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Hessen, J. Teoría General Del Conocimiento

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TEORÍA GENERAL DEL CONOCIMIENTO.

INVESTIGACIÓN

FENOMENOLÓGICA PRELIMINAR

El fenómeno del conocimiento y los problemas contenidos en él

La teoría del conocimiento es, como su nombre indica, una teoría, esto es, una explicación e
interpretación filosófica del conocimiento humano. Pero antes de filosofar sobre un objeto es
menester examinar escrupulosamente este objeto. Una exacta observación y descripción del
objeto debe preceder a toda explicación e interpretación. Hace falta, pues, en nuestro caso,
observar con rigor y describir con exactitud lo que llamamos conocimiento, este peculiar
fenómeno de conciencia. Hagámoslo, tratando de aprehender los rasgos esenciales generales
de este fenómeno, mediante la autorreflexión sobre los que vivimos cuando hablamos del
conocimiento. Este método se llama el fenomenológico, a diferencia del psicológico. Mientras
este último investiga los procesos psíquicos concretos en su curso regular y su conexión con
otros procesos, el primero aspira a aprehender la esencia general en el fenómeno concreto. En
nuestro caso no describirá un proceso de conocimiento determinado, no tratará de establecer
lo que es propio de un conocimiento determinado, sino lo que es esencial a todo conocimiento,
en qué consiste su estructura general.

Si empleamos este método, el fenómeno de conocimiento se nos presenta en sus rasgos


fundamentales de la siguiente manera (Cf. A lo siguiente el “Análisis del fenómeno del
conocimiento” que da NICOLAI HARTMANN en su importante obra Fundamentos de una
metafísica del conocimiento, págs. 36-48)

En el conocimiento se hallan frente a frente la conciencia y el objeto, el sujeto y el objeto. El


conocimiento se presenta como una relación entre estos dos miembros, que permanecen en
ella eternamente separados el uno del otro. El dualismo de sujeto y objeto pertenece a la
esencia del conocimiento.

La relación entre los dos miembros es a la vez una correlación. El sujeto sólo es sujeto para un
objeto y el objeto sólo es objeto para un sujeto. Ambos sólo son lo que son en cuanto son para
el otro. Pero esta correlación no es reversible. Ser sujeto es algo completamente distinto que
ser objeto. La función del sujeto consiste en aprehender el objeto, la del objeto es ser
aprehensible y aprehendido por el sujeto.

Visto desde el sujeto, esta aprehensión se presenta como una salida del sujeto fuera de su
propia esfera, una invasión en la esfera del objeto y una captura de las propiedades de éste. El
objeto no es arrastrado empero, dentro de la esfera del sujeto, sino que permanece
trascendente a él. No en el objeto, sino en el sujeto, cambia algo por obra de la función de
conocimiento. En el sujeto surge una cosa que contiene las propiedades del objeto, surge una
“imagen” del objeto.

Visto desde el objeto, el conocimiento se presenta como una transferencia de las propiedades
del objeto al sujeto. Al trascender del sujeto a la esfera del objeto corresponde un trascender
del objeto a la esfera del sujeto. Ambos son sólo distintos aspectos del mismo acto. Pero en
éste tiene el objeto el predominio sobre el sujeto. El objeto es el determinante, el sujeto el
determinado. El conocimiento puede definirse, por ende, como una determinación del sujeto
por el objeto. Pero lo determinado no es el sujeto pura y simplemente, sino tan sólo la imagen
del objeto en él. Esta imagen es objetiva en cuanto que lleva en si los rasgos del objeto. Siendo
distinta del objeto, se halla en cierto modo entre el sujeto y el objeto. Constituye el
instrumento mediante el cual la conciencia cognoscente aprehende su objeto.

Puesto que el conocimiento es una determinación del sujeto por el objeto, queda dicho que el
sujeto se conduce receptivamente frente al objeto. Esta receptividad no significa, empero
pasividad. Por el contrario, puede hablarse de una actividad y espontaneidad del sujeto en el
conocimiento. Esta no se refiere, sin embargo, al objeto, sino a la imagen del objeto, en que la
conciencia puede muy bien tener parte, contribuyendo a engendrarla. La receptividad frente al
objeto y la espontaneidad frente a la imagen del objeto en el sujeto son perfectamente
compatibles.

Al determinar al sujeto, el objeto se muestra independiente de él, trascendente a él. Todo


conocimiento menta (“intende”) un objeto, que es independiente de la conciencia
cognoscente. El carácter de trascendentes es propio, por ende, a todos los objetos del
conocimiento. Dividimos los objetos en reales e ideales. Llamamos real a todo lo que nos es
dado en la experiencia externa o interna o se infiere de ella. Los objetos ideales se presentan,
por el contario, como irreales, como meramente pensados. Objetos ideales son, por ejemplo,
los sujetos de la matemática, los números y las figuras geométricas. Pues bien, lo singular es
que también estos sujetos ideales poseen un ser en sí o trascendencia, en sentido
epistemológico. Las leyes de los números, las relaciones que existen, por ejemplo, en los lados
y los ángulos de un triángulo, son independientes de nuestro pensamiento subjetivo en el
mismo sentido en que los son los objetos reales. A pesar de su irrealidad, le hacen frente como
algo en el determinado y autónomo.

Ahora bien, parece existir una contradicción entre la trascendencia del objeto al sujeto y la
correlación del sujeto y objeto, señalada anteriormente. Pero esta contradicción es sólo
aparente. Sólo en cuanto que es objeto del conocimiento hallase el objeto necesariamente
incluso en la correlación. La correlación del sujeto y el objeto sólo es irrompible dentro del
conocimiento; pero no en sí. El sujeto y el objeto no se agotan en su ser el uno para el otro,
sino que tienen además un ser en sí. Este consistente, para el objeto, en lo que aún hay de
desconocido en él. En el sujeto reside en lo que él sea además de sujeto cognoscente. Pues
además de conocer, el sujeto siente y quiere. Así, el objeto deja de ser objeto cuando sale de la
correlación, y en este caso el sujeto sólo deje de ser sujeto cognoscente.

Así como la correlación del sujeto y el objeto sólo es irrompible dentro del conocimiento, así
también sólo es irreversible como correlación de conocimiento. En sí es muy posible una
inversión. La cual tiene lugar efectivamente en la acción. En la acción no determina el objeto al
sujeto, sino el sujeto al objeto. Lo que cambia no es el sujeto, sino el objeto. Aquel ya no se
conduce receptiva, sino espontánea y activamente, mientras que este se conduce pasivamente.
El conocimiento y la acción presentan, pues, una estructura completamente opuesta.

El concepto de la verdad se relaciona estrechamente con la esencia del conocimiento.


Verdadero conocimiento es tan sólo el conocimiento verdadero. Un “conocimiento falso” no
es propiamente conocimiento, sino error e ilusión. Mas ¿en qué consiste la verdad del
conocimiento? Según lo dicho, debe radicar en la concordancia de la “imagen” con el objeto.
Un conocimiento es verdadero si su contenido concuerda con el objeto mentado. El concepto
de la verdad es, según esto, el concepto de una relación expresa una relación, la relación del
contenido del pensamiento, de la “imagen”, con el objeto. Este objeto, en cambio, no puede
ser verdadero ni falso; se encuentra en cierto modo más allá de la verdad y la falsedad. Una
representación inadecuada puede ser, por el contrario, absolutamente verdadera. Pues,
aunque sea incompleta, puede ser exacta, si las notas que contiene existen realmente en el
objeto.

El concepto de verdad, que hemos obtenido dela consideración fenomenológica del


conocimiento, puede designarse como concepto trascendente de la verdad. Tiene por
supuesto, en efecto la trascendencia del objeto. Es el concepto de la verdad propio de la
conciencia ingenua y de la conciencia científica. Pues ambas entienden por verdad. Los datos
fenomenológicos no nos dicen nada sobre si existe un criterio semejante. El fenómeno del
conocimiento implica solo su presunta existencia; pero no su existencia real.

Con esto queda iluminado el fenómeno del conocimiento humano en sus rasgos principales. A
la vez hemos puesto en claro que este fenómeno linda con tres esferas distintas. Como hemos
visto, el conocimiento presenta tres elementos principales: el sujeto, la “imagen” y el objeto.
Por el sujeto, el fenómeno del conocimiento toca la esfera psicológica; por la “imagen”, con
lógica; por el objeto, con la ontológica. Como proceso psicológico en un sujeto, el
conocimiento es objeto de la psicología. Sin embargo, se ve en seguida que la psicología no
puede resolver el problema de la esencia del conocimiento humano. Pues el conocimiento
consiste en una aprehensión espiritual de un objeto, como nos ha revelado nuestra
investigación fenomenológica. Ahora bien, la psicología, al investigar los procesos del
pensamiento prescinde por completo de esta referencia al objeto. La psicología dirige su
mirada, como ya se ha dicho, al origen y curso de los procesos psicológicos. Pregunta cómo
tiene lugar el conocimiento, pero no si es verdadero, esto es, si concuerda con su objeto. La
cuestión de la verdad del conocimiento se halla fuera de su alcance. Sí, no obstante, intentase
resolver esta cuestión, incurrirla (…), en un tránsito a un orden de cosas completamente
distinto. En esto justamente reside el fundamental error del psicologismo.

Por su segundo miembro, el fenómeno del conocimiento penetra en la esfera lógica. La


“imagen” del objeto en el sujeto es un ente lógico y, como tal, objeto de la lógica. Pero
también se ve en seguida que la lógica no puede resolver el problema del conocimiento. La
lógica investiga los entes lógicos como tarea, su arquitectura íntima y sus relaciones mutuas,
inquiere, como ya vimos, la concordancia del pensamiento consigo mismo, no su concordancia
con el objeto. El problema epistemológico se halla también fuera de la esfera lógica. Cuando se
desconoce este hecho, entonces decimos que se cae en logicismo.

Por su tercer miembro, el conocimiento humano toca a la esfera ontológica. El objeto hace
frente a la conciencia cognoscente como algo que es –trátese de un ser ideal o de un ser real-.
El ser, por su parte, es objeto de la ontología. Pero también resulta que la otología no puede
resolver el problema del conocimiento. Pues, así como no puede eliminarse del conocimiento
el objeto, tampoco puede eliminarse el sujeto. Ambos pertenecen al contenido esencial del
conocimiento humano, como nos ha revelado la consideración fenomenológica. Cuando se
desconoce eso y se ve el problema del conocimiento exclusivamente desde el objeto, el
resultado es la posición del ontologismo.

Ni la psicología, ni la lógica, ni la ontología pueden resolver, según eso, el problema del


conocimiento. Este representa un hecho absolutamente peculiar y autónomo. Si queremos
roturarle con un nombre especial, podemos hablar con Nicolai Hartmann de un hecho
gnoseológico. Lo que significamos con esto es la referencia de nuestro pensamiento a los
objetos, la relación del sujeto y el objeto, que no cabe en ninguna de las tres disciplinas
nombradas, como se ha visto, y que funda, por tanto, una nueva disciplina: la teoría del
conocimiento. También la consideración fenomenológica conduce, pues, a reconocer la teoría
del conocimiento como una disciplina filosófica independiente.

Cabría pensar que la misión de la teoría del conocimiento queda cumplida en lo esencial con la
descripción del fenómeno del conocimiento. Pero no es así. La descripción del fenómeno no
es su interpretación y explicación filosófica. Lo que acabamos de describir es lo que la
conciencia natural entiende por conocimiento. Hemos visto que, según la concepción de la
consciencia natural, el conocimiento consiste en forjar una “imagen” del objeto; y la verdad
del conocimiento es la concordancia de esta “imagen” con el objeto. Pero averiguar si esta
concepción está justificada es un problema que se encuentra más allá del alcance del
problema fenomenológico. El método fenomenológico sólo puede dar una descripción del
fenómeno del conocimiento. Sobre la base de esta descripción fenomenológica hay que
intentar una explicación e interpretación filosófica, una teoría del conocimiento. Esta es la
misión propia de la teoría del conocimiento.

Como consecuencia de lo dicho, la descripción del fenómeno del conocimiento tiene solo una
significación preparatoria. Su misión no es resolver el problema del conocimiento, sino
conducirnos hasta dicho problema. La descripción fenomenológica puede y debe descubrir los
problemas que se presentan en el fenómeno del conocimiento y hacer que nos formemos
conciencia de ellos.

Si profundizamos una vez más en la descripción del fenómeno de conocimiento anteriormente


dada, encontraremos sin dificultad que son ante todo cinco problemas principales los que
implican los datos fenomenológicos. Hemos visto que el conocimiento significa una relación
entre un sujeto y un objeto, que entran, por decirlo así, en contacto mutuo; el sujeto
aprehende el objeto. Lo primero que cabe preguntar es, por ende, si esta concepción de la
conciencia natural es justa, si tiene lugar realmente este contacto entre el sujeto y el objeto.
¿Puede el sujeto aprehender realmente el objeto? Esta es la cuestión de la posibilidad del
conocimiento humano.

Tropezamos con otro problema cuando consideramos de cerca la estructura del sujeto
cognoscente. Es esta una estructura dualista. El hombre es un ser espiritual y sensible.
Consiguientemente, distinguimos un conocimiento espiritual y un conocimiento sensible. La
fuente del primero es la razón; la del último, la experiencia. Se pregunta de qué fuente saca
principalmente sus contenidos la conciencia cognoscente ¿Es la razón o la experiencia la
fuente y base del conocimiento humano? Esta es la cuestión del origen del conocimiento.

Llegamos al verdadero problema central de la teoría del conocimiento cuando fijamos la vista
en la relación del sujeto y el objeto. En la descripción fenomenológica, caracterizamos esta
relación como una determinación del sujeto por el objeto. Pero también cabe preguntar si esta
concepción de la conciencia natural es la justa. Como veremos más tarde, numerosos e
importantes filósofos han definido esta relación justamente en el sentido contrario. Según
ellos, la verdadera situación de hecho es justamente inversa: no es el objeto el que determina
al sujeto, sino que el sujeto determina al objeto. La conciencia cognoscente no se produce
receptivamente frente a su objeto, sino activa y espontáneamente. Cabe preguntar, pues, cuál
de las dos interpretaciones del fenómeno del conocimiento es la justa. Podemos designar
brevemente este problema como la cuestión de la esencia del conocimiento humano.

Hasta aquí, al hablar del conocimiento hemos pensado exclusivamente en una aprehensión
racional del objeto. Cabe preguntar si además de este conocimiento racional hay un
conocimiento de otra especie un conocimiento que pudiéramos designar como conocimiento
intuitivo, en oposición al discurso racional. Esta es la cuestión de las formas de conocimiento
humano.

Un último problema entró en nuestro círculo visual al término de la descripción


fenomenológica: la cuestión del criterio de la verdad. Si hay un conocimiento verdadero, ¿en
qué podemos conocer esta su verdad? ¿Cuál es el criterio que nos dice en el caso concreto, si
un conocimiento es o no verdadero?

(...)

___________________

FUENTE: J. Heseen. Teoría del conocimiento. Editores Universales. Edit. Losada, Buenos Aires.
Décimo quinta edición.

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