Brown, Sandra - La Entrevista
Brown, Sandra - La Entrevista
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LA ENTREVISTA
(Prime Time)
Sandra Brown La entrevista
ÍNDICE
CAPÍTULO 1.............................................................. 3
CAPÍTULO 2.............................................................. 13
CAPÍTULO 3.............................................................. 24
CAPÍTULO 4.............................................................. 33
CAPÍTULO 5.............................................................. 44
CAPÍTULO 6.............................................................. 52
CAPÍTULO 7.............................................................. 62
CAPÍTULO 8.............................................................. 68
CAPÍTULO 9.............................................................. 78
CAPÍTULO 10............................................................ 87
CAPÍTULO 11............................................................ 95
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Sandra Brown La entrevista
CAPÍTULO 1
–¿Está seguro de que vendrá hoy? –preguntó Andy Malone con impaciencia al tiempo que
adoptaba una posición más cómoda. El asiento del taburete de la barra, de vinilo rojo, estaba
apelmazado y duro.
–No, seguro no –contestó Gabe Sanders, propietario y cocinero del Gabe’s Chilli Parlor, y pasó
un trapo de muselina por el borde de una taza de café desconchada–. Sólo he dicho que es posible
que pase hoy. Pero no que vendría necesariamente. Lo más probable es que haga lo que le apetezca.
–El viejo rió entre dientes.
Los instintos profesionales de Andy se agudizaron y olvidó la superficie dura e irregular del
taburete en que estaba sentada. No quería atraer la atención de los comensales que almorzaban ni
demostrar demasiado interés por su presa. Gabe Sanders podía decidir en cualquier momento que
era una entrometida y dejar de responder a sus preguntas sin más.
–Vaya. –Tomó un sorbo de té frío con indiferencia. Se lo había servido en un vaso de plástico
rojo con una cucharilla dentro–. ¿Le parece que el señor Ratliff es una persona impulsiva?
En cuanto lo dijo, se dio cuenta de que la pregunta ponía en guardia a Gabe. El trapo dejó de
intentar sacar brillo a la deslucida taza de café. Las pobladas cejas de Gabe se juntaron sobre unos
ojos penetrantes y ahora perceptiblemente menos amistosos.
–¿Se puede saber por qué hace tantas preguntas sobre Lyon Ratliff?
Inventando rápidamente una historia, Andy se inclinó con aire conspirador y dijo:
–En la universidad tuve una compañera que era de aquí. Me habló de un hombre que vivía en un
gran rancho y tenía un Dorado plateado. Me pareció alguien salido de una película.
Gabe la escrutó especulativamente, mientras la confianza de Andy empezaba a abandonarla a
medida que aquellos ojos la desenmascaraban. La mirada de Gabe decía que le parecía demasiado
mayor para ser una estudiante y que aquello no era más que otra mentira.
–¿Quién era?
Desconcertada, primero por la mirada escrutadora de Gabe y ahora por su pregunta, Andy
balbuceó:
–¿Quién era... quién?
–Su compañera de clase. Seguro que la conozco. He servido chili y hamburguesas desde el
cuarenta y siete. Conozco a casi todas las familias de Kerrville.
–Oh, pues no creo que la conozca... Se llama Carla. En realidad era de San Antonio y sólo venía
aquí en verano a visitar a sus primos, creo. –Andy cogió el vaso de té y bebió un largo sorbo como
si se tratara de un tónico reconstituyente.
Desde que había llegado a aquella comunidad de la zona montañosa de Texas hacía unos días, se
había sentido como pez fuera del agua. Las prudentes y educadas preguntas que normalmente le
abrían puertas, no la había llevado a ninguna parte. Era como si los ciudadanos de Kerrville
protegieran a Lyon Ratliff y al auténtico objetivo de Andy: su recluido padre.
El general Michael Ratliff era el último general de cinco estrellas superviviente de la Segunda
Guerra Mundial. Andy había jurado que lo entrevistaría en su programa de televisión. Y si los vagos
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Sandra Brown La entrevista
informes sobre su delicado corazón eran ciertos, tendría que ser pronto. Por el momento, su viaje no
había producido ningún destello de esperanza de que pudiera llegar a cumplir su misión. Ahora
Gabe Sanders se mostraba tan reticente y parco en información como todos los demás que había
abordado.
En un arranque de decisión levantó la barbilla y su boca esbozó una dulce sonrisa. Sus ojos
color jerez brillaban seductores.
–Señor Sanders, ¿puede ponerme una rodaja de lima en el té?
Recuperó la confianza en sí misma cuando vio que Gabe se ponía ligeramente nervioso ante su
sonrisa radiante.
–¿Le importa si es limón?
–Estupendo. Gracias.
Apartó hacia atrás un mechón de pelo castaño dorado. Utilizaba su atractivo para sonsacar
información sólo cuando se veía obligada a ello, y siempre le incomodaba un poco. Prefería
enfrentarse a un reportaje con la misma franqueza de los periodistas de sexo masculino. Pero en
caso necesario no era contraria a servirse de cualquier ventaja que le reportara su sexo, y si a
alguien su aspecto le resultaba turbador, no había nada malo en aprovecharse de ello. Su padre, que
tenía una vena poética, en una ocasión la había comparado a un helado perfecto: crema de vainilla,
Amaretto y salsa de caramelo.
–Gracias– Dijo Andy cuando Gabe volvió con dos rodajas de limón en un platito. Exprimió una
de ella en el vaso de té endulzado, que en su opinión sabía a jarabe, dado que no solía añadir azúcar
a nada.
–No es de por aquí, ¿verdad?
Estuvo a punto de responder con una mentira, pero de repente el juego había perdido su gracia.
–No, no soy de aquí. Ahora vivo en Nashville, aunque me crié en Indiana.
–¿En Nashville? ¿Trabaja en el Gran Ole Opry?
Andy se echó a reír y meneó la cabeza.
–No, trabajo para una empresa privada de cable.
–¿Cable? –Las cejas de Gabe se arquearon y Andy decidió que era su rasgo más expresivo–. ¿Se
refiere a la televisión por cable?
–Sí.
–¿Sale en televisión?
–A veces. Tengo un programa de entrevistas que se emite por las emisoras de cable de todo el
país.
–¿Entrevistas? –Gabe miró más allá de Andy a sus clientes, como si buscara a alguien digno de
ser entrevistado por ella. Después volvió a mirarla como si hubiera comprendido–. No estará
pensando en pedir a Lyon una entrevista con su padre, ¿eh?
–Sí, precisamente de eso se trata.
El hombre la miró con recelo.
–No existe ninguna compañera de clase de universidad, ¿no es así?
Andy lo miró abiertamente.
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–No.
–Me lo imaginaba. –No lo dijo en tono de censura.
–¿Cree que el señor Ratliff se negará a dejarme entrevistar a su padre?
–Puede estar segura, pero estamos a punto de descubrirlo porque ahora mismo está entrando.
Andy bajó los ojos hacia el anillo de humedad que su baso había dejado sobre la barra al mismo
tiempo que se le encogía el estómago. El cencerro suspendido de una barra de metal encima de la
puerta resonó con fuerza al entrar un hombre.
–Eh, Lyon –dijo alguien desde un extremo del restaurante.
–Lyon – saludó otro cliente.
–Jim, Pete. –Tenía una voz grave y áspera. El sonido la pinchó en las lumbares como una aguja
y generó un estremecimiento que le recorrió toda la columna.
Ella había abrigado la esperanza de que se sentara en uno de los taburetes que había a su lado,
de modo que fuera fácil entablar conversación. Pero los pasos que ella seguía con el oído se dirigían
al final de la barra, hacia el extremo perpendicular a donde estaba sentada ella. Por el rabillo del ojo
vio una camisa azul. Gabe se acercó al hombre.
–Hola, Lyon. ¿Qué vas a tomar? ¿Chili?
–Hoy no. Hace demasiado calor. Además Gracie hizo chili la otra noche, y tuve que tomar dos
dosis de ese jarabe rosa para poner el estómago a tono.
–¿Ese dolor de estómago no tendría que ver con las margaritas que estuviste bebiendo con el
chili?
Una fuerte risotada emergió de lo que con toda seguridad era un amplísimo pecho.
–Podría ser, desde luego.
Vaya voz. ¿Qué clase de hombre podría tener una voz tan bulliciosa? Andy no creía poder
contener la curiosidad mucho más. Finalmente se rindió y lo miró en el momento que decía:
–Ponme una hamburguesa con queso.
–Enseguida.
Andy ni siquiera oyó la respuesta de Gabe al pedido de Lyon Ratliff. Estaba demasiado absorta
en éste. Lyon no era en absoluto como ella esperaba. Se lo había imaginado más mayor, bien
entrado en la edad madura, probablemente porque el general Ratliff tenía más de ochenta años. Por
lo visto su hijo había nacido después de la guerra. Calculó que Lyon tendría unos treinta y cinco.
Era robusto, de pelo oscuro y lacio, teñido de plata en las sienes. Dos impecables y oscuras cejas
se arqueaban sobre unos ojos de los que no podía determinar el color a tanta distancia. Siguió con la
mirada la línea de la nariz romana, que le recordaba a los actores de las películas basadas en la
Biblia, y la boca sensual, que le recordaba a los actores de otra clase de películas.
–¿Esa carne que estás asando para mí en la parrilla es de Ratliff? –preguntó el hombre a Gabe.
De nuevo Andy quedó intrigada ante su voz. Era resonante pero reposada, como si pudieras
perderte algo muy importante en caso de no estar realmente atento. El tono áspero transmitía
sensualidad a todas sus palabras. Decididamente era más de la segunda clase de actores que de la
primera.
–Ya lo creo –dijo Gabe–. La mejor ternera que se encuentra.
Lyon echó ligeramente hacia atrás la cabeza y rió entre dientes. Estaba a punto de coger el vaso
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de agua con hielo que Gabe le había servido cuando sus ojos se posaron casualmente en Andy por
unos momentos.
Andy tomó buena nota del recorrido de aquellos ojos grises –sí, eran grises–. Se habían detenido
sorprendidos en sus propios ojos; era la reacción habitual de todos los que la miraban a los ojos por
primera vez. Eran de un pardorrojizo cautivador, rodeados por unas pestañas largas y espesas.
Luego los ojos grises había subido hacia su pelo. ¿La coleta sostenida en la nuca con un pasador de
concha de tortuga la hacía parecer demasiado joven? ¿O, Dios no lo quiera, la había tomado por una
treintañera que intentaba parecer más joven? «No te pongas paranoica, Andy», se advirtió a sí
misma. Sabía que su pelo de tono caramelo con mechones rubios era bonito. ¿Pero y las gotas de
sudor en la frente? ¿Podía verlas? A pesar de que un rótulo con más de veinte años anunciaba aire
acondicionado en la ventana del local, Andy sentía el sudor en todo su cuerpo. De repente fue
consciente de todos los poros de su cuerpo, de todos los nervios. Era como si la hubiesen abierto
para diseccionarla, y Lyon Ratliff fuera un científico que se tomara su tiempo para examinar ese
espécimen. Finalmente, cuando los ojos grises llegaron a la boca, Andy había desviado la vista.
Cogió su vaso y caso le resbala de los dedos antes de beber. Entonces temió que en lugar de haber
desviado la atención de él de sus labios, no había hecho más que atraerla más.
Pero ¿qué le sucedía? Tenía un trabajo que hacer. Hacía tres días que perseguía a ese hombre,
haciendo preguntas indirectas sobre él y su padre, reuniendo todas las migas de información que le
echaban y soportando rechazos groseros. Se había pasado horas sentada en la peluquería
escuchando los cotilleos del pueblo, esperando que su nombre fuera mencionado, y al mismo
tiempo rechazando, con educación pero firmemente, que le hicieran una permanente«sólo para darle
cuerpo». Lo único que averiguó allí fue que Lyon se había perdido el último baile del club de
campo porque su padre había sufrido una recaída, que habían encargado plantas nuevas para la casa
del rancho y que la chica de la manicura parecía haber sido entrenada por el marqués de Sade.
Pero ahora estaba a cuatro pasos de distancia de su objetivo, y sin embargo se encontraba sudada
y con la lengua trabada por primera vez en su vida. ¿Dónde había ido a parar su fría seguridad? La
férrea obstinación que siempre le había impedido admitir un no por respuesta la había abandonado.
La objetividad que la distinguía había sido borrada por la conciencia de la sensualidad de aquel
hombre. Había conocido a reyes, primeros ministros y presidentes, entre ellos dos presidentes de
Estados Unidos, y ninguno de ellos la había intimidado. Y este..., este vaquero entra en un grasiento
tugurio y yo me echo a temblar»
En un intento de recuperar el control, Andy levantó la barbilla y lo miró desafiante. Los ojos de
él podrían haber sido dos cantos rodados gemelos que cayeran sobre ella y aplastaran su valor. La
mandíbula de Lyon estaba torcida con arrogancia, como diciéndole: «Sí. He oído hablar de la
igualdad de sexos, y me parece muy bien. Pero ahora te estoy mirando y pensando en ti sólo como
objeto sexual, y no puedes hacer nada para impedirlo»
Pues sí que podía hacer algo. Podía impedir que él continuara pensando lo que estaba pensando.
Pondría en su conocimiento, de una forma serena y profesional, quién era ella y por qué estaba allí...
en cuanto se terminara su hamburguesa, decidió, al ver que Gabe le servía un plato humeante.
Andy estudió el grasiento y polvoriento menú de Gabe, que había sido puesto al día a lo largo de
los años a base de borrar los precios antiguos para escribir encima los nuevos. Se arriesgó a otro
vaso de té edulcorado. Observó cómo una madre limpiaba la salsa de tomate de la boca de su hijo, y
después observó cómo una nueva mancha roja sustituía a la anterior al engullir el niño una patata
frita. Jugueteó con la salsera de metal que tenía frente a ella, la cual contenía tres variedades de
salsa para carne. Cogió cuatro servilletas de papel y secó la humedad que su vaso de té no paraba de
formar.
Finalmente echó una mirada al extremo de la barra y vio que Lyon casi había terminado su
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comida. Estaba bebiendo café, sujetando posesivamente la taza con sus dedos largos y
aparentemente fuertes. Su contemplación del tráfico a través de las amplias ventanas terminó en
cuanto ella bajó del alto taburete. Lyon la miró. Andy le sonrió y deseó no sentirse como una
chiquilla coqueta o, aún peor, como a una imitación temblorosa de ésta.
–Hola –dijo, haciendo esfuerzos por llegar hasta su taburete, a pesar del temblor de sus rodillas.
Lyon la recorrió con luna lenta y apreciativa mirada. Apenas disimuló su diversión y no intentó
ocultar su aprobación sexual. ¿Tan acostumbrado estaba a que se le acercaran mujeres desconocidas
en los bares?
–Hola.
De modo que iba a ponérselo difícil, no iba a ofrecer ninguna ventaja. De acuerdo, señor Ratliff.
Andy respiró hondo y dijo:
–Me llamo Andrea Malone.
Andy no podía imaginar que la expresión de él pudiera cambiar tan rápida y drásticamente, o
que sus ojos bajo las oscuras cejas pudieran endurecerse y enfriarse tan rápidamente. La miró con
frialdad durante un largo momento, después se dio la vuelta dejándola con una visión posterior de
sus amplios hombros. Como si Andy no existiera, bebió un sorbo de café con despreocupación.
Andy miró a Gabe, en apariencia concentrado en rellenar un salero, pero ella podía imaginarse
que tenía los oídos bien aguzados y escuchaba ávidamente. Se humedeció los labios con la lengua.
–He dicho que me llamaba...
–Sé quién es usted, señora Malone –dijo Lyon con un retintín condescendiente–. Es de
Nashville. Televisión Telex Cable.
–Eso significa que leyó la dirección del remitente aunque no se dignase a abrir mis cartas antes
de devolverlas. ¿Me equivoco? –repuso Andy, pensando haber planteado un arrogante desafío.
–No se equivoca.
Lyon tomó un poco más de café. Su indiferencia era irritante. Andy ardía en deseos de
arrancarle la taza de la mano –si eso era físicamente posible– y lanzarla al otro extremo del local,
sólo para llamar su atención. Sin embargo, podía prever que un arrebato así podía acabar muy mal
para ella. Él parecía irradiar una sólida fortaleza de cuerpo y espíritu, y Andy no deseaba jugar con
ninguno de los dos a ser posible. Era obstinada pero no estúpida.
–Señor Ratliff, sabe que...
–Sé lo que quiere. La respuesta es no. Creo que ya se lo dije cuando recibí su primera carta hace
varias semanas. Esa sí la respondí. Es evidente que no recuerda lo que contenía aquella carta. Decía
esencialmente, que se ahorrara esfuerzos, trabajo, tiempo y dinero y –la evaluó cínicamente– ropa
mueva. Nunca daré mi consentimiento para que entreviste a mi padre en su programa de televisión.
Mi postura sigue siendo la misma de entonces. –Con rudeza le volvió la espalda de nuevo.
De acuerdo. Había metido la pata. Tal vez todas su preguntas de los últimos días habían sido una
forma poco profesional de enfocar el asunto, pero no pensaba abandonar ahora. Alzó los hombros,
estrechado sin darse cuenta la tela de algodón ajustada alrededor de sus pechos.
–Ni siquiera ha escuchado lo que quiero proponerle, señor Ratliff. Mire...
–No quiero oírlo. – Volvió la cabeza hacia ella y sus ojos tropezaron con sus pechos. Ella se
mantuvo perfectamente inmóvil, como si el moverse fuera una admisión de lo embarazoso de la
situación. Al cabo de un momento él levantó la vista, y Andy recuperó la respiración y su expresión
decidida.
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Sandra Brown La entrevista
–Nada de entrevistas a mi padre –dijo Lyon con voz baja y tensa–. Es un hombre mayor y no se
encuentra bien. Han venido otros más importantes que usted, señora Malone, a preguntar. La
respuesta sigue siendo irrevocablemente no.
Bajó del taburete y ella se dio cuenta, cuando se encontró mirando su clavícula, de que era muy
alto. Andy dio un paso atrás y miró fascinada cómo metía las manos en el bolsillo de los ajustados
tejanos y sacaba un billete de cinco dólares. La mano en el bolsillo hizo que la tela ya ajustada del
vaquero tirara aún más, y que los colores le subieran a la cara. Lyon dejó el billete cerca de su plato;
era más del doble de lo que costaba una hamburguesa con queso.
–Gracias, Gabe. Hasta luego.
–Hasta luego, Lyon.
Andy no podía creer que se estuviera desembarazando de ella tan alegremente cuando él pasó
por su lado con intención de salir.
–Señor Ratliff –dijo con un deje de irritación, siguiéndolo.
Él se detuvo y se dio la vuelta con deliberada lentitud, más amenazadoramente que si se hubiera
girado rápidamente. Andy se sintió como si la estuvieran hiriendo con invisibles estocadas; sus ojos
la repasaron por entero, desde la cabeza a los pies.
–No me gustan las mujeres pesadas, señora Malone. Y eso parece ser usted. No permitiré que
nadie entreviste a mi padre, y mucho menos usted. De modo que, ¿por qué no mete en la maleta su
ropa nueva y se vuelve a Nashville que es donde debe estar?
Andy arrojó su bolso sobre la cama y se dejó caer en la incómoda silla de la pequeña y mal
ventilada habitación de hotel. Se presionó con ocho dedos la frente al mismo tiempo que se
masajeaba las sienes con los pulgares. No sabía si era el calor, el clima árido o aquel hombre, pero
algo le había producido un dolor de cabeza espantoso. El hombre. Sin duda había sido el hombre.
Tras unos minutos de descanso se puso en pie, se quitó las botas y las lanzó a un rincón.
–Gracias por nada.
Se dirigió al baño y tomó dos aspirinas con agua del grifo.
–¿Por qué no le diste una bofetada a ese cabrón engreído? –preguntó a su imagen en el espejo–.
¿Por qué te quedaste como una tonta aguantando que te insultara?
Se soltó el pasador del pelo y sacudió la cabeza para recolocarlo, lo que le produjo más dolor de
cabeza. «Porque quieres hacer esa entrevista, por eso», se contestó en silencio.
No le apetecía llamar a Lex. ¿Qué podía decirle? Lex no encajaba bien las decepciones, por
decirlo suavemente. Todavía seguía barajando las posibilidades de lo que podía decir cuando marcó
el número de conferencias. Pidió una llamada a cobro revertido y persona a persona. Después de
pasar por la centralita de Telex al despacho de Lex, oyó su gruñido quejumbroso.
–¿Sí?
–Hola, soy Andy.
–Caramba, ya empezaba a temer que te hubiesen secuestrado unos cuatreros. Es un detalle que
encontraras tiempo para llamarme.
Sarcasmo. El humor del día era el sarcasmo. Andy lo aceptó con resignación, como aceptaba
siempre los humores de Lex.
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Sandra Brown La entrevista
–Lo siento, Lex, pero no tenía nada que decir, así que no llamé. ¿Recuerdas lo que nos dijiste el
mes pasado sobre las conferencias innecesarias?
–Pero eso no iba por ti, cariño –repuso con más cordialidad–. ¿Cómo van las cosas en el país de
las vacas?
Andy se frotó la frente y contestó:
–No demasiado bien. Los primeros días no me enteré de nada. Lo único que saqué en limpio era
que estaban ampliando el jardín de la casa del rancho. Eso, y el lugar donde su hijo Lyon Ratliff
suele comer cuando está en la ciudad. Hoy he tenido el placer de conocerlo.
Recordó no el modo descortés con que le había hablado antes de marcharse, sino cómo la había
mirado la primera vez que sus ojos se habían encontrado. No se había sentido así en presencia de un
hombre desde que... Nunca se había sentido así en presencia de un hombre.
–¿Y bien? –Lex se impacientó.
–Oh, pues... esto será duro, Lex. Es más tozudo que una mula. No hay forma de hablar con él.
Es un gilipollas obstinado, grosero y desagradable.
–Parece un tipo encantador –rió Lex.
–Estuvo de lo más desagradable. –Jugueteó con un cordón del cubrecama rojo y negro de estilo
español–. Esto ya no me hace ninguna gracia, Lex. Creo que no deberíamos forzarlo. ¿Y si el viejo
general realmente está demasiado enfermo para ser entrevistado? Los informes sobre su salud son
poco precisos. Quizá sea incapaz de soportar la tensión de una entrevista. Quizá ni siquiera es capaz
de hablar. ¿Qué te parece si lo dejo y vuelvo?
–Andy, cariño, ¿qué te pasa?
¿El sol de Texas te está secando el cerebro?
Era como si estuviera viendo a Lex: bajando sus pies de la mesa y acercando la silla para apoyar
los codos sobre la desordenada mesa en su postura de «seriedad»»; las gafas con montura de carey
bien sobre su pelo rojizo o quitándoselas para dejarlas entre ceniceros a rebosar, envoltorios de
caramelos y guiones de la semana anterior. Si Andy estuviera allí en lugar de a miles de kilómetros,
estaría padeciendo la penetrante mirada de unos sobrecogedores y fríos ojos azules.
–No permitirás que un tejano fanfarrón se interponga en tu camino, ¿verdad? Cariño, has
superado cosas peores. Mucho peores. ¿Recuerdas aquellos sindicalistas mentecatos de los
piquetes? Amenazaron a nuestro fotógrafo con porras, pero tú te los metiste en el bolsillo en diez
minutos. Evidentemente todos estaban locos por ti, pero eso le ocurre a cualquier hombre con...
–Lex –dijo Andy fatigada–. Déjalo.
–¿Dejar qué? Me gustaría oírte decir: «Por favor, Lex, no lo dejes.»
Ella, Lex Trapper y Robert Malone habían empezado juntos en una pequeña emisora de
televisión. Lex producía nuevos programas, Robert hacía de periodista y Andy compartía los
noticiarios de la noche con un bobo miope que estaba en la emisora desde sus inicios.
Incluso después de que ella y Robert se casaran, la amistad entre los tres continuó sin cambios.
Cuando a Robert lo contrataron como corresponsal de una cadena de televisión, pasaba fuera mucho
tiempo. Lex la había ayudado a llenar las horas de soledad, pero sólo como un amigo.
Recordaba vivamente la noche en que Lex fue a su casa y le dijo que Robert había muerto en
Guatemala, adonde había ido a informar sobre un terremoto. Lex la había consolado durante
semanas y había asumido aquellas responsabilidades que eran demasiado dolorosas para ella.
Durante meses lo había utilizado como escudo entre ella y el resto del mundo, y él disfrutaba con
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¡No podía creer que hubiese sido tan fácil! Recordaba simplemente haber oído en la peluquería
que Lyon Ratliff había encargado unas plantas al vivero para ampliar el jardín. La esposa del dueño
del vivero había anunciado con orgullo que su marido iba a entregarlas y plantarlas el jueves por la
mañana.
Andy había despertado aquella mañana ya con el plan organizado en su mente. En silencio dio
las gracias a Lex por la inspiración. Se había vestido con un taje de verano de seda cruda y una
blusa de seda color coral sin mangas. Se recogió el pelo en un moño en la nuca, en un estilo que
sugería profesionalidad. Fue en coche hasta un kilómetro antes del rancho Ratliff y aparcó junto a la
carretera, esperando no llegar tarde.
Esperó en el arcén durante veinte minutos antes de ver al camión del vivero que se acercaba
lentamente con su carga de plantas. Bajó del coche, levantó la capota y se quedó con la expresión
indefensa y angustiada a un lado de la carretera. Tal como esperaba, el camión del vivero se detuvo
justo después de pasarla. Andy corrió por un lado del camión hacia el conductor, que ya bajaba de
la cabina.
Muchas gracias por parar –dijo sin aliento.
–Buenos días. ¿Qué le ha pasado a tu coche, encanto?
Andy rechinó los dientes tras su falsa sonrisa.
–No lo sé –gimió–. Iba camino del rancho Ratliff. Ya llegaba tarde a una cita con Gracie y
encima me pasa esto. Debe de estar preocupada por mí. ¿Le importaría llevarme hasta el teléfono
más cercano?
No tenía ni idea de quién era Gracie. Sólo había oído a Lyon mencionarla en el restaurante de
Gabe. Podía ser un pariente, una cocinera, un ama de llaves..., ¿una esposa? ¿Había oído en alguna
parte que estuviese casado? ¿Por qué le preocupaba que pudiera estarlo? En todo caso, su treta
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sobre la cita con Gracie había funcionado. El hombre del vivero sonrió ampliamente.
–Puedo hacer algo mejor que eso. Yo también voy a la casa de los Ratliff. ¿Qué te parece si te
llevo hasta la puerta?
Andy se llevó la mano al pecho con gesto afectado.
–¡No hablará en serio! Eso sería mi salvación. Puedo hacer mi trabajo y resolver lo de mi coche
al mismo tiempo. ¿Seguro que no le importa? –preguntó, dedicándole su mejor sonrisa.
–Por supuesto que no, encanto.
–Bien. Recogeré mi bolso y cerraré el coche. –Se apresuró sobre sus altos tacones, dando
gracias de que el hombre hubiese sido tan fácil de manipular. Ni siquiera le había preguntado en qué
consistía su trabajo.
Hubo que sacrificar el pudor para subir a la cabina del camión, pero Houghton, que ya se había
presentado, se comportó como un perfecto caballero y miró hacia otro lado.
La cabina era ruidosa, llena de polvo y olía a tierra y fertilizante, pero Andy charló con
Houghton de cosas banales y enseguida estuvieron a punto de cruzar la verja de seguridad que
rodeaba el rancho Ratliff.
Los frenos chirriaron cuando Houghton pisó a fondo el pedal, pero por lo visto Lyon había
advertido al guarda de la llegada del camión del vivero. Las puertas se abrieron de par en par y un
guarda desdentado con sombrero vaquero les hizo señas de que avanzaran por el camino asfaltado.
Si vio a Andy advirtió que no parecía una jardinera, no le importó. Andy soltó un suspiro de alivio
cuando el camión cruzó la verja y por el retrovisor vio que la puerta se cerraba tras ellos.
–Te dejaré en la puerta principal, muñeca. Yo he de encontrarme con el señor Ratliff en el lado
oeste.
–Estupendo –dijo Andy, sonriendo. Mucho más estupendo de lo que había esperado. Lyon
estaría ocupado un rato. ¿Lyon? ¿Había pensado simplemente el nombre de pila?
La casa era impresionante y parecía propia del sur de California más que de las llanuras tejanas.
Recogida dentro de un bosquecillo de pacanas, cedros y álamos, sus extensas dimensiones
alcanzaban cierta grandeza. Era una casa de dos plantas, pero daba la impresión de que sus varias
alas se extendían a lo largo de cientos de metros.
La casa en sí y las construcciones auxiliares eran blancas y el techo de tejas rojas. El amplio y
profundo porche del frente se apoyaba en cuatro arcos donde colgaban tiestos con y helechos,
petunias y begonias. Los colores eran intensos. La oscura y fresca sombra hacía que el blanco de la
casa resultara prístino y reluciente.
–Gracias de nuevo, señor Houghton –dijo mientras éste frenaba ruidosamente y maniobraba para
poner la primera.
–Ha sido un placer, encanto. Espero que tu coche no tenga nada serio.
–Yo también. –Bajó de la cabina, rechinando los dientes y sacudiendo el moño.
Cerró la puerta con cuidado, para no llamar la atención. Con pasos lentos y silenciosos, se
entretuvo en admirar un tiesto de flores. Cuando el camión por fin desapareció por el recodo, Andy
se adentró en la sombra del porche.
Cada uno de los arcos tenía una amplia ventana. Sintiéndose una especie de delincuente, se
acercó sigilosamente a una, apoyó las manos contra los cristales haciéndose pantalla y miró dentro.
Las habitaciones eran de techo alto, estaban bien amuebladas e inmaculadamente limpias. Había un
gran salón con una enorme chimenea, y sofás y butacas confortables, un estudio con estanterías
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llenas de libros y un escritorio cubierto de papeles, y un comedor. La última habitación tenía suelo
de baldosas y mobiliario de mimbre. A través de la ventana Andy distinguió que una de las paredes
laterales era de cristal. La habitación estaba llena de plantas tropicales. Un ventilador de techo
giraba parsimoniosamente.
Un anciano sentado en una silla de ruedas parecía leer, ¿o quizá dormía? Andy rodeó la esquina
de la casa hacia el otro lado y husmeó por la puerta de cristal corredera. Sí, estaba leyendo. Tenía un
libro sobre el regazo. Su mano manchada por la edad pasó una página lentamente. Sobre la nariz
huesuda descansaban unas gafas de montura metálica.
Andy pegó un respiro cuando, sin ni siquiera mirarla, el anciano dijo:
–Pase, señora Malone.
CAPÍTULO 2
Quedó paralizada de la sorpresa, tanto de que el anciano supiera que ella estaba allí como de su
expresión benévola cuando levantó la mirada y le sonrió. Estaba tan sorprendida ante el padre como
lo había estado ante el hijo. Había esperado algo como la recreación del general Patton por parte del
actor George C. Scott. ¿Dónde estaba el severo porte militar? El general Michael Ratliff parecía la
personificación de la benevolencia. Ella había visto fotografías suyas, pero sacadas hacía cuarenta
años y guardaban muy poco parecido con aquel frágil anciano.
Al parecer su incredulidad lo divertía.
–Acérquese más, donde pueda verla mejor, por favor, señora Malone.
Andy se obligó a cruzar la puerta de cristal y entrar en la habitación jardín.
–¿Es usted el general Ratliff? –preguntó.
El anciano rió entre dientes.
–Desde luego.
–Co... –Andy tragó saliva–. ¿Cómo sabe quién soy? ¿Me esperaba? –Por un momento se
preguntó si Lex habría convencido al general de que concediera una entrevista, pero desechó la
idea, Ésos no eran precisamente los métodos de Lex. Además, nadie hablaba con el general sin
consultar primero a Lyon. Y éste no cambiaba de idea fácilmente.
–Sí, la estaba esperando –contestó–. Siéntese, por favor. ¿Le apetece beber algo?
–No gracias. –¿Por qué de repente se sentía como una colegiala pillada en una pequeña
travesura? Se sentó en el borde de una de las butacas de mimbre de alto respaldo en forma de
abanico y cojín con vivo estampado. Apretó el bolso entre el muslo y el brazo y tiró del dobladillo
de su falda.– No ha levantado la vista antes de hablarme. ¿Cómo...?
–Entrenamiento militar, señora Malone. Siempre he tenido radares en lugar de oídos. Mi
excelente sentido del oído desesperaba a mis oficiales subordinados. Nunca podían criticarme sin
que los oyera. –Rió otra vez.
Pero ¿cómo sabía mi nombre?
A pesar de que la habían pillado in fraganti, se estaba divirtiendo. Era una sensación
embriagadora saber que estaba finalmente ante uno de los más ilustres héroes de guerra
norteamericanos. Su cuerpo parecía débil, pero su mente era aguda y perspicaz. Tenía los ojos
legañosos, pero Andy sospechaba que veían más de lo que se creía. ¿O era su penetrante percepción
la que hacía que lo pareciera? Su escaso cabello blanco estaba bien peinado, al estilo militar. Vestía
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–También sé la forma poco digna que ha utilizado para cruzar la verja. Houghton y yo íbamos
por la segunda hilera de bojs cuando me ha hablado sobre la encantadora damita a la que se le había
estropeado el coche y a quien había traído hasta aquí para que llegara a tiempo a su cita con Gracie.
Gracie está aquí hace más años que yo, y que yo sepa nunca ha tenido una «cita». He atado cabos, y
desgraciadamente eso me ha conducido hasta usted. Bien, señora Malone, ahora se marchará. A la
fuerza si es necesario.
Andy supo que lo decía en serio. Estaba a punto de cogerle el brazo cuando su padre lo detuvo.
–Lyon, a tu madre le disgustaría mucho tu falta de educación, sobre todo con una dama. He
aceptado que la señora Malone me entreviste.
Si le hubiesen golpeado con una pala, Lyon no habría quedado más anonadado.
–Papá... ¿estás seguro? –Mostrando una sensibilidad de la que Andy no lo habría considerado
capaz, se arrodilló junto a la silla de ruedas de su padre y apoyó su larga y bronceada mano en el
hombro del general Ratliff– ¿Estás seguro? –repitió.
Los ojos del general se encontraron con los de su hijo.
–Sí, lo estoy. No lo haré por los demás, pero la señora Malone es encantadora y no puedo
negarme a su petición.
–¿Encantadora?, que tontería –exclamó Lyon, levantándose–. No dejes que te enrede en hacer
nada que no quieras.
–¿Realmente crees que puedo ser tan idiota, Lyon? –repuso el anciano amablemente–, No te
preocupes. Todo irá bien. Quiero hacerlo.
–De acuerdo. –El asentimiento de Lyon fue seco y escueto.
–Bien, señora Malone, creo que todo está claro –dijo el general de buen humor.
–Gracias, general Ratliff –dijo ella–: y llámeme Andy, por favor.
–Me gusta usted, Andy.
–Y usted a mí. –Andy rió y el general la secundó, contentos los dos de haberse conocido.
–Dispénsenme – dijo Lyon fríamente–, pero debo volver al trabajo.
–Lyon, deja que Houghton haga su trabajo. Lleva a Andy a su hotel y ayúdala a traer sus cosas
aquí.
Andy y Lyon se volvieron al mismo tiempo para mirar con desconcierto al general Ratliff.
Finalmente Andy recuperó la voz para balbucear:
–Yo... estoy en el Haven in the Hills... y le aseguro que estoy muy bien instalada.
–Pero no tan bien como lo estará aquí –dijo el general afable–. No ha probado los platos de
Gracie. –«De modo que Gracie es la cocinera», pensó Andy–. Y yo puedo sentir la necesidad de
desnudar mi alma en cualquier momento del día o de la noche. No querrá arriesgarse a perdérselo.
Así pues, será mejor para usted vivir bajo este techo hasta que terminemos el proyecto.
–Pero mi equipo estará en el hotel y...
–¿Cuántos hombres forman su equipo
–Cuatro.
–Pues los instalaremos en la cabaña- Hay suficiente sirio. No quiero oír más objeciones –dijo
con un tono lleno de reminiscencias de su antiguo mando–. Lyon y yo estamos demasiado solos
aquí. Será una distracción bien recibida. –Puso en marcha el motor de su silla–. Ahora, excusadme.
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–Ése es mi coche –dijo cuando pasaron el pequeño coche todavía aparcado en el arcén del carril
opuesto.
–Lo recogeremos a la vuelta. No quisiera que le sucediera nada a la encantadora damita.
Andy le dirigió una mirada asesina antes de ponerse a mirar por su propia ventanilla. Se
esforzaba por controlar el mareo que le producía ver pasar el paisaje a aquella velocidad
enloquecida.
No volvieron a hablar hasta que el coche paró a pocos metros de la habitación de su hotel, que
tenía un rótulo con el mismo número que su llave. Andy lo miró con ojos inquisitivos.
–Usted no es la única que puede hacer preguntas, señora Malone
Los ojos grises con que la miró la inquietaron. ¿Qué más había descubierto con sus preguntas
acerca de Andy Malone?
–Vuelvo enseguida –dijo, disponiéndose a salir del coche. Incluso con los cristales bajados, la
atmósfera del coche le había parecido sofocante.
Abrió la puerta apresuradamente y entró en su habitación. Lyon la había seguido sin que ella lo
supiera y de pronto lo vio en el umbral con la mano apoyada en la puerta abierta.
–La ayudaré.
–No es necesario.
–No he dicho que lo fuera.
La obligó a retroceder y entró en la habitación antes de cerrar la puerta. La habitación, ya de por
sí pequeña, se encogió como una casa de muñecas en cuanto él estuvo dentro. Lanzó las llaves del
coche sobre la cama, que la camarera ya había hecho, después se dejó caer encima y se apoyó en la
cabecera, estirando sus largas piernas de modo que sus botas colgaran por el borde. Cuando Andy
se quedó mirándolo, dijo:
–No se preocupe por mí. –Su sonrisa era arrogante e irritante; sabía muy bien que la estaba
sacando de sus casillas.
Andy le dio la espalda y sacó una maleta del armario. Empezó a recoger vestido furiosamente de
las perchas y a meterlos de cualquier manera en la maleta. Recogió varios pares de zapatos del suelo
y los arrojó bruscamente dentro de una bolsa.
–No se olvide de las botas –dijo él desde la cama.
Andy se dio la vuelta.
–No las olvidaba. Van en una caja aparte. Gracias por su ayuda.
Lyon sonrió, y por un momento Andy quedó cautivada por una fantasía que surgió en su mente:
Lyon apoyado en la cabecera de una cama y sonriéndole, no con desprecio sino con intimidad.
Sintió un nudo en la garganta y una sensación ondulante en el abdomen. Esa sensación la aterrorizó
e intentó en vano sofocarla.
Se inclinó sobre el tocador y rápidamente recogió todos sus cosméticos y artículos de baño en
una maleta más pequeña. Botellas y frascos cayeron al unísono, y ella rogó que no se rompiera nada
que pudiera verterse y estropearlo todo. Miró al espejo del lavabo y vio que los ojos de Lyon no se
habían separado de ella. Estaba observando todos sus movimientos.
–¿Encuentra un perverso placer en mirar todo esto?
–En realidad sí. En mi vida anterior debí de ser un mirón.
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Estaba tan cerca de la verdad que Andy sintió como si le hubiesen perforado la conciencia y
estuviera experimentando una muerte larga y agónica. Pero como todos los animales heridos, se
incorporó desafiante.
–¡Cómo se atreve a decir eso! No sabe nada de Robert, nada de mí. Es...
–Lo sé todo de usted. Es una mujer autoritaria y ambiciosa, y encima resulta que es más
atractiva que la mayoría. –De pronto sacó el coche de la carretera y frenó bruscamente en el arcén
tras el coche de Andy, que se dispuso a bajar, pero él le sujetó la muñeca con una mano de hierro.
Acercó la cara a la de ella y su voz sonó dura y áspera–: No crea que porque tiene una cara bonita,
piernas bien torneadas y unos pechos apetecibles no me doy cuenta de que es más dura que una
piedra. Su piel puede ser tersa y suave, pero por dentro es un bloque de hielo. Conozco bien a las de
su clase, Andy Malone. Castran a cualquier hombre lo bastante idiota para ponerse a tiro. Yo no soy
tan idiota. De modo que mientras haga esas malditas entrevistas apártese de mí y yo me apartaré de
usted. Ahora que nos hemos entendido, quizá conseguiremos tolerarnos mutuamente.
A continuación le soltó la mano y abrió la portezuela. Andy salió del coche sin mirarlo, cerró la
portezuela de un golpe y se tragó la rabia impotente cuando los neumáticos de El Dorado rechinaron
sobre el suelo de grava, envolviéndola en una nube de polvo.
Al cabo de diez minutos la recibió ante la puerta principal una mujer que sólo podía ser Gracie.
Por lo visto Lyon había tenido la decencia de advertir al ama de llaves y al guarda de la puerta de
que llegaría en pocos minutos.
–Creo que necesitará lavarse antes del almuerzo –dijo Gracie con cortesía–. Hace demasiado
calor. Suba y le enseñaré su habitación. Nunca había visto al general tan entusiasmado. Me dijo que
pusiera la alfombra roja. Le ha dado la habitación más grande de arriba, aparte de la de Lyon, claro.
Gracie Halstead era una mujer de pecho generoso y amplia cintura. Su pelo gris y su cara alegre
y redonda le daban un aspecto maternal, así como sus gestos de matrona.
–Ya hemos llegado –dijo, abriendo la puerta de una habitación llena de muebles antiguos y de
sol.
La habitación daba a la cara sur de la casa. En el horizonte se veían las redondeadas colinas. El
ganado pastaba en los prados exuberantes y a través del prado más cercano discurría un río que
cruzaba la propiedad de los Ratliff. Gráciles cipreses con su oscuro follaje y sus troncos retorcidos
se alineaban en las orillas del río.
–Eso que está mirando es el Guadalupe.
–Todo esto es precioso –dijo Andy.
–Sí. Vivo aquí desde que el general Ratliff construyó la casa después de la guerra. Nunca me
cansaré del paisaje que ofrece. ¿Ha visto la piscina? El general desea que utilice todas las
instalaciones de la casa mientras esté aquí.
–Gracias, lo haré.
–Lyon ha traído su equipaje. –Señaló con la cabeza las maletas y Andy imaginó que habían sido
arrojadas sin miramientos al suelo.
–Sí. Que amable. –Gracie no advirtió el sarcasmo.
–Volveré abajo a preparar el almuerzo. El baño está ahí. –Señaló una puerta–. He dispuesto lo
necesario pero si he olvidado algo vaya a las escaleras y llámeme.
Andy sonrió.
–De acuerdo.
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Gracie también sonrió y, con los brazos cruzados sobre el estómago y la cabeza inclinada hacia
un lado, repasó a Andy apreciativamente.
–Creo que general tenía razón. Creo que será... interesante tenerla aquí. –Antes de que Andy
pudiera descifrar esa enigmática afirmación, Gracie salió diciendo–: La comida es a las doce.
Andy se quedó a solas. Se quitó el arrugado traje que sin embargo se había puesto por la mañana
recién salido de la tintorería. Le quitó el polvo como pudo, murmurando maldiciones contra el
carácter de Lyon Ratliff.
Después de una breve pero refrescante ducha en el bonito baño, decorado en tonos amarillo y
caramelo, se puso una falda y una blusa informales. Se llevó el cepillo a la ventana y se soltó el
cabello. Mientras contemplaba el paisaje desde el segundo piso, Lyon apareció por el lado del
garaje. Se reunió con Houghton, que estaba arrodillado en un parterre de flores todavía plantando.
El cepillo quedó en suspenso por encima de su cabeza cuando Lyon se sacó los faldones de la
camisa fuera de los pantalones y se desabrochó los botones. Se la quitó y la colgó de una rama baja
de una pacana. Absorto en su conversación con Hougton, sus gestos eran naturales y sin afectación,
pero aun así ejecutados con la seducción de unos pasos de baile.
Andy se llevó la mano al pecho como para contener su corazón. Sus especulaciones sobre lo que
habría bajo la camisa de Lyon no la habían preparado para verlo desnudo. Vio sus hombros anchos
y ondulantes de músculos cuando cogió una carretilla y la empujó unos metros. Su peco estaba
moteado de vello oscuro y rizado que bajaba desde el tórax hasta la cintura de sus tejanos en forma
de punta de flecha. Andy tragó saliva cuando él se rascó descuidadamente el pecho.
Se rió por algo que había dicho Hougton y a Andy le impresionó la visión de sus dientes en
contraste con su cara bronceada. Arrugó los ojos en una alegre expresión que ella no le conocía.
Sólo lo había visto enfadado y arrogante, odioso y agresivo. No. También lo había visto de otro
modo: sugerente e insolente.
Se apartó de la ventana, dejando a un lado el cepillo. Por lo visto Lyon no pensaba acudir al
almuerzo.
No lo hizo, pero Andy disfrutó de la ensalada verde que Gracie había preparado para ella,
salpicada de queso rallado y trocitos de pavo frío.
–Me parece que le gustan demasiado las ensaladas –observó el ama de llaves–. No me parece
mal, pero pienso ocuparme de que engorde mientras esté aquí.
–Por favor, no se moleste por mí. Tendrá bastante trabajo cuando lleguen mis compañeros.
Convertiremos su inmaculada y serena casa en un caos. Pero le prometo que intentaremos incordiar
lo menos posible.
–En esta casa nunca ha habido ningún desorden que yo no pudiera solucionar. Hagan lo que
tengan que hacer.
–Con su permiso, general Ratliff, dedicaré la tarde a echar un vistazo en busca de los mejores
lugares para filmar las entrevistas.
El anciano estaba sentado a la cabecera de la mesa, intentando comer su plato de comida blanda.
–Por supuesto.
–¿Dónde se siente más cómodo?
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–Paso casi todo el tiempo en la habitación donde me ha encontrado esta mañana –dijo
guiñándole un ojo–. O en mi cuarto. A veces en el salón.
–Quiero que se sienta en un entorno habitual, para que esté relajado ante las cámaras. Necesito
ver las habitaciones y comprobar si tienen suficientes enchufes y cosas así. Esta noche llamaré a
Nashville y diré a mi equipo qué material tiene que traer. Seguramente llegarán pasado mañana.
Aquella noche se dedicó a examinar las habitaciones que había mencionado el general, no sólo
buscando los escenarios posibles técnicamente, sino también estéticamente. Algo que el público de
Andy Malone estaba acostumbrado a esperar era que la entrevista fuese escrupulosamente
preparada y presentada.
Gracie le proporcionó una caja llena de recortes e informes sobre la vida del general y su carrera
militar. Andy estudió su contenido y comprobó que los artículos de periódico terminaban pocos
años después de la guerra. En ese momento había pedido una jubilación anticipada y se había
convertido en el anacoreta de los últimos treinta años. Su mente de periodista se concentró en ese
hecho, pero no fue capaz de encontrarle significado. Llenó dos hojas con posibles preguntas.
Imaginando correctamente que no había que vestirse de modo muy formal para la cena, se
cambió sólo de blusa. Eligió una de color crudo, de mangas cortas y anchas. Las estrechas solapas
se abrochaban en el escote. Se dejó el pelo suelto sobre los hombros.
Lyon, con un aspecto pulcro y húmedo después de la ducha, estaba asegurando la silla de su
padre en la cabecera de la mesa cuando ella entró en el comedor. Levantó los ojos y los dos le
sostuvieron la mirada hasta que Andy murmuró:
–Buenas noches.
Ahora iba completamente vestido, pero ella todavía lo veía con el pecho desnudo. Se le aceleró
el pulso cuando él le apartó la silla cortésmente y ella aspiró aquel aroma únicamente suyo.
A través de la niebla de sensaciones que la asaltaba se le ocurrió que debería estar furiosa con él.
La última vez que habían hablado, él se había mostrado descaradamente grosero e insultante. La
había abandonado en la carretera, envuelta en una nube de polvo. Pero por mucho que la irritara, en
lugar de avivar su propia rabia, el verle sólo le había producido aquella sensación de languidez en la
boca del estómago que era su pesadilla desde que lo había visto por primera vez.
El general, ignorante de la chisporroteante tensión que había entre su hijo y su invitada, inclinó
la cabeza para rezar. Andy y Lyon lo imitaron. A los pocos segundos de iniciar la plegaria, Andy no
pudo contenerse y miró a Lyon, que estaba sentado frente a ella. Levantó lentamente las oscuras
pestañas, pero abrió los ojos de golpe cuando encontró dos ojos grises que la miraban fijamente, sin
atisbo de timidez o vergüenza. Para evitar su poder hipnótico, volvió a cerrar los ojos e inclinó de
nuevo la cabeza.
Una vez acabada la oración, todos se animaron.
–Hoy Andy ha empezado a elegir lugares para las entrevistas –dijo el general después de que
Gracie sirviera a Lyon y Andy. Al general le habían servido otro plato que parecía totalmente
insulso.
Por su parte, el ama de llaves estaba haciendo honor a su promesa de engordar a Andy. La
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CAPÍTULO 3
–Estoy segura de que Lyon tiene otras cosas que hacer –murmuró Andy sobre su plato, sin
atreverse a mirarlo.
–Nada en absoluto –repuso él.
El tenedor de Andy golpeó la porcelana. Luchó por mantener la voz serena.
–Sería mucho más práctico verlo a la luz del día –dijo al general, aunque Lyon había aceptado la
propuesta del padre.
Miró a Lyon, esperando que la apoyase, pero él tenía el aspecto del gato que se ha tragado al
canario. ¿No podría haberse inventado una excusa para no tener que pasear con ella? Pinchó una de
las gruesas rodajas de manzana del pastel de Gracie a la vez que lo miraba furiosa. Claro que había
podido. Sólo deseaba otra oportunidad de ponerla en ridículo. Bien, esta vez se llevaría una
decepción. Ella no pensaba picar el anzuelo, por muy provocador que se pusiera.
–Lyon, cuando salgas pide a Gracie que deje un vaso de leche caliente en mi habitación –dijo el
general–. Esta noche estoy muy cansado.
Andy olvidó al instante sus problemas con Lyon y dedicó toda la atención a su anfitrión.
–¿No te encuentras bien, papá? –preguntó Lyon –. ¿Quieres que llame al doctor Baker?
–No te preocupes. No siento nada más que mis ochenta y pico. Me voy a la cama a dormir de un
tirón. Quiero estar guapo cuando Andy me entreviste. –Le guiñó el ojo de nuevo. Impulsivamente,
ella se levantó y le dio un beso en la mejilla.
–Buenas noches, general Ratliff.
–Olvida lo de la leche, Lyon, creo que me dormiré enseguida. –Les dio las buenas noches y salió
de la habitación.
–¿Puede valerse por sí mismo para lo más necesario? –preguntó Andy quedamente.
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–Sí, vino con mis padres cuando se construyó la casa. Mi madre murió cuando yo tenía diez
años. Gracie ha cuidado de mí desde entonces.
–¿Cómo era su madre?
Caminaban por el paseo que llevaba al río y ya habían dejado atrás la piscina y algunos de los
muchos edificios secundarios que componían el rancho. Andy advirtió que los arbustos que había
plantado Houghton tenían buen aspecto. Del suelo recién removido y humedecido se desprendía un
aroma terrenal y de musgo que empapaba el aire nocturno.
Hacía una noche preciosa. La luna en cuarto creciente parecía un decorado para una obra teatral,
perfectamente suspendida sobre las distantes colinas. Una brisa del sur apartaba el pelo de la cara de
Andy, que caminaba junto a Lyon bajo el baldaquino de ramas de pacana y roble.
–Es una pena, pero recuerdo mejor situaciones que a la persona. Mis impresiones de mi madre
son el cariño, el afecto y el calor que me brindaba. Pero quizá todos los niños encuentran eso en su
madre. –Sonrió y los dientes le brillaron incluso en aquella oscuridad–. Recuerdo que olía siempre
de un modo especial. No estoy seguro de haber olido aquel perfume ni antes ni después, pero
incluso ahora la reconocería por esa fragancia. Se llamaba Rosemary.
–Sí. Lo he leído en los recortes de prensa. Dicen que su padre la escribía muy a menudo durante
la guerra. Debían de llevarse muy bien.
–Es cierto, por raro que parezca. –No pudo ocultar la amargura de su voz y rápidamente cambió
de tema–. ¿Qué me dice de sus padres?
–Mi madre vive en Indianápolis. Mi padre murió hace años.
–¿A qué se dedicaba?
–Era periodista; bastante famoso en su campo. Su columna aparecía en varios periódicos.
–De modo que su interés por el periodismo empezó a una temprana edad.
¿Era su primer intento de la noche de tomarle el pelo?
–Sí, imagino que sí –contestó.
El suave rumor del río captó su atención y se dio cuenta de que habían llegado a las orillas llenas
de hierba y en abrupta pendiente. Andy miró las aguas claras y revueltas que se agitaban en torno a
los cantos rodados de piedra caliza del lecho del río.
–Oh, Lyon, qué bonito –dijo emocionada.
–¿Le gusta?
–¡Es maravilloso! El agua parece tan limpia y cristalina.
–De día se puede comprobar que así es. Se limpia y se filtra a través de kilómetros de piedra
caliza. Ésta es una de las aguas más puras del Estado.
–Y los árboles son muy bonitos –añadió Andy, levantando la cabeza para ver a través de las
ramas de un ciprés el cielo estrellado–. Seguro que esta tierra le encanta.
–Sí. Supongo que muchos esperaban que siguiera la carrera militar como mi padre. Pero él ya se
había retirado del ejército cuando yo fui lo bastante mayor para comprender que nuca sería nada
más que un ranchero. Hemos vivido aquí desde que nací. Cumplí con mi deber en Vietnam, pero
durante mi pasaje por el ejército siempre esperé que nadie me relacionara con mi famoso padre. Ser
soldado no era para mí.
–¿Ser ranchero es lo suyo?
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–También tengo propiedades inmobiliarias. Pero esto es lo que me gusta –dijo, abriendo los
brazos para abarcar el paisaje.
–Lástima que sólo sean dos para disfrutarlo –comentó sin pensar y enseguida se arrepintió. Pero
ya era tarde.
–Si quiere saber por qué no me he casado, ¿por qué no va directamente al grano, señora
Malone? No esperaba que fuera tan remilgada.
–Yo no...
–Si le interesa saberlo –dijo secamente–, estuve casado. El desastre duró cuatro miserables años.
Cuando ella se cansó del rancho, de la casa, de mi padre y de mí, se marchó con todas sus cosas.
Nunca he vuelto a verla. Consiguió el divorcio por poderes.
–Y ahora proyecta su odio hacia ella sobre el resto de la población femenina. –Estaba apoyada
contra el tronco de un ciprés y se enderezó con decisión.
–No. Para odiar a alguien hay que tener sentimientos hacia él. Los sentimientos que tenía por
ella murieron en cuanto se fue. Digamos que desconfío del género femenino.
–Entonces piensa envejecer soltero.
–Desde luego.
–Me parece que las mujeres de Kerrville no lo permitirán –dijo Andy con ironía, recordando el
interés de la recepcionista del hotel cuando Lyon había pasado a recogerla–. ¿No lo persiguen para
cazarlo?
–Sí. Todas las madres con una hija casadera la han lanzado en mis brazos. He sido presentado a
todas las divorciadas de la ciudad. En una cena incluso me sentaron convenientemente al lado de
una viuda de apenas un mes.
–De modo que desprecia a las mujeres.
Él se irguió y caminó unos pasos hasta que sólo los separaron unos centímetros.
–No, no desprecio a las mujeres. Sólo he dicho que no me casaré con ninguna mujer. Estoy
atormentado, o quizá bendecido, por los mismos impulsos carnales de cualquier hombre mayor de
quince años.
Ahora sus palabras sonaban distintas: las frases cortantes y lacónicas del hombre que ha
soportado los caprichos de una mujer frívola habían sido suplantados por las vibraciones de tono de
un hombre sometido a tensión.
Andy se humedeció los labios resecos y temblorosos y se apartó de él para mirar el río.
–Creo..., creo que ésta es una buena localización para rodar exteriores. Por supuesto que habrá
que hacer algo con el ruido del agua, pero... –Se interrumpió en seco cuando sintió las manos de él
en sus hombros. Manos grandes, firmes, tiernas y cálidas. La obligó a volverse.
–La curiosidad la ha estado reconcomiento, ¿verdad? –Su aliento era un vapor cálido que
envolvía la cara de Andy.
–¿Curiosidad? –chilló Andy y se odió a sí misma por su arrebato–. ¿Sobre qué?
–Sobre mí.
–¿Qué pasa con usted?
–Sobre cómo sería que la tocara y la besara un rudo vaquero. Eso es lo que pensó de mí la
primera vez que me vio, ¿verdad?
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–Se equivoca –mintió ella. Los hombres como él eran raros en los ambientes en que se movía
Andy. Los hombres como él eran raros, y punto. Era una novedad, pero Andy no se había dado
cuenta de que había permitido que él advirtiera lo que pensaba.
Lyon continuó con una voz que podría haber derretido la mantequilla, que era exactamente
como se sentía ella.
–No admitió que las cartas sin abrir eran una negativa y pensó que podía venir aquí y convencer
a su padre. Creyó que me disolvería como la nieve cuando viera sus ojos dorados y su piel tersa, su
cabello de seda y su cuerpo sensual.
–¡No! –musitó Andy con ansiedad. Aquello no era justo. Reconocía la falta de sinceridad de su
abrazo, pero aun así deseaba que la estrechara más fuerte. Incluso cuando él se burlaba de ella,
deseaba ardientemente su contacto.
–Y cuanto más la insultaba, más curiosidad sentía, hasta que me ponía realmente desagradable.
¿Cree que no sé que hoy me estaba espiando por la ventana? ¿Ha visto algo que no le gustara?
Gracias a Dios, su temperamento estalló y tuvo la oportunidad de salvarse.
–Usted es un presuntuoso...
–Anímese, señora Malone. Estoy a punto de satisfacer su curiosidad, entre otras cosas.
Utilizando su peso para dominarla, la hizo retroceder hasta el tronco del ciprés. Con destreza y
descaro le desabrochó el primer botón de la blusa. Después el segundo.
Andy lo miró a los ojos, la barbilla levantada con desdén, y rogó que él no oyera el traidor latido
de su corazón.
–No pienso darle transcendencia a esto luchando o resistiéndome.
–Luche o resístase si quiere. No me lo impedirá. Y me da lo mismo si le da transcendencia o no.
Y a continuación su boca cubrió la de Andy, y ésta perdió la batalla antes de que empezara. Sus
labios eran firmes y suaves, y los movió de tal forma que los de Andy se abrieron involuntariamente
antes de que fuera consciente de ello.
Por un largo momento Lyon vaciló, respirando sobre su boca, haciéndola sufrir con la espera, no
por el temor. Entonces le pasó la lengua por el labio inferior, el superior, la metió entre los dos,
engatusando a la boca de Andy para que lo aceptara... hasta que la penetró triunfalmente. Pero de
repente alzó la cabeza y la atravesó con la mirada. Su respiración irregular era un eco de la de
Andy. Dos corazones que latían al unísono. Le escrutó la cara. ¿Qué buscaba? Andy lo miró con un
ruego silencioso. Luego la rodeó con los brazos al mismo tiempo que ella le ponía las manos en la
nuca.
Cuando su boca se acercó de nuevo, la de Andy estaba esperando para recibirla. Y el beso ya no
estuvo motivado por el desafío sino por un ardiente deseo mutuo que amenazaba con destruirlos si
no conseguían calmarlo. Su lengua exploró todos los rincones de la boca de Andy con apasionada
avidez, como si fuese un sueño que pudiera desvanecerse antes de que llegara a saciarse.
Finalmente se apartó, y ella se apoyó contra él. La acarició con los labios toda la cara, besándola
brevemente aquí y allá. Andy enredó sus dedos en el pelo de él, apretándole la cabeza contra la suya
mientras él le acariciaba el cuello.
–Lyon... –dijo sin aliento cuando él la abrazó, rozándole los lados de los pechos con los brazos.
Moviéndose despacio, sus manos abrieron la blusa y cubrieron sus pechos con un calor
posesivo. La acarició suavemente y comprobó su plenitud. La combinación de satén que llevaba
bajo la blusa transparente no proporcionaba protección ante tan seductoras caricias, y sus pezones
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que ocultar. Trabájate al hijo. Caramba, si practicaras una décima parte de tu técnica conmigo, yo
balbucearía como un tonto.
–No tengo ninguna técnica.
–Ya lo creo que sí, pero eres demasiado buena para saberlo. –Dejó que el comentario calara y
continuó–: Hazte amiga del hijo, Andy. Hazlo por mí. ¿De acuerdo? –Andy no dijo nada–.
Probablemente tengas razón en lo de que no hay ningún secreto, pero nunca te hará daño hacer
amigos. ¿Probarás tus trucos con el hijo? Se llama Lyon, ¿no?
–De acuerdo, veré qué puedo hacer. –Tenía intenciones de mantenerse lo mas alejada posible de
Lyon Ratliff, pero le decía a Lex lo que éste quería oír para que la dejara en paz–. Ahora tengo que
colgar.
–Cariño, me has salvado de sufrir una espantosa resaca por la mañana. ¿Cómo podré
agradecértelo?
–Ya se te ocurrirá algo –Dijo ella secamente.
–Pues ya se me ha ocurrido, pero no te gustará: te quiero.
Lex debía de estar realmente deprimido y necesitado de afecto.
–Sé que me quieres, Lex y yo también te quiero.
–Bien. Buenas noches.
–Buenas noches.
Colgó con la sensación de que le habían tendido una trampa. Primero Lyon y ahora Lex. Pero
Lyon la había herido. En cambio, estaba habituada a los rápidos cambios de humor de Lex, a sus
lloriqueos, a su lascivia, su exuberancia, que agotaba a todos lo que no la compartía.
Entró en su habitación, y se metió directamente en la cama, entre las almidonadas, sábanas, y se
tapó con la fina colcha. Mientras repasaba el día no podía creer todo lo que había ocurrido. ¿Se
había comportado de forma irresponsable e impulsiva utilizando un truco para ver al general? ¿Si lo
hubiera enfocado de otro modo, si hubiese hablado con Lyon de forma más profesional, éste tendría
un mejor concepto de ella? Probablemente no. Ya había intentado esa línea el día anterior, pero
Lyon había sacado conclusiones sobre ella mucho antes.
Era obvio que proyectaba los fallos de su esposa en todas las demás mujeres. Había sido frívola
y egoísta, lo que había dejado por algo mejor y él no había ido a buscarla. Eso no era extraño. Un
hombre como Lyon no iría tras una mujer que lo había abandonado. Su esposa no había sido feliz
en su hogar, de modo que él había asumido que cualquier mujer dedicada a su trabajo sería tan
despiadada y veleidosa como ella.
–No tiene por qué ser necesariamente así, señor Ratliff –dijo hacia las sombras de la
habitación–. Algunas veces los demás eligen por ti.
Andrea Malone nunca había pensado en otra profesión que no fuera el periodismo a causa de lo
mucho que lo deseaba su padre. Al no tener hermanos había sido ella la designada para hacer
perdurar su nombre en ese campo. Se había casado con Robert, y cuando su padre murió casi se
sintió aliviada pensando que podría dedicar tiempo y energía al hogar y la familia.
Robert se quedó sorprendido y divertido cuando ella le contó sus planes.
–No me dirás que piensas dejar el trabajo y convertirte en un ama de casa –dijo con asombro.
Por lo visto, nunca se le había ocurrido aquella idea.
Andy había sonreído tensa.
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CAPÍTULO 4
–¿Un paseo?
–Por el rancho. Te gustará, ya verás.
Andy no podía decepcionar al general, que evidentemente estaba muy orgulloso del rancho y
quería que ella lo viera.
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–Claro que sí, pero he venido a trabajar, no a distraerme. No quiero robarle tiempo a Lyon.
Seguro que tiene cosas mejores que hacer.
–Puede que tenga cosas que hacer, pero dudo que las considere mejores –dijo Michael Ratliff
sonriendo.
–Andy no concebía que Lyon deseara verla después de lo ocurrido la noche anterior.
–¿Está seguro de que quiere verme?
–Eso es lo último que ha dicho antes de marcharse. Ha pedido que te encuentres con él cerca del
garaje. Ahora, si me dispensas, Andy dedico las mañanas a leer. Sólo puedo leer un rato antes de
que se me cansen los ojos. Hablaremos después de comer.
–Sí, y por favor descanse. Los próximos días serán agotadores.
–Ya tendré tiempo para descansar, Andy –repuso secamente–. Estoy deseando empezar las
entrevistas. –Salió de la habitación en su silla de ruedas.
Andy terminó su café intentando hacer acopio de la suficiente fortaleza mental y física para
enfrentarse a Lyon. ¿Qué había que ponerse para pasear por el rancho? Para ahorrarse las burlas, no
pensaba ponerse los tejanos ni las botas otra vez. Decidió que los pantalones y la camiseta de punto
que llevaba serían perfectamente adecuados.
«Que espere», pensó maliciosamente mientras subía para peinarse y maquillarse. Cogió un
pulverizador con su perfume preferido, lo miró un momento y después se roció generosamente. Si
él lo interpretaba de algún modo, se equivocaría. Ella siempre usaba fragancias, incluso durante el
día.
La zona del patio y la piscina estaba desierta cuando cruzó la puerta de cristal. La mañana olía a
fresco y era un poco fría. Las nubes ocultaban el sol y una suave brisa del sur removía las hojas de
los árboles. Oyó el borboteo del río.
–Buenos días.
Pegó un respingo y se dio la vuelta. Estaba tan concentrada en la belleza de los alrededores que
no le había oído acercarse por detrás.
–Buenos días.
Él también llevaba colonia. El mismo aroma áspero y limpio con que ella ya lo asociaba.
–¿Preparada?
–Sí.
Le dio la espalda y se encaminó hacia un jeep aparcado que ella no había visto. No tenía puertas
ni techo, sólo una barra, y por el aspecto de los asientos parecía haber pasado por muchos caminos
polvorientos. Lyon saltó al asiento del conductor, y ella subió del lado del pasajero. Apenas tuvo
tiempo de agarrarse antes de que Lyon acelerara y el jeep saliera disparado. Lyon tenía mucho que
aprender sobre las sutilezas de la buena conducción.
–¿Has dormido bien?
–Sí, –mintió, por segunda vez esa mañana. No quería fijarse en la nerviosa fortaleza de su brazo
cuando cambiaba las marchas. Sus piernas jugaban con los pedales del vehículo con una
flexibilidad de los muslos impresionante. Andy apartó la mirada de sus piernas.
Lyon sujetaba con fuerza el volante. Esa mañana tenía un aire de contenida violencia. Su ropa
parecía tirante por el esfuerzo de contener la tensión bajo la piel.
Andy le estudió la cara bajo el borde del sombrero de vaquero. La línea de la mandíbula era dura
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Sandra Brown La entrevista
como el hierro. Cuando parpadeaba, era algo más que un modo natural de humedecer los ojos. Era
un reflejo de ira, como si intentara aclarar la visión enturbiada por la rabia.
Parecía poco inclinado a hablar e iba concentrado en conducir el jeep por el irregular camino.
Andy desvió la vista y observó el paisaje. Preferiría morir antes que obligarlo a hablar con ella.
Después del desgraciado encuentro de la noche anterior, debería estar agradecido de que ella aún le
dirigiera la palabra. Si la despreciaba tanto, ¿por qué había propuesto ese paseo? «¡Maldita sea!»,
pensó Lyon extendiendo los diez dedos con las palmas apoyadas en el volante. Los estiró al
máximo y después los cerró sobre el volante con fuerza, le dolían. Si quería moverse en un mundo
de hombres, ¿por qué no se vestía adecuadamente? ¿Por qué llevaba ropa como esa camiseta de hoy
que le marcaba las curvas de los pechos, y unos pantalones que se ceñían al trasero? ¿Y por qué
llevaba unas sandalias tan breves que era una maravilla que se le sostuvieran en los pies? Llevaba
las uñas de los pies pintadas de un delicado tono coral, como el de una concha marina...
«¡Demonios! –maldijo. –¿Lo has oído, Ratliff? ¡Conchas marinas! Dios mío... Sí, es una mujer
muy guapa. ¿Y qué? ¿Tienes que comportarte como un adolescente imbécil? Has estado muchas
veces con mujeres guapas, pero ésta tiene algo... ¿Los ojos? Un color poco habitual, sí, pero... No,
es la forma como te mira cuando le estás hablando. Como si lo que dijeras fuera de vital
importancia para ella. Está interesada. Quiere saberlo. Tu opinión es importante para ella... Calma,
Ratliff. No te emociones tanto. ¿No es así como se supone que debe hacerte sentir? ¿No es su
trabajo? El secreto de un buen entrevistador es la capacidad de escuchar... De acuerdo, tiene unos
ojos bonitos y los utiliza a su favor. Pero tú sabes que miente con esa boca lujuriosa. Si no con
palabras, sí con besos. Sé realista, hacía tiempo que un beso no significaba tanto para ti. Algunas
mujeres fingen pasión, con la esperanza de llegar a tu cartera. Muchas responden como un reflejo
condicionado, porque saben que eso te gustará. Pero Andy... venga, sí, adelante, piensa en su
nombre. Andy. Andy. Su pasión no era fingida. Quería ese beso tanto como tú. Lo deseaba. Sabía
cómo dar y cómo recibir. Sentías el deseo a punto de estallar. Te dio miedo, y juraste que no querías
tener nada que ver con ella. Y luego lo primero que haces esta mañana es quedar con ella a solas...
Es veneno, maldita sea. ¿Entonces por qué la miras por el rabillo del ojo, Ratliff? ¿Por qué la miras
la mano con que se sujeta al asiento con cada bache? Acaso esperas que al estar tan cerca de tu
muslo, te...»
Lyon se sacudió aquellos pensamientos y paró el jeep de golpe. La inercia los lanzó adelante y
atrás en los asientos.
Andy miró el acantilado. El panorama era una maravilla. Habían subido la montaña y ahora
veían todo el valle. La casa parecía un juguete a sus pies, acurrucada en la arboleda, junto al río.
Andy deseaba que él dijera algo. ¿Esperaba que hablara ella? Volvió la cabeza para mirarlo. Estaba
mirando por encima del capó del jeep.
–Esto es precioso –dijo Andy al fin.
Lyon se echó atrás el sombrero de vaquero y, sin mover el cuerpo, volvió la cabeza y le dirigió
una mirada penetrante.
–¿Quién es Lex?
No fue tanto la pregunta como la manera de formularla lo que le hizo encajarla como un
puñetazo en el estómago. Sufrió todos los síntomas del que ha recibido un golpe estremecedor y se
ha quedado sin respiración. Aspiró aire afanosamente.
–Es mi jefe –jadeó.
–Qué conveniente.
–¿Qué quieres decir?
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–¿Os lo montáis en el despacho o esperáis a terminar el trabajo del día? Tal vez se trata de una
de esas relaciones «abiertas».
–Nuestra relación es de pura amistad.
–No mientas, maldita sea. Te oí decir: «Sé que me quieres, y yo también te quiero».
–¿Estuviste escuchando?
–Lo oí. Estabas en el vestíbulo y no hablabas en susurros. Yo estaba subiendo. Por supuesto que
te oí.
Dios mío. ¿Qué más había oído? Si la había oído prometer a Lex sonsacarle información al
hijo... No, no la estaba interrogando por eso. Quería saber lo que había entre ella y Lex. Pero ¿por
qué? Si no fuera tan absurdo, pensaría que estaba celoso. En realidad no podía ser más que orgullo
masculino. Estaba segura de que pocas mujeres había caído en los brazos de Lyon y luego habían
dicho a otro hombre que lo amaban.
–Un caballero habría hecho notar su presencia.
Lyon rió ásperamente.
–Hace tiempo que dejé de ser un caballeo. Bueno, estoy esperando. Háblame de Lex.
¿Por qué no le decía que no era asunto suyo y le pedía que la llevara de vuelta a la casa? Por
alguna razón le interesaba que él no malinterpretara su relación con Lex. Ya pensaría en ello más
tarde, cuando él no estuviera mirándola con ese aire de mojigato ultrajado.
La compostura sería su contraataque. No dejaría que su ira la turbara, simplemente demostraría
que la toleraba como los padres toleran las rabietas de un hijo malcriado.
–Lex Trapper es el productor de mi programa. Hace años que trabajamos juntos, antes, durante y
después de mi matrimonio. Es un amigo. Y respecto a decirle que le quiero, es cierto. Como amigo.
Él dice a todas las mujeres que conoce que las quiere. No significa nada. En ningún momento Lex y
yo hemos sido amantes.
–¿Esperas que me lo crea?
Su compostura se desvaneció.
–Me importa un comino que te lo creas o no. Me marcaste con una letra escarlata en el pecho en
el momento en que me conociste. –Deseó no haber mencionado el pecho. Los ojos de Lyon bajaron
significativamente hacia esa zona. Impávidamente, Andy continuó–: Sólo porque no sea un ama de
casa no significa que no tenga moral, señor Ratliff.
–De acuerdo, pongamos que tú y ese Lex no estáis liados. ¿Le contaste con todo detalle nuestro
paseo por el río? ¿Le revelaste con la forma en que te habías introducido en la casa y en pocas horas
tenías a todos comiendo de tu mano?
–¡No! –De modo que sólo era su orgullo herido. No le importaba si ella tenía relación con Lex,
sólo si entre los dos lo habían dejado en ridículo–. No –musitó, meneando la cabeza y mirando
fijamente las manos que mantenía entrelazadas en el regazo.
Lyon se mordió los labios. ¿Qué le ponía tan furioso de ella? ¿Qué más le daba con quién
hablase por teléfono o lo que dijese? Sin embargo, le había revuelto el estómago oírle desear las
buenas noches a otro hombre cuando él sabía que pasaría la noche torturado por su culpa.
Parecía triste y contrita, pero quizá sólo estaba interpretando un papel. No sabía si quería
estrangularla o besarla. Su boca prometía un alivio al regusto amargo que tenía aquel día, sus
pechos prometían un íntimo solaz a la soledad en que vivía, y su cuerpo transmitía la energía que
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Se apartó de su boca y hundió la cara entre el cuello y el pecho para besarlo con frenesí. Le acarició
los brazos.
–¿Tienes frío?
–No... –suspiró Andy mientras con su mano le tiraba suavemente del lóbulo y con la otra le
reseguía la musculatura de la espalda.
De pronto él preguntó:
–Andy, ¿de verdad no sales con ese Lex Trapper?
–Sólo como compañero y amigo. No salgo con nadie. No he hecho el amor con nadie desde que
murió Robert.
Lyon levantó la cabeza para mirarla de cerca, buscando indicios de engaño en sus cautivadores
ojos.
–Quiero creerte.
–Créelo. Es cierto.
–¿Por qué quieres entrevistar a mi padre?
Esta pregunta desconcertó a Andy y la sorpresa se reflejó en su cara.
–Por las razones que ya te he dicho. ¿Crees que tengo algún motivo oculto?
–No. Supongo que no –dijo lentamente–. Hace años que intentan invadir su intimidad. No quería
perturbar el mundo que había creado para sí, para mi madre y para mí. Quizá si hubiera accedido a
conceder una entrevista hace años, no habría sido objeto de tanta especulación.
»Las razones de esta especie de vida monástica que lleva son personales. Hasta que tú llegaste
había decidido irse a la tumba sin responder a ninguna pregunta para satisfacer la curiosidad del
público. Por un lado, me alegro de que no te echara. –Le sonrió y se inclinó para besarle el cuello.
Después sus ojos adoptaron una expresión grave–. Y por el otro, temo por él.
Andy se apartó un mechón de pelo que le caía sobre la frente.
–¿Por qué, Lyon? –Le agradó pronunciar el nombre y repitió la pregunta sólo para volverlo a
oír–. ¿Por su salud, Lyon?
–Por eso y... No importa. –La besó–. Eres preciosa, Andy –murmuró junto a sus labios.
Andy había sentido una punzada de pánico al expresar Lyon sus temores sobre su padre. ¿Acaso
el olfato de sabueso de Lex para detectar secretos se confirmaba de nuevo? ¿Había algo de su padre
que Lyon no quería que se supiera? ¡No! «Por favor, Dios mío, no permitas que descubra nada que
tenga que hacerse público.» El conflicto de intereses es una maldición para todo periodista que
persiga la objetividad. Se obligó a apartar esos perturbadores pensamientos y se centró en sentir los
labios de Lyon sobre los suyos.
Le hizo cosquillas con la punta de la lengua en la comisura de la boca antes de pasearse por su
mejilla y jugar con el lóbulo. Con una mano alrededor de sus hombros, en un fuerte abrazo, con la
otra empezó a acariciarle los pechos. Se detuvo en la parte superior de su camiseta, absorbiendo el
latir de su corazón con la palma. Luego, con el tácito consentimiento de ella, cerró la mano sobre
uno de sus pechos. Era una mano hábil que acariciaba con ternura aquello que latía con la necesidad
de ser tocado. La tela mojada que se le pegaba a la piel sólo aumentaba la fricción entre los
inquisitivos dedos y las terminaciones nerviosas.
–He deseado tocarte desde el momento en que te vi sentada en aquel taburete del restaurante de
Gabe –le susurró al oído–. Tus pechos me enloquecen.
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–Yo tampoco tenía prevista mi atracción por ti. Y todavía me opongo absolutamente a esas
entrevistas.
–No tienes nada que temer de mí.
–Y tú tendrás mucho que temer de mí si descubro que tus motivos no son honestos.
Después de este cínico comentario, miró por encima del hombro y vio que la lluvia se había
convertido en una fina llovizna.
–Será mejor volver. Papá y Gracie deben de estar preocupados.
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–Casi cuarenta, Apenas tenía veinte años cuando él y la señora Ratliff me contrataron. Era toda
una señora; delicada como una flor y totalmente dedicada a él y a Lyon. El general nunca se
interesó por otra mujer después de su muerte, aunque yo pensaba que Lyon necesitaba una madre.
Creo que inconscientemente el general me delegó esa responsabilidad.
–Lyon me dijo que tú lo cuidaste como una madre.
Gracie dejó momentáneamente de fregar a mesa.
–¿Eso dijo? Entonces creo que no hice un mal papel de madre. Ese chico me preocupa. Tiene
una amargura que lo corroe por dentro.
–Me dijo que había estado casado.
–Con una de las chicas más bonitas que he visto en mi vida. –Gracie olfateó el aire como si
notara algo podrido–. Lástima que su belleza era sólo exterior. Tuvo a Lyon pendiente de sus deseos
todo el tiempo que duró su matrimonio. No le dio ni un solo día de paz. Para ella todo estaba mal.
Se quejaba, protestaba. Decía que estaba malgastando su vida en estos páramos. Necesitaba «más
de la vida». Siempre había abrigado la esperanza de convertirse en modelo o en profesional de la
moda. De modo que un día tomó el camino de Nueva York y nunca volvió. Por mí y el general
mejor así, pero Lyon lo encajó muy mal. No tanto porque la echara de menos, francamente creo que
se quedó muy aliviado al verla marchar, sino porque ella le destrozó algo muy íntimo.
–Guarda un temible resentimiento contra las mujeres independientes.
La elocuente ceja de Gracie se arqueó.
–¿Incluida tú?
–Yo especialmente.
–Entiendo que esté un poco molesto contigo por la forma como le hablaste ayer. Aunque a mí
me pareció ingenioso y divertido –añadió riendo–. Pero tienes razón. Desconfía de las mujeres.
–¿Cómo se llamaba?
–¿Su esposa? Jerri.
–Jerri –repitió Andy con aire ausente.
Gracie adoptó la misma postura con que había analizado a Andy el día anterior. Los brazos
cruzados sobre el estómago y la cabeza inclinada hacia un lado, y preguntó descaradamente:
–¿Pasó algo más ahí fuera aparte de que os mojarais?
Andy sintió una ola de calor en las mejillas.
–Perdona. Tengo que repasar mis notas.
Cuando salía apresuradamente de la cocina, oyó cómo Gracie se reía y decía:
–¡Me lo imaginaba!
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de vino.
–Como podéis imaginar estaba feliz y encantada de que me hubiera concedido la entrevista. Era
un gran éxito. La única condición impuesta por su entrenador y representante era que no durara más
de diez minutos. Ya os podéis imaginar cómo estaban los demás periodistas por intercambiar unas
palabras con él.
»Los del equipo estaban ocupados en poner las luces y los micrófonos. Entonces se produjo el
desastre. Uno de los técnicos tropezó con la pata de un trípode y vi con horror cómo un foco se
inclinaba y empezaba a caer. Era como un sueño en que todo sucede a cámara lenta, pero no se
pude hacer nada para detener la tragedia. El foco se estrelló directamente sobre la cabeza del
flamante campeón de Wimbledon.
Gracie se llevó una mano a la boca. Lyon rió ruidosamente y el general ensanchó su sonrisa.
–Me alegro de que os resulte tan divertido –dijo Andy con fingida indignación–. A pesar de que
no le hizo daño, yo ya me veía buscando trabajo.
–¿Qué pasó después? –preguntó Lyon.
–Dado que no se distingue por su buen carácter, más bien al contrario, contuve la respiración.
Pero como un auténtico campeón, siguió con la entrevista con gran aplomo. Estuvo mareado un
momento, pero luego se limpió la sangre con serenidad...
–¡Sangre! –chilló Gracie.
–¿No os había contado lo de la sangre? –preguntó Andy inocentemente. Entonces todos rieron–.
En verdad no se hizo mucho daño, pero mientras el foco caía yo ya veía los titulares: «CAMPEÓN
DE WIMBLEDON MUERE A MANOS DE UNA PERIODISTA ESTADOUNIDENSE.»
–¿A quién más has entrevistado? –preguntó Gracie, rompiendo la tradición y sentándose a la
mesa del comedor, sin simular ya que estuviera sirviendo.
–Déjame pensar... –repuso Andy meditabunda–. Algunos han sido famosos o bastante famosos,
otros simplemente gente normal que por una u otra razón ha sido noticia.
–Dinos alguno de los famosos –la apremió el ama de llaves.
Andy miró a Michael Ratliff, que parecía relajado y no demasiado cansado. Aquella tarde
habían hablado durante largo rato y él le había proporcionado bastante información.
–Bob Hope, Neil Armstrong, Reggie Jackson, John Denver, el príncipe Andrés de Inglaterra,
Mijaíl Baryshnikov...
–Ohhh... –dijo Gracie con asombro.
–¿Todos hombres? –refunfuñó Lyon.
–No –dijo Andy sonriendo–. También Lauren Bacall, la jueza Sandra Day O’Connor, Carol
Burnett, Farrah Fawcett y... Diana Ross. Por nombrar sólo a algunas –añadió con malicia contando
los nombres con los dedos.
–¿A quién te gustaría entrevistar?
–Al general Michael Ratliff –contestó sonriendo, y éste levantó la mano como un pontífice que
bendice a la multitud–. Y... –miró al cielo con ensoñación– a Robert Redford.
Gracie silbó.
–Así se habla.
El general rió abiertamente.
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Nunca estuvo segura de qué la había despertado. Pero de repente estaba despierta y sentada en la
cama. Las manecillas luminosas del reloj de la mesita indicaban que pasaba de las cuatro. Apartó el
cubre cama y se acercó a la ventana, con sigilo, sin saber por qué.
Todo estaba en silencio. Entonces oyó un ruido. Aguzó el oído y le pareció que venía del río. Se
le encogió el corazón cuando vio unas luces parpadeantes atravesar la oscuridad; dos luces que se
movían errativamente entre los árboles. Luego se apagaron.
¿Quién podía ser? ¿Trabajadores del rancho? Miró hacia la cabaña. Estaba todo tranquilo.
¿Intrusos? ¿Pero quién? ¿Se habrían enterado otros periodistas de que estaba aquí y habían venido a
husmear?
Sea como fuere, Lyon debía saberlo.
Cruzó el dormitorio a toda prisa, abrió la puerta y salió al pasillo. Sin molestarse en llamar,
abrió la puerta de Lyon. Esperó un momento a que sus ojos se acostumbraran a la oscuridad y se
acercó de puntillas a la enorme cama situada contra la pared adyacente.
Lyon dormía boca abajo con el brazo sobre la almohada. Tenía la nariz hundida en el arco del
codo. La espalda desnuda era ancha y oscura en contraste con las sábanas. Andy se inclinó y le tocó
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suavemente el hombro.
–¿Lyon?
CAPÍTULO 5
Se levantó de un salto y casi le golpeó con la barbilla la cabeza. Parpadeó rápidamente para
intentar enfocarla.
–¿Qué...? ¿Andy? ¿Qué?
–Algo ocurre en el río –balbuceó ella. No sabía si el corazón le latía tan aprisa por la posibilidad
de un peligro, o por la visión tan cercana del pecho desnudo de Lyon–. He visto linternas, y se oyen
ruidos.
Lyon sacó las piernas de la cama.
–¿En el río?
–Sí, me he despertado y...
Se interrumpió al verlo. Lyon estaba desnudo. Pasó a su lado en la oscuridad, y el vello de su
pecho le rozó el brazo. Él recogió unos tejanos que había sobre una silla y se los puso.
–¿Qué clase de ruido? –Los tejanos eran los clásicos de Oeste, con botones, y se los estaba
abrochando.
–Pues.... –vaciló Andy–. Como risas, algo así... –Oyó el chasquido del último botón de los
tejanos al ser abrochado.
–¿Cuántas linternas? –Se acercó a un escritorio y abrió el cajón de arriba.
–Dos, creo. ¿Qué crees...? ¿Eso es una pistola?
–Sí. Probablemente no es nada pero saldré a investigar. –Se metió la pistola en la cintura y
buscó una linterna en el cajón.
–Yo también voy.
–Ni hablar.
–Yo voy, y si no voy contigo te seguiré.
Lyon se paró en el umbral y se dio la vuelta para mirarla. Incluso en la oscuridad podía ver el
gesto obstinado de su barbilla.
–Vamos, pues –dijo con exasperación.
Andy lo siguió de cerca por el pasillo y las escaleras. Llegaron a la puerta sin contratiempos y
aparentemente sin despertar a nadie.
–No te alejes de mí –le susurró cuando abría la puerta de cristal que llevaba a la piscina y la
terraza.
Moviéndose como ladrones, cruzaron el patio, rodearon la piscina y después tomaron el camino
asfaltado del río. Lyon la miró por encima del hombro.
–¿Todavía estás ahí?
–Sí.
Él tropezó en la oscuridad cuando vio la aparición que llevaba detrás.
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–Es que bebimos unas cervezas de más y se nos volcó la lancha cuando pasábamos por eso
rápidos que hay corriente arriba. Hemos parado aquí para recogerlo todo y reagruparnos..., por
decirlo de algún modo.
Otra risa sofocada por encima del hombro. Luego dijo:
–Lo sentimos mucho, señor. No queríamos hacer nada malo. De verdad que no queríamos hacer
nada.
Lyon se guardó el arma en la cintura y los hombros del chico se relajaron con alivio, así como
los de sus amigos. Tomándola por los hombros, Lyon colocó a Andy a su salo.
–Habéis dado un susto de muerte a mi esposa. Acabábamos de hacer el amor cuando se ha
acercado a la ventana y ha visto vuestras linternas. Creía que era su ex marido que volvía en busca
de venganza. Es un maníaco de armas tomas.
Andy lo miró con muda consternación y tuvo que contener la risa. Por su referencia a hacer el
amor, lo que había provocado que seis pares de ojos de dieciocho años la miraran con interés
lascivo, le clavó el talón a Lyon en el pie. Aparte de cierta tensión en los músculos de la mandíbula,
él no demostró ninguna reacción.
–Créame que sentimos mucho haberlos..., quiero decir que no queríamos interrumpir..., sentimos
haberlos molestado – consiguió decir finalmente el portavoz del grupo.
–Andy, ve a comprobar si esas chiquillas tontas que se esconden en la lancha se encuentran bien
y no están aquí en contra de su voluntad.
Ella así lo hizo, y regresó acompañada de tres chicas temblorosas y empapadas.
–Se encuentran bien y no hay problema –informó a Lyon–. Sólo han salido de picnic nocturno.
Tienen una tienda y piensan dormir en el bosque.
–De acuerdo, pues –respondió Lyon, mirando a los seis jóvenes–. Pero a partir de ahora, para
ahorraros posibles daños, os sugiero que esperéis a instalaros para pernoctar antes de abrir más
cervezas. Este río puede ser peligroso y es totalmente irresponsable beber mientras intentáis
navegarlo.
–Sí, señor –corearon los jóvenes.
–Vamos, Andy, ya podemos volver a la cama.
Andy le lanzó una mirada asesina al pasar por su lado camino a la casa. Las voces de los chicos,
que sonaban tras ellos mientras recogían las cosas que habían caído de la lancha, parecían haber
recuperado la calma.
–Te mataré– dijo Andy por encima del hombro mientras resoplaba por la suave pendiente.
–¿Por qué? –preguntó Lyon.
–¿Esposa? Y encima con un marido maníaco. ¿De dónde has sacado eso?
–¿Habrías preferido que dijera «Os presento a mi invitada, la señora Malone»? ¿Qué
conclusiones habrían sacado de eso? Sobre todo cuando andas deambulando medio desnuda en
plena noche.
–Deambulaba así en plena noche porque pensaba que podíamos correr peligro. Y no voy medio
desnuda.
–Prácticamente desnuda.
–Eso está mejor. –Ambos rieron–. Pero no hacía falta que les dijeras que habíamos
estado...,mmm.
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–¿Haciendo el amor?
–Sí. dijo Andy, que de vez en cuando sentía el calor del cuerpo de él cuando se le acercaba
por detrás– Podías haber dicho que estábamos durmiendo.
–Ya. De todos modos se han quedado estupefactos al verte.
–Su estupefacción se debía a tu linterna y tu revólver.
–En realidad es una pistola –la corrigió–. Quizá al principio eso los ha inquietado, pero he visto
cómo se les iban los ojos. Si no hubiese dicho que eras mi mujer e insinuado que éramos una pareja
feliz, podrían haber sentido la tentación de desarmarme y secuestrarte.
–¿Olvidas a las chicas?
–Parecían ratas ahogadas. No; creo que te preferían a ti –habían llegado a la puerta trasera–.
Despeinada y prácticamente desnuda estás muy guapa.
Sin responder, Andy pasó por su lado y él tuvo que apartarse.
–Por un momento –dijo Lyon en un susurro–, cuando me despertaste, pensé que quizá habías
venido a mi habitación por otra razón.
Andy tropezó con los primeros escalones y su falta de agilidad no tuvo que ver con el largo de
su camisón. Sin dignarse a reconocer la sugerencia implícita, preguntó:
–¿Cuánto hacía que dormías? ¿A que hora has vuelto a casa?
–Sobre las once y media. Algunos hemos ido a tomar una copa después de la reunión.
¿Algunos? ¿Quiénes? ¿Mujeres? Seguro que Lyon no pasaba mucho tiempo sin una mujer.
–Yo leí un poco, preparándome para mañana. Y sobre las once me fui a acostar. No te oí llegar.
–Oh. –Pareció desilusionado–. ¿Cómo has oído a nuestros merodeadores?
Había llegado a la puerta de Andy y ella se apoyó contra el marco.
–No lo sé. Me desperté de repente, con la sensación de que algo no iba bien.
–No estabas realmente asustada, ¿verdad?
–¡Hasta que has empezado a armarte no! No tuve miedo hasta que cogiste ese revólver.
–Pistola.
–Está bien. ¿Creían que no oiríamos las risitas de esas chicas?
Lyon sonrió.
–Los hemos asustado de muerte.
–¿Sucede a menudo que la gente baje el río haciendo rafting?
Lyon se quitó la pistola de la cintura y la dejó junto con la linterna sobre un mueble del pasillo.
Apoyó un hombro contra la pared.
–A menudo en primavera y verano. Hay rápidos por todo el Guadalupe. La gente alquila
lanchas, habitualmente durante el día. La mayoría sólo permanece unas horas y no en una propiedad
privada. A veces nos saludan cuando pasan. Nada más. El Guadalupe sólo cruza por un recodo de
nuestra propiedad.
Andy estaba fascinada con su arrulladora voz. Hacía rato que habían olvidado su antipatía. Se
habían reído, habían compartido una experiencia divertida y la hostilidad que había entre ellos había
dado paso a la camaradería. Andy deseó haberlo conocido en diferentes circunstancias. Él no había
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–¿Sí?
Tomando esa respuesta como una invitación, Lyon abrió la puerta sosteniendo una bandeja en la
mano.
–He preparado café y pensé que te...
Nunca había visto nada más hermoso, ni recordaba haber deseado más a una mujer. Cuando la
sorprendió abriendo la puerta tenía el brazo que sostenía el cepillo sobre la cabeza. El pelo de color
miel le rodeaba la cabeza como un halo, reflejando el sol primerizo, y su piel parecía transparente
bajo aquella luz tenue. Bajo el camisón sus pezones oscuros se traslucían tentadoramente a través de
la tela.
Dejó la bandeja en una mesita, luego cerró la puerta y cruzó la habitación, sin dejar de mirarla,
obligándola a no moverse, a no hablar. Nunca se había sentido tan excitado en su vida. Desde la
adolescencia había sido un experto en anatomía femenina, y nunca le habían faltado compañeras
para practicar sus conocimientos.
Después de que Jerri se marchara, durante una temporada no había sido muy honesto, sino que
se había acerado a las mujeres con egoísmo, sin importarle lo que ellas sintieran, queriendo sólo lo
que se le debía después de la humillación que su esposa le había infligido. Con el tiempo esa actitud
se había suavizado considerablemente, y cualquier mujer que hubiese conocido su amor, por breve
el tiempo que le era concedido, no olvidaba el encuentro. Había recuperado su orgullo masculino.
Ahora se sentía inexperto como un niño. Esperaba que Andy no percibiera su susceptibilidad
mientras se sentaba a su lado junto a la ventana.
–No quería molestarte, –Su voz sonó más ronca que de costumbre.
–No me molestas.
Él la envolvió con la mirada. Los iris grises que ella había visto endurecidos y fríos como el
acero ahora la miraban cálidos y llenos de emoción. Estudió todos sus rasgos antes de llegar al
cuello y a la suave expansión de su pecho. No le encontró ningún defecto.
–Hueles como una flor.
–Acabo de ducharme.
Esta insulsa conversación era sólo un escapa para la tensión que los embargaba, una excusa para
soltar algo del exceso de energía que parecía brotar de su interior, una razón para liberar el aire que
había quedado atrapado en sus pulmones encogidos.
Enredó los dedos en su pelo, peinándolo luego hasta que cada mechón resbaló entre ellos y
volvió a caer sobre los hombros de Andy.
Le acarició la cara suavemente, tocándole las cejas, párpados, nariz, mejillas. Le siguió los
labios alternando los dedos índice hasta que memorizó su forma y su textura.
Andy quería que la besara, pero él no lo hizo. Sus manos continuaron vagando por su cuello
hasta el hombro, con un dedo juguetón. Después llegó al adorno que perfilaba el escote del
camisón.
La miró a los ojos de una forma hipnótica, y como un paciente obediente Andy los cerró. Le
frotó los pezones con los dedos, agitándolos suavemente y despertándolos en una pronta respuesta.
–Andy... –gimió sin aliento. Pasó los pulgares por los finos tirantes, y el camisón se le arrugó en
la cintura. Andy levantó los brazos y le rodeó el cuello, acariciándole la mandíbula con los dedos.
Lyon le miró los pechos, se los cogió por debajo y los levantó ligeramente. Con suavidad le
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–Suave, eres tan suave... Una chica de oro –le susurró–. Una deliciosa chica de oro.
Esperar a que terminara de desabrocharse los pantalones era un tormento. Se estaban riendo
quedamente de su excitación cuando alguien llamó a la puerta con insistencia. Dejaron de reír
bruscamente y se quedaron inmóviles en la cama.
–¿Andy? –la voz de Gracie llegaba apagada; afortunadamente los paneles de la puerta eran
gruesos–. Andy, ¿estás despierta, cariño?
Andy se aclaró la garganta e intentó hablar como si acabara de despertarse.
–Sí, Gracie. ¿Qué ocurre? –No dejó de mirar a Lyon, que continuaba sobre ella. Su pecho se
expandía como un fuelle con su respiración áspera e irregular.
–Han llegado tus compañeros. Han llegado cuatro en una camioneta. Les he servido café y les
he dicho que te esperaran abajo.
La maldición de Lyon, susurrada con tomo implacable, le quemó los oídos.
–Gracias. Bajaré enseguida. –dijo Andy.
–No corras –respondió Gracie–. Les serviré el desayuno.
–Gracias –dijo Andy sintiéndose frustrada.
Estuvieron un largo rato sin moverse, hasta que Lyon se separó. Se levantó de la cama y se
abrochó rápidamente los botones que antes se habían mostrado tan reticentes. Andy se cubrió con la
sábana.
–¿Pudor a estas alturas, señora Malone?
Su sarcasmo hizo desaparecer los restos de pasión o disgusto por haber sido interrumpidos.
–No. –Apartando la sábana, Andy bajó de la cama, cruzó el dormitorio y se puso una bata ligera.
Él la miró burlón.
–Pareces avergonzada.
Ella lo miró con ceño.
–De acuerdo. ¡Sí! Sí, lo estoy. No debería haber permitido que me tocaras.
–Ya me lo imaginaba –repuso él con ironía–. No soportarías que te acusaran de asociarte con el
enemigo. ¿O temes que Lex descubra tu flirteo?
–Ya te he dicho que Lex y yo no... Olvídalo. Sólo piensas creer lo que ya has decidido de
antemano. ¿Por qué estás enfadado conmigo? No tengo más culpa que tú. No sabía que los chicos
llegarían en este preciso momento. ¿Crees que lo que preparado para humillarte?
–Creo que tú, señora Malone, te sientes aliviada de que te hayan rescatado en el último
momento.
–Creo que tú también –replicó Andy.
–Ya lo creo. Esto ha sido el colmo de la estupidez –dijo golpeándose una palma con el puño–.
No sé cómo he sido tan..., tan...
Se paseaba con inquietud y parecía hablar consigo mismo, pero cada palabra era una herida en el
corazón de Andy. Se dio la vuelta y la miró.
–¿Por qué tienes que parecer una diosa intocable? –Su rabia la hizo temblar–. Me estás
volviendo loco desde el primer momento que te vi, pero manténte alejada de mí a partir de ahora.
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–¿Qué? –exclamó Andy–. Puso los brazos en jarras–. ¿Yo? ¿Qué yo me aleje de ti? ¡Cómo te
atreves a insinuar que yo he empezado esto! No se puede decir precisamente que te haya perseguido
hasta tu habitación esta mañana.
–No; pero te has metido en la mía en plena noche con una escueta imitación de camisón.
–¡Tú estabas desnudo!
–En mi cama. No me metí a hurtadillas en la tuya de ese modo.
–Yo sólo entré en la tuya porque pensé que nosotros, sobre todo tu padre, podría correr peligro.
Si no nosotros personalmente, al menos tu propiedad. ¡Perdóname por haberte avisado! –exclamó.
–¡Podrías haberte puesto esa bata un poco antes! –replicó él.
–Con las prisas no se me ocurrió.
–Bien, pues a ver si te acuerdas la próxima vez.
–No habrá próxima vez.
–En eso tienes razón. Manténte alejada de mí y yo me mantendré alejado de ti.
–¡Perfecto! –exclamó ella, pero no estuvo segura de que él la oyera. Ya había salido dando un
portazo.
Se quedó en medio de la habitación unos minutos, mirando la puerta, con las manos cubriéndole
los labios, y se preguntó cómo explicaría a sus compañeros aquellos ojos enrojecidos por las
lágrimas.
CAPÍTULO 6
Sus compañeros de equipo la recibieron con alegría cuando se encontró con ellos en la cocina
media hora después de que Gracie llamara a su puerta. Había tardado ese tiempo en recuperarse de
los ataques verbales de Lyon.
–Lo siento –dijo, dando un abrazo a cada uno–, pero se me metió algo en el ojo y no conseguía
quitármelo. –Era posible, aunque poco creíble, pero ellos aceptaron esa explicación de sus ojos
rojos e hinchados–. ¿Crees que podrás disimularlos ante la cámara, Jeff?
–¡Estás tan apetecible que quien va a notar unos ojos un poco enrojecidos!
Lyon eligió ese momento para abrir la puerta de la cocina. Un poco incómoda, aunque
intentando actuar normalmente para no traicionar ante sus compañeros los sentimientos que había
entre ella y Lyon, lo presentó a los demás.
–Éste es Jeff, nuestro cámara. –Andy no había tomado el comentario de Jeff en serio. Era un
flirteador incorregible y usaba su cámara como licencia para hacerlo impunemente. Aprovechaba el
misterio derivado de una cámara de cine en toda su extensión. Andy sentía compasión por su bonita
y dócil esposa, que esperaba pacientemente en casa mientras él estaba fuera en sus frecuentes viajes
de trabajo. Jeff nunca dejaba pasar una oportunidad de serle infiel, pero ya hacía tiempo que Andy
le había hecho saber que no estaba interesada. Su flirteo con ella era un simple juego.
Se preguntó si la gente también sentía lástima por ella cuando Robert la dejaba del mismo modo
que Jeff hacía con su mujer. Probablemente sí. Durante los últimos años de su matrimonio Robert
no se había sentido satisfecho con los aspectos sentimentales de su unión y había buscado consuelo
en otra parte.
–Hola, Jeff –dijo Lyon estrechando la mano del fotógrafo–. Soy Lyon Ratliff.
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–Rodando.
Vaciló una vez durante sus comentarios introductorios y tuvieron que volver a empezar. Lo que
había hecho centenares de veces ahora la ponía insólitamente nerviosa. En realidad no era tan
insólito: Lyon estaba allí. Si no hubiera estado en la habitación, escuchando todo y observando cada
gesto, se habría sentido perfectamente cómoda.
Michael Ratliff era un entrevistado excelente. Respondía a las preguntas extendiéndose sin que
ella tuviera que animarle. El método de Andy cuando se trataba de entrevistas era conseguir que el
entrevistado hablara abiertamente y hacerle el mínimo de preguntas. Creía que era al entrevistado,
no a ella, al que el público quería ver y oír. Andy Malone era sólo el acompañante que conducía a la
celebridad a su salón.
Durante la primera entrevista limitó las preguntas a la historia personal del general, su infancia,
su educación y sus primeros años en el ejercito.
–No es oriundo de Texas, a pesar de que ha vivido aquí desde su jubilación.
–No; nací y crecí en Missouri. Mi padre era un vendedor de hielo. –Relató algunas anécdotas
sobre sus padres y su único hermano, fallecidos en los años treinta.
–¿Cómo fue que vino a Texas después de la jubilación?
–Te lo contaré, Andy. –La cámara no lo inquietaba para nada y hablaba con ella como si
estuvieran a solas. Era la propia comodidad de Andy ante la cámara la que hacía sentir tan
distendidos a sus entrevistados. Reconocía las sutiles señales de Warren acerca del tiempo con un
imperceptible parpadeo. El entrevistado nunca se enteraba.
El general contó cómo había ido por primera vez a las montañas de Texas con un amigo a cazar.
Se había enamorado de las colinas manchadas de piedra caliza y de los deliciosos ríos alimentados
por corrientes subterráneas, y decidió que se instalaría allí después de su jubilación.
–¿Consiguió cobrar alguna pieza?
–No –dijo riendo–. Mi puntería nunca valió demasiado. Mi hijo Lyon puede decírselo. Nunca
llegué a nada más que a tirador en el ejército. Mis compañeros de armas me tomaban el pelo; decían
que si los soldados que tenía bajo mi mando no fueran capaces de tirar mejor que su general, no
habríamos ganado la guerra.
Con esto Andy dio por concluida la primera entrevista.
–¡Estupendo! –dijo Jeff, apagando la cámara y desmontándola del trípode.
Lyon empezó a empujar la silla de ruedas entre el barullo de luces y cables.
–Lo necesitaremos cinco minutos más, Lyon –dijo Andy. Tenemos que hacer las preguntas
repetidas.
–¿Qué es eso?
Andy le explicó que cuando se utilizaba una sola cámara, después de la entrevista el fotógrafo
colocaba la cámara tras el sujeto, enfocándola a ella esta vez. Andy repetiría algunas de las
preguntas que había hecho, pero el general no tenía que responder, sólo quedarse quieto. Después
un editor mezclaría las dos cintas, primero mostrando a Andy haciendo la pregunta y después al
general cuando respondía.
–Es un truco para que parezca que teníamos más de una cámara. Los planos se editan tan
pulcramente que el público no se da cuenta de que existen.
El general escuchó las instrucciones de Jeff, que sostenía la cámara sobre un hombro y enfocaba
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Al día siguiente todo funcionó bien, con pequeños problemas que se solucionaron rápidamente.
Los chicos sufrían resaca de cerveza Lone Star, pero Andy se mostró inflexible. Los había visto
hacer su mejor trabajo después de una noche de juerga.
El general Ratliff estuvo tan relajado y locuaz como el día anterior. Esta vez la entrevista ser
realizó en la habitación-jardín donde lo había conocido. Jeff rodó utilizando la luz natural, y sólo le
pidió a Tony que encendiera los focos de vez en cuando. Incluso dejó el ventilador de techo
funcionando, para que removiera ligeramente el pelo de Andy y las plantas que se veían detrás de
ella y el general.
Sólo era media mañana cuando Jeff apagó la cámara.
–Caramba, ha salido impecable. Podríamos hacer más extenso este rodaje. Parecía que estabais
entrando en el tema.
–No me importa continuar si quieres, Andy –dijo el general.
–No quiero que se fatigue demasiado.
–Papá, más vale que pares antes de cansarte.
–Estoy bien, Lyon. En serio –dijo el anciano, volviéndose un poco para hablar con su hijo, que
estaba de pie al otro lado de la habitación–. Continuemos.
–¿Jeff? –preguntó Andy.
–Dispuesto. Me encanta este sitio.
Filmaron otra sesión y terminaron antes del almuerzo.
Lyon había mandado a su padre a su habitación, donde ambos iban a comer. Gracie sirvió a
Andy y sus compañeros en el comedor. Estaban discutiendo el programa del día siguiente y
hablando sobre las cintas que ya estaban hechas.
–Es más agudo de lo que esperaba –dijo Jeff, escupiendo un hueso de aceituna–. Cuando Lex
me dijo que tenía noventa años, pensé: Demonios, ¿qué vamos a hacer si se queda dormido?
Andy se enderezó.
–No es un anciano senil, Jeff.
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En lugar de revisar sus notas, en su habitación se dedicó a darle vueltas al problema. Bajo su
ventana oía las risas y los juegos en el agua de sus compañeros, pero no le apetecía reunirse con
ellos en la piscina.
Lyon había oído a Jeff. Ahora creería que su relación no era más que una treta para hacerle
hablar acerca de su padre. Nunca había confiado en ella. Lo que Jeff había dicho sólo confirmaría a
Lyon que era una conspiradora, una oportunista despiadada a la que no le importaba herir a las
personas con tal de conseguir su reportaje.
Echada en la cama, con los brazos ante los ojos, gimió cuando Gracie llamó a la puerta y dijo:
–Andy, el señor Trapper pregunta por ti. ¿Quieres hablar con él?
No.
–Sí. ¿Puedo coger el teléfono del pasillo?
–Claro. Colgaré cuando te oiga.
–Gracias, Gracie. –Se levantó de la cama e intentó sacudirse la letargia que amenazaba con
pegarla al colchón. Fue al pasillo y descolgó el auricular–. Hola, Lex.
Oyó que Gracie colgaba su auricular.
–Hola, cariño. ¿Cómo va todo?
–Bien.
–¿Llegaron los del equipo sin problemas?
–Sí, llegaron temprano ayer por la mañana. –Demasiado temprano. ¿Por qué no podían haber
llegado una hora más tarde? Entonces tal vez Lyon...
–¿Cómo va el rodaje?
–Bien. Ya tenemos tres cintas. El general es estupendo.
–¿No hay problemas con el material?
–No. Ayer a Gil se le estropeó un cable, pero fue a San Antonio a comprar otro. Ahora va todo
bien. –Mientras hablaba, Andy se preguntó dónde estaría Lyon y qué estaría haciendo.
–Andy, cariño, me preocupa que las cosas vayan simplemente «bien».
–No sé qué quieres decir. –Sabía perfectamente lo que quería decir. Normalmente ella estaría
hirviendo de excitación con lo que estaba haciendo, o de rabia porque el tiempo no era el adecuado,
o desesperada por algún problema técnico, o riéndose por algo que le había sucedido a alguno del
equipo. Pero nunca así de apática.
–Me gusta que se produzcan desastres de vez en cuando para mantener a todo el mundo alerta.
¿Entiendes? Suena como si necesitaras una buena dosis de Geritol o leche de magnesio o Midol.
Cuando las cosas van tan condenadamente «bien», me entran escalofríos. ¿Qué demonios está
pasando ahí?
Lex había abandonado el papel de bueno. Las gafas habían caído sobre la mesa, los pies habían
golpeado el duro suelo, una mano estaba mesando sus espesos cabellos rojizos y sus ojos
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practicaban un agujero en la puerta del despacho. Habitualmente Andy estaría sentada en la silla
delante de la mesa de Lex. Estar a kilómetros de distancia de su ira tenía sus ventajas.
–Lex, cálmate. No pasa nada y las entrevistas están yendo muy bien. Los del equipo opinan
como yo del general y están sorprendidos de su agudeza. Si hay algo que me moleste personalmente
es el calor. Me está dejando sin energía.
–¿Qué hay del duro Lyon?
A Andy le sudaban las manos.
–¿Qué pasa con él?
–¿Le has tirado de la lengua?
Suspiró exasperada, con la esperanza de aparentar enfado y que no se notara el temblor de su
voz.
–Lex, por enésima vez: no hay nada que averiguar.
–He visto su foto.
–¿De quien?
–De Lyon Ratliff. Una foto de él en Vietnam; me la facilitó la asociación de prensa. Es un
hombre atractivo.
–No me he dado cuenta.
–Si yo fuera mujer me habría dado cuenta.
–Bueno, como me recuerdas a menudo, eres un hombre extremadamente viril, de modo que tu
opinión del tema no cuenta. Venga, Lex, los chicos me están llamando para que vaya a bañarme a la
piscina –mintió para sonar más a su antigua personalidad.
–No están ahí de vacaciones. ¿No tienen nada mejor que hacer?
–Ya hemos terminado por hoy.
–De acuerdo –gruñó–. Andy, no le ocultarías algo importante a tu viejo colega Lex, ¿Verdad?
Andy rió, buscando algo ingenioso que decir.
–Claro que no. Creo que estás desilusionado y celoso de que nos lo estemos pasando tan bien
aquí. –Rió de nuevo, pero sonó a impostura–. Te llamaré mañana y te informaré de toso. ¿De
acuerdo?
–De acuerdo. Adiós, cariño.
La línea se cortó antes de que pudiese colgar.
Sabiendo que Lex era capaz de llamar a uno de los chicos para preguntar por ella y verificar
todo lo que le había dicho, quedarse sola en la habitación era una mala idea. Por mucho que deseara
estar a solas, se puso un mono sin tirantes de tela de rizo y se dirigió a la piscina. Se sentó a la
sombra de un parasol junto a una mesa de hierro forjado, Periódicamente fue untando loción
bronceadora en las espaldas de sus compañeros, repartió toallas y ofreció entretenimiento sobre
estilos de buceo.
Más tarde, Gracie les llevó una bandeja de cócteles margarita y un plato de nachos. Jeff
chorreando agua, la abrazó y la besó en la mejilla. Andy nunca lo había visto ruborizarse, pero esta
vez lo hizo profusamente cuando dio la espalda a Gracie y ésta le estampó un sonoro cachete en el
trasero.
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Lyon se acercó con su destartalado jeep. Se bajó con ágil gracia y se paseó por la piscina.
–¿Cómo está el agua?
–¡Fabulosa! –gritó Jeff–. ¡Métase!
–Lo siento. Tengo una cita.
Andy mantuvo los ojos puestos en el libro que se había llevado, pero las palabras saltaban ante
sus ojos. Se le bajó el corazón al estómago y se quedó inmóvil como una piedra.
Todos dijeron adiós, incluida Andy. Decidida a demostrarle que no le importaba su cita, lo miró
a través de los grandes cristales de sus gafas de sol. A pesar de que el ala de su sombrero le dejaba
la cara en sombras, Andy sabía que sus ojos estaban fijos en ella.
–¡Diviértete! –exclamó animadamente, tanto para que la oyeran sus compañeros como Lyon.
–Lo haré –respondió, sonriéndole sardónicamente para no dejar dudas sobre qué tipo de
diversión buscaría. Después le dio la espalda.
A Andy le dolía tanto el pecho que no volvió a respirar hasta que sus pasos desaparecieron
dentro de la casa.
Las enchiladas, los tacos y el guacamole de Gracie eran deliciosos, pero Andy no probó nada.
En cuanto acabaron con la comida, los chicos le dieron las buenas noches y se encaminaron a la
cabaña, donde estaba programada una partida de póquer. Andy se paseó por la casa después de que
Gracie rechazara su oferta de ayudarla en la cocina. El general hacía horas que estaba en la cama.
Intentó no pensar en Lyon, ni con quién estaría y lo que estarían haciendo.
¿Salía regularmente con una mujer? ¿Había llamado a alguien y concertado una cita para la
noche? ¿Querrían salir con él las mujeres si las llamaba con tan poca antelación? Sí, al menos ella
estaría dispuesta. ¿Por qué no la había invitado a salir?
La respuesta era dolorosamente simple: de modo inequívoco le había demostrado su antipatía.
La ternura con que la había besado aquella mañana en el dormitorio había sido resultado de un
humor que nunca volvería. En cuanto él había recordado quién era ella y qué hacía en la casa, había
sentido rechazo y amargura. Si estaba decidido a considerarla una manipuladora y codiciosa, ella no
podía hacer nada para demostrarle que se equivocaba. Era extraño pero le faltaba la energía para
intentarlo.
A las once, después de llenar las largas y solitarias horas con sueños vanos de lo que nuca podría
ser, subió las escaleras hacia su habitación.
Pero a las doce todavía estaba despierta, y decidió finalmente disfrutar de la piscina pensando
que unos cuantos largos la ayudarían a conciliar el sueño. Se puso un discreto bikini, que aun así era
provocativo en su exuberante figura, y bajó las escaleras.
Salió por la puerta de atrás y se dirigió a la piscina. Estaba oscuro pero no encendió ninguna luz.
El agua le acarició los tobillos, las pantorrillas y los muslos. Después se zambulló de cabeza y cruzó
la piscina por debajo del agua. Emergió para tomar aire y se alejó del borde con brazadas regulares,
ida y vuelta tres veces. Luego salió de la piscina con la barbilla levantada para desembarazarse del
pelo mojado de la cara. Se tumbó en el suelo embaldosado y respiró hondo.
En ese momento vio a Lyon y su corazón, que ya latía de forma rápida, se aceleró aún más.
Estaba de pie en el otro extremo de la piscina. La chaqueta informal que llevaba colgando de un
dedo índice por encima del hombro salió disparada hacia una tumbona. Se aflojó la corbata y
empezó a desabrocharse la camisa.
–¿Qué haces? –preguntó Andy con tono de sorpresa.
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CAPÍTULO 7
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bikini–. Has estado enarbolando bandera roja desde hace días. Ya ea hora de que nos
encontráramos. –Antes de que ella pudiera detenerlo, ya le había metido la mano bajo el sostén y
había liberado el pecho.
–¡Lyon, no! –exclamó Andy quedamente.
–Sí. –su boca se posó sobre la de Andy con ávida brusquedad. Su lengua era como un látigo, que
fustigaba y le quemaba la boca. Intentó liberarse, pero él la cogió por el pelo y se lo impidió. Su
boca insistió con aquel beso punitivo y doloroso mientras con la mano le sobaba solamente el
pecho, a diferencia del encuentro de la mañana en la habitación de Andy, cuando su caricia había
sido casi de veneración.
El cuerpo de Lyon ocupó el poco espacio que quedaba entre ellos y la aplastó contra el muro de
la piscina. La obligó a separar los muslos y se frotó contra ella lascivamente.
–Tendrás que hacer algo mejor que eso, señora Malone. Quieres conocer mis ocultos y oscuros
secretos, ¿no es así?
La vejación comenzó de nuevo. El beso fue más duro y la sujetó por las caderas, apretándola
contra su cuerpo. Andy sentía el vello de su plano estómago contra el propio. La alterada
respiración de él encajaba con la de ella. Y contra su cintura –oh, Dios mío–, una dura e insistente
presión los convertía sin tapujos en hombre y mujer.
A pesar de la violencia del abrazo, a pesar de la rabia que le hería el espíritu, ella empezó a notar
que el deseo despertaba. Luchó contra él, se maldijo a sí misma, lo maldijo a él por exacerbar
traidoramente su sensibilidad. Sin embargo incluso cuando su mente lo rechazaba, su cuerpo se
reblandecía y cedía.
Lyon levantó la cabeza en cuanto ella cesó de resistirse y durante un largo y tenso momento la
observó, formulando mil preguntas mudas que ella contestó con sinceridad derramando lágrimas de
sus ojos dorados. Lyon apoyó las manos sobre el muro de la piscina y se alejó el largo de sus
brazos, separándose de ella, permitiéndole escapar si eso era lo que quería.
Andy no lo hizo. Toda su atención estaba concentrada en él. Lentamente él le atrajo la cabeza.
Tocándole sólo la boca, la besó. La brutalidad había desaparecido. Esta vez la conquistó no por la
fuerza, sino con ternura, y su lengua fue un instrumento de placer que encendía su deseo en el
interior de la boca en una especie de penetración simbólica.
Las manos de Andy se alzaron como las de un ciego para tocar su cara, esperando encontrar la
expresión suavizada que había visto antes. Lyon cerró los ojos y permitió que los dedos de ella lo
exploraran, examinaran..., amaran.
Le resiguió el arco de las oscuras cejas, el puente de la nariz y la sensual curva de la boca. Lyon
separó los labios y atrapó al atrevido dedo. Probó su consistencia con los dientes y después con la
lengua. Andy contuvo la respiración cuando la lengua humedeció todo el dedo y resbaló hasta la
base de éste y del siguiente. Dejó escapar un gritito y su cuerpo se arqueó contra él. Lyon abrió los
ojos.
Volvió a besarla, con avidez y ternura. Buscó otra vez los pechos y le quitó el sostén el bikini.
Los pezones se irguieron en sus palmas y él los recompensó con suaves caricias.
Andy no protestó cuando le bajó la braga del bikini. Con un ligero y gracioso movimiento de las
piernas, entre las de él, lo dejó deslizar. Él apretó su desnudez contra la suya, y por un momento se
deleitaron en el contacto de la piel, en el contraste de texturas y formas.
A continuación, Lyon se encaramó al borde de la piscina y le tendió la mano para ayudarla a
salir del agua. Chorreando, la condujo a la oscura cabaña. No hablaron, para no alertar a nadie sobre
esa inesperada cita a medianoche. Ninguno de los dos se avergonzaba de lo que estaba sucediendo,
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–¿Satisfecha?
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–Sí –contestó Andy, cogiendo el recuperado bikini que él le tendía. El sostén lo habían
encontrado cerca del filtro de la piscina; la braga había sido más difícil y Lyon había tenido que
sumergirse varias veces para encontrarla–. Ahora dormiré mejor.
–No estés tan segura –bromeó él, agarrándola por detrás y atrayéndola hacia su pecho.
–¿Qué no esté tan segura de qué? –preguntó Andy con aire provocativo, pasándole un dedo por
el pecho.
–De poder dormir. –La besó con vehemencia y luego la apartó– Vete dentro. Te vas a quedar
helada.
Se habían envuelto en grandes toallas de la cabaña y se dirigieron silenciosamente hacia las
escaleras. Lyon llevaba su ropa en una mano y con el otro brazo le rodeaba los hombros desnudos.
Andy vaciló ante la puerta de su dormitorio, pero él la empujó por el pasillo hacia su propia
habitación. Una vez entraron, Lyon cerró la puerta, se acercó a la cama y encendió la luz.
–Al fin te puedo ver con luz –dijo.
Se acercó a ella para quitarle la toalla con que Andy se cubría los pechos. Pero ella no la soltó,
sino que la aferró con fuerza.
–Lyon, espera, por favor.
Ahora que sabía que lo amaba, le preocupaba pensar que él podía desconfiar de ella. No
soportaría que él creyera que el motivo de su entrega no era el amor. Cualquier otra razón sería tan
absurda que no podía creer que él lo pensara, no después de la pasión con que habían hecho el amor
en la cabaña hacía sólo media hora. Pero tenía que asegurarse.
–¿Por qué? –preguntó él.
–Porque antes quiero hablar contigo. –El instantáneo ceño de Lyon le confirmó que todavía
podía recelar de ella. Le tomó de la mano y se sentó con él en el borde de la cama. Metiéndose las
manos mientras jugueteaba con la toalla dijo–: Te equivocas.
–¿Acerca de qué? –Había apoyado la espalda contra la cabecera de la cama.
–Acerca de mí. Sé que has oído a Jeff esta tarde.
–¿Te refieres a lo de seducirme para sonsacarme información?
–Sí. Es no es cierto.
–¿Lex no te pidió que lo hicieras?
Andy tragó saliva y lo miró brevemente.
–Sí, me lo pidió. Pero no siempre le hago caso. Desde luego bastante menos que antes –añadió
para sí misma.
Volviéndose ligeramente, lo miró a los ojos.
–Nunca he tenido que prostituirme para conseguir un reportaje. En primer lugar, me respeto
demasiado a mí misma para hacer eso. Nunca he considerado mi cuerpo como algo para negociar.
»Pero incluso sin tener en cuenta el aspecto moral, nunca he tenido que recurrir a esa medida tan
desesperada. Soy una profesional. Algunos de mis entrevistados han mostrado reticencia para
desnudar su alma ante la cámara, pero normalmente he conseguido convencerlos de que lo hicieran.
»Soy buena en mi trabajo. Y ambiciosa, aunque ahora..., bueno, no importa. En todo caso me
gusta conseguir una entrevista incisiva que nadie más ha sido capaz de conseguir, pero no tengo el
instinto despiadado de saltar a la yugular que tiene Lex. Suena cursi, pero siempre he defendido el
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refrán sobre el vinagre y la miel. Que yo sepa nunca he hecho daño a nadie con mis entrevistas, ni
he abusado del privilegio de la confidencialidad. –Lyon se había levantado y había empezado a
caminar al lado de la cama. De pronto se paró y se sentó de nuevo.
–Tienes que admitir que las pruebas son bastante incriminadoras. Después de tu conversación
con Lex te mostraste mucho más amable conmigo.
–Lo sé. Pero no tenía relación con Lex. El único momento en que he pensado en Lex cuando
estaba contigo fue cuando me preguntaste quién era. –Lo miró–. Lyon, ¿crees de verdad que yo
intentaría sacar partido de lo que ha sucedido hace un momento? ¿No crees que significó mucho
para mí? –Estaba a punto de llorar–. Sé que desconfías de las mujeres por lo que te hizo Jerri, pero
no me condenes injustamente. Utilicé un truco infantil para introducirme en esta casa, lo admito.
Pero no he jugado contigo.
Lyon miró cómo una lágrima resbalaba por la mejilla de Andy. La recogió con la punta de un
dedo, se la llevó a los labios y la lamió.
–¿Te quitarás ahora la toalla?
Andy sollozó de alivio y, entre la risa y las lágrimas, lo abrazó. Consiguieron librarse de las
toallas, apartar el cubrecama y las mantas, y meterse bajo las sábanas sin dejar de besarse.
Los fuertes brazos de Lyon la rodearon. El pulso acelerado y la respiración agitada que
empezaban a serle familiares se apoderaron de ella de nuevo. Ambos se entrelazaron en
apasionados embates de amor. Rodaron hacia un lado y otro de la cama, con las bocas y los cuerpos
pegados. Cuando finalmente se separaron, él se tumbó boca arriba y dejó que ella lo explorara con
creciente excitación. Lo besó en el cuello y luego descendió con la boca hasta el torso. Levantando
ligeramente la cabeza, observó su pezón mientras lo acariciaba con un dedo. Después continuó con
la lengua, provocándole una oleada de placer.
–Andy... –graznó Lyon y la rodeó con sus brazos, colocándola encima de él. Le marcó un
sendero de ávidos besos en la curva de los pechos, en su camino hacia la boca–. Estás creando un
maníaco sexual, Andy Malone –dijo contra su boca mientras evitaba juguetonamente sus labios–.
Un maníaco loco por ti.
–¿Qué hacen los maníacos sexuales? –Se inclinó hacia delante para acercar los erectos pezones
a su boca.
–Violar mujeres hermosas. –Le acarició las caderas y después las nalgas.
–¿Y yo soy hermosa?
–Sí.
–Así pues...
Hicieron el amor con renovado ardor hasta el agotamiento. Luego durmieron un rato, con el
sueño profundo y sereno de la satisfacción conseguida. Él la despertó unas horas después cuando un
rayo de sol se posó sobre la amplia cama.
–Más vale que vuelvas a tu habitación. Tenemos que guardar las apariencias.
–No quiero –refunfuñó Andy, acurrucándose y presionando sus pechos contra él.
–Andy, para de una vez, maldita sea... –gimió Lyon.
Ella rió e intentó separar sus miembros de los de él.
–Eres un fanfarrón.
Bajó de la cama, y él aprovechó la ocasión para darle un cachete en el trasero.
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–Nos vemos abajo para desayunar, ¿de acuerdo? –le dijo, envolviéndose con la toalla y
recogiendo el bikini.
–Si consigo andar...
Andy le guiñó el ojo maliciosamente y se dirigió a la puerta con gesto provocativo. Le envió un
beso antes de escudriñar el pasillo y correr a su habitación.
Se entretuvo bastante con su arreglo personal; se bañó en agua perfumada y se peinó el pelo
recién lavado en un estilo más informal. Ya se vestiría más tarde para la entrevista. Luego se puso
un vestido de algodón estampado con colores vivos. Se sentía muy femenina y quería proclamar a
los cuatro vientos su plenitud, que sólo había florecido totalmente bajo la tierna guía de Lyon.
Cuando salió al pasillo iba tarareando una melodía y se encontró con Lyon, que la esperaba. Él
le rodeó la cintura con el brazo y le dio un beso ardoroso.
–¿No quieres desayunar? –le preguntó ella con picardía cuando se separaron.
–Podrías convencerme de saltármelo.
–Pues yo me muero de hambre. Así que, en marcha.
Se abrazaron. Unos peldaños más abajo vieron a Gracie hablar con alguien en la puerta. A Andy
se le acabó la alegría y sus ligeros pasos se hicieron vacilantes. El corazón le dio un vuelco.
No veía bien al hombre, medio oculto por el generoso cuerpo de Gracie. Pero le veía la parte de
arriba de la cabeza. Sólo una persona tenía aquel cabello pelirrojo.
Lex Trapper.
CAPÍTULO 8
Andy tropezó con Lyon y se agarró de la barandilla. Si Lex descubría su relación con Lyon sus
sospechas se multiplicarían y pensaría que su objetividad se había visto perturbada. No era así, pero
no habría manera de convencer a Lex.
Él no tenía competencia sobre su vida. Andy era libre de amar a quien quisiera, pero el haber
pasado la noche con Lyon ponía en peligro su credibilidad. Debería comportarse como una
profesional consumada y despistar a Lex. No había tiempo para explicárselo a Lyon, pero seguro
que lo comprendería.
Antes de poder convencerse de lo contrario, se separó de él y bajó presurosa los últimos
peldaños.
–¡Lex! –exclamó.
Él la vio y sorteó al ama de llaves para ir a su encuentro. Andy se lanzó en sus brazos y él la
besó en los labios. «¿Descubrirá el sabor de Lyon?», pensó en un acceso de pánico.
–¡Andy, cariño, te he echado de menos! –exclamó entrechándola con fuerza.
–Yo también te he echado de menos. –Últimamente no paraba de mentir. Esperando no haber
despertado sus sospechas se apartó y preguntó–: ¿Qué haces aquí a horas tan tempranas?
–Tomé un vuelo en Nashville y llegué a San Antonio ayer por la noche. El resto del trayecto lo
hice esta mañana en coche.
–Imagino que todos querrán tomar café. –Gracie nunca se había mostrado tan fría, y miraba a
Lex con un resentimiento mal disimulado.
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–Así que por ahí sopla el viento –dijo–. Él está loco por Andy y Andy se derrite cada vez que él
la mira.
–No, te equivocas...
–Oh, no, Andrea Malone, no me equivoco. Tengo ojos, maldita sea, y conozco los celos. Estaba
tan seguro de que ese jodido vaquero iba a matarme, que toda mi vida ha pasado ante mis ojos. –
Empezó a pasearse en lo que quienes lo conocían calificaban de «reflexión de Lex»–. Debí imaginar
que ocurriría algo así. Las cintas que he visto esta mañana son buenas, pero nada más.
–No hay nada malo en esas cintas –repuso Andy.
–Tampoco hay nada estupendo –replicó él–. Podrías estar entrevistando al payaso Bozo y
obtener la misma información que el viejo ofrece de su carrera militar. Te has reblandecido, Andy,
has perdido tu objetividad, y eso es porque quieres ligar con ese puñetero Lyon.
No la compensó mucho el hecho de que Lex no supiera que ya había ligado con Lyon.
–No sé por qué me sales con esto. Hemos estado peleando desde que nos conocimos. No siente
más que desprecio por mí.
–Entonces demuéstrame que me equivoco. Mañana por la mañana quiero que ataques al viejo
con toda la artillería. Caramba, Andy, serías capaz de sacar información a un nabo sin que siquiera
se enterase. Te he visto hacerlo centenares de veces.
–El general está enfermo, Lex.
–Y tiene algo que ocultar. Lo presiento. ¿Qué es toda esa aversión a ponerse el uniforme? ¿Eh?
No es normal, y cuando algo no es normal a mí me entra urticaria.
–No pienso pincharlo –dijo meneando la cabeza.
Lex le apretó con firmeza los hombros.
–Entonces lo haré yo, Andy. Conseguir que el general Michael Ratliff explique por qué se retiró
tan pronto y ha vivido recluido todos estos años podría significar nuestra entrada en una gran
cadena de televisión. Consigue el reportaje del año o lo haré yo.
Oyeron a los demás cruzar el vestíbulo hacia el comedor. Lex le quitó las manos de encima,
pero no los ojos. Andy los sintió en su espalda mientras bajaban y se sentaban a la mesa. Lyon lo
hizo en un extremo, pero por lo visto el general comería en su habitación.
Gracie se esmeró en servir la comida y el equipo la recibió efusivamente. Andy cogió el tenedor,
pero le repugnaba la idea de comer.
–Su padre se retiró del ejército muy pronto, ¿no es cierto, Lyon?
Lyon terminó de masticar y tragó.
–Sí, así es.
–¿Por alguna razón concreta?
Andy miró con ceño a Lex, pero éste no la vio. Él y Lyon se miraron como boxeadores
evaluándose en el cuadrilátero.
–La señora Malone ya se lo preguntó –contestó Lyon–. Y mi padre contestó que quería probar
otro modo de vida, que estaba cansado de la vida militar. Quería vivir a un ritmo menos espartano,
pasar más tiempo con mi madre.
–Pero todavía era joven –argumentó Lex.
Los demás comensales habían callado y escuchaban la conversación, que vibraba con
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Para los exteriores había planeado llevar algo ligero y más informal que los trajes utilizados para
las anteriores escenas. También le había pedido al general que no se pusiera chaqueta y corbata.
Había deseado rodar esta sesión más que ninguna de las demás. La orilla del río era un escenario
perfecto.
Ahora también sería la entrevista de despedida y esto le añadía un toque de nostalgia. Nunca
había pensado en el momento en que tendría que irse. Sabía que llegaría ese momento, pero nunca
se había detenido a reflexionar en ello.
–Admítelo, Andy –se dijo delante del espejo–. Esperabas seguir viendo a Lyon después de irte.
Ahora comprobaba que no sería así. Él tenía su vida y ella la suya. Las direcciones en que se
movían nunca correrían paralelas. Sería mejor que se marchara dejando que él pensara lo pero de
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apoyado contra un ciprés con las piernas y los brazos cruzados, lo observaba todo con mirada
sombría.
Andy nunca pudo precisar en qué punto de la entrevista perdió el control Estaba haciendo
preguntas generales sobre la guerra, como le había pedido el entrevistado, y de pronto se encontró
riendo con una anécdota del general sobre un campesino francés y su esposa que habían escondido a
toda una patrulla de soldados en su almiar. A partir de entonces Michael Ratliff contó una serie de
anécdotas divertidas. Su recital estaba salpicado de «Ike dijo» y «George decidió». Tony despertó
de su siesta para escuchar. Andy incluso vio sonreír a Lyon con una de las historias más divertidas.
El general reía animadamente y se lo veía feliz. Cuando Andy captó un gesto imperativo de Warren
acerca del tiempo, impidió hábilmente que el general se embarcara en otro relato y dio por
terminada la entrevista.
–¡Oh, general Ratliff, ha sido estupendo! –exclamó Andy, deshaciéndose del micrófono y
devolviéndolo a Gil. Se inclinó sobre el anciano y le quitó el micrófono antes de abrazarlo con
afecto.
–Temo que me he dejado llevar un poco.
–Ha sido inolvidable.
–¿Qué opinas, Lex? –preguntó Jeff con una amplia sonrisa.
–Ha estado bien.
–No creo que hagan falta las preguntas repetidas –señaló Jeff.
–Decide tú mismo –dijo Lex.
–¿Papá, estas bien?– Lyon se acercó por detrás de Andy.
–Hacía años que no me divertía tanto. No sabía que recordaba algunas de esas historias hasta
que empecé a contarles. Es increíble después de tanto tiempo. –Se rió otra vez, absorto en sus
recuerdos. Entonces se le empañaron los ojos y apretó la mano de su hijo. Mirándolo, musitó–: No
fue todo tan malo, Lyon. Ahora que lo pienso, no lo fue.
–Será mejor que te lleve a casa –dijo Lyon y puso en marcha el motor de la silla. Caminó a su
lado, con una mano protectora sobre el frágil hombro del padre.
–¿Qué crees que ha querido decir con eso? –preguntó Lex a Andy mientras lo seguían por la
pendiente.
–¿A qué te refieres?
–No te hagas la idiota conmigo, maldita sea, Andy. Me refiero a «No fue todo tan malo».
–Ya. Supongo que se refería a sus anécdotas divertidas. Quería decir que no todas sus
experiencias de la guerra habían sido negativas.
–Era más que eso, y lo sabes –repuso Lex.
–Lo único que sé, Lex Trapper, es que si no ves sangre no eres feliz. Pero yo sí. Creo que las
entrevistas ha sido estupendas. Si buscabas algún oscuro secreto que manchara la reputación del
anciano, lo siento.
Se adelantó y llegó al patio al mismo tiempo que la silla del general. Lyon sostenía la puerta,
pero el general lo detuvo.
–Un momento, Lyon. Quiero hablar con Andy. Podría ser mi última oportunidad.
Andy pidió permiso a Lyon con los ojos, y éste se retiró reticente. El cruel rictus de su boca le
provocó dolor: Lyon la consideraba una persona falsa y ambiciosa. Andy apartó ese horrible
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Habían acordado que los chicos llevarían la camioneta a la cabaña, embalarían el material y
después acompañarían a Lex al Haven in the Hillls; él los seguiría en el coche que había alquilado
en San Antonio. Andy partiría en su coche alquilado en cuanto tuviera hechas las maletas.
Echó un rápido vistazo a la habitación por si había olvidado algo. No quería pensar en su
marcha. Si lo pensaba, se moriría. Esperaría a más tarde para sumirse en su desgracia a solas.
Consciente de que había pospuesto su marcha demasiado, fue a la puerta de la habitación y la
abrió. Para su sorpresa, Lyon estaba de pie en el pasillo. Su cara era inexpresiva, tan vacía como se
sentía por dentro.
–Ya he preparado las maletas. Ahora bajaba –dijo Andy, pensando que él había subido para
echarla a patadas de aquella casa.
Lyon no contestó, se limitó a empujarla dentro de la habitación y cerrar la puerta. Andy
retrocedió dos pasos, nerviosa.
–¿Cómo está tu padre? –preguntó.
–Agotado. He llamado al médico; ahora está con él.
–Espero que la sesión de hoy no haya sido demasiado agotadora, pero... –Se le apagó la voz.
¿Por qué no conseguía decir nada coherente? No deseaba aumentar la cólera de Lyon recordándole
que era él quien había insistido en realizar la entrevista esa misma tarde.
Lyon se acercó hasta que sólo estuvieron a unos centímetros de distancia. Cogiéndola por las
muñecas, la hizo girar y la retuvo contra la puerta. Le situó las manos a cada lado de la cara.
–Parece que estás en el buen camino para conseguir tu gran oportunidad en la televisión. Es una
pena que no tengas la historia sensacionalista que esperabas. Me sabe mal que te hayas tomado
tantas molestias y te vayas con las manos vacías... Esto es para el camino –añadió, besándola
repentinamente.
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Ella esperaba un beso brusco y soez, pero fue suave y persuasivo. Estaba utilizando la táctica
más vieja del estratega: aplacar al enemigo, hacer que se sienta seguro, tratarlo con amabilidad, y
después matarlo. Pero, a pesar de saberlo, estaba indefensa ante él.
Su boca se abrió como una flor y él se apropió de ella. La tomó lentamente. Relajó los dedos en
torno a sus muñecas, y sus palmas abiertas cubrieron las de Andy. Los dedos se entrelazaron y
cerraron. Su pelvis se frotó contra la de Andy al mismo tiempo que su lengua exploraba su boca.
Estaba destinado a ser un abrazo humillante, pero en algún momento se transformó en otra cosa.
Lyon ya no se restregaba contra ella con desprecio, sino con pasión. Su cuerpo abandonó la
brutalidad y se mostró sensual. Susurró su nombre, y para Andy fue como si el mundo se desgarrara
en su garganta. Se volvió envuelta en un torbellino de emociones, odiándolo por reducirla a una
criatura indefensa ante su tacto, y a la vez deseándolo, queriéndolo, amándolo... Lo único que
importaba era Lyon. Sí, Lyon.
Tan repentinamente como la había abrazado, Lyon la soltó y se apartó como si ella le provocara
repulsión. Su respiración era la de un hombre exhausto.
–Ahora ve a contarle a Lex todos los detalles. Estoy seguro de que quiere un informe completo.
Andy sintió una punzada mortificante y agónica.
–Eres... –Tomó aire–. ¡Eres un idiota obstinado y santurrón! Te crees...
–¡Lyon! ¡Lyon! –se oyó de repente la voz de Gracie.
Ambos advirtieron el pánico que denotaba y salieron al rellano, donde la vieron subir resoplando
las escaleras.
–Lyon, el doctor Baker dice que vayas enseguida. Tu padre...
CAPÍTULO 9
El viento le tiraba del pelo y le secaba las lágrimas. Conducía con la ventanilla abierta, rogando
por encontrar en la naturaleza un modo de mitigar su dolor.
Con unos retazos de claridad en su memoria, Andy reconstruyó la confusión y el desespero de la
última hora.
Lyon y ella habían corrido escaleras abajo. Él había entrado en el dormitorio de su padre
mientras Andy consolaba a la llorosa Gracie. El médico salió de la habitación meneando la cabeza
tristemente como muda respuesta a los ojos inquisitivos. Lyon salió de la habitación media hora
después, con los ojos secos pero macilento. No la miró. No vio nada mientras hablaba con el
médico. Poco después de que llegara la ambulancia, Andy observó con horror cómo el cuerpo
envuelto del general Michael Ratliff era cargado en su interior. Lyon partió en su coche tras la
ambulancia.
Gracie, muy triste, se había quedado para ocuparse de los detalles. Lyon tendría su apoyo y su
amor, pensó Andy. Y eso era bueno.
Al llegar al hotel, cuando ya el cielo tomaba un oscuro color índigo, Andy se ocupó del equipo y
Lex fue a cenar. Se instaló en la habitación que habían reservado para ella, tristemente similar a la
que había ocupado antes.
Cerró la puerta, descolgó el teléfono y se acostó. Durante las siguientes ocho horas fingió
dormir.
«El general Ratliff, el último general de cinco estrellas superviviente de la Segunda Guerra
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Mundial, vivió recluido en su rancho de Texas, cerca de Kerrville, desde su temprano retiro en
1946. El general murió en paz en su casa después de una larga enfermedad. Mañana se celebrarán
los funerales privados en el rancho.»
Andy miró al presentador de las noticias de la mañana leer el reportaje con fría profesionalidad.
Se preguntó cuándo habría notificado Lyon oficialmente la noticia de la muerte de su padre.
«El presidente, después de conocer la muerte del general Ratliff, tienen algo que decir.»
Andy escuchó cómo el presidente de Estados Unidos alababa al general retirado, pero la persona
de que hablaba en términos de heroísmo y medallas no tenía nada que ver con la que ella había
conocido. El día anterior le había hablado de su hijo y de cuánto lo quería. Él le había cogido la
mano y se la había estrechado con afecto, y le había dicho con la mirada que apoyaba su amor por
Lyon.
–Déjame entrar. –Andy pegó un respingo cuando Lex llamó a u puerta.
–Un... un momento.
No tenía sentido atrasar lo inevitable. Cogió la bata de los pies de la cama y se la puso, deseando
que fuera una armadura.
–¿Cuándo lo supiste? –preguntó él cuando Andy abrió la puerta.
–Ayer por la tarde. –No sacaría nada con mentir–. Murió cuando estaba a punto de marcharme.
–¿Y preferiste no contármelo? –rugió Lex.
–¿Qué habría sacado con ello?
–¿Qué habrías sacado? Maldita sea, me gustaría inculcarte un poco de sentido común.
Andy ignoró su rabieta. Se sentó en una silla con las rodillas levantadas y la frente apoyada en
ellas. Estaba recordando cómo la había mirado el general Ratliff por última vez. Él sabía que estaba
a punto de morir. Su adiós había sido silencioso.
–Andy, ¿Qué demonios te ocurre?
Cuando la pregunta de Lex penetró en su mente, Andy levantó unos ojos inexpresivos. Al cabo
de unos segundos la imagen de Lex se hizo más nítida.
–Un hombre que admiraba ha muerto –le dijo–. ¿Cómo puedes preguntar qué me ocurre?
Lex desvió los ojos hacia las cortinas de la ventana, que estaban echadas.
–Sé que lo admirabas, pero su nombre es noticia, y nosotros nos dedicamos a eso. ¿No acabas de
ver al presentador llorando? Andy, ¿te das cuenta de que hemos encontrado una mina de oro?
Ella meneó la cabeza. Lex se acercó a la ventana y descorrió las cortinas. La luz del sol dio
directamente a Andy en la cara y le hizo cerrar los ojos.
–¿Una mina de oro...? –balbuceó desconcertada.
–Piensa, Andrea, maldita sea. Tenemos las únicas entrevistas concedidas por el general Ratliff
desde que se convirtió en un maldito ermitaño. Ahora está muerto y nosotros tenemos horas de cinta
con él. ¿Sabes lo que eso significa?
Andy se puso en pie y se acercó a la ventana para contemplar el hermoso día. No sería muy
bonito para Lyon; tendría que preparar un funeral.
–¿Andy?
–¿Qué?
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perfectamente erguida. Los ojos dorados brillaban como los de una leona enfrentándose a un
depredador que amenaza a sus crías. Lex recibió el mensaje.
–De acuerdo, tranquila. –se dirigió a la puerta–. Mandaré al equipo para que grabe algo en
vídeo. El sonido puede grabarse más tarde. Jeff dice que tú tienes las cintas de las entrevistas.
¿Dónde está?
Estaban etiquetadas y guardadas en cajas negras de plástico, en una bolsa de lona. Andy se las
estaba entregando a Lex cuando éste preguntó:
–¿La autorización también está ahí?
Su mente se aceleró, buscando el momento y el lugar en que había hecho firmar una
autorización al general Ratliff que les permitiría emitir las entrevistas por televisión. Pero fue en
vano.
–Oh, Lex –dijo sin aliento.
–¿Qué pasa?
–No le hice firmar ninguna autorización a Michael Ratliff... se estremeció ante el brillo asesino
de los fríos ojos azules de Lex.
–No puede ser, Andy. Intenta recordarlo. Nunca has hecho una entrevista sin la firma de una
autorización previa. ¡Venga, ¿dónde está?, maldita sea! –exclamó.
–¡No la tengo! –replicó Andy–. Me acordé cuando empezamos a rodar, per quería terminar antes
de que el general se fatigara. El cable de Gil se estropeó, ¿recuerdas? Y tuvimos que retrasarlo.
Recuerdo que pensé en pedírsela más tarde, y no llegué a hacerlo.
Lex se golpeó una alma con el puño y maldijo entre dientes.
–¿No me estarás mintiendo? Se trata de un truco...
–No. Te lo juro, Lex. No le hice firmar la autorización.
–Sería propio de Lyon demandarnos si las emitimos sin autorización. Y aunque no supiera que
tiene ese derecho, la cadena sí lo sabe, y no se arriesgarían. Tienes que conseguir que te la firme.
–Ni hablar.
–¿Cómo dices?
–He dicho que ni hablar. Al menos hasta después del funeral.
–El funeral es mañana –chilló Lex.
–Exacto. Y no pienso ir a verle hasta entonces. Puede que Lyon ni siquiera quiera recibirme.
Lex miró la bolsa que ella sujetaba, a la vez que se mordía el labio y flexionaba los dedos.
–Olvídate de arrebatarme las cintas a la fuerza y falsificar una autorización. Yo misma llamaría
a la cadena y les contaría lo que tramas.
–No se me había pasado por la cabeza –repuso él con una cínica sonrisa.
–Ya lo creo que sí –dijo Andy, sin sonreír–. Llama a tu contacto y dile que no tendrá las
entrevistas hasta después del funeral. Y déjame sola el resto del día.
Lex se quedó en el umbral mirándola con las manos en las caderas. Al cabo meneó la cabeza
perplejo y dijo:
–Has cambiado, Andy. No comprendo qué te ha ocurrido.
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El resto del día lo pasó tendida en la cama con una compresa fría sobre los ojos. Guardó las
cintas en su maleta y escondió la llave. También mantuvo la puerta cerrada y con la cadena puesta.
Se juró que confiaba en Lex, pero su comportamiento hablaba más claro que las palabras.
Debido a lo poco que había dormido durante la noche, se fue adormeciendo a ratos durante el
día. En el tránsito entre el sueño y la vigilia, por su cabeza pasaban escenas que eran una mezcla de
sueños y fantasía. Ella y Lyon eran los protagonistas de todas. Por la tarde miró los reportajes sobre
la muerte del general Ratliff en las noticias de la televisión. Como había predecido Lex, la entrada
del rancho estaba repleta de periodistas y fotógrafos. La policía había instalado una valla para
mantener a raya a la multitud. Sólo se permitía cruzar las puertas a los vecinos y a los veteranos que
habían servido al mando del general. La mayoría llevaba flores.
El corazón le dio un vuelco cuando vio a Lyon asomarse a las puertas para hacer una concisa
declaración a la prensa. Con las personas que habían ido a ofrecer sus respetos al padre se le veía
hablar en voz baja, amable y solemne. Iba vestido de un modo que Andy nunca le había visto, con
traje oscuro y corbata. Su porte, su control y la fortaleza que desprendía eran impresionantes. Se le
hizo un nudo en la garganta. Mantenía la compostura de cara al público, pero cuánto estaría
sufriendo interiormente. «¿Habrá vuelto Jerri a casa para consolarlo en un momento de
necesidad?», se preguntó Andy. Enseguida se arrepintió de su mezquindad, aunque la idea de que él
encontrara consuelo en brazos de otra mujer la obsesionaba.
A la mañana siguiente, las noticias no tenía mucho que informar sobre el funeral, excepto que el
presidente iría en helicóptero desde la base aérea de Lackland para asistir al servicio de las diez en
el cementerio. El general sería enterrado en el rancho.
Andy se puso un vestido de gamuza y unas sandalias de talón alto a juego. Se recogió el pelo en
un moño flojo y se puso pendientes de oro en las orejas.
A mediodía ya tenía las maletas hechas y cargadas en el coche de alquiler; pensaba marcharse
de Kerrville para siempre en cuanto volviera con la autorización firmada y se la entregara a Lex. El
equipo, después de cubrir el funeral desde las puertas del rancho, había ido a San Antonio con la
esperanza de coger el último vuelo de la tarde a Nashville. Aunque nadie habló de ello, Andy sabía
que la muerte del general les había afectado.
A las tres, Lex acudió a su habitación. Había insistido en acudir más temprano, pero Andy se
había negado.
–¿A qué hora volverás? –le preguntó.
–Una vez que lo firme –dijo ella. La irritación de Lex fue evidente. Para aclarar la ambigüedad,
Andy añadió–: No sé con qué me encontraré allí. A lo mejor todavía está la policía. No sé si me
dejarán entrar. Volveré en cuanto pueda.
Lex todavía le estaba lanzando dardos cuando ella salió con el coche. Tenía las manos tan
húmedas que le resbalaban sobre el volante del coche. Lo que le había dicho a Lex era cierto: no
sabía con qué se encontraría cuando llegara al rancho, pero casi deseaba que no la dejaran entrar.
Temía encontrarse con Lyon.
Ya no había valla policial, sólo el mismo guardia que estaba en la puerta el día de su llegada.
Había centenares de ramos de flores que resplandecían bajo el sol de verano. Acercó el pequeño
coche a la caseta del guardia y bajó la ventanilla.
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–Hola –dijo.
–¿Cómo está, señora? –la saludó el hombre. Tenía los ojos llorosos y Andy se compadeció de él.
–Soy la señora Malone. Estaba con...
–Sí, señora, sé quién es.
–Me gustaría entrar unos minutos.
El guardia se quitó el sombrero y se rascó la cabeza.
–Pues... El señor Ratliff dijo que no quería que entrara nadie.
–¿Le importaría llamar a la casa? Dígale que es muy importante que me reciba un momento.
–De acuerdo.
Se metió en la caseta, y Andy vio cómo marcaba y hablaba por teléfono. Cuando salió, pulsó el
interruptor que abría la puerta eléctrica.
–No he hablado con el señor Ratliff, pero Gracie ha dicho que podía pasar.
–Gracias.
Puso el coche en marcha y entró. La casa y las construcciones exteriores estaban desiertas. No
se veían mozos del rancho, como era habitual, ocupados en sus quehaceres. Incluso las vacas pacían
que en las cuestas de la colina parecían inusualmente quietas.
Antes de poder llamar al timbre de la puerta principal ésta se abrió de golpe y Gracie se
precipitó hacia Andy.
–Dios te bendiga por haber venido, Andy. No sé qué hacer con él. Está en su despacho, y creo
que está bebiendo como un cosaco. Ha aguantado hasta ahora, pero desde que se marchó la gente
parece haber enloquecido. No quiere comer y me arrojó la bandeja al suelo cuando se la llevé. Si no
fuera tan grande le daría una tunda por comportarse de un modo tan odioso. ¿Hablarás con él?, por
favor.
Andy miró con inquietud la puerta del despacho de Lyon.
–No creo que sea capaz de mejorar su estado de ánimo, Gracie. Soy la última persona que desea
ver.
–Yo tengo mi propia opinión sobre eso. Creo que se comporta así porque te marchaste.
Andy se volvió asombrada.
–Acaba de perder a su padre, Gracie.
–Hace un año que lo esperaba. Se siente mal, sin duda, pero no es normal que un hombre se lo
tome así. Está enfermo del alma, y no es sólo por la muerte del general. –Le temblaba el labio
inferior.
Andy le dio un abrazo.
–Lo siento, Gracie. Sé cuánto lo querías.
–Es cierto, y lo echaré de menos. Pero me alegro de que ya no sufra. Por favor, ve a ver a Lyon.
Por él es por quien más sufro.
Andy dejó su bolso y la autorización sin firmar sobre la mesa del vestíbulo.
–¿Dices que está bebiendo y no quiere comer?
–No ha probado bocado desde... ya ni me acuerdo.
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está justificado –musitó–. Pero no te encierres aquí dejando que tus heridas se emponzoñen. Vales
demasiado.
–¿Qué yo valgo? –repuso Lyon con una amarga risita–. Jerri no lo creía así. Me fue infiel
incluso antes de marcharse.
–Robert también lo fue.
Lyon levantó la cabeza y la miró con los ojos inyectados de sangre. Después se pasó las manos
por la cara, desencajando momentáneamente sus rudas pareo atractivas facciones. Cuando recuperó
su aspecto normal, cogió la botella. Andy contuvo la respiración, y al punto suspiró lentamente
cuando él tapó la botella y la guardó en el cajón del escritorio.
Con gesto contrito, dijo:
–Pásame el pollo.
Andy relajó la tensión y le pasó la bandeja. Lyon rió.
–Aquí hay comida para un batallón.
Gracie dijo que hacía mucho que no comías. Pensó que estarías hambriento.
–¿Me acompañas?
–Sólo hay un plato.
–Podemos compartirlo.
Gracie casi deja caer la taza de café al levantarse de golpe de la mesa de la cocina cuando Andy
entró con la bandeja vacía.
–¿Cómo está? –preguntó Gracie.
–Ahíto –sonrió Andy–. Yo comí un poco, pero él ha acabado con todo. Quiere algo de beber.
Café no. Creo que con un poco de esfuerzo lograré que duerma un rato.
–Prepararé té frío.
–Sí, eso estará bien, Gracie. –Vaciló un momento y añadió–: Quisiera pedirte un favor.
–Lo que quieras, después de lo que has hecho por Lyon.
–Llama al Haven in the Hills y deja un mensaje para el señor Trapper. No quiero que se lo des a
él, porque se enfadará y tú no mereces sus excesos verbales. El mensaje es que por la mañana tendrá
lo que está esperando.
–Por la mañana tendrá lo que está esperando –repitió Gracie.
–Exacto. –No pensaba mencionar la autorización a Lyon ahora, ya que él estaba de buen humor
ahora. No haría nada que pusiera en peligro la confianza que él había depositado en ella–. Más vale
que le digas al guardia que la puerta que bajo ninguna circunstancia deje entrar a nadie hoy.
–De acuerdo –dijo Gracie
–Creo que eso es todo. Con un poco de suerte, Lyon se dormirá enseguida.
–Gracias, Andy. Sabía que eras lo que Lyon necesitaba.
Andy asintió en silencio. Poco después se llevó la bandeja con una jarra de té y dos vasos altos
al despacho. Lyon ya no estaba sentado en la mesa, sino echado en el sofá de piel con los ojos
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cerrados. Tenía las manos dobladas a la cintura. Iba en mangas de camisa. El chaleco, la chaqueta y
la corbata estaban tirados sobre una silla.
Andy se acercó silenciosamente. Estaba a poca distancia cuando él abrió los ojos.
–Pensé que dormía.
–Sólo descansaba.
–¿Te apetece una taza de té helado?
–Sí.
–¿Azúcar?
–Dos. –Andy se estremeció– Supongo que eso significa que a ti te gusta sin azúcar.
–Me acordaba del jarabe que tuve que beber en el bar de Gabe. Al menos pone tres o cuatro
cucharadas en cada vaso.
–¿Por qué lo bebiste?
–Tenía que hacer algo mientras hacía acopio de valor para hablar contigo.
–¿Robert te engañaba? –El cambio de tema fue tan brusco que la cara de Andy expresó el
mismo asombro que cuando se había enterado, a través de un «amigo», de la infidelidad de su
marido.
–Sí.
Lyon suspiró y trazó dibujos en el helado cristal con la punta del dedo.
–Me he acostado con muchas mujeres y creo que la mayor parte de las veces fue divertido para
los dos. Pero nunca mientras estuve casado. El matrimonio exige absoluta fidelidad por parte de los
dos.
–Seguramente aprendiste eso de tu padre. Gracie dijo que incluso después de morir tu madre,
nunca se interesó por otras mujeres.
–La amó hasta... su propia muerte.
Aquellas palabras abrieron las compuertas y Lyon empezó a hablarle de sus padres, sobre todo
del padre que había amado y respetado.
–No era fácil ser hijo de una leyenda viva. A veces eso me hacía sentir mal. Todos esperaban
más de mí a causa de mi padre. El exilio que se impuso a sí mismo afectó a mi infancia. Por
ejemplo, nunca viajamos como una familia, nunca fuimos de vacaciones. Cuando me hice mayor,
me dejaba ir de viaje con amigos y sus familias.
Habló del funeral, del ataúd envuelto en la bandera, del presidente y su amabilidad.
–¿Eres simpatizante político suyo? –le preguntó Andy.
–No, en absoluto, pero es un hombre muy simpático. –Se rieron y él le preguntó sobre el
predecesor del actual presidente, a quien ella había entrevistado.
Andy comenzó a contarle acerca de la entrevista, pero al cabo de poco vio que él tenía los ojos
cerrados y que la cabeza le caía a un lado. Le quitó el vaso medio lleno de la mano y lo dejó sobre
la mesita de café. Esperó unos minutos hasta que su respiración se hizo profunda y regular, le puso
las manos en los hombros y le colocó la cabeza sobre su pecho, situándose a su lado en el sofá.
Lyon se removió en sueños para acomodarse a su lado. Andy dejó que su respiración le hiciera
cosquillas en la piel. Le pasó los dedos por el espeso cabello oscuro, y lo rizó como si fueran
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CAPÍTULO 10
–Te necesito. Tanto si me equivoco como si no, tanto si tiene sentido como si no, te necesito,
Andy.
Hundió los dedos en su pelo. Andy no se resistió cuando le desabrochó los botones del vestido,
ni cuando siguió con el sostén. Lyon hundió la cara en la hendidura que se formaba entre sus
exuberantes pechos y la besó ávidamente.
Aquel hombre habitualmente tan experto se mostraba ahora torpe e incompetente para encontrar
el cierre de su falda. Andy lo ayudó desprendiéndose de la prenda, y también de la ropa interior. Él
forcejeó con la cremallera de los pantalones, con prisa y ansiedad.
La penetró sin preámbulos, pero el cuerpo de Andy estaba preparado para recibirlo. Lo acogió
completa y estrechamente, guardándose la pena y el dolor dentro de sí misma. Con cada embestida
Lyon se vaciaba de amargura e insensibilidad. Andy lo aceptó. Si su cuerpo podía ofrecerle
consuelo, ella quería ser el remedio para su enfermedad espiritual. Su actitud no tenía nada que ver
con el sexo, sino con el amor. Y cuando él alcanzó el orgasmo, ella agradeció la oportunidad de
haberlo podido amar y ayudar incondicionalmente.
Luego, en silencio e inmóvil, lo sostuvo mientras dormía, con la cabeza amorosamente apoyada
en su hombro. Escuchó extasiada su respiración, mientras con los pechos absorbía los latidos de su
corazón.
De pronto Lyon levantó la cabeza y cuando vio las lágrimas que caían de aquellos ojos dorados,
sintió una punzada de remordimiento.
–Dios mío, Andy, lo siento... –musitó meneando la cabeza. Se separó de ella y realizó unos
patosos y conmovedores intentos por arreglarle la ropa. Ella le apretó la cabeza contra su pecho y le
peinó el pelo hacia atrás–. No sé qué me ha ocurrido. Ni siquiera te he besado antes de... Soy un
cabrón. Te he hecho llorar. Debes de sentirte como si te hubieran violado. Dios mío, cuánto lo
siento... –dijo casi llorando.
Andy le tomó la cara entre las manos.
–Te equivocas, amor mío. Mira, lloro porque estoy contenta de que me necesitaras.
–Te necesitaba y te necesito. No puedo creer que después de lo ocurrido esto sea lo que
necesitaba, lo que quiero.
Andy sonrió tiernamente y le acarició las oscuras cejas.
–Has estado obsesionado con la idea de la muerte. Creo que necesitabas saber que todavía
estabas vivo. Celebrar la vida.
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duro y caliente, se apretaba contra los riñones de Andy, pero él se contuvo lo bastante para
contemplar el esplendor de su desnudez.
Miraron juntos sus imágenes en el espejo. Lyon le puso la mano en el abdomen y la apretó
contra su ardiente virilidad. Con la otra mano le acarició los muslos, dejando promesas con las
puntas de los dedos.
–Me confundes, Andy Malone. Pareces un ángel pero eres una tentación al tacto. Los sonidos
que emites cuando te acaricio no son un coro celestial sino una canción lasciva. Oro y marfil,
pareces un ídolo frío e intocable, pero te fundes con el tacto. ¿Te adoro o te quiero?
–Hazme el amor. Por favor, Lyon, ahora... –Se dio la vuelta y dando la bienvenida a la
manifestación de su excitación, no dejó lugar a dudas sobre lo que quería de él. Lyon la cogió en
brazos y la llevó a la cama. La depositó dulcemente, fiel a la promesa que se había hecho de no
volver a poseerla con las prisas de la ocasión anterior. Se tumbó a su lado y cuando ella se acercó a
él, la detuvo poniéndole las manos en los hombros.
–Hay tiempo –le susurró antes de besarle el pecho y acariciarle los pezones amorosamente con
la boca. Su lengua pasó por el pezón haciéndola gemir de deseo. Tiró de él con los labios y lo
humedeció con la lengua.
–Por favor, Lyon...
–Nunca más volveré a ser egoísta contigo. Deja que te ame lenta y plenamente.
Las manos de Lyon se pasearon por todo su cuerpo al tiempo que la besaba como si tuviera un
mapa de todos su puntos erógenos. Con los labios descubrió la sensible piel del interior de sus
brazos, después bajó hasta los pechos y el estómago. Introdujo la lengua en su ombligo y se apoderó
de él. Después la barbilla, la nariz y la boca se acurrucaron contra ella con tanto cariño que Andy
sollozó del placer y el dolor de amarlo.
Una y otra vez Lyon la llevó al borde del clímax, pero siempre la mantuvo en ese límite, sin
dejar que cayera al otro lado. Finalmente, cuando los dos temblaban deseo, se puso encima de ella y
enterró su ardiente miembro en el dulce paraíso de su cuerpo.
La embistió suavemente, levantándole las caderas con las manos para alcanzar sus
profundidades. El acoplamiento de los cuerpos ea tan preciso y el ritmo de sus movimientos tan
sincronizado que más tarde se maravillarían de ello.
Sin dejar de pronunciar palabras de amor y adoración, Lyon la condujo al cielo del éxtasis más
sublime.
–Qué placer...
–Más adentro, Lyon, por favor...
–Creí que mentías cuando decías...
–No, nunca hubo nadie después de Robert...
–¿Y Lex?
–Nunca, Lyon. Te lo juro.
–Ah, Andy, cómo me gustas...
–A mí también. Nunca había sentido así antes.
–¿De verdad?
–Sí, nunca.
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–Bésame.
–¿Demasiado caliente?
–No.
–¿Demasiado fría?
–Está bien. ¿Dónde está el jabón? –preguntó Andy.
–Yo primero –dijo Lyon.
–No, yo primera.
Unas manos llenas de espuma fregaron un torso poblado de vello. Una boca ávida se lanzó a la
aventura. Unos dedos se posaron sobre una cintura.
–Andy.
–¿Sí?
–¿Qué pasa?
–Tengo miedo.
–¿De tocarme? ¿Por qué? Tócame, Andy.
Tímidamente, ella lo buscó y, haciendo acopio de valor, lo tocó. Luego, venciendo su timidez, le
cogió el miembro y empezó a frotárselo.
–Dios mío, Andy... –Le cubrió la mano con la suya–. Me encanta, sí, así... –La arrinconó contra
la húmeda pared de baldosas.
–Ahora te toca a ti –dijo Andy sin aliento.
Estaban en la cama, saciados, con las piernas y los brazos entrelazados. Perezosamente, Lyon
pasaba los dedos por la es palada de Andy, que tenía la nariz apoyada en el vello de su torso.
–¿Qué pensabas de mi padre, Andy?
–¿Por qué lo preguntas ahora?
Sintió que él se encogía de hombros.
–No lo sé. Supongo que porque siempre le preocupó lo que los demás pensaban de él, lo que
dirían de él los libros de historia.
–Era un gran hombre, Lyon. Cuanto más leo sobre él, más lo admiro como soldado. Pero no
creo que lo recuerde por eso. Siempre pensaré en él como un anciano que quería a su hijo, que
echaba de menos a la esposa que había perdido hacía tiempo, que respetaba a los demás, que
valoraba su intimidad. ¿Me equivoco?
–En absoluto. –Se levantó para erguirse hasta apoyar la espalda en el cabezal. Levantó una
rodilla y tiró de Andy hacia arriba para que se apoyara en su costado.
–Lex tenía razón, ¿sabes? –musitó.
Andy levantó la cabeza y lo miró con expresión solemne.
–¿Sobre qué, Lyon? –No quería saberlo, pero tenía que preguntarlo porque él quería contárselo.
–Sobre que había una razón para que mi padre se recluyera, sobre que había un secreto tras el
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A la mañana siguiente, Andy se estaba poniendo los pendientes frente al espejo de cuerpo
entero. La imagen que le devolvía le recordó la noche anterior, cuando Lyon la había hecho
experimentar el supremo placer erótico. Le tembló ligeramente la mano y no reconoció la expresión
embelesada de su cara. Nunca la había visto antes.
La noche pasada podría haber sido un sueño, si no fuera por los vívidos recuerdos que quedaban
en su cuerpo. Tenía los pechos ligeramente irritados por la barba de tres días de Lyon. Los pezones
le hormigueaban por el recuerdo de sus labios y su lengua. Sentía un escozor en la entrepierna cada
vez que recordaba cómo el cuerpo de Lyon se había acoplado al suyo.
Andy había gozado como nunca con la lujuria de amar y saber que su amor era correspondido.
Cada vez que su amor se consumaba, era algo más que una unión fisiológica, también era la fusión
de dos espíritus. La maestría con que Lyon la había conducido había despertado fogosamente su
sensualidad femenina, una faceta que no sabía que estaba ahí por descubrir. Pero ésa era sólo una de
las razones por las que lo amaba. Lo amaba por entero, incluso su vulnerabilidad ante el dolor, y
desde luego su fortaleza y su humor. Hasta amaba el mal genio que había visto desatarse en
ocasiones.
Lyon. Amaba a Lyon.
Poco después de despertarse, Lyon se había ido a su habitación para vestirse. Le había llevado la
maleta del coche antes de entrar en su propio dormitorio. Mientras se vestía, Andy pensó en cómo
pedirle que firmara la autorización y en contarle la decisión que había tomado justo antes de
dormirse entre sus brazos. No sabía qué les depararía el futuro, no habían hablado de ello; la noche
anterior habían vivido sólo para el presente. Pero pasara lo que pasara entre ellos – y ahora ya no
podía imaginar un futuro sin él–, sabía que su vida cambiaría de dirección. No podía continuar así.
Hasta haber tomado esa decisión, no se había dado cuenta de que existencia cohibida y limitada
llevaba. Ahora se sentía libre, liberada.
Oyó los pasos presurosos de Lyon en la escalera y atribuyó su prisa al mismo impulso que hacía
que su propio corazón se acelerara. Se inspeccionó rápidamente por última vez en el espejo y se dio
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Andy se dejó caer lentamente en la cama. Miró la cara que la amenazaba desde arriba,
intentando identificarla con la que había compartido la almohada con ella. ¿Aquella boca que
escupía tan terribles acusaciones era la misma que le susurraba dulces palabras después de hacer el
amor?
–Vine para pedirte que firmaras la autorización –dijo inexpresivamente–. Lex estaba negociando
la venta de las cintas a una cadena de televisión. Yo quiero que todo el país vea esas entrevistas,
Lyon. Quiero que la gente conozca a tu padre, porque lo quise, tal como era antes de morir. Pero
nada más. Nunca tuve intención de revelar el secreto que me confiaste.
–¿Ah, no? Gracie dice que ayer le pediste que llamara a Lex al hotel y le dejara el mensaje de
que por la mañana tendría lo que quería.
Aquellas palabras, pronunciadas inocentemente, ahora se volvían contra ella como dardos
envenenados.
–Me refería a la autorización. La venta no podía cerrarse hasta que la hubiese obtenido. Lex se
puso furioso cuando se enteró de que no la tenía. Me insistió en que viniera, pero yo no quise
hacerlo hasta después del funeral.
–Muy digno por tu parte.
–No me crees –musitó Andy quedamente. Pero sintió rabia de que sospechara de ella después de
la noche pasada, y empezó a hablar más alto: ¿Crees realmente que he planeado esto para que me
contaras lo de tu padre?
–Teniendo en cuenta mi estado de ánimo, creo que me viste crédulo y charlatán. Quizá no sabías
lo que diría, pero estabas dispuesta a intentarlo una vez más. Bueno, felicidades. Has conseguido
más de lo que esperabas. Ahora tus entrevistas valdrán el doble. Serán un auténtico espaldarazo
para tu carrera. Así que sal de mi casa y corre a contarle a Lex tu historia.
–Por supuesto que saldré de tu casa, pero no por la razón que crees. No quiero pasar ni un
momento más con un hombre que no tiene ni idea de lo que significa ser un hombre. Tu padre
podría habértelo contado. Él sabía lo que era la compasión, la comprensión, el perdón. Una vez me
acusaste de ser una mujer fría y encerrada en una concha. Mírate a ti, Lyon.
Éste abrió la boca para refutarla, pero ella no le dejó.
–Dices que te dolía el retiro autoimpuesto por tu padre, que no lo comprendías. Pero estas
paredes que lo mantenían apartado del resto del mundo no son nada comparadas con los muros que
tú has levantado alrededor de tu corazón. Tu prisión es mucho más opresiva que la suya. Ten. –
abrió la maleta y sacó la bolsa de lona–. Ten tus malditas cintas. Quémalas, tíralas en tu precioso río
o entiérralas en el bosque. Me da lo mismo. No quiero volver a verlas nunca más. –le lanzó la bolsa
a los pies–. Espero que te den algo de felicidad.
Casi sin cerrar la maleta ni colgarse el bolso, Andy salió por la puerta.
CAPÍTULO 11
Lex Trapper era conocido por tener un genio acorde con su pelo rojo. Nadie conseguía
engañarle. Sus ojos azules tenían el poder de helar y su lengua el de herir. Sólo un idiota o un mártir
lo provocaría deliberadamente.
Andy no se consideraba ninguna de esas cosas. No sentía nada, sólo un distanciamiento
desolado cuando dijo con calma:
–He dejado las cintas a Lyon en el rancho. Si quieres habla con él para que te las devuelva, pero
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–No –repuso con calma, y miró fijamente la mano que le estrujaba el brazo, que se relajó
lentamente y la soltó Andy lo miró a la cara–. No, Lex, nunca ha habido un gran secreto. Tal vez
por eso perdí interés en el proyecto. Tú te lanzaste sobre la yugular, yo no. Tú ves a la gente como
reportajes potenciales para dar impulso a tu carrera. Yo misma empezaba a pensar así, y no me
gustaba a mí misma. Ahora veo a las personas como seres humanos, con flaquezas humanas y el
derecho a mantenerlas en privado.
Se puso de puntillas para besarlo en la mejilla.
–Te quiero. Has sido un buen amigo y espero que sigas siéndolo. Pero no quiero verte durante
una temporada. Adiós.
Salió de la habitación y se metió en su coche. Ya había puesto en marcha el motor cuando él se
asomó a la puerta.
–Andy –llamó, ¿adónde vas? –Tenía un aire derrotado que ella nunca le había visto. Le
compadeció, pero ya había tomado una decisión y pensaba mantenerla.
Cuando contestó, lo hizo con voz vacilante y grave:
–No lo sé.
En primer lugar fue a San Antonio y se inscribió en el Palacio de Río, situado en el famoso
paseo del Río. En la recepción cogió algunos folletos. Le parecía maravilloso poder pasar una
semana en el anonimato. Buscaría algún sitio para tumbarse en una playa, comer bien y holgazanear
hasta que tuviera ganas de volver a casa y poner orden a su vida. ¿México? ¿El caribe?
¿Qué más daba el lugar?
A largo plazo seguiría estando sola. No sólo había perdido a Lyon, sino también un amigo y el
trabajo. Nunca en su vida había tenido aquella sensación de desorden. Había leído en alguna parte
que la propia personalidad maduraba en las épocas de adversidad, no en las de estabilidad. Si era
así, su personalidad se desarrollaría vertiginosamente.
Venció el deseo de quedarse sola en su habitación de hotel y se obligó a ponerse un vestido de
algodón y retocarse el maquillaje. Salió del hotel y, siguiendo la ribera del río, anduvo por el paseo
hasta que encontró un pequeño restaurante donde tomar una solitaria cena.
Muchos de los hombres que pasaron cerca de su mesa la miraron con admiración, pero ella evitó
sus ojos de un modo que daba a entender un irrevocable «no». Algunos la miraban intentando
recordar de dónde la conocían. –Andy ya estaba acostumbrada a eso– y otros la reconocían
inmediatamente. A menudo Andy se preguntaba en qué momento la reconocían; tal vez no hasta
que volvieran a verla en la televisión. Entonces se llevarían las manos a la cabeza y exclamarían:
«¡Claro, Andy Malone! Era ella.»
Mezcló la ensalada, pero sólo comió las porciones de melón. La hamburguesa con queso que
había pedido era gruesa y jugosa, pero le recordó la que Lyon había pedido en el restaurante de
Gabe, y apenas si pudo tragar el primer bocado. Además no estaba lo bastante hecha para su gusto,
o al menos ésa fue la excusa que se puso para dejarla prácticamente intacta en el plato.
Después abandonó el restaurante y deambuló por el paseo, que estaba repleto de viandantes y
turistas. ¿Cómo llenaría las largas horas de la noche? Se detuvo a escuchar un grupo de mariachis.
Luego compró un helado, pero no pudo acabarlo y lo tiró en una papelera. Se paró ante una galería
de arte, pero le faltó interés para entrar y contemplar las obras expuestas.
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Una de las barcas que llevaban cuarenta o más turistas en una excursión de media hora por el río
estaba apunto de zarpar del muelle. Compró un billete y un joven con una camisa descolorida y un
llamativo cinturón mejicano la ayudó a subir.
–Siéntese en la parte delantera, por favor –le dijo con tono monótono.
Andy se sentó en un duro banco de madera y miró el río San Antonio. Había luces de colores,
discretamente situadas entre la exuberante maleza, por toda la orilla del paseo, y se reflejaban como
cintas ondulantes en la superficie del agua. No prestó atención a los demás pasajeros que
embarcaban excepto a una pequeña de dos años con trenzas rubias que se sentó a su lado.
Andy sonrió a los jóvenes padres de la niña. Ella era bonita y él llevaba una cámara colgada del
cuello. Una familia joven y atractiva de excursión. Las implicaciones de esto le resultaron
dolorosas.
Se giró ligeramente cuando oyó que el motor se ponía en marcha, pero se volvió bruscamente al
ver al último pasajero que subía a bordo. El corazón se le disparó y giró la cabeza rápidamente para
mirar el agua sin verla. Oyó las suaves protestas de las personas a las que importunaba en su avance
hacia la proa de la barca.
–Señor, señor, no queda sitio en la parte delantera –le dijo el chico–. Tome asiento aquí detrás
por favor.
–No soy buen marinero. No quisiera vomitar sobre nadie. –repuso una voz grave y áspera.
Andy oyó el movimiento de pies cuando la gente hizo sitio para aquel grosero pasajero que
insistía en sentarse en la proa.
La barca salió del puerto. Una brisa fresca rozaba las encendidas mejillas de Andy con el avance
de la barca por el agua. El río gozaba de la sombra de los enormes cedros y las pacanas.
–A su izquierda pueden ver el anfiteatro donde... –salmodió monótonamente el joven piloto.
–Hola –dijo Lyon. sólo las personas más cercanas se distrajeron del monólogo del guía–. Hola –
repitió, en vista de que Andy mantenía la cabeza decididamente vuelta en dirección contraria.
Pero al final se volvió. Lyon estaba sentado al otro lado del pasillo, embutido entre tres señoras
de un grupo de jubilados y un par de aviadores de la cercana base de la Fuerza Aérea.
–Hola –contestó gélidamente y se volvió de nuevo.
–Se dice que los árboles son más viejos que el Álamo... –continuaba el guía.
–Dispensa, ¿estás con alguien?
La boca de Andy se abrió con incredulidad y lo miró. Lyon se dirigió a las señoras de pelo
azulado, que lo miraban cautelosamente. Rechazó esta posibilidad.
–¿Conoces a esta señora? –preguntó Lyon a la niña, que negó con la cabeza mientras su madre
le pasaba la mano protectoramente por los hombros. Mirando a los dos aviadores, preguntó–: ¿Está
con ustedes?
–No señor –contestaron a coro.
–Bien –dijo Lyon, sonriéndoles–. No querría molestar a nadie metiéndome en su territorio.
Andy miró alrededor con desesperación, viendo que varias personas habían desviado su atención
del escenario panorámico a lo largo del río para observar el numerito que estaba ofreciendo Lyon.
Andy lo miró fijamente, pero él prosiguió:
–Es una mujer preciosa, ¿no les parece?
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Los aviadores miraron a Andy, después a Lyon, y finalmente afirmaron con la cabeza.
–Estás loco –musitó Andy.
Las tres mujeres de pelo azulado los miraban con los labios apretados en virtuosa indignación.
–¿Qué hace sola una mujer tan bella? –preguntó Lyon a los aviadores–. ¿No les parece que
tienen una figura imponente?.
Los aviadores asintieron con una mirada lasciva. Incómoda, Andy cruzó las piernas.
–Desde luego que es una belleza –dijo uno de ellos a Lyon, cuyas cejas negras como el azabache
estuvieron a punto de fruncirse, pero se reprimió a tiempo.
Se dirigió a Andy.
–Por supuesto. –Ahora hablaba sólo para ella, y con cierto tono de intimidad. Le estudió la cara
con los ojos grises–. Es preciosa pero no creo que sepa lo que siento por ella.
–Pe-cio-sa –repitió la niña apoyando una mano pegajosa en la rodilla de Andy.
–¿Quieres pasar la noche conmigo, preciosa? –preguntó Lyon bajito, mirando sus perplejos ojos
dorados.
–¿Harry? –dijo la madre con tono preocupado.
–Ignóralo –dijo el padre.
–Bien dicho –dijo el primer aviador.
–Lo mismo digo, chico –dijo el segundo.
Las tres ancianas se quedaron sin habla.
El guía había dejado de intentar interesa a los pasajeros por el paisaje de San Antonio en vista de
la escena que se desarrollaba a bordo. Todas las cabezas estaban vueltas hacia la parte delantera del
barco.
Andy se puso de pie en el estrecho pasillo en un fútil intento de escapar. Lyon se levantó
también. Los separaban sólo unos centímetros.
–¿Por qué haces esto? –preguntó ella en un susurro de reproche.
–Quiero que estés conmigo, Andy. Si eso significa comprar una emisora de televisión o instalar
una en el rancho, o lo que haga falta para que te quedes conmigo, lo haré.
–¿Por qué? ¿Por qué quieres ahora que esté contigo?
–Porque te quiero.
–Eso lo dijiste anoche pero esta mañana querías asesinarme, cuando pensabas que contaría lo de
tu padre.
–¿Harry? –dijo de nuevo la madre con voz aterrada.
–Mira los patitos –dijo el padre a la niña, que estaba fascinada con aquella escena que le parecía
mejor que la televisión.
–Fue un reflejo condicionado, Andy. Después de lo que me hizo Jerri ya no confiaba en las
mujeres. Ya no me gustaban. Las utilizaba, sí, pero no me gustaban. ¿Puedes imaginar la
conmoción que representó para mí darme cuenta de que te amaba? Gracie me echó un buen sermón
por mi estupidez.
–Me gustaría saber quienes son Gracie y Jerri –dijo un aviador.
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–Eres un bruto –murmuró Andy con la cara oculta en su cálido hombro–. Me dará miedo salir en
público contigo.
–¿Cómo es eso? –Se estiró a su lado, entrelazando sus piernas con las de ella.
–Siempre que estamos en público me haces pasar un mal rato. Primero en lo de Gabe cuando le
dijiste que me llevara cierta parte de mi anatomía de vuelta a Nashville y...
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–Una deliciosa parte de tu anatomía, quisiera añadir –dijo Lyon, acariciando la suave curva de
sus caderas.
–Después aquella noche en el río, delante de aquellos estudiantes. Y ahora esta noche. ¿Qué
mosca te ha picado?
–Me pareció más seguro. Me dio miedo de que me rechazaras si te lo pedía amablemente y en
privado.
–Te habría dado una bofetada,
–Pero no lo hiciste. Creo que en el fondo tienes alma de lagarta. –Antes de que ella pudiera
replicar, la besó con ardor.
Andy se acurrucó contra él, excitada con el contacto de sus cuerpos. Se le escapó una risita.
–Estaba pensando en lo que me dijo Gabe Sanders de ti.
–¿Qué dijo?
–Que lo más probable era que hicieras lo que te diera la gana.
–¿Eso dijo? –murmuró él, preparando los labios para otro largo beso.
Habían vuelto a la habitación de su hotel tan pronto como consiguieron deshacerse de los
curiosos que desembarcaron con ellos, y habían hecho el amor hasta saciarse. Ahora disfrutaban del
merecido descanso.
–Andy, te quiero. No me dejes nunca. Cásate conmigo.
–Yo también te quiero, Lyon. No te dejaré nunca. Y sí, me casaré contigo.
–¿Quieres tener niños?
–Un hombre me dijo una vez que era una lástima que no hubiese tenido niños todavía.
Lyon sonrió y le tomó la cara entre las manos.
–Te quiero tal como eres.
–Hace una semana creías que no valía mucho como mujer.
–Siempre he pensado que vales más que ninguna. Pero no quería que lo supieras. Me dabas
miedo.
–¿Miedo? ¿Por qué?
–Porque yo estaba muy seguro de todo, pensaba que mi vida era tal como yo quería que fuera,
apartada de todos. No quería compromisos ni responsabilidades, ni que nadie me amara, porque eso
significaría amar yo también, y no quería arriesgarme. –Le rozó la frente con un dedo–. Cuando
llegaste fue como si retiraras todos mis pilares de apoyo. Te quise poseer desde el primer momento.
Deseo carnal, pura y simplemente. Después cuando vi cómo te comportabas con papá y lo
vulnerable que parecías aquel día que nos pilló la lluvia, empecé a enamorarme de ti. Intenté odiarte
por haberme reducido a ese estado tan miserable, pero no pude. Cuando ya te había echado para
siempre, recuperé la razón. Tenía que seguirte, y rezar para que me aceptaras.
–Te acepto. Ahora y siempre –dijo Andy con labios temblorosos–. Antes de conocerte había
perdido toda esperanza de compartir mi vida con un hombre a quien amara.; estaba convencida de
que había terminado mi carrera, sin hogar, sin familia... Quiero compartir tu vida, Lyon, ser tu
compañera para siempre.
–Lo de la emisora de televisión, lo decía en serio. Quiero que sigas trabajando, me parece bien.
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Lo pensaré como algo complementario. Puede que lo eche de menos dentro de un tiempo.
–Eres demasiado buena para dejarlo por completo. A pesar de mis celos, reconozco tu
profesionalidad y lo que vales.
–Gracias por decirlo. Pero espero que nunca dejes de pensar en mí como mujer.
–Puedes estar segura.
–¿Cómo diste conmigo? –preguntó Andy mientras se desperezaba.
–Llamé a Telex y pregunté por tu pariente más próximo. Me dieron el teléfono de tu madre.
Llamé, me presenté educadamente como su futuro yerno, pero que había perdido a la novia. Ella me
dijo que habías llamado desde aquí y pensabas irte a México y que debía darme prisa si quería
encontrarte. Me parece que quiere verte casada,
–Creo que esa conversación con mi madre... Oh, Lyon, eres muy hábil para cambiar de tema.
La mano de Lyon jugaba amorosamente con sus pechos. Con un pulgar malicioso le rozó el
pezón y observó cómo se endurecía. Sintió una tentación irresistible y lo tocó con la lengua.
–Sabes maravillosamente –dijo. La repentina avidez que lo embargó hablaba más que sus
palabras. Andy se dejó llevar por sus dulces y húmedos labios.
Se estrechó contra él.
–Lyon...
En ese momento sonó el teléfono, y ella dio un respingo.
Andy alargó la mano.
–No contestes.
–Tengo que contestar, Lyon. No puedo dejarlo sonar.
Lyon gimió de frustración, pero no le impidió descolgar el auricular.
–¿Sí?
–Hola, cariño, ¿qué haces?
–¡Lex! –exclamó Andy, sorprendida por aquella intempestiva llamada de su viejo amigo. Lyon,
por el contrario, no parecía sorprendido, siguió acariciándole el vientre con los labios–. ¿Ocurre
algo?
–¿No te he dicho mil veces que no contestes a una pregunta con otra pregunta? No has
aprendido nada en todos estos años. Oh, Señor... –suspiró resignadamente–. Escucha. No he podido
localizar a Lyon y te llamo para que le pases el mensaje. Supongo que lo verás pronto.
Andy miró la cabeza de Lyon, que hacía constantes progresos por su cuerpo, dejando amorosos
mordisqueos a lo largo de su ruta.
–¿Qué...? –Se aclaró la garganta. Lyon le estaba mordiendo la cadera–. ¿Qué mensaje?
–Dile que ha sido un acto verdaderamente generoso de su parte mandar esas jodidas cintas a la
cadena de televisión. Falsificó mi nombre en la carta, pero se lo perdono. Gracias a eso me han
ofrecido un trabajo. Dentro de dos semanas tendré un despacho con vistas a la polucionada Nueva
York, cariño.
–¿Ha hecho eso? –preguntó Andy con tono estridente. Hundió los dedos en la cabeza de Lyon
intentando apartarlo de su entrepierna, pero él se negó a desistir–. ¿Qué puso en la carta falsificada?
–¿Qué te pasa, Andy? ¿Te encuentras bien? Tu voz suena un poco rara.
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