Senda Hacia Tierras Hondas
Senda Hacia Tierras Hondas
Senda Hacia Tierras Hondas
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Bashō Matsuo
ePub r1.2
Titivillus 09.04.2022
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Título original: Oku no hosomichi
Bashō Matsuo, 1702
Traducción: Antonio Cabezas
Editor digital: Titivillus
ePub base r2.1
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INTRODUCCIÓN
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BAJO el título Sendas de Oku, esta diminuta pero inmortal obra de Bashō fue
traducida al español en 1957 por el Premio Nobel de Literatura Octavio Paz, en
colaboración con el insigne hispanista y diplomático japonés Hayáshiya Eikichi,
siendo publicada por la Universidad Nacional de México. Barral Editores publicó en
1978 una edición ampliada.
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la de Lesley Downer On the Narrow Road to the Deep North (Journey into a Lost
Japan), publicada en Londres por Jonathan Cape en 1989. La autora hizo el mismo
recorrido que Bashō, y sus explicaciones perfilan algo más nuestra comprensión de
algunas palabras del autor. Lo que Octavio Paz traduce en cierto pasaje como morral
resulta ser un auténtico baúl, que pesa veinte kilos.
En 1976 Donald Keene publicó World Within Walls, dedicando a Bashō cincuenta
páginas de crítica insuperable, donde aclara ciertas cosas que Octavio Paz no
señalaba como, por ejemplo, que la estructura general de la obra sigue la integración
de la renga, donde deben alternar los momentos intensos con otros más suaves y
remansados. Keene observa también que un cotejo de la obra de Bashō con el diario
de viaje de su compañero Sora (publicado por primera vez en 1943) revela que el
maestro inventó bastante y que su propósito no fue escribir un relato histórico
verídico, sino una obra poética. De hecho, sabemos que Bashō, orfebre sublime que
retocaba repetidas veces sus propios haikus, estuvo enfrascado en la redacción de
Senda hacia tierras hondas nada menos que cuatro años. Keene revela que de joven
Bashō mantuvo relaciones con una monja budista llamada Jutei, teniendo de ella
varios hijos. La vida privada de Bashō no afecta para nada el valor de su poesía, pero
sí averiguamos que, si Bashō reduce la temática de su lírica al aspecto paisajístico, no
es porque fuese insensible a los reclamos del amor.
Keene recuerda que en otro de sus diarios de viaje, Oi no Kobumi (Notitas de
morral), de 1687, Bashō afirma estar harto de su propio arte, habiendo pensado
muchas veces abandonarlo, pues no le ha traído paz, y que se ha dedicado a poemitas
menudos por su falta de talento. Esta última observación me recuerda lo que Umbral
ha escrito alguna vez sobre Azorín, que todo en él —sintaxis, temática y visión del
mundo— es pequeño por su pobreza de recursos. Y sin embargo…
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no nos dice todo. El libro no ofrece asidero alguno. Breve cuaderno hecho de veloces
dibujos verbales. La poesía se mezcla a la reflexión, el humor a la melancolía, la
anécdota a la contemplación. En este libro no pasa nada salvo el sol, la lluvia, los
árboles, una niña… No pasa nada, excepto la vida y la muerte».
Otro motivo para intentar una nueva traducción es que algunas de las soluciones
de Octavio Paz son francamente insuficientes, sin que ello menoscabe la grandeza de
su labor. Ni la palabra japonesa hagi puede traducirse como trébol, ni el nadéshiko es
un clavel, ni el nemu una mimosa, ni el hototogisu un ruiseñor… No existe el monte
Oyama, sino que se trata simplemente de un monte grande.
Por otra parte, en el haiku que dice en el original
Hitotsuya ni
yûjo no netari
hagi to tsuki,
no es que la luna y el trébol durmieran bajo el mismo techo, sino que el hecho de que
un viajante tan austero y religioso como Bashō durmiera en la misma posada con
unas mancebas es algo tan extraordinario como juntar dos objetos distantes, la luna
del cielo y las lespedezas de nuestro asendereado planeta. Por eso traduzco
En mi posada
duermen también mancebas.
Luna y lespedezas.
Octavio Paz se permite incluir en su versión de algunos poemas cosas que Bashō no
dice, como en la de
Oi mo tachi mo
satsuki ni kazare
kami-nobori,
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Espada y morral:
Fiesta de Muchachos,
banderas de papel…
Luzcan en mayo
el baúl y la espada.
Y gallardetes.
Si Bashō pulía una y otra vez sus propios haikus, no es de extrañar que muchas
traducciones líricas sean también susceptibles del mismo proceso de
embellecimiento. Yo mismo he publicado ya en Jaikus inmortales (Hiperión, 1983,
1989) trece de los haikus que aparecen en Senda hacia tierras hondas, algunos de los
cuales he corregido o tratado de mejorar. Donde escribí «se incrustan en las rocas»,
he puesto ahora «empapan rocas». Donde escribí
Como la almeja
en dos valvas, me parto
de tí con el otoño
he variado a
Nos separamos
como concha y almeja,
se va el otoño.
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ser entendido en Japón, pero que Bashō, el maestro del haiku, no puede ser
comprendido por los no-japoneses». Este prurito de impenetrabilidad que se arrogan
a sí mismos muchos japoneses es pura entelequia, un infundio absurdo. El poeta
inglés James Kirkup ha escrito en diciembre de 1985: «Es muy fácil dar una versión
del significado superficial de un haiku, pero muy difícil imbuir la traducción del
espíritu que yace tras el original. Sólo puede hacerlo un poeta sensible al espíritu
poético universal».
Tranquilícese el lector que sienta de verdad la poesía y no se preocupe por no
saber japonés. El entendimiento de Bashō, la apreciación de su belleza y profundidad
no dependen tanto del traductor como de la sensibilidad poética del lector. Unamuno
jamás llegó a comprender la lírica de Rubén Darío. En Japón nadie entendió el valor
literario del Konjaku-monogatari, obra del siglo XII, hasta que Akutagawa lo
descubrió en 1914. No depende la cosa, no, de la raza o de la lengua nativa.
Kuwabara Takeo afirmó en 1946 que no ya los haikus de Bashō, sino los haikus todos
son un género menor, indigno de una literatura seria. Por el contrario, basta leer los
comentarios de Octavio Paz para saber que un mexicano de nuestros días puede
entender perfectamente lo que Kuwabara, a pesar de ser japonés y profesor de
literatura, fue incapaz de apreciar.
No todo lo que Bashō escribió tiene el mismo valor. Shiki, que con Bashō, Buson
e Issa forma el cuarteto de grandes haikistas de la historia, escribió a finales del XIX
que el ochenta por ciento de la producción del maestro era mediocre. Y Blyth,
admirador de Bashō, dice en nuestros días que de los cerca de dos mil haikus que se
conservan del maestro, sólo cien son realmente buenos. De los cincuenta y un haikus
de Bashō que aparecen en Senda hacia tierras hondas ¿cuántos han sido
considerados como inmortales? Tal vez no pasen de veinticinco.
Para conmemorar el tercer centenario del viaje de Bashō hacia tierras hondas, el
Ministerio de Correos de Japón emitió desde el 26 de febrero de 1987 hasta el 12 de
mayo de 1989 una serie de sellos sobre esta obra, en los que recoge veinte haikus
como dignos de celebración especial.
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VIDA DE BASHÔ
Nació en 1644, un año después de darse por clausurado el siglo ibérico de Japón
con el martirio de los últimos misioneros extranjeros, que permanecían ocultos en el
país.
Fue su villa natal Ueno, a unos cien kilómetros al sur de Kioto, y su familia era de
la clase samurai. Bashō, que es sólo un pseudónimo literario, llevaba en realidad el
nombre de Kinsaku. De niño fue paje del heredero de su señorío, Tôdô Yoshitada; los
dos muchachos estudiaron haiku con Kigín, poeta de la escuela de Teitoku. A la
muerte de Yoshitada en 1666, Bashō huyó a Kioto ante la negativa del daimio a
permitirle abandonar el servicio de la casa. Siguió estudiando literatura japonesa y
china, manteniendo relaciones amorosas con Jutei. En 1672, a los 28 de su edad, se
trasladó a Edo, capital militar y política del imperio. Tres años más tarde se afilió a la
escuela haikista Danrin, del poeta Sôin. Pronto empezó a crear un estilo propio y a
tener discípulos, pero se negó siempre a recibir honorarios por corregir los poemas de
sus alumnos, y consta que para vivir obtuvo empleo en el Servicio de Aguas.
A sus 36 años se instaló en una chocilla al otro lado del río Sumida, donde plantó
un platanero (bashô), que le dio nombre a la rústica villa y le sirvió de pseudónimo
literario. Bashō estaba dispuesto a vivir la poesía, apartado del bullicio de la ciudad.
Dos años después encontró a Butchô, bonzo del Zen, que lo convirtió en adepto.
Su interés por el Zen fue suscitado por influencia de sus amigos Onítsura y
Shintoku, por la lectura de los poetas chinos Tu Fu y Li Po y del filósofo chino
Chuang Tzu, y finalmente por su admiración por Saigyô y Sôgi.
Para comprender la poesía de Bashō no creo que haya que aceptar los cuatro
principios básicos del budismo en general, ni el específico del Zen, pero no estará de
más el conocerlos. Ideas centrales del budismo son:
Todo en el universo es impermanente.
Todo en el universo está interrelacionado.
La salvación consiste en entrar en el nirvana o iluminación, que no es saber la
verdad, sino estar en ella.
Se requiere tener un maestro, el cual no enseña la verdad, sino que ayuda a
encontrarla.
Idea específica del Zen es que la única vía al nirvana es la meditación.
La conversión al Zen de Bashō se produjo entre los 38 y 39 años de su edad. A
los 40 se dio cuenta de que su retiro semimonacal en Villa Platanero no bastaba y
decidió lanzarse a viajar. Antes de morir realizó cuatro viajes, que describió en
sendos diarios, siendo el cuarto Senda hacia tierras hondas: seiscientas leguas o dos
mil trescientos cuarenta kilómetros de recorrido.
Murió a los cincuenta años en su quinto y postrer viaje. La muerte le encontró en
Osaka, el 12 de octubre de 1694.
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Bashō, que se describía a sí mismo como murciélago, mitad pájaro y mitad ratón,
tenía un físico tan esmirriado que él mismo bromeó sobre la delgadez de sus piernas
en un haiku memorable, ya que no inmortal:
Piernas enclenques
tendré, pero está en flor
el monte Yoshino.
Sus extensos viajes los realizó a base de aguante, siendo atacado muchas veces por
dolores abdominales y cólicos, causados probablemente por cálculos en la vesícula
biliar.
El caminante
van a llamarme a mí.
Primer chubasco.
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LA POESÍA DE BASHÔ
Queman mosquitos
en la alcoba de Pao-Su
entre deliquios.
Buson escribió:
Issa:
De no estar tú,
demasiado enorme
sería el bosque.
Y Shiki:
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Se ha notado que Bashō parecía incapaz de escribir poemas sobre paisajes
grandiosos o especialmente bellos. Del monte Fuji escribió un haiku sorprendente:
Butchô comprendió que Bashō había llegado al nirvana. Le dijeron que completase el
poema y algunos de los presentes, infelices ellos, incluso le sugirieron el primer
verso: Ocaso obscuro (Yoiyami ya), En soledad (Sabishisa ni), Unas mosquetas
(Yamabuki ya). Pero el maestro dijo:
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Un viejo estanque.
En Senda hacia tierras hondas hay otro haiku de Bashō más similar, si cabe, al de
Machado:
A la derecha
de un arrozal fragante,
el mar de Ariso.
Bashō decía que un buen haiku debe revelar sólo el setenta u ochenta por ciento
del objeto, y si sólo revela el cincuenta o sesenta por ciento será inmortal. El objeto
es lo que existe, lo que puede verse o imaginarse. Pero también lo que se desearía
existiese:
Islas de Pinos.
Cuclillo, que la grulla
te dé sus plumas.
No creo que sea válido sacar reglas partiendo de la inspiración de un hombre como
Bashō, que veía la naturaleza de un modo tan personal.
Noche marina.
La voz del pato
es vagamente blanca.
Ni la voz del pato es blanca sino en la mente de Bashō, ni el chirriar de las chicharras
empapa las rocas sino en su imaginación. No puede, pues, decirse que la poesía de
Bashō sea siempre pura objetividad.
En ruiseñor
sueña que se convierte
el grácil sauce.
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Pero hay que acabar en algún momento. Lo demás, aparte de que lo han dicho ya en
español Octavio Paz y Rodríguez Izquierdo, debe apreciarlo de por sí cada lector.
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SENDA HACIA TIERRAS HONDAS
(OKU NO HOSOMICHI)
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Pasajeros de las edades
LOS meses y los días son pasajeros de las edades, siendo también viajeros los años,
que van y vienen.
Para los que dejan flotar su vida sobre un barco o envejecen llevando los frenos
de los caballos, todos sus días son viaje y hacen del viaje su morada.
Antiguamente hubo muchos que murieron durante el viaje.
Yo mismo, desde hace algunos años, como jirón de nube invitado por el viento,
no he parado de abrigar pensamientos de vagabundeo, conque estuve vagando por la
costa, y el otoño del año pasado volví a mi choza en la ribera, donde quité las viejas
telarañas, pero apenas acabado el año, ya en el cielo la niebla que la primavera
levanta, se me ocurrió cruzar el paso de Shirakawa[1], como poseído por un dios y
con el corazón enloquecido, como que me hacía intimaciones el dios de los
caminantes, de forma que nada pude ya traer entre manos.
Remendé los rotos de mis calzones, cambié las cintas de mi sombrero y, tras
aplicar moxa a mis rodillas, fue ya todo poner el corazón en la luna de Matsúshima,
dejar a otros mi vivienda y mudarme a la villa de Sampû[2]. Al salir de mi choza,
colgué de uno de sus pilares los ocho primeros poemas de una serie de cien. El
primero decía:
Hasta en mi choza
habrá otros moradores,
y habrá muñecas[3].
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Despedida
EL séptimo día del último tercio de marzo[4], pálido por la neblina el cielo de la
alborada, la luna en menguante y con luz debilísima, cuando se vislumbra apenas la
cumbre del Fuji, empecé a angustiarme pensando en si volvería o no a ver las copas
de los cerezos floridos de Ueno y Yanaka.
Todos los íntimos se habían reunido la víspera y nos acompañaron en el barco.
Cuando desembarcamos en un lugar llamado Senju, pensé en las tres mil leguas[5] de
trayecto que me esperaban y se me llenó el corazón de congoja, derramando lágrimas
de despedida antes de lanzarme a confines fantasmales.
Se va la primavera.
Lloran las aves, son lágrimas
los ojos de los peces.
Hice de este poema el comienzo de mi viaje, pero la verdad es que apenas podía dar
un paso adelante. Los amigos se alinearon en la ruta y parecían querer despedirnos
hasta que nuestras espaldas desaparecieran de su vista.
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El peso del morral
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Parto ígneo y peces tabú
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El monte sol y la cascada ermita
EL treinta nos hospedamos a la falda del monte Nikkô. El posadero me dijo: «Me
llamo Hotoke (Buda) Gozaemón. La gente me ha puesto este nombre por mi rectitud
en todo, conque descansen tranquilos de las fatigas del viaje». Preguntándome qué
Buda había aparecido en este turbio mundo de tierra y polvo para asistir a gente como
nosotros, mendigos boncescos y peregrinantes, me puse a ponderar la conducta del
buen hombre, y lo hallé ser sin dolo ni egoísmo, todo honradez. De aquellos que
Confucio dice: «Firme, honrado, cercano a la benevolencia». Un natural limpio, que
merece todo respeto.
¡Qué majestad!
En hierbas verdes, tiernas,
la luz del sol.
La niebla cubría el monte Kurogami (Pelo negro), donde aún se veía blanca la nieve.
Sora escribió:
Rapado llego
al monte Pelonegro
con otras ropas.
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de mil rocas, lleno de verdor. Me refugié en la oquedad y miré el panorama desde
detrás de la cascada, comprendiendo por qué se le llama la cascada de Urami (Ver
desde detrás).
Me quedo un rato
detrás de la cascada.
Entra el verano.
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El caballo como guía
Así, Casada,
debería llamarse
la clavellina doble.
Por fin llegamos al pueblo. En la silla de montar dejé una gratificación y devolví el
caballo con los niños.
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Disparando a perros y abanicos
Monte estival.
Venero unas galochas
a mi partida.
En esta región al fondo del monasterio de Zen Unganji está la ermita abandonada del
venerable Butchô. Una vez me dijo que había escrito sobre una roca, con cisco de
pino, el siguiente poema:
Para ver lo que quedara de esta ermita, fui con mi báculo hasta el monasterio, donde
algunos se ofrecieron a acompañarnos, y como había muchos jóvenes, se animó la
marcha, de forma que antes de que me diera cuenta, ya habíamos llegado a la falda
del monte. La espesura era casi impenetrable, seguía infinito el camino a lo largo de
una quebrada, negros los pinos y cedros, con musgo por doquier, y era todavía frío el
cielo de abril.
Vimos los diez famosos panoramas y, atravesando un puente, entramos en la
montaña.
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Pues bien, dónde estaría la ermita sino, trepando por detrás del monasterio, allá en
lo alto de un risco: una chocilla adosada a la boca de una cueva. Me pareció como si
me hallase ante la ermita llamada Barrera de la Muerte, del maestro de Zen chino
Yuen-Miau, o ante la caverna del maestro chino Fa-yun.
En uno de los pilares de la choza dejé colgado este poema:
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La piedra venenosa
Para el caballo
y oriéntalo hacia allí,
hacia el cuclillo.
La piedra asesina está al otro lado de la montaña, junto a unas solfataras. Aún no se
ha extinguido la ponzoña de la piedra. Tantas son las abejas y mariposas que ha
matado, que cubren totalmente el suelo alrededor, sin que se pueda ver ni un trozo de
la arena en que la piedra se asienta[19].
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Los sauces del peregrino
EN la aldea de Ashino están los sauces «donde corre agua clara»[20]. Todavía quedan,
en los senderillos que dividen los arrozales. El alcalde del lugar, un tal Kohô, me
había invitado varias veces a verlos, y cuando anhelaba que llegara el día, por fin me
encontré a la sombra de uno de ellos.
Cuando quedó
plantado el arrozal,
me fui del sauce.
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De gala en el monte
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Elegancia rústica
ASÍ cruzamos el paso y al poco atravesamos el río Abúkuma. Eran altas a la izquierda
las cimas de Aizu; a la derecha quedaban los poblados de Iwaki, Sôma y Miharu; y
seguían las montañas que dividen esta región de las de Hitachi y Shimótsuke. Fuimos
a un lugar llamado Laguna de los Reflejos[25], pero como hoy estaba el cielo nublado,
no se reflejaba nada.
En la estación del río Suka visitamos a un cierto Tôkyû, que nos hospedó cuatro o
cinco días. Lo primero, me preguntó: «¿Cómo pasaron el paso de Shirakawa?». Le
dije: «Con la dureza de un viaje tan largo, me dolía todo el cuerpo; pero arrobado por
la belleza del paisaje, recordé también a tantos personajes como se relacionaron con
el paso en tiempos antiguos: así que no tuve mucho sosiego para escribir poesía».
Pero conseguí hacer un solo poema:
Como comienzo
de la elegancia de Oku,
cantes de siembra.
Tôkyû remató este poema, Sora siguió con un tercero y así compusimos una renga.
Junto al alero,
flores que nadie advierte:
las del castaño.
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La flor que nadie conocía
A unas cinco leguas de la casa de Tôkyû, poco después de la posada de Hiwada, está
el monte Asaka. Muy cerca del camino. Abundan las lagunas. Como estaba próxima
la temporada de la cosecha de katsumi[26], pregunté a la gente, pero nadie la conocía.
Llegué hasta una laguna y volví a preguntar: «¿Katsumi, Katsumi?». El sol se ponía
entonces por el filo de la montaña.
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La piedra tintorera y molinera
Plantan arroz
unas manos que antaño
teñían sedas.
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La espada del caballero y el baúl del vasallo
CRUZANDO el vado de Tsukinowa, salimos a una posada llamada Senoue. Las ruinas
de la mansión de Satô Shôji[28] distan legua y media del monte de la izquierda. Nos
dijeron que el sitio se llamaba Sabano, en la aldea de Iízuka, y fuimos allá, llegando
al monte Maruyama a base de preguntar; en el Maruyama estaban las ruinas del
castillo de Shôji. En la falda del monte estaban los restos de las poternas, nos
atuvimos a las explicaciones de los aldeanos y con las lágrimas en la cara hallé que
en un viejo monasterio cercano se conservaban las tumbas de toda la familia. Me
conmovió especialmente leer los nombres de sus dos hijas políticas, las esposas de
Tsugunobu y Tadanobu. Pensé cómo, a pesar de ser mujeres, dejaron a la posteridad
el renombre de su heroísmo, y empapé de llanto mis mangas. No era aquella tumba
muy diferente de la que en China se llamó «Lápida de las lágrimas». Cuando entré en
el monasterio y pedí una tacita de té, me enseñaron sus tesoros: la espada de
Yoshitsune y el baúl de Benkei[29].
Luzcan en mayo
el baúl y la espada.
Y gallardetes[30].
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Muerte anunciada
POR la noche nos hospedamos en Iízuka. Como allí hay fuentes termales, primero nos
bañamos y luego buscamos posada, la cual era tan pobre que por suelo tenía esterillas
de paja. No había lámpara, por lo que tuve que extender mi estera de dormir a la luz
del hogar. Durante la noche empezó a tronar y a llover intensamente: caían goteras
sobre mi lecho, me picaban pulgas y mosquitos y no pude dormir. Tuve también un
ataque de mi vieja dolencia y el cólico me puso a morir. Pero en aquella estación las
noches eran cortas y clareó, por fin, el cielo del amanecer, con lo que reanudamos la
marcha. Con la resaca de la noche me sentía deprimido.
Alquilé un caballo, pudiendo llegar hasta la estación de Kôri. Aunque tenía por
delante un trayecto tan largo y adolecía de mi enfermedad, pensé que, al cabo, me
había lanzado a un viaje largo por tierras remotas, recordé la impermanencia de este
efímero mundo y que, si moría en el camino[31], era ello el destino marcado por los
cielos, así que recobré un poco de ánimo y con garbosos andares de majo crucé las
grandes puertas de madera del paso de Date[32].
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Sin ver al dios de los caminos
Pernoctamos en Iwánuma.
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El pino de dos troncos
Muéstrale al menos
el pino de Takékuma,
cerezo tardío.
De aquel cerezo
al pino de dos troncos
tardé tres meses.
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Lirios en las sandalias
CRUZAMOS el río Natori y entramos en Sendai. Era el día en que se adornan los aleros
con lirios[36]. Buscamos una posada y nos alojamos cuatro o cinco días. Vivía en
Sendai un pintor llamado Kaemón. Como nos habían dicho que era un hombre con
algo de buen gusto, nos hicimos amigos. Nos dijo que se ocupaba de localizar los
sitios famosos que ya nadie conocía, y estuvo haciendo de guía nuestro durante un
día. Los campos de Miyagino estaban llenos de lespedezas e imaginé cómo sería este
paisaje en otoño.
Vimos también Tamada y Yokono y nos dirigimos a Tsutsujigaoka (Cerro de
Azaleas), donde pensé lo que sería verlo cuando florecen las piérides. Luego
entramos en un pinar tan espeso que no dejaba filtrar la luz del sol, y Kaemón nos
dijo que se llama Kinóshita (Bajo los árboles). Ya antiguamente era aquí tan copioso
el rocío, que se escribió aquello de
Nobles guerreros,
decidle al señor
que use sombrero[37]…
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Cambian ríos y montes
SIGUIENDO el mapa que nos diera el pintor, cerca del monte que bordea la senda hacia
tierras hondas, están los juncos de Tofu. Dicen que incluso ahora todos los años los
habitantes tejen esteras de enea y las ofrecen como regalo al señor de la tierra.
La estela de Tsubo está en el castillo de Taga, en la aldea de Ichikawa. La estela
de Tsubo mide seis pies de alto y unos tres de ancho, y su inscripción es apenas
visible por el musgo que la cubre. Señala, primero, la distancia hasta los otros
señoríos en los cuatro puntos cardinales. Luego dice:
«Castillo levantado el año primero de la era de Jinki (724) por el señor Ôno
Azumahito, inspector, adelantado y capitán general. Reconstruido el año sexto de
la era de Tempyô-Hôji (762) por el señor Emi Asakari, consejero, visitador de los
montes de Tôkaidô y capitán general, quien levantó esta estela el día primero de
diciembre».
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Tumbas en el pinar
MÁS adelante vimos en Noda el río Tama y visitamos la roca en el estanque de Oki.
En Sue-no-Matsuyama (Monte Pino del Fin) han construido un monasterio que se
llama Masshôsan (Monte Pino del Fin —leyendo los ideogramas a la manera china
—). El pinar está lleno de tumbas, que es donde terminan todas las promesas de amor,
aquello de juntar las alas y entrelazar las ramas. Aumentó mi tristeza y en ese
momento oí doblar una campana en la bahía de Shiogama, recordando la caducidad
de las cosas. Se despejó algo el cielo de las lluvias de mayo y bajo una tenue luna
vespertina la isla de Magaki parecía tocarse con la mano. Bogaban en fila las barcas
de los pescadores y se oían las voces de los que repartían los peces en la playa. ¡Qué
emoción al recordar entonces el sentimiento del que escribió aquel verso…
«maromas tan tristes»[39].
Por la noche oí a un maestro vihuelista ciego recitar una balada de jôruri al estilo
de Oku, que no era el del Heike-monogatari ni tampoco bailable; pero tenía cierta
rusticidad y, estando el cantor cerca de mi lecho, me pareció algo ruidoso, pero
aprecié mucho el que no se hubiesen perdido los viejos cantares de una comarca tan
remota.
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Ofrenda votiva de hace quinientos años
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El mejor paisaje del Oriente
CERCA del mediodía alquilamos una barca, que nos llevó a Matsúshima (Islas de
Pinos), a unas dos leguas y media, desembarcando en la playa de Ojima.
Ocioso sería ponderar las excelencias de Matsúshima, siendo el primer panorama
del país, sin desmerecer de los lagos Dôtei y Sei de China. Penetra el mar en tierra
firme desde el sureste, formando una bahía de tres leguas, con una pleamar
comparable a la de Sekkô, en China. Son innumerables las islas, las esbeltas como
apuntando al cielo, las postradas como yaciendo sobre las olas. Una parece doblarse,
otra triplicarse; desde la izquierda algunas parecen ser islas distintas, desde la derecha
aparecen como una sola. Una parece que lleva a cuestas otra isla pequeña, otra como
que la abraza, como una madre a su hijo. Intenso es el verdor de los pinos, cuyas
ramas ha retorcido el viento marino de tal forma que, aunque naturales, parecen obra
de jardinería. El paisaje, de belleza profunda, recuerda el rostro de una mujer
hermosa. ¿Sería creado antiguamente por el dios de los montes, en la edad de los
dioses, los impetuosos? ¿Qué hombre podrá expresar, con palabras o pinturas, los
prodigios del divino artífice?
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Anacoretas playeros
LA playa de Ojima es una lengüeta de tierra que se adentra en el mar. Todavía quedan
vestigios de la ermita del maestro de Zen Ungo y la piedra donde meditaba. Parecía
haber a la sombra de los pinos una buena porción de anacoretas apartados del mundo,
viviendo en solitario en chozas, de donde se veía subir el humo de quemar hojarasca
y piñas secas; no sabía qué clase de personas serían, pero como me sentía algo atraído
a ellos, hice por acercarme, cuando la luna se reflejó sobre el mar, ofreciendo un
espectáculo muy diferente al del día. Volví a la posada, un edificio de dos pisos con
ventanas que daban al mar, donde el poder dormir de viaje como en medio de las
nubes me llenó de un sentimiento extraño, hasta sospechoso. Sora escribió:
Islas de Pinos.
Cuclillo, que la grulla
te dé sus plumas.
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El templo paradisíaco
EL día once de mayo rezamos en el templo Zuigán. Había sido primero un monasterio
de la secta Tendai, pero el trigésimo segundo abad, Manabe Heishirô, al volver de
China de sus ascéticas y estudios, construyó el templo actual. Después vivió en él
Ungo, maestro de Zen, gracias a cuya devoción se renovaron siete pabellones,
revestidas de oro las paredes, relumbrando los enseres todos y adornos, y
convirtiéndose el conjunto en catedral del paraíso de Buda[42].
Anhelé saber cuál de aquellos pabellones había sido el templo del santo
Kenbutsu.
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El monte donde florece el oro
EL día doce nos dirigimos a Hiraizumi y, habiendo oído hablar del pino de Aneha y el
puente de Odae, estuvimos caminando por senderos casi intransitados, que sólo
parecen usar los cazadores y leñadores, y nos extraviamos, hasta que al cabo nos
encontramos en un puerto llamado Ishinomaki. Al otro lado del mar se divisaba el
monte Kinka, del que un viejo poema decía: «… el levantino monte Michinoku ha
florado en oro»[43].
Varios cientos de barcas se congregaban en la bahía, las casas de los lugareños se
disputaban el suelo y se remontaba al cielo el humo de los hogares. Perplejos de
encontrarnos en tal lugar, buscamos posada, pero nadie nos la dio. Al fin, pasamos la
noche en una casita pobre y al amanecer volvimos a perdernos por caminos
desconocidos. Vimos desde lejos el vado de Sode, los prados de Obuchi y los
carrizales de Mano, y seguimos a lo largo de una larguísima ribera. Era una ciénaga
tremebunda, tras la cual nos albergamos en un lugar llamado Toima, llegando por fin
a Hiraizumi. Recuerdo haber caminado aquel día más de veinte leguas.
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Ruinas de héroes
LA gloria de tres generaciones de Fujiwaras duró el sueño de una noche y las ruinas
de las poternas de su castillo estaban a una legua de las de los torreones centrales. El
palacio de Hidehira había quedado convertido en campos y arrozales y sólo retenía su
prístina silueta el monte Kinkei. Subimos, antes que nada, al monte Takadachi, desde
donde se veía fluir desde el sur el gran río Kitagami. El río Koromo, ciñendo el
castillo de Izumi, confluye con el gran río al pie mismo del monte Takadachi. Las
ruinas del castillo de Yasuhira están más allá del paso de Koromo, como si hubieran
sido una defensa contra todo acceso desde el sur, guardando de las incursiones de los
ezos. En este castillo se atrincheraron los vasallos leales, dejando memoria de sus
proezas. Recordé el viejo poema chino:
Me senté sobre mi sombrero y estuve llorando sin sentir el paso del tiempo.
Hierbas de estío:
ruinas son de sueños
de paladines.
Sora escribió:
La deutzia en flor
me recuerda las canas
de Kanefusa[45].
Estaban abiertas las dos capillas que tanto me habían alabado. En la de las Sutras
quedaban las estatuas de los tres generales[46] y en la de la luz estaban los ataúdes de
los tres caudillos (Kiyohira, Motohira y Hidehira)[47], habiendo imágenes de tres
Budas (Amida, Seishi y Kannon). Los siete tesoros (oro, plata, lapislázuli, nácar,
ágata, perla y granate) se han dispersado, el viento ha dilapidado las puertas
incrustadas de perlas, se pudren bajo la nieve y la escarcha las columnas doradas y
todo se habría convertido en vanidad y desolación si no se hubiesen levantado nuevas
cercas, renovando las tejas, y así resiste aún a los vientos y las lluvias. Por algún
tiempo permanecerá como recuerdo de hace mil años.
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No lo abatieron
ni las lluvias de mayo.
¡Templo de luz[48]!
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La almohada
Pulgas, piojos,
meando los caballos…
¡Vaya almohada!
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Camino espeluznante
EL posadero nos dijo: «Para ir de aquí al país de Dewa hay que atravesar unos montes
muy abruptos y, como los caminos no están claros, mejor es que lleven un guía». Le
pedimos nos buscase uno, nos presentó a un mocetón digno de confianza, que traía
una katana al cinto y en la mano un bastón de roble. Yo pensé que aquel sería el día
en que íbamos a padecer un percance y le seguí con mi compañero. Tal como nos lo
había dicho el posadero, en aquellas ásperas montañas, y bosque tras bosque, no se
oía a ningún pájaro, y como era densa la obscuridad bajo los árboles espesos, parecía
como que caminásemos de noche. Impresión semejante debió de tener el que
escribió: «… del borde de las nubes llovía tierra»[50]. Hollamos bambúes shinu,
cruzamos ríos, tropezamos en rocas y con sudores fríos en el cuerpo llegamos por fin
a la región de Mogami. Nuestro guía se despidió muy risueño diciendo: «En este
camino siempre hay alguna desgracia. He tenido suerte en poderles traer a salvo».
Ahora que lo recuerdo, todavía me late de prisa el corazón.
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Hombre rico, pero no vulgar
«Sal ya de ahí».
Oigo a un sapo que croa
bajo unos zarzos.
Me han recordado
el pincel de las cejas
los cardos rojos.
Sora escribió:
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El silencio del templo Ryûshaku
Serenidad.
Chirríos de chicharras
empapan rocas.
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Poetas rurales
CON intención de bajar en barca por el río Mogami, estuvimos en Ôishida esperando
a que el tiempo se abonanzase. Los lugareños nos dijeron: «Hace tiempo sembraron
aquí las semillas del haikai[52] y nos mantenemos adictos a estas flores de antaño.
Son como flautas que reblandecen nuestros corazones y exploramos de muchas
maneras los secretos de este camino, vacilando entre el estilo viejo y el nuevo, pero
sin nadie que nos sirva de jalón en nuestro camino…». No pude rechazarlos y entre
todos compusimos una serie de rengas. Y así, este viaje sirvió también para sembrar
nuestro estilo en aquellos confines.
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El templo en el risco
Rápido corre
con las lluvias de mayo
el río Mogami.
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El monte de los milagros
EL tres de junio subimos al monte Haguro. Visitamos a Zushi Sakichi, que nos
consiguió una audiencia del abad Eguchi. Nos alojó en una de las dependencias del
monasterio de Minamidani y nos estuvo agasajando con toda delicadeza. El día
cuatro celebramos una sesión de haikais en el edificio principal.
¡Bien se agradece!
Que perfume a la nieve
Minamidani.
El día cinco rezamos en el templo del avatar de Buda. Se ignora en qué época vivió
su fundador, el gran maestro Nôjo[54]. En los Ritos de Engi se habla del santuario del
monte Ushusato[55]. Quizás el copista se equivocara de ideograma, y en vez de
escribir Ushukuro escribió Ushusato. O tal vez alguien, en vez de escribir Ushukuro,
suprimiera el ideograma de shu (país, comarca), por innecesario, y escribiese Haguro,
leyéndose el primer ideograma no a la manera china, sino a la japonesa, de lo que
vino Haguro.
Parece ser que en el Fudoki se escribe que la razón de que a este país se le llame
Dewa (rico en plumas) es que desde él se solían enviar a la corte como tributo plumas
de aves.
Los montes Haguro, Gessán y Yudono son los tres más famosos del país de
Dewa. El templo que hay en el monte Haguro es subsidiario del Tôei de Edo, en
Musashi.
Como se enseña en la secta Tendai, tan claro es como la luna que la negación
conduce al conocimiento, brillando como antorcha la ley de la entrada suave en el
nirvana. Los monjes edifican estas construcciones y alientan a los adeptos, de forma
que todos temen y respetan el poder de este monte espiritual, de esta tierra numénica.
Perdura su prestigio y debe considerarse monte bienaventurado.
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El monte del dinero, del llanto, del tabú…
EL día ocho de junio subimos al Gessán (Monte Lunar). Me eché encima una
sobrepelliz de brusonecia, me calé un birrete de algodón, y guiado por un tal Gôriki,
me lancé a las nubes y nieblas, hollando el hielo y la nieve, ocho leguas de recorrido,
tanto que dudaba si era o no aquello el paso de las nubes que une al sol con la luna,
hasta que, sin aliento ya y todo tiritando, llegué a la cumbre cuando ya el sol se había
puesto y la luna se mostraba. Con hojas de bambú como lecho y bambúes shinu como
almohada, me acosté y esperé a que amaneciera.
Salió el sol, se disiparon las nubes y bajé en dirección a Yudono.
En las márgenes del valle se halla un lugar llamado «Chozas de Herreros». Los
forjadores de esta región, tras escoger aguas lustrales, se purifican aquí y baten las
espadas, enviándolas al resto del país, tras grabar en la hoja el nombre de la marca:
«Gessán». Como los forjadores chinos que templaban sus aceros en la Fuente del
Dragón. Añoran, tal vez, los tiempos remotos del espadero chino Kan Chiang y su
esposa Mo Yeh. Se ve que tienen hacia su menester una entrega en modo alguno
superficial.
Me senté sobre una roca para descansar un poco, cuando vi un cerezo de unos tres
pies de alto, con sus capullos entreabiertos. Enternecía ver el corazón de aquel cerezo
tardío que, aunque enterrado en las nieves profundas del monte, no se olvidaba de la
primavera. Era como aquel ciruelo celebrado en China, que floreció en plena
canícula. Recordé también la emoción del poema del abad Gyôson, que me conmovió
todavía más:
Cerezo silvestre,
tengámonos pena
el uno al otro,
que salvo tus flores
no hay quien de mí sepa.
En general, los ascetas que van al Yudono tienen prohibido hablar a otros de lo que
han visto y hecho en el monte. Por eso detengo mi pincel y no añado más.
Volvimos junto al abad Egaku, a cuyos ruegos escribí sobre una tarjeta poemas
sobre mi peregrinación a los tres montes:
Todo frescor:
tenue luna creciente,
monte Haguro.
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Cumbre que a ratos
se disipa en las nubes:
Monte Lunar.
En el arcano
del Yudono con llanto
mojo mis mangas.
Sora escribió:
Monte Yudono.
Voy pisando monedas,
pero llorando[56].
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Uno que mata y otro que cura
SALIMOS de Haguro y nos dirigimos a Tsurugaoka, ciudad con castillo, donde en casa
de un samurai llamado Nagayama Shigeyuki compusimos una serie de haikais. Nos
acompañó Sakichi.
En barco bajamos hasta el puerto de Sakata. Nos hospedamos en casa del médico
En-an Fugyoku.
El día cálido
lo ha metido en el mar
el río Mogami.
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La princesa durmiente
Bahía Kisa.
Duerme en la lluvia Hsi Shih,
flor del carisquis[59].
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Bahía Kisa.
¿Qué comerá la gente
los días de fiesta?
Chozas de pescadores.
Tendidos en sus puertas,
gozan la fresca.
Nido de amores
que las olas no alcanzan,
el del pigargo.
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La isla lejana, de noche
ACUMULANDO días para el recuerdo con los de Sakata, añoré las nubes de los caminos
de Hokuriku. Lejos iban mis premoniciones, oprimíase mi pecho y oí que hasta la
capital de Kaga había ciento treinta leguas.
Rebasado el paso de Nezu, reanudamos la marcha ya en tierras de Echigo,
llegando al paso de Ichiburi, en el país de Etchû. Tardamos en esto nueve días, y
como padeciera hasta la médula por el calor húmedo y por una recaída de mi
dolencia, no pude ni hacer apuntes del viaje. Pero escribí:
Un mar bravio.
Y, tensa sobre Sado,
la Vía Láctea.
Página 60
Rameras peregrinas
HOY, cansado de atravesar los parajes más atroces de los países norteños —el
acantilado llamado «Donde no hay padres ni hijos», el precipicio «Donde los perros
vuelven» y otro que se llama «Donde el potro retorna»—, me arrimé la almohada y
me dispuse a dormir, cuando del cuarto contiguo, en dirección a la fachada, me llegó
una conversación como de dos mujeres jóvenes. Su interlocutor parecía ser un
hombre anciano y, según le contaban, eran dos mancebas de Níigata, del país de
Echigo. Decían ir en peregrinación al santuario de Ise, y el anciano, por lo visto, las
había acompañado hasta el paso de Ichiburi, pero como debía volver a su pueblo de
Níigata al día siguiente, le entregaron un mensaje escrito y le dieron también un
recado.
Antes de caer dormido, oí que las mancebas decían: «Como blancas olas, que a la
playa vienen para morir, somos hijas de pescadores[61], viviendo frívolamente,
intercambiando cada noche vanas promesas de amor… ¡Qué malas no serían nuestras
vidas pasadas, que ahora nos merecemos esto!».
A la mañana siguiente, cuando estábamos para salir, se dirigieron a nosotros y nos
dijeron llorando: «Tenemos horror a un viaje sin conocer los caminos, nos causa
congoja y tristeza. Permítannos seguirles, a distancia y escondiéndonos. Tengan hacia
nosotras la compasión de sus hábitos monacales, muestren sus reverencias la
misericordia de Buda y ayúdennos a encontrar el camino de la salvación». Era cosa
de conmiseración, pero les dijimos: «Nosotros tenemos que demorarnos en muchos
lugares. Debieran seguir a otros que también van de peregrinos. Los dioses de Ise les
protegerán hasta llegar sin contratiempos».
Las dejamos, pues, pero por un buen rato no pude sino sentir lástima de ellas. Le
dije a Sora un poema, que él anotó:
En mi posada
duermen también mancebas.
Luna y lespedezas.
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Color y aroma
A la derecha
de un arrozal fragante,
el mar de Ariso.
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Nombre bonito
Muévete, tumba,
que mis gemidos son
viento de otoño.
Otoño fresco.
Coman todos melón
y berenjenas.
Se mecen pinos
—lindo nombre—, miscantos
y lespedezas.
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El yelmo del samurai
¡Vaya sarcasmo!
Que debajo de un yelmo
chirríe un grillo.
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Toponímico acróstico
Viento de otoño,
más blanco que las piedras
del monte Piedras.
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Patán entendido
NOS bañamos en la fuente termal. Se dice que su eficacia sólo cede a la de Arima.
En Yamanaka,
¿quién corta crisantemos?
¡Aroma de aguas!
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Morir de viaje
SORA cayó enfermo del vientre y se adelantó a Nagáshima, de la tierra de Ise, donde
tiene parentesco. Al despedirse escribió:
La pena del que se va y la nostalgia del que se queda son como dos ánsares que se
separan y se pierden en las nubes. Yo recité:
Hoy el rocío
borrará la divisa
de mi sombrero.
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El jardín del monasterio
La noche entera
oí el viento de otoño
en pleno monte.
¿Barro y me voy,
sauces que os deshojáis
en la pagoda?
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Poema perfecto
El poema lo dice todo sobre el paisaje. Si se añadiese una palabra más, sería como
añadir un dedo a la mano.
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Abanico innecesario
¡Cuánta nostalgia
al romper mi abanico
lleno de apuntes!
Caminé unos cincuenta chô (cinco kilómetros) y recé en el templo Eihei: el santo
templo del maestro de Zen Dôgen. Se dice que quiso alejarse mil leguas de la capital,
llegando a estas soledades montaraces, donde fundó el monasterio, tal era su entrega
al camino de Buda.
Página 70
El ermitaño casado
COMO eran sólo tres leguas hasta Fukui, salí después de la cena, pero la marcha
vespertina fue a paso cansino. Había en Fukui un viejo ermitaño llamado Tôsai.
Hacía unos años me había visitado en Edo. Quizás como unos diez años antes.
Tendría que estar muy viejo, o tal vez muerto, pero pregunté por él, me dijeron que
vivía y dónde lo podría hallar. Era un lugar apartado de la ciudad, una casa
desvencijada, donde crecían rostros de noche y estropajos, y los mocos de pavo y
retamas cubrían la puerta. Pensé que sería allí y llamé, a lo que salió una mujer
humilde que me dijo: «¿De dónde viene, reverendo? Mi esposo ha salido a la casa de
fulano, cerca de aquí. Si tiene algo que hablarle, vaya a verlo allí». Por lo visto, era la
esposa de Tôsai. Me recordó a un personaje de una antigua novela[63].
Busqué a mi amigo, me hospedé con él dos noches y me dispuse a salir,
diciéndole que deseaba ver la luna de agosto en el puerto de Tsuruga. A esto dijo que
se ofrecía a venir conmigo, se arremangó los hábitos y me acompañó como guía.
Página 71
La luna de agosto
AL cabo, se ocultó la cumbre del Shirane y se mostró la del Hina. Cruzamos el puente
de Asamuzu y se vieron los cañaverales de Tamae. Atravesamos el paso de Uguisu y
el puerto montañoso de Yunoo, rebasamos el castillo de Hyuchi y en el monte Kaeru
oímos el primer canto de los patos silvestres, tras lo cual nos hospedamos en la bahía
de Tsuruga al atardecer del día catorce.
Esa noche la luna brillaba especialmente clara. Le dije al dueño de la posada que
la del día siguiente sería igual, pero él, mientras me servía sake, me contestó que en
Echigo había un dicho que decía que la luna de agosto era imprevisible. Por
insinuación suya fui a visitar el templo de Kei, que es el mausoleo del mikado
Chûai[64]. El parque en derredor tenía una pátina sagrada, y la luz de la luna se
filtraba por entre los pinos, mientras la blanca arena delante del santuario parecía
escarcha. El posadero me explicó: «Antiguamente el segundo santo que peregrinó
hasta aquí hizo una promesa, y la cumplió, de cortar con sus manos los yerbajos de
delante del santuario, acarrear tierra y rocas y drenar los charcos. Desde entonces no
hay problemas para ir y venir al santuario. Y desde entonces, siguiendo la antigua
costumbre, los peregrinos siguientes traen arena blanca, y a esta tradición se le llama
“traer arena de peregrino”».
Yo escribí:
Limpia es la luna
en la arena que esparcen
los peregrinos.
¿Luna de agosto?
En el clima del norte
no hay norma fija.
Página 72
Melancolía
COMO el día dieciséis se despejó el cielo, fui en barco a la playa de Iro para coger
conchas rojizas. Distaba unas siete leguas[65]. Un tal Ten-ya había preparado
fiambreras, barrilitos de sake y otras atenciones, haciendo que nos acompañaran en el
barco muchos servidores. Con un viento favorable, llegamos en escaso tiempo. En la
playa había unas pocas casitas de pescadores y un humilde templo de la secta Hokke.
Bebimos té, calentamos el sake y nos empapamos de la soledad del ocaso.
¡Melancolía!
Otoño en una playa
que vence a Suma[66].
Rogué a Tôsai que escribiese las impresiones del día y como recuerdo las dejamos en
el templo.
Página 73
Despedida
Nos separamos
como concha y almeja,
se va el otoño.
Página 74
Página 75
GLOSARIO DE NEOLOGISMOS
Página 76
Notas
Página 77
[*] En esta edición digital se han sustituido los guiones sobre vocal (o macrones) de la
Página 78
[1] Paso mágico, que daba acceso a las ignotas comarcas norteñas. Era el más famoso
de los setenta y tantos puestos de control levantados por los Tokugawa. Hasta 1868
los japoneses necesitaban pasaporte y visado para viajar por su propio país. <<
Página 79
[2] Sampû (1648-1733), rico mercader de Edo, discípulo y protector de Bashō. <<
Página 80
[3] El tres de marzo se celebra en Japón el Día de las Niñas, las cuales engalanan la
Página 81
[4] Bashō comenzó su viaje el 16 de mayo de 1689, según nuestro calendario (marzo,
Página 82
[5] Lo de tres mil leguas es sólo una expresión poética, pues el viaje de Bashō no fue
Página 83
[6] Kimono ligero de verano, hecho de hilo. <<
Página 84
[7] Sora (1649-1710), discípulo de Bashō, cinco años más joven que su maestro. <<
Página 85
[8] La princesa Sakuya fue esposa de Ninigi, nieto de la diosa solar Amaterasu. Al
Página 86
[9] Se trata de Jinmu, primer mikado, que fundó Japón el 11 de febrero del año 660
Página 87
[10] Acusado de conspirar contra el mikado, el príncipe Arima, del siglo VII, fue
desterrado a Shimótsuke, donde tuvo relaciones con una joven que ya había sido
prometida al gobernador. La muchacha quedó embarazada y su padre, para salir del
percance, dijo al gobernador que había muerto, procediéndose a la incineración, pero
poniendo en el ataúd un pez, que al ser quemado daba el mismo olor que un cadáver
humano. Desde entonces se llamó a este pez ko-no-shiro (en lugar de la hija). <<
Página 88
[11] Kûkai, también conocido como gran maestro Kôbô (774-835), fundador de la
Página 89
[12]
Los Tokugawa habían dividido al pueblo en cuatro castas rígidas: samurais,
labradores, artesanos y comerciantes. También había otra casta ínfima e innominada,
la de los eta o parias, en la que se metía a verdugos, carniceros y curtidores. En el
monte Nikkô está el mausoleo de Ieyasu, fundador de la dinastía Tokugawa, que
gobernó Japón desde 1600 hasta 1868. <<
Página 90
[13] No en el sentido de desposada, sino de superpuesta. <<
Página 91
[14] Tamamo fue una de las consortes o amantes del mikado Konoe, que reinó de 1142
a 1155. Un día el adivino imperial la culpó de haber provocado con sus hechizos un
terremoto que, de paso, apagó todos los faroles del palacio. En el acto Tamamo se
convirtió en zorra endiablada, de color amarillo y con nueve rabos, huyendo a Nasu.
El montero imperial consiguió matarla, pero su espíritu se metió en una roca cercana,
la roca asesina de la que se hablará más adelante. <<
Página 92
[15] El dios Hachimán no es otro que Ôjin, mikado número 15, cuarto hijo del mikado
Página 93
[16] En la batalla de Yáshima (1185), los Taira pusieron un abanico sobre el mástil de
un barco, retando a los Minamoto que estaban en la playa. Yoichi, samurai de los
Minamoto, disparó contra el abanico, acertando al primer intento. <<
Página 94
[17] Gyôja, semilegendario hechicero de finales del siglo VII, que fundó la secta de los
Página 95
[18] Picos o pájaros carpinteros. <<
Página 96
[19] La piedra venenosa no tiene misterio ni magia. Fue simplemente emponzoñada
por los gases letales que emanaban de una solfatara cercana. <<
Página 97
[20] Alusión a un poema de Saigyô (1118-1190):
Página 98
[21] Fue Taira Kanemori. <<
Página 99
[22] Nôin, de principios del siglo XI, bonzo y poeta, que influyó mucho en Saigyô. Su
poema decía:
Salí de la corte
con niebla vernal
y sopla aquí
el viento de otoño:
paso de Shirakawa. <<
Página 100
[23] Minamoto Yorimasa (1104-1180) escribió:
En la capital
vi que verdeaban,
aquí se esparcen
sus hojas rojizas:
paso de Shirakawa. <<
Página 101
[24] Fujiwara Kiyósuke (1100-1177). <<
Página 102
[25] En el siglo XIII fue desterrado a este lugar un cortesano de Kioto. Su esposa, que
fue a verlo, halló que lo habían ejecutado y se unió a él arrojándose al lago, cuyos
reflejos son los del espejo que la apasionada mujer llevaba en el pecho. <<
Página 103
[26] Katsumi era en aquel lugar el nombre de una especie de joyo (zizania latifolia),
pero Bashō pensaba que sería una especie de lirio azul. <<
Página 104
[27] Según la inglesa Lesley Downer, que la ha visto en 1988, es una roca enorme, tan
grande como una casa, por la que escurre el agua. Hasta finales del siglo XVI se
ponían sobre ella yerbas y helechos, y sobre éstos el tejido a teñir, que machacaban
con otras piedras, hasta que los relieves quedaban impresos. La palabra shinobu,
aparte de ser toponímico, designa también a los paños teñidos en Shinobu, y significa
también amar, añorar. De ahí que los estampados enmarañados de Shinobu fueran
desde tiempos remotos símbolo del amor y sus penas y complicaciones. <<
Página 105
[28] Satô Shôji era señor de la comarca y amigo de Minamoto Yoshitsune, que se
refugió en su castillo cuando fue acosado por su hermano el shogun Yoritomo. Satô
Shôji, así como sus dos hijos Tsugunobu y Tadanobu, murieron en defensa de
Yoshitsune. <<
Página 106
[29] Benkei, de estatura gigantesca, fue vasallo y escudero de Yoshitsune. Lesley
Downer ha visto el enorme baúl, de madera con ataujías doradas, y asegura que vacío
debe de pesar unos veinte kilos. <<
Página 107
[30] Todos en Japón saben que el cinco de mayo, Día de los Niños, se levantan sobre
Página 108
[31] Bashō murió de camino, cinco años más tarde. Su último poema fue:
De viaje enfermo,
mis sueños van vagando
por un erial. <<
Página 109
[32] Date, además de ser gentilicio, significa «majo». <<
Página 110
[33] Tônochûjo Sanekata, de finales del siglo X, fue desterrado a Mutsu por usar en
palacio mano violenta contra Fujiwara Kôsei, en una discusión sobre poesía. Por
haber pasado de largo sin visitar el santuario del dios de los caminos, el dios enojado
lo fulminó. <<
Página 111
[34] Bashō alude a un poema de Saigyô, escrito junto a la tumba de Tônochûjo:
Aunque de miscantos
guarden sólo el nombre,
veo que enhiestos
son en el erial
recuerdo de un hombre. <<
Página 112
[35] Nôin escribió:
He vuelto a Takékuma,
y ahora del pino
no queda rastro.
¿Hará ya mil años
que no lo habré visto? <<
Página 113
[36] El cinco de mayo, Día de los Niños, también se acostumbra a adornar con lirios
Página 114
[37] El poema completo, de autor anónimo y compuesto al rústico estilo levantino,
decía:
Nobles samurais,
decidle al señor
que use sombrero,
que en Miyagi el rocío
es un chaparrón. <<
Página 115
[38] Error de Bashō. La estela era del año quinto del reinado del mikado Junnin. <<
Página 116
[39] El poema, al estilo levantino, se halla en el Kokinshû, antología poética del
siglo X:
Hay en Michinoku
bellezas a miles,
pero en Shiogama
tienen los barquitos
maromas tan tristes… <<
Página 117
[40] Waka o tanka, poema clásico de Japón, con cinco versos de 5, 7, 5, 7 y 7 sílabas
respectivamente. <<
Página 118
[41] Hokku o haiku. <<
Página 119
[42] En 1611, setenta y ocho años antes que Bashō, el primer embajador de España en
Japón, Sebastián Vizcaíno, vio el Zuigán y exclamó que en el mundo había dos
templos incomparables: El Escorial de piedra y el Zuigán de madera. <<
Página 120
[43]
El poema, que se halla en el Man-yô-shû, es de Yakamochi, y celebra el
descubrimiento de oro en Michinoku el año 749:
En señal de gloria
del emperador,
el levantino
monte Michinoku
ha florado en oro. <<
Página 121
[44] Cita del poeta chino Tu Fu (712-770). <<
Página 122
[45] Kanefusa fue fiel vasallo de Yoshitsune y luchó, ya anciano, hasta morir por su
señor. <<
Página 123
[46] Error de Bashō. No son estatuas de tres generales, sino del boddhisatva (santo
Página 124
[47] Kiyohira, Motohira y Hidehira fueron tres Fujiwara que gobernaron
sucesivamente el señorío de Hiraizumi, manteniendo la neutralidad durante la guerra
entre los Taira y los Minamoto. Al ganar éstos, el shogun Yoritomo la emprendió
contra su fiel hermano Yoshitsune, que se refugió en Hiraizumi, a la sazón gobernado
por Fujiwara Yasuhira. El oportunista Yasuhira se mantuvo a la expectativa hasta ver
el resultado de la contienda, y cuando Yoritomo parecía llevar las de ganar, asesinó a
Yoshitsune para congraciarse con el vencedor, el cual se limitó a decirle
lacónicamente: «Demasiado tarde», ordenando la destrucción total del castillo de
Hiraizumi. <<
Página 125
[48] Lesley Downer ha visto el Templo de la Luz, que se conserva encerrado en un
Página 126
[49] Según el diario de Sora, fueron rechazados seis veces. <<
Página 127
[50] Poema del chino Tu Fu. <<
Página 128
[51] Los pobres campesinos que se dedicaban a la sericultura vestían de un modo tan
Página 129
[52] Haikai: estilo ligero de hokku o haiku. <<
Página 130
[53] El templo estaba dedicado a la memoria del ermitaño Hitachi, otrora vasallo leal
de Yoshitsune. <<
Página 131
[54] Nôjo fue tercer hijo del mikado Sushûn, que reinó de 587 a 592. <<
Página 132
[55] Error de Bashō. En los Ritos de Engi, del año 967, no se habla de este santuario.
<<
Página 133
[56]
En el camino hacia la cumbre del Yudono los peregrinos solían dejar caer
monedas como ofrenda. <<
Página 134
[57] El poema de Saigyô decía:
En Bahía Kisa
flores del cerezo
cubren las olas,
bogando entre flores
los barcos pesqueros. <<
Página 135
[58] Las cuatro direcciones que da Bashō están equivocadas: en vez de sur debe decir
suroeste; en vez de poniente, sur; en vez de levante, norte; y en vez de norte, oeste.
<<
Página 136
[59] Hsi Shih fue una princesa china del siglo XI, bellísima pero siempre triste y
Página 137
[60] El 17 de junio era en aquella aldea la fiesta del avatar Kumano. <<
Página 138
[61] Un viejo poema, recogido en el Shin-Kokinshû, decía así:
Página 139
[62] Antes de ser papa budista, Kazán fue el mikado número 65, reinando de 984 a
986. <<
Página 140
[63] Bashō recuerda a la modesta dama Yûgao (Rostro de Noche), una de las heroínas
del Genji-monogatari, la máxima obra de la literatura japonesa, del siglo XI. <<
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[64] Chûai fue el mikado número 14, mitológico. Fue esposo de Jingû y padre de Ôjin,
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[65] En realidad, distaba tres leguas, unos doce kilómetros. <<
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[66] Suma es una playa cerca de la actual Kobe, prototipo de sitio solitario; aparece en
el Genji-monogatari. <<
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[67] Cada veinte años se reconstruye el santuario de Ise a la derecha o a la izquierda
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