Segundo Domingo de Adviento
Segundo Domingo de Adviento
Segundo Domingo de Adviento
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La segunda lectura, de la carta de Pablo a los Romanos, nos ayuda a
entender por qué leemos en nuestras asambleas los viejos textos de la Biblia y
nos lo explica bien: “En efecto, todo cuanto fue escrito en el pasado, se escribió
para esperanza nuestra, para que con la paciencia y el consuelo que dan las
Escrituras mantengamos la esperanza”. En estos tiempos difíciles en los que
parecen imponerse la prepotencia de los poderosos y la indiferencia de muchos
ganados por un individualismo creciente, no hay mucho lugar para la esperanza,
pero se hace cada vez más necesaria. Celebrar el nacimiento de Jesús, el
Salvador, en la humildad del pesebre, nos hace saber que la esperanza
verdadera, hoy como ayer, se fundamenta en la acción salvadora de Dios en los
márgenes de la sociedad. Como dirían los profetas, en el “resto” humilde y
pobre.
La lectura concluye con una exhortación, siempre útil, a la mutua
acogida, “como los acogió Cristo para gloria de Dios”. Acogernos y
comprendernos en la diversidad de sensibilidades y opiniones no resulta fácil.
Implica no pretendernos poseedores de la última palabra y de toda la verdad.
Ciertamente la acogida, el reconocimiento del otro y el diálogo entre iguales se
evidencian muy importantes en todos los niveles de nuestra existencia: en la
familia, y en la esfera social y política.
El evangelio de Mateo da un salto desde los dos primeros capítulos
dedicados a la infancia de Jesús, sin decir nada de los años vividos
silenciosamente en Nazaret, a presentarnos al Jesús adulto, su predicación y su
actividad. Comienza introduciendo, sin preámbulos, a Juan, el Bautista, como
el precursor del Mesías y su primer anunciador. Se fija en su vestimenta: “tenía
Juan su vestido hecho de pelos de camello, con un cinturón de cuero a su
cintura” La descripción hacer recordar al gran profeta Elías, “un hombre con
vestido de pieles y faja de piel ceñida a la cintura” (2Sam.1,8). Más importante
resulta el contenido de su predicación: “Conviértanse porque ha llegado el
Reino de los Cielos”. Conviene aclarar que la expresión “de los Cielos”
equivale a decir “Dios”, nombre que los judíos evitaban pronunciar por respeto
a la divinidad. También es bueno fijarse en el lugar: no es el Templo, ni la
capital, Jerusalén. El desierto guarda amplias resonancias bíblicas: lugar de la
constitución de Israel como “pueblo de Dios”, lugar de tentación y de
purificación, de la experiencia esencial del encuentro con el Señor.
“Conviértanse porque ha llegado el Reino de los Cielos” es el centro de
su predicación. La conversión no consiste simplemente en una mejora de algún
aspecto de nuestra conducta, exigida por una consideración ética. La
conversión se manifiesta en un cambio radical de la orientación de nuestra vida
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“porque ha llegado el Reino de los Cielos”, porque Dios mismo, su amor
gratuito y liberador de los pobres, se ha hecho presente en medio de la
humanidad. Ese acontecimiento exige un cambio radical –“conversión”- de
sentido, de opciones y criterios en la vida. Reclama en primer lugar conversión
a Dios, volvernos hacia Dios y por eso mismo volvernos a nuestros hermanos
y prioritariamente a los pobres y a su liberación.
La conversión no es pose o moda. Juan reacciona con vehemencia ante
la llegada de fariseos y saduceos, y les reclama: “den frutos dignos de
conversión”. Frutos “dignos”, no cualquier cambio o rito religioso. De hecho
el bautizo en el río Jordán se realizaba “confesando sus pecados”,
reconociéndose pecadores para acoger con humidad y total disponibilidad “el
Reino de los Cielos” y su exigencia de amor y de justicia. El tiempo de
Adviento, tiempo de conversión, nos invita a la confesión de nuestros pecados.
Las formas de esa confesión pueden ser diversas; pero, sin el reconocimiento
preciso de nuestra condición pecadora, no podemos avanzar hacia una auténtica
conversión.
A Juan lo llamamos “precursor”, el que va por delante y anuncia “al que
viene detrás de mí” y “es más fuerte que yo”. Lo más importante: “Él los
bautizará con Espíritu Santo y fuego”. Juan acentúa el contraste: “Yo los
bautizo con agua” – “Él los bautizará con Espíritu Santo y fuego”. No es un
bautizo con agua que lava y limpia externamente. El bautismo hace presente al
Espíritu Santo en lo íntimo del ser humano, como lo había prometido el profeta
Ezequiel: “les daré un corazón nuevo, infundiré en ustedes un espíritu
nuevo…infundiré mi espíritu en ustedes” (Ez. 36,26-27). El “fuego” puede
ofrecer una doble significación: como castigo (“la paja la quemará con el fuego
que no se apaga” (v. 12) o como fuego que purifica y ennoblece la calidad de
los metales. También se emplea para expresar el ardor del amor. Les bautizará
con Espíritu Santo que será en ustedes como fuego que purifica y enardece para
una vida nueva fundamentada en el amor.
Sin duda hemos caído en cuenta de que el mensaje de Juan coincide y
anticipa lo que caracterizará la predicación de Jesús: “Desde entonces comenzó
Jesús a predicar y a decir: Conviértanse, porque el reino de los Cielos ha
llegado” (4,17). Juan es personaje importante en el Adviento: nos acerca y
prepara para la acogida de Jesús y de su mensaje. Nos interpela y convoca desde
“el desierto”, desde lo marginal y austero, en contraposición al ambiente de
superficialidad y de consumo: Es Jesús el que viene y al que esperamos. ¿Cómo
precisar y dar contenido a la “conversión”: al Dios que se nos acerca y al
prójimo del que corremos el riesgo de irnos alejando? El Adviento nos ofrece
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la oportunidad de reflexionar y orar, y así prepararnos para celebrar con alegría
el nacimiento de Jesús.