físico, so­


cial y económico.
C álculo p lanim étrico hecho en G otha.

37
L a evaluación sólo puede hacerse a ojo de buen varón.
L a s estadísticas de poco sirven en esta tarea. H ace po­
cos años, cuando me ocupaba, en unión del señor D ía z
Besoaín, en redactar el anteproyecto sobre «Concesión
de mercedes de agua y fomento de las obras de rie g o ", va­
liéndome de mi propio conocim iento del territorio a g rí­
cola y de innum erables datos sum inistrados por personas
serias y sensatas, intenté hacer esta evaluación. T o m a n d o
como punto de referencia un tipo de agricultura semi-
intensiva, es decir, un térm ino medio entre la francesa
y la chilena, y calculando prudencialm ente el mejor
aprovecham iento de que son susceptibles tanto nues­
tros suelos regados como los de secano, y el núm ero de
hectáreas con que la construcción de pantanos y de
nuevos canales puede aum entar el área regada, esti­
mé, entonces, que nuestra agricultura y nuestra ga ­
nadería aprovechan aproxim adam ente la tercera
parte de la capacidad agrícola del territorio. M á s ta r­
de he revisado prolijam ente esta evaluación, y con ti­
núo creyéndola aproxim ada, hasta donde es posible
h ablar de aproxim ación en cálculos de esta n aturaleza.
Q ueda, pues, inculta y casi inaprovechada una
considerable parte de la superficie del territorio chi­
leno susceptible de ser algún día fecundada por el
esfuerzo humano. D esde este punto de vista, puede
decirse que nuestro desarrollo agrícola tiene, toda­
vía, horizontes, no sólo en el sentido intensivo, sino
también en el expansivo.
Pero es menester reparar en la cantidad de capital
y de trabajo que requiere la incorporación de este sue­
lo estéril al área productiva.
L as lluvias, al revés de lo que ocurre en casi todo el
m undo, caen en C h ile en invierno, y esta desgraciada
circunstancia hace que la casi totalidad del suelo ch i­
leno requiera riegos artificiales p ara ser fecundo.
líQS ¿anafes fáciles o destinados a regar suelos feraces

38
están ya construidos. Los que quedan- en proyecto
tienen trazados muy largos y costosos o están desti­
nados a regar suelos pobres o medianos. D ará idea del
resultado económico de estas em presas, el dato que
voy a apuntar. T en go a la mano una estadística que he
formado, recogiendo de los propios labios de los em ­
presarios de canales en los últim os cuarenta años,
de sus hijos o de los ingenieros qu e dirigieron las obras,
los datos sobre el resultado económico de las empresas.
De ellas se desprende que en el ochenta por ciento de
los casos el negocio dejó pérdidas; que en cerca del
cuarenta y cinco por ciento, arruinó a los iniciadores;
y que en el cuarenta por ciento restante sólo pudieron
salvarse merced a cuantiosos recursos heredados o
adquiridos en otra esfera de la actividad. Los pocos
miles de hectáreas con que se ha enriquecido la zona
regada de nuestro territorio en este período dé tiem ­
po, ha sido el fruto del esfuerzo tenaz, prolongado casi
siempre durante la vida entera, de unos cuantos a g ri­
cultores de carácter y perseverancia y de la fortuna
ganada en otro género de negocios.
En el su r, el problem a del aprovecham iento del
suelo choca con otros obstáculos también difíciles
de vencer: la pobreza, consecuencia del clim a y de la
constitución de la capa arable, y el desmonte o lim pia.
Los datos que he recogido sobre esta últim a faena, me
permiten afirm ar qu e, en la generalidad de los casos,
su costo excede "al valor com ercial del suelo después
de cultivado11.
U na expansión agrícola condenada a realizarse
en tan desfavorables condiciones, será siem pre, cu a l­
quiera qu e sea la pujan za de la raza, extrem adam ente
lenta. M á s aún , jam ás puede tener vitalidad propia.

" E n este cálculo no está tomado en cuenta el valor de la madera


t a los terrenos montañosos, la cual es objeto de una industria especial..

39
T en d rá siem pre que ser el resultado de la incorpora­
ción al suelo del capital am asado en otro orden de
actividad. Y de hecho, la agricultura chilena debe
muchos de sus avances a la acción refleja de los auges
del cobre y la plata en el pasado y del salitre en el p re­
sente. H a sido una especie de caja de ahorros que ha
convertido en fuente permanente de producción p a r­
te de los veneros arrancados a nuestros desiertos.
C ab ría hacer una excepción en favor de la vid y de
los árboles frutales en general, cuyo cultivo encuen­
tra en el suelo y en el clima de C h ile condiciones p ropi­
cias. Pero la explotación en gran escala de estas ram as
de producción, se acerca mucho más a las industrias
fabriles que a la agrícola, y p ara los efectos de este
estudio, las favorables condiciones del territorio ch i­
leno para su desarrollo, deben incluirse entre sus a p ti­
tudes para la actividad m anufacturera.
T a l es el valor agrícola del territorio del cual dijo a
principios de siglo x v i i G on zález de N ájera: »Es toda
aquella tierra tan fértil y abundante de m antenim ien­
tos en todas las partes que se cultivan, que casi todos
los de las tierras de paz y pobladas, comen de valde«12,
concepto que en 191 o todavía repercute en el Anuario
estadístico con estas palabras: »La agricultura tiene en
C h ile fuerzas de producción tan variadas como abun-
dantes«.

3
D esde 1844, fecha en la cual principió a llevarse esta­
dística com ercial, hasta 1880 inclusive, la exportación
chilena ha estado form ada principalm ente por los p ro­
ductos de la minería.
E l valor de lo exportado por esta industria asciende

12D esengaño y reparo de la guerra de C hile (»Colección de histo­


riadores», t. x v i,.p . 23).

40
en este espacio de tiempo a $523.804.155, mientras
la agricultura sólo exportó productos por valor de
S238.967.996.
Estas cifras manifiestan que, aún antes que el sali­
tre pesara en form a sensible en nuestra economía.
Chile pagaba con oro, p lata y cobre, es decir, con
productos de la m inería, cerca de los dos tercios, de
sus consumos extranjeros.
En el período 1881-1890, la m inería exportó p ro­
ductos por $365.000,815, y la agricultura, sólo por
$84.568,161.
En estos diez años la agricultura pagó sólo la q u in ­
ta parte de nuestras im portaciones. L a m inería pagó
los cuatro quintos restantes.
En el período 1891-1900, la exportación de p ro­
ductos minerales suma $815.484,854 y la de produc­
tos agrícolas $118.512,250. C om o se ve, los produc­
tos de la m inería representan casi las 7/5 partes de la
suma de am bas cifras.
En el período 1901-1910, la m inería figura en
nuestras exportaciones con un valor de $2.171.829,465
y la agricultura con $299.305,391 cifras que m antie­
nen, más o menos, la misma proporción del decenio
precedente13, D .
Estas cifras no reflejan la relación que existe entre
la potencia m inera y la potencia agrícola de nuestra
economía, porque, mientras los productores de la
minería han sido casi íntegram ente exportados, los
de la agricultura han debido alim entar a la población,
se han consumido sin dejar huellas en la estadística
del comercio exterior.
En cam bio, de ellas se desprenden dos hechos, co­

m para tener u n a idea m ás exacta del sobrante de productos agríco­


las después de abastecido el consum o nacional, sería m enester deducir
de las cifras a p u n tad as las im portaciones de artículos sim ilares.
D . V er apéndice.

41
nocidos hasta la saciedad, pero de los cuales es im po­
sible prescindir en el estudio del territorio com o fac­
tor de nuestra inferioridad económ ica: la im portan­
cia de la riq ueza m ineral del suelo chileno y la crecien­
te concentración de las energías productoras en la
minería.
Prescindiendo del carbón y del hierro, q u e dicen
m ás bien relación con las aptitudes fabriles del terri­
torio, C h ile es uno de los países más favorecidos por
la naturaleza en el reino m ineral.
H asta 1907 inclusive se habían extraído de las
pam pas de T arap a cá y Antofagasta 631.710,201
quintales españoles de salitre, con valor de 2.715.604,274
pesos; de nuestros mantos y vetas de cobre 2.128.081.483
kilogram os, con valor de $1.750.684.135; de las m inas
de p lata, 8.947.702.558 gram os, con valor de
$849.768.155; y de los lavaderos y otra clase de y aci­
mientos auríferos, 328,835.411 gram os, con valor
de $608.502.04014.
. T odas estas fuentes de producción m ineral están
vivas, si bien la im portancia relativa de ellas ha varia­
do.
La producción salitrera ascendió en 1908 a
I9-7° 7-743 quintales métricos y a 21.015.125 en 1909, E.
C om parando estas cifras con las de los años prece­
dentes, se advierte un constante aumento que, salvo
grandes avances en la producción del salitre artificial,
continuará seguram ente en adelante. E n cuanto a la
cantidad de caliche existente en las pam pas y a su pro­
bable duración, son tan deficientes los datos en que
se apoyan los distintos cálculos que de ellos sólo se
desprende con certeza el hecho de que el agotam iento
de los yacim ientos salitrales está aún m uy distante.

u Los valores están expresados en pesos de 18 d.


E. V er apéndice.

42
N uestra producción de cobre descendió conside­
rablemente a partir del año 1887; pero este des­
censo no fue consecuencia del agotam iento de nues­
tros cobres, sino del agotam iento de los depósitos de
ley alta fácilm ente explotables y de la im potencia
de los capitales y del esfuerzo chileno para la exp lo ta­
ción industrial. Los numerosos mantos y vetas de ley
pobre que, desde T a ra p a cá a O ’ H iggins cruzan en
todos sentidos el desierto, la cordillera de la costa y los
faldeos de los Andes, están aún intactos o apenas des­
florados. La producción industrial del cobre descan­
sa en C h ile sobre bases más perm anentes y sólidas que
la explotación del salitre, aunque el desarrollo de aqué
lia sea hoy modesto delante del esplendor de ésta15. F.
L a producción de oro y de p lata, no obstante la reac­
ción que respecto de la últim a acusan las estadísticas
de 1908 y 2909, tienen horizontes infinitam ente
más lim itados que los del salitre, y del cobre. Salvo la
contingencia, poco probable, de nuevos descubri­
mientos, ninguno de los dos metales está llam ado a pe­
sar seriamente en la expansión económica chilena.

4
Es corriente entre nosotros, cuando se quiere dar idea
del porvenir de la m inería chilena, lim itarse a enum e­
rar las riq uezas que encierran las entrañas del suelo.
Esta enum eración es, sin em bargo, un dato bien defi­
ciente p ara m edir la im portancia de la industria m i­
nera en el desarrollo económico nacional. U n a mina
rica en metales de ley alta y con fácil acceso a las vías de
transporte, puede ser explotada con capitales m edia­

l4En 1908 y igog, la producción cuprífera subió a k. 42 .096.731


y a 42. 726.145 respectivam ente, como consecuencia de la incorporación
de C ollahuasi a la producción.
F. V er apéndice.

43
nos y por em presarios cuyas aptitudes no excedan de
las necesarias para dirigir una rutinaria faena a g rí­
cola. En cam bio, las m inas de ley baja o ubicadas a
grandes distancias de los puertos y de los ferrocarriles,
requieren cuantiosas inversiones de capital, esfuerzo
perseverante y grandes capacidades adm inistrativas
y técnicas. Su explotación tiene las mismas o m ayores
exigencias de capital y de aptitudes que las indus­
trias fabriles: y lo propio que la energía m otriz natural
y los demás factores físicos adecuados a la fase m anu­
facturera, permanecen m uertas, son como si no exis­
tieran, para las aptitudes de una población agrícola
o económicam ente mal educada.
Es pues indispensable, dentro de los propósitos
de este estudio, señalar con exactitud las condicio­
nes de explotación de las dos grandes ramas de nues­
tra riqueza m ineral: el cobre y el salitre.
L as vetas poderosas de cobre de ley alta, están ya
agotadas. Salvo la eventualidad de nuevos descubri­
mientos, que de ninguna m anera variarían la fisono­
mía general de esta rama de la m inería chilena, p asa­
ron los tiempos de T am a y a.
Descansa hoy esta industria sobre la base de nu­
merosos depósitos, todavía mal reconocidos, cuyas
leyes, a ju z g a r por los datos acum ulados, oscilan de 4
a 6% . C op aqu ire, San Bartolo, M onte Blanco, M an to
M on stru o, A m olanas, Caserones, N altagu a, El V o l­
cán, El T en iente, etc., dan el tipo de los yacim ientos
sobre los cuales está llam ada a desarrollarse en el fu­
turo la producción cuprífera.

L a explotación de m inerales de ley baja, para ser


reproductiva, necesita casi siem pre andariveles,
caminos y ferrocarriles; y siem pre, el em pleo de m á­
quinas perforadoras, de la dinam ita y de todos los
medios mecánicos que ha creado la técnica m oder­

44
na para la extracción, movim iento, selección y carguío
de los productos.
T odo esto presupone una crecida suma de capitales,
que aum entan, todavía, las exigencias de la exp lo­
tación en gran escala, indispensables en empresas
que, para ser económicas, necesitan operar sobre
grandes masas de minerales.
No son menores las exigencias de capacidades
técnicas y adm inistrativas. D e mineral a mineral varía
el problema en sus aspectos técnico y económico. N e­
cesítase en ocasiones, optar por la concentración;
en otras, por la fundición directa. A q u í cabe el uso
económico de la energía eléctrica; más allá su empleo
es antieconómico. El problem a de unir diversos yaci­
mientos pequeños, que en C h ile se presentan casi
en todas partes, requiere sagacidad y sólido criterio
comercial. En fin, el manejo de grandes faenas con
complicadas dependencias, exige en la alta direc­
ción, capacidades adm inistrativas y solidez de juicio;
en el personal de empleados, competencia, espíritu
y hábito de1 deber; y en todos, condiciones de voluntad
y de preparación que sólo pueden dar una enseñanza
adecuada y la práctica de largos años.
T odavía, en otro orden de consideraciones, la ex ­
plotación industrial del cobre requiere, como pocas
industrias, lo que más escasea en los pueblos mal edu­
cados para la actividad fabril: tenacidad y perseveran­
cia. Antes de enterrar en ellos m illones, hay que reco­
nocer los yacim ientos. Antes de producir, hay que
completar las instalaciones y preparar las labores.
H ay, pues, que realizar durante varios años ingentes
desembolsos sin retribución.
C om o se ve, desde el punto de vista de los capitales y
de las aptitudes técnicas y adm inistrativas, la indus­
tria del cobre tiene todas las exigencias de las más com ­
plicadas industrias m anufactureras. R equiere cap i­

45
tales abundantes y baratos; y m ás aún que capitales,
valor industrial, ju icio económico, capacidad téc­
nica y adm inistrativa y perseverancia a toda prueba.
Porque, si el desarrollo de una industria de sem ejan­
te naturaleza, sin el prim er factor es lento y penoso, sin
los segundos es prácticam ente imposible.
N o es menos pronunciado el carácter industrial de
la explotación salitrera.
Indudablemente, la técnica del salitre es más sen­
cilla y uniforme que la del cobre, pero no son menores las
exigencias de capitales y capacidades adm inistra­
tivas en aquella industria que en ésta. El co sto 'd e ins­
talación y el capital de explotación de una salitrera
calculada para producir cien m il quintales m ensua­
les, elaborando caliche de 25 a 35 % , ha sido estimado
en £ 97 mil 66ó; en números redondos, dos millones
de pesos de nuestra moneda16. Y este desem bol­
so no puede hacerse, como en la agricultura, paulati­
namente, incorporando los ahorros de la misma exp lo­
tación, sino de golpe, lo que presupone un desarrollo
considerable del espíritu de asociación, ya que en
países jóvenes la existencia de industriales m illo­
narios es bien limitada.
Esto por lo que respecta al capital. En cuanto a la
alta dirección comercial y adm inistrativa, la salitrera
requiere, sobre poco más o menos, la misma a p lica­
ción constante, los mismos hábitos y capacidades que
la industria manufacturera.

5
U n a de las dificultades con que ha tropezado la consti­
tución de la ciencia de la Econom ía Política, ha sido
la tendencia de los economistas a hacer del desarrollo

16 S e m p e r y M i c h e l s , L a industria del salitre en C hile, a u m en ta­


da po r J G an d arillas y O . G higlioto S.

46
material un proceso independiente de la evolución
general; a dar, en cierto modo, finalidad propia a lo
que no es sino un aspecto — y aspecto todavía subordi­
nado a fines superiores— del desarrollo social.
Esta especie de concepto de la riq ueza por la riq u e­
za, que disim uladam ente se desliza en casi todos los
economistas clásicos y en muchos afiliados a la escue­
la histórica, ha dado origen al grosero error, enseñado
durante largos años en nuestra U niversidad, de qur
toda riqueza es igual; y de que es indiferente para los
destinos de un pueblo, explotar minas, labrar campos
o m anufacturar productos.
. Así se explica que hayan pasado inadvertidas
para la . inmensa m ayoría de nuestros intelectuales,
las peculiaridades sociológicas de la riq ueza m ine­
ra. A sí se explica que todavía hoy, se resistan a acep­
tar las consecuencias, al alcance del m ás vulgar
buen sentido, que derivan de ellas.
Aunque ya en otra ocasión he hecho caudal de esta,
peculiaridades y de sus consecuencias, habré de insis-
tfr una vez más en algun as, sin las cuales no tendrían
explicación varias de las manifestaciones de inferio­
ridad económica que constituyen el tema de este tra ­
bajo.
La agricultura tiene, por su propia n aturaleza,
tendencias a radicar en el terreno la riq ueza, y aun la
actividad económica en todas sus manifestaciones.
El que rotura suelos incultos o mejora los ya cultiva­
dos, sea nacional o extranjero, incorpora al suelo ca­
pital y trabajo en forma perm anente. El agricultor
se liga al suelo por verdaderos vínculos de afecto que,
a la larga, concluyen generalm ente por incorporar al
extranjero a la economía nacional. Pero, aun aquel
que abandona el territorio donde am aso su fortuna,
deja incorporado a él gran parte de sus esfuerzos.
La absorción económica de un pueblo agrícola

47
es extrem adam ente difícil. C h o ca, en prim er lu gar,
con la defensa que espontáneam ente opone la tenden­
cia radicadora del suelo. C hoca, en seguida, con las
dificultades que para la dirección desde lejos presen­
ta una industria que, como la agrícola, recibe del sue­
lo y del clim a una especie de sello local, que varía de país
a país, y dentro de un mismo país, de región a región.
L a m inería, por el contrario, no incorpora directa­
mente riqueza al suelo; no lo m ejora ni lo v alo riza en
orm a permanente. E l industrial, que explota una sa­
litrera, sólo deja, en reem plazo del salitre que vendió,
hacinam ientos de fierros viejos y montones de ripios.
El minero devuelve al territorio las riquezas que de él
arranca con hoyos que lo deform an y con la aridez,
consecuencia de los bosques que taló. El extranjero que
se ausenta, se lleva consigo absolutam ente toda la uti­
lidad que le rindió su esfuerzo aplicado al salitre o al
cobre.
T am p oco crea la m inería lazos entre el suelo y el
hombre. El industrial busca en la mina sólo los medios
de am ontonar recursos con los cuales volver al centro
de sus afecciones. El nacional tiende a radicarse defi­
nitivam ente en las tierras con vida propia; el extran ­
je ro , a regresar cuanto antes a su patria.
Es cierto que toda actividad minera derram a refle­
jam en te prosperidad sobre la economía nacional
entera; pero es ésta una prosperidad efím era, conde­
nada a desaparecer, salvo en cuanto creó nuevas fuen­
tes estables de riqueza, con la decadencia m ás p ró xi­
ma o más remota, pero siem pre cierta, del auge m ine­
ro. ' C op iap ó con sus 30.000 . habitantes, reducidos
casi instantáneam ente a la tercera parte, en cuanto
vinieron a menos sus minas, es una im agen en peque­
ño de la fragilidad de una civilización basada casi
exclusivam ente en la minería.
La riqueza m inera tiene, pues, un aspecto econó­

48
mico-sociológico sum am ente grave. El estadista
consciente debe ver siem pre en la prosperidad que
ella derram a, un medio qu e aprovechar; jam ás un fin,
un térm ino de las aspiraciones en la faz m aterial de la
evolución.
Otra particularidad de la m inería es la de ofrecer
un cam po singularm ente propicio para el desplaza­
miento económico del nacional por pueblos más de­
sarrollados. Estando su explotación poco ligada a las
peculiaridades clim atéricas y a los mil factores que
acondicionan e im prim en un sello local a la industria
agrícola, en ella el aborigen de inferiores aptitudes
económicas, no tiene respecto del extranjero siquiera
las ventajas del mejor conocimiento del suelo y del
clima.
U na nación m inera, por el solo hecho de serlo,
está más expuesta que otras a ser absorbida económ i­
camente, a quedar en la condición de factoría de civi­
lizaciones más poderosas. L a misma causa que ha ra ­
dicado en manos chilenas buena parte de la m inería
boliviana, ha radicado y continúa radicando en manos
inglesas, alem anas y francesas, la m inería chilena.

6
Las favorables condiciones que se aúnan en C h ile para
el desarrollo de la actividad fabril, han sido reconoci­
das desde antiguo.
En 1878, don M igu el C ru ch aga decía: »país
alguno presenta, bajo el punto de vista del territorio,
condiciones más favorables para su progreso indus­
trial»; y a continuación señalaba los hermosos
horizontes que el clim a y el suelo chilenos brindan a la
agricultura, a la minería y a la m anufactura17.

' ' C r u c h a g a , E studio sobre la organización económica y la ha­


cienda pública de Chile.

49
De estos exagerados conceptos, que revelan el
escaso espíritu de observación del discípulo y conti­
nuador de C ourcelle, los que encierran m ayor parte
de verdad, son los relativos a las condiciones favora­
bles de nuestro territorio para la etapa m anufacturera.
En efecto, la naturaleza, que fue avara con nosotros
en las condiciones clim atéricas y geológicas que hacen
posible un vigoroso desarrollo agrícola, fue más bien
generosa en los factores que permiten a los pueblos
enérgicos crear civilizaciones basadas en la m anufac­
tura, en el comercio y en la navegación.
Prescindiendo de la adecuación del clim a, patri­
monio común a casi todas las com arcas que están fuera
de los trópicos, se aúnan en C h ile la configuración geo­
gráfica, las fuentes de la energía motriz y el hierro, es
decir, todos los factores físicos fundam entales de la
actividad fabril.
La configuración del territorio, permite en toda
su extensión el acceso al mar sin grandes recargos de
flete terrestre. Desde este punto de vista, todo C h ile
puede considerarse adecuado para la ubicación de
industrias fabriles.
Los yacimientos de carbón de las provincias del
S ur no han sido reconocidos lo bastante para poder
form ar ideas definitivas sobre la cantidad, la calidad
y el costo de extracción del carbón que existe en el país.
Los catorce establecimientos más im portantes pro­
dujeron en 1909, fuera de su propio consumo, cerca
de 700.000 toneladas. L a producción de las minas pe­
queñas ascendió aproxim adam ente a 100.000 tone­
ladas más. Estas cantidades son susceptibles de
aumento, y de hecho han sido ligeram ente sobrepasa­
das en años anteriores. Pero si se considera que en el
mismo año 1909, dentro del estado industrial aun in­
cipiente de la economía chilena, hubo necesidad de
consumir 1.342.649 toneladas de carbón y coke extran ­

50
jero, es preciso convenir en que el carbón nacional,
aunque au x iliar no despreciable, no podrá abaste­
cer, cualquiera que sea el desarrollo de su explotación,
ios enormes consumos propios de un estado industrial
más avanzado.
En cambio nuestros ríos, relativam ente cau dalo­
sos de C oquim bo al sur, encierran las fuentes de una
energía eléctrica que puede subvenir con exceso a las
exigencias del más avanzado industrialism o. El violen­
to desnivel de su curso superior hace posible las caídas
desde grandes alturas, o sea la producción de mucha
energía eléctrica con volúmenes reducidos de agua. El
transporte de la fuerza desde las grandes centrales
se perfecciona y se hace económico de día en día. U na
distancia de 150 y 200 kilómetros no es hoy un proble­
ma, de suerte que la ubicación de las instalaciones en
la zona andina no es óbice para el aprovecham iento
de la energía en pleno valle central, donde la posición
y el clima son más adecuados para el desarrollo industrial.
El otro factor fundamental de la etapa m anufactu­
rera es el hierro. E l industrialism o, en un país que
carece de él, vive de prestado, al am paro de la inferior
actitud económica de poblaciones que no saben e la ­
borar sus m aterias primas.
En C h ile existen de un extrem o a otro del territorio
grandes y numerosos depósitos de óxido de hierro que,
por su ley y su ubicación son fácil y económicam ente
aprovechables. En la im posibilidad de describirlos y
enumerarlos transcribo del señor V attier, la voz
más autorizada en la m ateria, algunos párrafos que
dan idea de la naturaleza de estos yacimientos.
Aludiendo a los de A lgarrobo, A lgarrobillo y C ru z
de C añ a, en V a llen a r, dice el señor V attier: »En una
extensión continua de algunos kilóm etros aparecen
verdaderos cerros m acizos de óxido de hierro muy
puros y en todos los dem ás cerritos vecinos se cruzan

51
poderosas vetas y mantos enorm es, la m ayor parte de
ellos de óxido puro de hierro y algunos con indicios
de c o b r e .. . C reo que ni en todo el mundo, ni aún en
Iron M ou n tain de loa Estados U nidos, existen y aci­
mientos de esta im portancia y pureza” .
D e los depósitos del T o fo , en la Serena, adquiridos
por la Sociedad Francesa de A ltos H ornos, dice el
mismo ingeniero: »Es verdaderam ente incalculable
el núm ero de m illones de toneladas de óxido puro de
hierro (67 a 69% de hierro metálico, y a lo más con
0,04% de fósforo) que existe, tanto a la vista en estos
mantos y diques, como en los rodados y gran allas que
cubren el suelo«18 G .
Depósitos de gran im portancia se encuentran,
también, en T ara p a cá , A ntofagasta, Santiago, Linares,
C au tín , A rauco y V aldivia.
C ualesquiera que sean, pues, las dificultades con
que habrá seguram ente de tropezar la industria del
fierro, la existencia de minerales, en condiciones
adecuadas para su explotación y en cantidad suficien­
te para subvenir a las exigencias del más alto desarro­
llo industrial que sea sensato im aginar para C h ile, es
un hecho debidamente comprobado.
Finalm ente, para concluir con lo relativo al terri­
torio desde el punto de vista de la actividad industrial,
hay que hacer caudal de otro aspecto, modesto y de
lim itado horizonte, pero del cual no puede prescindir
un pueblo como el nuestro, colocado por la n aturaleza
en tan duras condiciones en la lucha por el crecim iento
y la supervivencia: la adecuación del clim a y del suelo
para el desarrollo de las industrias agrícola-fabriles
derivadas de la vid y de los árboles frutales. Los vinos
finos no licores y algunas de las variedades de esta ú l­

18V a t t i e r , L a industria del hierro en Chile, pp. 643 y 644 .


G . V er apéndice.

52
tima categoría y las frutas en conserva y desecadas,
pueden ser en C h ile producidos y elaborados en condi­
ciones ventajosas de calidad y de costo. A medida que
transcurra el tiem po, factor ineludible para el desa­
rrollo y perfeccionamiento de toda industria, se harán
más palpables estas ventajas, que hoy infiero del es­
tudio com parativo de las diversas zonas, que son o pue­
den ser rivales en la vitivinicultura y en la producción
de frutas secas o al ju g o .

7
Es ya tiempo de form ular las conclusiones a que con­
duce el análisis de los factores físicos que acondicio­
nan nuestra expansión.
Esas conclusiones son las siguientes:
L as condiciones geológicas y clim áticas son en
C h ile inadecuadas para un vigoroso desarrollo a g rí­
cola. L o s 200.000 Km 2 de terrenos susceptibles de
ser arados o utilizados en el pastoreo de ganados,
cuando alcancemos el estado actual de cultivo del te­
rritorio francés, podrán alim entar de diez a doce mi­
llones de habitantes, mientras el suelo argentino, en
igual estado agrícola, podrá alim entar de cien a cien­
to veinte19.
Los 150.000 Km 2 de suelos susceptibles de apro­
vechamiento que aún están incultos, no permanecen
estériles por falta de iniciativa, como repiten nuestros
economistas, sino porque requieren ser descepados
en el sur y regados en el norte; y estas operaciones, so­
bre ser lentas, son tan caras, que no podemos en C h ile
cultivar nuevos suelos, sino para subvenir a nuestro
propio consumo de productos agrícolas.

19E1 señor A lberto E dw ards, la única persona q ue ha hecho esta


evaluación sobre bases serias, a p esar de haber seguido un cam ino d i­
verso en la estim ación com parativa de la riqueza del suelo, llegó a con­
clusiones m uy pró xim as a las mías.

53
El desarrollo de la agricultura carece en C h ile de
vida propia. H oy está encadenado a la m inería y m a­
ñana deberá estarlo a la industria m anufacturera.
En la m inería, el salitre y el cobre constituyen dos
fuentes abundantes de riqueza, pero que, por sus gran ­
des exigencias de capitales y de aptitudes técnicas y
adm inistrativas, deben ser asim iladas a las industrias
fabriles.
El cobre y el salitre, por la naturaleza económico-
sociológica de la riqueza que crean y de la actividad
que desarrollan, no pueiden ser el térm ino de nuestra
evolución económica, so pena de em plazar nuestros
días. En cambio, son un buen medio, un sólido punto
de apoyo para orientarnos hacia el industrialism o
propiam ente dicho.
L a configuración geográfica, la abundancia de
las fuentes generadoras de la energía m otriz y la exis­
tencia de grandes depósitos de hierro, aúnan en C h ile
todas las condiciones fundam entales para la expan ­
sión fabril y m anufacturera. Sobre estos factores,
todavía inaprovechados, descansan nuestros destinos.
Es, pues, nuestro territorio una de aquellas co­
m arcas que condenan a las razas débiles o m al educa­
das económicamente, cualquiera que sea su pujanza
en otras esferas de la actividad, a arrastrar una exis­
tencia lánguida y precaria, pero que ofrecen am plios
horizontes a la audacia y a la tenacidad de las razas
fuertes en los grados superiores de la evolución. En
él la naturaleza es poco y el hom bre es mucho.
C ap ítu lo iv
Psicología económica
del pueblo chileno

1
En el estudio de la psicología de un pueblo hay que de­
tenerse m ucho en las capas superiores. Son ellas las
que dom inan sin contrapeso el presente, y son ellas
las que moldean, en gran parte, el futuro, por la suges­
tión que ejercen sobre la m anera de pensar y de sentir
de los elem entos que deben reem plazarlas.
Y esta preferencia, que en todo bosquejo psicológi­
co es una necesidad impuesta por el papel — cada día
más evidenciado por la ciencia— que los elem entos
sociales superiores ju e ga n en los grados altos de la
civilización, en el caso concreto dé que se trata, es la
consecuencia ineludible de la im posibilidad de obrar
en otra forma.
Los rasgos o caracteres psicológicos de los pueblos
no nacen a un tiempo; no se desarrollan como una onda
concéntrica. C uan do la psicología m ilitar está ya
moldeada, la psicología económica está todavía en
embrión. Form ada esta últim a por un tejido de influen­
cias psico-físicas que se van haciendo sentir paula­
tinamente a medida que el tipo m ilitar se transform a
en industrial, en los elem entos sociales poco evolucio­
nados, constituye una masa aún informe.
D e aquí que al estudiar la psicología económica
del pueblo chileno me sea forzoso extraer los ele­
mentos principalm ente de las altas capas. E l grueso
fondo social, la fuente más pura, la menos contam ina­
da con ideas y sentim ientos ajenos a la idiosincrasia
nacional, al propio tiempo que la más fácil de aprove­
char, no puede, en este caso, ser utilizada sino en muy
pequeña escala y con gran precaución-

55
2

Si se interroga a cien chilenos padres de fam ilia acer­


ca de la profesión que desean para sus hijos, sobre poco
más o menos, ochenta dirán que desean la abogacía,
la medicina o la ingeniería; quince, la agricultura, y
cinco, el comercio o las industrias fabriles. T od a v ía
en este cinco por ciento figurarán muchos chilenos ra­
dicados en V alp araíso, V a ld ivia, M ag allan es o en los
puertos del norte, cuyas ideas han sufrido la influen­
cia del contacto estrecho con el elemento extranjero
y sus descendientes.
Si esta encuesta se hubiera realizado veinte años
atrás, creo poder afirm ar, sin temor de equivocarm e,
que habría sido menester reservar una categoría es­
pecial, entre las propias profesiones liberales, a la abo­
gacía.
C uan do se desciende algo en la escala social, nue­
vas profesiones entran en juego; pero el sentido de la
orientación no se modifica.
Ser abogado, médico o ingeniero antes que a gri­
cultor; agricultor antes que com erciante o industrial;
pedagogo, periodista o em pleado público antes que
em pleado de fábrica o de casas de comercio; norm alis­
ta, escribiente de notaría, etc., antes que mecánico o
electricista; taj es el anhelo nacional frente a las diver­
sas profesiones que canalizan la actividad hum ana.
M á s adelante, al hablar de la educación y de su
influencia en el desarrollo m aterial del país, tendré
oportunidad de ahondar en la psicología y en el origen
de esta orientación de la actividad chilena. P or el mo­
mento me lim itaré a señalar sus consecuencias.
El número de individuos que absorben las profesio­
nes liberales es en definitiva corto. Entre el deseo y la
meta media un abism o. L as aptitudes intelectuales,
los recursos pecuniarios y la perseverancia que presu-

56
ponen los estudios superiores, constituyen una criba
dé apretadas m allas, en la cual son pocos los que pasan
y muchos los que quedan.
Pero la sangría que estas profesiones abren a las
industrias no está en relación con la cantidad, sino
con la calidad de los elem entos que les substraen.
En un país en donde la abogacía, la medicina y
demás profesiones análogas constituyen una aspi­
ración nacional, se orientan hacia ellas, no sólo los ta­
lentos especiales, sino todos los talentos. C u an to la
juventud encierra de más vigoroso, intelectual y mo­
ralmente hablando, se aleja de la vida económica pa­
ra esterilizarse en profesiones que, a pesar del p rejui­
cio social que las ennoblece, salvo el profesorado, son
factores subalternos en la vida de los pueblos.
El pleito y la enfermedad son calam idades excep­
cionales. N i de pleitos, ni de leyes, ni de enfermedades,
ni de medicinas vive una colectividad; y sin em bargo,
a ellos se sacrifican entre nosotros las mejores ener­
gías sociales. Para la actividad económica, para la
elaboración de la savia de que depende el vigor y la pro­
pia vida del agregado social queda la broza, lo que,
por ausencia de ingenio o falta de perseverancia no
llega a la meta.
La generalidad de nuestros intelectuales no se da
cuenta exacta de la trascendencia que esta selección
tiene en el desarrollo material del país. La disim ulan
a sus ojos el prejuicio de que la actividad industrial
no requiere talento ni carácter, y el hecho de que el exce­
so de elementos atraídos por las profesiones liberales
vuelve pronto a la vida de los negocios.
El prejuicio de que la a c tiv id a d . económica no re­
quiere talento, es hijo de un concepto groseram ente
erróneo del talerito. Si por talento se entiende el poder
del discurso o de la dialéctica, poca falta hace en la acti­
vidad económica. N i con juegos de palabras ni con ra­

57
zonam ientos hermosos se produce trigo o se fabrica
acero, com o no se hace la guerra, no se gobierna a un
pueblo ni se desarrolla la ciencia. Pero, si por talento
se entiende lo que debe entenderse, o sea la fuerza
de la inteligencia para conocer la realidad, pocos
em pleos de la actividad hum ana requieren m ayor gas­
to de ingenio que las industrias. E s casi im posible
com parar aptitudes tan heterogéneas como las que
hacen al gran abogado y al gran com erciante, por
ejem plo. Pero, si dejando a un lado los talentos pecu­
liares de cada ram a de la actividad se mide el conjun­
to de fuerzas intelectuales que cada una m oviliza, la
abogacía resulta bastante mal librada. Se requiere
más ingenio para ser gran com erciante que abogado
eminente.
»Las profesiones — ha dicho un observador inteli­
gente e im parcial— form an espíritus clarividentes
pero estrechos. L os negocios, por el contrario, requieren
un ju icio am plio. En ellos el hom bre se ve obligado a
tratar una gran variedad de asuntos continuam ente
renovados. Necesita conocer el presente y calcular
el futuro del país propio y de aquellos con los cuales
sostiene relaciones. H a de poseer las más raras de las
cualidades: la de saber conocer a fondo a los hombres;
debe ser capaz de dirigirlos; tener el don raro de la orga ­
nización; y, finalm ente, la capacidad de ejecutar re­
soluciones rápidas y eficaces.. . N in gu n a otra profe­
sión abarca tantos problem as o exige igual am plitud
de vista«20.
Esto por lo que respecta al ingenio; que en cuanto
al carácter es difícil encontrar quien ignore que en
las m odernas sociedades industriales la lucha eco­
nóm ica consume m ás energía nerviosa que la lucha
arm ada en las antiguas sociedades m ilitares. Si el ca-

10A. C a r n e g ie , E l dom inio de los negocios.

58
rácter sin la inteligencia en la actividad industrial
es una fuerza perdida, el ingenio sin el carácter es un
adorno inútil. Sin carácter sepuede ser profesor, mé­
dico o ingeniero eminente; pero no se puede ser buen
empresario en la más hum ilde ram a de la producción.
Es efectivo que la m ayor parte de los elementos
atraídos por las profesiones liberales vuelven total
o parcialm ente a la actividad industrial tan pronto
como las circunstancias se lo permiten. Es éste un he­
cho muy interesante. Evidencia de una m anera incon­
trovertible que en C h ile se canaliza artificialm ente
a la juventud hacia rumbos que no se arm onizan con
las inclinaciones y aptitudes especiales del individuo.
Pero, como atenuación de las consecuencias que la
concentración de la actividad en las profesiones libe­
rales tiene para nuestro desarrollo económico, su
importancia es escasa. N i el abogado agricultor, ni el
médico banquero, ni el ingeniero industrial, realizan
una labor económica apreciable. Solicitada su energía
en distintas direcciones, en ninguna se aplica con vi­
gor. M oldeados en la juventud para las profesiones
liberales, jam ás en la edad m adura logran borrar el
sello impreso en los prim eros años. En las duras con­
diciones de la lucha en la actividad industrial contem­
poránea, el am ateur no tiene plaza. Para abrir surco
hondo en la agricultura, en el comercio, en la minería
o en la fábrica, hay que poner en ju ego desde la ju v e n ­
tud todas las energías y todas las aptitudes del indi­
viduo, especialmente educadas para que den el m áxi­
mum posible de eficiencia y rendimiento. L os m édi­
cos, abogados o ingenieros que se hacen agricultores,
industriales o comerciantes, o se arruinan o vegetan
perdiendo su tiempo y obteniendo una mísera u tili­
dad del dinero que am asaron en su profesión.
Se pueden citar numerosos profesionales que han
tenido éxito en los negocios; m ás aún, no es difícil

59
exhibir a algún agricultor distinguido o m inero de
gran em puje que em pezó siendo abogado, médico o
ingeniero. Estos hechos son perfectamente lógicos.
C om o observaba hace poco, en C h ile las profesiones
liberales absorben todo lo que más vale, en ingenio, en
m oralidad y en carácter, en una palabra, la mejor m a­
teria prim a. Resulta de aquí que el individuo que llega
a la actividad económica después de pasar por las pro­
fesiones liberales, es generalm ente más inteligente y
de más carácter que el común, y suple con las fuerzas
superiores con que le adornó la n aturaleza las deficien­
cias creadas por la educación y por los hábitos profesio­
nales. Es, pues, un éxito alcanzado a pesar de la pro­
fesión anterior y no merced a ella; es una m anifesta­
ción que sólo evidencia la extraordinaria capacidad
del individuo; una muestra de lo que hubiera podido
ser, si tem prano se hubiera orientado y educado en
relación con sus inclinaciones y grandes medios. Se
trata de individuos que fueron abogados o médicos
porque tenían mucho ingenio y mucha fuerza de vo­
luntad naturales, y no de talentos y caracteres creados
por la abogacía y la medicina, como cree el vulgo, su­
gestionado por una ilusión muy natural.
Q ueda, todavía, otro capítulo por el cual la obse­
sión de las profesiones liberales debilita la capacidad
económica: el de los fracasados. E l número de los indi­
viduos realm ente absorbidos por las profesiones es,
como observaba, escogido pero corto. E n cam bio, el de
los aspirantes es crecido. Por cada joven que llega a la
meta, quedan en el cam ino diez o más. Estos jóvenes
que desde temprano dirigieron sus anhelos hacia las
carreras liberales cursando los estudios secunda­
rios, cuyos métodos y program as, buena preparación
para esas carreras, de muy poco sirven en la vida p rá c­
tica, al fracasar salen a la calle sin título y sin oficio
conocido, ineptos para su país y para sí mismos.

60
Resumiendo, tenemos, pues, que existe en C h ile una
verdadera obsesión por las profesiones liberales;
que estas profesiones absorben los mejores elem entos,
y que el anhelo general de alcan zar los títulos de
abogado, médico o ingeniero, canaliza a la inmensa
mayoría de los jóvenes dentro de un program a de
instrucción que atrofia el desarrollo de sus capacida­
des para la vida económ ica, como lo demostraré más
adelante.

3
En C h ile, como en todos los pueblos hispano-am eri-
canos, el empleo del tiempo deja un m argen de filtra­
ciones más am plio que el normal en los países m anu­
factureros.
V oy a anotar algunos de estos desperdicios de acti­
vidad, que fatalmente tienen que traducirse en merma
del rendimiento económico del individuo.
Com o lo decía hace poco, la m ayor parte de nues­
tros jóvenes abandona el colegio sin otro bagaje que
los conocimientos que adquieren en la instrucción
secundaria. A un que las atrasadas ideas que aún do­
minan en el cam po de la educación mantengan vivas
entre los educacionistas las ilusiones de Spencer, que
la ciencia ha quebrantado seriamente, los program as
y los métodos de la instrucción secundaria, aceptables
como preparación p ara las carreras liberales, son com ­
pletamente inadecuados como preparación para la
vida industrial. Si se exceptúa, pues, a los alum nos de
las escuelas m ilitares y de los pocos institutos de en­
señanza agrícola, m inera, com ercial, fabril o artís­
tica que poseemos, los jóvenes que no siguen carreras
liberales, abandonan el colegio sin preparación pro­
fesional alguna, ineptos p ara todos los em pleos útiles
de la actividad.

61
Si a esta ausencia de preparación técnica se agre­
gan la falta de vocación por el trabajo, la carencia
de hábitos de disciplina y el vacío m oral, consecuen­
cias de una enseñanza com pletam ente inadecuada
p ara el alm a nacional, se com prenderá en qué condi­
ciones em pieza a pelear la jo rn a d a de la vida el m ucha­
cho que term ina humanidades. $in aptitudes téc­
nicas, sin voluntad, sin hábito de trabajar y sin espí­
ritu de deber, o es una carga para la fam ilia o un p ará­
sito que pierde su tiempo y vive a expensas de la colec­
tividad, desempeñando empleos públicos innecesa­
rios.
Padres conozco que, a fin de librarse de la moles­
tia de m ezclar en ,sus negocios a muchachos ineptos,
sin exponerlos a los peligros de la ociosidad, les hacen
seguir los estudios de una profesión liberal que no han
de ejercer.
R esulta de aquí que, mientras en Inglaterra, A le ­
m ania, etc., el joven desde que abandona el colegio
es un em pleado modelo, que contribuye eficazm ente
a la obra de la producción al propio tiem po que educa
su ju icio y adquiere la práctica necesaria al futuro
jefe y em presario, entre nosotros el período com ­
prendido entre los 18 y los 25 años es casi entera­
mente perdido.
Es cierto que pasados los veinticinco años la re­
flexión y, sobre todo la experiencia de la vida llenan
en parte los vacíos que dejó la enseñanza; pero, aun
prescindiendo del crecido porcentaje de los que no
reaccionan, ¿quién devuelve el tiempo perdido?,
¿cuánto sufre por este capítulo la expansión econó­
mica nacional?
A esta pérdida de actividad en la juventud, se
une otra que deriva de un atardecer prem aturo.
H asta hace pocos años, la educación física estu­
vo en C h ile reducida a los ju ego s espontáneos de la

62
niñez, y hoy mismo ocupa un lugar dem asiado subal­
terno para que pueda cum plir sus fines. Pasada la
prim era juventud, los ju ego s propios de ella desapa­
recen sin que nada les reem place, porque los hábitos
de la gim nasia y de los deportes, cuando no se adquie­
ren en la niñez, no se practican más adelante. El chile­
no no hace gim nasia ni practica sistem áticam ente
los deportes.
Com o consecuencia de esta om isión, el apoltrona-
miento, la falta de elasticidad y de vigor físico, llegan
entre nosotros a una edad en que el hombre debiera
estar en toda su energía. A la decadencia física se si­
gue ineludiblem ente una disminución correlativa
de actividad, una pérdida de capacidad económica.
Desde los cuarenta y cinco a los cincuenta años,
la actividad decae en e| chileno con gran rapidez.
Si se considera que es precisamente después de los
cuarenta años cuando el hombre de negocios alcan­
za la plenitud del desarrollo de sus facultades, y si se
repara en que, de ordinario sólo pasada esa edad con­
sigue reunir grandes capitales, darse a conocer, ins­
pirar confianza y abrir de par en par las puertas del
crédito, se com prenderá lo que el abandono o la desa­
tención prem atura de los negocios significa para el
desarrollo económico de un país.
Sería tarea larga la de continuar enum erando
todas las pequeñas pérdidas de actividad, que son
la consecuencia de nuestro estado social, de la educa­
ción que recibimos o de hábitos heredados o a dqu iri­
dos.
La inexactitud, vicio profundam ente arraigado en
todas las capas sociales, la falta de método en el tra ­
bajo, la ociosidad del pequeño propietario rural,
que sólo trabaja para subvenir a sus necesidades más
premiosas, cuando no las satisface con el robo, etc.,
son otras tantas fuentes de dilapidación del tiempo,

63
que repercuten desastrosamente sobre el rendim ien­
to del esfuerzo económico.
A un prescindiendo de los hábitos del pueblo, de los
cuales habré de hacer caudal al hablar del obrero como
factor de la expansión económ ica, el aprovecham ien­
to del tiempo deja en C h ile mucho que desear.
Se tiene todavía poca conciencia de su valor.

4
U n a de las características más acentuadas del chile­
no de la generación precedente, fue el espíritu de
empresa. A ludiendo a ella dijo uno de nuestros más
distinguidos oradores: «¿A dónde no fuimos? P ro­
veíamos con nuestros productos las costas am eri­
canas del Pacífico y las islas de la O ceanía del hem is­
ferio del Sur, buscábamos el oro de C alifo rn ia, la p la ­
ta de B olivia, los salitres del Perú, el cacao del E cu a­
dor, el café de C entro A m érica; fundábam os bancos
en L a P az y en Sucre, en M en d oza y en San Ju an ; nues­
tra bandera corría todos los mares, y empresas nues­
tras y manos nuestras trabajaban hasta el fondo de las
aguas en persecución de la codiciada perla«21.
Esta iniciativa audaz, casi aventurera, fue la pri­
mera víctim a de la educación clásica y de su hermana
gem ela y sucesora, la educación científica. D urante
setenta años hemos luchado encarnizadam ente por
rebajar el carácter, para poder aprisionarlo dentro
de las cuatro paredes de un escritorio; por form ar poe­
tas y retóricos ayer, dilettanti científicos hoy; por
crear una juventud incapaz de soportar las lluvias y
las nieves, las privaciones y penalidades, que nuestros
padres afrontaban sonriendo.
Pueblo mestizo, cuyos caracteres ancestrales
disociados por un extenso cruzam iento form an una

21M a c - I v e r , L a crisis m oral de Chile.

64
masa plástica sensible a todas las influencias, la acción
de la enseñanza cayó en cam po fecundo. L a iniciativa,
el espíritu de em presa y el carácter en general, han de­
caído. H o y sabemos más, pero nos atrevem os menos
que cincuenta años atrás.
Sin em bargo, era tanto el espíritu de empresa que
animaba al antiguo chileno que, con todas las reduc­
ciones que ha sufrido, todavía hoy somos un pueblo
emprendedor. A llá en el fondo del alm a, adormecida
pero aún no extinguida, queda mucha de la iniciativa
aventurera de nuestros antepasados. N o nos arredran
las distancias ni los peligros. N inguna empresa nos
parece inaccesible. En cada chileno hay algo del ca­
rácter atrevido, emprendedor e inquieto de aquel
Vicente Pérez Rosales, agricultor en Baldom ávida,
fabricante de aguardiente en C olch agu a, comerciante,
médico yerbatero, pintor de decoraciones teatrales,
once años contrabandista a través de las pam pas
argentinas y de los boquetes de los Andes, minero en
Copiapó, buscador de oro en C aliforn ia, escritor y agen­
te de la colonización alem ana del sur.
Pero si todo lo acometemos, por desgracia en casi
todo fracasamos cuando salimos de las labores a g rí­
colas.
Sin duda que en el frecuente fracaso del em pre­
sario chileno entra por mucho la falta de preparación
técnica y de práctica adm inistrativa y directiva. Pero
intervienen, también, otros factores en los cuales es di­
fícil distinguir la parte que corresponde a la inexpe­
riencia de la que deriva de la psicología de la raza.
A pesar de ser la mentalidad chilena eminentemente
positiva, el criterio comercial e industrial es ligero e
iluso. El autor de los Recuerdos del pasado, aludien­
do a su estado de ánim o al emprender el prim er negocio
de alguna consideración, dice: »creí, como creen en el

65
día muchos jóvenes pobres, pero enam orados, que
con sólo tomar un fundo rústico en arriendo, sin más
recursos que dineros prestados a corto plazo, con tal
que abundase el deseo de trabajar, bastaba para me­
ter en casa, juntam ente con la esposa, la dicha y la ri-
queza«2Z. C om o es natural, la edad disipa buena
parte del optim ism o candoroso de la juventud; pero
no consigue abrir los ojos del chileno de par en par de­
lante de la realidad. C on tin ú a siendo poco cuidadoso
de la exactitud de los datos y de la legitim idad de los
cálculos que en ellos basa. C reo no exagerar si digo
que en el cincuenta por ciento de las em presas que
languidecen antes de tom ar cuerpo se ha medido mal
la distancia que se quiere recorrer o las fuerzas de que
se dispone para la jorn ada. El buen sentido, tan acen­
tuado en otras manifestaciones de la actividad, nos
abandona con frecuencia en el terreno fabril y com er­
cial.
O tra de las más poderosas causas de fracaso, es la
falta de perseverancia.
Para probar la tenacidad chilena, se citan con fre­
cuencia los casos de don Patricio L a rraín G an d arillas
y de don José T om ás U rm eneta. Por mi parte, podría
añadir sin dificultad un centenar de ejemplos
análogos. Pero estos casos corresponden a la excepción
y no a la norm alidad. Si así no fuera, lejos de resaltar
pasarían para el común de los observadores inad­
vertidos, como pasan los rasgos normales del alm a co­
lectiva. Si chocan, si hieren la atención dentro de la
propia casa, es precisamente por su rareza.
El chileno carece de perseverancia. D elan te de la^
dificultades y de los tropiezos se desvía o se arredra.

22El ya citado V icente Pérez R osales, el chileno q u e m ejor conden­


só las grandes cualidades y los defectos de su raza , y q ue supo vaciar­
los en la obra más original q u e hasta hoy ha producido el ingenio his­
panoam ericano.

66
Su voluntad es enérgica y audaz, pero inconstante.
Se trate de una m ina en un desierto, de una adquisición
de ganado en la Patagonia, devora las distancias y so­
porta anim osam ente las fatigas; mas, reacio aún a la ac­
tividad metódica y perseverante, desde que el negocio
adquiere los caracteres de una explotación industrial o de
un tráfico regular, pierde para él parte de su incentivo.
N unca oigo hablar de negocios a un chileno sin
que me recuerde por asociación de ideas el más acen­
tuado de los rasgos de la psicología económica del
conquistador: ¡a obsesión de la fortuna de un golpe,
ganada en un barretazo o en una aventura extraña. T i ­
po aún sem im ilitar, no vacilaba en correr mares y tierras
ignotas tras de un tesoro quim érico; pero renunciaba
a adquirirlo si para ello era necesaria la labor metó­
dica de algunos años. L as condiciones del medio fí­
sico de C h ile, tan propicias para la actividad regular
y constante del industrial como adversas para el aven­
turero buscador de oro, en más de tres siglos no han
borrado por completo esta característica23. L as
huellas de tan lejano atavism o reaparecen con extra­
ordinaria frecuencia. Y a no correm os locas aventuras
tras de tesoros quim éricos; pero continuam os creyen­
do en la fortuna llovida del cielo, llegada de cualquier
parte. E l propio agricultor, sesudo y ladino dentro de
sus tareas habituales, pierde los estribos y se vuelve iluso
cuando participa en empresas salitreras, mineras o
comerciales.
El trabajo metódico y permanente, que dentro de
las condiciones de la actividad industrial contem po­
ránea es base ineludible del éxito, repugna, todavía,
al chileno. En lugar de incorporarse como em pleado
subalterno al ram o de negocios en que piensa desarro-

í3L a m inería b asada en los alcances aleatorios de o tra época, ha


contribuido enérgicam ente a conservar este rasgo del antig u o aventu­
rero español.

67
llar su energía, para form ar su ju icio , adqu irir cono­
cimientos prácticos de la técnica y del m ercado, inspi­
rar confianza y. abrirse las puertas del crédito, se lan ­
za aturdidam ente a la vida industrial o com ercial,
para caer vencido y descorazonado y acabar sus días
de em pleado público, o en el mejor de los casos, vegetar
supeditado por extranjeros menos inteligentes, me­
nos enérgicos, pero más preparados, más metódicos
y más perseverantes.

5
En el fenómeno de la lucha universal por la existencia,
la asociación adquiere paulatinam ente tal im portan­
cia que N ovicow ha podido decir que sus lím ites en el
futuro escapan a toda previsión24.
En la lucha económica ocurre lo que en la lucha q u í­
mica, astronóm ica, biológica y social. Entre la prim i­
tiva cooperación económica fam iliar y las grandes so­
ciedades anónim as de nuestros días; entre los gre­
mios de antaño y los modernos carteles o trusts, en que
se aúnan para la defensa o para el ataque, para lim i­
tar o hacer más intensa la lucha las grandes socieda­
des que tienen en sus manos una ram a de la producción,
media una distancia que, posiblemente, sólo es una
débil muestra de la que mediará entre los organism os
del presente y las grandes asociaciones del futuro.
Esta creciente im portancia de la asociación da en
las modernas sociedades industriales al espíritu
de cooperación, a la capacidad para obrar en común
dentro de la actividad económica, una im portancia
análoga a la que, desde el punto de vista m ilitar, tiene
en las prim itivas sociedades guerreras.
El ancestral español nos legó en este terreno una
herencia poco envidiable. En parte como consecuen-

' 24N o v i c o w , L es L u tte s entre Sociélés H um aines, p . 50.

68
cia de la configuración topográfica del país, pero,
sobre todo, como rasgo propio del ibero, cargado de san­
gre berebere o afrosem ita, el español ha mostrado
siempre gran capacidad aun para la cóoperación más
prim itiva: la m ilitar. T en a z para defender el terru ­
ño, sólo se concertó para obrar en el exterior suges­
tionado por el godo, que hizo las guerras de C arlo s v y
capitaneó la conquista de Am érica. C arrera dispu­
tando con O ’ H iggins en R ancagua sobre la forma
de la defensa, hasta olvidar la defensa misma; nues­
tros congresales, discutiendo los detalles de los p u er­
tos hasta dejarnos sin puertos; nuestros ediles aban ­
derizándose en las diversas clases de pavimentos,
hasta dejarnos sin ninguno, nos recuerdan que, a pe­
sar de los anhelos del m alogrado doctor Palacios, la
sangre ibera corre por nuestras venas.

Sin em bargo, hay que reconocer que la incapacidad


hereditaria para la acción colectiva, si no ha desa­
parecido del todo, ha sufrido, por lo menos, considera­
bles atenuaciones entre nosotros. La configuración
del territorio, el largo régim en m ilitar impuesto por
la guerra de Arauco y otras influencias que no es ésta
la oportunidad de analizar, han contribuido a este
resultado. L a tem prana consolidación del orden y la
extraordinaria capacidad para la acción m ilitar en
el exterior, no podrían explicarse sin esa atenuación.
Y hasta donde es posible afirm ar tratándose de rasgos
todavía mal definidos, de caracteres movedizos aún
en plena ebullición, estimo que la atenuación en la psi­
cología económica, mucho menos intensa que en la
militar, es más acentuada que en la política.

Pero si la materia prim a chilena es desde este pu n ­


to de vista incuestionablem ente superior a la espa­
ñola, fuerza es reconocer que está aún casi sin cince­
lar.

69
El chileno no concibe, todavía, con nitidez a la
entidad social llam ada a rea lizar fines propios y a obrar
con entera independencia de los m óviles e intereses
puram ente personales de los individuos que la com ­
ponen.
L a sociedad es p ara él una prolongación de su p er­
sonalidad, un au x iliar de sus propósitos individuales.
C ad a vez que el conflicto estalla, sacrifica, si pue­
de, el interés social al interés individual, las más
de las veces sin darse cuenta del mal que indirecta­
mente se causa a sí mismo.
C om o consecuencia de este vasto concepto de la
entidad social, cuando no tiene un interés personal
directo, cuando no persigue un propósito individual,
presta poca atención a los negocios sociales, gas­
ta en ellos una iniciativa y actividad m uy inferiores
a la que es capaz de desarrollar frente a los negocios
personales.
Finalm ente, aunque m uy atenuada, la incapacidad
atávica para obrar en común no ha desaparecido.
Concede excesiva im portancia a la m anera de ver per­
sonal. Si no se obra conforme a su criterio, procura im ­
pedir que se obre. N o com prende que si un error de
procedim iento puede ser perjudicial, la p a raliza ­
ción es la muerte. Está siem pre inclinado a sacrificar
el conjunto a los detalles, el fin a la m anera de realizarlo.
Sociedad chilena cuyo directorio queda compuesto
de varios hombres de carácter y de com petencia, cada
uno de los cuales es capaz por sí solo de m anejar
los intereses sociales, es sociedad perdida.
Para que una sociedad pueda subsistir entre noso­
tros, es menester que, por las circunstancias, la direc­
ción quede, de hecho o de derecho, en manos de un solo
socio de capacidad y carácter, del cual el resto del direc­
torio sea com parsa inconsciente.

70
Se puede controvertir la parte que en este rasgo
corresponde a la herencia; se puede discutir la parte
mayor o menor que debe cargarse a los defectos de edu­
cación; pero el rasgo mismo no puede ser contestado
por persona que tenga mediano espíritu de observa­
ción.
L a capacidad de asociación es, en el chileno, m edio­
cre; las aptitudes para la cooperación y la actividad
colectiva en el terreno económico, están poco desen­
vueltas.

6
La m oralidad ju ega en los negocios un papel com pa­
rable al que desempeña la asociación. H ablo de la mo­
ralidad en la verdadera acepción de la p alabra, de la
moralidad dentro de la cual caben la disciplina, la
exactitud y, en general, la observancia de los hábitos
y métodos seguidos en la actividad industrial y co­
mercial.
C om o resumen de la experiencia de su vida, noble
y fecunda como pocas, ha dicho C arnegie: »E1 hom ­
bre que no es honrado, sincero y leal, no consigue en la
vida de los negocios ningún éxito verdadero«25.
El industrial y el comerciante necesitan, en efecto, una
m oralidad más elevada que el común de los profesio­
nales. U n médico competente, pero de honradez du­
dosa, suele ser tolerado. H a habido grandes artistas
y escritores, rebeldes a la puntualidad y al orden.
L a posibilidad de un gran banquero ladrón o de
un gran comerciante inexacto y desordenado, resul­
ta un poco más difícil.
Si la m oralidad es un poderoso factor del éxito
individual, si en igualdad de ingenio y demás faculta­
des naturales el triunfo será siempre del más m oral,

í 5C a r n e g i e , E l dom inio de los negocios.

71
desde el punto de vista del interés colectivo, su im por­
tancia es aún mayor.
Sin una m oralidad elevada, la asociación no puede
desarrollarse vigorosa. Si los asociados no cum plen
puntualm ente sus obligaciones, si no miden el dere­
cho ajeno con el mismo cartabón que el propio, la acción
colectiva se resiente. El concierto de voluntades, las
concesiones mutuas que ella presupone, sólo se alcan ­
zan cuando todos ajustan su conducta a un criterio mo­
ral. Sin adm inistradores y sin em pleados com peten­
tes, laboriosos y honrados, la m archa y aun la propia
existencia de las grandes sociedades, se hace práctica­
mente imposible.
N o es menor la im portancia de la m oralidad como
factor de la concurrencia económica. D ad a los co­
merciantes e industriales de un país reputación de
inexactos y trapalones, y los tendréis colocados en
manifiesta inferioridad respecto del tipo de interés
del dinero, de las prim as de seguro, de la confianza
con que el productor les entrega la m ateria prim a y el
consumidor recibe sus productos y de mil detalles
más que, poco aparentes a la simple vista, son, sin em ­
bargo, a la larga decisivos en la prosperidad o en la
ruina industrial y comercial.
Para form ar concepto cabal de la población chile­
na como factor del desarrollo económico, es, pues, in­
dispensable detenerse en aquellos rasgos y hábitos
morales que entran por más en el hombre de negocios.
Pero antes de entrar en este terreno, séame perm itida
una aclaración que evitará aparentes contradicciones
y precisará el alcance de mis palabras.
Es frecuente inferir nuestro grado de m oralidad
de la com paración de las estadísticas chilena y europeas
en todos aquellos renglones que la ciencia conceptúa
reflejos de la moral de los pueblos.
Palacios protestó contra la legitim idad de infe­

72
rencias basadas en semejantes com paraciones; y
protestó con razón, porque ellas presuponen la ausen­
cia de todo criterio científico y la ignorancia de la
génesis y desarrollo de la moral colectiva. N o pueden
ser medidos con el mismo cartabón los pueblos europeos
de hoy día y el pueblo chileno, mestizo, una de cuyas
razas, la más civilizada, la española, experim entó
por el hecho de la em igración una selección moral re­
gresiva; y la otra, la araucana, no había traspasado
la Edad de la Piedra ni salido del fraccionam iento
tribal. P ara medir nuestra m oralidad es menester
apartar las manifestaciones propias del estado social.
Para hacer com paraciones legítim as, hay que retro­
ceder algo en la historia de los pueblos europeos; re­
parar no sólo en lo que son, sino, tam bién, en lo que
fueron. Para calcular el porvenir, hay que m irar al
pasado; contem plar la distancia q.ue media entre el
punto de partida y el grado de. elevación moral que
hemos alcanzado.

Hecho esto, la perspectiva cam bia. Si es lícito in­


ferir el futuro del pasado, los horizontes que se extien ­
den delante de nosotros son altam ente halagadores.
No conozco absolutam ente ningún pueblo cuyo ni­
vel moral haya subido más en igual tiempo. Y si se con­
sidera que este ascenso se ha realizado hasta 1850
sin el concurso de la enseñanza, y después de esa
fecha a pesar de ella, hay el derecho de m irar con op­
timismo el futuro, no obstante la desviación transi­
toria en que estamos envueltos.

L a com paración que voy a hacer entre los rasgos y


hábitos morales del pueblo chileno y los de las viejas
naciones m anufactureras no tiene, pues, alcance
sociológico; responde a un propósito meramente
económico: el de medir el valor actual del chileno co­
mo factor de la expansión m aterial.

73
Al hablar del aprovecham iento del tiem po, hice
una ligera alusión a la inexactitud. Som os inexactos.
N o diré que esto está en nuestra sangre; pero sí que es
uno de nuestros hábitos más firmemente arraigados.
E l obrero no conoce la exactitud, el pequeño com er­
ciante o industrial la mira como cosa de poco más o
menos y el hacendado no la practica m ás que nuestros
contados fabricantes. Entre los pueblos que p artici­
pan en la concurrencia fabril o parecen llam ados a con­
currir en un futuro inm ediato, no hay otro que adolez­
ca de este vicio en más alto grado que el nuestro.
N o se hicieron los plazos para nosotros. Se trate de
concluir un trabajo m anual, de entregar una m erca­
dería o de afrontar vencimientos, días m ás no se cuen­
tan, atrasos de meses, im portan poco.
N o tenemos día ni hora para nada que diga relación
con nuestros negocios. Es fácil encontrar personas
que gastan puntualidad en llegar a horas determ inadas
a la charla del club, y que son, sin em bargo, incapaces
de cum plir sus deberes com erciales dos días segui­
dos a una misma hora. Si no fuera un contrasentido,
diría que tenemos más moralidad en el ocio que en el
trabajo.
L a dejación, el desorden y la ausencia de todo méto­
do, son entre nosotros normales.
Aun las personas más ajenas a los estudios de psi­
cología colectiva, pueden darse cuenta de la trascen­
dencia social de estos defectos. Com párese entre las
personas que nos rodean las que más se acerquen en
ingenio, carácter y preparación, mídanse los rendi­
mientos que cada una obtiene de sus dotes, repárese
en la parte que en él corresponde al orden y al método,
y en seguida, medítese en las proyecciones que esos
hábitos adquieren cuando se trata de pueblos enteros.
T en go p ara mí por m uy dudoso que cien industriales
chilenos, colocados idealmente en las mismas condi­

74
ciones de ingenio y carácter naturales, de com peten­
cia técnica y de recursos que cien industriales ingleses,
pero que en lo relativo al orden y al método conserva­
ran la característica nacional, fueran capaces de ha­
cer siquiera el sesenta por ciento de la labor de estos ú l­
timos.
N uestra honradez es, todavía, deficiente.
E l respeto a la propiedad en un pueblo, uno de cuyos
ancestrales hace poco m ás de trescientos años aún
no había llegado a la propiedad individual, tiene, por
la fuerza de las cosas, que ser menos acentuado que en
pueblos que llevan más de mil años de propiedad divi-

D ebo señalar algunas de las consecuencias de este


concepto aún rudim entario de la propiedad.
L a división de la propiedad no es sólo lastre social,
sino también factor de eficiencia económica. L as es­
tadísticas lo demuestran respecto de E uropa, y los
que entre nosotros hablan y escriben sobre cuestiones
económicas y sociales repiten m ecánicamente que lo
mismo ocurre en C h ile. L a s cosas no pasan así, sin
embargo. L a división moderada de la propiedad trae
efectivamente un aumento sensible de producción;
pero la división intensa, sobre todo en regiones aleja­
das de las grandes ciudades, va acom pañada de un
decrecimiento en la productividad, del desarrollo
del robo y del asesinato, y de un retroceso general en el
grado de civilización. T en go un abundante caudal de
observaciones que en éste, como en casi todos los fenó­
menos relacionados con nuestra evolución social, ob li­
gan a m odificar los conceptos corrientes.
En cuanto se substrae al control y al contacto de los
elementos sociales superiores más civilizados que él,
el campesino cargado de sangre araucana desciende
en m oralidad, en cultura y en todo lo que constituye
la civilización. Se hace perezoso, aventurero y ladrón.

75
Pierde toda iniciativa económ ica, desperdicia su ac­
tividad, lleva la incertidum bre a los contornos; y, en
lugar de aum entar el rendim iento económico lo dis­
minuye, directamente con su menor esfuerzo e indirec­
tamente con las perturbaciones que lleva a las com ar­
cas vecinas.
L a rudim entaria evolución de la m asa de la pobla­
ción chilena hace, pues, antieconóm ica, por el momen-
:o, la form a de explotación agrícola que la experiencia
íuropea ha demostrado ser la más eficaz26.
A medida que se sube en la escala social, el concepto
de la propiedad se acentúa con rapidez; pero queda
todavía bastante atrasada con relación a las sociedades
europeas. En el centro del país no cree robar el hacen­
dado que extrae el agua de su vecino, ni en el norte, el
minero que arrebata un descubrim iento o altera los
deslindes de la pertenencia. T o d o lo cual se traduce
en gastos extraordinarios de vigilancia, en juicios,
en paralización de trabajos, en una palabra, en des­
perdicio de tiempo y de actividad.
M á s deficiente es aún la moral en aquellos actos que
no constituyen delitos penados por las leyes, ni tienen
una sanción inmediata.
El em pleado chileno, en general, no percibe con
claridad que el éxito de su patrón es su propio éxito. N o
comprende que su actividad, su honradez y su com pe­
tencia, tienen que llevarle, al cabo de algunos años,
a la posición que sus facultades naturales le permiten.
Parece ignorar que al que tiene aptitudes v carece de
capitales, nada le granjea la confianza y le abre las pu er­
tas al crédito en form a más am plia y más sólida que los
antecedentes honrosos de su jornada de empleado.
Lim ítase, de ordinario, a evitar los motivos de despe­

26M e refiero a la propiedad de tres a cinco hectáreas de suelos


feraces y a su equivalente en productividad en serranías o rulos.

76
dida, procura gastar la menor iniciativa y el menor es­
fuerzo com patibles con sus obligaciones y falta a ellas
cada vez que puede hacerlo sin ser sorprendido. C on
lo cual se condena a vegetar toda su vida en la medio­
cridad, al propio tiempo que dificulta el giro del nego­
cio del em presario.
Se habla frecuentemente de negocios inm ovili­
zados por falta de capitales; son numerosos los que
dormitan por defecto de em presarios hábiles, y más
numerosos aún, los que hacen im posible la incom peten­
cia y la inm oralidad de los empleados.
Igual cosa ocurre en lo que en sentido restringido
llamamos m oralidad industrial y com ercial. F ab ri­
car un artículo con el menor costo posible, pero sóli­
do, bueno y apto para cum plir con su destino, es algo
que no entra aún en nuestras prácticas. En cuanto la
marca de un vino se acredita, se le falsifica por el propio
productor, adquiriendo mostos aquí y acullá y ven­
diendo un artículo de clase inferior al que conquistó
el mercado. Es difícil encontrar un fabricante que
renuncie a la ganancia inmediata que procura la ela­
boración de artículos de buena apariencia, pero or­
dinarios, frágiles e inadecuados para los fines que de­
ben llenar.
L as consecuencias no se hacen esperar. L a descon­
fianza estalla; y detrás del éxito pasajero, viene la
reacción y la ruina. Se ganó como uno y se perdió como
dos; pero la ganancia era inmediata y la pérdida esta­
ba distante.
Y las consecuencias no se detienen en el individuo
o en la industria especial a que se dedica. L as sugestio­
nes de confianza y desconfianza son, como todas las
sugestiones sociales, inconscientes, ciegas; hieren ju s ­
ta e injustamente. Q u e la m ayoría de los fabricantes
de un país sean inmorales, y la desconfianza los envol­
verá a todos, colocando a los honrados casi en peores

77
condiciones que a los inescrupulosos. E l desprecio que
aun dentro del país se profesa por los productores de
la m anufactura chilena, deriva tanto de una sugestión
de esta naturaleza como de una adm iración excesiva
por la perfección de las procedencias europeas.
Finalm ente, el respeto escrupuloso a las leyes y a las
ordenanzas deja m ucho que desear. N os detiene lo de­
masiado grueso, lo que com prom ete el orden social,
pero en lo modesto, en los mil detalles de la vida diaria,
las respetamos poco y m al. L a s medidas de higiene y de
policía sanitaria, de conservación y seguridad de las
vías públicas y mil más que dicen relación con servicios
públicos que son factores económicos de prim era
entidad, las trasgredim os a cada paso. C lam am os
contra la im portación de epizootias que arruinan la
producción pecuaria; mas, antes que respetar las me­
didas adoptadas para im pedirlas o renunciar a las g a ­
nancias de algunos cientos de pesos, preferim os que la
economía nacional pierda millones. P o r no arrancar
oportunam ente algunas m alezas, infestamos y desvalo­
rizam os regiones extensas; por no sacrificar el valor de
un anim al, propagam os una epidem ia al país entero.

7
Al hablar del aprovecham iento del tiem po, llamé la
atención hacia la ausencia com pleta de preparación
técnica con que ingresan a los negocios los jóvenes que
fracasan en su empeño de obtener títulos en las p ro­
fesiones liberales, y aquellos titulados que, com pren­
diendo que han errado su vocación o no encontrando
campo favorable, vuelven a la actividad económica.
D ebo, ahora, señalar las consecuencias desgracia­
das que esta circunstancia tiene para el futuro hom ­
bre de negocios.
U n joven que carece de conocimientos técnicos
?s un em pleado molesto, al cual sólo se tolera por consi­

78
deraciones de fam ilia o en obsequio a grandes cualida­
des de carácter y m oralidad, que son el patrim onio de
uno en mil. Si a esta ausencia de preparación técnica
se añade el vacío moral que produce la educación
científica, se comprenderá fácilmente la repugn an ­
cia con que agricultores, fabricantes, mineros y com er­
ciantes, aceptan los servicios de los bachilleres. N u es­
tra juventud escogida se encuentra, por este capítu ­
lo, mal colocada para hacer carrera de em pleado en la
actividad económica.
Por su parte, ella cojea del otro pie. Si el hom bre de
negocios acepta sus servicios de mala voluntad, ella
se los presta de peor. E l joven que ha recibido nuestra
deleznable educación general no oculta su repug­
nancia por los negocios; su alm a, form ada en el culto
de la ciencia, desprecia al que sabe menos, aunque
física, moral e intelectualmente (en la verdadera
acepción de esta palabra), valga cien veces más que
él. Siente una repugnancia invencible por los em plea­
dos subalternos de profesiones que desprecia. Sólo
después de agotar todas las posibilidades de ser em ­
pleado público, de vivir de sus rentas o a expensas de
su fam ilia, se resuelve a solicitar un empleo en la acti­
vidad económica, para sufrir generalm ente un recha­
zo.
Resulta de aquí que los mejores elementos de nues-
ra juventud, que no son absorbidos por las profesiones
liberales, no pasan por los empleos subalternos de las
industrias. El que no encuentra destinos públicos ni
puede vivir de sus rentas, se hace em pleado de banco
o corredor de comercio, o se lanza a los negocios sin re­
cursos, sin preparación y sin juicio; es decir, hace cu al­
quiera cosa, menos lo que debe hacer.
N i los padres ni los jóvenes se dan cuenta de que con
ésto han consumado el suicidio de su porvenir, conde­
nándose a perpetua m ediocridad. Porque es im posi­

79
ble que el joven alcance el dominio de los negocios sin
recorrer gradualm ente los escalones de la carrera. Só­
lo la práctica permite el aprendizaje paulatino de
los métodos com erciales y de la técnica de los negocios
en general; sólo ella fam iliariza con los mercados y con
los mil detalles que escapan a toda enseñanza. U n
año de práctica en el contacto de hombres avezados
forma el ju icio más que diez años de educación siste­
mática.
En ningún terreno puede el hombre desenvolver
sus facultades, dar de sí el m áxim um de lo que ellas le
permiten, si no las ejercita metódicamente. E l joven
que ingresa a los negocios sin haber sido antes em plea­
do, llega con un número de probabilidades de fracaso
mucho m ayor que el que lo fue a causa del estado em ­
brionario deí desarrollo de sus aptitudes. U n a expe­
riencia cara y dolorosa puede corregir muchos defec­
tos y llenar algunos vacíos, pero jam ás reem plaza a la
disciplina metódica que desde los prim eros años m ovi­
liza y desenvuelve todas las fuerzas del joven que hace
peldaño sobre peldaño la carrera de los negocios.
Llega, en seguida, nuestra juventud a la actividad
económica con un vacío gravísim o que, para colmo
de males, alcanza, tam bién, a los pocos jóvenes que
reciben la enseñanza de nuestros defectuosos insti­
tutos agrícolas y mineros y de nuestros pasables insti­
tutos comerciales: la ausencia de todas las fuerzas psí­
quicas que permiten al hombre de negocios seguir
desarrollándose por impulso propio.

V o y a explicarm e.
N o hay, tal vez, educacionista que lo ignore, aunque
apenas haya uno en diez mil que lo practique, que el fin
individual de la educación, no es dar al niño tales o cu a­
les conocimientos, sino despertar en él todas aquellas
fuerzas que im pulsan el desarrollo, que le permiten

80
dar de sí el m áxim um com patible con sus facultades'1' .
Cuanto m ayor sea la posibilidad de desarrollo que dé
al niño, y menor la cantidad de conocimientos ingeridos
directamente, tanto más cum ple con sus fines la educa­
ción general.
Ahora bien, las fuerzas que im pulsan el desarrollo
del hombre de negocios derivan de un corto núm ero
de ideas y sentimientos, relativos al empleo de la vida.
En Inglaterra, en Estados U nidos, etc., estos ideales
los da la herencia y los perfecciona su prolongación,
el medio social. El am or al esfuerzo por el esfuerzo, el
deseo intenso del poder y de la grandeza, la ambición
ilimitada, el orgullo de raza y la fe en sí mismo, son
ideas y sentimientos que el niño trae consigo al nacer
y que el medio que lo envuelve y aprisiona se encarga
de consolidar y desarrollar.
La educación desempeña en la formación del hom ­
bre de negocios, un papel subalterno. Se lim ita a desa­
rrollar el vigor físico y la fuerza de voluntad necesarios
para que aquellas ideas y sentimientos puedan tradu­
cirse en acciones, y a sum inistrar los conocimientos ge­
nerales y la enseñanza técnica que faciliten el desen­
volvimiento.
No necesita crear las fuerzas psíquicas, porque la
herencia las suministra abundantes.
Entre nosotros las ideas y sentimientos que consti­
tuyen el nervio, la tram a íntima del hombre de nego­
cios; es decir, las fuerzas que m ovilizan y dan em puje
al noventa por ciento de la actividad nacional, están,
todavía en embrión, no han sido fijadas definitiva­
mente por la herencia, a causa de nuestro bajo grado
de evolución.

11C la ro es que este fin individual está subordinado a los fines


sociales; en otros térm inos, que las fuerzas deben ser despertadas y
dirigidas en consideración al ser social y a la sociedad.
L a educación general puede llenar en parte este va­
cío. Ese es su deber; existe p ara eso. Su fin social es con­
servar lo bueno de la herencia, atenuar lo m alo y llenar
sus vacíos.
E l pueblo chileno está en circunstancias p articu ­
larmente favorables para ser moldeado por la educa­
ción. L a disociación de sus caracteres, consecuencia del
cruzam iento, le hacen una masa plástica extrem ada­
mente sensible a todas las influencias. L o qu e consti­
tuye su más grave defecto encierra al propio tiempo
la posibilidad de su grandeza. Pero no hay entre nues­
tros intelectuales personas que tengan la p rep ara­
ción científica necesaria para com prender deductiva­
mente la diferencia fundam ental que desde el punto
de vista de la educación existe entre el alm a chilena y
la europea, o el espíritu de observación lo bastante
agudo y desenvuelto para llegar inductivam ente al
mismo resultado. Y de aquí que nuestros program as
y métodos de enseñanza no sólo no suplen ni corrigen
a la herencia, sino que agravan sus defectos, destru­
yendo la energía de la voluntad y contrariando las más
fecundas de las fuerzas psíquicas: la am bición inex­
hausta, la fe fanática en el propio esfuerzo, el deseo
del poderío y de la grandeza.
T odos nuestros niños, desde el hijo del m ás hu­
milde gañán hasta el más encum brado señor, des­
de el flam ante bachiller hasta el titulado en nuestros
institutos técnicos, salen del colegio desprovistos
de las ideas y sentimientos que son los motores de la
actividad económica. La enseñanza no les desarrolló
el deseo y la voluntad firm e de no dejarse supeditar,
ni les ennobleció la finalidad del esfuerzo industrial,
base del poderío y de la grandeza de los pueblos en la
hora actual.
F alta a nuestros jóvenes la am bición intensa e ili­
m itada, el estím ulo que mueve al hom bre a consum ir

82
la existencia en una actividad devoradora, en la cual
el individuo puede destrozarse pero la colectividad
se engrandece. C arecen de la educación física y de la
disciplina de la voluntad, sin las cuales la am bición
languidece o se agita impotente.
L a consecuencia es ineludible y fatal; el chileno se
desarrolla poco; sus aptitudes naturales para la lu­
cha económica o permanecen adorm ecidas o no dan
de sí lo que son susceptibles de dar. O bservad los co­
mienzos y el desarrollo de los jóvenes ingleses y de los
jóvenes chilenos. Los prim eros no cesan de avanzar;
llegan a ser como empresarios, gerentes o simples
empleados más que lo que prom etían sus humildes
principios. Los últimos, por el contrario, defraudan
las expectativas que legítim am ente se cifraban en
sus capacidades.
Resumiendo tenemos:
Q u e el hecho de no pasar nuestra juventud por
buenos institutos técnicos, con métodos prácticos y
program as adecuados a las necesidades del país, pri­
va a la economía chilena de un núcleo abundante de
empleados subalternos competentes.
Q ue no pudiendo nuestra juventud hacer la jo r ­
nada de empleado en la actividad económica por su
incompetencia técnica y la naturaleza de los estudios
de humanidades, está privada de la única escuela que
puede form ar al futuro hombre de negocios.
Que no supliendo la educación general los vacíos
de la herencia en todas aquellas ideas y sentimientos
que constituyen la tram a psíquica del hombre de ne­
gocios, el chileno, aunque reciba instrucción técnica,
se desarrolla poco, no da de sí lo que sus fuerzas le p er­
miten dar.
Q ue como consecuencia de los dos factores ante­
riores, la economía chilena no sólo carece de buenos

83
em pleados, sino también de em presarios enérgicos,
competentes, audaces y perseverantes.

8
Un bosquejo de la psicología económica del pueblo
chileno, no puede prescindir de nuestro obrero. M e ­
nos aún puedo om itirlo en este estudio, cuyo propósi­
to es avalorar los distintos factores del desarrollo m a­
terial. A l hablar del obrero, para no hacer distinciones
innecesarias, me refiero a todo el que hace un trabajo
m anual, así sea una rutinaria siega de. trigo o el p u li­
mento de la pieza de una m áquina.
E l trabajador chileno es vigoroso. D e él ha dicho
un historiador perteneciente a la más fuerte y orgu llo­
sa de las razas modernas: «Posee una fuerza y una resis­
tencia pasmosa. N o hay europeo capaz de tal resisten­
cia física^28. U n largo contacto personal con obre­
ros de distintas nacionalidades me ha convencido de
que no es exagerado este concepto. A lgu n as de las ra­
zas de elevada estatura de E uropa pueden competir

* con él en fuerzas físicas; pero ninguna de ellas puede
rivalizar en resistencia a la labor prolongada, a la in­
temperie, a las lluvias, al calor y a las privaciones. Se
aúnan en él la pujanza de las razas fuertes de Europa
y la excepcional resistencia de algunos pueblos de otros
continentes.
E l obrero chileno es inteligente. Com prende y asi­
m ila con una rapidez que desconcierta al aficionado
a estudios psicológicos. L e basta un caudal de conoci­
mientos previos tan escaso que ningún otro obrero pue­
de hacer igual labor con igual saber.
T ien e la conciencia instintiva de su superioridad.
L a siente y la hace pesar. En estado confuso, em brio­
nario, tiene un concepto de sí mismo que recuerda

“8U r ie l H ancock, H istoria de C hile, p. 377 .

84
de lejos el orgullo del rom ano de la antigüedad y del
inglés de nuestros días. Esta gran fuerza en devenir
puede llegar a ser. la fuente de las más grandes energías,
si, en lu gar de destruirla como lo ha hecho una educación
inadecuada respecto de las clases superiores, la desen­
vuelve y can aliza una educación calculada para ello.
La m ateria prim a es, pues, de prim er orden. Por des­
gracia, el grado de evolución en que se encuentra no p er­
mite obtener, por hoy, el rendim iento de que ella es sus­
ceptible. C ircu la abundante por las venas de nuestro
pueblo la sangre del aborigen araucano; y aunque esta
sangre es generosa, no puede salvar en tres siglos la
distancia que los pueblos europeos han recorrido en cerca
de dos mil años. N uestra evolución ha sido más rápida
que la germ ana, a su turno casi vertiginosa con relación
a las precedentes; pero, así y todo, no ha podido llenar
lagunas que, desde el punto de vista económico, tienen
trascendencia considerable.
Si hubiéram os de inferir la labor que realizan nues­
tros obreros de su pujan za, serían pocos los pueblos
que podrían exh ibir resultados iguales. La realidad es,
sin em bargo, desconsoladora. El obrero chileno, con
todo su vigor y toda su inteligencia, hace menos obra
que la corriente en los países europeos.
A este resultado concurre, sin duda, la escasez e
imperfección en los medios mecánicos de m ultiplicar
el rendimiento del trabajo, propia de todos los países
hispanoam ericanos; la incompetencia adm inistrativa
de los elem entos dirigentes; la falta de educación téc­
nica; y algunos factores m ás que están fuera de su vo­
luntad: más, tam bién contribuye, por su parte, con vi­
cios y hábitos que merm an considerablem ente su rendi­
miento económico.
Nuestro obrero desperdicia mucho el tiempo. La
concurrencia a los talleres baja el día lunes al sesenta
por ciento, y a veces, a menos. Esta proporción aún baja

85
más entre los obreros libres. Para objetos frívolos,
para menesteres que pueden desem peñarse en a lgu ­
nos m inutos, pierde días enteros.
Y el desperdicio del tiempo en la ciudad, sólo es pá­
lida im agen de lo que ocurre en los campos. El pequeño
propietario rural derrocha lastim osam ente su tiempo
y su actividad. Sólo trabaja lo estrictam ente indispen­
sable p ara subvenir a sus necesidades más inm ediatas.
T a l vez no exagero si digo que em plea útilmente la ter­
cera parte de su tiempo. El inquilino de hacienda, for­
zado por el patrón hace un trabajo más regular; pero que
dista mucho de aproxim arse al que puede hacer sin de­
trimento de su organismo. D e cada fam ilia, un hombre
trabaja diariam ente, cum ple lo que nuestros cam pesi­
nos llam an la obligación. L os demás trabajan tres o cua­
tro días en cada semana, con vigor, y dilapidan en bo­
rracheras o en la ociosidad los restantes.

A. pesar de su extraordinario vigor físico, de su in­


teligencia y de su orgullo, el obrero chileno es incapaz
del trabajo regular y sostenido propio de los pueblos
bien evolucionados. Puede trabajar varios días conse­
cutivos como sólo él puede hacerlo; pero en cualquier
momento abandona su labor para ir a una francachela
a consumir el tiempo conjuntamente con el dinero
ganado. En el fondo está en él intacta la repugnancia
del aborigen por la actividad m anual. T ra b a ja cons­
treñido por la necesidad e influido por los elementos
más civilizados que le rodean. Q u e cese esa necesidad,
aunque sea momentáneam ente, o que se substraiga
a esta influencia, y el atavism o araucano, dem asiado
inm ediato, estalla con violencia.

En el núm ero precedente, al hablar del chileno


como hombre de negocios, hice notar que la práctica
y la experiencia no lo desarrollan con igual energía
que al hombre de otras razas; y dije que la causa de este

86
fenómeno está en la poca acentuación de las fuerzas
psíquicas que estim ulan la actividad económica.
En el obrero ocurre igual cosa, y por igual motivo.
En un pequeño folleto, que entre nuestras num e­
rosas publicaciones me ha interesado vivam ente,
porque es una de las prim eras tentativas qué el pensa­
miento chileno hace para dejar las m uletas, una de las
pocas veces que se ha atrevido a m irar los hechos sin
los lentes de refracción del pensam iento europeo, en­
cuentro los siguientes párrafos, que transcribo como
un homenaje al espíritu de observación y a la sinceridad
moral de su autor: «Los socios consideran hum illante
ocupar un banco escolar y prefieren pasar toda su vida
ignorando cosas que debieran saber, careciendo de la
instrucción a veces indispensable a su educación, u
oficio, por no querer reconocer su necesidad intelec­
tual, su falta de los conocimientos necesarios al hom ­
bre. ..« «En lo referente a la cultura profesional, al
deseo de perfeccionar nuestro oficio, a objeto de ad­
quirir una situación mejor, más holgada e independien­
te, nuestra pereza es también m anifiesta". «Nos falta
en absoluto la iniciativa, no tenemos confianza en nues­
tras propias fuerzas y preferimos vivir confiados en
el d e s tin o ..." . «No tenemos la hermosa am bición de
subir, de ser algo más; siquiera sea para servir mejor
a nuestras fam ilias, a nuestros com pañeros y a nues-
29
tros semejantes" .
El obrero chileno carece, en efecto, de la ambición
de surgir, que es la fuente de la iniciativa, de la inven­
ción y de la perseverancia. Sus capacidades se atro­
fian o dorm itan perdidas para la actividad económ ica,
como las del em pleado y las del em presario. Su ener­
gía, falta de estím ulo y de rumbos, se enerva o se ex­
travía. Su obra sufre en cantidad y en calidad.

I9O n o fre A vendaño, E xam en de conciencia.

87
T od a v ía debe contarse entre las causas del escaso
rendimiento económico de nuestro obrero, el hábito
nacional por excelencia: la inexactitud. Sólo el indus­
trial que ha experim entado de cerca sus consecuencias,
puede medir la trascendencia de este hábito fatal en
la obra de la producción. L a inexactitud del obrero pertur­
ba y desordena el giro todo de la industria, hace ilu ­
soria toda base de cálculo y coloca al industrial en con­
diciones de inferioridad. E n la concurrencia las ven­
tajas, en igualdad de las demás circunstancias, están
por quien disponga de obreros más exactos. ” Se pre­
fiere al obrero extranjero sobre el nacional — dice el se­
ñor Avendaño en el folleto citado— porque, aunque
sea su trabajo inferior y más caro, tiene al menos la ven­
taja de ser seguro” .
A este mismo resultado concurren, tam bién, nu­
merosos vacíos y defectos morales que, como los ano­
tados, dism inuyen directamente el rendim iento eco­
nómico, o que, como la em briaguez y el ju e go , debili­
tan las fuerzas sociales en general. A l hablar del au ­
mento de la población y del ahorro tendré oportunidad
de insistir en algunos de ellos.

9
U n o de los rasgos del alm a española que prim ero hiere
la atención del observador, es el respeto que profesa
a la ociosidad. Aludiendo a él, Sánz y Scartín, ha lle­
gado a decir que en muchas regiones se atribuye cierta
superioridad a la vida ociosa, por m ezquina que sea.
N o es, pues, necesario devanarse los sesos para des­
entrañar el origen de las consideraciones que entre nos­
otros rodean a la ociosidad.
N uestra sanción social no toma en cuenta a la acti­
vidad y al esfuerzo al ju z g a r sobre el empleo de la vida.
El mismo respeto rodea al rentista ocioso, que om i­
te cum plir el deber social de poner en ju ego todas sus
energías, que al industrial esforzado o al agricultor
progresista. Las mismas consideraciones se guardan
al joven inepto o perezoso que vive a expensas de su fa­
m ilia, que al emprendedor y laborioso. Q u e, por un
medio u otro, se procure el individuo los recursos para
sostenerse dentro de su posición es lo que im porta pa­
ra nuestro criterio. L a actividad que p ara procurárselos
gaste no aumenta en un ápice nuestra estimación.
D e este respeto a la ociosidad derivan consecuencias
fatales p ara el desenvolvim iento económico.
E l joven perezoso que vive a expensas del padre m ien­
tras llega la hora de heredarle, siente tanto menos la
vergüenza de su conducta cuanto más se la disim ula
la estimación social. El propio padre repararía más
en no desm oralizar al hijo, impidiendo que la necesi­
dad le estimule y regenere, si su acción fuera afeada por
el concepto público.
El rico heredero no perm anecería inactivo si la
sanción social le reprochara su ociosidad.
E n una palabra, el respeto a la ociosidad estim ula a
ella a la m ayor parte de los que están en situación de prac­
ticarla, y cohonesta la conducta de aquellos que, sin
estarlo, la practican.
D eterm ina, tam bién, un concepto desgraciado de
la beneficencia y de la hospitalidad.
C uan do hacemos el bien, cuando querem os pro­
teger, damos limosna. Y eso lo hacemos no sólo con las
personas absolutam ente im posibilitadas, sino tam bién
con aquellas que, con ligeras indicaciones o con un pe­
queño auxilio de nuestra parte y un poco de voluntad
de la suya, pueden ganarse honradam ente la vida.
Es posible que en esta conducta entre por algo el
deseo de no m olestarse. Siem pre será menos fastidioso
dar algún dinero que preocuparse de enderezar fra­
casados. Pero no es este móvil egoísta el único motivo

89
que determ ina nuestra m anera de com prender la be­
neficencia. Nos parece natural que, el que vino a menos
rehúse aceptar la lucha en la nueva posición; encontra­
mos que se degrada menos haciéndose un parásito que
descendiendo. Una niña que, señorita ociosa alim en­
tada por su padre, con la muerte de éste se ve forzada a
ganar la vida como cajera en una casa de comercio o co­
mo escribiente de una oficina, se rebaja en nuestro
concepto.
En cam bio, no creemos rebajarla, habituándola
a la limosna.
A la misma causa obedece el hábito, bastante gene­
ralizado en todas las esferas sociales de recoger y a l­
bergar a aquellos deudos o am igos que no quieren d a r­
se la molestia de pelear la batalla de la existencia, há­
bito altruista, si se quiere: pero profundam ente desmo­
ralizador y perjudicial para una sociedad.
E l respeto por la ociosidad se traduce, pues, en una
elevación del porcentaje de parásitos, esto es, de in­
dividuos que, directa o indirectam ente, viven de la
colectividad sin entregarle el contingente de su p ro­
pio esfuerzo. C on lo cual, por una parte, dism inuye la
eficiencia productora de la población, y por otra, hace
gravitar sobre los hombros de los activos y laboriosos
un fardo pesado.

10
L a prodigalidad y el afán de la ostentación han sido
señalados desde antiguo por todos nuestros escritores
como uno de los rasgos más acentuados de la psicolo­
gía chilena.
D escribiendo el estado social de C h ile durante
los prim eros treinta años del siglo x v n , dice B arros
A rana: »Los habitantes de C h ile, como los que pobla­
ban las otras posesiones españolas, tenían una in cli­

90
nación qu e puede llam arse hereditaria por el lujo y la
ostentación; y desde que se form aron algunas fortunas
más o menos considerables, sus poseedores dieron,
en la medida de sus fuerzas, rienda suelta a estos gus-
*tos«
« 30 .

Estos conceptos reflejan con fidelidad los datos su­


ministrados por los documentos de la época. N o re­
cuerdo haber leído uno solo de los cronistas en el cual
no haya encontrado alguna alusión a las inclinaciones
de los colonos a la ostentación, inclinaciones que te­
nían, por lo demás, que llam ar necesariam ente la
atención por su violento contraste con la pobreza y las
condiciones generales de la vida colonial.
C on posterioridad a la independencia, aludiendo
al empleo de las utilidades realizadas por nuestros a g ri­
cultores y comerciantes durante la bonanza que los
descubrimientos de C aliforn ia en 1848 y los de A u s­
tralia en 1851 trajeron a la economía chilena, decía
en 1857 C ourcelle Seneuil: «Gran parte de las nuevas
ganancias han sido em pleadas en dar ensanche a los
goces de los propietarios; el m ayor número de éstos
se han puesto a construir soberbias casas y com prar
suntuosos amoblados, y el lujo de los trajes en las se­
ñoras ha hecho en pocos años progresos increíbles;
el número de carruajes particulares ha más que de­
cuplicado; los gastos de mesa, y en sum a, todos los gas­
tos ordinarios de fam ilia han aum entado inmensa­
mente^ Y , refiriéndose a las clases trabajadoras y al
alza de sus salarios, continúa: »casi todo lo que ha ga ­
nado ha sido consumido al ju ego o en el bodegón, en
una palabra, derrochado por satisfacer las exigencias
de un lujo grosero®. “ Se puede decir, en resumen, que
mientras los labradores gastaban en locas diversiones,
los aumentos de sus entradas, los propietarios em plea­

30H istoria G eneral de C hile, t. ív , p. 285 .

91
ban las suyas en aum entar goces más durables; pero
unos y otros han capitalizado muy poco«31.
En nuestros propios días el señor Zegers ha dicho:
»Para figurar, el hombre com pra autom óvil y recorre
los centros más poblados y los paseos, tocando la cor­
neta y atropellando carruajes y peatones".
»La mujer olvida que es preferible al excesivo or­
nato del cuerpo una elegante sencillez. Encarga a E u ro ­
pa su aju ar personal y perifollos, aterrorizando a padres
y maridos. N o la arredra el recargo de cincuenta por
ciento en oro<(.
«M uchos jóvenes, antes que tener una profesión
lucrativa, van a París a despedirse — dicen— de la ju ­
ventud, y derrochan allí en placeres fáciles pero caros,
el haber p a te rn o ...«
»En todas partes aparece la sed de lujo p ara hacer
figura, en los edificios, en los ajuares, en los ca-
32
rruajes yjoyas« .
Si hubiera de continuar reproduciendo opiniones
contextes con las que acabo de anotar, posiblemente
me vería obligado a transcribir trozos de todos los que
entre nosotros han escrito sobre temas económicos y so­
bre costumbres.
Estas citas manifiestan que el hábito del derroche
y el deseo de la ostentación, son características nacio­
nales que, adormecidas en las horas de pobreza, aviva­
das en las de prosperidad, pero jam ás extinguidas,
han llegado a través de las vicisitudes de nuestro de­
sarrollo, desde los albores de la colonia hasta nues­
tros propios días33.

3lR evista de Ciencias y L etras, S antiago, 1857 , pp. 509 y 510 .


32E studios económicos, p. 8 .
L a prodigalidad y el afán de la ostentación, h an sido estim a­
dos en tre nosotros uniform em ente co m o ' caracteres heredados del
antecesor español. Yo m ism o, sin desconocer la p a rte que en am bos
rasgos corresponde al estado social, contribuí en o tra época a difun­

92
Veam os, ahora, las consecuencias económicas de
estas inclinaciones y hábitos.
D esde antiguo han sido uniformemente señalados
por nuestros econom istas como uno de los prin cipa­
les factores de la debilidad de nuestro desarrollo.
Este ju ic io está conforme con las doctrinas econó­
micas corrientes. »Los pueblos más prósperos — ha
dicho L eroy B eaulieu, resumiendo la opinión general
de los econom istas— no son siem pre los que producen
más, sino con frecuencia los que, sin cercenar la satis­
facción de sus necesidades, ponen más orden en sus
consumos«34.
N o es difícil demostrar el grave error científico
de este aserto, reflejo de la posición en que ocasional­
mente se encontraron los distintos pueblos europeos
durante parte del siglo x ix . Pero, ni es ésta la oportu­
nidad de hacerlo, ni tiene objeto práctico desde el
punto de vista en que vengo discurriendo. Porque, si
el exceso de ahorro conduce al debilitam iento de las
fuerzas motoras de la actividad económica, paraliza
el aumento de la población y lleva a un suicidio disi­
mulado, como le ocurre a Francia; el despilfarro y la
prodigalidad, contrarían, a veces seriamente, el des­
arrollo de la riqueza.
En el caso nuestro, la perturbación es grave.
C om o ya lo he demostrado, la naturaleza de los fac­
tores físicos de crecim iento obliga a encauzar nues­
tra actividad dentro de la m inería industrial, de la
manufactura y del comercio, industrias todas cuya
instalación y giro presuponen la acum ulación abun ­
dante de capitales. L a expansión económica, requiere

dir este erro r. L a p a rte q ue corresponde a la herencia es, en realidad,


lim itada; no va m ás allá de la form a como se m anifiestan tendencias
propias de todos los pueblos en igual estado social y colocados en con­
diciones análogas de medio.
34 T ra ité <f econom ie politique.

93
por este motivo, en C h ile m ayor em pleo de capitales
que en la generalidad de los pueblos jóvenes.
Se com prenderá con esto cuáles son para la econo­
m ía nacional las consecuencias de la desidia para
conservar los objetos, de la falta de método y de la pro­
digalidad en los gastos ordinarios, de vida, de los con­
sumos de lujo, de la inveterada tendencia a la ostenta­
ción; en una palabra, de todos los hábitos que contra­
rían entre nosotros la capitalización.
En un país joven, condenado para cum plir sus des­
tinos a luchar en condiciones difíciles con los viejos
centros industriales, ellos serían un tropiezo, aunque
lo poblara una raza bien evolucionada y bien adies­
trada p ara la actividad productora. En un país cuya
población tiene poca capacidad de producción, en
un país que necesita pedir al extranjero los artículos
de lujo que consume, su existencia hace poco menos
que imposible la lucha. H asta el bienestar y la acti­
vidad transitorios que provoca el exceso de consumos
suntuarios, va a fecundar economías extrañas.
A un que nuestra prodigalidad puede, en mi con­
cepto, ser utilizada para desarrollar alguno de los
caracteres psicológicos que pesan más en la vida contem­
poránea el día en que la educación abra los ojos de­
lante de los am plios horizontes que ya le brinda la cien­
cia, por hoy debe contarse entre los factores de debi­
lidad y estagnación que contrarían nuestro desen­
volvimiento.

11
L a tendencia de una población a estagnarse o a aum en­
tar con rapidez, es uno de los más poderosos factores
de la vitalidad económica.
Esta tendencia, resultado com plejo de num erosas
influencias, no puede ser contada entre las caracterís­

94
ticas psicológicas de un pueblo, aunque en parte consi­
derable ella derive de las concepciones relativas a la
vida, a su empleo y a su finalidad. Pero, como por una
parte no debo prescindir en este estudio de un factor
de semejante entidad, y por otra, no encuentro lugar
más propio para hacer caudal de él, lo he colocado co­
mo apéndice en el bosquejo de la psicología econó­
mica del pueblo chileno.
D ije en otra parte que el aum ento de la población
chilena ha sido durante los últim os veintidós años
de 1.11% , porcentaje inferior no sólo al de los países
jóvenes, favorecidos por corrientes de inm igración,
sino también al de H olan da, Inglaterra y Jap ón , nacio­
nes saturadas y sujetas a las pérdidas que ocasiona
la emigración.
Felizm ente para el futuro de nuestro país, el ori­
gen de este fenómeno no está en la natalidad. C h ile tie­
ne una natalidad elevadísim a (39,2 por mil), su­
perior a las de U ru gu ay y A rgentina e inferior sólo a las
de Rusia, B ulgaria y R u m ania, H .
E l mal viene de la m ortalidad, y dentro de sus distin­
tos renglones, de la pérdida de niños menores de un
año. E n el clim a tem plado y sano de C h ile, m urieron
en 1909, 40.767 niños de esa edad. Perdim os dentro
del año el 38,9% de los niños que nacieron, o sea, más
de la tercera parte, I.
D arán una idea de la gravedad de esta pérdida las
cifras que voy a anotar. M ientras en C h ile perdimos
el 38 ,9 % de nuestros recién nacidos, la m ortalidad
de menores de un año fue en R ío de Jan eiro de 12,3,
en M ontevideo de 10,7 y en Buenos A ires de 10,5%; es
decir, menos de la tercera parte de la nuestra.
Esta horrorosa m ortalidad infantil, explica el he-

H . V er apéndice.
I- V er apéndice.

95
cho, a prim era vista extraño, de que nuestra m ortali­
dad general sea de 31,5 por mil, igual a la de R u sia e
inferior sólo a la de M éxico; pues la m ortalidad en los
países civilizados es, 21,8 en Italia, 19,3 en B rasil,
19 en F ran cia, 19 en A rgen tin a, 14,7 en Inglaterra,
14,6 en U ru gu ay , 9,1 en N ueva Zelandia.
L a m ortalidad infantil, causa determ inante de ia
extraordinaria elevacióh de nuestro coeficiente de
m ortalidad general, es, por suerte, independiente del
clim a. N os tocó en lote una naturaleza dura y avara pa­
ra el ocioso, pero propicia y generosa para el audaz y
esforzado, y adm irablem ente adecuada para el des­
arrollo y conservación de la vida. D el clim a de la India
se ha dicho que la prim era generación inglesa que
nace y se cría en él degenera, qu e la segunda es ra q u í­
tica y que de la tercera nadie ha oído hablar. Por el
contrario, en C h ile la antigua raza española, a pesar
del mestizaje, ha conservado su vigor y pujanza mejor
que en la propia España. D ése a la selección la parte
que en este hecho le corresponde, y siem pre quedará
algo para el clim a.
L a extraordinaria m ortalidad infantil, desconcer­
tante para el extraño que conoce las condiciones geo­
lógicas y clim atéricas del país, ha sido repetidas ve­
ces explicada satisfactoriam ente dentro de la propia
casa, donde el conocimiento del estado higiénico de las
ciudades y de los hábitos nacionales es más completo.
A ella concurre con cuota no despreciable, la au ­
sencia de las grandes obras de higiene y salubridad
públicas, en las grandes ciudades. Estam os a este res­
pecto en manifiesta inferioridad con relación, no sólo
a las ciudades europeas, sino también a R ío , a Buenos
A ires, a M ontevideo y a otras ciudades hispanoam e­
ricanas.
U n o de los grandes anhelos, una de las aspiraciones
m ás hondam ente sentidas, del progresista m andatario

96
señor Pedro M on tt, fue la de dotar a las ciudades chile­
nas de obras de saneam iento e higiene en arm onía con
las exigencias de la civilización contem poránea. Al
revés de nuestros críticos, eterno estorbo de toda in i­
ciativa útil, com prendía que cualqu iera que fuera el
número de m illones invertidos y la cuantía de los em ­
préstitos que p ara obtenerlos hubiéram os de contraer,
esos millones serían devueltos con usura antes de veinte
años en vidas hum anas.
Sería injusto, si om itiera dejar tam bién constan­
cia de la cam paña enérgica y perseverante qu e en el
mismo sentido ha hecho el señor E m ilio R odríguez
M en d oza, uno de los contados escritores chilenos que
se han atrevido a separarse de los libros, para encarar
directamente los fenómenos sociales, dando un ejem ­
plo que, si fuera imitado, cam biaría en corto núm e­
ro de años el ambiente intelectual que nos envuelve,
repetición mecánica del pensam iento europeo a p li­
cado a una evolución social que no puede ser com pren­
dida por él.
Em pero, si la ausencia de obras m odernas de higiene
en las ciudades es un factor de la m ortalidad infantil,
su causa más poderosa está en los hábitos y en las condi­
ciones de vida de nuestro grueso fondo social.
Se ha hecho m uchas veces caudal de estos hábitos;
pero nunca se ha señalado con firm eza y precisión
su origen. C reo que es conveniente hacerlo, aunque
para ello sea menester una digresión algo inconexa
con la materia en qu e me ocupo. Q u erer corregir los
males sin conocer su origen, es exponerse a causar
otros mayores.
E n los orígenes de la F rancia, Italia, y España de
nuestros días, y en general en el de todos aquellos
pueblos en qu e la civilización grecorrom ana fue re­
cubierta por una capa de bárbaros de procedencia
germ ana, hubo, como en el caso nuestro, cruzam iento

97
de razas a distinto grado de evolución. Pero el orden de
superposición de las capas raciales fue diverso. En
los pueblos europeos que acabo de m encionar, los
bárbaros quedaron ocupando la prim era estrata so­
cial, a título de conquistadores, m ientras los elem en­
tos grecorrom anos pasaron a segundo térm ino. En el
punto de partida de los pueblos mestizos de E uropa,
el vasallo era más civilizado que el señor, aun que éste
le aventajaba en lo que da el dom inio: el carácter. P a u ­
latinam ente la actividad m ilitar fue cediendo terreno
a la actividad industrial, y los restos de la civilización
grecorrom ana fueron ascendiendo socialm ente, m ien­
tras se agotaban o descendían algunos de los elem en­
tos bárbaros que constituían la nobleza. Se alcanzó,
así, mediante la endosmosis social, si no la uniform idad
en el grado de civilización, por lo menos una mejor
preparación de las distintas capas sociales p ara seguir
una evolución paralela. En otros térm inos, los elem en­
tos bárbaros y los elem entos civilizados, al cabo de a l­
gunos siglos se encontraron semifundidos y en
igual proporción en toda las capas sociales, sin p erjui­
cio de qu e los individuos que más valían en carácter
y moralidad, cualquiera que fueia la raza, ascendieran
a la clase directiva.
En C h ile el conquistador español se cruzó con el
aborigen que aún no salía de la edad de la piedra. Y
sobre ser mucho m ayor la distancia de civilización
entre estos elem entos, que entre los que constituyeron
la base étnica de las naciones modernas de E u ropa, las
capas se depositaron en una form a sum am ente desfa­
vorable para la endosmosis social. A rrib a quedó el es­
pañol puro y en seguida vino el mestizo en gam a des­
cendente para la sangre española hasta concluir en el
aborigen puro. N uestra raza, form ada por dos elementos
étnicos y cruzados en buenas condiciones biológicas,
tiene una relativa unidad antropológica; pero en el

98
grado de civilización no sólo carece de unidad, sino que
está separada en sus distintas capas por verdaderos
abismos.

T odos estos elem entos raciales, entre los cuales


media la acción de miles de años, quedaron obligados
a seguir la misma evolución social, a hacer una jorn ad a
paralela. Y como si esto no fuera bastante, en razón
de la aceleración que viene observándose en el desa­
rrollo del progreso desde que la hum anidad salió de
la prehistoria, nuestra evolución ha sido más rápida
que la europea. N uestras bajas capas que, después
del cruzam iento, quedaron en un estado de civiliza ­
ción poco superior al del térm ino medio de los b á r­
baros invasores del Im perio Rom ano, han tenido
que hacer en tres y medio siglos la jorn ad a que los
ueblos europeos han recorrido en catorce.
Nuestro pueblo ha hecho un esfuerzo supremo,
dm irable, p ara seguir esta carrera vertiginosa, sin
jrecedentes en la historia; pero como era inevitable,
¡u desarrollo ha sido irregular. H a quedado retrasado
en todos los rasgos de más difícil y tardío desenvol­
vimiento. M ira d a en su conjunto, la evolución social
del pueblo chileno hace el efecto de las inundaciones
poco caudalosas que recubren irregular mente el suelo,
siguiendo sus depresiones y dejando aquí y acullá nu­
merosos espacios enjutos. N uestro desenvolvim iento
intelectual, por ejem plo, está más avanzado que el con­
junto. E n cam bio, hemos quedado sumamente rezagados
en la m oral y en el desarrollo de las aptitudes para la lu­
cha económica.

D e este hecho, el más trascendental, el más fecun­


do en consecuencias, que nuestros intelectuales, se nie­
gan obstinadam ente a ver, derivan los hábitos de vida de
nuestro pueblo, que con razón han sido señalados co­
mo las causas de la m ortalidad infantil.

99
El obrero chileno, salvo contadas excepciones,
ju e g a o em plea en beber la m a y o r,p a rte de su salario.
»Con qué inmensa angustia, con cuánto sobresalto
espera la pobre m ujer del hom bre bebedor, el día sá­
bado, temerosa de que, como de costum bre, todo el
jo rn a l de la semana, ganado con tanto sacrificio y lla ­
mado a satisfacer tantas necesidades, pase íntegro
al bollón negro de la negra conciencia del taberne­
r o ^ 5. E stas palabras del señor Avendaño, escritas
en 1908, manifiestan que nuestro obrero en este terreno
ha avanzado poco, que es el mismo obrero del cual de­
cía en 1857 C ourcelle: »E1*aum ento de sus salarios ha­
bría determ inado progresos durables, en las clases
trabajadoras si hubiera existido espíritu de fam ilia,
orden y eco n o m ía...« , pero todo lo han consumido al
ju e go o al bodegón36.
L as bonanzas económicas, las alzas de los salarios
no le aprovechan. Q u e gane cuatro o diez pesos diarios,
sus condiciones de vida no se modifican sensiblem en­
te. El exceso de ganancia lo dilapida en su m ayor p a r­
te en unas cuantas horas de taberna o de jolgorio.
N uestro obrero se condena, así, a condiciones m i­
serables de' existencia. V ive al día, en constante es­
trechez y expuesto a que un accidente o una enferm e­
dad lo entregue a la beneficencia pública, mientras
su fam ilia queda en la miseria.
O tra de las grandes lagunas en la evolución de
nuestro pueblo, que contribuye al fenómeno casi tan
pesadamente como la im previsión, es la irregularidad
en la constitución de la fam ilia. En «909, sobre 80.642
nacimientos, 48.691 fueron ilegítim os. En el ú lti­
mo quinquenio la proporción de los nacidos fuera
de m atrim onio ha sido de 35%, m ientras que en Espa-

3tA v e n d a ñ o . E xa m en de conciencia, p . 23.


3SP ala b ras citadas con anterioridad.

100
ña fue de 5,50% y en A ustria, que arroja el coeficiente
más alto de E uropa, fue dé 13% , J .
Si se toma como criterio de m oralidad el grado de
respeto del individuo a los hábitos y costum bres del
país, las elevadas cifras de la natalidad ilegítim a,
no deben asustarnos; pero no por eso se atenúan sus
consecuencias sobre las probabilidades de supervi­
vencia del recién nacido.
L a m ujer, cuando no se ve forzada a disim ular las
consecuencias de su caída, enviando su hijo ilegíti­
mo a una casa de huérfanos, carga casi siem pre sola
con el peso de su crianza. P a ra ello tiene que afrontar
trabajos duros, fatales para la salud de su hijo y a veces
de la suya propia. C on frecuencia se ve obligada a aban­
donarlo a manos de parientes o am igos, mientras
e lla . gana su sustento como nodriza en algún pueblo
distante. E l niño mal alim entado y m al cuidado, fa­
llece, en la m ayor parte de los casos, antes del año.
T od a vía, entre las causas de la m ortalidad infantil
que derivan de las irregularidades de nuestro desa­
rrollo social, debe contarse el alcoholism o en sus efec­
tos directos sobre la raza. Según la expresión del más
célebre de los antropólogos contemporáneos, si el
alcohol es el más enérgico de los agentes de degenera­
ción, es tam bién, un poderoso agente de selección, p or­
que elim ina a los mismos que degeneró37. L a pos­
teridad de los alcohólicos desaparece con rapidez; lo
cual, si es un bien, por cuanto evita que nuestro país se
llene de crim inales, locos y enfermos, no deja, por eso,
de concurrir con su cuota a nuestro porcentaje de m or­
talidad.
Finalm ente, el mismo origen que la im previsión,
la natalidad ilegítim a y el alcoholism o, tienen la
ausencia de toda higiene, las preocupaciones tradicio-
*
J. V er apéndice.
3l L a p o u g e , L es Selleclions, p. 152.

101
nales y la grosera transgresión de las más elem entales
reglas de crianza de los niños, que se observan en nues­
tro pueblo. Lagu n as de una civilización desarrollada
en desenfrenada carrera, sólo las podrá llenar y con
extrem a dificultad, una enseñanza racional, a p lica­
da a llenar los vacíos, en vez de tender a producir un
desequilibrio todavía m ayor, educando lo que tene­
mos en exceso: la inteligencia.
C ap ítu lo v

A n tin o m ia en tre los facto res físicos


de e x p a n sió n eco n ó m ica
ylas a p titu d es de la p o b la ció n

C om o se ha visto, las condiciones geológicas y clim atéri-


cas, hacen im posible en C h ile una vigorosa expansión
agrícola. N uestra agricultura sólo puede desarrollarse
lentamente, dentro de horizontes muy lim itados, merced
al perfeccionamiento de los cultivos y a su extensión en
suelos difíciles de aprovechar. Salvo los aum entos que
los futuros avances de la técnica agrícola lleven a la p ro­
ductividad del suelo, no es probable que pueda alim entar
más de doce millones de habitantes.
L a s industrias extractivas del salitre y del cobre, en
la actualidad las fuentes de riqueza más copiosas, des­
pués de la agricultura, son verdaderas industrias fabriles,
porque tienen las mismas exigencias de capitales y ap ti­
tudes que ellas.
En las industrias fabriles, deben, tam bién, cum plirse
los destinos de nuestro país, si está llam ado a figurar
honrosamente en la civilización del futuro.
E l medio físico obliga, pues, a C h ile ,a ser ya un pue­
blo m anufacturero, com ercial y navegante, si no quiere
interrum pir su desarrollo.
Entretanto, las inclinaciones y las aptitudes de la raza
van por caminos muy diversos de aquellos que la natu­
raleza trazó a sus destinos.
En parte como consecuencia del estado social y en
parte como resultado de la educación, el chileno despre­
cia la m anufactura y el comercio. L as considera como
tareas vitales, indignas de su actividad. Su ideal es ser
abogado, médico, ingeniero o agricultor, y en defecto de
estas profesionales, em pleado o funcionario público.

103
Física e intelectualm ente fuerte, dotado de voluntad
enérgica y audaz, sin em bargo, carece o tiene mal desen­
vueltos todos los rasgos del carácter y todas la s aptitudes
que dan el éxito en la actividad industrial: la regularidad,
el orden y el método, factores del buen aprovecham iento
del tiempo; el espíritu de observación y la prudencia en
los cálculos, bases del ju icio industrial y com ercial; la
perseverancia; la competencia técnica; la capacidad para
la asociación; la m oralidad elevada que requiere la con­
currencia económica contemporánea; la am bición in ex­
hausta, que pone e n ju e g o todas las fuerzas del hombre;
y el sentimiento fuerte de la nacionalidad y el deseo de
la grandeza colectiva, que hacen llevaderos los más duros
sacrificios y fáciles las más grandes empresas.
N o quiero decir que el chileno adolece de incapacidad
económica, eñ el verdadero sentido de esta expresión.
No; entre las razas hispanoam ericanas, la chilena es la
más fuerte y la de m ayor porvenir, aun económicam ente
hablando. Bajo más de un respecto, tiene la posibilidad
de desarrollar caracteres de que carecen algunas de las
poblaciones de Europa que, no obstante su ausencia, han
figurado con honor. H oy mismo, con todos sus vacíos y
defectos, lucha en la agricultura con el extranjero y lo
vence. E l desplazam iento agrícola es, en C h ile , menor
que en todas las demás naciones sudam ericanas; y en el
centro del país es tan insignificante que puede afirm arse
que no existe. Los propietarios de fincas rurales que re­
siden en el extranjero, en poco tiempo se ven forzados a
venderlas.
L a incapacidad económica del chileno es relativa; se
refiere sólo a la vocación y a las aptitudes para la activi­
dad fabril y m anufacturera; y deriva del estado social y
de la educación, m onstruosamente absurda p ara ese es­
tado, que recibe. Si el inm igrante arrojado de Europa en
la lucha por la existencia, vence y desplaza en la concu­
rrencia com ercial a nuestro flam ante bachiller, no es por­

104
que tenga más carácter o m ás talento que él, sino porque
nuestra enseñanza inculca al joven el desprecio por el
comercio y le atrofia el desarrollo de todas las capacidades
que dan el éxito en los negocios y hacen al hom bre un
ser útil en las sociedades modernas.
C olocados en un medio agrícola, como el de A rgentina
o U ru gu ay, no sólo no nos habría desplazado el extran ­
jero, sino que nuestro desarrollo habría sido extraordi­
nariam ente rápido y vigoroso. Prenda de ello es nuestro
crecimiento entre 1820 y 1865, realizado mediante el cul­
tivo extensivo de la pequeña área de suelos fértiles y fá­
cilmente cultivables que encierra el territorio. Pero, ago­
tada la incorporación al cultivo de suelos de esa clase, la
naturaleza nos ha colocado en la disyuntiva de quedar
pigmeos o de ser industriales y comerciantes. L a pobla­
ción carece del deseo y de las aptitudes necesarios para
afrontar la lucha dentro de los nuevos rum bos. Incapaz
de la perseverancia que presupone la m inería industrial
del cobre y del salitre, entrega al extranjero sus perte­
nencias por unos cuantos miles de pesos, para derrochar­
los en E uropa en atavíos y menajes, o en el mejor de los
eventos, para vegetar a expensas de la renta en Santiago
o invertirlos en fundos rústicos. N uestra clase media,
antes que navegar y transportar los productos, trans­
monta los Andes y va a fecundar una economía extraña,
que ofrece cam po a su actividad agrícola. Los yacim ien­
tos de cobre y de salitre que no pueden venderse en el
extranjero, la energía m otriz de los ríos, los mantos de
hierro y todos los factores del desarrollo industrial que la
naturaleza aunó en nuestro territorio, permanecen
muertos, mientras nuestra juventud sigue carreras libe­
rales o entera sus días en una pecha repugnante y des­
m oralizadora por los destinos públicos; y mientras,
nuestros hombres de negocio vegetan, luchando con la
naturaleza en una actividad agrícola condenada fatal­
mente a ser factor subalterno de nuestro crecim iento.

105
Esta antinom ia entre los ideales, y las aptitudes del
chileno de hoy, y los rum bos que el medio físico trazó a
nuestro crecim iento, es el más fundam ental de los fac­
tores que determ inan los fenómenos que, como la lenti­
tud en el crecim iento, el desplazam iento económico del
nacional y demás manifestaciones patológicas descritas
en el C ap ítu lo i, constituyen en su conjunto un verdade­
ro estado de inferioridad económica por el cual atraviesa
nuestro país en estos momentos.
C ap ítu lo v i

O tro s facto res


d e in fe rio rid a d e co n ó m ica

C om o observaba en el capítulo precedente, el factor fun­


damental de nuestra inferioridad económica es la falta de
arm onía que existe entre los rumbos trazados a nuestro
desarrollo por los elementos físicos y las actuales aptitu ­
des de la población para la actividad económ ica. M as,
quedan otros factores, subalternos al lado de éste, pero
sin cuyo conocimiento es difícil explicarse algunas
anom alías de nuestro desarrollo m aterial. V o y a pasar
en revista algunos de ellos.
L a vecindad argentina debe ser contada entre los fac­
tores de nuestra inferioridad económica. N o es ésta una
causa permanente de inferioridad. En el pasado su ac­
ción, si bien im pidió el cultivo y la consiguiente transfor­
mación de nuestros suelos aptos para la ganadería, en
cambio derram ó alguna actividad industrial y comercial
a lo largo de casi todo el territorio chileno. En un futuro
lejano, hasta puede llegar a ser factor favorable. Pero,
entre 1860 y 1911, ha sido esta vecindad, a la vez sangría
que nos ha debilitado y árbol que nos ha hecho sombra.
M ientras el desarrollo agrícola nacional se realizó
dentro de la extensión de suelo feraz fácilm ente cultiva­
ble, el chileno recorrió las pam pas argentinas, que en
aquel entonces tenían difícil acceso al A tlán tico, sólo en
calidad de comerciante. Recogía los productos de ultra
cordillera para entregarlos, al industrial chileno, que, á
su turno, los libraba a la exportación. L a ganadería a r­
gentina alim entó las m atanzas chilénas, que elaboraban
el sebo y el charqui destinado al litoral del Pacífico.
Pero, a medida que nuestros terrenos feraces y fácil­
mente regables fueron incorporándose a la producción,

107
y la agricultura extensiva se vio en la necesidad de apro­
vechar suelos pobres o de difícil cultivo, el chileno se sin ­
tió más y más estim ulado a radicar negocios estables en
la Argentina. Su incapacidad para la m inería industrial,
la m anufactura y el com ercio, por una parte, y la ausen­
cia de buenos suelos aún incultos, por otra, le em pujaron
hacia las pam pas orientales, donde su audacia le daba el
dom inio de regiones entonces desiertas e inseguras y
donde la riqueza brotaba sin otro- esfuerzo que colocar
toros y vacas en campos gratuitos.
A l principio estas inversiones fueron benéficas para
nuestra econom ía. E l chileno conservaba más a llá de los
Andes intacto su espíritu de nacionalidad, ya muy des­
arrollado. L a s regiones andinas y sur argentinas, sin
salida al Atlántico, llegaron a ser una prolongación
económica y social de C h ile fuera del alcance de su sobe­
ranía.
Nuestros estadistas de aquel entonces ignoraban la
tendencia nacionalizadora de la agricultura y de la gan a­
dería, tanto como los de hoy ignoran la naturaleza eco­
nóm ico-sociológica deJ la riqueza m inera. N o es, pues,
extraño que no presintieran que todo el esfuerzo des­
arrollado por el brazo y el capital chileno allende los
Andes debía, andando el tiempo, perderse fatalm ente
para C h ile. T am p oco presintieron que la corriente co­
mercial que derivaba de esa actividad, iba a encauzarse
hacia direcciones que la alejarían para siempre de nos­
otros.

El riel unió a M en d oza y a T ucum án con Buenos A ires,


y al N euquén con B ahía Blanca. Los artículos que en
otro tiem po se veían forzados a buscar salida o entrada
por el Pacífico, después de atravesar nuestro territorio,
quedaron definitivam ente orientados al A tlántico, y
poco a poco dism inuyó la intensidad del tráfico comercial
chileno-argentino.

1 08
M ien tras por este capítulo perdíam os todas las venta­
ja s del antiguo intercam bio, el poderoso espíritu de na­
cionalidad que anim a a la A rgentina y la acción radica-,
dora del suelo hacían, lenta pero constantemente, su obra.
L a m ayor parte de los chilenos em igrados, y casi todos sus
hijos, se incorporaron a la nueva patria conjuntam ente
con la fortuna que en ella ganaron. Se estim aba en 1905
que en el Sur de la A rgentina, incluidas las gobernacio­
nes del N euquén y la Pam pa, había 32.000 chilenos e
hijos de padres chilenos nacidos en suelo argentino.
L o que en un tiempo fue fuente de prosperidad, con­
cluyó por tornarse sangría debilitante, evidenciando una
vez más la fragilidad de las m áxim as económicas que no
se apoyan en la sociología y en la experiencia.
M ás fatal que la absorción de energía económica, con­
secuencia casi ineludible de la vecindad de dos países nue­
vos, uno de los cuales tiene factores de expansión agrícola
inmensamente superiores al otro, ha sido para nuestro
desarrollo la influencia argentina sobre la transform a­
ción y m ejoram iento de nuestro suelo.
Los prim eros españoles que se radicaron en C h ile,
siguieron en la extensión de sus cultivos el orden que
universalmente se observa en todos los países nuevos con
tierras sobradas para el poder de trabajo de sus poblado­
res. Principiaron por cultivar los suelos más feraces de
los contornos de las ciudades, y a medida que crecían sus
consumos, ensanchaban sus explotaciones a suelos más
distantes o de inferior calidad.
Este proceso se realizó sin perturbaciones respecto
de los cultivos agrícolas. F orzados por la necesidad, pues­
to qué la ubicación geográfica del país y la n aturaleza
de las comunicaciones hacían imposible el acarreo de los
cereales y de los demás productos de la agricultura p ro­
piamente dicha, los pobladores fueron aprovechando los
suelos m ás pobres o más distantes, a medida que el con­

109
sumo aum entaba y se hacía insuficiente la producción de
los suelos ricos y de fácil cultivo.
N o pasó igual cosa respecto de los cam pos de ganade­
ría.
En los prim eros tiempos que siguieron al descubri­
miento, lim itado el consumo a las necesidades de la colo­
nia, había exceso dé producción con sólo las crian zas que
alim entaban las praderas naturales, que no podían ser
m uy abundantes, atendidas las condiciones geológicas y
clim atéricas del país; mas, cuando en la últim a mitad del
siglo x vii la exportación de sebo y charqui al Perú dio
vida a las m atanzas, el ganado llegó a ser insuficiente.
L os ganaderos chilenos se encontraron en la necesidad
de regar y em pastar nuevos campos para aum entar la
producción pecuaria y subvenir a la nueva demanda.
Pero, en lugar de cultivar nuevos suelos en C h ile, fueron
a buscar el ganado a las pam pas argentinas que, a dife­
rencia de los campos chilenos, no han menester riegos,
desmontes y pastos artificiales, para alim entar el ga n a ­
do. »En la segunda mitad del siglo x v i i — dice Barros
A ra n a — los explotadores del negocio de m atanza co­
m enzaron a introducir ganados de las provincias situa­
das al lado oriental de las cordilleras, utilizando para ello
los boquetes del sur y los servicios de los indios. D e esta
manera, los ganados conservaron un precio sumamente
bajo, hasta el punto de valer una vaca sólo un peso y
medio, mientras el precio corriente de una fanega de tri­
go era en la misma época de dos pesos y más«38.
D ado el precio ínfimo del ganado argentino, no fue
negocio adaptar en C h ile artificialm ente suelos para su
producción, aunque esta adaptación era menos costosa
que la que requerían los cultivos agrícolas, y la crianza
de ganado ocupó durante la colonia un lugar subalterno.
F ue una especie de explotación com plem entaria destina­

38H istoria G eneral de Chile, t. v , p. 294 .

110
da a aprovechar los residuos de la agricultura y de las
engordas: los pastos naturales, los rastrojos y las retalas.
C om o consecuencia de este hecho la actividad econó­
mica de los colonos se encauzó en la agricultura, cuyos
productos, carísim os en el siglo x v n , llegaron a abundar
tanto en la época de la independencia que, satisfechas las
necesidades internas y abastecida la exportación al Perú,
no se les podía cultivar en m ayor escala por falta de m er­
cado39.
En cam bio, el país no pudo desde el siglo x v n en ade­
lante abastecer su propio consumo de ganado, porque los
suelos pobres, gredosos o delgados, y en general todos los
que por su falta de fertilidad o por el clim a no eran ade­
cuados para la agricultura, perm anecieron incultos,
aunque en ellos la ganadería puede desarrollarse en
espléndidas condiciones.
Com o consecuencia de la vecindad de la A rgentina,
cuyas pam pas, excepcionalm ente favorecidas por la natu­
raleza, producen el ganado en condiciones que excluyen
toda posibilidad de com petencia, regiones enteras del te­
rritorio chileno, pobres e inadecuadas p ara la agricultura,
pero aptas p ara la ganadería, han perm anecido hasta
hoy estériles. Y si se considera que nuestra actividad ha
sido hasta hace poco inepta para todo otro em pleo que
la agricultura, y que esa actividad estuvo repetidas veces
detenida por falta de mercado p ara los productos agríco­
las, se reconocerá que, a lo menos durante todo el siglo
x v m y la prim era mitad del x ix , no recuperam os en otra
esfera lo que la riq ueza nacional perdió por este capítulo.

2
O tra causa de inferioridad económ ica, es nuestra posición
frente a los viejos países fabriles y m anufactureros.

39M anuel de Salas. Representación al M in isterio de H acienda


de E spaña en 1796.

11 1
Com o ya se ha visto, los elem entos físicos no nos p er­
miten un am plio y vigoroso desarrollo agrícola. T am p o co
podemos, sin em p lazar nuestros días, confiar nuestros
destinos a la m inería. C om o pueblo productor de m ate­
rias prim as, el porvenir no nos abre sus puertas. Estam os
forzados, si queremos ser grandes, lo mismo que los feni­
cios de la antigüedad, los ingleses, suecos y otros pueblos
de hoy, a explotar nuestros yacim ientos de hierro, a e la ­
borar productos propios y ajenos, y a hacer el comercio
y la navegación.
Nuestros destinos nos conducen, pues, a luchar, hoy
dentro de la propia casa y m añana en la concurrencia
universal, con los grandes pueblos m anufactureros del
presente: Inglaterra, A lem ania, Estados U nidos, etc.
Es ésta una lucha desigual en que todas las ventajas
están de parte de nuestros adversarios. Ellos tienen una
población más densa, lo cual, si no constituye una con­
dición ineludible para que un pueblo pueda entrar en la
etapa fabril, es por lo menos una ventaja dentro de ella.
Ellos tienen acum ulados inmensos capitales; han adqu i­
rido, merced a la educación y a la práctica, aptitudes
m anufactureras y com erciales superiores; y todavía, ocu­
pan la plaza, lo que por sí solo es una gran ventaja.
T ien en , pues, los viejos centros fabriles en favor suyo
factores de gran entidad, a los cuales no podemos oponer
otras ventajas que la energía m otriz de nuestros ríos y la
extensión y calidad de los yacim ientos de hierro, venta­
ja s que, muy reales y efectivas respecto de algunos, no lo
son respecto de otros, tanto o más favorecidos por la na­
turaleza que nosotros mismos.
D entro de la propia casa, el arancel aduanero puede
y debe nivelar las condiciones de la lucha; pero, fuera de
ella, estamos librados, sin defensa, a los rigores de una
concurrencia excepcionalm ente dura.
Las dificultades que hoy necesita vencer el pueblo que
aspire a abrirse lugar en la concurrencia fabril, son m a­

112
yores que hace un siglo. El inmenso desarrollo alcanzado
por las grandes naciones hace extrem adam ente difícil
el cam ino del débil. L as com unicaciones, singularm ente
abundantes y rápidas, favorecen más al que ocupa la
plaza que al que quiere tom arla.
Sólo un exceso de energía de parte nuestra puede d a r­
nos el éxito. Sólo estaremos seguros de llegar a la meta
el día que podamos decir de nosotros mismos lo que
Alfredo M arsh all dijo de sus com patriotas: »Los hombres
de raza anglosajona no sólo trabajan sin descanso en
todas partes del mundo, sino que tam bién hacen más
obra en un año que todas las demás razas«40.

3
Llego al tercero y últim o de los factores subalternos de
nuestra inferioridad: la penetración industrial y com er­
cial europea. Este fenómeno, efecto de nuestra inferiori­
dad, como ocurre en casi todos los fenómenos sociales,
obra, a su turno, como causa agravante del fenómeno
que lo determinó.
Si digo que el noventa y nueve por ciento de los que
entre nosotros hablan y escriben sobre ciencias sociales
consideran el contacto frecuente y estrecho con Europa
y con Estados U nidos como un gran factor de civiliza ­
ción y de prosperidad desde todos los puntos de vista, tal
vez no exagero.
A l incluirlo entre los factores de inferioridad, voy, por
consiguiente, contra una de las convicciones más genera­
les y más firmemente arraigadas en la opinión. Esta cir­
cunstancia excusará que me detenga algo al ocuparm e
en este factor; y que, contrariam ente a lo que he hecho
en el curso de este estudio, no sólo señale el origen y las
consecuencias del fenómeno, sino que dé, además, los
fundamentos científicos de mi manera de ver.

40P rincipies o jE conom ics, 1. 1, p. 730.

113
E l defecto más grave de la m entalidad chilena es la
tendencia al sim plism o, y la consiguiente estrechez, que
no le perm ite abarcar varias ideas a l a vez, ni percibir las
causas com plejas que se entrecruzan, obrando en distin­
tos sentidos.
N o es, pues, extraño, que en el fenómeno que me ocu­
pa, haya visto sólo el anverso de la m edalla, o sea, el
aumento inmediato de civilización y riqueza que general­
mente sigue a la penetración íntim a de una economía
atrasada por otra considerablem ente superior; ni que se
adm ire de que haya quienes, sin ser retrógrados cerrados
a todas las manifestaciones del progreso, hagan salveda­
des y restricciones a las ventajas del contacto con los
grandes centros de civilización.
Para desentrañar las complejas reacciones qu e se pro­
ducen entre pueblos a diverso grado de evolución, que se
ponen en contacto, hay necesidad de ahondar algo en los
móviles que gobiernan la aproxim ación de las colectivi­
dades humanas.
N o son sentimientos altruistas los que determ inan la
aproxim ación. Jam ás pueblo alguno se ha acercado a
otro para civilizarlo o cederle voluntariam ente parte de
su poder o de su riqueza. T o d a nación busca el contacto
de las demás p ara acrecentar su propio bienestar, elim i­
nándolas o subordinándolas. Se aproxim a obedeciendo
a las mismas leyes que. presiden las relaciones de los
astros en el espacio, y de las plantas, de los anim ales y de
todos los seres sobre la superficie de la tierra; pues en el
contacto de las sociedades hum anas la lucha por la exis­
tencia dom ina con igual energía que en el resto del u n i­
verso. Sólo cam bian las formas de las alian zas y de los
combates.
En las sociedades de tipo m ilitar de evolución atrasa­
da, la guerra es el procedim iento usual. En ias modernas
sociedades industriales, los antiguos procedim ientos de

1 14
exterm inio o vasallaje han tomado form as nuevas. Pero,
tanto los móviles como los resultados, son los mismos.
C uan do un pueblo quiere conservar un mercado p ro­
pio am enazado o adquirir uno ajeno, procura elim inar
al rival, ahogándole si así le conviene y es ello posible,
o dism inuyendo su poder, debilitándole, a lo menos.
C uan do, por el contrario, de las economías en contac­
to, una es tan débil que no puede ser, todavía, un estorbo
a la expansión de la poderosa — y éste es el caso de los
pueblos hispanoam ericanos en sus relaciones con E u ro ­
pa y con Estados U n id os— ésta procura subordinar a
aquélla, convirtiéndola en un au x iliar de su desarrollo y
su poder. El pueblo poderoso busca las sim patías y la
adm iración del débil; pero no para servirlo, no para crear­
se un futuro rival, sino para aum entar su bienestar y su
poder, p ara hacer un satélite que facilite su crecim iento
y le a uxilie en la lucha con los demás pueblos.
N ovicow ha observado con razón que aún las guerras
más ajenas a todo provecho m aterial, como las religiosas
de otra época, han tenido por móvil la expansión y el do­
minio; el deseo de subordinar al extraño a la m anera
propia de pensar y de sentir.
Desde el momento en que dos econom ías se ponen en
contacto, estalla un duelo. L a más fuerte intenta dom inar
a la más débil y hacerla servir a sus necesidades y p ropó­
sitos. Esta, a su turno, se defiende instintivamente; al
principio, cerrándose a la penetración extraña, en segui­
da, imitando los métodos del invasor que logran desper­
tar sus sim patías y sus aptitudes, y, finalm ente, volvien­
do contra él sus propias armas.
En cuanto a las reacciones que nacen del contacto,
m iradas desde el punto de vista del organism o débil, son
a la vez benéficas y fatales.
Su prim era consecuencia es el aumento de riqueza.
L a s m ayores aptitudes y los procedim ientos m uy perfec­
cionados, propios de las civilizaciones elevadas, cuando

115
se aplican a los territorios casi vírgenes de los pueblos
jóvenes, m ovilizan fuerzas económicas perdidas para el
aborigen, aumentando la actividad y la producción.
A un cuando el pueblo superior no lo qu iera, aun cuan­
do esto sea contrario a sus propósitos e intereses, el con­
tacto despierta y estim ula el desarrollo de la capacidad
industrial de la población inferior. L a superioridad al
irradiar y com unicarse, necesariam ente, determ ina una
influencia también benéfica p ara el pueblo débil.
Veam os ahora el reverso de la m edalla.
L a observación m anifiesta que en la economía débil
penetrada por otra superior se desarrolla una gran capa­
cidad de consumo, sin el correspondiente aum ento de la
capacidad de producción.
L a causa de este fenóm eno es perfectamente conocida.
En todo orden de hechos sociales, la im itación pasiva
precede a la activa. »E1 gusto de leer versos, de m irar cu a ­
dros, de oír música o piezas de teatros — dice G abriel
T a rd e — ha llegado a todos los pueblos por imitación de
un vecino, m ucho tiempo antes de adqu irir el gusto de
versificar, de pintar, de com poner tragedias u óperas«41.
D el propio modo, los deseos de consum o se com unican
por imitación con m ucha m ayor rapidez que los corres­
pondientes deseos de producción. D e aquí que el contac­
to de una civilización avanzada con otra inferior, enseñe
a esta últim a a consum ir antes que a producir, llevando
a su desarrollo una perturbación profunda que tiene las
más graves repercusiones económ icas y morales.
Su penetración intensa y prolongada, destruye, tam ­
bién, el espíritu de nacionalidad. El pueblo dom inante,
para subordinar al inferior, necesita conquistar su ad­
m iración, inculcarle sus gustos y debilitar los deseos de
expansión y los ensueños de poder. Si un desarrollo m a­
terial excesivam ente rápido, no contraría la acción des-

i l L as leyes de la im itación, p. 372 .


nacionalizadora, despertando en el alm a colectiva vérti­
go de grandeza, como ocurre en la A rgentina, el pueblo
subordinado concluye por renunciar, inconscientemente
y hasta con agrado, a su propio interés en obsequio del
pueblo fuerte. L e ocurre lo que al individuo sugestionado,
que sacrifica su tiempo y su interés en aras de los fines de
la persona que adm ira.
Por últim o, los lazos que al principio fueron vínculos
de afecto concluyen fatalm ente siendo dogal. En parte
por el desarrollo espontáneo de las fuerzas sociales, y
en parte por el estímulo que deriva del contacto con civi­
lizaciones superiores, el pueblo débil avanza en su evo­
lución. D e la im itación pasiva intenta pasar a la activa;
llega un momento en que quiere producir lo mismo que
consume. El conflicto de interés estalla; y la economía
superior aprovecha las posiciones que tomó mediante la
penetración, para impedir que se escape el m ercado, que
el satélite se independice. Procura ahogar en germen la
evolución hacia la fase superior, im pedir el cum plim ien­
to de los destinos que no se arm onizan con sus intereses.
Viniendo al caso nuestro, no es posible desconocer las
ventajas que la economía chilena ha obtenido de la pe­
netración europea. B ajo un régim en de mayor aislam ien­
to, nuestro desarrollo industrial y nuestra civilización en
general estarían menos avanzados.
Pero son, tam bién, hondas las perturbaciones que ha
traído a nuestra evolución. D e ella deriva el consumo
verdaderam ente enorm e, atendida nuestra potencia eco­
nóm ica, que hacemos de m ercaderías suntuarias. El con­
tacto despertó nuestro gusto adormecido por la ostenta­
ción, y, con el refinam iento, estim uló los deseos de
consumo, sin desarrollar paralelam ente la capacidad de
producción. El valor de nuestros productos agrícolas,
convertidos en salitre y en cobre por el industrial e xtra ­
ño, en su m ayor parte, va a Eu rop a a pagar vestidos,
carruajes, joyas, muebles, viajes, etc. En lu gar de a p licar­

117
se a cultivar nuevos cam pos, a crear fábricas y a rescatar
nuestra m inería, va a fecundar la economía de pueblos
extraños. L a im itación de los refinam ientos, sin la im i­
tación de la capacidad productora, viene, así, a ser un
serio estorbo para nuestro desarrollo, y una sangría que,
en medio de una civilización más rica y más culta, nos
mantiene en m ayor estrechez que nuestros padres, me­
nos activos, pero también mucho menos refinados que
nosotros.
L a penetración europea es, tam bién, la principal
causa de la violenta crisis por que atraviesan el espíritu
de nacionalidad y, en general, todas las fuerzas morales
que constituyen el nervio de la vitalidad económica.
N uestra voluntad está postrada. El alm a nacional no
siente con fuerza el deseo de la grandeza y del poder.
H an dism inuido la confianza y el valor en la lucha eco­
nómica. C asi ha desaparecido el espíritu de sacrificio del
presente en aras del porvenir. L as altas clases desdeñan
sistemáticam ente las producciones de la m anufactura
nacional, incapaz de satisfacer sus gustos educados por
la industria extraña. El pueblo rechaza un impuesto de
3 centavos oro sobre el kilo del anim al, establecido con
el propósito de dar vida a más de cien mil kilómetros cua­
drados hoy incultos, y que en espacio de cincuenta años
pueden ser adaptados totalmente a la ganadería prim e­
ro, y a la agricultura en seguida.
Esta decadencia del deseo del dom inio y de la superio­
ridad, p ara la generalidad es un fenómeno inofensivo,
y para algunos, uñ progreso que nos aleja de los senti­
mientos egoístas y nos pone a cubierto de los peligros
ajenos a las grandes ambiciones.
En respuesta a esa indiferencia y a este error, fruto de
una confusión lam entable entre las cualidades útiles al
individuo y las útiles a la nación, me lim itaré a consignar
el hecho de que en todo el curso de la historia no ha habi­
do un solo pueblo que haya logrado abrirse paso sin estar

118
anim ado de un espíritu feroz de nacionalidad, ni que
haya sobrevivido a su decadencia; y de que hoy mismo,
con todos los cercenam ientos que este espíritu ha exp e­
rim entado, son Inglaterra, Estados U nidos y A lem ania,
es decir, los tres pueblos anim adbs de un sentim iento
más intenso de la nacionalidad, los que van dom inando
la civilización contem poránea.
Finalm ente, la penetración nos obliga, para sentar
plaza en la concurrencia fabril, a librar una batalla más
que las que tuvieron que afrontar, para dar igual paso,
las naciones europeas. Elim inados por ellas del comercio,
de la navegación y, en gran parte, de la m inería, necesita­
mos desalojar de la propia casa la competencia extraña.
N uestra manufactura necesita luchar para nacer; y este
es un obstáculo serio que nos obstruye el cam ino, porque
la industria, lo mismo que las plantas, es extrem adam en­
te débil y sensible a todos los rigores durante los prim e­
ros pasos.
La intensidad del contacto con economías considerable­
mente más avanzadas, benéfico en otra época desde el
punto de vista del desarrollo de la riqueza, constituye en
la hora actual su más serio estorbo. Colocados por la na­
turaleza en la necesidad ineludible de ser pueblo m anu­
facturero y comerciante, la realización de nuestros desti­
nos tropieza con los hábitos de consumos improductivos,
con el debilitam iento de las fuerzas morales y con la com ­
petencia dentro de la propia casa, originados por él. No
es, pues, una paradoja, como a prim era vista parece,
contarlo entre los factores de nuestra inferioridad.
C ap ítu lo v il

Esquem a de la e v o lu c ió n e co n ó m ica de C h ile


en tre 1810 y 187542

Están ya reunidos los datos que perm iten señalar el ori­


gen de las diversas manifestaciones patológicas de que
hice caudal en el capítulo prim ero. Están, tam bién, acu ­
mulados los antecedentes necesarios para poder apreciar
la verdadera naturaleza del estado sociológico que ellas
caracterizan, e inferir su trascendencia sobre el futuro
desarrollo de nuestro país.
Para hacer la síntesis, bastaría agru par estos datos en
relación de causa a efecto.
Sin em bargo, en mi anhelo de fijar mejor las ideas, voy
a coordinar previam ente los hechos en el tiempo, hacien­
do un ligero bosquejo del desarrollo económico de la R e­
pública, acentuando las m odificaciones producidas en los
factores de nuestra evolución m aterial y los efectos que
han sido su consecuencia.
Entre 1810 y 1875, la expansión agrícola chilena se
realiza, lo mismo que durante la C olo n ia, casi exclusiva­
mente, sobre los 6.000 km2 de suelos feraces que encie­
rra nuestro territorio, ubicados en el valle central, sobre
todo desde C hillán al norte, y en los valles transversales
formados por los ríos del norte y del centro.
C om o consecuencia de la internación de ganado a pre­
cio ínfim o desde la A rgentina, el desarrollo se canaliza
con gran fuerza en el aprovecham iento de los suelos aptos
para los cultivos agrícolas y para el cebam iento o engorda
de anim ales. L a adaptación artificial de suelos inadecua­
dos para la agricultura propiam ente dicha, con el propó­
sito de establecer crianzas de ganados, es m uy lim itada.

4íL e he denom inado esquem a, forzando algo la p a la b ra , por cuanto


mi propósito al hacer este bosquejo, es rep resen tar el conjunto com plejo
de procesos q u e constituyen nuestra evolución m aterial, p o r m edio de
un corto n úm ero de hechos y fenóm enos fundam entales que lo reflejan.

120
L a m inería explota los yacim ientos de p lata, cobre y
oro de ley rica, con fácil acceso a las vías de com unicación,
que requieren poco capital y poco arte industrial.
E l desarrollo de la m anufactura y de la industria es nu­
lo. U n o que otro m olino de propiedad de nacionales o de
extranjeros residentes en el país, se encuentra en la región
central, vecinos a los ríos navegables por lanchas. L a cara
y escasa producción industrial de la C olon ia languidece
y muere a medida que aum entan las com unicaciones con
Europa.
E l comercio exterior está en manos de unas pocas casas
extranjeras que tienen sucursales en V alp araíso. El na­
cional toma en él una participación irregular, que se hace
muy sensible en la época de los descubrim ientos de C a li­
fornia y de A ustralia, que revolucionaron transitoria­
mente la economía comercial del Pacífico.
En cambio, el comercio interior está en manos de na­
cionales; pero hay que advertir que durante todo el pe­
ríodo no cesa de avanzar el proceso de desplazam iento
del comerciante chileno.
N uestras exportaciones son principalm ente minerales:
plata, cobre y oro. L o s productos de la agricultura siguen
a los de la m inería a corta distancia. Exportam os trigo,
harina y algunos productos de la chacarería a lo largo de
la costa del Pacífico, a Europa, al Plata, a Río y, ocasio­
nalmente, a A ustralia.
El contacto con Europa es escaso. L as comunicaciones
son difícil y tardías. Pero paulatinam ente se hacen más
frecuentes, y hacia el fin del período el contacto es ya in­
tenso.
L a capacidad productora del chileno es menor que hoy;
mas sus consumos no son menores, sino infinitam ente
menores. El aislam iento, la falta de contacto con civiliza ­
ciones ricas y refinadas mantiene adorm ecida la afición al
lujo y a la ostentación. L a vida es sencilla y barata.
A pesar de la pobreza franciscana del erario público y
de la modestia de la fortuna privada, hay relativa holgura
particular43, existe equ ilibrio entre la producción y los
consumos; entre los deseos y los medios de satisfacerlos.
A l extranjero se le debe poco por el Estado y por los ciu ­
dadanos.
El país se desarrolla con rapidez pasmosa. Entre
1843 y *®75> n0 obstante dos revoluciones y la ausencia
de vías de com unicáción, la población duplica. El porcen­
taje de su crecim iento es entre el mismo año 1843 Y de
1865, doble del actual44. Y este aumento es fruto del
solo crecim iento vegetativo.
L a evolución moral del pueblo chileno, especialm en­
te de sus capas superiores, adquiere proporciones verti­
ginosas. L a moralidad se eleva en una form a desconocida
en la historia de los pueblos.
C hile llega a ser, a pesar de su aislam iento, la prim era
de las naciones hispanoam ericanas, después de haber
sido la más pobre y la más atrasada de las colonias.

43C asi todos nuestros escritores, que han hecho la historia de algu­
nos periodos o de alguna de las fases de nuestro desarrollo económico,
h an incurrido en un erro r grave. J u z g a n del desahogo de la población
y de la fortuna privada p o r los datos recogidos en los m om entos de
crisis, únicos que logran h e rir su espíritu de observación poco desen­
vuelto. E n esos m om entos se produce en la colectividad u n a sugestión
de pánico q u e se refleja siem pre en u na litera tu ra económ ica exagera­
da y falsa. Así se ha form ado sobre n uestra antigua pobreza privada
una tradición incom patible con el vigor y rapidez de nuestro desarrollo.
U n conocim iento detenido de esa litera tu ra, de la cual he llegado a
reu n ir u n a colección curiosa, me perm iten poner en g u ard ia respecto
de sus tendencias y de su veracidad, a los que aspiren a ah o n d a r en el
estudio de nuestro d esarrollo económico.
“ 2,6 1 % en tre 1843 y 1854 , y 2, 15% en tre 1854 y 1865 . E n tre 1865 y
1875 , se p rodujo el descenso en la celeridad del crecim iento, p a ra no
reaccionar, sino por factores anorm ales, como la incorporación a
n uestra soberanía de v arias provincias extranjeras.

1 22
C ap ítu lo vrn

M o d ificacio n e s
en los facto res econ ó m ico s

Entre 1865 y 1885 se producen grandes m udanzas en las


condiciones dentro de las cuales se venía realizando el
desarrollo económico del país.
H acia 1865 están ya incorporados al cultivo extensivo
casi todos los terrenos que forman los 6.000 km2 más
fértiles del área regada. L a expansión agrícola principia
a encauzarse dentro del m ejor aprovecham iento de los
suelos ya cultivados, y sólo muy lentam ente continúa
extendiéndose sobre terrenos cada vez m ás pobres en el
sur y de más difícil y costoso regadío en el centro.
A lgo parecido tiene lugar en la actividad minera.
L a s minas ricas y de fácil trabajo se agotan. P au lati­
namente el minero chileno em pieza a verse ante yaci­
mientos de cobre y de salitre cuya explotación exige
capitales cuantiosos, competencia técnica y adm inistra­
tiva y perseverancia.
Estos cambios en los factores m ateriales de la produc­
ción son trascendentales. P or una parte, las nuevas con­
diciones exigen en el desarrollo agrícola y minero m ayo­
res aptitudes en la población. Por otra, el esfuerzo del
individuo, al aplicarse a suelos menos fértiles y a minas
menos ricas, tiene necesariamente que dar menor rendi­
miento económico.

En la economía m undial se verifican, tam bién, hacia esta


misma época, m udanzas llam adas a repercutir honda­
mente en nuestra propia economía.
L a apertura del canal de Suez y el creciente desarrollo

123
de la navegación a vapor alteraron la ruta y las condicio­
nes del tráfico entre Eu rop a y pueblos de otros continen­
tes.
E l riel se interna en la India, al propio tiem po que las
obras de regadío se extienden con gran rapidez. Este
país, que en 1873 sólo exportó 197.900 quintales m étri­
cos de trigo, cinco años más tarde, enviaba a E uropa
3.186.500; y en 1886 producía 91.c31.134 h ecto litro s,. y
exportaba 11.131.674.
C on tra todas las previsiones, pasaba, pues, a ser uno
de los graneros de Europa.
Por su parte, los Estados U nidos, cuya producción
había sido en 1870, de 83.125.768 hectolitros, merced al
aumento de sus líneas férreas en 1879, cosechaban
161.920.578.
L as mismas causas convirtieron, sucesivamente, al
C an adá, a R usia y a A ustralia en países exportadores de
cereales.
L a propia R epública A rgen tin a, antes consum idora
de los trigos y de las harinas de C hile, rebasa sus nece­
sidades y principia a enviar a E uropa, el sobrante de su
producción. L a exportación de trigo, lim itada a 17.050
quintales métricos en 1882, en 1893, alcanzaba a
10.081.370 quintales métricos45.
E l advenim iento de estos nuevos países a la concu­
rrencia universal, que los progresos en las com unicacio­
nes, especialmente la penetración del riel en las regiones
mediterráneas, hicieron posible, determ inó, a partir de
1873, un descenso en el precio de los cereales que en 1896,
esto es veinte y tres años más tarde, llegó hasta reducirse
justam ente a la mitad46.

I5F. L a t z i n a , L a A rgentina, e tc ., p . 42.


,8E1 ín d ic e d e S u a e r b e c k m a r c ó 106 en 1873 y 5 6 en 1896 p a r a los
p ro d u c to s d e la a g r ic u lt u r a , o s c ila c ió n m u c h o m á s v io le n ta q u e e l d e s ­
c e n so g e n e r a l d e lo s p r e c io s q u e se r e a liz ó en este p e r ío d o , c o m o c o n s e ­
c u e n c ia s d e c a u s a s m á s g e n e ra le s .

124
Paralelam ente al descenso de los precios de los produc­
tos de la agricultura, y a la creciente pobreza y al aum en­
to de las dificultades que presentan para el cultivo los
suelos en que se verifica su expansión agrícola, C h ile
pierde el lugar que ocupaba como país exportador de ce­
reales. Este renglón de la estadística com ercial, que p au ­
latinam ente había subido hasta 15.859.000 pesos de
44 5/8 peniques, en 1873, descendió con rapidez. En 1881
llegó sólo a $ 9.967.000 de 30 15/16 de peniques, y poco
después se compensó con las im portaciones47.

3
L a incorporación a la soberanía chilena de las provincias
de T a ra p á cá y Antofagasta, constituye el últim o de los
grandes cam bios que durante este período, se operaron
en los factores de nuestro desarrollo económico.
E l contacto com ercial con estas provincias no fue para
nuestra economía una novedad. D esde antiguo, el Perú
y el litoral de Bolivia eran mercados de nuestras exp o r­
taciones de productos agrícolas.
L a trascendencia económica de este suceso deriva del
rápido desarrollo que bajo nuestra soberanía, tomó la
industria del salitre, en T arap a cá prim ero, y en A n tofa­
gasta después.
H e aquí Un cuadro de la producción de salitre en los
treinta y dos años corridos entre 1879 y 1910:

1879 • ■ ■ ■ • ■ 594 44i 1885 . . . • ■ • 4-359-88o


1880 . . . . . . 2.239 740 1886 . . . ■ • • 4-5lo -3°o
1881 . . . ■ • • 3-559-940 1887 .• . . . . . 7-727-700
1882 . • . . . . . 4 .922.460 1888 . . . • • ■ 7 -673-720
1883 . . . . . . 5 .897.200 1889 . . . • • ■ 9-5'3-7 20
1884 . . . ■ • • 5-589-920 1890 . . . - ■ • , 0 -7 5 '-58°

41 D educido el valor de los productos de la ag ricu ltu ra que C h ile ha


intern ad o d u ran te los últim os 20 años p a ra su consum o, el valor de sus
exportaciones agrícolas es insignificante.

125
18 91 . . . . . . 8 .6 1 9 .9 4 0 19 0 1 . . . ■ • • i a - 7 3 7 -9 9 8

18 92 . . . 19 0 2 . . . . . . 1 4 .0 0 4 .0 7 5

19 0 3 . . . . . 1 4 .4 4 9 .2 0 0
'« 9 3 • ■ • • • • 9 -6 9 5 -< 2 3
18 9 4 . . . . . . n .0 3 0 .3 3 2 19 0 4 . . . • • ■ ' 4 - 8 7 5 -9 7 ®

19 0 5 . . . . . . 1 6 .6 9 8 .0 6 4
18 95 • • •
00 00
*8» O í

19 0 6 . . . . . . 1 8 .2 2 1 .4 3 9

. . . 1 8 .4 6 0 .3 5 8
r-".

. . . n .4 8 6 .5 9 8 19 0 7 . . .

18 9 8 . . . . . . 1 2 .8 3 5 .6 3 4 19 0 8 . . . - • • >9 - 7 ° 9 - 7 4 3

18 99 . . . . . . 2 1 .0 1 5 .1 2 5
19 0 9 -
19 0 0 . . . . . . 1 4 .6 0 0 .9 9 5 19 10 . . • - • 2 3 .5 9 5 9 8 3

L a nueva industria se radicó, casi totalm ente, en m a­


nos de extranjeros dom iciliados en Londres. L a s utilida­
des, sobre todo las de las oficinas de T a ra p a cá , han salido
del país, sin dejar en él huellas sensibles.
Sin em bargo, su desarrollo derram ó sobre la economía
nacional entera extraordin aria intensidad de vida. Su
influencia se reflejó en las im portaciones, en los consu­
mos, en la producción, en la economía de las exportacio­
nes, y lo que es más trascendental, modificó los rumbos
de nuestra expansión material.
D e aquí que el desarrollo de la industria del salitre
deba ser contado entre los tres grandes cam bios verifica­
dos en los factores económicos de nuestra evolución.
M á s adelante, al hablar de las consecuencias de estos
cambios, tendré oportunidad de señalar el sentido de su
influencia.
Capítulo ix

C a m b io s en las
co n d icio n es so cio lógicas

C on la adquisición de T arap a cá se inicia para el Fisco


chileno un período de. desahogo. E l im puesto al salitre,
cuyo rendim iento aumenta paralelam ente al m ayor con­
sumo de este abono, le permite subvenir a las crecientes
exigencias de la adm inistración pública im puestas por el
desarrollo del país, sin necesidad de elevar las contribu­
ciones existentes ni de crear otras nuevas.
D e este cam bio en la situación financiera fiscal ha to­
mado pie una teoría, aceptada hasta hoy sin contradic­
ción por la unanim idad de nuestros intelectuales, que
explica por el desequilibrio entre la riq ueza fiscal y la
fortuna privada, las perturbaciones morales que el alm a
chilena ha experim entado en los últimos años.
N o es difícil señalar el origen de este exagerado con­
cepto sobre la influencia que el impuesto al salitre ha
ejercido en nuestra crisis moral.
D esde mediados del siglo x ix , la disolución política,
financiera y social en que el Perú había vivido desde an­
tiguo, encontró en los recursos que sum inistraba el
guano al E rario público, cam po propicio a su desarrollo.
L o que se ha llam ado la orgía financiera y moral de
aquel país, no son sino manifestaciones, aparentes para
el vulgo de una enfermedad antigua, resultado de un
complejo tejido de influencias, cuyo origen remonta a las
condiciones en que se desenvolvió la vida colonial en el
antiguo virreinato. Pero esas causas, hoy fáciles de seña­
lar merced a los avances de la sociología y de la psicolo­
gía colectiva, en 1880 eran tan inaccesibles para la obser­
vación superficial de los contados extranjeros que estu-

127
diaron las sociedades hispanoam ericanas, com o para la
m entalidad sim plista de las jóvenes repúblicas.
E l guano coincidió con la época de m ayor disolución
en el Perú; luego el guano fue la causa de la disolución:
tal era la idea dom inante en A m érica sobre el origen de la
desm oralización peruana al adqu irir C h ile las provincias
de T a ra p a cá y A ntofagasta, que debían darle el m ono­
polio del salitre y crearle una fuente de recursos, bajo
algunos respectos, análoga a la que el guano había p ro­
curado al país vencido.
D ada la existencia de este prejuicio, no es extraño que
desde el momento mismo en que C h ile adquirió la nueva
riqueza asom ara en muchos el temor de que ella pudie­
ra ser la tumba de nuestras virtudes públicas y privadas,
por aquello de que las mismas causas pueden surtir los
mismos efectos.
A un antes que se hicieran aparentes las m anifesta­
ciones de nuestra crisis m oral, flotaba, pues, en la atm ós­
fera la idea de que el salitre iba a causar en C h ile los tras­
tornos que el guano en el Perú. En las C ám aras, en la pren ­
sa y en el folleto, se hacían frecuentes alusiones a sinies­
tros vaticinios que se ponían en boca de eminentes esta­
distas o de extranjeros distinguidos.
Entre estas profecías, más o menos antojadizam en­
te forjadas sobre algún ligero fondo de verdad por la in­
quietud o desconfianza sobre los destinos del país que
dom inaba ya en la conciencia nacional, es célebre la de
Sir H orace Rum bold.
E n la m em oria que al térm ino de su misión el distin­
guido diplom ático presentó a su G obiern o sobre el es­
tado social, económico y político de C h ile, resum ió su
opinión en las siguientes palabras: »Las páginas que
preceden habrían sido escritas inútilm ente si no die­
sen al lector la idea de una nación sobria, práctica, labo­
riosa, bien ordenada, gobernada prudentem ente y for­
mando un gran contraste con los otros estados del mismo

12 8
origen, y de instituciones semejantes que se extienden
en el continente am ericano. C h ile debe los beneficios
de que goza a las tradiciones im plantadas en su adm i­
nistración por los fundadores de la República; a la parte
preponderante que la clase educadora y acom odada
ha tomado en la dirección de los negocios públicos; a la
feliz extinción del m ilitarism o; al cultivo esm erado de
los instintos conservadores innatos en él; a la ausencia
casi com pleta de esas fuentes accidentales de riqueza
que la Providencia ha prodigado tan abundantem ente
en las naciones vecinas; a la necesidad, por consiguiente,
de recurrir a un gran trabajo, rápidam ente recom pen­
sado por un suelo generoso; a la constancia paciente y a
la aptitud para el trabajo de su población; y sobre todo esto,
quizás, a la negligencia de sus antiguos señores, que
lo obligó, cuando hubo sacudido el yugo, a crearlo todo
por sí mismo, apelando a los esfuerzos excepcionales
de la nación. T o d o esto puede resumirse en dos palabras:
trabajo y cordura"48.
E n este bosquejo del pueblo chileno y de los factores
qu e lo diferenciaron de los demás pueblos hispanoam e­
ricanos, en el cual — dicho sea de paso— hay mucho de
exacto y mucho de contestable, se hace una alusión acci­
dental a los millones del guano, dentro de las ideas de aquel
entonces causa de la perdición del Perú. D e las num e­
rosas influencias que Rum bold pasa en revista, la que
más se grabó en nuestros políticos y escritores, fue esta
alusión que concidía con sus temores; y sim plificando
el ju icio del diplom ático inglés hasta la caricatura,
concluyeron por hacerle decir que C h ile fue honrado,
práctico y laborioso, porque fue pobre.
C uan do algunos años más tarde las m anifestacio­
nes de la crisis m oral principiaron a hacerse percepti-
48Estos conceptos del señor R u m b o l d han sido varias veces re p ro ­
ducidos, en tre o tros, p o r don F r a n c i s c o V a l d é s V e r g a r a , en su estudio
sobre L a situación económica y financiera de C hile, 1894.

129
bles para el vulgo, estos temores pasaron a la catego­
ría de predicciones clarividentes, que se cum plían,
robusteciendo la convicción de que los m illones del
salitre nos han extraviado como los m illones del guano
extraviaron al Perú.
D e esta suerte, el convencim iento de que las hondas
desviaciones m orales que el alm a nacional experim en­
tó durante el últim o tercio del siglo x ix derivan única­
mente de la riqueza salitral, ha llegado a ser lo mismo
que en otra época la decantada riqueza agrícola de
nuestro territorio, uno de aquellos axiom as qu e no se
discuten, una de aquellas verdades evidentes que se acep­
tan a ojos cerrados.
N o es extraño que los pocos escritores que han es­
tudiado nuestro desarrollo social no hayan reparado en
las graves alteraciones, en los ideales de la vida, produci­
dos con algunos años de anterioridad a la guerra del
Pacífico. Se concibe que los propios temores de la con­
ciencia chilena delante del salitre, que la falta de fe en sí
misma que ellos revelan, manifestaciones eminente­
mente patológicas p ara todo psicólogo, nada les hayan
sugerido. Se explica sin dificultad el hecho de que los
síntomas precursores de la tormenta hayan quedado
inadvertidos, porque las observaciones psico-socioló-
gicas requieren una facultad de intro-inspección muy
desenvuelta y su interpretación una prolongada fam i­
liaridad con este género de estudios, condiciones am ­
bas que no se reúnen ni pueden reunirse con facilidad
en los pueblos jóvenes.
Bastante m ás difícil es explicarse cómo h a podido
pasar desapercibida la incongruencia entre la natu­
raleza de los fenómenos que constituyen nuestra crisis
m oral y la naturaleza del hecho económico que se supo­
ne ser su causa. Se com prende que un im puesto percibi­
do en una form a que no sólo no duele a la gran masa de la
nación, sino que, todavía, aleja de las clases dirigentes

1 30
hasta la más remota idea de gravam en, como ocurre con
el que pesa sobre la exportación del salitre, sea un estím u­
lo a la prodigalidad fiscal y un incentivo para el desarro­
llo de la em pleom anía. Pero no se comprende, por mucho
que se sutilice, cómo puede el desahogo del fisco destruir
el sentimiento de la nacionalidad, tornar derrochador
a un pueblo que fue económico; y lo que es aún más tras­
cendental, alterar ideales de la vida que nada tienen que
ver con la economía fiscal.
Se ha intentado explicar esta falta de concordancia,
por las repercusiones que todo cam bio en un rasgo del
alma nacional ejerce necesariamente sobre el conjun­
to de ideas y de sentim ientos que la constituyen. Así,
el despilfarro fiscal habría quebrantado el sentim ien­
to de la nacionalidad, dism inuyendo la fe en el porvenir;
el bienestar que derram a la prodigalidad fiscal habría
desarrollado en el pueblo una extraordinaria capacidad
de consumo, y con esto y con el contagio directo, habría
tornado pródiga a uña población que fue económica.
Esta explicación, que repetidas veces ha sido p ro­
hijada por personas que tienen gran ascendiente inte­
lectual en el país, revela — empleando las p alabras más
benévolas— un atolondram iento y una superficiali­
dad inexcusables tratándose del problem a m ás hondo
y trascendental-de cuantos afectan a nuestro porvenir.
Para modificar los hábitos y tendencias del alm a co­
lectiva, todo factor necesita accionar en un mismo sen­
tido durante largo tiempo. T od o cam bio ha sido prece­
dido invariablem ente de un trabajo psicplógico silen­
cioso y lento, desarrollado con mucha anterioridad a sus
manifestaciones aparentes. Lo propio ocurre en las
reacciones. P a ra que la alteración de un hábito y aún
de un rasgo del carácter repercuta sobre otros, es menes­
ter que medie la influencia prolongada durante algún
tiempo.

131
Ahora bien, entre los que han escrito sobre nuestra
crisis moral y sus graves repercusiones de carácter eco­
nómico ¿ha habido quien se haya tomado el trabajo de
concordar en el tiem po el advenim iento de la riq ueza sa­
litrera con las acciones y reacciones sobre el alm a na­
cional que se le atribuyen? N o lo creo, porque esta senci­
lla concordancia habría despertado las sospechas,
aún de personas enteram ente ajenas a los estudios psi­
cológicos. L a metamorfosis súbita de un pueblo, hoy so­
brio, laborioso, ordenado y sano, que m añana despier­
ta derrochador, desm oralizado y herido hasta en el
más vital de sus instintos, el de la nacionalidad, no re­
pugna menos al buen Sentido de todo escritor sensato
que al criterio del sociólogo, fam iliarizado con los fe­
nómenos de esta índole. En mi concepto, ha habido más
que ignorancia distracción intelectual en nuestros
aficionados a estudios sociales. R epitieron sin exam en
lo que la opinión pública venía repitiendo, tam bién sin
exam en, desde tiempo atrás.
Es fácil demostrar que todos los cambios en las ideas
y sentimientos de la colectividad, de que derivan las
perturbaciones morales que hoy nos alarm an , estaban
producidos con bastante anterioridad a la guerra del
Pacífico; también es fácil constatar que la m ayor parte
de los hábitos y tradiciones que creem os haber perdido
después de «891, estaban ya profundam ente debilita­
dos entre los años 1885 y 1888: pero en mi deseo
de no ahondar demasiado en el estudio de nuestra crisis
moral que, dentro de los propósitos de este trabajo sólo
figura como uno de los factores que explican ciertas
peculiaridades de nuestro desarrollo m aterial, quiero
dar de barato que sólo en 1894 se hayan hecho aparentes
sus manifestaciones49.

49E n esta fecha el señor F r a n c i s c o V a l d é s V e r g a r a constató


casi todas las m anifestaciones de n uestra crisis m oral, y form uló los
m ás pesim istas vaticinios p a ra el futuro del pais. (E studio ya citado).

132
El año 1886 m arca el punto de partida del au ­
mento del presupuesto, y por consiguiente, del preten­
dido desequilibrio entre la riqueza fiscal y la fortuna
privada. L as entradas, que venían m erm ando desde
1883, aum entan anorm alm ente en veintiún m illo­
nes de pesos, en núm eros redondos. L os gastos suben,
por su parte, en catorce millones, tam bién en núm eros
redondos.
Esta elevación de las entradas y de las salidas sólo
en pequeña parte proviene del salitre, pues la exporta­
ción de esta sal no excedió de $4.527.782 y el rendi­
miento del impuesto que la grava de 7.244.451 de 38 d.50.
Quiero, sin em bargo, conceder — lo que dista mucho de
ser efectivo— que ya en 1886 la riqueza de T arap a cá
alimentara a un fisco rico en un país pobre.
Pues bien, entre 1886 y 1894 corren sólo ocho
años; y ¿hay quien crea que, sin m ediar otras causas,
el desahogo fiscal puede en este lapso destruir las tra ­
diciones y los hábitos de un pueblo m oralm ente sano?
¿Cabe cuerdam ente suponer la posibilidad de que
esas pérdidas puedan repercutir sobre el alm a nacional,
alterando sus ideas y sentimientos?
Si no es fácil explicarse cómo ha pasado inadvertida
para los escritores que han estudiado nuestro desehvol*
vimiento económico y social la ausencia m aterial del
tiempo indispensable para que las acciones y reaccio­
nes qué se suponen derivar de la riqueza salitrera hu­
bieran podido desarrollarse, su desidia para constatar
la propia efectividad de los trastornos que el salitre
— ---- —------ *------- — --- — .■
«—»■
>,,v .. ... - — v ---- —
En el C ongreso, en la prensa y en el folleto, se en cu en tran en gran a b u n ­
dancia observaciones que corroboran lo dicho por el señor V a l d é s .
50El aum ento an o rm al de las en trad as proviene del ingreso de
la m ayor p arte del em préstito anglo-chileno. D u ra n te el ejercicio fi­
nanciero de 1886 la cantidad ingresada por este capitulo Fue de
S 23.403.480.

133
causó en la economía fiscal, es sencillam ente incom ­
prensible51 .
C om o ha podido verse en el cuadro inserto en el p á rra ­
fo precedente, el increm ento de la producción salitre­
ra ha sido paulatino. L a exportación y, por consiguien­
te, la renta fiscal, han guardado paralelism o con la p ro­
ducción.
N o ha habido, en consecuencia, un cam bio brusco
en la economía fiscal, ni en sus relaciones con la fortu­
na privada. El advenim iento de una riqueza eventual
que todo lo trastornó, es sencillam ente un mito in­
ventado para explicar fenómenos, cuyo origen m uy an­
terior a la guerra del Pacífico, inaccesible para los
políticos, es, sin em bargo, de una sencillez extrem a
para toda persona que posea algún bagaje socioló­
gico.
Para demostrar este aserto voy a exhibir uno solo de
los numerosos cuadros demostrativos que reservo
para un estudio posterior sobre la crisis m oral de C hile.
H e aquí un cuadro de las entradas del fisco chileno
entre 1875 y 1894, fecha esta últim a — lo repito una
vez m ás— en que las perturbaciones morales a lcan za­
ron una notoriedad acaso m ayor que hoy:

51L a explicación es fácil p a ra los q u e sabem os cómo se hacen en


C h ile los estudios sociales y económicos. J a m á s se estudian los hechos
p a ra inducir. C u ando el au to r no se lim ita a sim ples desarrollos ideo­
lógicos, que carecen de todo valor, p arte de algunos postulados, hijos
de sus prejuicios o sugeridos po r las pasiones que bro tan en los m om en­
tos de tra sto rn o s económicos; y acude a los hechos, no p a ra in te rro ­
garlos, sino p a ra acum ular todo lo que haga verosím il su tesis precon­
cebida.
M ie n tra s nuestros jóvenes no se habitúen a los m étodos m oder­
nos, cuyo A. B. C . estriba en p a rtir siem pre de los hechos y en re sp e ta r­
los au n q u e no concuerden con las ideas preconcebidas del investiga­
dor, la historia de nuestro desarrollo económ ico y social co n tin u ará
siendo lo q ue es hoy: un tejido de prejuicios reñidos con la ciencia y
con el sentido com ún.

134
'875 . . . 21.092.683 1885. . . 39.585.054
1876. . . 19.102.971 1886. . ■ 60.701.329
.877.. . 18.729.130 1887. . . 68.279.683
1878. . 18.095.786 1888. . - 52-9 23-6®7
>879- • 28.096.621 1889. . • 62.453.226
1880. . ■ 44-4 ,0 -4 ' 7 1890. . . 59.064.892
1881 . . ■ 44-433-352 1891 . . • 1 ' ° 4 -95°-576
1882. . . 42.685.341 1892. . 80.626.149
00
00

. 47.810.308 1893. . ■ 80.575.548


w

■884. . ■ 39 -' 59-236 1894. . 86.420.611

Se observan en el cuadro precedente varios aumentos


anormales en las entradas fiscales; pero todos son aje­
nos a la renta del salitre. A sí, los aumentos de 1879,
1880 y 1891, próvienen de las emisiones de papel
moneda lanzadas durante la guerra del Perú y durante
la revolución de 1891; las elevaciones anorm ales de
1886 y 1887 reflejan, como ya se ha dicho antes,
el ingreso del em préstito anglo-chileno. A bsolu ta­
mente ninguna de las irregularidades — lo repito—
reconoce como causa determ inante el rendim iento
del impuesto al salitre.
A hora, exam inando de veinte en veinte años el cre­
cimiento de las entradas fiscales, tenemos52:

Año Entrada T ipo de


cambio
1817. . . ■• * -939000
1834. . . • • 2 .2 35.853 453/4
1854. . . . . 6. 2 08.510 45
1874. . . . . 15. 661.724 445/»
■2 8. 376.556 45
3S
00

ss H em os tom ado la serie 1834-54-74-94, po rq u e en ella no hay p er­


turbaciones pro d u cidas po r el ingreso del producto de em préstitos o por
em isiones de p apel m oneda. Si en lu g ar de to m ar los años term inales,
se tom a el prom edio de cada serie, la perspectiva no cam bia.
53L as en trad as fueron en 1894 de 69.317.337 pesos papel, con
poder de cam bio de 12 8 /1 6 peniques, y 17.103.274 pesos oro de 24 pe­
niques. P a ra p oder hacer com paraciones legítim as los reduje a pesos
de 45 peniques.

135
Com o se ve, el crecim iento de las entradas fiscales,
lejos de acelerarse, se modera: entre 1834 y 1854 tri­
plican; entre 1854 y ' 1894, no alcanza a doblar54.
G u a rd a , paralelism o completo con el desarrollo gene­
ral del país, que como se ha hecho notar en otra parte,
en lugar de acelerarse, se ha hecho más lento.
D e las cifras que acabo de exhibir se desprende:
Q u e los derechos percibidos por el Fisco sobre la ex­
portación de salitre y yodo han aum entado lentam en­
te, sin que en ningún momento hayan llevádo a la econo­
mía fiscal trastornos o cambios bruscos.
Q u e sus únicas consecuencias han sido liberar
a la agricultura y a las demás industrias, del aumento
progresivo de las contribuciones que el desarrollo so­
cial y la extensión y el perfeccionam iento de la adm i­
nistración pública hacían ineludibles.
Q u e, por consiguiente, lejos de influir en el sentido
de crear un Fisco rico en un país pobre — como se repite
diariam ente— han obrado más en el sentido de desarro­
llar la riqueza privada que en el de acrecentar las ren ­
tas fiscales.
Si el chileno rehúye hoy las solicitaciones de la
actividad económica y se orienta hacia los empleos
públicos, la causa debe buscarse en otra parte. E l sali­
tre, lejos de em pujarlo hacia los destinos públicos,
abrió a su actividad productora horizontes de que antes
carecía, liberando a las industrias del aum ento en las
contribuciones y creándoles en el extrem o norte del
país un gran mercado de consumo, defendido de la com ­
petencia por el arancel aduanero.
Si de sobrios nos hemos tornado derrochadores; si
hemos perdido las tradiciones políticas y los hábitos
adm inistrativos que mecieron la cuna de la R epública,
64E l enorm e aum ento ap a re n te proviene del descenso e n el poder
de cam bio de la m oneda, el cual de 45 peniques y m ás se redujo a 18, a 11
y, ocasionalm ente, a m enos aun.

136
no es p o r q u e , nuestras virtudes fueran tan frágiles y
el poder corruptor del salitre tan grande como para ope­
rar m udanzas tan súbitas que m ás semejan cuentos de
«Las mil y una noches<( que m odificaciones sociológi­
cas.
L a verdad es que algunas de las virtudes que nos a tri­
buimos en el pasado jam ás las tuvimos, y que las p er­
turbaciones morales que realmente hemos exp eri­
mentado, son la consecuencia ineludible de cambios
en los rasgos del alm a nacional producidos con m ucha
anterioridad a la guerra del Pacífico y al salitre.
L as grandes causas de esos cambios son las m odifi­
caciones en las condiciones sociológicas de que habré
de hacer caudal en los dos números siguientes: la educa­
ción y el contacto más intenso con Europa. L a educa­
ción en cuanto om itiendo ennoblecer el ideal econó­
mico, dar la educación m oral, la del carácter y en gene­
ral la de todas las aptitudes que em plea el hom bre de
negocios y la enseñanza técnica, hizo al chileno inepto
para la actividad económica, y acrecentó el desprecio
por el trabajo m anual, por el comercio y por la m anu­
factura que, como ocurre en todos los pueblos mal evo­
lucionados, aún circulaba por nuestras venas. L a pro­
pia educación y el contacto intenso con E u ropa, en cuan­
to estim ulando la extraordinaria capacidad de im ita­
ción pasiva de todo pueblo atrasado, nos refinaron v io ­
lentamente, despertando grandes deseos de consumos,
sin darnos los correspondientes deseos y capacidades
de producción, y rebajaron la m oralidad en la misma
medida en que desequilibraron el alm a nacional.

2
En C h ile, lo mismo que en las demás repúblicas hispa­
noam ericanas, el deseo de im itar a los países europeos
y de nivelarse con ellos germ inó ju n to con la idea de la

137
independencia, o para hablar con más exactitud, fue
uno de los móviles de la em ancipación. E n tre los ele­
mentos directivos se produjo desde los albores de la
R epública dualidad de criterio en cuanto al cam ino
que convenía seguir p ara llegar a la m eta. L a juventud
ardorosa e irreflexiva, que no se resignaba a la evolu­
ción lenta y gradual; y algunos ideólogos com o Infante
y Lastarria, reacios a la observación, con una ingenuidad
que no excusan los tiem pos, creían que el simple adve­
nimiento de la libertad, la copia de determ inadas insti­
tuciones y la difusión de la enseñanza, borrarían en cor­
to plazo los abism os que mediaban entre las jóvenes
nacionalidades derivadas de España y las viejas civi­
lizaciones europeas. Los espíritus observadores como
Portales, M on tt y V aras, en quienes el apego a los he­
chos, el sentido innato de la realidad, constituía una
especie de instinto científico, fiaban menos en las m á­
gicas virtudes civilizadoras que la filosofía de la épo­
ca atribuía a la libertad y a las instituciones, y no acep­
taban, sin beneficio de inventario, las excelencias de
la enseñanza. Anticipándose en medio siglo a la
sociología, com prendían que lo esencial era m odifi­
car paulatinam ente las ideas y sentim ientos de
la colectividad, estim ulando un desarrollo uniforme
de las fuerzas materiales, morales e intelectuales. Pero
unos y otros perseguían un mismo ideal: la nivelación
con las civilizaciones europeas.

Se engañaría, sin em bargo, mucho quien, ju z g a n ­


do por este deseo de nuestros dirigentes, creyera que
la influencia de la civilización europea pesó con fuer­
za sobre el alma chilena desde la independencia.

La sugestión producida por el contacto intelec­


tual, por la fuerza de las cosas, quedó al principio lim ita­
da a los políticos y a los escritores; al deseo de copiar
las instituciones y la literatura. Sólo m ucho más tarde,

138
por una larga serie de acciones y reacciones alcanzó al
temperamento y al carácter de la raza.
E n cuanto al contacto social propiam ente dicho, fue
en el prim er tiem po poco frecuente y poco íntim o.
N o obstante la proxim idad y el fácil acceso al m ar de todo
el territorio chileno, la distancia y los medios de que en
aquella época disponía la navegación nos m antuvie­
ron en relativo aislam iento.
El alm a nacional continuó por cerca de medio siglo
su desenvolvimiento espontáneo. L as ideas y pasiones
heredadas de las razas progenitoras y los hábitos adqu i­
ridos durante tres siglos de vida común, sometida a los
mismos medios y a la misma historia, continuaron re­
gulando la vida privada e informando en lo sustancial
la actividad cívica.
Este orden de cosas sufrió una m odificación tras­
cendental durante la segunda m itad del siglo pasado
Los mismos agentes que hasta entonces habían m an­
tenido entre nuestra civilización y la europea un con­
tacto débil y de escasa im portancia sociológica, sir­
vieron de vehículo a un contacto intenso, que m arca el
advenim iento de un nuevo factor destinado a influir
pesadamente en nuestra evolución.
E l prim ero de estos agentes es el extranjero que a flu ­
ye a nuestro país. V ien e como je fe o como em pleado de
empresas comerciales, y en menor núm ero, de em pre­
sas m ineras. E l bracero, sobre llegar en corta can ti­
dad, después de algunos meses se hace com erciante o
trasmonta los Andes.
L a esfera de acción del industrial exl/ranjero, cu a­
renta años antes lim itada a una que otra casa com er­
cial m ayorista, en el últim o tercio del siglo x ix abarca
ya todo el cam po de la actividad com ercial, fabril y m i­
nera.
D uran te la prim era m itad del siglo pasado- el o rga ­
nismo social absorbió con relativo vigor estos elem en­

139
tos extraños que aisladam ente se ponían en contac­
to con él; pero a medida que aum enta su núm ero y qu e se
canaliza su actividad en la m inería y en el com ercio, la
absorción se debilita hasta llegar casi a desaparecer
en las postrim erías del siglo.
L a influencia económica del industrial y del com er­
ciante extranjero, aquí, como en todos los pueblos a tra ­
sados y de desarrollo débil, se tradujo en los fenómenos
ya conocidos de estímulo a la actividad productora y
de desplazam iento del nacional. Su influencia socioló­
gica aportó un valioso contingente al fenóm eno de la
subordinación de nuestra sociedad a las civilizaciones
europeas, como habrá de verse un poco m ás adelante.
Paralelam ente al crecimiento del predom inio m i­
nero y comercial del extranjero no absorbido, la influen­
cia del pensam iento europeo, lim itada al principio,
como se ha dicho, a un corto número de espíritus esco­
gidos, se extiende a la sociedad entera. E l libro extran ­
je ro , sobre todo el de origen francés, constituye el úni­
co alim ento intelectual. N u tre al maestro; guía los pri­
meros destellos de la inteligencia del niño; llena las
horas de ocio del adulto, e informa hasta en sus menores
detalles la obra del político, del literato y del perio­
dista.
A l calor de esta influencia nació una actividad in­
telectual que recuerda a la precursora del R enacim ien­
to. Los chilenos de la se g u id a mitad del siglo x ix im i­
tan la producción intelectual europea con el mi^mo
esfuerzo penoso, con la misma inhabilidad qu e los pre­
cursores italianos y franceses de los siglos x iv y x v , las
obras de la antigüedad greco-rom ana. N uestra m enta­
lidad, sin fuerzas y sin valor para adueñarse de los mé­
todos científicos y de los procedim ientos artísticos
y literarios p ara hacer obra propia, se lim ita a repetir
lo que otros pensaron y sintieron. C ie rra asustada los
ojos delante de la percepción directa de la realidad.

140
N o concibe la verdad y la belleza sino revestidas de la
expresiórr ó form a que les dio el pensam iento e xtra ­
ño. L a palabra de toda em inencia europea llega a ser
verdad de fe que se acepta sin exam en. E l aficionado
a estudios sociales se explica ideológicam ente los fe­
nómenos con arreglo a tesis preconcebidas form adas
en la lectura servil del autor A o B. E l político copia,
sin consideración ni al estado social ni a las pecu lia­
ridades nacionales, todo cuanto lee en los program as de
los partidos o en los discursos de los estadistas extran ­
jeros. Si se exceptúan los Recuerdos del pasado, obra
en que se vacía el alm a de nuestra raza a mediados
del siglo x ix , y uno que otro trabajo de menor aliento,
nuestra producción literaria sólo tiene de nacional
los nombres de los personajes y de los lugares y las des­
cripciones d e . algunas escenas de la vida chilena. L a
tram a íntim a, las ideas y sentim ientos que la anim an,
son exóticos; lo mismo que el corte o form a qu e la m ol­
dea, reflejan la sugestión de civilizaciones extrañas.
De esta suerte, la producción intelectual chilena)
pesó sobre el alm a nacional en el mismo sentido que el
pensam iento extranjero; obró como au x iliar de la in­
fluencia que le dio vida.
E l tercer factor del contacto entre el viejo mundo y
las jóvenes nacionalidades am ericanas lo constituye
el viajero.
A medida que las com unicaciones m arítim as se
desarrollan el chileno va a E u ropa, en viaje de placer
o de estudio, con creciente frecuencia; y en corto núm e­
ro, se establece definitivam ente en las grandes capita­
les, sobre todo en París.
El hispanoam ericano que recorre E u rop a y se ra­
dica en ella por algunos meses o años, no recibe en toda
su am plitud la influencia intelectual y moral de las so­
ciedades que visita. C on excepción de los rarísim os
aficionados a estudios sociales, sólo se pone en contac­

14 1
to con los m onum entos, con los edificios y con algunas
manifestaciones artísticas, como el teatro, la pintura,
la escultura, el vestuario, el m enaje, la etiqueta. La
verdadera influencia social, la que va m ás allá de la cor­
teza, la qu e alcanza al ser moral e influye en los ideales
de la vida, la recibe de un medio sui géneris, m uy distin­
to de las sociedades francesa, inglesa, italiana, ale­
m ana, etc., el de los trasplantados parisienses.
El ansia de goces m ateriales, los deseos de lustre y
de ostentación, los atractivos del lujo, de la cultura y
del refinam iento y las desilusiones de la vida, reúnen
en París un abigarrado conjunto de extranjeros lle­
gados de los cuatro puntos cardinales. D esde el noble
ruso hasta el general hispanoam ericano, arrojado del
G obiern o y del país por una revolución; desde la m ujer
elegante y frívola, que exhibe su gracia y sus jo y a s, has­
ta el industrial enriquecido, que busca un barniz de cul­
tura social para él y para su fam ilia; desde el jo v en he­
redero que derrocha la fortuna y la salud en groseros
placeres m ateriales, hasta el intelectual refinado que
no soporta el am biente sano, pero tosco de su patria,
va una gam a extensa de tem peram entos y de caracte­
res aparentem ente inconciliables.
Este conjunto heterogéneo tiene, sin em bargo, un
alm a definida, si se quiere, cuya característica más
saliente es la ausencia de todas las grandes fuerzas m o­
rales que constituyen el nervio de las sociedades, la pie­
dra angular de las civilizaciones; pero alm a que infor­
ma un medio social propio y que ejerce una enérgica
sugestión sobre los elem entos que se le acercan. E l
placer como objeto y fin de la vida; el refinam iento, la
elegancia, la alta procedencia social y la fortuna, como
únicos valores; el traje, el cultivo de las relaciones so­
ciales, el teatro y otras reuniones con pretextos reli­
giosos o m undanos, como em pleo-del tiem po; el despre­
cio por los deberes de ciudadano, el descastam iento y

142
la repugnancia por los esfuerzos y sacrificios que im ­
ponen los grandes objetos de la vida: tal es la idiosincra­
sia moral del medio que envuelve la perm anencia en el
extranjero, del chileno que desde 1860 en adelante
viaja con relativa frecuencia por el V iejo M un do.
Por medio de estos tres agentes tom ó paulatin a­
mente cuerpo un contacto intenso entre nuestra civili­
zación y la europea, hasta mediados del siglo aisladas
por la escasez de comunicaciones.
D ado el desigual estado de desarrollo de las socie­
dades en contacto, la s consecuencias no podían lim i­
tarse al simple intercam bio de ideas científicas o a r­
tísticas, que las peculiares condiciones en que se des­
envuelve la civilización occidental contem poránea,
determina entre los distintos pueblos qu e de ella for­
man parte. E n efecto, en lugar de los vínculos de soli­
daridad o interdependencia que caracterizan las
relaciones de los pueblos europeos entre sí, se desarro­
lló un proceso de subordinación de nuestra sociedad
a los núcleos más civilizados y fuertes, en cuyo contac­
to se encontró.
E l com erciante extranjero, para realizar sus fines
de lucro, estim uló los consumos de artículos exóticos
y moldeó nuestros gustos en arm onía con su interés,
despertando nuestra adm iración por las producciones
de las econom ías extrañas. E l libro europeo desper­
tó, a su turno, la adm iración por las ciencias, las artes,
las instituciones y, en general, por la civilización de la
cual era él mismo un producto. Y por últim o, el viajero
chileno difundió por el ejem plo la adm iración por el
traje, por el menaje, por la etiqueta y por los mil deta­
lles que el sociólogo engloba bajo el rubro de oropel
social.
Esta adm iración por civilizaciones extrañas, des­
pertada por el contacto íntim o, no podía desarrollar­
se sino dism inuyendo la vitalidad propia de nuestro

143
organism o, sino cercenando sus fuerzas espontáneas
de desarrollo.
En efecto, paralelam ente al aum ento del contac­
to se produjo en el alm a chilena una sugestión intensa.
Poco a poco se subordinó a las civilizaciones más fuer­
tes que la penetraron, no sólo en las artes y en las letras,
como los pueblos europeos respecto de la civilización
greco-rom ana durante el Renacim iento, sino en todas
las esferas de la actividad. En el terreno económico,
nuestros gustos, formados con arreglo a las necesi­
dades de economía extraña, nos crearon la necesi­
dad de consumir sus producciones, encadenándonos
a las exigencias de su expansión, aun a expensas de la
propia. En el terreno político, la copia inconsciente de
las instituciones y de las leyes, ahogó el desarrollo es­
pontáneo y torció los rumbos impresos por el genio na­
cional. L a s propias bases de sentim iento y de pensa­
miento sobre las cuales descansaba nuestra sociedad
tradicional, quebrantadas cedieron, con lo cual lo que
una civilización tiene de más íntimo, lo que no puede
ser modificado sin hondas repercusiones, la u r­
dim bre m oral, quedó entre nosotros sometida a la in­
fluencia creada por la sugestión.
Esta subordinación de nuestra alm a colectiva, co­
mo observaba hace poco, marca el advenim iento de un
nuevo agente sociológico, y un cambio trascendental
en las condiciones en que venía desarrollándose nues­
tra evolución.
Desde 1870 en adelante, cesa en C h ile el desenvol­
vimiento espontáneo. El progreso deja de ser el re­
sultado de las fuerzas propias del organism o. Los cam ­
bios en las ideas, en los sentimientos, en las institucio­
nes, en las costumbres, etc., son determ inados por la in­
fluencia de la sugestión europea.
D e este cambio, el más hondo que haya experim en­
tado nuestra civilización desde la form ación de la raza,

1 44
sin exceptuar la propia independencia política, deri­
van num erosas consecuencias sociológicas y económ i­
cas relacionadas estrecham ente con los fenómenos que
son objeto de este estudio.

3
Los efectos del contacto íntimo de nuestra sociedad
con civilizaciones más fuertes y desarrolladas, habrían
sido más lentos y menos trascendentales si la educa­
ción sistemática no hubiera obrado sobre el alm a na­
cional, bajo muchos respectos, en el mismo sentido que
la influencia europea.
L a difusión de la enseñanza fue una de las prim eras
preocupaciones de nuestros poderes públicos. T o d a ­
vía la nacionalidad no era un hecho consum ado cuan­
do los proceres de la Independencia expresaron su an­
helo de realizarla. L a Constitución del 33 refleja, por
su parte, las ideas que al respecto abrigaban los orga­
nizadores de la República.
Esta aspiración, intensamente sentida por todos los
dirigentes, se realizó con relativo vigor, si se conside­
ran el estado de las com unicaciones y los medios de que
disponían los gobernantes de aquella época. En las
postrimerías de la adm inistración Bulnes la enseñan­
za secundaria se había ya difundido bastante; y
desde la adm inistración Pérez puede el psicólogo
constatar en las clases dirigentes huellas perceptibles
de su influencia.
N o pudiendo hacer otra cosa, los creadores de la ins­
trucción pública copiaron los sistemas más en boga en
Europa. Am unátegui y Barros A ra n a, cuya influencia
pesó considerablem ente en la organización adm inis­
trativa, en los program as y en los métodos durante el
último tercio del siglo x ix , hicieron lo mismo. N o com ­
prendieron que la educación, corriente en los pueblos

145
europeos, no puede ser trasplantada a un pueblo
menos desarrollado, y cuya evolución se realiza en
condiciones sociológicas sustancialm ente distintas, sin
causar gravísim os trastornos morales. Entre los peda­
gogos alem anes y chilenos que colaboraron en la re­
form a de los program as de 1893, fecha en que el desca­
labro m oral estaba ya producido, tam poco hubo quien
se sacudiera la venda.
La trascendencia de los distintos cam bios verifica­
dos en nuestra enseñanza, ha quedado lim itada a
una distribución m ás racional de los conocimientos
y al m ejoram iento de los métodos pedagógicos55.
El sentido en que la educación obra sobre las capa­
cidades del individuo y los ideales de la vida, no se ha
alterado. C on tin ú a, a este respecto, siendo hoy lo que
fue ayer. Su influencia sociológica se ha ejercido, pues,
siempre y continúa ejerciéndose en una m isma di­
rección.
L a enseñanza consiste en una educación m eram en­
te intelectual, o mejor dicho, en una sim ple instruc­
ción, de marcado sabor clásico al principio, y acentua­
damente científica más tarde.
En teoría no se desconocen las ventajas de la educa­
ción física; pero en la práctica se prescinde de ella o se
la relega a lugar subalterno.
D e la educación del carácter no hay otras huellas
que cierta tendencia a atrofiar en el niño el desarrollo
de la voluntad, para hacerle más dócil y más educable
intelectualmente. E sta omisión deriva, no sólo de las
dificultades prácticas que presenta la educación de la
voluntad, sino tam bién de un prejuicio teórico sobre el
valor relativo del carácter y de la inteligencia, com par-

55A ludiendo a los p rogram as aprobados el 5 de ab ril de 1893, dice


B arros A ran a en el prólogo que resum e las bases de la reform a: »L a re ­
form a iniciada es sólo de m étodo«.

146
tido por casi todos los directores de la instrucción pú­
blica.
A imitación de la deleznable enseñanza que como
supervivencia de los extravíos teóricos de otra época
subsiste todavía en E u rop a, la nuestra ha carecido
siempre de ideales. N o es que se desconozca la necesi­
dad de la educación m oral, sino que se estim a que la
da »la influencia que las luces del espíritu ejercen
sobre el corazón y la voluntad"68.
En la enseñanza general se alejan deliberada­
mente los ideales qu e conducen a la actividad econó­
mica, »para no desvirtuar sus fines"67.
Está calculada p ara no influir en la evolución so­
cial. Se limita a desarrollar las facultades que conducen
al cultivo de las ciencias y de las artes liberales, y aban ­
dona todo lo dem ás a la acción de la herencia y del me­
dio. T o m a para sí el oropel, lo que — según la feliz exp re­
sión de Spencer— llena los momentos de ocio de la exis­
tencia6*; y prescinde del vigor físico, del desarrollo
de las aptitudes económicas, de la moral y del carácter,
esto es, de todo lo qu e conserva al individuo y a la espe­
cie y hace posible una civilización robusta.
Desde el punto .de vista sociológico, adolece nues­
tra enseñanza de vacíos q u e, en diverso grado, son

MHasta hoy, la inmensa mayoría de nuestros pedagogos, conti­


núa creyendo en la influencia moralizadora de los conocimientos cien-
tificos y literarios. Ni la montaña de observaciones acumuladas, ni
los avances de la psicología, han bastado a quebrantar su ilusión.
i ‘ Nuestros educacionistas repiten, como el papagayo, esta an­
tigua frase sin darse cuenta de su sentido. En realidad, prescinden de
la educación económica en la enseñanza general, unos pocos porque
temen que el niño se «materialice*, esto es, que se haga fabricante,
agricultor o comerciante, en lugar de abogado, médico, escritor o em­
pleado público; y la inmensa mayoría, porque no pueden concebir que
haya necesidad de dar en Ch ile una educación de la cual Alemania pue­
de prescindir.
wLa educación intelectual, moral yfísica, p. 16.

147
comunes a todos los sistemas’ modernos de educación;
pero en sus relaciones con el alm a nacional concurren
algunas peculiaridades, desconocidas en la enseñan­
za europea, qu e agravan considerablem ente las conse­
cuencias de sus defectos.
L a prim era es su eficacia.
La influencia sociológica de la educación sistemá­
tica es escasa en Europa. Pone en actividad fuerzas
que sin. ella habrían quedado aletargadas; estimula
al individuo a dar de si lo que sus facultades le perm i­
ten; desarrolla posibilidades de inteligencia y de ca­
rácter hijas de la herencia y de las demás fuerzas socio­
lógicas. Pero no es ella misma una verdadera fuerza.
Su influencia se estrella contra la acción incontrarres­
table de la herencia acum ulada durante num erosas ge­
neraciones y contra un medio ambiente más enérgico
que ella. Resbala por la superficie, sin dejar huellas
en las almas definitivam ente moldeadas de naciones
antiguas, cuyos caracteres, ya m uy desenvueltos, han
alcanzado una fijeza que les hace insensibles a las in­
fluencias sociológicas que no importan una m odifica­
ción en la raza misma o un cam bio trascendental en las
condiciones que rodean su evolución. E s difícil señalar
un rasgo dañino atrofiado o uno benéfico creado por
la enseñanza de las naciones europeas. Sin que im por­
te esto un prejuicio para el futuro, hay que reconocer
que con sus medios actuales de acción, respecto de
alm as definitivam ente form adas, poco puede. Lo
mismo que las selecciones, sólo sirve de vehículo a la
acción de fuerzas que están fuera de ella; obra como
au xiliar inconsciente de los grandes agentes de trans­
m utación.
En cam bio, la influencia de la enseñanza, cuando
actúa sobre el alm a en form ación de un pueblo nuevo,
formado por el cruzam iento de distintas razas, como
el nuestro, constituye un verdadero factor psicológico,

148
que pesa en los rumbos y en los destinos de la civili­
zación.
El cruzam iento disocia los caracteres psicológicos
ancestrales con igual energía que los rasgos físicos;
destruye la herencia y debilita la fuerza del medio so­
cial, que es su consecuencia. El pueblo nuevo viene, así,
a ser una masa plástica sensible a todas las influencias,
sobre la cual el medio físico, el contacto de otras
civilizaciones y todos los agentes sociológicos en ge­
neral, obran con gran eficacia. Los caracteres, faltos
aún de consistencia, se modifican fácilmente. L as vir­
tudes y los vicios se pierden y se adquieren con una ra p i­
dez que desconcierta al observador habituado al estu­
dio d el' desarrollo de las viejas sociedades europeas o
asiáticas.
L a enseñanza es, pues, entre nosotros, a diferencia
de lo que ocurre en E uropa, un activo agente socioló­
gico, capaz de grandes males y de grandes bienes.
La segunda peculiaridad de nuestra enseñanza
es su descastamiento, o mejor dicho, la ausencia
de todo sabor y tendencia nacionales.
La posibilidad de una educación perfecta, adapta­
ble a todos los tiempos y a todos los pueblos, quim era
que todavía domina en la ciencia de la educación, fue
en otra época un error compartido por grandes pensado­
res. Spencer, en su ensayo tan prem aturo como desgra­
ciado sobre la educación, cayó en él. El propio G u y a u ,
que sentó algunas de las bases sobre las cuales princi­
pia a rehacerse la enseñanza, sólo consideró como
objeto de ella al hombre y a la especie59.
La antigua teoría de la educación prescindía,
pues, de su aspecto nacional; olvidaba que los hombres
están actualm ente agrupados en colectividades que di­
fieren fundam entalm ente en el grado de desarrollo y

i9L a Educación y la herencia.

149
en su m anera de pensar, de sentir y de obrar; y que esas
colectividades están anidadas de alm as qu e nacen,
se desarrollan y se modifican independientemente del
alm a de los individuos que las componen.
Este error teórico no logró descastar la enseñan­
za en los diversos países de Europa. N i la enseñanza
inglesa, ni la alem ana, ni la sueca, etc., se despojaron
de las modalidades que responden a necesidades del
carácter o del tem peram ento de la raza, ni renunciaron
al enérgico espíritu de nacionalidad que las inform a­
ba desde antiguo. El instinto de conservación nacional
y la fuerza de la tradición, se sobrepusieron a las quim e­
ras de una pretendida ciencia que reposa sólo en lucu­
braciones ideológicas.
Nuestros intelectuales, al copiar la enseñanza
europea, la despojáron de todas las tendencias nacio­
nales, y no cuidaron de reem plazarlas con otras deriva­
das de nuestra civilización80.
Quedó así, nuestra enseñanza, despojada de todo
espíritu de nacionalidad; adaptada a un orden de cosas
en que existan individuos y hum anidad, pero no na­
ciones.
La tercera peculiaridad de nuestra enseñanza es su
falta de arm onía con el grado de desarrollo social.
Entre las distintas civilizaciones europeas y los sis­
temas de enseñanza que ellas mismas se han creado,
hay una compenetración íntima, como que estos últi­
mos son productos de aquélfos. El estado de desarro­
llo social, la idiosincrasia del carácter nacional, los
medios circundantes, las necesidades creadas por los
acontecimientos y la educación, guardan arm onía.

‘“D entro de la antigua teoría de la educación, las mil p eculiari­


dades. el sello nacional que, como producto de sus respectivas civiliza­
ciones, caracterizan a los distintos sistem as europeos de enseñanza,
son detalles baladíes, cuando no im perfecciones q ue afean un sistem a
de educación.

15 0
Lo que en su grosero atraso científico los pedagogos
reprueban a la educación inglesa, por ejem plo, es p re­
cisamente su p rincipal mérito; es lo que la hace precio­
sa para la raza que la creó y fatal para el país que, como
Francia o C h ile , no tenga el desarrollo social, el tempe­
ramento o el carácter del pueblo inglés61.
Por el contrario, entre la enseñanza que nos hemos
dado y nuestra sociedad, hay absoluta falta de adecua­
ción. Es un vestido de seda rosa pálido, cortado sobre
el talle fino y esbelto de una modelo de P aqu in , llevado
por una araucana recia, retaca, ventruda y desgreña­
da. C op ia inconsciente de program as y métodos europeos,
no toma en cuenta nuestro patrim onio hereditario,
nuestro estado social, ni los rum bos trazados a nuestros
destinos por la naturaleza de los elementos físicos de
crecimiento y por los demás factores sociológicos.
L a influencia, desquiciadora de esta enseñanza ex ­
clusivamente intelectual, dada a un pueblo que no ha­
bía aún realizado la transformación perfecta de su
fase m ilitar en industrial, ni consolidado su desarro­
llo m oral, obró bajo muchos respectos, en el mismo sen­
tido que la influencia del contacto íntim o con Europa.
En los capítulos siguientes haré notar aquellas con­
secuencias morales y económicas que interesan a mi
propósito.

61 El defecto com ún a toda la educación sistem ática europea


no es su incongruencia con el estado actual de la civilización, como
se ha repetido en los últim os tiem pos, sino su im potencia, a causa del
atraso de la pedagogía y de la falta de ideales, consecuencia de la a n a r­
quía m en tal de n uestra época, p ara o b rar como agente de m ejora­
miento social.

151
C ap ítu lo x

E fectos e co n ó m ico s y so cio ló g ico s d e los ca m b io s


m a teria les y m o ra les v e rific a d o s en las
co n d icio n e s d e n u estra e v o lu c ió n

1
A medida que se producen en los factores económicos
y en las condiciones sociológicas de nuestra civiliza­
ción las m udanzas de que se ha hecho caudal en los dos
capítulos precedentes, principian a hacerse percep­
tibles numerosos fenómenos, que accionan y reaccio­
nan los unos sobre los otros, form ando una com pleja
red en que los efectos se tornan, a su vez, causas.
Entre estos fenómenos, unos, como la subordinación
de nuestro desarrollo agrícola al desarrollo de la in­
dustria salitral y el descenso en el poder adquisitivo
de la moneda, son de carácter meramente económico.
O tros, como la lentitud en el crecim iento, el aumento
anorm al de los consumos, el desarrollo de la empleo­
manía y del profesionalismo, el desplazam iento eco­
nómico del nacional y la concentración de la población
en las ciudades, tienen acentuada tendencia socioló­
gica. Finalm ente, algunos de los más interesantes y
trascendentales revisten un aspecto francamente
moral.
Estos últimos quedan, en realidad, fuera de los lí­
mites de este estudio; pero la estrecha conexión que
existe entre el desarrollo moral y el m aterial de un pue­
blo, me obliga a esbozar parcialm ente algunos de ellos.
H ay entre ambas fases de la civilización lazos tan indi­
solubles, que sin el conocimiento exacto de algunos
cambios morales, no es posible com prender nuestro
desenvolvimiento económico durante los últimos
cuarenta años, ni menos aún explicarse el origen com ­
plejo de los fenómenos que son el tema de este trabajo.

152
2
Com o lo hice notar al hablar de las modificaciones en
los factores económicos de nuestra evolución, el desa­
rrollo agrícola del país se hace extrem adam ente dé­
bil y lento desde 1873 en adelante. Incorporados ya a
la producción los terrenos fértiles del área regada, la
agricultura se encuentra forzada a aprovechar suelos
notablem ente más pobres o de cultivo más difícil, al
propio tiempo que el advenim iento a la concurrencia
universal de extensas regiones de A m érica, O cean ía
y Asia, reduce los precios de los productos agrícolas
justam ente a la mitad62.
L a decadencia de nuestra exportación agrícola
fue, pues, al principio la consecuencia de la n aturaleza
de nuestro territorio y de los cambios operados en la eco­
nomía universal.
U n nuevo factor debía de an u larla definitivamente.
C om o ya lo he hecho notar, la industria salitrera to­
mó rápido increm ento bajo nuestra soberanía. En
1880 se elaboraron 2.239.740 quintales de salitre,
y en 1900 ya la producción alcanzó a 14.600.995.
El desarrollo de la industria salitrera engendró
en las provincias de T a ra p a cá y Antofagasta un con­
siderable consumo de artículos m anufacturados, que
en su m ayor parte abastecieron las im portaciones
europeas; y una gran dem anda de productos agríco­
las y de brazos, a la cual hubo de subvenir el centro y el sur
del país.
L a acción com binada de estos distintos factores de­
terminó un hecho, de escasa im portancia para el estu­
dio de nuestra inferioridad económ ica, pero capital

62L a postración o estado de raquitism o de la ag ricu ltu ra chile­


na en tre 1875 y 1900, la atrib u y ero n los agricultores a los m alos años y
a la conversión m etálica; y los econom istas y la m ayor p arte de los polí­
ticos, a las crisis com erciales, a la desidia de los agricultores p ara adop­
ta r sistem as m ás m odernos de cultivos, etc.

153
para nuestra política económica y com ercial, que será
<;1 objeto principal de la segunda parte de este trab a­
jo : la subordinación del desarrollo agrícola al desarro­
llo de la industria salitrera.
C on trariad a por la n aturaleza del suelo y del clim a;
por el descenso m undial de los precios, consecuencia
del ingreso a la concurrencia de grandes regiones más
favorecidas; y raleado y encarecido el brazo por las
industrias extractivas, nuestra agricultura se encontró
en la im posibilidad de com petir con sus rivales en el
mercado universal; y renunciando a una lucha que no
podía soportar, concluyó por lim itarse a subvenir a
las necesidades del mercado propio que el salitre creó
en T arap a cá y A ntofagasta, al am paro del arancel adua­
nero.
D esde este momento, perdida la vitalidad propia,
su expansión se subordinó a las exigencias im puestas
por el desarrollo de la industria salitrera, com o el tén­
der a la locomotora que lo arrastra. C ad a m illón de qu in ­
tales de aumento en la producción de salitre hace ne­
cesario un consumo proporcionalm ente m ayor de
productos agrícolas. N uestra agricultura, p ara sub­
venir a la nueva dem anda, extiende sus cultivos o me­
jo r a los existentes; de tal suerte que cada paso que da­
mos en el sentido del agotam iento de nuestra riqueza
m ineral, reflejamente crea una nueva riqueza estable.
Por este curioso engranaje, que nuestros ideólogos
se niegan obstinadam ente a ver, el desarrollo agrícola
se ha reanudado con relativa fuerza; pero en condicio­
nes sustancial mente diversas de las antiguas. E n otra
época tuvo vida propia, independiente del salitre y del
arancel; hoy sólo puede realizarse a im pulsos del sa­
litre o de la m anufactura y al abrigo del arancel. M ie n ­
tras no se m odifiquen las condiciones de la economía
agrícola m undial está condenado a ser una planta de
conservatorio.

1 54
3
A medida que las com unicaciones se perfeccionaron y
la instrucción se extendió, se aceleró el éxodo de. los ha­
bitantes desde los cam pos hacia las grandes ciudades.
L a necesidad de educar a la fam ilia y los atractivos de
una vida más refinada arrancaron poco a poco al anti­
guo chileno de la casa solariega.
L as deficiencias de los censos antiguos, hacen im po­
sible un estudio rigurosam ente exacto del movim iento
de la población urbana y rural a través de las distintas
fases de nuestro desarrollo; pero las com paraciones
permiten constatar una acentuada concentración
urbana en el centro del país durante el últim o tercio
del siglo x ix 63.
Este fenómeno no es en sí mismo sino la m anifesta­
ción norm al de una tendencia común a todas las socie­
dades civilizadas. L o que lo hace interesante entre no­
sotros, son sus consecuencias económicas y sociológi­
cas.
En los países fabriles, cuya actividad industrial
ha alcanzado considerable desarrollo y cuya población
tiene ya desenvueltas en alto grado las aptitudes para
la vida m anufacturera, el aum ento creciente de las ma­
sas urbanas corresponde casi siempre a una necesidad
económica real. El individuo acude a las ciudades soli­
citado por las necesidades del industrialismo. A l aban ­
donar el campo, deja de ser agricultor y da a su actividad
un nuevo em pleo com patible con la vida urbana.
Entre nosotros las cosas pasaron de distinta m ane­
ra. Estim ulada artificialm ente la concentración u r­
bana por las solicitaciones del refinam iento en una época

63L a concentración que interesa al propósito de este p árrafo


es la que se verifica en ciudades de m ás de 6.000 habitantes. El resul­
tado de las cifras generales está aten u ad o por una corriente de d isp er­
sión ru ra l en las provincias de Bío-Bío a L lan q u ih u e, determ inada
por causas bien conocidas.

155
en que la m anufactura no existía ni podía existir, el
agricultor no encontró desde el prim er m om ento empleo
para su actividad que se arm onizara con su nueva vida.
Inepto p ara las industrias fabriles, que, por otra parte,
cuarenta años atrás era im posible crear entre noso­
tros, continuó siendo agricultor. Siguió dirigiendo
desde la ciudad las mismas explotaciones rurales en
que antes se había ocupado. Se produjo así el ausentis­
mo, o sea, el hábito contraído por los propietarios ru­
rales, de residir en el pueblo, confiando a empleados
la adm inistración de sus negocios agrícolas.
Sin hacer aún caudal de las consecuencias morales
de este hábito, él ha sido uno de los factores que más ha
contrariado nuestro desarrollo agrícola durante
los últimos treinta años. C onfiada la gran propiedad
a empleados que, en la m ayor parte de los casos, no tie­
nen interés en m ejorarla y en increm entar su produc­
ción, cuando no a campesinos rutinarios, algunos fun­
dos vinieron a menos; muchos han perm anecido esta­
cionarios; y todos han dejado de adelantar en la medida
en que habrían progresado si sus dueños hubieran
continuado residiendo en ellos después de la extensión
del riel, de la difusión de la enseñanza y del avance
de la civilización en general.
M á s trascendentales aún han sido los efectos socio­
lógicos de la concentración urbana.
C om o tenía fatalmente que ocurrir, dadas las cau­
sas que determ inaron entre nosotros la concentración
urbana, en los prim eros años se realizó, casi exclusiva­
mente, a expensas de la población rural en que la sangre
española estaba más pura y la civilización más avan­
zada. Fueron los patronos, los individuos pudientes,
los de m ayor desenvolvimiento intelectual y moral,
los que prim ero abandonaron los campos.
Esta selección habría sido perturbadora para el
desarrollo de la civilización rural, aun en países nor­

156
malmente constituidos. En países como el nuestro,
cuyas capas están separadas por abism os, por fases
enteras de la evolución social, y cuyos elementos supe­
riores ju ega n un rol civilizador excepcionalm ente
importante, sus consecuencias tenían que ser fatales.
L a gruesa masa de los campesinos cargados de san­
gre aborigen, privada de la eficaz influencia civiliza­
dora que por sugestión habían ejercido los elem en­
tos superiores, hasta entonces en estrecho contacto
con ella, no pudo proseguir la rápida evolucion que
venía realizando. Su desenvolvimiento moral sufrió
serios quebrantos. F alto de guía, se desorientó, se
detuvo y aun sufrió regresiones. El cam pesino no sólo
no continuó su jorn ad a hacia aspiraciones más nobles
y hacia una vida más regular y holgada, sino que retro­
cedió moralm ente. Se hizo más perezoso, m ás borra­
cho y más inexacto, cuando no ladrón o bandido.
Los servicios m unicipales, la adm inistración de
justicia de menor cuantía y la seguridad, se resintie­
ron. Antes que el desgobierno y el desquiciamiento ad­
ministrativo hicieran sentir sus efectos, ya la ausen­
cia de los elementos más civilizados y más morales,
había engendrado en los campos el desarrollo del robo
y del salteo, la relajación de la justicia, el abandono de
los caminos, etc.64.

64E 1 señor E. M a c - I v e r , en su »Discurso sobre l a ' crisis m oral de


Chile«, hizo n o tar el hecho de q u e el pequeño propietario ru ra l a b a n ­
dona el cam po im pulsado por la inseguridad.
El hecho es hoy efectivo, porque, como ocurre en los fenóm enos so­
ciales, el efecto se tornó causa; pero fue la ausencia de los pobladores
de m ayor valor m oral la causa q ue prim itivam ente determ inó la in­
seguridad. H ay al respecto tal abundancia de datos, q ue no cabe con­
tradicción.
Posteriorm ente, el distinguido J u e z de S antiago, señor L a z o de la
V e g a , n o tando la coincidencia del desquiciam iento adm inistrativo
en los cam pos con la vigencia del C ódigo P enal, atribuyó g ran im por­
tancia a la absorción del poder adm inistrativo por el ju d icia l, q u e fue

157
Por su p arle, los patronos, si bien recibieron la enér­
gica acción civilizadora de la ciudad, si subió indudable­
mente su cultura intelectual, no escaparon a la regre­
sión moral transitoria que siem pre sigue al cam bio
violento de los hábitos tradicionales. C om o habrá de
verse m ás adelante, el despertar del gusto algo adorm e­
cido por la ostentación, las jo y a s y las construcciones
rum bosas, no fue extraño a la concentración en la
ciudad de masas de agricultores ociosos.
Sus hijos, dem asiado elegantes y refinados para
soportar el am biénte rudo y polvoriento del cam po, e
inutilizados p ara la actividad fabril por nuestra ense­
ñ anza, han sum inistrado un abundante contingente al
profesionalism o y a la empleom anía.
L a concentración urbana, que es uno de los más po­
derosos factores del desarrollo de la civilización, a con­
secuencia . de nuestra originalísim a constitución étni­
ca y de otras peculiaridades nacionales, produjo, pues,
algunas perturbaciones transitorias, cuyos efectos eco­
nómicos fueron el debilitam iento de nuestro desarrollo
agrícola, ya quebrantado por la naturaleza de nuestro
territorio y por el gran descenso de precios que los pro­
ductos de la agricultura experim entaron en el mercado
universal; y su contribución al. desarrollo del lujo, del
profesionalism o y de la em pleom anía.
En cam bio, es hoy un factor muy favorable para
nuestra futura expansión fabril66.

la consecuencia de la promulgación de aquél. En realidad, no hay sino


una mera coincidencia, que deriva del hecho de haber adquirido in­
tensidad el éxodo de los patronos a la ciudad hacia la misma época en
que el Código entró en vigencia ( L a z o de la V e g a , E l Poder M uni­
cipal).
**En las memorias de viaje de los extranjeros que en distintas
épocas recorrieron nuestro país, se encuentran numerosas noticias
sobre la vida rural de las clases dirigentes de la sociedad chilena. Las
observaciones recogidas por M aría Graham son particularmente
interesantes.

158
4
A pesar del gusto por el atavío y la ostentación que el
chileno manifestó cada vez que los auges de la m inería
o de la agricultura derram aron abundancia y bienes­
tar, hasta el últim o tercio del siglo x ix la vida fue entre
nosotros sencilla y barata.
El aislam iento en que permanecimos respecto de
las civilizaciones refinadas, y el hábito, bastante gene­
ralizado entre los antiguos propietarios rurales, de
residir en sus fundos, m antuvieron adorm ecida la in­
clinación al lujo. Los palacios y los m obiliarios suntuo­
sos eran contados. El traje y la vida social, no tenían
ni aproxim adam ente las costosas exigencias de hoy.
El consumo de m ercaderías extranjeras era lim ita­
dísimo. »Las únicas prendas de vestir que se venden
públicamente en C h ile — decía en 1822, M a r ía G ra -
ham— son zapatos, o más bien zap atillas, y sombreros.
Esto no quiere decir que no se puedan com prar tam ­
bién género de Eu rop a o vestidos para las clases supe­
riores. ..« »Es que las gentes del país conservan toda­
vía la costum bre de hilar, tejer, teñir y hacerse todas
las cosas para su uso en su misma casa, excepto los z a ­
patos y los som breros"66.
Estos hábitos se modificaron con mucha lentitud
durante los dos prim eros tercios del siglo x ix . T od avía
entre 1860 y 1870 nuestra sociedad se diferenciaba po­
co del pueblo patriarcal que pintó la célebre viajera
inglesa. Aludiendo a los barrios elegantes y a las gentes
acomodadas en esa fecha, dice un observador perspicaz:
»La gran m ayoría de las casas era de un solo piso al
nivel del suelo, o con una o dos gradas de elevación. El
material que se em pleaba era de adobe, que se enlucía
y blanqueaba d esp u és...« »Por la m añana no se an­

66D iario de residencia en C hile durante 1822 y 1823, t. 1,


p. 184.

159
daba sino de manto y se estaba después en la casa con
vestidos hechos en la fam ilia con ayuda de las criadas«67.
Así explica cómo, a pesar de nuestra escasa cap a­
cidad productora, de nuestra desidia en la conserva­
ción de los objetos y de nuestros hábitos de despilfarro,
pudimos en esa fecha crecer con rapidez, mantener
equilibrados nuestros cambios y vivir con relativo
desahogo68.
Pero a medida que la enseñanza y el contacto con
E uropa nos refinaron, y la concentración de los a g ri­
cultores en las ciudades encendió la em ulación, se des­
arrolló el afán por los grandes palacios, por los m ena­
jes soberbios, por las jo y a s y por el lujo en todas sus for­
mas. Padres de fam ilia con más de diez hijos, cuya for­
tuna no excede de un m illón de pesos, invierten seiscien­
tos mil en palacio y menaje.
Por su parte, los viajes al extranjero y los nuevos há­
bitos de vida social, imitados principalm ente de los
trasplantados parisienses, imponen tam bién gastos
crecidos.
Y el afán de la ostentación, no ha quedado entre no­
sotros circunscrito, como en París, a un pequeño gru ­
po de fam ilias ricas, en su m ayor parte extranjeras, sino
que se ha extendido, sobre todo en Santiago, a la socie­
dad entera. El rico derrocha casi todas sus rentas, y el
pobre hace esfuerzos supremos por seguir un tren de
vida que no guarda arm onía con su fortuna.

67R a m ó n S u b e r c a s e a u x , Recuerdos de 50 años, pp. 55 y 7 1■


68El chileno an tiguo era m ás inepto que el de hoy como produc­
tor y como consum idor. A unque usaba con prodigalidad- del charqui,
el queso, el trigo y dem ás producciones de su fundo, y desconocía la eco­
nom ía parsim oniosa q ue caracteriza al tipo igualm ente inepto p ara
g an a r y p ara g astar el dinero, desde el punto de vista económ ico, se
acercaba a él. El aislam iento y otras circunstancias que rodeaban su
vida social, le m antenían artificialm ente encuadrado en u n a catego­
ría económica q u e no corresponde ni a su estado social ni a la psicolo­
gía de su raza , m ás ap ta p a ra gastar el dinero q ue p ara ganarlo.

1 60
Al aum ento en los consumos, determ inado por el
ansia de brillo, se une otro que, como él, d e m .i también
de la educación de nuestros gustos por l.t enseñanza
y el contacto.
Com o se recordará, al hablar de la lucha económica en­
tre las sociedades hum anas, hice notar que la sugestión
es el arm a más poderosa que los pueblos superiores em ­
plean para dom inar a los inferiores. D espertando su ad­
miración, inconscientemente los obligan a consumir
todo aquello que conviene a las necesidades económ i­
cas del superior, los convierten, por decirlo así, en
clientes o satélites de su expansión.
Pues bien, la intensa sugestión que desde mediados
del siglo x ix nos viene encadenando más y más es­
trechamente a E uropa, ha creado en nosotros el hábito
de consumir artículos de procedencia extranjera, no
sólo en la satisfacción de nuestros lujos, sino también
en las mil necesidades de la vida diaria. En la estadís­
tica de nuestras importaciones, al lado de los renglo­
nes útiles a la actividad productora, como el carbón,
la m aquinaria, etc., figuran con cantidades crecidísi­
mas las m ercaderías que, sin ser propiam ente de lujo,
están destinadas a llenar necesidades nuevas «readas
por el refinam iento o necesidades antiguas que antes
abastecía la producción nacional.
Tom an do las cosas en un sentido absoluto, nuestros
consumos irreproductivos no son exorbitantes. S an ­
tiago queda a este respecto muy por debajo de Buenos
Aires. U n a fam ilia de la clase media, no gasta en C h ile
más que en Inglaterra, bien que los desembolsos se rea­
lizan con objetos más frívolos.
M as, si relacionam os nuestros consumos con nues­
tra capacidad productora, la perspectiva cam bia. El
chileno, como se ha visto al bosquejar su psicología,
tiene todavía más desenvueltas y pésimamente edu­
cadas las aptitudes económicas. Sus grandes facul­

161
tades naturales o están aún adorm ecidas o se esterili­
zan en gran parte faltas de dirección. Los elem entos
físicos, por su parte, no sólo no suplen, como en otros
países jóvenes, con su superabundancia de fuerzas
los defectos de aptitudes de la población, sino que e xi­
gen, p ara ser fecundos, grandes capitales y grandes
capacidades económicas. E n sentido relativo, es decir,
habida cuenta de nuestra capacidad de producción,
nuestros consumos irreproductivos son hoy una ver­
dadera sangría suelta, que debilita nuestra expan­
sión económica y mantiene abatidos nuestros cam ­
bios internacionales69.

69N uestros econom istas h an señalado uniform em ente los consu­


mos de lujo como una de las causas de desequilibrio crónico de nuestros
cam bios; pero no han a trib u id o im portancia a un factor, a u n q u e me­
nos ap a re n te, m ás trascendental: el enorm e consum o de artículos ex­
tran jero s que, sin ser propiam ente de lujo, satisfacen necesidades de
la vida o rd in a ria q ue sólo indirectam ente concurren a la o b ra de la pro­
ducción. A su juicio, lo q ue sale al ex tran jero por este capítulo, lo
recobram os con creces en otra s esferas de la actividad. Así el esfuer­
zo q u e necesitaríam os gastar en la confección de las tejas con q ue an ­
tes techábam os nuestras casas, aplicado al salitre o al cultivo del trigo,
nos rin d e con exceso lo necesario p a ra pag a r el cinc con q ue hoy la
reem plazam os.
T ra tán d o se de un país en q u e el m edio físico responde con lar­
gueza a las solicitaciones de la actividad, es probable q ue las cosas p a­
sen así. P ero en un país de lim itados horizontes agrícolas, cuyas in­
dustrias ex tractivas, como el salitre y el cobre, están en su m ayor parte
radicados en m anos de extranjeros, y cuya población es todavía inep­
ta p a ra la actividad m anufacturera, difícilm ente puede verificarse
en la p ráctica la com pensación q ue nuestros econom istas infieren
ideológicam ente. P or lo m enos, es m uy sugestivo el paralelism o que
existe en tre el aum entó en los consum os de m ercaderías europeas
y el desequilibrio creciente de nuestros cambios.
E n todo caso, la desidia con que conservam os y la prodigalidad
con q u e consum im os hoy los artículos de procedencia ex tran jera ,
tiene q u e co n trib u ir a la debilidad y lentitud que se observa, a p artir
de 1865, en n u estra evolución económ ica m ás pesadam ente q u e el
despilfarro que en o tro tiem po hacíam os de aquello que, por p rodu­
cirlo nosotros, conceptuábam os sin valor; pues hasta la intensidad de

162
chileno lleva hoy una vida de estrecheces y de an­
gustia. Sus hábitos de consumo y su capacidad de p ro­
ducción atraviesan por un desequilibrio agudo. Su ac­
tividad, su arte industrial, sus aptitudes productoras
en suma, han doblado; pero sus necesidades de consu­
mos han cuadruplicado.

5
O tra de las consecuencias de los cambios en las condi­
ciones económicas y sociológicas de nuestra evolu­
ción, es el desarrollo del parasitism o. E n el últim o ter­
cio del siglo x ix y en lo que va corrido del actual, ha
crecido desmedidamente el núm ero de individuos que,
como los abogados, médicos, empleados públicos y
ciertos interm ediarios, viven a expensas de la colecti­
vidad sin concurrir eficazm ente a la producción.

vida económica que reflejam ente provoca el excoso de consum os irre­


productivos, va a fecundar econom ías extran jeras.
Precisando m ás mi pensam iento, si el exceso de consum os irre p ro ­
ductivos es uno de los factores determ inantes de nuestra inferioridad
económica, el hecho de ser artículos de procedencia ex tran jera los
que abastecen la m ayor p arte de los consum os de esta índole, es una
circunstancia agravante.
Se ha señalado, tam bién, el régim en del papel m oneda como una
de las causas d eterm inantes del aum ento de los consumos. N o tengo ob­
servaciones en la abundancia q ue sería m enester p ara desm entir o
corroborar el aserto. Las pocas q ue he visto en los tra tad istas carecen
de todo valor, p orque han sido recogidas en u na época en que no se cono­
cía la enorm e influencia q u e las alternativas de expansión y de dep re­
sión — q ue la sociología ha dem ostrado ser un fenóm eno n orm al, una
forma de crecim iento de las sociedades superiores— ejercen sobre los
precios, la circulación, los consum os, etc. M uchos de los aum entos de
consumos atribuidos al régim en del papel, según he podido c o m p ro b a r­
lo, han sido producidos por un estado de expansión. P ero, lo repito una
vez m ás, no tengo el núm ero de observaciones necesarias p a ra verifi­
car con arreglo a los m étodos positivos, las elucubraciones ideológi­
cas que los econom istas han hecho sobre esta m ateria.

163
Entre 1830 y 1867 Ia U niversidad tituló por tér­
m ino medio dieciocho abogados por año; en los cu a­
renta años siguientes el núm ero pasó de sesenta y cin ­
co; es decir, cuadruplicó, mientras la población no
ha aum entado en m ás de sesenta a setenta por ciento.
L o propio ha ocurrido en las demás profesiones libera­
les.
E l núm ero de los empleados públicos ha crecido,
por su parte, desproporcionalm ente con relación a
las necesidades de los servicios. Se han m ultiplicado las
reparticiones adm inistrativas y se ha aum entado la
planta de empleados de las que existían, más en con­
sideración a la pecha de los postulantes a ocupar los
puestos, que a exigencias reales del desarrollo de la
adm inistración70. C om o en la G recia de nuestros días,
el reparto de los empleos públicos ha llegado a ser en
la práctica, si no en la teoría, el núm ero más real y efec­
tivo del program a de los candidatos a D iputados o a Se­
nadores y el anhelo más sinceram ente abrigado por los
partidarios. Políticos que vacilan delante de los de­
sembolsos que requiere la construcción de los puertos,
el complemento del equipo ferroviario y el saneam ien­
to de las ciudades, dominados por la presión de los p arti­
darios y por el medio m oral que los envuelve, no retro­
ceden delante del aumento de los empleados públicos
innecesarios.
Los individuos que no alcanzan empleos de planta,
recogen las m igajas del presupuesto fiscal por medio
de las jubilaciones, de las pensiones y de los contratos
y comisiones para los objetos más variados, o enteran
los días voltejeando en rededor de los personajes in­
fluyentes, mientras les llega su turno.
Por últim o, el grem io de los interm ediarios, desde

70P odría señ alar algunas decenas de oficinas cuyo trabajo


no da ocupación p ara más de tres personas, que em plean diez y más.

164
el aristócrata corredor o com isionista, hasta el h u m il­
de chalán de puercos o de otras m enudencias a n álo­
gas, ha crecido en proporción qu e no guarda arm onía
con la potencia económ ica del país.
Las causas inmediatas de este fenóm eno son, como
ya lo anticipé al hablar de sus consecuencias económ i­
cas, algunos rasgos psicológicos que accionan y reac­
cionan entre sí haciendo recíprocam ente de causa y
efecto: la adm iración por las profesiones liberales, el
desprecio por el trabajo m anual, por el com ercio y por
las industrias fabriles, y la ineptitud com ercial e indus­
trial. Pero sus causas mediatas, o sea, el origen de los
factores que lo determ inan, derivan, en gran parte, de
las tendencias y vacíos de nuestra enseñanza sistem áti­
ca y de nuestro estado de civilización a la fecha en que
principió a ejercer su influencia.
Com o se ha visto en el capítulo anterior, nuestra en­
señanza, no obstante las reform as de los métodos y de
los program as, ha obrado siem pre en un mismo sentido:
el de señalar el cultivo de las ciencias y de las artes li­
berales como el único ideal de la vida y ha procurado
desarrollar sólo las aptitudes que conducen a la re a li­
zación de este fin, defecto de que como tam bién se dijo,
participan en diverso grado, todos los sistemas m oder­
nos de enseñanza. A hora, para com prender por qué
en C h ile inculca el desprecio por la actividad económ i­
ca, desarrolla la adm iración por las profesiones libe­
rales e in utiliza al niño como hombre de negocios, la
misma enseñanza que en Europa o no surte estos efec­
tos o sólo los surte m uy débilmente, hay que reparar en el
estado social del pueblo chileno y de las naciones europeas
a la fecha en que la enseñanza sistemática principió
a obrar sobre ellos con alguna energía.
Los com pañeros de Pedro de V a ld iv ia eran de una
psicología aún más guerrera que el común de los con­
quistadores de A m érica. Por lo menos los dos tercios

165
de ellos, procedían de los restos de las fracasadas ex ­
pediciones de Pero A n zures y de R odrigo de Q u iro ga al
descubrim iento y conquista de los C hunchos y de los
M ojo s, y de D iego de R ojas a los C h irigu an os, cuya
audacia y espíritu de aventuras salen de lo verosímil.
Sobrevivientes de expediciones en que »yendo y cam i­
nando se iban quedando los cristianos de tres en tres y
de cuatro en cuatro, fatigados y desflaquecidos, y enfer­
mos de ham bre y cansancio, y abrazados unos con
otros morían y pasaban de esta vida«, y «después de
cam inado más de setecientas leguas, de trescientos
españoles que entraron no salieron ochenta71, no
trepidaban en lanzarse a una nueva aventura que,
com o la conquista de C h ile, desde la expedición de A l­
magro, era reputada empresa de locos.
El español que continuó llegando a nuestro
país durante casi todo el coloniaje fue, tam bién, de una
psicología mucho más m ilitar que la corriente en
Am érica. L a poca abundancia de oro al alcance de los
rudim entarios procedim ientos de explotación de
la época y la prolongación de la guerra de A rauco, ale­
ja ro n al comerciante y al industrial y atrajeron al gu e­
rrero.
Se produjo así desde el principio una selección
qu e duró casi todo el coloniaje, la cual, si no tuvo la
exagerada trascendencia étnica que le atribuye P a ­
lacios72 , diferenció notablemente al colonizador de
C h ile, no sólo de la masa peninsular, sino tam bién de los
pobladores de los demás países hispanoam ericanos.
E l español que sum inistró el aporte paterno de nuestra
raza, fue más guerrero, más audaz y más enérgico, en
una palabra, un elemento étnico mucho más próxim o
aun al tipo netam ente m ilitar que el común del español

11 Inform ación de servicios de R odrigo de Q u iro g a M ed in a . Co­


lección de docum entos, i. x v i, p. 115.
72R a za C hilena.

1 66
de la época, cuya distancia de esa fase de la civilización
no era todavia m uy grande.
C om o consecuencia de esta proxim idad a la etapa
m ilitar, com partía el desprecio que todas las razas en
el mismo estado social, han profesado por los oficios
m anuales, por el comercio y por la actividad econó­
mica en general. Buscaba el oro por medio del botín o
del trabajo de los vencidos, y no por el ejercicio de oficios
que conceptuaba propios de villanos y de esclavos.
Apenas hay documento de la época que no dé testimo­
nio de este rasgo de la psicología de los españoles del
coloniaje. A ludiendo a él, dice B arros A ran a: »Vi-
gorosos y enérgicos para soportar los m ayores sufri­
mientos, dispuestos a acometer las más arriesgadas
empresas para adelantar la conquista, eran, en cambio,
poco constantes para los trabajos industriales, o tenían
por ellos una m arcada a v e rs ió n « ... «desdeñaban la
cultura agrícola y el ejercicio de las artes m anuales,
prefiriendo a todo la explotación de las minas en que
esperaban h allar espléndidos beneficios mediante
el trabajo forzado de los indios«73.
Aún más acentuado era el desprecio por la activi­
dad económica en el aporte materno. E l araucano, que
no había salido de la barbarie, no sólo tenía invencible
repugnancia por el trabajo, sino que aún no había des­
envuelto las aptitudes que lo hacen posible. Antes que
plegarse a las condiciones de vida de las sociedades
de tipo industrial, se extinguió, como ha ocurrido a
todas las razas que los acontecimientos históricos han
colocado en la alternativa de desaparecer o de dar un
salto dem asiado brusco en su evolución.
E l mestizo que form a el fondo étnico de la población
actual, desciende, pues, de progenitores cuya psicología
económica era, todavía, rudim entaria.

7SH istoria G eneral de Chile, t. 11, p. 241.

1 67
A la fecha en que la enseñanza sistem ática em pe­
zó a hacer sentir eficazm ente su influencia, el chileno
había avanzado en sú transform ación de tipo m ilitar
en industrial. D iversos factores habían contribuido a
este resultado: el araucano, negándose tenazm ente
a alim entar con su esfuerzo al invasor; el clim a y la po­
breza, haciendo im posible el em pleo en grande escala
del negro esclavo; los elementos físicos, que sólo sum i­
nistraban alimento al que los fecundaba con el sudor
de su frente; etc. El español, colocado en la alternati­
va de trabajar o de perecer de ham bre, paulatinam en­
te se amoldó al tipo de vida impuesto por los medios.
E l propio mestizo, m ucho más flexible que su antecesor
araucano, se plegó tam bién a la actividad económica.
E n las postrimerías del siglo x v m , no sólo explotá­
bamos más o menos regularm ente la agricultura y la
m inería, sino que construíam os la casi totalidad de los
buques que hacían la navegación de la costa sur del P ací­
fico, fabricábam os las jarcia s destinadas a su ap are­
jo e hilábam os y tejíam os la m ayor parte de los géneros
con que se confeccionaba nuestro vestuario74.
Pero, no obstante estos avances, que m arcan un pro
greso innegable con relación a lo que fuimos a m edia­
dos del siglo x ix , nuestras aptitudes para la actividac
económica eran, todavía, em brionarias, comparada:
con las que en esa fecha habían ya desenvuelto lo<
europeos y los norteamericanos. L a falta de iniciativa
de perserverancia, de moralidad, de arte o técnica in
dustrial y de ju icio com ercial, en una palabra, el débi

74Los com erciantes vascos que en g ran núm ero arrib a ro n a Chil<
du ran te el siglo x v m , no sólo desplazaron del com ercio, de la agricul
tu ra y de la m inería al español de tipo netam ente m ilitar que habí;
venido antes q u e ellos, sino que influyeron en n uestra evolución eco
nóm ica, perfeccionando y ennobleciendo el com ercio. Su influenci:
sobre el d esarrollo de las aptitudes m anufactureras fue, en cambio
casi nula.

168
desarrollo de todas las aptitudes que dan la eficiencia
económica que se advierten en el chileno de esa época,
manifiestan en forma inequívoca la extensión de la jo r ­
nada que aún le quedaba por hacer p ara transform ar­
se en tipo industrial perfecto.
A sí, pues, m ientras en Eu rop a y en Estados U nidos,
la instrucción obró desde el principio del siglo x rx so­
bre pueblos que se habían transform ado ya com pleta­
mente de tipos m ilitares en industriales, entre nosotros
actuó sobre un pueblo sem im ilitar, o sea, sobre una raza
cuya energía guerrera no se había transform ado sino
muy imperfectamente en actividad económ ica, y cu­
yos avances en este sentido, dem asiado recientes,
aún no estaban consolidados por la herencia.
C on estos antecedentes es fácil explicarse cómo
enseñanzas m uy próxim as hán surtido efectos muy
diversos.
Poniendo delante de los ojos del niño, desde que
principia a destellar en él la razón, las figuras de todos
los literatos, sabios, reyes, generales y em pleados pú­
blicos; cubriendo con el manto del olvido a los héroes
del trabajo y de las industrias; y prescindiendo de la
educación del carácter, la enseñanza gen eral, aunque
en menor grado que entre nosotros, en la generalidad
de los pueblos europeos, tiende a crear en el niño el
desprecio y la ineptitud por el trabajo industrial. Pero
su influencia se estrella en ellos contra la herencia
y el medio.
M il años más de civilización que nosotros, y el ejer­
cicio del trabajo industrial durante varios siglos, han
desenvuelto, con absoluta prescindencia de la enseñan­
za sistemática y aun a pesar de ella, en los pueblos eu­
ropeos, las aptitudes que hacen al hom bre de negocios
y las han fijado por la herencia. E l niño, al caer dentro
del radio de acción de la enseñanza, trae ya la p osibili­
dad de desarrollar esas aptitudes y una fuerte in cli­

1 69
nación a orientar su actividad dentro de los rum bos en
que sus padres la encauzaron. El medio que lo envuel­
ve obra, por su parte, en el sentido de despertar la heren­
cia, de la cual él mismo es un producto. E l ejem plo pater­
no, los am igos, las fábricas que encuentra a cada paso
y los mil factores por medio de los cuales la sociedad
aprisiona y moldea al individuo, contrarrestan las
solicitaciones del anacronism o que pom posam ente
denom inamos enseñanza científica, em pujan al
niño hacia los institutos técnicos y lo can alizan en
la actividad económ ica. Sólo un corto núm ero de elegi­
dos, de jóvenes que por disposición natural tienen ap ­
titudes y vocación especiales para estos géneros de
actividad, se orientan hacia el cultivo de la ciencia y de
las artes liberales, llenando una verdadera necesidad
social.
M uy distintas son las consecuencias prácticas de
la misma enseñanza, actuando sobre un tipo social
sem im ilitar, como el chileno.
Respecto del pequeño número de individuos cuya
com plexión mental se presta para el cultivo de las cien­
cias o de las artes liberales, sus efectos son los mismos
que en los pueblos europeos. D esarrolla gérm enes que
están en devenir; cum ple una función social útil, siem ­
pre que no canalice la actividad hacia la ciencia y las artes
en una medida excesiva, atendidos el volumen y v itali­
dad del organism o social. Pero ¿cuál es su influencia
sobre el niño que no encierra la posibilidad de ser sabio
o artista; es decir sobre el 98% de los educandos? Vam os
a verla.
Por grande que sea la sensibilidad del individuo a
los efectos de la educación — y la del chileno, como mes­
tizo, lo es mucho— , la eficacia de la enseñanza tiene
límites. N o está a su alcance dar poder intelectual a
quien nació sin él, ni hacer sabios de las medianías,
ni artistas de los individuos de simple buen sentido.

170
El noventa y ocho por ciento de los educandos, después
de hacer algunos versos, rem edar algunos períodos de
prosa, hacer algunos análisis quím icos, coleccionar
algunos insectos o plantas, o pintar una ensalada en
cuenta de paisaje, tiene que renunciar, de grado o por
fuerza, a un género de actividad para el cual carece de
aptitudes. Y aquí principia la buena. L a enseñanza
no ennobleció la actividad económica, no borró en el
niño el desprecio atávico por el trabajo industrial;
se limitó a transform arlo, es decir, a cam biar el despre­
cio que el m ilitar profesa a la actividad económica, ofi­
cio vil propio de esclavos, por el desprecio del intelec­
tual por los negocios y especialm ente por el comercio,
«ocupaciones m ezquinas y hasta envilecedoras"75.
Entretanto, las necesidades de la vida real golpean
a la puerta. H a y que alim entarse, vestirse, sostener una
situación social y form ar una fam ilia. El m uchacho se
pliega poco a poco a la actividad económ ica, ya des­
moralizado, porque ha tenido que rehacer su progra­
ma de vida, torciendo hacia rumbos distintos de aqué­
llos para los cuales fue m oldeado, tarea superior a las
fuerzas de los más. Pero aquí principia lo m ás grave.
La enseñanza que recibió no desarrolló en él sino las
escasas aptitudes que encerraba para la actividad cien­
tífica y artística. L as grandes fuerzas que hacen al hom ­
bre de negocios, la am bición fuerte, la confianza en sí
mismo, la iniciativa, la capacidad para la asociación,
quedaron adormecidas. L a ausencia de educación mo­
ral y de educación de la voluntad, que no form an parte
de la enseñanza que recibió, le dejaron desordenado,
falto de método, de disciplina y de perseverancia.

7sS obre 747 observaciones hechas al salir del colegio en niños


chilenos educados en S antiago, T a lc a , L inares, C uricó, y en m enor
número en otros liceos de la R epública, en 588 casos, com probé
netam ente definido el desprecio del intelectual po r la actividad eco­
nómica.

171
Y estas circunstancias, unidas a la falta de capacidad
técnica — pues la fatuidad intelectual le alejó de los ins­
titutos que debieron dársela— , le cierran la posibilidad
de em plearse en la actividad industrial y de educar el
ju icio económico.
L a herencia y el medio, a diferencia de lo que ocurre
en E uropa, no pueden rem ediar el m al. L as aptitudes
para la actividad económ ica, aún poco desenvueltas
a causa de la imperfecta transform ación del chileno
de la fase m ilitar a la industrial, salvo casos excepciona­
les, no resisten con fuerza a las solicitaciones de la en­
señanza sistemática, ni suplen sus vacíos. E l medio
social, la fam ilia, las relaciones, el género de actividad,
el am biente, en suma, no em puja con fuerza al niño al
trabajo industrial, ni puede darle fo que él mismo no tiene.
Este análisis de los efectos de la enseñanza sis­
temática en sus relaciones con la herencia y el medio,
basta p ara desentrañar el origen de dos de los rasgos
psicológicos que han determ inado de una m anera in­
m ediata el parasitism o: el desprecio por el trabajo
industrial, que sólo es una transform ación realizada por
la enseñanza, del desprecio hereditario que, por él
sienten todas las sociedades de tipo m ilitar; y la inep­
titud industrial y com ercial, consecuencia de la imper­
fecta transform ación de nuestra actividad m ilitar, y de
los ideales y tendencias de una enseñanza, calculada
para desarrollar sólo las aptitudes que conducen al
cultivo de las ciencias y de las artes liberales.
E l tercer rasgo, o sea la adm iración por las profesio­
nes liberales, deriva, de una reacción secundaria de los
rasgos anteriores.
N uestra enseñanza tiende por sí sola a canalizar
la actividad en las profesiones liberales. L a s faculta­
des que desarrolla se arm onizan infinitam ente más
con ellas que con la vida de los negocios. Esta tendencia
fue el punto de partida del prestigio inm erecido que,

172
por una verdadera sugestión social, han alcanzado
posteriormente.
Em pujando la enseñanza hacia las profesiones li­
berales a todos los jóvenes, por mil motivos, llegan al
térm ino sólo los de m ás talento y de m ás carácter natu­
rales. El éxito en la vida de estos individuos, que a las ven ­
tajas incontrarrestables del talento y del carácter
innatos, reúnen las que derivan de un género de activi­
dad, para el cual la enseñanza secundaria desarro­
lló aptitudes, tiene necesariam ente que ser m ayor
que el de aquellos que, a su menor fuerza de inteligencia
y de voluntad, añaden la desventaja de haber sido
moldeados por una enseñanza qu e procuró atrofiar el
desarrollo de todas las facultades que dan el éxito en
el género de actividad en que, de grado o por fuerza,
tienen que hacer su jornada. Y el contraste fue, toda­
vía, más notable años atrás, cuando la plétora profe­
sional no estaba aún producida. M ien tras el abogado
descollaba socialm ente, hacía de estadista y gan a­
ba con holgura su vida, el joven que no alcanzó título,
fracasaba o arrastraba una existencia modesta como
agricultor sin em puje ni cultura.
L as masas no penetran en la psicología del éxito
y del fracaso. El abogado descuella; luego el ejercicio
de la profesión de abogado es el empleo superior de la
actividad. Poco a poco, estim ulada por este error tan
natural, tomó cuerpo una verdadera obsesión por la
abogacía, profesión que, por otra parte, respondía
a una necesidad efectiva en una sociedad que, al decir
de un testigo abonado, «consideraba un título de honor
tener un pleito, a pesar de que suelen du rar años ente­
ros y arruinan más fam ilias que todas las demás causas
de ruina ju n ta s, con excepción del juego«78.

7sD on C a s i m i r o P e r e i r a A l b a n o , presidente de la Convención


p rep ara to ria de 1822.

173
D e esta suerte adquirió durante la C olo n ia y parte
de la R ep úb lica, carta de nobleza un oficio tenido al
principio por tan indigno de un hidalgo como el de m er­
cader77 .
Las mismas causas fueron ennobleciendo sucesiva­
mente las profesiones de agrim ensor, médico, dentis­
ta, etc., y despertando por ellas una adm iración que en
otra época sólo se profesaba a la abogacía. L a aristo­
cracia las conceptúa hoy profesiones honrosas, por
cuanto el saber que presuponen da lustre al abolengo; y
la clase media ve en ellas el cam ino más seguro para
escalar los honores y la posición social.
T a l es el origen de los factores que han determinado
el desarrollo del parasitism o. L a m anera m isma como
el fenómeno se ha producido, es tan notoria, qu e casi no
vale la pena añadir m ás a lo que dije al hacer el bosque­
jo psicológico del pueblo chileno.
L a adm iración por las profesiones liberales can ali­
za hacia ellas la actividad, determ inando, a pesar del
número reducido de los que llegan al térm ino, la plé­
tora con todas sus consecuencias económicas y morales.
E l exceso de profesionales y la turba enorm e de los ba­
chilleres fracasados en su intento de seguir carreras
liberales, suministran la mitad de los candidatos a em plea­
dos públicos; los limitados horizontes de nuestra ex­
pansión agrícola, y la repugnancia por la activi­
dad fabril y com ercial que nuestra enseñanza se ha
em pecinado en no destruir, suministran la otra mitad;

77E 1 concepto que los conquistadores tenían de los letrados se


refleja ab u n d an tem ente en todos los docum entos de los siglos x v i y
X V II.

L a R eal A udiencia, suprim ida por inútil en >574, fue restablecida


a principios del siglo x v n , contribuyendo desde esta fecha la a u to ri­
dad y el prestigio de q ue el Rey había rodeado a sus m iem bros, a dism i­
n u ir p au latin am en te el desprecio que n uestra sociedad, de psicolo­
gía netam ente m ilitar, profesaba a los letrados.

174
y la ineptitud industrial obliga a vegetar como corredo­
res, agentes o chalanes que no responden a ninguna
necesidad efectiva, a aquellos que no alcanzaron ni
profesión liberal, ni em pleo público, ni p laza en la a g ri­
cultura.
E l salitre, señalado por la observación superficial
como causa determ inante de uno de los factores del
desarrollo del parasitism o, la em pleom anía, sólo
ha sum inistrádo el cam po propicio al desenvolvim ien­
to vigoroso de gérmenes que estaban incubados desde
años atrás.
E n realidad, a la época en que el impuesto qu e grava su
exportación llevó algún desahogo al Fisco, ya la edu­
cación había canalizado al chileno hacia los empleos
públicos, reavivando su desprecio mal extinguido por
la actividad económica e inutilizándolo para el trabajo
industrial. D e aquí que, desdeñando los am plios ho­
rizontes que el salitre brindó a su esfuerzo, se precipita
ra sobre las m igajas del presupuesto)

6
Entre las consecuencias de los cambios en las condi­
ciones sociológicas de nuestra evolución que han reper­
cutido más enérgicamente sobre nuestro desarrollo,
debe contarse, tam bién, nuestra crisis m oral.
N o pasó por la mente de L astarria, de A m unátegui,
de B arros A ran a, ni por la de ninguno de los escritores
y educacionistas de las dos generaciones precedentes,
el temor de que la penetración íntima de nuestra alm a
por civilizaciones extrañas pudiera ser causa de gra ­
ves perturbaciones morales. C reían , con la filosofía
de su época, que el andam iaje de la sociedad tradicio­
nal podía ser reem plazado impunem ente por rem e­
dos de las sociedades europeas. Confiaban en que el
resultado de este cam bio sería una simple aceleración

1 75
del progreso'8. N o tom aron, pues, en los rum bos im ­
presos a la educación las precauciones que habrían
podido atenuar notablem ente los hondos trastornos
m orales que de él iban a derivar.
C om o ya se ha visto, la influencia de las civilizacio­
nes europeas, tardó bastante en penetrarnos íntim a­
mente. Entre los intelectuales de la generación anterior,
tal vez es B arros A ran a el más sugestionado; y, sin em­
bargo, por poco que sé ahonde en su psicología, se per­
cibe que, más allá de la cultura científica y literaria
netam enté europea, está en toda su integridad moral
el acervo de ideas y de sentim ientos acum ulados por el
alm a chilena en trescientos años de vida propia, rea­
lizada al am paro del aislam iento creado por la ubica­
ción geográfica y la deficiencia de las com unica­
ciones.
Pero, cuando en el último tercio del siglo x ix , las pro­
pias bases de sentimiento y de pensamiento sobre las
cuales descansaba nuestra sociedad, m inadas por la
educación exótica en el interior y atacadas desde afue­
ra por la sugestión cada vez más intensa de civilizacio­
nes más fuertes, cedieron, el desenvolvim iento moral
del pueblo chileno, que venía desde el origen de la raza,
realizándose en condiciones excepcionalm ente favo­
rables, se hizo más lento, se detuvo en absoluto poco
m ás tarde, y desde 1880 en adelante, experim entó

78E 1 deseo de d estru ir las bases de pensam iento y de sentim ien­


to de n u estra sociedad, o sea, de suicidarse, com o d iría u n sociólogo
de hoy, au n q u e sólo se generalizó m ás tard e, aparece ya con fuerza en
algunos escritores hacia 1840. L a sta rria , aludiendo a su influencia
sobre F r a n c i s c o B i l b a o , dice: »En este proceso tom aba por criterio
las ideas de n u estra escuela litera ria y política de C hile, sobre la nece­
sidad de d esarro llar en sociedad y en política los principios de la revo­
lución dem ocrática, reaccionando contra la civilización española,
contra todo el pasado colonial, a fin de regenerar nuestra sociedad
y de fu n d a r en nuevas ideas nuestro po rven ir#. L a s t a r r i a , Recuerdos
Literarios, p. 282.

176
una franca regresión. Se extendió rápidam ente en 1?
colectividad una postración, un m alestar confuso y g e ­
neralizado, cuyas líneas m ás salientes son el descon­
tento, la falta de fe en el porvenir, la pérdida de los h ábi­
tos y tradiciones de gobierno y adm inistración y una
especie de desequilibrio agudo entre las necesidades
y los medios de satisfacerlas.
N o es difícil señalar el origen de esta regresión,
que se ha denom inado la crisis m oral de C h ile.
L a base, la piedra angular de la m oral de toda socie­
dad, la constituyen las ideas y sentim ientos tradiciona­
les. Buenos o malos, sublimes o ridículos, p ara el críti­
co que los ju z g a por com paración con los de otros pue­
blos o con referencia a determ inadas sectas religiosas
o sistemas filosóficos, la experiencia social demuestra
que no pueden ser quebrantados o m odificados brusca­
mente, sin grandes trastornos morales. El advenim ien­
to del cristianism o marcó para la hum anidad un gran
paso; y sin em bargo, al quebrantar el patrim onio here­
ditario de la sociedad rom ana, influyó en la disolución
del im perio más que los latifundios, que los bárbaros y
que la propia corrupción, con ser grande.
Ahora bien, como ya lo hice notar en uno de los cap í­
tulos anteriores, la adm iración por las civilizaciones
europeas que el libro, la enseñanza y otros factores
despertaron en nuestra sociedad, tenía fatalm ente
que debilitar nuestras ideas y sentimientos tradicio­
nales. L a admiración por lo extranjero dism inuye, en
igual medida, la adm iración por lo propio. N o se da im ­
punemente una enseñanza calculada para enaltecer
sociedades extrañas, en un pueblo joven sensible a los
efectos de la educación. E l descontento de sí mismo,
las dudas sobre el porvenir y aún el desprecio abierto
por todo lo nacional, no se hacen esperar largo tiempo.
N uestra sociedad, al pasar bruscamente del enclaus-
tramiento colonial a un contacto íntim o con las civili­

177
zaciones europeas, experim entó, pues, un verdadero
desquiciam iento de su antiguo andam iaje m oral, por
la socavación de las bases en que estaba asentado.
N ada vino a reem plazar el edificio derruido, porque
las adquisiciones que hicim os por im itación, sobre ser
exclusivam ente intelectuales, fueron tan heterogé­
neas que su influencia m oralizadora tenía fatalm en­
te que anularse.
V o y a explicarm e.
Los pueblos, como los individuos, tienen tem pera­
mento y carácter propios, qu e im prim en un sello perso­
nal y exclusivo a todas las manifestaciones de su acti­
vidad. N o existen dos razas que piensen, sientan y obren
exactam ente igual. No obstante, las tendencias cos­
m opolitas de la civilización contem poránea, el alemán,
el inglés, el italiano, etc., conciben de una m anera par­
ticular aun aquellas instituciones que, como la religión,
la patria, la propiedad y la fam ilia, constituyen las ba­
ses fundam entales de su civilización común.
A hora, si de pueblos próxim os, como los qu e acabo
de recordar, pasam os a pueblos de civilizaciones dis­
tintas, como los indos, los japoneses y los austríacos,
o a naciones que tienen una civilización común, pero
desigualm ente desarrollada, como C hile, Bolivia,
F rancia y Estados U nidos, sus ideas y sentimientos es­
tán separados, no ya por el sello qu e le im prim e la idio­
sincrasia nacional, sino por verdaderos abismos. Son
clásicas las ideas estrafalarias que los indos educados
a la europea se form an de la libertad y de otros concep­
tos igualm ente fam iliares a los pueblos occidenta­
les79. N ada más interesante p ara el psicólogo que
los remedos qu e nuestros literatos, políticos, pedago­
gos y periodistas hacen de las ideas, sentim ientos e ins­
tituciones europeas.

19G . L e B o n , L a s C ivilizaciones de la India, t. n, p. 286.

178
C om o consecuencia de esta diversidad de com ple­
xión intelectual y m oral, los productos de una civiliza ­
ción no pueden ser asim ilados por otra, sin am oldarse
al carácter y al grado de desarrollo de esta últim a; y si,
como ocurre el caso nuestro, el alm a nacional, enerva­
da por la propia intensidad de la sugestión, llega á ha­
cerse impotente para realizar la transform ación, q u e­
dan las ideas y sentim ientos imitados, faltos de arm o­
nía y de coherencia entre sí y con respecto al patrim o­
nio hereditario o índole propia de la sociedad inferior.
D e aquí que, al infiltrarse por sugestión las ideas,
sentimientos e instituciones francesas, alem anas, in gle­
sas, etc., se form ara en nuestra m entalidad una m ez­
cla abigarrada y contradictoria en que todo choca y se
hace fuego, determ inando una verdadera interfe­
rencia m oral, semejante a la que se produce en el orden
físico por la destrucción recíproca de los rayos lum i-
80
nosos .
L as adquisiciones que fueron la consecuencia del
contacto, lejos, pues, de suplir el vacío que dejó el de­
rrum bamiento de la m oral tradicional, agravaron la
crisis con la anarquía qu e produjo la interpolación
de ideas y sentimientos exóticos.
Este debilitam iento sin compensación del presti-

80P ara explicarse la intensidad del trastorno, es m enester to­


mar en cuenta la extrem a sensibilidad de las sociedades nuevas, y el
hecho de haberse ejercido la influencia, no por el contacto social direc­
to, sino p o r medio del libro y de la enseñanza que él inform ó; es decir,
por anticipaciones teóricas que, verdaderas o falsas, exceden con
mucho a la realidad social europea. D e esta suerte nosotros, considera­
blemente atrasad o s con relación a las sociedades alem an a , francesa,
etc., hem os q u eb ran tad o todas las grandes fuerzas sociológicas que
hicieron posible el desenvolvim iento vigoroso de esos pueblos, p ara
reem plazarlas por ideologías que ellos son todavía incapaces de rea­
lizar. N unca h e podido contem plar esta faz de n uestra civilización sin
que me asalte la im agen de las tribulaciones del niño al cual se ingie­
ren ideas superiores a su desarrollo m ental.

179
gio de las ideas y sentim ientos tradicionales, determ i­
nó en nuestra sociedad un estado de am oralidad, o sea,
la relajación de la fuerza de los hábitos que regulaban
su conducta y su modo de ser, sem ejante al qu e el pue­
blo inglés experim entó en el período com prendido des­
de la R estau ra ció n . hasta el advenim iento de la casa de
H annover.
O tro fenómeno, originado tam bién por el contacto
y la educación, agravó sus consecuencias.
C reían nuestros padres — y aun continúan creyéndo­
lo casi todos nuestros intelectuales— que en el contacto
íntim o con los pueblos europeos, nuestra sociedad iba
a asim ilar arm ónicam ente toda su civilización; es
decir, que el contacto nos elevaría m oralm ente en la
misma medida en que iba a desarrollar nuestra inte­
ligencia; y que ju n to con refinarnos, nos daría las
aptitudes económicas necesarias para subvenir a las
nuevas exigencias creadas por el progreso.
D esgraciadam ente las cosas no pasaron así.
Com o ha ocurrido siem pre que un pueblo inferior
se ha puesto en contacto intenso con otros más desarro­
llados, asim ilam os los refinam ientos y la capacidad de
consumo propios de las civilizaciones superiores, sin
ninguna de las grandes fuerzas económicas y morales
que constituyen su nervio. A prendim os a asearnos,
a vestirnos elegantemente, a v ivir con comodidad, a
oír música, a apreciar las bellezas de la escultura
y de la pintura, a leer versos y a presenciar representa­
ciones teatrales; pero no adquirim os al propio tiempo
el sentido práctico, la aplicación regular y constante,
la exactitud, la capacidad p ara la asociación, la honra­
dez en sus variadas form as y la competencia técnica,
en la medida que permiten al europeo desarrollar una
eficiencia económica, en arm onía con las necesida­
des creadas por el refinam iento. Aprendim os a reme­
dar la etiqueta social y las instituciones; pero no asi­

180
m ilam os las virtudes privadas y cívicas que elevan la
vida y hacen posible el gobierno dem ocrático.
D ad a la sensibilidad de nuestra alm a nacional a la
acción de todos los agentes sociológicos, la enseñanza
pudo evitar el trastorno que iba a ser la consecuencia
de la excesiva facilidad con qu e los pueblos nuevos
asim ilan, por contacto, las frivolidades y el oropel de
las sociedades antiguas. P ara ello le habría bastado
reducir la educación intelectual a los límites estricta­
mente necesarios p ara hacer posible una sólida educa­
ción moral y económica.
Pero, como ya se ha visto, nuestra enseñanza gene­
ral, sobre estar especialm ente calculada p ara atrofiar
el desarrollo de las aptitudes que conducen a la activi­
dad industrial, omite dar el ideal económico, y confía
la educación m oral a »la influencia de las luces del espí­
ritu "81. Reducida a una simple instrucción, no sólo
no podía evitar los inconvenientes del contacto, sino
que tenía fatalm ente que aum entarlos, estim ulando
la adm iración por la ciencia, por las artes liberales y
por el oropel social, y creando en el individuo, con el re­
finam iento, necesidades nuevas.
Se produjo así un desequilibrio en nuestra alm a,
determ inado por el desarrollo excesivo de las faculta­
des intelectuales sin el correspondiente desarrollo
m oral, por las grandes necesidades impuestas por una
vida más civilizada a un pueblo desviado de la actividad

81 A unque lo estim o casi innecesario, qu iero precisar el alcan­


ce de este concepto sobre n uestra educación m oral, que repito p o r se­
gunda o tercera vez. T eóricam ente la educación m oral form a parte
de n u estra en señanza; pero reducida a unas cuantas nociones religio­
sas o a algunas abstracciones filosóficas, que enseñadas por medio
de m étodos pedagógicos contraindicados p a ra realiza r la verdadera
educación m oral y supeditadas por las tendencias opuestas de u na ins­
trucción desm esuradam ente desarrollada, en la p ráctica no alcan ­
zan a crear, como en la educación inglesa, un ideal de la vida y u na n o r­
ma de conducta práctica.

18 1
económica por la enseñanza que recibe, y finalm ente,
por la im portancia desmedida que el oropel social
pasó a ocupar entre los ideales de la vida.
D esde mucho antes que se hicieran aparentes los
síntomas de nuestra crisis moral, se venían, pues, rea­
lizando grandes cambios en el alm a chilena. G uando
adquirim os el salitre, hacía ya tiem po que la acción
com binada de la enseñanza y del contacto con civiliza ­
ciones m ás avanzadas, había quebrantado el andam ia­
je tradicional de nuestra sociedad y desequilibrado
nuestro desenvolvimiento mental. El trabajo lento y
silencioso que precede a los grandes trastornos morá-
les, estaba realizado.
Gomo ocurre casi siem pre en los fenómenos socia­
les, los efectos tardaron algo en seguir a las causas. Las
propias esperanzas quim éricas que cifrábam os en el
remedo de las sociedades europeas, aplazaron nuestra
desm oralización. M ientras confiábamos con fe senci­
lla en que el simple advenimiento de la libertad, el de­
sarrollo de la instrucción y la copia de las instituciones,
nos harían virtuosos, ricos y grandes, la sugestión op­
tim ista m antuvo nuestra moral. Pero en cuanto la reali­
dad disipó el ensueño, en cuanto palpam os que la ins­
trucción no nos había tornado sobrios, trabajadores
y honrados, ni las libertades nos habían hecho grandes
y fuertes, ni el sistema parlam entario había aum enta­
do nuestras virtudes cívicas, ni m ejorado el gobierno
y la adm inistración, desapareció la sugestión, dejan­
do no la realidad desnuda, sino el pesimismo que sigue
al derrum bam iento de las grandes ilusiones.
Perdida la fe en nuestras ideas y sentim ientos tradi­
cionales, atrasados y rudos bajo m ás de un punto de vis­
ta, pero definidos y perfectamente adaptados a nues­
tro entendim iento, como qu e eran el producto de su tra­
bajo secular, sobrevino la am oralidad, la relajación
general de las fuerzas directrices de la vida. D esquicia­

1 82
do nuestro cerebro por la interpolación de ideas y sen­
timientos exóticos, filosóficam ente todo lo elevados
que se quiera, pero vagos, contradictorios e im posibles
de ser asim ilados sin desfiguración, p ara nuestra com ­
plexión mental, falta de correspondencia con la de los
pueblos que los elaboraron, se produjo la angustia inte­
lectual y moral. M oldeados por la enseñanza para el
cultivo de las ciencias y de las artes liberales en una socie­
dad que, a diferencia de las antiguas, no tiene la institu­
ción de la esclavitud p ara satisfacer sus necesidades
económicas, ni tiene, como otros pueblos jóvenes, un
medio físico pródigo que supla las deficiencias de ap ­
titudes de la raza, nos encontram os en la im posibilidad
de subvenir a las grandes necesidades m ateriales im ­
puestas por una vida más culta y más refinada82.
O bligados a rehacer en la vida adulta los ideales y a re­
habilitar aptitudes que la enseñanza atrofió, cundie­
ron entre nosotros la desorientación, la duda y el des­
aliento.
L a s virtudes cívicas y las tradiciones adm inistrati­
vas, aún no bien consolidadas, desaparecieron con ra p i­
dez en cuanto se debilitaron las fuerzas m orales en que
descansaban.
El descontento, el abatim iento y la falta de fe en sí
mismo, inherentes a todo intelecto anarquizado y a toda
alm a desequilibrada, nos envolvieron en un m alestar
confuso y vago, que todos palpan pero que nadie de-
r 83
fine .

82A ludiendo a las consecuencias m orales de este desequilibrio


ha dicho u n célebre sociólogo y educacionista: »E 1 hom bre más hon­
rado del m undo cuando se encuentra reducido a la extrem idad e inca­
pacitado p ara salir de ella, se ve obligado a vivir de expedientes y se con­
vierte p ro n to en el peor de los picaros” .
83E ste m alestar, lo mism o q ue la a n a rq u ía de la cual deriva,
se refleja en toda n uestra producción intelectual de los ú lti­
mos veinte años; pero en ninguna p arte se condensa con m ayor fuer­
za q ue en un libro reciente: Sinceridad, olla de grillos en que se revuel-

1 83
T a l es el origen de la crisis m oral que nos azota, en
parte consecuencia ineludible y fatal de las transicio­
nes bruscas a que está sujeta toda sociedad inferior que
evoluciona en estrecho consorcio con otras superio­
res; y en parte, hija de la m iopía intelectual de los direc­
tores de nuestra enseñanza, em papados en una pre­
tendida ciencia de la educación, que es hoy una fraseo­
logía rancia desprovista de todo valor84. H a y en ella
mucho de transitorio, de perturbación pasajera, que
el propio juego de las fuerzas sociales habrá, de enmen­
dar; pero hay, también, algo grave y alarm ante que
am enaza nuestros propios destinos.

E l concepto de deber, que siempre estuvo en el chi­


leno menos desenvuelto que el de derecho, se ha debi­
litado considerablem ente. La tendencia a hacer del
placer y del bienestar e l objeto y el fin de la vida gana te­

ven los restos m utilado^ del alm a chilena, y las sugestiones aún crudas
de lecturas descabaladas; za ra b an d a infernal en que d anzan estrecha­
mente enlazados ensueños alem anes y yankees de poderío m aterial
y m oral y rem iniscencias del desprecio que los filósofos de o tra época
profesaban al com ercio y a los negocios en general; abortos de reivin­
dicaciones socialistas y el respeto a las instituciones y fuerzas q u e las
hacen im posibles; el antim ilitarism o y el sentim iento vigoroso de la
nacionalidad; los odios estrechos y sectarios de la filosofía crítica del
siglo x v iii y la adm iración por la ciencia positiva de n uestra época.
E sta obra, escrita por un educacionista distinguido, es un docu­
m ento de alto valor psicológico. M ás allá de lo que hay en ella de sub­
jetivo y aú n de convencional, m ás allá de las explosiones del tem pe­
ram ento del au to r y de las tintas recargadas por el recurso viejo
y m anoseado de convertir en regla la excepción, palp itan las angus­
tias intelectuales y morales de n u estra alm a desquiciada. R epitien­
do algo q u e dije en o tra p arte, m ás que el producto de un cerebro enfer­
mo, es u n a m anifestación aguda de la crisis que nos aflije.
84P or un fenóm eno curioso, la ciencia de la educación, que in­
tentó constituirse m ucho antes que la sociología naciera, ha que­
dado notablem ente rezagada con relación a los avances de las ram as
de la ciencia social q ue constituyen sus bases, y eso que estos avan­
ces no pecan por exceso.

184
rreno con rapidez; y lo que hoy es, todavía, una desvia­
ción fácil de corregir, si no se interviene, en el transcur­
so de algunas decenas de años se incorporará a firm e
en el alm a nacional.
Las consecuencias económicas de las perturbacio­
nes morales, se han dejado sentir no sólo por la vía del
desgobierno y del desquiciam iento adm inistrativo,
sino, como habrá de verse más adelante, por la destruc­
ción directa de algunas de las más poderosas fuer­
zas de expansión económica.

7
Finalm ente, entre las consecuencias de los cambios
verificados en los factores económicos y sociológicos
de nuestra evolución durante los últimos cuarenta
años, deben contarse, también, las manifestaciones
patológicas con cuya descripción inicié este estudio.
En efecto, si se hace por medio de curvas una rep re­
sentación gráfica del desarrollo de esos fenómenos
y otra de las m udanzas de que se ha hecho caudal en los
capítulos vm y ix, se advierte un paralelism o nota­
ble, que sugiere inmediatamente la relación de causa
a efecto.
Por los datos ya anticipados a este respecto, se ha po­
dido com prender que, ni las modificaciones en los fac­
tores económicos ocurridas dentro y fuera de la propia
casa, ni el aumento de intensidad del contacto con E u ro ­
pa, ni la difusión de la enseñanza, bastan por sí solos
para explicar la lentitud de nuestro crecim iento, la de­
bilidad de nuestros cam bios, el desplazam iento econó­
mico del chileno y la decadencia del sentim iento de la
nacionalidad observados en los últimos años; pero
esos mismos datos perm iten también entrever que, en
la compleja red de factores que han determ inado estos
fenómenos, les corresponde el prim er lugar.

185
C om o se verá con m ayor claridad en los capítulos
siguientes, su influencia directa ha sido grande, y la
que indirectam ente han ejercido por medio de las reac­
ciones secundarias de sus consecuencias, 0 sea el desa­
rrollo del parasitism o, la crisis m oral, etc., ha sido sen­
cillam ente enorme.
Capítulo xi

C ausas d e l d e sp la za m ie n to e co n ó m ico
d el n acio n al

Entre los factores que han determ inado el desplaza­


miento económico del nacional, ocupa el prim er lugar
el aumento en la intensidad del contacto con Europa.
E l español que acom pañó a Pedro de V a ld iv ia y el
que vino durante la C olon ia, fue en conjunto, como
lo acabo de decir, de un tipo más m ilitar y más alejado
de la fase industrial que el común de los conquistado­
res y colonizadores de A m érica, a su turno, menos aptos
para la actividad económica que la masa de la pobla-
, 8 5
cion peninsular .
El m estizaje agravó, todavía, las consecuencias de
esta selección m ilitar. El español al cruzarse con la
hembra de una raza que, como la aborigen, aún no salía
de la edad de la piedra, experim entó un considerable
retroceso en su jorn a d a hacia la fase industrial.
El medio físico y los acontecimientos históricos
obraron con extraordinaria fuerza en el sentido de trans­
formar el tipo m ilitar de nuestro conquistador en tipo
industrial; pero ni su enérgica influencia ni el refuerzo
que recibieron de la inm igración vasca del siglo x v m ,
pudieron nivelarnos con las viejas sociedades europeas.
D e aquí que al rom perse, después de la independen­
cia, el casi enclaustram iento en que las distancias, los
defectuosos medios de comunicación de la época y el

86Los principales conquistadores, no obstante las encom ien­


das que recibieron, m u riero n arru in ad o s. Pedro de V aldivia y F ran cis­
co de V illag ra debían al rey a la fecha de su fallecim iento gruesas sum as.
Francisco de A g u irre y J u a n J o fré m u riero n concursados.
propio régim en colonial español86, nos habrían
m antenido, el chileno y el europeo se encontraron en
la situación de líquidos de diversa densidad que se po­
nen en contacto en los vasos com unicantes. El inglés,
el francés, el alem án, el español, etc., más em prende­
dores, m ás perseverantes y más sobrios y favorecidos
por un arte industrial superior, tenían fatalm ente que
desplazar al chileno, cuyas aptitudes p ara la lucha eco­
nóm ica estaban aún poco desenvueltas y cuya educa­
ción industrial y comercial era nula.
Las mismas causas que produjeron el desplaza­
miento del antiguo conquistador español de la pose­
sión del suelo, de las minas y del com ercio por los vascos
que llegaron a nuestro país en el siglo x v m , un siglo
m ás tarde desplazaron de las industrias y del comercio
a los hijos de éstos, incapaces de afrontar la concurren­
cia aún más rigurosa creada por la facilidad y frecuen­
cia de las comunicaciones.

86N uestros historiadores han culpado al régim en de aislam ien­


to de la in ep titu d industrial con q u e salió el chileno de la C olonia. Sin
duda que bajo un régim en liberal de puertas abiertas, los trastornos
q ue provocó el contacto h u b ie ran sido m enos intensos; pero es menes­
ter no olvidar qu e, si los medios ob raro n con inusitada energia, transfor­
m ando en m enos de tres siglos a ú n tip o netam ente m ilitar en semin-
dustrial, ello se debió al aislam iento. Sin él, en lugar de la transform a­
ción, se h ab ría producido el desplazam iento y la elim inación de nues­
tra raza, cuyos defectos de educación la colocan hoy en condiciones de
inferioridad; pero cuya fuerza de voluntad es p ren d a de fu tu ra superio­
ridad, el día en que nuestra enseñanza renuncie a la tarea de formar
cerebros sin cuerpo.

T o d av ía, en otro terreno, el fenóm eno h asta hoy no explicado de


que, habiendo sido nosotros la m ás atra sa d a de las colonias, hayamos
m oldeado un alm a definida y p ro p ia an tes que los dem ás pueblos hispa­
noam ericanos, débese principalm ente a l aislam iento colonial.

E n realid ad , si a fines del siglo x v m estábam os bajo m uchos res­


pectos en el estado social de los ingleses del siglo x v , las causas de este
atraso fueron étnicas y no políticas.
M ien tras la intensidad del contacto fue m oderada,
el desplazam iento fue relativam ente lento; pero cuan­
do, a partir del segundo tercio del siglo x ix , aquél se hizo
intenso, fuimos desalojados casi com pletam ente de
la navegación y del com ercio, ram os en los cuales h ab ía­
mos dominado sin contrapeso años atrás, y desposeí­
dos de la naciente industria del salitre y de parte consi­
derable de la del cobre.

2
Si la concurrencia rigorosa creada por el contacto em ­
pujó al chileno del comercio y de las industrias, los idea­
les y tendencias de nuestra enseñanza lo separaron,
por su parte, atrayendo su actividad hacia otros rumbos
y reavivando su desprecio, todavía mal extinguido, por
el trabajo industrial.

C om o lo he repetido con insistencia m ajadera, el


chileno de los siglos x v i y x v i i profesaba a la actividad
intelectual y a la actividad económica el más profundo
desprecio. Am bos eran p ara él oficios indignos de h i­
dalgos. Pero el conjunto de circunstancias derivadas
de los medios y de los acontecimientos a que ya he hecho
también referencia, lo obligaron a plegarse a la acti­
vidad económica con un vigor de que casi no hay otro
ejemplo en la historia. Y a en el siglo x viii la mejor so­
ciedad de Santiago había aceptado la agricultura, la
minería y el comercio como oficios com patibles con
la dignidad hum ana. Los miembros más conspicuos
de la fam ilia L a rraín , cuya influencia ha quedado
clásica, eran en esa fecha comerciantes. D on F rancis­
co Javier E rrá zu riz, fundador en C h ile de la fam ilia
de este apellido, que ha dado a la R epública tres gober­
nantes, fue un com erciante honorable y distinguido.
Su prim ogénito don Francisco J a v ier E rrá zu riz y M a -

1 89
dariaga, abogado, alcalde ordinario, ju e z de com ercio
y rector de la real «Universidad de San Felipe<(, no
sólo ejerció él mismo el comercio, sino que dirigió p er­
sonalm ente la educación de su hijo R am ón, »a quien des­
tinaba especialm ente a seguir la carrera del comercio«87.
D on M ateo de T o ro Zam bran o, llevado a la presidencia
de la prim era Jun ta de G obiern o, más por su situación
social que por su capacidad política, ejercía igualm ente
el comercio. L argo tiempo después de la independencia
la mejor sociedad chilena continuó considerando el
comercio como oficio decoroso. Bástem e recordar a
don D iego A ntonio Barros, caballero de alta situación
social y padre del m ás ilustre de nuestros historiadores,
y a don D iego Portales, la más a lia expresión del genio
político de nuestra raza.
Entre 1540 y 1840 nuestra evolución fue perfecta­
mente norm al. D urante tres siglos la pasmosa ener­
gía, guerrera acum ulada por una selección durísi­
ma, se transformó lenta pero constantemente en acti­
vidad industrial. Prim ero pastoream os el ganado,
aram os la tierra y recogim os el oro fácilmente explota­
ble; después hicimos el comercio y la navegación; y ha­
cia el fin, principiaban a manifestarse las aptitudes de
m ás tardío desenvolvimiento, o sea, los que hacen posi­
ble la actividad fabril88. El concepto social de la

87D on R am ón E rráz u riz y A ldunate, nacido en S antiago en 1785


y radicado como com erciante en C ádiz, desde principios del siglo xix.
M e d i n a . L o s E rrá zuriz, p. 65.

88El medio em pujó con tal fuerza al español hacia el trabajo


que, no o bstante su repugnancia po r él y su ineptitud, en el siglo x v i ya
funcionaban, en tre otros establecim ientos industriales, los ingenios
de caña de azú car de A guirre en C opiapó y de G onzalo de los R íos en
La L igua; las fábricas de tejidos de R odrigo de A raya en el S alto, de Ju a n
Jo fré en P eteroa, de Alonso de C órdoba en R ancagua y o tra en O sorno;
los astilleros de A ntón N úñez en Concón, de J u a n Jo fré en M a u lé y otro
en V aldivia; los m olinos de B artolom é Flores, R odrigo de A raya y J u a n

190
actividad evolucionó, como era ineludible, en sentido
paralelo a la evolución de la actividad misma. Se ha
visto la situación social de las personas que hacían el
comercio. Los esfuerzos de un intelectual, com o don
M an u el de Salas, en favor de la fábrica de tejidos que
hizo instalar con el concurso de San tiago H eitz, llegado
al país en 1804, la aceptación que esta tentativa encon­
tró en el público, la introducción hecha por el mismo Sa­
las del gusano de seda como explotación industrial, y
mil detalles m ás que om ito para no alargar, revelan
que, si las aptitudes mismas p ara el trabajo fabril no
habían alcanzado aún desarrollo com pleto, ya la
repugnancia de nuestra sociedad por él, había dism i­
nuido notablem ente.
Pero hacia esta fecha entra e n ju e g o un nuevo factor.
La enseñanza sistemática solicita al niño hacia las
letras prim ero y hacia las ciencias más tarde, y desarro­
lla sólo las aptitudes que conducen a este género de
actividad. O bra en el sentido de hacer saltar a nuestra so­
ciedad de la fase m ilitar a la intelectual, antes de com ­
pletar su evolución hacia el industrialism o. Procura
form ar un cerebro sin cuerpo. „
La transform ación de nuestra prim itiva energía
guerrera en actividad industrial era, todavía, dem a­
siado incom pleta y reciente, p ara que pudiera resis­
tir a la influencia del nuevo factor. El desprecio por el
comercio, apenas adormecido, como que en el orden
del tiempo m arca la última etapa que alcanzam os a ha­
cer en nuestra jorn ad a hacia la fase industrial, rea-

Jofré; la de ja rc ia de J u a n B autista Pastene en T a g u a -T a g u a ; la de a l­


farería d e Jeró n im o d e A lderete. P ero esta te m p ran a canalización del
conquistador en la actividad industrial, se estrelló con el escaso desenvol­
vim iento que en esa fecha h ab ian alcanzado sus aptitudes p a ra este gé­
nero de trab ajo . A m u n At e g u i . L as Encom iendas de indígenas en C hile,
t. l, p. 77 y M e d i n a . D ocum entos.

19 1
pareció con fuerza89. El chileno puesto en contacto
con el com erciante extranjero, en lugar de acentuar su
vocación por esta carrera y de perfeccionar, por la in­
fluencia refleja del roce sus aptitudes para ella, como
seguram ente habría ocurrido a no m ediar factores de
perturbación, solicitado por la enseñanza en otras
direcciones, le volvió desdeñosamente la espalda.
Pocos años más tarde los nietos de los patricios que
en el siglo x v m dominaban en el comercio y en nuestra
sociedad, procuraban ocultar, como algo desdoroso,
el oficio que desem peñaron sus mayores, o se volvían
duram ente contra él. U no de ellos, producto ya formado
dentro de los ideales de la enseñanza sistemática, don
Benjam ín V icuñ a M ackenn a, decía, en tono de re­
proche: »En el siglo x v m los labriegos de N avarra y
los mercaderes de V izc a ya , se adueñaron por el so­
brio trabajo y la avaricia apretada de la herencia de los
fieros encomenderos de la conquista«90. M uch o
más tarde, al concluir el siglo x ix , otro de otros nietos,
joven de gran valor m oral, se asoció a una firm a italiana
para girar en el ramo de abarrotes, contrayendo la ob li­
gación de intervenir personalm ente en el giro del nego­
cio; y su decisión fue recibida como cosa inaudita que
llevó la estupefacción a sus relaciones.
T a n enérgica es la influencia de nuestra enseñanza
en el sentido indicado, que he recogido de los labios
de padres ingleses que colocaron sus hijos internos en
colegios chilenos, es decir que los sometieron, separándo­
se de ellos, a la acción de la enseñanza sistemática en
un medio chileno, relatar los grandes esfuerzos que les
costó volverlos a la actividad económica. N o sólo desea-

89Es m enester recordar que, adem ás de ser en tre las conquistas


alcanzadas la menos consolidada por la herencia, y por consiguiente
la m ás débil, los chilenos q ue lo ejercían por residir en la ciudad, reci­
bieron p rim ero y con m ayor eficacia la influencia de la enseñanza.
90 V i c u ñ a M . L a Q uintrala, p. 47.

192
ban ser escritores, abogados, médicos o ingenieros,
sino que despreciaban la industria y el comercio. La
herencia en la más fuerte de las razas modernas, no fue
bastante a contrarrestar las solicitaciones com bina­
das de la enseñanza sistemática y del medio. Se calcu ­
lará la energía de su acción, obrando sobre una raza
mestiza recién reconciliada con el trabajo industrial.
L a psicología del desprecio al comercio, al reavi­
varse bajo la influencia de la enseñanza, experim entó
una transform ación. Y a no es la repugnancia del hidalgo
de lanza y espada por el oficio del villano o del ju d ío,
sino una m ezcla confusa de esta misma repugnancia con
el menosprecio que el intelectual siente por el merca-,
der. »Desde Aristóteles has'ta C a rly le — ha dicho John
Lu bbock— los filósofos, por lo menos gran núm ero de
ellos, han escarnecido a quienes se ocupan en el com er­
cio y los negocios, o más bien, han vituperado al com er­
cio y los negocios mismos, como ocupaciones m ezqu i­
nas y hasta envilecedoras"91, y este ju icio ahorra
toda explicación sobre el origen del fenómeno
que acabo de apuntar.
Paralelam
I
ente a la difusión de la influencia de
Bello, de M ora, de Lastarria, etc., se desarrolla un flore­
cimiento literario que no guarda arm onía ni con el de­
senvolví riniento mental del pueblo chileno en esa época
ni con nuestra vitalidad económica. A lcan za su apogeo
en la generación siguiente, o sea la de A m unátegui,
Vicuña M acken n a, Barros A ran a, Alberto, G uillerm o
y Joaq uín Blest G a n a , V alderram a, M atta , L illo, B a ­
rros Grejz, Ju sto y D om ingo A rteaga A lem parte, R o d rí­
guez Velasco, Eduardo de la B arra, A m brosio M ontt,
Carrasco A lbano, Blanco C u a rtín . R odríguez y cien
más, para languidecer poco después, como todo lo a r­
tificial. Pero nuestra sociedad, desviada de su evolución

n K! ile lu riiía. p. '¿9.

193
norm al, no volvió al cam ino recto. L a inmensa turba
de los aspirantes fracasados a sabios, a literatos o a ar­
tistas, incapacitados p ara el trabajo industrial, se orien­
taron hacia las profesiones liberales y los empleos
públicos. H a habido abogados qu e han tenido que so­
licitar el puesto de oficial de R egistro C iv il en cabecera
de departam entos modestos para poder vivir. L a ense­
ñanza secundaria generó el tipo de bachiller, especie
de babu indo, cuyas líneas salientes son el vacío m oral,
la fatuidad intelectual y la incapacidad p ara ganarse
la vida en ningún oficio útil. E n tre 1850 y 1859, la
U niversidad tituló por térm ino medio 19 al año; entre
1875 Y '879, ya titulaba 1.74. L a flor y nata de nuestra
raza, lo que m ás vale en carácter, en inteligencia y en
m oralidad, al revés de lo que ocurre en Estados Unidos,
se alejó de la actividad productora, y se dirigió hacia
las profesiones parásitas.
D o esta suerte el chileno, solicitado por la enseñanza
en otra dirección, abandonó con agrado el terreno en las
industrias y el com ercio al extranjero que lo em pujaba.

3
Por últim o, la concentración creciente de nuestro des­
arrollo m aterial en las industrias extractivas del salitre
y del cobre, ha influido, tam bién, en el fenómeno que estu­
dio. C om o lo hice notar en el capítulo 111, estas industrias,
que tienen las grandes exigencias de capital y de competen­
cia técnica de la m anufactura, ofrecen un campo singular­
mente propicio para el desplazam iento del nacional. En
ellas el extranjero, que tiene en su favor la abundancia de
los capitales, el tipo bajo de interés y la m ayor competen­
cia técnica y adm inistrativa, no tiene en contra, como en
la agricultura, las mil peculiaridades que derivan del cli­
ma y del suelo y que hacen extrem adam ente difícil y
eventual la dirección adm inistrativa para el qu e no está
en el terreno.

194
L a rápida intensidad qu e el desplazam iento adquirió
entre 1880 y 1900, o sea durante el período de form a­
ción y desarrollo de la industria salitrera en T a ra p a cá ,
deriva de esta causa. L a reacción que se percibe después
de 1900, se explicará en el capítulo final de este volum eií,
al hablar de la evolución económica en la hora actual.
Capítulo x ii

C ausas de la d e b ilid a d y le n titu d de n u estro


d e sa rro llo desp u és de 1865

En el concierto de las naciones hispanoam ericanas, C h ile


ocupó años atrás una posición más espectable que hoy.
E ra menor la distancia que le separaba del B rasil, la
Argen tin a no le había sobrepasado, y se divisaba más
distante la posibilidad de que las demás repúblicas lle­
garan a nivelarse con él.

H abía indudablemente en este orden de cosas algo


de artificial.
La configuración geográfica del país; la disciplina
creada por la guerra de A rauco, y algunas de aquellás cir­
cunstancias accidentales que tanto suelen pesar sobre
los destinos de los pueblos, como la existencia de una sola
ciudad de gran im portancia, la seriedad y honradez de casi
todos los últim os gobernantes de la C olon ia, y la apari­
ción m ilagrosa en una sociedad que pasaba sin interme­
dio de la ignorancia a la ideología, de un estadista en
quien se aunaban las grandes capacidades del hom bre de
acción y un concepto del estado social y de la idiosincra­
sia de la raza tan claro que toca los lím ites del genio, con­
solidaron entre nosotros el orden mucho antes que en las
restantes nacionalidades desgajadas de España. Esta
circunstancia nos perm itió tomar una ventaja que no
guardaba arm onía con la modestia de nuestros elemen­
tos físicos de crecimiento.

Sin em bargo, nuestro descenso de posición no es el


resultado de sólo el avance inevitable de naciones favo­
recidas por grandes factores m ateriales, hasta ayer per­
didos a causa de la anarquía y fecundados hoy, al ampa­

1 96
ro del orden y de la regularidad, por los brazos y capitales
propios y extraños, sino, tam bién, de una decadencia
muy real y efectiva en la vitalidad de nuestro desarrollo.
N o es una anom alía que, teniendo nosotros en 1854
trescientos cuarenta y siete mil habitantes m ás que la
República A rgentina, tengamos hoy tres m illones me­
nos que ella. Pero sí lo es — y grande— que, sin exceder
aun nuestra población de tres y medio millones, su cre­
cimiento anual haya disminuido a menos de la m itad, y
sea hoy inferior al de H olanda, al del Ja p ón y al de In gla­
terra, como todo el mundo lo sabe, países saturados que
experim entan fuertes pérdidas por em igración92.
Desde mediados del siglo x ix , el orden ya estableci­
do se consolida definitivam ente, los cam inos y el riel
dan salida a los productos, las com unicaciones con E u ro ­
pa se hacen rápidas y frecuentes, la instrucción se di­
funde, el em presario y el capital extranjeros m ovilizan
nuestras riquezas naturales, la civilización, en sum a,
avanza con energía; y sin em bargo, el crecim iento de la
población decae desde 2,61 % en 1854, hasta llegar a
,1,11 % en la hora actual, descartando por erróneas las ci­
fras de 0,75% y 1,51% que consigna la estadística oficial
para los últim os veintidós años.
Com o lo hice notar en el capítulo prim ero, el desarro­
llo de la agricultura, de la m inería, exceptuando el sali­

92C om o se reco rdará, el crecim iento de la población ha sido en


Chile; 2,61% en tre 1843 y 1854; 2,15% en tre 1854 y 1865; 1,33% entre
1865 y 1875; 1,59% entre 1875 y 1885; 0,75% en tre 1885 y 1895; Y
1,51% en tre 1895 y 1907. C om o tam bién se recordará, el aum ento de 1875-
1885, fue producido por la incorporación a n uestra soberanía de T a c ­
na, A rica, T a ra p a c á y A ntofagasta. P or últim o, hay que tener presen­
te que las cifras ab surdas de 0,75% en el decenio 1885-1895 y 1,51% en
el de 1895-1907, son el resultado de una inflación ordenada p a ra Tines
electorales en el censo de 1885 y de graves deficiencias en el censo de
1895. L a últim a com isión del censo no quiso hacer caudal de estos erro ­
res, a fin de no p roducir en el público la im presión pesim ista que dejan
las cifras. N u estro crecim iento actual es aproxim adam ente de 1,11%.

1 97
tre, del com ercio, de la m anufactura y de la navegación;
no es más satisfactorio que el de la población.
M e ha parecido oportuno agru par en un capítulo las
causas de este fenómeno, dispersas en el curso de este
trabajo.

2
A partir de 1873 se produjo un descenso m undial de los
precios que alcanzó su lím ite extrem o en 1896. El índi­
ce de Sauerbeck bajó paulatinam ente de m a 61, lo que
traducido al lenguaje corriente significa que las distin­
tas m ercaderías que son objeto del com ercio, perdie­
ron con relación a la m oneda, por térm ino medio, casi
la mitad de su antiguo valor. El descenso fue aún más
acentuado en los artículos de procedencia agrícola. El
precio del trigo, del m aíz, de las arvejas, de la avena, etc.,
se redujo a la mitad: 106 en 1873 y 53 en *896.
L a s causas de este descenso son num erosas y no inte­
resan al propósito de este párrafo. Bástem e recordar dos:
la desm onetización de la plata, realizad a en la década
1870-1880 en casi todos los países del continente
europeo; y el ingreso a la producción de grandes zonas
agrícolas hasta entonces sin fácil salida al m ar. Como
se recordará, entre 1870 y 1890 ingresaron a la concu­
rrencia agrícola universal, India, Estados U nidos, C a ­
nadá, R u sia, A ustralia y la R epública Argentina.
El descenso de los precios y las perturbaciones que
este fenómeno llevó a la actividad económica entera, pro­
dujeron en los negocios un prolongado m alestar, una es­
pecie de crisis sorda o latente que duró largos años. Fue
tan considerable la influencia de este estado de depre­
sión continuada sobre todos los fenómenos económi­
cos, que la fiebre que entre 1882 y 1884 encendió en
Francia el plan de trabajos públicos de Freycinet, con­
trariando a la experiencia de todo el siglo, ni repercutió

198
sobre Inglaterra y A lem ania, cuyos mercados esta­
ban en estrecha com unicación con el francés, ni detuvo
transitoriam ente el descenso de los precios. »Los ne­
gocios están universalm ente malos; nadie gana« — de­
cían los economistas de la época.
Este m alestar se reflejó muy especialm ente sobre
el desarrollo agrícola. Los antiguos países exp ortado­
res de cereales tuvieron que m oderar el suyo, para hacer
lugar a los recién llegados, cuyos suelos vírgenes el riel
había acercado al mar.
E l descenso incesante del valor de la moneda disim u­
ló a los ojos de los contem poráneos la baja enorm e en los
precios de los productos agrícolas, que a la sazón form a­
ban parte im portante de nuestras exportaciones; pero el
estudio detenido de esa época, no deja lu gar a dudas sobre
la influencia desastrosa que ejerció en nuestro desarrollo
agrícola, sobre el cual descansaba en aquel entonces
casi exclusivam ente nuestro crecim iento.

3
Un factor interno agravó entre nosotros las perturba­
ciones que el ingreso a la concurrencia universal de las
nuevas zonas productoras, causó en la expansión de los
antiguos países agrícolas.
C om o lo hice notar en el capítulo v m , hacia la mis­
ma época en que se produjo el descenso en los precios de
los productos agrícolas, term inó la incorporación al
cultivo extensivo de los 6.000 K m 2 m ás fértiles y más
fácilmente aprovechables de nuestro territorio, y se bro­
cearon casi todas las minas de ley alta y de fácil exp lota­
ción. D e suerte que el desarrolló agrícola tuvo que en­
cauzarse en el mejoram iento de lo ya aprovechado y en la
extensión de los cultivos a suelos más pobres o de más
difícil trabajo; y el minero en la explotación del salitre y
de yacim ientos de cobre de ley baja, que requieren gran ­

199
des capitales y m ayor arte industrial. E l rendim iento
del esfuerzo económico en las nuevas condiciones dentro
de las cuales se encauzó nuestra actividad, tenía necesa­
riam ente que ser menor.
A sí, pues, m ientras una perturbación de carácter
m undial contrariaba desde afuera nuestra expansión,
las m ayores dificultades que en el interior le presentaban
los elem entos físicos, contribuían a dism inuir su v itali­
dad pasmosa de las décadas precedentes.

4
La concentración prem atura de los habitantes de los
cam pos, y especialm ente la de los patrones en las grandes
ciudades, debe, contarse, tam bién, entre las causas que
han debilitado en los últim os cuarenta años nuestro
crecim iento.
Sin desconocer, como ya lo dije en otra parte, la acción
civilizadora de la ciudad ni las ventajas que la concentra­
ción tiene para nuestro futuro desarrollo fabril, el éxodo
de la población rural, que se hizo m uy sensible después
de 1860, perturbó nuestro progreso agrícola. E l ausen­
tismo trajo por consecuencia el abandono de muchos p re­
dios confiados a manos ineptas, la inseguridad y el des­
perdicio del tiempo en los cam pos, sin com pensación,
por lo menos inm ediata, en otras ram as de la actividad.
Porque, como tam bién lo hice notar, la falta de indus­
trias fabriles y el desprecio por el com ercio, im pidie­
ron que los patrones y sus hijos agrupados en la ciudad, en­
contraran para su actividad em pleo com patible con su
nueva vida.

5
M á s pesadam ente aún que las tres causas anteriores re­
unidas; ha influido el desprecio de la población por el
trabajo m anual, por las industrias fabriles y por el co­
mercio, y el escaso desenvolvimiento y la m ala educa­
ción de las aptitudes qu e dan el éxito en la actividad fabril
y com ercial.
L a s favorables condiciones de nuestro territorio para
la actividad fabril han perm anecido hasta hoy in apro­
vechadas. N o sólo no han surgido las industrias que, por
su n aturaleza, sólo pueden tomar cuerpo en países de
población densa, sino tam poco aquellas que son perfec­
tamente com patibles con nuestro actual desarrollo. Y
las pocas que han tomado vuelo, más a im pulsos de la
iniciativa extranjera que de la propia, sólo en parte ap ro­
vechan al crecim iento de nuestra población y de nues­
tra riqueza. Bástem e recordar lo que ocurre con la indus­
tria del salitre.
Entre las industrias fabriles, pocas son m ás com pa­
tibles que ésta con las aptitudes y condiciones econó­
m icas de un pueblo joven. Sus exigencias de conocim ien­
tos técnicos y de capacidades adm inistrativas y com er­
ciales, naturalm ente m ayores que las de la ganadería
y de la agricultura, no son exageradas dentro de la activi­
dad m anufacturera. P o r ser el salitre un artículo de con­
sumo m undial y de producción exclusiva de nuestro país,
no requiere una gran masa de población propia p ara la
salida en gran escala del producto elaborado, ni está su­
jeto a los rigores de la concurrencia, casi siem pre fatales
para los prim eros pasos de las industrias.
T od a vía más, el salitre llegó a nuestro poder en
un momento oportuno. H acia 1880 las m inas ricas es­
taban broceadas y nuestro desarrollo agrícola p a rali­
zado por el descenso m undial de los precios y por las m ayo­
res dificultades que presentaban los terrenos sobre los
cuales debía en adelante continuar. El nuevo cam po de
actividad llegó, pues, en los precisos instantes en que los
antiguos flaqueaban.
Sin em bargo, ni la naturaleza de la industria sali­
trera, menos incom patibles con la ineptitud industrial
propia de los pueblos jóvenes y m al educados, ni la opor­

20 1
tunidad del momento, fueron bastantes para encauzar
dentro de ella nuestra actividad. A bandonam os la e x ­
plotación al extranjero, y nos lim itam os a sum inistrar
los brazos — a la sazón relativam ente abundantes, a
causa de la debilidad del desarrollo agrícola— y a co­
brar un impuesto qu e nos ha perm itido construir a lg u ­
nos ferrocarriles, puentes y palacios y alim entar una nu­
be de parásitos, sin gravar las demás industrias.
L a casi totalidad de la participación del em presario
en la utilidad del salitre de T a ra p a cá , ha salido del país
sin dejar rastros en nuestra economía; y la considera­
ble intensidad de vida que reflejam ente provoca esta
industria sólo en parte ha aprovechado a nuestra vitali-,
dad. El enorme consumo de m aquinaria y de toda clase
de artículos m anufacturados que hace la región sali­
trera, ha robustecido el desarrollo de la población y de la
riqueza en los viejos centros fabriles europeos.
Puede ser este un hecho todo lo natural y todo lo ine­
vitable que se quiera; pero no por eso deja de ser una de
las causas determ inantes de la debilidad que en los últi­
mos años se observa en nuestro desarrollo. M ientras
el centro de gravedad de nuestra expansión estuvo situa­
do en los 6.000 K m 2 de suelos feraces qu e nos cupieron
en el desigual reparto que la naturaleza hizo en Sudamé-
rica de las condiciones geológicas y clim atéricas favo­
rables a la producción de pan y de carne, nuestro progreso
fue poco aparente, pero m uy efectivo. C on poco ruido,
casi sin darnos cuenta nosotros mismos, crecimos ver­
tiginosamente. H oy con triple movimiento y con un
fantasm agórico desfilar de m illones que van y que
vienen, nuestra población y nuestra riqueza aum entan
efectivamente en proporción casi irrisoria. Puede la obser­
vación superficial, sugestionada por la actividad fic­
ticia, agotar todos los razonam ientos para p robar otra
cosa. L a s cifras 2,61% entre 1843-1854 y 2,15% entre
1854-1865, contra las de 0,71% entre 1885-1895 y

202
1,5>% entre 1895-1907, (o sea i,i 1% , que es la cifra exacta
en los últim os 22 años) que arroja el crecim iento de
nuestra población, dan la m edida en qu e la actividad
aprovecha realm ente a nuestra expansión y constituyen
una roca de granito contra la cual se rom pen todos los es­
fuerzos dialécticos.
L o que pasa en el salitre, ocurre tam bién, aun qu e en
menor escala, en las industrias del cobre, del com ercio,
de la navegación, de los seguros, etc. U n a buena parte de
la actividad que reflejam ente derram an sólo nos ap ro­
vecha en apariencia.
N uestra ineptitud y nuestro desprecio por la activi­
dad m anufacturera y com ercial, conjuntam ente con
la naturaleza de nuestros elem entos físicos de expansión
son, pues, la causa principal del fenóm eno que nos ocu­
pa. Entre ellos y nuestra capacidad económica hay,
como lo he repetido hasta el cansancio, una verdadera
antinom ia, cuya consecuencia es la lentitud y debilidad
de nuestro desarrollo.

6
El parasitism o, aunque consecuencia en parte de nues­
tra ineptitud fabril y com ercial, ha llegado a constituir
un factor independiente que contribuye a debilitar
nuestra expansión.
L a turba de em pleados públicos y de interm ediarios
inútiles y la espesa nube de bachilleres o casi-bachille-
res ineptos y ociosos, que en form a disim ulada, pero no
por eso menos efectiva, pesan sobre las espaldas de los
hombres de trabajo, tienen fatalm ente que contrariar
el desarrollo de un pueblo joven con el cual la n aturaleza
sólo fue pródiga en aquellos dones que, p ara ser fecundos
requieren una gran suma de esfuerzo humano.
Pero todavía más fatal para nuestra vitalidad eco­
nóm ica ha sido, en mi concepto, la obsesión p or las p ro­
fesiones liberales. D ie z hom bres superiores pesan más

203
en los destinos económicos de un pueblo que m uchos cen­
tenares de medianías. Su inventiva fecunda y su espí­
ritu de em presa abren al progreso nuevas vías o perfec­
cionan las antiguas. Su fuerza de voluntad, sus grandes
capacidades como hom bres de negocios y su éxito mismo
sugestionan a las masas y las guían hacia donde su cla ­
rividencia divisa el porvenir. D e aquí qu e yo estime que
las profesiones liberales, absorbiendo e inutilizando
para la actividad productora el corto núm ero de hom ­
bres de carácter y talento superiores que produce nues­
tra sociedad, han causado un mal m ayor que el parasi­
tismo propiam ente dicho.

7
E l brazo y el capital chilenos han fecundado el suelo de
los demás países sudam ericanos sin recibir de ellos,
salvo B olivia, nada en compensación. L as m ayores ri­
quezas naturales de casi todas estas naciones, en com ­
paración con las nuestras, y, sobre todo, la m ayor arm o­
nía entre el género de actividad a que se prestan y las
inclinaciones y aptitudes de nuestra raza, han determ i­
nado una corriente de em igración del chileno hacia ellas.
Es m uy difícil estim ar las pérdidas que por este ca­
pítulo hemos experim entado; pero se puede afirm ar
que no son insignificantes. N o ha habido em presa de al­
guna m agnitud en A m érica a la cual el brazo chileno no
haya acudido en abundancia. L os casos de C aliforn ia
y del C an a l de Panam á son demasiado conocidos para
qu e sea menester recordarlos. G ra n parte de las regiones
andina y sur de la A rgentina han sido fecundadas por el
esfuerzo y el capital chilenos. D isem inados en los puer­
tos y en el interior de todos los dem ás países de Sudamé-
rica, residen innum erables chilenos e hijos de chilenos.
E n las regiones m ineras, como B olivia, el capital y
el brazo de nuestros connacionales han seguido sirvien­
do a nuestra expansión económica. Pero esto es la excep-

204
ción. Las fuerzas productoras que han salido de nuestro
país se han perdido definitivamente para él en más de sus
siete octavas partes. La familia y la acción radicadora
del suelo en los países agrícolas, han fijado para siem­
pre en ellos a nuestros compatriotas y a la riqueza que
amasó su esfuerzo.
La emigración se acentuó notablemente entre 1870
y 1900, período de transición y de malestar durante el
cual nuestro esfuerzo ni se abrió camino en la manufactura,
ni logró dominar las desfavorables condiciones creadas
al desarrollo agrícola por los factores de que se ha he­
cho caudal.
Esta sangría ha influido, como era inevitable,
en el crecimiento de la población y de la riqueza.

8
Quedan, todavía, numerosos factores que, sin pesar de­
cisivamente, han concurrido a la debilidad de nuestro
desarrollo. Voy a mencionar algunos de ellos.
La mortalidad excesiva, cuyas causas estudié en el
capítulo iv.
Dadas las inclinaciones y aptitudes de nuestra raza
y las dificultades con que el desarrollo agrícola ha te­
nido que luchar en los últimos cuarenta años, es proba­
ble que la mayor población que habría sido la conse­
cuencia de una mortalidad normal, habría emigrado
casi íntegramente. De aquí que coloque entre las causas
subalternas un factor que, de otra manera, sería prin­
cipalísimo. Pero hoy el resurgimiento agrícola, el
desarrollo que ha tomado la industria salitrera y los
avances que tímidamente principia a haqer la manufac­
tura, dan al problema de nuestra mortalidad una tras­
cendencia económica comparable a su importancia
sociológica y moral.
El exceso de consumos irreproductivos, o sea el lujo,
la desidia en la conservación de los objetos y su despilfa­

205
rro, influyen igualmente en la expansión de un país que
requiere para su crecimiento, como ningún otro país jo ­
ven, capitales cuantiosos. Si la mitad de lo que en los úl­
timos cuarenta años hemos despilfarrado o invertido
en lujos, lo hubiéramos aplicado a comprar máquinas
salitreras, a montar la minería industrial del cobre, a
regar nuestros suelos baldíos, aún sin entrar al campo
para nosotros de más amplios horizontes de la activi­
dad fabril, la posición de Chile en América sería hoy dis­
tinta. La inmensa ventaja que tomamos en la partida,
no la habrían descontado tan fácilmente otras repú­
blicas, a pesar de las enormes riquezas con que las favo­
reció el destino.
Los pueblos hispanoamericanos, no sólo nos han sus­
traído fuerzas económicas, sino que han impedido
— absorbiéndolas mediante su proximidad y sus ma­
yores riquezas— que lleguen a nosotros en abundancia
los brazos y los capitales que emigran de Europa. Nosotros
no podremos desarrollarnos sino por crecimiento ve­
getativo, mientras Brasil, Argentina y otros países no
se saturen.
Finalmente, nuestra evolución al industrialismo ha
sido retardada, no sólo por los rumbos de la enseñanza,
sino por la competencia de los viejos centros fabriles y
manufactureros. El exceso de penetración comercial
de estas naciones ha contrariado y aun ahogado nuestro
desarrollo fabril, en el período en que, según la expre­
sión de uno de los más célebres economistas modernos,
tiene toda la debilidad y requiere todo el abrigo de una
planta, de conservatorio.
*
9
El estudio de las causas que han debilitado nuestra ex­
pansión, sería no sólo incompleto, sino falso, si no hicie­
ra caudal, de un factor moral que ha pesado en los últimos
años más decisivamente que los factores económicos:

206
la decadencia profunda del sentimiento de la nacionali­
dad.
Los economistas están siempre inclinados a no ver en
los fenómenos económicos sino causas también econó­
micas; los factores psicológicos, los hilos invisibles que
guían, aceleran o retardan el desenvolvimiento de una
sociedad, quedan casi siempre fuera del alcance de su
escalpelo. No es, pues, extraño que no hayan reparado
en el paralelismo que existe entre el debilitamiento de
la vitalidad de nuestro desarrollo y la decadencia del sen­
timiento de la nacionalidad.
El que haya seguido la evolución económica y moral
de Prusia desde la época de Federico el Grande; el que
esté interiorizado en las perturbaciones morales que
quebrantaron sus fuerzas en las postrimerías del siglo
x vin ; en los desastres de Jena y Auerstaedt, producidos
«porque ya antes había muerto la voluntad en el alma
nacional«; y haya asistido al resurgimiento de 1860-
1911, producido mediante la rehabilitación del sentimien­
to de la nacionalidad, realizada por los discursos de los
filósofos, los cantos de los poetas y la acción admirable de
la escuela, no necesita de reflexiones para darse cuenta
del papel que la voluntad colectiva de vencer y de ser
grande juega en el crecimiento material.
No resisto, sin embargo, a la tentación de reproducir
una pequeña cartilla en que se ha condensado el extra­
ordinario espíritu de nacionalidad que ha levantado
al pueblo alemán, desde la postración en que estaba
hace un siglo, hasta el esplendor económico y moral que
hoy alcanza. Dice así:

« l0. En tus gastos, aun los más mínimos, no pier­


das nunca de vista los intereses de tus compatriotas y de
tu patria.
2 o. No olvides que, cuando compras algún producto
de un país extranjero, aunque fuese sólo por un »pfen-

207
ning«, haces disminuir en otro tanto la fortuna de tu pa­
tria.
3 o. T u dinero sólo debe hacer el provecho a los ne­
gociantes y obreros alemanes.
4 o. No profanes la tierra alemana, la casa alemana,
el taller alemán, por la presencia en ellos, y el uso de má­
quinas, instrumentos y utensilios extranjeros.
5 o. No dejes nunca servir a tu mesa, carne y grasa
extranjeras, que harían .agravio a la crianza alemana,
y además, comprometerían tu salud, porque las carnes
extranjeras no han sido visitadas por la policía de sani­
dad alemana.
6o. Escribirás siempre sobre papel alemán, con pluma
alemana y secarás tu tinta con secante alemán.
7 o. No debes vestirte más que con paños alema­
nes y cubrirte la cabeza más que con sombreros alemanes.
8o. Sólo la harina alemana, las frutas alemanas y
la cerveza alemana dan fuerza alemana.
9 o. Si no te gusta el café de cebada alemana, bebe
entonces el café que provenga de colonias alemanas; y
si tú o los tuyos preferís el chocolate, o para los niños, el
cacao, vigila que el cacao o chocolate sean mercaderías
exclusivamente alemanas.
10. Que los alabanciosos extranjeros no te desvíen
jam ás de estos sabios preceptos, y quédate convencido,
aunque digan lo que digan, que los mejores productos,
los únicos que debe usar un ciudadano de la grande
Alemania, son los productos alemanes«.
Este documento, que expresa con ruda franqueza un
espíritu que es común a todos los pueblos fuertes, mani­
fiesta la trascendencia del sentimiento de la nacionalidad
sobre la expansión económica en forma más elocuente
que todas las reflexiones que al respecto pudieran ha­
cerse. El primer factor en el desenvolvimiento económi­
co de un pueblo es, en efecto, la voluntad de crecer y de
dominar. Así como en el campo más modesto de los nego­

208
cios, jam ás deja marcadas las huellas de sus pasos el
individuo que no tiene la decisión de surgir, en el escena­
rio más amplio de la concurrencia internacional, nunca
abre brecha el pueblo que carece de ambición grande o
que no esté animado por la voluntad fuerte y tenaz de no
dejarse supeditar.
La decadencia entre nosotros del espíritu de nacio­
nalidad, cuyas causas estudiaré en el capítulo siguien­
te, ha influido en mil formas sobre nuestro desarrollo.
Ha facilitado el desplazamiento del nacional del comer­
cio y de la minería, ha contribuido a desarrollar el des­
precio que profesamos a los productos de la industria
nacional, ha anonadado la voluntad de luchar y ha per­
turbado el criterio de nuestros estadistas, enturbiando
su visión del porvenir. En los seis años que he permane­
cido en la Cámara de Diputados, he tenido ocasión de
notar en las leyes y en los actos de gobierno que se relacio­
nan con nuestra política económica, perturbaciones
que tocan los límites de lo patológico, y que, sin embargo,
no nos chocan: ¡Tan poderosa es la sugestión que nos
tiene hipnotizados!
Capítulo xiii
Causas de la decadencia
del sentim iento de nacionalidad

1
Entre nuestra crisis morai y la decadencia del espíri­
tu de nacionalidad existe conexión estrecha. No sólo
derivan en gran parte de causas comunes, sino que ac­
cionan y reaccionan entre sí en consorcio tan íntimo
que, más que fenómenos distintos, son manifestaciones
diversas de un mismo fenómeno.
Sin embargo, no es posible rastrear aisladamente el
origen de la decadencia de nuestro espíritu de naciona­
lidad, sin entrar de lleno en el problema más amplio y
más complejo de nuestra crisis moral.
Entre las causas que la han determinado, debe con­
tarse la penetración intensa del alma nacional por ci­
vilizaciones más fuertes. Como ya lo he hecho notar93,
el contacto íntimo de pueblos muy desigualmente des­
arrollados determina una verdadera sugestión. La vo­
luntad del inferior se debilita y se subordina a la del fuerte.
No sólo se desarrolla en aquél la admiración por las cien­
cias, las artes, las instituciones y en general por toda la
civilización de éste, sino que piensa como él aun en lo que
atañe a sus intereses más vitales. Sin darse cuenta, re­
nuncia a su propia conveniencia en aras de quien lo do­
mina. »Se es siempre algo esclavo de aquel a quien se ad­
mira», ha dicho M arión. Y este fenómeno es, todavía,
mucho más pronunciado en los pueblos jóvenes (o sea
los formados por distintas razas que se cruzaron pocos
siglos atrás) que crecen con lentitud94. De aquí el pa­
ralelismo perfecto que existe entre el aumento de inten-
93Capítulo iv, § 3.
94E 1 desarrollo vigoroso da origen al nacimiento de otro rasgo que
anula la sugestión: el vértigo de la grandeza. Este es el caso de la República
- Argentina.

210
sidad de nuestro contacto con Europa y el debilitamien­
to de todas aquellas fuerzas que, como la voluntad de
luchar y de dominar, el orgullo de raza, la ambición de ser
grande, etc., constituyen el espíritu de nacionalidad.

2
La penetración extranjera, realizada por medio del li­
bro y en mucho menor escala por intermedio del viajero,
ha obrado más o menos con igual fuerza sobre todos los
aspectos del espíritu de nacionalidad. La acción del co­
merciante, por el contrario, se ha especializado en su faz
económica.
En Chile los propósitos del mercader extranjero han
sido siempre meramente mercantiles. Pero por la admi­
rable solidaridad que existe entre el individuo y el núcleo
social a que pertenece, ha hecho inconscientemente
obra sociológica. A l estimular el consumo de artículos
exóticos, desviando nuestros gustos del artículo similar
nacional, no lo ha movido otro deseo que el de vender más
y realizar ganancias mayores; pero, creando en nosotros
el hábito de consumir mercaderías extranjeras, nos ha
subordinado a las necesidades de industrias extrañas,
aun en renglones en que podíamos prescindir de ellas.
Del propio modo, cuando pregona las doctrinas libre­
cambistas y mueve en sü favor la acción de la prensa y las
influencias de sus agentes sobre los poderes públicos,
sólo persigue la ganancia de algunos miles de pesos; pe­
ro ahoga en la cuna a la naciente industria nacional.
Aun sin perseguir fines políticos, ataca, pues, el sen­
timiento de la nacionalidad. Para realizar sus propó­
sitos de lucro, necesita adormecerlo. Para impedir que el
cliente se escape, tiene que debilitar su deseo y su volun­
tad de independizarse95.
,5Entre el individuo que arriba procedente de otras civilizacio­
nes y el espíritu de nacionalidad, estalla ‘un verdadero duelo.
En países como Inglaterra, Estados Unidos, etc., que tienen este espíri-

2 11
3

Nuestra enseñanza ha contribuido con su descastamien-


to a debilitar el espíritu de nacionalidad.
En todos los países fuertes de Europa y de América,
la educación está informada por un vigoroso espíritu
de nacionalidad. Cuando los yankees eran aún incapa­
ces de fabricar bancos ajustados a las reglas de la higie­
ne escolar, sacrificaron sin piedad el bienestar físico
del educando, antes que tolerar en la escuela un testigo
de su inferioridad. En Inglaterra no se consideraría edu­
cado a un joven que al salir del colegio dudara pót un ins­
tante que entre su raza y las demás que pueblan el mundo,
hay un abismo, o que trepidara en creer que todo lo in­
glés, por el solo hecho de serlo, es superior a lo extranjero.
La propia Francia, herida en las fuentes mismas de la vi­
talidad y amenazada en su existencia, ha concluido por
comprender que en el estado actual del mundo, no se
pueden reemplazar por idealismos altruistas el corto
número de sentimientos en que descansan las fuerzas de
una nación. Todos sus grandes intelectuales, con Gusta­
vo Le Bon y Fouillée a la cabeza, están empeñados en una
lucha a muerte con los literatos y escritores de segunda
mano, empapados todavía en las quimeras del siglo
XVIII.

tu considerablemente desarrollado, la absorción de aquél es rápida.


Por el contrario, en aquellos que no lo tienen, el extranjero resiste al me­
dio aún por varias generaciones y hasta llega a dominarlo bajo algunos
respectos, como ha ocurrido entre nosotros. La comparación de los pro­
cesos que en uno y otro caso se desarrollan dan una idea muy clara del me­
canismo y del sentido de la influencia sociológica del extranjero.
N ovicow ha estudiado este fenómeno con una profundidad que
después de él nadie ha alcanzado.
B r o o c k A d a m s , e n su c é le b r e Law o f Civilisation and Decay , h a to ­

c a d o e l p r o b le m a d e la in flu e n c ia s o c io ló g ic a d e l m e r c a d e r e n g e n e r a l;

p e r o e n e s te lib r o , e s c r ito c o n e x t r a o r d in a r io t a le n to , la v e r d a d y la p a r a ­

d o ja e stá n ta n e str e c h a m e n te e n la z a d a s q u e n o h a y m a n e ra d e sep a ra r-

2 12
La enseñanza alemana, que nosotros quisimos re­
medar, es un cántico al sentimiento de la nacionalidad,
no interrumpido por una sola nota discordante. Para
agigantar el pasado se falsifica la historia; en el presente
se aplican lentes de aumento a todo lo bueno y de dismi­
nución a todo lo malo; y el maestro que osara equiparar
los destinos de los Estados Unidos o de cualquier otro
país del orbe con los de Alemania, la grande y la única,
sería arrojado del aula. La sugestión comienza, como
debe empezar toda obra educativa, en los institutos de
pedagogía. De una plumada se borra o de un brochazo
se relega al claroscuro a Locke y a los empíricos ingle­
ses y franceses. La pedagogía aparece evocada, poco
menos que de la nada, por Herbaet, uno de los grandes
hijos de la más grande Alemania. Igual tarea se reali­
za respecto de los demás ramos del saber humano.
Desgraciadamente, nosotros, al copiar la enseñan­
za alemana, tomamos el rábano por las hojas. Se nos an­
tojó que su eficiencia derivaba de los conocimientos
científicos y literarios que forman la base de sus progra­
mas, y de sus métodos pedagógicos, y no de los sentimien­
tos que la informan y de la eficaz sugestión que ellos engen­
dran. Del huevo trajimos la cáscara y, dejamos el ger­
men. En lugar de la enseñanza alemana, importa­
mos un maniquí sin sangre y sin vida que, dada nuestra
sensibilidad a los efectos de la educación, tenía fatal­
mente que contribuir por omisión y por acción a la deca­
dencia de la más vital de las fuerzas de una colectivi­
dad, de aquélla sin la cual todo lo demás — población,
riqueza, actividad y cultura— sólo sirve de cebo a los fuer­
tes.
Los maestros, por su parte, formados desde el Insti­
tuto Pedagógico y las escuelas normales en un ambien­
te cosmopolita, y alimentados por las utopías humani­
tarias que informan sus lecturas ordinarias, no pueden
dar los que ellos mismos no tienen.

2 13
La práctica de la enseñanza ha cooperado, pues, a
la acción desnacionalizadora de los demás agentes, no
sólo omitiendo contrarrestar sus efectos, sino reempla­
zando el sentimiento definido y fuerte de la nacionalidad,
que científicamente debe informarla, por una fraseo­
logía vaga sobre el progreso, la humanidad, la civiliza­
ción y la solidaridad.

4
A mediados de 1855 llegó a nuestro país Courcelle Se-
neuil, contratado por el general Blanco Encalada, a la
sazón Ministro Plenipotenciario de Chile en Francia,
para servir de oficial consultor del M inisterio de Ha­
cienda y para abrir en nuestra Universidad una cátedra
de economía política.
Era Courcelle un economista de talento indispu­
table, que descollaba considerablemente sobre sus con­
temporáneos franceses. Inferior a algunos de los trata­
distas de la escuela clásica francesa en las dotes que ha­
cen al expositor, tenía más desenvuelto que todos
ellos el sentido de la realidad. Sin tener una concepción
más científica de los fenómenos económicos que la co­
rriente en su tiempo, guiado por su buen sentido innato,
rehuyó en gran parte las consecuencias absurdas a que
conducían los puntos de partida de aquella escuela.
Llegado al campo de la investigación económica al­
gunos años más tarde, tal vez habría dejado en él
huellas duraderas; pero en la época en que le cupo actuar,
sus felices disposiciones naturales estaban condenadas
fatalmente a malograrse. Partiendo de algunos postu­
lados no demostrados en la experiencia, buscaba, como
la generalidad de los economistas de la época, lo uni­
versal y lo invariable en los fenómenos económicos, para
edificar con ello una ciencia. Todo su talento y todo su
buen sentido, no podían conducirlo a nada duradero

2 14
en esta empresa, cuyo punto de partida carecía de ci­
mientos y cuyo término era una quimera.
En cambio, en otro campo que el de las elucubracio­
nes encaminadas a fundar la ciencia económica, su ta­
lento, libre de los moldes que lo aprisionaban, desplegó
un espíritu de observación penetrante y una admira­
ble firmeza de juicio.
Apenas se puso en contacto con las repúblicas his­
panoamericanas, su mirada escrutadora percibió algo en
que antes de él, nadie había reparado, y después, sólo
muy confusamente han entrevisto algunos sociólogos:
toda la profundidad del abismo que separaba a las jóve­
nes sociedades del nuevo mundo donde hubo cruza­
miento con la raza aborigen, de los viejos pueblos civili­
zados. Nada escapó a su observación profunda y perspi­
caz: el estado social y sus anomalías; las consecuencias
prácticas que de él fluyen, la imposibilidad de salvar rá­
pidamente la distancia mediante la copia de las insti­
tuciones, la libertad y la instrucción; todas las peculiari­
dades, en suma, que obligan a encarar los problemas
políticos y sociales en C hile desde un punto de vista
distinto que en Europa, las percibió con notable clari­
dad y firmeza de criterio. D e aquí que, liberal convenci­
do e hijo en lo sustancial de la filosofía del siglo xvm ,
comprendiera, no obstante, el absurdo que iba a resultar
de la aplicación práctica de los principios políticos de la
Revolución, a una sociedad que en sus clases dirigentes
estaba a la altura de la Europa del siglo x v i i , que care­
cía de clase media y cuyo grueso fondo social estaba
distanciado por fases enteras de la evolución; e insinuara
la conveniencia de mantener un gobierno fuerte apo­
yado en las altas clases sociales. De aquí que, admira­
dor de la ciencia a la cual consagró los esfuerzos de toda
su vida, nos aconsejara, sin embargo, seguir el camino
normal, esto es, completar nuestra transformación en
sociedad industrial, antes que ocuparnos de ciencias y

2 15
de letras, insistiendo muy especialmente en disuadirnos
del grave error de copiar la educación literaria y cientí­
fica de Europa, en lugar de darnos una modesta ense­
ñanza práctica y de acción, adecuada a un pueblo que
necesitaba crecer antes que filosofar o aprisionar la be­
lleza96.
Estas observaciones, que constituyen la más al­
ta expresión del saber verdadero y de la cordura aplica­
dos al estudio de nuestro porvenir, y que de ser oídas por
la generación joven, habrían cambiado la faz de Sud-
América, permitiéndonos, no obstante nuestra peque-
ñez, conservar el puesto que la temprana organización
nos había conquistado, sirvieron sólo para evidenciar
la distancia que mediaba entre el ilustre sabio francés
y nuestros intelectuales.
Aquello de que los ideales políticos que informaron
la revolución francesa y la enseñanza literaria y cien­
tífica, aplicados a un pueblo retrasado en su grado de
civilización, en lugar de acelerar su progreso, tenían fa­
talmente que conducirlo al naufragio, eran cosas
comprensibles para el sentido común y para el saber ver­
dadero, que se dan estrechamente la mano, pero perfec­
tamente incomprensibles para nuestros intelectuales,
cuyo criterio estaba perturbado por el medio-saber, más
dañino que la ignorancia, porque a su ceguera añade
la suficiencia. Las palabras de Courcelle, dichas con ex­
quisita discreción y con noble sinceridad, eran en rea­
lidad demasiado cuerdas y demasiado vecinas a las
clarividencias de Portales para que pudieran hallar
eco en aquella generación, deslumbrada por las vacie­
dades sonoras de libertad, igualdad, progreso, derecho
y gobierno democrático representativo.

MV éa n s e los ap éndices ag re g ad o s a l final de la tradu cción que


en 1859 h izo don J u a n B e l l o del Tratado teórico y práctico de Economía
Política.

216
Después de cinco cursos (los de 1856, 1857, 1860,
1861 y 1862) regresó Courcelle á Europa, dejando tras
de sí algunas ideas cuerdas sobre colonización y sobre
bancos.
Los métodos y los puntos de partida de Courcelle
bastaban, por sí solos, para arrastrar a los mayores ex­
travíos a quienes no tuvieran ni su talento ni su cordura
innata. Añade en los alumnos la tendencia invencible
al simplismo, la absoluta ausencia del espíritu de ob­
servación y la fragilidad de juicio científico, pro­
pias de todos los miembros de un pueblo joven, cuya
mentalidad no se ha desenvuelto todavía lo bastante
para hacer posibles y fructíferos los estudios sociales,
y se calcularán las consecuencias de su enseñanza.
No dejó Courcelle, ni podía dejar, atendido el es­
tado de nuestra mentalidad, ningún discípulo capaz
de seguir sus pasos y de continuar las investigaciones
que con tanto éxito había iniciado. En cambio, sobrevi­
vió a su partida la cátedra de economía política, y se si­
guieron enseñando en ella sus poco afortunadas doctri­
nas abstractas, despojadas, ahora, de las salvedades y
distinciones que habían detenido a su autor al borde
del precipicio. Si se hubiera designado una comisión
de sabios encargada de exagerar los errores del maestro
y de podar sus observaciones más exactas y atinadas, di­
fícilmente habría desempeñado su cometido con ma­
yor acierto que sus simplistas discípulos. Las doctri­
nas de Courcelle, así desfiguradas, han continuado en­
señándose en nuestra Universidad por cerca de cin­
cuenta años, y han constituido, casi exclusivamente,
el manantial en el cual han bebido ideas económicas
los políticos, periodistas y demás elementos que for­
man y guían la opinión pública.
Entre los innumerables errores que esta enseñan­
za ha arraigado firmemente en la opinión, hay uno que,
como la influencia del mercader extranjero, ha pesado

2 17
bastante sobre el aspecto económico del espíritu de na­
cionalidad: el librecam bio doctrinario.
Dadas las suposiciones a priori que sirven de base a
sus tentativas científicas. Courcelle tenía que llegar,
lo mismo que algunos de sus predecesores, a hacer del
libre cambio algo más que una cuestión de política
práctica. La propia influencia refleja de los países en que
vivió le empujaban en este sentido. A Francia le estaba
claramente indicada la política del libre cambio; y en
cuanto a Chile, no habría sido discreto cerrar a mediados
del siglo x ix las puertas de sus aduanas a la manufactura
europea. Básteme recordar que en la agricultura no
habíamos aún cultivado ni extensivamente todas las
tierras fértiles del valle central, y que nuestro crecimien­
to era de 2,61%.
Los discípulos de Courcelle bebieron, pues, del
maestro las doctrinas librecambistas, que — lo repito—
respondían a nuestras conveniencias comerciales en
aquella época; y uno de los que más han contribuido
a extremar las consecuencias absurdas de los errores
del maestro, el señor Zorobabel Rodríguez, las con­
virtió en un postulado, que no resiste el más ligero exa­
men; pero que por su sencillez y sutilidad dialéctica, te­
nía que ganar la opinión de un pueblo joven y como tal
inclinado a lo deductivo, y encontrar acogida entre abo­
gados cuyo bagaje científico rara vez ;xcede de la lec­
tura, no siempre bien digerida, de unos tres o cuatro ma­
nuales franceses de economía política clásica.
No corresponde aquí ahondar en una cuestión que,
sobre haber perdido hoy mucho de importancia, me ve­
ré obligado a examinar con algún detenimiento en la se­
gunda parte de este estudio. Debo limitarme a señalar
sus consecuencias sobre el espíritu de nacionalidad.
El libre cambio doctrinario, lo mismo que toda la tra­
ma de la economía clásica, deriva de un postulado falso.
Los inventores del sistema ignoraban el proceso del des­
arrollo económico de las naciones. No conocían el hecho
histórico, señalado por List, de que todo país ha pasa­
do de una fase económica inferior, como el pastoreo, a
otras más superiores y más complejas, hasta llegar a
la de Inglaterra, Alemania, Francia, etc., en la hora ac­
tual. Creían que las diferencias que notaban en las apti­
tudes económicas y en el estado industrial de los pueblos,
no eran etapas de un proceso, sino resultado de las pecu­
liaridades de la raza y de la comarca.
Ignoraban, todavía, en absoluto la existencia de la
lucha internacional por el predominio y la superviven­
cia, en la cual el fuerte procura ahogar al rival y hacer ser­
vir al débil a sus necesidades, y éste se defiende, adueñán­
dose de las armas del poderoso y aprovechándose de
todas las coyunturas favorables creadas por los aconte­
cimientos. Por el contrario, ideológicamente habían
inferido que las relaciones económicas entre las nacio­
nes son sólo de cooperación; es decir, que todo pueblo bus­
ca a los demás para participarle los beneficios de su po­
der y de su riqueza.
Sobre estos dos postulados idearon una economía
mundial dentro de la cual cada pueblo debe trabajar, para
él y para los demás, en las ramas de actividad que sean
más adecuadas a sus condiciones físicas y a la capaci­
dad actual de su población. El pueblo que es agricultor
debe seguir de agricultor, sin incurrir en la torpeza de
pretender luchar con el manufacturero. Con ello la ri­
queza universal perdería, puesto que, por lo menos
mientras el neófito se adiestra, la cantidad de riqueza
producida por él sería menor.
El afán de los pueblos atrasados por pasar a la etapa
manufacturera, que todos los sociólogos y economistas
modernos reconocen ser la expresión de una necesidad
biológica, no es, dentro de las doctrinas que vengo exponien­
do, sino el resultado de un pueril espíritu de imitación.

2 19
Si una nación está en la etapa agrícola, es sencillamente
porque la comarca donde está asentada o las aptitudes
de la raza son más favorables a esta industria. Los esfuer­
zos inauditos que han hecho y las mil privaciones que han
soportado, durante decenas y a veces centenas de años,
las grandes naciones modernas para sentar plaza en la
concurrencia fabril y comercial, han sido sacrificios
estériles para ellas y dañinos para la riqueza universal.

El libre cambio que se ha enseriado durante cincuen­


ta años en nuestra Universidad, no descansa, pues,
sobre los sólidos fundamentos científicos que le han
dado sus apóstoles modernos, demostrando que es »un
enérgico factor del progreso humano, puesto que
facilita la eliminación del débil y poco desarrollado y
acelera su reemplazo o su absorción por el fuerte, con lo
cual se realiza »una mejor adaptación al medio«, o en
lenguaje corriente, una mayor intensidad en el progre­
so. No parte, como el libre cambio perfectamente ló­
gico de Novicow, de la supresión de las nacionalidades y
del sacrificio de las más débiles en aras del progreso
universal. Todo lo contrario, es una doctrina que sus au­
tores procuran conciliar con la existencia de las nacio­
nalidades, y que se empeñan en presentar como una pa­
nacea que acelerará el desarrollo y acrecentará la vitali­
dad de toda nación que la adopte.

Pero su resultado práctico desde el punto de vista


del sentimiento de la nacionalidad, no ha sido por eso
menos desastroso. Ha enervado la voluntad de luchar
y de abrirnos paso por las únicas sendas que la naturaleza
nos hizo accesibles: la manufactura y el comercio. Ha
creado el respeto y la consideración enfermiza que pro­
fesamos a la industria y al comercio extranjeros, que
U riel Hanckoc anotó como una contradicción o peculia­
ridad de nuestra alma, tan viril y tan chilena bajo otros
respectos.

220
5
Ha contribuido también a la rápida decadencia de nues­
tro espíritu de nacionalidad, la influencia de ciertas
doctrinas sociológicas y socialistas.
El crecimiento de los agregados sociales desde la fa­
milia hasta la tribu, la ciudad y la nación, y el correspon­
diente desarrollo de la solidaridad, han sugerido en
nuestros días la concepción de una solidaridad aún más
extendida y más eficaz, que reúna a las naciones en un
propósito «fuertemente centralizado, en que todos los
elementos conspiren a un mismo fin, en que la coopera­
ción sea más y más voluntaria y en que sea más fuerte el
deseo de vivir en armonía y todos los unos para los otros®97.
Este ideal se alcanzará, según lo esperan sus apóstoles,
por medios más humanos que los conocidos hasta hoy
en la historia. En adelante ya no será la guerra la que,
anexando a los débiles u obligándolos a unirse para de­
fenderse, como ha sucedido en el pasado, desarrolle la
solidaridad. Desde hoy serán la admiración, la simpa­
tía y la confianza los factores que realizarán la tarea. Las
manifestaciones de la existencia de estas «fuerzas
internacionales, intelectuales, económicas y humani­
tarias, que no presuponen necesariamente una federa­
ción de naciones confundidas en un solo todo político«
son ya numerosas. D e ellas derivan las convenciones in­
ternacionales sobre defensa contra las enfermedades
infecciosas, la constitución de los institutos científicos
internacionales, las tentativas de grandes organizacio­
nes internacionales de obreros, etc.
El concepto de la solidaridad humana, extremada­
mente vago y confuso en las postrimerías del siglo x v i i i ,
sin tomar aún una forma perfectamente definida, se ha
precisado, como se ve, muchísimo en el curso del siglo
X IX .

97G . L. D u p r a t . L a Solidarité Sociale, p. 86.


L a influencia práctica de estas predicciones socio­
lógicas ha sido casi nula en los países europeos y en Esta­
dos Unidos. M ucho más seriamente que ellas han que­
brantado el sentimiento de la nacionalidad las doctri­
nas socialistas.'
En cambio, entre nosotros han ejercido una influen­
cia considerable. Los que alcanzan a vislumbrar, siquiera
confusamente, los nuevos horizontes que, sobre la base
de la solidaridad, algunos sociólogos señalan a la evo­
lución del futuro y la magnitud de los cambios que, an­
tes de acercarnos a ellos, tendrán que verificarse en las
bases de pensamiento y de sentimiento de la hora actual,
se cuentan, tal vez, con los dedos de la mano. Pero la con­
vicción de que la solidaridad humana es una cosa muy
profunda y muy científica, se ha generalizado con in­
creíble rapidez entre nuestros profesores, literatos, pe­
riodistas y políticos. El sentimiento poderoso de la na­
cionalidad ha pasado a ser algo atrasado y tosco, que re­
vela poca profundidad científica y mucho atraso de
ideales en quien lo manifiesta.
De esta suerte, nuestra excesiva sensibilidad a la
influencia de los libros y el exagerado espíritu de imi­
tación de nuestros intelectuales, han contribuido a debi­
litar la más importante de las fuerzas en el estado social
en que nosotros estamos.
M ucho menos eficaz ha sido hasta hoy la influencia
de las ideas socialistas. Su avance en nuestro proletaria­
do — que reviste extraordinaria gravedad por tratarse
de un país que no tiene clase media, y que, por consiguien­
te, carece de lastre social— , aunque relativamente rá­
pido, principia apenas a pesar en forma efectiva sobre
el sentimiento de la nacionalidad. La mayor parte de
las manifestaciones de que he podido tomar nota, deri­
van más de una sugestión momentánea que de senti­
mientos arraigados. Las más alarmantes, las que tí­
midamente han principiado a aparecer en el preceptora-

222
do, son la consecuencia de dos factores artificiales: la
detestable formación moral del profesorado en las es­
cuelas normales, y la situación de miseria que le creó
la reducción del valor de la moneda y el encarecimiento
de la vida.

6
Otro de los factores de la decadencia de nuestro senti­
miento de la nacionalidad es el fracasó de las ilusiones
que cifrábamos en la libertad, la instrucción y las institu­
ciones.
Como ya lo hice notar al hablar de nuestra crisis moral,
los escritores de las dos generaciones precedentes
creían que el gobierno republicano, la comuna autó­
noma y otras instituciones; la libertad en todas sus for­
mas; y la enseñanza de ciertos conocimientos científi­
cos y literarios, tenían eficiencia por sí mismos. C on­
fiaban en que estas panaceas nos harían física, moral e
intelectualmente grandes. El país entero participó
de esta ilusión, que apenas podemos hoy comprender
los que no alcanzamos a comulgar en ella.
El derrumbamiento sucesivo de las exageradas es­
peranzas que habíamos cifrado en factores que nada po­
dían añadir a las verdaderas fuerzas económicas y
morales de nuestra sociedad, engendraron el abatimien­
to y la desilusión. La postración moral y económica que
nos ha traído la imitación de la enseñanza científica
europea, y el desgobierno y el desquiciamiento adminis­
trativo que han sido la consecuencia de los remedos
políticos, han amenguado el orgullo de ser chileno y la
confianza en los destinos del país.

7
Finalmente, la pérdida de la posición que ocupábamos
en Sudamérica no es extraña a la crisis de nuestro espí­
ritu de nacionalidad.

223
Hasta ayer habíamos vivido confiados ciegamente
en las decantadas riquezas agrícolas de nuestro territo­
rio. Sólo cuando nos distanciaron pueblos que estuvie­
ron un tiempo por debajo y cuando sentimos de cerca el
hálito de otros que se aproximan, hemos venido a caer
en la cuenta de que ni la naturaleza ni el inmigrante eu­
ropeo trabajan por nosotros, y que, si no desplegamos un
supremo esfuerzo, quedaremos pigmeos. Hemos ve­
nido a comprender muy tarde que los elementos físicos
obligan en Chile, como lo comprendió Courcelle, a desa­
rrollar grandes aptitudes para la lucha económica. Y
al contemplar los ochenta años empleados en adiestrar
nuestras aptitudes para rimar versos, coleccionar an­
tiguallas históricas, clasificar insectos, defender pleitos,
vivir a expensas del fisco, copiar municipalidades sui­
zas o parlamentarismos ingleses, es humano que el des­
aliento nos invada. No hay pensamiento más melancóli­
co — dice Lubbock— que el de «aquello hubiera podido
ser«. Y nosotros pudimos ser los primeros en Sudamé-
rica. La energía de nuestra raza y nuestra temprana or­
ganización, habrían suplido a los elementos físicos, si el
ciego espíritu de imitación no nos hubiera encauzado
en la tarea suicida de formar el cerebro antes que el cuer­
po.
Capítulo x iv

Causas de la depresión
de nuestros cambios internacionales

1
En torno de las balanzas comercial y de cuenta, se ha for­
mado entre nosotros en los últimos años un enredo di­
fícil de desenmarañar, sin largas consideraciones
previas y sin alguna preparación de parte de los lectores.
La superficialidad y las lecturas mal digeridas en unos,
el deseo de servir determinados propósitos monetarios
en otros y el invencible apego a los postulados a priori en
todos, han concluido por formar un laberinto dialéctico,
delante del cual me han asaltado muchas veces dudas so­
bre si los que discuten se entienden o no a sí mismos.
A Goschen lo han martirizado los unos hasta hacerlo de­
cir lo que nunca dijo, y aun lo contrario de lo que tal vez
habría dicho en presencia de nuestros cambios. Los
otros, para defenderse de Goschen, confunden delibera­
damente el concepto moderno de la balanza de cuentas
con el concepto de la balanza de comercio tal cual infor­
maba a la política mercantilista del siglo xvn .
No es obra de romanos demostrar la fragilidad de
la montaña de paradojas que se ha acumulado en torno
a la balanza y de nuestros cambios; pero la tarea, sobre
ser de escasa utilidad, es ajena a la índole de este traba­
jo. Aquellos que saben de verdad, no necesitan de demos­
traciones, y aquellos que son ajenos a estas disputas,
quedarían seguramente más perplejos que antes.
De aquí que me haya parecido más útil y oportuno
apuntar sencillamente algunas de las causas más notorias
entre las que mantienen deprimido nuestros cam­
bios, haciendo previamente, para su mejor inteligen­
cia, algunas consideraciones sobre la influencia de los
capitales extranjeros en el desarrollo económico nacio­
nal. Nada más eficaz que estas sencillas reflexiones, 4I

225
alcance del más vulgar buen sentido, para poner en
guardia contra las panaceas (papel moneda, banco del
estado o privilegiado, etc.), las cuales, dañinas a veces,
inofensivas con más frecuencia y hasta útiles en ocasio­
nes, son perfectamente impotentes para remover cau­
sas y modificar fenómenos que están fuera de su alcance.

2
El rápido crecimiento de los países nuevos hace insufi­
cientes, en la generalidad de los casos, los capitales pro­
pios para subvenir a las exigencias impuestas por el des­
arrollo económico en sus variadas formas. De aquí que,
no bastando el valor de sus productos para saldar sus
cuentas internacionales, desequilibradas por las ad­
quisiciones de maquinarias y de útiles indispensables
para montar las industrias, necesitan tomar de los
mercados antiguos capitales más o menos cuantiosos.
L a corriente de capitales desde los mercados anti­
guos y ricos hacia los mercados de los pueblos jóvenes
que crecen con rapidez es, pues, un fenómeno normal.
La forma en que los capitales extranjeros ingresan a
la economía de la nación joven, varía con las aptitudes
económicas de la población en esta última.
En aquellos países cuya población no difiere sensi­
blemente en aptitudes industriales de los pueblos ca­
pitalistas, la forma casi exclusiva de ingreso es el prés­
tamo. Así ocurrió en los Estados Unidos de Norte Am é­
rica, mientras necesitaron del capital extranjero.
En aquellos países cuya población tiene, por el con­
trario, débiles aptitudes para la actividad económica,
los capitales extranjeros ingresan en parte en forma de
préstamo, y en parte se invierten directamente en nego­
cios agrícolas, mineros, comerciales o fabriles. La pro­
porción entre una y otra forma de ingreso, varía con las
circunstancias. Este es el caso de Argentina, Brasil, U ru ­
guay, Chile, etc.

226
En cuanto a la influencia de los capitales extranjeros
sobre el desarrollo económico nacional, queda subordi­
nado, ante todo, al uso que de ellos haga el país joven.
Un pueblo emprendedor y de grandes aptitudes econó­
micas, no sólo los aprovecha íntegramente, sino que
puede prescindir de ellos con rapidez. Por el contrario,
un pueblo manirroto y de poca capacidad productora,
los desperdicia en gran parte y tarda mucho en inde­
pendizarse económicamente, si es que llega a conseguir­
lo. La experiencia demuestra que el problema de las
aptitudes prima en las naciones, como en el individuo,
sobre el de los recursos.
La naturaleza del territorio ejerce, también, una
influencia poderosa en las relaciones entre el capital
extranjero y la riqueza nacional. Conviene precisar esta
influencia, tanto más cuanto las lecturas de los manuales
de economía clásica y la ausencia de espíritu de ob­
servación han difundido a este respecto graves errores.
En los países cuyo territorio es esencialmente
agrícola, los capitales extranjeros aprovechan más a
la riqueza nacional que en los países de territorio mi­
neral. La forma de ingreso tiene en ellos escasa impor­
tancia. D e cualquier manera que el capital se incorpore
al suelo, queda para siempre en él. Los errores económi­
cos, inclusive el mal uso del capital, tienen menor im­
portancia; y esto no es una paradoja, sino el fruto de ob­
servaciones que tienen hoy explicación perfectamente
satisfactoria.
Otra peculiaridad de los países de este tipo, es la esca­
sa importancia que en ellos tiene el problema de la na­
cionalización. Puede decirse que se resuelve solo. La
acción radicadora de la tierra nacionaliza al individuo
y al capital en el simple transcurso del tiempo. Para ello
no es indispensable un aumento de eficiencia econó­
mica en el criollo.

227
T al es el caso de la República Argentina, del Uruguay,
etc.
Por el contrario, en los territorios esencialmente mi­
nerales, como Chile y Bolivia, la inversión directa del ca­
pital extranjero aprovecha poco al desarrollo económi­
co nacional. La explotación mineral engendra una ac­
tividad transitoria, que no crea fuentes estables de pro­
ducción. El extranjero extrae riquezas del suelo sin in­
corporar nada útil a la futura expansión. Su esfuerzo,
no sólo no suple al del criollo en el desarrollo económi­
co permanente, sino que llega a convertirse en una ver­
dadera sangría, que debilita el crecimiento de la rique­
za nacional.
De la minería explotada por el extranjero, sólo apro­
vecha al desarrollo económico las sumas que el nativo
invierte discretamente, de lo que percibe por impuestos,
salarios, etc. De aquí el enorme desequilibrio entre la
actividad aparente que derrama la minería y el creci­
miento efectivo de la población y de la riqueza.
El problema de la nacionalización adquiere, por su
parte, una gravedad extrema en estos países. Ni la mi­
na ni la salitrera radican al individuo y al capital. El que
no las explota desde el extranjero, regresa casi invaria­
blemente a su patria, llevándose el capital que amasó su
trabajo. Para que la nacionalización pueda realizarse,
es ineludible que el criollo se nivele en aptitudes con los
pueblos capitalistas y, compensando ccn la proximidad
sus menores recursos, los desplace. En este proceso la mi­
na no suple, como la tierra, la ineptitud de la población.

De lo dicho en el párrafo precedente se desprende qué


todo país nuevo que crece con rapidez, salvo cortas excep­
ciones, salda sus cuentas internacionales, en una pro­
porción variable, con capitales extranjeros. Llámese
a esto importación de capitales, empréstito o producto

228
de venta de propiedades, ni la forma ni el nombre alte­
ran la sustancia del fenómeno.
Como con mucha exactitud observa Schmóller,
por este sólo hecho un país nuevo está en sus cambios
internacionales en una situación que pudiéramos lla­
mar de inferioridad crónica, de la cual derivan nume­
rosas peculiaridades que no ocurren en los cambios en­
tre países normales9®.
Tenemos, pues, en nuestros cambios extranjeros
un factor de inferioridad común a casi todos los países
nuevos. A él' se añaden otros peculiares de nuestro te­
rritorio, como la naturaleza de nuestros factores físi­
cos de expansión, o propios del estado social, como el ex­
ceso de consumos y el desplazamiento económico del
nacional.
La naturaleza responde de muy diversa manera a las
solicitaciones del esfuerzo humano. El rendimiento eco­
nómico del individuo que cría animales, cultiva el cam­
po o laborea minas, varía notablemente. Dentro de una
misma rama de producción, no es igual cultivar pam­
pas fecundadas espontáneamente por las lluvias que
descuajar suelos boscosos, ni indiferente regar suelos
feraces, como lo hicimos en otro tiempo, o suelos pobres,
como tenemos que hacerlo hoy.

MEn los estudios de los señores Luis A l d u n a t e sobre La Ba­


lanza Comercial, y, F r a n c i s c o V a l d é s V e r g a r a sobre La situación
económica y financiera de Chile, los dos trabajos más serios que exis­
ten sobre esta materia, no pudieron ser tomados en cuenta, sino muy in­
completamente, estas peculiaridades, que los avances posteriores de
la ciencia económica, basados en la observación, han venido a explicar.
El señor Alberto Edwards, en una interesante conferencia, que des­
graciadamente no se ha publicado, partiendo de la sola observación,
señaló algunas de ellas con notable exactitud. Aunque habría de­
seado avanzar al respecto algunos datos y observaciones, en mi propó­
sito de no enredarme en las disputas monetarias, renunció a hacerlo.
Por lo demás, entiendo que el trabajo del señor Edwards aparecerájen
breve.

229
Las exigencias de aptitudes industriales, de capita­
les y el rendimiento del esfuerzo, varían de país a país
y de región a región notablemente.
Pues bien, entre los países jóvenes, entre los hispano­
americanos por lo menos, no hay otro que requiera para
su desarrollo vigoroso mayor arte industrial y mayor
capital que el nuestro. No necesito añadir más a lo que
ya he dicho con relación a las exigencias de aptitudes eco­
nómicas en la población; pero séame permitido añadir
un dato relativo a las exigencias de capital.
Se sabe que las producciones de la agricultura y de la
ganadería argentinas, después de abastecer el consumo
interno, llenan enteramente los renglones de la expor­
tación, cuyo valor excede hoy de cuatrocientos millones
de pesos de 48 d. Pues bien, para subvenir a las exigencias
de la producción de esta enorme riqueza, Argentina ne­
cesitó importar en 1909 maquinarias y útiles de uso ex­
clusivo para la agricultura por valor de $ 1.183.000
de 48 d., o sean, $ 2.957.500 de 18 d. Añádase un cálculo
prudencial de las mercaderías de uso mixto, y no se do­
blan las cifras.
Entretanto, para subvenir a sólo las exigencias de
maquinaria de uso exclusivo de la minería, hemos
tenido nosotros que importar entre 1906 y 1910 inclu­
sive $ 39.5*3.105 de 18 d., o sean, $ 7.902.622 anuales.
Añádanse, como se hizo respecto de las importaciones
argentinas para usos agrícolas, las mercaderías de uso
mixto, y la cifra se dobla.
Para producir, pues, minerales y sales naturales por
un valor vecino a $ 244.111.145 de 18 d.®9 necesitamos
importar maquinarias, combustibles y otros artículos
accesorios por un valor dos veces superior al total de lo
que Argentina importa para subvenir a las exigencias
de su producción agrícola.
**He tomado la exportación de 1909, que no se aleja sensiblemen­
te de la exportación media de los últimos cuatro años.

230
Se comprenderá, sin esfuerzo, que un país que ne­
cesita hacer estos despliegues de arte industrial y de ca­
pital para producir, esté, por este capítulo, respecto de
sus cambios extranjeros en condiciones de inferioridad,
que necesita compensar con un exceso de actividad o de
economía, o con un crecimiento más lento.
Pesan, también, desfavorablemente en nuestros cam­
bios nuestros consumos irreproductivos, desproporcio­
nados con relación a nuestra capacidad productora.
Sería inoficioso hacer en este párrafo otra cosa que se­
ñalar el .sentido de su influencia sobre los cambios. Ya
he insistido bastante sobre el origen y naturaleza del fe­
nómeno.
Finalmente, entre los factores de inferioridad que
obran más pesadamente, debe contarse el desplaza­
miento económico del nacional. Lo que el extranjero ex­
trae como utilidad de sus negocios salitrales, cupríferos,
comerciales, bancarios, de seguros, de transportes, etc.,
pesa directamente sobre nuestra balanza de cuenta y
contribuye a inclinarla adversamente cada vez que la
importación de capitales disminuye o sobreviene un
cobro intempestivo de lo adeudado100.

l00Los señores A l d u n a t e y V a l d é s V e r g a r a han estudiado esta


influencia, en las obras ya citadas, con tanta exactitud y minuciosidad
que, por mi parte, no podría hacer otra cosa que reproducir lo dicho por
ellos.

23 1
Capítulo xv
El resurgim iento económ ico
de 19 0 5 -19 11

1
En los últimos años se ha acentuado poco a poco un re­
surgimiento económico, que no bastó a interrumpir la
fiebre bursátil de 1905-1906, y que en la hora actual de­
rrama cierta prosperidad y un relativo bienestar.
La agricultura se ha extendido considerablemente
en la región austral. A medida que la limpia del suelo ha
hecho posible el uso de la maquinaria, la producción
de trigo y avena, especialmente la primera, se ha desarro­
llado con rapidez. Sobre 5.373.281 q.m. de trigo co­
sechados en el país en el año 1909-10, 2.188.135 corres­
ponden a la producción de las provincias ubicadas al sur
de Concepción, K.
La ganadería, que tiene en la misma zona horizon­
tes más amplios que la agricultura propiamente dicha,
ha tomado también incremento. M agallanes exportó
en 1910 productos animales por valor de 9 14.664.705,
dé los cuales 9 8.994.624 corresponden a la lana y
$ 2.768.366 a la carne congelada, salada, etc.
En el centro y norte del país, la elevación de los pre­
cios de los productos de la agricultura, ha repercutido
favorablemente. Se mejoran los sistemas de cultivo y
se emprende la construcción de algunos de los largos y
costosos canales de regadío que estaban en proyecto
desde años atrás.
El precio de la propiedad, estacionado desde hacía
largo tiempo, ha subido considerablemente. Aún to­
mando en cuenta la depreciación de la moneda y pres­
cindiendo de la sobrevalorización momentánea, se pue-

K. V er Apéndice.

232
de afirmar que hay un alza de 70 a 80%, que correspon­
de a cambios permanentes verificados en las condiciones
de nuestra expansión económica, con relación al perío­
do 1892-1900.
La producción de salitre ha subido de q.m. 16.698.064
en 1905 a 23.595.983 en 1910, y todo hace presumir
que su desarrollo seguirá, todavía por algunas decenas
de años, en marcha ascendente. La participación del
nacional en ella ha subido en forma bien sensible. No
es exagerado calcularla hoy en la tercera parte de la pro­
ducción total.
Menos sólidos que los avances de la industria sali­
trera, son los realizados por la minería del cobre, pues
sus aumentos de producción de 1908 y 1909, fueron el
resultado, más de la incorporación ocasional de un gran
centro minero, Collahuasi, que de un desarrollo general
de esta industria, llamada a ser una de las grandes fuentes
de nuestra riqueza.
Los empresarios y los capitales chilenos han dado
impulso, fuera de la frontera, pero sin perderse para
nuestra vitalidad económica, a la explotación del esta­
ño en Bolivia.

La propia industria fabril, estimulada por la prospe­


ridad general, ha dado pasos, que sin pesar todavía
decisivamente sobre nuestra expansión, marcan un
avance notable y constituyen un síntoma altamente
halagador. En 1910 sus distintas ramas emplearon en
propiedades, maquinaria y giro un capital de
$ 420.296.253; consumieron materias primas nacio­
nales por valor de $ 192.978.931 y extranjeras por va­
lor de $ 100.288.450; produjeron por valor de
$ 531.493.917; y dieron ocupación a 49.031 hombres, a
ib.480 mujeres y a 5.549 niños101.

101Estadística Industrial de 1910.

233
2
Entre los factores que han determinado la bonanza eco­
nómica que nos envuelve, hay algunos accidentales.
Todo plan de trabajos públicos que sale de lo nor­
mal, obra como estimulante; enciende reflejamente
una actividad extraordinaria y un bienestar en gran par­
te ficticio. De aquí que, para atenuar las consecuencias
de las grandes crisis, se recurra a las obras públicas, co­
mo un arbitrio contra la depresión intensa que deja tras
de sí.
En nuestra prosperidad de hoy hay mucho de ficti­
cio, que deriva del extenso plan de obras públicas en que
estamos empeñados desde las postrimerías de la ad­
ministración Riesco y los principios de la administra­
ción Montt. Y la acción estimulante de los trabajos pú­
blicos ha sido en este caso tanto más eficaz, cuanto los
capitales con que se han costeado han provenido ínte­
gramente de empréstitos contratados en el extranjero.
Nuestra deuda externa, que era al 31 de diciembre de
1904 de £ 16.449.960, subía al 31 de diciembre de 1910 a
25.258.62o102.
Hasta cierto punto puede también considerarse co­
mo factor accidental de la ráfaga de prosperidad que
sopla en estos momentos, el considerable aflujo privado
de capitales extranjeros.
El éxodo de capitales desde los mercados viejos y ri­
cos a los nuevos, debe, en general, estimarse como fenó­
meno normal. Pero, en el caso nuestro, hay una circuns­
tancia que ha hecho notablemente sensible la influen-

IMLas 8.818.660 libras en que ha subido nuestra deuda, a


diferencia de lo que ocurrió con los empréstitos del decenio anterior, in­
venidos casi integram ente en armamentos, han servido para pa­
gar los ferrocarriles en construcción, las obras de salubridad, etc. U na
gran parte de esta suma se ha incorporado, pues, al país en forma de sa­
larios, ganancia de los contratistas, materiales, etc. De aquí su enér­
gica acción estimulante sobre los negocios en general.

234
cía del capital extranjero sobre los negocios. La prolon­
gada disputa de límites con la Argentina y los trastornos
monetarios, habían anulado en los años anteriores
casi por completo la importación de capitales; de tal
manera que, al reanudarse, ha obrado efectivamente co­
mo un estimulante anormal, tanto más cuanto la corrien­
te se ha producido con bastante fuerza. En los dos últi­
mos años han entrado al país en calidad de préstamo
o como precio de venta de salitreras, minas, bonos, ac­
ciones bancarias, etc., más de cuatro millones de libras
esterlinas.
Pero al lado del primer factor, enteramente acci­
dental, y del segundo, cuyos resultados dependen en
gran parte del uso discreto o imprudente que hagamos
del capital recibido, hay otras causas más sólidas que
han contribuido enérgicamente al resurgimiento.
Entre 1900 y 1909 el io medio del cobre ha sido de
£ 67.3.0, contra £ 50 en el decenio precedente.
En el mismo decenio tanto el precio como el consumo
del salitre, han sido notablemente superiores a los del
decenio anterior.
En otro terreno, las consecuencias del trastorno cau­
sado en la economía mundial por el ingreso brusco a la
concurrencia de extensas regiones agrícolas, se han
atenuado mucho. En parte los ajustes de las distintas pie­
zas del organismo económico a las nuevas condiciones,
y en parte la creciente demanda determinada por el
mayor consumo, han restablecido la normalidad.
Sin volver a los antiguos precios, los cereales y los produc­
tos animales han recobrado su valor relativo. M ien­
tras el medio general de los precios sólo ha subido entre
1896 y 1908 de 61 a 63, el medio de los precios de los pro­
ductos agrícolas, ha subido de 53 a 70103.
l#sVéanse los Index de S a u e r b e c k , publicados anualmente por
el Journal 0} Ihe Royal Statistical Sociely.

235
A este mejoramiento mundial de los precios del tri­
go, de la carne y de otros productos de la agricultura y de
la ganadería, se ha unido un factor interno de prospe­
ridad agrícola y fabril.
Los consumos de los productos de estas industrias
han aumentado, como consecuencia del estímulo re­
cibido, no sólo de las obras públicas y del aflujo pri­
vado de capitales extranjeros, sino también de la mayor
producción salitrera. Basta examinar el desarrollo del
comercio de cabotaje entre los puertos del norte y los del
centro y del sur para darse cuenta del fenómeno104.

3
Sin embargo, los cambios favorables que de 1905 a
1911 se han operado en los factores de nuestro desarrollo
económico, no alteran fundamentalmente, ni las con­
diciones dentro de las cuales viene realizándose desde el
último cuarto del siglo x ix , ni los rumbos en que viene
encauzado desde la adquisición de Tarapacá y Antofa-
gasta.
No obstante los avances de que he hecho caudal, la
agricultura y la ganadería apenas abastecen el consu­
mo propio. El valor de las exportaciones de productos de
origen vegetal o animal, fue en 1910 de $ 46.296.343; pero
el valor de las importaciones ascendió en el mismo
año a $ 57.525.261. Aun deduciendo el valor de aque­
llos artículos que deben incluirse más bien en la pro­
ducción manufacturera y que la defectuosa clasifi­
cación de la Estadística Comercial, ateniéndose a su
origen, engloba en los rubros demasiado amplios de
productos vegetales y animales, no queda a nuestra ex­
portación de productos de la agricultura y de la ganade­
ría, después de deducir las importaciones, un exceden­
te que merezca ser tomado en cuenta.

IMEn la segunda parte de este trabajo, reproduciré los cuadros


que sirven de base a esta afirmación.

236
Contrariado por el encarecimiento del brazo, con­
secuencia de la demanda de las industrias extractivas,
y por las grandes exigencias de trabajo y de capital que
tiene en Chile la adaptación de los suelos al cultivo, nues­
tro desarrollo agrícola continúa hoy, como ayer, sub­
ordinado a las necesidades del consumo propio; y todo
concurre a robustecer la convicción de que este orden
de cosas no se modificará en el futuro.

4
Tampoco se ha modificado considerablemente la
antinomia que desde hace cuarenta años existe entre
los factores físicos y la vocación y las aptitudes de la raza.
El joven afluye hoy a las fábricas y al comercio en ma­
yor proporción que quince años atrás. L a plétora en las
profesiones liberales, la dificultad de abrirse camino
en la agricultura y las exigencias mayores de la vida, le
empujan hacia ellas. Pero acude de mala voluntad, for­
zado por las circunstancias, a emplear su actividad en
trabajos que la escuela y el prejuicio social le enseñaron
a despreciar. Llega sin la vocación, madre de la perse­
verancia y primer factor del éxito, sin aptitudes y con
escasa posibilidad de desarrollarlas.
Nuestra cuota en la producción salitrera ha subido,
no porque hayamos desplazado al extranjero y recobra­
do parte de las posiciones de donde nos desalojó, sino mer­
ced al agotamiento de algunas oficinas de Tarapacá y al
reconocimiento de los antiguos títulos de Antofagas-
ta y Taltal.
No sólo no tenemos intenciones ni medios de reco­
brar lo perdido, sino que continuamos dispuestos a ven­
der nuestros yacimientos salitrales y cupríferos. Nues­
tra mayor participación en la producción salitrera, re­
sultado ocasional de circunstancias extraordinarias,
no refleja desgraciadamente, un aumento correlativo
en nuestra capacidad como industriales y como hom­

237
bres de negocios. Algo hemos avanzado en este terreno;
pero nos queda una inmensa jornada que hacer para ni­
velarnos siquiera con las medianías europeas101.
Coyuntura no menos favorable para la chilenización
del salitre, ha ofrecido la prosperidad de los últimos
años para el desarrollo vigoroso de las industrias fabri­
les. El consumo de sus productos ha sido cuantioso y los
precios remuneradores. L a misma sobrevalorización
de la propiedad agrícola, reduciendo las utilidades del
agricultor a menos del interés corriente del dinero, em­
puja a nuestros jóvenes y a nuestros hombres de nego­
cios hacia la manufactura.
Pero esta coyuntura la hemos aprovechado sólo en
parte. Como en el caso del salitre, nos estrellamos con la
falta de educación de las capacidades que hacen al fabri­
cante y al hombre de negocios. Nuestros jóvenes, faltos
de competencia técnica, de espíritu de empresa y de la
voluntad tenaz de vencer, se arredran delante la fábrica y
del establecimiento comercial, y se arremolinan en tor­
no de los empleos públicos, de la bolsa y del corretaje.
La opinión pública, por su parte, desprecia a la indus­
tria nacional y a sus productos. Formada en los ideales
librecambistas y falta del sentimiento vigoroso de la na­
cionalidad, rehúye los sacrificios que todo pueblo tiene
lo,Como un dato consolador, debo anotar el hecho de que los alum­
nos del Instituto Comercial de V alparaíso, no obstante la desastrosa
preparación con que salen de la enseñanza general y no obstante ser
arrebatados por las necesidades del comercio la mayor parte antes de
term inar sus estudios, han tenido éxito en la actividad comercial. M u­
chos de eltos, casi niños aún, figuran ya como comerciantes de prim era
talla. Es difícil poder exhibir un argum ento mejor para dem ostrar la
capacidad de la raza y los defectos de su educación. Si la enseñanza ge­
neral em pujara a los niños hacia los Institutos Técnicos, dando e]
ideal económico, y auxiliara su obra, educando el carácter y desarro­
llando las fuerzas motrices del hombre de negocios, la faz de este país
cambiaría en treinta años. La energía que hace al gran industrial, sólo
es una transformación de la energía guerrera. Hace trescientos años
los ingleses eran industrialm ente tan ineptos como nosotros.

238
que soportar antes de abrirse paso en la concurrencia fa­
bril. Educados sus gustos por el producto europeo, des­
precia sistemáticamente el artículo chileno similar.

5
Sin embargo, entre las innumerables dificultades con
que tropieza en sus primeros pasos nuestra industria fa­
bril, sujeta a una concurrencia excepcional mente ri­
gorosa y condenada a abrirse camino en un pueblo que no
tiene la conciencia de su porvenir ni la voluntad fuerte
de ser grande, se perciben dos síntomas, de escasa im-
pprtancia práctica hoy, pero que son del más alto interés
para el psicólogo y para el economista.
D e la imitación pasiva, principiamos a pasar a la ac­
tiva. L a industria europea, al barrer con sus procedi­
mientos más perfeccionados nuestra cara y primitiva
manufactura colonial, nos deslumbró. Durante varias
decenas de años sólo sentimos el deseo — que llegó en nos­
otros a ser una necesidad— de consumir sus productos.
Pero poco a poco, tímidamente al principio y desem-
bozadamente hoy, ha surgido el deseo de producir lo mis­
mo que admiramos, o sea la imitación activa.
Nuestra completa independencia manufacturera,
hoy trepida en los capitales para plantear las fábricas y
en el perfeccionamiento de nuestro arte industrial y de
nuestras capacidades comerciales. Y la experiencia de
los pueblos que hicieron antes que nosotros la jornadas,
manifiesta que, en la evolución a la etapa fabril, el des­
arrollo de las aptitudes y la acumulación de los capita­
les, ha sido siempre tarea más rápida que la de desper­
tar el deseo vigoroso de sentar plaza en ella.
O tro síntoma altamente halagador es el despertar
del sentimiento de la nacionalidad.
Como resultado del complejo tejido de influencias
de que hice caudal en el capítulo correspondiente, atra­
viesa entre nosotros por una crisis agudísima esta gran

239
fuerza, a cuya decadencia ninguna nación ha sobrevivido.
Lo mismo que en el pueblo alemán de principios del si­
glo x ix , se ha eclipsado la ambición de ser grande, el egoís­
mo colectivo y el espíritu de sacrificio en aras del por­
venir.
En 1903 el señor Carlos Fernández Peña, hacía
106. 1
notar esta crisis y sus consecuencias : y desde ese
.
mismo momento emprendió dentro de la escuela una
cruzada infatigable.
Diversos factores han venido a auxiliar al señor
Fernández en su benéfica tarea. Básteme recordar la
aparición de Raza Chilena, el hermoso poema en prosa
que el malogrado doctor Palacios consagró a nuestra
raza; la Conquista de Chile en el siglo x x , obra del señor
Tancredo Pinochet, joven distinguidísimo, perdido
en hora desgraciada para nuestra enseñanza, a la cual
pudo inyectar un buen contingente de nueva savia; y el
contacto con la República Argentina, cuyo enérgico es­
píritu de nacionalidad ha venido a sacudir nuestro so­
por.
Como una muestra de los resultados prácticos de la
reacción, transcribo el siguiente acuerdo tomado por la
Asociación de Educación Nacional en 3 de septiembre
de 1911:
»La Asociación de Educación Nacional, como un
medio de perfeccionar la educación económica de nues­
tra democracia acuerda: i° recomendar a sus consocios
el uso de artículos elaborados por la industria nacional;
2o que los maestros y profesores demuestren a sus alum­
nos la necesidad de preferir para sus consumos estos
mismos artículos«.
Todo hace, pues, presumir que nuestros pedagogos
abrirán los ojos a la realidad. Hay entre ellos algunos jó ­
venes inteligentes que comprenderán el error gravísi-

l0*La República Escolar.

240
mo que han cometido en cuanto se les llame la atención ha­
cia él. Porque se necesita una grosera ignorancia o una
perturbación mental para pretender hoy, en una socie­
dad como la nuestra, reemplazar la idea sencilla y defini­
da de patria por el concepto de la solidaridad humana,
enteramente inaccesible a la mentalidad del niño.
El egoísmo colectivo, que forma el fondo del senti­
miento de la nacionalidad, se quebranta; pero no deja
en su reemplazo sentimientos altruistas de fraternidad
humana, sino un caos que se resuelve, poco después de
abandonar el educando la escuela, en el deseo avasalla­
dor del medro personal, en la indiferencia por todo lo
grande, en la ausencia de todo espíritu de deber y de
sacrificio, en una palabra en el más ciego y brutal egoís­
mo personal. Prusia cosechó en Jena y Auerstaedt y en
la más horrorosa disolución moral y material los frutos
del quebrantamiento de su espíritu de nacionalidad.
La reacción de que dejo complacido constancia, permite
esperar que nosotros enmendaremos el rumbo, sin ne­
cesidad de tan duros argumentos. La obra realizada por
algunos maestros bien intencionados, pero que no al­
canzan a darse cuenta de la interdependencia de todos
los rasgos morales que informan el alma de los pueblos,
ni de la imposibilidad de quebrantar artificialmente
uno sin herir los demás, puede y debe ser contrarrestada
por la acción perseverante de quienes alcanzan a ver
un poco más allá.
Capítulo xvi

S ín tesis

La compleja red de fenómenos analizados en el curso de


este estudio, puede sintetizarse, desde el punto de vista
de nuestra evolución económica, en un corto número de
proposiciones.
En Chile, a diferencia de lo que sucede en la generali­
dad de los países hispanoamericanos, los factores físi­
cos, como el clima, el suelo, etc., sólo permiten una vigoro­
sa expansión económica a una población de grandes
aptitudes industriales que posea capitales abundantes.
La capacidad económica del chileno, superior a la
del hispanoamericano en general, a causa de su estado
social y de la enseñanza que recibe, es todavía muy infe­
rior a la del europeo.
El empresario y el brazo extranjeros no suplen entre
nosotros las deficiencias de aptitudes del criollo, como
sucede en Argentina, en el Uruguay y en otros pueblos sud­
americanos. Aparte de que, por la ubicación geográfica
del país y por su menor riqueza natural, acuden en cor­
ta cantidad a consecuencia de la naturaleza mineral de
nuestro suelo, el esfuerzo económico del extranjero de­
rrama sólo una prosperidad ficticia y transitoria, que
aprovecha poco al crecimiento efectivo y permanente.
Esta antinomia entre las condiciones impuestas por
los elementos físicos a nuestro desarrollo y las aptitudes
de la población, ha determinado una debilidad o anemia
generalizada en nuestro organismo económico y un des­
censo anormal en el crecimiento de la población en el
último tercio del siglo xix.
Como consecuencia de la debilidad de nuestro desa­
rrollo, hemos perdido la distancia que nuestra tempra­
na organización nos había permitido tomar sobre al­
gunos de los pueblos hispanoamericanos; y si el orden

242
actual de cosas no se modifica, en pocas decenas más
de años, la mayor parte de ellos nos sobrepasarán.
Y anticipando, para no perder la unidad del conjunto,
la síntesis de la segunda parte de este estudio, las pana­
ceas preconizadas por nuestros políticos para estimu­
lar el desarrollo económico, son, cuando no dañinas,
impotentes para realizar los fines que persiguen.
Siendo la debilidad de nuestra expansión efecto de
la antinomia que existe entre la naturaleza física y la ca­
pacidad económica de la población, sólo puede modificarse
removiendo la causa que la determina.
No está en nuestra mano modificar el lote que, en el
reparto de las riquezas naturales, nos cupo en suerte.
En cambio, los avances de la sociología y de la psi­
cología colectiva, nos permiten hoy modificar con ra­
pidez el otro término de la antinomia: la eficiencia eco­
nómica de la población.
La enseñanza, hasta hoy ineficaz como agente de trans­
mutación o cambio, ha entrado en una nueva faz que le
abre horizontes hasta ayer no sospechados. En su estado
actual, con toda la insuficiencia de sus medios pedagó­
gicos, puede corregir la herencia, contrarrestar desvia­
ciones y suplir los vacíos en la evolución de pueblos mes­
tizos que tienen energía natural; es decir, de pueblos
extremadamente sensibles a los agentes sociológicos
que tienen materia prima que elaborar.
Concretándose al caso nuestro, la educación siste­
mática puede completar la transformación aún im­
perfecta de nuestra primitiva energía militar en apti­
tudes industriales.
El solo restablecimiento del equilibrio entre nues­
tro desarrollo intelectual y nuestra capacidad econó­
mica, repercutiría favorablemente sobre nuestra evo­
lución moral, hoy perturbada por hondos trastornos.
La educación sistemática, una vez adaptada a nues­
tro estado social y a nuestro patrimonio hereditario, pue­

243
de contribuir directamente a la rehabilitación del sen­
timiento de la nacionalidad y de los ideales que consti­
tuyen el nervio de la expansión material y moral de un
pueblo.
Una política económica y comercial estable, basada
en el conocimieno de nuestros medios, de nuestra posi­
ción y de nuestro porvenir, puede auxiliar a la enseñan­
za en la realización de la tarea pesada que el destino y
nuestros errores han echado sobre sus hombros.
A p é n d ic e

(■A) En los años sig u ie n te s la desvalorización es m ayor; así


ten em os q u e en 1915 lleg ó a 8.3; en 1920 a 12.1; en 1925
a 6; en 1930 a 6; e n 1935 a 1.5; y a partir d e ese a ñ o a
cifras inferiores a I.
Es interesan te m edir la desvalorización m onetaria a par­
tir de 1932, en m o n ed a dólar, q u e es la q u e m ejor refleja
lo su ced id o en los ú ltim os años. En 1932 el cam bio
oficial era d e $ 16.55 por dólar, en 1935 d e S 19.37; en
1946 d e $ 31; en 1949 d e $ 80 apro x im a d a m en te; en
1953 de $ 110; y en 1955 d e $ 200; en 1964 d e E" 2 .3 5 (S
1.000 an tigu os = E° 1); en 1968 d e E° 6.79; en 1979 de
E" 12.21; en 1973 d e E” 160 y d esp u és d e E” 280; en
ju n io d e 1975 d e $ 5 .0 0 (S 1 n u ev o =E" 1.000); y en 1980
d e $ 39.00.
Cabe recordar qu e en m u ch os d e estos años existieron
cam bios m ú ltiples por el sistem a d e cam bios pref'eren-
ciales. D esde 1980 se fijó un cam bio ún ico d e S 39 por
dólar para todas las e x p o rta cio n es e im p ortaciones.
(B) Entre los años 1907 a 1920 la tasa fu e d e 15.6%; e n ir e
1920-1930 d e 14:99?; y en tre 1 9 3 0 -1 9 4 0 d e 13.9%; e n ­
tre 1940 y 1952 d e 22.8% . E ntre 1952 y 1960 d e 24.2% ;
entre 1960 y 1970 d e 20.49? y en tre 1970 y 1980 d e
24.9% (estim ación).
(C) En el año 1940 C hile tenía 4 .8 8 5 .0 0 0 habitantes y la
A rgentina 1 3 .5 0 0 .0 0 0 , o sea más d el d o b le. En 1955
C hile tenía p o co más d e seis m illones d e hab itantes, en
tanto qu e A rg en tin a ya bordeaba los 18 m illones, es
decir; tres veces m ás pob lación, y en 1978 C hile tiene
10.742.000 habitantes en tanto q u e A rgen tin a llegaba a
2 6 .3 9 3 .0 0 0 habitantes.

(D) En 1953 las e x p o rta cio n es m ineras o cu p a n en tre el 70 v


el 80% d el total d el com ercio ex terio r visible; los p r o ­
du ctos d e la agricultura, ganad ería, pesca y m aderas e

24 5
industria fabril o c u p a n en tre el 2 0 y el 30% d el total. En
1970 el p orcen taje Fue d e u n 84% y e n 1980, d el 60% .

(E) En el a ñ o 1928 la p r o d u cc ió n d e sa litre alca n zó a


3.233.321 ton elad as; en 1933 a 4 3 7 .6 5 5 to n s.;e n 1940 a
1 .4 8 5 .0 7 0 y en 1951 a 1 .6 8 4 .4 0 7 tons.; en 1966Í a
1.063.167 tons.; en 1970 a 6 7 3 .8 5 0 tons.; y en 1980 a
6,20.411 tons.
(F) En 1941 la p ro d u cció n d e cobre fu e d e 4 6 8 .6 8 8 tons.; en
1951 llegó a 3 7 9 .7 0 7 tons. en 1970, d e 6 8 5 .6 0 0 tons. y e n
1980 d e 1 .067 .7 0 0 tons.

(G) La Sociedad d e A ltos H o rn o s instaló los A ltos H o rn o s d e


C orral. En 1913 la Sociedad arren d ó el T o fo a la “Bet-
hlehem C hile Iron M ines C O ”. Esta em p resa m ejoró la
p r o d u ctiv id a d y ca p a citó al m in era l para p r o d u cir
I.8 0 0 .0 0 0 ton elad as d e hierro. Este hierro se b en efició
más tarde en la U sina d e H uachipato. La produ cción d e
hierro fu e en 1966 d e 1 2 .2 2 1 .6 4 7 tons.; en 1970 d e
I I.2 6 4 .9 2 9 tons. y en 1980 d e 8 .8 3 4 .5 7 7 tons.

(H ) En 1920 la natalidad alcanzó a 39.4 por mil, en 1930 a


39.8 por mii; en 1940 a 3 5 .4 por mil y en 1949 a 3 6 .7 por
mil. En 1960, a 3 7 .4 por mil; en 1970, a 27.2 por mil y en
1975 a 25 por m il (fu en te: S.N .S.).

(I) La m ortalidad infantil ha d e sce n d id o en los últim os


años. A sí ten em o s qu e en tre 1917-1921 llegaba a 27.4% ;
en 1930 a 23.4% ; en 1940 a 21.7% , en 1949 a 17% del
total d e nacidos vivos. En 1965, llegaba a 10.2%; en
1970, a 7.4% y en 1975 a 5.5% d el total d e nacidos vivos.

(J) A partir d e 1920 com ien za a bajar la ilegitim idad. En


1910-1919 el porcen taje d e hijos ilegítim os en la natali­
dad gen eral era d e 37.9% ;^en 1930 lleg ó a 30.4% ; en
1940 a 26.7% ; en 1948 a 20.6% . En 1958 a 15.6%; en
1968 a 17.6% y en 1,978 a 25% . A partir d e 1968 la
estadística se r efiere a nacidos vivos d e m u jeres no ca­
sadas.

24 6
Esta cifra es siem p re su p erio r a la d e países m ás a d ela n ­
tados; por ejem p lo Suiza tie n e un 4%; B élgica un 4,5% ;
Italia un 4.8% ; E spaña un 6%. Pero en otros países
am ericanos esta p ro p o rció n es m ayor: U ru g u a y tiene
un 28.2% ; El Salvador 59%; la R epública D om in ican a
un 54.9% . En E stados U n id o s, en cam bio, es d e 2.6% .

En 1 9 4 7 - 1 9 4 8 la c o s e c h a to ta l d e tr ig o lle g ó a
1 0.7 1 2 .1 6 2 qq.m .; e n l9 5 1 -1 9 5 2 alcanzó a 9 .1 5 5 .4 5 3
qq.m . En 1965 la pro d u cció n fu e d e 1 2 .7 5 9 .0 0 0 qq.m .
En 1978-1979 la pro d u cció n fu e d e 9 .9 5 1 .4 0 0 qq. m. y
en 1979-1980, d e 9 .6 6 0 .0 0 0 qq. m . (S .N .A .).

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