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Filosofia

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1-El origen del universo.

Es una pregunta que ha inquietado desde siempre al ser humano


y que la filosofía la retoma. Da lugar a la Cosmología, a partir de reflexionar sobre el origen
y la transformación del universo, tratando de encontrarle un sentido. Entiende el universo
como una totalidad que trata de abarcar todo lo que existe, aunque nunca podremos saberlo
todo.

Al pretender responder por su origen nace la inquietud de si es posible que de la nada


pueda llegarse a que exista el universo. Ya en la antigüedad griega, Aristóteles suponía que
mediante transformaciones se pasó desde un estado de cosas donde nada existía hasta un
estado donde todo empezó a existir. Pero en esto hay contradicciones. ¿Cómo se convierte
lo que no existe en algo que existe? ¿No es un sinsentido afirmar que pueden ocurrir
cambios en algo que no existe?

La respuesta a estas inquietudes permite que la reflexión sobre el origen (y en algo sobre el
sentido) del universo tome dos caminos: la cosmología creacionista y la cosmología
cientificista. La primera no acepta que las cosas empiecen de la nada, sino que prefiere
afirmar que desde siempre han existido, pero en un sentido diferente a lo que llamamos
universo. Ese tipo de existencia es eterna, por lo que no hay que preguntarse por su origen,
y se llama DIOS.

La segunda, es decir, la visión cientificista, trata de encontrar una causa o acontecimiento con
el que haya empezado a existir en universo. Una respuesta la propuso G. Gamow en 1948,
afirmando la gran explosión (big bang) de la materia hace 15 mil millones de años –pero no
explica de donde vino la materia-. Se reemplazó por las ideas de A. Guth, quien en 1981
propuso la teoría del universo inflacionario, o condensación de unas partículas básicas de
la materia. Sin embargo, tampoco explica de dónde aparecieron esas partículas originarias.

COSMOVISION EN LA ANTIGÜEDAD

Si observamos el cielo en una noche clara de verano, y lo hacemos atentamente durante un


tiempo prolongado, apreciamos que todas las estrellas se mueven al unísono alrededor del
mismo eje, como si formaran parte de una estructura que las obligara a dar vueltas
completadas cada día. Si solo nos dejáramos guiar por los sentidos, es evidente que
pensaríamos (como pensaron los griegos) que la Tierra no se mueve, sino que lo que se
mueve es toda la bóveda celeste a nuestro alrededor.
Por otro lado, si contrastamos esa regularidad de la bóveda celeste con la diversidad y
variabilidad que observamos en la Tierra, tal vez podremos entender por qué los primeros
filósofos llegaron a pensar que la Tierra y los cielos eran mundos diferentes, con
características también diferentes.
La Tierra
El lugar que habitamos fue motivo de reflexión por parte de los primeros pensadores, quienes
trataron de encontrar justificaciones racionales acerca de la diversidad que perciben nuestros
sentidos.
Los primeros filósofos de la naturaleza estaban en parte convencidos de que la diversidad
de sustancias oculta una explicación sencilla: todas ellas deben proceder de la transformación
de uno o de varios elementos, que pueden ser considerados los principios de la realidad.
Así, fueron surgiendo diversas teorías. Los filósofos de Mileto, por ejemplo, coincidieron en
considerar que las sustancias derivaban de un único principio natural, denominado arché.
Todas las cosas provendrían de sucesivas transformaciones de este principio. Pero estos
filósofos propusieron diferentes principios: por ejemplo, Tales, considerado el primero filósofo,
afirmó que era el agua, mientras que Anaxímenes señaló el aire como arché. Empédocles,
por otro lado, afirmó que todas las cosas se forman a partir de la mezcla de cuatro elementos:
tierra, agua, aire y fuego. Lo que varía en cada sustancia es tan solo la concentración que hay
de cada uno de ellos.
Con respecto a la forma de la Tierra, la información que nos aportan los sentidos hizo creer a
los primeros filósofos que ésta era plana y que se encontraba rodeada por el océano. Pero no
tardaron en aparecer escuelas y comunidades, como la pitagórica, que ya en el siglo V a. C.,
aproximadamente, habían deducido que la Tierra era esférica gracias a una serie de
observaciones. Por ejemplo, que al alejarse un barco de la costa lo primero que dejamos de
ver es el casco y lo último las velas, lo cual solo puede explicarse si la Tierra es esférica.
Además, los eclipses lunares permitían comprobar que la sombra que proyecta la Tierra sobre
la Luna tiene un contorno circular.

El cielo
Una explicación de los cielos acorde con las concepciones culturales y religiosas de los
griegos debía cumplir estas características:
● El movimiento de los cuerpos celestes debe ser circular, pues este es el movimiento más
perfecto y, por lo tanto, el que corresponde a seres divinos como los astros.
● Se ha de considerar que la Tierra está inmóvil en el centro del universo, pues es lo que la
observación cotidiana parece mostrar (parece que nosotros permanecemos estáticos y que el
universo está organizado en torno a nosotros)
● El universo se entiende como limitado, en el extremo más alejado de la Tierra, por la esfera
de las estrellas fijas (como una bóveda o cúpula en la que se encuentran incrustadas las
estrellas.
Esta imagen del mundo es la más apropiada si hacemos caso a nuestros sentidos, pues
vemos moverse el Sol, la Luna y las estrellas, y nada parece indicar que es la propia Tierra la
que se está moviendo.
Sin embargo, esta concepción conllevaba algunos problemas. El más grave es el
llamado “problema de Platón” por el historiador de la ciencia Gerald Holton
(Introducción a los conceptos y teorías de las ciencias físicas):
Se cuenta que Platón (siglo IV a. de C.) planteaba el problema a sus alumnos en estos
términos: Las estrellas -consideradas como eternas, divinas e inmutables- se mueven
alrededor de la Tierra dando una vuelta por día como puede verse, y según la trayectoria de
mayor perfección, el círculo. Pero hay algunos cuerpos celestes que, si los observamos
durante un año, aparecen como errando, casi en desorden, por el cielo, recorriendo
trayectorias anuales de una irregularidad desconcertante. Estos son los planetas.
Seguramente deben moverse “realmente” de algún modo, según círculos ordenados o
combinaciones de círculos. Tomando este movimiento circular como axioma, ¿cómo podemos
interpretar las observaciones del movimiento planetario o, usando la frase contemporánea,
“salvar las apariencias”? El importante problema de Platón puede plantearse como sigue:
“Determinar qué clases de movimientos (circulares) uniformes y ordenados deben asignarse
a cada uno de los planetas para explicar sus trayectorias anuales aparentemente irregulares”.
Fue un discípulo de Platón llamado Eudoxo (408-355 a. C.) quien buscó una solución a este
problema: construyó un sistema de esferas concéntricas rotatorias que daba cuenta de
muchas de las características observadas de los cielos: la teoría de las esferas
homocéntricas. Se trataba de un complejo sistema de 27 esferas con un centro común que
coincidía con el centro de la Tierra (por eso se llaman esferas homocéntricas). Estas esferas
eran cristalinas y transparentes, se encontraban concatenadas unas dentro de otras, como si
se tratara de muñecas rusas y, además, cada una de ellas se movía sobre sí misma con un
eje de rotación diferente. El movimiento de cada planeta era el resultado de su vinculación
con grupos de cuatro esferas, cuyos movimientos rotatorios se superponían en el propio
planeta, dando como resultado los aparentemente azarosos y erráticos movimientos
planetarios. Así, un movimiento complejo trató de ser explicado con la suma de varios
movimientos simples. Y con ampliaciones y algunas modificaciones este modelo fue adoptado
por otros personajes posteriores, entre los que destacó Aristóteles, lo que convirtió a la teoría
homocéntrica en la visión filosófica sobre la forma general del Universo por casi dos milenios.

Las aportaciones de la astronomía


Ptolomeo
A pesar del carácter sólido del sistema aristotélico, los astrónomos se encontraron con
observaciones sobre la posición de los planetas que no eran compatibles con la idea de que
los movimientos celestes fueran circulares y regulares. Para poder mantener estas ideas, se
fueron proponiendo modelos matemáticos que solventaran cada problema concreto. No se
pretendía que estas soluciones fueran reales, sino simplemente que facilitaran la predicción
de los fenómenos astronómicos (constituyendo, así, una visión instrumentalista de la ciencia).
El más importante astrónomo de la antigüedad fue Ptolomeo, que escribió una obra titulada
Sintaxis matemática (conocida por el nombre Almagesto), la cual recoge tanto aportaciones
originales como aportaciones de otros científicos. Uno de los principales problemas a los que
se enfrentaba la teoría geocéntrica aristotélica era el de la órbita de Marte ya que su trayectoria
dibuja una especie de bucle. Este movimiento no se podía explicar desde el modelo
aristotélico. Por esa razón, Ptolomeo afirma que la órbita de Marte y, por extensión, la del
resto de los planetas, es el resultado de la combinación de dos movimientos: uno a través de
una línea circular imaginaria alrededor de la Tierra llamada deferente; otro, en un círculo más
pequeño, llamado epiciclo, cuyo centro sería la deferente.

Implicaciones filosóficas
Las cosmovisiones son elaboradas por los seres humanos en busca de la verdad, ya sea para
conseguir sentirse más seguros, ya sea para buscar consuelo ante la incertidumbre, ya sea
por otras razones. En este sentido, las cosmovisiones se encuentran íntimamente
relacionadas con las visiones y creencias religiosas y filosóficas.
De este modelo aristotélico-ptolemaico podemos observar las siguientes implicaciones
filosóficas. La realidad está perfectamente ordenada ya que todo está organizado e integrado
en la totalidad del universo, cada parte tiene una finalidad, un sentido, dentro del conjunto.
Los seres cambian y se transforman no solo porque haya fuerzas externas que los impulsen,
sino, también, porque poseen un dinamismo interno: el movimiento es algo inherente a la
materia, unido a ella, no solo algo que viene desde fuera.
Por eso, la propia naturaleza de las cosas es lo que las impulsa a cambiar y desarrollarse. La
realidad es algo cognoscible, algo que podemos llegar a conocer: utilizando nuestra
inteligencia (nuestra razón), podemos comprender perfectamente el funcionamiento del
universo (ya que este funcionamiento se basa en relaciones de causalidad -todo tiene una
causa-, las cuales se dirigen a una finalidad, y esta finalidad es comprensible mediante la
observación y el pensamiento. La perspectiva es antropocéntrica: el ser humano se halla en
el centro del universo (la Tierra es única, inmóvil y situada en el centro) desde el cual
observamos el espectáculo de lo real.

La visión moderna del universo


A partir del siglo XVI comienza a gestarse la cosmovisión moderna, gracias a la contribución
de un grupo de científicos y astrónomos que protagonizan la llamada revolución científica. En
ese momento se van sentando las bases de la física clásica, caracterizada por servirse tanto
de la experimentación como del formalismo matemático. Surge una nueva física y visión del
mundo va tomando forma, se produce la “destrucción del cosmos” griego, superando la
distinción entre un mundo supra lunar (inalterable e incorruptible, de movimientos circulares)
y un mundo sublunar (con cambios constantes de todo tipo), sustituyéndola por un mundo sin
jerarquías.

Copérnico y el heliocentrismo
Nicolás Copérnico (1473-1543), en su obra Sobre las revoluciones de las esferas celestes (De
revolutionibus orbium coelestium) someterá el paradigma aristotélico-ptolemaico a una
profunda crítica. Inspirándose en la obra de Aristarco de Samos (310-230 a. C.), afirmó que
el Sol se encontraba en el centro del universo y que el resto de los planetas, incluida la Tierra,
giraba a su alrededor.
Esto es lo que se conoce como heliocentrismo. Copérnico planteará su argumento según el
modo establecido por Guillermo de Ockham (1280-1349): la explicación más sencilla -de
cualquier fenómeno- deberá ser la verdadera (conocido como la “navaja de Ockham”). Todo
el complejo sistema ptolemaico sería mucho más simple, explicativo y predictivo si la Tierra
dejara de ocupar su lugar preeminente y este fuera ocupado por el sol: modelo heliocéntrico
frente a modelo geocéntrico. El Sol estaría en el centro del universo. Todo lo demás, giraría a
su alrededor, incluido nuestro planeta (movimiento de traslación alrededor del Sol,
anualmente).
La Tierra, además, poseería otros dos tipos de movimiento, el de rotación sobre sí misma y el
de inclinación de su eje (como si se moviera igual que una peonza y provocará una leve
variación del ángulo de su rotación). No obstante, y pese al giro drástico que supuso su
concepción heliocéntrica sobre el universo -la Tierra tan solo sería un planeta más y el hombre
dejaría de ser el centro de la creación-, Copérnico sostuvo tesis que eran propias del anterior
paradigma como las referidas al movimiento circular de los planetas y a la finitud del universo.
Johannes Kepler (1571-1630), astrónomo y matemático alemán, aceptó el heliocentrismo,
pero aportó un apoyo matemático más firme que el de las tesis copernicanas. Al estudiar el
movimiento de Marte, concluyó que las órbitas de los planetas no eran perfectamente
circulares, sino que su trayectoria era elíptica, y que el Sol se encontraba en uno de los focos
de la elipse.
Esta evidencia constituye la primera de las tres leyes conocidas como leyes de Kepler. Las
tres leyes de Kepler acabaron con la creencia de que el movimiento de los planetas era
circular, por considerarse este el movimiento perfecto. Por otro lado, la fuerza que impulsaba
a los astros en el cosmos ya no era anímica (es decir, no respondía a un sentido metafísico o
moral), sino una fuerza puramente motriz proveniente del Sol, y podía explicarse enteramente
por las leyes de la matemática y la física, sin requerir otro tipo de explicación.
Ese modelo nuevo dará pie a la nueva representación del mundo: el universo-máquina, un
gran mecanismo regular y predecible, sin “alma”.

La nueva física
Galileo y Newton
Galileo Galilei (1564-1642), sabio renacentista nacido en Pisa, dedicó sus observaciones
empíricas mediante el uso del telescopio y su formalización matemática a demostrar las tesis
sostenidas por Copérnico. Sus observaciones astronómicas, especialmente de la Luna, y la
comprobación de que el satélite tiene la misma composición que la Tierra, significaron una
crítica demoledora de la doble composición del universo sostenida por Aristóteles.
Galileo estableció el principio de inercia, según el cual los cuerpos tienden a permanecer en
reposo o bien a velocidad uniforme a no ser que actúe sobre ellos una fuerza. De este principio
se deriva el fenómeno de la invarianza, que asegura que el reposo y el movimiento a velocidad
constante son equivalentes. Por esta razón, desde la Tierra no se percibe apenas ningún
efecto de su propio movimiento.
El principio de inercia también justificaba que los planetas no se movieran por el impulso de
un supuesto primer motor, sino porque no había ninguna fuerza que los frenara. La obra del
filósofo y matemático inglés Isaac Newton (1642-1727) y, en especial, su obra Principios
matemáticos de la Filosofía Natural, publicada en 1687, constituye la culminación de ese
proceso de revolución científica y cosmológica iniciada por Copérnico en 1543 con motivo de
la publicación de Las revoluciones de las esferas celestes.
Newton estableció que todos los cuerpos del universo son el origen de la fuerza de la
gravedad, y a su vez se ven afectados por ella (todos los cuerpos, por tener masa, se atraen
entre sí: en esto consistiría la gravedad).
La definió como una fuerza directamente proporcional al producto de sus masas e
inversamente proporcional al cuadrado de la distancia que separa sus centros de gravedad.
Se trataba de una ley que podía aplicarse tanto para la caída de una piedra como para
determinar el movimiento de los planetas, lo cual significaba que las mismas leyes regían en
todo el universo (así, se terminaba de superar la cosmovisión aristotélica, en tanto que
distinguía entre un mundo sublunar y otro supra lunar).
Implicaciones filosóficas
El paradigma newtoniano trastorna la cosmovisión aristotélica-ptolemaica. Newton y sus
predecesores nos ofrecen la imagen de un universo explicable mediante leyes, como un gran
reloj, y predecible en sus procesos ya que se comporta de una forma determinada. Además,
este universo deberá ser infinito, de lo contrario, todo su sistema gravitacional se colapsaría.
Este universo, en su grandeza, sitúa al hombre en un papel secundario, pues, en definitiva,
las leyes que explican su funcionamiento suponen, al mismo tiempo, que el universo no posee
finalidad alguna.
Si el universo no posee finalidad, ¿la tiene la existencia del ser humano? Todo esto afecta,
igualmente, al papel que Dios desempeña en este nuevo paradigma. Dios es el gran relojero
que ponen en marcha todo el sistema (mecanicismo) y, una vez hecho esto, su papel deja de
tener relevancia. El paradigma newtoniano -con un universo creado e infinito- no supone un
ateísmo, pero sí abre camino al agnosticismo.

La cosmovisión actual
El paradigma newtoniano se mantendrá vigente hasta los albores del siglo XX. El
replanteamiento será posible gracias al avance y el progreso científico que se manifestará,
fundamentalmente, en el desarrollo de la física cuántica y en las aportaciones de Albert
Einstein (1879-1955) con su teoría de la relatividad. Actualmente ambas teorías son
incompatibles entre sí, pero permiten entender, respectivamente, lo más grande y lo más
pequeño de nuestro mundo. Sin embargo, se sigue trabajando para lograr una teoría que sea
capaz de unificarlas.

Einstein y la teoría de la relatividad


Einstein publicó la teoría de la relatividad especial en 1905, la cual echaba por tierra las
convenciones de la física clásica ya que afirmaba que no existen un espacio y un tiempo
absolutos e independientes del sujeto que los experimenta. Espacio y tiempo son medidas
que obtiene un observador y que, entre otras variables, dependen de la velocidad a la que se
halle.
De esto se desprende un hecho tan sorprendente para el sentido común como que el tiempo
transcurre de manera diferente para dos observadores que viajan a distinta velocidad.
Además, a causa de esta relatividad de espacio y tiempo, para dar una descripción del
universo que sea válida para todos los observadores, hay que considerar que existe
interdependencia entre la dimensión temporal y la espacial, pues los cambios en una de ellas
afectan inevitablemente a la otra. Espacio y tiempo, pues, forman un continuo
cuatridimensional.
En 1915, Einstein generalizó esta teoría y publicó la teoría general de la relatividad, de la que
se derivan consecuencias revolucionarias para la cosmología y la comprensión del universo.
Lo más importante de la teoría de Einstein es que la masa de un cuerpo deforma el espacio-
tiempo a su alrededor. Así, en las proximidades de una gran masa (por ejemplo, la de una
estrella como el Sol), el espacio está más curvado y el tiempo transcurre más lentamente.
Aunque la tendencia natural de los planetas y, en general, la de todos los cuerpos celestes,
sea recorrer la distancia más corta entre dos puntos (lo que en física se conoce como
geodésica), si el espacio en el que se mueven está curvado, el planeta acabará trazando una
órbita a su alrededor. De este modo, la teoría de la relatividad explicaba los movimientos
orbitales de los planetas. Pero, además, se deducen de ella consecuencias imprevistas, como
que el universo se encuentra en un proceso de expansión (Edwin Hubble (1889-1953)
demostró que el universo se está expandiendo).

La física cuántica
Si la teoría de la relatividad revoluciona nuestra visión del mundo a gran escala (el
macrocosmos), la teoría cuántica hace lo propio con el mundo de lo infinitamente pequeño.
De los múltiples resultados de una teoría tan compleja como la cuántica, el que más impacto
filosófico produjo fue el denominado principio de indeterminación o incertidumbre de
Heisenberg. Según este principio, existen determinadas magnitudes microfísicas, como la
velocidad y la posición de una partícula subatómica, o la energía y el tiempo de la misma,
entre las que se dan lo que se llama relaciones de indeterminación o incertidumbre; es decir:
si tratamos de conocer (de medir) de modo preciso una de ellas, necesariamente la otra
magnitud se nos va a “escapar”.
Así, por ejemplo, no podemos conocer con exactitud y a la vez la velocidad y la posición de
una partícula, pues alguna de estas dos magnitudes fundamentales permanecerá
necesariamente indeterminada o incierta. Esto supone un límite infranqueable a nuestro
conocimiento de la realidad.
Con respecto a este problema se han propuesto dos interpretaciones. Se habla de principio
de incertidumbre si se quiere hacer hincapié en el componente subjetivo de la imprecisión:
somos nosotros, los humanos, los que, al medir interaccionamos con eso que estamos
midiendo y lo perturbamos y, por ello, parte de los resultados que obtenemos son inciertos,
probables, azarosos, pero la realidad misma es precisa. Lo que es impreciso e incierto es
nuestro conocimiento de la realidad. En el futuro recuperaremos la precisión y certidumbre
perdidas.
Se habla de principio de indeterminación -y es esta la interpretación física que ha prosperado-
si lo que se quiere señalar es que es la propia realidad la que es indeterminada (y no nuestro
conocimiento de ella): la raíz última de la realidad material, las partículas subatómicas, son
indeterminadas, imprecisas, azarosas, no nuestro conocimiento -objetivo- de ellas. Según
esta interpretación, la cuestión no es que estemos ante una incapacidad de nuestro
conocimiento o de nuestros instrumentos de medida, sino que nos encontramos ante un límite
de las cosas mismas, las cuales son, en el fondo y en cierta medida, indeterminadas.
Según esta interpretación, hay eventos que serán, por su naturaleza, radicalmente
imprevisibles, impredecibles. Las leyes de la nueva física no podrán ser ya deterministas,
como eran las de la física clásica, sino estadísticas, probabilísticas. Algunos autores han
entendido que la gran aportación de la física cuántica a nuestra cosmovisión contemporánea
es la apertura que se da a lo imprevisible, incalculable, impredecible: en suma, la apertura a
la libertad, frente al determinismo de la cosmovisión moderna.

Implicaciones filosóficas
Algunas de las implicaciones filosóficas de la nueva cosmovisión científica pueden ser las
siguientes:
Imposibilidad de separación sujeto-objeto: para observar algo hay que interaccionar con ello.
Cuando lo observado es suficientemente pequeño, esta interacción condiciona el resultado
del experimento. En este sentido, la física cuántica pone en entredicho la creencia (de
herencia griega) de que el mundo es una realidad objetiva que el ser humano puede llegar a
conocer.
Indeterminismo e imprevisibilidad: la física cuántica cuestiona la imagen determinista del
mundo: solo podríamos establecer leyes estadísticas que no predicen con exactitud el
resultado de una observación, sino tan solo calculan sus probabilidades.
Alejamiento respecto al sentido común: la nueva cosmovisión científica se distancia de
nuestras intuiciones y percepciones habituales, por lo que resulta poco comprensible para los
que no son expertos.
ACTIVIDADAD NUMERO 1
1- Realiza una explicación de cómo se percibe el universo en la edad antigua, teniendo en
cuenta las posturas presocráticas, Aristóteles y Platón
2- Consulta como era las cosmovisiones en la edad media teniendo en cuenta las implicaciones
filosóficas
3- Realiza un mapa conceptual explicando la visión moderna del origen del mundo.
4- Realiza un argumento explicando la siguiente idea:
“Si el universo no posee finalidad, ¿la tiene la existencia del ser humano? Todo esto afecta,
igualmente, al papel que Dios desempeña en este nuevo paradigma. Dios es el gran relojero
que ponen en marcha todo el sistema (mecanicismo) y, una vez hecho esto, su papel deja de
tener relevancia. El paradigma newtoniano -con un universo creado e infinito- no supone un
ateísmo, pero sí abre camino al agnosticismo.”
5- ¿Cuál son las implicaciones filosóficas del sistema actual con relación a la explicación del
origen del universo?
6- Realiza un cuadro comparativo en el cual resaltes las diferencias en cada una de las etapas
que buscan dar respuesta la pregunta sobre el origen del universo.
7- Exprese su opinión: ¿con cuál de las teorías se identifica? ¿Por qué?
8- ¿Qué sucedería si se demostrara tangiblemente el origen del universo? Piensa en varias
repercusiones…
9- ¿Por qué la filosofía se interesa por develar cuestiones que aun modo de ver sigue vigente?
10- Crea una criatura con el super poder de ayudar a los científicos a develar el misterio del
universo. ¿Cuál cualidad le atribuirías?

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