Mis cuentos de Princesas para soñar: Cuentos clásicos y modernos de princesas
Por Rebecca Abe y Marion Durczok
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Este eBook recopila conocidos cuentos clásicos ilustrados de los hermanos Grimm y Hans Christian Andersen, así como varios cuentos modernos sobre atrevidas princesas. Los quince maravillosos relatos que encontrarás rebosan fantasía e invitan a los pequeños de más de cuatro años a escuchar, leer y soñar.
- Contiene un manual de la buena princesa: diez reglas para las princesas de hoy
- Magníficas ilustraciones
- Para niñas y niños mayores de 5 años
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Mis cuentos de Princesas para soñar - Rebecca Abe
MENZEL
El rey rana
En aquellos remotos tiempos en los que bastaba desear una cosa para tenerla, vivía un rey cuyas hijas eran muy hermosas, especialmente la menor. Ésta era tan preciosa que el propio Sol se maravillaba cada vez que brillaba en su dulce rostro.
Cerca del palacio real se extendía un enorme y oscuro bosque, y en él, bajo un viejo tilo, se hallaba un profundo pozo. Cuando el día era especialmente caluroso, la hija menor del rey iba al bosque y se sentaba al borde del pozo en busca del fresco y se ensimismaba contemplando su profundidad. Cuando se aburría, jugaba con una bola de oro, lanzándola al aire y recogiéndola una y otra vez. Ése era su juego favorito, y podía pasarse horas disfrutando con él. En una ocasión, la bola de oro de la pequeña princesa no fue a parar a sus manos sino que cayó al suelo, rebotó y fue a parar dentro del pozo. La hija del rey la siguió con la mirada, pero la bola desapareció. El pozo era tan profundo que ni siquiera se podía ver el fondo. Entonces, empezó a llorar amargamente. Y mientras se lamentaba, una voz le preguntó:
—¿Qué te sucede princesa? Lloras de tal modo que hasta una piedra sentiría compasión por ti.
La princesa miró a su alrededor, buscando la procedencia de aquella voz, y descubrió a una rana que asomaba su horrible y verde cabeza fuera del agua.
—¡Ah! Eres tú, vieja reina del chapoteo —dijo—. Lloro por mi bola de oro, que se me ha caído al pozo.
—Cálmate y no llores —contestó la rana inmediatamente—. Puedo ayudarte, pero… ¿qué me darás a cambio si te traigo de vuelta tu juguete?
—Lo que quieras, querida rana —dijo la princesa—. Mis vestidos, mis valiosas perlas y mis piedras preciosas, incluso mi corona de oro. Te lo daré todo.
La rana contestó:
—No me gustan ni tus vestidos ni tus perlas ni tus piedras preciosas ni tu corona de oro, pero si estás dispuesta a quererme, a que sea tu amigo y compañero de juego, y dejas que me siente contigo a la mesa, que coma de tu plato de oro y que beba de tu vaso, y también que duerma en tu cama… Si me prometes todo eso, ahora mismo bucearé dentro del pozo, cogeré tu bola de oro y te la traeré.
—¡Oh sí! —dijo ella—. Te prometo todo lo que quieras con tal de que me traigas de vuelta la bola de oro.
—Pero pensó para sí: «¡Esta rana ingenua no sabe lo que dice! Una rana, que está todo el día en el agua, croando, ¿cómo puede ser amiga y compañera de juegos de una persona?».
La rana, sin embargo, una vez obtuvo la promesa de la princesa, se zambulló en el agua.
Al cabo de un rato, la rana volvió a salir con la bola en la boca y la escupió en la hierba. La princesa estaba contentísima de haber recuperado su juguete, lo recogió y echó a correr.
—¡Espera, espera! —gritó la rana—. Me tienes que llevar contigo, yo no puedo correr tanto como tú. Pero no le sirvió de nada chillar «croac, croac» con todas sus fuerzas. La muchacha no sólo le ignoró, sino que se apresuró a volver a su casa y pronto se olvidó de la rana, que no tuvo más remedio que volver a zambullirse en el pozo.
Al día siguiente, mientras estaba sentada a la mesa, se oyó un «plis, plas, plis, plas» de algo que se arrastraba por la escalera de mármol. Y cuando llegó arriba, llamó a la puerta y dijo en voz alta:
—Princesa, la menor de todas, ábreme.
Cuando abrió la puerta, se encontró a la rana, así que dio un portazo y volvió a sentarse a la mesa.
El rey le dijo inmediatamente:
—Querida hijita, ¿por qué temes abrir la puerta? ¿Acaso hay un gigante? Entonces, la princesa se lo contó todo a su padre.
Mientras tanto, la rana llamó por segunda vez y gritó:
—Ábreme. ¿Acaso no te acuerdas de lo que me dijiste ayer?
Entonces, el rey dijo:
—Debes cumplir tu palabra, ve y ábrele la puerta.
Cuando abrió la puerta a la rana, ésta entró, empezó a dar brincos hasta que se sentó en su silla y gritó:
—Ponme a tu lado.
Ella vaciló, hasta que finalmente el rey se lo ordenó.
Cuando la rana se hubo sentado en la silla, quiso subir a la mesa, y cuando lo logró dijo:
—Ahora, acércame tu plato de oro para que podamos comer juntas.
La niña lo hizo, pero de muy mala gana. La rana lo degustaba todo con mucho apetito, mientras que a la princesa se le atragantaban todos los bocados. Miraba asustada a la rana y temía por lo que aún tendría que sufrir por su culpa. Finalmente, la rana dijo:
—He comido hasta quedar saciada y ahora estoy cansada. Llévame a tu habitación y arregla tu cama con sábanas de seda: dormiremos juntas.
La hija del rey comenzó a llorar amargamente. Tenía miedo de la fría rana, a la que ni se atrevía a tocar, y, sin embargo, dormiría en su bonita y limpia cama. Pero el rey se puso furioso y dijo:
—No debes despreciar a quien te ayudó.
Así que la princesa, con cara de asco, agarró a la rana con dos dedos, la llevó a su dormitorio y la dejó en una esquina. Tenía todas sus esperanzas puestas en no tener que compartir su cama con ella.
Pero cuando ya estaba acostada, la rana se acercó hasta donde estaba la princesa y dijo:
—Estoy cansada y quiero dormir tan cómodamente como tú. Súbeme o se lo diré a tu padre.
Entonces ella se puso furiosa, agarró a la rana y la arrojó contra la pared.
—Ahora podrás descansar ¡rana asquerosa!
Pero en cuanto la rana cayó al suelo, dejó de ser rana y se transformó en un príncipe de bellos y cálidos ojos. La hija del rey, sin embargo,