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Jimenez Iker - Encuentros O V N I - La Historia de Los Ovni en España

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IKER JIMÉNEZ

ENCUENTROS

La historia de los ovnis en España

MUNDO MÁGICO Y HETERODOXO


 

A Juan José Benítez, persona clave que un día fundió el periodismo de investigación
con la solitaria búsqueda del enigma ovni. Amigo que me ayudó hasta en los peores
momentos y culpable de mis ilusiones y andanzas desde niño. Por todo lo que te debo.

A todos los que, sea cual fuere su teoría, biografía y época han sentido en su interior
la llamada de este misterio.

A quienes los han visto.


Agradecimientos

Esta labor hubiese sido del todo imposible sin la participación de:

— David Cobo Castilla —Sykonexus—, quien compuso música ex profeso


para el CD que acompaña esta obra y me enseñó algunos trucos del cool edit.

— Carlos Cala Barroso, amigo y compañero de madrugada en Cadena SER,


que explicó magníficamente algunos informes para este proyecto.

— José Manuel García Bautistam, por su apoyo, informaciones y


asesoramiento informático constante.

— Mis buenos amigos José Antonio Fossati y Sebastián Vázquez, que en ese
lugar mágico llamado Sigüenza escucharon mi idea y la apoyaron de inmediato.

— Miguel Lázaro, de VMG, y José María Jiménez Montes, por darme vía
libre para utilizar sus magníficas composiciones.

— Roberto Sánchez y su equipo, por permitirme reivindicar cada


madrugada del domingo dignidad para historias como ésta.

Y sin la aportación de:

Francisco José Romero, Javier Sierra, Carmen Porter, Miguel y Bernardo


Rivavelarde, Francisco Contreras, Lorenzo Fernández, Fernando Jiménez del Oso,
Moisés Garrido, Ignacio Darnaude, Gonzalo Pérez Sarró, Enrique Echazarra, Luis
Álvarez, Marcelino Requejo, Joaquín Mateos Nogales, Mariano Fernández Urresti,
Enrique Muro, Julio Barroso, Pablo Torres, Francisco Minaya, Pedro Redón, José
Antonio Caravaca, Fernando Bustamante, Antonio Moya, Julio Marvizón, Vicente
J. Ballester Olmos, Bruno Cardeñosa, Roberto Pérez, Alfredo Resa, Pedro María
Fernández, Saturnino Mendoza, José Manuel Durán, José Lesta, Miguel Pedrero,
Jordi Oliveres y Félix Barroso. Gracias a todos
INTRODUCCIÓN
La historia de un niño

CADA UNO de los que investigamos y perseguimos a los ovnis —ya sea
por pasión, duda existencial o directo masoquismo— tenemos una historia oculta.
Una vivencia o cúmulo de ellas que nos empujaron al laberinto de la búsqueda de
respuestas y que a algunos, como al que esto suscribe, le hicieron echarse a las
carreteras con bastante inconsciencia y desde muy temprano. Quizás esas historias
que cada uno llevamos dentro sean tan o más importantes que todos los casos que
luego hemos investigado. A veces lo pienso. Yo, de momento, quiero despojarme
de ese pequeño secreto y compartirlo con ustedes. Porque sé que más de uno se
sentirá tremendamente identificado, como yo lo estuve en su día con lo que
escribieron otros. Como si en algunos escritos hubiese oculto un resorte, una
verdadera y enigmática cadena que viene de muy lejos y cuyo significado
desconozco.

Quién sabe —a veces me lo pregunto ante el ordenador o en la soledad del


automóvil en el regreso tras el viaje— si el verdadero misterio, lejos de medidas y
huellas, de fotos y expedientes que en el fondo no llegan a un fin concreto, es
precisamente tan sencillo como éste. Como la pasión y el ansia de libertad y
búsqueda que pueden imprimir a un niño en un determinado momento. Como el
chispazo de luz que se enciende en algunas almas en determinados instantes
cobrando forma de inquietud y de preguntas. De dudas y, en muchos casos, de
ansias irrefrenables de contar una verdad. Una verdad que, dicho sea de paso y
después de tantos miles de kilómetros, de entrevistas y de lecturas, no tengo del
todo clara. No sé qué se esconde tras el telón del ovni. Solo estoy seguro de una
cosa: existen y se recrean en interpretaciones de lo más absurdo con algún sentido
que, al menos a este humilde mortal, se le escapa. No sé si son extraterrestres. No
sé si son imágenes «de otro mundo» que pudieran estar en éste. Aunque lo
sospecho.

Con el tiempo y el peregrinar, uno, por fuerza, se vuelve cada vez más
escéptico. Se reducen las evidencias que antes se daban por inquebrantables. Se
frunce el ceño y las interrogantes internas —como una pelea a muerte entre quien
descubre o pierde una fe— se recrudecen cada día. Y, sin embargo, en los
momentos más difíciles, donde incluso se bordea la negación de todo este absurdo
incomprensible, aparece un destello de luz en forma de caso, de vivencia que
también el reportero palpa muy de cerca al llegar al lugar de los hechos. Entonces,
en algún punto, en algún lugar al que vas rápido y con el corazón saliéndote del
pecho, ves esos documentos que te estremecen. Ves esos ojos de personas que te
están diciendo una verdad imposible. Y hablas contigo mismo. Y sientes en lo más
profundo, con el latigazo de un escalofrío, que es absolutamente cierto lo que dicen
y lo que vieron.

Y así, solitario —cada día más— y errante, uno se va adentrando poco a


poco y sin atajos en el mayor de todos los enigmas. Y a veces sospechas, libre de
verdades absolutas y sumergido hasta el cuello en el desconocimiento más
profundo, que esto es un juego cruel. O el más maravilloso de los juegos
imaginables.

Apuntillando esta obra, en los últimos días he vuelto a contemplar las viejas
fotografías y los titulares de aquellos periódicos. Las caras y voces grabadas de
tantos casos clásicos. Me he quedado sentado, con cierta añoranza, con la música
en los cascos y con el archivo y el corazón abiertos de par en par. Y he vuelto a
sentirme como aquel niño. Con la misma carne de gallina. Con el mismo miedo
que te sobrepasa. Con la eterna pregunta de por qué demonios haces lo que haces
con el convencimiento y la tozudez de que algún día sabrás algo mientras el
mundo ordinario y funcional rueda ajeno y burlón.

Sé que para los ortodoxos del ovni —es curioso que los haya en todas las
materias heterodoxas por naturaleza— empezar un libro sobre un siglo de misterio
de este modo puede ser poco menos que una herejía anticientífica. Y así es.

Aquí está mi historia. La que tanto he recordado componiendo este libro.


Quizá también la de muchos otros que ahora me están leyendo.

LA ESPANTOSA VIVENCIA DE JEAN CLAUDE S.

El 5 de enero de 1976, hacia las 18 horas, un chico de diez años, Jean Claude S.,
jugaba con sus compañeros al lado de su casa. De repente oyó un largo silbido.
Dirigiendo su atención hacia el lugar de donde procedía el ruido, vio posado en el
suelo un aparato insólito, muy luminoso y en forma de cono, emitiendo
regularmente resplandores multicolores. Este objeto se servía de cinco pies para
apoyarse. Sin embargo, apenas el joven muchacho se dio cuenta de su presencia,
cuando una portezuela se abrió en un lado del aparato y de ella salió un hombre de
gran tamaño. Dicho “hombre” iba vestido con una especie de mono brillante y sus
largos cabellos rubios caían sobre sus espaldas. Descendió del aparato y se dirigió
al muchacho con los brazos extendidos. Lleno de pánico, Jean Claude S. marchó
corriendo, sin osar volverse, hasta su casa. De esta manera la observación quedó
interrumpida en este punto.

Foto 1.—Este es el descampado donde el ser se aproximó a Jean Claude S. Muy


lejos de Domené, en Vitoria, otro niño, también de diez años, se aterrorizaba con solo ver
esta foto. (Comisión Ouranos.)

No pude dormir. Oficialmente aquel día de finales de octubre de 1983, a


través de esas líneas escritas en un libro de un francés llamado Pierre Delval,
descubrí el asunto que nos ocupa. Y fue traumático. Me pasó, pensé, por leer lo que
no debía.

Para más inri, el desgraciado Jean Claude al día siguiente volvió a ver al
«ser», que se le acercó del mismo modo, con los brazos extendidos. Soñé unas
cuantas noches, imaginando el rostro de aquel hombre surgido de un cono de luz.
Imaginando el terror en aquel niño que no había sido tan rápido como sus amigos
y se había quedado allí paralizado por el miedo.
Lo que más me asustó, sin embargo, fue que la propia gendarmería francesa
había investigado el caso y adjuntaba las fotografías de un paraje de Domené —
para mí era el enclave más terrorífico del mundo en aquel momento— por donde
el misterioso individuo se había acercado a aquel pobre chaval de mi edad.

Pero había algo extraño. Aunque jamás me había interesado este tema,
empezaba a recordar, como en flashazos, otras historias que se entrelazaban en mi
memoria. Era como si aquella lectura hubiese descerrajado la caja de Pandora
oculta en mi cabeza de diez años.

AQUELLAS NOCHES EN EL MONTE

Por motivos de los viajes de negocio de mis padres pasaba temporadas en


casas de familiares. Esta era una de ellas. Mi tío Roberto guardaba con celo, en el
desván, una pequeña biblioteca de temas ocultos. Ocultos en el sentido metafórico
y físico por lo intrincado del escondrijo donde se ubicaban. Y aquella tarde en la
que no había ido al colegio por unas décimas de fiebre, oteaba un patio amplio que
se divisaba desde la ventana. Miraba al cielo. Y lo vi claro y misterioso. Ahora
mientras escribo, puedo ver ese cielo otra vez. Como si un horizonte grandioso, a
pesar del hormigón que lo rodeaba, se hubiese abierto repentinamente. Y sentí al
mismo tiempo un vacío inmenso de dudas que casi hacían daño y que sabía ya no
me iban a abandonar.

Había algo que podía con el terror. Era la necesidad de saber. Una
curiosidad que notaba subir por cada poro. Algo que, gracias a Dios, sigo sintiendo
cada vez que inicio una nueva aventura.

No me atrevía ni a salir de la habitación. Y era pleno día.

Por la noche, bajo el edredón, volví a pensar en Jean Claude S., el niño de mi
edad. ¿Qué habría sido de él? ¿Viviría? ¿Se sentiría aún tan aterrorizado como yo
al saber de su historia? ¿Habría superado aquel trauma o se convirtió en alguien
huidizo, solitario, marcado?

Demasiadas preguntas para aquel embrión de periodista que daba vueltas


en la cama sin ser consciente de que los ovnis se estaban mostrando por toda la
región como nunca antes lo habían hecho. Al mismo tiempo me venían a la mente
en ráfagas, a las puertas del sueño, algunas aventuras de hacía unos años.
Experiencias de un tiempo límite en el que el cerebro infantil selecciona fragmentos
y desestima otros. Ahora los comprendía mejor. Había uno de ellos que resurgía
con fuerza y claridad. Y me inquietaba comprobar cómo se hacía cada vez más
claro. Más diáfano. Como si entre aquella oscuridad del cuarto se fuese
desempolvando el archivo de todos mis recuerdos.

Veía a mi propio tío, aficionado desde siempre a estas temáticas, y veía a


mis padres y otros amigos. Tenía cara de preocupación y, entre las sombras,
señalaba a un lugar concreto. Eran finales de los setenta y yo debía contar con unos
seis años. En el norte, sin duda por la influencia de los reportajes periodísticos de J.
J. Benítez, había un clima de curiosidad generalizada por el misterio ovni que
calaba muy hondo en todas las capas sociales. Luego supe que hubo casos que
motivaron la idea de «salir al monte» simplemente con la idea de escrutar aquellos
cielos fríos y estrellados. De hacer guardia por las solitarias poblaciones de
Zumelzu, Trespuentes, Santa Cruz de Campezo o Armentia, con los focos de los
coches abriendo poco a poco los caminos dormidos. Eran experiencias que yo
había vivido allí, casi como un polizón que no se enteraba de nada y al que,
inconsciente, le divertía todo aquel movimiento.

Pero en algunas de esas rondas parte de mi familia se llevó un susto


inolvidable. Algo que solo muy de cuando en cuando hemos vuelto a recordar.
Unos pasos en el monte, unas luces formando un triángulo..., ecos de un tiempo
que siempre he intentado vislumbrar de nuevo exprimiendo la memoria y sin
conseguirlo del todo.

Solo hay una imagen clara: en plena oscuridad mi primo Roberto Pérez, mi
hermano mayor, me cogía por la espalda y me tiraba al suelo. En el cielo se veía
algo. Y todos decían: «¡Mirad allí!»

Eso no se olvida nunca.

Siempre he maldecido no haber vivido todos esos acontecimientos con algo


más de edad y cordura. El disco duro de mi cabeza falla, y en lo más profundo del
sistema, sin duda alguna, residen todo un racimo de vivencias que noto que han
influido en mis pasos posteriores.

Quizás algún día sepa por qué.

 
UNA REVELACIÓN

Mi tío Javier tenía un ático muy luminoso desde el que se veía el cielo. El
periódico estaba sobre la mesa de su despacho. Estaba solo y entré. Leí el titular.
Entonces volví a sentir aquello con la fuerza de un puñetazo en la boca del
estómago. Me quedé sin aire.

«Ayer cientos de vitorianos observaron un OVNI sobre la ciudad.» 

No sé si lloré en el balcón. Creo que sí. Sentía una extraña soledad. Acto
seguido, como en un impulso que nada en el mundo podría frenar, arranqué las
hojas cuadriculadas de mi viejo cuaderno Centauro en el que hacía los deberes. Y
convertí aquellos folios de redacciones y sumas de fracciones en un limpio, ufano y
voluntarioso cuaderno de campo. El primer lugar donde anotar lo que había
ocurrido en mi propia ciudad. Y escribí y escribí durante toda la tarde hasta que se
puso el sol. Pensé que aquello no podía ser una simple casualidad.

Pocos días después Roberto Pérez hijo me alargaba con una sonrisa otra
pieza clave para la vida de este reportero. Unos fascículos azules titulados El
mundo de los ovnis y un librito marrón con algo parecido a un «dos caballos», siendo
perseguido por un impresionante disco volante. Se titulaba 100.000 kilómetros tras
los ovnis.

Durante semanas creo que apenas hablé con nadie. Me encerré en aquella
información herética. Era como si definitivamente otro mundo se abriese ante mis
ojos. No había cumplido diez años y estaba seguro, completamente seguro, de que
esa sensación no me iba a abandonar nunca. Luego, con el tiempo, he conocido
cientos de investigadores y divulgadores del misterio. Y cientos de aficionados.
Veía en ellos diferentes motivaciones más o menos explicables. Afán de
notoriedad, afán de títulos inexistentes, afán de hacer algo distinto. Algunos, muy
buenos profesionales y buenos amigos. Excelentes personas muchas de ellas. Pero
ninguna tenía el espíritu del hombre que había firmado aquel libro. Yo no sabía si
los extraterrestres existían o no, si todos aquellos casos eran reales o no. Solo sabía
que aquel hombre y sus sentimientos eran verdad. Eran una verdad tan rotunda
que hacía daño. Aquel reportero se llamaba Juan José Benítez y perseguía a los
ovnis a lo largo y ancho de la Península a pecho descubierto y sin red.
Foto 2.—«Oleada ovni sobre Álava. Los ovnis se ven con frecuencia en
Álava. Los últimos seis días han sido razón de ello. Ovnis, apagones, destrozos
magnéticos, etc.» Así comenzaba mi primer escrito sobre los ovnis que se estaban dejando
ver en mi región.

Descubrí entre aquellas líneas que lo que más me emocionaba no eran los
casos en sí. Había algo más; un latido, un impulso que era el del propio, solitario,
errante y algo atormentado Juanjo. Y esa actitud no era pose como en otros. No era
estrategia como otros —los que no llegaban a esa verdad— le achacaban. Era algo
que iba más allá. Que solo muy adentro podía saberse en su esencia. Y aquel niño
la sentía tan fuerte que temblaba.

A los pocos días cogía una bicicleta de carreras y una libreta que aún
guardo y me iba a entrevistar a los diversos testigos de los casos que casualmente se
estaban produciendo por la zona. Cuando pedaleaba me sentía como creía debía
sentirse aquel Quijote con su Seat 124 azul que perseguía a los ovnis a través de sus
reportajes en La Gaceta del Norte.

Y resoplaba y me sentía tremendamente feliz. Y libre.

En aquellos momentos soñaba con conocerle algún día. Y con tener coche
para poder reventarlo a kilómetros en las carreteras en busca de tantas preguntas
para las que nadie tenía respuesta.

Recuerdo ahora —y no puedo evitar sonreír— la cara de algunos testigos de


casos que se incluyen en esta extensa obra. Es decir, incidentes que ya han pasado
a nuestra historia de la ufología. Se quedaban con la boca abierta al comprobar que
«el entrevistador» era un niño que casi no llegaba al sillín.

Hice mi primera «investigación» y volví a sentir lo mismo que el día que


descubrí la historia de Jean Claude S. Exactamente lo mismo. Sabía que aquella no
iba a ser la última. Y que nadie se interpondría en el deseo supremo se saber algo
más de este misterio. Y en poder contarlo.

Casi han pasado veinte años y ahora ese niño se dirige a todos ustedes para
mostrarles en este extenso dossier —un trabajo titánico que costó años— aquellos
casos que, por derecho propio, han construido nuestra apasionante, inimitable y
genuina historia ufológica. Incidentes que son fechas, datos, nombres y personas,
pero también miedos, alegrías, gritos y emociones inolvidables. En muchos de ellos
hubo aventuras vividas en primera persona y experiencias imposibles de borrar.
En otros bastó con mirar una vieja foto. Con adivinar un paraje o una expresión.
Esa expresión de los que de verdad han visto el misterio.

No sé si por fortuna o desgracia, a estas alturas de trayecto, las dudas de


aquel primer día continúan tan vivas como entonces. Pero a cambio de seguir con
esa falta de evidencias, la investigación de corazón me ha premiado con creces. Mi
rincón del alma donde se guardan los momentos dignos está repleto por haber
conocido a tanta gente limpia de espíritu y tantas sensaciones. Por tantos lugares
en los que contemplar el entorno, tantas letras maravillosas y tantos silencios en el
camino.

Ese es el verdadero y único tesoro de «el que busca»[*]. Ese que nadie puede
comprar ni vender. El que nunca te podrán arrebatar.

Ojalá entre alguno de estos doscientos cincuenta sucesos, entre alguna de


estas centenas de fotografías, otra persona encuentre a su «Jean Claude S.
particular» y llegue a sentir algo parecido que le impulse hacia delante. Sin rumbo
fijo y con pocas evidencias en su faltriquera, pero siempre hacia delante a la busca
de su propia esencia.

Entonces, inexorablemente, la historia, esta maravillosa historia, se


repetirá..., porque así parece estar escrito en algún lugar.

En Madrid, amaneciendo a las 7:32 del 6 de marzo de 2002.

* Iker significa en euskera «el que busca»; su raíz proviene de ikertzen,


«investigar» o «el que investiga». Conste que Pedro y María, cuando un 10 de
enero de 1973 me lo pusieron, lo ignoraban por completo. La noticia me la dio por
teléfono hace años un buen amigo del Diario Vasco. Entonces recordé cómo un
japonés, sobrevolando los desiertos de Perú en un viaje infernal, me confesó que en
su idioma también significaba algo así como «ir a por ello», una acción decidida. Y
me gustó.
CAPÍTULO 1

1947-1953
Ya están aquí

EL 24 DE JUNIO DE 1947 el norteamericano Kenneth Arnold avista desde


su avioneta nueve discos voladores sobre el monte Rainer, en el estado de
Washington. A partir de esta fecha, el término «platillo volante» se hace universal.
Hasta entonces, en la España de la posguerra las noticias sobre objetos volantes
desconocidos pasan inadvertidas para los medios de comunicación. Sin embargo,
en julio de 1947 dos periódicos regionales ofrecen una sensacional noticia: extraños
artefactos han sobrevolado la Península, dejando a su paso miles de interrogantes.
Tras este informe llegaron otros casos sorprendentes que causarían un gran
impacto social.

Había comenzado la era moderna de los ovnis en España.

DISCOS VOLANTES SOBRE LA PENÍNSULA

Balazote (Albacete) y Azpeitia (Guipúzcoa), julio de 1947

El periódico Albacete fue el primero en ofrecer información sobre un grupo


de vecinos que habían sido testigos del paso de un «platillo volante». Los hechos
ocurrieron en los primeros días de julio de 1947 en la comarca manchega de
Balazote (Albacete). Varios campesinos se dirigieron al diario tras observar el
vuelo «lento y silencioso» de un aparato oscuro, parecido a un «sombrero hongo»,
que atravesó a las siete de la tarde varias localidades cercanas. La noticia causó
gran expectación en toda la provincia, aunque jamás salieron a la luz los nombres
de los implicados en la extraña historia.
Foto 1.1.—Paraje de Balazote (Albacete) donde se produjo el primer avistamiento
en España de un «platillo volante». (L. Fernández.)

El ovni de Balazote era opaco y sin brillo, muy diferente al observado el día
15 en Azpeitia (Guipúzcoa). Allí fueron seis los testigos del paso de un disco muy
brillante que dejó una estela tras descender rápidamente hacia unos montes
cercanos. Cuando parecía que el objeto iba a tomar tierra, volvió a elevarse a gran
velocidad hacia el firmamento. Según aclararon las pesquisas efectuadas décadas
después por jóvenes y entusiastas ufólogos del lugar, el «platillo de Azpeitia»
emitió varios flashazos «que hicieron que todos los valles se iluminaran como si
fuera pleno día». Varios pescadores de Fuenterrabía también vieron esa noche
«una especie de disco volante que atravesaba el cielo a gran velocidad».
Manchegos y vascos fueron los primeros en denunciar la presencia de platillos
volantes en nuestros cielos, pero el fenómeno se iba a extender por todo el país.
Los sucesos más sorprendentes aún estaban por llegar.

 
Foto 1.2.—Varios rotativos publicaron la noticia del «platillo de Albacete».

LO VIO UN ESTUDIANTE

Montequinto (Sevilla), julio de 1947, 18:00 horas

José Villalobos Cuadra, joven estudiante de medicina, se encaminaba como


cada tarde a un campo de olivos cercano a la barriada de Montequinto, en el
término municipal de Dos Hermanas (Sevilla). La tranquilidad allí reinante
convertía el lugar en un rincón de estudio ideal para universitarios como José que,
inmerso en sus tareas, se aislaba del exterior.

Sin embargo, aquella calurosa tarde de verano algo cambió. Al alzar la vista
pudo observar frente a él, al otro lado de la carretera Sevilla-Utrera, un misterioso
objeto esférico de aspecto metálico rodeado de un anillo que sobrevolaba los olivos
emitiendo un insistente zumbido. El artefacto se encontraba a trescientos metros
del estudiante, realizando en su ascenso giros similares a los de un sacacorchos, en
sentido contrario a las agujas del reloj.
Foto 1.3.—El ovni de Montequinto (Sevilla) ascendió hacia los cielos en espiral.
(Ruesga.)

Al cabo de unos segundos, desapareció en dirección sureste sin dejar rastro


alguno en el lugar del avistamiento.

Años más tarde, José Villalobos declararía: «Después de mirarlo, continué


estudiando normalmente, pues me dije: “¡Otro platillo de los que habla la
prensa!”».

EL SUSTO LO LLEVÓ A LA TUMBA

Garganta la Olla (Cáceres), noviembre de 1947


 

Las gentes de la comarca de La Vera, en Garganta la Olla (Cáceres) se vieron


asediadas en los últimos días del año por una serie de fenómenos inexplicables que
les llenaron de inquietud y temor. Las visiones de luces surcando los cielos venían
repitiéndose desde hacía meses, pero fueron las experiencias de dos pastores,
Teodosio Gómez y José Pancho Campo, las más sorprendentes.

El primero de ellos aseguró haberse topado con un gigantesco ser cubierto


por negros ropajes en un solitario paraje conocido como La Tortiñosa. El presunto
humanoide avanzaba y se detenía al mismo tiempo que el testigo, actitud que
provocó el pánico del campesino extremeño, que finalmente optó por huir hacia el
pueblo para contar su tenebrosa vivencia y alertar a sus convecinos. La extraña
figura «como de mujer» sobrepasaba largamente los dos metros de altura.

Foto 1.4.—«Tenía patas como los chivos», dijo José Pancho Campo al referirse al
ser que le sorprendió en su cobertizo de Garganta la Olla (Cáceres) en noviembre de 1947.
(Iker Jiménez.)

Días después, José Pancho Campo se topó con un ser muy similar en la
entrada de un cobertizo existente en los montes que circundan el pueblo. Tras
observar durante unos instantes a la enigmática figura, comprobó que ésta tenía
unas extremidades parecidas a las patas de un chivo. El cabrero comenzó a chillar
hasta que la extraña aparición huyó del lugar con gran rapidez. El testigo enfermó
tras el encuentro; perdió la vitalidad y falleció quince años después de haber
padecido durante todo ese tiempo dolencias crónicas. Otros muchos vecinos de la
localidad, como Francisca Gómez, aseguraron haber visto también en aquella
época luces esféricas. Opina, como todos en el pueblo, que «José murió tras su
encuentro con el personaje de negro».

IBA A 1.800 POR HORA

Aeródromo de Villafría (Burgos), 29 de marzo de 1950, 12:00 horas

La torre de mando no había recibido la comunicación de la llegada de un


tráfico a esa hora, algo que extrañó visiblemente al sargento de transmisiones Ruiz
Gómez y a sus acompañantes, el capitán jefe de los servicios meteorológicos y el
oficial de teletipos. En el exterior se podía escuchar un fuerte silbido metálico que,
a medida que transcurrían los segundos, fue aumentando en intensidad. Todo
parecía indicar que un avión estaba iniciando la maniobra de aterrizaje.

Instantes más tarde, la sorpresa fue mayúscula. Frente a ellos se había


situado un objeto desconocido, de características semejantes a las modernas «alas
volantes». El artefacto continuó acercándose a la torre de mando hasta situarse
sobre la vertical de la misma. Tras realizar esta operación, viró en dirección este a
una velocidad vertiginosa. De hecho, los instrumentos del aeródromo pudieron
registrar que el objeto se desplazaba a casi 1.800 km/h., tres veces más rápido que
los cazas de la época, y a una altitud comprendida entre los 500 y los 1.000 m.
Fig. 1.5.—Los instrumentos del aeródromo registraron que el artefacto se
desplazaba a una velocidad de 1.800 km/h.

De este modo, quedó de manifiesto que lo observado aquel día de marzo en


el aeródromo de Villafría (Burgos) no había sido ningún aparato convencional
conocido. Este fue uno de los primeros informes que dieron lugar a la oleada de
avistamientos en todo el territorio español durante marzo y abril de 1950.

LOS «TIETES CÓSMICOS»

Villares del Saz (Cuenca), 1 de julio de 1953, 14:00 horas

Máximo Muñoz Hernáiz, pastor analfabeto de trece años, se encontraba en


un paraje a las afueras del pueblo conocido como La Islilla al cuidado de un grupo
de vacas. Un silbido muy agudo, semejante al «ruido de un globo grande al
desinflarse» alertó al muchacho. Tras darse la vuelta, descubrió algo parecido a
una «tinaja con cuatro patas» que había tomado tierra a un metro escaso del lugar
donde se encontraba. El artefacto, cuya superficie era grisácea, o tal vez
metalizada, tenía una altura aproximada de un metro y medio y una anchura de
unos treinta centímetros.

Máximo, realmente intrigado, se aproximó decidido al aparato, pero según


confesó a Jesús Sotos, redactor del diario conquense Ofensiva, tuvo que retroceder
porque «de la tinajeta se abrió una puerta en la parte de arriba y comenzaron a
salir tietes (hombrecillos o enanos)».

Foto 1.6.—Así vio el ilustrador del diario Ofensiva, Luis Roibal, el encuentro de
Villares del Saz (Cuenca).

Tres seres, de unos setenta centímetros de estatura, tez cetrina y ojos


rasgados, habían rodeado al pastorcillo. Según confesó el testigo, los tres
humanoides se comunicaban en un lenguaje extraño e incomprensible. Iban
vestidos con un mono azulado y llevaban una especie de visera chata. Uno de los
«tietes» se acercó hasta Máximo y le propinó una bofetada en la cara. Fue un toque
leve pero que le sirvió al testigo para comprobar que el ser «tenía la mano helada y
reluciente».

Tras permanecer unos segundos observando el paraje, los tres «tietes» «se
agarraron a una cosa que la tinaja llevaba arriba y, dando un “saltete”, se metieron
dentro». En ese instante, el testigo comprobó que llevaban una chapa redonda en el
brazo. A los pocos segundos, el ovni comenzó de nuevo a emitir el extraño silbido.
Presa del pánico, Máximo huyó hacia su domicilio viendo cómo la tinaja se elevaba
a gran velocidad, sin dejar ningún tipo de estela, hasta convertirse en un
minúsculo punto en el cielo.

HUELLAS Y FOTOGRAFÍAS

Según confesaron los padres del testigo, Amalia Hernáiz y Felipe Muñoz
Olivares, el muchacho llegó a su casa llorando y presa del histerismo. El padre se
presentó en La Islilla acompañado del jefe de puesto de la Guardia Civil. Ambos
pudieron comprobar que allí habían quedado grabadas varias pisadas «como de
niños» y cuatro huellas cuadradas de cinco centímetros de profundidad por dos y
medio de ancho.

Foto 1.7.—Los integrantes del campamento Cardenal Cisneros descubrieron


pequeñas pisadas y cuatro huellas en el lugar del aterrizaje.
Investigaciones posteriores revelaron un curioso dato. Ese mismo día, el
guardia civil Crescencio Atienza Martínez vio un objeto ovoidal y plateado
volando en las cercanías de Villares del Saz (Cuenca) a gran velocidad. Unos días
antes, concretamente el 26 de junio, varios testigos de la aldea de El Provencio, a
cincuenta kilómetros de Villares del Saz, observaron las evoluciones de un objeto
ovoidal con los bordes plateados que se desplazaba a gran velocidad hacia el norte,
en dirección a Villares. Uno de ellos, Manuel Carlos Ruiz Schick, logró obtener dos
fotografías del misterioso aparato.

Foto 1.8.—Manuel Carlos Ruiz Schick tomó dos fotografías de un objeto


resplandeciente y ovoidal que se dirigía en dirección a Villares del Saz (Cuenca). ¿Era la
tinaja que después aterrizó en La Islilla?
Años después se ha podido saber que Fernando García Aragón y el
reverendo Antonio Burnes, directores del campamento de flechas «Cardenal
Cisneros», ubicado en las cercanías, comprobaron la existencia de pequeñas
pisadas y marcas profundas en el terreno donde el pastor aseguró haber
presenciado el desembarco de los que bien podríamos denominar «tietes
cósmicos».
CAPÍTULO 2

1954-1956
Materiales de otros mundos

LOS PLATILLOS VOLANTES comenzaban a ser tema de tertulia en los


atardeceres de ciudades y pueblos españoles. En este período aflorará la
primigenia literatura sobre ovnis, que mezclaba las más extravagantes teorías. A
finales de 1954, la extraña odisea del enfermero Alberto Sanmartín y el hallazgo de
lo que parecía ser un objeto de otro mundo en plena Ciudad Universitaria de
Madrid constituirían auténticos acontecimientos sociales. El posterior
descubrimiento de extraños restos metálicos en Irún, tras la visión de un ovni y el
encuentro con tripulantes en diversos puntos del país, aportaron dosis de intriga
para convertir aquel lustro en un período especialmente convulso en nuestra
ufología.  

AUDAZ DESPEGUE EN LA CURVA DEL OBISPO

Órdenes (A Coruña), 1 de noviembre de 1954, 22:45 horas

Una inoportuna avería de la caja de cambios hizo que Gonzalo Rubinos


Ramos, chófer de la Jefatura Provincial del Movimiento, dejara el vehículo oficial a
un lado del sinuoso camino entre Santiago de Compostela y A Coruña conocido
como la Curva del Obispo. Comenzó a pasear por la cuneta esperando la llegada
de algún vehículo cuando percibió a los pocos segundos la presencia de una
luminosidad apagada que surgía de una vaguada a unos cuatrocientos metros de
distancia. Repentinamente, oyó un fortísimo zumbido al tiempo que la luz se hacía
más intensa. Los perros de algunas casas de campo cercanas empezaron a ladrar
inquietos, y el testigo decidió desandar su camino.
Fig. 2.1.—Croquis de lo sucedido en la Curva del Obispo, muy cerca de Órdenes (A
Coruña). (Dibujo de Rey Brea.)

Según confesó el asustado conductor al investigador gallego Óscar Rey,


«dentro de aquella luz había algo parecido a un gran bólido, algo como un quiosco
gigantesco que se elevaba emitiendo un sonido parecido al de un potentísimo
cohete». El objeto, de unos diez metros de diámetro, parecía flotar a ras de suelo y,
según confesó Rubinos, «su luminosidad plateada lo cegó todo hasta que se elevó
rápidamente hacia el cielo». El testigo, lleno de inquietud y sin apenas poder
sostenerse, corrió hacia el coche y cogió el rosario como eventual protección ante lo
que había visto. Fue encontrado por sus compañeros Rafael Carollo y Juan Pardo,
que acudían a remolcar el automóvil tras tener noticias de la avería. Posteriores
pesquisas de Óscar Rey descartaron la posibilidad de que lo observado por
Gonzalo Rubinos fuese provocado por algún cortocircuito en el tendido eléctrico o
en algún transformador cercano, tal como se sostuvo en un principio.

LA PIEDRA DE SANMARTÍN
Madrid, 17 de noviembre de 1954, 4:10 horas

Un repentino dolor de muelas despertó aquella madrugada a Alberto


Sanmartín Comes, enfermero de treinta y siete años que ejercía como ayudante en
el sanatorio madrileño de Las Flores. El extraño sistema utilizado por este hombre
para aliviar su molestia consistía en andar por las solitarias calles de la capital de
España. Era un remedio que ya había utilizado en otras ocasiones.

La larga caminata le fue llevando hasta los amplios descampados que


bordeaban la Ciudad Universitaria. Cuando ya se sentía mejor y se disponía a
regresar, vio a alguien que se encontraba inmóvil junto a la barandilla de un viejo
puente. Algo en aquel hombre sobrecogió a Sanmartín. Quizá su extraño atuendo,
una especie de uniforme «como el mono utilizado por los aviadores, de un color
gris oscuro, de una sola pieza y sin aberturas». Sus facciones eran finas, medía
aproximadamente 1,63 m de estatura y su lacio cabello rubio, casi albino, estaba
«peinado a lo paje».
Fig. 2.2.—El hombre del mono gris esperó a Sanmartín junto a un puente en los
descampados de la Ciudad Universitaria de Madrid.

El asustado enfermero comenzó a aproximarse a grandes pasos hacia aquel


ser que le contemplaba con enigmática sonrisa. Sanmartín, como si no fuera dueño
de su voluntad, se aproximó hasta situarse frente a él. En un rápido giro, el
humanoide fue resbalando por el terraplén que se encontraba bajo el puente para
acercarse a un pequeño artefacto oscuro de unos tres metros de diámetro que
estaba posado en la vaguada. Era un objeto metálico con forma de disco. A los
pocos segundos, el hombrecillo del mono ascendió con facilidad por el pequeño
barranco y volvió a situarse ante Sanmartín, que continuaba enmudecido ante el
espectáculo del que estaba siendo testigo.

Foto 2.3.—Sanmartín muestra «la piedra del espacio» al reportero Arcadio


Baquero.

El misterioso ser extendió su mano, que era muy pálida pero de apariencia
normal, para entregarle una pequeña piedra rectangular de doce centímetros de
longitud y cuatro de ancho. Seguidamente, volvió a descender hacia la hondonada
para introducirse en el disco. En un instante, aquel artefacto silencioso cruzaba el
firmamento en diagonal.

DE MARTE A MADRID

«Marte coloca en Madrid su primera piedra», tituló el rotativo madrileño El


Alcázar, en su edición del 5 de febrero de 1955, la extraña aventura del enfermero.
Con la «piedra del espacio» entre las manos, Sanmartín explicaba al avezado
reportero Arcadio Baquero cómo el rostro de aquel hombre «irradiaba bondad,
serenidad y firmeza».

Durante varios días, la sensacional noticia acaparó grandes titulares en la


prensa de la época, y fue Baquero, el descubridor de la primicia, quien finalmente
se hizo con el preciado «obsequio de otro mundo» con el fin de que fuese analizado
por los más prestigiosos especialistas.

La piedra de Sanmartín era porosa, de color rosado y, a primera vista,


semejante a la piedra pómez de origen volcánico. En una de sus caras aparecían
grabadas nueve enigmáticas inscripciones, símbolos en los que muchos vieron el
deseado mensaje de un lejano planeta a la Tierra.
Foto 2.4.—Primera noticia del contactismo español, reproducida en la edición del 5
de febrero de 1955 del rotativo El Alcázar.

Mucho más pragmático, Arcadio Baquero se apresuró a dejar aquel material


en disposición del afamado especialista en mineralogía y profesor de la
Universidad de Madrid Pedro Bayón García Campomanes, quien tras hacer un
primer análisis al extraño hallazgo en las dependencias del Museo de Ciencias
Naturales dictaminó que la piedra era un bloque de carbonato cálcico teñido por
algo parecido al permanganato potásico. Tras realizar las primeras pruebas, Bayón
dijo que «es rara la piedra, desde luego. Parte de ella es soluble y otras zonas no lo
son; por otra parte, tiene un sabor salado sin que contenga sales. ¡Qué cosa más
extraña! [...] ¿De qué estará hecho esto?»

Ante las interrogantes sobre la composición de la piedra, el reportero,


intentando averiguar el lenguaje que expresan los dibujos grabados en ella, decide
entregársela a Joaquín María de Navascués, catedrático de epigrafía de la
Universidad de Madrid y director del Museo Arqueológico. Tras un concienzudo
examen de la presunta escritura alienígena, el doctor afirmó que «...hay signos que
recuerdan a los griegos y a los egipcios, pero muchos de ellos son desconocidos. El
más claro es el que representa al planeta Saturno geometrizado, el de la esfera
atravesada por una línea oblicua. Hay otro con tres rayas que se asemeja a la
representación del agua en el Antiguo Egipto. Otro podría identificarse en la
cultura griega como el que simboliza la barca de Caronte, aquella que transportaba
a los muertos».

Foto 2.5.—El prestigioso minerólogo Pedro Bayón efectuando las diferentes


pruebas con el extraño material.
Tras estos análisis previos, la piedra volvió a manos de Alberto Sanmartín,
convencido de que nadie podía hallar el significado y procedencia de su regalo
ultraterreno. Poco a poco, la noticia fue olvidándose, y tan sólo algunos entusiastas
de los temas ocultos, como el empleado de telégrafos Fernando Sesma, fundador
de la Sociedad de Amigos del Espacio BURU, o el sacerdote Severino Machado
creyeron ver en ella un mensaje que guardaba el conocimiento de las civilizaciones
interplanetarias.

Foto 2.6.—Una copia exacta de la piedra de Sanmartín realizada por el


investigador David Guerrero.

Tras fragmentar algunas partes de la piedra, Sanmartín desapareció con su


preciado obsequio poniendo rumbo a Brasil. No se volvió a saber de él hasta 1977,
cuando escribió un libro titulado El embajador de las estrellas, donde el enfermero
daba su versión de lo sucedido y aportaba un nuevo y detallado análisis en el cual
se demostraba que la piedra estaba compuesta de corindón, calcita, magnesita
deshidratada, carbonato de aluminio, silicato de calcio y plata, entre otros.

Datos que apenas nada descifraban en torno a esta misteriosa historia, la


primera que se difundió en España sobre un supuesto contacto con extraterrestres.

INVENTARIO DE OTRO MUNDO

Altos de Gainchurizqueta (Guipúzcoa), 6 de diciembre de 1954, 7:25 horas


 

Juan Martínez Portolés, un obrero de la construcción de veintiséis años, se


dirigía en bicicleta a su trabajo en la localidad guipuzcoana de Rentería. Era una
madrugada lluviosa y fría, razón por la cual viajaba cerca de la cuneta con la luz
encendida. En una de las curvas de ascenso al puerto de Altos de
Chainchurizqueta enfocó algo voluminoso que se desplazaba a gran velocidad por
el centro de la calzada y en su misma dirección. El objeto despedía una
luminosidad amarillenta que se fue apagando hasta desvanecerse en la oscuridad.
Muy intrigado, el testigo continuó pedaleando hasta una curva cerrada, donde se
topó de frente con el ovni. Tenía la forma de un paralelepípedo rectangular, de
unos cuatro metros de base por tres de altura. En una de sus caras era visible un
foco tenue que iluminaba el cercano caserío Loidi-Berri. Ante la extraña visión,
Portolés optó por huir a gran velocidad. A los pocos minutos, el capataz de la obra
inspeccionaba el terreno y encontraba un área extensa de vegetación aplastada y
varias pisadas hechas por un pie de gran talla (aproximadamente, un 52). En el
lugar exacto del aterrizaje también se hallaron unas pequeñas piezas metálicas de
cinco centímetros de longitud semejantes al aluminio, de forma curva, y seis
milímetros de espesor. Junto a ellas había un muelle engrasado, de unos veinte
centímetros, que se estiraba con facilidad hasta alcanzar más de dos metros y que,
como el resto del lote, se encuentra actualmente en paradero desconocido. Varios
meses después, el camionero Félix Galarraga, acompañado de los vecinos Miguel
Irazusta y Martín y Miguel Arraspio, observó en el mismo lugar, y muy cerca de
una cantera de pizarra, el descenso de un objeto rojizo de tres metros de diámetro
que, tras permanecer unos segundos en tierra, desapareció del lugar elevándose en
vertical a gran velocidad.
Foto 2.7.—Juan Martínez examina los restos hallados en el lugar donde se encontró
con una extraña nave.

LOS HOMBRECILLOS QUE SALUDABAN

Granja de Torrehermosa (Badajoz), agosto de 1956,

14:00 horas

Quince muchachos de entre cinco y nueve años de edad, que se encontraban


jugando al fútbol en un descampado al este de la localidad pacense de Granja de
Torrehermosa, detuvieron su actividad al oír un estruendoso zumbido que
provenía del cielo. Al levantar la vista, pudieron comprobar cómo un objeto con
forma de obús sobrevolaba el lugar a una velocidad impresionante. A unos
quinientos metros, el ovni realizó una maniobra y frenó bruscamente para
descender hasta quedar estático a unos tres metros del suelo. Era un artefacto de
unos cuatro metros de largo que se estrechaba en su parte delantera formando una
carlinga acristalada semejante a las de los aviones militares. Buena parte de la
pandilla de jóvenes corrió presurosa hacia el pueblo para avisar a los adultos,
mientras los más aventureros permanecían en el lugar observando el fenómeno. Al
llegar el grupo principal, al que se habían unido varias personas mayores,
decidieron aproximarse aún más a la nave. Cuando se encontraban a unos
cincuenta metros, vieron moverse en el interior de la cabina de mando dos siluetas
verdosas que parecían tener una protuberancia en forma de antena sobre sus
cabezas. Al unísono, los adultos comenzaron a saludar a los visitantes, tras lo cual
los pequeños humanoides respondieron con extraños ademanes. La emoción del
grupo hizo que decidieran acercarse, pero el ovni, como adivinando sus
intenciones, emprendió el vuelo con una «fantástica aceleración que le hizo
perderse de vista en apenas un segundo», como aún recuerda Carlos S., uno de los
niños que por entonces tenía cinco años y que fue testigo de aquella insólita e
inolvidable visita.

Foto 2.8.—El encuentro de Granja de Torrehermosa se hizo popular y se difundió


en varias publicaciones, incluido un cómic para niños.
CAPÍTULO 3

1958-1965
Algo flota sobre España

LOS PROGRESOS CIENTÍFICOS en el ámbito de la investigación espacial,


encarnados en los primeros satélites y sondas espaciales de soviéticos y
estadounidenses, habían hecho que todo el mundo mirara hacia el cosmos con
intriga y expectación. España no era una excepción, y a través de los principales
medios de comunicación se seguían con interés las primeras exploraciones del
espacio. Al mismo tiempo, como reclamando parte del protagonismo popular, los
objetos voladores no identificados, e incluso sus presuntos tripulantes, iban a
mostrarse en pleno día y de un modo rotundo. Los habitantes de ciudades y
regiones enteras se convertían en asombrados testigos del gran enigma.

EL OVNI EN LLAMAS

Sant Jordi Desvalls-Cervià de Ter (Girona), octubre de 1958, 19:00 horas

La jornada laboral había sido dura para José Luis Angelú. El día tocaba a su
fin y se dirigía animado hacia su casa, en la capital gerundense. A la altura del río
Ter, frenó en seco. Algo anormal estaba sucediendo en el cielo. Como surgido de la
nada, un potente foco blanco se aproximaba al pinar cercano a la carretera,
descendiendo a gran velocidad. Tras alcanzar la espesa arboleda, los destellos que
desprendía el misterioso artilugio desaparecieron. Las características que
presentaba el objeto hicieron pensar a José Luis en la posibilidad de que un avión
en llamas se hubiera estrellado, a pesar de no haberse escuchado el sonido del
impacto. La curiosidad hizo que el testigo se adentrara en el bosque a la búsqueda
de los supuestos restos del siniestro. Lo que encontró le dejaría estupefacto. Frente
a él, un objeto ovoidal de color semejante al aluminio aparecía suspendido a cuatro
metros del suelo. Tenía un diámetro aproximado de ocho metros y una altura de
dos y medio. En la parte superior, una pequeña cúpula transparente dejaba a la
vista formas semejantes a nervios metálicos y «emitía un sonido semejante a un
zumbido, como si fueran toberas que lanzasen un fortísimo chorro de aire».
Foto 3.1.—Representación del encuentro de José Luis Angelú en Cervià de Ter.

La sorpresa más impactante aún estaba por llegar. A poca distancia del
ovni, dos seres antropomorfos de gran cabeza parecían observar a José Luis. Su
estatura no era superior a los cien centímetros, y vestían unos trajes oscuros de un
material semejante al cuero. Parecía como si estuvieran recogiendo muestras del
suelo, ante la atenta mirada de un tercer ser que se había asomado a la cúpula del
artefacto. La inquietante escena se alargó por espacio de quince minutos, tras los
cuales el ovni y los visitantes desaparecieron elevándose sobre la negra bóveda
celeste.

ALGO SE POSÓ EN LA TERRAZA...

Torroja del Priorato (Tarragona), 6 de enero de 1961, 3:00 horas

 
Luis Ferré Casas, técnico administrativo de treinta y tres años, se encontraba
charlando animadamente con sus familiares en la casa de campo que éstos poseían
en la población tarraconense de Torroja del Priorato. El día de Reyes había
transcurrido tranquilo y sin incidentes, pero la noche aún guardaba un último
«regalo sorpresa». La voz de alarma surgiría en la cocina. Los gritos de la madre de
Ferré habían roto la tertulia del salón. Rápidamente, parte de la familia se dirigió a
dicha estancia, comprobando el estado histérico de la buena señora que, con su
dedo índice, señalaba hacia la terraza que dominaba esa parte de la casa. En el
terreno que se extendía bajo la balconada, y que llegaba hasta un pequeño
montículo, había aterrizado algo. El pavor y la inquietud se apoderaron de los
testigos cuando comprobaron cómo un objeto parecido a una «media luna», de
aspecto sólido y con un borde perfilado en su centro, se encontraba posado en el
lugar emitiendo una luz pulsante muy tenue. El aparato, que permanecía
estacionado en el más absoluto silencio, tenía seis metros de largo por dos de alto.
Pasados unos minutos, Luis Ferré optó por salir al pórtico de la casa para
aproximarse al misterioso visitante, pero los histéricos gritos de su madre
impidieron que se aventurara en la noche. Finalmente, tras permanecer durante un
tiempo en el balcón, la familia decidió acostarse mientras el ovni permanecía en
aquel lugar. A la mañana siguiente, el objeto semiesférico había desaparecido. No
quedaron señales de ningún tipo: tan sólo la negativa de los perros pointer de caza
a atravesar la zona donde el merodeador nocturno había estado posado.

Foto 3.2.—Aspecto del aparato que aterrizó frente a la casa de campo de José Luis
Ferré.
UN GIGANTE EN EL ASFALTO

Arcos de la Frontera-Prado del Rey (Cádiz), 12 de mayo de 1961, 13:00


horas

El maestro Miguel Timmermans Ceballos viajaba tranquilo en su vieja moto


Lambretta aprovechando el excelente tiempo que reinaba en toda la costa gaditana.
Al llegar a un cambio de rasante, vio aparecer repentinamente a un hombre
gigantesco que se encontraba en mitad del camino, enfundado en lo que parecía
ser un traje hinchado y rojizo compuesto por decenas de anillos que silueteaban su
figura.

Aquel ser se iba aproximando a pequeños pasos por el borde derecho de la


carretera hacia el asustado testigo, que ya había detenido su motocicleta. El pánico
se apoderó de Timmermans cuando, tras el primer ser, surgió un segundo
personaje de idénticas características pero de un tamaño mucho más reducido. Los
dos humanoides caminaban muy lentamente, como si tuvieran grandes
dificultades, y le fue imposible al observador distinguir rasgos faciales u otros
detalles de las extraordinarias criaturas.

Aferrado a los mandos de su motocicleta, Timmermans quedó


prácticamente paralizado por el miedo. Los dos gigantes «enllantados», tras
efectuar una docena de pasos en línea recta, cruzaron el asfalto en diagonal y
desaparecieron entre la maleza.

 El testigo aseguró que se esfumaron en la nada. Ninguna huella ni marca


aparecía en el lugar del incidente, donde el aterrorizado maestro huyó raudo,
convencido de haberse topado con algo que no era de este mundo.
Foto 3.3.—Aspecto del gigantesco ser que salió al paso de Miguel Timmermans en
Arcos de la Frontera (Cádiz).

EL GUARDIA CIVIL QUE TOCÓ UN OVNI

Baracaldo (Vizcaya), 20 de mayo de 1964, 7:00 horas

A mediados de los años sesenta, el fenómeno ovni no pasaba de ser una


curiosidad carente de interés para la inmensa mayoría. De hecho, la posibilidad de
que la Guardia Civil redactara un informe alusivo a este tipo de fenómenos era un
claro referente de la importancia que podía encerrar el caso. Y esto sucedió.
Foto 3.4.—Antolín Fernández, el guardia civil que tocó un ovni. (J. J. Benítez.)

Marcelino Zurrutuza, agente de la Policía Municipal de Baracaldo,


regresaba al hogar dando su habitual paseo diario. Vivía en un viejo caserío
situado en el camino de la colonia de San Vicente, a varios kilómetros de la ciudad
vizcaína. Poco antes de llegar, observó la caída a tierra de un artefacto blanco
luminoso. Aquel día no pudo entrar en la casa. Junto a ésta, un extraño objeto con
forma de cilindro permanecía estático sobre el frío asfalto cortándole el paso: era
un aparato de aproximadamente un metro y medio de alto por setenta centímetros
de diámetro. Presa del pánico, acudió al cuartel de la Benemérita más próximo, el
de San Vicente. Cincuenta minutos más tarde, el guardia civil Antolín Fernández
Gutiérrez se personó en el lugar de los hechos junto al primer testigo de los
mismos. La reacción del número fue coger un palo del terreno y golpear levemente
el enigmático aparato, que mostraba a su alrededor una espesa materia espumosa.
A cada roce de la madera, la masa que formaba el ovni se contraía, como si tuviera
algún tipo de sensibilidad. Minutos más tarde, el artefacto desaparecería sin dejar
otro rastro de su presencia en el lugar que los rostros anonadados de los dos
sorprendidos testigos. Al día siguiente, la Comandancia de la Guardia Civil
redactaba uno de los primeros informes ovni en este país.
Foto 3.5.—Extracto del «informe Baracaldo».

EL OVNI DE CASTILLA

Valladolid-Palencia, 16 de septiembre de 1965, 17:30 horas

En la Plaza Mayor de Valladolid habían comenzado a reunirse numerosas


personas que fijaban su vista en los cielos. A una altura aproximada de 9.000 pies
(2.740 m) parecía evolucionar un artefacto gigantesco de forma triangular que era
totalmente desconocido para las miles de personas que también lo vislumbraban
desde otros rincones de Castilla.

En ese mismo instante, el piloto civil Heliodoro Carrión sobrevolaba


Tordesillas. Eran las 17:35 horas cuando, en su pequeña radio, sonaban las palabras
nerviosas de los controladores del cercano aeropuerto de Villanubla. «Hemos
detectado un artefacto brillante y triangular entre las poblaciones de Villanueva de
los Infantes y Tudela de Duero...», repetían una y otra vez.
Con gran arrojo, el piloto se situó a la altura indicada y emprendió rumbo
hacia el ovni para vivir una inolvidable experiencia. «Me situé debajo del aparato.
Era blanquecino y parecía oscilar lentamente, como un péndulo, girando en
ocasiones sobre sí mismo. Posteriormente, observé la presencia de un reactor DC-8,
posiblemente de la línea Lisboa-París, que pasaba muy cerca del triángulo. Era
increíble [...]; aquello tenía una envergadura tres veces superior a la del avión.»

En esos mismos instantes, el padre Antonio Felices, experto en astronomía y


sacerdote del monasterio vallisoletano de Arcas Reales, salía al patio central
avisado por varios testigos que, atropelladamente, requerían su presencia. Montó
de inmediato su potente telescopio con la ayuda de un compañero y se dispuso a
mirar por el visor: allí aparecía un impresionante aparato metálico y triangular que
estaba bamboleándose ligeramente de un lado a otro. «Calculamos que debía
medir un kilómetro cuadrado de superficie.»

Teófilo Álvarez y Francisco Rodríguez, profesores del seminario de


Valladolid, que viajaban en motocicleta hacia la población de Trapa de Dueñas
(Palencia), también fueron «acompañados» por el misterioso artefacto. Lo mismo
ocurría en poblaciones distantes como Noriaga o Boecillo, donde centenares de
personas salieron intrigadas a las calles y caminos para contemplar el inusual
fenómeno. Algunas de ellas, como Nemesio Platón, de setenta y tres años, o
Severiano Gómez, de setenta y cinco, no dudaron en afirmar a la prensa: «Sentimos
inquietud, pero no miedo [...]. ¡Nos están acostumbrando a cosas tan raras los
científicos!».

Según coincidieron todos los testimonios, el objeto desapareció de un modo


fulgurante, como si se «apagara» repentinamente, sumiendo a toda la región en
una comprensible duda: ¿Qué habían tenido sobre sus cabezas durante más de
hora y media? ¿Cómo fue capaz de esfumarse de aquel modo?
Foto 3.6.—El padre Antonio Felices, en el patio de Arcas Reales (Valladolid),
mismo escenario desde donde se observó el «triángulo de Castilla». (Iker Jiménez.)

La aparición del ovni triangular produjo un fuerte impacto en la prensa


nacional. El corresponsal de la revista Semana, desbordado ante la cantidad de
testigos, realizó un cálculo sorprendente: trescientas mil personas habían sido
testigos del paso de un artefacto triangular sobre los cielos de la vieja Castilla. Una
cifra récord que volvía a colocar el asunto de los ovnis en lo más alto de la palestra
informativa española.
Foto 3.7.—Antonio Felices dibujó así lo que pudo observar a través del objetivo de
su telescopio aquel 16 de septiembre de 1965.

TRES DÍAS DE AVISTAMIENTOS

Huesca, 21, 22 y 23 de diciembre de 1965, 17:15 horas

El año 1965 se despidió, ufológicamente hablando, con un avistamiento


múltiple de carácter excepcional. Al caer la tarde, centenares de oscenses
comprobaron atónitos cómo a no mucha altura aparecía una especie de triángulo
equilátero con un potentísimo foco en su centro. El 21 y 22 de diciembre, el mismo
aparato se paseó por el cielo pirenaico dejando miles de interrogantes a su paso.
Confiando que el ovni volviese a aparecer al día siguiente, un equipo de personas
compuesto por Ángel Gari Lacruz, Emilio Gutiérrez, Víctor Garcés, César Valero y
Ramón Abadía prepararon un completo equipo fotográfico a la espera del visitante
volador. Y el encuentro se produjo. Un triángulo perfecto, dotado de una gran
luminosidad, se paseó de nuevo a las 17:15 horas por los cielos de Huesca. La
cámara fotográfica de Ángel Gari y su equipo logró retratar para siempre el paso
del ovni, que ya no volvería jamás. En las imágenes, apenas es perceptible la forma
del artefacto, ensombrecida totalmente por un poderoso chorro de luz.

Foto 3.8.—Grupo de imágenes del ovni luminoso que apareció tres días sobre
Huesca.
CAPÍTULO 4

1966-1967
Seres de pesadilla

ALGO CAMBIÓ en aquel lejano 1966. Durante los primeros días de febrero,
un supuesto aterrizaje en Madrid convertiría el tema de los ovnis en una inquietud
y, en ocasiones, en un temor mucho más cercano al ciudadano español. A raíz de
este controvertido incidente, comenzaron a observarse en diversos puntos de la
Península extrañas entidades que deambulaban en solitario por carreteras y
caminos. Además, ocurrieron sucesos escalofriantes que fueron protagonizados
por humanoides de fisonomía monstruosa y actitudes ciertamente inquietantes
para todos aquellos que luego contaron su insólita experiencia.

EL ATERRIZAJE DE ALUCHE (MADRID)

Madrid, 6 de febrero de 1966, 20:00 horas

Que un objeto volante no identificado aterrice en una gran ciudad es un


hecho que se produce en contadas ocasiones. La humilde y por aquel entonces
solitaria barriada madrileña de Aluche era hace tres décadas poco más que unos
racimos de edificios diseminados entre inmensos descampados. En una de estas
viviendas, la correspondiente al número 12 de la calle Rafael Finat, se aseaba tras
llegar de su trabajo el joven Vicente Ortuño. Desde la pequeña ventana que daba al
exterior de su sexto piso observó algo incomprensible que le llamó la atención de
manera inmediata. Un gran disco anaranjado que parecía descender lentamente
sobre un solar próximo había hecho acto de presencia aquella fría tarde en la que
ya reinaba la oscuridad. El objeto tenía diez metros de diámetro y llevaba impreso
algo en su parte inferior. Ortuño no pudo identificar los trazos del presunto
símbolo, identificando tan solo una mancha entre gris y negra.
Foto 4.1.—Detalle de una de las «patas» del supuesto ovni que se posó en El
Regajal.

Al mismo tiempo, desde el polígono C de Aluche el guarda Juan Jiménez


Díaz observó la llegada del misterioso artefacto que comenzaba a bajar en vertical
sobre los terrenos de la finca El Regajal, convencido de que aquello parecía «algo
de otro mundo». También María Teresa Ruiz Torres, un ama de casa que
preparaba la cena en un bloque de edificios próximo al lugar, vio nítidamente el
ovni. «Era semejante a un ojo gigante», declaró a los medios informativos al día
siguiente.
Foto 4.2.—Varios vecinos señalan las tres huellas del descampado de Aluche.
Foto 4.3.—José Luis Jordán Peña afirmó un cuarto de siglo después haber realizado
las falsas huellas del ovni de Aluche. ¿Dice la verdad?

Pero la persona que tuvo más cerca este artefacto fue, sin duda, el psicólogo
industrial José Luis Jordán Peña. Aquella tarde-noche regresaba en su Seat 600
desde la colonia cercana de Casilda de Bustos tras visitar a unos familiares. Al
internarse por las callejuelas sin asfaltar que delimitan el polígono C de Aluche,
observó cómo el aparato discoidal se posaba en el terreno en el más absoluto
silencio. Jordán abrió la portezuela intrigado, pensando en un principio que lo que
allí había estacionado era algún prototipo procedente del cercano aeródromo de
Cuatro Vientos. Al aproximarse hacia el objeto, éste reemprendió el vuelo
elevándose en vertical y mostrando un enigmático símbolo en su panza «semejante
a una línea recta situada entre dos paréntesis abiertos hacia afuera». Ya en el aire, a
unos cien metros de altura, aquel gigantesco disco incandescente desapareció;
según Jordán Peña, «como si se hubiera apagado repentinamente».

A las 20:05 horas, cuatro soldados de un cuartel próximo entraban en el


viejo bar Palencia, propiedad de Mariano de las Heras, comentando lo sucedido y
presos de una gran excitación. La alarma en el barrio corrió como la pólvora y, a
primeras horas de la mañana del día 7, eran ya varios los grupos de vecinos que se
arremolinaban en el solar de El Regajal para comprobar tres extrañas marcas
impresas en el suelo: tres huellas con una especie de signo en forma de aspa en su
interior que formaban un triángulo equilátero de seis metros de lado. Algo de
origen desconocido se había posado la noche anterior en un suburbio madrileño;
con esa noticia en portada, salieron a la calle varios rotativos de la capital causando
un revuelo difícil de olvidar.

EL EXTRA—O PASEANTE

Punta Carnero (Cádiz), 26 de agosto de 1966, 16:30 horas

El doctor José Juan Rivera había puesto en marcha la vieja Lambretta. El


cielo estaba completamente despejado y el calor asfixiante invitaba a salir de la
ciudad de Algeciras para recorrer la costa en motocicleta y fotografiar el estrecho
de Gibraltar desde algún lugar estratégico. Con la cámara al cuello, el doctor
emprendió la huida de la urbe con dirección a Punta Carnero, a siete kilómetros de
su hogar.

El silencio se apoderaba del lugar conforme continuaba la ascensión a su


meta, sin percibir el característico canto de las chicharras veraniegas ni tan siquiera
el murmullo del mar. Inquieto por la extraña situación, detuvo la Lambretta.
Aquello no era normal. El temor comenzó a apoderarse de Rivera, que decidió dar
la vuelta para regresar a casa. En esos mismos instantes, frente a él y a poco más de
cuatro metros de distancia, cruzó la carretera un ser de baja estatura que caminaba
a grandes zancadas. Ante la posibilidad de que se tratara de un mono, el doctor
apoyó la moto en un árbol y comenzó a perseguir al misterioso paseante. Éste
continuaba su enigmática marcha entre la espesa vegetación. El ser iba
completamente embutido en un traje negro y caminaba dando botes, con unos
brazos extrañamente alargados que mantenía ceñidos al cuerpo. Al cabo de unos
minutos, el humanoide desapareció sin dejar rastro. La curiosa aventura parecía
haber tocado a su fin. Sin embargo, no fue así. A pocos metros de donde se
encontraba el testigo, en una pequeña vaguada, una máquina con forma ovoidal,
de aproximadamente quince metros de longitud y tonos grisáceos, aparecía junto
al borde de la hondonada. Raudo, el doctor Rivera disparó su cámara y emprendió
una veloz carrera presa del pánico. Atravesó la puerta de su hogar y esperó hasta
el anochecer observando desde la ventana el punto en cuestión donde
supuestamente permanecía posada la nave. Si había aterrizado, más tarde o más
temprano debería despegar, pero el enigmático objeto no volvió a ser visto.

Foto 4.4.—Un misterioso «simio» cruzó impunemente el camino de Punta


Carnero.

LOS DIABLOS VOLANTES

Córdoba, 16 de mayo de 1966, 7:30 horas


 

El agricultor Manuel Hernández regresaba de labrar en su pequeña finca,


próxima a la capital cordobesa, caminando por el arcén de la carretera comarcal de
Los Morales cuando, a unos cien metros de distancia, observó la presencia de un
objeto discoidal. Era algo metálico, con una fina banda saliente que centelleaba al
reflejarse sobre él los primeros rayos solares. Con gran prudencia, el testigo fue
aproximándose por un lado del camino hasta situarse casi frente a aquel silencioso
artefacto plateado que parecía tener unos tres metros de diámetro. De pronto, sin
que se hubiera visto abrirse ninguna portezuela, varios seres de extrañas
características comenzaron a revolotear en torno al ovni trazando círculos a su
alrededor. Hernández comenzó a apresurar su marcha al comprobar que aquellas
figuras de no muy elevada estatura poseían algo parecido a unas alas de pájaro y
una piel de un tono gris-verdoso. No distinguió sus rasgos faciales, ya que los
«diablos volantes» parecían estar tocados por una escafandra o casco de aspecto
cristalino. El veterano agricultor corrió a su domicilio, situado a la misma entrada
de Córdoba. Allí narró su insólita experiencia a su familia sin atreverse siquiera a
regresar a los terrenos donde habían aparecido los dantescos personajes.
Foto 4.5.—Detalle de un ser «volador» como los que observó Manuel Hernández.

EL CILINDRO VOLADOR

Puerto de Navacerrada (Madrid), junio de 1967, 7:00 horas

«Estaba en la parte frontal y lo vi. Aunque debía estar muy lejos, su tamaño
era como el de un coche. Estaba quieto y situado en la vertical sobre las montañas,
entre el albergue del club Peñalara y la residencia de Educación y Descanso.»
Consuelo Oliver se refería a un extraño objeto que se situó frente al desaparecido
albergue del Frente de Juventudes Francisco Franco, lugar donde ella se
encontraba. Estaba sorprendida. El artefacto presentaba dos grandes patas con
luces rojas y verdes unidas entre sí, con una amplia oquedad en medio de las
luminosidades. Al cabo de diez minutos, el ovni despegó a gran velocidad dejando
un rastro de fuego a lo largo del recorrido, que siguió hasta perderse en la lejanía.
En esos tensos instantes, Consuelo intentó moverse, avisar a alguien para que fuera
partícipe del asombroso encuentro y pudiera fotografiar la misteriosa aparición
mecánica que no se asemejaba a ningún objeto convencional conocido. Fue
imposible; no pudo mover un músculo. Aquello la había dejado paralizada, sin
capacidad de reacción. Pese a todo, en el momento en que el artefacto iniciaba el
despegue, la parte que anteriormente se mostraba vacía a los ojos de la testigo
aparecía ahora ocupada por un gran tubo terminado en punta, adornado con luces
en su parte superior, dando la sensación de que el cilindro y las patas fueran
completamente independientes. Un objeto invisible del que jamás se volvió a saber
nada.
Foto 4.6.—El extraño aparato de Navacerrada (Madrid) acaparó páginas en los
diarios madrileños, reproduciéndose el dibujo de la principal testigo.

EL MISTERIOSO CAMINANTE

Sant Feliú de Codines (Barcelona), septiembre de 1967, 21:30 horas

La noche caía sobre la vieja comarcal 1413. Mauricio Wiesenthal y su


prometida, María Rosa Font, circulaban en su viejo automóvil ajenos a lo que
ocurría en el exterior. Repentinamente, el miedo, la sorpresa ante lo desconocido y
unas décimas de segundo fueron más que suficientes para romper la calma de la
pareja. De frente, a una distancia aproximada de unos ciento veinte metros,
aparecía la silueta de un extraño ser, una figura de pequeño tamaño que había
surgido de la nada.

El humanoide caminaba con paso firme por el interior de la cuneta, a la


derecha de la carretera; posteriormente, cruzó la maltrecha vía, mostrándose
siempre de perfil. Pese a ello, la cercanía a él de Mauricio y María Rosa fue tal que
incluso llegaron a considerar la posibilidad de que, en el momento de rebasarlo,
hubiera sido arrollado por su vehículo.

A los ojos de la pareja, la criatura era de color verde y vestía un traje


semejante al de los submarinistas, tan ceñido que fácilmente habría podido ser
confundido con la piel. No tenía cuello ni rasgos faciales, y su altura era
aproximadamente de unos setenta centímetros. Según los testigos, su cráneo «tenía
forma de huevo». En el tronco era claramente apreciable la voluminosa barriga y
unas poderosas nalgas. Los brazos eran desproporcionadamente largos con
respecto al resto del cuerpo. El extraño ente fue observado durante unos ocho
segundos, tiempo que transcurrió desde la deceleración del coche causada por la
misteriosa aparición hasta la huida precipitada por el estrecho camino. Asustada,
la pareja decidió alejarse de aquel lugar lo antes posible.

Foto 4.7.—Así era el caminante que se cruzó en la comarcal 1413.


Los años pasaron y, pese a los intentos de familiares y amigos por buscar
una explicación a la misteriosa experiencia, Mauricio Wiesenthal y María Rosa
Font siempre defendieron que lo que habían visto aquella noche de septiembre fue
algo fuera de lo común; en definitiva, algo inexplicable.

TERROR EN EL REFUGIO

Coma de Vaca (Girona), 16 de noviembre de 1967, 2:00 horas

El pequeño refugio de Coma de Vaca era una destartalada instalación


perdida en el Pirineo catalán que en esas fechas acogía a algunos excursionistas
desorientados, aunque la mayoría optaban por instalarse en el más confortable y
moderno refugio de Uli de Ter. El alpinista Antony Pujador Estany y el joven
sacerdote J. M. A. hicieron parada en la vieja casona. Los dos amigos descansaban
en sendas literas, que abandonaron de un brinco al ser invadidos por una
inexplicable sensación de temor y angustia. Salieron al exterior y allí, reflejándose
en la nieve, había aparecido un extraño triángulo rojizo que se balanceaba en
silencio a pocos metros del refugio.
Foto 4.8.—La pareja que protagonizó el sobrecogedor incidente de Sant Feliú de
Codines.

Al regresar al dormitorio, ambos experimentaron unos deseos irrefrenables


de agredirse brutalmente, actitud incomprensible dada su gran amistad. Sin
pensarlo dos veces optaron por huir, convencidos de haber sido cobayas de algún
efecto inexplicable. Mes y medio antes, y en el mismo lugar, Ana María Brunet,
Carmen Martín y Ramona C. sufrieron una experiencia similar. A las cinco de la
madrugada se despertarán heladas de espanto al oír las pisadas de lo que «parecía
ser un niño», que incluso intentó empujar la puerta de entrada, tras de la cual se
había apoyado un gran pedrusco a modo de cerradura. Después comenzó a
escucharse cómo las pisadas escalaban la pared y se paseaban por el techo. Lo más
increíble era que no existía acceso al empinado tejado.
Foto 4.9.—Los refugios situados entre Nuria y Uli de Ter (Girona) han sido
escenario de incidentes que mezclan ufología y parapsicología.

Al amanecer, las testigos huyeron espantadas del lugar; más tarde supieron
que en Uli de Ter otro misterioso triángulo rojizo se había posado en las
inmediaciones del viejo refugio.
CAPÍTULO 5

1968-1969
Los ovnis toman tierra

ESPAÑA SUFRIRÍA durante este bienio una oleada de objetos volantes no


identificados que no había tenido precedentes hasta aquellas fechas. El enigma de
los platos voladores se había convertido por merecimiento propio en algo más que
una simple serpiente de verano. Los casos se incrementaban día a día y todos ellos
tenían un inquietante denominador común: cada vez eran más quienes decían
haber visto estas naves y a sus tripulantes tomando tierra en los campos de la
geografía española. Esta dinámica sorprendente continuaría durante más de una
década sembrando incertidumbre en nuestro país.

UNA LUZ Y TRES BULTOS

Ucero (Soria), 28 de agosto de 1968, 19:30 horas

El guardia civil retirado Pedro Aylagas se encontraba dispuesto a merendar


tras realizar las labores del campo en la localidad soriana de Ucero. Unos destellos
de gran potencia le hicieron mirar hacia un foco rojizo que se desplazaba desde el
otro lado girando e iluminando los campos; así avanzaba por el pronunciado valle
hacia el testigo. Un aparato «semejante a dos platos muy cóncavos puestos en
vertical, con un foco que lanzaba haces de luz de la parte superior», estaba
descendiendo hacia la planicie. El ovni hizo un extraño giro y lanzó un chorro de
luz rojiza sobre el testigo. Aturdido, Pedro Aylagas notó repentinamente «una
especie de picor y un calor dentro de mí. Me dio la impresión de que los pelos se
me ponían de punta y que una terrible fuerza me empujaba hacia el aparato, hasta
tal punto que se me cayó una botella al suelo y sentí verdadero miedo». Aquel
aparato parecía girar sobre sí mismo lanzando desde su parte superior un sinfín de
chispazos que caían a tierra. En el suelo, y nada más haberse detenido el ovni,
aparecieron tres bultos oscuros que permanecían unidos al fuselaje por una especie
de gruesos cordeles. El testigo creyó incluso que podría tratarse de seres muy
pequeños y deformes que evolucionaban junto a la nave. En apenas un par de
minutos, aquellos objetos animados regresaron al interior del «embudo volante»;
éste comenzó a elevarse hacia el cielo en el más absoluto silencio. Muchos vecinos
de Ucero relacionaron el extraño suceso con los apagones que estaban afectando a
la localidad soriana.

Foto 5.1.—El «embudo volador» que cegó con su luz a Pedro Aylagas.

¿QUIÉN ESPERABA EN LA CUNETA?

Zafra (Badajoz), 14 de noviembre de 1968, 2:50 horas


 

Manuel Trejo no podrá olvidar jamás aquel viaje. Soldador de profesión,


aquella noche se disponía a viajar con su viejo Citroën hasta la localidad pacense
de Burguillos del Cerro para cargar unos cuantos sacos de carbón picón. Al
regresar hacia Zafra, y con la baca llena de mercancía, penetró en una pronunciada
curva. La fina lluvia y el mal estado del asfalto le hicieron poner las luces largas.
En ese momento, descubrió al «individuo». Los focos del coche le dieron de lleno y
una figura apareció entre la oscuridad reinante. A la derecha, y a unos trescientos
metros, había surgido un ser de 1,80 m de estatura que en un principio el testigo
confundió con un miembro de la Guardia Civil de Tráfico. Al irse aproximando al
punto donde le esperaba el humanoide, Manuel Trejo notó que el automóvil
comenzaba a fallar; el motor empezó a dar tirones, y la velocidad del vehículo
descendía a ojos vista. El automóvil seguía perdiendo fuerza y su marcha se redujo
hasta casi detenerse. Así, lentamente, el Citroën se fue aproximando al solitario ser.
Sus piernas permanecían juntas y los brazos pegados al cuerpo; tenía unas manos
grandes y finísimos dedos que parecían estar enfundados en guantes oscuros. Su
cuerpo estaba cubierto por un ceñido mono que destellaba con reflejos luminosos
de varias tonalidades.
Foto 5.2.—El extraño ser de Zafra (Badajoz) avistado por Manuel Trejo en 1968.
(Archivo CEI.)

El temor de Trejo se acrecentaba según se iba cerciorando de que aquel ser


de la cuneta era poco común. Las facciones eran oscuras, casi negras, con un pelo
muy lacio y opaco que le caía por detrás de la cabeza. El conjunto, indudablemente
sobrecogedor, había hecho palidecer a Trejo, que poco a poco rebasó la posición
del humanoide. Justamente llegaba a su altura cuando el testigo notó que el ser
hacía intención de dirigirse al vehículo. En ese preciso instante, el automóvil volvió
a recuperarse y el motor de nuevo funcionó correctamente. Esa circunstancia fue
aprovechada por el extremeño para poner tierra de por medio. Tras haber
recorrido unos metros, Trejo instintivamente detuvo el vehículo y miró hacia atrás,
comprobando asombrado que aquel «hombre» se había esfumado en cuestión de
segundos. Dada la imposibilidad de que simplemente caminando el ser hubiera
dejado de ser visible en tan corto espacio de tiempo, el testigo pisó a fondo el
acelerador hasta llegar a Zafra. Dos días después, y muy cerca del mismo lugar, un
aparato volador «semejante a un limón partido por la mitad», de seis metros de
diámetro y rodeado de multitud de toberas, sobrevolaba la zona ante la
perplejidad del asombrado soldador.

EL ATERRIZAJE DE LOS MONEGROS

Bujaraloz (Zaragoza), 2 de noviembre de 1968, 4:35 horas

El Seat 1500 conducido por el soldado Francisco Martí Cuartero iba cargado
hasta los topes. Los tres soldados que le acompañaban regresaban a Zaragoza tras
el permiso de la festividad de Todos los Santos, 1 de noviembre. La larga carretera
de Los Monegros aparecía vacía, silenciosa y llena de oscuras brumas. A unos
cuarenta y cinco kilómetros de Zaragoza, cuando las planicies desérticas eran el
único paisaje a contemplar, los cuatro jóvenes observaron algo que llamó
rápidamente su atención. Era un enorme disco anaranjado. En un principio
pensaron que se trataba de la salida del sol. El gran susto vendría cuando, minutos
después, descubrirían estupefactos que el astro rey hacía acto de presencia al otro
lado del camino.

El artefacto comenzó a adquirir un tono rojizo y acabó posándose


silenciosamente en los terrenos adyacentes a la carretera. No se podía apreciar si la
estructura tocaba realmente el suelo o se mantenía a unos centímetros de él. La
presencia cercana de tan gigantesco aparato, que los testigos compararon por su
tamaño con una plaza de toros, hizo que la intranquilidad aflorara de repente.
Durante cinco largos minutos, dadas las características del terreno de Los
Monegros, los soldados pudieron observar desde las ventanillas del automóvil el
luminoso objeto.
Foto 5.3.—Según los cuatro soldados, el ovni de Los Monegros (Zaragoza) tenía un
diámetro semejante al de una plaza de toros.

Después, el ovni se elevó unos metros y aceleró increíblemente su velocidad


en sentido contrario al desplazamiento del 1500, convirtiéndose a los pocos
segundos tan solo en un punto naranja que volaba sobre las llanuras del desierto
aragonés hasta perderse de vista.

Cuando los nerviosos ocupantes del vehículo llegaron al cuartel de la capital


maña narraron lo sucedido a sus superiores, convencidos de haber avistado algo
realmente asombroso. Al día siguiente se procedió al interrogatorio de los cuatro
jóvenes, y su experiencia pasó a formar parte de los informes que aparecían en el
Mando Operativo Aéreo bajo el epígrafe de «materia reservada».

CINCO SERES EN LA NOCHE

Pontejos (Cantabria), 8 de enero de 1969, 1:00 horas

 
«¿Qué hace ese hombre ahí fuera?», preguntó extrañada Felicidad
Fernández a su madre, Meren Merino, mientras preparaban la comida para los
escasos clientes que a esas horas llegaban al bar. Ambas se quedaron mirando
fijamente al ventanal cerrado de la cocina del establecimiento. Alguien estaba
fuera, en el campo. La noche era muy fría y al mirar al exterior recordaron que
unos minutos antes se habían sentido extrañadas por una luminosidad fugaz a la
que no le dieron excesiva importancia. Pero allí fuera, elevado a una altura de unos
tres metros sobre la campiña, había algo. Algo lo suficientemente extraño como
para que las dos mujeres alertaran a otra empleada, Paquita R., y las tres se
dirigieran de nuevo al ventanal para abrirlo y observar al merodeador. Soplaba un
viento gélido. A unos treinta metros de distancia se alzaba un rectángulo o pantalla
luminosa de casi cinco metros de lado. Tenues destellos blanco-anaranjados
llenaban de luz a intervalos las inmediaciones del solitario bar. Cuando las tres
aterradas mujeres se daban la vuelta ya para avisar a los comensales, apareció un
«hombre»: un ser de unos dos metros de altura, con un cuerpo rígido «como
mecánico», que iba enfundado en un mono gris oscuro. Sus brazos eran
desproporcionadamente largos y su tez parecía muy pálida, tanto que su lividez
destacaba entre la oscuridad reinante. Las exclamaciones de las tres testigos
hicieron que rápidamente se uniera al grupo el camarero del mostrador, Antonio
H., de treinta y cinco años. En un corto intervalo de tiempo, otros cuatro seres
habían aparecido en el interior del rectángulo de luz. Todos ellos con la misma
apariencia y moviéndose muy torpemente entre los límites que marcaba aquella
luminosa pantalla flotante. Tras cinco minutos de cautelosa observación desde la
ventana del bar, Antonio H. decidió salir al exterior y encaramarse a una tapia
cercana para observar mejor el inusual fenómeno. Fue entonces cuando «el
cuadrado» se desmaterializó en un abrir y cerrar de ojos, «como un televisor al
apagarse». Los testigos quedaron estupefactos. Segundos después, una esfera
luminosa y muy pequeña pareció caer al suelo. En ese preciso instante surgió en la
lejanía un inmenso aparato oscuro con forma de sombrero hongo en el mismo
lugar donde instantes antes se producía aquel extraño fenómeno luminoso. Sin dar
tiempo a reaccionar a los cuatro testigos, el ovni ascendió a gran velocidad hacia la
bóveda celeste, perdiéndose de vista en un instante.
Foto 5.4.—Cinco seres caminaban dentro de un rectángulo de luz en Pontejos
(Cantabria).

Según se supo posteriormente, un pescador que se encontraba recogiendo


sus aparejos a dos kilómetros del lugar del incidente había visto también cómo el
gigantesco «sombrero volante gris» se detenía durante unos segundos sobre la
vertical del lugar donde se encontraba el testigo, acelerando después bruscamente
en dirección a Pontejos.
Foto 5.5.—El investigador Manuel Pedrajo, autor del primer libro de ovnis en
nuestro país, dio a conocer la noticia del extraordinario incidente.

DEJÓ PROFUNDAS MARCAS SOBRE EL TERRENO

Matadepera (Barcelona), 29 de enero de 1969, 10:00 horas

Hasta aquella mañana, la vida de una afable mujer de casi ochenta años de
edad llamada Antonia Soler Rius había sido muy tranquila. En su casa de campo
podía disfrutar de largos paseos durante los cuales se detenía para recoger plantas
y observar el paisaje. Con una memoria y unas facultades excepcionales a pesar de
su veteranía, la anciana recordará siempre aquel momento en el que apareció
súbitamente un enigmático objeto luminoso «con forma de pez aplanado» que caía
en picado sobre los terrenos anexos a su vivienda. El ovni tenía en sus flancos unas
marcas ovales y lucía un círculo o corona interior de la cual surgían resplandores
verdes y amarillos. La señora Rius se quedó helada al comprobar que el artefacto
variaba su ruta y, tras describir un ángulo de casi 90 grados, se balanceaba para
tomar tierra sorteando el cable de alta tensión de 5.000 voltios suspendido entre los
postes que allí se alzaban.

En la parte delantera de aquel artilugio podían distinguirse con nitidez


varias protuberancias esféricas, y aunque la anciana intentó buscar con la mirada
algún tipo de puerta o ventanas en el fuselaje del «extraño avión», no encontró el
menor rastro de ellos. A los pocos segundos, la nave ascendía silenciosamente en
diagonal mostrando una masa de 2,5 m de longitud por 1,5 de ancho que se alejaba
en dirección a la ciudad de Terrassa.

Foto 5.6.—Huellas extrañas aparecidas en el lugar del aterrizaje.

El investigador del CEI (Centro de Estudios Interplanetarios) Joan Fonolleda


fue el primero en acudir al lugar en compañía de la única testigo. La sorpresa que
surgió en esa primera inspección fue mayúscula. A unos treinta metros de la
posición que ocupaba la señora Rius, casi en el mismo lugar donde el ovni había
hecho ademán de tomar tierra, aparecían una serie de inquietantes marcas
perfectamente visibles en el duro terreno. Las huellas del presunto ovni eran
alargadas, como pequeños surcos a los que los lugareños no encontraron
explicación. Habían aparecido de repente, tras la visión del extraño aparato, y
podía descartarse que hubieran sido impresas por animales o cualquier tipo de
máquina agrícola. Un misterio que permaneció en aquel lugar sumiendo a los
habitantes de la zona en un mar de dudas. ¿Qué les había visitado realmente
aquella mañana de enero?

Foto 5.7.—Croquis de lo observado en Matadepera (Barcelona) el 29 de enero de


1969.
CAPÍTULO 6

1969-1970
La ley del silencio

ALGO SEGUÍA FLOTANDO sobre nuestros campos causando extrañeza y


temor entre testigos de la más diversa condición social. Pilotos civiles y militares
también se toparon de bruces con el enigma durante aquellos años. La presencia de
los no identificados, que llevaban a cabo constantes violaciones del espacio aéreo,
puso en marcha unas maniobras de silencio y ocultación de información sin
precedentes en nuestra corta historia de los ovnis. Incidentes como el ocurrido al
comandante Ordovás demuestran el oscuro papel que el Ejército iba a jugar a
partir de entonces cada vez que recibía la noticia de que un piloto había sido
testigo de la aparición de un objeto volador no identificado.

OBLIGADO A MENTIR

Vuelo Palma-Madrid, 25 de febrero de 1969, 21:19 horas

El vuelo 435 de la compañía Iberia despegaba del aeropuerto de Son San


Joan, en la isla de Mallorca, para cubrir la línea Palma-Madrid sin el menor
incidente. A la hora establecida, el comandante Jaime Ordovás Artieda y el
copiloto Agustín Carvajal se percataron de que un cuerpo extraño había aparecido
a unos 20 grados a la derecha del morro del avión.

Era una luz blanca, esférica y muy potente que les había sorprendido
cuando volaban a unos 26.000 pies de altura (8.600 m aproximadamente). Ante la
posibilidad de que el «intruso» fuera otro tráfico, conectaron con la torre de control
de Barcelona, donde se comprobó que no había ningún otro vuelo en aquellas
coordenadas. El nerviosismo dominó a los dos experimentados pilotos cuando
comprobaron que la coloración de aquella misteriosa luz viraba al rojo. Durante
diecinueve largos minutos y en completo silencio, el ovni realizó diversos
movimientos ante la cabina del vuelo de Iberia para iniciar poco después un
vertiginoso descenso. En principio pareció que el artefacto iba a llegar hasta el
suelo, pero a los tres segundos volvió a reaparecer en la misma posición. El ovni se
alejó cambiando de color otra vez y se acercó de nuevo a gran velocidad. Esta
maniobra fue contemplada también por el mecánico de vuelo José Cuenca. La luz
se aproximó tanto que pudieron apreciar perfectamente en su interior una
formación sólida de aspecto triangular. A los pocos segundos volvió a acelerar y
desapareció en la noche.

Foto 6.1.—Y el ovni se aproximó al vuelo IB 435...

Catorce días después de aquel suceso, la singular experiencia es filtrada a


los medios de comunicación. Las prensa acosó a Ordovás y a Carvajal, quienes se
limitaron a describir fielmente el objeto que tuvieron a pocos metros de distancia.
Dadas las proporciones que estaba alcanzando la difusión del suceso, el Ministerio
del Aire designó un juez instructor para «analizar» el caso y dar un veredicto a lo
sucedido. A los largos interrogatorios acudieron altas personalidades de las
Fuerzas Aéreas muy interesadas por el relato del vuelo 435.
Foto 6.2.—El comandante Ordovás, testigo de un caso que conmocionó a la opinión
pública.

Apenas unos días más tarde, se recibió una nota de prensa en todas las
redacciones del país. En ella, el juez instructor concluía que lo observado por los
tripulantes del Caravelle de Iberia había sido, simplemente, «el planeta Venus».

En una entrevista concedida a J. J. Benítez, el comandante Ordovás declaró


que jamás olvidaría aquellos interrogatorios en los que el general Pombo Somoza,
visiblemente alterado, le extendió un documento pidiéndole que lo firmara. En
aquel papel estaba escrito que el comandante Ordovás aceptaba y reconocía que el
ovni era realmente Venus.

Ordovás se negó en redondo a rubricar aquel falso informe. Según declaró a


J. J. Benítez, se negó a hacerlo porque no era verdad. Además, proclamar semejante
desfachatez habría perjudicado su reconocido prestigio como piloto avalado por
más de 9.000 horas de vuelo. A pesar de todo, la nota informativa en la cual se
ratificaba la hipótesis de que aquel objeto era en realidad el planeta Venus fue
ampliamente recogida por toda la prensa nacional.

Pesquisas posteriores confirmaron lo que se sospechaba desde un principio:


a la hora en que se inició el incidente del vuelo 435, y según el Observatorio
Astronómico de Madrid, el planeta estaba a una altura exacta de 1 grado y 46
minutos sobre el horizonte. Es decir, que no se encontraba a 8.600 m de altura, ni
tampoco junto a la cabina del avión. Además, el Ejército del Aire afirmaba en su
peculiar nota informativa que la situación anteriormente descrita «se prolongó
durante quince minutos», cuando en realidad a las 21:34 horas Venus no era
visible, ya que se encontraba por debajo del horizonte, exactamente a –3 grados y
18 minutos.

NOCHE DE MIEDO EN LA SIERRA

Aracena (Huelva), 6 de julio de 1969, 10:30 horas

Tres señoras de la alta sociedad sevillana y sus respectivas empleadas de


hogar se encontraban descansando en dos chalés, separados por una distancia de
unos setenta metros en plena serranía onubense. Los receptores de televisión de
ambas casas comenzaron a fallar al mismo tiempo: rayas e interferencias extrañas
invadieron las pantallas de los televisores. A los pocos segundos, todo el pueblo de
Aracena y sus alrededores se quedarían repentinamente sin fluido eléctrico. Sobre
los campos y a no mucha altura apareció rasgando las nubes un extraño aparato
que empezó a descender del cielo. Las cinco testigos salieron a los patios de sus
respectivas viviendas para ver lo que en un principio creyeron podría ser un
fenómeno atmosférico. El ovni permanecía en absoluto silencio sobre la vertical de
ambos chalés. A los pocos segundos apareció una segunda esfera luminosa que se
deslizó a lo largo de la carretera comarcal que pasaba frente a las dos casas. Sin
previo aviso, este segundo objeto emitió un cegador haz de luz que cayó
directamente sobre tres de las asustadas testigos, las cuales corrieron a refugiarse
en el interior de las viviendas. A través de las ventanas, desde donde seguían
observando toda la escena, pudieron percibir la inusitada aparición de un enorme
rectángulo rojizo que se balanceaba en el horizonte. Estas imágenes de «aspecto
etéreo» horrorizaron a las cinco mujeres, que creyeron ser víctimas de una atroz
pesadilla. Hasta las cinco de la mañana, y tras surgir junto a un árbol cercano otro
objeto esférico que permaneció estático, los ovnis mantuvieron el cerco sobre los
dos chalés y sus angustiadas moradoras; un asedio que finalizó al llegar las
primeras luces del alba.

Foto 6.3.—Las testigos vieron desde sus chalés de la serranía de Aracena, en


Huelva, un enorme rectángulo rojizo.

UN HUMANOIDE EN EL PATIO

Puente de Herrera (Valladolid), 16 de agosto de 1970, 0:15 horas

La señorita C. R. trabajaba como empleada de hogar en la finca vallisoletana


de Luis de Diego. Había terminado sus labores y estaba viendo la película que
aquel sábado de verano emitía la televisión. Pasada la medianoche, el aparato
comenzó a fallar. Unas gruesas líneas invadieron la pantalla y el volumen del
sonido empezó a disminuir. Ante esos extraños fallos, C. R. intentó verificar la
correcta instalación de la antena, pero apenas tuvo tiempo. Un silbido muy agudo
le sorprendió. El sonido provenía del patio-jardín exterior. La testigo se extrañó de
su elevado volumen, más aún siendo una hora tan avanzada de la noche. Las
interferencias en la imagen se sucedían sin parar, y C. R. intentó solucionar el
problema «tocando todos los botones del aparato». Como comprobó que no había
manera de arreglar la televisión, se dirigió a la puerta que daba al patio para ver
qué ocurría. Allí observó algo que no podría olvidar jamás. Un objeto en forma de
disco, de unos cuatro metros de ancho y dos y medio de alto, había aterrizado
fuera. Varias finas patas estaban en contacto con el suelo. El aparato era de color
plateado y se hallaba coronado por una cúpula cristalina semiesférica. De la parte
frontal del objeto surgían pequeñas luces blancas, amarillas y moradas que
parpadeaban iluminando intermitentemente el jardín. C. R. estaba absorta
observando aquella nave cuando se percató de que una sombra bordeaba el objeto.
«Era un hombre de uno ochenta metros de altura. Iba vestido con un traje azul
marino o negro. Tenía la cabeza cubierta por un gorro ajustado del mismo color
que el resto del vestido. Alrededor de las muñecas y tobillos llevaba unas pulseras
de color blanco brillante y en la parte media de la cintura una hebilla grande y
cuadrada del mismo color que las muñequeras.»

Foto 6.4.—Dibujo del ovni y el presunto ocupante de Puente de Herrera, en


Valladolid. (Cortesía Grupo Charles Fort.)
Aquel extraño hombre se quedó mirando fijamente los campos. No hizo
ademán de penetrar en la casa. Poco a poco giró sobre sus talones y comenzó a
andar hacia el aparato. Espantada, C. R. cerró la puerta con rapidez y corrió a
refugiarse a otra estancia contigua. Como creyó que el humanoide no la había
visto, se asomó a los pocos minutos a una ventana que daba a la misma zona y
comprobó que el ser y el ovni habían desaparecido. Solo quedaban sobre el terreno
unas grandes huellas negras dejadas por algo parecido a botas de gran tamaño...

UNA PLAZA DE TOROS VOLANTE

Pantano de Gabriel y Galán (Cáceres), 27 de marzo de 1970, 0:30 horas

Santos Nicolás regresaba aquella noche en su Seat 850 desde la aldea


cacereña de Ahigal tras sus clases nocturnas a los alumnos de primeros cursos de
bachillerato. La noche era oscura y fría. Cuando comenzó a bordear los regatos del
solitario pantano de Gabriel y Galán, se apercibió de que una enorme bola de luz
aparecía por su derecha.

Con el rabillo del ojo, Santos Nicolás siguió las evoluciones del fenómeno.
«Aquello se adelantó, y entonces pude ver un disco inmenso, gigante, que tendría
unos quince metros de diámetro. En la parte superior había una torreta que
despedía haces de luz anaranjados del mismo tono que los que emergían a través
de una serie de rectángulos o mirillas que bordeaban todo el disco.»

El grandioso objeto volaba en pleno silencio, siempre en horizontal,


manteniendo constantes su velocidad y altura, y a una distancia de unos
doscientos metros del testigo.
Foto 6.5.—Ilustración de lo observado la noche del 27 de marzo de 1970. (Stendek.)

Transcurridos aproximadamente siete minutos de observación, de la parte


inferior del objeto surgieron unos potentísimos cilindros de luz que parecían llegar
hasta el suelo. Eran diez o doce haces que parecían casi sólidos. Al mismo tiempo,
todo el conjunto giraba sobre sí mismo iluminando de forma intermitente los
encinares sobre los que se había situado.
Foto 6.6.—Los ovnis han surcado en multitud de ocasiones las profundas aguas del
Gabriel y Galán. (Iker Jiménez.)

En un principio, el testigo creyó que aquello podría tratarse de una serie de


robustas patas sobre las que iría apoyado el ovni. «Eran en total diez o doce, pero
luego me di cuenta de que efectivamente eran chorros de luz amarillo-verdosa»,
declaró el testigo.

Tras quince minutos de observación, el gigantesco aparato emprendió un


ascenso rápido hacia la negra bóveda celeste hasta desaparecer ante los ojos del
asustado Santos Nicolás.

EL MILITAR ATERRORIZADO

Esporles (Baleares), 3 de octubre de 1969, 18:15 horas


 

El comandante Miguel Bañuls, caballero de la Real y Militar Orden de San


Hermenegildo, conocía aquella carretera a la perfección. Viajaba con su mujer y se
disponía a emprender la ruta Palma de Mallorca-Banyalbufar para acudir a su casa
solariega. Habían recorrido cerca de once kilómetros cuando apareció en dirección
contraria una inmensa bola luminosa que les deslumbró por completo. La luz
podía estar a unos trescientos metros y había surgido al girar para tomar una
pronunciada curva del camino. El comandante Bañuls incluso llegó a gritar al
hipotético y descuidado conductor que llevaba puestas las luces largas. A pesar de
hacer el cambio de luces con el Ford, aquello seguía sin responder, mostrando, al
tiempo que se aproximaba, una potencia lumínica más elevada. Bañuls optó por
reducir una marcha y dejar el vehículo a una velocidad aproximada de 50 km/h.
Fue cuando realmente se asustaron. Aquello no eran los faros de un automóvil. Un
solo y gran foco alumbraba toda la carretera y se dirigía hacia ellos en línea
completamente recta. El choque frontal contra «lo que fuere» era inevitable, pero la
luz a tan solo un par de metros del capó del automóvil se elevó por encima de ellos
rebasando en pocos centímetros la baca que llevaban. Aquello pasó raudo como un
meteoro, pero la sorpresa mayor estaba todavía por llegar. Cuando Bañuls volvió a
pisar el embrague, comprobó que el coche estaba en medio de la calzada, pero en
dirección contraria a la que llevaban antes de toparse con la luminaria.

¿Qué había ocurrido realmente? Durante años, esa pregunta martilleó las
sienes de Bañuls, quien desapareció un cuarto de siglo más tarde de aquel suceso.
Foto 6.7.—El comandante Bañuls se encuentra hoy en día en paradero desconocido.
CAPÍTULO 7

1971-1972
¿Qué ocurrió en el Aljarafe?

LA DÉCADA PRODIGIOSA de los ovnis en España había comenzado. A


partir de este instante, los sucesos más intrigantes coparían sin descanso cientos de
páginas en los diarios de todo el país, generando un estado de expectación
inigualable. En este primer bienio ocurrirían los sucesos más impactantes en
solitarias carreteras comarcales, lugares donde los ovnis iban a aparecer como
incómodos centinelas nocturnos. Y sería precisamente entre los olivos del Aljarafe
sevillano donde se activaría la alarma del miedo popular. Sobrecogedores
encuentros cercanos fueron los culpables.  

UN OVNI KAMIKAZE

Nuez de Aliste (Zamora), 23 de agosto de 1971, 0:30 horas

Basilio Casas Rodríguez recorría en su viejo taxi Seat 1500 los kilómetros
que le separaban de la localidad zamorana de Trabazos. Allí debía recoger a un
cliente que esperaba impaciente. De pronto, la oscura noche se rompió
repentinamente cuando un potente foco amarillo hizo su aparición antes de que
llegara a la pequeña aldea de Nuez de Aliste.

Un impulso natural hizo que Basilio Casas apretara a fondo el acelerador.


Algo extraño estaba sucediendo. La intensidad de aquella luz cada vez era mayor,
y la posibilidad de que se tratara de otro automóvil o de un tractor se desvanecía a
medida que pasaban los segundos. En un momento dado, el ovni pareció
esfumarse. Tan solo unos tenues resplandores quedaban como testigo de su paso
por un aislado pinar. Algo más tranquilo, pensando que se había topado con algún
inusual fenómeno atmosférico, el conductor volvió a aminorar la marcha, pero
aquella luz parecía no haberse olvidado de él. No había pasado más de un minuto
cuando, como un relámpago, el objeto apareció de nuevo frente al automóvil. Su
silueta se recortaba nítidamente en la solitaria llanura zamorana. Con una
aceleración endiablada, la luminaria se colocó a un metro sobre el asfalto y
comenzó una frenética carrera en dirección al parabrisas del aterrorizado taxista.
Casi al mismo tiempo, todo el circuito eléctrico del 1500 se desactivó como por arte
de magia, quedándose «colgado» y zigzagueando de un lado a otro de la calzada
en la más absoluta oscuridad. Basilio Casas se agarró entonces al volante con las
dos manos, consciente de que aquella esfera de un metro de diámetro y de aspecto
incandescente iba a estrellarse con la parte delantera de su coche.

Cuando el accidente parecía inminente, aquel objeto que sobrevolaba la


carretera en total silencio realizó un brusco giro elevándose 90 grados sobre el
techo del 1500 para, a continuación, ascender a unos quince metros de altura y
volver a acelerar, desapareciendo en dirección a la frontera con Portugal. El taxista,
absolutamente sobrecogido por el suceso, volvió a arrancar el motor diesel
mientras contemplaba el valle que había quedado impregnado por una anómala y
centelleante luminosidad.

Foto 7.1.—El Seat 1500 de Basilio Casas rodando por el lugar de los hechos. (J. J.
Benítez.)

INSÓLITO DESEMBARCO EN UN MELONAR

Aznalcóllar (Sevilla), 12 de septiembre de 1971, 19:00 horas

 
Los diez o doce campesinos que disfrutaban de una tranquila tertulia al
atardecer se levantaron repentinamente. El sobresalto del grupo se produjo cuando
un hombre tan anciano y respetado como Juan Rodríguez Domínguez, «el
Palmareño», irrumpió a la entrada del pueblo. El anciano iba tropezando y
levantándose, víctima de un terror antinatural mientras gritaba: «¡El viajero, el
viajero!», hasta que cayó desplomado a la entrada de Aznalcóllar. A su auxilio
acudieron rápidamente los hombres preguntándose qué había ocurrido.

Tras unos minutos durante los cuales varios vecinos le rodearon intentando
que despegara las manos de su escopeta de caza, aquellos trabajadores del campo
sevillano oyeron en boca del guarda la más extraña de las historias. Como cada
jornada, el Palmareño había ido a vigilar El Lunarejo, un vasto melonar que estaba
situado en las proximidades del pueblo. Atardecía cuando, ante su sorpresa,
observó un inmenso objeto ovoidal «como el Viajero» —el autobús que hacía la
ruta desde la comarca del Aljarafe a Sevilla— que bajaba de los cielos para posarse
en aquellos terrenos. Era una nave inmensa que quedó estática sobre una de las
laderas del melonar. Un brillo metálico que resplandecía al ser alcanzado por los
rayos solares le conferían el aspecto de un gigantesco proyectil. El Palmareño,
hombre curtido en el duro campo andaluz, no sabía nada de ovnis ni de visitantes
del espacio, pero aquello le estremeció. Se puso en cuclillas y se aferró a su
escopeta de dos cañones «por si fuera necesaria». A los pocos segundos, dos
portezuelas situadas en los extremos de la gran nave se abrieron súbitamente... y
de ellas comenzaron a descender por una pequeña rampa multitud de «enanos»
uniformados. Fue entonces cuando Juan comenzó a especular con las distintas
posibilidades que ofrecía aquel insólito espectáculo: ¿Era un desembarco militar?
¿Un golpe de Estado? ¿Un ataque armado hacia el Gobierno de Franco?
Foto 7.2.—Juan Rodríguez Domínguez, «el Palmareño», horas después de haber
visto «al Viajero» en el melonar de Aznalcóllar. (Cortesía de Ignacio Darnaude.)

Consternado por lo que creía una operación militar, decidió ponerse en pie.
Uno de esos «hombres» le enfocó con una potentísima «linterna» dejándolo medio
ciego y a punto de hacerle caer a tierra. Aquel «regimiento» se había ido
aproximando a un pozo artesiano que surtía a la finca. Iban en dos filas y Juan
había comenzado a sentir un temor irreprimible. Se había dado cuenta que
aquellos seres no parecían humanos. Su bajísima estatura —apenas un metro de
altura— les daba el aspecto de niños. Unos infantes cubiertos con algo que impedía
ver su rostro y que aparecían embutidos en trajes azulados, al parecer de una sola
pieza.
Foto 7.3.—Aznalcóllar se convirtió en centro y corazón de la oleada sobre el
Aljarafe. (Iker Jiménez.)

Seis de estos seres comenzaron a caminar deprisa hacia la choza del


Palmareño lanzando ráfagas de luz emitidas por aquellas linternas que producían
un insoportable dolor de cabeza e irritación ocular en el único testigo. El pavor se
apoderó del guarda hasta tal punto que, sin pensarlo dos veces, emprendió una
frenética carrera hacia el pueblo. Cuando, transcurridos unos doscientos metros, se
volvió hacia atrás para mirar, comprobó espantado que dos «enanos» habían
seguido su camino. Corrían tras él como queriendo alejarle del lugar mientras le
enfocaban con las «linternas».
Foto 7.4.—Así vio Aurelio, dibujante de La Gaceta del Norte, el encuentro del
Palmareño.

Al final, y sin atreverse siquiera a volver la vista atrás, realizó casi tres
kilómetros a la carrera hasta llegar al pueblo para pedir auxilio. Inmediatamente, y
sin dudar un ápice de la honorabilidad de Juan el Palmareño, la familia de los
Chícharos, copropietarios del melonar, emprendieron una veloz carrera hasta el
pozo artesiano. Allí, aunque no estaba aquel «viajero volador», encontraron
decenas de pisadas extrañas. Diminutas huellas como si hubieran sido impresas
por pequeños botines rodeaban en hileras el pozo de El Lunarejo.

Los testigos decidieron hacer un pacto de silencio, conscientes de lo difícil


que resultaba creer aquella historia. Al día siguiente, Juan Rodríguez Domínguez,
«el Palmareño», denunciaba el hecho en el cuartel de la Guardia Civil.

Al ser interrogado sobre la posibilidad de que hubiera utilizado su escopeta,


respondió sin titubeos: «Si hubiese disparado, me habrían ‘‘arrodeado’’, y a estas
horas no podría yo contárselo...»

MISTERIOSA ESCOLTA

Venta de los Santos (Jaén), 11 de diciembre de 1971, 20:00 horas

Gustavo Moreno Algarra y su esposa, Carmen Muñoz Carrascosa, viajaban


en su automóvil por las inmediaciones de la localidad jiennense de Venta de los
Santos. El agreste paraje y la estrecha carretera llena de curvas obligaban a ir muy
lentamente, prestando atención a cada peligroso giro del camino. Estaba cayendo
ya el manto de la noche cuando una fina lluvia comenzó a dificultar aún más la
visibilidad del conductor. Al intentar desempañar el parabrisas, la pareja se
percató de que alguien les acompañaba. Con sorpresa, pudieron distinguir sobre
las copas de un grupo de árboles aislados un objeto luminoso de gran tamaño que
se balanceaba lentamente como si fuese un globo. Gustavo Moreno decidió
aminorar aún más la marcha para observar mejor aquel curioso fenómeno.
Mientras tanto, el ovni había comenzado a elevarse lentamente sin emitir ningún
ruido hasta quedar situado a unos trescientos metros de altura a la izquierda del
sinuoso camino, posición en la cual permaneció estático, lo cual permitió a los
testigos comprobar que su forma era semejante a la de «una pelota de rugby» de
un intenso color rojizo. De repente, un borde o halo anaranjado de apariencia
eléctrica comenzó a envolver al misterioso artefacto, que poco a poco volvía a
descender de nuevo hacia el asfalto. Ante la posibilidad de que aquel enigmático
objeto les cortara el paso, y siendo conscientes de la soledad que reinaba en aquel
paraje, el matrimonio decidió emprender una veloz carrera hasta traspasar la
aldea; entonces dejaron de vislumbrar aquel ovni que flotaba como una hoja
muerta.

Foto 7.5.—Croquis de lo observado bajo la lluvia en Venta de los Santos (Jaén).

MIEDO EN LA CARRETERA

Osuna (Sevilla), 22 de diciembre de 1971, 0:00 horas

 
Un foco violeta situado a no mucha altura se vislumbraba por el espejo
retrovisor del automóvil. Alfonso del Castillo y Purificación González, una joven
pareja de abogados, se quedaron un tanto extrañados ante la súbita aparición
mientras se desplazaban por las carreteras de la comarca de Aljarafe. Más aún
cuando la misteriosa luz se elevó repentinamente hacia las alturas para
desaparecer durante unos minutos, volviendo posteriormente a situarse tras el
automóvil.

El miedo comenzó a apoderarse de ambos cuando se percataron de que la


luminosidad ascendía en vertical cada vez que pasaban por las cercanías de algún
pueblo, para volver de nuevo a aproximarse —cada vez más— cuando el camino
volvía a estar solitario. A medida que el foco iba aumentando de tamaño, las
interferencias en el receptor de la radio del coche se incrementaban hasta que la
señal acabó por volverse inaudible, momento en el cual la pareja optó por
apagarlo. Entonces comenzaron a escuchar un pitido agudo y constante por
encima del capó del automóvil. El cachorro que llevaban en la parte trasera se
había despertado de inmediato y había comenzado a ladrar apuntando hacia el
techo del coche.

Para «despistar» al incómodo viajero, los abogados decidieron parar en


diversos establecimientos de carretera..., pero el ovni volvía a alcanzarles para
colocarse en su vertical cada vez que salían de un pueblo. Finalmente, en una
curva pronunciada, pudieron observar que un objeto de tamaño descomunal les
rebasaba. Era un elipsoide metálico de unos siete metros de longitud que
presentaba en su fuselaje tres hileras bien definidas de focos circulares. Los
centrales eran de mayor tamaño y emitían cegadores destellos sobre el coche de los
asustados testigos. Pese a que el conductor pisaba a fondo el acelerador, el
vehículo no superaba los 40 km/h, acrecentando el temor de la pareja que sólo
deseaba llegar hasta el próximo pueblo. En la provincia de Granada, cuando ya los
dos jóvenes se encontraban totalmente invadidos por el más absoluto terror, aquel
artefacto decidió elevarse a gran velocidad hacia la bóveda celeste, dejando a los
dos abogados con un miedo cerval y la sensación de haber sido cobayas de algún
experimento desconocido.
Foto 7.6.—Una gigantesca nave de siete metros aterrorizó a una pareja de abogados
en Osuna (Sevilla).

LA FIGURA DEL KILÓMETRO 486

Santiponce (Sevilla), 8 de enero de 1972, 21:35 horas

El transportista Luis L. A., de veintisiete años, conducía un camión Pegaso


por la antigua carretera que unía Sevilla con Extremadura. En el kilómetros 486, a
la altura de la localidad de Santiponce, en la comarca de Aljarafe, observó una
figura alargada que se colocaba en medio de la calzada. En ese tramo, la carretera
iniciaba una fuerte pendiente y el conductor se vio obligado a reducir la marcha,
pudiendo así observar con más detenimiento lo que en un principio creyó
identificar como «un hombre desnudo». Pero a medida que los faros del Pegaso
iban alumbrando aquella silueta, el pánico del testigo se iba incrementando. Según
confesó: «Aquel tipo tenía una cabeza como de huevo, con unos brazos
extremadamente largos.» El humanoide permanecía hierático en el mismo lugar,
haciendo sin embargo un leve movimiento con los brazos que parecía querer
ordenar al camión que se detuviese inmediatamente. En un acto reflejo, Luis L. A.
volvió a acelerar el vehículo dispuesto a llevarse por delante a tan siniestro
individuo. Cuando las ruedas del Pegaso se encontraban ya cercanas a su objetivo,
aquella figura de más de dos metros de altura, que parecía ir cubierta con un
atuendo ajustadísimo y brillante, se lanzó de cabeza contra unos matorrales
existentes a un lado de la cuneta con una agilidad impropia de un ser humano.
Absolutamente aterrorizado, el camionero no dudó en continuar la marcha a todo
gas hasta llegar a la localidad de Camas. Allí, en una solitaria venta de carretera,
comunicó lo sucedido víctima del más increíble pavor, sin atreverse, desde luego, a
continuar su camino en solitario.

Foto 7.7.—Una silueta brillante y sin facciones quería detener a toda costa el
camión.
Foto 7.8.—El humanoide se tiró de cabeza a los matorrales que bordean la antigua
carretera Sevilla-Mérida. (Iker Jiménez.)
CAPÍTULO 8

1972-1973
Exploradores en la oscuridad

EN JUNIO DE 1972 aconteció en nuestro país uno de los más


extraordinarios encuentros ovni de cuantos recoge la historia ufológica mundial.
Un seminarista de Logroño fue «escrutado» a muy corta distancia por un diminuto
ovni que se introdujo en su habitación a través de la ventana. Por estas mismas
fechas, ocurrían en España otros muchos sucesos en los que se produjo una
misteriosa paralización de los testigos que, en algún caso, afectó también a los
animales que los acompañaban. Todos estos casos sirven para plantear nuevos
interrogantes para un enigma que ya venía de antiguo. ¿Quién nos está
investigando? ¿Estamos siendo objeto de un minucioso estudio, como cobayas en
un laboratorio?

UN CILINDRO Y UN SER

Granada, 4 de junio de 1972, 0:05 horas

Juan M. A., de catorce años de edad, se despertó repentinamente. Al


incorporarse en la cama notó cómo una luz tenue y pulsante iluminaba la estancia
contigua. Sin hacer ningún tipo de ruido, e intrigado por el resplandor que se
había colado en la cocina, se dirigió hacia allí. No tardó mucho en comprobar que
un objeto desconocido se había posado junto a la casa. Por la ventana entreabierta
se percibía «algo de gran tamaño» cuya sombra aparecía reflejada en las cristaleras.
Movido por una curiosidad que prevaleció sobre el miedo, Juan M. A. se asomó
con gran cuidado para intentar descubrir la naturaleza del intruso que había
penetrado en la extensa finca situada en las afueras de la ciudad. Un cilindro de
unos ocho metros de alto y de tonalidad blanquecino-anaranjada aparecía posado
en posición vertical sobre el suelo. En su tercio superior una especie de anillo
gaseoso rodeaba toda la estructura y, sobre él, aparecía una silueta oscura de unos
dos metros de altura que parsimoniosamente giraba en torno al misterioso
artefacto. El pánico se apoderó del joven, quien acudió rápidamente al dormitorio
donde se alojaban sus dos primos. Armándose de valor, los tres muchachos
volvieron a la ventana y desde allí estuvieron observando durante más de un
minuto el increíble espectáculo. El cilindro había aterrizado apenas a quince
metros del edificio, y su luminosidad era cada vez más intensa. En ningún
momento oyeron ruido alguno.

En un momento dado, la enigmática figura de negro detuvo su caminata


alrededor del objeto y se detuvo frente a la ventana. No se pudieron apreciar
facciones. Todo él era una siniestra silueta que parecía ir embozada en un ajustado
traje. Aquel cambio en el comportamiento del ser que caminaba sobre el anillo
aparentemente gaseoso hizo que los tres jóvenes corrieran a su habitación y se
ocultaran con gran temor bajo las sábanas. No pudieron pegar ojo, ni tampoco se
atrevieron a cerrar las contraventanas, que habían quedado abiertas de par en par.

Foto 8.1.—Croquis realizado por los testigos del aterrizaje de Granada.

De cuando en cuando volvían a mirar hacia el cuarto contiguo, notando


cómo los resplandores anaranjados cada vez se hacían más intensos y penetraban
con fuerza en toda la casa. Durante dos horas, pasaron un auténtico calvario,
amedrentados por aquella luz intermitente. Transcurrido ese tiempo todo cesó...,
como si lo sucedido no hubiese sido sino una terrible pesadilla. Al día siguiente los
testigos hicieron algunos croquis de lo que habían observado, coincidiendo los tres
dibujos. Horas después regresaron los dueños de la finca. A pesar de las
explicaciones y de la angustia manifiesta de los muchachos, nadie se tomó el
menor interés por investigar el asunto. El hecho de que en los pastos no apareciera
ninguna marca convenció a estas personas de que todo había sido una simple
alucinación. Una teoría con la que veinticinco años después los testigos siguen sin
estar de acuerdo.

EL SEMINARISTA QUE GRABÓ UN OVNI

Logroño, 22 de junio de 1972, 2:00 horas

El joven seminarista Javier Bosque jamás podría haber sospechado que su


pequeña y humilde habitación en las Escuelas de los Escolapios de la ciudad de
Logroño se iba a convertir aquella madrugada en el insólito escenario de uno de
los más impresionantes encuentros acaecidos en la historia ufológica española.

El día había transcurrido ajetreado y como tenía por costumbre Javier, un


culto seminarista de veinte años, se dispuso a grabar unos rasgueos de guitarra.
Tras unos minutos de práctica, y ya avanzada la noche, se dispuso a leer El Quijote,
colocando a tal efecto un flexo junto a la pared. Así, con la estancia tenuemente
iluminada y sumergido en la apasionante lectura, fueron pasando las horas. Hacia
las dos, el joven se incorporó en la cama. Extasiado y algo sorprendido, se quedó
mirando una luz que surgía tras la ventana. Casi no le dio tiempo a levantarse
cuando comprobó con horror que ésta comenzaba a abrirse lentamente... Poco a
poco, con fúnebre parsimonia, se fue acercando al marco un objeto pequeño y muy
luminoso que flotaba en el exterior. Según declaró el aterrorizado testigo a algunos
investigadores del CEI (Centro de Estudios Interplanetarios) como Alberto Adell o
Pere Redón, «... aquello era algo ovoide de medio metro de ancho y no más de
treinta y cinco centímetros de alto». El artefacto penetró lentamente en el cuarto,
avanzando en línea recta hacia la cama, colocándose a unos dos metros del suelo.
Mientras tanto, presa de un incontenible miedo, Javier Bosque quedó arropado por
las sábanas observando fijamente la «bola de fuego», que había descendido hasta
los pies de la cama. El resplandor de aquella esfera era tan vivo que iluminaba por
completo toda la habitación y hacía que el seminarista tuviera que entornar los ojos
para observar sus contornos con precisión.
Foto 8.2.—«Y el extraño foco entró lentamente en la habitación del seminarista...»

SILBIDOS DE OTRO MUNDO

Durante unos instantes el objeto permaneció balanceándose en el aire,


prácticamente sobre el testigo. Era algo «metálico que avanzaba y retrocedía con
enorme seguridad», según declaró Javier Bosque a los diarios regionales. Al mismo
tiempo, unos sonidos agudos comenzaron a inundarlo todo. Convencido de que
aquella siniestra melodía partía del intruso, el joven estudiante hizo de tripas
corazón y pasando su brazo bajo la almohada se dispuso a pulsar el botón de la
grabadora. Casi al mismo tiempo un fino haz de luz surgió del ovni «como si
fueran los ojos de un caracol». Era una especie de rayo que impactó en el aparato
grabador y que poco a poco se diluyó en el aire. Al testigo le dio la impresión de
que aquel haz lumínico había vuelto a penetrar en la «bola de fuego». Después de
esta «operación» el fenómeno volvió a ascender y, enfilando hacia la ventana, salió
de nuevo al exterior con la misma lentitud con que había entrado. Todavía desde la
cama, el asustado seminarista pudo comprobar cómo «aquello» ascendía
rápidamente en vertical hacia el encapotado cielo de Logroño.

Foto 8.3.—Javier Bosque, un hombre culto y cabal, en una entrevista concedida al


investigador Alberto Adell.

Durante unos instantes se escuchó el pitido, circunstancia que Javier


aprovechó para subir el dispositivo de volumen de la grabadora. Transcurridos
unos segundos todo cesó. El joven seminarista se incorporó y asomándose a la
misma ventana por donde había penetrado el visitante nocturno pudo comprobar
que las calles permanecían completamente desiertas. En el firmamento tampoco se
podía apreciar rastro alguno del misterioso explorador.

¿UNA GRABACIÓN EXTRATERRESTRE?

Como es lógico, lo primero que hizo Javier Bosque tras recuperar el aliento
fue comprobar si aquellos sonidos habían quedado registrados en la cinta
magnetofónica. Y efectivamente, allí aparecieron de forma nítida. En apenas unas
horas, la excepcional grabación ya estaba en manos de Eduardo Romero, técnico de
sonido de Radio Rioja y profesor de electrónica en la Escuela de Maestría de
Logroño. Tras examinar la cinta, este profesional dictaminó que era muy poco
probable la existencia de un fraude. Para demostrarlo intentó «trucar» la grabación
con un complicado osciloscopio de doble vía marca Tektronic. Las pruebas
comparativas arrojaron el siguiente veredicto: los sonidos exactos reproducidos en
la cinta de Javier Bosque —que iban de los 1.000 a los 4.000 Hz— no pudieron ser
duplicados con precisión. De haber sido un truco, éste solo podría haberse llevado
a cabo con un equipo muy sofisticado, algo que evidentemente no estaba al alcance
de un modesto seminarista que pasaba una agradable noche de lectura en su
espartana habitación de los Escolapios de Logroño.

Foto 8.4.—Por esta ventana penetró y desapareció el enigmático foo-fighter, «bola


de fuego».
Foto 8.5.—Onda sonora —obtenida mediante osciloscopio— de la excepcional
grabación del seminarista. (CEI/Stendek.)

PARALIZADO JUNTO AL REBAÑO

El Castañuelo (Huelva), 18 diciembre de 1972, 7:30 horas

Como cada amanecer, Juan González, un veterano pastor onubense, se


encaminaba, junto a su rebaño de cabras, hacia las proximidades de la zona
denominada Los Barrancos, en Huelva. La mañana transcurría con normalidad
hasta que un fuerte estruendo hizo volverse al testigo. Al otro lado de la vieja
carretera apareció un insólito artefacto volador de unos tres metros de diámetro,
«algo cuadrado, de bastante anchura, parecido al aluminio y con cuatro patas
pequeñas». Se escuchó una segunda explosión y Juan pudo contemplar un
espectáculo que jamás podría olvidar. Las aproximadamente treinta cabras habían
quedado paralizadas por completo, como figuras de yeso. Muchas se habían
quedado «clavadas», igual que en una fotografía. El noble pastor comprobó con
espanto que tampoco le respondía el cuerpo. Podía escuchar y percibir lo que
ocurría a su alrededor, pero era completamente incapaz de mover un dedo.

El ovni quedó situado a un lado del camino, a no más de diez metros del
rebaño. En silencio, transcurrieron dos o tres minutos que se hicieron eternos.
Durante este período de tiempo Juan González observó cómo su audaz perro
pastor también estaba completamente inerte. Incluso una de sus patas se había
quedado suspendida, inmóvil, en el aire. Así permanecieron animales y hombre
hasta que el aparato metálico comenzó a elevarse lentamente hacia el cielo.

Foto 8.6.—Juan González quedó paralizado totalmente ante un ovni.


Una tercera detonación coincidió con el momento en que el artefacto tomaba
altura. Como estela de aquel misterioso «avión», un cordón de humo blanco quedó
suspendido sobre el lugar durante algunos instantes. Solo cuando el ovni hubo
desaparecido en el cielo azul pudo el asustado Juan González volver a moverse
con normalidad. Una fuerza desconocida les había utilizado a él y a sus animales
como conejillos de Indias de un enigmático experimento, manteniéndolos
paralizados durante tres angustiosos minutos.

LOS HUMANOIDES QUE GESTICULABAN

Rupit (Barcelona), junio de 1973, 6:00 horas

Gertrudis Artigas, de sesenta años de edad, caminaba hacia su masía


situada en una zona de difícil acceso próxima a la población barcelonesa de Rupit.
En un claro del frondoso bosque descubrió un objeto de gran tamaño que
permanecía posado en el terreno. Tenía forma semiesférica y destellaba colores
azulados. Conforme la testigo fue aproximándose al lugar, una pequeña escalera
surgió de uno de los laterales del aparato y por ella descendieron entre siete y diez
seres vestidos con oscuras prendas. Haciendo gala de una admirable sangre fría, la
señora Artigas continuó su camino, observando cómo algunos de los humanoides
ejecutaban una extraña mímica de extraños aspavientos, mientras otros parecían
explorar los alrededores. Ya dentro de la masía Gertrudis, único testigo del
excepcional encuentro, relató a su hijo, Juan Font, lo que había visto. Pero fue
demasiado tarde. A pesar de que este se desplazó rápidamente hasta el lugar, los
misteriosos seres y su artefacto habían desaparecido.
Foto 8.7.—Varios seres de siniestro aspecto desembarcaron en un claro del bosque
asustando a Gertrudis Artigas con sus gesticulaciones.
CAPÍTULO 9

Marzo de 1974
Dos noches que cambiaron

la historia

EL 21 DE MARZO, el telediario se iniciaba con una sorprendente noticia: un


viajante de comercio sevillano había sido perseguido por un ovni. Al día siguiente,
todos los periódicos de España llenaban páginas narrando otro suceso acaecido
apenas unas pocas horas después. En Salamanca, un camionero había tenido que
huir campo a través ante la amenazante presencia de tres seres gigantescos. España
entera quedó conmocionada ante lo extraño e inquietante de unos hechos que
denotaban una cierta hostilidad de los ovnis y sus tripulantes. Con estos sucesos se
abría una nueva etapa en nuestra historia ufológica. Era el pistoletazo de salida
para la «gran oleada» de los setenta.

VIOLENTA PERSECUCIÓN

Castillo de Las Guardas (Sevilla), 20 de marzo de 1974, 10:45 horas

Adrián Sánchez Sánchez, viajante de comercio de treinta y un años de edad,


se disponía a aparcar su viejo Dyane 6 en la ciudad sevillana de Gerena, pero al no
ver suficientes clientes potenciales en el lugar decidió dirigirse hacia la localidad
de Castillo de Las Guardas a través de una solitaria carretera. Pensando en la
posibilidad de que en dicho lugar acaso hubiera mercado para sus productos,
emprendió la marcha a velocidad moderada.

ALGO CAE DEL CIELO

«A eso de las once —declaró el testigo—, al tomar una curva vi caer algo del
cielo. Repentinamente, me pareció ver que por el lado izquierdo algo se precipitaba
contra el suelo. El hecho de observar la escena por el rabillo del ojo me impidió
fijarme bien. A mí, sinceramente, a primera vista, me pareció un aparato grande. Y
me dije: ‘‘¡Dios mío, si parece un avión!...’’ Aquello me pareció un gran hangar de
los de aviación. Esa fue la primera impresión. Era enorme, con una puerta en uno
de sus extremos. Me quedé quieto durante unos minutos preguntándome: ‘‘¿Qué
puede ser eso?’’»

El objeto, de forma alargada, alcanzaba los ciento cincuenta metros de


longitud y permanecía elevado sobre el suelo, en completo y absoluto silencio. No
eran visibles alas ni ruedas en su contorno y su color era plateado, con una
superficie que destellaba al ser tocada por los rayos solares.

UN OVNI EN EL ESPEJO RETROVISOR

El solitario testigo se encontraba a unos cincuenta metros del aparato,


dudando qué hacer, cuando comenzó a abrirse una compuerta frontal de la cual
surgieron tres objetos más pequeños.

«Eran —recordaba el protagonista— como tres discos unidos por la parte


superior que habían surgido de la nada. Primero comenzó a entrar uno por la
puerta del ‘‘hangar’’. Después, y muy lentamente, hizo lo propio el segundo... Y
fue el tercero, cuando ya se encontraba en el marco de aquella compuerta, el que se
quedó parado en seco y comenzó a retroceder enfilando hacia mi posición.
Entonces noté un repentino ardor de estómago y un extraño escalofrío que me
recorría la columna vertebral...»

Foto 9.1.—Adrián Sánchez, aterrorizado, observó al platillo por el retrovisor...


A la carrera, y con aquel disco de nueve metros de diámetro tras él, Adrián
Sánchez desanduvo el camino a través de la vereda y penetró en el Dyane 6 que
aún permanecía sobre el asfalto con el motor en marcha. Ahí comenzó una
dramática persecución que el comerciante sevillano jamás podrá olvidar...

«El pánico me invadió desde los pies a la cabeza, no me importa confesarlo.


Pisé el acelerador hasta hacerme daño en el pie. El disco volador se colocó detrás
del vehículo, totalmente pegado a mi espalda. Podía verlo a través del espejo
retrovisor, persiguiéndome y sin hacer ningún ruido. El terror que atenazaba mis
sentidos hizo que emprendiera una loca carrera a más de cien kilómetros por hora
hacia Castillo de Las Guardas. En mi nerviosismo, no me di cuenta que, habiendo
retrocedido en dirección Aznalcóllar-Gerena, tan solo tenía que recorrer cinco
kilómetros hasta mi destino. No sé por qué lo hice, pero me interné con el Dyane 6
por un camino solitario a lo largo de más de treinta kilómetros...»

Foto 9.2.—Documento de los archivos de Manuel Osuna sobre las primeras


investigaciones en el lugar. A un lado de la carretera apareció la gran nave.
Efectivamente, el ovni había emprendido una veloz persecución,
colocándose en ocasiones encima del viejo coche: «Sólo pensaba en correr, correr,
alejarme cuanto antes de ‘‘aquello’’ —proseguía el testigo—. El aparato, como
queriendo que huyese del lugar, se colocaba a la izquierda o a la derecha del
camino, haciendo que acelerase constantemente en cada curva con el fin de dejarlo
atrás. Aún no comprendo cómo no me estrellé en aquella persecución.»
Transcurridos diecisiete kilómetros, el vehículo penetró en un cortijo. Adrián bajó
corriendo del coche y aporreó con todas sus fuerzas la puerta principal. Ya en el
interior, y calmado gracias a las tilas que le ofrecieron los hospitalarios habitantes
de la casa, el viajante comentó presa de los nervios lo que le había sucedido. Fue
incapaz de regresar a la carretera y requirió compañía para dirigirse al cuartel de la
Guardia Civil. Unos minutos más tarde, Adrián Sánchez prestaba declaración en
dichas dependencias y era acompañado hasta su domicilio, pues se negaba a
circular de nuevo en solitario. En el lugar donde cayó el gran «hangar», la Guardia
Civil encontró matorrales y terreno calcinado con aspecto de haber estado
sometidos a altísimas temperaturas. Al día siguiente, a través de los servicios
informativos de TVE, toda España era partícipe del sobrecogedor incidente. Ni el
propio Adrián Sánchez fue consciente de que su vivencia representaba el inicio de
una nueva y crucial etapa en nuestra historia de los ovnis...
Foto 9.3.—Croquis tomado en el lugar del «hangar» aparecido ante el señor
Sánchez. (Cortesía de J. M. G. Bautista.)

Foto 9.4.—Primera noticia a grandes titulares en El Correo de Andalucía. En


unas horas el caso de Castillo de Las Guardas sería el primero en abrir un telediario.

UNA SOMBRA EN EL ARCÉN

El Puerto de Santa María (Cádiz), 21 de marzo de 1974, 2:30 horas


 

Pocas horas después del incidente de Sevilla, Cristóbal Muñoz, chófer del
presidente de la Diputación de Cádiz, recibía el mayor susto de su vida mientras
conducía hacia El Puerto de Santa María por una solitaria carretera comarcal: «En
un momento del viaje vi una sombra alta de alguien que permanecía en pie junto al
arcén —aseguró Muñoz—. Pensé que había ocurrido algo, aunque no divisé
vehículo alguno junto a aquel ser. Me decidí a parar y a intentar prestar ayuda al
transeúnte, pero algo me dijo que allí había “gato encerrado”. Aquella persona
seguía inmóvil, y lo lógico es que al verme hubiera hecho alguna señal o me
hubiese hablado..., pero no se movió y permaneció en completo silencio...» El
chófer, poco dado a especulaciones fantasiosas, superó su inicial recelo y se
encaminó hacia la figura que permanecía totalmente quieta, pero cuando estaba a
dos metros de él algo anómalo sucedió: «De pronto —confesó— surgió de la
cabeza y de la cara de aquel “hombre” una luz poderosísima, tremendamente
intensa; una luminaria blanca que lo inundaba de claridad todo el contorno
mientras aquel tipo continuaba en posición de “firmes”, con los brazos pegados al
cuerpo. Salí espantado, aterrorizado, sin saber con quién estaba yo en aquel
camino solitario. Me metí en el automóvil, pero incluso desde su interior seguía
viendo el foco de luz que iluminaba parte de la carretera. No aguanté más, metí la
primera y salí de allí como alma que lleva el diablo...»

Foto 9.5.—Cristóbal Muñoz, chófer del presidente de la Diputación de Cádiz, se


topó con un siniestro personaje en la carretera. (Cortesía de J. J. Benítez.)
Recorridos unos metros, Cristóbal Muñoz comprobó que el señorial Seat
1500 comenzaba a detenerse y a temblar como una vara. Así, a trancas y barrancas,
logró llegar hasta su domicilio, donde apenas pudo conciliar el sueño. Al día
siguiente confesó lo ocurrido al presidente de la Diputación. Éste, en tono
pragmático, le contestó a Cristóbal: «Bien podría ser un ovni de esos que salen en
los periódicos...»

LA PESADILLA DE MAXI IGLESIAS

Valdehijaderos (Salamanca), 21 de marzo de 1974, 2:15 horas

Maximiliano Iglesias Sánchez trabajaba de transportista en la localidad


salmantina de Lagunilla. Esa noche, tras realizar un reparto, pasó unas horas con
su novia en el pueblo cercano de Pinedas y, ya de madrugada, se dispuso a volver
a casa en su furgoneta Avia. Transcurridos unos kilómetros por los serpenteantes
caminos de la sierra de Béjar, el vehículo de Maxi se detenía ante la presencia de
dos poderosos focos de luz que surgían del centro de la calzada. Extrañado, el
conductor notó cómo el motor de la furgoneta se paraba en seco. Fue al descender
a tierra cuando comprobó que las luces eran en realidad dos objetos de forma
discoidal que ocupaban todo el ancho de la calzada. Súbitamente, un par de figuras
muy altas hicieron acto de presencia entre los dos ovnis. Eran humanoides
enfundados en monos plateados, confeccionados en un material semejante al
caucho. Tras gesticular durante algunos segundos, los dos «hombres»
desaparecieron. Poco después, y con estruendoso ruido, los objetos se elevaban en
el cielo.
Foto 9.6.—Abajo: Maxi Iglesias, horas después del suceso, en una vieja fotografía,
junto a la camioneta Avia y a su patrón, Aquilino Garrido.

Derecha: Ilustración de José María Kaydeda sobre la persecución de los gigantes.


Foto 9.7.—Maxi Iglesias señala los surcos en un lateral de la carretera. Esta
imagen mereció algunas portadas de diarios nacionales.

PERSEGUIDO POR LOS GIGANTES

La jornada siguiente, su patrón, Aquilino Garrido Bernal, volvió a


encargarle que hiciera un transporte hasta la zona de Valdehijaderos. Así, sobre las
once de la noche y en el mismo punto de la carretera vecinal, volvió a divisar las
luces, que en esta ocasión parecían ser tres. Un pánico irracional se apoderó
entonces del joven salmantino, que decidió esperar en plena oscuridad a que los
aparatos ascendieran hacia los cielos. Pero esta vez no todo iba a ser tan sencillo.

Cuatro gigantescas criaturas de más de dos metros de altura y vestidas con


un mono grisáceo que les tapaba hasta el pelo, aparecieron en medio de la calzada.
Tras hablar entre ellas comenzaron a caminar hacia la furgoneta Avia donde se
resguardaba Maximiliano. El joven no aguantó más y decidió abrir la portezuela
para iniciar una dramática huida campo a través con el objetivo de despistar a los
«gigantes». A partir de ese instante se produciría en aquellos abruptos parajes una
carrera insólita que acabó con el camionero salmantino arrojándose a una gran
zanja llena de fango, desde donde observó atentamente a las figuras que lo
buscaban rastreando palmo a palmo el terreno.

 
EXTRAÑAS HERRAMIENTAS

Tras diez minutos de pesadilla durante los cuales los humanoides


merodearon impacientes buscando a su víctima, de pronto se hizo el silencio. Maxi
aprovechó para volver casi a gatas hasta la carretera, ocultándose de nuevo tras
unos frondosos arbustos. Desde ese escondrijo observó cómo los cuatro seres
hacían surcos en la tierra, ayudándose con dos herramientas semejantes,
respectivamente, a una «T» y a una herradura. Al regresar a la camioneta
comprobó que ésta permanecía con las puertas abiertas. Con cautela logró
introducirse en el habitáculo y dar el contacto. En ese instante los cuatro seres
volvieron a mirarle. Cuando creía Maxi que la pesadilla iba a comenzar de nuevo
aquellos «tipos» desaparecieron, elevándose casi al unísono los tres discos con sus
respectivos trípodes de aterrizaje. Con gran sangre fría, pese al terror que
experimentaba, el joven pisó el acelerador pasando a gran velocidad por entre los
tres ovnis, que allí quedaron resguardados por la noche y la soledad del lugar.

Al día siguiente, acompañado de su patrón y con el corazón en la garganta,


Maxi cursó la pertinente denuncia en el cuartel de la Guardia Civil. Esa misma
mañana, los agentes comprobaban que en el lugar del supuesto aterrizaje había
aparecido todo un rosario de huellas y extraños surcos en las laderas del camino...
CAPÍTULO 10

Abril-diciembre de 1974
El componente absurdo

MIENTRAS POBLACIONES enteras del norte peninsular eran testigos de


las andanzas de los «discos voladores», en Andalucía, el extremo opuesto de la
geografía española, acontecían diferentes sucesos inexplicables envueltos en el halo
de lo incomprensible. La excepcional fotografía de un ser desconocido obtenida
por un investigador en las marismas de Huelva y la aterradora experiencia de un
miembro de la Guardia Civil en Cádiz servían como desconcertante botón de
muestra de una serie de historias, a cual más extravagante, que tuvieron lugar en
aquellas fechas. El componente absurdo del fenómeno ovni había entrado en
escena.  

EL ROSTRO SIN DUEÑO

Finca El Condesito, Rociana del Condado (Huelva), 29 de noviembre de


1974

El cielo de las marismas de Huelva estaba siendo escenario de las constantes


evoluciones de luces no identificadas. Pero en la finca denominada El Condesito
los sucesos anómalos llegaban mucho más lejos. Un grupo de activos
investigadores sevillanos, comandado por el pionero de la ufología andaluza
Manuel Osuna y secundado por Julio Marvizón Preney y Helio Contreras,
realizaron la primera investigación en la que se conjuntaron el fenómeno
psicofónico, la observación del entorno y el empleo de película infrarroja. Allí
habían aparecido extrañas presencias y no menos sorprendentes sombras que
amedrentaban a los moradores de la solitaria zona. Los audaces investigadores
andaluces pasaron noches enteras explorando el lugar y realizando un
concienzudo barrido fotográfico. En algunas de las primeras tomas se apreciaban
esferas luminosas, las mismas que habían denunciado los habitantes de la comarca,
y lo que es más: en ocasiones se captaban en el momento exacto en el que los
magnetofones registraban la entrada de una voz anómala. Roberto Pozuelo, otra de
las personas que integró en ocasiones el equipo, obtuvo una serie de imágenes
sensacionales donde aparecían masas globulares sobrevolando los oscuros parajes
de El Condesito.
Foto 10.1.—Algunas tomas del investigador Roberto Pozuelo sobre la finca de El
Condesito. ¿Eran éstas las presencias ovni que atemorizaban la comarca?
Foto 10.2.—La célebre fotografía 13 del carrete infrarrojo de Julio Marvizón
Preney. ¿Quién es este individuo?

Fue Julio Marvizón, utilizando película infrarroja y una sencilla cámara


Agfa Óptima, que ni tan siquiera era réflex, quien obtuvo inesperadamente un
impresionante documento fotográfico al llegar a la foto 13 del carrete empleado.
Apoyada en el capó de un Seat 124 y enfocando a la inmensidad, la emulsión
reflejó una cara en primer plano. Una efigie que no se correspondía a ninguno de
los allí presentes. ¿Se trataba de uno de los misteriosos seres observados en esas
fechas por las inmediaciones? ¿A quién pertenecía este rostro? Después de más de
veinte años, el enigma en torno a la foto de El Condesito continúa sin desvelarse.
Por un lado, los más escépticos han hecho concienzudos trabajos e incluso libros
monográficos —véase El Condesito, viaje al corazón del fenómeno ovni, de José Miguel
Alcíbar—, y aseguran que pudo tratarse de una toma por accidente de uno de los
presentes en aquellas noches de investigación. Por otro, especialistas de fisonomía
y anatomía del Colegio de Médicos de Sevilla manifestaban la extrañeza de las
medidas antropométricas de ese rostro. Para ellos, no reflejaba las proporciones
lógicas del cráneo humano... De quién era entonces esta cara de nadie.

EL EXTRAÑO AUTOBÚS

La Estrada (Pontevedra), 4 de abril de 1974, 8:15 horas

Manolita López y María Luisa Diéguez, de doce y trece años de edad,


respectivamente, se encaminaban como cada mañana a la parada de autobús
escolar que las trasladaba al centro de EGB situado en la cercana localidad
pontevedresa de Liñades. Al llegar allí percibieron que desde el oeste se
aproximaba a considerable velocidad un objeto metálico que resplandecía al ser
alcanzado por los primeros rayos solares. A los pocos segundos, un artefacto
extraño, de color «gris-aluminio», se detenía bruscamente en el aire y descendía
para quedar suspendido a tan solo diez metros del suelo. Aquel aparato, que
permanecía frente a las niñas a un centenar de metros, poseía un tamaño similar al
del autobús escolar; su parte central tenía forma elíptica y estaba coronada por una
gran cúpula de la que surgía una especie de torreta rematada por un objeto esférico
que destellaba en todas direcciones. En ese mismo domo aparecían dos ventanas
pequeñas y rectangulares que fueron observadas con detenimiento por las
asustadas testigos. En el interior de aquel aparato parecía no viajar nadie. A pesar
que de la parte posterior del ovni surgieron dos robustos apéndices en forma de
«L», éste no llegó a tomar tierra. Como si hubiese captado el pánico de las dos
jóvenes y solitarias observadoras, aceleró de modo instantáneo en dirección norte
hasta perderse en el horizonte. En ningún momento se oyó ruido alguno. A las 8:20
horas las testigos, víctimas de un terror irracional, contaron la increíble historia a
varios adultos en el interior del autobús.
Foto 10.3.—Croquis del extraño ovni observado en la parada de autobús de La
Estrada (Pontevedra).

EL «MAQUINARIO» QUE DESCENDIÓ DEL CIELO

San Clemente (Cuenca), 24 de mayo de 1974, 11:30 horas

Demetrio Carrascosa Martínez, cazador furtivo de cincuenta y tres años de


edad, se dirigía en su pequeña motocicleta Mobylette hacia una zona denominada
La Carrasca dispuesto a recoger espárragos trigueros, tal y como acostumbraba a
hacer cada jornada. A su regreso, subiendo la empinada carretera que une las
localidades de San Clemente y Honrubia (Cuenca) divisó con nitidez lo que
denominó «un ‘‘maquinario’’ que estaba allí trabajando». Era un extraño aparato
de color verdoso y extraordinaria luminosidad. Medía cuatro metros de ancho y
tres de largo, y parecía estar sostenido por dos pares de sólidos soportes o patas.
En la parte central del objeto aparecían cuatro ventanillas que también despedían
reflejos luminosos.

Foto 10.4.—Croquis del «maquinario volador» de San Clemente (Cuenca).

rato se le venía encima, impulsado por una desconocida y repentina fuerza.


Tal fue el susto, que Demetrio se vio obligado a derrapar con la moto hasta caer a
tierra. Y fue desde el mismo suelo donde pudo observar cómo «aquello» se elevaba
hacia los cielos, girando sobre sí a la vez que emitía un tenue zumbido. Tras
desaparecer el «maquinario», quedó en el lugar un penetrante y desagradable olor
a azufre.
Foto 10.5.—Profundas huellas del aterrizaje del ovni de San Clemente. Un análisis
dictaminó que debieron estar sometidas a altísimas temperaturas.

A las pocas horas, el teniente de la Guardia Civil Salvador Fernández


iniciaba una investigación oficial de los hechos al ser avisado de la aparición de
extrañas y profundas huellas en el lugar del aterrizaje. Esas marcas, que
permanecieron visibles en el terreno durante meses, fueron examinadas
posteriormente por el doctor Fernández Serna en el laboratorio químico ADIASA,
donde se dictaminó que debían haber estado sometidas a una temperatura
aproximada de entre 2.000 y 3.000 grados centígrados.

 
Foto 10.6.—El teniente Salvador Fernández inició una investigación oficial de lo
sucedido. (Francisco Contreras.)

LA CARRETERA EMBRUJADA

Carretera Jerez-Trebujena (Cádiz), julio de 1974, 23:00 horas

M. B., actualmente miembro de la Guardia Civil y que en aquella época


tenía veinticuatro años de edad, se encontraba junto a su novia en la barriada
jerezana de San Juan de Dios. Tras unos bloques de viviendas vieron aparecer una
gran esfera de color ámbar «como el de los semáforos» que, descendiendo hacia un
monte cercano, se posaba seguidamente en tierra. Picado por la curiosidad, M. B.
dejó a la chica en su domicilio y montó en una vieja motocicleta Puch dispuesto a
enfilar la carretera en dirección a Trebujena para intentar aproximarse al punto
donde debía haber aterrizado el objeto. Cuando se dirigía a toda velocidad hacia el
lugar comprobó que la luz se esfumaba repentinamente. Casi al unísono, dos
jóvenes huían en un ciclomotor, explicando a M. B. que habían visto una gran luz
circular y dos extraños hombres en su interior. Esto excitó aún más el interés del
testigo que, dispuesto a resolver aquel misterio, volvió a enfilar la calzada en
dirección al monte. Transcurridos unos minutos, la inmensa esfera volvió a hacer
acto de presencia, situándose a trescientos metros del suelo mientras flotaba en
total silencio. Intentando llegar a su altura, M. B. se colocó en el arcén dispuesto a
observarla mejor, pero apenas tuvo tiempo, ya que el ovni volvió a «apagarse» de
manera brusca.

Foto 10.7.—El guardia civil echó pie a tierra y contempló el ovni al final de la
solitaria carretera.
Desconcertado, el motorista se percató de que no se había cruzado con
ningún vehículo en su ya larga carrera. A la vez, un denso silencio lo invadía todo.
Inquieto, pensando en que algo extraño estaba ocurriendo en aquel camino, se
disponía a girar en un cambio de rasante cuando en sentido opuesto apareció un
camión azul con dos luces de gálibo en su parte superior. El testigo se colocó tras él
y comprobó receloso que aquella mole no hacía el más mínimo ruido...

Al dar una cerrada curva el camión se esfumó repentinamente. Tras el


recodo tan solo se podía ver una recta de novecientos metros sin salida alguna. Los
alrededores estaban repletos de viñedos, de forma que no existía posibilidad
material de que el vehículo se hubiera desviado del camino principal. M. B. no
pudo menos que detener la motocicleta y recapacitar. Al arrancar de nuevo la Puch
comprobó que al final del camino, y ocupando todo el ancho de la carretera,
aparecía un objeto ámbar de forma ovalada con una cúpula en su parte superior. El
testigo, convencido de que se trataba del mismo objeto observado por él desde la
barriada de San Juan de Dios, llegó a tocar el tubo de escape de la motocicleta,
quemándose la mano para cerciorarse de que todo aquello no era una pesadilla. En
un abrir y cerrar de ojos, el aparato volvió a desaparecer y en su lugar surgieron
dos automóviles con las luces largas encendidas. Eran dos vehículos de gran
cilindrada y color negro que permanecían aparcados en un lateral de la calzada. Al
pasar junto a ellos, M. B. se percató de que en su interior están sentados cuatro
extraños personajes de aspecto nórdico y elegante vestimenta. El conductor de uno
de los coches le miró fijamente, haciéndole una seña para que se acercase. «¿Para la
Nacional IV?», escuchó nervioso M. B. Dada la mala señalización, haciendo de
tripas corazón, el motorista se ofreció a guiar a los dos vehículos durante parte del
trayecto. Cuando arrancaron tras él, M. B. comprobó que el motor de aquellos
automóviles no producía ruido alguno... Al igual que el «extraño camión», las dos
limusinas no emitían ningún sonido.

Y así, en total silencio, los dos enigmáticos coches sobrepasaron finalmente a


su asustado guía y se adentraron en la N-IV. El motorista, incapaz de asimilar lo
ocurrido, decidió dar la vuelta, retornando a Jerez muy impresionado por el
incidente.

¿UNA NAVE NODRIZA SOBRE ÁLAVA?

Llodio (Álava), 14 de noviembre de 1974, 23:30 horas


 

Decenas de vecinos del polígono de viviendas Francisco Franco salieron a la


calle para contemplar un espectáculo asombroso: sobre un monte cercano,
conocido como Larraño Pequeño, había aparecido un disco inmenso y muy
luminoso que se balanceaba suavemente, ajeno a sus atónitas miradas. Al mismo
tiempo, los trabajadores del turno de noche del pabellón de fabricación de la
factoría Villosa fueron también testigos de la presencia del ovni. Según relatan
personas como Arsenio Antón, oficial cortador de dicha fábrica: «Aquello era una
formidable luz. Era más grande que un coche y se desplazó vertiginosamente, en
décimas de segundo, sobre el pico del monte. Parecía un plato sopero invertido. La
expectación ante tal suceso creció por momentos, convirtiéndose muchos rincones
del populoso lugar en inesperados centros de reunión y debate. También en el
barrio Diseminado, en el otro extremo de la localidad, aparecieron testigos.
Algunos, como Juan María Luengo, estimaron que el objeto debía tener un nada
despreciable diámetro de cuarenta metros, confesando además haberse tenido que
cubrir el rostro con las manos ante los fortísimos destellos que desprendía el
desconocido artefacto.
Foto 10.8.—La señora Arza declaró haber observado el disco de luz desde su
caserío.
Foto 10.9.—Alrededor de treinta personas observaron detenidamente las
evoluciones de un aparato circular que aceleraba y se detenía bruscamente en el cielo de la
localidad alavesa de Amurrio.

El reportero de La Gaceta del Norte J. J. Benítez fue el primero en dirigirse a


los caseríos del monte Larraño Pequeño. Allí, la anciana y afable señora Arza le
confesó haber observado en los últimos días el misterioso disco volador, el cual
siempre había llevado a cabo los mismos movimientos. Durante esas mismas
noches otras localidades alavesas como Orduña o Amurrio recibían la inesperada
visita de un objeto idéntico, probablemente el mismo. En esta última población,
alrededor de treinta personas observaron detenidamente las evoluciones de un
aparato circular que aceleraba y se detenía bruscamente en el cielo... Fue una
semana durante la cual gran parte de los alaveses no pegaron ojo, pendientes de lo
que cada madrugada sobrevolaba aquellas frías noches de finales de otoño.
Foto 10.10.— La prensa regional, con J. J. Benítez a la cabeza, informó
puntualmente de lo que ocurría sobre Álava.
CAPÍTULO 11

Enero 1975
El Ejército, testigo de excepción

LA PRIMERA SEMANA de 1975 será difícil de olvidar para la cúpula


castrense. Dos sucesos sorprendentes e inusuales tuvieron como testigos a personal
militar español. Objetos no identificados de casi idéntica apariencia y
comportamiento sembraron el pánico en distintas regiones de nuestro país,
sumiendo en mil y una dudas a los ciudadanos que siguieron ambos incidentes por
los comunicados de prensa. Dos casos muy similares en los que, tras el aterrizaje
de gigantescos ovnis, se inició una cuidadosa maniobra para ocultar unos hechos
que el propio Ejército español se ocupó de investigar en profundidad...

QUÍNTUPLE ATERRIZAJE JUNTO A LA CARRETERA

Quintanaortuño (Burgos), 1 de enero de 1975, 4:31 horas

El bar Lotus, de Torrelavega (Cantabria), ha sido designado como punto de


encuentro para Manuel Aguera, Ricardo Iglesias y Felipe Sánchez, quienes
cumplen el servicio militar en la Academia de Ingenieros del Ejército, en Burgos.
Los tres penetran en un Mini Morris 850 de color blanco y emprenden camino con
objeto de presentarse a la primera diana del año. El recorrido lo hacen a velocidad
moderada, y en el cruce de la N-623 con el pueblo de Ontaneda recogen al cuarto
soldado, José Laso, que lleva ya algún tiempo esperando en la penumbra.
Foto 11.1.—Croquis de los cuatro gigantescos objetos observados en
Quintanaortuño.

Son las 6:25 horas de la madrugada cuando Manuel Aguera se apercibe de


la presencia de una «estrella muy baja que comienza a vibrar». Ricardo Iglesias
apunta que aquello «parece desprender destellos azules y rosas» y, algo
extrañados, vuelven al vehículo para proseguir su camino. Apenas transcurren tres
minutos cuando Manuel vuelve a avisar a sus compañeros sacando una mano por
la ventana y señalando un punto en el cielo, al tiempo que exclama: «¡Mirad!
¡Mirad!» Algo desconocido ha sobrevolado una curva, habiendo quedado a unos
trescientos metros del lugar donde se encuentran. El miedo se apodera de ellos...,
ya que la luz parece haber quedado a un palmo del suelo.

En pleno silencio, sin nadie a la vista, los cuatro soldados cruzan la carretera
y observan durante unos instantes, resistiéndose a dar crédito a sus ojos, un cuerpo
incandescente con forma de tronco de cono que se encuentra flotando en absoluto
silencio. Mide dos metros de alto por tres de ancho y emite una luminosidad
amarillenta que termina en cuatro resplandores estáticos de color blanco en su
parte inferior. Manuel y José están muy impresionados e increpan a sus
compañeros, urgiéndoles a regresar al vehículo para seguir camino hacia Burgos;
sin embargo, Felipe y Ricardo están decididos a acercarse aún más al misterioso
objeto.

Foto 11.2.—Los soldados examinan junto al comandante Llorente la huella de


trescientos metros cuadrados aparecida en el lugar del aterrizaje. (La Actualidad
Española.)

Foto 11.3.—Punto de la N-623 donde los soldados fueron testigos del suceso. (Iker
Jiménez.)

Se encuentran a unos doscientos metros y, de pronto, el artefacto se apaga


repentinamente y todo vuelve a quedar sumido en la oscuridad. Han transcurrido
apenas diez segundos cuando, de modo súbito, aparecen cuatro misteriosas formas
idénticas a la primera que iluminan con gran potencia los alrededores. Esto es más
que suficiente para que la curiosa avanzadilla retroceda y, presa del pánico, inicie
una apresurada carrera hacia el Mini. Entre los cuatro ovnis apenas hay
separación. Permanecen casi unidos y balanceándose a tan solo unos centímetros
del terreno. A una distancia aproximada de ochocientos metros aparecen los focos
de otro coche que también se detiene en seco. Dentro del Mini se producen escenas
de histeria, mientras que en el exterior las cuatro «campanas volantes» comienzan
a desprender chorros de luz por su base. Tras varios intentos el vehículo se pone
en marcha y los aterrorizados reclutas aceleran al máximo enfilando la entrada de
Quintanaortuño.

UNA HUELLA DE TRESCIENTOS METROS CUADRADOS

La llegada a la Academia de Ingenieros del Ejército fue precipitada, y tan


solo el temor les empujó a confesar lo vivido a la altura del kilómetro 14 de la
carretera que une Burgos y Santander. Esa misma tarde, el propio comandante
Llorente interrogaba a los protagonistas, acompañándoles al lugar del incidente en
busca de pruebas que apoyaran la extraordinaria historia.

Foto 11.4.—Horas después del suceso, un vecino de Solarana (Burgos) fue


perseguido por un ovni idéntico a los observados en Quintanaortuño.

Ya en el lugar, y en compañía de varios campesinos de la zona,


comprobaron que en el punto exacto donde habían visto flotar aquellos cuatro
objetos aparecía una huella de gigantescas proporciones; casi trescientos metros
cuadrados de terreno completamente calcinado que, según se comprobó, debía de
haber ardido muy pocas horas antes. Los labradores consultados fueron tajantes:
«Los últimos rastrojos se quemaron en octubre, pero esto ha sido hecho hace
nada.» El examen de la huella fue minucioso, descubriéndose la existencia de
varios hoyos perfectamente visibles repartidos a lo largo de toda la zona calcinada.

Sin duda, aquel pasto había sido sometido a una altísima temperatura,
habiéndose quemado no solo la hierba, sino incluso gran parte de la tierra hasta
una profundidad considerable. También el policía José Rivas Riaño, que a la
misma hora circulaba por la carretera hacia Villarcayo en compañía de tres
personas, observó cómo la loma se veía iluminada por unos intensos resplandores
que teñían el lugar del aterrizaje de tonalidades rosáceas y blanquecinas.

Foto 11.5.—Ricardo Iglesias: «Aquellas luces eran tan potentes como los focos del
estadio del Sardinero.»

REACCIÓN MILITAR

La expectación popular fue el detonante para que el 9 de enero todos los


periódicos del país reprodujeran una histórica nota oficial. Era, ni más ni menos,
un comunicado de la Capitanía General de la VI Región Militar donde se daban
todo tipo de datos sobre el avistamiento del 1 de enero en Quintanaortuño. En ella,
y con gran lujo de detalles, se relataba la vivencia de los cuatro soldados,
calificando de «ovni» lo observado por los testigos.

En octubre de 1993 se divulgaban los expedientes en torno al «caso


Quintanaortuño»: «El lugar donde presuntamente tuvo lugar el avistamiento fue
inspeccionado al día siguiente, no encontrándose nada anormal en el terreno.» Una
frase que obviaba las muchas fotografías publicadas que muestran a los soldados y
al propio comandante Llorente examinando las extrañas marcas en el lugar del
avistamiento. Marcas que, según confirmaron otros investigadores, se mantuvieron
perfectamente visibles durante más de cinco meses.

Horas después, un vecino de la aldea burgalesa de Solarana declaraba a La


Gaceta del Norte haber sido perseguido a lo largo de varios kilómetros por una
«media luna» rojiza que efectuó varias pasadas sobre el capó de su viejo Renault 6.
En el pueblo cercano a Castrillo de Solarana, muchos campesinos observaron el
extraño aparato evolucionando muy cerca del suelo.

Foto 11.6.—En el informe del Ejército del Aire, veinte años después, se dice que en
el lugar no había nada anómalo que indicara la presencia de ovnis.

LAS NOCHES MÁS LARGAS

Bardenas Reales (Navarra), 2 y 5 de enero de 1975,


22:55 horas

El soldado Vicente Martínez se encontraba de guardia en una de las torres


de vigilancia del polígono militar de las Bardenas Reales, donde habitualmente
hacían prácticas de tiro cazas norteamericanos y españoles. Como cada jornada,
tenía su receptor de radio conectado, pero en esta ocasión unas extrañas
interferencias le pusieron en guardia. Mientras intentaba hallar la causa de estas
anomalías, un foco luminoso apareció a su izquierda. Al alzar la vista, observó
cómo un objeto desconocido había penetrado en el perímetro de la instalación
militar y se dirigía silenciosamente hacia su posición... Se trataba de un aparato con
forma de media luna que desprendía un fulgor rojizo. Al llegar frente a la torre, el
ovni comenzó a emitir un haz de luz que surgía de su base, un chorro blanquecino
que iluminó los desérticos alrededores causando la consiguiente alarma en el
cuartel. Cinco soldados más salieron al exterior, quedando mudos ante la visita del
intruso que, en un momento dado, realizó un brusco ascenso en ángulo de 90
grados, esquivando la torre de vigilancia y perdiéndose en el firmamento.

UNA NUEVA VISITA

A la 1:00 horas del 5 de enero, un nuevo foco de luz apareció en el interior


del polígono de tiro. Aferrado a su fusil, Vicente Martínez dio la voz de alarma,
considerando que se encontraba de nuevo ante el mismo «merodeador» de unos
días antes.
Foto 11.7.—Vicente Martínez sé topó con una «gigantesca taza volante» que iba
hacia su torre de vigilancia. (Iker Jiménez.)

El aparato tenía forma de taza invertida y despedía un resplandor rojizo,


acompañado esta vez por la presencia de luces ámbar y blancas en los costados.
Los oficiales salieron hacia la zona de blancos al tiempo que el objeto comenzaba a
descender lentamente sobre una loma cercana. Muy próximo a ella, el soldado
Marino Sora logró identificar con nitidez una estructura de más de diez metros de
diámetro, la cual despedía un calor insoportable que le hizo huir del lugar.
Foto 11.8.—Panorámica de las inmensas y solitarias Bardenas Reales.

Otro soldado, Blas Pedro Gilabert, que se encontraba en el centro de


comunicaciones, es alertado por los gritos de sus compañeros en el exterior. Al
salir solo pudo ver cómo la gigantesca «media luna rojiza» ascendía de nuevo,
sobrevolando toda la instalación militar. Minutos después se descubrió sobre la
zona en la que el ovni estuvo posado una huella perfectamente circular de unos
diez metros de diámetro. La vegetación aparecía ardiendo y las llamas tardaron
mucho tiempo en ser sofocadas.

Según descubrieron veinte años después los investigadores Bruno


Cardeñosa e Iker Jiménez, el teniente jefe del polígono de tiro, Ricardo Campos
Pecinos, reunió a todos los soldados y les obligó a guardar silencio acerca de lo
sucedido durante aquellas dos noches de enero.
Foto 11.9.—Torre de vigilancia desde donde se dio la alerta. (Iker Jiménez.)

A los pocos días, periódicos regionales como el Diario de Navarra o Aragón


Express lograban filtrar la noticia, produciendo un considerable estado de alarma
en la zona. Casi inmediatamente, una nota oficial de la II Región Aérea afirmaba
que todo lo acontecido en el polígono de las Bardenas Reales se debía
exclusivamente al efecto provocado por el halo de la Luna al incidir en algunos
objetos que estaban colocados como blancos de tiro para los cazas. La explicación,
ridícula a todas luces, no convenció a la ciudadanía... Incluso Josep María Olive, de
la Sociedad Astrofísica de Sabadell, desde el punto de vista de la pura ciencia
afirmó que ese veredicto «es poco verídico y con argumento poco real». Pero así se
mantuvo el caso, en total cuarentena, hasta que la curiosidad del público acabó por
disiparse.
Foto 11.10.—Ricardo Campos, teniente jefe del polígono en 1975. (Bruno
Cardeñosa.)

Veinte años después, al igual que en el caso de Burgos, el Mando Operativo


Aéreo (MOA) sigue manteniendo la misma hipótesis. Ha sido la Luna. Una Luna
que, a la hora de los avistamientos, no era visible desde Bardenas Reales. En el
reportaje de Cardeñosa y Jiménez, Campos Pecinos, jefe del polígono, confesó que
fue necesario acabar con la psicosis de luces que se había generado. Asimismo, el
juez instructor designado para analizar el caso, Fernando Zamorano, declaró que
por los movimientos efectuados y las maniobras que realizaba, aquello no podía
corresponder a una tecnología conocida. Estas frases ilustran la sombría operación
que el Ejército tejió alrededor de uno de los sucesos más importantes de la ufología
ibérica, el único caso conocido en el cual un objeto volante no identificado penetró
y aterrizó impunemente en una instalación militar española.
CAPÍTULO 12

Marzo-julio 1975
El efecto electromagnético

LOS OVNIS comenzaban a ser vistos en decenas de apartados núcleos


rurales. Impunemente sobrevolaban las poblaciones y se dejaban fotografiar por
testigos de toda condición. Parecían intentar demostrar que su presencia física en
nuestros cielos era un hecho en estas fechas. Castilla y Andalucía serían testigos de
sobrecogedores encuentros en la carretera, acompasados de un amplio despliegue
de fenómenos electromagnéticos (efecto EM) procedentes de los ovnis, apagones,
bloqueo de automóviles, descargas eléctricas... ¿Qué clase de energía utilizaban?
¿Qué eran capaces de hacer con ella? Estas y otras cuestiones empezaban a calar en
el ánimo de la opinión pública española.  

LAS POLÉMICAS FOTOS DE JOSÉ MANUEL MORA

Sanlúcar la Mayor (Sevilla), 13 de marzo de 1975, 18:00 horas

José Manuel Mora Quesada, un joven de dieciséis años, regresaba a su


domicilio caminando por las afueras de la localidad sevillana de Sanlúcar la
Mayor... El cielo estaba nublado y habían comenzado a caer unas gotas. Al pasar
junto a la cancela de la finca de Antonio Rodríguez del Valle, el muchacho
comprobó cómo un objeto rojizo y aplanado pasaba lentamente por detrás del
edificio. Armándose de valor, José Manuel Mora decidió correr hacia su domicilio
para apoderarse de una modesta cámara Kodak Instamatic 25 con la que subió
presuroso a la azotea dispuesto a «cazar al intruso». El extraño artefacto aparecía a
unos cuarenta metros en dirección noroeste, balanceándose en completo silencio
sobre una hilera de olivares: «Era como una gran sopera de un rojo intenso —
manifestó el testigo—. Desapareció unos instantes, pero al darme la vuelta lo vi de
inmediato.» Repentinamente, el objeto se colocó en posición vertical, mostrándose
como un disco perfecto recortado sobre el cielo plomizo. Durante unos segundos
comenzó a acelerar, al tiempo que José Manuel disparaba, una tras otra, varias
fotografías desde la azotea. Tras emitir un intenso fogonazo, el objeto se alejó del
campo de visión del testigo, pero esto no fue impedimento para el muchacho. En
un abrir y cerrar de ojos, José Manuel cogía su bicicleta y pedaleaba con fuerza por
los caminos embarrados que separaban interminables hileras de olivos, siguiendo
el rastro de la nave que «se había dejado fotografiar».

Fue al llegar a un sendero próximo a la carretera de Benacazón cuando


comenzó a notar un nauseabundo olor «como a huevos podridos» que invadía
toda la zona. Con los nervios a flor de piel comprobó que en una explanada
aparecía un círculo perfecto de hierba aplastada de unos catorce metros de
diámetro y, formando un triángulo, tres huellas circulares con una profundidad
superior a los treinta y cinco centímetros. Mientras medía palmo a palmo aquellas
marcas del presunto aterrizaje, el joven sevillano notó cómo una sombra enorme
aparecía a su espalda. En un acto reflejo logró volverse accionando el pulsador de
la cámara instantáneamente, al tiempo que el inmenso objeto partía a gran
velocidad en vuelo vertical. Después del despegue, el ovni no volvió a aparecer.

Foto 12.1.—Última imagen, en la que se captó el despegue del extraño artefacto


próximo ya a la carretera de Benacazón.
Los periodistas Fernando Múgica y J. J. Benítez lograron revelar los
negativos de la secuencia en los laboratorios especializados Elife, de Bilbao. Pese al
revelado profesional, las cuatro imágenes del imponente disco surcando los cielos
de Sevilla aparecieron borrosas.

Años después, quizás ante la presión de diversos medios de comunicación,


José Manuel dijo haber obtenido las fotografías de modo fraudulento, instando a
que olvidaran su caso. Su declaración y la aparente autenticidad de las imágenes
han envuelto a este caso de un halo de misterio que aún hoy perdura.

UN HOMBRE Y UNA LUZ

Peral de Arlanza (Burgos), 29 de abril de 1975, 0:30 horas

Los jóvenes Gregorio de Juana, Manuel Maté y Julián García regresaban a la


finca Pinilla tras haber asistido a una función nocturna de circo celebrada en la
aldea burgalesa de Peral de Arlanza. A la derecha de la solitaria carretera
observaron, sin concederle la mayor importancia en un principio, una luz potente
semejante a los faros de un tractor. Pero conforme el Simca 1200 iba avanzando,
acabaron cerciorándose de que aquello era un objeto opaco y esférico suspendido
en el aire, en un paraje muy próximo a las bodegas del pueblo. Confuso y presa de
un incipiente nerviosismo, Julián detuvo el vehículo «para observar mejor», al
tiempo que Manuel Maté gritaba, poniendo al grupo en guardia: «¡¡¡Mirad, mirad
allí..., parece un hombre....!!!»
Foto 12.2.—A menos de trescientos metros pareció recortarse en medio de la luz del
ovni la silueta de un humanoide.

A menos de trescientos metros pareció recortarse en medio de la luz del


ovni la silueta de un humanoide. A los tres agricultores no se les pasó por alto el
detalle de que aquel ser de gran altura «llevaba el pelo muy largo, pues le llegaba
por debajo de los hombros». Mientras el pánico se apoderaba de los jóvenes, el
hombre desapareció «por alguna parte de la esfera» y ésta comenzó a agrandarse,
moviéndose a través de los campos en dirección al coche. Julián García arrancó
instantáneamente el vehículo para comenzar una frenética huida por los solitarios
parajes burgaleses. Como alma que lleva el diablo, los protagonistas decidieron
girar en redondo y conducir a gran velocidad hacia Peral de Arlanza, dispuestos a
levantar de la cama al alcalde, José Antonio Martínez Prieto. Ante el alterado
estado que mostraban los tres muchachos, la máxima autoridad del pueblo salió al
exterior de la finca para comprobar por sí mismo cómo en el exterior se podía ver
«una extraña luna amarillenta» acercándose al pueblo. Durante unos minutos, el
objeto iluminó Peral de Arlanza con sus destellos ante la mirada atenta de los
cuatro hombres.

A eso de la una y cuarto de la madrugada el ovni comenzó a alejarse del


pueblo, momento que los tres muchachos eligieron para emprender veloz trayecto
hacia la finca Pinilla. Pero el recorrido iba a ser accidentado. Tras una curva, la
misteriosa luz volvió a perseguirles, iluminando los campos como si fuese pleno
día. El terror les obligó a frenar bruscamente y a volver de nuevo hacia Peral de
Arlanza. A pesar de que el automóvil circulaba a 130 km/h, el objeto les perseguía,
cruzándose ante ellos una y otra vez a unos diez metros del capó, pareciendo que
intentara obligarles a detener el vehículo. En ese instante los testigos notaron que
el motor del coche se ahogaba. El automóvil, como dominado por algo ajeno,
parecía sentirse atraído hacia el ovni «por una fuerza desconocida». Finalmente,
poniendo en serio peligro sus vidas, los jóvenes volvieron a realizar un brusco giro
para dejar atrás al objeto y alterar su rumbo en dirección a la finca Pinilla. Cuando
apenas faltaban cien metros para traspasar la cancela comprobaron por los
retrovisores que la «bola de fuego» se les volvía a aproximar dejando un reguero
de luz a lo largo de la carretera. En la finca, los trabajadores saltaron de sus alcobas
como un resorte. Entre la decena de testigos que se apiñaban temerosos en el
interior surgió la voz decidida de Francisco Cantero Rozas, que tomó su escopeta
de caza y decidió «ir a por el intruso». Montado en su tractor y acompañado de
otros vecinos, enfiló la recta hasta el lugar donde la esfera parecía esperarles
balanceándose en silencio sobre los campos. Cuando se encontraba a menos de
cincuenta metros, un intenso resplandor cegó al bravo agricultor haciéndole perder
el control y obligándole a tirarse del tractor mientras éste caía por un puente.
Después del fogonazo, el ovni se alejó a gran velocidad. A las pocas horas, la
Guardia Civil se presentaba en la finca para tomar declaración a todos los testigos
que habían protagonizado aquella auténtica noche de pesadilla.

 
Foto 12.3.—Manuel Maté señala el lugar donde apareció el objeto por primera vez.
(F. Múgica.)

DESEMBARCO EN PLENA CALLE

Villarrasa (Huelva), 1 de junio de 1975, 1:30 horas

Remedios Benavente Rodríguez se dirigía al establecimiento que regentaba


su esposo dando un rodeo por las afueras de la población de Villarrasa. Al llegar a
una calle ancha y solitaria, comprobó que en el centro de la misma aparecía posado
un objeto ovalado provisto de cúpula y apoyado en tres gruesas patas metálicas.
Junto a él gesticulaban tres seres de aspecto humanoide de baja estatura
embozados en trajes blanquecinos. Los seres portaban una especie de escafandra
que impedía ver su rostro. Asustada, corrió a su domicilio presa del pánico.
Foto 12.4.—Así dibujaron la nave los testigos del aterrizaje de Villarrasa. En el
dibujo plasmaron detalles significativos como «los dientes de sierra» de las patas del
artefacto.

Al pasar por el mismo lugar minutos más tarde, el joven Domingo Palacios
Barrera observó también la misteriosa nave. Resguardado tras un contenedor vio
cómo los tres seres portaban «una luz verde en la frente»; la nave iba sostenida en
«unas ruedas sobre las que se apoyaban unas patas gruesas con dientes de sierra».
La cúpula aparecía iluminada con tenues luces rojas y verdes. Tras unos instantes
de observación, el joven decidió salir huyendo, convencido de que aquel
desembarco en plena calle no era normal. Alertados, los vecinos corrieron al lugar
sin encontrar ni rastro del misterioso visitante.
Foto 12.5.—Unos seres vestidos con escafandra merodearon por las afueras del
tranquilo pueblo onubense.

MISTERIOSO APAGÓN

Bollullos del Condado (Huelva), 13 de julio de 1975, 23:00 horas

La localidad onubense de Bollullos había sufrido un inexplicable y


repentino corte de suministro eléctrico. En la oscuridad, centenares de vecinos se
asomaban a los balcones y discutían las posibles causas del incidente. La falta de
fluido eléctrico obligaba a tres jóvenes —Francisco Esquivel, Diego Sánchez y
Diego Salas— a abandonar el cine de verano instalado a las afueras del pueblo. En
su retorno hacia Bollullos a bordo de un Seat 124, los tres testigos se vieron
sorprendidos por una luz amarilla y estática que aparecía junto a un poste del
tendido eléctrico: «Aquello estaba junto a la carretera..., y era impresionante de
verdad», afirmaron los jóvenes. Casi instintivamente, y haciendo acopio de valor,
redujeron la marcha del automóvil y pasaron lentamente junto al ovni.
Foto 12.6.—Croquis del ovni ovalado que provocó el apagón de Bollullos del
Condado.

Francisco Esquivel, haciendo gala de un temple de acero, casi detuvo el


coche al llegar a la altura del objeto: «El fuselaje brillaba —confesó al reportero de
La Gaceta del Norte J. J. Benítez—. Parecía ser metálico y estaba rodeado de una luz
blanca y potente... Yo creo que pretendía alejarnos del lugar, ya que nos lanzó
varias ráfagas de luz.» Decidido, Francisco saltó del vehículo y contempló el
insólito espectáculo desde la alambrada que delimitaba la finca Ballesteres.
Repentinamente, los cables del tendido de alta tensión comenzaron a soltar
chispas.

Al mismo tiempo, el objeto ovoide aumentó la intensidad de los haces de


luz con los que enfocaba al coche. El temor empezó a hacer mella en los tres
jóvenes, que emprendieron una veloz carrera hacia el pueblo. Por detrás, encima
del poste, el ovni se elevaba lentamente iluminando todo el paraje, al tiempo que el
124 comenzaba a dar tirones hasta que el motor terminó calándose de forma
inexplicable. Presas del pánico, los testigos penetraron en el pueblo alertando a los
vecinos sobre el insólito origen del apagón, que se mantuvo durante más de una
hora.
CAPÍTULO 13

Julio-diciembre 1975
¿Qué pretenden?

EL 21 DE JULIO DE 1975 se producía en tierras vallisoletanas uno de los


encuentros más impresionantes de la casuística española y, posiblemente, de la
mundial. Un tractorista de cuarenta y nueve años había sido observado,
perseguido y disparado por un estrambótico aparato que se le aproximó a menos
de tres metros del lugar donde se encontraba. «¿Qué pretenden quienes tripulan
estos ingenios?», se preguntaron muchas personas tras leer este estremecedor
relato en la prensa. Una cuestión espinosa que siguió en el aire, especialmente con
la aparición de nuevos y sorprendentes incidentes en el curso de los cuales los no
identificados mostraron su aspecto más desconcertante.  

UN DISPARO DE OTRO MUNDO

Pedrosa del Rey (Valladolid), 21 de julio de 1975,

19:00 horas

Emiliano Velasco Báez, campesino de cuarenta y nueve años, se encontraba


arando con su tractor John Deere un terreno conocido como Parcela 21, próximo al
término municipal de Pedrosa del Rey. Atardecía, y como siempre llevaba a cabo
su trabajo en la más completa soledad. De pronto, un sonido extraño le llamó la
atención. Nuestro hombre pensó que quizás el motor se había averiado. Cuando se
disponía a detener el tractor, se encontró de frente con el más extraño aparato que
imaginarse pueda. Estaba tan solo a una distancia de veinte metros y parecía flotar
a unos cincuenta o setenta centímetros del suelo. De pronto, el ovni comenzó a dar
una vuelta lentamente en torno al testigo. Fue entonces cuando pudo observarlo
con nitidez: «Aquel chisme parecía un cilindro, con una especie de sombrero
inclinado en la parte de arriba y un soporte en forma de “V” por abajo...»

El enigmático aparato inició una segunda vuelta en torno al campesino, esta


vez aproximándose más, apenas a diez metros del tractor. En ese momento
Emiliano Velasco vislumbró dos ventanillas en la «carrocería», una de las cuales
parecía más bien una puerta. La trayectoria circular del ovni continuó hasta quedar
a tan solo tres metros del ya muy inquieto testigo, inundando la atmósfera con un
zumbido insoportable que incluso tapaba el ruido producido por el motor del John
Deere.

ATACADO POR UN OVNI

Durante uno de los giros del objeto, Emiliano percibió «una luz o fogonazo
muy claro» que partía del ovni y que prácticamente le cegó. Acto seguido, tras
escucharse un silbido, se oyó el fuerte impacto de algo que chocaba contra un
cristal. El espejo retrovisor izquierdo del vehículo había sido perforado por algo
parecido a un proyectil...

Foto 13.1.—Esquema del absurdo ovni observado sobre la Parcela 21.

«Al ver aquello aceleré y me puse a huir como un loco, atravesando la


Parcela Veintiuno..., y no paré hasta la finca. Traté de poner tierra por medio y ni
siquiera me atreví a mirar atrás», confesaba el testigo, desbordado por el pánico.
Emiliano Velasco llegó pálido al caserío, teniendo que ser ayudado a bajar del
tractor y posteriormente llevado a hombros por algunos compañeros. Con los
nervios a flor de piel, denunció los hechos en el puesto de la Guardia Civil de La
Mota del Marqués. A la mañana siguiente, los miembros de la Benemérita
examinaban el extraño y minúsculo orificio en el cristal. Un círculo perfecto en
torno al cual no se podía observar ningún tipo de grieta o fisura radial.

Foto 13.2.—El impacto que el «disparo de otro mundo» dejó en el tractor.

Las pruebas de balística realizadas por el sacerdote del convento de Arcas


Reales Antonio Felices con la bala estándar más pequeña del mercado (calibre 22) y
un rifle Star con mira telescópica, resultaron sorprendentes. Así lo constató el
periodista navarro J. J. Benítez al informar en primicia de los hechos. El perfecto
orificio dejado por el supuesto disparo procedente del ovni era tres veces inferior
al diámetro que habría producido el impacto de la —por aquel entonces— bala de
menor calibre fabricada en el mundo.
Foto 13.3.—Emiliano Velasco dejó el mundo de los vivos convencido de lo maligno
de aquel encuentro. (J. J. Benítez.)

Años después Emiliano Velasco Báez fallecía tras sufrir diversas dolencias
que jamás le habían aquejado antes del encuentro con el extraño aparato. Su viuda
siempre mantuvo que «aquel chisme lo mató».

SE POSÓ EN EL CAMPO DE FÚTBOL

Aznalcóllar (Sevilla), 8 de agosto de 1975, 22:05 horas


 

José Delgado Calixto Apolo era solamente uno de los muchos vecinos
extrañados ante la aparición de un poderoso foco de luz en las afueras del
sevillano pueblo de Aznalcóllar. Había surgido repentinamente y evolucionaba en
las cercanías del campo de fútbol, provocando un gran revuelo entre las más de
doscientas personas que en aquel momento deambulaban por una de las calles del
pueblo. Desde la terraza del bar La Glorieta, José echó a caminar por el extrarradio
del pueblo hasta llegar al mismo lugar donde se encontraba la luz con la intención
de demostrar a la gente «que aquello no era más que un tractor». La súbita
aparición de su silueta junto a la luz provocó el pánico entre los vecinos, que
corrieron hacia sus casas dejando el lugar abandonado. José contempló entonces
un foco rojo que se aproximaba rápidamente hacia el lugar donde él se encontraba.
Sentado en una de las gradas del campo de fútbol, fue testigo de cómo un artefacto
ovoide de tamaño gigantesco, que emitía un insistente zumbido, descendía hasta
quedar flotando a escasa distancia del suelo.

Foto 13.4.—Y un objeto ovoide empezó a descender sobre el campo de fútbol...

El ovni se le aproximó a menos de veinte pasos y, durante tres interminables


minutos, irradió un fulgor amarillento sobre la silueta arrodillada y atemorizada
de José Delgado. Después, aquel aparato «que parecía de cinc», desde una
distancia de diez metros del campo de fútbol, comenzó a iluminar el paisaje
circundante como si fuese de día, al tiempo que se volvía de color rojo. En pocos
segundos se convirtió en una lejana estrella del firmamento, seguida desde tierra
por los asombrados ojos del vecino de Aznalcóllar.

PÁNICO EN LA ESCUELA

Echévarri (Vizcaya), 28 de septiembre de 1975, 22:00 horas

El niño Faustino Fernández, de siete años de edad, fue el primero en dar el


aviso. Se encontraba a esas horas jugando en una calle de la barriada de San
Antonio, en la población de Echévarri, cuando surgió de los cielos una poderosa
luz rojiza que atrajo su atención. El foco luminoso fue tomando forma y
descendiendo lentamente sobre unos terrenos cercanos provocando el miedo del
joven que, rápidamente, avisó a algunos compañeros. Tras unos breves instantes
de vuelo, el ovni acabó posándose sobre el tejado de una escuela que se encontraba
ubicada sobre un descampado próximo. Testigos de este insólito suceso fueron
también varios jóvenes: José y Miguel Martínez, José Antonio Fernández, Rubén
Ortega y Pilar Fernández: «Era como dos platos uno encima de otro que llenaron
todo de luz», confesaron los asustados muchachos.
Foto 13.5.—Croquis del artefacto que se posó en la escuela de Echévarri.

El objeto, cuya superficie no presentaba resquicio alguno, ni mostraba


ventanillas o escaleras, medía unos diez metros de diámetro y giraba
constantemente sobre sí mismo despidiendo haces de un fulgor rojizo. Tras
permanecer en el insólito lugar durante treinta segundos, el artefacto emprendió
vuelo y, emitiendo un impresionante zumbido, se alejó hacia la zona del monte
Pasagarri. Ese corto «viaje» del ovni fue seguido por casi dos centenares de testigos
que se apiñaban en el referido barrio de San Antonio.

Personas como Pilar Blanca y Consuelo Carazo describieron el objeto como


«algo redondo que volaba a considerable altura», al que poco después se uniría
otro artefacto de características muy similares.

Los dos ovnis, que esa misma noche habían sido vistos en la población
alavesa de Llodio, a menos de quince kilómetros de la escuela, fueron alejándose,
descendiendo sobre las crestas del monte hasta acabar desapareciendo de la vista
de los centenares de testigos que esa noche vieron con sus propios ojos algo tan
insólito como real.

UN SER MONSTRUOSO

Gerena (Sevilla), 20 de noviembre de 1975, 23:30 horas

José A. L., perito de la Delegación de Urbanismo, y Adela B. H. se


encontraban en su residencia de la población sevillana de Gerena siguiendo con
atención ante el receptor de televisión las informaciones que se sucedían sobre la
muerte de Francisco Franco. En las horas anteriores, varios campesinos habían
divisado luces extrañas evolucionando en la cercana carretera secundaria de El
Garrobo, pero este dato no preocupó lo más mínimo a un matrimonio que se
consideraba absolutamente escéptico en relación al tema ovni.

Pero las cosas cambiaron a la fuerza cuando un golpeteo insistente y extraño


comenzó a sonar tras uno de los ventanales del segundo piso de la vivienda donde
se hallaba la pareja. Con decisión, la mujer apartó las cortinas para comprobar si
algún pájaro había golpeado en el exterior..., y se quedó petrificada por el pánico.

Una sombra de aspecto vagamente antropomorfo había aparecido


repentinamente en el exterior, flotando ingrávida en la noche. Según describió la
impactada testigo, parecía un perro alzado sobre los cuartos traseros, pero tenía un
enorme cráneo que resultaba totalmente desproporcionado en relación al tamaño
de su cuerpo.

El terror atenazó a la mujer mientras observaba fijamente al ser, que iba


embutido en un traje ceñido. En ningún momento pudo distinguir su rostro, pues
todo el conjunto no pasaba de ser una tenebrosa sombra, más oscura aún que las
negras tinieblas nocturnas.
Foto 13.6.—El ser flotó hasta la ventana del segundo piso

de la vivienda. (Iker Jiménez.)

El insólito espectáculo arrancó un grito a Adela. Juan se levantó


sobresaltado y corrió hacia la ventana, a tiempo para observar cómo aquel ser, con
los brazos extendidos en cruz, se iba alejando hasta fundirse con las sombras de la
noche. Horas más tarde, en una de las fincas que se encontraban a la entrada del
casco urbano del pueblo, otra mujer se topó con aquella horrenda figura. En una
calle tan sólo iluminada por la luz de una lejana farola, el extraño ser de gran
cráneo y cuerpo achaparrado flotó unos instantes ante ella para volver a disolverse
en la oscuridad en apenas unos segundos.

 
CAPÍTULO 14

Enero-junio 1976
El año de los humanoides

POCAS VECES, en la ya dilatada historia ufológica española, se iba a tener


conocimiento de tal cantidad de encuentros con los supuestos tripulantes de los
ovnis. De diversas formas, tamaños y actitudes, los «acompañantes» de estas naves
se dejaron ver en decenas de rincones del país, apartando a otras noticias de las
portadas de los diarios regionales y generando una creciente psicosis social.
Extraños seres de todas las tipologías imaginables se dejaban ver hasta en lo más
remoto de la geografía nacional. Eran sucesos incomprensibles, absurdos en
ocasiones, que convertirían por derecho propio este 1976 en «el año de los
humanoides».

ABRASADO POR UN OVNI

Benacazón (Sevilla), 28 de enero de 1976, 0:15 horas

Aquella fría noche, Miguel Fernández Carrasco, peón albañil de veintiséis


años, regresaba a su hogar atravesando la zona de obras situada entre los pueblos
sevillanos de Sanlúcar la Mayor y Benacazón. Caía una fina lluvia y el suelo estaba
completamente embarrado. Al iniciar su camino, con cuatro kilómetros de
recorrido por delante, observó algo parecido a una estrella que se movía en el
horizonte. No le prestó atención y siguió su solitaria caminata, hasta que a poco
más de mil metros de la entrada a Benacazón notó un foco de luz a su espalda. La
«estrella» había descendido considerablemente y realizando una pasada sobre el
testigo se colocó de frente a él, a la derecha del camino. Un tremendo estruendo
sonó al tiempo que la misteriosa luz se iba apagando y se perfilaba una nave
extraña, rectangular y muy semejante a una cabina de teléfono. Instantes más
tarde, una portezuela frontal se abrió dando paso a dos seres de considerable
estatura, cabello lacio y blanquecino hasta los hombros y traje ceñido de color
aluminio. Sus botas de caña alta relucían en aquel paraje oscuro y los cinturones
tenían una ancha hebilla que despedía pulsantes haces luminosos rojizos.

PERSEGUIDO Y ATACADO EN LA OSCURIDAD


Miguel quedó paralizado por el terror a menos de cien metros de aquella
nave, posada en el barro sobre un trípode, y de sus dos ocupantes, que hablaban
«un idioma extraño que no era español». Los seres señalaron al joven testigo quien,
haciendo de tripas corazón, comenzó a correr alocadamente intentando alcanzar la
entrada del pueblo. Acto seguido, los dos humanoides volvían a penetrar en la
«cabina de teléfonos» que empezó a elevarse y, colocándose en posición horizontal,
comenzó a perseguir al aterrado Miguel Fernández. A pocos metros de Benacazón,
el perseguido notó que un fortísimo haz de luz le alcanzaba de lleno, sintiendo
como si su cuerpo entero se abrasara ante aquel fogonazo. Después, nada más...

Miguel, con el cuerpo manchado por una espesa grasa negruzca, y el bigote
y la barba chamuscados, solo recuerda que apareció aporreando la puerta de su
domicilio y gritando en plena madrugada: «La estrella, la estrella viene a por mí.»

Foto 14.1.—Miguel Fernández Carrasco en el lugar exacto donde fue atacado por el
ovni.
Tras ingresar al joven en el hospital sevillano de San Lázaro, donde se le
atendió de las diversas heridas producidas supuestamente por el ovni, el hoy
presidente de la Sala Quinta de la Audiencia de Sevilla, Santos Bozal Gil, investigó
lo sucedido, recopilando toda la información en el acta 244-76 del 24 de febrero de
1976, la primera que levantaba un juez en la historia de la ufología española.

UNA FIGURA ENTRE LA NIEBLA

Cercanías de Museros (Valencia), 14 de marzo de 1976, 21:50 horas

Vicente Corell y su esposa, Carmen Civera, se dirigían hacia el domicilio de


los familiares de esta última en la localidad valenciana de Museros. Al detener su
viejo Renault 4-L ante una señal de Stop, el matrimonio observó a la derecha una
extraña luz que, de inmediato, les llamó la atención: «Era ovalada y brillaba con
una luminiscencia blanquecina tirando a rosa..., pero en unos instantes dejamos de
verla», afirmó la señora Civera.

A doscientos metros del cruce y circulando a sesenta kilómetros por hora,


los Corell se dieron cuenta de que un torbellino de polvo se elevaba junto a la
cuneta. Al poner las luces de cruce notaron que entre la misteriosa bruma había un
hombre, una figura que flotaba en el aire balanceándose nerviosamente de
izquierda a derecha.

«Era alto, con los brazos pegados al cuerpo y los dedos de las manos
perfectamente visibles y cerrados en un puño. El traje era de una pieza, con el
cuerpo como entubado por diferentes llantas hinchadas..., y la cabeza aparecía lisa,
demasiado pequeña y con dos lucecillas encima...», declararon ambos testigos al
periodista J. J. Benítez.

Al pasar delante del ser, comprobaron como éste tomaba tierra y se quedaba
«en posición de firmes», como una auténtica estatua entre la bruma. Cuando el
Renault 4-L pasó junto al humanoide, las luces bajaron súbitamente de intensidad,
apagándose totalmente al cabo de cinco o seis segundos y dejando a los Corell en
la más absoluta oscuridad, a pesar de que el motor continuó en funcionamiento y
la batería no se descargó. La señora Civera miró por el parabrisas trasero del
vehículo y descubrió que la figura también había apagado las dos «perillas
luminosas» que portaba sobre su cráneo. Después, poco a poco, la noche fue
envolviendo al «enllantado» hasta que desapareció por completo.

Foto 14.2.—

Escenificación del encuentro de los Corell.

El miedo y la tensión acumulada hicieron que los Corell llegaran a su


destino presa de un intenso shock nervioso.

Al día siguiente, en un taller de la población castellonense de Almenara se


comprobó que el cableado del automóvil había sufrido extrañas averías, siendo
ésta la causa aparente del apagón de los focos. Los mecánicos afirmaron no haber
visto nada parecido a lo largo de sus muchos años de profesión. «Algo» parecía
haber absorbido toda la energía del viejo automóvil. Pero los técnicos, claro está,
no dieron jamás con la auténtica causa de la avería.
 

EL ENCUENTRO DE FIDEL HERNÁNDEZ

Matapozuelos (Valladolid), 14 abril de 1976, 23:15 horas

Un grupo de niños se encontraba jugando en un prado próximo a la aldea


vallisoletana de Matapozuelos cuando, repentinamente, una luz rojiza hizo acto de
presencia descendiendo en plena llanura tras unos tejados y corrales. La mayor
parte de los chicos corrieron asustados a sus casas pero Fidel Hernández Rollán,
con solo catorce años de edad y muy intrigado por lo sucedido, decidió caminar
hacia el lugar donde el presunto ovni había tomado tierra.

Foto 14.3.—Un impactante titular de la prensa regional acerca del incidente de


Matapozuelos.

Allí, apoyado en cuatro robustas patas y coronado por una cúpula


acristalada, reposaba un artefacto de grandes dimensiones. Escondido tras un
murete de piedra, Fidel divisó tres figuras altísimas, vestidas con unos atuendos
blancos ceñidos por cinturones y tobilleras resplandecientes. Sus bocas
permanecían cerradas a pesar de que parecían emitir sonidos guturales, y sus ojos
eran oblicuos y muy pequeños. Al descubrir a Fidel, los humanoides preguntaron
al muchacho sobre unos tubérculos de patata que había en las cercanías. Acto
seguido, y según la declaración del joven, los tres individuos penetraron por una
puerta corredera a través de la cual se observaba el interior de la nave, «repleta de
palancas, luces y mandos...»

Foto 14.4.—Fidel Hernández Rollán, de catorce años, protagonista de uno de los


encuentros con tripulantes más apasionantes y absurdos de nuestra ufología.

Instantes después, el ingenio volvió a elevarse emitiendo una poderosa luz


rojiza. Al mismo tiempo, varios vecinos del lugar, entre los cuales se encontraban
los padres de Fidel, observaron el foco alejándose hacia el cielo estrellado.

DOS GIGANTES EN LA CARRETERA

Gáldar (Gran Canaria), 22 de junio de 1976, 22:30 horas

 
El doctor Francisco Julio Padrón se introdujo a toda prisa en el taxi donde le
esperaba ansioso Dámaso Mendoza Díez, un vecino del municipio de Gáldar, cuya
madre se hallaba gravemente enferma. En compañía del conductor Francisco
Estévez decidieron ponerse en camino y recorrer los seis kilómetros de carretera
secundaria que les separaban de la casa de la anciana.

Foto 14.5.—El doctor Francisco Julio Padrón estimó la altura de los gigantes de
Gáldar en 2,50 m.

Minutos después, en el ascenso del desvío hacia la población de Las Rosas,


los focos del automóvil reflejaron algo inmenso que parecía estar posado en una
pequeña llanura. Era una esfera «como acristalada y de un azul eléctrico que
dejaba ver las estrellas a través de ella». En la parte inferior del objeto aparecía una
especie de plataforma color aluminio y sobre ella, de perfil, dos figuras
humanoides de inmensa estatura y trajes ajustados.

Los dos seres, que en ningún momento hicieron ademán de girarse hacia el
coche, vestían monos entallados de color rojizo, con el tórax y las extremidades
anormalmente alargadas y un cráneo de volumen absolutamente
desproporcionado. La cabeza de las dos figuras parecía estar cubierta con una
escafandra que impedía ver las facciones y que estaba confeccionada con un
material idéntico al del resto del traje.

Foto 14.6.—Croquis del encuentro que tuvo lugar en Gáldar el 22 de junio de


1976.

El nerviosismo y el miedo prendieron con rapidez entre los ocupantes del


taxi, sobre todo cuando la esfera comenzó a crecer y a elevarse emitiendo un tenue
silbido. En su interior, los dos gigantes continuaban en la misma posición.

El doctor Padrón, visiblemente excitado, penetró en casa de la paciente y


obligó a varios campesinos que se encontraban allí a salir al exterior para
comprobar cómo la gran esfera azulada se alejaba lentamente por el firmamento.
Otra vecina, situada a unos kilómetros de la zona, aseguró haber visto a la misma
hora el ascenso de «una gran esfera con dos manchas rojas que podían ser
hombres». Por otro lado, minutos antes de la observación, la corbeta militar
Atrevida avistaba en las proximidades de Fuerteventura una luz blanquecina que
proyectó una cortina de luz en forma de cono hacia las aguas, tras lo cual se
dividió en dos partes, siendo una de ellas una esfera de color azulado.
Foto 14.7.—Un documento estremecedor. En el amplio dossier del Ejército del Aire
sobre el «caso Gáldar» aparece este anexo 4 con los dibujos de los seres de tres metros
observados en el interior de la esfera transparente.
CAPÍTULO 15

Julio-diciembre 1976
Criaturas gigantescas

LA SEGUNDA MITAD del año 1976 continuó siendo motivo constante de


sobresalto en nuestro país. La prensa regional plasmó en sus páginas los
encuentros de decenas de testigos con extrañas criaturas de descomunal tamaño e
impresionante aspecto, contra las que incluso intervinieron miembros de las
Fuerzas Armadas. Fueron escenas dramáticas, en las que el fenómeno ovni
mostraba a los investigadores su cara más terrorífica. Al mismo tiempo que estos
solitarios seres deambulaban impunemente, el Ejército español adoptaba una
histórica decisión al proporcionar a un periodista parte de la documentación
oficial, tantas veces negada, sobre el fenómeno ovni.

UN ASTRONAUTA DE TRES METROS

Escalante (Cantabria), 9 de julio de 1976, 5:30 horas

Miguel Ángel Ruiz Samperio y Margarita Cagigas, ambos de veintiocho


años de edad, naturales del pueblecito cántabro de Escalante y trabajadores de la
empresa FEMSA, se quedaron petrificados en plena plaza. Como cada madrugada
desde hacía una década, habían acudido allí para coger el Seat 850, propiedad de
Miguel Ángel, en el que recorrían la distancia que les separaba del complejo fabril.
Pero aquella noche todo fue distinto.

Miguel Ángel ya se encontraba dentro del vehículo, en el asiento del


conductor, y se extrañó de que su compañera no subiera al coche y se quedara a la
intemperie. Le gritó varias veces pero no obtuvo respuesta alguna, ante lo cual
volvió a salir del vehículo. Fue entonces cuando observó la mueca desencajada de
Margarita. Sus ojos miraban al frente, justamente donde una calle estrecha y
lóbrega se introducía en el casco urbano. Allí, sobre el margen derecho de la acera,
aparecía una descomunal y monstruosa figura que caminaba muy lentamente,
alejándose del lugar.
Foto 15.1.—Impresionante representación del encuentro de Escalante llevada a
cabo por el boletín Stendek.

El dantesco humanoide alcanzaba con su pequeña y ovalada cabeza las


ventanas (que se encontraban a una altura de 3,27 m del suelo) de una vieja casa
colindante. Tocado con un casco semejante a un tricornio reluciente o una
«palangana vuelta del revés», y embozado hasta la cintura en un traje oscuro, la
silueta se colocó unos instantes de perfil, prosiguiendo posteriormente su rumbo.
Foto 15.2.—Así dibujó Miguel Ángel Ruiz en el cuaderno de campo de Iker
Jiménez al ser con el que se topó en la madrugada del 9 de julio de 1976.

Margarita Cagigas pudo apreciar entonces en el humanoide «unos rasgos


monstruosos, horribles. Tenía la cara completamente oscura, la nariz afilada y
ganchuda y unos ojos pequeños». Una capa extensa y recia, que llevaba amarrada
al cuello a modo de pañolón, proporcionaba al extraño visitante un aspecto aún
más absurdo.
Foto 15.3.—Margarita Cagigas y Miguel Ángel Ruiz Samperio —con Iker Jiménez
— indican la altura del ser.

Aferrados a las manillas del automóvil, y atenazados por el miedo, los dos
testigos siguieron las evoluciones del personaje. Según detallaron, sus piernas eran
de un color más claro y en ningún momento se apreciaron manos o brazos...
Simplemente, los miembros «se borraban» a medida que se aproximaban a sus
extremos,

Una de las cosas que más impresionó a los dos trabajadores fue el
movimiento ingrávido, lento y pausado —«como a cámara lenta, o como las
imágenes de los astronautas en la Luna»— que mostraba aquel solitario caminante.
Transcurrido un tiempo, el ser dobló una esquina y salió de nuevo hacia la
carretera comarcal, desapareciendo del ángulo de visión de los dos jóvenes. Ese fue
el momento en que ambos aprovecharon para subir a bordo del automóvil y enfilar
a toda velocidad el camino hacia la factoría de Treto, lugar donde, sin apenas
poder controlar sus nervios, detallaron lo sucedido a sus compañeros de trabajo.
Dado su prestigio y reconocida fama de gente honrada en la comarca, nadie dudó
de su alucinante historia.

NUEVOS TESTIGOS

El encuentro de Escalante, uno de los más extraños e impactantes en


cincuenta años de casuística ufológica española, se vio completado veinte años
después con las investigaciones in situ del entonces redactor de Enigmas Iker
Jiménez. En sus indagaciones, el reportero comprobó la existencia de nuevos y
trascendentales testimonios, hasta entonces ocultos por el miedo al ridículo, debido
a como trataron el suceso algunos periódicos.

Una de las personas que habían silenciado su voz era Ventura Lusares,
antiguo alcalde de la localidad, máximo mandatario del pueblo durante doce años,
quien vio con sus propios ojos cómo una figura alta y desgarbada, que vestía
negros y largos ropajes, se alejaba por la carretera secundaria que parte de
Escalante hacia otras pequeñas aldeas. Al mismo tiempo, y desde un balcón
próximo, otros testigos que prefieren permanecer en el anonimato observaron el
cercano paso de esta «torre humana», cuyo pecho emitía una tenue luz.
Foto 15.4.—El ser caminaba lentamente «como los astronautas en la Luna», tenía
una luz en el pecho e iba poco a poco entrando en la calle.

UNA DECISIÓN HISTÓRICA

Madrid, 20 de octubre de 1976, 11:00 horas


 

Después de casi un año estableciendo contactos en las más altas esferas del
Estado, el periodista de La Gaceta del Norte Juan José Benítez consiguió acceder por
primera vez en nuestro país a parte de la información ovni en poder del Ejército
español.

Tras una reunión mantenida en las dependencias del Ejército del Aire, el
general Felipe Galarza atendió la petición del periodista navarro poniendo en su
mano 78 folios en los que se desarrollaban doce informes sobre presencia de ovnis
en suelo español. La decisión histórica del Ejército de proporcionar ese material
confidencial a un civil solo planteó una condición: que no se revelase la identidad
de las personas mencionadas en los expedientes.
Foto 15-5.—Una joya ufológica: portada original del dossier con los doce
expedientes ovni oficiales españoles entregados a J. J. Benítez.

Entre aquella docena de informes aparecían casos clásicos de la ufología


española, tales como el aterrizaje de un ovni semiesférico en el polígono de tiro
navarro de Bardenas Reales (capítulo 11); la persecución del viajante Adrián
Sánchez en Sevilla, más concretamente en la carretera de Castillo de Las Guardas
(capítulo 9); la cuádruple aparición y aterrizaje de objetos rojizos en las cercanías
de Quintanaortuño (Burgos) (capítulo 11) o la aparición de seres gigantescos el 22
de junio de 1976 en la localidad canaria de Gáldar (capítulo 14). La totalidad de la
información recibida por Benítez se plasmó en su obra Ovnis: documentos oficiales
del Gobierno español, el primer libro de estas características escrito en nuestro país.

A pesar de todo, hasta agosto de 1992 el asunto ovni fue considerado


«materia reservada» por todos los cuerpos del Ejército.

UN MONSTRUO DENTRO DEL CAMPANARIO

Isla (Cantabria), 1 de noviembre de 1976, 7:00 horas

Pedro Higuera Pérez llevaba más de treinta años desempeñando las labores
de sacristán en Isla y a sus setenta y siete años ya estaba acostumbrado a las
tinieblas y la humedad que cada madrugada reinaban en el viejo campanario de la
iglesia.

Aquella jornada subió decidido la enroscada escalinata portando una


pequeña linterna. Pero al llegar arriba tuvo la extraña sensación de no encontrarse
solo. En el habitáculo superior notó con espanto cómo lo que parecía ser un grueso
bulto se colocaba frente a la tenue luminosidad que penetraba por uno de los arcos.

Al dirigir el chorro luminoso de la linterna hacia aquel ángulo, Pedro


Higuera creyó desmayarse del susto. Tendida en posición horizontal, una criatura
humanoide de grandes dimensiones permanecía flotando a un metro del suelo.
A pesar de que el pánico le tenía atenazado por completo, el sacristán aún
mantuvo el pulso necesario para seguir enfocando al intruso y comprobar que su
atuendo lo componían una túnica amplia de color oscuro —«como de un naranja
fuerte y resplandeciente»— cuya parte superior le cubría pecho y cuello.

Foto 15.6—Pedro Higuera, el sacristán que se topó inesperadamente con un


humanoide. (Ciove.)

El ser que —según los cálculos efectuados posteriormente alcanzaba los 2,80
m de altura— permaneció constantemente con sus dos finísimos brazos pegados al
tronco y las piernas ligeramente arqueadas hacia el suelo. En la cabeza, de forma
almendrada y desproporcionada respecto al cuerpo por lo pequeña, no apreció el
asustado testigo ojos, boca ni rasgo facial alguno.
Tras quince segundos de observación Pedro Higuera soltó la linterna y bajó
de estampida la escalera de caracol, a tiempo de observar por el rabillo del ojo
cómo el ser volvía a disolverse en la oscuridad reinante.

Aquel día, por primera vez en más de treinta años, no hubo campanadas en
el bello rincón cántabro de Isla.

Foto 15.7.—Campanario de Isla, donde sucedieron los misteriosos acontecimientos.


CAPÍTULO 16

Enero-septiembre 1977
Entre dos mundos

EL GRADO DE EXTRAÑEZA de algunos de los incidentes ocurridos


durante el año 1977 hizo surgir nuevas teorías entre los investigadores de lo
desconocido, que tenían que enfrentarse a sucesos de características inéditas
dentro de la casuística ufológica mundial. Las apariciones de artefactos etéreos que
perseguían a solitarios conductores, las naves inverosímiles y absurdas, junto al
increíble incidente ocurrido a una joven onubense, dieron ocasión para especular
con la posibilidad de que las fronteras entre la ufología y la parapsicología
estuvieran mucho más cercanas de lo que en un principio se imaginó.

ATERRIZAJE EN LAS MINAS VIZCAÍNAS

Gallarta (Vizcaya), 13 de febrero de 1977, 20:30 horas

Ya era noche cerrada cuando José Luis Lozón —director de uno de los más
importantes astilleros de Vizcaya— observó cómo un objeto extraño y «con forma
de hongo aplastado» despegaba verticalmente desde las escombreras de la zona
minera de Gallarta.

Horas después, el ebanista de cincuenta años Juan Sillero declaró que «un
extraño presentimiento» le obligó a asomarse a la balconada de su solitario caserío,
emplazado junto a las minas. Decidido y sin miedo, atravesó con rápido caminar
un bosque cercano y salió a la explanada conocida como La Florida. Allí, posado
sobre el pedregoso terreno, se encontraba un aparato similar al observado por
Lozón. El «tren de aterrizaje» del gran objeto intentaba ajustarse al terreno por
medio de algunas extrañas maniobras.
Foto 16.1.—Así eran —según el expediente oficial del Ejército del Aire— los ovnis
observados en la zona.

Temeroso, Juan Sillero observó la escena protegido tras el tronco de un


árbol. Minutos después aparecieron en el lugar dos seres de aspecto humanoide,
enfundados en monos grisáceos. Según declaró el ebanista, ambos entes se le
aproximaron y le dijeron que «debían regresar tras haber sido detectados».
Foto 16.2.—Una de las extrañas huellas de los presuntos ovnis de Gallarta. Se
encontraron más de ochenta marcas similares en el lugar de los hechos.

Juan Sillero fue testigo de excepción en cuatro ocasiones diferentes de los


aterrizajes de artefactos voladores en esta solitaria zona. En alguna de ellas declaró
incluso haber visto «una especie de pequeño robot metálico que exploraba el
terreno, tras descender del aparato principal».
Foto 16.3.—J. J. Benítez rastreó, junto a los testigos, la escombrera en busca de
pruebas del que podía ser el aterrizaje más extraño sucedido en España.

El teniente general Carlos Castro Cavero aseguró días después al reportero


de La Gaceta del Norte J. J. Benítez que cazas militares salieron en scramble
dispuestos a interceptar cinco ecos desconocidos registrados en los radares de la
estación Siesta de Calatayud. Tres aviones Phantom despegaron rápidamente sin
conseguir dar con los cinco ovnis que supuestamente se dirigían a las minas de
Gallarta. La posibilidad de que una retroexcavadora hubiese producido las marcas
aparecidas en el lugar perdió toda su validez tras el concienzudo estudio efectuado
por Joaquín Fernández, ingeniero de la Universidad Autónoma del País Vasco.
Según sus informes, las huellas habían sido producidas por «algo» que ejercía una
presión de diez toneladas por punto de apoyo. Las pruebas realizadas en el lugar
empleando una retroexcavadora demostraron palpablemente que los «misteriosos
huecos» dejados en el terreno durante aquellas inolvidables noches de invierno
debían haber sido producidos por otra cosa.
LA PANTALLA VOLADORA

El Garrobo (Sevilla), 9 de junio de 1977, 22:30 horas

Manuel Bermúdez, fontanero de cuarenta y tres años, se frotó varias veces


los ojos. No podía creer lo que estaba viendo. Disminuyó la velocidad de su
vehículo y observó con detalle «aquello» que le había salido al paso mientras
circulaba por la solitaria y oscura carretera secundaria que lleva a El Garrobo.

A unos doscientos metros de distancia apareció súbitamente un rectángulo


muy luminoso, semejante a una «pantalla de televisor de color anaranjado», que se
mantenía a dos metros de altura sobre el asfalto sin emitir ningún sonido. El miedo
se apoderó del conductor, que comenzó a pisar el acelerador dispuesto a dejar
atrás a su extraña «escolta». Pero por más que imprimió velocidad a su automóvil
aquello continuaba guardando la misma distancia.

Al llegar al desvío de entrada al chalé al que se dirigía, Bermúdez bajó del


coche, comprobando cómo aquella «pantalla» se paraba y posteriormente
empezaba a ascender lentamente, pasando del naranja al amarillo y después al
blanco, para perderse definitivamente entre las nubes del encapotado cielo
andaluz.
Foto 16.4.—Una extraña luz salió al paso del vehículo. (A. Moya.)

LADRONES CÓSMICOS

Escalada (Huelva), 3 de agosto de 1977, 19:30 horas

Escalada es una remota aldea lejana de todo y de todos. Perteneciente al


municipio de Almonaster la Real, se encuentra enclavada en los parajes
montañosos de la sierra de Aracena, contando tan solo con algunos vecinos que
prácticamente viven al margen del mundanal ruido de la civilización. El acceso al
lugar debe efectuarse por caminos de tierra y senderos. Precisamente en la estrecha
vía que comunica Escalada con la aún más lejana alquería de La Corte, se produjo
el increíble suceso que protagonizó Ceferina Vargas Martín, de veinte años de
edad.

Después de escuchar la novela radiofónica que emitía Radio Nacional de


España en las tardes estivales, Ceferina —una mujer desenvuelta, culta e
inteligente— se encaminó por las veredas hacia la aldea de La Corte, donde vivía
su abuela Petronila, con la intención de ayudarla en las tareas domésticas.

La testigo llevaba su bolso consigo, donde tenía algunas monedas sueltas,


billetes de autobús y el Documento Nacional de Identidad. Al llegar a las cercanías
de un arroyo advirtió un tremendo destello que avanzaba hacia ella, impactándola
de lleno y cegándola instantáneamente. Creyendo que se trataba de algún bromista
jugando con el reflejo de los rayos solares en un espejo, aceleró su marcha un tanto
intranquila.

Avanzados veinte metros, Ceferina notó cómo otra luz, semejante «a un faro
de bicicleta» y de una blancura intensísima, volvía a impactar contra ella,
haciéndola casi caer de bruces en el suelo. Víctima de un comprensible
nerviosismo, empezaron a fallarle las fuerzas, al tiempo que el pánico comenzaba a
apoderarse de su ser. En medio del camino de tierra, a unos diez metros delante de
ella, vio a dos personas que charlaban animadamente.

Extrañada y confundida, se fue acercando a ellas, al tiempo que se percataba


de que había «una mujer muy alta y un hombre de menor estatura». Según las
declaraciones de Ceferina, la figura de la mujer medía más de dos metros. Tenía
una larga cabellera color platino, ojos muy grandes, cejas arqueadas, carecía de
nariz y en el lugar de la boca sólo había una «línea que se movía». Ambas figuras
iban vestidas con una túnica de color verdoso que llegaba hasta el mismo suelo,
impidiendo que se vieran las extremidades inferiores de los seres. La piel del rostro
era amarilla y les confería un «aspecto repelente». Ceferina se espantó al observar
las caras de aquellos dos individuos. Según confesó, las facciones daban auténtico
pavor por lo extraño y desproporcionado.
Foto 16.5.—Ceferina V  argas Martín, protagonista del extraño incidente ocurrido
en una aldea de Huelva el 3 de agosto de 1977, y retrato robot de los dos extraños seres con
los que se topó la testigo. (A. Moya.)

Debajo: El sendero de acceso a la aldea de La Corte, donde sucedió el incidente.

Al tiempo que la testigo observaba cómo los dos humanoides gesticulaban


lentamente con los brazos, un sopor indescriptible y una debilidad extrema
comenzaron a apoderarse de ella, perdiendo el sentido y desmayándose junto a
una gran piedra en el borde del camino.

Ceferina despertó de su extraño sueño y pudo comprobar que nadie estaba


a su alrededor. El frío hizo que se incorporara. Anochecía ya en la sierra de
Aracena. Al llegar a la aldea de La Corte la testigo se percató de que le faltaba la
corona de su reloj. Rápidamente echó mano a su bolso, temerosa de que hubiesen
desaparecido más cosas. Efectivamente, el Documento Nacional de Identidad no
estaba allí. Nerviosa y presa del miedo Ceferina contactó con varios vecinos de La
Corte y con el destacamento de la Guardia Civil de Almonaster la Real. Personados
los agentes en el lugar de los hechos, tras un minucioso rastreo solo pudieron
encontrar algunos billetes de autobús pertenecientes, efectivamente, al violentado
bolso de la testigo. Sin embargo, del DNI de Ceferina no se encontró ni rastro.

Presa de un shock traumático, Ceferina Vargas tuvo que visitar las consultas
de varios médicos, quienes no pudieron diagnosticarle ninguna patología,
recomendándole absoluto reposo y administrándole diversos sedantes para que
olvidara la traumática experiencia.

PASEO INTERRUMPIDO

Gerena (Sevilla), 9 de octubre de 1977, 20:30 horas

Los jóvenes Lucas García, de trece años; José Vázquez, de la misma edad, y
Antonio Prieto, de catorce, paseaban tranquilamente en sus bicicletas por los
aledaños de la zona conocida como El Berrocal, sita en el término municipal
sevillano de Gerena. Al llegar a las proximidades del vertedero local, comprobaron
que los caminos estaban intransitables debido a las últimas lluvias, a consecuencia
de lo cual decidieron dar media vuelta, momento en el que algo les sorprendió.

A poca altura del suelo, frente a ellos, había surgido de la nada un aparato
fantástico, de formas absolutamente absurdas. Según los testigos parecía «una
cacerola de cocina sin asas» que medía unos seis metros de longitud y despedía
tenues resplandores. Su color era verdoso y cinco pequeñas luces esféricas la
atravesaban longitudinalmente. Presas del pánico, los tres jóvenes pedalearon con
todas sus fuerzas hasta llegar al domicilio del veterano investigador ovni Joaquín
Mateos Nogales, cuya ocupación era de sobra conocida por los habitantes de la
comarca. Tras tranquilizar a los asustados testigos y recabar de ellos todos los
detalles del incidente, el ufólogo consiguió convercerles de que le acompañaran
hasta el lugar de los hechos. En el coche de Joaquín Mateos, los cuatro
emprendieron veloz camino hacia El Berrocal, a tiempo de observar cómo un
intenso haz de luz blanca en forma de «V» despegaba desde el mismo lugar donde
había aparecido el ovni. El investigador logró sacar su linterna polarizada y
dirigirla hacia la extraña luminiscencia que, prácticamente al instante, desapareció
sin dejar rastro.

Foto 16.6.—Croquis del extraño artefacto observado en El Berrocal. (Archivo


Mateos Nogales.)
CAPÍTULO 17

Noviembre-diciembre 1977
Un otoño histórico

MIL NOVECIENTOS SETENTA Y SIETE se despidió a lo grande. Como no


podía ser de otro modo en el colofón de una etapa crucial de nuestra ufología.
Destacables, por encima del resto, fueron los avistamientos de Pusilibro, que
generaron una psicosis social y un interés por el fenómeno sin parangón en el país.
Esa expectación se prolongó con otros encuentros más cercanos y sobrecogedores,
como el que tuvo por protagonistas a dos mineros cántabros y un gigantesco ser.
Hechos terroríficos como explosiva guinda final a un año marcado por los ovnis de
principio a fin.  

A LA CAZA DE UN OVNI

Pusilibro (Huesca), 2 de noviembre de 1977, 0:30 horas

Hacía ya varios días que toda la ciudad de Huesca andaba revolucionada


por un motivo poco usual: un gigantesco ovni. Los periódicos locales, abrumados
por las decenas de testimonios que afirmaban haber avistado un gigantesco
aparato con forma de puro próximo al monte Pusilibro, encendieron la luz de
alarma. Durante dos semanas los reporteros de prensa, radio y televisión se
concentraron, junto a varios centenares de curiosos, «a la caza del ovni».

En pocas ocasiones a lo largo de la historia se vivieron semejantes días de


expectación y asombro en una ciudad española. En los mercados, en las calles, en
los taxis..., todo y todos hablaban y teorizaban acerca de la «nave nodriza» de
Pusilibro.

En las jornadas de vigilia sucedió absolutamente de todo. Pero casi siempre


el único marchamo de autenticidad fueron los testimonios más o menos fiables de
los testigos sorprendidos por el inmenso artefacto. Pero, efectivamente, los
acontecimientos dieron un vuelco cuando el periódico regional Nueva España
plasmó a toda portada una secuencia excepcional del objeto capturado por la
cámara fotográfica. Como bien decía la crónica de aquel día: «Ayer eran las
afirmaciones de los visionarios; hoy es una serie de imágenes gráficas. El autor
tiene nombre, apellidos y residencia en Huesca.» Como es lógico, la expectación
reventó los termómetros de la emoción ante una de las más increíbles evidencias
captadas por un fotógrafo en nuestro país.

DESDE EL NOVENO PISO

Hay que admitir que aquel 2 de noviembre Ricardo Rodrigo Lera tuvo
auténtica suerte. Él era uno de los muchos ciudadanos que, embebidos en la
emoción de aquella semana, trató de sorprender in fraganti al misterioso objeto
que tantos sustos había causado. Sobrepasada la medianoche, una luz muy fina
comenzó a asomarse por la sierra Carbonera, donde solía aparecer el gran ovni.
Ricardo, equipado con una cámara Pracktica, trípode y carrete de 400 ASA, estaba
en aquel momento haciendo fotos a una Luna clara y brillante que lucía en la
oscura bóveda celeste. Acurrucado en la ventana de un noveno piso del pasaje de
Monrepós, con la sierra enfrente y las ventanas de los bloques circundantes ya a
oscuras, no dudó en enfocar al alargado aparato rojizo que se plantó ante su visor.
Según declaró el afortunado fotógrafo: «Aquello tenía una inmensa luminosidad y
quedó perfectamente estático. Repentinamente apareció otro objeto más pequeño y
blanquecino que penetró en el grande, o bien pasó por detrás. Lo cierto es que tras
la maniobra todo se volvió de color blanco y aquello, en décimas de segundo,
desapareció a una increíble velocidad.»
Foto 17.1.—Secuencia histórica del ovni de Pusilibro (Huesca).

Al revelar el carrete, Ricardo y todo el país comprobaron con asombro que


allí habían quedado reflejadas las evoluciones de la extraña nave nodriza del
Pusilibro. Todos los periódicos regionales y nacionales se hicieron inmediato eco
de la noticia, coincidiendo rotundamente en una evidencia; aquella era, sin lugar a
dudas, la más impresionante secuencia fotográfica de un ovni sobre nuestros
cielos.

 
Foto 17.2.—La prensa y los habitantes de la ciudad oscense, en un estado de
fascinación colectiva, se pusieron «a la caza del ovni».

UN INTRUSO EN EL PATIO

Olivares (Sevilla), 26 de noviembre de 1977, 21:45 horas

Cuando se disponían a cenar, un increíble «trueno» dejó helados a los cinco


miembros de la familia Méndez Cotán. La casa de dos plantas, situada a la entrada
del pueblo, tenía un amplio patio desde cuya parte posterior se podía salir a campo
abierto. Fue de allí de donde había surgido el ruido.
Foto 17.3.—Recreación del genial dibujante y ufólogo Antonio Moya sobre lo
sucedido en el patio de Olivares (Sevilla).

La madre de familia, M. F. M., salió a dicho recinto al comprobar desde la


cocina cómo «una luminaria blanquecina» penetraba lentamente por esa zona. Ya
desde la ventana que comunicaba con el patio, la señora comprobó aterrorizada
cómo un objeto incandescente aparecía flotando a muy baja altura y casi en
contacto con el suelo, balanceándose levemente. Era una esfera muy luminosa de
algo menos de medio metro de diámetro. En su parte superior nacía «como una
llama o embudo» que se cimbreaba al ser agitada por el fuerte aire de aquella
noche. Aterrorizada, la testigo alertó a los miembros de la familia e incluso intentó
en un primer momento poner el hecho en conocimiento de la Guardia Civil.

Transcurridos unos segundos, el extraño objeto comenzó a apagarse hasta


desaparecer por completo en el centro del patio. Durante los días siguientes se
volvió a escuchar el misterioso estruendo, preludio de la primera aparición, e
incluso las flores de unas macetas y el propio suelo del patio quedaron
extrañamente afectados. Los vegetales habían sido «quemados por los bordes» y en
el pavimento apareció, desde la noche del incidente, una marca circular deslucida
que fue imposible de eliminar, al igual que lo fue durante meses el terror y el
pánico de esta humilde familia sevillana.

EL EXTRAÑO AVIÓN

Carmona (Sevilla), 27 de noviembre de 1977, 23:45 horas

Horas después del suceso de Olivares, a no muchos kilómetros de allí, un


taxista y tres pasajeros iban a sufrir una insólita experiencia ovni. Antonio
González Morales se dispuso a recoger a los tres viajeros y a concluir su jornada
laboral en la población sevillana de Carmona. Ya en plena carretera, los cuatro
ocupantes del coche se extrañaron al ver una serie de luces lejanas, que en un
principio identificaron como un avión. El hecho de que el objeto estuviese
completamente estático en el cielo extrañó sobremanera a los testigos que, sin
embargo, continuaron conversando tranquilamente.
Foto 17.4.—Croquis de los objetos de Carmona (Sevilla). La prensa andaluza
informó puntualmente del suceso.

La apacible tertulia se rompió súbitamente cuando «el extraño avión»


aceleró súbitamente y, recorriendo una inmensa distancia, se colocó paralelo al
solitario taxi permitiendo observar detalladamente su insólita estructura. Según
coincidieron los cuatro ocupantes, aquello se asemejaba a «dos platos encarados
por su base, que iban iluminados por una franja exterior anaranjada. Encima había
un piloto verde y en la parte posterior otro rojo». El tamaño del ovni lo estimaron
en unos cinco metros de largo por uno y medio de alto.

A pesar de llevar las ventanillas abiertas, ni el taxista ni los viajeros


percibieron sonido alguno, hecho que les sobrecogió más aún. Al llegar a una
loma, visiblemente alterados, los testigos divisaron la parte superior de otro
aparato similar junto a un cambio de rasante de la carretera. Antonio González
redujo entonces la marcha «para observar mejor el extraño fenómeno». Sin
embargo, los pasajeros se pusieron muy nerviosos y le instaron a emprender la
marcha a toda prisa.

Tras dejar los objetos a su derecha y habiendo trasladado a sus clientes a la


dirección solicitada, el taxista sevillano, en un alarde de frialdad, regresó en
solitario por el mismo camino, preguntando en las gasolineras si alguien había
visto aquel aparato. Por desgracia, nadie había sido testigo de las evoluciones de la
nave que, solo minutos antes, le había salido al paso.

EL HUMANOIDE QUE ESPIABA

Puente San Miguel (Cantabria), 1 de diciembre de 1977,

4:50 horas

A esas horas todo era tranquilidad en la humilde casa de los Ruiz Orive.
Dormían profundamente en la habitación del primer piso, fatigados tras la dura
jornada diaria. Emilio fue el primero en percatarse de que algo ocurría. Era una
sensación extraña y desconocida..., pero sin duda molesta. Los aullidos
desaforados de los perros le hicieron asomar la cabeza de entre las mantas,
comprobando que una tremenda claridad entraba por el ventanuco que daba al
exterior: «Al principio pensé que ya era de día y que nos habíamos quedado
dormidos.» Pero no. Aquella luz blanquecina era diferente a la natural. Tanto, que
en un momento cegó al testigo, obligándole a colocar la palma de la mano delante
de lo ojos. Algo ocurría en el exterior...

Un extraño flashazo hizo que Emilio se incorporase sobre el respaldo de la


cama, dispuesto a acercarse al pequeño hueco que daba al exterior. Pero no le hizo
falta levantarse, repentinamente «alguien» se asomó por la ventana...
 

UN SER MONSTRUOSO

El asustado minero vio entonces cómo un rostro ovalado se aproximaba a la


ventana de modo decidido y sin titubear. Entonces el pánico se apoderó del testigo
que, aturdido y confundido, volvió a refugiarse entre las mantas. Ahuecándolas
para mirar a la ventana, descubrió que una cara se asomaba y escrutaba el interior
de la habitación: «Aquello era horrible —declaró al día siguiente—, un escalofrío
me recorrió de pies a cabeza al ver que aquel tipo llegaba a la ventana, ¡y aún
estaba encorvado para mirar dentro! Aquella faz parecía oscura, negra y sin pelo...,
y la verdad es que sentí un profundo miedo. Tenía un bigote blanquecino, muy
claro, y unos ojos grandes, redondos y expresivos. Y estoy seguro de que miraba al
interior. Mi hermano estaba justo debajo de la ventana, pero seguía dormido sin
darse cuenta de nada.» Efectivamente, el gigantesco ser que caminaba solitario por
el pueblo estaba encorvado y apoyado en la fachada exterior intentando penetrar
en la habitación de los Ruiz Orive. Poco a poco se fue separando del ventanuco y
entonces el minero comprobó que aquel ser «vestido como con una guerrera caqui
ceñida con una tirilla de color blanco en un costado», podía sobrepasar con
holgura los tres metros de altura. Su cuerpo, fino y desproporcionado por lo largo
de sus extremidades, pronto se confundió con las sombras de la noche. Los gritos
de Emilio despertaron en ese momento a su hermano Cristóbal, que rápidamente
bajó a la planta de la calle dispuesto a enfrentarse con la luminosidad que seguía
estando junto a la casa. Pero al llegar a la puerta todo cesó, como apagándose
repentinamente.

Foto 17.5.—Emilio Ruiz, protagonista de este suceso insólito que llenó de temor a
la población cántabra.
(Mariano Fernández Urresti.)

Foto 17.6.—La casa junto a la carretera. Aquí sucedieron los hechos. (Mariano
Fernández Urresti.)

Al día siguiente gran parte del pueblo confesó haber observado la extraña
luz; una de las testigos, Balbina Noriega, describió perfectamente un objeto que al
parecer despegó de un descampado aproximadamente a las cinco de la mañana.
Durante horas la gente, comentando la extraña historia, se arremolinó en torno a
unas extrañas huellas aparecidas en la plaza de Javier Irastorza, lugar donde fue
observado el humanoide por el aterrorizado minero.
Foto 17.7.—Así vio Fernando Jiménez del Oso el terrorífico episodio de Puente San
Miguel.
CAPÍTULO 18

Enero-junio 1978
Naves fantásticas en el sur

COMENZABA UNO DE LOS AÑOS de mayor actividad ovni de nuestra


historia. Los primeros meses fueron un continuo peregrinar de extraños artefactos
aéreos en una zona muy concreta de nuestra geografía: Sevilla. Decenas de pueblos
y aldeas se vieron sobresaltados con un aluvión de apariciones que no dejaron
indiferente a nadie. Las enigmáticas formas e intenciones de los ovnis sevillanos de
1978 también sorprendieron a los muchos investigadores que acudieron a esta
región en busca del gran misterio.

EXTRAÑO SOPOR

Marchena (Sevilla), 10 de febrero de 1978, 0:00 horas

La noche, fría y desapacible, no invitaba a rodar por la estrecha carretera


que unía las localidades sevillanas de Carmona y Marchena. Sin embargo, y por
avatares de la profesión, los camioneros Andrés González y José Cerpa montaron
en su Pegaso de veinticinco toneladas dispuestos a no parar hasta llevar su
mercancía a buen puerto. Habían recorrido unos metros en dirección al pueblo de
Marchena cuando se percataron de la presencia de una enorme luz roja que
aparecía sobre el horizonte.

«¿Será un avión? ¿Será un incendio?», se preguntaron ambos ocupantes. Y


en tal discusión se hallaban enzarzados, que apenas se percataron de cómo poco a
poco la luz se convertía, por efecto de la paulatina cercanía, en una inmensa bola
centelleante de un color rojizo. «Parecía estar en ascuas..., al rojo vivo», declaró uno
de los jóvenes camioneros. Efectivamente la esfera luminosa, de mucho mayor
tamaño que la luna llena, no solo se había aproximado al vehículo, sino que incluso
había descendido bruscamente hacia el camino, dando la impresión de haber
tomado tierra a unos doscientos metros del camión.

Entonces el fulgor del ovni comenzó a aumentar hasta iluminar por


completo el camión, cuyo motor se paró repentinamente al tiempo que todo el
grupo electrógeno se vino abajo. Parados en pleno centro de la calzada, el miedo
comenzó a apoderarse de ambos protagonistas que, con la mirada fija, continuaron
observando a su silencioso y esférico acompañante. Durante los tres minutos
siguientes los camioneros sintieron un brutal mareo acompañado de náuseas y una
irritación ocular que persistió durante días. Incluso los testigos creyeron perder el
sentido durante un tiempo indefinido. Un sopor indescriptible se apoderó de su
cuerpo y mente haciéndoles reclinarse sobre los asientos completamente
atenazados por el miedo. Cuando volvieron en sí de su extraño estado de letargo
comprobaron que el objeto había desaparecido. Ni que decir tiene que les faltó
tiempo para volver a arrancar el Pegaso y rodar a toda prisa hasta Marchena,
sumidos en la profunda angustia de no saber qué había ocurrido en ese tiempo de
misterioso sopor. Allí, en el pueblo, nadie puso en duda su extraña y terrorífica
experiencia.

Foto 18.1.—Una esfera rojiza bloqueó un camión en la carretera de Marchena

(Sevilla) y produjo un extraño estado de letargo a sus ocupantes. (A. Moya.)


EXTRAÑOS TRIÁNGULOS VOLANTES

Guillena (Sevilla), 28 de mayo de 1978, 1:45 horas

Pilar Punta González, como cada noche, se dispuso a guardar los utensilios
de limpieza con los que efectuaba las faenas para adecentar el bar que regentaba
junto a su marido en la recoleta población sevillana de Guillena.

Los últimos clientes ya habían abandonado el recinto; por eso se extrañó


sobremanera cuando, al salir al pequeño patio trasero que daba al campo, escuchó
un fuerte y constante «seseo» que cada vez era más próximo a donde ella se
encontraba.
Foto 18.2.—Ignacio Darnaude, como otros investigadores sevillanos, se topó con el
mayor aluvión de avistamientos que recuerdan en los primeros meses de 1978. (Iker
Jiménez.)

La mujer pensó en un principio que algún grifo había quedado abierto o


incluso que algún intruso se hubiese colado por el tejado de la vivienda. Pero, para
su sorpresa, las dudas se disiparon al comprobar que por encima del tejado
aparecía una extraña formación triangular que centelleaba y que tenía un tamaño
considerable. El objeto, con una base mayor que el resto de los lados, poseía un
«color fuego» que destacaba perfectamente en la noche estrellada. Con estupor y
con las fregonas todavía en las manos, doña Pilar observó cómo por el lado
contrario y frente al primer objeto aparecía otro extraño aparato de las mismas
características.

Extasiada ante el espectáculo, la testigo quedó en medio del oscuro patio sin
siquiera poder gritar para alertar a su marido, que se encontraba en el interior del
bar. En un momento dado, y cuando parecía que ambos triángulos voladores iban
a estrellarse justo encima de la vivienda, hicieron una extraña maniobra y evitaron
el choque, continuando cada uno su camino, en paralelo y a diferente altura.

Rebasado el ángulo de visión que proporcionaban los muros del patio, los
ovnis variaron su intensidad luminosa «como apagándose», al tiempo que se
dejaba también de escuchar el seseo que en un principio llamó la atención de la
testigo.

Desde esta aparición, Pilar Punta notó cómo un gran miedo se apoderaba de
ella, siendo muchos los meses que transcurrieron desde el incidente hasta que se
atrevió a volver a salir al pequeño patio cuando la clientela abandonaba el pequeño
bar de Guillena. Los misteriosos triángulos volantes habían tenido la culpa.

UN HEXÁGONO QUE VUELA

Gerena (Sevilla), 16 de junio de 1978, 15:30 horas

 
La oleada de avistamientos que asoló la provincia de Sevilla durante gran
parte de 1978 supuso una prueba de fuego para algunos de los más activos
investigadores que ha dado este país. Personas como Joaquín Mateos o Antonio
Moya hicieron un increíble trabajo que pasará a la historia de nuestra ufología
como uno de los más completos y laboriosos jamás realizados en estos cincuenta
años.

Uno de los casos más extraños que ellos descubrieron fue el que tuvo como
único protagonista al agricultor José Llopis. Esta persona, seria, adusta y de
honradez reconocida en toda la comarca, se encontró con el objeto más raro que
jamás vieron sus ojos al regresar de una comida en una finca conocida como Pico
Roto, en las cercanías del pueblo de Gerena.

Foto 18.3.—Escena del encuentro del señor Llopis el 16 de junio de 1978, captada
por el pincel del investigador Antonio Moya.

Al caminar por el solitario paraje vio aparecer, muy próximo a un gran


barranco que delimita la zona, una misteriosa luz que en principio pensó que sería
algún avión, a pesar de que en la zona no había tránsito aéreo habitualmente.

Al comprobar que la extraña formación violeta se aproximaba con gran


rapidez hacia su posición, decidió esconderse a toda prisa tras un grueso y solitario
árbol. Según confesó a Moya y Mateos, había oído hablar bastante sobre los
últimos casos y pensó que se trataba de algún extraño ovni con no menos extrañas
intenciones. Mucho se había comentado el caso del vecino de Benacazón abrasado
por un ovni (véase capítulo 14) y, lógicamente, el pavor hizo acto de presencia en
el caminante.

Pertrechado en su eventual refugio, el señor Llopis comprobó asustado


cómo la luz se había convertido en un perfecto hexágono de un metro de altura,
provisto de una gran cola luminosa. «Parecía una corneta o un pandero con el que
juegan los chicos», confirmó a los sorprendidos investigadores.

El estrambótico ovni, en el más absoluto de los silencios, pasó por delante


del testigo y a tan sólo unos treinta metros de su posición. Tras observarlo con
nitidez, José Llopis notó cómo su inicial temor se convertía en repentino asombro
ante lo que describió como «la cosa más bonita que jamás había visto».

Tras flanquear la zona realizando una perfecta «V» en el cielo, el objeto


desapareció casi con la misma rapidez que lo hizo el testigo hacia Gerena, a donde
llegó muy sobresaltado para contar a sus familiares su insólita experiencia.

EL HONGO LUMINOSO

Cantillana (Sevilla), 2 de abril de 1978, 0:30 horas

Los tres hijos de Antonio Gil y Carmen Moyano señalaron a la vez hacia
uno de los laterales de la carretera. A los pocos segundos, y tras reducir la
velocidad del automóvil en que viajaban, todos fueron testigos de la extraña
presencia de un grupo de luces rojas y verdes que estaba «aparcado a un lado del
camino». A aquellas horas la circulación de la carretera secundaria que
desembocaba en Cantillana era nula, y el recelo comenzó a apoderarse de la
familia. ¿Qué clase de aparato podía ser aquél? Lentamente el padre tomó una
pronunciada curva y todos los ocupantes del vehículo, con los ojos como platos,
pudieron observar estacionado un gigantesco «hongo luminoso» que en pleno
silencio parecía esperar su llegada. Según declararon los testigos, «tenía forma de
campana de unos tres metros de altura» y aparecía rodeado por un cinturón de
focos verdes y rojizos que destellaban ligeramente al incidir en ellos las luces
largas del coche. Un sonido «como de motores» comenzó a escucharse, creciendo al
mismo ritmo que lo hacía la desconfianza de la familia Gil Moyano. La base del
ovni era más oscura que el resto del aparato y parecía encontrarse flotando a unos
palmos del suelo. Según destacó la señora Moyano, en lo que tardó el coche en
pasar casi al ralentí frente a la «campana luminosa», se advirtió un considerable
aumento de la temperatura en el interior del habitáculo del automóvil. Un calor
insoportable que todos relacionaron de forma directa con el artefacto.
Foto 18.4.—Joaquín Mateos en la carretera de Gerena-El Garrobo, epicentro de una
de las mayores oleadas de nuestra historia. (Iker Jiménez.)

Convencidos de que aquello no podía ser ningún aparato normal huyeron a


toda velocidad hacia una zona de curvas donde perdieron definitivamente de vista
al misterioso objeto. Este, mientras el coche abandonaba dicho tramo de la
carretera, emitió una serie de destellos con un gran foco situado en su parte
superior, como si quisiera atraer de algún modo la presencia de los cinco
aterrorizados sevillanos. Pero, quién sabe si por fortuna, el vehículo no volvió
atrás.
CAPÍTULO 19

Julio-diciembre 1978
Seres que dejaron huella

EL ÚLTIMO TRAMO DE 1978 lo fue también de una época histórica del


fenómeno ovni. Con su fin se llegaba al cenit de las masivas oleadas de
avistamientos que duraron todo un lustro. Este período nos trajo una serie de
interesantes incidentes protagonizados por insólitos humanoides siempre
próximos a los ovnis. Para agregar aún más misterio no fueron pocos los casos
donde, tras inspeccionar el terreno, se hallaron las huellas de estos increíbles seres.
¿Eran pisadas de los extraterrestres...? Nadie llegó a saberlo.

EL MONJE Y EL ROBOT

Can Cifre (Ibiza), 11 de julio de 1978, 13:00 horas

Los niños A. B. y F. C. se encontraban jugando en un descampado cercano a


la finca Can Fita cuando oyeron un fuerte ruido próximo al algarrobo al que se
encontraban subidos. Algo asustados, y pensando que se trataba de algún animal,
descendieron a tierra para observar a un extraño personaje con apariencia de robot.

El ser, cuyo brillante armazón era zaherido por los rayos solares, tenía dos
protuberancias en la cabeza y tanto la boca como los ojos eran simples rendijas
verticales.

El horror de los niños aumentó cuando el androide se incorporó y se dirigió


a ellos a grandes zancadas. Los dos muchachos echaron a correr como alma que
lleva el diablo hacia unas alambradas. Allí, giraron sobre sus talones y
comprobaron que una segunda figura había aparecido detrás de los espesos
matorrales.
Foto 19.1.—El Diario de Ibiza publicó los croquis de los supuestos humanoides.
Un extraño «monje» surgió en las proximidades de Can Cifre (Ibiza).

Según declararon posteriormente: «Aquel hombre medía más de dos metros


y estaba cubierto por una capa blanca que ondeaba al viento.»

La túnica, que le llegaba hasta el suelo, tenía en su parte superior dos franjas
negras verticales y algo como una estrella bordada en el pecho.

El susto de los dos pequeños se convirtió en mayúsculo al percatarse de que


tras los dos misteriosos individuos había surgido un gigantesco objeto
parcialmente escondido bajo la enorme masa de las torres del tendido eléctrico. A
lo lejos descubrieron una luz azulada que comenzó a perseguirles en una frenética
carrera. Tras llegar al pueblo y avisar a sus respectivos padres, una numerosa
comitiva se desplazó hasta el lugar, no hallándose rastro del ovni y sus supuestos
ocupantes, que parecían haberse esfumado.
Tras un minucioso rastreo se encontró en las proximidades una extraña
huella de una talla superior a la cincuenta, con tres círculos en su interior.

UN OVNI COLOR SANGRE

Pastrana (Guadalajara), 2 de agosto de 1978, 22:45 horas

Juan José Sánchez Seco, jefe administrativo; Luis Cámara, capataz de una
constructora, y Jesús Fraile, propietario de un bar, se dirigían hacia Hontoba
(Guadalajara) en un vehículo ranchera en el que, además, viajaban cinco niños.

Tras haber recorrido unos seis kilómetros, detuvieron el automóvil para


contemplar una luz en el cielo que era como una «bola blanca». El objeto comenzó
un rápido descenso hacia un encinar próximo, lugar donde se mitigó su fulgor.
Foto 19.2.—Dibujo del niño José Manuel Sánchez, recogido por el investigador D.
G. López. (Ballester Olmos, Enciclopedia de encuentros cercanos con ovnis.)

Al reanudar el viaje, observaron cómo el ovni volvía a emerger situándose


tras el coche y cambiando su tonalidad. Según declararon los testigos, «era de un
color rojo como sangre». El pánico de los adultos, alentado por los llantos de los
niños, generó una situación de histeria colectiva en el interior del vehículo. Tras
penetrar en una zona de curvas muy cerradas perdieron de vista el objeto,
realizando su entrada en el pueblo de Hontoba presos de un incontrolable
nerviosismo y convencidos de que algo extraordinario se había cruzado en su ruta.

LA PISADA DEL GIGANTE

Gerena (Sevilla), 24 de noviembre de 1978, 3:30 horas

Los albañiles Gabriel Gordillo, Francisco L. Rivero y otros dos compañeros


se encontraban cazando en las proximidades del río Guadiamar. Los cuatro,
procedentes de la población sevillana de Tomares, se vieron sorprendidos por una
luz roja y esférica que se movía ligeramente entre unas hileras de eucaliptos.

Continuaron su jornada de caza sin darle la mayor importancia hasta que


dicha luminaria se situó en un descampado próximo a unos quinientos metros de
los testigos. Dos de ellos, algo escamados, se decidieron a caminar hacia el lugar
realizando señales con sus potentes linternas. A los pocos minutos avisaron al resto
del grupo, ya que allí había un objeto posado de unos tres metros de altura y cinco
de longitud que parecía «una tinaja puesta al revés». La luz roja que en un
principio habían vislumbrado era la que coronaba el misterioso artefacto y varias
hileras de luces de diversos colores atravesaban todo el perímetro del ovni.

Los cuatro cazadores se escondieron tras unas matas al percatarse de la


presencia de un ser de más de dos metros que había aparecido de repente, y que se
encontraba estático frente a los testigos. Era de complexión fuerte, no se apreciaban
brazos e iba tocado con algo semejante a una escafandra acristalada.
Foto 19.3.—Representación dramática del investigador A. Moya sobre el
sobrecogedor encuentro de los cazadores en Gerena (Sevilla) con un humanoide de gran
estatura.

El humanoide vestía un mono ceñido y negro brillante parecido al típico


traje de los submarinistas. El temor se adueñó de los cuatro espías, que se
acurrucaban para no ser vistos, mientras el ser comenzaba una caminata hacia los
árboles situados a su derecha.
Foto 19.4.—El equipo de investigación de J. Mateos Nogales y A. Moya encontró
estas gigantescas pisadas en el lugar del aterrizaje ovni.

Avanzaba muy lentamente, paso a paso, hasta situarse dentro del


bosquecillo. En ese preciso instante los aterrorizados testigos oyeron una voz
cavernosa, gutural, que emitía algo como un gemido: «Era un lamento que parecía
salir de dentro de un pozo», afirmaron sin rubor las cuatro personas presentes. El
extraño sonido fue suficiente para amedrentar a los testigos, que pusieron pies en
polvorosa dejando al enigmático ser en el lugar.

Poco después, varios investigadores sevillanos descubrieron en el lugar del


aterrizaje tres impresionantes huellas de un pie que sobrepasaba los 42 cm de
longitud.

Parecía proceder de una gigantesca bota que había generado una gran
presión sobre el terreno. Dos se encontraron muy próximas y en paralelo, y la otra
se encontró solitaria dentro del pinar.

EL EXTRAÑO TRACTORISTA
Alegría de Álava, 6 de diciembre de 1978, 0:40 horas

Pilar Martínez de Arregui abrió las ventanas de par en par para intentar
relajarse después de un día de intenso trabajo. Su marido hacía tiempo que
permanecía acostado en el dormitorio y una paz absoluta reinaba en el viejo
caserón situado aproximadamente a once kilómetros de Vitoria.

Una luz poderosa y anaranjada se reflejó en la cristalera llamando de


inmediato la atención de la testigo. «Pensé en un principio que era un simple
tractor —declaró al investigador alavés J. L. Guillerna—, pero luego comprobé que
aquello era como butano, muy fuerte..., como fuego, y me quedé un tanto
impresionada.»

La luz se fue ocultando hasta desaparecer de la llanura donde estaba posada


y, tras recobrar la calma, la señora Arregui se dispuso a recoger la mesa sobre la
que había cenado hacía tan solo unos minutos en compañía de su marido.

Un segundo fogonazo, mucho más próximo, volvió a reclamar su atención.


El objeto, completamente esférico, avanzaba a gran velocidad hacia el caserío. El
miedo se apoderó repentinamente de la testigo, que corrió rauda hasta el
interruptor de la luz y lo pulsó para dejar la habitación a oscuras. En el exterior, el
objeto volvió a descender hasta el suelo quedando a unos cien metros de la
ventana. Desde allí, acurrucada y atenazada por el pánico, la mujer observó con
nitidez una luminosidad muy pequeña, «como de una linterna», que era
transportada por dos figuras humanoides y muy corpulentas.
Foto 19.5.—Los humanoides, gigantescos y corpulentos, permanecían al lado del
gran ovni. (Pérez-Lahuerta.)

Se acercaron poco a poco a la casa, haciendo que la señora Arregui cogiese


un bloc e incluso apuntara la hora del suceso, convencida de que podían ser
vándalos dispuestos a incendiar los campos.

Los dos seres estaban embutidos en un mono ceñido y de una sola pieza, de
un color muy claro. Estaban a la izquierda del aparato y no salieron por ninguna
compuerta. Simplemente aparecieron repentinamente a un lado del ovni.
Foto 19.6.—Los silenciosos campos de la llanura alavesa fueron testigo del increíble
suceso. (Iker Jiménez.)

Llena de miedo, la testigo comprobó que el objeto tenía una forma ovoide y
se balanceaba suavemente. A través de las rendijas de la persiana continuó
vigilando atentamente las evoluciones de los seres, hasta que decidió ir al baño e
incluso meterse en la cama. Ya en el dormitorio volvió a sentirse profundamente
inquieta por lo que sucedía en el exterior, así que decidió volver de nuevo a la
ventana. Desde su «escondrijo» logró observar cómo el aparato se elevaba
emitiendo un tenue sonido metálico muy parecido al que hacen «los molinillos de
café».

A los diez días del suceso, el investigador J. L. Guillerna encontró algunas


extrañas marcas en el terreno donde se había posado la extraordinaria máquina
descrita por la testigo y sobre el que habían deambulado los siniestros ocupantes
CAPÍTULO 20

Enero-agosto 1979
Protagonista: la radio

EL 14 DE AGOSTO DE 1979 un programa radiofónico congregaba, a lo


largo de casi seis horas de emisión, a más de once millones de personas en busca
de ovnis. Una experiencia de vanguardia, insólita, única e irrepetible, que
demostraba el imparable interés social que había adquirido este misterio entre
hombres y mujeres de toda clase y condición. Durante una ya legendaria
madrugada, pueblos, carreteras y ciudades permanecieron en vilo en busca de la
ansiada señal de otros mundos. Era el modo en que las ondas daban fin a la más
gloriosa década de nuestra historia ufológica.

MIEDO EN LA SERRANÍA MURCIANA

Sangonera la Verde (Murcia), 1 de julio de 1979, 0:30 horas

Como cada noche de aquel verano, los jóvenes Antonio Guirao, de dieciséis
años; José Carrillo, de catorce, y Ginés Giménez, de diecisiete, arrancaron sus
ciclomotores dispuestos a recorrer los cinco kilómetros que separan el pueblo de
Sangonera la Verde (Murcia) de las estribaciones de la sierra del Puerto. Allí tenían
previsto coger varios nidos de tórtolas para regresar con ellos al pueblo. En aquella
ocasión les acompañaba un amigo común, Jesús, que fue el primero en divisar una
luz «como de linterna» que se balanceaba lentamente en las faldas de un monte
próximo, conocido por los lugareños como Cabezo Colorao. El grupo se detuvo
para observar cómo la luz cambiaba de tonalidades y giraba en dirección contraria
a las agujas del reloj. Un tanto inquietos, y pensando en que algún cazador furtivo
estaba haciendo suyos aquellos pagos, los jóvenes decidieron sortear varias curvas
y detenerse en la llamada Fuente del Perro, desde donde observarían mejor la
misteriosa luminaria. Llegados a esa pequeña balconada natural, comprobaron que
lo que desde allí se observaba era una pelota luminosa, blanca en su parte exterior
y amarilla brillante en su zona interna. Tras efectuar varios movimientos en
completo silencio, aquella esfera lanzó un chorro de luz «semejante al de los coches
al poner las largas» que alcanzó a los testigos, cuatro compañeros que giraron
como un resorte al escuchar, clara y nítidamente, cómo unas ramas secas se
quebraban bruscamente a unos pasos de donde se encontraban. Alguien les había
descubierto y estaba caminando hacia ellos con paso firme y decidido. En los
primeros momentos nadie sabía qué hacer. Las motos habían sido estacionadas a
unos metros y la duda envolvía la situación. Pronto las pisadas se hicieron más
fuertes, resquebrajando ramas y matorrales hasta hacerse presente una figura alta y
desgarbada en el mismo lugar donde la vegetación daba al estrecho camino. Las
muecas fueron de espanto y de horror. Aquel individuo, que superaba los dos
metros y medio, iba vestido con un traje ceñido al cuerpo del que sobresalían dos
bolsillos a la altura del pecho, divididos por una tira o cremallera que separaba el
atuendo en dos. El pantalón del ser parecía más oscuro e iba tocado con un casco
«parecido al de los motoristas», pero cuadrado y con un cristal oscuro en su parte
frontal. El gigante caminó lentamente dando tres o cuatro grandes zancadas y
extendió los brazos dirigiéndose a los muchachos. Los cuatro se quedaron mirando
fijamente al individuo durante unos instantes y luego corrieron hasta las motos
como alma que lleva el diablo, gritando como posesos. Dejaron el lugar a toda
velocidad al tiempo que el humanoide salía, incluso, hasta la carretera sin asfaltar.
Foto 20.1.—Antonio Guirao y José Carrillo en el lugar donde se les apareció el
siniestro y gigantesco personaje.

En el círculo: Una inmensa pisada fue hallada en el lugar de los hechos a los dos
días de producirse el encuentro en Cabezo Colorao.

Al realizar el descenso del puerto, los chicos volvieron a observar cómo una
gran luz se hacía visible en los montes que habían dejado atrás. Exactamente a esa
hora, en la solitaria pedanía de El Palmeral, varias personas denunciaban haber
observado «una luz muy fuerte que hacía movimientos extraños».
Dos días después, varios periodistas regionales se desplazaron al lugar de
los hechos y encontraron dos huellas muy profundas de una extraña e inmensa
bota. Medía 39,5 cm de longitud y 14 de anchura. Según los cálculos pertinentes, se
debió ejercer un peso grandísimo para dejarlas marcadas de esa forma en aquel
terreno. Además, se hallaron tres hendiduras muy extrañas en posición triangular,
forma típica que ya se había dado en otros muchos casos de encuentros cercanos
con ovnis y humanoides.

Foto 20.2.—Así era el gigantesco «motorista» aparecido el día 1 de julio de 1979 en


las cercanías de Sangonera la Verde (Murcia).

SE CRUZARON EN EL CAMINO
Turís (Valencia), 25 de julio de 1979, 11:30 horas

Federico Ibáñez Ibáñez, agricultor valenciano de cincuenta y cuatro años,


tuvo que frotarse los ojos en varias ocasiones para convencerse a sí mismo de que
lo que estaba viendo no era producto de su imaginación. El terroso camino que se
adentraba entre los pequeños huertos y fincas aparecía ocupado por un visitante
no invitado. Un artefacto de 2,20 m de altura y 2,50 de anchura, con forma de
«medio huevo» y la superficie blanquecina y resplandeciente, aparecía estático y en
silencio. Sobre sus cuatro gruesos soportes ocupaba todo el ancho del camino,
impidiendo el avance del viejo Renault 4 de Federico.

Extasiado ante la aparición, el agricultor se quedó quieto por unos instantes


ante el ovni hasta que «algo» le sorprendió acercándose por su izquierda. Tras un
grueso algarrobo, situado a la vera del camino, avanzaban dos seres idénticos entre
sí, de poco menos de 90 cm de altura que, vestidos con atuendos blanquecinos
«como hinchados de aire», corrían a gran velocidad en dirección a la presunta
nave.
Foto 20.3.—Representación gráfica del extraño incidente de Turís (Valencia).

Detalle: Esquema del ovni, realizado por el ufólogo Vicente Juan Ballester Olmos.

El extraño traje, muy ancho y volátil, les cubría todo el cuerpo, llegando casi
a tocar el suelo. Ambos humanoides portaban unas gafas muy aparatosas y
negruzcas que prácticamente eran lo único visible de un rostro pequeño y
parcialmente oculto. Los pies, pequeños y redondeados, apenas podían verse bajo
la blanca túnica. Si acaso es reseñable la comparación realizada por el testigo, a
quien esas extremidades le recordaron vagamente a unos «guantes de boxeo». Tras
penetrar en el objeto, éste comenzó a elevarse en vertical sin emitir sonido alguno.
Ante semejante visión, el señor Ibáñez no pudo hacer más que aferrarse al volante
y comprobar que la base del ovni era también lisa y plana.

Escasos días después, varios investigadores descubrieron en el lugar cuatro


extrañas huellas de forma circular que rodeaban una marca con la misma forma.
Era una prueba más de las muchas que se producirían aquel caluroso verano,
demostrando que algo insólito estaba ocurriendo en los solitarios campos
españoles.

UNA NAVE TRAS LOS ÁRBOLES

Casas de Haro (Cuenca), 5 de agosto, 19:00 horas

Eugenio Martínez, agricultor de veinticuatro años, se dirigía en su


automóvil hacia Casas de Haro cuando distinguió a unos cien metros, y
parcialmente oculto tras unas encinas, un gran objeto de luminosidad gris clara
que parecía estar flotando a pocos centímetros del suelo. El extraño objeto ascendió
muy lentamente hasta situarse junto a las copas, sobre las que se podía observar su
increíble estructura ovalada. Eugenio se quedó paralizado mientras el objeto, a
escasa velocidad y en silencio, le sobrevolaba. Según el testigo, la base del aparato
era elipsoidal y de unos quince metros de diámetro.

Durante veinte segundos el artefacto planeó a poca altura para después


elevarse sobre las inmediaciones del pueblo. Huyendo a toda velocidad del lugar
de los hechos, Eugenio notó cómo su coche empezó a fallar. El joven agricultor
observó en su huida cómo algunas hojas del arbolado, tras la que se ocultaba el
ovni, habían caído al suelo como desgajadas de un tirón por la estructura metálica
y pulida. Preso aún de los nervios, Eugenio decidió regresar al lugar, pero
acompañado y dispuesto a confirmar la veracidad de los hechos. A pesar de los
rastreos efectuados no se encontraron huellas ni marcas que constataran la
presencia de un objeto desconocido, gigantesco y oculto en las arboledas.
Foto 20.4.—Casas de Haro recibió la extraña visita de una gigantesca y oscura
masa volante. (Iker Jiménez.)

ALERTA OVNI

Madrid, 14 de agosto de 1979, 0:00 horas

«Atención seres del espacio, os hablan los hombres del planeta Tierra, [...] si
es verdad que existís, si realmente venís del espacio lejano para conocernos o para
ayudarnos, hacedlo de una vez, porque al ser humano le molesta que alguien ande
merodeando a su alrededor sin saber los motivos...» Así comenzaba la más
inolvidable emisión radiofónica sobre ovnis realizada en nuestro país. Antonio José
Alés se dirigía a casi once millones de personas que, en algún momento a lo largo
de la mágica madrugada, conectaron con la operación «Alerta ovni», un
experimento pionero en las ondas, ejecutado con maestría desde los estudios
centrales de la Cadena SER en Madrid. El programa Medianoche fue el soporte de
una labor informativa sin precedentes. La idea era recoger de una vez por todas
cuantos avistamientos tuvieran lugar a lo largo de una noche en la que millones de
personas estuvieran pendientes de aquello que pudiese acontecer sobre los opacos
cielos españoles.

Foto 20.5.—Aquel 14 de agosto Antonio José Alés realizó una experiencia


inigualable de comunicación. En el círculo: Una de las extrañas formaciones ovni
fotografiadas durante la experiencia. Derecha: Recopilando todos los testimonios se creó
este estudio pionero.

Se distribuyeron casi mil grupos organizados por la Península, Canarias y


Baleares. Durante días, los medios de comunicación del país se hicieron eco de la
revolucionaria propuesta de Alés. La oleada que España estaba sufriendo desde la
primavera de 1974 era motivo más que suficiente para intentar una experiencia
única en la que se vieran unidos individuos de ciudades, pueblos y aldeas de
cualquier provincia.

Al llegar la medianoche, Alés lanzaba su comunicado inicial sobre las


célebres notas musicales de la película Encuentros en la Tercera Fase. Centenares de
miles de personas aguardaban ya en montes, playas y llanuras a que comenzara la
gran experiencia...

Foto 20.6.—Una contraportada inimaginable en nuestros días. Diario 16 cerraba


así su edición.

A lo largo de las horas durante las que se prolongó la alerta ovni se produjo
una masiva afluencia de llamadas que bloquearon las líneas de todo el país.
Incrédulos, los operarios del dispositivo especial preparado en la Cadena SER para
esa noche recibieron miles de llamadas, de las cuales 4.974 se referían a unas luces
concretas que, según los cálculos efectuados, atravesaron la Península de costa a
costa.

La provincia de donde procedían más testimonios era Sevilla. Un total de


1.148 personas constataron la presencia indiscutible de un grupo de luces que
realizaban extraños movimientos en los cielos andaluces. Trazando una línea
hipotética se descubrió, desde Córdoba hasta Gerona, que aquel supuesto ovni
había seguido una trayectoria lógica, dejando a su paso el testimonio nervioso y
fiel de casi cinco mil almas. Fue el colofón de una noche histórica durante la cual
once millones de personas buscaron algo en los cielos para intentar descifrar uno
de los mayores enigmas que rodean al ser humano.
CAPÍTULO 21

Agosto-diciembre 1979
El fin de una era

EL FINAL DE LOS AÑOS SETENTA representaba el ocaso de la década


prodigiosa de la ufología española. Nunca, ni la cantidad ni la calidad de los
sucesos volvieron a ser semejantes a los producidos en el lustro «mágico» de 1974 a
1979. Socialmente, el tema también quedaría relegado a un segundo plano ante la
permanente ausencia de respuestas y avances. A pesar de todo, este período clave
se despidió con uno de los más impresionantes incidentes de la casuística mundial.

LA CRIATURA DEL CAMPING

Gorliz (Vizcaya), 25 de agosto de 1979, 23:45 horas

Fermina Teniente y María de los Ángeles Camín, vecinas ambas de la


capital vizcaína, se encontraban instaladas en el camping municipal de Gorliz
durante el final de aquel verano de 1979. Se encontraban poco antes de la
medianoche a la entrada de su tienda de campaña cuando percibieron, junto a los
matorrales que bordeaban un riachuelo próximo, una silueta achaparrada que en
un primer instante tomaron por algún animal de la zona.

De siniestro aspecto, el humanoide caminaba a grandes zancadas y


mostraba una gruesa piel oscura o atuendo negruzco que se reflejaba con la luz de
la luna. Caminaba el misterioso personaje muy encorvado y con los largos brazos
casi rozando el suelo. En un momento, mientras las testigos observaban
nítidamente su paseo al cruzarse ante la tienda, llegaron a pensar que aquello no
era sino un simio escapado de algún circo o instalación zoológica.

Su cráneo era ovalado y con abundante pelo aplastado y echado para atrás.
No se percibía ni boca, nariz u oídos, y tan solo dos inmensos y redondeados ojos
reflejaban el sombrío conjunto. Tras pasar velozmente ante la posición de los
testigos, el ser descendió por una pronunciada ladera y ya no se le volvió a ver.

Presas de un gran nerviosismo, las dos mujeres apenas tuvieron tiempo


para tranquilizarse, ya que, surgidos del mismo lugar del cual apareció la primera
silueta, hicieron acto de presencia otros tres extraños humanoides que caminaban
mucho más aprisa que su predecesor. Idénticos al primero, los tres entes subieron
por una colina y desaparecieron en dirección opuesta. Ante la segunda visión, las
dos mujeres no pudieron evitar el romper en llantos y gritos que despertaron a
muchos campistas que a esas horas de la noche ya dormían en el interior de sus
tiendas. Al salir al exterior se toparon con el histerismo de las dos testigos y una
hilera de extrañas huellas que se perdía en la dirección por la que erraban los tres
insólitos visitantes.

Aquella noche, como es lógico, después de tal suceso nadie pegó ojo en el
camping de Gorliz, y en plena madrugada un intenso foco luminoso cruzó la zona
en pleno silencio, alarmando de nuevo a la asustada concurrencia que, por lógica,
se preguntó si aquel era el medio de transporte para los cuatro misteriosos
individuos.

Foto 21.1.—Su cráneo era ovalado y con abundante pelo aplastado. No se percibía
ni boca, nariz u oídos, tan solo dos inmensos y redondeados ojos. Así lo vio la pluma de
Fernando Jiménez del Oso.
LES ROBÓ LA LUZ

Villacalabuey (León), 21 de octubre de 1979, 2:00 horas

Aquella madrugada Villacalabuey, una remota aldea del páramo leonés,


dormitaba tranquila entre los aguaceros de fina lluvia. Pero, a la entrada de la
localidad, algo insólito rompió aquella calma de otoño. Allí, junto al frontón, tenía
su domicilio Marcos Moral, un labrador de cincuenta y siete años que a esas altas
horas de la noche se preparaba en su dormitorio para salir al campo. Mientras se
vestía, notó cómo la luz de la casa oscilaba apagándose y encendiéndose
caprichosamente. Un tanto escamado y tras comprobar los fusibles, el testigo salió
con su tractor hacia la carretera que une Villacalabuey con Bustillo de Cea. Al
ponerse en marcha descubrió que un inmenso «sol azul» sobrevolaba la zona sin
emitir ningún sonido. Tapando la calzada, el objeto esférico y de gran tamaño
comenzó a aumentar su intensidad al tiempo que las luces de ambos pueblos se
apagaban como por arte de magia. Todo el alumbrado eléctrico se vino abajo al
igual que las luces y el motor del tractor del señor Moral. Asustado, y
comprobando que una luz más lejana e idéntica a la primera se le aproximaba
desde unas lomas cercanas, el agricultor se acurrucó en el asiento. Segundos
después la luz más próxima perdió brillo al tiempo que el tractor se ponía
súbitamente en marcha y las calles volvían a bañarse en luz. En ese instante, y
verdaderamente aterrado, el testigo dio media vuelta y regresó a su domicilio,
donde se encerró dispuesto a no salir hasta el amanecer.
Foto 21.2.—Julio de Vega Portugués creyó que el pueblo estaba ardiendo y quiso
avisar a la vecindad.

Debajo: Marcos Moral tuvo a solo cincuenta metros al gran aparato luminoso que
presuntamente originó los apagones.
Al mismo tiempo, otro vecino de Villacalabuey, Julio de Vega Portugués,
bajaba a una cuadra en la que una vaca estaba a punto de parir su ternero. Dentro
del recinto comprobó cómo la luz parpadeaba hasta que todo quedó a oscuras. Al
salir al exterior observó «una claridad extraña y azul que hacía que las calles del
pueblo se viesen como de día». Asustado y creyendo que un incendio asolaba la
aldea, Julio subió al piso superior y allí, desde un ventanillo, pudo comprobar que
repentinamente «la gran luz azulada» remitía y que todo volvía a la normalidad.

Al día siguiente todo el pueblo comentó lo sucedido, creándose decenas de


corrillos para opinar sobre la extraña naturaleza de aquel «ladrón de luz» que
durante la madrugada había pululado por el tranquilo y olvidado Villacalabuey.

¡LO TENEMOS CADA VEZ MÁS CERCA!

Costa mediterránea, 11 de noviembre de 1979, 22:47 a 2:00 horas

El comandante Lerdo de Tejada despegó de Palma de Mallorca a bordo de


un Supercaravelle de la compañía TAE con la convicción de que el viaje iba a ser
tranquilo y rutinario.

Pero, habiendo transcurrido unos veinte minutos de vuelo, y a unas


cuarenta millas al nordeste de Valencia, la tripulación observó un foco luminoso
impresionante que se aproximaba horizontalmente al avión. Tras contactar con los
controles de vuelo y seguimiento de Palma y Barcelona, la comandancia del
aparato estuvo convencida de que aquello era realmente misterioso. Ninguna
estación de radar española detectaba el eco del ovni. El aparato, que
repentinamente mostró un cuerpo central formado por dos inmensos focos
ovalados, llegó a colocarse a tan solo doscientos metros del avión, provocando el
pánico en Lerdo de Tejada y su segundo, Ramón Zuazu.

Las amenazadoras cabriolas efectuadas por el artefacto provocaron el


aterrizaje de emergencia en el aeropuerto de Manises. El caos en dicha instalación
fue total al no tener especificada una pista para el Supercaravelle de la TAE. Ya en
tierra, decenas de operarios, con el director del aeropuerto Miguel Morlán a la
cabeza, observaron las extrañas luces pululando sobre el horizonte.

Tejada, visiblemente nervioso, se negó en redondo a proseguir su ruta hacia


Canarias con 109 pasajeros austríacos a bordo. La situación de tensión en el
aeropuerto motivó la intervención directa de Defensa. Desde la base de Los Llanos
y siendo las dos de la madrugada, un Mirage F-1 pilotado por el capitán Fernando
Cámara se dirigió en frenética persecución hacia el extraño aparato. Tras colocarse
en paralelo al ovni, Cámara observó cómo aquello le «bloqueaba», es decir, se
ponía constantemente centrado en un hipotético punto de mira generando la
sorpresa y el terror en el avezado piloto.

Foto 21.3.—Durante un vuelo de la TAE, procedente de Palma de Mallorca, el


piloto Lerdo de Tejada fue acosado por un ovni, teniendo que efectuar un aterrizaje forzoso.

Esa misma noche, y desde Sóller (Mallorca), un aficionado llamado Pep


Climent lograba fotografiar el ovni desde el otro lado del Mediterráneo, una
evidencia más del caso que copó durante días todas las portadas de los diarios
nacionales. Meses después el socialista Múgica Herzog interpelaba al Gobierno de
UCD acerca de lo ocurrido aquella noche argumentando una violación insólita del
espacio aéreo español. Nunca se respondió a la cuestión. En los años ochenta, a
través de Antena 3 Radio se hicieron públicas las conversaciones entre Lerdo de
Tejada y las torres de control aéreo. En ellas se escucha a un piloto nervioso y
preocupado, solicitando inmediata intervención de Defensa ante ese tráfico aéreo
no identificado que va en rumbo de colisión. «¡Lo tenemos cada vez más cerca!»,
grita en una ocasión el comandante, antes de decidir poner rumbo a Valencia.

Muchos años después la Fundación Anomalía realizaba un estudio en el que


se concluía que todo el incidente fue provocado por unas chimeneas en la localidad
de Escombreras (Murcia). Sea como fuere el incidente de Manises es, sin lugar a
dudas, uno de los casos ufológicos más impresionantes y mejor documentados de
la casuística mundial.

LA PLATAFORMA VOLANTE

Tórtola de Henares (Guadalajara), 2 de diciembre de 1979, 21:00 horas

Don Rafael Martínez volvió a pulsar los botones de la radio, pero no hubo
manera. Su hijo de dieciocho años, que iba en el asiento del acompañante, lo
intentó también, pero fue inútil. Unas extrañas interferencias y silbidos
inexplicables tapaban la emisión deportiva que venían escuchando desde que
salieron del pueblo de Valdearenas (Guadalajara) con la intención de llegar a
Madrid. En la parte posterior del vehículo dormitaban la esposa del señor
Martínez y los dos hijos pequeños. La noche era fría y desapacible, y por eso el
conductor tuvo especial cuidado al trazar las curvas que enlazaban con la Nacional
II. Fue al tomar una de ellas cuando distinguió «unas lágrimas luminosas» que
brillaban estáticas en la oscuridad de la noche. Padre e hijo eran conocedores de la
inexistencia de carreteras ni pueblos en la zona y, algo extrañados, pusieron el
coche en el arcén dispuestos a observar mejor el fenómeno. Al mismo tiempo, un
taxi que rodaba tras ellos también hizo lo propio, sin duda fascinado por aquellas
cuatro «farolas» que rompían el manto negro del cielo. Los cinco componentes de
la familia Ruiz y el taxista salieron al exterior y comentaron lo sucedido. Un
minuto más tarde las luces estáticas, situadas a unos sesenta metros de altura,
comenzaron a aproximarse a la carretera, perfilándose al mismo tiempo y en el
centro de aquellas luminarias una inmensa plataforma metálica y romboidal de
unos veinticinco metros de lado. Emitiendo un seseo idéntico al que se transmitía
por la radio, el gigantesco ovni sobrevoló la zona lentamente, pudiendo comprobar
los testigos cómo el aparato tenía algo como una «tartera» pegado en su panza.
Otro coche se paró ante el increíble espectáculo. El conductor se bajó y alertó a los
allí presentes al grito de: «¡Aquello vuelve!» Acto seguido, penetró de nuevo en su
vehículo. Y la gran nave regresó realizando el mismo trayecto de nuevo y
mostrando un sinfín de luces menores que centelleaban a lo largo de todo su
perímetro. Toda una exhibición.

Foto 21.4.—Recreación artística de lo ocurrido, realizado por la investigadora


Gloria Ibáñez.

El miedo se apoderó de los testigos cuando de los cuatro focos principales


surgieron unos potentes haces de luz que iluminaron la carretera con un fulgor
espectacular. Tal acción obligó a los testigos, algo amedrentados, a volver a sus
vehículos y observar desde ellos cómo el misterioso objeto se colocaba en la
vertical de un pantano y se esfumaba a gran velocidad en apenas fracciones de
segundo.

Después, los tres vehículos y sus impresionados ocupantes aprovecharon


para huir del lugar y llegar a la capital de España, abandonando con temor aquel
desolado paraje castellano.

Foto 21.5.—Dibujos de la gran plataforma que sobrevoló la provincia de


Guadalajara el 2 de diciembre de 1979.
CAPÍTULO 22

1979-1980
Luces sobre la capital

LOS ÚLTIMOS DÍAS de la década de los setenta y el mes de enero de 1980


fueron activos en la provincia de Madrid como en ningún otro lugar del país. El
eterno rumor de que los escurridizos ovnis jamás mostraban su misterio sobre las
urbes se vio radicalmente desmentido por algunos sucesos que coparon las
portadas de los diarios nacionales. Además, hubo otros insólitos casos en una
casuística que, de modo general, iba decreciendo a rasos agigantados. La capital de
España iba a tener una nueva iluminación urbana.  

LA OLEADA MADRILEÑA

Madrid, del 28 de noviembre al 2 de diciembre de 1979

Al mismo tiempo que el país entero era sorprendido por la novedosa e


imparable corriente cultural que, con la música como abanderada, se designó como
«la movida madrileña», la capital, en aquellas noches de invierno y transición de
una década a otra, fue motivo de otros sucesos aún más insólitos.

Desde los últimos días de noviembre y la primera semana de diciembre los


ovnis, como nunca jamás anteriormente lo hicieron sobre otra ciudad española de
envergadura, aparecían una y otra vez ante la atónita mirada de los transeúntes. Al
igual que en la lejana primavera de 1968, los grandes avistamientos volvieron a ser
algo familiar para los ciudadanos de Madrid. Pero en esta ocasión, quizá
motivados por el mayor interés que el fenómeno suscitaba en la población, las
gentes parecían estar más preparadas en todos los aspectos. Eso originó un caudal
de testimonios y documentación gráfica impresionante. Y es que la gente,
familiarizada con un asunto que desde 1974 venía siendo protagonista en los
medios de comunicación, ya había perdido el miedo a hablar...

SOBRE LA ZONA NORTE

Fernando Miguel Prieto, un quiosquero de la urbanización Alameda de


Osuna, se encontraba en la noche del 28 de noviembre en un recoleto parque
donde jugaba con sus perros. Fueron precisamente éstos los que comenzaron a
ladrar furiosamente al percatarse de que un inmenso resplandor aparecía como
balanceándose por entre las copas de los árboles situados a una centena de metros.
A Fernando apenas le dio tiempo a observar nada, penetró por unos instantes en
su puesto de prensa y, desde la ventana de éste, volvió a notar la extraña luz que
emergía esta vez a mayor altura. Al salir al exterior comprobó con nitidez cómo
«un objeto semejante a un cono invertido destellaba emitiendo una coloración
entre violeta y azul».

Según declaró a la prensa, aquella noche no pudo pegar ojo. Y no debió ser
el único, ya que a lo largo de esa madrugada otros muchos madrileños observaron
las extrañas evoluciones de varios focos de origen desconocido. Las comisarías de
distrito se llenaron de denuncias y de llamadas de alerta. La zona de Aravaca,
situada a unos quince kilómetros al noroeste del casco urbano, y la Ciudad
Universitaria fueron los lugares donde se vislumbró el paso de los objetos con
mayor nitidez. Según todos los indicios, los ovnis eran dos que en algún momento
llegaron a unirse de modo inexplicable.

UN PARACAÍDAS INVERTIDO

Las llamadas a las emisoras y las fotografías enviadas a periódicos como El


País o ABC no dejaban lugar a dudas. El objeto extraño que se paseó por la capital
durante aquellas noches era algo muy semejante a un paracaídas invertido de no
más de cinco o seis metros de ancho.
Foto 22.1.—Diario El País: Centenares de madrileños miran al cielo, sorprendidos
por los ovnis. Fernando Miguel Prieto, uno de los primeros testigos de la «oleada
madrileña». Periódicos como ABC siguieron exhaustivamente todas las observaciones que
se iban produciendo.

Varios medios de comunicación pidieron una explicación por parte del


Cuartel General del Ejército del Aire, pero el mutismo fue la única respuesta. Al
mismo tiempo, y en noches sucesivas, varios discos de gran luminosidad eran
observados desde las calles de Velázquez y María de Molina, siendo el inusual
momento captado por el fotógrafo Chema Conesa. Su imagen copó las portadas de
diarios nacionales y semanarios durante aquella semana. En ella, varias decenas de
personas se arremolinaban en dicha confluencia del barrio de Salamanca para
seguir con sus atónitas miradas y el dedo índice las evoluciones de los extraños y
silenciosos artefactos.

Días después, y ya en pleno mes de diciembre, un lector enviaba a la revista


Semana cuatro interesantes fotografías en las que se plasmaba con gran nitidez uno
de los supuestos ovnis sobre la vertical del barrio de Ventas, en pleno centro de la
ciudad. Analizadas convenientemente, las tomas resultaron ser auténticas,
haciendo que la expectación generada por los extraños ovnis de Madrid subiese
muchos enteros.
Foto 22.2.—El Ejército español mantuvo una postura de mutismo absoluto en
torno a la naturaleza de los sucesos ocurridos en Madrid.

En el círculo: Espectacular documento gráfico obtenido sobre el barrio de Ventas.

En un principio los observatorios astronómicos especularon con la


posibilidad de que las luces que habían levantado de la cama a miles de
madrileños fueran simplemente interpretaciones erróneas de los planetas Júpiter o
Saturno, hipótesis que posteriormente se descartaron dadas las diferentes horas en
que se habían observado las extrañas luces.

Otro hecho destacado fue el acontecido en la llamada Ciudad de los


Periodistas, también enclavada en el norte de la capital, donde decenas de testigos
vieron «un inmenso hongo de luz» que atravesaba el cielo lentamente y que no era
parecido a ningún avión ni aparato convencional. La sospecha de que aquellos
objetos que aparecían sobre el Foro no eran aeronaves militares o de aviación civil
se vio corroborada cuando fuentes del propio Aeropuerto Internacional de Barajas
confirman a la prensa que ninguno de sus aparatos había sido protagonista de las
anómalas observaciones.

En la noche del día 29, centenares de vecinos de las barriadas de San Blas y
Embajadores también observaron el paso de una luminaria de forma cónica que
desprendía una tonalidad azulada y que fue «atrapada» por varias cámaras
fotográficas de aficionados que desde balcones y tejados tomaron interesantes
instantáneas. En ésa, como en otras noches sucesivas, los ovnis dejaron su huella
en los cielos madrileños, generando una psicosis que se reflejó en toda la prensa de
la época. Se trató de la más atípica de las oleadas habida en toda la historia de
nuestra ufología.

UN OVNI JUNTO AL RÍO

Ronfe (Lugo), 9 de marzo de 1980, 2:00 horas

Carlos P. L. y Miguel Palacios salían de un establecimiento del pueblo de


Ronfe cuando advirtieron la extraña presencia de un poderoso foco de luz
estacionado en uno de los laterales del río Sarria. Era un objeto de forma abombada
y que parecía estar rodeado de un fulgor blanquecino que iluminaba todos los
alrededores. Al aproximarse unos pasos, los dos testigos descubrieron con estupor
cómo, rodeando al ovni, aparecían tres seres de apariencia humana que iban
embutidos en un mono blanco ajustado y de una pieza. El temor se apoderó de los
dos amigos que, por inercia, retrocedieron hasta la posición inicial. Desde allí,
encaramados en un suave montículo, siguieron durante algunos segundos las
evoluciones de aquellos «hombres» que parecían portar unas lamparillas rojizas
que iluminaban muy tenuemente. Consternados, los testigos corrieron hacia una
pequeña taberna de donde salió presuroso el encargado, José Díaz López. Él no
pudo observar a los seres, pero sí vio perfectamente cómo el enigmático objeto se
elevaba a gran velocidad emitiendo un fortísimo y cegador destello. Tras
tranquilizar a Carlos y Miguel se aprobó rastrear la zona en busca de algún tipo de
huella o quemadura que pudiera relacionarse con la estancia de aquel aparato que
todos habían observado.

Foto 22.3.—Como este eran los tres extraños seres que recorrían las inmediaciones
del ovni portando unas curiosas luces.

Tras varias horas de minucioso examen de la vera del río, no se pudo hallar
nada que pudiese ser relacionado con el misterioso visitante. A pesar de ello, todos
en el pueblo creyeron la versión de los tres testigos presenciales.

UN FENÓMENO DEVASTADOR

Torrejoncillo (Cáceres), 6 de septiembre de 1980, 15:00 horas

Aquella tarde, toda la comarca dormía la siesta bajo unos termómetros que
superaban con creces los 40 grados a la sombra. Nadie sabe bien cómo ocurrió,
pero lo cierto es que la voz de alarma surgió en un cobertizo de una finca apartada
llamada Cuatro Cuartos. Allí descansaban del rigor del sol extremeño los
miembros de la familia Salgado, encargados de los rebaños de esa propiedad.

Un estruendo increíble, identificado en principio como un «avión raro y


potente», surgió en la lejanía y a los pocos segundos un fenómeno devastador e
inexplicable se plantaba ante la solitaria choza. Benito Salgado, el empleado que
primero percibió la anómala situación, lo recordaba así: «Nos entró el miedo.
Aquello iba volando, no a ras de tierra, y las encinas se iban abrasando a medida
que pasaba junto a ellas. Y todo era rápido, muy rápido. Tanto que vimos cómo los
conejos eran “atrapados”, sin tiempo de escapar de las madrigueras. Aquello los
abrasó al instante, como si el torbellino fuese “acarbonizando” todo lo que tocaba.
A la vez decidimos despertar a nuestra madre, que dormía en otro cuarto de la
casa, para sacarla de allí. Y nos costó convencerla. Ella gritaba y se agarraba a lo
que fuese. No quería dejar su casa, pero le dijimos: “Vámonos, mamá, que esto nos
mata”.» La dantesca escena se produjo ante la atenta mirada de otros guardeses
que acudieron en ayuda de los Salgado. Mientras tanto, el formidable torbellino de
fuego se dividía en dos y flanqueaba, como manejado por una fuerza inteligente, la
humilde vivienda de los campesinos.

 
Foto 22.4.—Cobertizo de la finca Cuatro Cuartos, donde tuvo lugar uno de los
fenómenos más insólitos de la ufología española. Benito Salgado muestra una de las
quemaduras producidas por el extraño líquido del cono. (Fotografías de Iker Jiménez.) Este
gato resultó parcialmente carbonizado como consecuencia del incidente; su lomo y sus
orejas fueron afectadas por el fuego. Milagrosamente, sobrevivió.
UNA ENERGÍA DESCONOCIDA

La noticia, difundida con rapidez por el corresponsal de Radio Nacional en


Coria, Pedro Yerpes, fue transmitida a la propia Comandancia de la Guardia Civil,
quien acordonó la zona apenas transcurrida una hora del incidente. Entre las
primeras personas que llegaron hasta la llamada zona del «desastre» se encontraba
el geólogo Juan Gil Montes. Éste afirmó rotundamente no haberse encontrado nada
parecido en su larga trayectoria profesional. Sin ruborizarse comentó: «Existían
junto a las ventanas unas encimeras con platos y vasos de los de duralex y ¡se
habían fundido todos! Aquello era una pasta uniforme que se extendía por los
suelos. Lo mismo que las botellas de cerveza. Escuchad lo que os digo... botellas de
litro de cerveza que se habían retorcido sobre sí mismas hasta convertirse en una
espiral de cristal semejante a las jaras del campo cuando se queman. Era alucinante
aquella visión [...]. Algunos de los envases de cristal se habían fundido
completamente y solo quedaba una inmensa torta esférica con el orificio del tapón
en medio. Se habían derretido por completo al paso de un calor que apenas estaría
en la zona un par de minutos. Realmente prodigioso. Como prodigioso fue
encontrarme con cuarzo y mármol parcialmente fundido y las cercas de espino
metálico goteando completamente deshechas. ¡Jamás habíamos visto cosa igual!»
Foto 22.5b.—El sargento Pinto, de la Guardia Civil, explicando las medidas
efectuadas tras el suceso de Torrejoncillo. «Nunca vimos nada igual», confesó a Iker
Jiménez.

Tras las pesquisas pertinentes el suceso quedó registrado en los archivos de


la Guardia Civil de Torrejoncillo (véase Enigmas, año IV, número 5) y jamás se le
dio explicación alguna al inmenso cono de fuego que selectivamente abrasó veinte
hectáreas y fue selectivo, por ejemplo, con la vivienda de los pastores. Han pasado
varios lustros, pero todos los que presenciaron y asistieron al desastre de
Torrejoncillo no podrán olvidarlo ya mientras vivan. Los fragmentos de algunos
materiales alcanzaron más de 2.000 grados centígrados, mostrando que aquella
insólita energía desencadenada bien pudiera ser absolutamente desconocida para
el hombre.
CAPÍTULO 23

1981
Criaturas insólitas

EL AÑO 1981 nos dejó algunos casos que, por merecimiento propio,
pasaron a formar parte de lo más destacado de nuestra casuística. Si hubo una
característica sorprendente en estos incidentes esta fue la variedad y extrañeza de
la que hicieron gala los seres avistados. Una auténtica parada de monstruos
imposibles, dignos de la imaginación del más alucinado de los autores de ciencia-
ficción. Casos míticos como los de Pozohondo, o sobre todo Fuentecén,
demostraban que aún quedaban sorpresas en el tintero ufológico y que
absolutamente todo era posible dentro del fascinante mundo de los ovnis.  

EL HUMANOIDE DE LA CARRETERA

Pozohondo (Albacete), 30 de enero de 1981, 3:00 horas

A. M. M. viajaba en automóvil acompañado por su hijo, a velocidad


moderada, circulando por la carretera que une las localidades de Nava de Abajo y
Pozohondo. Su primogénito, que iba al volante, fue el que se percató de la
presencia de una descomunal sombra que vagaba lentamente junto a un lateral del
camino.

Ambos discutieron entonces sobre lo peligroso que resultaba la actitud de


aquella persona, «muy alta y vestida con un ropaje negro», que poco a poco había
cesado en su caminar hasta detenerse a una veintena de metros del coche. A
medida que se fueron acercando aumentó su extrañeza al comprobar que la
criatura gigantesca no se movía lo más mínimo.

A. M. M. recordó de un modo muy gráfico y ante los reporteros del diario


Pueblo cómo vivió aquellos momentos: «Mi hijo hizo varias veces el cambio de
luces para que ‘‘aquello’’ se apartase, pero permanecía estático y nos produjo a
ambos un sudor incontrolado. Estábamos aterrados.»

El hombre sin cara


«Cuando llegamos a su altura redujimos la velocidad. Nos vimos obligados,
para no atropellarlo, a realizar un brusco giro a la izquierda. Íbamos en aquel
momento muy despacio, pues realmente no sabíamos qué teníamos delante de
nosotros. Cuando le pasamos, yo estaba a medio metro de él y vi algo horrible que
me tiene totalmente traumatizado.»

Foto 23-1.—Croquis del sobrecogedor incidente de Pozohondo (Albacete).


Izquierda: Un insólito personaje de elevada estatura y sin rostro visible apareció de la
nada en una fría noche de enero.Así lo vio Goig, dibujante de La Voz de Albacete.

Y es que la descripción del ser no podía ser más sobrecogedora: «Su estatura
sería de unos dos metros y todo él era de color beige, como si llevara un mono
puesto. Por un momento pensé que tenía el cuerpo cubierto de escamas. No se le
adivinaban ni pies ni manos. Su cabeza era deforme, si es que se le podía llamar
cabeza a la parte superior de aquel cuerpo horroroso. Parecía que sus piernas
acababan en los tobillos y la cara no tenía nariz, ni ojos, ni facción alguna. Su rostro
era como una bola de gran tamaño. Al pasar junto a él, dio tres pasos, pero sin
doblar las piernas, como si no tuviera juego de rodillas. Aumentamos la velocidad
del coche y cuando llegamos a Albacete, sin cruzarnos con ningún otro vehículo en
todo el trayecto, mi hijo y yo no teníamos fuerzas ni para hablarnos. No dábamos
crédito a lo que nos había sucedido.»

Misteriosamente, en esa misma tarde, el alguacil de Pozohondo, Custodio


Martínez, fue protagonista de un insólito suceso: la observación de un foco circular
y anaranjado que parecía tomar tierra precisamente en las cercanías de la carretera
donde posteriormente se vio al gran ser.

Durante mucho tiempo la familia mantuvo en secreto el suceso por un único


motivo: el incontrolable pavor que regresaba cuando recordaban los segundos
interminables que estuvieron frente a lo que la prensa local bautizó como «el
humanoide de la carretera».

EL ROBOT EXPLORADOR

Fuentecén (Burgos), 12 de febrero de 1981, 0:00 horas

Uno de los sucesos más excepcionales de la casuística española tuvo como


escenario el idílico entorno de un minúsculo pueblo, de nombre Fuentecén, que se
pierde en las inmensas llanuras burgalesas, a unos diecisiete kilómetros de Aranda
de Duero.

Luis Domínguez Díez es encargado del único establecimiento donde se


sirven comidas y bebidas en el pueblo. Aquella noche, tras realizar varios
encargos, regresaba dispuesto a echarse a dormir en el lugar que hacía las veces de
comercio y hogar. Al aproximarse al pequeño prado que hay colindante al edificio,
se percató de la presencia de dos luces «pequeñas y encarnadas» que en un
principio tomó por las de algún vehículo. Pero pronto desistió de tal idea, ya que
las luminarias se elevaron y, al cabo de unos segundos, tomaron tierra de nuevo en
un lugar más alejado.
Don Luis penetró raudo en la casa y avisó a su mujer e hijo para que
contemplaran junto a él tan insólito espectáculo. Desde el interior, y agazapados
junto a la ventana y con las luces apagadas, la familia observó cómo «un objeto
sólido y oscuro» se desplazaba haciendo diversos movimientos bruscos a lo largo
de una franja de terreno. Transcurridos unos minutos los Domínguez escucharon
unas fuertes pisadas próximas a la piscina que les helaron la sangre. «Apareció allí
algo como un robot, una cosa cuadrada de un metro y cuarenta centímetros de alto
y unos setenta de ancho, aproximadamente. Era de aspecto metálico y vimos cómo
deslizándose se colocaba al lado de la verja de entrada a la finca. Nuestro pequeño
perro se acercó hasta apenas un metro y se le enfrentó...»

UN ARTILUGIO QUE LADRA

El animal se quedó frente al «cajón» luminoso y comenzó a ladrar con toda


su fuerza. Acto seguido, de las entrañas de aquel armatoste comenzó a
reproducirse el mismo sonido, pero de un modo más lento. «En aquel momento
dejé la sala y me fui al baño —proseguía Luis Domínguez—. Allí teníamos una
pequeña ventana que daba exactamente al lugar donde estaba aquel robot tan
extraño. Total, que me asomé por el hueco y lo vi detalladamente. Al principio se
me puso la carne de gallina, pero tras estar viendo tan de cerca “aquello” que no
tenía ni pies ni cabeza, decidí abrir el pestillo del baño y coger un cuchillo de
monte por lo que pudiera pasar. Al abrir la puerta comprobé que el aparato aquel
se había esfumado y que la gran nave oscura se alejaba hacia una arboleda que
había a la derecha de nuestra casa, haciendo un ruido parecido al de los cables de
alta tensión.»
Foto 23.2.—Esta es la primera noticia sobre el caso reflejada en la magnífica sección
«Ovni-Experiencia» del diario Pueblo.

La noche era fría, ventosa y oscura, y quizá por eso, pensaron los
protagonistas, no pudieron ver más que la parte rectangular de lo que sería un
cuerpo colosal de un hipotético robot metálico.
Foto 23.3.—A las pocas horas los investigadores Minaya y Torres, de «Ovni-
Experiencia», se encuentran con misteriosas huellas en el lugar donde estuvo posado el
artefacto.

Al día siguiente la familia, en compañía de varios vecinos, pudo comprobar


que diversas áreas por las que había paseado el «androide» habían quedado
completamente calcinadas, habiendo además algunas hierbas y matojos
absolutamente desgajados de raíz. También pudieron observar con detenimiento
varios agujeros profundos semejantes a huellas, pertenecientes sin duda a uno de
los seres más insólitos, cuyo caso quedó archivado en los anales de la casuística
española como uno de los más llamativos.
Foto 23.4.—Luis Domínguez Díez: «Aquello parecía un robot.»

LA MIRADA DE LOS OTROS

El Cobre (Cádiz), 12 de marzo de 1981, 12:00 horas

Juan González Santos circulaba con su furgoneta Ebro por el carril de tráfico
lento a la altura de la zona conocida como El Cobre, que se extiende próxima a la
populosa ciudad de Algeciras. Conocía el lugar como la palma de su mano y por
eso le extrañó sobremanera la presencia de un objeto de considerables dimensiones
estacionado en un solitario campo que transcurría junto a la carretera N-340. El
supuesto ovni lanzó dos o tres destellos, como queriendo reclamar la atención del
testigo. Y lo consiguió. Juan González, con una curiosidad a prueba de bomba,
aparcó su vehículo y se puso a caminar, a campo traviesa, hacia el misterioso
aparato que había tomado tierra en una finca conocida como Marchenilla.

Al irse aproximando, comprobó cómo el silencio que envolvía la zona era


absoluto. Al ir a saltar un muro de piedra tras el que se parapetaba el ovni, el
testigo notó una especie de desvanecimiento al tiempo que el objeto emitía otro de
sus singulares destellos. Como una media luna sujeta por dos gruesas patas
metálicas y algo semejante a una escalerilla que casi llegaba al suelo, el aparato
parecía estar esperando pacientemente la llegada del gaditano. A través de las
ventanas circulares a modo de «ojos de buey» que flanqueaban el fuselaje del
objeto, Juan González observó con detalle la presencia de unas figuras de aspecto
humanoide y ropajes oscuros que le observaban fijamente desde el interior. Le
sorprendió al conductor andaluz que todos ellos llevasen algo parecido a unas
«orejeras». Cuando intentaba saltar el último muro que le separaba del insólito
aparato, un nuevo fogonazo, surgido esta vez desde la parte superior del ovni, le
cegó y le hizo desistir en su empeño. Otro detalle con el que se quedó el señor
González fue un extraño símbolo que aparecía grabado en el fuselaje y que por
algunos instantes le hizo pensar que aquel artefacto era algún prototipo militar.

Foto 23.5.—Esquema de lo observado por el asustado testigo. (J. A.Caravaca.)

Transcurridos unos minutos el aparato comenzó a elevarse lentamente y,


despidiendo un olor «como a quemado», dejó al solitario testigo en tierra. A raíz de
la desaparición del ovni, Juan González comenzó a notar en su interior una
profunda sensación de desasosiego. Era consciente de que había estado a pocos
metros de algo realmente extraordinario.

UNA FOTOGRAFÍA HISTÓRICA

Aguillo (Burgos), 24 de julio de 1981, 21:00 horas

La soledad de los campos en los que se recoge el condado de Treviño es


realmente inigualable. Y de ella disfrutaba el joven empleado de la Caja de
Ahorros Provincial de Vitoria Prudencio Muguruza Guerrero, que caminaba en
compañía de su perra cuando los cielos comenzaban a oscurecerse gradualmente.
En uno de los bolsillos, y con la intención de hacer alguna foto de los aislados y
bellos parajes de la zona, una modesta cámara compacta Nerasport.
Repentinamente, y cuando se encontraban a unos centenares de metros del
poblado deshabitado de Ochate, el testigo se percató de que su perra comenzaba a
inquietarse de un modo realmente extraño. Como si reclamara su atención de
algún modo, el animal estuvo ladrando y mirando fijamente hacia una zona de
arbustos. Casi sin darle importancia al suceso, Prudencio comenzó a caminar hasta
que un intenso resplandor reclamó su atención de inmediato. A unos ciento
cincuenta metros del punto donde se encontraban había aparecido una inmensa
bola de luz que descendía lentamente sobre los campos. «Estaba a unos sesenta
metros del suelo y comprobé cómo era toda de un azul oscuro, rodeada por una
estela blanquecina que se elevaba en vertical hacia el cielo.»
Foto 23.6.—Una imagen histórica. Prudencio Muguruza y su célebre instantánea.
«El ovni de Treviño» se convirtió en un símbolo en el País Vasco de principios de los
ochenta. Su imagen se reflejó en decenas de publicaciones.

Armándose de valor, se adelantó unos cuantos pasos y sacó su cámara


convencido de que aquella era una oportunidad única para «cazar» un fenómeno
absolutamente irrepetible. Pulsó con decisión el disparador y, atenazado ya por el
miedo, emprendió una veloz huida hacia el pueblo. Tras recorrer unos metros
Prudencio se giró de nuevo y comprobó con asombro que el supuesto ovni se
había esfumado como por arte de magia. Eso le llenó aún más de recelo y optó por
llegar hasta su domicilio casi sin volver a mirar atrás. El revelado mostró la imagen
del objeto en toda su dimensión y la instantánea del «ovni de Treviño» dio la
vuelta al mundo por su nitidez y espectacularidad.
CAPÍTULO 24

1982
Nueva oleada sobre Andalucía

COMO YA HEMOS VISTO a lo largo de nuestro medio siglo ufológico, la


región andaluza siempre ha sido clave en cuanto al número y calidad de las
apariciones. A los masivos encuentros con humanoides en el Aljarafe sevillano en
1971 y las enigmáticas naves que sobrevolaron el sur a principios de 1978 se unía
ahora la tercera gran oleada. A pesar de que la casuística descendía
irremisiblemente en todo el territorio nacional, habiéndose olvidado ya la
profusión de casos característicos de épocas pretéritas, en esta comunidad aún se
dieron algunos importantes sucesos que ya son parte de la historia.

UN TRACTORISTA ATERRORIZADO

Aznalcóllar (Sevilla), 30 de enero de 1982, 21:00 horas

La noche era muy fría. El agricultor Manuel Morato Román se abrigó con un
grueso jersey y, con gesto rutinario, cogió su tractor para ir a limpiar el lodo
acumulado tras las últimas lluvias en el cortijo. El capataz de éste, también
guarecido tras gruesas prendas, dirigió la comitiva nocturna dispuesto a acabar
cuanto antes con la ingrata labor.

A poco de llegar al citado lugar, observaron ambos con sorpresa cómo un


objeto «algo más alargado que un avión», rodeado por una luminosidad
fluorescente, emergía de la oscuridad y les sobrevolaba en completo silencio. En
apenas unos segundos, el formidable aparato volvió a desaparecer en una zona
conocida como la Cañada de los Garabatos, muy cerca de la vía férrea que
antiguamente pasaba por el pueblo de Aznalcóllar.

Sorprendidos, los dos hombres se dedicaron a las labores de limpieza y a


sacar del barro un tractor que allí había quedado atascado. Manuel Morato, que
sintió especial curiosidad por lo que hacía tan solo unos segundos había pasado
por encima de sus cabezas, subió a los cerros por donde se había dejado de
observar el aparato. Tras una caminata envuelto en la oscuridad fría de aquel
paraje, logró observar de nuevo al artefacto volante. Estaba posado en tierra o
quizás elevado a tan solo unos palmos del suelo. Era «como un gigantesco puro» y
aparecía envuelto como en una neblina o vapor blanquecino que lo rodeaba por
completo. No emitía ningún ruido y sus cerca de treinta metros de largo
iluminaban sectorialmente el campo «como si fuese de día». Tras unos cinco
minutos de observación a menos de cien metros de distancia, el tractorista,
notando el miedo en sus carnes, descendió con rapidez para avisar al patrón de lo
que estaba sucediendo. Cuando ambos volvieron a ascender por el sinuoso
camino, al llegar a lo alto del cerro comprobaron que el artefacto había vuelto a
desaparecer y que no quedaba rastro de su presencia.

Foto 24.1.—Un cilindro inmenso y blanquecino, flotando majestuoso en el cielo,


apareció ante dos campesinos sevillanos.
Izquierda: El Correo de Andalucía informó puntualmente del extraño
acontecimiento, generando multitud de opiniones en la región. Era el inicio de la oleada que
asolaría la comarca a lo largo de 1982.

Esa misma noche, según notificaron varios vecinos de Aznalcóllar, hubo


diversas interferencias en los aparatos de televisión que a ratos perdían la señal
quedando en negro la pantalla. Días después, el investigador Joaquín Mateos halló
en el lugar donde el objeto permaneció próximo al terreno una gran marca en la
que la hierba aparecía decolorada respecto al resto. Durante las dos semanas
siguientes al caso, otros muchos vecinos de la zona atestiguaron haber observado
algunos extraños objetos luminosos surcando el cielo.

UN EXTRAÑO SÍMBOLO SOBRE EL CIELO ALAVÉS

Vitoria (Álava), 29 de mayo de 1982, 18:15 horas

Entre la multitud de colegiales que acababan su jornada diaria en el colegio


marianistas de la capital alavesa se encontraban Heraclio Arana y Sebastián
Izquierdo. Con apenas diez años de edad, los muchachos vivían en el mismo
edificio situado a las afueras de la ciudad y cada día iniciaban juntos el regreso.
Aquella tarde espléndida, caminando entre unas escombreras observaron un
punto muy luminoso que descendía muy próximo a las llamadas Campas de
Olárizu.

Junto al montículo más alto, donde hay instalada una gran cruz de piedra,
se percibía nítidamente un objeto semejante a un huevo blanquecino y que parecía
flotar balanceándose como una hoja muerta.
Foto 24.2.—Detalle del símbolo que aparecía en el fuselaje del ovni, una especie de
cruz con medias lunas en sus extremos. Dibujo del principal testigo en el cuaderno de Iker
Jiménez.

Con nerviosismo, los dos colegiales se apartaron de la ruta habitual hacia el


hogar para adentrarse en una senda que conduce a las campas. Tras caminar unos
cien metros se percataron de que el ovni aún seguía en el lugar. Cada vez más bajo
y trazando círculos en torno al montículo. En lo que parecía ser su fuselaje
distinguieron un símbolo pintado en rojo. «Era como una cruz que terminaba en
cada extremo en una semicircunferencia», declaró uno de los testigos a nuestro
compañero Iker Jiménez.

La visión de esa extraña «letra» les llenó de temor y, juntos, casi a


trompicones, descendieron por la senda hasta llegar al edificio donde vivían.
Desde la azotea, y junto a sus familiares, aún pudieron observar algo parecido «a
una estrella o lucero» que se esfumó repentinamente cuando todavía no había
anochecido.

 
EL INSÓLITO CASO DE LOS «ASTRONAUTAS»

Vejer de la Frontera (Cádiz), 20 de julio de 1982, 15:00 horas

Uno de los casos más extraños de esta breve pero intensa ola de
avistamientos que recibió el sur de la Península en 1982 fue el protagonizado por
un joven agricultor que responde a las siglas de A. M.

Esa jornada, y en pleno día, se dirigía en su motocicleta a través de la


carretera comarcal que une las poblaciones de Medina-Sidonia y Vejer de la
Frontera. El trazado, sinuoso y repleto de curvas, le permitió distinguir en una
llanada algo que en un principio y sin darle mayor importancia identificó como
«un camión cisterna».

Transcurridos dos minutos y muy próximo ya a la población de Vejer, la


moto comenzó a fallarle, a petardear, hasta casi hacerle caer al asfalto. Se había
detenido inexplicablemente y en aquel lugar no disponía de las herramientas
necesarias para conocer la avería. Lo que estaba claro es que la moto no arrancaba
de ninguna de las formas.
Fotos 24.3.—Dos seres de siniestro aspecto fueron sorprendidos por el motorista
gaditano. Su peculiar atuendo era similar a las escafandras de los astronautas.

Al ir caminando con ella y al llegar frente a la explanada anteriormente


citada, A. M. descubrió que el «camión cisterna» era en realidad un objeto de unos
doce metros de largo con forma de tubo y de color grisáceo. Junto a él,
permanecían estáticas dos figuras altas y embutidas en trajes brillantes. Su altura
sobrepasaría los dos metros. Una de ellas continuaba inmóvil, mirándole fijamente
y situado en el centro de la calzada. La otra apoyaba sus dos manos en una
alambrada próxima al extraño artefacto. Nada más advertir la presencia de A. M.
los dos seres, tocados con cascos de gran tamaño y de un material semejante al
cristal, caminaron hacia el objeto, a decir del testigo «como a cámara lenta, igual
que los astronautas en la Luna», hasta que se introdujeron por una portezuela en el
ovni y éste comenzó a elevarse sin emitir ruido alguno. Inmóvil en medio de la
carretera, A. M. siguió durante algunos segundos el rápido ascenso del objeto hacia
los cielos. Apenas podía dar crédito a lo que habían visto sus ojos.

EL ENCUENTRO DEL REJONEADOR RAFAEL PERALTA

El Rompido (Huelva), 25 de julio de 1982, 4:00 horas

Rafael Peralta, el mundialmente conocido rejoneador, viajaba esa


madrugada en dirección a la localidad onubense de Punta Umbría. Fue en el cruce
que, muy próximo al mar, gira en dirección a El Rompido donde se percató de la
presencia de diversas luces extrañas rojas y amarillas que, junto al asfalto,
recreaban una peculiar verbena luminosa en la noche. «Era como una gran bandeja
de plata iluminada», sentenció Rafael. Todavía pensando en que algún extraño
camión o vehículo similar hubiese podido tener un aparatoso accidente, el
rejoneador puso pie en tierra y caminó en dirección al lugar del supuesto siniestro.
Iba solo y no se distinguía un alma en los alrededores que pudiera auxiliarle.

Al llegar a unos diez metros del objeto el miedo se le aferró al estómago.


Aquello no era normal. Era una superficie lisa, sin aberturas ni salientes y flotaba a
unos palmos del suelo. Mediría seis metros de largo y cuatro de alto, y cuando ya
retrocedía hacia su Mercedes se percató de que un extraño «individuo» permanecía
estático y a un lado del supuesto ovni.
Foto 24.4.—Lugar exacto donde aparecieron el ovni y el misterioso humanoide que
de forma tan inopinada interrumpieron el viaje del afamado rejoneador Rafael Peralta.
(Moisés Garrido.)

Derecha: Croquis realizado por el periodista J. J. Benítez del misterioso humanoide


que protagonizó el incidente del que fuera testigo Rafael Peralta en una carretera onubense.
«Era alto —aseguraba Peralta al periodista J. J. Benítez—, su cabeza podría
estar a un metro o poco más de los bordes del aparato. O sea, que tendría unos dos
con setenta metros de altura. El ‘‘tío’’ se encontraba de cara. La cabeza iba tapada
como por una malla metálica y yo no le vi los brazos por ningún lado. No había
facciones, solo un cuadrado: al igual que el cuerpo. Era parecido a un rectángulo.
Las piernas, finas, como cilíndricas, partían un palmo por debajo de las ingles [...].
Durante unos segundos me quedé absorto, mirándole sin dar crédito a lo que tenía
delante.» Impresionado, Rafael Peralta montó en su vehículo y desde él pudo
escuchar un sonido extraño, como un «lamento metálico» que procedía del
humanoide. El testigo lo identificó como «ba-ra-ra-ra». El rejoneador, a pesar de
sentirse muy nervioso logró arrancar el coche y el ser desapareció entre la luz que
desprendía el objeto. En un instante, «la bandeja de plata» tomaba altura y ponía
rumbo al mar sin emitir el más mínimo ruido. Otros muchos vecinos pudieron
observar el misterioso fenómeno desde poblaciones colindantes. Rafael Peralta, un
hombre de reconocido valor y con la frialdad de juicio propia de quien se juega la
vida a diario en los ruedos de España, afirmó visiblemente impresionado ante
nuestro compañero J. J. Benítez: «Para mí..., aquello no era de este mundo.»
CAPÍTULO 25

1983
Miedo en un pueblo extremeño

EN MEDIO de una auténtica sequía ufológica, destaca con luz propia el


período que vamos a revisar en este capítulo. Nunca se ha conocido una oleada de
encuentros con humanoides tan intensa como la que se vivió en febrero de 1985 en
un remoto pueblo del norte de Cáceres. La cantidad de testigos, que al final de los
sucesos sobrepasaba la veintena, daba fe de un conjunto de fenómenos inédito en
nuestro país. Por fortuna, los hechos, después de aquellos días inolvidables, no
volvieron a repetirse nunca. Para la historia quedan unas semanas que allí nadie ha
podido olvidar.  

ACOSADOS POR «EL HOMBRE DE LA CAPA»

Vegas de Coria (Cáceres), febrero de 1983

El joven agricultor Florián Iglesias no daba crédito a lo que veía. Tuvo que
frotarse los ojos en repetidas ocasiones mientras regresaba al pueblo por la
carretera comarcal ya que, al llegar a la cerrada curva de Arrolobos, distinguió,
muy próximo a un lateral del camino, a un personaje que llamó poderosamente su
atención. No había nadie entre ambos y las sombras y el viento frío comenzaban a
levantarse en aquel remoto rincón de la Alta Extremadura. Florián se quedó quieto,
intentando no hacer ningún gesto que alertara al ser de su presencia.

La figura, espigada, de facciones muy finas y tocado con un traje oscuro y


una túnica o capa cuya extremidad inferior se elevaba por efecto del aire, caminaba
lentamente casi al borde del abismo que se abría bajo sus pies. Florián notó cómo el
miedo se apoderaba de sus carnes. Aquel «tipo» era gigantesco, sobrepasaría con
creces los dos metros de estatura, y su alargada cabeza en forma de almendra y la
ausencia de nariz, boca u orejas le conferían un aspecto demoníaco. Algo parecido
a una franja blanquecina, casi con luminosidad propia, atravesaba el atuendo de
aquel extraño caballero. Justo cuando Florián se giró dispuesto a correr sin
disimulo carretera abajo oyó un sonido seco.

El humanoide había comenzado a descender por la barranquera enfilando


los treinta metros de desnivel como si no supusieran ningún obstáculo para él.
Aterrorizado, el testigo corrió como alma que lleva el diablo y se encontró con tres
muchachos del pueblo, Joaquín Sánchez y los hermanos Germán y Cristino
Domínguez. Ellos, absolutamente aterrorizados y desencajados por el miedo,
bajaron de inmediato de sus bicicletas para acercarse a Florián. Sus voces
angustiosas se atropellaban unas con otras. Ellos también habían visto, segundos
antes, al misterioso paseante.

Foto 25.1.—Curva de Arrolobos donde, a partir del 3 febrero, apareció una


siniestra figura que las gentes bautizaron como «la pantalla» o «la pantasma».

Izquierda: La primera noticia sobre los hechos, difundida por el corresponsal en


Las Hurdes del diario Hoy, causó alarma entre la vecindad.
PÁNICO EN EL PUEBLO

Aquel 3 de febrero, día de San Blas, no lo podrán olvidar fácilmente en


Vegas de Coria. La llegada casi a trompicones de los cuatro testigos a la gran calle
que divide el pueblo en dos fue todo un acontecimiento.

El miedo se leía en sus caras y al poco tiempo una comitiva de vecinos se


reunía en plena carretera para discutir el asunto. Tres campesinos más del pueblo
juraron haber observado al siniestro personaje junto a un arroyo días antes. Vestía
de oscuro, con el tórax y las extremidades muy delgadas y provisto de algo
semejante a una capa fina y brillante que casi llegaba hasta el suelo. La expectación
aumentó varios enteros cuando, entre el tumulto, las voces de dos nobles hombres
de Vegas rompieron un silencio que ellos mismos se habían impuesto desde hacía
varias semanas. Eran Nicolás Sánchez y Eusebio Iglesias, los cuales unas cuantas
jornadas antes de San Blas habían tenido a aquel extraordinario hombre a poco
más de tres metros.

El relato de sus dos encuentros incrementaba a nueve el número de testigos


que habían visto al humanoide aquellos días. Los fusiles y las linternas surgieron
de inmediato en la oscuridad ya reinante. Caía la noche sobre Vegas de Coria,
mientras aquel gigante rondaba por los caminos. Tras formarse un grupo con más
de cuarenta personas se decidió por unanimidad salir a perseguir al gigante. La
confesión pormenorizada de aquellos dos testigos hicieron estallar los ánimos.
Había que cazar a aquel ser.
Foto 25.2.—Florián Iglesias —en el círculo— vio una figura espigada, de aspecto
etéreo, vestida de negro, que deambulaba junto al borde del barranco.

A TRES PASOS DEL DIABLO

Y es que lo vivido por Nicolás Sánchez y Eusebio Iglesias no dejaba dudas


de las intenciones de aquella gigantesca sombra errante. El primero de ellos la tuvo
a poco más de tres pasos y creyó en un momento dado, y según sus palabras,
«estar frente al mismísimo diablo». Primero escuchó un «rechinar de dientes muy
agudo» que venía desde la curva de Arrolobos. Nicolás se encontraba cargando
ladrillos frente a su casa, la última del pueblo y pegada a la carretera. Solo levantó
la mirada cuando una luminaria azulada comenzó a distinguirse por la comarcal.
«Era algo como con forma de llama que bajaba muy lentamente desde el monte,
iluminando todo a su alrededor», confesó a los suyos.

La luz giró en silencio hasta colocarse justo frente al campesino, quien, en


acto instintivo de supervivencia, había cogido dos grandes piedras dispuesto a
lanzarlas contra aquello. Pero aquellas rocas cayeron de nuevo al suelo por la
debilidad y el pánico. La luminosidad se había transformado como por arte de
magia en una silueta altísima y negruzca cuyo rostro no tenía facciones, tan solo
dos pequeñas perlas a modo de ojos aún más negros que su entorno. Nicolás, con
el corazón a punto de estallar, corrió hacia la puerta y se metió en casa. Por la
ventana pudo ver cómo la figura se acercaba hasta la puerta por la que instantes
antes él se había introducido.
Foto 25.3.—Detalle de Nicolás Sánchez, que tuvo al extraño ser a menos de tres
metros.

Derecha: El «Gigante de Vegas», tal como lo dibujó F. Barroso, a petición de los


investigadores.

A los pocos segundos volvió el ente a cubrirse de llamas azules hasta


desaparecer monte arriba. Fue entonces cuando Nicolás, al igual que otros vecinos
de Vegas, percibieron un olor fortísimo y desagradable, algo parecido al azufre y
que se mantuvo en el ambiente durante horas.

Horas más tarde, y sin que Nicolás ni nadie del pueblo lo supiese hasta el 3
de febrero, Eusebio Iglesias retornaba con su mula hacia Vegas a través de su
sembrado. A pleno sol y en medio de la planicie distinguió a lo lejos a «un hombre
que parecía mirar hacia arriba con los brazos separados del cuerpo y como
envuelto en un traje negro». A sus cincuenta y seis años, el agricultor jamás había
visto cosa igual. Aquel ser era descomunal, gigantesco, con piernas huesudas y
brazos delgados, vestido con un «traje de submarinista». Eusebio no dudó en coger
fuerte a la mula y pasar lo más velozmente posible junto a aquel humanoide que,
en medio del páramo y bajo el sol, parecía aguardarle. Cuando, casi con los ojos
cerrados por el miedo, sobrepasó aquella imagen imposible, se escuchó una voz
ronca que decía: «¿Es que no me conoces?» Fue perfectamente audible, en un tono
apagado, quejumbroso. El pánico desbordó al testigo, quien corrió a campo
traviesa hasta su casa, dejando atrás a aquel humanoide, que en ningún momento
se movió. Al igual que Nicolás, creyó haber estado muy cerca del diablo.

FORTALEZAS VOLANTES SOBRE VEGAS

Al tiempo que los habitantes del pueblo batían la zona con intención de
atrapar al escurridizo ser, otro vecino, José Domínguez Giménez, subía con su Seat
124 las rampas que van a dar a la aldea de Cambrón. Había lloviznado ligeramente
durante todo el día. Justo allí donde se indicaba el desvío, obligó a su hijo pequeño
que le acompañaba a colocarse el cinturón «ante los tres guardias civiles que
aparecían al final del camino en torno a un gran fuego». Al irse acercando, a unos
40 km/h, comprobó con espanto como aquellos personajes no eran hombres de la
Benemérita, sino individuos de inmensa altura, tocados con capas volátiles y
negras túnicas que parecían envolverse en torno a una luz tenue y de tonos
anaranjados: «No me cabe duda de que aquellos eran más altos que cualquier
persona conocida», declaró sin rubor a los periodistas Lorenzo Fernández e Iker
Jiménez en el mismo lugar y ocho años después de los hechos.

Foto 25.4.—Una de las imágenes captadas por la cámara de Argimiro Pereira en el


puerto de Honduras.

A pesar del miedo, José aceleró el coche dispuesto a enfilar la carretera para
salir de dudas. Para su asombro, al llegar al lugar donde la imagen de aquellas tres
«torres» eran perfectamente visibles, todo había desaparecido. No quedaba ni
rastro ni de los seres ni de la inmensa luz esférica que los cubría. Y para
cerciorarse, incluso bajó del vehículo e inspeccionó la zona esperando encontrarse
por lo menos algún rastro de aquel aparente incendio. Pero allí no había nadie ni
nada. «Ni rastro de lo que, segundos antes, había estado ante mis ojos.» Una vez
más, aquellos humanoides, que por primera vez se dejaban ver en grupo, parecían
haberse desvanecido en el aire.
Las batidas se prolongaron durante días ante los testimonios que, uno a
uno, iban engrosando una inquietante lista de personas que habían visto a los
«hombres de la capa». Al llegar la noche, en hora temprana en aquellos días de
invierno, los comercios cerraban y las ventanas y verjas echaban sus cancelas.
Nadie paseaba por las calles. Sólo la patrulla vecinal que se formó a raíz de los
sucesos pululaba monte arriba en busca del causante de sus desvelos.

OVNIS TRIANGULARES EN LAS HURDES

En una de esas jornadas, concretamente el 6 de febrero, todo el grupo fue


sorprendido por dos inmensos objetos volantes que prácticamente se abalanzaron
sobre ellos. Allí se encontraba Félix Barroso, antropólogo y profesor en Las
Hurdes, quien comentó a Iker Jiménez: «Aquello parecían dos plataformas
increíblemente grandes y de forma triangular. Tenían varios focos de luz,
concretamente tres, que hicieron que de repente la noche se convirtiera en día. La
luz del interior era tenue y la de los focos refulgía con fuerza sobre el verde de las
montañas. Nos asustamos todos mucho y nos quedamos paralizados, sin saber qué
hacer ni a quién acudir.»
Foto 25.5.—El antropólogo Félix Barroso señala el lugar donde surgieron dos
inmensas plataformas volantes, iluminándolo todo a su paso. En detalle, dibujo del testigo.

Aquello surgió en los montes de Arrolobos, precisamente el lugar donde


casi todos los testigos se habían topado con «las pantallas», nombre popular que se
les dio aquí a aquellos individuos de los que nunca se volvió a saber más.

Efectivamente, tras aquellos agitados días de febrero, nadie volvió a


encontrarse con tan desagradables paseantes. El miedo y un desafortunado
reportaje en un semanario de gran tirada, en el que se acusaba a aquellas gentes de
ser «un pueblo subdesarrollado y asustado por un fantasma medieval», hicieron
que la verdad sobre lo ocurrido permaneciera en secreto. Las diversas
investigaciones coinciden en señalar que los encuentros con estos humanoides
fueron muchos más, pero, como comprobaron personalmente y en varias ocasiones
los autores de esta sección, nadie parece dispuesto a revivir unos hechos que
fueron comentados en toda la comarca y que provocaron las risas y burlas de
algunos. Solo los habitantes de Vegas de Coria saben la verdad de esos otros
encuentros que allí se produjeron.

Una verdad que guardan para ellos; esperemos, por el bien de la ufología
española, que no por mucho tiempo.
CAPÍTULO 26

Mayo-diciembre 1983
La gran oleada catalana

CATALUÑA FUE TESTIGO de excepción en la historia de nuestra ufología


de una de las oleadas más intensas en la costa mediterránea. Miles de personas
llamaron asustadas a los centros astronómicos y a los observatorios meteorológicos
en busca de respuestas a lo que estaban viendo. Esferas de distintos colores, que en
ocasiones llegaron a aproximarse a aviones civiles de Iberia, poblaron las noches
de primavera y verano. Ni los organismos de Defensa ni la ciencia supieron qué
había ocurrido. Mientras tanto, en el siempre «punto caliente» que es la provincia
de Sevilla, nuevos sucesos copaban las portadas de la prensa regional.

ESFERAS SOBRE EL MEDITERRÁNEO

Barcelona y Girona, del 25 de mayo al 14 de julio de 1983

En lo que a ovnis se refiere, la tranquilidad en la provincia de Barcelona fue


absoluta hasta las 21:40 horas del 25 de mayo. En ese preciso instante el industrial
catalán D. S. conducía su coche en dirección a la localidad de Matadepera por una
solitaria carretera. Al llegar junto a una ermita al pie del Puig de la Creu, observó
un resplandor que de inmediato llamó su atención. Según declaró a la prensa:
«Aquello era una bola de fuego muy luminosa y de color blanco, de un tamaño
superior al de un foco halógeno.» Poco a poco, siguiendo en paralelo al automóvil,
la esfera comenzó a ascender y a aumentar su luminosidad.

El testigo, muy impresionado, bajó la ventanilla para intentar escuchar algo;


el silencio fue total.

MÁS DE MIL TESTIGOS

Aquel artefacto resplandeciente se separó de la calzada y, casi sobre la


vertical de Matadepera, estalló en una especie de fragor descomunal del que se
proyectaron diversos rayos y haces de luz en todas las direcciones. En apenas unos
segundos aquello se alejó hacia la oscuridad del cielo para no dejar ni rastro de su
presencia. Al llegar a Matadepera, muy excitado, D. S. corrió hacia un grupo de
vecinos que oteaban el cielo. A su pregunta respecto a si creían en los ovnis, la
gente respondió: «¡Nosotros también lo hemos visto!»

Al día siguiente el Diario de Sabadell recogió unas contundentes


declaraciones de este testigo.

Sin inmutarse explicaba a la prensa cómo «hasta ahora era escéptico en estos
temas, incluso me burlaba de ellos. Pero ahora no le encuentro explicación alguna a
lo que vi. No me gustaría morirme sin haber resuelto este enigma».

Esa misma noche más de mil personas llamaron entre las 21:30 y las 23:00
horas al observatorio astronómico Fabra, donde no se dio ninguna explicación al
fenómeno. Tan solo una escueta nota en la que, textualmente, se indicaba que «lo
observado no puede ser un platillo volante, ya que los platillos volantes no
existen».

Entre los innumerables testigos del cinturón barcelonés que observaron el


ovni destaca la del administrativo de Sabadell José María Faraldós que, desde un
balcón, observó el objeto dejando una gran estela. Todos los testigos, en sus
llamadas al observatorio, coincidían en afirmar además que otro punto más
pequeño y similar a un avión parecía perseguir a la luz principal hasta que ésta
desapareció en la noche.

PERSECUCIÓN EN EL AIRE

Apenas una semana después de dicho suceso, otro acontecimiento de gran


importancia tuvo lugar a varios miles de metros sobre el nivel del mar. Dos
aviones Boeing 727 de la compañía Iberia, que en la noche del 3 de junio realizaban
el trayecto Valencia-Barcelona, localizaron visualmente un objeto que volaba muy
cerca de la capital catalana. Desde la cabina, los pilotos observaron con nitidez la
evolución de un extraño aparato. El comandante Fernández Larrea sostuvo a su
llegada al aeropuerto que «aquel objeto de fulgor rojizo se colocó en un principio a
unos centenares de metros de la parte delantera de las aeronaves». Tras comunicar
con las torres de control de Valencia y Barcelona se confirmó que los radares
centrales no captaban ninguna señal extraña; por tanto, objetivamente, aquello era
un objeto volante no identificado.
Foto 26.1.—El 12 de julio un objeto fue observado por vecinos de Benicasim
(Castellón). El diputado Gabriel Elorriaga pidió una explicación sobre lo sucedido al
Ministerio de Defensa.

Transcurridos unos minutos y a unos 25.000 pies, el aparato hizo una


maniobra incomprensible situándose próximo a la cola del avión. En esa situación,
en la que se mantuvo durante unos instantes, las tripulaciones de ambos aviones
pudieron observarlo. El ovni acabó alejándose a gran velocidad, adentrándose en
el Mediterráneo.

A 2.000 KILÓMETROS POR HORA

El 14 de julio de 1983 se producía el colofón a la increíble e intensa oleada


que se produjo en Cataluña entre el final de la primavera y el inicio del verano. Esa
noche, sobre las 22:30, una especie de «sol nocturno» sobrevoló las provincias de
Barcelona y Girona, alcanzando una velocidad estimada de 2.000 km/h. Según el
centro astronómico Max Plank, el objeto surgió desde el sur de la Península según
los primeros testimonios recabados en la provincia de Cádiz. Al llegar a la vertical
de los lindes de la provincia de Tarragona y Barcelona, el ovni descendió y se situó
a una altura de cuarenta metros.

Centenares de vecinos de las poblaciones barcelonesas de Sant Feliú de


Guíxols y Tossa, y de las gerundenses de Palamós, La Escala, Cadaqués y Port Bou,
reportaron testimonios absolutamente coincidentes. Una esfera rojiza de
considerables dimensiones, sin emitir sonido alguno y a pocos metros del suelo
había sobrevolado rauda la zona hasta desaparecer en el mar.

El observatorio Fabra, una vez más colapsado por las llamadas, optó
primero por guardar silencio, absteniéndose de dar una versión oficial. Horas más
tarde, viendo el cariz que tomaban los hechos y en una nota informativa, afirmaron
que «por las características descritas creemos que se trata de un cohete militar,
seguramente de nacionalidad francesa o italiana, que se salió de su órbita».

Foto 26.2.—Una de las fotos de los objetos luminosos que sobrevolaron Cataluña en
aquel ajetreado período.

Días después, la prensa, que llegó a dar cabida en sus portadas a


informaciones referentes a los hechos citados, publicaba un comunicado del
Ministerio de Defensa en el que, en principio, optaba por el mutismo y en el que se
barajaba la hipótesis de un satélite militar como «autor» de la psicosis ovni. Al
final, entre las teorías expuestas, nadie supo jamás qué clase de objetos esféricos y
silenciosos atravesaron Cataluña en aquellos días inolvidables.

Foto 26.3.—El Diario de Sabadell recogió los casos de finales de mayo en el


cinturón industrial barcelonés.

«ERA COMO UNA CASA DE DOS PISOS»

Mairena del Aljarafe (Sevilla), 19 de julio de 1983, 1:30 horas


 

Rafael Domínguez Márquez; su esposa, Marta Gómez Puig, y sus dos hijas
circulaban en automóvil por la desierta carretera comarcal que une las poblaciones
de San Juan de Aznalfarache y Palomares del Río. Muy cerca de una urbanización
conocida como El Almendral descubrieron una gran luminosidad que les llamó la
atención. Aminoraron la velocidad y vieron cómo, posado en un erial, una
gigantesca forma sólida con multitud de puntos de luz parecía aguardarles en
silencio.

Al aproximarse lentamente al objeto, pudieron ver una forma cuadrada más


achatada por su parte superior y flanqueada verticalmente por unas hileras de
ventanillas que iluminaban el exterior. En la parte superior de aquel extraño
artefacto había unas luces rojizas que, intermitentemente, pulsaban un fulgor muy
intenso. Lo que más sorprendió a la familia es el hecho de que aquella inmensa
mole «semejante a una casa de dos pisos» no estaba posada. Se mantenía flotando a
unos tres metros del suelo, lanzando por su base unos chorros «de luz o fuego»
que directamente chocaban en el suelo.
Foto 26.4.—Dibujo de los testigos, publicado por el diario ABC de Andalucía,
horas después del suceso.

Izquierda: Solitaria carretera del Aljarafe, lugar donde aconteció el insólito


incidente. (Iker Jiménez.)

El nerviosismo de los testigos les obligó a seguir su ruta, alejándose del


lugar a toda prisa. Entretanto, el inmenso objeto siguió iluminando aquella planicie
con una potencia descomunal.

SOBRE UNA ERMITA

Bolullos de la Mitación (Sevilla), 20 de julio de 1983, 23:00 horas

Sobre la vieja ermita de Cuatro Vitas, en la carretera que une las poblaciones
de Bolullos de la Mitación y Pilas, había aparecido una descomunal esfera
blanquecina que iluminaba todo a su alrededor. Era ya noche cerrada cuando
Ramón Ruiz Bernal, agente de seguros, circulaba por la zona dispuesto a llegar a
Sevilla. Al pasar junto a la ermita se quedó paralizado por la sorpresa. Aquello le
produjo una gran impresión. Al llegar a una zona en que su coche quedaba en
paralelo a la «bola luminosa», el testigo optó por detener el vehículo y apagar el
motor. En una oscuridad absoluta, aquel ingenio desconocido alumbraba todos los
alrededores y en especial un pinar cercano que iluminaba con una luz muy clara.
La inquietud se fue apoderando de Ramón Ruiz, que en vez de huir del lugar a
toda prisa prefirió aguantar su miedo y poner pie a tierra para observar mejor el
extraño fenómeno. Tras bajarse del coche, se colocó en posición de «cuerpo a
tierra» bajo las ruedas del automóvil. Desde su guarida estuvo «espiando» a la
esfera luminosa a lo largo de más de cinco minutos.
Foto 26.5.—Una esfera perfecta y blanquecina, similar a la que aparece en esta
fotografía de archivo, parecía «aguardar» la llegada de un conductor solitario.

Durante ese tiempo estuvo realizando suaves movimientos hasta que


comenzó a decrecer su intensidad. El señor Ruiz, bastante escamado por la
desaparición de lo que hasta el momento consideraba algún tipo de prototipo
militar en pruebas, decidió incorporarse de nuevo y echar una ojeada a los
alrededores de la ermita; pero allí ya no había nadie. El temor que comenzó a
invadir al agente de seguros le obligó a subir a su vehículo y huir del lugar a toda
prisa.
CAPÍTULO 27

1984
Sequía ufológica

A PESAR DE HABER ENTRADO de lleno en una de las épocas más


anodinas de la historia del fenómeno ovni en España, 1984 nos dejaba un racimo
seleccionado de casos realmente incomprensibles. Desde enero, cuando una
polémica imagen ovni copó los principales diarios nacionales, hasta la oleada que
vivió la provincia de Álava bien entrado el otoño, fue éste un tiempo de
sobresaltos. Sustos de muerte como el que tuvo una familia vasca ante un objeto
que «respondió a su llamada» o las muchachas que se toparon con una espectral
dama que sembró el pánico en la Alta Extremadura.

UNA EXTRAÑA FOTO

Málaga, 18 de enero de 1984, 12:00 horas

Antonio Romero, de treinta y cuatro años y trabajador del gremio de la


hostelería, visitó, como hacía casi todos los días, a su buen amigo David Romero,
de veintidós y electrónico de profesión. Les esperaba una divertida jornada
probando la modesta cámara fotográfica Instant Pocket que este último había
adquirido hacía tan solo unos días.

Fue el perro Boby el primero en percatarse, según declararon ambos amigos,


de la presencia de algo extraño en el cielo. El animal salió al balcón y
encaramándose en los barrotes comenzó a ladrar, con la cabeza mirando al cielo.
Los dos amigos al instante se asomaron para observar algo realmente inesperado.
Desde la terraza, situada en la urbanización San Carlos y muy próxima a la
carretera de Cádiz, pudieron comprobar cómo un objeto oscuro y con forma de
disco se aproximaba a gran velocidad. Según declararon a la prensa: «Era de color
marrón y tenía la forma de un plato, con unos quince o veinte metros de
diámetro.» Muy sorprendido, David logró enfocar el aparato y lanzar una única
fotografía. No hubo tiempo para más. Tras emitir un silbido algo chirriante el
presunto ovni se esfumó en la nada. Apenas tuvieron unos segundos para
comprobar cómo «aquello tenía una cúpula ahuevada en la parte superior y por
debajo se veía una neblina rojiza como si se desprendiese energía».
 

UNA COMPLICADA HISTORIA

Tras detenerse en seco, aquel presunto ovni emprendió una huida tan veloz
que no pudieron efectuar más tomas fotográficas. El revelado demostró que en el
negativo de 16 mm había quedado impreso el espectacular objeto con total nitidez.
A los dos días los principales periódicos andaluces reflejaron la foto y la noticia en
la portada. A partir de ese instante se sucedieron una serie de polémicas que
ahogaron el caso en el olvido. En esa ajetreada semana los medios reflejaron la
rotunda opinión de expertos en fotografía asegurando que allí no había fraude
alguno. Los dos protagonistas de la aventura, según el colaborador de un medio de
comunicación, recibieron la visita de un miembro de Defensa que intentó comprar
el negativo, cosa que no pudo conseguir.

Foto 27.1.—Portada del diario Sur,

el primer medio que se hizo eco de la sensacional y extraña noticia.


Estas declaraciones fueron una bomba durante algunas semanas dentro del
mundillo ufológico andaluz, como lo fue la confesión de uno de los autores de
haber realizado la célebre imagen con un sencillo truco y un recorte de papel en
una ventana. Esa misma declaración fue rectificada... al tiempo que otras
acusaciones relacionaban a ambos sujetos en la órbita de los grupos contactistas
RAMA, afirmando que ese era el modo de promocionar el tema extraterrestre en
un período de plena decadencia casuística. Al final los testigos confesaron que se
les sometió a diversas presiones y quince años después el enigma de aquella
polémica foto continúa sin desvelarse.

EL OVNI RESPONDIÓ

Audikana (Álava), 15 de octubre de 1984, 21:30 horas

No se imaginaban Patxi Uriarte y su familia ni por lo más remoto que en


aquel viaje al recóndito pueblo de Audikana iban a ser protagonistas de una de las
más insólitas historias ufológicas. Como cada jornada, se disponían a pasar la
noche en su amplio caserío situado en un paraje semideshabitado a unos diecisiete
kilómetros de Vitoria, sin prestar mucha atención al pequeño foco amarillo que
había aparecido junto a unos matorrales lejanos.

El viejo Renault 12 Familiar ascendió la empinada cuesta que llevaba hasta


la cancela y desde allí los cinco miembros de la familia comprobaron algo
escamados cómo la luminaria ascendía unos metros en vertical y volvía a
descender para colocarse en su situación inicial. Como era lógico esta visión
provocó una animada charla entre el matrimonio y los tres hijos sobre las cada vez
más frecuentes noticias que la prensa había ido ofreciendo sobre los supuestos
ovnis que habían aparecido en diversos puntos de la provincia. Al fijar su mirada
en la ventana del primer piso del caserón, comprobaron cómo el foco se había
acercado un poco más. «Mediría —según declaró Patxi Uriarte en el lugar de los
hechos a Iker Jiménez— unos cinco metros de diámetro y flotaba a un metro del
suelo balanceándose lentamente.»
Foto 27.2.—David Guerra, uno de los numerosísimos testigos del paso de los ovnis
en tierras alavesas. (Iker Jiménez.)

Durante la cena, desde una estancia más alta, desaparecieron todas sus
dudas: aquello era algo realmente extraño. No había carreteras ni se trataba de
ningún tractor arando a altas horas de la madrugada.

Por lo demás el silencio era absoluto. Tanto, que les inquietó bajar de nuevo
a la cancela. Se había dejado oír la naturaleza nocturna del entorno de una manera
súbita.

 
«¡ZATOZ HONA!»

Las cinco personas comenzaron a sentir un nerviosismo creciente al


observar cómo el objeto, de un fulgor tremendo, se colocaba en el llano que se
extendía frente a la casa hasta detenerse en seco. En ese momento, y en un alarde
de valor, el padre de familia Patxi Uriarte gritó en voz alta: «¡Zatoz hona!», que en
vasco significaría «Ven aquí». Los niños Igor y Patxi le secundaron, mientras la
madre se quedaba, cada vez más asustada, bajo el marco de la puerta.

Foto 27.3.—Medios como Egin trataron el tema desde todas las perspectivas. A fin
de cuentas, era la primera vez que la lengua vasca salía de nuestro planeta.

Tras unos segundos el artilugio comenzó a deslizarse en línea recta hacia el


caserío aumentando su velocidad considerablemente. Esto acabó por llenar de
pánico a la esposa de Patxi, que gritó entre sollozos: «¡Ez mesedes!» («¡No, por
favor!»), al ver cómo aquello «se les echaba encima», según su propio testimonio.
Repentinamente, y según confesó toda la familia, el objeto de origen desconocido
se frenó en su trayectoria y quedó flotando al tiempo que disminuía la intensidad
de su luz. Después, «en un visto y no visto» se esfumó acelerando hacia el cielo
hasta desaparecer.

Foto 27.4.—Desde estos edificios del casco viejo vitoriano

se observaron dos inmensos discos rojizos sobrevolando la región alavesa. (Iker


Jiménez.)

Este sensacional incidente coincidió con una oleada sin precedentes sobre
las inmediaciones de Vitoria, la capital alavesa. Los ovnis fueron observados desde
los primeros días de octubre, coincidiendo con apagones en localidades como Ali,
donde varios transformadores se fundieron misteriosamente, o anomalías de todo
tipo en equipos informáticos y electrónicos de algunas empresas. Decenas de
alaveses observaron ovnis en un período de oleada que se mantuvo durante casi
tres semanas sobre la tranquila región.

LA MUJER DE LA SOTANA

Saucedilla (Cáceres), 17 de octubre de 1984, 22:30 horas

Mari Carmen Ramos, de catorce años de edad, regresaba caminando a


Saucedilla por la avenida de González Amézqueta, una calle ancha y solitaria
rodeada de almacenes de pienso por la que apenas transita nadie. Va imbuida en
sus asuntos hasta que algo le hace fijar la mirada instintivamente en el fondo
oscuro. Un «chasquido» o algo que no logra identificar la ha puesto en guardia.
Tras calmarse, avanza unos pasos y se fija en que una persona llega en sentido
opuesto y por la acera contraria. El frío comenzaba a hacerse notar y el viento a
helar los campos que circundaban la zona. Al volver la vista al frente Mari Carmen
observa a la «mujer», de considerable altura y negro atuendo, aproximándose a
una velocidad desmesurada.
Foto 27.5.—Gonzalo Pérez Sarró señala el lugar exacto donde ocurrió el incidente.
(Iker Jiménez.)

Había recorrido casi un centenar de metros en apenas unos segundos, o al


menos eso es lo que le pareció a la testigo en un primer momento. Un tanto
intrigada, Mari Carmen se detuvo a observar a la «transeúnte» y enseguida prefirió
no haberlo hecho. Tras clavar sus ojos en la esbelta figura oscura, comprobó cómo
ésta se deslizaba a un palmo del suelo, revoloteando el faldón de la inmensa sotana
o capa que portaba por la acción del viento. La imagen era dantesca: aquella mujer,
que parecía guiada por un resorte o «patín invisible», llevaba los brazos pegados al
cuerpo y era como una torre humana. Al parar bajo una de las solitarias farolas de
la avenida, observó su cabeza completamente entre sombras, sin atisbos de rostro o
facciones...

UN RECUERDO IMBORRABLE

Aquella «mujer» sobrepasaba los tres metros de altura y se dirigía a gran


velocidad hacia la testigo. En los alrededores no había nadie a quien pedir ayuda;
sin embargo, Mari Carmen tampoco tenía fuerzas para escapar corriendo. Se había
quedado petrificada por el miedo. Acto seguido, el humanoide de negras galas se
cruzó de acera en un movimiento diagonal, atravesando el asfalto sin que se
observaran pies de ningún tipo. Aquello, simplemente, flotaba en el aire.

Foto 27.6.—Mari Carmen Ramos, quince años después del incidente. «Jamás podré
olvidar lo que tuve a unos metros.» (Iker Jiménez.)

Enfilando su misma acera, el encontronazo entre testigo y perseguidor


parecía inmediato, pero algo extraño sucedió. «Cuando ya di por hecho que
aquello venía a por mí, vi cómo la mujer del patín giraba recto y se metía por un
callejón ciego que nos separaba a las dos. Estuvimos como a cinco metros.»

Foto 27.7.—Así vio el antiguo boletín ufológico extremeño Éxtasis el sobrecogedor


incidente de Saucedilla.

Quince años después de los incidentes y tras haberse marchado del pueblo,
la muchacha aún tuvo la sangre fría de mirar hacia el callejón para comprobar que
ni allí había nadie, ni era posible esconderse en aquellas paredes lisas y sin hueco
alguno.

Días más tarde otros niños aseguraron, sin conocer la historia de Mari
Carmen, que decidió guardar silencio, haber observado «una figura alta y negra
como un fantasma» en las cercanías de la piscina municipal. Además, otra
muchacha, María del Mar Mariscal, aseguró haberse topado con una espantosa
figura alargada de rostro humano y mirada fija, junto a la cancela de su chalé
mientras bajaba a sacar la basura. Toda la familia de la chica, encabezada por el
padre, que portaba un gran machete, salió a toparse con el intruso. Pero aquello se
había vuelto a esfumar. Esos tres sucesos en el espacio de apenas unas horas
produjeron un gran estado de alarma, acrecentado aún más por otro testimonio
que había visto a la «mujer de la sotana» en la carretera proveniente de la central
nuclear de Almaraz.

El corresponsal extremeño de Enigmas Gonzalo Pérez Sarró e Iker Jiménez


localizaron a los testigos de estos hechos quince años después. Comprobaron cómo
ninguno de ellos, a pesar del tiempo transcurrido y de la circunstancia de que
algunos como Mari Carmen Ramos ya no viviesen en Saucedilla y hubiesen
sufrido algún tipo de burlas por parte de un sector del pueblo, podían olvidar
aquellos días de miedo. La mujer del patín jamás regresó pero, tal y como confesó
la primera protagonista de esta historia: «Yo la vi, la tuve a mi lado y jamás podré
olvidar a aquel gigante en la avenida de González Amézqueta».

 
CAPÍTULO 28

1985
Un año diferente

ESTE PERÍODO trajo consigo algunos sucesos realmente extraordinarios.


Como si la actividad ufológica diera un sensacional coletazo en su etapa de «coma
profundo», 1985 nos dejó una serie de incidentes donde aparecían todos los
arquetipos de la ufología clásica. Grandes aeronaves, objetos metálicos, aparatos
con trípodes, campos calcinados y seres con escafandras nos recordaron a una
casuística genuina que ya parecía olvidada y que durante esos 365 días volvió de
nuevo a la primera plana informativa. Los expertos se preguntaban si este año
marcaría el inicio de una nueva edad de oro de la ufología.

CAMBIÓ DE FORMA

Funes (Navarra), 21 de enero de 1985, 19:45 horas

El camionero Ángel Merino Zapata notó que su vehículo se «ahogaba»


repentina e inexplicablemente en la ruta entre los pueblos navarros de Funes y
Marcilla.

Pensando en un inoportuno pinchazo, abrió la portezuela con el motor en


marcha para comprobar si alguna de las ruedas se había deshinchado. Entonces
observó como algo semejante a una «media luna» y de dimensiones realmente
grandes se aproximaba a gran velocidad por el margen derecho de la carretera,
iluminando el entorno con gran potencia. Tras pasar a muy poca distancia de su
camión, inició el aterrizaje en unos corrales próximos, en ese momento totalmente
deshabitados. Según comentó Ángel: «Aquello era gigante y se extendía hacia atrás
como un autobús.»
Foto 28.1.—Así dibujó el camionero navarro la inmensa estructura que le salió al
paso en las inmediaciones de Funes. (Roberto Pérez.)

Cuando ya se encontraba posado en uno de los márgenes de la carretera, el


presunto ovni emitía una luminosidad naranja y en su base, que se encontraba en
contacto con el suelo, apareció un resplandor muy fuerte de tono rojizo que parecía
estar abrasando el campo.

Asustado, el testigo aceleró al máximo y pasó junto al extraño aparato. Por


el retrovisor vio cómo se elevaba mientras adoptaba otra forma, concretamente la
de un gran triángulo equilátero con sus bordes redondeados. Se alejó lanzando
varios haces de luz que impactaban contra el firme. Posteriormente, el objeto se
dirigió hacia el polígono militar de las Bardenas Reales, un lugar de gran tradición
ovni en la historia de la ufología española.

ATERRIZAJE EN TERRENOS DE ICONA

Los Cabezudos (Huelva), 20 de abril de 1985, 19:00 horas


 

Tres hermanos de edades comprendidas entre los diez y los quince años se
encontraban jugando en un extenso terreno conocido como Las Medianas,
propiedad de ICONA, cuando observaron cómo una esfera, resplandeciente y
mayor que la luna llena, estaba a punto de posarse cerca de donde estaban.

Foto 28.2.—Dibujo del ovni en su descenso y croquis de la supuesta aeronave que


tomó tierra en los terrenos de ICONA. (Moisés Garrido.)

Tras ocultarse en una zanja, los adolescentes vieron al aparato desplegar tres
grandes protuberancias y un «trípode» mientras una luz, «que no hacía daño a los
ojos», iluminaba todo el paraje. Unos cuatro minutos después el artefacto volvió a
ganar altura para desaparecer en apenas un par de segundos.

A la mañana siguiente se localizó una huella circular de 5,75 m de diámetro,


en la que la tierra alcanzó una gran temperatura según señalaron miembros del
grupo ufológico andaluz GEIFO. La vegetación desapareció, la tierra se calcinó y
junto a varias perforaciones en el suelo se pudo encontrar una extraña sustancia de
textura semejante al aceite empleado en los automóviles.

LOS HOMBRES DE LA ESCAFANDRA

Hernani (Guipúzcoa), 26 de junio de 1985, 0:05 horas

Hernani recibió aquella madrugada una visita especial. El protagonista,


Rodrigo Jiménez, un labrador que vivía en un caserío situado en un monte cercano,
jamás había oído hablar de ovnis ni de los misterios del cosmos.

Como cada noche, salió a regar unos pequeños huertos próximos a un


arroyo y al llegar al lugar observó algo que, según dijo, parecía un gran «cono de
luz» posándose en el suelo mientras levantaba una tremenda polvareda. El
hombre, tan asombrado como asustado, salió corriendo del lugar y se refugió en su
vivienda, hoy ya derruida, para observar la escena desde la segunda planta. Una
vez allí, parapetado al otro lado de la ventana, contempló durante veinte minutos
un resplandor que poco a poco fue disminuyendo en intensidad hasta desaparecer.
Cuando pensó que todo había acabado, escuchó cómo unas zarzas crujían y pudo
ver a dos seres de gran volumen avanzando torpemente por el camino que
conduce hacia Hernani. Los presuntos humanoides, de unos dos metros de altura,
vestían trajes azules que aparentaban estar «hinchados por aire». Tenían sus
cabezas cubiertas por unas escafandras esféricas, «como de hierro o bronce»,
similares a las que portan los buzos. Espantado, el testigo optó por encerrarse en el
dormitorio y dejar a aquellos dos «astronautas errantes» bajar hacia la población,
pero allí ningún vecino los pudo ver.
Foto 28.3.—Dos seres, semejantes a los que secuestraron a Antonio Carlos Ferreira
en 1979, aparecieron en las proximidades de un solitario caserío de Hernani (Guipúzcoa),
dando un gran susto al labrador Rodrigo Jiménez, testigo de la insólita aparición.

¿AGREDIDO POR DOS HUMANOIDES?

Vallgorguina (Barcelona), 21 de julio de 1985, 11:00 horas

Aquella mañana, en un principio, iba a ser una más en la rutinaria vida de


Xabier C., joven de veintitrés años dedicado a la fotografía y residente en el
cinturón industrial barcelonés.
Su tarea ese día iba a consistir en fotografiar un dolmen prehistórico situado
a unos veinticinco kilómetros de su domicilio, entre las boscosas montañas de
Vallgorguina, un lugar muy poco transitado y que conocía a la perfección, ya que
era un paraje al que le gustaba acudir eventualmente en sus ratos de ocio.

Tras avisar que tardaría unas tres horas en regresar, subió a su coche y se
fue. Pero no regresó hasta veinticuatro horas después. A su llegada, muy nervioso,
comentó que no recordaba nada de cuanto le había sucedido en ese período de
tiempo.

Todo lo que tenía en la mente eran vagos recuerdos en los que sombras
lejanas se le aproximaban. Angustiado por no saber qué ocurrió aquel día, Xabier
decidió ponerse en manos de un experto en hipnosis clínica con la intención de
realizar algún tipo de regresión y tratar de esclarecer así ese período de tiempo que
empezaba a obsesionarle.

Foto 28.4.—Una garra de aspecto inhumano manipula un tarro con una sustancia
incolora en su interior. Fotografía obtenida por Xabier C. ¿Trucaje o realidad?

En dichas sesiones de hipnosis, el especialista logró primero que la mente


del joven retrocediera hasta el momento en el que estaba en los aledaños del
dolmen. Allí, de entre los arbustos aparecieron, siempre según el testimonio de
Xabier bajo trance hipnótico, unos seres grotescos y embozados en negros ropajes
que, mediante golpes, le forzaron a introducirse en una cueva. Al entrar observó
algo que identificó como «un doble» de su persona. Un auténtico clónico suyo que
parecía completamente ajeno a la escena.

Foto 28.5.—Cabeza negruzca de uno de los grotescos seres que supuestamente


«agredieron» al joven fotógrafo catalán. Da la impresión de que la escenografía terrorífica
estaba «tomada» de un caso clásico italiano, el del «agredido» Fortunato Zanfretta.

En el carrete fotográfico que aquel día portaba Xabier aparecieron una serie
de imágenes que mostraban una sombra fantasmagórica y unas manos con garras,
manipulando botes y extrañas sustancias.

El caso apareció en algunos boletines especializados y posteriormente pasó


al olvido. Años después, se dijo que el testigo era una persona sugestionable y que
ofrecía poca objetividad ante la experiencia hipnótica. A pesar de todo, el caso fue
uno de los más absurdos y extraños de la ufología de los años ochenta. ¿Fue real la
experiencia de Xavier C. como mantienen algunos investigadores? ¿O él mismo
quiso arrojar descrédito sobre la historia con algún oscuro motivo?

EVIDENCIA OVNI EN EL CIELO CATALÁN

Rubí (Barcelona), 29 de noviembre de 1985, 21:30 horas

La noche, fría y desapacible, transcurría sin novedad para los agentes que
patrullaban en las cercanías de la población. Repentinamente, dos objetos de
considerable tamaño pasaron sobre los vigilantes.

Los dos supuestos ovnis se dirigieron a gran velocidad hacia la sierra de la


Collcerola. Al pasar sobre su cima se detuvieron y lanzaron varios destellos
azulados que pudieron verse con nitidez desde varias localidades catalanas.

Uno de los aparatos se mantuvo estático mientras el otro desaparecía. El


centro de control de Tráfico Aéreo del Aeropuerto de Barcelona detectó, según un
comunicado oficial, dos ecos desconocidos que se vieron reflejados en el radar y
que eran perfectamente visibles desde el suelo. Los responsables del control aéreo
aprovecharon que varios vuelos comerciales sobrevolaban el área para solicitar a
sus pilotos que la inspeccionaran visualmente e informaran de alguna anomalía,
pero éstos afirmaron no ver nada extraño.
Foto 28.6.—La prensa catalana se hizo eco de la observación, corroborada por la
Policía y la dirección aeroportuaria.

Entretanto los agentes de patrulla subieron con su vehículo hacia la sierra. A


medio camino, los extraños aparatos se esfumaron como «cuando se apaga un
televisor». Poco después el personal de un vuelo postal Barcelona-Madrid declaró
haber visto dos esferas sobre la vertical de Rubí a las 4:30 de la mañana.

 
CAPÍTULO 29

1986-1987
Un halo fantasmal

ES UNA ETAPA de absoluto parón en la casuística ovni. La sociedad y los


medios de comunicación apartan su mirada de los no identificados y los
testimonios que salen a la luz se van diluyendo poco a poco. A pesar de todo,
prosiguen algunas experiencias aterradoras en diversos rincones de la Península.
Casos con un componente fantasmal que se acercan a la dura fenomenología
sobrenatural.

NOCHE DE INQUIETUD EN EL MAR

Benalmádena (Málaga), 23 de octubre de 1986, 3:50 horas

Un latigazo súbito recorrió el cuerpo de los cinco pescadores que hasta ese
momento faenaban plácidamente en las proximidades del puerto deportivo de la
localidad malagueña.

En total silencio, levantando una fuerte y extraña ráfaga de aire, una luz
mortecina fue saliendo lentamente del mar a un centenar de metros de donde se
encontraban, iluminando las oscuras aguas: «Aquello no parecía una máquina,
sino algo fantasmagórico», llegó a decir a la prensa un guarda jurado encargado de
la vigilancia de las instalaciones deportivas. El hombre, alertado por los gritos de
los pescadores, se aproximó lo más posible al lugar con su arma reglamentaria
desenfundada.
Foto 29.1.—La prensa nacional y las agencias de noticias reflejaron al día siguiente
la extraña experiencia de los pescadores de Benalmádena.

La extraordinaria luz se elevó unos cinco metros por encima del mar y
comenzó a aumentar en intensidad sin que en ningún momento se percibiera
artefacto o aparato alguno en su interior. Los cinco pescadores ya en tierra y el
vigilante, todos viejos conocedores de cada palmo de la zona, se apiñaron junto a
una gran tapia que hacía de primitivo espigón y, evitando realizar el menor ruido
posible, vieron cómo el curioso fenómeno comenzaba a evolucionar hacia su
posición. La angustia y el miedo de los testigos se acrecentó cuando de forma
súbita otras siete u ocho luces de idéntica forma a la primera, pero de menor
tamaño, surgieron de las aguas rodeando y rotando sobre lo que la prensa
matutina regional calificó como la «nave nodriza». El carrusel de luminosidades se
situó, según la versión de los allí presentes, junto al repetidor que TVE tenía
instalado en la sierra de Mijas. Las luces satélite, redondeadas y de tonos
anaranjados y amarillentos, hacían movimientos en sentido inverso a las agujas del
reloj. Transcurridos dos minutos aquella formación se separó, cogiendo cada
elemento un rumbo distinto y desapareciendo en dirección mar adentro. Después
de huir asustados ante una luminaria que no parecía de este mundo, los
pescadores, todos naturales del cercano pueblo de Churriana, afirmaron que el
ovni principal «era tan grande como cuando se ve salir el sol».

Al día siguiente, Agustín López Arcos, jefe de la torre de control del


aeropuerto de Málaga, confirmó que hubo dos llamadas realizadas desde aviones
de Aviaco e Iberia cuyas tripulaciones indicaron el establecimiento de un contacto
visual y por radar con un aparato desconocido. Ellos y una estación de radar
situada en las llanuras de Zamora habían detectado un inexplicable eco aquella
noche. En las jornadas siguientes varios diarios de tirada nacional hablaban de éste
como uno de los casos ovni más importantes de los últimos años.

UNA RONDA EN EL CEMENTERIO

El Garrobo (Sevilla), 17 de diciembre de 1986, 7:00 horas

Los vecinos de la zona de El Garrobo y Gerena, localidades tranquilas pero


ya acostumbradas a la incesante actividad ovni existente sobre el llamado Aljarafe
sevillano, andaban últimamente soliviantados con los miedos, rumores y tensiones
provocados por unas extrañas luminiscencias que, con formas esféricas y en
ocasiones rectangulares, habían aparecido en la carretera que conduce a la primera
de estas poblaciones.

La noche del día 17 tuvo lugar el suceso definitivo que obligó a las gentes
del lugar a creer en los fenómenos que se estaban produciendo. Francisco Ovillán,
Francisco José Masegoso y Amalia Ortega, todos vecinos de El Garrobo, eran
personas que gozaban de reconocida seriedad y honestidad en la zona. Circulaban
en su automóvil a muy poca velocidad, comentando diversas cuestiones laborales
mientras se dirigían, como cada mañana, a su lugar de trabajo en la capital
sevillana. Al pasar junto a la tapia del cementerio, situado en uno de los márgenes
del largo camino vecinal, notaron que una de esas luces de las que tanto hablaba la
gente había hecho acto de presencia. Aún era noche cerrada y aquella formación
relucía perfectamente sobre el fondo negro del cielo. La forma, vaporosa y
emitiendo destellos de gran potencia, fue estirándose y se colocó sobre la vertical
del muro del camposanto. El coche que conducía Francisco Ovillán sufrió entonces
una especie de «ahogo» que acabó por parar el motor justo cuando la extraña luz
se encontraba en paralelo al vehículo. En ese momento el objeto comenzó a
apelmazarse en una esfera perfecta. Tras intentar arrancar el coche en repetidas
ocasiones, los testigos quedaron impresionados al ver cómo el supuesto ovni se
acercaba poco a poco sin emitir sonido alguno.

Foto 29.2.—Manuel Mateos, primera persona que investigó los hechos de El


Garrobo y que vio otros fenómenos en la misma zona, declara ante Iker Jiménez.

Ya a la desesperada y tras forzar la llave de contacto, el automóvil arrancó y


los tres sevillanos pudieron escapar convencidos de que lo que habían visto frente
al cementerio tenía pocas explicaciones.

A la semana siguiente otro automovilista, como ya ocurrió en la comarca


durante la gran oleada de los setenta, se topó en esa misma carretera con esas
masas fosforescentes, semejantes a un cuadrado, que le impidieron el paso.

 
DOS GIGANTES DENTRO DE UNA ESFERA

Higuera de la Serena (Badajoz), 26 de junio de 1987, 2:30 horas

Era una noche con luna nueva, oscura pero despejada, cielo estrellado y con
agradable temperatura, entre 15 y 18 grados. En las inmediaciones de una zona
conocida como Huerto Moreno, Alejo González, de treinta y cuatro años y
propietario de un bar, y Adolfo José Dávila, de dieciséis años y que trabajaba
también en el citado establecimiento, se encontraban cazando junto a Jacinto
Tamayo, obrero de la construcción.

De repente los tres se giraron al unísono para observar una luz muy fuerte
que había aparecido en el cielo. Alejo, el primero en darse cuenta, menciona que
era semejante a la luna llena y que tenía un nítido color amarillento. Cuando los
tres hombres comenzaron una inesperada discusión sobre la naturaleza del objeto,
éste se les echó encima a una velocidad vertiginosa. Según sus palabras, «mucho
mayor que la de un avión a reacción».

La luz se detuvo sobre las copas de unos olivos próximos, a unos cuatro
metros del suelo y a veinticinco de la posición que en esos momentos ocupaban los
testigos.

PERSEGUIDOS POR HOMBRES GIGANTESCOS

La luminosidad de aquella esfera era semejante a la del Sol en pleno


mediodía. Su fulgor lo alumbraba todo y los tres cazadores, algo más que
asustados, observaron sus bordes desdibujados tras los cuales se adivinaba
vagamente un artefacto que superaría los quince metros de diámetro. Un silbido,
que se escuchaba desde la aparición del ovni, comenzó a hacerse más inaudible,
más agudo...

Petrificados, los pacenses vieron cómo aparecían junto al objeto dos


«hombres» de aspecto fuerte. Estos enfilaron el camino hacia ellos acelerando su
marcha y consecuentemente provocando el terror en los protagonistas del
encuentro. Los seres, andando pausadamente y dando grandes zancadas, parecían
una sombra pulida sin facciones ni rostro. Los testigos, sin volver la mirada atrás
emprendieron una veloz carrera hasta alcanzar un arroyo. Allí, escondidos entre la
maleza, esperaron atemorizados hasta que la esfera de luz, con su silbido
característico, volvió a elevarse sobre el firmamento. Por miedo al ridículo los
testigos optaron guardar silencio, pero finalmente la prensa local publicó el
incidente, un asunto difícil de enmascarar. El investigador pacense Pedro María
Fernández fue el primero en acudir al lugar. Siguiendo indicaciones de los aún tres
asustados protagonistas halló, en la zona donde apareció la luz redondeada, una
serie de hojas con síntomas clarísimos de deshidratación; parecían haber sido
sometidas a un intenso y extraño calor en plena noche.

Foto 29.3.—Ilustración del sobrecogedor encuentro de Higuera de la Serena


realizada por Pedro María Fernández.

ALGO SE ESTRELLÓ EN LA FRONTERA

Ayamonte (Huelva), 24 de marzo de 1987, 1:00 horas


 

Un teletipo inesperado fue distribuido a toda España. La extraña noticia


dejó perplejos a miles de personas que leyeron en diarios regionales y nacionales la
siguiente noticia: «La patrullera Dragonera, un helicóptero del Servicio Aéreo de
Rescate (SAR), junto a otros efectivos portugueses, rastrean desde ayer por la tarde
la zona fronteriza hispano-portuguesa, donde testigos presenciales de la localidad
lusa de Vila Real de Santo Antonio aseguran haber visto caer un objeto cerca de la
costa. Fuentes de la Ayudantía de la Comandancia de Marina de Ayamonte dijeron
que se desconoce la naturaleza del supuesto objeto que, según el programa Onda
Pesquera, puede tratarse de un avión, aunque los controles de tráfico aéreo de la
zona no detectaron ninguna anormalidad.»

Decenas de testigos en la provincia onubense observaron la caída de un


artefacto achatado y rodeado de llamas, que se precipitaba en algún punto de las
sierras que separan la comarca. Al mismo tiempo, diversos testimonios lusos
recabados en pequeños pueblos de la zona hablaban de un gran «misil de hierro»
que caía lentamente sin provocar explosión alguna.

LLANTOS EN LA CARRETERA

Nuñomoral (Cáceres), 14 de julio de 1987, 1:00 horas

Juan José Azabal, un hombre que tenía sus negocios en Barcelona y que
pasaba unos días en su pueblo natal, sufrió una estremecedora experiencia cuando
regresaba por la carretera que une las alquerías de Nuñomoral y Aceitunilla. En
conversación privada con Iker Jiménez, el testigo desempolvó el secreto que había
pesado hasta entonces sobre aquel pavoroso incidente en el mismo lugar de autos.
Foto 29.4.—Este teletipo de las agencias de noticias portuguesa y española causó
gran expectación.

Juan José pronunciaba ante la grabadora estas palabras: «Era noche cerrada
y regresaba en compañía de unos amigos subiendo por el camino que para en
Aceitunilla, el pueblo de mis padres. Caminábamos tranquilamente hasta que
todos, seríamos unos diez, escuchamos con nitidez una especie de chillido o llanto
prolongado. En un principio pensamos en un bebé abandonado o algo por el estilo.
De pronto vimos al ‘‘ser’’. Destacaba entre la oscuridad, en un extremo de la
carretera. Era “algo” que no superaría el metro y pico de altura, como un niño
pequeño. De todos modos era voluminoso y estaba cubierto por un manto o túnica
resplandeciente. Nos quedamos paralizados pensando qué demonios podía ser
aquello. Permanecía inmóvil, estático y a unos cinco metros de nosotros. No le
vimos el rostro, aunque sí se adivinaban bajo aquel manto una gran cabeza y dos
brazos que comenzaron a moverse sin cesar. El “niño” parecía asentarse sobre
unos diminutos piececillos. Aquello, amigo, nos rompió los esquemas. Salimos
todos corriendo, contagiándonos la histeria mientras aquello se quedaba atrás,
completamente quieto...»
Foto 29.5.—Lugar en el que surgió el «niño» en mitad de la noche. (Iker Jiménez.)

Se da la circunstancia de que este humanoide apareció muy próximo a las


paredes del cementerio de Aceitunilla, lugar donde en días sucesivos se
observaron varios artefactos sobrevolando la zona. ¿Tendría aquel ser
fantasmagórico relación con los supuestos ovnis vistos en la comarca? Jamás se
supo, ya que aquella fue su primera y última aparición.
Foto 29.6.—Así dibujó Juan José Azabal en el cuaderno de campo de Iker Jiménez el
ser aparecido en Aceitunilla en el verano de 1987.
CAPÍTULO 30

1988-1989
El día en que regresaron los ovnis

EL 2 DE FEBRERO DE 1988 un extraño aparato atravesó gran parte del país.


Tanto la sociedad como los medios de comunicación, ajenos al fenómeno durante
ocho largos años, miraron de nuevo a los cielos haciéndose preguntas acerca de la
procedencia del mismo. Oleadas en Castilla y estremecedores encuentros con
tripulantes se repetían en el sur y en lugares tan lejanos como Rusia, provocando
un impacto internacional, era el definitivo renacimiento de un gran misterio aún
sin resolver.

UN PUNTO DE INFLEXIÓN

2 de febrero de 1988, Aragón, Álava, Toledo, Madrid...

Algo de vital importancia ocurrió aquella jornada sobre el cielo peninsular.


Algo que, transcurridos más de diez años, se ha comprobado que fue el punto de
inflexión del enigma ovni en nuestro país. Tras ocho años de letargo, el misterio
volvía a resurgir con fuerza en emisoras, periódicos y televisiones de todas las
comunidades. La tarde era fría y más aún en la provincia de Huesca. Con el cielo
casi oscuro se detectó, hacia las 17:30 horas, una esfera rojiza anaranjada en
trayectoria recta y a gran velocidad, que atravesaba el cielo ante la mirada de
cientos de personas. Era el primer avistamiento de un largo rosario de
acontecimientos condensados en aquel histórico día 2. En el aeropuerto de Barajas
(Madrid), cuatro aviones de la compañía Iberia se tropezaban con el inusual
fenómeno, a pesar de que las pantallas de sus respectivos radares no detectaron
nada.

UNA SEÑAL EN LOS CIELOS

En Vitoria los incidentes provocaron situaciones curiosas como fue la


concentración espontánea de personas en los barrios de Abetxuko y Zaramaga. La
visión del fenómeno fue descrita por trabajadores del polígono industrial de
Gamarra y desde las mismísimas habitaciones de centros hospitalarios como el de
Txagorritxu. Los testigos aludían a una «inmensa bola incandescente». El objeto,
observado por decenas de alaveses, describía curvas extrañísimas e incluso se
paraba en seco para proseguir su marcha a gran velocidad. A las 19:30 horas y
desde las faldas del monte Gorbea, varios campistas también fueron partícipes del
paso del aparato. Según sus palabras recogidas en Radio Popular-Vitoria, «iba
dejando una estela de color verdoso extraordinaria».

Foto 30.1.—Similar a un cometa fue el extraño objeto fotografiado por L. Moreno,


uno de los contactados que retomó su actividad con los sucesos del 2 de febrero de 1988.

En Aragón, concretamente en Zaragoza, el fenómeno fue seguido desde


azoteas y balcones con expectación inusitada. En la plaza del Pilar se congregó un
verdadero gentío y uno de esos testigos tuvo la suerte de observar el supuesto ovni
con unos prismáticos. Ante el investigador Bruno Cardeñosa, declaró: «Eran dos
esferas contiguas, con tres puntos de luz rojos y fijos, y encima del objeto principal
había otro más pequeño y similar...»

La tarde fue pródiga en acontecimientos de lo más diverso y no pocos


grupos contactistas vieron en ello la gran señal ansiada para la reactivación del
fenómeno a nivel nacional. En la remota población de Escalona (Toledo) Cándido
del Barco denunció haber visto caer un tremendo objeto cerca de las inmediaciones
del río Alberche. El aparato, de forma circular y de tamaño semejante al de la luna
llena, se había precipitado sobre la zona hacia las siete. Asustado ante aquello, el
testigo hizo la correspondiente denuncia en el cuartel de la Guardia Civil, pero las
pesquisas de los miembros de la Benemérita no detectaron ni rastro.

Desde otras poblaciones aragonesas, como Osera y Pina de Ebro, también se


pudo ver el estallido provocado por el supuesto cataclismo. Las autoridades
peinaron el lugar, pero todo estaba en absoluta calma.

La multitudinaria aparición del 2 de febrero de 1988 sobre cielo español


tuvo, además, otras consecuencias. Hacía casi una década que los diversos grupos
de supuesto contacto con extraterrestres no recibían esos mensajes de sus guías
cósmicos. A partir de esta oleada, decenas de ellos volvieron a reagruparse,
retomando sus polémicas «relaciones» con seres de otros mundos. Era el reflejo
puramente social de lo que había supuesto la observación de aquel aparato con
estela que se paseó por nuestro cielo: un verdadero punto de inflexión del
fenómeno ovni en España. El letargo de la ufología había terminado.

OLEADA SOBRE LA VIEJA CASTILLA

Burgos, noviembre de 1989

«La Guardia Civil de Oña investiga la presencia de ovnis en la Bureba.» Así


titulaba su portada el martes 7 de noviembre Diario 16 de Burgos. Los testimonios
de decenas de habitantes de la comarca habían llegado al punto de intrigar a las
mismísimas autoridades que, ante la contundencia y similitud de los testimonios,
decidieron enfrentarse al incómodo problema. Según declaró un miembro de la
Benemérita encargado de la investigación, la mayoría de los testigos se referían a
dos focos muy grandes, uno blanco y resplandeciente y otro medio rojizo.

El primer testimonio de esta intensa oleada se recabó en la población de


Barcina de los Montes, donde viven noventa personas. Ernesto Carranza, de
cincuenta y cinco años, fue perseguido por esas dos luces fantasmales y declaró sin
rubor que «vi una luz colorada, como de fuego, y llegué al pueblo casi sin voz».
Era el viernes 3 de noviembre y había tenido que correr campo a través para
esquivar una gran masa luminosa que parecía perseguir a los que transitaban la
carretera. Pero no fue el único. Luchi González, funcionaria de los Juzgados, a esa
misma hora había sentido un impulso muy extraño que la obligó a salir al balcón a
pesar del viento helado que cortaba la respiración. Apoyada sobre la barandilla,
observó las evoluciones de una especie de «noria con luces de colores de forma
ovalada que flotaba en el aire». Era el inicio de una de las más intensas oleadas de
los ochenta.

Foto 30.2.—En pleno cenit de la oleada ovni, así presentaba su portada Diario 16
de Burgos en la edición del 7 de noviembre de 1989.
MÁS POTENTE QUE EL SOL

El tema era la comidilla de toda la zona. Los periódicos regionales


informaban día a día de lo que iba sucediendo y, al contrario de lo que ocurre otras
veces, el asunto fue tratado con respeto e inquietud.

Media docena de habitantes de Barcina habían visto el día 5 cómo una luz
«más potente que el Sol» iluminaba con un par de destellos todo el pueblo. El
estupor se apoderó de ellos. Lo mismo ocurría a unos kilómetros, cuando Maricruz
Turrientes y Javier Núñez se topaban de cerca con los extraños aparatos ovalados,
situados muy próximos al suelo.

Constantemente nuevos testigos, personas normales y que en muchos casos


nada habían creído de estas temáticas hasta el momento, venían a sumarse a una
larga lista que parecía no acabar nunca. Nuria Castillo, de trece años, y Begoña
Alonso habían visto dos luces rojizas que bajaban del monte y que iban tornándose
azules conforme llegaban hacia la carretera. Demetrio Palma, de sesenta y cinco
años de edad, también se encontró con ellas. Las describía como «una lumbre que
surgía repentinamente en una ladera de la montaña».

MÁS DE QUINIENTOS METROS DE LARGO

El caso más impresionante de esta oleada tuvo como testigos a Orestes


Lezcano y su hermano, que viajaban el sábado 4 de noviembre por las
inmediaciones de la carretera de Barcina de los Montes. En medio de la calzada, a
unos cien metros del vehículo, apareció una inmensa esfera roja que, en total
silencio, quedaba suspendida a unos tres metros del asfalto. Tras efectuar un
brusco cambio de intensidad, salió veloz como un relámpago desapareciendo del
campo de visión de los dos burgaleses. Impresionados, los hermanos decidieron
parar unos minutos en la cuneta para digerir lo que habían tenido ante sus ojos
hacía tan solo unos instantes. La noche, oscura y fría, se extendía sobre el fantasmal
paraje castellano, dividido por la carretera que une Oña con Briviesca. Y fue en la
intersección de esa vía cuando volvieron a encontrarse con el extraño aparato.
Según declaró poco después Orestes: «Era grandísimo, tenía forma de ojo y entre la
parte superior e inferior había una hilera de algo que recordaba a las ventanas. No
estoy seguro de si se encontraba a pocos metros de altura o a ras de suelo, pero las
dos partes, superior e inferior, lanzaron tres fogonazos en un intervalo de unos seis
minutos. Aquello podía tener quinientos metros de diámetro, como la longitud de
un pueblo en el horizonte.»

Foto 30.3.—Sobre esta calle de Briviesca, epicentro de las observaciones, se vieron


dos objetos esféricos volando en silencio. (Francisco Contreras.)

Realmente inquietos, los Lezcano arrancaron a toda velocidad hacia


Briviesca y no pararon hasta adentrarse en sus calles. Curiosamente, minutos
antes, varios vecinos habían contemplado desde una de las avenidas de la periferia
otras dos esferas resplandecientes que rasgaban el cielo en total silencio.

En días sucesivos se habló incluso de un encuentro con humanoides en las


proximidades de Santa Casilda, lugar donde el miedo se había extendido con
rapidez. Tras una semana de intensa actividad, los ovnis y seres extraños no
volvieron a aparecer sobre la tranquila comarca de la Bureba, pero su recuerdo se
perpetuó en tertulias y charlas en cada uno de los rincones de la región. La
emoción de los inolvidables siete días ya era historia y algunos, especialmente los
testigos que presenciaron aquellos fenómenos, respiraron por fin aliviados.

¿QUE OCURRIÓ REALMENTE EN LA PLAYA DE LOS BATELES?

Conil (Cádiz), 29 de septiembre de 1989

El impacto mundial de un teletipo de la agencia gubernamental soviética


Tass, en el que se hacía referencia a la aparición de un ovni y tres gigantescos
tripulantes en la ciudad rusa de Voronezh, borró por completo de los medios otro
incidente similar, ocurrido dos días después en la inmensa playa gaditana de Los
Bateles.

Los testigos de la espeluznante odisea fueron Isabel, Lázaro, Pedro G.,


Pedro y Loli, todos entre los catorce y veintitrés años y naturales de un rincón
turístico que ya, recién entrado el otoño, se había quedado prácticamente desierto.
Una luz rojiza apareció súbitamente cerca del cabo de Roche y los testigos, desde el
paseo marítimo, la observaron con extrañeza.

Sentados ya en la playa, los cinco muchachos volvieron a ver cómo la


misteriosa luz aparecía en el horizonte envuelta en un gran resplandor. Estaban tan
ensimismados mirándola, que apenas se percataron de la presencia de dos figuras
que surgían del agua vestidas con dos largas túnicas blancas. El miedo afloró
cuando uno de los muchachos pudo observarlos con prismáticos y se cercioró de
que no tenían cara ni pelo y las holgadas mangas ocultaban sus manos.
Foto 30.5.—Dibujo de los dos «gemelos de la túnica» efectuado por J. Bermúdez.

Aquellas recias túnicas les llegaban a los pies y con un andar torpe y cansino
los dos humanoides gemelos fueron aproximándose a los jóvenes. El pánico cundió
como la pólvora y los testigos corrieron hacia la muralla del paseo marítimo con el
fin de esconderse. En ese momento la luz rojiza volvió a aparecer precipitándose
hacia la arena unos centenares de metros al este. Las figuras, sin inmutarse, se
recostaron en la playa como queriendo pasar inadvertidas mientras manejaban una
pequeña esfera azul que parecía pasar de uno a otro.

 
Foto 30.6.—Croquis del ente negruzco y gigantesco que asustó a los testigos de
Conil. (Cortesía J. J. Benítez.)

UN GIGANTE EN EL AGUA

En esos momentos, uno de los adolescentes reparó en la presencia de otro


ser, mucho más alto, que se desplazaba a gran velocidad sobre la orilla, enfundado
en un traje negro y con una cabeza ovalada. En un acto instintivo, dos de los chicos
persiguieron durante una corta carrera a aquel ente que sobrepasaba los tres
metros de altura. Transcurridos unos minutos el enigmático individuo se envolvió
de una extraña neblina y desapareció, lo mismo que los dos hombres de la túnica.
A lo lejos apareció una pareja de extraño aspecto escandinavo que tras alcanzar el
paseo marítimo se internaba en las calles del pueblo.

La jornada siguiente se encontraron todo tipo de huellas y marcas en la


zona. Finos arañazos y enormes pisadas de seres desconocidos fueron relacionados
por el grupo GEIFO con las maniobras del buque Monarch de la armada británica.
Posteriormente, las investigaciones del periodista J. J. Benítez descartaron por
completo esta posibilidad, haciendo que el caso de Conil empezase a considerarse
como uno de los episodios más absurdos y complejos de nuestra ufología.
CAPÍTULO 31

1990-1991
Encuentros demasiado cercanos

MIENTRAS EUROPA CENTRAL asistía a una oleada de observaciones de


artefactos volantes triangulares sin precedentes en la historia, en nuestro país
tenían lugar algunos sucesos sobrecogedores. Grotescos humanoides y objetos que
llegaron a colisionar contra un vehículo coparon una casuística protagonizada por
la proximidad de estos insólitos encuentros.  

IBA VESTIDO DE COBRE

Yebra (Guadalajara), enero de 1990

Como de costumbre, los hermanos Tomás y Francisco Vireda salieron la


tarde del día 10 a cazar con los perros. Nada hacía presagiar que esa noche sería
distinta a las demás pero, repentinamente, un resplandor iluminó una arboleda
frondosa que se estiraba hasta el final del camino. Al acercarse se percataron de
que los animales se ponían nerviosos y aguardaban quietos gruñendo, como si
alguien o algo desconocido se ocultase tras la vegetación. Desconcertados,
retrocedieron unos pasos y comprobaron cómo un artefacto discoidal, rodeado de
luces pequeñas y amarillentas, se elevaba lentamente bañando con su luz todo el
entorno. Los dos cazadores regresaron a sus casas y optaron por no comentar la
historia con nadie, pero sucesos posteriores les demostró que algo extraño estaba
rondando por el pueblo.

EXTRAÑOS PERSONAJES

Al día siguiente Cirilo Gómez se encaminó hacia el viejo almacén en el que


guardaba sus aperos de labranza, en las cercanías de la llamada Fuente Trazas.
Tras reposar unos instantes en una vereda, comprobó que alguien le observaba en
silencio desde un montículo por el que discurría el estrecho camino. Fijándose bien
pudo comprobar cómo lo que en un principio le pareció una mujer con largo traje
era en realidad un extraño personaje de considerable altura y negras galas que le
cubrían de arriba a abajo hasta casi taparle los pies. Su tamaño desmesurado le
hizo desistir en pensar que se tratase de algún bromista. Tras darle cuatro gritos,
nuestro protagonista notó que la sangre se le helaba. Aquello empezó a
desplazarse «como con un motor», sin poner los pies en el suelo, impulsado por
una fantástica fuerza invisible...
Cirilo corrió asustado hasta La Curva, restaurante de su propiedad situado
a la entrada al pueblo. Una vez allí se enteró de que esa misma noche el panadero
de la cercana aldea de Pozo de Almoguer, Fidel G., había observado un «aparato»
que parecía descender a gran velocidad sobre la carretera comarcal, a unos cuantos
metros de la fuente Trazas.

Foto 31.1.—.

Croquis de lo observado por el testigo Juan Barco en las cercanías de Yebra. (Iker
Jiménez.)

Con los ánimos un poco soliviantados y con rumores recorriendo el pueblo,


dio inicio una atenta vigilancia de la zona en cuestión sin que nada anómalo
ocurriese. Sin embargo al mediodía siguiente el agricultor Juan Barco se topó de
bruces con un ser «que parecía vestido de cobre y con una larga túnica», que
caminaba torpemente sobre unas tierras de labranza. No tenía rostro y rebasaba los
dos metros de altura. El miedo pudo con Juan, que acudió veloz al pueblo para
avisar a los suyos. Cuando la comitiva, provista de escopetas y azadas, llegó al
lugar ya no quedaba ni rastro del extraño transeúnte que «brillaba al darle los
rayos del sol».

Un día después se observaron dos objetos discoidales precipitándose contra


las oscuras aguas del pantano de Sacedón. El cartero Pedro S. fue el último testigo
de unos hechos que se sucedieron en apenas tres días y mantuvieron en vilo a la
población.

UN CARRUSEL DE LUCES

Ciudad Rodrigo (Salamanca), abril de 1990, 23:50 horas

Las familias Serna y Jiménez, de tradición cazadora y de honradez


reconocida en la comarca, salieron en sus vehículos dispuestos a reparar unas
verjas que las últimas lluvias habían tirado abajo en sus respectivas fincas.
Separados por unos quinientos metros, ambos grupos bajaron de los coches y
provistos de linternas comenzaron a resolver el problema. Cuando todo estaba en
silencio, un fuerte sonido semejante a un trueno se escuchó muy cerca de los Serna.

Minutos después, algo similar a un zumbido volvió a escucharse. Ya


intranquilos, los Serna decidieron explorar las inmediaciones, convencidos de que
allí había algo. Subidos a un montículo y con unos potentes prismáticos otearon la
zona hasta descubrir algo parecido a un cilindro rojizo que estaba justo detrás del
todoterreno de los Jiménez. Tras avisarles, se unieron a los tres miembros de la
familia Serna. Desde allí, tumbados para no llamar la atención, los siete testigos
asistieron a un espectáculo difícil de olvidar.

Del cilindro rojizo, que comenzó a elevarse muy despacio, surgieron tres
esferas centelleantes, dos blancas y una azulada muy intensa, que comenzaron a
girar a gran velocidad sobre el aparato principal y en sentido inverso a las agujas
del reloj.
Foto 31.2.—Los montes próximos a Ciudad Rodrigo fueron testigos privilegiados
de la extraña «danza» de las tres esferas luminosas.

Izquierda: Un tornero-ajustador de Petit Rechain (Bélgica) consiguió esta toma


espectacular horas después de los sucesos de Ciudad Rodrigo. (Iker Jiménez.)
De unos tres metros de diámetro, las luminarias comenzaron a trazar unos
movimientos en «V», haciendo giros imposibles para cualquier aparato
convencional tripulado. Después, en un abrir y cerrar de ojos, el aparato principal
se disolvió en el aire sin dejar rastro. Mientras, las esferas se elevaban más y más,
en completo silencio, pudiendo ser vistas desde poblaciones cercanas como
Robledo o Carabusino, en las que incluso varios vecinos se asomaron a las
ventanas a pesar de lo avanzado de la hora. Tras cinco minutos de movimientos
imposibles sobre el negro cielo, las tres esferas se unieron y acabaron alejándose a
velocidad vertiginosa en dirección al pico Monsagro.

Al día siguiente, en toda Europa se difundían las imágenes nítidas de


objetos triangulares con vértices luminosos que habían sido observados y
fotografiados por miles de personas en Bélgica. ¿Fueron los mismos que llenaron
de inquietud a las dos familias salmantinas?

¡SE TIRÓ ENCIMA DE LA FURGONETA!

Torres de Elorz (Navarra), 29 de agosto de 1991, 22:30 horas

Marcos Ibáñez Ibarrola, de treinta y un años de edad y vecino de Pamplona,


conducía su furgoneta Renault 4 camino de su trabajo de vigilante jurado. A
kilómetro y medio del pueblo de Imarcoain, según su declaración, vio algo
resplandeciente que le llamó la atención de inmediato. «Vi a la derecha, a la altura
de una caseta del depósito de agua, una luz intermitente anaranjada que se movía.
Al principio pensé que algún labrador se habría dejado algún fuego encendido.
Pero luego vi cómo aquello se me venía encima, en dirección al capó... Pensaba que
nos estrellábamos», declaró.

El objeto, en una aproximación suicida, llegó a impactar contra el vehículo,


deteniéndolo en seco tras inutilizar su sistema eléctrico. Así lo contaba el
protagonista:

«Era como una especie de rueda de camión, con varias luces rojas y
anaranjadas. En su parte superior había una cúpula acristalada y hacía un ruido
como el del motor de un coche muy revolucionado. El aparato tendría no más de
un metro de altura. Al chocar contra el capó llegó a hacer palanca y levantó
ligeramente la parte de atrás de la Renault Cuatro, desplazándola hacia la derecha.
El coche se paró repentinamente y las luces se apagaron en un segundo. Yo me bajé
aterrorizado y fui a toda risa hacia la cuneta...»

UN SER MONSTRUOSO

El espanto de Marcos Ibáñez llegó a límites difícilmente imaginables cuando


vio que, dentro de la cúpula de aquel extraño artefacto que se había posado sobre
su furgoneta, aparecía la silueta robusta de una figura humanoide de muy poca
estatura.

«Era algo pequeño, de cráneo grande y los ojos se distinguían


perfectamente. Era como si brillaran en aquella oscuridad. Yo estaba paralelo al
aparato y no sabía qué hacer...»

Foto 31.3.—Impresionante documento gráfico. Marcos Ibáñez muestra las extrañas


marcas de «grasa» que aparecieron en el capó de su coche tras la aproximación suicida de
un ovni.
Detrás de la furgoneta circulaba otro vehículo, un Renault 21 de color
oscuro que paró junto al arcén donde se encontraba el asustado testigo. Justo en el
momento en que el guarda jurado le daba el alto al conductor, el ovni iniciaba un
despegue vertical alejándose del lugar. Marcos y el otro conductor retomaron el
camino y no se detuvieron hasta llegar a Torres de Elorz. Allí, nuestro protagonista
descubrió asombrado cómo habían quedado sobre el capó blanco de su furgoneta
una serie de raspaduras profundas y unas marcas como de una grasa espesa,
oscura y maloliente, que tardaron varios días en desaparecer, casi tantos como
transcurrieron hasta que el guarda navarro mitigó su comprensible miedo a volver
a circular por la zona.

TESTIGO: LA POLICÍA NACIONAL

Aranda de Duero (Burgos), 26 de junio de 1991, 23:30 horas

La población de la industriosa localidad castellana de Aranda de Duero


quedó perpleja ante la aparición de tres cuerpos luminosos perfectamente
delimitados que hacían extraños movimientos en el cielo. Según informaba en su
crónica Juan Carlos Ontoria, redactor del Diario 16 de Burgos, los sucesos
concentraron a decenas de arandinos en la zona oeste de la localidad, en un lugar
ocupado por las obras de construcción de un nuevo y moderno puente sobre el
caudal del río Duero.
Foto 31.4.—La prensa reflejó a la mañana siguiente la crónica de unos
avistamientos protagonizados por dos patrullas de la Policía Nacional.

Los primeros en percatarse del extraño fenómeno fueron dos patrullas de


cuatro efectivos de la Policía Nacional que transitaban por el lugar en una misión
específica de vigilancia. Tras dar aviso por radio de la incidencia se personaron
otros miembros del Cuerpo para observar los supuestos ovnis entre el gentío allí
reunido. Según testimoniaron los policías, eran tres los artefactos visibles, uno de
ellos emitía un brillo más potente que el resto, y en perfecta formación triangular
se mantuvieron estáticos hasta que comenzaron a alejarse hacia el oeste.

Al final, tras unos minutos de observación, los agentes confirmaron que los
tres objetos perdieron brillo y desaparecieron del lugar. A la mañana siguiente el
suceso fue comentado en toda la población, un lugar no habituado a estos extraños
incidentes.
CAPÍTULO 32

1992
Desclasificación «ovni»

EN AGOSTO DE 1992, durante el primer curso universitario dedicado al


problema de los ovnis, el Ejército del Aire decide ofrecer a la opinión pública la
información de que disponía hasta entonces en sus archivos secretos. Se trata de un
proceso histórico que avivará todo tipo de polémicas aún no concluidas. Lejos de
estas decisiones, en los núcleos rurales nuevos incidentes seguían poniendo en
evidencia la constante presencia de los no identificados.

ODISEA EN LA MANCHA

Cañada Juncosa (Albacete), agosto de 1992

La carretera comarcal que une las poblaciones albaceteñas de San Pedro y


Cañada Juncosa es una vía estrecha y larga que se adentra entre lomas solitarias
para desembocar en una pequeña aldea donde vive José Manuel Sánchez
Cabezuelo, protagonista de una historia verdaderamente sobrecogedora e insólita.

El suceso había dormido el sueño de los justos hasta que los investigadores
Enrique Muro e Iker Jiménez dieron con él tras seguir su pista por esos pagos de
La Mancha. Posteriormente, Lorenzo Fernández y Francisco Contreras, en aquella
época reporteros de Onda Madrid, lo englobaron dentro de toda una serie de
apariciones de supuestos foo-fighters, o bolas incandescentes, que asolaban la zona
desde la década de los cuarenta.

PERDIDO EN EL TIEMPO

Los sucesos se iniciaron a mediados de mes, cuando nuestro protagonista,


empleado de la empresa eléctrica Electro Sur Albacete, regresaba en su automóvil
desde la capital. A las 22:15 horas, tras hacer una breve parada en la carpintería
que Ramón Garijo tiene en el pueblo de San Pedro, José Manuel Sánchez enfilaba
una larga recta que, desde el kilómetro 3 del camino secundario, conduce hasta
Cañada Juncosa. La ruta, conocida de memoria, no deparó ninguna sorpresa hasta
llegar a la altura de un viejo poste de luz. Allí, en lo alto, permanecía estática una
inmensa formación luminosa pulsante. José Manuel ralentizó su marcha y sacando
la cabeza por la ventanilla pudo comprobar que aquello «tenía unos ocho metros
de largo por nueve de alto y un color blanco apagado».

En el preciso instante en que los ojos del testigo se centran en el peculiar


destello del objeto ovalado, que parecía aguardarle escondido entre unas matas,
una neblina, un sopor indescriptible se apodera de él. Después no logra recordar
nada más. Era la una de la madrugada, habían pasado tres horas de un tiempo
perdido que jamás ha logrado recordar. Ciento ochenta minutos para realizar
cuatro kilómetros en coche. El testigo, que jamás se había preocupado de estas
temáticas ni había oído hablar de ovnis o cosas semejantes, se sumió en una
comprensible angustia. ¿Dónde había estado durante esas tres largas horas?

Por desgracia para él, no iba a ser el último susto que le iban a dar las
luminarias que pululaban por aquella ruta perdida en la inmensidad de La
Mancha.

«ERA UNA SILUETA GORDA»

Unas punzadas de pequeño tamaño que sangraban con facilidad en cuanto


se las rozaba, aparecieron tras los lóbulos de José Manuel. Las heridas tardaron un
tiempo en cicatrizar y entonces, aunque algo escamado por el asunto, decidió
olvidar todo lo ocurrido y regresar cada noche desde Albacete como siempre había
hecho. Pero el absurdo, en aquella carretera que parecía endemoniada, volvió a
salirle al paso. El 17 de agosto, cuando circulaba en plena tarde en dirección a la
capital, el manchego notó que algo se le venía encima. Después, tras dar un
frenazo, oyó un golpe fuerte y seco. Al bajarse del coche no lo podía creer. Allí,
sobre el capó, había una gran plancha opaca de hielo de un metro y medio de
largo. Aquello era incomprensible y ni siquiera el Instituto Meteorológico de
Madrid pudo dar una explicación lógica al enigma caído del cielo.
Foto 32.1.—A la altura del kilómetro 3, entre San Pedro y Cañada Juncosa,
apareció una luz amarilla y, entre la bruma, la silueta de una figura humana.

Lógicamente el miedo de José Manuel Sánchez Cabezuelo fue creciendo.


Cuando la noche había cubierto ya con su manto la región, él evitaba rodar por esa
carretera maldita, convencido de que «algo o alguien» le aguardaba allí, en
cualquier tramo. A pesar de todo, distintos motivos laborales le obligaron días
después a retomar dicha vía. Fue como una premonición: al pasar por el kilómetro
3 vio aterrorizado cómo, sobre los girasoles que se alzan a la derecha del camino,
aparecía la misma luz que encontró la primera vez sobre el poste telefónico. Según
palabras del propio testigo aquella luminiscencia ovalada parecía «chupar» la
energía del coche que, poco a poco, iba perdiendo potencia hasta no sobrepasar,
por mucho que pisase el acelerador, los veinte kilómetros por hora. A unos metros
de la misma entrada de Cañada Juncosa, en una agonía por llegar que se
prolongaba hasta lo indecible, José Manuel observó cómo aquello «tenía forma de
huevo, redondo, y dentro se podía ver una silueta, una silueta humana, pero más
gorda».
Foto 32.2.—José Manuel Sánchez Cabezuelo en su Renault 11 y en el lugar exacto
de la carretera donde sucedieron los hechos.

(Iker Jiménez.)

El artefacto estacionó en paralelo al coche durante unos minutos y después


«salió disparado como un cohete», momento en el que el vehículo volvió a
funcionar con normalidad y pudo alcanzar las primeras calles de Cañada Juncosa.

Como prueba de aquel aterrizaje, en la llanura quedó un área de terreno


pelado de aproximadamente metro y medio de diámetro. Según palabras de los
lugareños: «Era como si hubiesen barrido la zona sin dejar ni las piedras.»

Los encuentros no han vuelto a producirse, pero las impresiones vividas


hicieron que este manchego empezara a alejarse de esa vía de siete kilómetros en
cuanto caía el sol. Su miedo a lo desconocido aún permanece vivo a pesar del
tiempo transcurrido.

¿LUZ VERDE A LA INFORMACION OVNI?


Madrid, 11 de mayo de 1992

El entonces ministro de Defensa socialista Julián García Vargas afirmaba en


público que la controvertida y polémica información militar sobre ovnis había sido
trasladada al MOA (Mando Operativo Aéreo), de Torrejón de Ardoz, para su
análisis e inmediata desclasificación. Hacía ya unos días, concretamente desde el 14
de abril, que la Junta de Jefes de Estado Mayor había levantado un secreto de más
de dos décadas concentrados en algunos expedientes llenos de misterio. El teniente
coronel Ángel Bastida se haría cargo desde entonces de todo el polémico proceso
de aportar a la opinión pública los documentos referidos a observaciones ovni
sobre nuestro país.

En octubre de 1992 comenzaban a llegar a la biblioteca del Cuartel General


del Ejército del Aire los primeros folios con el sello de «desclasificado». Entonces
surgió una disputa que aún no se ha podido acallar. Acompañaban a cada caso una
serie de breves consideraciones realizadas por el propio teniente coronel Bastida y
en ellas se podían leer claramente términos como «globos sonda», «Venus» o
«efectos ópticos» para explicar todos y cada uno de los sucesos. Fue inevitable que
una serie de interesados en el fenómeno ovni acusaran al Ejército y a los
investigadores civiles que colaboraban en el proceso de mentir descaradamente y
manipular la información de cara a la opinión pública. En sus acusaciones, estos
investigadores, encabezados por el periodista Juan José Benítez, argumentaban la
falta de informes de algunos casos muy significativos e investigados en su día por
la cúpula militar. En un principio se realizó un listado de 55 expedientes que, tras
largos años de proceso, acabaron siendo 87. A pesar de todo, las voces disidentes
aseguraban que, por lo menos, existían 200 casos completos con información
detallada de miembros del Ejército. De ellos, nada se ha sabido hasta el momento.

UNA LARGA HISTORIA

Las tensiones producidas por las «consideraciones» del señor Bastida harán
que, a mediados de 1994, éstas dejen de acompañar a los informes y, finalmente,
que entrara el teniente coronel Enrique Rocamora para hacerse cargo de la tarea en
los años siguientes.
La falta de expedientes, los cortes en otros y la desaparición de
informaciones fundamentales en algunos de los casos hacen que cunda la sospecha
generalizada. Mientras, casos históricos como los aterrizajes de las Bardenas Reales
o Quintanaortuño (capítulo 11) van saliendo a la luz con explicaciones que no
convencen a nadie, ni siquiera a los propios testigos de aquellos incidentes,
quienes dos décadas después de los hechos no pueden creerse las conclusiones
ridículas, como la Luna o la fabulación, que granjea aquella información oficial.

Foto 32.3.—Otro documento para la historia: este es el primer expediente


desclasificado por el Ejército, relativo a las observaciones ovni en nuestro país.
La compleja relación entre ovnis y militares en nuestro país se inició en
realidad muchos años antes de esta polémica desclasificación. Fue en 1968, tras
incidentes como los ocurridos en Madrid ante miles de testigos que presenciaron el
vuelo de un artefacto triangular gigantesco, cuando las esferas militares
comenzaron a tomar verdadero interés por el asunto. La Junta de Estado Mayor
del Aire, considerando que el tema podía atentar contra la seguridad nacional,
decidió entonces crear una serie de normativas que, englobadas bajo el término
9266 C-T, se convirtieron en la primera guía oficial para acercarse al espinoso
asunto ovni. Los 400 casos registrados en la Península actuaron de resorte para
que, el 5 de diciembre de aquel año, toda la información al respecto de estos
objetos voladores no identificados pasase a engrosar los viejos archivadores con el
epígrafe de «Materia reservada». Así, el secreto ovni en nuestro país quedaba
definitivamente instaurado.

Foto 32.4.—Juan José Benítez con uno de los expedientes que no han salido a la luz
pública, el ocurrido en el radar militar de Aitana (Alicante) y en el que estuvo a punto de
perder la vida un militar español. ¿Cuántos informes así aún están bajo secreto?

En 1974, con otro brote espectacular de sucesos que sacudieron a los medios
de la época —véanse los casos del camionero salmantino Maximiliano Iglesias y el
del viajante de comercio sevillano Adrián Sánchez (capítulo 9)—, se decidió
renovar una serie de normativas que habían quedado obsoletas tras los nuevos y
sorprendentes componentes que parecía adquirir este fenómeno desconcertante,
que tan pronto mostraba artefactos que penetraban en casas, caso del seminarista
de Logroño (capítulo 8), o espeluznantes humanoides cercanos a los testigos.

Surgió así, por iniciativa del ministro del Aire, Mariano Cuadra Medina,
una nueva forma de seguir analizando un enigma que permanecía bajo los siete
sellos en el más estricto secreto.Hasta 1976 la opinión pública no tuvo noticia de
cómo los militares abordaban esta cuestión de tan candente actualidad en la época.
Fue el reportero de La Gaceta del Norte Juan José Benítez quien, en octubre de 1976,
consiguió doce expedientes oficiales de manos del general Felipe Galarza. Doce
informes con algunos de los casos más representativos de la historia ovni en
nuestro país. Desde aquel momento, los hechos se precipitaron hasta desembocar
en ese convulso 1992, donde las dudas, las contradicciones y la nueva información
han ido surgiendo paralelas al proceso, como las declaraciones realizadas por Juan
José Benítez a nuestro compañero Iker Jiménez, en las que calificaba la
desclasificación como «tomadura de pelo a la democracia», y la publicación de las
hojas completas de la IG 40/5 (véase obra del autor Enigmas sin resolver, Edaf),
instrucción general con la que hoy se efectúan las investigaciones ovni.

LA NAVE QUE «REPOSTÓ» AGUA

A Coruña, 22 de agosto de 1992, 1:45 horas

El técnico electrónico Jesús Míguez y su esposa, Ana Iglesias, regresaban en


su automóvil por una carretera estrecha que conduce a la urbanización
Adormideras, muy cerca de la célebre Torre de Hércules.
Foto 32.5.—Los testigos comprobaron cómo una hilera de pequeñas luces caían
desde el aparato hasta tocar el agua marina.

A ambos les llamó la atención la presencia de un resplandor rojizo. La


sorpresa fue mayúscula. A unos pocos metros del emblemático faro romano
aparecía un objeto fusiforme de grandes dimensiones, envuelto en un halo rojizo y
emitiendo resplandores amarillentos. El artefacto estaba parado por completo en el
aire, a unos metros del mar y en el más absoluto de los silencios. Los testigos,
asombrados ante algo jamás visto, descendieron del coche y con cierta inquietud
siguieron observando la escena desde un lugar privilegiado. Se acercaron un poco
y en aquel preciso instante comprobaron cómo una hilera de pequeñas luces muy
potentes caían desde el aparato hasta tocar el agua marina. Al cabo de un rato, el
extraño aparato se desplazó un poco a la derecha y salió del lugar disparado a
velocidad vertiginosa y dejando estupefacto al matrimonio, que aún se frotaba los
ojos para creer que era cierto lo que habían presenciado.

 
CAPÍTULO 33

1993-1994
Confusión en el cielo

FUERON DOS AÑOS en «compás de espera» en los que surgían históricos


boletines informativos como La última hora, Desclasificado o El Colegio Invisible. En
ellos comenzaba a realizarse puro y duro reporterismo de actualidad acerca de esta
temática. En este ambiente de expectación se producían casos polémicos en los
cielos catalanes y cantábricos con miles de testigos y «resucitaban» los encuentros
con humanoides, encarnados en sobrecogedores hechos ocurridos en las dehesas
aragonesas.  

¿QUÉ ATRAVESÓ CATALUÑA?

Ese año dejó para el recuerdo la agria polémica suscitada entre medios de
comunicación, opinión pública, organismos militares y científicos respecto a lo
observado una fría noche de marzo. Aquel último día del mes fue tenso y pródigo
en sorpresas. En los cielos de Lérida se detectó, incluso con testigos pertenecientes
a la Policía Autonómica catalana, la presencia de un artefacto que desprendía haces
lumínicos, que trazaba una curva ligeramente descendente y que evolucionaba
ante cientos de personas atónitas que salían a calles y plazas para observarlo con
prismáticos.

En Barcelona y Girona se produjeron escenas similares a lo largo de la


madrugada. Varios periodistas dieron voz al asunto y a los pocos minutos muchos
vecinos se mantenían atentos y en vela, dispuestos a desentrañar el enigma del
paso de aquel aparato extraño y silencioso, que no se parecía a nada conocido.Tan
solo diecinueve días después, todavía ardientes las ascuas provocadas por los
debates en todo tipo de foros divulgativos, apareció inesperadamente una
documentación desclasificada por el Ejército del Aire referente al suceso. Escamó a
muchos periodistas interesados en esta temática y a los propios testigos el hecho de
que la cúpula militar en Madrid se interesase por el asunto y otorgase una
«explicación» a un tema tan espinoso que había hecho levantarse de sus alcobas a
varios miles de vecinos de Cataluña. La sentencia, que no hipótesis, del Mando
Operativo Aéreo fue contundente: todo el revuelo había sido provocado por la
reentrada atmosférica del satélite ruso COSMOS-2238. Miles de personas alzaron
su voz en contra de esa afirmación y la polémica volvió a adueñarse de la
actualidad. Los testigos, algunos con amplios conocimientos técnicos, aseguraron
que aquello no era el satélite anteriormente citado dados los movimientos ilógicos
que realizó en pleno vuelo. Los altos mandos militares no volvieron a ofrecer
información y el asunto, como tantas otras veces, cayó en la más absoluta
indiferencia. Solo aquellos que observaron el supuesto ovni permanecen
convencidos de que era algo extraño.

Foto 33.1.—Informe ofrecido por el Mando Operativo Aéreo sentenciando acerca de


la observación del ovni que «despertó» a media Cataluña. La intervención oficial solo
añadió más leña al fuego de una polémica viva.

 
EL MONSTRUO DE RIBOTA

Torralba de Ribota (Zaragoza), 15 de abril de 1994, 20:00 horas

La derruida ermita de la Virgen de Cigüela dominaba el paraje solitario. En


la localidad zaragozana de Torralba de Ribota no solía suceder nada fuera de lo
común, pero en esta ocasión todo cambió. Tres jóvenes de doce años de edad
atravesaron jadeantes las calles del pueblo y, ante sus padres y profesores,
contaron una historia sobrecogedora que les había hecho llegar hasta allí presos del
terror.

El joven Diego Percebal fue el primero en hablar. Él, junto a sus


compañeros, había observado una extraña figura deforme y oscura deambulando
errante por las inmediaciones de la ermita. Según su descripción, aquella silueta no
sobrepasaría el metro y treinta centímetros de altura, tenía un cráneo ovalado y se
sostenía sobre dos piernas gruesas y muy cortas.

SIN ROSTRO

Mientras jugaban tranquilamente en una era próxima, los muchachos vieron


cómo la criatura, gruesa y embozada en un traje oscuro que brillaba, se introducía
por la puerta de la pequeña iglesia caminando a pequeños pasos. Su cara era
redonda y oscura, sin facciones. Tras penetrar en la vieja construcción, los tres
testigos vieron al humanoide adentrándose en un lugar plagado de maderas y
escombros.
Foto 33.2.—Así dibujaron los tres niños al «monstruo de Ribota». (B. Cardeñosa.)

Espoleados por el pavoroso relato de los tres jóvenes, varios vecinos


decidieron acudir hasta el lugar. Allí, y con un nerviosismo creciente, solo cuatro
decidieron entrar en la ermita de Cigüela. Tras caminar unos pasos y cruzar bajo el
arco de medio punto, notaron cómo algo se movía al fondo. Era el extraño ser,
negro y muy bajo, que deambulaba lentamente junto a un muro semiderruido.

La llegada de investigadores y periodistas no se hizo esperar y el pequeño


pueblo vivió unos días de incertidumbre y miedo que aún se recuerdan a pesar del
tiempo transcurrido. Durante esas jornadas un grupo investigador de fenómenos
extraños, encabezado por Jesús Alcalde, aseguró haberse topado también con el
humanoide que, en esta ocasión, pudo ser captado por las cámaras fotográficas
mientras «intentaba pasar inadvertido» en postura rígida. Alcalde y varios
periodistas de Radio Calatayud desplazados hasta el lugar apostaban por la
veracidad de un documento gráfico que, sin embargo, para otras muchas personas,
no era sino un efecto producido por las rugosidades de la madera. Sea como fuere,
el «monstruo de Ribota», como así se le llamó en los medios de comunicación
locales, jamás volvió a aparecer.

¿OVNI O GLOBO?

País Vasco, Cantabria, Cáceres, Salamanca y Navarra, 1 de diciembre de


1994, a partir de las 5:30 horas

Aquella tarde, sobre las cinco, miles de personas de Vitoria y Bilbao


colapsaron las centralitas de la Ertzaintza y de la Policía Nacional alertándoles de
la presencia de un gigantesco artefacto redondo y brillante que surcaba los cielos
con lentitud. Toda la prensa regional y diversos rotativos nacionales dedicaron sus
portadas al asunto. Un gran ovni había provocado el pánico en el País Vasco,
Navarra y Cantabria, donde fue observado con la llegada del crepúsculo. Sobre el
papel nos encontrábamos ante uno de los macroavistamientos de la década y,
posiblemente, de los cincuenta años de era ovni en nuestro país.

Al día siguiente los teletipos «escupían» la aclaración oficial al asunto.


Provenía del aeródromo de León, donde el INTA (Instituto Nacional de Técnica
Aeroespacial) aseguraba que uno de sus globos estratosféricos habían provocado la
confusión. Como en el día anterior, la prensa recogió la «solución» al enigma. Pero
no todo acababa ahí. En el boletín La última hora, editado por los autores de esta
sección, donde se daban cita los jóvenes investigadores que hoy desempeñan sus
cargos y labores en las revistas nacionales de periodismo de lo insólito, Iker
Jiménez denunciaba, con datos concisos y concretos, cómo otros muchos testigos
de diversas zonas españolas habían observado un curioso fenómeno semejante
pero que nada tenía que ver con el globo estratosférico. Los casos, intrigantes,
devolvían la polémica al asunto.

CRONOLOGÍA DE UNA JORNADA HISTÓRICA

 
— A las 5:30 horas. En Cáceres, dos panaderos observan extrañados el vuelo
de un objeto esférico y muy luminoso. La extraña bola despedía haces blancos y
amarillos y tendría unos siete metros de diámetro.

— A las 5:45 horas. En Valencia de Alcántara (Cáceres) se observa una esfera
que emite destellos verdosos sobre un barrio del extrarradio.

— A las 15:50 horas. En Béjar (Salamanca), Jacinto Arcos observa un objeto
redondo y azulado que va dejando detrás suyo una estela larga de la misma
tonalidad.

— A las 20:00 horas. En Pinedas (Salamanca) otro testigo, Luis Arroyo,
afirma ver las evoluciones de un objeto circular que, zigzagueando, se adentraba
en la sierra.

— A las 20:15 horas. En Montemayor (Salamanca), los jóvenes Adela Gómez,
Pedro Blanco y Almudena Domenech vislumbran asustados un aparato esférico
plateado que se balancea sobre un paraje conocido como La Dehesilla.

— A las 20:50 horas. El alcalde de Montemayor observa en las cercanías de


una zona conocida como Tranco del Diablo una esfera verdosa y azulada que
lentamente sobrepasa la afilada sierra bejarana.

— A las 21:15 horas. En Cáceres, decenas de vecinos de una barriada afirman
haber sido testigos del paso de una especie de «meteoro» lanzando destellos
rojizos y azulados.

— A las 23:30 horas. En Arazuri (Navarra), el camionero Andrés Díez se topa
con un artefacto ovalado y sombrío que silenciosamente desciende del cielo para
posarse junto a un montículo próximo.

 
Foto 33.3.—Jacinto Gómez, alcalde de Montemayor y diputado en las Cortes de
Castilla y León, fue uno de los testigos que observó el misterioso aparato en una región
demasiado alejada del Cantábrico. (Luis Álvarez.)

Tras estos sorprendentes casos acaecidos el mismo día 1 de diciembre,


muchos se preguntaron si el objeto visto sobre el País Vasco era en realidad un
globo lanzado desde León, y si realmente fue otro «globo no identificado» el que
pudo verse sobre otras zonas de España. El enigma, al final, jamás pudo ser
resuelto satisfactoriamente, pasando a formar parte del archivo del olvido.

 
Foto 33.4.—Las portadas de los periódicos reflejaron el suceso. Todavía nadie había
dado una explicación y el enigma se extendía por el País Vasco y Cantabria.
Periódicos como Deia afirmaban que el globo se había lanzado en Zaragoza, algo
que no era cierto. El ansia por explicar el fenómeno se apoderó de los medios de
comunicación.
CAPÍTULO 34

1995
Reactivación definitiva

MIL NOVECIENTOS NOVENTA Y CINCO fue el año de la reactivación


definitiva del fenómeno ovni en España. En el noroeste comenzaba una oleada sin
precedentes que arrojaría más de doscientos casos en apenas tres meses, y en
diversas regiones del país se iban sucediendo incidentes dignos de mención. Al
mismo tiempo, una nueva hornada de corresponsales y jóvenes periodistas
tomaban la responsabilidad en las publicaciones especializadas y eso se traducía
en un mayor y más constante eco del fenómeno. Hay que destacar la labor de la
revista Enigmas en este sentido, con una red organizada de informadores-ovni que
llegó a alcanzar los cien miembros.

EL MONJE VOLADOR

La Cañada (Ávila), 9 de febrero de 1995, 21:55 horas

La noche, fría y desapacible, había desprendido unas gotas de lluvia. En el


puesto de seguridad de las obras de la vía férrea todo era absoluta calma. El
guarda jurado M. A. P., de veintiocho años de edad, pasaba el tiempo dentro del
pequeño cobertizo, mirando a través del hueco de una pequeña ventana y oteando
el firmamento con gesto rutinario.

A las diez de la noche los pocos tertulianos que tomaban el último café en el
bar La Estación le vieron llegar casi llorando, preso de un pánico indescriptible,
con la cara demacrada y temblándole las piernas. Su historia dejó a todos
confundidos. Un extraño ser volador se le había aparecido muy cerca de los raíles
del tren, obligándole a salir del lugar a toda prisa hasta refugiarse en el bar. Tras
ingerir varias tilas, el guarda jurado contó lo que sus ojos habían podido ver
minutos antes, en aquel rincón frío y solitario.

 
Foto 34.1.—Punto exacto donde acontecieron los extraños fenómenos de La
Cañada.

Izquierda: La perra del guarda jurado, una de las protagonistas de la insólita


historia. (Carmen Porter.)

«UNA HORRIBLE VISIÓN»

Sobre las diez menos cinco —y siempre según su testimonio—, M. A. P. se


encontraba preparando la comida para su perra de vigilancia. Atada junto a un
camión de gran tonelaje que allí había estacionado, el animal comenzó a ladrar
furiosamente hacia la zona donde pasaban los raíles de la antigua vía férrea. Un
tanto intrigado con la situación, el guarda decidió mirar por las inmediaciones sin
percibir nada extraño. Tras depositar el plato con la comida de su compañera
regresó a la caseta. No habían pasado más de quince segundos cuando oyó de
nuevo los alaridos de la perra. Esta vez con una porra en la mano, el vigilante salió
al exterior y se encontró con la visión más extraña que jamás hubiese podido
imaginar. Un cuerpo blanquecino, de aproximdamente 1,50 m de altura, flotaba en
silencio, manteniéndose en posición horizontal respecto al suelo. Al mismo tiempo,
haciendo incrementarse su temor, el plato de loza de la perra había comenzado a
«brincar». La situación, a punto de hacerle desmayar del miedo, continuó con la
aproximación lenta de aquella especie de «monje» que vestía una túnica
blanquecina y algo semejante a un casco o gorro cónico tapándole la cabeza e
impidiendo ver sus rasgos.

M. A. P. avanzó unos pasos y pudo comprobar que «aquello parecía ser una
mujer, tenía el pelo largo y en la mano parecía portar una vara gruesa».

Atenazado por el terror, M. A. P. corrió a la estación como alma que lleva el


diablo. Ya en el bar, una serie de vecinos salieron de noche hasta el lugar y allí
descubrieron varios dibujos grabados en la tierra. El más llamativo, trazado con un
objeto punzante, era una estrella de seis puntas y las letras STN y BEL, U, que las
impresionadas gentes del lugar tomaron, en días sucesivos, como algún mensaje
de corte demoníaco. Sea como fuere, el miedo tardó varias semanas en alejarse
definitivamente de La Cañada, un rincón abulense donde jamás había pasado nada
fuera de lo común.

MIEDO EN ZAMORA

Almendra de Aliste (Zamora), 15 de junio de 1995, 7:15 horas

La comarca de Aliste, recorrida palmo a palmo por el esforzado


investigador y corresponsal de Enigmas Marcelino Requejo, ha sido un lugar
proclive a las apariciones de objetos de desmesurada longitud y aspecto tubular
desde 1969. Sin embargo, el 15 de junio de 1995 vino a ocurrir un suceso aún más
misterioso e incomprensible que sus predecesores. En mayo hizo acto de presencia
en la zona un sanador vallisoletano, de nombre Ernesto Rodríguez Infanzón, quien
afirmó que algo extraño iba a ocurrir sobre esos campos un mes más adelante. Los
campesinos zamoranos no hicieron mucho caso de sus afirmaciones de talante
profético y prosiguieron sus duras labores, convencidos de que aquellas palabras
grandilocuentes eran simplemente el delirio de un inconsciente.

El 15 de junio llegó con un calor asfixiante y con la aparición repentina e


inesperada de una luz de aspecto ovalado que «estalló» en el cielo ante la presencia
de varias personas. Eran las 7:15 horas y «algo» se había posado en la era cercana.
Hasta allí, con más miedo que alma, se aproximaron varias personas,
comprobando que, tocando incluso tierra, evolucionaban una serie de formas
trasparentes «parecidas a las burbujas» de grandes dimensiones y lanzando fuertes
destellos de colores. Francisco Rodrigo Martín, María Corcero y Maximino Antón
Domínguez no podían dar crédito a lo que aparecía ante sus ojos. La profecía se
había cumplido.

Foto 34.2.—La prensa zamorana se desconcertó ante los sucesos de Aliste.


Durante días fue el tema de discusión en la provincia.

Foto 34.3.—Francisco Rodrigo y su esposa, María Corcero, en el lugar en el que


comenzó a formarse una figura humana rodeada de luces. (Marcelino Requejo.)

«UN HOMBRE HECHO DE LUZ»

Al tiempo que los supuestos y silenciosos ovnis trazaban círculos y distintas


formas sobre la explanada, nuevos testigos venían a sumarse a la ya numerosa
comitiva. Allí aparecieron blandiendo sus azadas y hoces gentes como Felipa
Rodríguez, Socorro Ramajo o Anastasia Corcero. Todos se quedaron confundidos y
un tanto atemorizados. Había cinco objetos sobre el campo amarillo que se unían y
volvían a separarse pasado un tiempo. «Eran del tamaño de la rueda de un coche,
las había rojas, rosáceas, amarillentas [...] no se parecía a nada conocido»,
afirmaban los asustados campesinos.

Quizás el momento más complicado de aquel largo avistamiento se produjo


cuando, tras regresar hacia sus hogares para pedir más ayuda, María Corcero y
Rodrigo Martín se encontraron junto al prado con una serie de luminarias que
fueron uniéndose una tras otra hasta formar una especie de hilera. Frente a la casa
comprobaron cómo aquello iba cobrando forma, una forma que poseía voluntad
propia. Ya guarnecidos bajo el umbral rocoso de la puerta comprobaron cómo las
luces se habían fundido, surgiendo de ellas un cuerpo robusto y humanoide. «Un
hombre hecho de luz» que se formó hasta debajo de la cintura, con un torso amplio
y una cabeza pequeña y alargada que se alzaba sobre dos brazos finos y largos.
Antes de cerrar la puerta, aterrorizados por la visión, comprobaron cómo aquel
«hombre» volvía a convertirse en un destello hasta desaparecer. Después muchos
más testigos aseguraron haber visto salir las «bolas de luz» desde aquel prado. En
ese instante las esferas luminosas y sus supuestas y fantasmagóricas entidades
desaparecieron para siempre.

SOBRE LAS CIUDADES DEL NORTE

Del 30 de octubre al 13 de noviembre de 1995

En estos meses las apariciones de objetos volantes no identificados se


produjeron, con total desparpajo, sobre núcleos de población densamente
habitados en las provincias de Guipúzcoa, Vizcaya y Navarra. Cronológicamente
todo comenzaba el día 30 de octubre en las inmediaciones de un populoso barrio
de Iurreta, localidad muy próxima a Durango (Vizcaya).

Desde una ventana del séptimo piso oteaba el cielo del atardecer la joven
Montse Ambros, esperando la llegada de su marido. Repentinamente, y sobre el
horizonte, apareció un objeto extraño que llamó de inmediato su atención. En
declaraciones al corresponsal vizcaíno de Enigmas José Manuel Durán, afirmó que
«era como un disco metálico que pasó muy lentamente por encima de un
descampado cercano para luego esfumarse repentinamente».

Este caso tan fugaz era el iniciador de una minioleada o flap como se
recuerdan pocas en las tierras de Vizcaya. En Deba (Guipúzcoa) habían sido
avistadas días antes unas esferas volantes de tonalidad verdosa que,
relacionándose a nivel popular con el caso de Iurreta, reclamaban de nuevo la
atención de las gentes hacia el espinoso asunto de los ovnis.

Un suceso más espectacular llegó unas horas después, ya en el día 31,


cuando sobre el extrarradio de Durango se vislumbraban dos objetos redondeados
emitiendo luz blanquecina. La alarma llegó a un grado importante cuando, ya en el
mes de noviembre, diversos vecinos ponían en conocimiento de las autoridades lo
que estaba aconteciendo sobre la vertical del aeropuerto pamplonica de Noain,
donde varias esferas lumínicas habían causado expectación entre propios y
extraños. Las denuncias a la Policía y a la centralita del mismo aeropuerto
colapsaron aquella noche la línea telefónica. Pero aún habría más. Dos jornadas
más tarde, concretamente a las tres y con el Sol en todo lo alto, dos vecinos de
Iurreta observaban espantados la presencia de cinco artefactos oscuros, con forma
definida de bumerán, que sobrevolaban un paraje muy próximo al de la aparición
del disco volador del 30 de octubre. Tras esta «última demostración», los ovnis
abandonaron las industrializadas ciudades vascas.
Foto 34.4.—El suceso del aeropuerto de Noain llegó hasta las páginas de los
periódicos regionales. Derecha: Desde la séptima planta de este edificio se observó la
llegada y posterior desaparición de un disco de aspecto metálico. Abajo: Así dibujó la
testigo del caso de Iurreta su propio avistamiento.

¡ALARMA EN EL CUARTEL!

Cuartel de As Gándaras (Lugo), 27 de noviembre de 1995, 22:45 horas


 

El diario El Progreso de Lugo recibió aquella noche una importante llamada


telefónica. Provenía del polvorín de As Gándaras, lugar desde donde se estaba
avistando algo fuera de lo común. Los propios militares solicitaron con urgencia la
presencia de un reportero con una cámara Betacam para grabar in situ algo que ya
estaba siendo captado por los monitores de vigilancia del recinto y que estaba
suspendido a una altura estimada de cinco mil metros. El corresponsal Vázquez,
de dicho diario, no pudo obtener la cámara y se presentó en las instalaciones
militares provisto de una fotográfica. Desde la sala de monitores se percibían las
evoluciones de una serie de luces en el cielo que habían sembrado la alarma
general. La torre principal, cuyas cámaras cubrían la zona sur del polvorín, lo
estaban captando con toda precisión. Tras una detallada observación se supuso
que aquellos tres focos estaban emitiendo muy potentemente en la banda de
infrarrojos. Desde el exterior no eran tan visibles, y para verificar más esta
supuesta anomalía un destacamento de soldados recibieron la orden de marchar
raudos hasta un campo de fútbol cercano donde se estaba entrenando un equipo
regional. Allí obligaron a apagar las torretas de luz para proseguir las
observaciones. Algunos jugadores ya habían seguido las evoluciones de unas
«luces extrañas» antes de la llegada del retén del cuartel.
Foto 34.5.—Una imagen muy ampliada del sistema de seguridad de la base. El
triángulo luminoso se aleja de la vertical del polvorín militar de As Gándaras. Las cámaras
del recinto lo habían «atrapado».

Al día siguiente se intentaron dar toda clase de explicaciones acerca de la


naturaleza de las luces. A pesar de lo ridículo de algunas de ellas, fueron muchos
quienes creyeron que eran emitidas por un edificio situado en la barriada de
Carrero Blanco. Pero los muchos testigos de esa noche, incluidos los de rango
militar, sabían que el cielo de Lugo había sido sobrevolado por un artefacto
completamente desconocido que ya no volvería a aparecer sobre la vertical del
polvorín.
CAPÍTULO 35

1996
El año récord

FUERON 365 DÍAS al límite. Informativamente, 1996 nos dejó una de las
mayores oleadas acaecidas en toda la franja norte, algunos de los más
espectaculares encuentros cercanos con humanoides, huellas sobre el terreno,
incidentes multitudinarios y espectaculares filmaciones. Un año irrepetible en el
que ocurrieron muchas más cosas incluso en el sur, donde un aterrizaje con la
visión de tres tripulantes gestaría una interesantísima trama ufológica aún no
resuelta.

LA GRAN OLEADA GALLEGA

Galicia, enero-marzo de 1966

La industriosa localidad coruñesa de As Pontes de García Rodríguez fue el


punto de partida de una de las oleadas de avistamientos ovni más extensas y
documentadas de los últimos años. Según rezan los diversos documentos
recogidos en la época, fueron algunos trabajadores de la central térmica Endesa los
primeros en percatarse de la anómala presencia de una luz rojiza que lanzaba
destellos y que se asemejaba en su forma a una especie de ala delta. Poco a poco el
rumor recorrió la comarca y fueron muchos los testigos que en noches sucesivas
fueron dándose cita en la zona de la central para observar el curioso fenómeno. La
noticia pasó de las páginas de regional a las primeras cadenas de televisión, donde
incluso pudieron grabar la presencia de varios focos luminosos sobre los montes
que circundaban la región.
Foto 35.1.—Andrés Morandeira y el Renault 18 que fue «elevado por los aires» en
la madrugada del 26 de febrero, cerca de la población lucense de Guitiriz.

Son los protagonistas de la más rocambolesca historia ocurrida durante la oleada.


(Marcelino Requejo.)

Pocos días más tarde, avanzado el mes de enero, varios grupos de personas
de la localidad lucense de Villalba observaban el mismo fenómeno. Nadie le dio
explicación. De forma aparentemente cónica o de punta de flecha, el objeto
desaparecía como disuelto en el cielo, como si se desmaterializase ante los cientos
de miradas que lo observaban.

A las pocas semanas, y con una actividad ovni centrada principalmente en


la provincia de Lugo, nueva fenomenología sorprendente venía a avivar una
polémica que ya estaba en la calle. Andrés Morandeira confesó a propios y
extraños una insólita aventura que fue portada de muchos periódicos y programas
locales. Según confesaba este lucense, el 26 de febrero, hacia la madrugada,
regresaba en su Renault 18 a su localidad de Guitiriz. Poco antes de incorporarse a
la autovía, comprobó cómo inexplicablemente el capó del vehículo se elevaba solo.
Al apagar el motor y abrir la puerta para comprobar lo que sucedía, el asustado
Andrés se encontró con una escena esperpéntica: ¡el coche se había elevado sobre
la carretera y parecía flotar en pleno aire! Tras impactar contra el suelo, el testigo
escuchó un zumbido muy fuerte que identificó como el que producen «os
secadores de pelo».

CRIATURAS MONSTRUOSAS

Al ir avanzando las semanas, la comunidad gallega se fue convirtiendo en


un «punto caliente» en el que cada vez los casos eran más espectaculares. No eran
pocos los que se preguntaban si todo era fruto de una «psicosis ovni» generalizada
y propagada por los medios de masas. Los incidentes, cada día más complejos,
abordaban las páginas informativas. En la tranquila aldea orensana de Entrimo se
tuvo constancia del «desembarco» de algún tipo de seres que, desde luego, no
tenían nada que ver con la fauna autóctona. Las denuncias de los allí presentes
hacían referencia a la aparición de un gran foco luminoso que evolucionaba en las
proximidades de unas torres de alta tensión. Una avanzadilla compuesta por
vecinos del pueblo, como Eugenio Álvarez o Faustino Pérez, llegaron al lugar del
presunto aterrizaje de la luminaria y se quedaron helados al cerciorarse de que allí
habían quedado grabadas varias «pisadas» de algo semejante a unas inmensas
zarpas de origen desconocido. Tras las mediciones realizadas por el investigador
Marcelino Requejo, éstas resultaron pertenecer a alguna criatura provista de garras
y de 2,50 m de altura.
Foto 35.2.—Insólitas marcas —remarcadas en la imagen— pertenecientes a un
bípedo de gran tamaño que merodeó cerca de Entrimo tras la aparición de una luz en el
campo. Su tamaño rondaría los 2,50 m. En el círculo: Cuando la oleada se extinguía, hacia
el 14 de junio, este artefacto fue detectado atravesando el cielo gallego a unos 15.000 km/h.
Fue uno de los últimos encuentros sobre la región. (Pedrero/Lesta.)
Foto 35.3.—Moldes de las extrañas huellas aparecidas en Friol tras el misterioso
«desembarco».

Uno de los puntos culminantes de esta «puesta en escena» vivida en el


invierno del 96 sobre los cielos gallegos ocurrió en la pedanía lucense de Friol en la
noche del 7 de marzo. Allí, José Manuel Castro, un fornido agricultor, fue testigo
del aterrizaje de un artefacto esférico que emitía una gran luz. El testigo hizo
señales con su pequeña linterna cuando el supuesto ovni sobrevolaba la zona.
Aterrorizado, el protagonista se encerró en su casa, desde cuyas ventanas observó
la siguiente y pavorosa escena: del artefacto, situado casi a ras de suelo,
emergieron siete formas antropomorfas de características simiescas que, encogidas
y en extraña procesión, saltaron al terreno impregnando todo el lugar con las
huellas de sus botas; después, de un modo incomprensible desaparecieron junto
con la hipotética nave que hasta allí los transportó. Fue uno de los últimos casos de
los más de setenta que se registraron a lo largo de un período inolvidable de la
ufología española. Con el abandono paulatino de los medios, los casos fueron
espaciándose hasta casi desaparecer. La gran oleada gallega se convertía así en un
recuerdo que cada vez parecía más lejano.
Foto 35.4.—José Manuel Castro con su linterna en el lugar en que se posó la luz.
(M. Requejo.)

UN OBJETO GIGANTESCO

Trujillo (Cáceres), 6 de abril de 1996, 22:00 horas

 
En el año 1996 fue sin duda el año de las filmaciones. Desde diversos puntos
del país decenas de testigos lograron interesantes grabaciones con cámaras de
vídeo doméstico, consiguiendo importantes documentos gráficos que añadir a la
cincuentenaria historia ovni de nuestro país. Canarias, Zaragoza o La Rioja fueron
escenarios donde los supuestos ovnis fueron seguidos por los visores de las
cámaras, pero ninguna de estas filmaciones alcanzó la calidad y extrañeza de la
obtenida por toda una familia extremeña que se encontró «de bruces» con una luz
de grandes dimensiones que iba en dirección a la terraza de su domicilio.

Foto 35.5.—Una imagen de la excelente grabación efectuada en Trujillo.


Debajo: Javier Ruiz en el balcón donde pudo filmar con total nitidez al supuesto
ovni.

La familia Ruiz, propietaria de un taller mecánico en la población cacereña


de Trujillo, no había visto nunca nada igual. Hacia las diez de la noche, y en
paralelo a un camino vecinal, Javier Ruiz logró tomar su videograbadora JVC y
salir al balcón para grabar una luz que efectuaba diversos movimientos. De
tamaño casi idéntico al de la luna llena, el objeto desprendía una tonalidad azulada
que variaba en su intensidad. En el centro, provocado tal vez por el propio efecto
desenfoque del zoom, se veían círculos concéntricos que rotaban y que daban al
objeto un parecido casi idéntico al de una membrana viva.

Tras cinco minutos de formidable grabación, la luz desapareció a gran


velocidad. A los pocos días, y siempre según el testimonio de los familiares, varios
militares de la base aérea de Talavera la Real, en Badajoz, decidieron hacerse con la
grabación original del fenómeno. Varios testigos entre Cáceres capital y Mérida
afirmaron a los investigadores Barroso y Lancho que ellos también habían visto el
paso de un objeto volador de las mismas características.

UN ENIGMA UNIVERSAL

Los Villares (Jaén), 15 y 16 de julio de 1996

La noche del 15 de julio fue movida en el extrarradio de Jaén. Desde un


domicilio inmerso en el llamado polígono de la Salobreja, el trabajador Gregorio
Ávila obtenía una filmación sorprendente. Un artefacto luminoso y esférico que
parecía realizar diversos movimientos aparecía sobre los cielos, dirigiéndose hacia
una zona más abrupta conocida como Jabalcuz.

A la mañana siguiente, el campesino de sesenta y seis años Dionisio Ávila


recorría las inmediaciones del pueblo de Los Villares, a unos trece kilómetros de la
capital. Junto a una planicie distinguió algo que le pareció «uno de esos
contenedores de Icona», por su forma semiesférica y su color plateado que
reflejaba los rayos del sol.

Repentinamente aparecieron en escena tres seres extraños vestidos con un


mono plateado y ajustado, que parecían poseer rasgos asiáticos. La escena
sorprendió aún más a Dionisio, el cual, receloso, comenzó a retroceder monte
abajo. En ese momento, lo que parecían ser los dos hombres y la mujer
«extranjeros» caminan junto a la nave, en la que aparecía grabado sobre el fuselaje
un símbolo semejante a dos rectas, flanqueando un círculo bajo tres ventanas
ahumadas, parecidas a los tradicionales ojos de buey de los barcos. Dionisio opta
por escapar y es entonces cuando nota un impacto en el pecho. De aquel artefacto
ha surgido un «lucerillo» en forma de guijarro redondeado, una piedra con
símbolos que será vital en esta enrevesada historia.

EL MISTERIO DE IOI

Dionisio Ávila dejó atrás a los «hombres extraños» y se refugió en su casa.


No sabía explicar lo sucedido, y como aval de su historia tan solo tenía esa piedra
donde se podía ver el símbolo IOI, el mismo que aparecía en la supuesta nave.

El 22 de julio, los en aquel entonces redactores de Enigmas Lorenzo


Fernández e Iker Jiménez llegan a Los Villares e informan en primicia del suceso.
Con el titular de «Aterrizaje con tres tripulantes en Jaén» se reflejaban las primeras
fotografías de las «huellas» del aparato. En una segunda investigación en
compañía del periodista Juan José Benítez, salen a la luz las piedras grabadas. Se
da entonces la circunstancia de que el escritor navarro cae en la cuenta de que los
símbolos y sus proporciones son idénticos a los que él, el día del aterrizaje de Los
Villares, se encontró de un modo grabados en un anillo que extrajo de las aguas del
Sharm el Sheik, en el mar Rojo.
Foto 35.6.—J. J. Benítez sostiene «el lucerillo» grabado con el misterioso IOI. (Iker
Jiménez.)

Foto 35.7.—Gregorio Ávila, cinco días después del suceso, muestra las supuestas
marcas dejadas por el aparato semiesférico de Los Villares.
(Iker Jiménez.)

Tras la aparición de una nave idéntica sobre la zona en la primavera de 1997


y las comprobaciones de terreno «congelado» en las inmediaciones de las huellas
dejadas por ésta en el pueblo jiennense, las investigaciones llevadas a cabo por
Benítez y Juan Vallejo han logrado descifrar, en parte, el enigma de los símbolos de
la piedra. Al parecer, estos serían propios de la cultura bereber y el resto de lo
grabado en la superficie del «lucerillo» indicaría, a modo de rudimentario mapa,
una zona del desierto argelino, más en concreto la de Tasilli N’ajer, lugar
extraordinario donde existen pinturas efectuadas hace unos ocho mil años en las
que se describe la presencia de extraños seres gigantescos provenientes de «carros
voladores» que aparecen ante los integrantes de aquella cultura nómada. El último
descubrimiento que surge en torno a esta «conexión universal» los desvela el
director arqueológico del Museo del Hombre de París, Pierre Colombelle, a nuestro
compañero Iker Jiménez en diciembre de 1998. Este estudioso de Tasilli muestra
por vez primera las pinturas donde aparece posiblemente el primer alfabeto de la
Humanidad y en él, inmerso entre un mare mágnum de símbolos, los mismos
grabados en la piedra de Los Villares (véase Fronteras de lo imposible, Edaf, 2001). El
caso, destapado por los dos reporteros en 1996, se ha ido convirtiendo en uno de
los más apasionantes del siglo, y hasta hoy su misterio sigue sin desvelarse.

 
Foto 35.8.—Dionisio Ávila, de sesenta y seis años, protagonista de una historia
insólita que comienza en Jaén y que para algunos acaba en otro continente y en otra época.
(Iker Jiménez.)
CAPÍTULO 36

1997
El retorno de los gigantes

ESPAÑA, DENTRO de la oleada iniciada a finales de 1994 y que parecía no


remitir un ápice, vivió una serie de sobrecogedores sucesos. Al igual que ocurrió
veintiún años antes, decenas de testigos observaron extrañas y gigantescas figuras
fantasmales, relacionadas de un modo u otro con las luces que surcaban los cielos.
En algunas ocasiones las autoridades intervinieron para intentar resolver los
hechos; en otras, como en el extraordinario encuentro de La Escala (Girona), eran
los propios policías los testigos de la presencia de estos presuntos gigantes de otro
mundo. Dentro de toda esta vorágine, se cumplían cincuenta años de la era
moderna de los ovnis.  

LOS EXTRAÑOS SIAMESES

Paradaseca (Ourense), 20 de febrero de 1997, 16:00 horas

Heliodoro Núñez, campesino de setenta y seis años de edad que vivía en la


remota aldea perteneciente al municipio de Chandreixa de Queixa, se quedó
paralizado por el miedo. Desde días antes la vecindad había hablado y comentado
sobre las extrañas luces que atravesaban el cielo, pero aquello era del todo
diferente a lo escuchado hasta entonces. Unos metros antes del cruce de caminos
que se halla cerca del tranquilo río de Las Devesas, los perros de caza habían
comenzado a ladrar, como si detectasen la presencia de algo o alguien invisible que
perturbase su calma.
Foto 36.1.—Juan González, una de las muchas personas, que observaron extrañas
luces sobre la comarca, describió así a los dos extraños seres que aparecieron en la localidad
de Paradaseca. (Miguel Pedrero.)

Heliodoro echó un paso atrás instintivamente. Por encima de unos arbustos


de aproximadamente un metro de altura, justo al borde del camino, habían
aparecido dos masas luminosas con forma humana. Eran dos moles que debían
alcanzar los tres metros de altura y que, de forma estilizada, coronaban su
anatomía con algo parecido a un casco o birrete de aspecto flamígero.

Estaban allí quietos, despidiendo una luz tenue que emanaba de su propia
constitución. Situados uno junto al otro, unidos por los brazos y sin hacer el menor
ruido, los humanoides permanecieron estáticos, como si formaran parte del propio
paisaje.
Aterrorizado, sin poder observar en ellos un rostro definido u otras
características anatómicas concretas, el testigo dio media vuelta y huyó
aterrorizado, convencido de que aquello no tenía una explicación lógica.

Foto 36.2.—Así dibujó el testigo a los misteriosos «siameses».

Una vez en el pueblo, Heliodoro Núñez se encerró en su domicilio y


describió a los suyos el extraordinario aspecto de los dos gigantes que parecían
observar los alrededores del río, a unos kilómetros del pueblo. No volvieron a ser
vistos, pero no hubo desconfianza hacia su relato. De extraordinaria reputación y
honradez probada, Heliodoro gozaba de gran crédito entre las gentes de la
comarca, y, por tanto, ¿a qué demonios venía el inventarse una cosa así?

Convencido de que se había encontrado poco menos que al diablo, el


campesino gallego se recluyó para no tener que hablar con nadie del tema. Tan
solo los integrantes del grupo coruñés de investigación ovni Fénix lograron
entrevistarle.

A los pocos días, y quizá refrendando la veracidad de lo observado por


Heliodoro Núñez, otros vecinos vieron la llegada y posterior desaparición de luces
de una naturaleza un tanto desconcertante. Sin emitir sonido alguno, proyectando
una luminosidad sonrosada o rojiza en la mayoría de las ocasiones, estas
formaciones sobrevolaron la zona del incidente durante varios días de aquella fría
semana invernal.

Juan González fue una de las personas que confirmaron públicamente la


visión de esas extrañas luminarias, muy cerca de tierra, siempre próximas al río, y
en ocasiones suspendidas apenas a unos palmos de las copas de las frondosas
arboledas que rodeaban al camión frente al que surgieron los dos seres.

¿Había alguna conexión entre ambos fenómenos? Esta y otras preguntas


jamás pudieron responderse en Paradaseca. Tras una semana intensa en sustos y
emociones, los sucesos acabaron por remitir y hoy tan solo permanecen retenidos
en la memoria y el recuerdo.

EL ALUCINANTE ENCUENTRO DE DOS POLICÍAS

La Escala (Girona), 19 de marzo de 1997, 2:50 horas

«La jornada había sido tranquila, no había problemas», comentaba a nuestro


compañero Iker Jiménez el policía municipal Manuel Caballero, de cincuenta y dos
años y natural de Almendralejo (Badajoz): «Cogimos el Patrol y nos dirigimos a
poca velocidad hasta la carretera que va a Torroella de Montgrí. Al pasar por
detrás de la pista de karts, que por supuesto estaba cerrada y en plena oscuridad,
yo le dije a mi compañero de ronda: “¡Mira qué Luna más grande!”»
Foto 36.3.—Los policías protagonistas de uno de los encuentros más
impresionantes de nuestra historia, junto a Iker Jiménez y Lorenzo Fernández, en el
momento en que recogían sus testimonios para una cadena nacional de televisión. Era la
primera vez en la historia de este medio que policías españoles confesaban la visión de un
humanoide. Izquierda: Parte oficial de la Policía al que accedimos en exclusiva y que
demostraba la veracidad de lo sucedido.
«Pero aquello no era la Luna —intervino su compañero Manuel Delgado,
jiennense de cuarenta y ocho años—. A mí se me encogió el alma cuando vi la luz
redondeada e inmensa que aparecía flotando junto a los campos. Aquello nos
pareció inmenso, gigantesco..., como una plaza de toros. Estaba casi pegado al
suelo, destelleando un color anaranjado o rojo.»

A las 2:55 horas el vehículo policial se detenía junto a la explanada en la que


una esfera de luz inmensa, de tamaño incalculable a primera vista, permanecía
estática y en silencio.

«No se oía ni el aire azotando las ramas de los árboles. Eso era el silencio
total. Ni perros, ni zumbidos de aquel objeto..., nada», comentó Caballero al autor
de este libro.

«En un momento dado llegué a pensar que aquella esfera podía tocar los
cables de la línea de alta tensión que cruzan por allí. ‘‘¡Ya verás como esto pegue
un petardazo!’’ —le dije a mi compañero—. Lo más extraño es que intenté meter
varias veces la marcha atrás, pero no había forma, era inútil... El coche parecía que
se había bloqueado.»

«En aquel instante —prosiguió Manuel Delgado— lo que se me ocurrió fue


poner los ‘‘pivotes’’, las luces del coche patrulla. Aquello se empezó a iluminar y
yo le comenté a Caballero: “Ahora verás como esto se acerca.” Y dicho y hecho,
aquello comenzó a moverse lentamente hacia nosotros, muy despacio.»

UN GIGANTE QUE FLOTABA

Acto seguido aquella esfera se transformaba en algo más ovalado y de un


color azulado claro. Dentro de aquella luz, como una imagen de otro mundo,
apareció una figura antropomorfa gigantesca.

«Tenía unos brazos finísimos y larguísimos. Yo creo que incluso le llegaban


por debajo de las rodillas... y eso me espantó. Aquello no era humano, era oscuro,
no le podría decir qué facciones tenía, ni le vi dedos ni movimiento en las manos...
Aquello estaba estático, con los brazos separados, como en postura desafiante,
como si fuese a sacar un arma. Ese hombre, o lo que fuese, tenía un cuerpo finísimo
y estrecho y permanecía volando en el interior de aquella luz. ¡Debía superar los
tres metros y medio de altura!», dijo Caballero.

«Yo —comentó Delgado—, a primera vista, comparándolo con el poste del


tendido eléctrico, le calcularía no menos de cuatro metros de altura . El tipo era un
auténtico gigante. Creo que incluso superior a lo que podríamos medir dos
personas como yo, una subida a la otra.»

Acto seguido, Delgado salió del vehículo e intentó fotografiar al intruso. En


el preciso instante en que sacó una modesta cámara, un destello rojizo le hizo caer
al suelo. Aturdido, el agente se reincorporó con la ayuda de Caballero, el cual,
asustado, comprobó cómo «aquello se alargaba y salía a toda prisa y en total
silencio hacia el cielo».

A las 4:00 horas la Policía de La Escala redactaba un parte oficial histórico,


rubricado por el sargento Vargas, quien dio por verdaderos los hechos declarados
por los dos agentes.

Al día siguiente Delgado ingresó en el hospital Josep Trueta de Girona. En


el parte facultativo se le diagnosticaba una repentina trombosis ocular. Según el
propio informe, había estado sometido a una fuente de luz intensísima que le había
dañado seriamente la visión.

En julio de 1997, con todos los expedientes y fotografías en primera plana,


Iker Jiménez informaba en primicia de uno de los casos más impresionantes
ocurridos en estos largos cincuenta años de ovnis en España.

 
Foto 36.4.—Los dos policías protagonistas del insólito encuentro: Manuel Delgado
y Manuel Caballero. (Iker Jiménez.)

OVNIS Y SERES LUMINOSOS

Vizcaya y Álava, octubre de 1997

Fiel a una tradición que se mantuvo durante tres años, el otoño en la


comarca vizcaína del Duranguesado fue constante en sorpresas y fascinantes
apariciones. Nuestro corresponsal en la región, José Manuel Durán Martínez, se
pasó varias semanas recorriendo los pueblos de la zona y enviando las crónicas
puntuales de lo que iba ocurriendo. De aquella oleada de otoño destacaron con luz
propia las apariciones ocurridas cerca de la peña de Amboto, donde varios
testigos, en días sucesivos, afirmaron haber presenciado la aparición, incluso a
muy poca distancia, de un objeto esférico y pulido, de un color «semejante al oro»,
que en ocasiones se aproximaba hasta casi tocar tierra, y, en otras, salía raudo hacia
el firmamento.
Foto 36.5.—La prensa alavesa pensó en un caso de tintes fantasmales para explicar
lo sucedido en las escaleras del edificio de Vitoria. (E. Echazarra.)

 
Izquierda: Así dibujó Iván López

la extraña figura a la que trató de seguir en Elorrio.

(J. M. Durán.)

Dentro de aquel cúmulo de sucesos que se repetían casi a diario, tuvo


especial relevancia el protagonizado por la joven Susana Gutiérrez, quien muy
cerca del pueblo de Apatamonasterio pudo contemplar un aparato pentagonal
rodeado de luces que se elevaba mientras, por su parte inferior, parecían surgir
otras, pero de menor tamaño. Todo sucedió el 8 de octubre por la noche al mismo
tiempo que un videoaficionado grababa en dirección al lugar de los hechos y
obtenía, casi por casualidad, una excelente prueba de la presencia del objeto. En la
película quedaron nítidamente registradas las evoluciones de un cuerpo de gran
volumen, que tenía cuatro focos muy potentes que cambiaban aleatoriamente de
color.

LOS FANTASMAS DE LUZ

En pleno ajetreo de información ovni, llegaba hasta oídos de nuestro


corresponsal la insólita noticia de la observación de un ser que deambulaba
solitario por una zona apartada del casco urbano de Elorrio. El testigo de tan
alucinante experiencia fue Iván López, de treinta y dos años y natural de dicha
localidad, a quien le costó creer que «aquella figura corpulenta vestida con un
mono brillante» era absolutamente real. Eran las 16:00 horas y, en una calle
absolutamente vacía, Iván se extrañó ante semejante figura, alta y estrafalariamente
vestida. Al cruzarse con ella, pudo ver que el rostro era humano y mantenía una
expresión fría, severa y desafiante. Iván, asustado, comprobó cómo el humanoide
giraba por la esquina y se dirigía en dirección al solitario camposanto de la
localidad vizcaína. Tras unos instantes de duda, nuestro testigo empezó a seguirle,
guardando una distancia prudencial para no levantar sospechas. Fue entonces
cuando se percató de que el extraño personaje había desaparecido como si se lo
hubiera tragado la tierra. Lo más llamativo del caso era que en esa zona no había
refugio ni escondrijo alguno.

Foto 36.6.—Seres etéreos y luminiscentes aparecieron en un corto espacio de


tiempo en Vizcaya y Álava.

A los pocos días, en Vitoria (Álava), varios testigos telefonearon a la Policía


Municipal para denunciar la presencia en las escaleras del interior de un bloque de
pisos de una silueta desgarbada y gigantesca, muy parecida a la identificada por
Iván López. El suceso, investigado y remitido en su día a nuestra revista por el
corresponsal Enrique Echazarra, tuvo lugar en la plaza de la Constitución de
Vitoria, en una zona despejada del norte de la ciudad. Los agentes que acudieron a
inspeccionar los descansillos y sótanos del edificio no encontraron ni rastro del
extraño visitante. Los testigos reiteraron ante los policías que aquella «sombra
opaca», de aspecto famélico y sin rostro, subía lentamente las escaleras que daban
acceso a las distintas plantas del inmueble. Al final, como siempre sucedió en aquel
«otoño histórico», los casos fueron remitiendo y los archivos oficiales cerraron las
causas abiertas sin obtener respuesta alguna para ellas. La naturaleza de aquellos
hechos jamás llegó a conocerse.

 
CAPÍTULO 37
Estadística final

DESPUÉS DE TRES AÑOS Y MEDIO de trabajo y cientos de testigos,


hacemos cómputo global de los datos arrojados tras el estudio de cincuenta años
de ovnis. Un arduo trabajo que no ha pretendido hacer recuento de todos los
sucesos producidos en nuestro país, tarea por otro lado totalmente imposible, sino
que se volcó en recuperar documentos, reinvestigar datos, fotografías, nombres y
apellidos para hacer una radiografía de los incidentes más importantes de nuestra
historia. Una labor periodística jamás realizada hasta la fecha. Ahora los fríos
números nos dan una serie de constantes estadísticas que nos acercan a un
apasionante enigma que, estamos seguros, continuará vivo dentro del próximo
medio siglo.  

NÚMERO DE CASOS REGISTRADOS: 243. Primer caso incluido:


Observación diurna de un ovni en Balazote (Albacete), en julio de 1947.

Último caso incluido: Aterrizaje múltiple con huellas ante testigos militares en
Ciudad Rodrigo (Salamanca), en mayo de 2001.

Incidente más antiguo: Aterrizaje de una «tinaja volante» en Campo de


Criptana (Ciudad Real), en 1826.

Casos directamente investigados por el autor en el lugar de los hechos: 62.

DISTRIBUCIÓN TEMPORAL DE LOS CASOS

Antes de la era moderna de los ovnis

Antes de 1900 3 casos

1900-1910 5 casos

1910-1920 4 casos

1920-1930 2 casos

1930-1940 13 casos

1940-1947 10 casos
 

En la era moderna de los ovnis

1947-1950 6 casos

1950-1960 9 casos

1960-1970 25 casos

1970-1980 90 casos

1980-1990 41 casos

1990-1997 37 casos

Lustro más activo: 1974-1979.

Lustro menos activo: 1948-1953.

Tipología de los casos

— Tipo 1: Presencia de un objeto en el aire, a cierta distancia del testigo.

— Tipo 2: Aterrizaje o aproximación del ovni al suelo. Efectos físicos en el


terreno.

— Tipo 3: Presencia de humanoides.

— Tipo 1: 124 casos.

— Tipo 2:  41 casos.

— Tipo 3:  78 casos.


 

La conclusión de los estudios efectuados confirma que los encuentros de


tipo 1 son los más numerosos y en los que mayor número de testigos intervienen.

El suceso habitual correspondería a la observación desde distintos puntos


de una formación esférica u ovalada que desprende luz anaranjada, roja o amarilla
y que, tras unos segundos de observación, desaparece en el firmamento a gran
velocidad. Los incidentes más extraños son los del tipo 2, ya que los objetos muy
próximos al suelo o posados sobre él suelen ir acompañados en la mayoría de las
ocasiones de entidades antropomorfas relacionadas aparentemente con dicho ovni,
convirtiéndose instantáneamente en sucesos del tipo 3.

Tipología de los humanoides

Seres de muy pequeño tamaño 19 casos

Seres de estatura y aspecto normal 12 casos

Seres gigantescos de más de dos metros 38 casos

Seres de apariencia monstruosa o animaloide 11 casos

Rompiendo en mil pedazos las características comunes de los hechos que se


producen en otras partes del globo, en España el «fenómeno humanoide» tiene
unas connotaciones muy especiales. Los seres de pequeño tamaño, mayoría en el
resto de Europa y Estados Unidos, son ampliamente superados por los
avistamientos de seres gigantescos que sobrepasan los dos metros.

El caso tipo de encuentro con humanoide en España sería el de la


observación cercana de un ser embozado en traje oscuro, que le tapa todo el cuerpo
incluida la cabeza, de cuerpo robusto y unos 2,10 m de altura, desprovisto de
cascos, escafandra o cualquier otro objeto, y que permanece indiferente ante el
testigo.

 
Horario de los avistamientos

Casos de observación diurna  81

Casos de observación nocturna 140

En nuestro país los sucesos de observación diurna de no identificados e


incluso humanoides son mucho más numerosos que en otros puntos del planeta.
Ocupando el 32% del total de avistamientos, componen una realidad diferencial
respecto al resto de Europa.

El caso tipo de observación ovni sería en la franja horaria de las 19:00 a las
2:00 horas, con una especial incidencia entre las 0:00 y 1:00 horas.

DISTRIBUCIÓN DE LAS OBSERVACIONES POR COMUNIDADES


AUTÓNOMAS

Andalucía, por su extensión geográfica y su alta actividad ovni, presenta el


25% de los avistamientos. La provincia de Sevilla es con mucha diferencia el lugar
donde queda registrado un mayor volumen de casos.

La intensa actividad de los grupos investigadores en las décadas de los


sesenta y setenta hace que la zona concreta del Aljarafe sevillano pueda ser
considerada como la de «mayor densidad de avistamientos ovni». Los extrarradios
de Madrid y la franja que va de Plasencia (Cáceres) hasta Béjar (Salamanca) serían
también focos destacados junto a la Ciudad Condal y las llanuras burgalesas y
vallisoletanas.
Gráfica de observaciones por comunidades autónomas.
Foto 37.1.—Doscientos cuarenta y tres informes sobre visión de ovnis se recogen
en este dossier histórico.

El País Vasco, con el Duranguesado vizcaíno y la provincia de Álava como


«puntos calientes», es otro lugar a destacar. Contradiciendo la ley que afirma que a
mayor número de investigadores mayor número de casos, aparece Castilla y León
con algunos de los sucesos cercanos más sorprendentes y una inapreciable
presencia de interesados en la ufología. Murcia, La Rioja, Asturias, Ceuta y Melilla
son los lugares con menor cantidad de observaciones dignas de mención.

Comportamiento de los testigos

Existe un comportamiento humano diferente para cada caso. En los sucesos


del tipo 1 la reacción más común entre los testigos es la curiosidad o, incluso, la
indiferencia en los primeros instantes de la observación. Las reacciones cambian
radicalmente cuando el objeto misterioso se encuentra más cerca, haya uno o más
testigos. En los incidentes del tipo 2 la inquietud es el factor predominante. Y en
los casos del tipo 3, u observación cercana de entidades antropomorfas, el miedo
(30%) y el pánico (52%) son las sensaciones habituales.

Número de testigos

Casos con un único testigo 84 casos

Casos con más de un testigo 139 casos

Un dato que contradice por completo la creencia de que «los ovnis son
vistos solo por campesinos solitarios» es el que arroja la estadística final de estos
cincuenta años de ovnis en España. La gran mayoría de los sucesos son
protagonizados por varias personas, incluyendo no solo los casos del tipo 1, sino
algunos del tipo 2 e incluso del tipo 3. La cantidad de testigos que en este estudio
hemos reflejado con documentos, nombres y apellidos son prueba irrefutable de la
seriedad de la mayoría de los sucesos acaecidos en nuestro país.

Los treinta casos más importantes

Hubo una serie de sucesos que fueron reflejados en su día por los diferentes
medios de comunicación, sobre todo prensa regional y local, que provocaron un
auténtico debate nacional en torno al asunto ovni.

Estos casos «clave» fomentaron la aparición de nuevos testimonios e


incrementaron sensiblemente la casuística en períodos concretos de nuestra
historia ovni. Los más destacados en este medio siglo fueron los siguientes:

— Encuentro con tripulantes en Villares del Saz, Cuenca. Julio de 1953.


— Aparición de la piedra de Sanmartín, Madrid. Noviembre de 1954.

— Masiva observación sobre Castilla la Vieja. Septiembre de 1965.

— Aterrizaje ante militares en Bujaraloz, Zaragoza. Noviembre de 1966.

— Observación de cincuenta seres en Aznalcóllar, Sevilla. Septiembre de


1971.

— Luz dentro de una habitación del seminario de Logroño. Junio de 1972.

— Persecución de Adrián Sánchez en Aznalcóllar, Sevilla. Marzo de 1974.

— Encuentro cercano de Maxi Iglesias en Lagunilla, Salamanca. Marzo de


1974.

— Intensa oleada ovni sobre Amurrio y Llodio, Álava. Noviembre de 1974.

— Aterrizaje ante militares en Quintanaortuño, Burgos. Enero de 1975.

— Ovni en el polígono de las Bardenas Reales, Navarra. Enero de 1975.

— Persecución y humanoide en Peral de Arlanza, Burgos. Abril de 1975.

— Disparo a un tractor en Pedrosa del Rey, Valladolid. Julio de 1975.

— Agresión de dos humanoides en Benacazón, Sevilla. Enero de 1975.

— Visión de seres gigantescos en Gáldar, Gran Canaria. Junio de 1976.

— Visión de un ser gigante dentro de Escalante, Cantabria. Julio de 1976.


— Extraño encuentro con dos seres en Escalada, Huelva. Agosto de 1977.

— Serie fotográfica obtenida en Pusilibro, Huesca. Noviembre de 1977.

— Ser junto a la ventana en Puente San Miguel, Cantabria. Diciembre de


1977.

— Alarma ovni en el Mediterráneo, Valencia. Noviembre de 1979.

— Diversas observaciones sobre Madrid capital. Diciembre de 1980.


— Fotografía de un ovni descendente en Aguillo, Burgos. Julio de 1981.

— Psicosis humanoide en Vegas de Coria, Cáceres. Febrero de 1983.

— Extraño «meteoro» visto sobre varios puntos del país. Febrero de 1988.

— Seres con túnicas vistos en playa de Conil, Cádiz. Septiembre de 1989.

— Huellas y luces en el pueblo de Friol, Lugo. Marzo de 1996.

— Filmaciones ovni sobre Trujillo y Zaragoza. Abril y mayo de 1996.

— Aterrizaje con tres tripulantes en Los Villares, Jaén. Julio de 1997.

— Avistamiento humanoide de dos policías en La Escala, Girona. Marzo de


1997.

— Oleada en la región de Las Hurdes. Enero 1999.

— Aterrizaje múltiple con huellas en Ciudad Rodrigo, Salamanca, Mayo


2001
CAPÍTULO 38

2001
Así viví el primer gran caso del milenio

PESE A QUIEN PESE, la investigación continúa. Y este reportero prosigue


su solitaria labor en las carreteras. Sonrío de cuando en cuando al escuchar las
críticas de muchos que se creen «investigadores de verdad» y a los que sospecho
que no les gusta nada este periodista. Se amparan en un sentido extraño de la
palabra «investigar» y luego, a la hora de la verdad, nunca están donde hay que
estar: donde ocurren los hechos, en primera línea de fuego, horas después de
personas como ustedes o como yo hayan sido protagonistas de lo insólito.

Muchas veces, debo confesarlo, me he sentido impotente al ver críticas


que arreciaban sobre mi forma de vivir y escribir. Los lobos solitarios no somos
muy queridos en un mundo cuadriculado y habituado a la agrupación. He
tenido mil y un berrinches —cada vez menos por mi paulatino abandono de
todos los «círculos sociales» de estos asuntos— y al final he acabado
comprendiendo que la historia debe seguir así. Unos buscando y aguantando las
críticas. Otros haciendo de maestros inmóviles y ególatras de materias en las que
nadie puede enseñar nada.

Y ustedes no son tontos. Y son mi esperanza. Saben perfectamente cuándo


alguien se moja en el lugar de los hechos y quién pontifica desde el cómodo
ordenador. Quién salta como un resorte hacia un nuevo caso y quién se limita a
criticar al que lo hace. Me ha ocurrido una y mil veces. ¿Investigadores? De
diversas provincias se sienten molestos al descubrir que a un palmo de sus
narices ocurrieron hechos increíbles y que fue este humilde reportero quien
anduvo rodando por el lugar. Pero no es mi culpa. Unos perseguimos el misterio
y otros están preocupados en nombrar delegaciones, secretarios o, simplemente,
en ponerse a parir dando rienda suelta a los cotilleos a través de Internet. Luego
pasa lo que pasa.

En un pequeño pueblo próximo a Ciudad Rodrigo (Salamanca)


descendieron los ovnis. Más de cuarenta. Dejaron huellas..., hubo testigos
militares. En fin, no me encontré por el camino con ninguno de esos aventajados
«profesores del ovni». Ni falta que hacía. Imagino que seguirían en sus guaridas
y con los compadreos de siempre.

La experiencia, intensa y gratificante, fue de esas que a uno le reconcilian


con el misterio de los no identificados y arrojó el último verdadero «expediente
Ovni» que ahora publico en rigurosa primicia. Un documento que durante casi
un año había dormido pacientemente en mis archivos.

Así viví este último gran caso. Otra aventura que ya es parte de la
historia...

ATERRIZAJE EN LA FRONTERA

Llego a la pedanía de Gallegos de Argañán (Salamanca) cuarenta y ocho


horas después de que «aquello» se haya posado sobre el terreno. Hacía muchos
años que no se producía un incidente así. Precisamente en el momento en que
arreciaban los comentarios y noticias jocosas sobre el descenso de la casuística en el
mundo, ocurre algo extraordinario en la misma raya de Portugal. Algo que ha
dejado aterrorizados a los testigos y totalmente confundidos a los autores de la
investigación oficial. Todos han presenciado el complejo «teatro absurdo» del
fenómeno ovni.

Cuando me planto en la Comandancia de la Guardia Civil de Ciudad


Rodrigo aún se respira asombro. Nadie discute lo ocurrido. Hay infinidad de
profundas marcas en el terreno que no están hechas por animales ni maquinaria
agrícola. Los cabos Gustavo R. y Jorge P., superadas las tiranteces iniciales, me
muestran el informe técnico de la inspección ocular efectuada. Son las
declaraciones de quienes han visto los objetos y una ristra de documentos gráficos
de los curiosos orificios. Una copia del informe efectuado por la Unidad Orgánica
de Policía Judicial ha sido remitida a la Subdelegación de Gobierno y al jefe
provincial. En ese documento se informa de la presencia de testigos fidedignos que
afirman que sobre la finca Cuéllar, de 480 hectáreas, unas luces se han posado en el
suelo.

«LOS ANIMALES ESTABAN ATERRORIZADOS»

Son las once menos cuarto de la noche. Yuri Andreyev, treinta y cinco años,
ex teniente de dos estrellas de las Fuerzas Armadas de Ucrania, apaga el receptor
de televisión. Los ladridos de los perros resuenan afuera, en la inmensa oscuridad
de la dehesa.

Parecen nerviosos, agresivos. Al salir al exterior comprueba cómo una


fuente de luz aparece a unos trescientos metros inundando todo de anómala
claridad. Es algo parecido «a una niebla blanquecina y apagada» que está muy
cerca de unas lomas donde hay plantado cereal. En su interior se distinguen, con
un fulgor más fuerte, unas hileras de «lámparas» que parecen pulsar en mitad de
aquella especie de vapor. Antes de tomar el todoterreno para dirigirse al pueblo,
situado a unos cinco kilómetros, observa a su derecha cómo los cerdos encerrados
se han apiñado en el centro del cobertizo, «como si tuvieran miedo de algo».

Inquieto, Andreyev monta en el vehículo y ya desde el interior comprueba


cómo hay tres inmensas plataformas con luces a muy poca altura, casi tocando el
suelo. El motor arranca y por el maltrecho y casi impracticable camino el ucraniano
va colocándose en paralelo a aquellas luminarias que nunca antes había visto. En la
extensión no hay torres de alta tensión, ni maquinaria, ni instalaciones eléctricas de
ningún tipo. Ni siquiera otras carreteras donde pudiese circular alguien. Sin
embargo, unas cuarenta luces están allí, evolucionando bajo tres plataformas aún
más grandes y sin emitir ruido alguno. Es un silencio tan absoluto que Yuri, a
mitad de trayecto y a no más de veinte kilómetros por hora, nota subir por la
columna vertebral la sensación inequívoca del miedo.

Justo cuando se encuentra a unos cuarenta metros de las luces observa como
de cada una de ellas surge una especie de cono o embudo reflectante que impacta
directamente en el terreno. El ex militar mete la directa y procura salir de allí
devorado por los nervios. En ese instante dos de esas luminarias ovaladas se
adelantan al resto y se le aproximan...
Foto 38.1.—Las impresionantes huellas dejadas por los ovnis en Gallegos de
Argañán. Daba la impresión de que algo había sacado la tierra a presión.

COMIENZA LA INVESTIGACIÓN

No estaba el horno para bollos en la Comandancia. La parquedad en la


investigación oficial era total. Uno de los miembros de la Policía Judicial me enseña
el informe realizado, donde se adjuntan las declaraciones de los testigos y siete
fotografías reveladas por el fotógrafo Vicente, de Ciudad Rodrigo. Los dos
miembros de la Unidad Orgánica no entran ni salen en valorar los hechos. Les
parece un caso más. «Nosotros solo nos personamos allí para hacer una inspección
ocular y dar fe de los testimonios.» Por fortuna, lo violento de la situación en aquel
despacho de la casa cuartel se va diluyendo poco a poco. Al final me confiesan que
«no pensamos que esos orificios los hayan podido hacer animales». La escueta
información primaria se envía a la Comandancia de Salamanca y al subdelegado
de Gobierno. Algunos curiosos de Gallegos de Argañán han acudido a ver las
marcas. El dueño de los terrenos, Luis González, parece estar harto de lo ocurrido
y de la expectación que se ha levantado. Deseoso de no contribuir a mi
investigación pone mil trabas al deseo de ir a ver aquellos «agujeros misteriosos».
Lo que él no sabe es que gracias a diversas gestiones ya dispongo en mi poder de
todas y cada una de las muestras gráficas de lo que hallaron los miembros de
Policía Judicial en su inspección ocular ocho horas después del presunto aterrizaje.
A pesar de todo, no cejo en el empeño de entrevistar a los protagonistas. Yuri
Andreyev, por teléfono, me parece un hombre asustado.
Foto 38.2.—Las «patas» de aquellos artefactos produjeron una gran presión sobre
el terreno duro. Abajo: La Guardia Civil, en plena investigación, custodiaba el terreno.

No quiere hablar ni que vaya a ver las huellas. Lo único que quiere es
olvidarlo todo cuanto antes. Cuando los ánimos están más bajos por el silencio que
envuelve el caso —y como suele ocurrir en plena investigación cuando aparece la
zozobra— recibo una llamada alentadora. Es Francisco José Romero, guardia civil
de la Comandancia de Segovia. Excelente profesional a quien le ha inquietado
sobremanera el suceso. Él es quien primero me informó de la noticia la noche
anterior. Ha hablado con el cabo Garrido, de la Oficina Periférica de Comunicación
de la Comandancia de Salamanca, y ha conseguido la única y escueta
documentación oficial al respecto. Sus palabras me hacen dar un respingo:

—Voy allí para ayudarte. Se reabre la investigación.

Con su inestimable ayuda podré entrevistar, tomar muestras, observar cada


una de las huellas y asistir en vivo a los interrogatorios. Es media tarde cuando nos
plantamos en la finca Cuéllar. Abrimos la cancela y al final de un camino tortuoso
nos recibe Yuri Andreyev. Desconfiado, aparece con una pistola para marcar a los
cerdos. Mi compañero se baja del coche.

—Tranquilo, Yuri. Soy de la Guardia Civil. Queremos que nos cuentes


punto por punto todo lo que viste.

Foto 38.3.—«Allí aparecieron las cuarenta luces entre una especie de niebla», me
indica Yuri Andreyev.
CUARENTA LUCES, OCHENTA HUELLAS

«En aquel momento temí que se me calara el motor. Ese era mi mayor miedo.»
Andreyev, con su corpachón vestido con el antiguo traje del Ejército ucraniano, no
se ruborizaba al confesamos el terror de aquella noche. Cuando se encontraba en
paralelo a aquellas tres plataformas, «dos casi juntas y la otra un poco más
separada», comprobó atónito como bajo ellas refulgían «unas cuarenta luces
blancas, de ocho o diez metros de diámetro y con forma de lámparas.»

«Cada una de ellas iluminaba ‘‘hacia abajo’’ un sector de tierra. Dos son las
que parecen diferenciarse del resto —justo cuando el Toyota Land Cruiser del ex
militar pasa a su vera sueltan unos destellos que llenan el interior de luz—. Como
unas intermitencias. Toc, toc..., me alumbraron las dos a la vez. Fue entonces
cuando metí la marcha y procuré salir de allí para llegar al pueblo y avisar...»

Caminamos junto al testigo y llegamos a una explanada, el lugar exacto


donde estaban todas aquellas esferas blanquecinas. Hay que restregarse los ojos
varias veces para creerlo.

Infinidad de perforaciones en el suelo duro aparecen aquí y allá sin solución


de continuidad. A veces casi juntas de dos en dos, en disposición triangular, o en
tres grandes círculos delimitados perfectamente agujero a agujero.

Las medimos cuidadosamente. Es el hombre de la Comandancia de Segovia


quien me va explicando lo extraño:

—Esto no lo han podido hacer animales. Algunas tienen una simetría


perfecta. Además, la tierra ha sido extraída a presión, uniformemente, guardando
la proporción en todo el círculo. Lo más curioso, sin duda, es que la tierra está
compactada por dentro. Perfectamente lisa, como si se hubiese introducido algún
tipo de maquinaria.

—Además —interviene Yuri—, aquí no hay ningún animal. Los cerdos


están encerrados abajo y todo esto está perfectamente vallado. Nunca nadie ha
visto marcas como éstas.

El hombre de la Guardia Civil mide las huellas. Hay dos series bien
diferenciadas. Unas miden unos quince centímetros de diámetro y veinte de
profundidad y otras, que están en la posición que ocupaba «la tercera plataforma»,
doblan el diámetro y se internan en la tierra hasta alcanzar los cuarenta
centímetros.
Según se destaca en la información oficial no son madrigueras ni obra de
animales. En todo caso su factura sería producto de una acción puramente técnica
y repetitiva. No hay restos de quemaduras ni aplastamiento de los vegetales
circundantes. No aparece tampoco ningún insecto en los alrededores. En algunas
de las marcas más grandes se observa cómo algo ha entrado haciendo un «efecto
de rosca» y dejando las marcas de un trépano que poco a poco va horadando y
dejando el mismo margen a cada giro. Hay tres líneas bien marcadas en el embudo
que forma la tierra compacta.

En palabras de J. F. R., de la Comandancia de Segovia, «es algo semejante a


una pica metálica. Una zarpa de un material como el acero que ha penetrado
ejerciendo una enorme fuerza sobre el suelo y actuando siempre del mismo modo
en todas y cada una de las marcas.»

DOMINGO HERNÁNDEZ Y EL FRÍO DEL MIEDO

Aquella noche, hacia las once y diez, Andreyev se presenta en el bar La


Fuente, a la entrada de Gallegos de Argañán. Es el único sitio donde parece haber
vida. Domingo Hernández, dueño del establecimiento, sale instintivamente de la
barra. El ex teniente ucraniano llega pálido, lleno de miedo. Como todas las
personas del pueblo, el salmantino tiene al ucraniano por persona íntegra y recta,
«que lleva viviendo allí dos años y que jamás ha dado un solo problema». Un
hombre culto que comparte afición por el mundo militar con Hernández, que
trabajó muchos años en una base aérea norteamericana.

—¡A mí me van a decir lo que es un avión o un helicóptero! —exclama,


mientras sobre el capó del coche hace un dibujo de las «lámparas» que vio al
regresar junto a Yuri a la finca Cuéllar. Domingo presta declaración ante la Unidad
Orgánica de Policía Judicial y no pone reparo alguno a colaborar con la autoridad.
Mantiene firme hasta el último detalle de lo que pudo ver...

—Creí en Yuri nada más verle.

Me dijo, casi temblando, que aquellas luces eran «como un pueblo» de


grande. Hacía algo de frío afuera y a mí se me olvidó llevarme la chaqueta con las
prisas. El hombre estaba aterrorizado, pero aun así quería volver allí para que yo
viese todo aquello. Al llegar a la finca aún se podían ver varias luces, unas diez,
sobre el terreno. De verdad que aquello impresionaba. Tres estaban como un poco
adelantadas. Daba mucho respeto. Allí estaban las tres, pero faltaban las
plataformas grandes que Yuri había visto antes. Se movían de un lado a otro, en
mitad de la nada.

Foto 38.4.—En algunos orificios las grandes piedras habían sido «expulsadas» por
algún resorte desconocido. Se descarta la posibilidad de que animales o maquinaria agrícola
hubiesen efectuado las marcas.

—¿Escuchó algún ruido? —le pregunta un miembro de la Guardia Civil.

—Nada. Absoluto silencio. Eso era aún más extraño. Yo no sé qué podía ser
aquello..., pero ahí estaba. Al minuto, quizás al ver las luces del coche nuestro, las
«lámparas» se apagaron. No es que fuesen para arriba o para abajo..., sencillamente
se apagaron como cuando se desconecta un televisor. Visto y no visto. Le aseguro
que si no nos bajamos era por el frío que hacía... Pero, en fin, aquello, ya te digo,
daba mucho respeto. Era algo blanquecino, como ovalado, emitiendo luz al suelo.
La luz esa tocaba el mismo campo. Salimos de allí a toda prisa cuando todo
desapareció. Y de nuevo en el bar, algo más tranquilos, llamamos rápidamente a la
Guardia Civil. Siento no haberles podido llamar antes. Aquello de verdad que era
un misterio. Cuando se personaron a la mañana siguiente estos señores, todo el
terreno estaba sembrado de agujeros como nunca se habían visto...

«INOPLANETANIAN»

Tres máquinas gigantescas y unas cuarenta luces de reducido tamaño


habían estado evolucionando sobre terrenos de la finca Cuéllar. Se habían
aproximado emitiendo destellos sobre el vehículo de un ex militar y
posteriormente habían permanecido allí por lo menos durante veinte minutos
hasta que solo quedaron diez de ellas, que desaparecieron repentinamente ante los
testigos.
Foto 38.5.—El miembro de la Guardia Civil de Segovia Francisco José Romero
midiendo las huellas junto a Yuri Andreyev.

En los radares de control del aeródromo militar de Matacán —a unos ciento


tres kilómetros—, no hay constancia de vuelos u operaciones especiales aquella
noche.

—Las bombillas —dice Yuri, elevando la mano a metro y medio del suelo—
estaban a esta altura. Así las vi yo y las vio Domingo después. Un poco más arriba
estaba la hilera de luces, una detrás de otra, envueltas como en una niebla más
blanca. Yo no sé qué ha sido esto... y por qué ha pasado aquí.
Foto 38.6.—El último verdadero «expediente X» realizado en nuestro país. Nunca
hasta ahora se había publicado. Esta es la primera página del informe de la Guardia Civil y
Policía Judicial remitido a la Subdelegación de Gobierno, calificando de ovni la observación
de mayo de 2001 en Gallegos de Argañán.

El miembro de la Comandancia de Segovia, estudiando las huellas palmo a


palmo, admite definitivamente que eso solo puede estar realizado por un trépano
oval «con un tope circular en su base». Y concluye, casi en tono jocoso, asegurando:
«A no ser que haya por aquí animales con una sola pata capaz de ejercer fuerza de
cientos de kilos de un modo conciso y constante.» Es la conclusión compartida en
la Comandancia de Ciudad Rodrigo. Para todos, lo más importante es la fuerza
ejercida en cada huella para compactar perfectamente la tierra. Cuando les
pregunto si creen en la posibilidad de fraude lo descartan por completo y al
instante:

—Creo que estas personas no mienten —me responde uno de ellos—. No


sabemos qué es lo que han visto, pero lo han visto. Por otro lado, pienso
firmemente que esto no lo ha hecho nadie. Es una operación mecánica y te aseguro
que no conozco nada que pueda hacer agujeros de este tipo.

Yuri Andreyev camina entre un sector de huellas que nadie había visto
anteriormente, ni siquiera él. Es el lugar donde se «posó» una de las plataformas, la
que permanecía más alejada, como escondida en una pequeña vaguada. Los
orificios aquí son muy grandes, con el efecto de rosca que antes señalábamos. Se
inquieta, observando el suelo perforado a cada paso.

—¿Qué ha hecho esto? —me pregunta.

Obviamente no sé responderle. Le muestro una foto en blanco y negro de un


caso parecido donde unas minas vizcaínas fueron escenario de algo similar,
intentando hacerle comprender que no es el único.

—¿Y tú qué piensas que puede ser lo que habéis visto? —le digo
aproximándole la grabadora mientras el cielo se encapota y el aire zumba más
fuerte...

—La verdad..., es algo increíble. No sé qué pensar. De corazón te digo que


yo creo que esto no puede ser de aquí. Nunca lo había creído posible. Era como un
pueblo de grande, sin hacer ruido. Algo no lógico. En mi país lo dirían de una
forma...

—¿Cómo lo llamarían en Ucrania, Yuri?

El ex teniente coge mi cuaderno y escribe con trazo firme una palabra.


Después espera a que los miembros de la Guardia Civil se adelanten unos pasos y
la pronuncia:
—lnoplanetanian. De fuera de este mundo.

 
PREHISTORIA
Ovnis antes de los ovnis

OFICIALMENTE, y como ya hemos apuntado en esta obra, el 24 de junio de


1947 es el punto de partida para la «era oficial de los ovnis». Sin embargo, desde
tiempos remotos se venían observando diversos fenómenos e ingenios en los cielos
que, habitualmente, eran interpretados según fuese de poderosa la influencia del
prisma religioso o racionalista en el lugar en cuestión. Señales del cielo y prodigios
de los elementos, maldiciones proféticas o curiosidades de los astros, las teorías
eran a veces eran tan baladíes como las que en nuestra época han ofrecido algunas
fuentes oficiales.

El enigma en sus formas, comportamiento y absurdo general se ha


mantenido estable durante décadas. Irritantemente incoherente, añadiría.

Hay muchos más casos registrados en mis archivos, pero he seleccionado


este racimo por el eco que tuvieron en su tiempo, la documentación existente, el
impacto entre las gentes, e incluso entre los medios de la época. Como verán, lo de
«era ovni» es un absurdo marchamo implantado por los americanos. Mucho antes,
por supuesto, el misterio estaba en todos los cielos del mundo. Incluido el nuestro.

1826: LA TINAJA VOLANTE DE LA MANCHA

El 14 de febrero de 1826 se produce en cielos manchegos uno de los


primeros casos ovni registrados por la prensa española. El Diario de Cádiz relató, en
su edición del 6 de marzo, lo ocurrido en Campo de Criptana (Ciudad Real). A las
7:50 de la mañana apareció a poca altura una especie de «tinaja puesta boca abajo
que descendía con una ráfaga de humo considerable». Su luz era tan
resplandeciente que muchos campesinos creyeron que «se había hecho de día
repentinamente». El objeto inició una trayectoria descendente hacia el poblado de
Quintanar de la Orden. Allí muchos afirmaron que se estrelló, aunque las crónicas
de la época no aportaron ningún dato más sobre su recogida o restos. Hubo varios
movimientos sociales, abanderados por las autoridades competentes, para tratar el
asunto. Al final nadie encontró un solo trozo de aquel objeto caído del cielo.

 
Foto 1.—La «tinaja volante» observada en Campo de Criptana (Ciudad Real), en
1826.

1851: CRUZ LUMINOSA DE VILLAVICIOSA DE ODÓN

La población de la localidad madrileña de Villaviciosa de Odón pudo


observar en la noche del 16 de mayo la aparición de una extraña formación
blanquecina semejante a una cruz luminosa, perfectamente definida, que emitía
destellos de colores diversos. En la capital de España diversas personas, entre ellas
Rafael Javat, oficial del Ministerio del Estado; la condesa de Clonard, y Teodoro
Ponte, miembro de la Cámara de S. M. el Rey, observaron el hecho. Todos los
testigos quedaron asombrados ante tan inusual fenómeno. En unos minutos, la
cruz desapareció como si se disolviera en la noche. El incidente fue comentado
años después en diversos tratados históricos, debido al gran número de testigos
que vieron las evoluciones del ovni y la curiosidad que suscitó.
Foto 2.—Documento manuscrito de la época. La cruz luminosa desapareció en
unos minutos, disolviéndose en la noche.

1896: OBJETO SOBRE LOS oRFANATOS DE MADRID

El 10 de febrero de aquel año un haz de luz irradió la calleja García Morato,


lugar donde había varios edificios destinados a orfanatos e internados.
Foto 3.—Luminiscencia sobre los edificios de los orfanatos de Madrid.

Según varios testigos presenciales, aquella luminiscencia hizo volver el día


en plena noche, ante la sorpresa de los que estaban contemplando el fenómeno.
Situado sobre los tejados, el cuerpo central lanzó una espiral lumínica que acabó
tomando forma de pera invertida para desaparecer poco después en el horizonte
ante la sorprendida mirada de los asustados madrileños.

1900: BOLA DE LUZ EN UN BARRANCO ASTURIANO

Finalizaba el mes de enero y Felipe Álvarez, alcalde del concejo de Caso, se


dirigía a pie sobre las once de la noche hacia la aldea de Veneros, en el partido
judicial de Pola de Laviana. Caminaba tanteando —a pesar de ser una ruta muy
conocida por él— las peligrosas barranqueras y desfiladeros que se extendían a lo
largo del camino. Tras una curva del camino, comprobó la extraña presencia de
una «bola de luz blanquecina», de aproximadamente un metro y medio de
diámetro, que se balanceaba a unos setenta centímetros del suelo. En un principio,
el avezado alcalde no sintió más que curiosidad, pero cuando comprobó cómo
aquello comenzaba a seguir sus pasos en el más absoluto silencio, fue consciente de
que la luminaria no procedía de carro o viandante alguno. La luz creció y se situó
frente a él en un rápido movimiento, y así siguió, escoltando al alcalde, hasta su
entrada en Beneros. Allí, presa de una gran agitación nerviosa, confesó a otros
lugareños su extraña odisea con la «luz de Veneros».

Foto 4.—La luz de Veneros continuó aterrorizando a los vecinos durante años.

1903. EL EXTRAÑO METEORO DE MADRID

En su edición del 18 de octubre, el prestigioso periódico El Noticiero


Universal se hacía eco de un extraño fenómeno que había levantado de sus
dormitorios a miles de residentes en la capital. La reseña decía: «Madrid.–Durante
la pasada noche ha sido observado un meteoro luminoso que, por muchas de sus
circunstancias, se diferencia notablemente de los meteoritos ordinarios. Parecía
tener forma circular y plana, giraba a gran velocidad y dejaba un rastro
deslumbrador...» Durante días, el fenómeno fue motivo de debate en muy
diferentes sectores. La proximidad al suelo y su repentina desaparición dejaron en
el aire miles de claves que, casi un siglo después, nadie puede responder.

Foto 5.—Un meteoro insólito atravesó la capital dejando una estela de


interrogantes.

1907: EL DUENDE DE EL LADRILLAR

Los últimos días de febrero de aquel año fueron un auténtico calvario para
los habitantes de la remota pedanía de Ladrillar, una aldea perdida en la antaño
agreste e inexplorada comarca de Las Hurdes (Cáceres). Durante varias jornadas,
dos «luminarias esféricas» sorprendieron a los convecinos recorriendo al comienzo
de cada noche una ruta que las conducía hasta la entrada del pequeño cementerio
del lugar.

La tensión y el miedo acabaron haciendo mella en los habitantes de aquel


lugar, y aquellas esferas blanquecinas que llegaban en pleno silencio provocaron
incluso la intervención del párroco de la localidad, Isaac Gutiérrez, quien informó
de lo ocurrido al Obispado de Coria.
Foto 6.—Aquel ser se «abajaba» al cementerio, según confesaron los hurdanos más
ancianos a Iker Jiménez.

También se observó la presencia de un ser bajo y oscuro cerca de las luces.


Un ente al cual las gentes instalaron en la leyenda con el sobrenombre de «El
duende de Ladrillar».

1908: RUEDA DE FUEGO EN LOS PUÑALEROS

Durante los primeros días de octubre, la agreste comarca de Las Alpujarras


granadinas fue testigo del paso de objetos volantes luminosos. Elena Romero, de
diez años de edad, estaba descansando en el cortijo de Los Puñaleros, muy cercano
a La Rábita, cuando se percató de la súbita presencia de una bola ígnea que iba
descendiendo por la ladera de un monte próximo. La esfera giraba sobre sí misma
y bajaba a gran velocidad en el más absoluto silencio. La testigo afirmó que «de
perfil era plano y muy fino», es decir, que tenía la apariencia de un disco en
posición vertical. La «rueda de fuego» iba iluminando los campos a izquierda y
derecha como si fuese de día, con andanadas de una luminosidad blanquecino-
amarillenta, pero en un momento dado se esfumó sin más.

Foto 7.—La esfera aparecía rodando barranco abajo...

A pesar de que se inspeccionó la zona, no se encontraron huellas de ningún


tipo en el lugar. El testigo jamás olvidará su encuentro con el disco volador.

1914: MISTERIOSOS SOLDADOS

Cuando Europa se encontraba en los inicios de la Primera Guerra Mundial,


en los aledaños de León dos «forasteros» causaban sorpresa y temor. En los
últimos días de diciembre de 1914 más de diez testigos, situados en diferentes
puntos de una barriada marginal de la ciudad, observaron dos siluetas gemelas
muy delgadas que a la espalda llevaban algo semejante a un pequeño saco o
mochila. Los dos humanoides, de casi dos metros de altura, caminaban al unísono
por un sendero, pareciendo hallarse unidos como siameses por uno de sus brazos.
Muchos testigos dijeron que sobre las cinco y media de la tarde, y provistos de un
ceñido mono de color verde brillante, los dos extraños «soldados» se elevaron a
gran velocidad hacia los cielos causando gran perplejidad en la humilde barriada.

Foto 8.—En un suburbio leonés, unos misteriosos soldados causaron extrañeza en


1914.

1917: LA MUERTE DEL COLÁS

La noche del 17 de octubre, Nicolás Sánchez Martín, vecino del pueblo


cacereño de Cambroncino, se dirigía a caballo hacia su localidad natal tras haber
permanecido todo el día en el mercado de Ahigal. En un regato cercano a Ribera
Oveja, se le apareció flotando a un metro del suelo una extraña luminaria que se
acercaba de modo amenazante. El pastor llegó incluso a blandir su cuchillo
montañés al tiempo que aquella luz se colocaba bajo las patas de su montura. El
foco misterioso enervó al caballo, que salió al galope con el aterrorizado Colás en
su lomo. Instantes después, todo el pueblo se concentraba alrededor de la cama del
infortunado. Según dicta el parte médico del facultativo Víctor Sánchez, la sangre
se le comenzó a helar. La desconocida enfermedad acabó con el fornido Colás en
cuestión de horas. ¿A qué clase de radiación o fuerza desconocida había estado
sometido? Esta fue la pregunta que durante años se hicieron los habitantes de la
zona..., y que aún espera respuesta.

Foto 9.—Así vio Fernando Jiménez del Oso el dramático encuentro de Nicolás
Sánchez.

1924: EL HOMBRECILLO DE LA MANCHA

A principios de enero de 1968, el investigador catalán Antonio Ribera


recibía información sobre un increíble suceso acaecido en la localidad toledana de
Quero, en plena llanura manchega.

El testigo principal se encontró en las cercanías de una iglesia rural con


«algo extrañísimo que, a pesar del tiempo transcurrido, no he podido olvidar». Un
ser de 1,20 m, uniformado con un traje ceñido y verdoso, con los brazos y las
piernas rígidos, se le aproximó hasta quedar a dos metros de distancia. Durante
unos segundos el testigo observó a este pequeño humanoide que parecía tener los
pies unidos por un eje y acoplados a una especie de soplillo circular que le
permitía deslizarse. En las manos, el hombrecillo portaba una especie de aparato
que parecía controlar la maquinaria.

Tras cruzar el lugar en silencio, el ser fue alejándose hasta desaparecer en un


paraje cercano. Nadie más en la localidad pudo verificar la insólita aparición.

Foto 10.—Dibujo de F. Jiménez del Oso acerca de uno de los más absurdos
encuentros con humanoides de nuestra historia.

1930: LA PELEA DEL TIU MONA

Manuel Martín Crespo, vecino de la pedanía extremeña de Martilandrán y


más conocido como el Tiu Mona, regresaba hacia el pueblo por un tortuoso camino
conocido como Valle del Sapo. Ya con la noche sobre él, se percató de la presencia
de un extraño individuo —un ser enfundado en un traje oscuro y ceñido— que se
hallaba en medio de la carretera. Su cráneo era de gran tamaño y la estatura no
mayor que la de un chiquillo de ocho años. Al pasar junto a él, el ser se abalanzó
sobre Tiu Mona, mientras unas manos ásperas se cerraban en torno a su cuello.
Tras unos minutos de forcejeo, el asustado campesino logró zafarse defendiéndose
con una dura hogaza de pan que portaba para la matanza, que se iba a celebrar esa
madrugada. Al huir, Manuel logró ver cómo el ser ascendía hacia los cielos
penetrando en una «luna» amarillenta, que se encontraba estacionada en aquel
recóndito paraje.

1933: TRIÁNGULO VOLADOR SOBRE LA SIERRA

A finales del mes de octubre varios vecinos salmantinos de las localidades


de Sotoserrano, Miranda del Castañar, Cavaloria y San Martín de Trevejo, todas
ellas aledañas a la sierra de Francia, observaron y escucharon el atronador vuelo de
un gran aparato oscuro, que asemejaron a «un triángulo».

Foto 8.—Lugar de la sierra de Francia donde apareció el misterioso triángulo. (Iker


Jiménez.)
Según descripciones coincidentes, emitía una luz azulada por su base y
tenía una especie de cúpula abombada, de un material similar al cristal. El ruido
que producía el objeto fue comparado «al que se escucha cuando hay tormenta».

1934: LA APARICIÓN DE «ÁNGEL»

En el pueblo cacereño de Garganta la Olla varios testigos aseguraron haber


visto la aproximación de una gigantesca esfera de luz bien definida y sobre la que
se perfilaba una figura de poca altura, semejante a un niño con un traje brillante y
provisto de voluminosa cabeza. Una de las allí presentes, Elvira Niguerol Nieto,
acudió como si la aparición fuese una premonición hasta el pueblo: en ese instante
nació su nieto. En honor a aquella extraña presencia y por lo que allí se consideró
como una intervención celestial, la familia le puso por nombre Ángel al recién
alumbrado.

Foto 11.—Para Elvira Niguerol, aquella extraña aparición era un presagio...


1935: LOS HOMBRECILLOS DE AZNALCÁZAR

Manuel Mora Ramos, agricultor del pueblo sevillano de Aznalcázar, se


paseaba a caballo por la finca Haza Ancha. Era el 5 de mayo. A la vera del camino
descubrió asombrado una especie de trompo metálico de unos dos metros de
altura posado en tierra. Al aproximarse vio flotar cerca del extraño aparato algunos
seres de corta estatura semejantes a niños enfundados en lo que parecían trajes
entallados y brillantes. El gran susto le sobrevino cuando los «hombrecillos»
comenzaron a volar alrededor del «trompo». Mientras algunos de ellos se
introducían parsimoniosamente en él otros salían al exterior. El asustado agricultor
huyó del lugar convencido —y en esa convicción se mantuvo hasta su último día
de vida— «de haber sido testigo de un recado del más allá».

1936: EXTRAÑO PROYECTIL SOBRE LA COSTA VASCA

El 2 de octubre de 1936, siendo las 4:18 horas, el novelista Valentine


Williams, acompañado de los señores Fernández de Arzabal y Neil O’Mallei,
fueron perseguidos por un extraño objeto con forma de bala que se desplazaba
horizontalmente al suelo a gran velocidad y dejaba a su paso una estela de luz
blanca. Tom Dupree, de la embajada británica en Hendaya, observó lo mismo a las
afueras de San Sebastián, al igual que el marqués de Casa Calderón, que lo vio
desde su vivienda de la población gala de Biarritz.
Foto 12.—Manuel Mora acabó sus días convencido de que había recibido un
«recado del más allá».

1937: EL ROMBO VOLANTE

Decenas de vecinos de la localidad madrileña de Somosierra y varios


habitantes de algunos pueblos segovianos denunciaron a la prensa haber
observado en la mañana del día 1 de marzo de 1937 un inmenso rombo volador de
aspecto metalizado y rematado con cuatro focos verdosos en sus vértices. Al
transcurrir este incidente en plena guerra civil, muchos creyeron ver en el insólito
aparato algún prototipo militar secreto. Al final, como tantas veces ocurrió en esta
época, nada se pudo saber del artilugio, de gran tamaño y habilidades impropias
para la técnica de la época.

Foto 13.—El artilugio, jamás visto hasta entonces, sobrevoló los límites
provinciales de Madrid y Segovia.
1938: TERRORÍFICA APARICIÓN EN LA TRINCHERA

El 25 de julio, en plena contienda civil, un teniente acompañado de su


asistente descendía por una pronunciada vaguada en el frente de Guadalajara. A
mitad de camino se vieron sorprendidos por una poderosa luz blanca dentro de la
que comenzó a perfilarse un objeto oscuro, con «forma de lenteja», que estaba
suspendido a dos metros del suelo. Repentinamente, y sin hacer ningún ruido, del
centro del aparato descendió una especie de columna a la que estaba unida una
plataforma, y sobre la cual iban de pie dos seres altos que alzaban los brazos. Una
luz azulada, que transmitía «sensación de frío», les enfocó directamente desde el
ovni, tras lo que el miedo se acrecentó en los militares. Después de unos segundos
de observación, el extraño ingenio se elevaba en el cielo a increíble velocidad
dejando atónitos a los dos testigos.

Foto 14.—Y unos seres altos bajaron por la rampa de luz...


1938: MISTERIOSOS AVIADORES

Mariano Melgar, un pastor abulense, fue testigo de un insólito encuentro en


plena guerra civil española. En un valle solitario, próximo al pueblo de Muñico de
la Torre se topó con una extraña nave ovalada que tomó tierra y de la cual salieron
dos siniestros personajes que, por sus atuendos, de una pieza y ceñidos, el joven
testigo tomó por aviadores «extranjeros» participantes en la contienda.

Los humanoides se afanaron durante varios minutos en llenar con muestras


del terreno una bolsa o saco. Tras penetrar de nuevo en el ovni, éste despegó en
vertical, dando continuos giros sobre sí mismo, y dejando en tierra al asustado
pastor que, hasta muchos años después, no fue realmente consciente de lo que
había visto.
Foto 15.—El pastorcillo se quedó paralizado ante aquella

insólita visita...

1939. CÁCERES: EL «CHANCAS DE ACERO»

El final de los años treinta fue excepcionalmente duro en las tierras del norte
de Extremadura. En el remoto pueblo de La Horcajada (Cáceres) tuvieron, además,
la de verse casi sitiadas por los «paseos» de un siniestro ser de apariencia
humanoide, con dos gruesas piernas de metal, visto en diversas ocasiones en mayo
de aquel año.

Adelaida Rubio, como otras muchas personas, describió la aparición, casi


siempre precedida por un destello, de un extraño «soldado» que caminaba a
grandes zancadas y muy torpemente. Iba totalmente cubierto por un traje
metalizado, con cinturón y hebilla centelleantes, y sobrepasaba los dos metros de
altura. De sus andanzas quedó tan solo el recuerdo de unas gentes convencidas de
que aquel «chancas de acero» era poco menos que el mismísimo diablo.
Posteriormente, un ser idéntico fue avistado en las cercanas poblaciones de
Carabusino y Cambroncino.
Foto 16.—Los habitantes de Carabusino vieron más de una vez al ser metálico en
sus calles.

1942. MURCIA: EL ENCUENTRO DE UN CABRERO

Saturnino Aguera, de doce años, se encontraba al cuidado de unas cabras en


un montículo próximo a Lorca (Murcia). Era octubre de 1942. En el cielo vio bajar
un lucero anaranjado, con forma de huevo y «más brillante y rojizo que el sol», que
descendía en vertical a una velocidad endiablada. Tras situarse en vertical a la
posición del pastor, el presunto ovni, sin emitir ruido alguno, giró 90º grados en
una maniobra «imposible» y desapareció a gran velocidad entre las montañas. Para
el testigo, muy impresionado, aquello no podía ser ningún avión ni aparato
convencional de los militares.
Foto 17.—Y el sol bajó hasta casi tocar el rebaño con su luz...

1944: SOBRE UN BARRIO DE OVIEDO

Una tarde del mes de agosto de aquel año Luis Albisu, empleado de una
entidad bancaria, observó entre las calles de Marqués de Teverga y Matemático
Pedralles la súbita aparición de un objeto en forma de disco que volaba en posición
vertical y muy próximo al tejado de algunas casas. Emitiendo una extraordinaria
fluorescencia, el aparato parecía que se iba a estrellar contra uno de los edificios de
la barriada pero, en el último momento, consiguió elevarse nuevamente y
desaparecer del lugar en absoluto silencio, mientras Albisu permanecía
estupefacto.

Foto 18.—Aquel artefacto hizo un giro imposible antes de perderse en los cielos...

1944: «EL TÍO DEL BRONCI»

En noviembre de aquel año, en las localidades de Casar de Palomero y


Caminomorisco (Cáceres) fueron varias las apariciones de una extraña bola de luz
que en ocasiones llegó a aterrizar. En una de esas ocasiones, L. Antonio Pichol
aseguró haber observado a un siniestro ser que flotaba, provisto de un casco y traje
dorado. No tenía manos y desapareció como esfumándose en el aire. En ese mismo
año, otras cuatro vecinas observaron las apariciones del llamado «tío del bronci» u
«hombre de bronce» en esa apartada región cacereña.
Foto 19.—Dibujo de diversos testigos en los cuadernos de Iker Jiménez. Donde se
encuentra el coche se apareció por vez

1944: DISCO VOLANTE SOBRE UNA LOMA

Al anochecer de una jornada de agosto, varios testigos pudieron observar


cómo un extraño resplandor iluminaba intensamente un monte cercano a la finca
Sierra Bermeja, en Arroyomolinos de León (Huelva). Según contó una de las
mujeres que siguió el avistamiento, del interior del resplandor surgió un aparato
en forma de disco que fue planeando hasta estabilizarse a unos trescientos metros
del suelo. Sin emitir ningún sonido, el objeto acabó desapareciendo del lugar,
seguido por la mirada sorprendida de los campesinos que fueron testigos del
hecho.

1944: LA LUZ DE OVIEDO

El 17 de agosto decenas de personas avistaron un disco, de tamaño


semejante a la luna llena, que lentamente atravesaba la ciudad. Comerciantes y
numerosos vecinos salieron a los balcones para observar el fenómeno. Con un
resplandor amarillento y dejando una corta estela, el ovni se alejó en dirección a la
costa, donde al menos otros cinco vecinos aseguraron a los medios de
comunicación locales haberse topado con el artefacto silencioso. Ningún
organismo oficial o militar tomó cartas en el asunto y la noticia se diluyó en aquella
Asturias de la más dura posguerra.

1945: EXPLOSIÓN EN TOLEDO

El día 10 de julio la agencia de prensa Logos informó sobre un extraño


fenómeno atmosférico que se había producido en el pueblo toledano de Sonseca. A
las dos de la madrugada decenas de testigos advirtieron una fortísima explosión
que sembró el pánico y la alarma en la localidad. Al mismo tiempo que esto se
producía, una densa estela o ráfaga sólida y blanca atravesaba la noche, dejando
un rastro azulado. Según afirmaron los técnicos, todo apuntaba a la caída de un
aerolito, aunque jamás se pudo certificar.

1946: EXTRAÑOS TRIPULANTES EN LA FRONTERA

En las inmediaciones de Olivenza (Badajoz), localidad que linda con


Portugal, las mujeres Adela H. M. y Gloria G. observan un misterioso «cono
rodeado de fuegos» que toma tierra a menos de cien metros de la casa. Asustadas,
siguen la escena desde la ventana y comprueban que dos seres merodean al
aparato. Tras unos minutos eternos, los humanoides se introducen en la aeronave y
ésta remonta el vuelo con un gran zumbido. Una de las mujeres no quiso hablar
hasta 1996.
LOS OVNIS Y LA PRENSA
De la dignidad al desencanto

PERMÍTANME, llegados a este punto y como periodista e investigador,


que sea tremendamente crudo con esta parte de la historia.

No puedo evitar cierta tristeza al desempolvar los antiguos recortes de


periódicos que guardo en mis archivos. Hojeándolos, mirando sus añejas
fotografías y sus titulares, uno se da cuenta del paso atrás que se ha dado en la
relación entre el misterio ovni y la prensa. Sin lugar a dudas, el más influyente
de los medios de comunicación, la televisión, es la culpable. La gran culpable.

Hubo un tiempo donde los encuentros eran relatados con respeto, como
cualquier otra materia englobada dentro de la sección de sucesos, con profusión
de imágenes e, incluso, con soberbias investigaciones por parte de los
integrantes de los rotativos. Echando una mirada al pasado no podemos evitar
afirmar, pese a quien pese, que los más activos investigadores del asunto fueron,
sin lugar a dudas, los periodistas. Los de información local y los redactores de
diarios de provincias.

Todo eso se truncó recién iniciada la década de los noventa con la


explosión de la televisión privada y la irrupción de programas-basura, vomitivos
recintos donde, a la caza de la más desesperada de las audiencias, empezaron a
surgir personajes grotescos, delirantes, enfermos psíquicos que aseguraban estar
en contacto directo con extraterrestres, ser poseído por ellos o, llegado el caso,
haber nacido en otro planeta.

El respeto, la curiosidad y la inquietud de los años anteriores se tornó,


maldita la gracia, en carcajadas ante estos espantajos que aparecían en
programas sobre temática ovni. Por desgracia, de vez en cuando, algún pobre
testigo real era engañado directamente por las sabandijas de las productoras
para colocarlo directamente en alguno de estos debates delirantes entre risas,
faltas de respeto y demostraciones en vivo de «telepatía extraterrestre» o similar.
Ese hombre, por supuesto, salía de allí humillado solo con el hecho de haber
compartido espacio con el atajo de majaderos. Y no volvía a hablar de su caso ni
a los más íntimos.

Así, y lo afirmo porque lo he vivido, los valiosos testigos comenzaron a


callar. A mostrarse huidizos ante el peligro que suponía ser socialmente
identificado «con los payasos de la tele». En una terrible ley de asociación, el
espectador acabó relacionando todo lo que implicase la palabra «ovni» con la
trouppe de monstruos que, además, casi acabó viviendo de su esperpéntico oficio
de emisora en emisora. Al mismo tiempo los escasos debates o reportajes serios
sobre el asunto que aún hubo con cuentagotas en los ochenta, desaparecieron
engullidos por el «nuevo formato del espectáculo».

¿Quién ganó con esto? ¿Los investigadores presuntamente « serios» que se


prestaron al juego en busca de su ración de ego? ¿Los que afirmaban que lo que
importaba era «salir donde sea»? ¿Los que decían, ufanos, «que o voy yo o lo
harán otros que «desprestigiarán el tema»? ¿Los que no admitimos el chantaje y
renunciamos siempre a esas puestas en escena?

Lamentablemente no ganó nadie —si acaso los que nunca quisieron que
estos temas gozasen de dignidad propia— y sí perdió, paso a paso, casi todo su
crédito el enigma de los objetos volantes no identificados. Un crédito que
muchos honestos periodistas e investigadores habían edificado noticia a noticia,
caso a caso, y que ahora poco menos que tienen que reír por no llorar al ver el
panorama.

No hay más ver aquellas portadas de ABC, El País, Pueblo y los más
prestigiosos periódicos interesándose por sucesos concretos o dedicando
secciones íntegras a profundizar en su misterio y, repentinamente, viajar al
presente para observar cómo la propia prensa seria descarta casi por completo
cualquier alusión al tema. Son conscientes de que el público mayoritario no
tomaría en serio informaciones como las que antes sí gozaban de prestigio.
Sencillamente se genera un círculo vicioso del que es muy difícil salir y al que
muchos, con nombres y apellidos, nos han conducido.

El tiempo, no me cabe duda, quitará o dará razones a quienes


renunciamos al juego que proponían las todopoderosas televisiones y su forma
de tratar el misterio. Y condenará inexorablemente a todos los que han jugado al
desprestigio a cambio de un puñado de sucias monedas.

Unos se vendieron y otros no. Y en honor a todos los que siempre han
querido que la prensa —y por lógica el inmenso público que la lee— retome el
interés serio por esta temática, he decidido invitarles a este breve viaje a
aquellos tiempos donde los grandes periódicos informaban y dedicaban sus
portadas al apasionante tema ovni. Comprenderé que después, y observando el
panorama a través de las pantallas, vivan mi mismo sentimiento. Ese, un tanto
nostálgico, que pelea por tiempos mejores donde el término ovni vaya unido a
dignidad informativa. Ese que siempre dijo sí al periodismo y no al espectáculo.

CRÍPTICOS mensajes e ingenuas ilustraciones en el diario Madrid al finalizar


1954. La sección «Los platillos volantes vienen de otros mundos» puede ser considerada la
primera de esta temática en nuestro país. Como en un cajón de sastre se incluían delirios
poéticos —como el de la imagen— y algunas interesantes comunicados de las agencias
sobre los ovni. Antes de ella todo eran noticias y reportajes concretos más o menos extensos.
Estas páginas, reproducidas después por Diez Minutos, le reportaron a Fernando Sesma
Manzano, agitador cultural de aquel Madrid salido de la posguerra, popularidad y más de
un disgusto.
HOY ES DIFÍCIL imaginarse una portada así, ¿verdad? Aquí sí vale la máxima de
que cualquier tiempo pasado fue mejor. 1968, un año sumamente importante en el que a
través de observaciones como las de Madrid, el Ejército del Aire tomará cartas en el asunto.
Tras sucesos como estos, que revolucionaron a la opinión pública, llegaría la clasificación de
«Materia Reservada» para todas las informaciones referentes a las observaciones extrañas
en nuestro espacio aéreo.
ABC, PIONERO en la difusión digna del problema, dedicó una sección al tema y
nombró a Carlos Murciano como «corresponsal en el mundo de los ovnis». Realizó más de
cincuenta entrevistas a los principales ufólogos de la época y resultó clave para que muchos
investigadores que hacían «la guerra por su cuenta» unificasen criterios y métodos. Un
espacio de grandísimo éxito popular

y un clásico del periodismo del siglo XX español.


LA DELEGACIÓN de ABC Sevilla designó al redactor Manuel Ramírez como
coordinador de «Ovnis en Andalucía», otra «bomba de relojería» para final de los años
sesenta. A lo largo de más de ciento cincuenta entregas, se fueron repasando los principales
casos que habían sido noticia en las distintas provincias. El material principal fue
entregado por la Red Nacional de Corresponsales, grupo activísimo y prolífico que generó a
través del periódico la constante sensación de actualidad del fenómeno y motivó el
descubrimiento de centenares de sucesos nuevos. Todo un ejemplo positivo de la conjunción
entre investigadores

y la prensa regional.
DESDE MEDIADOS de los sesenta la editora Hymsa saca a la luz Algo, referente
fundamental en la historia de nuestra ufología. Siendo una revista de ciencia, naturaleza y
vanguardia se le da, a través de la influencia de su subdirector J. L. Armengou, una amplia
cobertura al tema ovni. En su sección de cartas y contactos se conocieron y establecieron
relaciones casi todos los aficionados, grupos y asociaciones —miles— que se interesaban en
esa época de «explosión temática» por el tema. En 1972 la publicación pasa a ocuparse
exclusivamente de la información científica y tecnológica. Fue, sin duda, la piedra angular
que demostró que había un público masivo y deseoso de recibir información sobre este
misterio. Tras ella, de un modo más o menos exitoso, llegarían después Karma 7, Mundo
Desconocido, Contactos Extraterrestres, Más Allá, Año Cero o Enigmas,
demostrándose así un fenómeno editorial curioso y casi único en el mundo, en el que varias
cabeceras especializadas conviven y compiten en la divulgación del mundo de las «ciencias
de frontera», al tiempo que la prensa convencional se aleja de ellas.

EN LA PRIMERA mitad de los setenta la revista Diez Minutos realiza otra


experiencia pionera: plasmar los encuentros ovni españoles más célebres del momento en
formato cómic. La sección, coleccionable, se convierte en un gran éxito, reclamado por
jóvenes y adultos. Sucesos como los de Granja de Torrehermosa, el Aterrizaje de Aluche o
la noche de pesadilla en la serranía de Aracena —en la imagen— hicieron aumentar las
tiradas y provocar una demanda que, por desgracia, no se ha vuelto a explotar más que en
muy contadas oportunidades en el mercado para niños, tal y como ocurrió diez años
después con los coleccionables con dibujos de editorial Kaydeda a principios de los ochenta.

JUAN JOSÉ BENÍTEZ, reportero de La Gaceta del Norte, aparecía de esta guisa
en el logo que ex profeso habían diseñado para sus cada vez más habituales artículos sobre
ovnis. Durante siete años, ininterrumpidamente, el dinámico periodista navarro irá
publicando centenares de casos con una diferencia notable respecto a sus predecesores: él
estaba en el lugar de los hechos y hablaba con los protagonistas. Sin duda, esta «marca»
será básica y clave para el «boom de los setenta» que se produjo respecto a nuestro tema en
todo el país. He aquí el gran culpable.
SE VENDIÓ más que con la muerte de Franco. Lo recordaban muchos años después
el propio J. J. Benítez y los editores de La Gaceta del Norte. En septiembre de 1974 el
reportero vuelve del Perú tras haber entablado amistad con los componentes del grupo IPRI
que, al parecer, había mantenido contacto directo con ovnis. La repercusión es brutal. Y el
movimiento social que se genera a raíz de las doce entregas —en la imagen la última tras el
«contacto previa cita en los desiertos de Chilca»— y el posterior libro —Ovnis SOS, a la
humanidad—, de consecuencias imprevisibles. En España, solamente, se fundan
seiscientos grupos de seguidores de las doctrinas de los miembros del IPRI: Una bomba de
relojería de la que J. J. Benítez siempre intentó mantenerse al margen. Lo que admitió es

lo que reza el titular: «Yo vi dos ovnis».


TRAS EL RASTRO de los ovnis fue una de las series más recordadas de J. J.
Benítez. Gran parte la volcó a finales de 1976 en un inolvidable título: 100.000 kilómetros
tras los ovnis. Poco a poco, J. J. iba aderezando sus crónicas con sus pareceres,
sentimientos e incluso desgracias que rodean toda investigación. Y la gente,
irremediablemente, sentía un proceso de identificación total con el verdadero protagonista.
En la imagen, uno de los grandes reportajes sobre el aterrizaje de objetos misteriosos en
pleno Polígono de Tiro de la Bardenas Reales
EN OCTUBRE de 1976 la tozudez y la inteligencia de Benítez tienen recompensa.
El Ejército entrega doce expedientes de sucesos ovni. Se realiza así la primera gran
desclasificación de información secreta. El bombazo en la prensa es monumental. El día en
que se plasmó la noticia en portada el rotativo La Gaceta

del Norte aparecía con el membrete de séptima edición.


OTROS Benítez surgen con profusión a la sombra del verdadero, y haciendo una
meritoria labor informativa dentro de este campo. El Correo de Andalucía fue uno de los
periódicos, como tantos otros a nivel regional, que se sumaron al carro de la investigación
periodística del asunto a través de su redactor Juan Pérez Carrasco. Por desgracia, el yermo
páramo de los ochenta barrió del mapa a todos los nuevos reporteros tras los ovnis. Una
verdadera pena.
ANTONIO JOSÉ BIOSCA —Alés en el ámbito profesional— es otro personaje
clave para el fenómeno. Participó, a través de su recordado programa Medianoche de
Cadena SER, en una explosión y avidez de información únicas en nuestra historia. Sus
Alertas Ovni son legendario pasado del medio y de la ufología. Además, fue muy activo a
nivel periodístico, colaborando con Diario 16 o Pueblo, e informando del fenómeno con
asiduidad. Con el tiempo, y la llegada de la sequía casuística, acabó por abandonar a los no
identificados y casi a renegar de su existencia.
EL INTERÉS por todo lo relacionado con los ovnis llegó hasta los periódicos
especializados de la época. Al final de la década de los setenta hubo un periódico para
jóvenes y niños —Pequeñas Noticias— en el que se incluían verdaderas investigaciones
con encuestas, fotografías e incluso la participación de los colegios para elaborar el artículo.
En la imagen, uno de esos sucesos impresionantes protagonizado por tres chicos gallegos.
De todo esto, obviamente, no queda ni rastro.
LOS PERIODISTAS Torres, Carrillo y Minaya, excelentes profesionales me
confesaban: «Ovni experiencia fue un éxito sin precedentes.» Por vez primera, a finales
de 1978, se daba protagonismo a los testigos. Ellos escribían las cartas y proporcionaban los
casos. Luego, el equipo de tres periodistas se encargaba de filtrar la información y hacer la
investigación. Fue, según me han confesado en nuestras charlas, una experiencia
inolvidable y grata durante casi tres años. Hoy Carrillo, Torres y Minaya observan con
tristeza un panorama que ellos no vivieron. Y recuerdan aquel tiempo de bullicio
informativo en el que los propios testigos se ponían en contacto con Pueblo. De este modo,
por ejemplo, se hicieron públicos alucinantes casos como el aterrizaje de Fuentecén en 1980.
Fueron miles de cartas las que se recibieron. Cada una con un caso. Con una vivencia.

Con una historia.


Once investigadores que hicieron historia

CON ESTA ALINEACIÓN deliberadamente heterodoxa y plural en sus


obras y pensamientos, puede hacerse un rápido trayecto por lo que han sido las
figuras más influyentes de la ufología en España. Son y han sido, por supuesto,
muchos más los investigadores que han contribuido con su esfuerzo y dedicación a
construir la historia. Sin embargo, para que el lector no habituado no se pierda en
interminables listas de nombres —algunos tan importantes como los que aquí se
citan— he preferido resumir las biografías —en lo posible y siendo consciente de
las generalizaciones en las que se cae por defecto— para que todos aquellos que
ahora descubren la ufología sepan algo más de las personas que más influencia
tuvieron socialmente en diferentes épocas respecto al tema que nos ocupa.
Creyentes en la hipótesis extraterrestre unos, descreídos de ella otros, amantes de
la investigación a pie de camino unos y a pie de informe otros, conforman un
mosaico con las actitudes e hipótesis que más se han barajado a lo largo de medio
siglo de conjeturas.

Todos los investigadores de esta singular selección dejaron constancia de su


labor, bien sea en libros o estudios sobre el fenómeno. Y cada uno de ellos fue parte
de una época. Algunas convulsas y otras calmadas, tal y como ha sido el propio
misterio ovni a lo largo de tantas décadas.

Gracias a estos hombres y tantos otros que sería imposible resumir, es


posible que a lomos de este nuevo milenio haya llegado vivo el interés por el
enigma ovni. Y eso jamás, si somos consecuentes, debemos olvidarlo.
Antonio Ribera

Alma de catedrático

EN EL FONDO, a Antonio Ribera le hubiese gustado ser catedrático de una


hipotética universidad de ufología. Era algo que en su generación se anhelaba y se
vislumbraba como una realidad a alcanzar. Un caluroso día de 1958 fundó, junto a
A. Pelegrí, M. Lleguet y E. Buelta, el CEI (Centro de Estudios Interplanetarios) y
fue presidente honorífico durante muchos años de este grupo pionero en la
investigación ovni.

Ribera nunca fue un investigador de campo en el sentido estricto de la


palabra. Fue, eso sí, un excelente compilador de información y , sobre todo, una
persona clave que introdujo –gracias a su oficio como traductor— las principales
obras de pensamiento heterodoxo en nuestro país. Un detalle al que siempre las
generaciones futuras deberemos estarle agradecidos. Prolífico escritor sobre dos
grandes temas, el mar y los ovnis, y submarinista profesional, llegó a intervenir en
multitud de rescates —tanto materiales como humanos— en las costas
mediterráneas y encabezó la primera y polémica expedición española a la isla de
Pascua. Convencido desde siempre de la hipótesis extraterrestre clásica, como
todos los compañeros de generación se sintió fascinado por Marte. De sus colegas
franceses —Aimé Michel a la cabeza— adaptó las ortotenias —líneas hipotéticas
del paso de ovnis computando fechas y lugares de avistamientos— a nuestro país.
En 1961 la editorial Argos le publicaba Objetos desconocidos en el cielo, que causó un
gran impacto a nivel nacional. Fue un libro revelador para el público español, a
pesar de que ya había unos cuantos títulos en las librerías desde hacía unos años,
pudiendo considerarse Los platillos volantes y la evidencia, del santanderino Manuel
Pedrajo, como nuestra primera publicación ufológica. Después vendrían obras
clásicas como El gran enigma de los platillos volantes o Un caso perfecto y la dirección
de revistas como Cíclope u Horizonte, vanguardia de la heterodoxia de la época. En
los años setenta disertó acerca del asunto ovni ante la Cámara de los Lores
británica.

El último tramo de su vida fue un camino tortuoso. Su campo de estudio se


centró en las abducciones y, según me confesó en 1998 para incomprensible
escándalo del mundillo ufológico, fue protagonista de un insólito encuentro
cercano en la niñez. Falleció en septiembre de 2001 tras haber traducido centenares
de obras y dejándonos un legado que, con el tiempo, se valorará en su justa
medida. Confió siempre en la labor de los jóvenes investigadores y consideraba a
Javier Sierra como su «nieto ufológico».
Manuel Osuna

Un maestro andaluz

OSUNA, maestro y director de varias escuelas en Sevilla, comenzó a


interesarse en la cruda posguerra por las noticias que hablaban de los misteriosos
foo-figthers y los aviones fantasma de Escandinavia. Poco a poco, gracias a su oficio,
comenzó a realizar encuestas entre los habitantes de la comarca del Aljarafe
sevillano. La evidencia de que algo ocurría en esos campos solitarios le condujo a
la búsqueda incesante de evidencias. Durante su período de mayor actividad llegó
a reportar 350 casos a los primeros grupos que se estructuraban en Andalucía.
Erudito y con gran bagaje cultural, escribió diversas obras literarias pero no logró
publicar ninguna sobre su enigma favorito. Quizá debido a un barroquismo algo
asfixiante para el lector no especializado. La editorial Daimon estuvo a punto de
sacar a la luz su obra Ovnis en Andalucía, pero al final el proyecto se truncó de
forma inesperada.

Convencido de la existencia de seres extraterrestres, sus postulados fueron


variando tras las terroríficas experiencias vividas en la finca El Condesito, en
Rociana del Condado (Huelva), durante 1973 y 1974. Aquella investigación,
pionera en aunar barridos de fotografía infrarroja y métodos psicofónicos, le
convenció de un factor «parapsicológico» muy poderoso dentro del fenómeno. Sus
envíos epistolares con otras grandes figuras de la investigación andaluza, como
Ignacio Darnaude, Julio Marvizón, Antonio Moya, Joaquín Mateos o José Ruesga,
generaron toda una comunidad ufológica andaluza genuina y distinta a las demás,
donde el trabajo en equipo y la investigación coordinada funcionó durante muchos
años. Personaje vital por la gran cantidad de casos que arrancó del hermético
entorno rural, a su muerte se le puso su nombre a la calle principal de su pueblo,
Umbrete (Sevilla), donde tantas veces encuestó a los testigos del paso de los ovnis.
Fernando Sesma

La ilógica como lógica

NO PODEMOS considerar a Fernando Sesma Manzano un investigador de


este campo. Pero sí un personaje que, fiel a su particular filosofía de «creerlo todo
mientras no se demuestre lo contrario», logró concentrar en el Madrid de los
cincuenta a toda la plana mayor de la heterodoxia del momento. Esa es su
importancia. Vital, si luego consideramos lo que poco a poco fue gestándose a raíz
de aquellos encuentros.

Convencido de la existencia y el contacto con extraterrestres desde que viera


unos discos volantes en la Casa de Campo de Madrid hacia 1961, Sesma, hábil
comunicador a la par que ingenuo, realizó libros clásicos como Ummo, otro planeta
habitado o La Lógica del hombre del espacio. En el Diario Madrid y en la revista Diez
Minutos gozó de gran popularidad y, siendo justos, a él le debemos las primeras
secciones fijas sobre ovnis en los medios de información general, secciones que, por
cierto, causaron alboroto sin precedentes, en parte por la mojigatería de la época y,
sobre todo, por algunas de las arriesgadísimas teorías que el Profesor Sesma lanzaba
a la rotativa con la mayor de las alegrías.

Amante de los lenguajes crípticos, pronto fue víctima de bromas de mal


gusto, algunas de ellas escondidas bajo la capa de los supuestos entes de otro
mundo.

Envuelto en varias polémicas desagradables, Sesma acabó sus días


convencido de que había sido engañado vilmente durante años en varias tramas
con los extraterrestres como fondo. Con tristeza, se desentendió del mundo del
misterio y acabó apasionado por su antiguo amor, la escritura y sus enigmas. En
1975, en la revista Karma 7, desengañado, afirmaba que «las tertulias que hacía en
el Café Lion nunca serán recordadas por nadie». Se equivocó. Nos pese o no,
aquellas concentraciones que él lideraba, por los muchos enigmas que en ellas
ocurrieron y por los personajes que las componían y sus diversas trayectorias
individuales, son parte indivisible de la historia.
Antonio Felices

Campos de Castilla

AL DOMINICO Antonio Felices no le importaba rasgarse los hábitos


cuando se trataba de investigar el asunto ovni. Gracias a su magnífica labor de
campo se tuvo conocimiento de casos clásicos de la ufología, como el del tractorista
de Valladolid o el del niño de Matapozuelos. Convencido de la existencia de seres
extraterrestres regidos por un mismo Dios, su vida sufrió un vuelco al ser testigo
del llamado «Ovni de Castilla», que asombró a centenares de miles de personas en
septiembre de 1965. Aquello fue la prueba definitiva. Impulsor de una verdadera
escuela de investigadores vallisoletana —abanderada por el dinámico y eficiente
Grupo Charles Fort, con el doctor Macías a la cabeza— rescató decenas de
apasionantes sucesos que de otro modo hubiesen sido devorados por el
anonimato.

Felices era un gran disertador y hacía una labor incansable por los campos
de Castilla dando conferencias sobre los ovnis. Afable y generoso con todos los que
acudían al colegio de Arcas Reales, falleció hace unos años dejando un gran vacío
en la historia ufológica castellana.

En la actualidad, Nacho Ares, activo divulgador e investigador afincado


durante años en esa zona, ha hecho una gran labor convirtiendo en realidad el
Congreso homenaje al Padre Felices, que cada año se realiza en pleno corazón de
Valladolid. Un recuerdo digno para quien tanto dio en el difícil mundo de los
ovnis.
Marius Lleguet

Poeta del cosmos

EL CATALÁN Marius Lleguet es una figura digna de novela. Pionero


ufológico y prolífico periodista científico adelantado a su tiempo, muy pronto fijó
sus ojos en Marte, a quien dedicó algunos de sus libros. Lleguet sufrió una curiosa
evolución de pensamiento; de una credulidad total en los extraterrestres pasó a
renegar absolutamente del tema y a enfrentarse con los que antaño eran sus
amigos. Influyó decididamente en este giro de postura el suicidio de dos jóvenes
ufólogos en Terrassa que, mala suerte, acudieron, horas antes de inmolarse, a una
de sus conferencias. Un incomprensible sentimiento de culpa le persiguió hasta el
fin de sus días y le convenció del peligro de estos asuntos en mentes débiles. Mito y
realidad de los platillos volantes, Nosotros los extraterrestres y Ovnis y agujeros negros
fueron interesantes aportaciones donde dio rienda suelta a su pluma inteligente y
hábil. A principios de los setenta confluye en publicaciones como Algo, con la
nueva generación catalana de investigadores, donde ya se cuentan J. M.
Armengou, Carlos Batet o Sebastiá Darbó como ejemplos de una divulgación que
se fijaba también en los asuntos de la parapsicología. Él, el más escéptico de todos,
acabó reconvirtiéndose en un periodista especializado en interesantes cuestiones
de astronomía y adelantos científicos. Se despidió del mundo de los vivos tras una
vida desagradecida y difícil pero por la que transcurrió con una tremenda
dignidad.
J. J. Benítez

El reportero errante

JUAN JOSÉ BENÍTEZ, antes de dedicarse a informar sobre los no


identificados, era un reportero de pura raza que, después de su paso por La Verdad
de Murcia y El Heraldo de Aragón, desembarcó en la sección de local de La Gaceta del
Norte. Allí, durante años, realizó periodismo al límite informando sobre todos los
sucesos que ocurrían en una ciudad tan caótica como Bilbao. La noticia del
aterrizaje de algo extraño en la provincia de Burgos, en 1972, y el miedo de los
testigos de aquel hecho le condujo, irremisiblemente, a convertirse en un reportero
en busca de los ovnis. Sus series de casos españoles están entre lo más destacado del
periodismo ufológico.

La pasión por la fotografía, el documento escrito y el dibujo del testigo —


conducta heredada de su profesión— le hizo figura indiscutible de un modo nuevo
de entender la investigación. Para Benítez no era posible abordar un caso sin pisar
el lugar de los hechos, hablar cara a cara con el protagonista e inspeccionar el
terreno en busca de nuevas pistas. Poco a poco, las vivencias de la propia
andadura las fue trasmitiendo con éxito editorial sin precedentes. Se convirtió en
un referente que gozó del favor del público y eso le enemistó —los celos y la
envidia siempre han estado presentes en este mundillo— con gran cantidad de
ufólogos. Con él, lo quiera admitir o no, se divide el microuniverso de la
investigación ovni en dos partes bien diferenciadas.

Como en una cruzada personal, viaja incesantemente y el cuentakilómetros


de su mítico Seat 124 echa cada vez más humo en busca de respuestas. A veces la
recompensa llega, como en octubre de 1976, cuando consigue los primeros
expedientes ovni de nuestro Ejército. De su pluma ágil surgen títulos como Ovnis,
SOS a la Humanidad, 100.000 kilómetros tras los ovnis o Documentos oficiales del
Gobierno español, que son un verdadero bombazo en su época y aún se reeditan
constantemente. Los reportajes de Benítez conseguían fenómenos insólitos en las
tiradas del periódico. Baste un dato: cuando J. J. presentó esos expedientes en la
portada, tuvieron que hacerse siete ediciones del diario en un día.

Tozudo y meticuloso, este navarro afincado en Cádiz descubrió


posteriormente su valía como escritor y eso le llevó a crear sagas tan exitosas como
los célebres Caballo de Troya o a interesarse por otras vertientes del misterio. Su
estilo intimista y errante cautivaron a gran cantidad de jóvenes de las generaciones
que llegaron a finales de los ochenta. Convencido de la existencia de los
extraterrestres, cree que los ovnis son aeronaves de estas inteligencias y que
incluso algunos investigadores están minuciosamente predestinados a desempeñar
una labor.

A Juan José Benítez, que sigue investigando y viajando tanto o más que
antes, le debemos, sin ningún género de dudas, el impulso periodístico e
informativo de este tema en nuestro país. Quizá lo más importante es que con sus
crónicas fue costumbre que durante una época los medios de comunicación de
masas informasen asiduamente de los ovnis como un suceso más. Con la misma
dignidad. Quizá por eso, cada día está más lejos de los «focos informativos».
Probablemente avergonzado de lo que algunos investigadores han logrado en
estos años: conseguir que el trato hacia este tema en los mass media sea
sencillamente bochornoso.

 
Ballester Olmos

La otra vía

METÓDICO y algo distante, el valenciano Vicente Juan Ballester Olmos,


desde final de los años sesenta, tuvo un sueño: integrar la ufología en las
disciplinas aceptadas por la ciencia y la universidad. Esta idea le hizo fundar
CEONI, el primer grupo ufológico español adscrito a una universidad, y crear toda
una corriente de la que es indudable figura señera. Con el tiempo fue
abandonando su convencimiento de la hipótesis extraterrestre y buscó una fórmula
para descubrir constantes en el comportamiento ovni.

Su campo de trabajo fueron los aterrizajes y su obra clave, Ovnis: El


fenómeno aterrizaje, constituye la verdadera «biblia» para lo que se ha dado en
llamar ufología racionalista. Es decir, aquella que esgrime que solamente un
porcentaje ínfimo de la casuística no tiene explicación convencional, sin decir por
ello que esa falta de conclusiones sea debida a la existencia de vida en otros
mundos. Esta «otra vía» tiene otros representantes genuinos en la que podríamos
denominar «escuela santanderina» y en la que surgieron, en los años setenta,
investigadores como Julio Arcas, Jaime Prieto, Nacho Cabria o Mariano Fernández
Urresti, que en su mayoría fueron de la investigación campo al análisis más
sosegado e incluso a la casi negación del fenómeno. De ella, con la conjunción de
investigadores afines a estas teorías, partió la llamada Fundación Anomalía —
asociación que edita la revista Cuadernos de Ufología, la única especializada en esta
materia en nuestro país—, en la que se resta importancia a la investigación de
campo y al contacto directo con los testigos y se valoran otros sistemas. Dentro de
las obras de Ballester son célebres sus catálogos de casos explicados o negativos —
NELIB— y algunos de los argumentos en ellos esgrimidos. Su polémica
colaboración con el Ejército para el análisis de algunos de los casos desclasificados
ha hecho correr ríos de tinta y ha enfrentado aún más las posturas irreconciliables
de la ufología española.
Enrique de Vicente

Torbellino informativo

Agitador heterodoxo donde los haya, De Vicente es un torbellino


informativo con uno de los mayores archivos ufológicos de este país. Director de la
revista Año Cero, como en los setenta lo fue de la interesantísima Contactos
Extraterrestres, investigó alguno de los sorprendentes sucesos que asolaron Castilla
en pasadas décadas. Su prodigiosa memoria y su capacidad en la disertación le
hacen ser una de las figuras preferidas en congresos y ponencias. Salsa de todos los
ajos desde finales de los sesenta, hizo una gran labor periodística en lugares tan
distintos como Cadena Ser —junto a la figura esencial de la radiodifusión de estos
temas en la época, Antonio José Alés—, Diario 16 o la revista de divulgación
científica Muy Interesante. No había coloquio periodístico o programa divulgativo
donde no estuviese él.

Aunque hace algunos años realizó la obra Los poderes ocultos de la mente,
todos esperan una obra en que analice las claves del fenómeno ovni. Cree en la
existencia de los extraterrestres y va aún mucho más allá, asegurando que la
presencia e influencia de estos es clave para el futuro y los designios de la
Humanidad.
Alejandro Vignati

Ese argentino extraño

ENIGMÁTICO argentino afincado en España que abanderó las vanguardias


periodísticas de la Cataluña de los setenta, su interés por los ovni comenzó cuando,
tras interesarse por los templarios, abordó el asunto del Triángulo mortal de las
Bermudas, consiguiendo un verdadero best-seller de ventas en 1975. Fue uno de los
puntales de la revista Mundo Desconocido, en la que colaboró asiduamente hasta el
final de sus días. Su estilo directo, cortante y casi telegráfico era sumamente
interesante. Investigador de campo y divulgador inteligente, tenía por costumbre
acudir al lugar de los hechos y explorar en los testigos. Genial plasmador de
situaciones y lugares, Vignati realizó, casi al final de su trayectoria, un libro muy
interesante titulado Tercer tipo: contacto extraterrestre, donde por vez primera
destapaba algunas célebres tramas ufológicas españolas. Magnífico entrevistador,
falleció en el momento en que a nivel popular su obra era más considerada.  
Fernando Jiménez del Oso

La cara del misterio

LA CARA DEL MISTERIO para gran parte de los españoles gracias a los
muchos años en que dirigió y presentó programas como Más Allá o La Puerta del
Misterio en Televisión Española. Figura clave para la explosión temática y social
que vivió nuestro país en los años setenta —culpable de ello fue la tríada,
compuesta además por Antonio José Alés en la radio y J. J. Benítez en prensa—, se
considera un divulgador y no investigador. Personalmente, le he visto dirigirse a la
cámara preparando programas para la televisión en algún remoto lugar donde
había ocurrido lo insólito y ha demostrado con creces que su poder de
comunicación, sus tablas y el marchamo de seriedad aceptado hasta por los casi
escépticos continúan inmaculados. Esos han sido, son y serán su gran caballo de
batalla. Director de Enigmas —donde tuve el placer de trabajar durante más de
cinco años—, fundó la revista Más Allá y Espacio y Tiempo. Médico psiquiatra, es
más crédulo que lo que el común de la gente piensa.

En espacios cortos es capaz de confesar su convencimiento de la existencia


de seres de otros mundos. Lo que no comprende son los fines y el comportamiento.
En los años ochenta escribió El síndrome ovni, un interesante repaso desde su
perspectiva analítica de la influencia del asunto en nuestra sociedad. Uno de sus
grandes hitos fue, en 1978, la filmación por vez primera en Europa de la serie
documental TVE: Operación ovni , trece capítulos con los testigos y en los lugares
donde se produjeron los encuentros ovni.

 
Andreas Faber Kaiser

Una gran trayectoria truncada

La prematura muerte de Andreas Faber Kaiser a mediados de los noventa


nos privó de la labor de un investigador tenaz que tuvo su mayor acierto al crear,
en 1976, la revista Mundo Desconocido, para muchos la mejor que ha existido en
cuanto a investigación del mundo del misterio. En ella y bajo su batuta se dieron
cita las mejores firmas nacionales y mundiales a lo largo de seis intensos años de
sacrificada y magnífica labor periodística. Faber Kaiser, además, fue figura
importante en la radio catalana y también con sus libros.

Comenzó su andadura ufológica con ¿Sacerdotes o cosmonautas?, donde ya


daba rienda suelta a su teoría del manejo de la raza humana por parte de una
supraconciencia de fuera de este mundo. Seguidor de las teorías de la intervención
directa de seres de otro universo en nuestro pasado más remoto, realizó un
polémico libro titulado Jesús vivió y murió en Cachemira, que dio origen incluso a
libros en contra de sus postulados. Sus Archivos y memorandos, serie de dos libros
dedicada a documentos desclasificados de la CIA, también merecen un rincón
destacado en este siglo de ufología. El muñeco humano y Fuera de control fueron
obras ciertamente interesantes, sobre todo para los especialistas e investigadores,
donde en un lenguaje abigarrado y denso desplegaba una gran documentación. En
su última época se interesó además por otros aspectos del periodismo de
investigación y escribió Pacto de silencio, sobre la trama del aceite tóxico ocurrida a
principios de los ochenta en nuestro país.

 
Nota final

AL TIEMPO DE ACABAR estas líneas, como no podía ser de otro modo,


nuevas noticias de avistamientos ovni en distintos rincones de España me llegan
por diferentes conductos informativos.

El misterio sigue ahí, presente y distante al mismo tiempo. Absurdo e


ilógico, pero a la vez tremendamente irritante y constante.

Ningún mito o falsedad se ha prolongado tanto en el tiempo.

Terminado este monumental trabajo, que ojalá sirva a muchos para iniciar
su largo camino hacia el misterio, me lanzo de nuevo al vacío de la investigación.

Estoy enfrascado en un caso sensacional que ya me ha hecho recorrer miles


de kilómetros dentro de la piel de toro a la captura de lugares, gentes y pruebas.
Viajo e indago, rastreo y reflexiono con pocas evidencias y casi ninguna seguridad.

Pero con el corazón a mil por hora.

Solo con el deseo, casi instintivo y animal, de sentirme cerca del misterio. De
rozarlo y comprobar que existe. De notar cómo se pone la piel de gallina al llegar a
un paraje, encontrar a una persona, rodar por un camino en soledad.

Igual que cuando, con doce años, pedaleaba incansable por las viejas
carreteras alavesas, con mi grabadora flamante y recién comprada en el bolsillo,
para encontrarme con alguien que los hubiese visto. Como si el tiempo y los
sueños de aquel niño siguiesen vivos, latiendo con la misma fuerza. En estos casi
veinte años de deslumbramiento con el enigma de los no identificados he visto de
todo. Bueno y malo. Como el ser humano en su propia naturaleza y condición. A
pesar de eso, la ilusión y la sensación de escalofrío que me acompaña no ha
variado un ápice. Quizá ahí radica el verdadero misterio.

No sé, después de tanto tiempo, qué se esconde tras el velo de los ovnis.
Pero benditos sean por haberme permitido sentir tantas veces la profunda emoción
de la búsqueda en libertad.

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