Textos Narrativos
Textos Narrativos
Textos Narrativos
https://www.caracteristicas.co/texto-narrativo/
RESUELVE EL CRUCIGRAMA
ACTIVIDADES
El niño no notaba el frío ni la lluvia. La lluvia le resbalaba por la cara y se le metía por el cuello. El frío y la humedad le calaban
el abrigo, pero él no lo notaba.
Ahora es tu turno: narra, dando detalles concretos, cada uno de los siguientes hechos.
2. La puerta se abrió.
___________________________________________________________________________________________________________
3. Se oyó un ruido.
___________________________________________________________________________________________________________
______________________________________________________
______________________________________________________
______________________________________________________
______________________________________________________
______________________________________________________
______________________________________________________
______________________________________________________
______________________________________________________
______________________________________________________
______________________________________________________
______________________________________________________
______________________________________________________
______________________________________________________
______________________________________________________
Lee atentamente el texto e identifica el tipo de narrador; resalta tu respuesta.
Los dos niños se habían metido poco a poco y se iban riendo, conforme el agua les subía por las piernas y el vientre y la cintura. Se detenían
a juguetear con el agua, y las risas crecían y se les contagiaban como un cosquilleo nervioso. Se salpicaron y se agarraron dando gritos, hasta
que ambos estuvieron del todo mojados, jadeantes de risa.
3ª. Persona. Narrador omnisciente 3ª. Persona. Narrador observador 1ª. Persona. Narrador protagonista
Hace muchos años tuve un amigo que se llamaba Jim, y desde entonces nunca he vuelto a ver a un norteamericano más triste. Desesperados
he visto muchos. Tristes como Jim, ninguno. Una vez se marchó a Perú, en un viaje que debía durar más de seis meses, pero al cabo de poco
tiempo volví a verlo.
3ª. Persona. Narrador omnisciente 3ª. Persona. Narrador observador 1ª. Persona. Narrador protagonista
La mañana del 4 de octubre, Gregorio Olías se levantó más temprano de lo habitual. Había pasado una noche confusa, y hacia el amanecer
creyó soñar que un mensajero con antorcha se asomaba a la puerta para anunciarle que el día de la desgracia había llegado al fin.
3ª. Persona. Narrador omnisciente 3ª. Persona. Narrador observador 1ª. Persona. Narrador protagonista
A los seis años ya había captado por completo su entorno mediante el olfato. No había ningún objeto en casa de madame Gaillard, ningún
lugar en el extremo norte de la rue Charonne, ninguna persona, ninguna piedra, ningún árbol, arbusto o empalizada, ningún rincón, por
pequeño que fuese, que no conociera, reconociera y retuviera en su memoria olfativamente, con su identidad respectiva. Había reunido y
tenía a su disposición diez mil, cien mil aromas específicos, todos con tanta claridad, que no sólo se acordaba de ellos cuando volvía a
olerlos, sino que los olía realmente cuando los recordaba; y aún más, con su sola fantasía era capaz de combinarlos entre sí, creando nuevos
olores que no existían en el mundo real.
3ª. Persona. Narrador omnisciente 3ª. Persona. Narrador observador 1ª. Persona. Narrador protagonista
El gato negro
(Fragmento)
Edgar Allan Poe
Desde la infancia me destaqué por la docilidad y bondad de mi carácter. La ternura que abrigaba mi corazón era tan
grande que llegaba a convertirme en objeto de burla para mis compañeros. Me gustaban especialmente los animales, y
mis padres me permitían tener una gran variedad. Pasaba a su lado la mayor parte del tiempo, y jamás me sentía más
feliz que cuando les daba de comer y los acariciaba. Este rasgo de mi carácter creció conmigo y, cuando llegué a la
madurez, se convirtió en una de mis principales fuentes de placer.
Aquellos que alguna vez han experimentado cariño hacia un perro fiel y sagaz no necesitan que me moleste en
explicarles la naturaleza o la intensidad de la retribución que recibía. Hay algo en el generoso y abnegado amor de un
animal que llega directamente al corazón de aquel que con frecuencia ha probado la falsa amistad y la frágil fidelidad del
hombre.
Me casé joven y tuve la alegría de que mi esposa compartiera mis preferencias. Al observar mi gusto por los animales
domésticos, no perdía oportunidad de procurarme los más agradables de entre ellos. Teníamos pájaros, peces de colores,
un hermoso perro, conejos, un monito y un gato. Este último era un animal de notable tamaño y hermosura,
completamente negro y de una sagacidad asombrosa. Al referirse a su inteligencia, mi mujer, que en el fondo era no
poco supersticiosa, aludía con frecuencia a la antigua creencia popular de que todos los gatos negros son brujas
metamorfoseadas. No quiero decir que lo creyera seriamente, y sólo menciono la cosa porque acabo de recordarla.
Plutón -tal era el nombre del gato- se había convertido en mi favorito y mi camarada. Sólo yo le daba de comer y él me
seguía por todas partes en casa. Me costaba mucho impedir que anduviera tras de mí en la calle.
La Hojarasca
Gabriel García Márquez
(Fragmento)
Los hombres traen el ataúd y bajan el cadáver. Entonces recuerdo el día de hace veinticinco años en que llegó a mi casa y me entregó la carta
de recomendación. Fechada en Panamá y dirigida a mí por el intendente General del Litoral Atlántico a fines de la guerra grande, el coronel
Aureliano Buendía. Busco en la oscuridad de aquel baúl sin fondo sus baratijas dispersas.
Está sin llave, en el otro rincón, con las mismas cosas que trajo hace veinticinco años. Yo recuerdo: Tenía dos camisas ordinarias, una caja
de dientes, un retrato y ese viejo formulario empastado. Y voy recogiendo estas cosas antes de que cierren el ataúd y las echo dentro de él. El
retrato está todavía en el fondo del baúl, casi en el mismo sitio en que estuvo aquella vez. Es el daguerrotipo de un militar condecorado.
Echo el retrato en la caja. Echo la dentadura postiza y finalmente el formulario. Cuando he concluido hago una señal a los hombres para que
cierren el ataúd. Pienso: “Ahora está de viaje otra vez. Lo más natural es que en el último se lleve las cosas que le acompañaron en el
penúltimo. Por lo menos, eso es lo más natural”. Y entonces me parece verlo, por primera vez, cómodamente muerto.
Examino la habitación y veo que se ha olvidado un zapato en la cama. Hago una nueva seña a mis hombres, con el zapato en la mano, y ellos
vuelven a levantar la tapa en el preciso instante en que pita el tren, perdiéndose en la última vuelta del pueblo. “Son las dos y media”, pienso.
Las dos y media del 12 de septiembre de 1928; casi la misma hora de ese día de 1903 en que este hombre se sentó por primera vez a nuestra
mesa y pidió hierba para comer. Adelaida le dijo aquella vez: “¿Qué clase de hierba, doctor?” Y él, con su parsimoniosa voz de rumiante,
todavía perturbada por la nasalidad: “Hierba común, señora. De esa que comen los burros”.
Fuente: https://preparateparaenlace.files.wordpress.com/2012/03/espac3b1ol-2-grado-secundaria.pdf