La Llorona Del Viernes Santo
La Llorona Del Viernes Santo
La Llorona Del Viernes Santo
Existía en Lima hasta hace cincuenta años una asociación de mujeres todas
garabateadas de arrugas y más pilongas que piojo de pobre, cuyo oficio era gimotear
y echar lagrimones como garbanzos. ¡Vaya una profesión perra y barrabasada! Lo
particular es que toda socia era vieja como el pecado, fea como un chisme y con
pespuntes de bruja y rufiana. En España dábanlas el nombre de plañidoras; pero en 1
estos reinos del Perú se las bautizó con el de doloridas o lloronas.
No bien fallecía prójimo que dejase hacienda con qué pagar un decente funeral,
cuando el albacea y deudos se echaban por esas calles en busca de la llorona de más
fama, la cual se encargaba de contratar a las comadres que la habían de acompañar.
El estipendio, según reza un añejo centón que he consultado, era de cuatro pesos
para la plañidera en jefe y dos para cada subalterna. Y cuando los dolientes
echándola de rumbosos añadían algunos realejos sobre el precio de tarifa, entonces
las doloridas estaban también obligadas a hacer algo de extraordinario, y este algo
era acompañar el llanto con patatuses, convulsiones epilépticas y repelones. Ellas,
en unión de los llamados pobres de hacha que concurrían con un cirio en la mano,
esperaban a la puerta del templo la entrada y salida del cadáver para dar rienda
suelta a su aflicción de contrabando.
Dígase lo que se quiera en contra de ellas; pero lo que yo sostengo es que ganaban
la plata en conciencia. Habíalas tan adiestradas que no parece sino que llevaban
dentro del cuerpo un almacén de lágrimas; tanto eran éstas bien fingidas, merced al
expediente de pasarse por los ojos los dedos untados en zumo de ajos y cebollas.
Con frecuencia, así habían conocido ellas al difunto como al moro Muza, y mentían
que era un contento exaltando entre ayes y congojas las cualidades del muerto.
-¡Ay, ay! ¡Tan generoso y caritativo! -y el que iba en el cajón había sido usurero nada
menos.
¡Ay, ay! ¡Tan valiente y animoso! -y el infeliz había liado los bártulos por
consecuencia del mal de espanto que le ocasionaron los duendes y las penas.
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-¡Ay, ay! ¡Tan honrado y buen cristiano! -y el difunto había sido, por sus picardías y
por lo encallecida que traía la conciencia, digno de morir en alto puesto, es decir, en
la horca. Y por este tono eran las jeremiadas.
No concluía aquí la misión de las lloronas. Quedaba aún el rabo por desollar; esto es,
la ceremonia de recibir el duelo en casa del difunto durante treinta noches.
Enlutábanse con cortinajes negros la sala y cuadra, alumbrándolas con un fanal o
guardabrisa cubierta por un tul que escasamente dejaba adivinar la luz, o bien
encendían una palomilla de aceite que despedía algo como amago de claridad, pero
que realmente no servía sino para hacer más terrífica la lobreguez. Desde las siete
de la noche los amigos del finado entraban silenciosos en la sala y tomaban asiento
sin proferir palabra. Un duelo era en buen romance una congregación de mudos.
La cuadra era el cuartel general de las faldas y de las pulgas. Las amigas incitaban a
los varones en no mover sus labios, lo cual, bien mirado, debía ser ruda penitencia
para las hijas de Eva. Sólo a las lloronas les era lícito sonarse con estrépito y lanzar
de rato en rato un ¡ay Jesús! o un suspiro cavernoso, que parecía queja del otro
mundo.
Escenas ridículas acontecían en los duelos. Un travieso, por ejemplo, largaba media
docena de ratoncillos en la cuadra, y entonces se armaba una de gritos, carreras,
chillidos y pataletas. Por fortuna, con las campanadas de las ocho terminaba la
recepción: aquí eran los apuros entre las mujeres. Ninguna quería ser la primera en
levantarse. Llamábase este acto romper el chivato.
Cuando la familia regresaba de dar el pésame, por supuesto que ponían sobre el
tapete a la viuda y a la concurrencia, y cortaban las muchachas, con la tijera que Dios
les dio, unos sayos primorosos. Lo que es la abuela o alguna tía, a quienes el
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romadizo había impedido ir a cumplir con la viuda, preguntaban:
-Ella había de ser, ¡la muy sin vergüenza! ¡Ya se ve..., una mujer que tiene coraje para
llamarse Estatira!...
Por más que cavilo no acierto a darme cuenta del porqué de esta murmuración.
¡Caramba! Supongo que una visita no ha de ser eterna, y que alguien ha de dar
ejemplo en lo de tomar el camino de la puerta, y que no hay ofensa a Dios ni al
prójimo en llamarse Estatira.
Sólo en el fallecimiento de los niños no tenían las lloronas misión que desempeñar.
¡Ya se ve! ¡Angelitos al cielo!
Pero entre todas las plañidoras había una que era la categoría, el non plus ultra del
género, y que sólo se dignaba asistir a entierro de virrey, de obispos o personajes
muy encumbrados. Distinguíase con el título de la llorona del Viernes Santo. El
pueblo la llamaba con otro nombre que, por no ruborizar a nuestras lectoras,
dejamos en el fondo del tintero.
Así se decía: «El entierro de don Fulano ha estado de lo bueno lo mejor. ¡Con decirte,
niña, que hasta la llorona del Viernes Santo estuvo en la puerta de la iglesia!».
Para mí sólo hay una profanación superior a ésta, y es la que anualmente se realiza
en las grandes ciudades con el paseo o romería que en noviembre se emprende al
cementerio. La vanidad de los vivos y no el dolor de los deudos es quien ese día
adorna las tumbas con flores, cintas y coronas emblemáticas. «¿Qué se diría de
nosotros? -dicen los cariñosos parientes-. Es preciso que los demás vean que
gastamos lujo». Y encontré vanidad hasta en la muerte, dice el más sabio de los
libros.
El verdadero dolor huye del bullicio. Ir de paseo al cementerio el día de finados por
ver y hacerse ver, por aquello de «¿adónde vas, Vicente?, adonde va toda la gente»,
como se va a la plaza de toros; por novelería y por matar tiempo, es cometer el más
repugnante y estúpido de los sacrilegios.
Pero en esta procesión todo era severidad, a la vez que lujo y grandeza. La
aristocracia no dio cabida nunca a las lloronas, dejando ese adorno para la popular
procesión de los mercenarios. El arzobispo don Bartolomé María de las Heras no
había gozado de esas mojigangas; y el primer año, que fue el de 1807, en que asistió
a la procesión hizo, a media calle, detener las andas, ordenando que se retirase
aquella mujer escandalosa que, sin respeto a la santidad del día, osaba pronunciar
palabrotas inmundas.
¿Creerán ustedes que el pueblo se arremolinó para impedirlo? Pues así como suena.
¡No faltaba más que deslucir la procesión eliminando de ella a la llorona!
El sagaz arzobispo se sonrió y, acatando la voluntad del pueblo, mandó que siguiese
su curso la procesión; pero en el año siguiente prohibió con toda entereza a los
mercenarios semejante profanación.
En cuanto a las plañidoras de entierros, ellas pelecharon por algunos años más.
Como se ve por este ligero cuadro, si había en Lima oficio productivo era el de las
lloronas. Pero vino la Patria con todo su cortejo de impiedades, y desde entonces da
grima morirse; pues lleva uno al mudar de barrio la certidumbre de que no lo han
de llorar en regla. A las lloronas las hemos reemplazado con algo peor si cabe..., con
las necrologías de los periódicos.