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El Maleficio

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Un

tranquilo sábado por la mañana, una fuerza misteriosa rapta a Raquel y Eric y los arroja a otro
mundo. Como miles de niños antes que ellos, los dos hermanos han sido secuestrados por la Bruja para
ser convertidos en siervos obedientes.
Pero en esta ocasión Dragwena se ha encontrado con un verdadero rival. Raquel descubre son asombro
que posee extraordinarios poderes: puede convertirse en una pluma o volar sobre la espalda de un búho.
La Bruja cree haber hallado a alguien fácil de manipular y que la ayudará a sus propósitos malvados. En
cambio, para las víctimas de Dragwena, los niños esclavos, Raquel representa su única esperanza de
salvación.
Cliff McNish

El maleficio
El maleficio - 1

ePub r1.0
Rocy1991 23.12.14
Título original: The Doomspdl
Cliff McNish, 2003
Traducción: Eunice Cortés
Ilustraciones: Geoff Taylor
Diseño de portada: Patricia Álvarez

Editor digital: Rocy1991


ePub base r1.2
Por supuesto, para Raquel.
1
La bruja

La bruja descendió por la oscura escalinata del palacio. Era una noche helada. Se había desatado
una violenta tormenta y el viento aullaba como un lobo hambriento.
—Qué noche más deliciosa —suspiró feliz la bruja.
A pesar del tremendo frío solo llevaba puesto un vestido negro muy fino e iba descalza. Una
serpiente se aferraba a su cuello con fruición y de vez en cuando sus ojos de color rojo rubí
parpadeaban entre las ráfagas de nieve.
La bruja caminaba sin esfuerzo, disfrutando del crujido que provocaban sus pisadas contra el hielo. A
su lado, un hombrecito luchaba por seguirle el paso. Medía menos de metro y medio de estatura y tenía
más de quinientos años. Las arrugas en forma de arco a ambos lados de los ojos hacían pensar que se
los habían arrancado y reinsertado muchas veces. Bajó los escalones empinados del palacio arrastrando
los pies; solo sobresalían su enorme nariz plana y su mentón cuadrado. Su barba rala estaba
cuidadosamente oculta bajo tres bufandas.
—Y bien, ¿qué te parece, Morpet? —preguntó la bruja.
Le mostró un hermoso rostro de mujer.
—Convencerá a los niños —murmuró—. Pero ¿para qué molestarse en parecer agradable, Dragwena?
Normalmente no te importa lo que piensen.
La bruja recuperó su apariencia normal: la piel de un color rojo sangre, los ojos tatuados, cuatro filas
de dientes, dos internas y dos externas, en su boca retorcida de serpiente. Morpet miró cómo las filas
de dientes se golpeaban entre sí luchando por conseguir la mejor posición para comer. Unas cuantas
arañas diminutas con los ojos de color púrpura recorrían sus mandíbulas en tropel limpiando los restos
de la última comida.
—Es que esta noche llegará un niño especial —dijo la bruja—. No quiero atemorizarlo tan pronto.
Morpet bajó los últimos escalones helados de la torre-ojo. Era el punto más alto del palacio, una
estrecha columna que perforaba el cielo. Abajo, otros edificios, toscos, se acurrucaban en la nieve y
proyectaban su piedra negra hacia arriba como patas de escarabajo. Morpet avanzaba colocando un pie
delante del otro. Prefería no resbalar: si caía, la bruja esperaría hasta el último momento antes de
rescatarlo. Esa noche observó que Dragwena estaba entusiasmada de modo inusual. Con suavidad,
enrolló las arañas en la lengua y soltó una carcajada. Fue una carcajada horrible, destemplada,
inhumana, como la bruja misma. A través de las aletas de su nariz, que parecían pétalos de tulipán
desgarrados, olisqueó el aire con ansiedad.
—Una noche perfecta —dijo—. Fría, oscura, y con los lobos ahí afuera. ¿Los hueles?
Morpet gruñó mientras golpeaba el suelo con los pies para mantenerse caliente. No podía oler ni ver
a los lobos, pero no dudaba de la palabra de Dragwena. Sus párpados triangulares de borde óseo se
abrieron y estiraron hasta cubrir sus mejillas. Ni el mínimo detalle pasaba desapercibido a la bruja.
—Y lo mejor de la noche está aún por llegar —suspiró—. Pronto estarán aquí los nuevos niños. Sin
duda será como siempre: estarán un poco confundidos y al mismo tiempo agradecidos de recibir
nuestros cuidados. ¿Qué haremos con ellos esta vez? —esbozó una sonrisa burlona y las cuatro filas de
dientes se proyectaron hacia delante, amenazadoras—. ¿Les damos un buen susto? ¿Qué opinas,
Morpet?
—Quizá resulten inútiles —replicó—. Hace mucho que no llega un niño especial.
—Creo que esta noche será diferente —dijo la bruja—. A este le he percibido desde hace algún
tiempo, según va aumentando su poder en la Tierra. Tiene un cierto don.
Morpet no replicó. Aunque le resultaba doloroso pasar sus horas en compañía de la bruja, esta noche
quería estar a su lado. Si llegaba un niño especial, deseaba saber casi tanto como ella, aunque por
distintas razones.
Siguieron descendiendo de la torre-ojo. Al pie de la escalera los esperaba un carruaje enganchado a
dos nerviosos caballos negros. Habitualmente, la bruja volaba para recibir a los niños nuevos, pero esta
vez había decidido no hacerlo.
Con impaciencia miraba a Morpet bajar los últimos escalones, balanceándose. «Qué lento», pensó
ella. «Qué viejo. Será agradable matarlo pronto, cuando deje de ser útil».
Empujó a Morpet dentro del carruaje y murmuró un hechizo de pánico a los caballos, que echaron a
correr como un relámpago, aterrados.
2
El sótano

—¿Qué pasa? —preguntó Eric mientras se comía sus cereales.


Raquel se encogió de hombros.
—Ya sabes.
—¿Otra vez el sueño?
—Ajá.
Raquel balanceó su larga cabellera negra por encima de la leche del desayuno y luego, con un
movimiento rápido, la impulsó como un látigo contra su hermano.
—Déjame —dijo Eric. Acercó su rostro al de Raquel, abrió mucho la boca y dejó que la leche y los
cereales se escurrieran por las comisuras de su sonrisa burlona.
—Ay, crece ya de una vez —dijo Raquel.
Eric rió.
—¿Crecer como tú? No, gracias.
Raquel no le hizo caso y se quedó mirando el plato, que no había tocado.
—Anoche, el sueño fue distinto —dijo—. Esta vez había…
… niños —terminó Eric—. Lo sé. Los vi. En la nieve, detrás de la mujer.
Su madre estaba cerca removiendo su café.
—Otra vez no —suspiró—. Mira, Raquel, has comenzado tú con esa tontería del sueño y ahora
también se ha apuntado Eric. Me gustaría que os olvidarais de esa broma. Ni siquiera es graciosa.
—¿Por qué no nos crees? —preguntó Eric—. Los dos tenemos los mismos sueños. Exactamente los
mismos sueños.
—Anoche —dijo Raquel— los niños estaban temblando detrás de la mujer. Tenían arrugas profundas
alrededor de los ojos. Estaban todos cubiertos de hielo.
—Parecían medio muertos —dijo Eric.
—Basta ya —les advirtió su madre—. Estoy harta de todas esas tonterías.
—Es que es así, mamá —dijo Eric—. Es la mujer del extraño sueño. Cae nieve oscura alrededor de su
cabeza. Y tiene un collar en forma de serpiente. Te mira directamente a los ojos.
—Está viva —dijo Raquel.
—Habéis estado ensayando esta broma —dijo su madre impaciente—. Os conozco. ¿Creéis que soy
tonta? Seguid desayunando.
Raquel y Eric guardaron silencio, terminaron su desayuno y se levantaron de la mesa. Era sábado, de
modo que podían hacer lo que querían. Eric bajó corriendo al sótano para jugar con sus miniaturas de
aeroplanos. Raquel, ensimismada, se fue a su habitación con la intención de leer para borrar el sueño
de su mente. ¿Cómo podía convencer a su madre de que decían la verdad? Al cabo de un rato, levantó la
vista y descubrió a su madre de pie, vacilando, en la entrada. Debía de estar allí desde hacía algunos
minutos.
—Oye, ¿es cierta toda esa historia del sueño? —preguntó.
—Sí.
Su madre la miró con chispas en los ojos.
—¿De verdad?
Raquel la miró del mismo modo.
—Mamá, yo no me inventaría algo así. No son sueños normales.
—Si estás tratando de engañarme…
—Claro que no. Te digo la verdad.
—Bueno, está bien —su madre sacudió en el aire una bolsa—. Me voy de compras. Luego hablaremos
de esos sueños con más calma. ¿Dónde está tu padre?
—Adivina.
—En el garaje, arreglando el coche.
—Como siempre —dijo Raquel.
Las dos se rieron.
—Vigila a Eric por mí, ¿quieres? —le pidió su madre.
Raquel asintió con la cabeza.
—De acuerdo, iré a verlo en un momento.
La madre salió y Raquel volvió a su libro más contenta porque alguien más, aparte de Eric,
comenzaba a tomar en serio lo de sus sueños. Fuera, algunos coches pasaron zumbando por la calle.
Unos chicos, que se reían, hicieron ladrar al perro de la casa de al lado. Su padre maldijo un par de
veces desde el garaje. Los sonidos propios de un sábado por la mañana. Finalmente, Raquel bostezó y
se fue a buscar a Eric. Recorrió todo el pasillo de la planta superior… y de pronto se detuvo.
Lo que había oído no era un ruido típico de un sábado por la mañana. Alguien había gritado.
¿De dónde había salido el grito? De abajo, sí, pero no de la cocina ni de la sala.
—¿Eric? —llamó, y escuchó con atención. Definitivamente, había sido un grito. Venía de las
profundidades de la casa. Al acercarse al sótano, la sombra de Raquel se proyectó de repente en color
naranja sobre la pared. ¿Un incendio?
—¡Vete! —tronó la voz de Eric—. ¡Socorro! ¡Algo me ha agarrado…! ¡Suéltame!
Raquel llegó a la puerta abierta del sótano. Olfateó el aire con precaución, mientras miraba de reojo
el empinado tramo de escaleras.
Dentro no había llamas, pero todo el sótano palpitaba y resplandecía con una luz rojiza. Era como si
del cielo hubiera surgido un enorme atardecer y estallado dentro de la casa. Raquel se protegió los ojos.
En la pared al fondo del sótano, una enorme forma negra se sacudió en medio del aire. Se quedó sin
aliento, cayendo de rodillas. ¿Dónde estaba Eric? Podía oírlo resoplar. Siguió los ruidos y se dio cuenta
de que la forma negra era Eric. Agitaba los pies, con el cuerpo inmovilizado contra la pared.
—¡Raquel! —chilló al verla—. Algo está tirando de mí. ¡No puedo soltarme!
Raquel bajó corriendo los peldaños del sótano.
—¿Qué es?
—¡No lo sé! ¡Estoy atascado! —golpeó la pared a sus espaldas—. ¡Ven, sácame!
Lo agarró de las muñecas y tiró con fuerza.
Fue entonces cuando Raquel vio la garra.
Era una enorme garra negra, del tamaño de un perro. Mientras Raquel la miraba, apareció desde el
otro lado de la pared del sótano. La garra se aferraba a la rodilla de Eric. Abarcaba toda su pierna y
tiraba de ella a través de los ladrillos, hacia el exterior del sótano.
—¿Qué está pasando? —Eric gimió al darse cuenta de la expresión desencajada en el rostro de
Raquel—. ¿Puedes verlo? ¡No te quedes ahí parada!
Una segunda garra asomó por los ladrillos. Se ciñó al cuello de Eric mediante tres uñas verdes rotas
y arrastró por completo su cabeza a través de la pared.
Raquel saltó hacia adelante. Sujetó con firmeza uno de los brazos de Eric y tiró de él, centímetro a
centímetro, trayendo su cuello y su rostro de vuelta al sótano.
—¡Tira más fuerte! —gritó Eric con voz amortiguada—. ¡Busca algo con que luchar!
Los ojos de Raquel brincaron de un lado a otro en busca de algo afilado. Lo que fuera que acechaba
más allá del sótano no iba a soltar a Eric. Las garras negras volvieron a atravesar la pared. Esta vez se
estiraron hacia Raquel. Al acercarse, los dedos huesudos quedaron suspendidos frente a su rostro y la
abofetearon con fuerza.
Al caer, Raquel soltó la muñeca de Eric.
De inmediato, las dos garras aprisionaron al niño por la cintura. Arrastraron a Eric por completo
hacia el interior de la pared. Por un momento uno de sus brazos volvió al interior del sótano arañando el
suelo, como si tratara de aferrarse a algo, a cualquier cosa, antes de ser arrancado también.
Raquel retrocedió desconcertada, temblando violentamente. Un ladrillo suelto cayó cerca de sus
pies, pero no quedaba rastro de las garras. Se limpió con la manga el labio sangrante.
¡Trae a… papa!
Se dirigió hacia la escalera del sótano sin dejar de mirar hacia la pared. Al llegar arriba, se dio la
vuelta y se abalanzó contra la puerta.
Se le cerró de golpe en la cara.
Raquel alcanzó el picaporte y dio un grito: estaba demasiado caliente para tocarlo.
Luego, a sus espaldas, oyó un ruido intenso y terrorífico. La pared posterior se hinchó y se desgarró.
Los ladrillos saltaron por los aires como si fueran dientes astillados.
Raquel, protegiéndose la mano con el jersey, tiró con fuerza de nuevo.
—¡Está bloqueada! —gritó, chocando contra la puerta—. No puedo abrirla. ¡Papá! ¡Papá!
Una ráfaga de viento golpeó su espalda. Raquel se dio la vuelta. Vio que surgía una nueva puerta en
la pared del sótano. No era una puerta común y corriente. Era de un verde luminoso, tenía la forma de
un ojo y se iba ensanchando lentamente. Una enorme garra negra, los mismos dedos gigantes que la
habían abofeteado, la abrió.
Raquel oyó unos golpes sordos sobre su cabeza.
—¡Papá!
—¿Quién está ahí? —dijo—. ¿Qué es todo ese jaleo?
—¡Somos nosotros, Eric y yo! Estamos… ¡algo está tratando de entrar!
—No oigo lo que dices —gritó a todo pulmón—. ¿Qué es ese ruido ahí dentro? ¿Qué clase de juego
estáis…?
—¡Estamos atrapados! Papá, ¡ayúdanos!
Comenzó a aporrear la puerta del sótano.
De inmediato, como si sintiera su presencia, el viento que se colaba por la puerta-ojo se convirtió en
una tormenta furiosa. Se desató contra la cabeza de Raquel, levantando todo el polvo del sótano y
lanzándoselo a los ojos. Un taburete de madera fue arrastrado por el suelo. Las miniaturas de
aeroplanos de Eric volaron enloquecidas por los aires, estrellándose una y otra vez contra el techo.
Raquel apenas podía respirar. El viento la golpeaba como puños, y el polvo le obstruía la boca y la
nariz. Ya no oía a su padre.
—¿Dónde estás? —chilló.
Raquel notó que la arrastraban hacia atrás. Presionó los pies contra los peldaños del sótano para
aferrarse y se agarró con los dedos al marco de la puerta. Su padre clavó el hacha en la puerta sin
cesar, pero esta era demasiado sólida como para que pudiese romperla. De modo que soltó el hacha y
metió la mano a través de una raja en la madera.
—Dame la mano, Raquel. ¡No me sueltes, no importa lo que pase!
Raquel se aferró a su muñeca. Luego parpadeó repetidamente para quitarse de los ojos la arenilla
que los lastimaba y se obligó a mirar hacia atrás. Vio que la puerta-ojo cubría ahora casi toda la pared
posterior. Dos garras la abrían y, en medio, llenando el hueco, se erguía una enorme criatura negra con
verdes ojos triangulares. Todo el cuerpo estaba cubierto de pelos erizados al viento. De la punta de cada
pelo emergía una minúscula cabeza de serpiente, que se adelantaban en grupo hacia el sótano e
intentaban morder las piernas de Raquel, que dobló las rodillas y pataleó, todavía agarrada a la mano
de su padre.
La criatura en la puerta-ojo estaba tratando de introducirse, pero era demasiado grande para entrar
por completo en el sótano. Entonces, por primera vez, abrió la boca, profunda como una caverna, en la
parte central de su cabeza. Dentro de la boca, entre cuatro filas de dientes, una docena de arañas de
ojos color púrpura salieron a ráfagas y se deslizaron por los pelos del cuerpo hacia ella.
La boca murmuró:
—Raquel…
Ella gritó y, solo por un segundo, soltó la mano de su padre.
Fue suficiente.
De inmediato, la tormenta la levantó y la lanzó a través de la puerta-ojo.
La criatura negra apartó un hombro para dejarla pasar. Luego miró el sótano por última vez y sorbió
las arañas para metérselas de nuevo en la boca. La última imagen que vio Raquel antes de dejar este
mundo fue una enorme sombra pasando por debajo y a su padre derribando la puerta con el hacha,
haciéndola saltar por los aires.
Era demasiado tarde. Con un chirrido final, los ladrillos del sótano recuperaron su posición original y
la criatura cerró la puerta-ojo.
El padre de Raquel entró corriendo en el sótano y golpeó la pared con las manos. Sobre su cabeza
caían trozos de muebles. No hizo caso del dolor y clavó el hacha una y otra vez en el muro. Finalmente,
cuando ya no le quedaban fuerzas, la dejó caer. El único daño que había logrado hacerle a la pared fue
romper unos cuantos ladrillos.
Miró furioso la mano que había soltado la de Raquel, dio una patada al hacha tirada en el suelo y se
puso a llorar.
3
Entre dos mundos

En cuanto fue succionada a través de la puerta-ojo, Raquel se encontró cayendo en picado hacia el
enorme y oscuro vacío. Se cubrió el rostro esperando el choque inminente. Sin embargo, continuó
cayendo en la oscuridad, obligada a hacer unas cuantas acrobacias al principio y con dificultad para
respirar cuando un viento helado la golpeó en la cara.
Por fin, como si le hubieran colocado un cojín debajo, Raquel se detuvo de pronto. Su cuerpo quedó
suspendido en el espacio, balanceándose con suavidad. Todo a su alrededor seguía siendo negro, pero
Raquel se dio cuenta de que algo aún más intensamente negro aferraba su brazo: la criatura del sótano.
Por un instante, sus ojos triangulares, cada uno del tamaño del rostro de Raquel, la retuvieron con una
mirada feroz. Luego se impulsó alejándose hasta que su inmenso cuerpo sin forma desapareció allá
abajo.
Cuando la criatura la soltó, Raquel volvió a caer con extrema rapidez.
Al cabo de unos cuantos segundos agónicos, se esforzó por dejar de gritar. Sin pensarlo de modo
consciente, extendió los brazos como si abarcara la oscuridad y poco a poco comenzó a controlar su
giro hasta que notó que apuntaba en una sola dirección: hacia abajo, con los pies por delante.
«Despacio», pensó, ejercitándose en el aire como un esquiador al bajar por una cuesta. Mantuvo en la
mente esta idea hasta que la ráfaga de aire frío se convirtió en un vientecillo, y el vientecillo en una
brisa suave que rozaba su cabeza y sus hombros.
Se concentró y dijo: «Ahora, alto».
Como si el aire que la rodeaba hubiera estado esperando esa orden desde el principio, su cuerpo se
paró completamente.
«¿He sido yo?», se preguntó Raquel. «¿Cómo he podido hacerlo?».
Le pidió a su cuerpo que girara lentamente. Al instante la obedeció describiendo un círculo perfecto,
lo que le permitió echar un vistazo hacia todos lados. Raquel se quedó boquiabierta, desconcertada.
Levantó la mano. Estaba tan cerca de su rostro que podía sentir su aliento sobre la palma, pero en la
oscuridad le resultaba invisible. «Déjame verla», pensó. De inmediato su mano brilló con una luz tenue
a unos cuantos centímetros de sus ojos. Raquel la miró maravillada y comenzó a juguetear con sus
dedos. «El resto», dijo en voz alta, y todo su cuerpo se iluminó de manera suave. «Más luminoso»,
pensó Raquel, y su cuerpo se convirtió en una antorcha en medio de la profunda oscuridad que la
rodeaba. «Ilumínalo todo», gritó Raquel. Esperaba que el espacio a su alrededor estallara en brillantes
colores. Por el contrario, todo permaneció oscuro, excepto millones de motas de polvo que eran
arrastradas por la brisa y brillaban cerca de ella.
Se estremeció. ¿Cómo podían estar ocurriendo estas cosas creíbles? Sintió una fuerza reconfortante
en su interior, un extraño y misterioso poder, a la espera de ser utilizado. ¿Qué podía significar?
Raquel analizó su situación. Pendía en el vacío, en el interior de un oscuro e impenetrable silencio.
No había paredes ni techos ni forma de calcular cuánto había caído o lo lejos que se encontraba del
suelo. El aire húmedo que provenía de abajo soplaba suave entre sus cabellos. No veía a Eric por
ningún lado. Intentó llamarlo, pero la brisa arrastró su débil voz hacia arriba. No percibía ningún otro
sonido.
Los labios de Raquel se habían hinchado por el golpe que le había propinado la garra cuando
estaban en el sótano. Una gotita de sangre se deslizó hasta el mentón y se escurrió hasta el borde.
Mientras caía rápidamente, apenas pudo ver nada con los ojos entrecerrados.
Tenía que haber algún modo de encontrar a Eric…
«¿Dónde está?», preguntó a la oscuridad e inmediatamente, debajo de sus pies, vio un punto azul
que giraba. Conocía ese color: el jersey de Eric. «¡Tráemelo!», ordenó; en esta ocasión, sin embargo, su
orden no fue obedecida. El color azul sencillamente menguó alejándose mientras caía segundo tras
segundo. Raquel sabía que la criatura debía de estar por allí en algún sitio, posando quizá sus ojos
triangulares en Eric. ¿Contaba él con sus mismas habilidades o seguía cayendo cada vez más aterrado?
Enfrentándose a su temor de continuar hacia abajo, en dirección a la criatura, Raquel hizo acopio de
todo su valor y se dijo que quería navegar hacia el lejano punto azul. El estómago le dio un vuelco. De
inmediato el viento le empujó la cabeza hacia atrás y Raquel fue lanzada hacia abajo. «Más rápido», se
dijo a sí misma, y su cuerpo obedeció, con lo que el viento tibio se congeló de nuevo sobre su rostro.
En la lejanía, la forma azul podía distinguirse cada vez más. Raquel se lanzó en picado utilizando los
brazos como si fueran alas y llegó al lado de Eric. Atrapó su cuerpo que giraba e hizo que los dos se
detuvieran. Eric estaba inconsciente. La caída, o el miedo a caer, o el viento que le dificultaba la
respiración, había hecho que se desmayara. Durante un buen rato abrazó a Eric hasta que despertó, y
luego le dejó llorar sobre su hombro, consolándolo. Durante unos minutos permaneció en los brazos de
su hermana. Le acunaba y le murmuraba palabras y sonidos amables mientras se recuperaba.
Finalmente, volvió con timidez el rostro hacia Raquel. Un rastro de vómito que colgaba de su boca le
manchó el cuello.
La miró.
—Estás… brillando, Raquel. ¿Qué pasa?
Raquel alzó las cejas.
—No lo sé, pero mientras estabas desmayado estuve haciendo pruebas. Mira esto.
Se concentró e hizo que su cabello fuera rojo, luego amarillo y de nuevo negro.
—¿C-cómo lo haces? —balbuceó Eric.
—No estoy segura —dijo Raquel, nerviosa—. Pero todavía no me he encontrado con demasiadas
cosas que no pueda hacer —hizo que sus labios brillaran en color dorado.
Eric parpadeó varias veces.
—¿Puedo hacerlo yo?
—Inténtalo —dijo Raquel—. Solo tienes que decirle a una parte de tu cuerpo que se ilumine.
Eric apretó los ojos para concentrarse. Sus labios no brillaron. Lo intentó varias veces más, sin
resultado. Finalmente se dio por vencido.
¿Qué está sucediendo? —preguntó serio—. Vamos hacia a cosa que nos ha arrastrado, ¿verdad?
—No. Solo estamos suspendidos aquí —Raquel pasó la lengua con cautela sobre su labio hinchado—.
De todas maneras, supongo que deberíamos intentar bajar. No podemos quedarnos colgados aquí para
siempre.
—¡Para qué vamos a ir hacia abajo! No seas tonta —dijo Eric—. ¡Volemos hacia arriba, Raquel!
Llévanos de vuelta al sótano.
¡Por supuesto! ¿Por qué no lo había pensado? Raquel sujetó con fuerza a Eric e imaginó que ambos
viajaban hacia los brazos de su padre. No ocurrió nada. Intentó impulsarse hacia arriba solo unos
cuantos metros. Nada.
—Perfecto —se lamentó Eric—. Supongo que esa cosa quiere que nos quedemos aquí bloqueados —
miró con tristeza hacia abajo—. ¿La has visto? Era enorme.
Raquel le contó lo ocurrido en el sótano, sin mencionar lo de los cabellos con serpientes y las arañas.
Tras un largo silencio, Eric dijo:
—Si te siguió hasta aquí, probablemente está esperando en el fondo.
—Quizá.
—Seguro.
—Mmm.
Como no podía volar hacia arriba, Raquel hizo que los dos descendieran poco a poco. Durante unos
minutos estuvieron mirando con atención en la oscuridad, esperando que las garras negras surgieran
de un momento a otro.
—¡Detente! —clamó Eric al final. Señaló un punto de luz débil que estaba abajo—. Allí abajo hay
algo. Viene hacia aquí. ¡Mira!
Raquel miró en la dirección que le señalaba y descubrió una pequeña mancha gris que crecía con
rapidez bajo sus pies.
Eric dijo:
—Esa cosa era negra, ¿verdad?
Raquel asintió.
—Con ojos verdes.
—Tal vez ahora ya no sea negra.
Podría ser alguien más que han traído hasta aquí junto con nosotros.
—Demasiado grande para eso —dijo Eric, preocupado.
Raquel se dio cuenta de que tenía razón. El objeto gris se acercó, extendiéndose hasta cubrir todo el
espacio que había debajo. No era otro niño. Era grande y amorfo.
—Parece suave —dijo Raquel—. ¿No crees?
Eric comenzó a patalear en el aire.
—Vamos a chocar con él. ¡Esa cosa está allí abajo! ¡Deténnos!
Raquel lo intentó, pero siguieron descendiendo hacia la mancha gris. Al final caían con tanta lentitud
que una pluma los hubiera adelantado. Raquel sintió un escalofrío en la piel, seguido de una ráfaga de
viento helado. El aire que los rodeaba no solo era más frío, sino salpicado de puntos de luz titilante.
—Parecen estrellas —murmuró Eric, mirando hacia todos lados—. Estoy seguro de que lo son. Debe
de ser de noche. Seguramente estamos… fuera.
Aún no había terminado de decirlo cuando aterrizaron suavemente sobre una capa de nieve.

Una enorme luna llena, cinco veces más grande que la luna de la Tierra, brillaba fría en el cielo.
Raquel buscó signos de peligro. Era extraño, pero estaban rodeados por árboles retorcidos. Cada árbol
estaba cubierto por una gruesa capa de nieve que hacía que las ramas se inclinaran dándoles la
bienvenida. La nieve era gris, no blanca. Asombrada, Raquel extendió las manos para tocar los escasos
copos que caían del cielo y se disolvían formando una oscura humedad entre sus dedos. Por todos lados,
la misma nieve gris recubría el suelo.
Eric dijo:
—Caramba. ¿Qué lugar de la Tierra es este?
—No os encontráis en la Tierra —dijo una voz a sus espaldas.
Los niños dieron un brinco. De rodillas sobre la nieve y sonriéndoles estaba la mujer del sueño. Tenía
ojos verdes luminosos, con destellos de color púrpura y zafiro. Una cascada de cabello lacio y negro
caía sobre sus hombros y alrededor del cuello llevaba un elaborado collar de diamantes en forma de
serpiente. La serpiente tenía dos enormes ojos de color rojo rubí, que Raquel vio parpadear.
A su lado había una criatura encorvada, en cuclillas, que parecía un enano muy viejo.
—¿Quién… quién eres tú? —preguntó Raquel a la mujer.
—Mi nombre es Dragwena —replicó la bruja. Señaló luego al hombre—. Y este es Morpet, mi
sirviente. Bienvenida al mundo de Itrea, Raquel.
Raquel parpadeó.
—¿Cómo sabes mi nombre?
—Bueno, sé muchas cosas —dijo Dragwena—. Por ejemplo, sé que Eric me tiene miedo. ¿Sabes tú
por qué?
Raquel notó a Eric escondiéndose detrás de sus piernas.
—No me gusta esto —murmuró Eric—. Algo anda mal. No te fíes de ella.
Raquel lo hizo callar, pero también desconfiaba. ¿Era posible que fuera realmente la misma mujer
del sueño? Se dio cuenta de que el enano temblaba a pesar de calzar botas de nieve, mientras que
Dragwena, que iba descalza, parecía sentirse cómoda, como si el frío no le afectara.
—Hemos caído por un túnel oscuro —dijo Raquel—. Una criatura con garras negras…
—Ya se ha ido —dijo Dragwena—. Yo la he asustado.
—¿Y cómo lo has hecho? —protestó Raquel—. Quiero decir, era enorme y…
—Olvídate de las garras negras —dijo Dragwena—. Poneos esto.

Morpet ofreció a Raquel y Eric abrigos, guantes y bufandas calientes. Raquel estudió las prendas,
porque sabía que un minuto antes no estaban en las manos del enano. La ropa les iba a la perfección.
Raquel se puso alrededor del cuello una bufanda forrada en piel. En cuanto la rozó, notó que la bufanda
se acomodaba por sí sola sobre sus hombros, cálidamente.
Tembló preguntándose qué ocurriría después. ¿Era un mundo mágico? ¿Podría utilizar los poderes
que había descubierto entre los dos mundos? ¿Quién era esta mujer? Miró a Eric, que se acurrucó
contra su pierna, y vio miedo en sus ojos.
—Tenemos que volver a casa —dijo Raquel muy firme.
—No os preocupéis por eso —dijo Dragwena. Miró a Eric—. ¿Cuáles son tus dulces favoritos?
—No me gustan los dulces —respondió Eric suspicaz.
Dragwena sonrió.
—¿De veras?
—Bueno… —su expresión se tornó confusa—. Quizá las gominolas.
Raquel se sorprendió. Sabía que Eric nunca comía gominolas.
—Eso pensé —dijo Dragwena—. Mira en tus bolsillos.
—Espera un minuto —se quejó Raquel—. Queremos ir a casa. No tenemos hambre. ¡Oh…!
Una gominola verde salió arrastrándose del bolsillo del abrigo nuevo de Eric. Reptó por su manga y
saltó al suelo. La siguió otra gominola azul. En un instante se descolgaron de los abrigos de los niños, y
se deslizaron por la nieve, tratando de escapar.
Los ojos de Dragwena centellearon.
—¡No dejéis que se escapen!
Eric, sin comprender por qué, se descubrió corriendo de inmediato detrás de las gominolas para
metérselas a puñados en la boca.
Morpet, que permanecía cerca, gimió para sus adentros. Él podía ver que las gominolas eran en
realidad arañas con caparazón que corrían para volver a la boca de Dragwena. La bruja había
conseguido lo que él sabía de antemano: había lanzado un hechizo contra los niños para divertirse… y
para poner a prueba a Raquel.
Eric buscaba de manera cada vez más frenética las gominolas para comérselas. Una araña con
cuatro filas de dientes serrados entró en su boca. La masticó de manera voraz mientras seguía
buscando en la nieve las que hubieran podido escaparse.
Raquel estaba tan fascinada por las gominolas como Eric. Cogió una y se la acercó a los labios. Esta
escurrió su cuerpecito hacia adelante deseando que le mordiera la cabeza jugosa, pero la expresión de
disgusto dibujada en el rostro de Morpet hizo vacilar a Raquel. Aun así, sentía un doloroso deseo de
comer la golosina. Siguió mirando al disgustado Morpet, a la mujer, sacudida por las carcajadas, y a la
gominola que suplicaba ser comida. Finalmente, con un enorme esfuerzo, lanzó la gominola al aire. Al
caer sobre el vestido de la mujer, se apresuró hacia sus labios.
Dragwena se quitó de un tirón la golosina de la barbilla y se la extendió a Raquel.
—¿No quieres comer una? —preguntó—. Son deliciosas.
—No —murmuró Raquel vacilante—. Quiero decir, sí, me gustaría comerlas. Es decir, no me gustan
las gominolas… Pero… —miró a Eric, ocupado en devorar las gominolas que estaban cerca de sus pies
—. Lo que quiero decir es que… —intentó pensar en cualquier cosa excepto en las golosinas—. Lo que
queremos es volver a casa —Eric no le hizo caso—. Es así, ¿verdad? Queremos volver a casa ahora.
—Ay, cállate Raquel —dijo Eric, mientras le caía un hilillo de baba por la comisura—. No le hagas
caso, Dragwena —sacó la lengua—. Raquel solo dice tonterías, como siempre.
Raquel miró desconcertada a Eric. Hacía unos instantes él temía a esa mujer. ¿Qué había ocurrido
para que cambiara de parecer? Nerviosa, miró a Dragwena y al enano y percibió una enorme amenaza.
¿Debía intentar escapar? Pero eso significaría abandonar a Eric…
La bruja se incorporó lentamente. Se estiró como un gato y extendió los brazos y las piernas hasta
medir más de dos metros de altura. Se impulsó con los pies en la nieve y eso la hizo flotar a unos
cuantos centímetros del suelo. Se acercó a Raquel.
—A ver, déjame verte bien —dijo Dragwena. Trazó un complejo patrón con los dedos sobre la nariz y
párpados de Raquel—. Vaya, eres una niña que me intriga. Veo que eres lo que estaba esperando. Más
de lo que estaba esperando. Responde esta pregunta: Eric fue el primero en salir por la pared. ¿Por
qué, entonces, llegasteis al mismo tiempo?
Raquel intentó contenerse, por precaución, pero se sintió empujada a responder con la verdad.
—Sencillamente he volado hasta él. Fue fácil.
Dragwena se rió.
—¿Qué más te ha resultado tan fácil?
Raquel le contó todo lo que ocurrió entre los dos mundos. No podía callar. Describió cada minuto del
viaje.
Al final Dragwena parecía satisfecha.
—Eso que te resultó tan fácil no lo había hecho antes ningún otro niño, Raquel. Ninguno. Y han
llegado miles antes que vosotros. Miles de niños inútiles. Sigúeme.
De nuevo Raquel fue incapaz de evitarlo. Se inclinó hacia delante para aceptar las manos heladas
que Dragwena le ofrecía. En lo más profundo de su mente, el instinto la prevenía para que se resistiera,
para que permaneciera cerca de Eric y se alejaran. Sin embargo, se encontró entrelazando sus brazos
con los de Dragwena. Morpet tomó la pequeña mano de Eric y los cuatro siguieron un camino en la
nieve como si hubieran paseado muchas veces juntos como buenos amigos.
Los caballos negros y el carruaje los esperaban. En su interior, Eric se sentó cerca de Morpet: ya no
se quejaba y colocó las manos con serenidad sobre sus rodillas. Morpet miraba fijamente hacia el vacío.
Raquel casi ni los percibió. Más bien, se acercó cada vez más a Dragwena, completamente fascinada
por su aspecto, voz y gestos. Raquel se olvidó de que quería volver a casa. Se olvidó incluso de su casa.
No podía dejar de mirar a la bruja.
Dragwena atrapó unos cuantos copos de nieve que entraban por la ventana abierta del carruaje.
—¿Volamos?
Raquel asintió entusiasmada.
La bruja susurró algo a los enormes caballos negros. Al instante, elevaron los cascos por los aires, en
dirección al palacio.
4
Llegada al palacio

Raquel no recordaba nada del largo y frío vuelo en carruaje. Durante el recorrido, la bruja estuvo
bombardeándola con preguntas. Raquel le contó a Dragwena todo sobre sí misma, secretos que ni
siquiera sus mejores amigas conocían. Habló de su escuela, de sus padres, de sus colores favoritos. Le
dijo todo lo que amaba y lo que detestaba. Dragwena parecía especialmente interesada en lo que
detestaba.
Cuando la bruja hubo descubierto todo lo que quería saber, la serpiente-collar se deslizó desde su
garganta. Se enredó en el cuello de Raquel y la meció suavemente hacia adelante y hacia atrás hasta
sumirla en un profundo trance, un estado del que solo la bruja podía sacarla.
Mientras Raquel dormía profundamente, la bruja luchó por contener su entusiasmo. La niña era
incluso más fuerte de lo que había esperado. Había aprendido a volar entre los mundos, se había
resistido a las golosinas incluso cuando la presionó para que comiera una.
«Me pregunto», pensó Dragwena «si esta niña es la que he esperado durante tanto tiempo». Suspiró.
¿Cuántas niñas habían sido tan prometedoras al principio, solo para mostrarse demasiado débiles para
dominar los difíciles hechizos de la brujería? Quizá, después de todo, Raquel no era sino solo otra niña
débil…
La bruja hizo que el carruaje se posara en el suelo, abrió las ventanas y llamó con suavidad a sus
lobos. Un instante después corrían a su lado a grandes zancadas, mordisqueaban las patas delanteras
de los caballos y disfrutaban de la noche junto con la bruja.
Dragwena se relajó al abandonar el rostro de mujer bella. Sus orejas se hundieron en el interior del
cráneo. El rostro se encendió en rojo sangre y sus párpados se alargaron hacia los lados hasta
encontrarse en la parte posterior de la cabeza, lo que le permitía dominar todos los detalles del mundo
con perfecta claridad.
En un impulso, la bruja echó a patadas de su asiento al conductor. Sostuvo las riendas y azotó a los
caballos sin piedad durante algunos kilómetros, con sus cuatro filas de dientes brillando a la luz de
Armat, la enorme luna.

Finalmente, la bruja frenó de golpe a los caballos aterrados al pie de la escalera del palacio. Allí
esperaban varios enanos parecidos a Morpet.
—¡Daos prisa, idiotas! —les gritó Dragwena con impaciencia—. ¡Lleváoslos!
—P-pero, mi reina —tartamudeó uno—. La habitación de invitados no está lista.
Miró con ojos penetrantes a dos más. Envolvieron a Raquel y a Eric, dormidos, en mantas tibias y
subieron la escalinata del palacio.
—¡Vaya, no está lista! —gruñó Dragwena—. ¿De quién es la culpa, Leifrim? ¿Tuya?
El hombrecillo bajó la mirada.
—No, es culpa mía —dijo otro, una criatura de cabellos rojos con rostro de niña y los ojillos
arrugados como una anciana—. ¡Castígame!
—¡Cállate, Fenagel! —soltó entre dientes Leifrim.
La bruja se rió.
—Quizá debería castigaros a los dos. Padre e hija. Al padre por estúpido y a la hija por hablar
demasiado —levantó el cuello hacia la luna.
De manera instantánea, Leifrim salió disparado hacia el oscuro cielo y quedó suspendido a varios
cientos de metros de altura.
—¿Qué debería hacerle a tu padre? —le preguntó la bruja a Fenagel—. ¿Merece esto un severo
castigo o solo uno pequeño?
—Por favor, no le hagas daño —rogó Fenagel—. Solo trataba de protegerme. Fui yo quien se olvidó.
Haré lo que tú quieras.
—Niña —dijo Dragwena—, no tienes nada que me interese. En mi reino solo a mí se me permite
olvidar, y yo nunca me olvido de nada.
Leifrim fue lanzado con fuerza contra un árbol cercano y al caer dio con las rodillas contra el suelo.
Por unos instantes, Dragwena disfrutó viéndolo luchar para desenredar sus piernas lastimadas. Luego
elevó los brazos, se levantó del suelo helado y remontó hacia la luz que salía de la torre-ojo.

En cuanto la bruja desapareció, Fenagel corrió hacia su padre. Estaba tirado al pie de un árbol,
gimiendo en voz alta.
—Sh, sh, papá —le dijo—. Ya se ha ido.
Otro hombre, con barba corta y puntiaguda, se hizo cargo de él enseguida. Inspeccionó las heridas
de Leifrim y ordenó a otros tres que lo llevaran a una pequeña choza de madera, donde cosieron sus
cortes y entablillaron sus piernas rotas.
Fenagel miró furiosa al hombre de la barba.
—¿No podías haber hecho algo para ayudarlo, Trimak? ¡Se supone que eres nuestro líder! Lo único
que haces es hablar sobre cómo protegernos de la bruja. Pero te has quedado allí parado, igual que los
demás. ¿Cómo has podido hacerlo?
Trimak inclinó la cabeza.
—Un ataque directo contra Dragwena nunca funcionará —dijo—. Tu padre lo comprende. Si hubiera
hecho algo para detener a la bruja, sabe que me hubiera matado.
Leifrim asintió y Fenagel, llorosa, estrechó las manos de su padre.
Leifrim susurró en medio de sus dolores:
—Nosotros no podemos hacer daño a la bruja, pero quizás otro pueda hacerlo. Morpet consiguió
enviar un mensaje con el águila Ronocoden antes de que dejaran la entrada. Dice que esta nueva niña,
Raquel, se resistió a Dragwena. No se comió las golosinas que le ofreció. ¿Podéis creerlo? Estoy tan
entusiasmado con las noticias que he olvidado revisar los preparativos. Estúpido… Dragwena nunca
tolera ningún error.
Fenagel miró sus piernas maltrechas.
—Todo por mi culpa…
—No te culpes —dijo su padre—. Nadie se libra de los castigos de Dragwena por mucho tiempo.
Trimak se adelantó.
—¿Dices que esa niña se resistió, y Dragwena no la mato?
—Sí —dijo Leifrim excitado—. Parece que incluso la vieja bruja estaba impresionada. Raquel debe de
ser especial —se volvió hacia Fenagel—. ¿Recuerdas a la niña-esperanza de la que te he hablado?
—¿La que vendrá de otro mundo? —preguntó Fenagel—. La niña oscura que nos llevará de vuelta a
la Tierra —sonrió a medias—. ¿No se trataba solo de un cuento?
—¡Sht! —soltó entre dientes Trimak—. Exactamente. No es sino una vieja fábula. Vigila a tu padre.
Trimak dio instrucciones para que prepararan una camilla y salió de la choza.
Como siempre, fuera hacía un frío tremendo. Una tormenta se preparaba hacia el norte, cubriendo
todo el cielo. Al oeste brillaban unas cuantas estrellas solitarias. Trimak suspiró, deseoso de que su
resplandor titilante resistiera la tormenta. Hacia el sur, la enorme luna fría de Armat miraba hacia
abajo, malévola; su superficie accidentada no ofrecía confort alguno. «Me pregunto», pensó Trimak
«¿durante cuántos siglos esa luna ha mirado nuestro planeta? ¿Ha sido testigo alguna vez de un ataque
triunfal en contra de la bruja?». Nunca: lo sabía. Nunca.
Tomó un camino cerca de la escalinata del palacio y vagó de vuelta a su propia casa. Muranta, su
esposa, calentó un poco de sopa en el fuego, mientras él le explicaba los acontecimientos nocturnos.
Ella tembló.
—¿Crees que esta Raquel podría ser la niña-esperanza?
—Lo dudo —dijo Trimak con desdén—. Hemos visto a tantas niñas ir y venir. Siempre parecen
prometedoras, pero Dragwena las destruye o se apodera de su fuerza en su propio provecho —
interceptó la mirada de Muranta y dijo amenazante—: siento que la bruja ha esperado mucho tiempo a
que llegue esta niña. Quizá Raquel resulte ser otra bruja. ¡Piensa en eso! En cualquier caso, no me
atrevo a creer que esta Raquel sea capaz de ayudarnos.
En secreto, sin embargo, lo esperaba.
5
Hechizos

Raquel se despertó tarde a la mañana siguiente. Bostezó con toda la boca abierta y se desperezó en
unas sábanas lujosas y acogedoras.
—Buenos días, Raquel —dijo una voz áspera.
Ella saltó.
—¿Quién está ahí?
—Morpet.
¡Morpet! Una serie de imágenes bombardeó la mente de Raquel: las garras negras en el sótano, el
encuentro con la mujer serpiente y el enano. ¿Qué ocurrió después?
—¿Dónde estoy? —preguntó Raquel tratando de pensar con claridad—. ¿Dónde está Eric? ¿Qué le
habéis hecho?
—Tu hermano está a salvo —dijo Morpet—. Ya se ha tomado su desayuno y está jugando aquí cerca
—apretó un dedo del pie de Raquel—. Tú, en cambio, te has quedado más tiempo en la cama,
dormilona.
—¿Con quién está jugando Eric? —preguntó Raquel—. ¿Con otros niños?
—¡Por supuesto! Vosotros no sois los únicos niños aquí. Nuestro mundo está lleno de niños. Está
jugando al escondite, creo.
—¿En la nieve?
—¿Dónde mejor? —se rió Morpet—. Todo tiene el mismo aspecto. Un lugar fantástico para
esconderse.
Raquel se quedó mirándole.
—¿Un mundo lleno de niños? ¿Por qué? ¿De dónde vienen todos? ¿No hay ningún… adulto?
—Te explicaré todo eso después —dijo Morpet—. Primero déjame darte otra vez la bienvenida al
maravilloso mundo de Itrea —esbozó una sonrisa luminosa—. Vosotros, distinguidos visitantes, os
encontráis en el palacio de Dragwena. Solo los invitados especiales sois recibidos en estas habitaciones.
Raquel revisó la cama en la que había dormido. Era enorme, un océano de sábanas color escarlata
adornadas con serpientes negras resplandecientes cuyos ojos de color rojo rubí parecían no perderla de
vista.
—No soy nada especial —dijo Raquel—. Soy como todo el mundo —examinó con cuidado el pijama
que llevaba y que le iba a la perfección—. Este no es mi pijama. ¿Quién…?
—Una doncella te desvistió anoche —le dijo Morpet.
—¿Una doncella?
—Tendrás tu doncella personal mientras permanezcas con nosotros. Su nombre es Fenagel.
Miró hacia el otro lado de la habitación, donde vacilaba una niña, nerviosa. Raquel vio que tenía las
mismas arrugas, en forma de arcos que unían sus ojos, como Morpet, lo que hacía imposible calcular su
edad. Una trenza de cabello rojo cuidadosamente arreglada enmarcaba su rostro pensativo.
Fenagel hizo una reverencia.
—A su servicio, señorita.
—Estoy acostumbrada a vestirme sola —dijo Raquel nerviosa.
—Dragwena dice que debemos mimarte —le dijo Morpet—. Fenagel hará cualquier cosa que pidas.
—¡Lo que quiera! —exclamó entusiasta Fenagel—. Yo no soy importante, señorita. Solo soy una
doncella. Dígame lo que quiere.
Raquel no supo qué decir.
—No… necesito nada. No me llames señorita. Mi nombre es Raquel.
—Por supuesto, señorita… quiero decir, Raquel.
—Hora de vestirse —dijo Morpet—. Te estaré esperando en el comedor.
—¿Sabes dónde está mi ropa? —preguntó Raquel a Fenagel, cuando el enano salió.
—Ay, señorita Raquel, tiene montones para escoger. Venga y asómese.
Fenagel llevó a Raquel a un lugar junto a la alcoba. Era un vestidor tan grande que se podía recorrer
hasta llegar al centro y seguía sin verse la pared del otro extremo. Dondequiera que Raquel mirara,
colgando de rieles de cientos de metros de largo, había ropa, miles de prendas de vestir. Y, al mirar
asombrada, Raquel descubrió que todas las prendas se volvían hacia ella. Vestidos atractivos se movían
para llamar su atención. Una falda se agitó para mostrar sus colores siempre cambiantes, ondulando
con placer cuando Fenagel rozó de modo suave su dobladillo. Varios jerséis se abrieron camino entre las
blusas y filas de zapatos avanzaron para que ser vistos. Fenagel les lanzó una mirada de advertencia y
los zapatos se detuvieron a una distancia respetuosa para permitir que unos calcetines primorosos y un
conjunto de leotardos y mallas bailaran entre ellos. Finalmente, todas las prendas de vestir rodearon a
Raquel formando un círculo perfecto y esperaron en silencio su decisión.
Raquel dio un paso atrás, mirándolas maravillada. Un vestido blanco adornado con joyas brillantes
se lanzó de pronto al aire y se apretó contra su pecho.
—¡Suéltame! —gritó Raquel, tirándolo al suelo.
—No. No. Pruébeselo —se rió Fenagel, agitando un dedo hacia la prenda, que intentaba reptar sobre
el pie de Raquel—. ¡El vestido no le hará daño!
—Pero ¿cómo es posible que la ropa…?
—Pues no lo sé —dijo Fenagel—. Dragwena hace que todo eso ocurra. ¿Va a ponerse ese vestido o
no?
—¿Puedo… ponerme cualquier cosa que quiera?
—Sí, claro, señorita Raquel. Son para usted.
Superando su nerviosismo, Raquel se probó rápidamente varios vestidos, abalanzándose entre los
soportes de la ropa y los muchos y enormes espejos que había en el cuarto. Cada prenda de vestir le
quedaba perfecta. Estaba demasiado excitada para preguntarse cómo era posible. El original vestido
blanco adornado con joyas había reptado hasta llegar a una percha: languidecía y parecía triste.
—¿Te usaré? —le preguntó Raquel, esperando que el vestido respondiera «¡Sí!».
—No puede hablar, ¡pero quiere que lo haga! —gritó Fenagel—. ¿No es precioso?
Raquel se sintió tentada. Sin embargo, pensando en que quizá tendría que salir a la nieve, eligió un
pulóver blanco grueso, unos pantalones negros y un par de zapatos de color gris, bajos y resistentes.
Salió de puntillas del guardarropa preguntándose si los zapatos le mostrarían cuál era el camino para
llegar al comedor. Fue Fenagel quien la condujo hasta allí, pero no entró con ella.
—¿No vas a entrar? —preguntó Raquel.
—No se me permite —dijo Fenagel—. Quiero decir, que ya he comido. Es decir… Lo que quiero decir
es que… ¡la veré más tarde, señorita! —volvió corriendo rápidamente por el corredor como si no
pudiera dejar de alejarse de algo que hubiera detrás de la puerta del comedor.
Raquel se acomodó la ropa y llamó a la puerta con suavidad.
—Entra, Raquel —dijo Morpet.
El comedor la decepcionó. Era pequeño, no más grande que la cocina de su casa, y contenía solo una
sencilla mesa redonda con dos sillas. No había cucharas impacientes ni paquetes de cereales tentadores
que clamaran por su atención. Raquel se sentó frente a Morpet e intentó sonreír.
—Tengo hambre —dijo él—. ¿Y tú?
—Mmm —Raquel se dio cuenta de que no había comido desde hacía… siglos. Esto le recordó
instantáneamente a Eric—. ¿Ha desayunado ya Eric? ¿Dónde está? Va a asustarse si no sabe dónde
estoy.
Morpet se rió.
—Acabo de verlo. Está divirtiéndose de lo lindo construyendo un muñeco de nieve allá fuera. ¡No te
ha mencionado ni una sola vez! Puedes reunirte con él cuando quieras. Comamos un poco antes, ¿de
acuerdo? ¿Qué te gustaría?
—¿Tenéis cereales?
—Sí. Todos los tipos de cereales que puedas imaginar, además de pan tostado, huevos, todo eso, y
cosas que probablemente nunca has comido en el desayuno… como sandwiches gigantescos de
chocolate que están para chuparse los dedos
—¡Entonces tomaré los sandwiches de chocolate!
—Bien —dijo Morpet, relajándose en la silla—, no existen todavía como tales. Verás, en nuestro
mundo solo tienes que imaginar el desayuno que quieres.
Raquel desconfiaba, pero recordó el guardarropa.
—Por ejemplo —dijo—, hoy quiero unos huevos con salchichas en forma de, veamos, en forma de
teteras.
Al instante, un plato con huevos revueltos y salchichas apareció sobre la mesa. Cada salchicha
parecía una tetera diminuta, con su pico, su mango y su gorda barriga.
Los ojos de Raquel se abrieron como platos cuando Morpet cogió una. Hasta tenía su tapa, como una
tetera de verdad. Se la metió en la boca.
—Deliciosas —dijo—. Tienes que probarlas.
—No-no puedo hacerlo —jadeó Raquel—. ¿Cómo lo has hecho?
—¿Has olvidado la magia que utilizaste entre los dos mundos? —le preguntó Morpet—. Esto debería
ser un truco muy fácil para una chica tan lista como tú —devoró los huevos con un tenedor que apareció
en su mano—. Verás, este mundo es distinto al mundo del que provienes. Aquí hay magia por todas
partes.
—¿Por todas partes?
—Absolutamente —dijo Morpet—, y está esperando a ser aprovechada. ¡La magia no puede esperar a
ser utilizada! Todo lo que necesitas es un poco de práctica. Lo único que tienes que hacer es tener claro
qué es lo que quieres y hacerlo aparecer —se inclinó hacia Raquel—. Cierra los ojos —dijo— e imagina
esos deliciosos sandwiches de chocolate en un plato frente a ti. Funcionará. Te lo prometo.
Raquel cerró los ojos e imaginó los sandwiches. Los vio cortados en pequeños triángulos, con un
montón de chocolate oscuro v suave derramándose por los lados. Pero cuando abrió los ojos, la mesa
estaba vacía.
—Apuesto a que has pensado en los sandwiches —dijo Morpet— pero no los has imaginado sobre la
mesa frente a ti. ¿Correcto?
Raquel asintió.
—Adelante —la animó—. Inténtalo de nuevo.
Raquel lo hizo y parpadeó de asombro cuando descubrió un par de sandwiches de chocolate
esperando a que se los comiera.
Morpet los estudió.
—Prometedores, pero te has olvidado de algo.
Siguió su mirada y vio que el pan era de un gris mohoso.
—¡Ag! —dijo—. Parece horrible.
—No está mal —gruñó Morpet dando un mordisco a un pastel de crema—. Has olvidado decidir el
color de pan que querías. ¿Lo quieres blanco o café, o incluso plateado? Verás, la magia no sabe qué
color de pan quieres. Solo tú. Inténtalo de nuevo.
Raquel imaginó el pan blanco y esponjoso. Sin mantequilla, decidió. Solo mucho chocolate. Esta vez
el pan resultó apetitoso.
—No te pongas nerviosa —dijo Morpet, y dio un mordisco a una gran manzana caramelizada—.
Prueba uno.
Raquel cogió uno de los sandwiches con todo cuidado y le dio un pequeño mordisco.
—¡Auch! —lo arrojó sobre la mesa—. ¡Es asqueroso!
Morpet soltó una carcajada y las enormes arrugas le crecieron alrededor de la boca y las mejillas.
—No es gracioso —dijo Raquel.
—¡Por lo visto has olvidado otra cosa!
—¿Qué? No sé…
—Has olvidado imaginar ¡cómo sabrían los sandwiches!
—Ay —Raquel se dio cuenta de que tenía razón. Rápidamente imaginó el sabor mezclado del pan y el
chocolate y mordió la punta. Esta vez le salió perfecto.
Morpet cogió el otro sandwich.
—¿Puedo darle un mordisco?
Raquel asintió preguntándose cómo podía comer tanto.
Él lo mordió y masticó con lentitud.
—De rechupete…, delicioso —suspiró—. No hubiera podido hacerlo mejor yo mismo. Intenta otra
cosa. ¿Qué tal un poco de fruta?
Raquel hizo aparecer una naranja en el centro de la mesa. Arrugó el entrecejo preguntándose qué es
lo que no estaba bien en ella.
—Mírala más de cerca —dijo Morpet—. Sabes qué es lo que está mal. No necesitas que te lo diga.
Raquel observó la naranja. Era redonda. Tenía el color adecuado. Hizo que la naranja girara con
lentitud, mientras Morpet se acomodaba en el asiento mirándola con fascinación. De pronto, Raquel
supo qué era lo que estaba mal: no tenía los hoyuelos que tienen todas las naranjas. Era lisa, como una
manzana. Un momento después había hecho aparecer los hoyuelos.
Morpet cogió la naranja de la mesa e intentó pelarla sin éxito.
—Vaya, me olvidé de hacer real la piel —dijo Raquel, molesta consigo misma.
—No importa —dijo Morpet—. Dime qué te parece mi siguiente truco.
Apareció una manzana, encima de la naranja. Raquel colocó un plátano encima de la manzana.
Morpet añadió un melocotón. Raquel puso una piña sobre el melocotón. Continuaron de ese modo hasta
que la pila de fruta fue increíblemente alta, casi rozando el techo.
Raquel sacudió la cabeza.
—¿Por qué no se caen?
—¡Porque no queremos!
Entusiasmado, Morpet amontonó cuatro plátanos más en la pila y juntos construyeron imposibles
torres de fruta que crecían hacia arriba y hacia los lados. En un impulso, Raquel deshizo las pilas e hizo
que flotara toda la fruta alrededor de sus cabezas. Morpet escondió los plátanos detrás de las piñas y
Raquel arrojó los melones con violencia hacia la pared, derramando su jugo por todo el suelo.
Al final, miró el desastre.
—Supongo que tenemos que limpiar todo esto.
—Podemos —dijo Morpet—. ¡O podemos imaginarlo todo limpio!
Raquel lo hizo. En un instante, la habitación estaba exactamente igual a como se encontraba cuando
ella había entrado.
—¿También puedo modificar la habitación? —preguntó Raquel, que no deseaba detenerse.
—Cambia todo lo que quieras —la animó Morpet—. ¡Cambiado todo!
Raquel se tomó su tiempo. Imaginó que la habitación vacía era un enorme comedor. Creó un servicio
de mesa y suspendió un candelabro del techo. En la mesa invocó cientos de platos, llenos de pollo asado
y patatas, maíz y budín.
«¿Qué más?», se preguntó, tratando de mantener en mente todos los platos de comida. Imaginó toda
la habitación hecha de cristal y llena de peces. ¿Cómo serían los peces, exactamente? ¿Con cola de gran
pez dorado o con cola de pececillo? ¿Con bocas feas o bonitas? Raquel se decidió por peces de labios
rojos y pálidos, con aros verdes y primorosos que colgaban de sus branquias.
Cuando miró la habitación, esta se había transformado. Estaba sentada en una casa de cristal
transparente en la que nadaban abundantes peces por el aire. Pero seguía decepcionándola. Los aros de
los peces se habían vuelto amarillos. Raquel los hizo de nuevo verdes. Un segundo después volvieron a
ser amarillos, como si algo más los estuviera influenciando. Raquel suspiró, al darse cuenta de que
todas las luces y los platos de comida que había imaginado habían desaparecido. Se había concentrado
tanto en los peces que había olvidado mantener el resto en su mente.
—Vaya, parece que no soy muy buena para esto, ¿verdad? —dijo.
Morpet la miró exhausto y casi se cayó de la silla.
—¿Te sientes bien? —preguntó Raquel con ansiedad.
—Estoy bien, estoy bien —refunfuñó—. Solo un poco cansado, niña-esperanza.
Miró a Raquel. Su expresión era una mezcla de sorpresa y… ¿miedo?
—¿Qué significa eso? —preguntó Raquel—. Niña-esperanza.
—Nada —dijo Morpet con rapidez—. Absolutamente nada.
Raquel miró desconsolada el comedor al descubrir todos los errores de su magia. Nada era ya como
lo había imaginado al principio. Incluso los peces empezaban a parecer aburridos e insustanciales ahora
que ya no estaba concentrada en ellos por entero.
—Soy malísima para esto —dijo.
Morpet vio un pez que nadaba alrededor de sus rodillas.
—No. Esta habitación es… sorprendente. No es perfecta pero, con la práctica, mejorarás. Estás
increíblemente dotada.
Raquel se sonrojó.
—¿De verdad?
—Sin duda. Bueno, es hora de que termines tu desayuno. Quiero mostrarte los jardines del palacio y
más tarde visitaremos a Dragwena.
—¿La mujer serpiente que conocí ayer?
—Sí, pero ese nombre no le gusta.
—Lo siento —Raquel sonrió esperanzada—. ¿Podemos jugar un poco más primero?
—Después —dijo Morpet—. Primero, quiero sacudir un poco mis viejos huesos. Veamos qué rápido
puedes terminar tu desayuno —junto a Raquel apareció un plato con pan tostado y varios tipos de
mermelada—. Espero que te guste la mermelada.
—Es que estoy demasiado excitada para comer. Ya sé… ¡imaginaré que ya estoy satisfecha!
El pan con mermelada le llenó la tripa.
Los dos miraron el plato vacío y soltaron una carcajada.
6
Primeros vuelos

Morpet condujo a Raquel por un tramo de peldaños de piedra que bajaban desde el comedor. Se
detuvieron frente a una enorme puerta redonda de acero bruñido. Era completamente lisa, ni siquiera
tenía un pomo o una cerradura.
—¿Es esta la puerta al jardín? —preguntó Raquel.
—Sí.
Morpet colocó la palma de su mano en dirección a la superficie metálica, que se abrió en silencio.
Raquel lo observó con detenimiento.
—Has utilizado la magia, ¿verdad?
Morpet asintió.
—¿Por qué tenéis una enorme puerta con cerradura mágica para ir al jardín?
—Hay peligros que acechan ahí fuera —dijo Morpet—. ¿Recuerdas las garras negras? También hay
lobos horribles, con ojos amarillos y dientes más grandes que tu cara —esbozó una sonrisa a medias—.
No te gustaría que entraran y te partieran en dos de un bocado mientras estás dormida, ¿verdad?
Raquel dio un paso atrás, atemorizada de repente.
—No quiero salir.
—No tienes nada que temer —aseguró Morpet—. Los lobos solo vienen al jardín por la noche.
Raquel se asomó con cuidado al exterior de la puerta. Una brillante capa de nieve gris claro cubría el
jardín. En la distancia, rodeado de árboles de hojas triangulares, brillaba un lago helado. No vio ningún
lobo de ojos amarillos. ¿Estarían escondidos detrás de los árboles? ¿Qué pasaría, se preguntó de pronto,
si con solo pensarlo, hiciera que apareciera un lobo?
—Te mostraré que es seguro —dijo Morpet. Corrió hacia fuera, dando volteretas y gritó con todas sus
fuerzas—: ¡Lobos, lobos, dondequiera que estéis, tengo una enorme panza si queréis comer!
Raquel dio un paso tímido hacia el jardín y luego se precipitó hacia Morpet cogiendo su mano con
fuerza.
—Vamos —dijo él—. ¡A ver quién llega primero al lago!
Raquel corrió rápido, pero las piernas cortas y gruesas de Morpet eran tremendamente rápidas.
—¡Nunca me alcanzarás! —le gritó alejándose—. ¡Soy más veloz que el viento, más rápido que un
gato, soy tan rápido que ni se te ocurriría pensar que soy gordo!
Zigzagueó atravesando el jardín, con los brazos bien abiertos.
Raquel no pudo alcanzar a Morpet, pero sabía que podía vencerlo. De pronto recordó su viaje entre
los dos mundos y sencillamente se imaginó llegando a las orillas del lago. Tras un momentáneo
zumbido, se posó con suavidad en la orilla. Morpet llegó tambaleándose y casi choca con ella.
—¿C-cómo lo has hecho? —jadeó, derrumbándose junto a un arbolillo con forma de hongo.
—Ha sido fácil. Solo lo he imaginado, como me has enseñado.
Morpet sacudió la cabeza con fuerza.
—No. No te enseñé a hacer eso. Nunca te enseñé a moverte de un lugar a otro. Ni siquiera yo
puedo… ¡solo Dragwena puede hacerlo!
—No ha sido tan difícil. Ya lo había hecho antes.
—¡Pero eso fue entre los dos mundos! Dragwena ha encantado ese lugar con magia especial para
ayudar a los niños que trae a Itrea. ¡Esto lo has hecho tú sola! —se quedó mirándola con la admiración
reflejada en el rostro—. Eres la niña-esperanza.
—¿Qué soy qué? Ya lo habías dicho antes, Morpet. ¿Qué significa? ¿Qué es eso de la niña-esperanza?
—Quiero decir… —se esforzó por recuperar la compostura—. Quiero decir que… ¡eres la niña más
escurridiza que he conocido! ¡Ni te creas que vas a distraerme de ese modo! Vamos, vayamos a patinar
en el lago Ker.
Saltó sobre el hielo patinando sobre un par de patines de color rojo brillante.
—¡Yupi! —exclamó Morpet describiendo círculos perfectos sobre una sola pierna—. Ven conmigo,
Raquel. ¡Esto es fantástico!
Ella imaginó rápido unos deslumbrantes patines rosa en sus pies y los dos danzaron en alegre dúo
por toda la superficie, como si hubieran practicado juntos durante años.

Finalmente, volvieron a la orilla del lago Ker para tomarse un descanso. El palacio se cernía sobre
sus cabezas. Al otro lado de sus paredes altas, cientos de columnas delgadas y almenas negras con
minúsculas ventanas de formas extrañas se elevaban hacia el cielo. Todos los contornos eran toscos,
rectos y amenazadores: la piedra absorbía la luz del día como si la odiara. Una torre enorme y esbelta
se erguía en la mitad del palacio, más alta que el resto, como una gigantesca aguja que perforaba el
cielo. En la punta había una gran ventana verde en forma de… Raquel intentó discernir la forma.
Parecía un ojo. ¿Dónde había visto esa forma antes?
—¿Quién construyó el palacio? —preguntó—. Parece viejo y es tan oscuro…
Morpet se estremeció.
—Fue construido hace muchos años. Es todo lo que sé.
En realidad sabía mucho, mucho más que eso. Sabía que Dragwena lo había construido miles de
años antes, cuando llegó a Itrea. No sabía por qué había venido la bruja, porque ella no había revelado
a nadie ese secreto; pero sabía que Dragwena odiaba este mundo y también que odiaba a todos los
niños que había traído de la Tierra y convertido en esclavos… y sin embargo insistía en traerlos en
busca de algo que nunca había explicado.
Una noche, muchos años antes, Dragwena llevó a Morpet a la torre-ojo del palacio. Había disfrutado
enormemente explicándole cómo había sido traída cada roca, cada piedra de la pared desde las
montañas, a mano, por las manitas llenas de ampollas de generaciones de niños. Supuso siglos de
trabajo. La mayoría de los niños murieron de hambre y de frío mientras transportaban las piedras a
través de la nieve, o caían desde lo alto de la torre. Fue una historia que duró muchos días y muchas
noches. Con su memoria perfecta y eterna, Dragwena lo recordaba todo, la manera exacta en que había
muerto cada niño. Morpet sufrió también cuando comprendió lo que ella había hecho, y sin embargo se
vio obligado a obedecer sus órdenes despiadadas.
Morpet suspiró y tuvo compasión por Eric. Ahora estaba con la bruja, que le sometía a prueba. El
chico tenía algo excepcional. Una cierta fortaleza, una cierta habilidad, aunque distinta de la de Raquel.
Dragwena la había notado al instante. Si la capacidad de Eric no era lo suficientemente interesante —
sabía Morpet—, Dragwena lo averiguaría pronto y lo mataría. Quizás a estas horas el chico ya estaba
muerto. ¿Qué debía hacer con Raquel? ¿Cómo podía ocultarle a la bruja sus sorprendentes dones?
Incluso ahora, desde la torre-ojo, se daba cuenta de que probablemente Dragwena observaba cada
movimiento que hacían.
Raquel había estado mirando los jardines cubiertos de nieve del palacio y más allá. Los únicos otros
edificios eran unas cuantas chozas sencillas alrededor de las paredes del palacio. Pequeñas figuras
encorvadas, parecidas a Morpet, entraban y salían con paso lento. A lo lejos, enormes picos escarpados
sobresalían del suelo.
—¿Aquello que está a lo lejos son montañas? —preguntó excitada.
—Sí, ¡son las Montañas Raídas! —dijo Morpet, animándose—. ¿Por qué no lo comprobamos? Volemos
hacia allá y miremos.
Raquel soltó una risita.
—¿Podemos? No tenemos alas.
—¿Ah no? Pues tendremos que imaginárnoslas.
Raquel esperó que brotaran alas de sus brazos. En cambio, Morpet sencillamente miró hacia la
distancia.
—Creo que hoy —dijo— volaré sobre la espalda de una gigantesca águila marina. Mira, ¡aquí llega!
Raquel siguió la mirada de Morpet en el nublado cielo invernal. Lejos, muy lejos, en la parte baja del
horizonte, un puntito se apresuraba hacia ellos. Mientras lo miraba, aumentó de tamaño hasta que se
hicieron visibles sus alas, luego una cabeza blanca puntiaguda y finalmente garras curvas, cada una de
las cuales hacía parecer a Morpet muy pequeño, hundido en la nieve.
Morpet saltó ágilmente sobre su espalda.
—Ven, Raquel. ¡Vámonos!
El enorme pájaro se impulsó hacia el cielo pálido.
—¡No me dejes! —gritó Raquel.
—¡Ya sabes qué hacer! ¡Date prisa o llegaré antes que tú a las montañas!
Raquel se concentró. ¿Cuál era el ave más espléndida? ¿Otra águila? ¿Una paloma? En su mente se
formó la imagen de un enorme búho blanco, con el pico amarillo, que surgía de la nieve. Aun antes de
que el búho hubiera adoptado plenamente su forma, saltó sobre su espalda y se aferró a las plumas del
cuello. En cuestión de segundos Raquel se había remontado a cientos de metros por encima del palacio,
mientras el viento frío se deslizaba entre sus cabellos.
—¡Te alcanzaré! ¡Te alcanzaré!
El búho blanco, obedeciendo sus órdenes, alcanzó rápidamente al águila de Morpet. Uno junto a otro
en sus gigantescas y mágicas aves de presa, se sonrieron mientras estiraban el cuello para ver lo que
había delante.
—Volemos sobre el palacio —dijo Raquel.
—¡No! ¡Directo hacia las montañas! ¡Una carrera! —el águila de Morpet resplandeció y se alejó
volando muy alto.
—¡No puedes volar más rápido que yo! —gritó Raquel.
—¡Intenta alcanzarme! ¡Usa tu magia!
Unos cuantos minutos más tarde bajaban en picado por entre las cumbres montañosas. Planeaban
sobre los valles y se disparaban hacia los altos picos.
Raquel quería ir por delante. Dijo a su búho que era más rápido que cualquier águila, la criatura más
rápida que hubiera volado, inalcanzable, y se lanzó como un relámpago por el cielo inmenso. Morpet la
alcanzó sin esfuerzo alguno. Una y otra vez Raquel intentaba alejarse, pero él siempre conseguía
alcanzarla.
—¿Por qué no puedo adelantarme? —se quejó al viento.
—¡Porque siempre imagino que te alcanzo!
—¡Entonces imaginaré que nunca logras alcanzarme! —le susurró suavemente al búho y este aceleró
el vuelo.
—Lo imaginé —se rió Morpet, alcanzándola de nuevo—, no importa lo rápido que vueles, porque
siempre podré alcanzarte —se mantuvo a su lado—. ¿Puedes imaginar algo que yo nunca imaginaría?
¿Puedes hacerlo, Raquel?
Ella meditó sobre esa posibilidad hasta que Morpet extendió el brazo para indicar el arco de la tierra
que resplandecía abajo.
—¡Mira eso! —se maravilló—. ¡Mira el mundo de Itrea!
Raquel sintió que se le aceleraba el corazón y se extasió con el paisaje. Hacia poniente y hacia el
norte de las Montañas Raídas había más picos aún que se cortaban abruptamente sobre un mar infinito.
—¡El océano Endelión! —gritó Morpet—. ¡Un océano de hielo!
Hacia el este todo era inacabable nieve gris, una monotonía solo interrumpida por las torres del
palacio. Hacia el sur, unas cuantas manchas negras que podían haber sido bosques agazapados bajo la
nieve. «¿Dónde estaban los niños que Morpet dijo que vivían por todas partes?», se preguntó Raquel.
«¿Había, quizá, pueblos enteros escondidos bajo la nieve, con montones de niños? ¿Podría volar hacia
donde vivían? ¿Podría…?». De pronto, Raquel se quedó boquiabierta y se olvidó por completo de los
niños.
Había visto los torbellinos.
Eran ocho. Inmensos huracanes que giraban por pares en cada esquina del mundo. Raquel voló
todavía más alto para entrar en el aire denso y mirar en el interior. Nada que hubiera visto antes podía
haberla preparado para el inmenso tamaño de estas torres giratorias de viento triturador. Las nubes
negras que eran arrojadas por la parte superior se extendían después envolviendo Itrea por completo y
bombardeaban nieve en todas direcciones, con resoplidos furibundos. Y dentro de cada torbellino había
también relámpagos, infinitos chispazos que iluminaban el cielo, de repente, como un gigantesco flash
de cámara fotográfica.
Raquel respiró profundamente tratando de captarlo todo. ¿Qué clase de mundo era Itrea? De pronto,
anheló un poco de color, cualquier color. No había ni uno. El cielo era de un blanco monótono, la nieve
era gris. Incluso el sol brillaba poco: prácticamente no desprendía calor e incluso Raquel podía mirar
hacia el disco de manera directa sin lastimarse los ojos. «Un mundo monocromático», pensó Raquel. Un
mundo invernal. Como una fotografía en blanco y negro. Miró a Morpet y sus ojos azules
resplandecieron en la blancura del cielo.
—¿Siempre hay nieve aquí? —le preguntó de pronto, temblando.
—Por supuesto —replicó. «Es el deseo de Dragwena», pensó él con amargura, pero Raquel no estaba
lista todavía para escuchar la explicación—. Es hora de volver al lago Ker —dijo—. No podemos volar
todo el día.
—¿Otra carrera?
—¿Por qué no? ¡Todavía no has conseguido ganarme!
Le hizo cosquillas en la nuca al águila marina y esta se lanzó en picado hacia el lago Ker. Raquel no
intentó volar más rápido. Sencillamente se imaginó aterrizando en la orilla del lago.
Sin embargo, se encontró suspendida frente a la ventana en forma de ojo verde de la torre más alta
del palacio.
A unos cuantos metros, mirando hacia fuera, estaba Dragwena.
La bruja miró a Raquel, mientras acariciaba su serpiente-collar. Raquel le devolvió la mirada
sintiéndose insegura, con la sensación de que algo iba mal.
—¡Aléjate! —ordenó Raquel a su búho tirándole del cuello.
El ave se negó a obedecer. Por el contrario, se acercó cada vez más a la ventana, a unos cuantos
centímetros del cristal. La bruja sonrió, puso los labios contra la ventana y envió un beso a Raquel.
De inmediato una ráfaga de viento golpeó al búho.
Raquel se aferró a las plumas del cuello intentando sostenerse.
—¡Llévame lejos de aquí! —le ordenó. El búho volvió lentamente su enorme cabeza y abrió el pico—.
¡No, no! —gritó Raquel al darse cuenta de lo que estaba a punto de hacer. El búho flexionó el cuello aún
más. Le picó las manos… y de un empujón se la quitó de encima.
Raquel, desesperada, chilló y se aferró a las plumas de la cola.
Finalmente, se cayó.
Un viento helado le cortó el rostro. Al mirar hacia abajo, vio otra gran torre que estaba a punto de
atravesarla con su punta.
Raquel cerró los ojos con fuerza y recordó cómo había disminuido la velocidad cuando caía entre los
dos mundos. La diferencia, sin embargo, es que entonces se enfrentaba a una caída infinita y esta vez
solo contaba con unos cuantos segundos para decidir qué debía hacer. A punto de rendirse presa del
pánico tuvo de repente una idea. Era una imagen: la imagen de una pluma, una pequeña pluma blanca,
que caía con suavidad. Raquel se aferró con furia a esa imagen y se detuvo en lo pequeña que era, en lo
ligera, en lo lenta que caía, en la forma como era mecida a uno y otro lado por el viento.
Finalmente se atrevió a mirar. Enormes copos de nieve la rodeaban arrastrados por el viento, y ella
era arrastrada junto con ellos. Arriba resplandecía un cielo totalmente gris, mientras los afilados
cristales la empujaban con fuerza dejando escurrir oscura agua helada sobre su cuerpo.
De repente, Raquel se dio cuenta de por qué los copos de nieve eran tan grandes: era porque ella era
muy pequeña, se había convertido en una pluma. Podía sentir su nuevo cuerpo volando entre los copos
de nieve, esclava del viento. Un momento después aterrizó cómodamente en un alféizar. Una brisa la
levantó y la hizo vagar con el viento, experimentando extrañas sensaciones que hormigueaban por todo
su nuevo cuerpo, tan liviano. Siguió meciéndose y descendiendo de manera gradual con los enormes
copos de nieve.
Entonces, a través del contorno borroso de la nieve, vio una figura que corría hacia ella.
—¡Morpet! ¡Morpet! —gritó.
Atrapó la pluma en el aire y sus gigantescos dedos la colocaron dentro de un mundo oscuro. Raquel
esperó en la serena calidez de su mano, sintiéndose segura. Instantes después, Morpet la colocó en la
nieve a orillas del lago Ker. Raquel lo vio pronunciar tres palabras desde una enorme altura.
Con lentitud al principio, sintió que reaparecían sus manos. Los brazos crecieron a partir de sus
hombros, sus labios surgieron de súbito. Por fin, casi congelada, Raquel se levantó tambaleándose en la
nieve.
—¡Ay, Morpet! —gritó—. ¿Qué ha ocurrido? La mujer-serpiente estaba allí. Me envió un beso y…
—Lo sé. Lo sé —le apartó el cabello húmedo de las mejillas—. Ya estás a salvo. Lo prometo.
Morpet la condujo de vuelta al palacio a través de la enorme puerta de acero. De nuevo la abrió
utilizando su magia. Raquel se sentía demasiado distraída para darse cuenta. ¿Cómo podía estar
ocurriéndole todo esto? La extraña mujer, Morpet, el comedor, el búho, la transformación en una pluma.
¿Cómo podía ser real todo esto?
—¿Estoy soñando? —preguntó—. ¿Voy a despertarme dentro de un minuto y tendré que ir a la
escuela?
—Ojalá fuera así —dijo él—. O al menos ese es mi sueño.
—Morpet, quiero encontrar a Eric para que nos vayamos de este lugar. ¡Quiero volver a casa!
Morpet no contestó. La escoltó de vuelta al comedor, donde los esperaba ropa seca. Mientras Raquel
se vestía, se dio cuenta de que la habitación era idéntica a como la encontró cuando entró allí por
primera vez. Los delgados peces con aros habían desaparecido.
Morpet hizo que se sentara.
—Raquel —dijo con voz un poco temblante—, sé que estás asustada pero necesito que seas valiente.
Ella asintió sin comprender: confiaba en él.
—Lo que has hecho —dijo— es transformarte. Convertirte en algo diferente.
—En una pluma.
—Sí, pero eso no debería ser posible. En este mundo solo una persona tiene ese poder.
—Dragwena —dijo Raquel—. Apuesto que ella puede hacerlo.
—Sí —se inclinó y tomó las manos de Raquel—. Dentro de unos minutos debo llevarte a la torre-ojo.
Dragwena te obligará a someterte a una prueba difícil. No puedo prevenirte diciéndote de qué se trata,
porque eso me delataría. No parecerá una prueba; te llegará como una sorpresa y yo no podré
ayudarte. Hazlo lo mejor que puedas. Trataré de protegerte hasta donde me sea posible.
—No comprendo —dijo Raquel—. Tú me has salvado. Sé que me ayudarás.
Algunas lágrimas resbalaron por las mejillas hundidas de Morpet. Sabía que le había dicho
demasiado a Raquel sobre lo que le ocurriría en la torre-ojo. Él tenía que parecer cruel cuando llevaba a
un niño con la bruja: Dragwena estaría observándolo muy de cerca y otros estarían vigilando cada uno
de sus movimientos hasta que llegaran allí.
—Morpet, ¿qué es lo que pasa? —preguntó Raquel—. No llores. Ya estoy bien. Me siento mucho
mejor. ¿Por qué estás tan preocupado? ¿Qué clase de prueba es? —notó que Morpet retiraba sus manos
—. No quiero hacer esa prueba. Tengo miedo.
Morpet se sentó con la cabeza hundida en sus dedos viejos y retorcidos. Respiró hondo y por un
instante su cuerpo pareció casi inusualmente recto. Cuando volvió a mirar a Raquel, sus ojos habían
perdido su brillo amistoso. Habló con una voz distinta, mucho más dura que nunca.
—Dragwena te llama. Debemos darnos prisa.
—No quiero ver a esa mujer —dijo Raquel—. Hizo que el búho me picara las manos. ¿Dónde está
Eric? Quiero saber qué…
—¡Cállate! —gritó Morpet.
Raquel dio un paso atrás, asombrada.
—Morpet, ¿qué pasa?
—Vamos —gruñó agarrándola del brazo—. Se acabaron la diversión y los juegos, niña. ¡Es hora de
ver si eres realmente tan buena!
7
La prueba

Morpet trotó a lo largo de varios pasadizos oscuros y retorcidos manteniendo la muñeca de Raquel
asida con fuerza y obligándola a correr.
—¡Suéltame! —protestó resistiéndosele—. Pensé que eras mi amigo.
Él soltó una carcajada y la arrastró hacia arriba por un largo tramo de escalones de piedra en
dirección a la torre-ojo. Raquel trató de entender qué había hecho mal. ¿Por qué Morpet se comportaba
de esa manera cuando había prometido ayudarla?
Finalmente se detuvieron frente a una enorme puerta en forma de arco, flanqueada por dos soldados
que portaban afiladas espadas cortas. En el centro de la puerta había un pomo en forma de cabeza de
serpiente, con la boca abierta, como si estuviera lista para morder a todos los visitantes.
—No voy a ver a Dragwena —le dijo Raquel—. No hasta que sepa que Eric está a salvo.
—¡Mantén la boca cerrada!
—No me digas… —Raquel dio un paso atrás—. ¡No voy a hacer nada de lo que me digas que tengo
que hacer! Morpet, ¿por qué me hablas de ese modo?
Él esbozó una extraña sonrisa.
—Pronto lo averiguarás.
La puerta se abrió por sí sola y Raquel se asomó a la enorme y oscura habitación.
—Dependes de ti misma —dijo Morpet—. Manténte alerta o no saldrás con vida.
La empujó dentro y cerró la puerta de un golpe.
Raquel parpadeó en la semioscuridad e intentó acostumbrar sus ojos. Había sido lanzada hacia el
otro extremo de la habitación, donde una ventana verde, en forma de ojo, se cernía sobre las
edificaciones del palacio. Dragwena estaba de pie junto a la ventana mirando hacia fuera.
—Pasa —dijo la bruja sin darse la vuelta. Su voz era cálida e invitadora.
Raquel dio unos pasos hacia Dragwena y se quedó sin aliento. La cabeza durmiente de Eric
sobresalía por entre las mantas de una camita.
—¿Qué le has hecho? —explotó Raquel mientras sacudía a Eric para despertarlo. Él no respondió—.
Si le has hecho daño…
Dragwena rió con suavidad.
—¡Quiero volver a casa! —vociferó Raquel—. ¡Despierta, Eric! ¡Váonos!
Dragwena se dio la vuelta y Raquel vio que tenía una caja en la mano. Era negra, estrecha y hacía
ruido.
—Tengo un regalo para ti —dijo la bruja.
—No quiero un regalo —dijo Raquel fríamente—. ¡Dime qué le has hecho a Eric!
Entonces se dio cuenta de que un siseo salía de la caja. Al instante, sintió un repentino y casi
doloroso deseo de abrirla.
—¿Qué es? —preguntó olvidándose de Eric—. Por favor, ¡dámelo!
La bruja sonrió y arrojó la caja al aire como por descuido.
Raquel la atrapó, dio vueltas y vueltas a la caja, desesperada por descubrir su contenido.
—¿Cómo puedo ver lo que contiene? ¡No puedo abrirla! ¡No puedo abrirla!
—¿No te sirven tus poderes mágicos, niña?
Raquel sostuvo la caja con fuerza y tiró de la tapa mientras imaginaba lo que contenía. Debía de
haber algo maravilloso dentro. Sabía que desaparecería si no se daba prisa. Mordisqueó las esquinas
con desesperación.
De pronto arrancó la tapa. El tirón de Raquel fue tan fuerte que todo el contenido quedó esparcido
por el suelo. Miró hacia abajo. Frente a ella estaba el tablero de un sencillo juego que conocía muy bien:
serpientes y escaleras.
«¿Qué?», pensó, profundamente decepcionada.
Entonces ocurrió algo que hizo que Raquel cambiara de opinión: una de las serpientes dibujadas se
deslizó a una nueva posición, hasta llegar a la mitad del tablero. Una segunda serpiente, mucho más
grande, se desenredó hasta que su cabeza quedó en la fila superior. Las otras serpientes, siete en total,
forcejearon también hasta que encontraron su lugar. Allí donde al fin se acomodaron, juguetearon
perezosamente con el aire y su lengua bífida. Cuatro escaleras se acurrucaban entre ellas. Tres eran
pequeñas. La escalera grande se alargó desde la tercera casilla de la fila de abajo hacia arriba, en
diagonal, hasta llegar a dos casillas del punto final.
—¿Te gusta tu regalo? —preguntó Dragwena.
Raquel sonrió insegura.
La bruja se arrodilló al lado del tablero.
—Juguemos. Me gustan los juegos.
Dos fichas marcharon orgullosas desde detrás de una silla, donde habían caído al esparcirse el
contenido de la caja. Una ficha verde giró hacia Dragwena. La ficha azul saltó dentro de la mano de
Raquel.
—Tú empiezas —dijo Dragwena.
Raquel asintió, fascinada, incapaz de quitar los ojos de las serpientes. Su primera jugada fue un tres.
Eso la colocó en la escalera larga. Movió su ficha hacia arriba hasta colocarla en la casilla noventa y
ocho.
—Qué buena suerte —dijo Dragwena—. Será difícil ganarte si juegas tan bien, —jugó a su vez
sacando un uno y suspiró—. Soy malísima para esto —dijo utilizando las mismas palabras que Raquel
había usado en el comedor e imitando su voz a la perfección.
Raquel la miró con cautela. Sabía que no era un juego ordinario. ¿Podría ser la prueba de la que
Morpet la había advertido?
—¿Qué ocurre si gano? —preguntó vacilante.
—¿Qué te gustaría que ocurriera?
—Ir a casa —dijo Raquel—. Los dos. Eso es lo único que quiero.
—Saca un dos o más —dijo Dragwena—. Es todo lo que necesitas. Entonces podrás volver con tu
mamá y tu papá.
—Lo has prometido.
Dragwena imitó esta vez una voz distinta: la de Morpet.
—¡Por supuesto! ¿No confías en mí, niña?
Raquel no contestó. Tomó los dados frotándolos contra la parte suave de su pulgar.
¿Qué ocurre si pierdo?
Depende. Depende de lo hambrientas que estén las serpientes hoy. Sigue jugando. Si te niegas,
castigaré a Eric.
El corazón de Raquel dio un vuelco.
—¿Tienes miedo? —preguntó Dragwena con delicadeza, como si la pregunta no tuviera la menor
importancia.
—¡Por supuesto que lo tengo! ¿Por qué me haces esto?
—Tengo mis propias razones —dijo Dragwena—. Estás perdiendo el tiempo —su rostro se transformó
en el de Eric—. No permitas que me lastime —suplicó la voz de Eric.
Raquel consideró la posibilidad de salir corriendo por la puerta, pero luego recordó a los soldados
que estaban afuera.
—No necesitaría a los soldados si tuviera que matarte —murmuró Dragwena.
La mano de Raquel tembló. Se alejó de la bruja, incapaz de mirarla a los ojos, y apretó los dados con
fuerza.
«¡Tengo que sacar un dos!». Se concentró con mucha intensidad, como Morpet le había enseñado, y
lanzó los dados, que chocaron contra el tablero.
Se detuvieron mostrando claramente dos puntos.
—¡He ganado! ¡He ganado! —gritó Raquel.
—Nada es tan simple como parece —dijo Dragwena.
Tocó la frente de Raquel, quien de inmediato se encogió hasta tener el tamaño de una uña.
Dragwena la recogió y la colocó en mitad del tablero.
—Ahora veremos lo fuerte que eres —dijo Dragwena—. Cuidado. ¡Las mortíferas serpientes andan
tras tus huesos!
Una de las serpientes se dio la vuelta hacia Raquel con gran rapidez; su cabeza era ahora dos veces
el tamaño del cuerpo de la niña. Ella se puso a correr por el tablero. Otra serpiente se volvió hacia ella.
Raquel lanzó un chillido y saltó por encima de su cuello, bajando a toda velocidad por las casillas, hasta
el borde. La serpiente de Dragwena se desenredó de inmediato y extendió su pesado cuerpo alrededor
del tablero como un muro que impedía escapar.
—¿Qué puedo hacer? —chilló Raquel—. ¡No es justo!
—Si llegas a la última casilla, todavía puedes ganar el juego. Pero quizá no te guste lo que te espera
allí.
Raquel vio con claridad de qué se trataba: la serpiente más grande estaba agazapada en la última
casilla. Tendría que meterse en su boca.
—¡Auxilio! —gritó Raquel corriendo por el tablero para escapar de otra serpiente más que
zigzagueaba hacia ella.
—Tienes una oportunidad —dijo Dragwena—. Pero tendrás que usar las escaleras. ¡Date prisa, las
serpientes están inquietas!
Raquel bajó volando por el tablero hasta la casilla número tres, con la esperanza de que la escalera
la subiera. No ocurrió así, y las serpientes seguían deslizándose para alcanzarla, persiguiéndola sin
descanso. Tropezó, corrió y saltó sobre las espaldas arqueadas de las serpientes, pero estas no le daban
tregua. Finalmente, ya no tuvo fuerzas para evitarlas. Las serpientes la arrinconaron en una esquina.
Mientras abrían sus mandíbulas, Dragwena, que miraba casi aburrida, suspiró de mal humor.
Raquel seguía enfrentándose a las serpientes. Aterrada, todavía trataba de comprender lo que
Dragwena había querido decir sobre utilizar las escaleras. Al fin tuvo una idea repentina, desesperada.
Miró a las serpientes y murmuró «Alto».
se detuvieron, con sus lenguas bífidas presionando contra su cuerpo.
Raquel se dirigió a todas juntas.
—Comeos a la serpiente que está sentada en la última casilla.
Obedecieron de inmediato. Después de una batalla feroz, la serpiente más grande fue asfixiada y
muerta. Sólo dos víboras seguían vivas en el tablero.
Raquel le dijo a una:
—Mueve la escalera a la casilla número cien.
La víbora se deslizó por el tablero, colocó la escalera entre sus colmillos y la puso en el último
cuadro.
Raquel subió con tranquilidad por los escalones hasta la última casilla, puso los brazos en jarras y
miró desafiante a Dragwena.
La bruja también la miró. ¡Cómo miró a Raquel! Respiraba iracunda mientras miraba a la niña y a las
serpientes muertas.
Raquel no esperó a que Dragwena recuperara la compostura.
—¡Atacadla! —ordenó a las dos víboras que seguían vivas.
Ambas saltaron del tablero y se dirigieron hacia el cuello de Dragwena, pero la serpiente de la bruja
saltó como un rayo hacia adelante y se las tragó.
—¿C-cómo hiciste eso? —preguntó la bruja, pasmada—. ¡No deberías ser capaz de dominar a las
serpientes! ¡Ningún niño lo ha hecho antes! —dio un brinco—. ¡Eres la elegida! —jadeó—. Después de
tanto tiempo… —se agachó hacia Raquel y le tocó la cabeza devolviéndole su estatura normal—. Ay
Raquel, Raquel —gritó abrazándola—. Perdóname. Tenía que someterte a esta prueba. No tienes idea
de cuánto he esperado tu llegada.
Raquel la empujó.
—¡Aléjate! ¡No te me acerques!
Dragwena estaba eufórica.
—Ahora me odias. Pero pronto aprenderás a adorar todo lo que soy. Juntas gobernaremos Itrea y
también tu mundo.
—Me habías prometido que nos dejarías marchar si ganaba. ¡Lo habías prometido!
—He mentido —dijo Dragwena—. Nunca he cumplido una promesa a un niño, y nunca lo haré.
Raquel golpeó a la bruja con fuerza.
Dragwena saltó sorprendida. Cuatro filas de dientes aparecieron durante un segundo en su rostro y
chasquearon en dirección a Raquel. En cuanto se dio cuenta de que la niña le había visto los dientes, el
rostro de mujer bella desapareció por completo. Los ojos tatuados que miraban a Raquel no tenían
expresión alguna.
—No deberías hacerme enfadar —le advirtió Dragwena—. Podría destruirte en un segundo.
Raquel retrocedió, impresionada por la verdadera apariencia de la bruja.
—¿Qué quieres de mí y de Eric? ¿Qué eres?
—Una bruja —murmuró Dragwena—. Y muy pronto tú también lo serás, Raquel. Una bruja muy
poderosa.
—¿Qué? No, no lo seré —dijo Raquel—. Eres… ¿cómo te atreves a retenernos aquí con estos juegos?
No me importa para qué son. No te ayudaré.
—Niña —replicó Dragwena—, ¿crees que tienes alternativa? A partir de ahora estarás siempre a mi
lado.
Raquel se sintió repleta de odio.
—¡Déjame marchar!
—Después —dijo Dragwena—. Estás cansada. Primero debes descansar. Después de eso… veremos.
Raquel bostezó inexplicablemente. Por alguna razón se sintió cansada. Luchó contra ello porque
sabía que la bruja era la responsable.
—Los ojos se te cierran —dijo la bruja—. Ya no puedes mantenerlos abiertos.
Los ojos de Raquel parpadearon unas cuantas veces y se cerraron. Con un enorme esfuerzo
consiguió volver a abrirlos.
—No estoy cansada en absoluto —dijo, bostezando de nuevo—. Estoy bien despierta. No quiero
dormir. No me dormiré.
—Métete en la cama con Eric —dijo la bruja—. Sé que quieres hacerlo.
Raquel se descubrió arrastrándose hasta las sábanas, tapándose con la colcha.
—No estoy cansada —dijo débilmente—. No haré lo que me ordenas.
—Descansa profundamente —dijo la bruja. Colocó la colcha alrededor de los hombros de Raquel y la
besó en la mejilla—. Te prometo que tendrás sueños hermosos.
El rostro de Raquel se acomodó en la almohada.
—No estoy cansada… no… cansada.
En unos segundos se había quedado dormida.
Mientras Raquel dormía, Dragwena se metió en su mente y le indujo un sueño mágico, el hechizo de
transformación necesario para comenzar el proceso que transformarla a Raquel en una bruja.
Dragwena nunca había utilizado antes en Itrea ese poderoso hechizo. ¿Funcionaría con Raquel?
Innumerables niños habían llegado y se habían ido, algunos con talento como Morpet, pero ninguno
tenía la intensidad mágica que Raquel mostraba. ¿Podría controlarla? Ya sentía aumentar el poder de la
niña. Si actuaba con rapidez, podría moldearla a su propia conveniencia. Temblando de excitación,
Dragwena le implantó lenta, cuidadosamente, recuerdos de su pasado, odios, miedos y anhelos, eventos
y sentimientos que desarrollarían el poder mental de Raquel, que la prepararían para una nueva etapa.
Una vez que el sueño mágico estuvo listo, Dragwena se ocupó de Eric. Percibía que el niño tenía un
poder con el que ella nunca se había enfrentado antes y, sin embargo, la prueba a la que lo había
sometido por la mañana había revelado que carecía de magia, lo que era sorprendente dado el
extraordinario poder de Raquel. Claro que era muy pequeño todavía, y no tenía la actitud provocadora
de Raquel. Su personalidad sería más fácil de descomponer y de reestructurar. Tocó el pulso de Eric, y
navegó hacia su corteza cerebral para encontrar los controles básicos del cerebro.
En ese mismo instante, la bruja fue lanzada al otro extremo de la habitación.
Gritó. Todos los músculos de su mano se contrajeron en un espasmo.
¡Había sido atacada!
Dragwena permaneció en el suelo, ponderando lo ocurrido, mientras se recuperaba. ¿Qué podía
significar esto? Tras unos minutos, activó sus propias defensas mentales, volvió al lado de la cama y con
mucho cuidado navegó por los pensamientos de Eric.
Percibió varias capas de protección en la mente del niño y quedó desconcertada: ningún ser humano
tenía ese don. No se trataba de un niño ordinario. Debía haberse dado cuenta de ello y ser más
precavida. Dragwena se sentó a su lado durante más de una hora para observarlo de cerca; sabía que
estaba dormido y que no la había atacado de manera deliberada. Cuando sintió que estaba lista, intentó
sondear de nuevo su mente, en busca de recuerdos que le proporcionaran una pista. Nada: solo las
sencillas alegrías y frustraciones de un niño. Se daba cuenta de que Eric ni siquiera tenía conciencia de
su capacidad. ¿Podría haberle sido implantada? ¿Por quién? Dragwena se incorporó frustrada y decidió
que debía analizarlo más. «El don seductor de Eric tendrá que esperar», pensó. «Más tarde le arrancaré
ese secreto de su mente. Por ahora, todo lo que necesito es el poder de Raquel».
Con todo cuidado, evitando las defensas de Eric, Dragwena implantó un hechizo en la capa exterior
de su cerebro. Había pasado mucho tiempo desde que utilizara ese encantamiento particular: tan débil
que casi resultaba indetectable, tan simple que sería difícil bloquearlo aun si fuese detectado.
El hechizo era perfecto para lo que necesitaba.
8
El consejo de los Sarrenos

La bruja terminó de trabajar en Eric, salió de la torre-ojo y se encontró con Morpet.


—Instruisteen a Raquel —le comunicó—. Tiene grandes capacidades.
Morpet hizo una reverencia.
—No hice nada. La niña tomó el control desde el principio.
—Eso es obvio —dijo la bruja—. Su magia está más allá del alcance de todos, excepto de mí. Lleva a
Raquel de vuelta al ala este esta noche y prepárale una habitación con su guardarropa que esté más
cerca de mi alcoba. Tráemela por la mañana. Ya no participarás más en su entrenamiento.
Morpet asintió.
—¿La has sometido a la prueba con la caja?
—Sí. ¡Y ha triunfado! ¡La desafió!
—¡Nunca antes lo había hecho nadie! —se maravilló Morpet.
—En efecto. Hará muchas cosas que ningún otro niño ha hecho antes. —Dragwena echó un cauteloso
vistazo por el corredor antes de seguir hablando—. He sumergido a Raquel en un sueño que comenzará
su transformación en bruja. Esta noche quiero que permanezcas a su lado, Morpet. Cuídala
personalmente. No permitas que la despierten hasta que esté lista. Además, asegúrate de que Eric se
quede en la habitación de su hermana esta noche. Él no tiene magia, pero puede resultar valioso a
pesar de todo.
—Como desees. ¿Recordará algo Raquel cuando despierte? —preguntó Morpet.
—Nada importante —dijo Dragwena—. Su pasado se desvanecerá cuando termine el sueño mágico.
No recordará nada de su familia, ni siquiera a Eric. En cambio, su mente estará preparada para el
entrenamiento final que necesita. Yo me haré cargo de ello personalmente.
—¿Qué debemos hacer con Eric?
—Matarlo —dijo la bruja—. Pero no todavía. Puede resultarnos útil. Te diré cuándo.
Morpet hizo otra reverencia y la bruja volvió a la torre-ojo. Morpet ordenó que dos doncellas llevaran
a los niños dormidos de vuelta al ala este y les transmitió las órdenes de Dragwena.
Una vez que estuvo a solas con Raquel y Eric, Morpet hundió la cara entre las rodillas. Permaneció
sentado un largo rato pensando qué debía hacer.
Se daba cuenta de que debía actuar esa misma noche para salvar a Raquel. Mañana sería demasiado
tarde.
Cubriéndose el rostro salió del palacio, caminando con cuidado por la nieve hacia la casa de Trimak.
Muranta se despertó primero.
—Despierta, Trimak, viejo tonto —dijo ella hundiendo el brazo en las costillas de Trimak—. Alguien
llama a la puerta.
—Bueno —refunfuñó Trimak somnoliento—, seguro que no serán enemigos si hacen todo ese
alboroto.
Se puso un par de zapatillas viejas y se arrastró por el pasillo.
Muranta encendió una vela.
—¿Quién puede ser a estas horas?
Trimak escuchó el fuerte golpeteo y contó los golpes: cuatro golpes rápidos, uno lento, tres más
rápidos: ¡era Morpet y estaba en peligro!
—¿Qué pasa? —preguntó Trimak cerrando la puerta rápidamente tras él.
—Es la niña, Raquel —dijo Morpet—. Ha sobrevivido a la caja.
—¿Qué? ¿Tú mismo lo has visto?
—¡Por supuesto que no! Dragwena no me permite estar dentro de la habitación en esos momentos.
Pero no cabía en sí de la emoción. Intenta transformar a la niña en otra bruja.
—Ante todo, mantengamos la calma —dijo Trimak, luchando por permanecer sereno—. Podría ser un
truco. No sería la primera vez que la bruja pone en duda tu lealtad.
—No, estoy seguro de que esta vez no se trata de uno de los juegos de Dragwena —dijo Morpet—. Yo
puse a prueba a Raquel antes. Se transformó en una pluma y se teletransportó del palacio a la orilla del
lago Ker. Hizo ambas cosas sin esfuerzo alguno.
—Entonces sí es la niña-esperanza —murmuró Muranta.
—¿Vio Dragwena todo eso que tú presenciaste? —preguntó Trimak.
Debe de haberlo visto —gimió Morpet—. Ya sabes que la bruja observa muy de cerca durante el
período de prueba especialmente a los niños dotados. Una vez que me di cuenta de la fortaleza de
Raquel, traté de llevarla a las montañas, pero Dragwena la arrojó hacia la torre-ojo.
—¡La dejaste volar cerca de la torre! —tronó Trimak—. ¿Cómo pudiste permitir que la bruja se
acercara tanto?
Morpet bajó la cabeza.
—No importa —suspiró Trimak—. Supongo que si Raquel ha sobrevivido a la caja, Dragwena lo sabe
de todos modos. ¿Dónde está Raquel ahora?
—En el ala este —dijo Morpet—. Mañana por la mañana Dragwena la hará trasladar a la torre-ojo.
—Entonces debemos actuar esta noche, antes de que sea demasiado tarde.
Morpet asintió.
—Convocaré al Consejo de Sarrenos —dijo Trimak—. Juntos decidiremos qué debe hacerse.

Muy entrada la noche en el reino de Itrea, la caída constante de nieve a todo lo largo y ancho del
mundo nocturno renovaba la poca que se había derretido durante el día. La mayoría de los esclavos de
la bruja —los neutranos— también estaban dormidos, soportando los turbulentos sueños de Dragwena,
en espera de recibir sus órdenes. Entre los neuttranos vivían unos cuantos que habían logrado liberarse
del control de la bruja. Se llamaban a sí mismos sarrenos, en honor a un hombre que había muerto
hacía mucho, quien supuestamente había sido el primero en negarse a obedecer a la bruja. Morpet era
uno de los sarrenos, lo mismo que Trimak, su esposa Muranta, Fenagel, su padre Leifrim y otros más.
Se reunían en pocas ocasiones, comunicándose a través de signos especiales y obedecían las
interminables tareas encomendadas por Dragwena mientras vigilaban: vigilaban a todos los niños
nuevos que llegaban y, hasta donde les era posible, trataban de ayudarlos.
Trimak envió la alerta a través de un mensajero personal, algo extremadamente peligroso, pero las
circunstancias lo exigían. De manera gradual, en el transcurso de las siguientes horas, furtivos
golpecitos en código en las ventanas y puertas despertaron a los sarrenos que vivían cerca del palacio.
Conocían la llamada de peligro y se deslizaron en silencio fuera de sus camas. Todos se dirigieron hacia
Worraft, una cueva secreta protegida que se encontraba muy por debajo de los cimientos del palacio.
En una hora llegaron más de treinta sarrenos.
Trimak les echó un vistazo, contándolos mientras las sombras se apresuraban a encontrar su lugar
en los asientos de piedra a lo largo de las paredes de la gran cueva. Notó que Fenagel entraba con
dificultades empujando a Leifrim, que venía en una especie de combinación de camilla y silla de ruedas.
—Ha llegado el momento de cerrar la puerta —dijo Trimak—. No podemos seguir esperando.
Morpet trazó un círculo en su frente y una pared de roca bajó desde el techo de la cueva hasta
bloquear la entrada. Nadie podía entrar ni salir de la cueva. La reunión podía comenzar.
Los sarrenos reunidos murmuraban nerviosos. Estaban preocupados y con razón: hacía muchos años
que no se convocaba una conferencia como esta. Trimak llamó su atención con unas palmadas y se
impuso el silencio.
—¿Por qué nos has convocado tan intempestivamente y sin aviso previo, Trimak? —preguntó una voz
desde la oscuridad.
—En la urgencia hay peligro —concedió Trimak—. Muy pronto os quedarán claras las razones.
Dejemos que Morpet hable.
Morpet se levantó de su silla y se dirigió a la asamblea.
—Tengo importantes noticias —anunció—. ¡Creo que hemos encontrado a la niña-esperanza!
Un enorme alboroto estalló en la cueva. Morpet les dijo todo lo que había visto y los planes que
Dragwena tenía para Raquel.
—Incluso si se tratara de la niña-esperanza —dijo alguien en voz alta—, ¿qué podríamos hacer?
Dragwena ya tiene a la niña bajo control. No tenemos manera alguna de ayudarla.
—Tenemos una mínima oportunidad —dijo Morpet—. Raquel se encuentra en una habitación a la que
tengo acceso. Podemos volver al palacio a hurtadillas y raptarla.
—Demasiado peligroso —gruñó la misma voz—. Sus espías nos verían llegar.
—Si participan muchos en el secuestro, sí —dijo Morpet—. Pero Dragwena confía en mí. Puedo
volver sin problemas al palacio, nadie se dará cuenta. Si alguien me ve, diré que estoy atendiendo algún
asunto de la bruja. Todos saben quién soy. Nadie se atreverá a cuestionarme.
Otra voz dijo:
—¿Qué ocurrirá si la niña rehusa ayudarnos?
Trimak dio un paso al frente.
—He considerado esa posibilidad —miró fijamente a los sarrenos—. Si Raquel se niega a ayudarnos…
entonces estaremos obligados a matarla nosotros mismos.
Un pesado silencio se cernió dentro la cueva.
—¡Trimak! ¡Recuerda nuestros principios! —rugió otro sarreno—. El derramamiento de sangre
infantil es el trabajo sucio de la bruja y de sus esclavos neutranos. Por lo que a mí respecta, no podría
hacerlo. ¿Cómo se te ocurre siquiera sugerirlo?
Varias voces refunfuñaron en señal de acuerdo. Trimak suspiró y levantó la mano.
—Entiendo vuestro miedo —dijo—. ¿Creéis que he llegado a esa conclusión sin dificultades? Pensad.
Si Raquel no nos ayuda, es demasiado peligrosa para que permanezca con vida. Podríamos esconderla
aquí por un tiempo, pero tarde o temprano Dragwena la encontraría y la transformaría. No habría
escapatoria para nosotros si eso llegase a ocurrir. Con la fuerza combinada de ambas, encontraría y
sacrificaría a todos los sarrenos de inmediato.
—¿Y matarías a Raquel con tus propias manos, Trimak? —preguntó alguno—. ¿Estarías preparado
para hacerlo?
—Lo haré si hay que hacerlo.
—No tenemos por qué llegar a ese punto —dijo Morpet—. Si la niña ha sobrevivido a la caja, tiene
una fuerza innata que Dragwena no conquistará con facilidad. Y recordad que la bruja ha tenido poco
tiempo para trabajar con la mente de Raquel. Si ponemos manos a la obra enseguida, estoy seguro de
que podemos persuadirla.
Fenagel tomó la palabra.
—Dragwena es muy poderosa. ¿Es Raquel lo suficientemente fuerte para enfrentarse a la bruja? No
me pareció más que una simpática niña común y corriente, cuando estuve con ella ayer. Incluso la
simple magia de los vestidos le resultó sorprendente. ¡Imaginaos lo que Dragwena podría hacerle! Creo
que tienes demasiadas expectativas, Trimak.
—Es difícil argumentar en contra de eso que dices —dijo Trimak—. Pero tomemos esto en cuenta:
durante cientos de años hemos estado hablando de la leyenda de la niña-esperanza, la niña que vencerá
a la bruja y nos liberará. Sé que en ocasiones todos nos hemos sentido estúpidos por aferramos a esa
idea.
En el interior de la cueva la mayoría de las cabezas asintieron.
—Sin embargo, si tenemos una oportunidad de vencer a la bruja —continuó Trimak—, entonces esa
ayuda debe provenir del mundo exterior. Todos sabemos eso. Morpet es nuestra mejor arma pero, aun si
la combinamos con toda nuestra magia, no es lo bastante fuerte para enfrentarse a Dragwena. No
puedo prometer a ninguno de vosotros que la niña-esperanza sea real. Sin embargo, a partir de lo que
Morpet nos dice, Raquel posee poderes mágicos mucho más grandes que cualquier cosa que hayamos
visto antes. Ella puede ser la niña-esperanza. Ninguno de nosotros ha dominado nunca habilidades que
ella ha desarrollado en una sola mañana de juego.
Hizo una pausa, para asegurarse de que sus siguientes palabras serían comprendidas por todos.
—Debo advertiros que si no tratamos de utilizar el poder de esta niña para ayudarnos, podemos
estar seguros de que Dragwena no dudará en hacerlo. Se apropiará de Raquel y la convertirá en un
enemigo cuya ferocidad es difícil de imaginar.
Miró los rostros en la oscuridad.
—Recordad que hablamos por todos los sarrenos, muchos de los cuales no han podido estar aquí
presentes. Si flaquea nuestra determinación, eso significaría entregarlos a todos a Dragwena. Creo que
no tenemos alternativa. Debemos apoderarnos de la niña esta noche, mientras aún tenemos
unaoportunidad. Incluso si esperamos unas cuantas horas, será demasiado tarde.
Recorrió la cueva con la vista.
—¿Hay más preguntas? ¿Tiene alguien otra opinión?
La cueva permaneció en silencio. Trimak esperó unos cuantos segundos antes de dar por terminada
la discusión: era una decisión tan grave que todos debían tener la oportunidad de hablar.
—En ese caso —dijo—, creo que estamos de acuerdo. Morpet raptará a Raquel del palacio esta noche
y la traerá a Worraft. Ahora os pido que volváis rápido y sin hacer ruido a vuestras casas. Si estáis fuera
mucho tiempo, se notará.
Morpet utilizó de nuevo su magia para abrir la puerta de la cueva y los sarrenos salieron con
rapidez, murmurando entre ellos.
Una vez a solas, Trimak se percató de que Morpet estaba sumergido en sus pensamientos.
—¿Qué ocurre, amigo? —preguntó—. Tienes un reto por delante. ¿Te preocupa que Dragwena pueda
estar esperándote?
Morpet sacudió la cabeza.
—No estoy preocupado por mí —dijo—. Algo que has mencionado antes me ha inquietado. Me
pregunto si Dragwena sospecha que soy un rebelde. Es cierto que se ha aburrido de mí. Es evidente
que quiere un nuevo esclavo, más joven, para reemplazar a su viejo asistente —se frotó la barba—.
Quizá, después de todo, esta Raquel no sea la niña que parece ser, sino sencillamente una de las espías
de la bruja. Dragwena puede crear una criatura que parezca cualquier cosa y que se comporte como
ella desea. Quizá transformó a un neutrano en niña y le dio algunos poderes extra para ponerme a
prueba.
—¿No viste a Raquel llegar de la Tierra?
—Lo que vi no significa nada. Dragwena pudo haberme tendido una trampa. Mi corazón me indica
que confíe en Raquel, pero Dragwena pudo haberme engañado fácilmente.
Trimak inclinó la cabeza pensativo.
—Hay algo más —dijo Morpet—. Raquel tiene un hermano que ha venido con ella a través de la
puerta. Debo intentar rescatar a Eric también. Dragwena lo matará si Raquel escapa.
—Demasiado peligroso —replicó Trimak—. Solo debes preocuparte por ti y por Raquel.
Morpet sacudió la cabeza.
—Ya le estamos pidiendo mucho a Raquel. ¿Crees que nos perdonará si no intentamos salvar a su
hermano?
Trimak caminó por la cueva con expresión angustiada.
—Tu seguridad y la de Raquel son demasiado importantes para que las arriesguemos. Odio ser tan
despiadado, Morpet, pero olvídate del niño. Hemos esperado este momento cientos de años.
Mentiremos a Raquel sobre Eric si hace falta.
—Eso no funcionaría —dijo Morpet—. Ya he experimentado lo rápido que se desarrolla la magia de
Raquel. Si le mentimos, y lo descubre, nunca volverá a confiar en nosotros. Nunca.
De mala gana, Trimak dijo:
—Bueno… muy bien. ¿Pero no podría alguien más planear el rescate de Eric con seguridad?
—No. Solo yo conozco la manera de sacarlos a salvo del palacio.
—¿Cómo los traerás aquí?
Morpet esbozó con tristeza una sonrisa a medias.
—Un niño y una niña sobre cada uno de mis hermosos hombros, supongo. Arrastrándome hasta aquí
sobre mis cansadas y viejas piernas. No me arriesgo a usar mi magia tan cerca de Dragwena. Ella
conoce demasiado bien mi patrón —fijó su mirada, solemne, en Trimak—. Hora de partir, creo. Si
Dragwena está preparando una bienvenida en el palacio, ¡sería descortés por mi parte que la hiciera
esperar!
Abrazó a Trimak y salió de la cueva a grandes zancadas.
Trimak permaneció solo en el profundo silencio de Worraft. Pensó en la tarea que Morpet tenía por
delante y tembló de miedo.
«¿He enviado a mi mejor amigo a la muerte?», se preguntó. «¿Puede Raquel ser una espía, o está ya
bajo la influencia de Dragwena?».
Se arrodilló en el suelo frío y, mientras esperaba, sintió la presión de su pequeño cuchillo contra la
cadera. Lo desenfundó y sostuvo la hoja hacia la luz, obligándose a mirar el extremo afilado, mientras
consideraba lo que debía hacerse.
9
El ejército de los niños

Mientras el Consejo de los Sarrenos debatía, Raquel seguía durmiendo. Su cuerpo yacía en el ala
este del palacio, donde Morpet la había dejado, y al principio respiraba con lentitud y tranquilidad.
Luego su pulso comenzó a acelerarse conforme el sueño mágico de la bruja se apoderó de ella poco a
poco. El sueño no le daba tregua: solo si sentía los mismos deseos y odios de Dragwena sería
transformada en una bruja.
Durante el sueño mágico, Raquel experimentó la vida pasada de Dragwena.
Vio cosas que hubiera preferido no ver nunca. Vio lagos y arroyos convertirse en hielo cuando la
bruja los tocó. Vio una serpiente deslizarse desde el cuello de Dragwena en un ataque silencioso. Vio a
un niño no mayor que Eric ser cazado por una manada de lobos. Fue testigo de todos los niños muertos
en Itrea a lo largo de los siglos, asesinados por la bruja. Dragwena la obligó a mirar sus rostros y a
conocer sus nombres. Por un momento, Raquel vio incluso a Morpet como niño recién llegado a Itrea:
un chico con el cabello rubio y grandes ojos azules.
—¿Listo? —preguntó la bruja. Abrió la mano y un pajarito de brillantes colores, no más grande que
una moneda, salió volando.
—¡Lo hice! —jadeó el pequeño.
Dragwena estaba allí de pie, mirándolo afectuosamente.
—Eres mi niño favorito, Morpet —dijo.
Este recuerdo, como todos los demás, duró solo un instante. Nada podía hacer Raquel para
detenerlos o eliminarlos. Le llegaban conforme Dragwena los seleccionaba de su pasado, y la obligaba a
verlos, cada vez más rápido, hasta que cada imagen se convirtió en un borrón doloroso.
Finalmente, terminaron los recuerdos y Raquel, todavía sumergida en el sueño mágico, se
encontraba de pie al lado de Dragwena en la torre-ojo. La piel de la bruja rezumaba el rojo brillo de su
sangre, y Raquel observó las arañas que se arrastraban entre sus dientes.
—¿Te he asustado? —preguntó Dragwena con suavidad.
—Sí —dijo Raquel—. Eso quieres: asustarme. ¿Por qué me has mostrado todo eso? Lo que has
hecho… me hace odiarte aún más que antes. Lucharé contra ti cuanto pueda.
—Todavía no comprendes —murmuró Dragwena—. No deseo pelear. Ya sé que si amenazo a Eric
harás cualquier cosa que te pida.
—Sí —dijo Raquel—. He visto lo que haces con los niños.
—Los niños no significan nada. Cuando se tiene tanto poder como yo, sus vidas carecen de sentido.
Pronto también tú tendrás ese poder y sentirás del mismo modo.
—Nunca me sentiré así. ¡No quiero tu poder, bruja!
—Quiero mostrarte otra cosa —dijo Dragwena—. Contiene mi recuerdo más terrible, es algo que me
avergüenza. ¿Quieres verlo? Si puedes resistir mi peor recuerdo, sabré que nunca podré utilizarte.
Entonces serás libre.
—No. Me matarás y también a Eric. Sé que lo harás.
—Este recuerdo contiene un secreto que no he mostrado a nadie más —dijo Dragwena—. También te
mostrará mi mayor debilidad. Eso podría serte útil si tienes que luchar contra mí. Quizá puedas salvarte
y salvar a Eric después de todo. Seguro que quieres tener esa oportunidad, ¿no es cierto?
—¡Muéstramelo entonces! —gritó Raquel.
En ese mismo instante, Raquel se encontró a sí misma en el pasado. Se quedó sin aliento al darse
cuenta de que ya no estaba en Itrea. Estaba en la entrada de una enorme cueva. La cueva estaba
rodeada por miles de niños de aspecto salvaje, y todos iban armados de espadas y cuchillos. Sus rostros
feroces estaban cubiertos de sudor.
—¿Dónde estoy? —preguntó Raquel—. ¿Quiénes… son estos niños? ¿Qué les has hecho?
—Estamos de vuelta en tu mundo, en la Tierra, en una era olvidada, miles de años antes de que
nacieras —respondió la distante voz de Dragwena—. Mira cómo me amaban los niños entonces.
¡La Tierra!
Raquel miró al ejército de los niños, mientras entonaban el nombre de la bruja: «¡Dragwena!
¡Dragwena! ¡Dragwena!». Gritaban en un enorme coro adorándola. Mientras los niños la llamaban,
Raquel vio aparecer a Dragwena en una nube. Se lanzó como si fuera una golondrina sobre las espadas
en alto del ejército y acarició con ternura sus afiladas puntas.
—¿Para qué es este ejército? —preguntó Raquel tratando de conservar la calma.
—Libré una batalla en tu planeta contra tres magos —dijo Dragwena—. Hemos tenido esta guerra
desde siempre, magos contra brujas, por varios mundos y a lo largo de todos los tiempos. Yo no tenía
interés en los niños, pero sabía que los magos vendrían a proteger a las más frágiles criaturas de tu
mundo. Siempre lo hacen. Pero tuve muchos años para preparar a todos los niños antes de que ellos
llegaran y, entonces, cuando al fin llegaron los magos, me hice rodear todo el tiempo por mi leal ejército
de niños. Los magos no se atrevieron a atacarme directamente: temían lastimar a los niños. Esa era su
debilidad y yo la aproveché. Envié a los niños a matar a los magos. Ellos se escondieron bajo tierra. Mis
niños los siguieron. Formé un ejército de un millón, les enseñé mis trucos y los envié a las
profundidades del mundo, armados con escudos y espadas mágicos, a buscar a los magos y matarlos.
Raquel vio un brillo en los ojos de todos los niños que empuñaban sus espadas en señal de ataque.
—Me adoraban —dijo Dragwena—. Cada uno de ellos hubiera matado con sus propias manos si se lo
hubiera ordenado. Sus mentes estaban llenas de odio. Odiaban a los magos tanto como yo. Mataban
como yo: sin vacilaciones, sin culpa.
Raquel tembló, pero también se sintió desafiante.
—¿Crees que por mostrarme esto haré lo que pidas? —se burló—. Estos niños están desquiciados.
¡Todo lo que tiene que ver contigo me repugna!
—Mira la batalla final con los magos a través de mis ojos —dijo Dragwena—. Los atrapé en el interior
de la cueva más profunda del mundo y ahora voy a destruirlos.
Raquel se sintió dentro del cuerpo de Dragwena. Se remontó hacia dentro de la boca de la cueva.
Allí, los tres magos estaban sentados en cuclillas vestidos con andrajos. Un mago se levantó tembloroso
cuando entró la bruja.
—Arrodíllate, Larpskendya, líder de los tres —gruñó Dragwena—. Arrodíllate y suplica. O haré que el
dolor de tu muerte dure más que toda esta guerra.
Larpskendya la miró con serenidad.
—No puedes dañarnos —dijo—. Depon tus armas. Ya has perdido.
—¿Perdido? —respondió Dragwena con desdén—. ¡Qué patético eres! Hasta aquí llegó tu magia:
¡para esconderte detrás de esos harapos! ¿Serás tú quien me detenga, Larpskendya? ¿Tomarás mi
espada y me vencerás?
—Yo no, tonta —dijo.
Larpskendya se volvió hacia sus compañeros magos y todos se rieron de Dragwena.
En ese instante, ella profirió un encantamiento maligno sobre su espada y lo lanzó hacia el corazón
de Larpskendya. Al atravesar su carne, un luminoso relámpago azul surgió de la herida. La luz se
difundió desde la cueva y llegó al corazón de todos los niños que esperaban afuera. Cada uno de ellos
sintió cómo entraba la espada de Dragwena en su propio pecho y aullaron en agonía.
Aterrada, Dragwena miró fijamente a los magos.
Lentamente, Larpskendya extrajo la espada de su pecho. La herida desapareció. Sus ojos se
encontraron con los incrédulos de la bruja y brillaron con una luz de muchos colores. Luego tocó sus
harapos.
Dragwena se vio obligada a arrodillarse, casi incapaz de levantar el rostro.
—No comprendes, ¿verdad? —dijo Larpskendya—. Incluso en este momento sigues sin comprender
—sacudió la cabeza con tristeza—. Tu deseo de matarnos es tan fuerte que has olvidado las leyes de la
magia.
Dragwena lo miró con insistencia. Sus palabras nada significaban para ella.
—Para cada encantamiento maligno hay un encantamiento benigno que lo neutraliza —explicó—.
¿Cómo pudiste olvidar esta sencilla ley? Te hemos atrapado, Dragwena. Al lanzarme tu espada hicimos
que todos y cada uno de los niños de tu ejército sintiera el dolor y comprendiera el mal que los
esclaviza. En este momento se acercan. Vienen en busca de tu sangre, no de la nuestra. Como acabas
de decir, odian con tu odio. No tendrán piedad contigo.
Dragwena escuchó y alcanzó a oír el sonido de miles de pies infantiles que corrían por las cuevas. Al
acercarse rozaban sus cuchillos contra las paredes de piedra, afilándolos. El sonido era insoportable.
Trató de construir una barrera protectora en la entrada de la cueva, pero el encantamiento resultó
inútil y se consumió en su cabeza. Se dio cuenta de que sus poderes habían desaparecido. Los niños
seguían avanzando a toda prisa, sus gritos eran ensordecedores.
—Has perdido tu magia —dijo Larpskendya—. Nunca más podrás gobernar sobre la humanidad —la
miró con frialdad—. ¿Qué se siente al ser tan indefensa como aquellos a los que has esclavizado?
Dragwena no dijo una sola palabra.
—Hay muchas formas de morir que pudimos haber elegido para ti —dijo Larpskendya—. Quizá
deberíamos matarte, puesto que sé que nunca cambiará tu forma de ser, Dragwena. Pero toda vida,
incluso tu vida, tiene algún significado. En consecuencia, te ofrecemos otra posibilidad. He creado un
joven planeta para ti: Itrea. Allí quedarás exiliada para el resto de tus días. Recuperarás muchos de tus
poderes, aquellos que te ayudarán a dar forma a tu nuevo hogar de acuerdo a tus necesidades. Pero no
hay criaturas como estos niños que puedas doblegar a tu voluntad, sino solo plantas y unos cuantos
animales.
Dragwena pensó en el mundo Ool, el distante planeta de las brujas del que provenía. Con seguridad,
la Hermandad la encontraría, donde quiera que fuera enviada. Siempre la buscarían y, de ser asesinada,
vengarían su muerte.
—Las brujas de Ool nunca te encontrarán —dijo Larpskendya—. El mundo de Itrea ha sido
oscurecido para su mirada maliciosa. Estarás sola. Para siempre. Dragwena escupió a sus pies.
—Deberías matarme ahora, mago. Encontraré la manera de volver a este mundo.
—¿Crees que dejaré este planeta desprotegido? —dijo Larpskendya—. Daré a los niños de la Tierra
nuevos dones para que los usen en tu contra si vuelven a necesitarlo. Dragwena soltó una carcajada.
—¡Ni siquiera tú puedes crear a un niño con el poder suficiente para amenazarme! He trabajado en
ellos durante generaciones. Son débiles. Sirven para obedecer, pero no tienen talento para la magia
real. Un millón de cruces genéticos no podría formar a un niño humano con la fuerza suficiente para
preocupar a una bruja.
—Ya veremos —dijo Larpskendya—. En cualquier caso, debes saber esto, Dragwena: mi canto estará
siempre en Itrea. Si soy invocado, volveré.
La bruja lo maldijo.
—Adelante con el exilio… antes de que despedace el corazón de los primeros niños que lleguen hasta
aquí.
Los magos se cogieron de las manos.
De inmediato, Dragwena se encontró de pie, a solas, en un mundo nuevo. Miró a su alrededor. Los
cielos eran azules y el sol brillaba radiante. Relucientes lagos brillaban a la luz del sol, los pájaros
cantaban entre las ramas y las hojas brotaban con vitalidad.
Dragwena se cubrió el rostro con las manos. El encanto de este mundo no logró sino enfurecerla. La
destrucción de los magos por la que tanto había trabajado, por la que se había esforzado durante tanto
tiempo, le había sido arrebatada. Volvió a sentir un odio profundo, tanto hacia los magos como a los
niños que se habían vuelto en su contra, y dejó escapar un grito de angustia.
«Volveré», prometió Dragwena. «¡Volveré y os mataré a todos!».

Raquel se sintió perdida dentro del odio abrumador de la bruja. Luchó por conservar el control, por
recordar quién era, pero la bruja presionó más y más dentro de su mente hasta que la niña ya no pudo
resistirse. Al final, profundamente inmersa en el sueño mágico, también Raquel juró volver para matar
a los magos y a los niños. Igual que el de la bruja, así era el odio de Raquel.
Recostada en su suave cama en el palacio, Raquel apretaba los puños y soñaba con la venganza.
10
El despertar

Morpet irrumpió en Worraft con Raquel y Eric, dormidos, uno en cada brazo.
—Demasiado sencillo —dijo colocándolos en el suelo de la cueva—. Algo anda mal.
—¡Has rescatado a los dos! —se maravilló Trimak.
—Sí, pero fue demasiado fácil escapar del palacio. Había pocos neutranos y la puerta este estaba
desprotegida. Sabes que Dragwena siempre coloca dos guardias allí.
—¿Te siguieron?
—No vi a nadie, pero Dragwena tiene mil ojos.
—Nuestros exploradores están cerca del palacio y de la cueva —dijo Trimak—. Deberían estar en
condiciones de advertirnos de cualquier peligro —miró con preocupación a Raquel—. Veo que la niña-
esperanza aún duerme.
—Es un sueño mágico implantado por la bruja —dijo Morpet—. Puede que no despierte en varias
horas.
—¿Y qué hay de Eric? ¿La bruja trabajó también con él?
—Es posible —dijo Morpet—. Hay algo extraño en Eric —se volvió lentamente hacia Trimak—. De
hecho, sé con toda exactitud qué es lo inusual en él. No siento magia alguna, nada. Siempre hay una
huella, incluso en los niños menos dotados.
—Sí —reflexionó Trimak—. Eric es diferente. Quizá por ello Dragwena está interesada en él —miró a
Raquel—. ¿Qué clase de sueños daría Dragwena a la niña?
Morpet gruñó.
—Pesadillas, sin duda.
—Despertémoslos —dijo Trimak.
—¡No podemos hacerlo! No tengo idea de lo que puede ocurrir si despertamos a Raquel tan pronto.
Debemos dejar que despierte cuando esté lista.
—No —dijo Trimak con firmeza—. Entiendo tu preocupación, pero tú mismo has dicho que el
encantamiento de Dragwena tiene como objetivo convertir a Raquel en una bruja. Incluso ahora el
sueño mágico estará haciendo su efecto. No debemos dar ventaja alguna a la bruja.
—Podría matar a Raquel —dijo Morpet—. No tengo idea de lo poderoso que es ese hechizo. Sería un
error…
—¡Hazlo!
Reticente, Morpet colocó dos dedos flexionados sobre la frente de Raquel. Ella se movió, pero
continuó dormida.
—Utiliza toda la fuerza —ordenó Trimak enojado.
—¡No me atrevo! Si Raquel es la niña-esperanza no podemos arriesgar su seguridad.
—Tampoco puedo arriesgar la seguridad de los sarrenos. Intenta primero con Eric. Quizá la bruja le
implantó también un sueño mágico.
Esta vez Morpet colocó ambas manos sobre el pulso de Eric. El niño abrió los ojos parpadeando de
miedo. Morpet y Trimak estudiaron su comportamiento con toda atención, mirándolo mientras
intentaba obtener una reacción de Raquel.
—El niño parece estar bien —dijo Trimak con cautela.
Morpet necesitó mucho más tiempo para despertar a Raquel.
Al cabo de un rato se desperezó y, en cuanto abrió los ojos, se abalanzó sobre Eric gritando con
frenesí. Asombrado, Eric consiguió apartarse. Morpet saltó sobre Raquel y la sujetó.
—¡Te mataré! ¡Te mataré, niño! —chilló Raquel mirando a Eric.
—¡Detenla! —dijo Trimak—. ¿Qué está ocurriendo?
Morpet sujetó los brazos de Raquel contra el suelo.
—Te lo dije, Trimak. ¡Te dije que era peligroso despertarla antes de que estuviera lista!
Eric se acercó a Raquel.
—Aléjate —le advirtió Morpet.
Eric tocó uno de los pies de su hermana cuando intentaba patearlo. En ese instante, Raquel dejó de
luchar. Por un momento pareció confundida, luego miró sus manos como si sintiera que recuperaba el
control.
—¿Qué está ocurriendo? —preguntó—. Eric… no te he hecho daño, ¿verdad?
Morpet miró a Eric.
—Has roto el control de la bruja sobre Raquel. ¿Cómo lo has conseguido?
Eric se encogió de hombros.
—No he hecho nada. Solo he tocado su pie, eso es todo.
—Pero ella ha cambiado justo en el momento en que la has tocado.
Raquel se levantó de un salto. Sujetó con fuerza a Eric y ambos se alejaron de Morpet.
—No respondas a ninguna de sus preguntas —dijo a Eric—. Trabaja para la bruja.
—No es cierto —protestó Morpet—. Sé que parece que…
—¿Por qué me has dejado en la torre-ojo con Dragwena? —preguntó Raquel—. Sabías lo que iba a
ocurrir dentro, ¿no es verdad? Me has cerrado la puerta en la cara.
—No tenía alternativa —dijo Morpet—. Por favor, trata de comprender. Dragwena observa a todos
sus sirvientes muy de cerca. Si no te hubiera arrastrado hasta la torre-ojo, alguien se lo habría dicho.
Tenía que parecer despiadado.
—¿Por qué debería creerte? —dijo Raquel—. ¿Cómo puedo saber que no estás mintiendo?
Morpet movió los brazos señalando toda la cueva.
—Mira este lugar oscuro —dijo—. Si fuera amigo de la bruja, ¿crees que te habría traído aquí? Estoy
arriesgando mi vida al hacerlo. Y lo mismo Trimak —le habló de los sarrenos y de su lucha en contra de
la bruja.
Raquel se relajó un poco. Les explicó el juego de las serpientes y escaleras y el sueño con el ejército
de los niños y los magos. Morpet y Trimak escucharon con fascinación, pues nunca antes habían oído
ese relato.
—¿Sabes lo que significa eso? —murmuró Morpet a Trimak.
Trimak asintió.
—Significa que la bruja ha puesto toda su fe en Raquel. No se detendrá hasta recuperar a la niña.
—En efecto, ningún lugar es seguro para esconderla —dijo Morpet—. Debemos proteger a Raquel de
otra forma. Debemos trabajar con su magia. Debe aprender a defenderse por sí misma.
Raquel consideró el significado de su sueño.
—Al menos entiendo por qué Dragwena odia ahora a todos los niños —dijo—. Pero sigo sin saber
para qué me quiere.
—¡La magia de los niños! —exclamó Morpet—. ¡Ahora tiene sentido! Dragwena ha estado trayendo
niños a Itrea durante incontables siglos, sometiéndolos siempre a prueba, con una eterna esperanza. A
partir del sueño de Raquel sabemos que los magos encarcelaron aquí a la bruja. Todo este tiempo ella
debe de haber estado esperando a un solo niño con la suficiente fuerza para que la ayude a volver.
¡Raquel es esa niña!
—Pero en el sueño —dijo Raquel—, el mago Larpskendya dijo a Dragwena que siempre estaría sola,
prisionera por siempre en Itrea. ¿Cómo llegaron aquí todos los niños?
—Si tu sueño es cierto —dijo Morpet—, los magos cometieron un error y subestimaron a Dragwena.
Hace mucho que ella encontró la manera de traer niños de la Tierra.
—El mago mencionó también que desarrollaría magia en los niños de la Tierra, que les daría dones
para protegerse si lo necesitaban —dijo Trimak—. Hemos visto pocas pruebas de ello hasta que llegaste
tú, Raquel. Quizá se refería a ti. Tú serás nuestra protección. Tú y Eric.
—No puedo hacer nada —dijo Eric—. Raquel es la que tiene toda la magia.
—Pero tú has destruido el control de la bruja sobre tu hermana —dijo Morpet—. Dinos cómo lo has
hecho.
—No lo sé —dijo Eric—. Solo quería que Raquel volviera a ser normal. No sentí nada cuando ocurrió.
—Mmm —dijo Morpet mesándose la barba—. ¿Qué más sabemos? El mago habló de un canto. ¿Qué
crees que significa?
—Mi canto estará siempre en Itrea —murmuró Raquel—. Eso fue lo que dijo Larpskendya. Si soy
invocado, volveré.
—¿Invocado, cómo? —preguntó Morpet—. ¿Invocado por quién?
Permanecieron sentados en el oscuro silencio de la cueva, reflexionando.
—Estamos adivinando lo que significa el sueño —dijo Raquel finalmente—. Pero estoy segura de una
cosa: Dragwena me buscará. Ahora que sabe lo que puedo hacer, nunca dejará de buscarme. La has
traicionado, Morpet. Te matará y lo mismo a Trimak. Entonces estudiará a Eric hasta que averigüe
cómo usa su don —mantuvo erguida la cabeza: temblaba ligeramente—. Sé lo que hará conmigo:
convertirme en su pequeña bruja. No será difícil. He tratado de detenerla en la torre, pero ha sido
inútil.
—Inútil, no —la animó Morpet—. Necesitas entrenamiento para desarrollar tus encantamientos y
afinar tu magia. Entonces estarás lista para enfrentarte a Dragwena.
—Nunca seré lo suficientemente fuerte —dijo Raquel—. Sé cómo es Dragwena. Si no puede usarme,
me matará. Soy demasiado peligrosa para vivir como su enemiga —miró con valentía a Morpet—. Estoy
en lo cierto, ¿verdad?
—Quizá —dijo Morpet—. Sin embargo, creo que eres más fuerte de lo que crees, y también creo que
Dragwena puede ser vencida, porque comete errores.
—¿Qué errores?
—Ha dejado que os escaparais. Ha sido algo estúpido. Además, te ha confiado sus secretos más
profundos demasiado pronto, cuando todavía podíamos —o Eric podía— llegar hasta tu mente y traerte
de vuelta. Y Dragwena no se ha dado cuenta de que soy un traidor. Le he ocultado mis verdaderos
pensamientos durante muchos años.
—Me pregunto si la conoces bien —dijo Raquel con brusquedad—. Dudo de que pudieras esconder tu
traición por mucho tiempo. No creo que Dragwena cometa errores. Quizá nos dejó escapar a Eric y a mí
por alguna razón. ¿Habéis pensado en ello?
—Sí —dijo Morpet—. Lo hemos considerado, pero no se me ocurre una razón por la cual la bruja te
haya dejado ir con tanta facilidad.
Raquel hizo que sus uñas brillaran doradas.
—Miradme —dijo—. Toda esta magia que tengo. Es tan extraño. Si puedo tener magia aquí, ¿por qué
nunca me he dado cuenta en casa? ¿Por qué no he podido usarla también allí? No tiene sentido.
—Todos los niños tienen alguna magia en Itrea —dijo Morpet.
—Dragwena es capaz de percibirla cuando los trae de la Tierra, de modo que allí debe de estar en
ellos de alguna manera. No tengo ni idea de por qué no pueden utilizarla.
—Quizá los magos no lo permiten —dijo Eric—. Piensan que es demasiado peligrosa para usarla.
Morpet asintió, reflexivo.
—¿Has visto alguna vez a los magos?
—No —dijo Eric—. ¿Y tú?
—No, ni nadie más en Itrea —dijo Morpet—. Pero me encantaría conocer al que se llama
Larpskendya. Tengo algunas buenas preguntas que hacerle.
Eric agarró la barba de Trimak.
—Oye, ¿qué edad tienes?
—Soy bastante viejo —suspiró Trimak—. Adivina.
—¡Ochenta y seis!
Trimak rió.
—Inténtalo de nuevo.
—¿Más joven o más viejo?
—Mucho más viejo.
—De acuerdo, ¡ciento ochenta y seis!
—En realidad —dijo Trimak—, tengo exactamente quinientos treinta y seis años.
Eric resopló.
—No puedes ser tan viejo. Ya estarías muerto.
—El poder de la bruja es el responsable —dijo Trimak—. Aquí tenemos un dicho: Dragwena preserva
lo que le resulta útil. Eso contribuye a que sus sirvientes le sean leales. Morpet es casi tan viejo como
yo.
—Vosotros fuisteis secuestrados de la Tierra por la bruja, ¿no es cierto? —dijo Raquel—. Sois niños
que crecieron aquí.
—Sí —dijo Morpet—. Todos en Itrea fuimos arrebatados de forma similar a como lo fuisteis tú y Eric.
Dragwena no nos permite crecer normalmente como adultos. Creo que disfruta al vernos envejecer y
hacernos más y más feos al mismo tiempo, hasta que perdemos todos nuestros rasgos originales. La
bruja atrofia también nuestro crecimiento. Es como si quisiera recordarnos que siempre seremos niños
en sus dominios.
—¿Cuántos niños viven en Itrea? —preguntó Raquel.
—Han sido abducidos a millares —respondió Morpet—. Algunos viven cerca del palacio, los que
tienen la magia más brillante y sirven a la bruja de forma directa. Otros están diseminados por todo el
planeta.
—Pero ¿cómo pueden sobrevivir en este frío? —preguntó Raquel—. ¿Cómo sobreviven?
—Viven bajo tierra —dijo Morpet—. Cavan túneles. Sobreviven como mejor pueden.
Eric sacudió la cabeza.
—Pero ¿qué comen? ¿Cómo cultivan algo?
Morpet gruñó.
—No crece gran cosa en Itrea. Cazan la carne que pueden encontrar. En su mayor parte los gusanos
que están en su madriguera. No hay muchos. Cultivan unas cuantas hierbas. Sobreviven así o mueren
en el intento —miró nerviosamente a Trimak—. Cada año, desde todos los confines de Itrea, comienzan
un viaje atravesando tormentas de nieve para llegar al palacio. Dragwena insiste en que nos traigan
comida.
—¿A vosotros? —dijo Eric.
Morpet se frotó la barriga redonda.
—Sí. Dragwena podría proporcionarnos fácilmente todo lo que necesitamos, pero le gusta ver cómo
los otros sufren para traer aquí la comida. Obliga a sus sirvientes de palacio a comérsela aunque sabe
que eso significa que muchos se mueran de hambre. A Dragwena le gusta eso.
Raquel lo tocó suavemente en el hombro.
—¿La bruja os permite alguna vez… morir?
—Los primeros niños ya están muertos —dijo Morpet—. Cualquiera que se resista a la bruja es
asesinado de inmediato a menos que, como tú, resulte prometedor. En ocasiones Dragwena los arroja a
las manadas de lobos o los abandona para que mueran de frío. Quizás esos niños son los más
afortunados. Al final, la bruja nos asesina a todos, sea porque nos hacemos demasiado viejos para
seguir siendo útiles o sencillamente porque se aburre de nosotros. Nadie muere de viejo en Itrea.
Dragwena está siempre en el desenlace de nuestra vida ocasionándonos el último dolor y disfrutando
del momento.
Raquel y Eric guardaron silencio.
—Cuando he rozado la mente de Dragwena en la torre-ojo —dijo finalmente Raquel—, he sentido que
ha habido otros como los sarrenos en el pasado. Otros que intentaron resistirse en secreto. Creo que, en
realidad, Dragwena quiere que se rebelen. Creo que disfruta del reto de permitirles convertirse en un
problema para después eliminarlos. No es más que un juego para ella.
—Puede que tengas razón —dijo Trimak con voz ronca—. Pero estoy seguro de que la bruja nunca
antes se ha enfrentado a un niño como tú, Raquel. Jamás se había enfrentado a la niña-esperanza.
—Otra vez lo mismo —dijo Raquel—. ¿Qué es la niña-esperanza de la que tú y Morpet habláis todo el
tiempo? Decidme.
Morpet miró a Trimak con ansiedad, y este asintió con la cabeza.
—La niña-esperanza es una leyenda —dijo Morpet—. Eso es todo. Nadie sabe de dónde proviene ni
tampoco qué es lo que de verdad significa pero, en Itrea, ha pasado de generación en generación,
incluso entre los neutranos. Habla de una niña morena que vendrá a liberarnos a todos. La leyenda ha
crecido a lo largo de los siglos, pero la versión original de la que surgió es bastante concisa:

«Niña morena será


a los enemigos liberará
en armonía cantarán
al amanecer, del dormido mar,
surgiré…».
«para el regocijo infantil contemplar», —terminó Eric.

Todos se dieron la vuelta para mirarlo.


—¿Cómo sabes el final de los versos? —jadeó Morpet.
—No lo sé —dijo Eric mirándolos, desconcertado.
—Alguien debe habértelos dicho —dijo Trimak.
Eric se encogió de hombros.
—Nunca antes había oído esas palabras. Sencillamente me han llegado a la mente.
Morpet miró expectante a Raquel.
—No las conozco en absoluto —dijo ella—. Esas palabras son… extrañas. ¿Qué significan?
—¡Nadie lo sabe! —dijo Morpet con amargura—. Quizá nada. Quizá todo. Tu cabello es oscuro; tus
poderes, más allá de lo que nunca antes habíamos visto. Esperábamos que tú supieras lo que significan.
—Yo sé lo que significa una parte —dijo Eric.
—Dinos —resopló Trimak.
Eric parecía casi avergonzado, como si las palabras lo impresionaran.
—A los enemigos liberará —murmuró Raquel—. ¿Somos nosotros los enemigos?
—No —dijo Eric—. Los neutranos.
Morpet se estremeció.
—¿Y qué hay de la última parte de los versos? ¿Qué o quién surgirá del mar dormido al amanecer?
¿Lo sabes?
El rostro de Eric se iluminó. Con un gesto infantil, que Raquel no le había visto desde que era un
bebé, abrió los brazos:
—¡Zumba! —susurró corriendo en círculos alrededor de la cueva—. ¡Zumba! ¡Zumba!
Todos observaron a Eric, fascinados. Finalmente se calmó y volvió a su lado y los miró con timidez.
—¿Qué ha sido todo eso? —preguntó Raquel—. ¿Se supone que estabas volando?
—No —dijo Eric—. Significa… sí, quizá lo estaba. Vaya, ¡no losé!
—¿Qué significa en armonía cantarán? —preguntó Morpet.
—Me rindo —refunfuñó Eric, que se sentía incómodo bajo sus miradas.
—¿Me rindo? —dijo Raquel—. Vamos, Eric, no te lo estás tomando en serio.
—¡Claro que sí!
—Sé honesto —dijo ella—. ¿Alguien te dijo los versos antes? Más vale que me digas si estás
fingiendo.
—¡No estoy fingiendo!
Raquel se inclinó hasta que sus ojos estuvieron al mismo nivel de los de Eric.
—De acuerdo —dijo—. Te creo. Piensa un minuto. En mi sueño, el mago Larpskendya dijo a
Dragwena que su canto estaría siempre en Itrea. ¿Sabes qué significa eso?
—No, no lo sé —dijo Eric enfadado—. Deja de insistir.
Raquel miró a Morpet, frustrada.
—Supongo que piensas que yo soy quien os liberará a todos. Crees que yo soy la preciosa niña-
esperanza. ¿Todas vuestras esperanzas se basan en ese pequeño verso? ¿Unas cuantas líneas sobre la
niña morena?
—Sí —dijo Morpet—. Exacto.
—Pero las palabras de los versos… ¡pueden querer decir casi cualquier cosa!
Morpet hizo una mueca. Aparecieron arrugas lo suficientemente profundas bajo sus ojos como para
atravesar sus hundidas mejillas.
—¿No comprendes? —gritó—. Hasta ahora podían haber querido decir cualquier cosa. ¡Pero Eric
conoce las palabras! Además de mí mismo, el único con quien ha tenido contacto en Itrea es
Dragwena… y estoy seguro de que la bruja nunca habría puesto esas ideas en su cabeza.
—Tengo miedo —murmuró Eric.
—¿De los versos? —preguntó Raquel.
—No. De Dragwena —lo dijo en un murmullo. Raquel sabía lo difícil que a Eric le había resultado
admitirlo, especialmente frente a Morpet y Trimak.
—Yo también —dijo Raquel—. Pero estoy harta de tenerle miedo, ¿tú no?
Eric asintió con fervor.
Raquel se volvió hacia Morpet y Trimak.
—No estoy segura de si estos versos significan algo —dijo—. Pero apuesto a que Dragwena ya sabe a
estas horas que hemos sido secuestrados. No tenemos mucho tiempo antes de que nos encuentre. Me
habéis dicho que si aprendo nuevos encantamientos, seré capaz de luchar contra ella.
—Comenzaremos a entrenarte de inmediato —dijo Morpet—. Eric puede quedarse con Trimak.
—No —dijo Raquel—. Eric y yo permaneceremos juntos.
—Es demasiado peligroso —advirtió Trimak—. Dragwena lo usará como arma contra ti.
—No haré nada si no estáis de acuerdo —dijo Raquel conciliadora.
—Es demasiado arriesgado —dijo Morpet—. Podemos proteger a Eric mejor si estáis separados.
—No tenéis ni idea de cómo protegerlo —dijo Raquel—. Dejad de pretender que podéis hacerlo. Lo
más probable es que yo pueda cuidar de Eric mejor que todos los sarrenos juntos. Deberíais saberlo a
estas alturas.
—Muy bien —dijo Morpet con tristeza—. Seguidme.
11
La magia

Morpet condujo a Raquel y a Eric fuera de Worraft. Durante algún tiempo caminaron arrastrando los
pies en silencio bajo el techo bajo de fríos corredores. Conforme Morpet avanzaba, puertas rojas
parpadeaban cuando se acercaban y se extinguían una vez que habían pasado.
En varias ocasiones atravesaron algunas de esas puertas. Cada puerta desembocaba siempre en otro
corredor casi idéntico con más puertas, en una serie aparentemente interminable de curvas
pronunciadas cuesta arriba.
Raquel se sintió mareada.
—¿Cómo sabes cuál es el camino?
—Mediante la magia. Esto fue construido en secreto hace muchos años gracias al esfuerzo de unos
cuantos sarrenos. Dragwena no sabe nada de este lugar. Vosotros sois los primeros niños que vienen
aquí.
—¿Hacia dónde vamos? —preguntó Eric, mirando a todos lados.
—Hacia mi estudio —Morpet se detuvo ante una puerta que era idéntica a todas las demás—. ¿Creéis
que podéis recordar el camino de aquí hasta Worraft?
Raquel miró a Eric y ambos negaron con la cabeza.
—Perfecto —dijo Morpet—. Solo una magia especial puede guiaros hasta aquí de nuevo.
—¿Podría encontrarnos la bruja? —preguntó Raquel.
—Con el tiempo podría hacerlo. Aunque primero tendría que encontrar Worraft. No hay otro camino
hasta aquí, y Dragwena ni siquiera conoce la cueva. Al menos, eso espero.
Sopló tres veces sobre la puerta para abrirla y empujó a los niños adentro.
El «estudio» de Morpet no era más que una estrecha habitación alargada, con una cama sencilla,
una mesa y una sola silla.
—¿Qué puedes hacer para ayudarme a luchar contra la bruja? —preguntó Raquel a Morpet—.
Conoces tantos encantamientos, y…
—¿Yo? —soltó una risotada—. ¡Casi me desmayo de solo tratar de estar a tu altura durante el
desayuno!
—¿Qué quieres decir?
—¿Recuerdas esos peces con aros? ¡Tuve que usar todos mis poderes para alterar su color!
Raquel se quedó boquiabierta.
—¡Me preguntaba por qué seguían cambiando!
—Has jugado incluso a serpientes y escaleras contra Dragwena… y has ganado. Todos los niños que
han sido sometidos a esa prueba han fracasado: todos —colocó sus manos sobre los hombros de Raquel
—. Tú eres la niña-esperanza. Estoy seguro de ello.
—Pero ¿cómo venceré a la bruja? ¿Qué tengo que hacer?
—Tienes que aprender algunos encantamientos nuevos —dijo Morpet—. También tienes que
practicar. Dragwena ha practicado durante siglos. Cuando da una orden, es obedecida al instante.
Puede cambiar de forma en cualquier momento.
—Pero es difícil cambiar de forma —dijo Raquel desalentada—. Lo hice solo porque estaba asustada.
¿En qué debo convertirme para vencer a Dragwena?
—No lo sé —dijo Morpet.
Raquel se quedó mirándolo.
—No puedo creerlo. ¡Esperas que yo lo sepa!
—Bueno —dijo él—, no nos preocupemos por el enfrentamiento con Dragwena por ahora. Vayamos
por partes. ¿Jugarías un juego mágico conmigo?
Raquel suspiró al recordar la absoluta alegría con que practicaron un poco de magia en el comedor,
lanzando melones contra las paredes. Ahora la magia ya no le parecía un juego.
Eric se acomodó en la cama de Morpet y observó.
—Quiero que trates de cambiar de forma de nuevo —dijo Morpet—. ¿Cuál sería un disfraz inteligente
en Itrea?
—Un copo de nieve —respondió Raquel de inmediato. Al momento se imaginó como un copo de nieve
volando en el aire—. ¿Bien?
—Sigues teniendo las piernas flacas —dijo Eric.
—No te preocupes —le dijo Morpet—. Es mucho más difícil de lo que piensas. Cuando jugábamos en
el comedor y volábamos sobre las montañas, Dragwena puso una protección mágica especial a nuestro
alrededor. Sin embargo, pronto comenzaste a utilizar tu propia magia. Cuando volabas hacia el lago y te
convertiste en pluma, no fue la magia de la bruja lo que te permitió hacerlo. Lo hiciste por ti sola.
Puedes hacerlo aquí ahora, pero tienes que concentrarte por completo. Usar magia real es muy
peligroso y requiere toda tu atención.
Raquel miró a su alrededor.
—¿Puedo intentar ser algo distinto? En realidad no quiero ser un copo de nieve. Preferiría ser mejor
un caballo… algo vivo.
—Un caballo, por muy encantador que fuera, difícilmente cabría en este estudio —dijo Morpet con
sequedad—. Quiero que luches contra el deseo de convertirte en algo en especial. Tienes que ser más
disciplinada al utilizar tu poder.
—No comprendo.
—Cuando te transformaste en pluma, eso te salvó la vida —le explicó—. Verás, es porque te
convertiste en algo que necesitabas ser, que tenías que ser en ese instante. Dragwena te dará poco
tiempo para pensar cuando ataque. Podrás salvarnos a todos si, en el momento de peligro, puedes
transformarte en aquello que conviene, sea lo que sea. Ahora trata de concentrarte.
Raquel se forzó a relajarse, a concentrarse en la imagen de un copo de nieve. Pasó los dedos helados
sobre su cuerpo, fríos, cada vez más fríos, hasta que sus párpados quebradizos se congelaron sobre sus
pupilas. Ahora la forma. Doblar la piel, comprimir los huesos hasta que adquieran el tamaño de una
mano, luego de un dedo, de una uña; después todavía más pequeña, tan minúscula que casi pase
desapercibida. Logró que sus extremidades y su cabeza desaparecieran. Hizo que su cuerpo fuera
esponjoso y blanco con afilados extremos cristalinos. Le supuso un enorme esfuerzo pero, por primera
vez, Raquel era consciente de que, en lugar de estar reaccionando instintivamente, podía controlar la
transformación misma. Parpadeó para abrir sus nuevos ojos de nieve.
Morpet y Eric habían desaparecido… al menos eso pensó Raquel hasta que se dio cuenta de que
estaba siendo arrastrada lentamente a lo largo de los pantalones de Morpet. Tras unos segundos, se
posó en el suelo con suavidad. Se sintió incómoda entre el polvo del suelo. A unos cuantos centímetros,
el gigantesco zapato de Eric dio un paso atrás.
Antes de que Raquel hubiera tenido tiempo siquiera de acostumbrarse a su condición de copo de
nieve, se dio cuenta de que un charquito de agua rodeaba su cuerpo. «¿Estoy sangrando?», se preguntó.
De pronto lo comprendió: «No estoy sangrando. Me estoy derritiendo. ¡Me estoy fundiendo en el
suelo!».
Al instante siguiente ya se había transformado otra vez: era una gota de agua.
Diminutas corrientes de líquido recorrían su nuevo cuerpo de un lado a otro.
—Vaya —musitó; ya no sentía miedo, sólo curiosidad—. Una gota de agua sería más interesante si
pudiera… volar… ¡Cómo un avión!
En ese mismo instante se elevó del suelo, al principio voló con suavidad y aumentó la velocidad
conforme aprendía cómo utilizar sus nuevas alas. Quedó suspendida en el aire, mirando a su alrededor.
A unos cuantos centímetros, surgió la nariz de Morpet, tan grande como un autobús. Raquel describió
tres rápidos círculos sobre su cabeza y luego se precipitó dentro de la oreja de Eric, de nuevo hacia
fuera, sobre sus mejillas, a través de sus rizos rubios, sobre su nariz. ¡Un tobogán! Se deslizó hacia
abajo por el puente de su nariz y se colgó de la punta, balanceándose hacia adelante y hacia atrás. Al
mirar hacia arriba, vio el enorme rostro de Eric mirando hacia abajo con los ojos bizcos. Raquel se lanzó
al aire en picado.
«Voy a dejarme caer», pensó. «No puedo lastimarme. No soy sino una gota de agua».
Su cuerpecito explotó en cuanto chocó contra la piedra dividiéndose en cientos de minúsculas
gotitas de agua que saltaron separándose del resto de su cuerpo. Llena de pánico, Raquel trató de
imaginarse de nuevo como una niña.
Una voz profunda —la de Morpet— resonó:
—¡No! ¡Permanece en ese estado!
Raquel esperó con ansiedad. Un momento más tarde su lengua voló en el aire. Miró cómo sus
piernas salían disparadas hacia arriba y se meneaba su nariz: de nuevo era una niña.
—¡Eso ha sido fantástico! —dijo Raquel—. ¿Puedo volver a hacerlo?
Morpet la miró.
—Niña estúpida —vociferó—. ¿Sabes qué habría ocurrido si te hubieras transformado cuando
estabas toda desperdigada por el suelo?
—Yo…
La tomó del brazo.
—Te diré lo que habría ocurrido: ¡Habrías vuelto a ser una niña, pero a trozos! Tus brazos, piernas y
cabeza habrían estado repartidos por la habitación. ¡Estarías muerta!
—Lo… lo siento —dijo Raquel—. No lo sabía. No me lo habías dicho.
Morpet suspiró hondo.
—Verás, cuando te transformas en otra cosa, te conviertes en eso realmente.
—No comprendo.
—Piensa en una lagartija. Si te transformas en una lagartija alguien podría cortarte la cola y podrías
seguir reptando, ¿verdad?
Raquel asintió.
—Pero si vuelves a tu forma original, podrías encontrarte con que te falta una pierna —hizo una
mueca—. Creo que prefiero a las niñas con dos piernas, ¿tú no?
Raquel clavó la mirada en el suelo.
—Trataré de recordarlo.
—Bien —Morpet abrió los brazos—. ¡En qué magnífica criatura te has convertido! Me mareé
viéndote volar por todas partes.
Raquel señaló su rostro.
—¡Qué enorme es tu nariz!
Morpet se frotó su gruesa nariz con aire juguetón.
—¡Me asusta pensar lo grande que debe de haberle parecido a una gota de agua! Juguemos un poco
más.
—Primero dime, ¿por qué antes no pude volver a mi forma normal?
—Es mucho más difícil volver a recuperar el verdadero yo —explicó Morpet—. No sé por qué. Solo
Dragwena es capaz de hacerlo. Sin embargo, cuando te he visto desparramada por el suelo sabía que
intentarías hacerlo.
—Tú puedes traerme de vuelta. Ya lo has hecho dos veces.
—Es un don que me ha dado la bruja —dijo Morpet—. A Dragwena siempre le preocupa que haya
enemigos escondidos detrás de cosas cotidianas como árboles o aves o lobos. Hace siglos me dio el
poder de destransformar las cosas, de traerlas de vuelta a su forma original. Hasta que te traje de
vuelta cuando eras una pluma no estaba seguro de que podría hacerlo.
—¿Por qué no puedes transformarte tú mismo en una pluma o en un copo de nieve?
—Ese es un don que solo tú compartes con Dragwena —replicó Morpet—. Tú eres la primera niña
que se ha transformado —la miró pensativo—. Eres la primera que ha hecho muchas cosas.
—Quizá soy una bruja —dijo Raquel con ansiedad.
—No creo —sonrió con tristeza—. O, en todo caso, eres una bruja muy simpática.
Eric se recostó en la cama de Morpet y se acomodó la almohada.
—¿Puedo dormir una siesta? —preguntó, bostezando—.Tengo mucho sueño.
—¿Cómo puedes tener sueño después de lo que acabamos de ver? —dijo Morpet. Lo miró asombrado,
después se relajó de nuevo—. He olvidado que habéis tenido una noche muy larga. Por supuesto que
puedes. Os despertaré…
Pero Eric ya se había dormido.

Una vez que estuvieron seguros de que Eric ya estaba dormido, Raquel murmuró a Morpet:
—¿Qué hacemos ahora?
—¿Por qué no tratas de ser algo más sólido esta vez? —dijo Morpet. Miró a su alrededor—. Este
lugar está un poco vacío, desde mi punto de vista. ¿Qué te parece un mueble?
Con una sonrisa burlona, Raquel se transformó al instante en una silla de respaldo alto, con patas de
madera tallada.
—¿Puedes oírme? —preguntó Morpet.
—Sí —intentó replicar y descubrió que su boca estaba dentro del marco de madera. Movió los labios
hacia el asiento y colocó los ojos encima—. ¡Puedo oírte perfectamente!
—Interesante —dijo—. Una silla que puede hablar. ¿Y ahora qué sigue?
—¡Una mesa!
Estiró sus piernas, hizo que desapareciera el asiento y transformó la silla en una mesa de madera.
—Hola —dijo casi sin aliento.
—Muy lista —dijo Morpet—. Vamos a ponerte a prueba de verdad. ¿Puedes imaginar que eres yo?
—¿Qué? ¿Quieres decir que me transforme en alguien idéntico a ti?
Morpet asintió.
—Lo intentaré —dijeron los labios de la mesa.
Raquel observó a Morpet con todo cuidado para estudiarlo al detalle: sus largos brazos, la forma
regordeta y plana de la nariz, las viejas y hundidas mejillas. Examinó su ropa de cuero intentando
averiguar cómo se sentiría usándolas ella.
—¿Qué te parece? —preguntó apresurándose a terminar.
—Compruébalo por ti misma —dijo Morpet señalando un pequeño espejo en la pared.
Raquel se precipitó hacia allí, expectante. La criatura que la miraba en el espejo era un desastre. Las
ropas eran adecuadas, pero la barba de Morpet estaba a medias y no había recordado transformar su
cabello ni la mandíbula cuadrada. Quien la miraba en el espejo era un Morpet a medio hacer, con el
cabello largo y oscuro y una barbilla puntiaguda como la suya.
Soltó una carcajada… y entonces se dio cuenta de que este nuevo Morpet tenía también unos dientes
pequeños e igualados como los suyos.
—Vaya, vaya —dijo—. Soy una suerte de Raquel-Morpet.
La voz tenía también el mismo tono agudo que la suya. Otro detalle que se había olvidado
transformar.
—Mmm —dijo Morpet—. Es mucho más difícil imaginarse como otra persona, ¿verdad? Las mesas y
las sillas no tienen ni voz ni dientes. Tienes que pensar con todo cuidado y recordar cada detalle de
ellas, incluso las cosas que no puedes ver.
—Al menos tengo la nariz correcta —dijo Raquel oprimiéndola.
—No es verdad —dijo Morpet—. Tu nariz es demasiado grande.
Raquel la revisó en el espejo.
—No —dijo, torciéndola—. Creo que la nariz es idéntica a la tuya. Es exactamente del mismo tamaño.
Morpet frunció el entrecejo.
—Quizá tengas razón.
—¿Debería hacer más pequeña la nariz? ¿Eso te gustaría?
—¿No has dicho que es perfecta tal como está? —preguntó él—. Bueno, pues… está bien. ¿Por qué
no?
Raquel hizo una nariz chata. Se miraron juntos en el espejo.
—No está mal —dijo Morpet—. Pero ¿no puedes hacerme más guapo? ¡Eso sí que es un reto para ti!
Raquel probó unas cuantas combinaciones distintas antes de encontrar lo que buscaba. La criatura
que ahora estaba de pie junto a Morpet era un hombre alto con el cabello color arena y penetrantes
ojos azules.
Morpet se quedó mirando, asombrado.
—Sin duda es más guapo. Pero ¿se me parece?
—No lo sé —replicó Raquel, insegura—. Te vi cuando eras niño en el sueño que me dio Dragwena. Es
como una versión adulta de ese niño.
—Quizá tengas razón, Raquel —refunfuñó mientras tocaba el rostro de ella nerviosamente—. Hace
tanto tiempo que fui niño. He olvidado… cómo era.
Clavó la mirada en el suelo con tristeza.
—No he querido molestarte —dijo ella—. Quizá… quizá puedo hacer que seas exactamente así. ¿Te
gustaría?
—Soy tan viejo que no me importa mi aspecto —dijo Morpet—. De cualquier modo, es imposible… —
se detuvo y miró con vehemencia a Raquel—. Adelante. ¡Transfórmame, si puedes!
Raquel pensó cómo hacerlo. «¿Cómo puedo ir adentro de él?». En un impulso, se transformó en una
mota de polvo, tan minúscula que pudo entrar por los poros de su piel. Pequeñas corrientes de aire en
la habitación la sacudieron de un lado al otro. Raquel se paró y después se posó en su cabello, allí sintió
su textura y su volumen. Luego se desplazó con cuidado entre ellos esculpiéndolos, haciéndolos más
ligeros, más sedosos. Prosiguió con las mejillas, las suavizó, eliminó las arrugas y cambió el color de los
ojos a un azul profundo. Se transformó a sí misma en unas tijeritas para recortar la barba raída. Tras
unos minutos de trabajo duro había terminado… o casi. Llegó hasta sus extremidades y alargó su
cuerpo haciéndolo más alto. Cansada, voló hasta el centro de la habitación y se convirtió de nuevo en
una mesa.
Morpet se sentó frente a ella, pero ya no era el enano viejecito y arrugado que Raquel conocía. Era
un joven alto con cabello brillante y ondulado y radiantes ojos azules.
Morpet se quedó boquiabierto al mirarse en el espejo, se tocaba el rostro como si fuera una máscara.
Parpadeó con rapidez y sus nuevos ojos azules parpadearon en respuesta.
—Ahora eres muy guapo —dijo la mesa.
—¿Cómo lo has hecho? —se maravilló—. No deberías ser capaz de transformar a otro. Solo
Dragwena tiene ese poder.
—No lo sé —respondió.
—Imagina que eres otra vez Raquel. Recupera tu forma original —dijo Morpet con firmeza.
—Me has dicho que solo Dragwena puede hacerlo.
—Eso era lo que creía. Ahora estoy seguro de que puedes hacerlo también.
Raquel supo al instante qué debía hacer. Se vio a sí misma de nuevo como niña llevando puesta la
suave piel de los sarrenos. Fue un poco más fácil que antes. Ni siquiera necesitó concentrarse. Raquel
atravesó con confianza la habitación hasta el espejo. Una niña con grandes ojos verdes, nariz afilada y
un hermoso lunar en la mejilla izquierda se reflejaba en él.
—¡Lo he hecho!
Morpet se quedó con la boca abierta. Luego miró su propio rostro hermoso en el espejo e hizo
algunos gestos para ver su nueva expresión.
Pero Raquel no había terminado. Ideas repentinas habían comenzado a ocurrírsele, cosas que incluso
Morpet no habría concebido. Imaginó otra Raquel en la misma habitación y la colocó detrás de él. Allí
estaba, tan tiesa como una muñeca de plástico. La hizo caminar: se movía con rigidez, como un robot.
Raquel se concentró aún más y le dio huesos, ligamentos y músculos que podía mover con
flexibilidad, como una persona real. Hizo que esta segunda Raquel estirara los brazos y colocara sus
pequeños dedos alrededor de las orejas de Morpet.
Él se quedó boquiabierto y dio un brinco hacia atrás.
—¿Cuál de las dos soy yo? —preguntaron ambas niñas al mismo tiempo.
Raquel sonrió y la falsa niña sonrió también.
Morpet las miró a ambas. Al principio parecían idénticas. Al mirarlas más de cerca se dio cuenta de
que una de las niñas tenía una apariencia ligeramente insulsa. Sonrió con confianza a Raquel.
—Tú eres la real.
Raquel podía percibir también las diferencias. Hizo que desapareciera la expresión insulsa.
—¿Cuál es ahora la real? —preguntaron ambas niñas.
Morpet estudió a cada una con cuidado. Tocó sus mejillas. Percibió sus cabellos. Las alzó en brazos.
Tenían el mismo peso; Raquel también lo había tomado en cuenta. Finalmente, se encogió de hombros.
—No lo sé —dijo—. No puedo saber cuál es la real. Ambas parecéis reales.
Raquel soltó una risita y deseó que la segunda Raquel desapareciera. Se esfumó al instante.
Morpet se dejó caer en una silla y se miraron en silencio.
—Yo… no sé qué decir —dijo—. Las cosas que estás haciendo no deberían ser posibles. No tengo ni
idea de cómo lo has logrado.
—Puedo enseñarte —dijo Raquel—. No es tan difícil.
Morpet se frotó su nueva hermosa barbilla.
—Se supone que soy yo quien te debe enseñar a ti —gruñó—. ¡Veo que en cambio tengo mucho que
aprender! Creo que…
Un ruido que provenía de la cama los distrajo a ambos. Era Eric, que hablaba dormido.
—Debe de estar soñando —dijo Raquel.
—¡Shh! Escucha lo que dice.
Eric se dio la vuelta en la cama.
—Quince —dijo—. Izquierda. Ocho. Derecha. Cuatro. Izquierda. Seis. Izquierda. Dos. —Siguió dando
extrañas instrucciones.
—¿Qué está murmurando? —preguntó Raquel—. Parece como un sueño extraño.
—¡No es un sueño! —se sobresaltó Morpet—. Es el camino hacia esta habitación a través de los
corredores y las puertas. Dragwena se acerca.
—¿Qué quieres decir? —gritó Raquel—. ¡Has dicho que Dragwena no podría encontrarnos!
—¿No te das cuenta? —dijo—. La bruja nos ha engañado a todos. Estuvo a solas con tu hermano
durante varias horas. ¡Debe de haber implantado en él un encantamiento de reencuentro!
Raquel puso la mano sobre la boca de Eric. Todavía dormido, con extraordinaria fuerza, él se quitó la
mano de encima.
—Derecha. Cuatro. Izquierda. Seis. Derecha. Dos.
Raquel rompió a llorar.
—¿No podemos detenerlo?
—¡No hay tiempo!
Morpet apretó un punto en el suelo y apareció una pequeña salida en una de las paredes.
—Rápido —dijo—. ¡Debemos irnos enseguida!
—Pero no podemos dejar aquí a Eric —insistió Raquel—. Tenemos que llevárnoslo.
—¡No! —Morpet corrió hacia la abertura—. Está bajo el control de Dragwena. No podemos ayudarlo
ahora. Ven conmigo.
Salió por la pared y sacó la mano.
—No me iré sin Eric —gritó Raquel—. ¡No lo abandonaré! —mientras intentaba levantar a Eric, él,
dormido, la pateaba salvajemente—. Vamos —gruñó Raquel—. ¡Vienes conmigo quieras o no! —arrastró
a Eric hasta la salida y lo lanzó a los reticentes brazos de Morpet.
—No podemos llevarlo con nosotros —dijo Morpet desesperado—. Tienes que entenderlo, Raquel.
¡Ahora es el esclavo de Dragwena! ¡Vámonos antes de que sea demasiado tarde!
—¡No sin Eric!
Sin tiempo para discutir, Morpet sujetó con fuerza a Eric con uno de sus brazos y alcanzó a Raquel
con el otro.
—¡Lo tengo! ¡Ahora síguenos! ¡Deprisa!
Raquel dio un paso adelante, pero una ráfaga de viento la sobresaltó. La puerta principal que
conducía a la habitación se había abierto de golpe.
En la entrada estaba Dragwena de pie.
La bruja vio la vía de escape de Morpet y la cerró de un portazo. Raquel lo oyó escapando a todo
correr por el túnel mientras gritaba «¡Nos veremos en Punto Joy! ¡Punto Joy!» e inmediatamente
después desapareció el sonido de sus pasos.
Dos guardias neutranos entraron a la habitación junto con la bruja.
—Debes abrir la salida —dijo uno—. Permítenos matar a Morpet.
—No —respondió Dragwena—. No puede escapar. Nos ocuparemos de él más tarde.
Raquel no perdió tiempo. Se imaginó como una espada y voló hacia la cabeza de la bruja, pero antes
de que pudiera completar la imagen Dragwena la derribó.
—De eso nada, niña —se burló Dragwena—. ¿Qué tonterías te ha estado enseñando Morpet? Mi
magia es más fuerte que cualquier cosa que él sepa. ¿Crees que puedes enfrentarte a mí, niña? ¿Creíste
que te permitiría escapar?
—No te dejaré que me uses para herir a nadie —gritó Raquel—. Tendrás que matarme primero,
bruja. Mi magia está haciéndose cada vez más fuerte. ¡Ahora puedo luchar contra ti!
Dragwena levantó a Raquel del suelo con los dedos, como si no pesara.
—Pronto querrás estar conmigo para siempre —dijo Dragwena—. No querrás pelear. Olvidarás a
todos los demás. Los eliminaré de tu mente.
—¡Te odio! —Raquel se debatió para liberarse—. Tú nos has traído aquí, ¿verdad? ¡Las garras negras
en el sótano eran tuyas!
La bruja sonrió asintiendo.
—Por supuesto que eran mías, y puedo utilizar muchos otros hechizos terroríficos. Pero eso no
importa ahora. Te voy a transformar en mi propia criatura —acarició el cabello de Raquel—. Matarás a
montones de niños y te prometo… que lo disfrutarás.
Cogiendo a Raquel bajo el brazo, la bruja voló rápidamente desde la habitación por todos los
corredores. Todas las puertas se abrieron a su paso. Raquel trató de imaginarse en la orilla del lago Ker
de nuevo. Cada vez que lo hacía, una ola de miedo se estrellaba contra su mente dispersando sus
pensamientos. La bruja no le permitía concentrarse ni un segundo.
En pocos minutos salieron de los corredores y entraron en Worraft; atravesaron su entrada y se
dirigieron hacia arriba. Un viento helado golpeó el rostro de Raquel y así se dio cuenta de que estaban
afuera. Las estrellas brillaban por encima de su cabeza. Levantó los ojos y miró hacia arriba. En lo alto,
la luminosa ventana verde de la torre-ojo se elevaba sobre ellas.
12
El beso

Después de que Dragwena cerrara la puerta de escape, Morpet corrió por el angosto túnel para
salvar su pellejo y el de Eric, que estaba todavía medio dormido. Unos minutos después, contuvo la
respiración para detenerse a escuchar, pues pensaba que Dragwena y un ejército de neutranos estarían
persiguiéndolos. Como no oyó nada, se dejó caer en el suelo, a salvo al menos por el momento.
—Tonto —se enfadó consigo mismo dando golpes en la pared—. Se suponía que tú ibas a protegerla.
Ahora Dragwena tiene a Raquel y nunca podrás recuperarla.
Eric, al fin despierto del todo, lo miraba temeroso.
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó—. ¿Dónde está Raquel?
Morpet presionó sus pulgares para sentirle el pulso, pero no percibió en su interior huella alguna de
la magia de Dragwena. El encantamiento implantado por la bruja, ahora lo comprendía, debía de haber
sido superficial, de los que desaparecen tan pronto uno se despierta. Morpet gimió. ¿Por qué no había
pensado antes en revisar al niño de manera más adecuada? Eric era el espía perfecto, la mejor trampa
para que Dragwena pudiera encontrar a Raquel y a los sarrenos. «Todo el tiempo», pensó, «quizá
mucho antes de que llegara Raquel, Dragwena ya sabía de mi traición». La bruja había usado a Raquel
y a Eric para deshacerse del escondite de los sarrenos y para atraparlos juntos bajo el palacio, un lugar
donde podían ser asesinados con facilidad.
«Me confié demasiado», se dio cuenta. «Creí que podía ocultar mis pensamientos a la bruja. ¡Raquel
sabía que estaba equivocado!».
Se obligó a serenarse porque tenía claro que debía ayudarla lo más pronto posible y aprovechar
cualquier oportunidad de recuperarla. Levantó a Eric y se dirigió a toda velocidad hacia el fondo de las
profundas cuevas en las que se escondía Trimak. Al acercarse oyó sonidos angustiados: gritos de
hombres y el estallido del metal.
Tenía lugar un combate cuerpo a cuerpo.
Morpet se acercó y sacó su propia espada corta. Nunca antes la había usado en una batalla real. No
se había molestado en afilarla durante años. Con una última puerta de por medio, se podían oír las
voces con toda claridad. Una voz más grave, la de Trimak, vociferaba órdenes desesperadas.
—Debemos entrar —dijo Morpet a Eric—. Pero no seré capaz de protegerte si tengo que pelear en un
combate cuerpo a cuerpo. De modo que debes mantenerte detrás de mí, muy cerca. Si me hieren, debes
buscar a otros sarrenos para que te cuiden lo mejor que puedan. ¿Me entiendes?
Eric asintió con la cabeza, muy asustado.
Morpet pensó con amargura: «Gracias a mi estupidez, ya no existe un lugar seguro, chico».
Puso a Eric tras él y empujó la puerta con el hombro.
Empuñó con fuerza el mango de su espada.
Y se unió a la pelea.

Raquel iba a toda prisa, agarrada por el brazo-garra negro de la bruja, en dirección a la torre-ojo.
Conforme se elevaban por los aires, un viento punzante tiraba con fuerza de sus cabellos mientras el
resto de los edificios del palacio comenzaba a desaparecer a sus pies. El rostro de Dragwena brillaba de
éxtasis. Sostenía a Raquel con un brazo flexionado; el otro apuntaba hacia el frente como el cañón de
un revólver, deslizándose a través del aire nocturno.
Raquel sabía que se le acababa el tiempo. Intentó usar su magia para escabullirse de la garra de la
bruja, pero cada vez que empezaba a formar un hechizo le caían sobre el rostro los cabellos-culebras de
la cabeza de la bruja, que la asfixiaban e interrumpían su concentración.
—¿Crees que tu magia infantil puede afectar a una verdadera bruja? —dijo Dragwena—. Yo gobierno
sobre toda la magia de este mundo. Nada que hagas podría dañarme nunca.
Raquel pateaba y se retorcía, impotente, oprimida por la poderosa garra de la bruja.
Dragwena subió aún más, hacia la elevada ventana verde de la torre-ojo. Volaron hacia los cristales.
Raquel temió que se estrellaran, pero los cristales no se hicieron añicos. Sencillamente se licuaron por
un segundo para permitirles la entrada.
Una vez dentro, Dragwena arrojó a Raquel al suelo. Sangraba un poco por el costado, donde la bruja
le había clavado las uñas. Sin hacer caso del dolor, miró hacia la ventana, lista para saltar, pero el
grueso cristal verde ya había vuelto a ser sólido.
Se oyó un tímido golpe en la puerta.
—Entrad —gruñó Dragwena.
Tres soldados neutranos entraron vacilantes en la habitación e hicieron una reverencia.
—¿Qué averiguasteis sobre Morpet? —preguntó Dragwena.
—Todavía no hay ninguna noticia de esa escoria —dijo uno de los hombres—. Pero no podrá
esconderse por mucho tiempo. Nuestros hombres luchan contra los pocos sarrenos que quedan. Somos
diez veces más que ellos. Hay guardias en todas las salidas de la cueva. Los estamos cazando, uno a
uno.
Dragwena se frotó las manos, con expresión jubilosa.
—Matadlos a todos —dijo—. Quiero que los encontréis y que los destruyáis a todos y cada uno.
Quemad sus cuerpos. Prended a sus familias y a cualquiera que sea sospechoso de ayudarlos. No habrá
más sarrenos —abofeteó al soldado neutrano—. ¡Enseñaré a tu pueblo una lección que jamás olvidará!
El soldado asintió y se dio la vuelta para marcharse.
—¡Espera! —le espetó Dragwena—. Di a tus hombres que habrá una recompensa especial si me
traen la cabeza de Morpet antes de que termine el día. Quiero que encuentren al traidor. Si he leído
correctamente al niño, ahora es más alto que cualquiera que hayáis visto antes, es guapo y tiene —¡oh,
sí!— brillantes ojos azules. Asegúrate de que se dan prisa en cazarlo.
La bruja se relajó un poco, colocó ambos brazos a los costados y señaló a Raquel.
—Escucha con atención —le siseó entre dientes—. La niña y yo no debemos ser molestadas durante
una hora. Informa a tus guardias y a mis sirvientes. Bajo ninguna circunstancia debemos ser
interrumpidas.
Tan pronto como los soldados neutranos salieron, la bruja saltó hasta el otro lado de la habitación y
abofeteó con fuerza a Raquel.
—Pues bien, niña —dijo—, creo que ya has jugado lo suficiente con Morpet y sus amigos. Muy pronto
estarán muertos, si no lo están ya. Lo he retrasado más que suficiente. Es hora de convertirte en algo
útil.
Raquel se arrastró por el suelo huyendo de la bruja.
Dragwena la siguió despreocupada.
—Creo que debemos mejorar tu apariencia —dijo—. ¿Por dónde empezamos? Esos dientecitos, quizá.
Los afilados dientes de la bruja se abalanzaron hacia Raquel.
Morpet atravesó la última puerta a trompicones. La cueva estaba llena de neutranos armados: los
soldados entrenados por la bruja. Unos cuantos yacían en el suelo de la cueva, pero el número de
sarrenos muertos o heridos era mucho mayor: como no esperaban que hubiera lucha, la mayoría iba sin
armas. Los neutranos los estaban despedazando sin piedad. Trimak se mantenía en una línea defensiva
con un pequeño grupo de sarrenos que sí tenían espadas. Morpet vio docenas de tropas frescas de
neutranos que entraban en la cueva por ambos extremos.
—¡Por aquí! —gritó—. ¡Hay una ruta de escape!
—¿Qué? —dijo Trimak, y entrecerró los ojos para distinguir en la tenue luz de la cueva quién había
hablado al tiempo que seguía luchando—. ¿Quién eres?
—¡Morpet! ¡Confía en tus instintos!
Trimak miró al hombre: no era Morpet pero hablaba con su misma voz áspera.
—Soy yo —gritó Morpet—. ¡Raquel ha cambiado mi aspecto!
Vacilante, Trimak ordenó a los sarrenos que siguieran al desconocido.
Los pocos sarrenos que aún no habían sido masacrados acataron la orden al instante y atravesaron
la cueva a toda prisa. Un enorme rugido de alarma surgió entre los neutranos que se lanzaron en
avalancha sobre Morpet. Cuatro sarrenos armados hasta los dientes lucharon con furia para
mantenerlos a raya.
—¡Ve tú! —gritó uno a Trimak—. Nosotros los detendremos tanto como podamos.
—No, Grimwold —gritó Trimak—. ¡Todos debemos irnos de aquí! Este no es el momento de sacrificar
tu vida.
—Si este no es un buen momento, ¿cuándo entonces? —tronó Grimwold. Una espada neutrana le
hizo una herida profunda en la mejilla. No hizo caso y se concentró en provocar a los soldados de la
bruja:
—¡Acercaos! ¡Veamos lo valientes que sois! ¡Lucharé contra todos vosotros!
—¡Obedeced! —ordenó Trimak.
Los últimos sarrenos se deslizaron por la puerta abierta por Morpet. Una vez que escaparon,
Grimwold levantó el brazo que tenía libre e hizo un enérgico movimiento sobre su cabeza.
Al instante sus propios hombres se apresuraron hacia la puerta.
Trimak la cerró. Dentro del angosto túnel había ocho sarrenos, además de Morpet, Eric y Trimak. El
resto estaban muertos o habían escapado por otro lado. Los supervivientes se sentaron exhaustos:
jadeaban y algunos reparaban en sus heridas, ahora que había cesado la batalla. En el interior de la
cueva, los neutranos se arrojaron con violencia contra la puerta.
—No tardarán mucho en forzarla —murmuró uno de los sarrenos.
Trimak se volvió hacia Morpet.
—Si eres realmente Morpet —dijo—, serás capaz de sellar la puerta.
Morpet dirigió su palma derecha abierta hacia la entrada y fundió poco a poco la mampostería hasta
que la puerta se fusionó con la roca maciza.
Incluso Grimwold, que no se impresionaba con facilidad, miró sorprendido al hombre de cabello
color arena.
—El Morpet que conozco es un viejo y feo demonio —dijo—. Debes decirnos quién te hizo guapo. ¡Me
gustaría pagarle la consulta!
—¿Dónde está Raquel? —preguntó Trimak.
—Dragwena nos encontró —dijo Morpet—. No pude detenerla.
—¡Entonces tenemos que recuperar a la niña! —le espetó Grimwold—. ¿Adónde conduce este túnel?
—A muchos sitios —dijo Morpet—. La mayoría de las salidas estarán vigiladas. Sin embargo, hay una
ruta que solo conocemos Dragwena y yo y que conduce directamente a la torre-ojo. Si actuamos con
rapidez, creo que un pequeño grupo podría llegar.
—Habrá guardias de la bruja por todos los alrededores de la torre-ojo —protestó Trimak—. Más aún
en un momento como este.
—Dudo que sean muchos —dijo Morpet—. Lo último que Dragwena sospecha es que lancemos un
ataque en este momento. Y en especial un ataque dirigido en su contra. La mayoría de los soldados
neutranos están todavía en las cuevas. Es probable que haya muy pocos en el mismo palacio.
—¿A qué estamos esperando? —dijo Grimwold—. He querido matar a esa vieja bruja desde siempre.
—Nuestro objetivo debe ser liberar a Raquel —dijo Morpet— Dragwena disfrutaría con un
enfrentamiento directo. Debemos distraerla de algún modo.
—Quizá la bruja misma esté dirigiendo la batalla en las cuevas —sugirió uno de los sarrenos.
Morpet dijo con serenidad:
—No. Dragwena sabe que la batalla ya está ganada. Trabajará con Raquel de inmediato. El sueño
mágico ya la ha preparado a medias. Raquel no ha estado conmigo el tiempo suficiente para desarrollar
sus defensas. La bruja no tardará mucho en vencer su resistencia.
Los sarrenos levantaron sus armas y retomaron su marcha con solemnidad por el túnel serpenteante.

Dentro de la torre-ojo, Dragwena sonreía a Raquel.


Luego sacó de su vestido una espada afilada y le hizo un corte en la palma de la mano.
Raquel dio un brinco hacia atrás cerrando la mano con fuerza.
—¿Qué me has hecho?
Las cuatro filas de dientes de Dragwena le sonrieron al mismo tiempo.
—He hecho que comience el hechizo transformador. Pronto empezarás a parecerte a mí.
La bruja se escurrió hacia el otro lado de la habitación y encendió una larga y delgada vela. Grabado
en la cera había un círculo y, en su interior, una estrella de cinco puntas. La vela parpadeaba con una
fría luz verdosa. La bruja se retiró hacia una silla y dejó a Raquel de pie, sola, en el centro de la
habitación. Por unos minutos solo se miraron la una a la otra, sin hablar, mientras la bruja besaba la
cabeza de la serpiente que llevaba al cuello y Raquel se frotaba la mano intentando decidir qué hacer.
Podía oír que fuera pasaban algunas personas por el pasillo y que murmuraban órdenes. A sus espaldas,
la ventana verde de la torre-ojo daba a los edificios del palacio, pero sabía que no había esperanza de
huida en esa dirección.
Contra todo pronóstico, Raquel se sintió relajada. La herida de la mano ya no le dolía. Respiraba
hondo. La vela despedía un delicioso perfume. Respiró el aire, poco consciente de que la mayor parte
del humo se dirigía hacia su nariz y su boca. Bostezó… y aflojó el cuerpo. ¿Por qué se sentía cansada?
Parpadeó con energía tratando de mantenerse despierta, puesto que reconocía esa sensación: era como
en su última visita a la torre-ojo. Sin embargo, se sintió incapaz de vencerla, igual que antes.
La víbora de Dragwena se desenrolló poco a poco de su cuello y levantó la cabeza. Raquel intentó en
vano volver el rostro para evitar su mirada.
La serpiente avanzó y retrocedió con pereza, tocando sus párpados con la lengua. Finalmente,
Raquel no pudo impedir que se le cerraran los ojos. Con un enorme esfuerzo separó los labios, pero el
sonido tardó una eternidad en emerger de su boca.
—¿Qué… me… está… ocurriendo?
—¿Ocurriendo? —replicó Dragwena como si no ocurriese nada—. No pasa nada. Solo estamos aquí
sentadas, tú y yo, tan tranquilas.
Raquel luchó para recuperar el control de su mente. Sabía que tenía que dejar de respirar el humo.
«Debo apagar la vela», pensó. Forzó sus músculos tiesos para intentar moverlos.
Finalmente se dio cuenta de que no quería moverse. Cualquier posibilidad de resistirse a la bruja se
había desvanecido. Un agradable calorcillo se le extendió por el cuello y los hombros. La garganta y los
labios le hormigueaban. Se relajó completamente olvidándose de Eric, de los sarrenos y de la bruja.
Quedó tendida en el suelo y se sumió en un profundo sueño. Cuando despertó, la habitación estaba
idéntica. Dragwena la miraba con amabilidad y tenía la serpiente enredada de nuevo alrededor del
cuello.
—Aquí estamos —dijo Dragwena—. ¿Te sientes mejor ahora?
Raquel trató de asentir con la cabeza.
—Verás —dijo Dragwena con amabilidad—, no soy una criatura tan terrible, después de todo.
¿Criatura terrible? Raquel se preguntó a qué se refería.
—Podemos hablar, si te parece —dijo Dragwena—. Podemos hablar con la mente.
—Ajá.
Los labios de Dragwena se cerraron.
—¿Puedes oírme?
—Sí.
—¿Recuerdas a tus amigos?
La imagen de unos niños llegó a su mente. No los reconoció.
—¿Te acuerdas de los sarrenos que te secuestraron?
¿Sarrenos? La palabra no tenía para Raquel significado alguno y, en consecuencia, poco le
importaba. Lo único importante era escuchar la voz cadenciosa de la mujer.
—Estos sarrenos han contado algunas mentiras sobre mí —dijo la bruja—. También han intentado
asesinarte. Te rescaté cuando Morpet trataba de matarte. ¿Te acuerdas? ¿Recuerdas cuando intentó
matarte?
La imagen de un enano que sostenía un cuchillo sobre su garganta surgió en la mente de Raquel. Vio
a Dragwena correr para arrebatarle el cuchillo de la mano.
Raquel sonrió en su interior.
—Gracias.
—No hay de qué —replicó Dragwena, e hizo una pausa a sabiendas de que Raquel ya estaba bajo su
poder y solo necesitaba que le dieran un nuevo propósito a sus sobresalientes dones.
—Eres una niña especial —explicó Dragwena—. Quiero que te quedes conmigo para siempre.
Gobernaremos juntas, tú y yo. Mi reino es tan grande que necesitaré de toda tu ayuda. Compruébalo
por ti misma…
De pronto, Raquel se vio a sí misma volando por el silencioso y profundo espacio. Un enorme sol
resplandecía a sus espaldas y collares de estrellas se apiñaban alrededor de su cuello y de sus hombros.
Llevaba un vestido negro y, al levantar el cuello, una serpiente con los ojos de color rojo rubí le acarició
la barbilla. Raquel miró hacia abajo. Vio que allí giraba un pequeño planeta con nubes blancas y
deslumbrantes océanos azules. Voló con facilidad hacia él, sin sentir ni el viento ni el frío, rozó la
superficie de sus mares y arroyos y se remontó sobre montañas y planicies con los brazos extendidos.
Adondequiera que volaba, enormes ejércitos de niños la seguían peleando entre sí por un sitio para
verla pasar y gritar su nombre.
—¡Raquel! ¡Raquel! —coreaban elevando sus espadas afiladas.
Sintió un suave contacto. Dragwena volaba a su lado: sus manos se rozaban.
—¿Gobernarás conmigo? —preguntó Dragwena.
Raquel se dio cuenta de que, felizmente, no deseaba ninguna otra cosa. Sonrió mientras su serpiente
se enredaba con la de Dragwena en el saludo formal entre brujas…
En ese momento, una reyerta que se producía fuera de la torre-ojo distrajo a Dragwena. Los
guardias neutranos, sorprendidos de improviso, se lanzaron a proteger la habitación. Siguió una batalla
feroz que terminó con el grito de los sarrenos al lanzarse contra la gruesa puerta de la cámara.
Raquel, inmersa todavía en su feliz trance, no prestó mayor atención.
La puerta reverberó al ser aporreada sin cesar. Al final, incluso sus enormes bisagras no pudieron
resistir el violento ataque y el marco cayó hecho pedazos. Al hacerlo, una ráfaga de aire frío entró de
repente en la habitación y apagó la vela.
Raquel se despertó poco a poco de su aturdimiento y miró hacia la entrada.
De pie, flanqueado por sus hombres, se encontraba Grimwold.
En una mano empuñaba una enorme espada; en la otra, un cuchillo. Ambas estaban cubiertas de
sangre. Los neutranos de la bruja, muertos, yacían afuera.
—He venido a matarte, Dragwena —soltó entre dientes.
Dragwena miraba sus espadas, divertida.
—¿Pretendes matarme con eso? —preguntó—. Para matar a una gran bruja debes usar espadas
mágicas, bendecidas por los propios magos. ¿Lo sabías?
—¡No me importa! —vociferó Grimwold—. Te mataré o moriré en el intento.
Los tres sarrenos saltaron sobre ella. Dragwena levantó un dedo como por casualidad y apareció una
pared, verde y transparente, que la separaba de ellos. Grimwold cargó contra la pared. En cuanto la
punta de su espada golpeó la superficie, el arma salió disparada hacia la palma de la bruja. Grimwold
observó, asombrado, cómo Dragwena, con la mayor serenidad, lanzaba la espada a un lado sin tocarla.
—Creo que he visto suficientes armas por hoy —dijo—. Voy a dar la bienvenida a tus valientes
hombres a mi manera.
Frunció los delgados labios que cubrían sus cuatro hileras de dientes y les envió un beso. Como en
cámara lenta, el beso abandonó la boca de Dragwena y avanzó perezoso hacia los hombres. Al golpear
contra la pared transparente, se difundió en su interior con rapidez, dando vueltas. Los sarrenos se
miraron entre sí, confundidos.
Raquel había tratado de recuperar la voz con desespero.
—E-escapad —balbuceó—. ¡Huid de aquí!
Grimwold miró a Raquel reparando en ella por vez primera.
—La niña-esperanza —dijo, mirándola maravillado.
En el interior de la pared, el beso formó remolinos iracundos, como preparando su ataque.
—¡Corred, ahora! —gritó Raquel—. ¡Corred!
—Demasiado tarde —suspiró la bruja burlándose de los sarrenos.
De pronto, Grimwold comprendió. Arrastró a sus hombres hacia la puerta abierta pero, al darse la
vuelta, el beso rasgó la pared transparente y los lanzó contra el suelo de piedra del pasillo.
Los sarrenos cayeron al suelo, unos sobre otros, con las espadas rotas.
—¡No! —gimió Raquel.
Dragwena no le hizo caso y se dirigió a inspeccionar los cuerpos de los hombres.
Raquel contuvo las lágrimas. Sabía que esa podía haber sido su única esperanza de escapar. Tenía
que transformarse enseguida mientras Dragwena estaba distraída. ¿En qué debía transformarse? En
algo muy pequeño, para no ser vista. Su mente voló. ¡Una mota de polvo! Sí, podía resultar…
Al transformarse, en un instante colocó a otra Raquel en la habitación. Dragwena examinaba todavía
a los sarrenos, con una sonrisa en el rostro. Bien. No se había dado cuenta. Raquel se convirtió en una
mota casi invisible, increíblemente ligera, tan liviana que la más mínima brizna de aire podía levantarla.
Flotó y se dejó transportar hacia la puerta abierta de la cámara.

La bruja perdió interés por los sarrenos. Miró con suspicacia a la falsa Raquel.
—¡Háblame! —le ordenó Dragwena.
Raquel trató de hacer que la falsa Raquel hablara pero ¡era tan difícil conseguirlo e imaginarse a la
vez como una mota de polvo! Flotó despacio hacia la salida. Los ojos de Dragwena se abrieron enormes
al comprender de inmediato. Metió la mano dentro de sus vestidos y sacó una espada curva, con la que
apuñaló a la falsa Raquel en el corazón.
La verdadera Raquel gritó: un grito humano, fuerte y agónico, que reveló su posición.
Casi desmayada de miedo, Raquel se proveyó de alas y voló frenéticamente hacia abajo, por la
escalera empinada y serpenteante, en busca de una ventana. Tenía que haber una salida…
Un zumbido de aire susurró arriba: Dragwena volaba hacia ella. La enorme lengua emergía de la
boca de la bruja como para probar el aire y detectar la presencia de Raquel. Al mismo tiempo, un
impulso repentino en la mente de Raquel le sugirió que recuperara su forma de niña. Dejó que su
cuerpo de polvo comenzara a destransformarse.
«¡No!», pensó Raquel, aferrándose con furia a su actual forma.
Una ventana… ¡cerrada! Sin embargo, había una ranura en el marco a través de la cual podía
colarse. Por un segundo estuvo en medio de una total oscuridad y luego pasó a una oscuridad más
ancha, teñida de estrellas.
Un copo de nieve la golpeó como si fuera una avalancha. Raquel se metió dentro del copo; temblaba
por el esfuerzo de impedir recuperar su forma de niña.
Echó un vistazo hacia atrás. La ventana había sido abierta. Dragwena estaba allí y extendía un brazo.
Raquel trató de escabullirse pero una garra gigantesca se cerró a su alrededor. En ese instante, Raquel
sintió que todo lo que había hecho Morpet, todo aquello por lo que habían luchado y muerto los
sarrenos había sido en vano.
«¡No! ¡No!», pensó. «Escaparé. ¡Lo haré!».
Recordó su carrera con Morpet hacia el lago. Se vio a sí misma mirando sus aguas congeladas, lejos
de la torre-ojo.
Sintió un fuerte tirón en el estómago y, cuando se atrevió a mirar, no se encontró con el rostro de
Dragwena, sino con el destello congelado del lago Ker: estaba cerca de la orilla. A sus espaldas, resonó
un aullido de ira que provenía del palacio, a lo lejos, cuando Dragwena cerró en vano el puño en el aire.
Raquel se estremeció cuando los copos de nieve comenzaron a golpearla en la cabeza. No le
quedaban fuerzas para recuperar su cuerpo. La nieve seguía cayendo sin parar, sumergiéndola entre
copos suaves y muy fríos.
«Me quedaré aquí unos minutos», se dijo a sí misma. «Luego pensaré en lo que debo hacer. Yo…».
El agotamiento cerró los ojos de la mota de polvo.
13
Odisea en la nieve

Era una mañana brillante y fresca en Itrea y un viento ligero apenas mecía las plumas de la enorme
águila blanca Ronocoden. A unos quinientos metros por encima de la torre-ojo, volaba en grandes
círculos mientras miraba con atención lo que ocurría abajo.
Las gigantescas salidas centrales del palacio estaban abiertas. De allí surgía un vasto ejército de
tropas de rastreo de neutranos vestidos para una larga jornada. Se dirigían hacia el norte, hacia las
Montañas Raídas. Muchos acababan de luchar con furia contra los sarrenos en los túneles del palacio.
Sin embargo, la bruja no les permitió descansar, como tampoco se dio descanso a sí misma. Toda la
noche había trabajado en el hechizo que necesitaba. Las tropas neutranas que fluían de las salidas
contaban ahora con la ayuda de unos perros de olfato muy sensible, que presionaban los hocicos contra
el suelo. Solo un olor llamaba su atención: el olor de la magia, la magia de Raquel. Se desplegaron de
manera uniforme en un radio muy amplio. De vez en cuando alguno olisqueaba con ansiedad la nieve,
excitado por alguna pista, antes de continuar, impaciente.
El águila elevó la cabeza y siguió con la vista a las tropas de rastreo, más allá del alcance de una
visión normal, muy lejos hacia el norte. Allí, entre los montes y los valles de las Montañas Raídas, vio
muchos más neutranos transformados, y además otras criaturas: lobos. Estos últimos tenían el tamaño
de un oso y brillantes ojos amarillos. Como gigantescos perros extravagantes, caminaban a grandes
zancadas y presionaban de vez en cuando el hocico contra la nieve. Y entre los lobos estaba Dragwena,
acariciándolos, animándolos, guiando su búsqueda.
Ronocoden descendió lentamente. Sus penetrantes pupilas color gris piedra notaron que una silueta
blanca sobre el blanco de la nieve arrastraba los pies con dificultad hacia la orilla del lago Ker. Abajo, la
silueta hizo una pausa, se ajustó la capucha y levantó sus ojos azules en señal de reconocimiento.
En ese instante, Ronocoden apuntó una de sus alas para señalar que los jardines estaban libres de
ojos al acecho. Luego voló a gran velocidad hacia el sur y desapareció en segundos en las altas nubes.
La criatura en el suelo alcanzó el borde del lago. Presionó su rostro contra la nieve cerca de un brote
de árbol en forma de hongo, murmuró dos palabras y dio un paso atrás.
Una niña saltó por los aires.
La criatura se apresuró a envolverla con una capa blanca.
—¡Morpet! —jadeó Raquel.
—¡Estás viva! —se frotó las mejillas heladas—. Temí lo peor. Pensé… ¡Cómo me alegro de verte!
—Ay, Morpet —dijo Raquel, castañeando los dientes—. Estoy congelada. Estuve en la nieve durante
una eternidad. No podía volver a transformarme —miró a su alrededor con ansiedad—. ¿Dónde está
Eric?
Morpet buscó dentro de los enormes bolsillos de su capa. Sacó una pequeña chaqueta de piel,
guantes gruesos, pantalones acolchados y un par de botas para la nieve que hacían juego con los que
traía puestos. Puso un pequeño cuchillo en uno de los bolsillos.
—Eric está a salvo —dijo—. Está con Trimak, camino a una red de cuevas varios kilómetros hacia el
sur, en la Sima de Latnap. Voy a llevarte allá.
—Traté de ayudar a los sarrenos —explicó Raquel—. Solo que no sabía lo que planeaba Dragwena.
Entonces les envió ese beso y… —entornó los ojos implorantes—. Dragwena usó a Eric para
encontrarme, ¿verdad? Morpet, por favor, no culpes a Eric. No es por su culpa que…
—Lo sé —la tranquilizó Morpet—. Eric ha vuelto a ser normal —echó un vistazo a los jardines del
palacio—. Más pronto que tarde alguno de los soldados de las tropas de rastreo de Dragwena dará con
tu olor. Debemos estar muy lejos de aquí cuando eso ocurra.
—Ajña —dijo Raquel mirando bajo su capa—. ¿Cómo llegamos a esas cuevas? ¿Utilizaremos la
magia?
—¡Ojalá pudiéramos! Me temo que mi magia no es tan poderosa para llevarnos hasta allá. Solo tú
puedes transportarte de un lugar a otro como Dragwena. Yo tengo que usar las piernas para caminar.
—Te llevaré conmigo —dijo Raquel—. Estoy segura de poder hacerlo. Volaremos juntos hasta la Sima
de Latnap.
—Intenta imaginarte solo unos metros más adelante —dijo Morpet—. Cúbrete con la capa. No deben
vernos.
—¡He perdido mi magia! —murmuró Raquel después de varios intentos.
—No, sencillamente estás agotada después de haber usado tanta energía para escapar de Dragwena.
No necesitas más que un buen descanso, pero te serán necesarias varias horas antes de que la
recuperes por completo. Tendremos que ir a pie —la ayudó a ponerse las botas para la nieve—. La bruja
tiene miedo ahora. ¡No puede creer que hayas sido más astuta que ella!
—Nunca parece asustada —dijo Raquel recordando la tranquilidad con que Dragwena había
saludado a Grimwold y a sus hombres en la cámara—. No puede tenerme miedo de verdad.
—¡Claro que sí! La bruja ha estado buscándote sin parar desde el amanecer. Por suerte, piensa que
estás en las Montañas Raídas. Nunca antes he sabido de una búsqueda en la que se involucrara ella en
persona —esbozó una sonrisa a medias—. Debe de estar muy preocupada.
—¿Por qué cree que estoy allá?
—¿Recuerdas cuando al salir del cuarto dije "Nos veremos en Punto Joy"?
Raquel asintió.
—Es un pico en las montañas. Nunca pensé que Dragwena lo creería. Lo dije solo con la esperanza
de confundirla en caso de que lograras escapar —Morpet ahogó una carcajada—. Parece que ha
funcionado, al menos lo suficiente para retrasarla un poco.
—¿Cómo sabías dónde encontrarme? Pensaba que nadie excepto Dragwena podría hacerlo.
—Imaginaba que si estabas en peligro volverías a este lugar. Es el sitio al que has volado en nuestra
primera mañana juntos. Por supuesto —dijo—, podías haber vuelto al comedor o a tu habitación en el
palacio… pero apostaba a que nunca volverías a un lugar en el que Dragwena pudiera encontrarte con
facilidad.
—Ni siquiera lo he pensado —dijo Raquel honestamente—. No tuve tiempo.
—Entonces, debemos agradecer al menos eso a Dragwena.
Con todo cuidado le acomodó la bufanda a Raquel alrededor del cuello, valoró su nuevo estado y le
infundió ánimos:
—Vámonos. Es un largo recorrido a pie hasta la Sima de Latnap. Había planeado que las águilas nos
llevaran hasta allí, pero el cielo está tan despejado que los espías de Dragwena nos verían enseguida.
No podemos correr ese riesgo.
—¿Cómo puedes estar seguro de que Dragwena no conoce esas cuevas?
—No puedo estar seguro —admitió Morpet—. Pero los sarrenos nunca hemos utilizado la Sima de
Latnap en toda mi vida. Confiamos en ello.
Morpet señaló a través del lago Ker hacia un bosque distante envuelto en las brumas.
—Nos dirigimos hacia allá —dijo—. Camina cerca de mí. La capa de hielo es delgada en algunos
puntos y así los lobos no podrán rastrearnos con facilidad.
—¿Lobos?
—Te lo contaré mientras avanzamos —dijo Morpet.
La cogió de la mano preparándose para partir.
—¡Ay! —gritó Raquel. Se miró la mano. En medio de la palma le palpitaba una profunda y dolorosa
herida negra.
—Dragwena me hizo esto en la torre-ojo —dijo.
Morpet examinó su mano.
—No es nada. Solo un corte.
—No es solo un corte —dijo Raquel con firmeza—. Dragwena dijo que esto me transformaría en una
bruja. Dijo que comenzaría a parecerme a ella.
—¿Cuántas filas de dientes tiene Dragwena? —preguntó Morpet.
—Cuatro.
—¿Y qué hay de su piel? ¿Tenía pecas en la nariz?
Raquel sonrió.
—No, por supuesto que no.
—En ese caso deja de preocuparte. Tienes una boca normal y tus pecas son tan claras como siempre.
Nada en ti ha cambiado. Vámonos.
La cogió de la otra mano y partieron con sus botas para la nieve por las congeladas aguas del lago
Ker.
Raquel y Morpet mantuvieron un paso constante mientras avanzaban por el hielo. Como siempre, el
sol brillaba muy débil y apenas atravesaba las altas nubes grises.
—Explícame eso de los lobos —dijo Raquel mientras se esforzaba por seguirle el paso.
—Son las mascotas favoritas de Dragwena —explicó Morpet—. Alguna vez fueron perros ordinarios.
Con los años, la bruja los ha moldeado a su manera: son más grandes y tienen un hocico que puede
distinguir los olores más sutiles. A diferencia de la mayoría de los animales de este mundo, los lobos
pueden hablar. En el pasado fui responsable de su entrenamiento. Son criaturas inteligentes y crueles,
y hasta el último de ellos cumple al pie de la letra los caprichos de Dragwena.
—¿Habrá alguno cerca?
—Los lobos nunca están lejos.
Raquel, nerviosa, miró a su alrededor; esperaba enormes huellas de patas de lobos marcadas en la
nieve. Pero no había señal alguna que indicara su presencia. La nieve se extendía a sus anchas, como si
ningún ser vivo se atreviera a molestar su gris superficie. Nada se movía. Incluso el cielo pálido estaba
vacío. Demasiado sereno, pensó Raquel. ¿Eso era bueno o malo? Quitó la nieve bajo sus pies para ver si
había peces brillantes temblando de frío por debajo de la superficie del lago, pero solo percibió la
negrura impenetrable del hielo congelado para siempre.
—¿Hay seres vivos debajo? —preguntó.
—No —dijo Morpet—. Tendrían que poder vivir sin respirar. Tendrían que poder vivir sin moverse ni
comer. Quizá Dragwena ha creado una criatura semejante solo para saber que sufre. Vamos, no
podemos permanecer aquí.
—Pero ¿qué otras criaturas viven en Itrea? —preguntó Raquel, que permanecía a su lado—. He visto
tan poco.
—Las águilas viven en las montañas occidentales y ayudan a los sarrenos siempre que pueden —dijo
—. Solo sobreviven porque Dragwena quiere mantener vivas unas cuantas para cazarlas cuando está
aburrida. Los lobos devoran cualquier ser vivo que encuentran en la superficie. El resto de los animales
viven bajo tierra… si podemos llamarlos animales. Quién sabe lo que habían sido antes, pero la mayoría
son ahora criaturas débiles parecidas a babosas, ciegas, que sorben los desperdicios que pueden
encontrar en las profundidades de la tierra. Ni siquiera Dragwena se molesta en atormentarlos.
Raquel oyó un leve revoloteo. Eran un par de aves que cruzaban el cielo a gran velocidad. Volaban en
perfecta formación, con movimientos increíblemente precisos.
Morpet tiró de ella para que se agachara.
—No te muevas —le susurró entre dientes.
—¿Qué son?
—Prapsis —dijo—. Los espías de Dragwena. Mitad cuervos, mitad bebés, y mucho más veloces que
las águilas.
—¿Mitad bebés? —musitó Raquel.
—Son extraños, una mezcla de cosas —dijo Morpet—. Son seres grotescos creados por la bruja. No
me pidas que te los describa. No me creerías.
Los prapsis zigzagueaban en varias direcciones por el cielo. Viajaban en líneas muy rectas y en
ocasiones se detenían un instante y titubeaban, sin necesidad de disminuir la velocidad. En algún
momento pasaron sobre Raquel y Morpet y ella alcanzó a oírlos cantar en voz alta con un parloteo de
voces agudas.
Morpet esperó unos minutos antes de continuar y, a partir de ese momento, avanzaron con mayor
precaución. Tras más de una hora de caminata, lograron atravesar el lago Ker y se dirigieron hacia las
colinas bajas. Raquel sintió que las colinas estaban a muchos kilómetros de distancia y el bosque
sombrío aún más lejos. Se dio cuenta de que su mano le palpitaba y le dolía, y se la miró.
—¡Morpet! —gritó.
Donde antes estaba el profundo corte, se veía ahora un círculo negro claramente dibujado en la
palma de su mano; dentro del círculo había una estrella perfecta de cinco puntas. Raquel sabía dónde la
había visto antes: era la que estaba grabada en la vela de la torre-ojo.
—¿Qué es esto? —preguntó a Morpet mirándolo a los ojos—. ¿Es algún tipo de marca de la bruja,
quizá?
—Sí —admitió.
—¿Significa que estoy transformándome en una bruja?
—Todavía no te pareces a Dragwena, si es eso lo que quieres decir. ¿Te sientes distinta de alguna
manera?
—No… creo que no —dijo Raquel—. Pero esta marca ha crecido en unas cuantas horas. Si es una
marca de bruja, seguro que Dragwena me hizo algo. Tengo miedo, Morpet.
—Probablemente no sea nada —dijo tratando de calmarla.
—No sabes lo que significa, ¿verdad? —dijo ella levantándose—. ¿Qué hacemos si significa que me
habré convertido en una bruja para cuando lleguemos a la Sima de Latnap? Eric está allí. No quiero
lastimarlo, ni hacer daño a nadie.
Morpet la miró con gravedad.
—No sé qué significa la marca. Ningún sarreno ha tenido jamás esa marca. Puede significar
cualquier cosa. Pero como lo primero que te preocupa es la seguridad de Eric, eso me indica que sigues
siendo la Raquel que conozco. Debemos confiar en eso.
Continuaron su camino, clavando las botas en la nieve. Morpet mantuvo un paso rápido y Raquel ni
se quejó, porque no podía dejar de pensar en Dragwena. Pero después de varias horas de recorrido a
través del intenso frío, se sintió exhausta, con todo el cuerpo entumecido por el dolor y el cansancio.
Morpet no paraba de hablar en el intento de mantenerla despierta. Al fin llegaron a las colinas bajas.
Raquel estaba tan cansada que no se dio cuenta ni le importó. Morpet la dejó descansar mientras subía
hasta la punta de una pequeña colina.
Justo al sur estaba la seguridad de la Sima de Latnap, tan cerca ahora. Entre ellos y su destino se
interponía el bosque de Dragwood. ¿Qué camino debían tomar? El bosque de Dragwood era peligroso,
lleno de la magia de Dragwena muy fácil de provocar. También podían rodear el bosque, pero eso les
llevaría más de una hora y Morpet percibía que el rodeo resultaría demasiado largo para Raquel. Ni una
sola vez había mencionado su cansancio ni se había quejado, pero Morpet había visto su fatiga en cada
paso, y él mismo estaba demasiado cansado para cargarla hasta la Sima de Latnap.
Miró el cielo. Había comenzado un atardecer gris que formaba profundas sombras alrededor de los
árboles. Pronto oscurecería y la temperatura descendería peligrosamente. Incluso con sus pieles,
Morpet sabía que Raquel no sobreviviría una noche en la superficie. Al fin tomó una decisión y volvió
para encontrarla echada sobre su costado, cubierta a medias por la nieve.
—Despierta, bella durmiente —murmuró levantándola—. Todavía no es hora de ir a la cama. Vamos a
tomar un atajo por el bosque. Estaremos en la Sima de Latnap en una hora.
Los últimos rayos del sol desaparecieron. Por encima de su cabeza, unas cuantas estrellas solitarias
y la enorme luna Armat brillaban con intensidad. Morpet rogó que Armat brillara con fuerza: su luz fría
era su única esperanza de guiarse a través de los árboles con rapidez, pues no había senderos en el
bosque de Dragwood.
—Manténte cerca —dijo Morpet. Tomó a Raquel de la mano y caminó con mayor soltura en cuanto se
internaron en el bosque.
14
Prapsis

En cuanto Raquel y Morpet se deslizaron hacia el interior del bosque de Dragwood, los altos árboles
los envolvieron en una oscuridad casi total. Unos cuantos rayos de luna se deslizaban por entre las
ramas superiores hasta herir el suelo con su fulgor. Raquel oyó con ansiedad el rumor de un viento
ligero. Ondeaba a través de las copas de los árboles haciendo que las ramas rechinaran como puertas
viejas al abrirse.
Al principio avanzaron rápidos. Conforme se adentraron en el bosque, los árboles se hacinaban más
y más y sus altas y nudosas raíces hacían difícil mantener un camino en línea recta. Tambaleándose,
avanzaron de la mejor manera posible, Raquel aferrada con fuerza a Morpet todo el tiempo.
Entonces Morpet le apretó la mano.
—¿Qué pasa? —preguntó ella.
Se estremeció cuando la voz de Raquel resonó en el aire.
—Escucha —murmuró.
Raquel contuvo la respiración.
—No oigo nada.
—Exacto. Hay brisa y sin embargo las hojas de los árboles ya no se mecen. Nada se mueve. ¡Mira!
Señaló hacia la bóveda del bosque.
En todos los árboles, las hojas apuntaban rígidas, como dedos extendidos. Las ramas habían dejado
de moverse también, como si se hubieran detenido a escuchar. Morpet y Raquel vacilaron por
precaución.
De pronto, sin previo aviso, una rama azotó la cabeza de Raquel. Otros árboles comenzaron también
a sacudir sus hojas, como para prevenir a los árboles de más adelante sobre la presencia de los
extraños.
—¿Qué está ocurriendo? —chilló Raquel.
—¡El bosque de Dragwood ha despertado! —replicó Morpet.
Y salieron disparados.
Se agazaparon bajo las ramas más bajas y cruzaron a gran velocidad por entre las hojas, tropezando
y cayendo, ayudándose a incorporarse para proseguir su carrera. Más adelante, Raquel vio un lugar
donde los troncos se adelgazaban un poco: parecía una puerta en el extremo del bosque. Se
precipitaron hacia la abertura.
Al acercarse, dos enormes ramas los alcanzaron y rasgaron sus capas blancas. En ese mismo
instante, como si un millón de ojos se hubieran abierto, todas las hojas del bosque de Dragwood
azotaron el aire. Varios troncos cercanos se agitaron hasta hacer saltar sus raíces arrancándose de la
tierra.
—No pueden perseguirnos, ¿verdad? —gritó Raquel.
—Ni les hace falta —dijo Morpet.
Raquel observó que los árboles arrancados iban pasando de rama en rama por encima de los otros
hasta que finalmente seis de ellos fueron arrojados a tierra hasta rodear a Morpet y a Raquel.
No había espacio para salir de ese círculo de árboles. Dragwood, ahora del todo despierto, no tenía
la intención de dejarlos escapar.
Por un momento Raquel y Morpet permanecieron de pie, en silencio, en medio de los troncos,
mientras que montones de hojas caían desde arriba y el bosque de Dragwood decidía qué hacer.
Al fin, dos de los árboles más grandes adelantaron sus rasgadas raíces y aprisionaron con sus ramas
la garganta de Morpet.
—¡Deteneos! —les espetó una voz a sus espaldas. Los árboles se detuvieron al instante. Incluso
Morpet se detuvo porque de inmediato reconoció la voz a sus espaldas: Dragwena.
Se dio la vuelta y vio a Raquel de pie con la cabeza orgullosamente alta, las manos en la cadera,
dirigiéndose a los árboles.
—¿Acaso no me reconocéis? —musitó, y su voz era tan idéntica a la de la bruja que nadie excepto
Dragwena misma habría sido capaz de notar la diferencia. Raquel metió la mano en el bolsillo y colocó
su cuchillo en el cuello de Morpet—. Voy a acabar con esta criatura —ordenó.
No esperó a que los árboles reaccionaran. Siguió caminando con confianza mientras arrastraba
consigo a Morpet. Lenta e inciertamente, los árboles se apartaron y los dejaron pasar al tiempo que sus
ramas murmuraban. Ella señaló con furia a los últimos tres árboles que les bloqueaban el camino y
estos se hicieron a un lado para abrirles paso.
Raquel y Morpet caminaron deprisa hasta el extremo del bosque de Dragwood; ella sostuvo el
cuchillo contra la garganta de Morpet todo el camino.
—Sigue caminando… No corras —la previno Morpet.
Necesitaron de unos veinte pasos para quedar lejos del alcance de los árboles. Raquel soltó a Morpet
y guardó el cuchillo en su chaqueta. En ese instante los árboles se dieron cuenta de que habían sido
engañados. Se arremolinaron en el borde del bosque azotando sus ramas como látigos.
Raquel los miró con ansiedad, lista para correr.
—¿Por qué no nos persiguen?
—Parece que no pueden salir del bosque de Dragwood —dijo Morpet—. Su magia debe de estar
confinada a sus límites —esbozó una sonrisa a medias, luego se puso rígido.
—¿Qué pasa? —preguntó Raquel.
—¡Tranquila! —soltó entre dientes Morpet—. ¡No te muevas!
A sus espaldas, mirándolos desde los árboles exteriores del bosque de Dragwood, había dos criaturas
voladoras con rostro humano.
Tenían el cuerpo negro de un cuervo pero su cuello sostenía una pequeña cabeza humana: cara
rosada, nariz respingada, pequeñas orejas redondas y cabello suave y delgado: el rostro de un bebé.
Eran tan extrañas que Raquel hubiera soltado una carcajada si Morpet no hubiera estado tan
preocupado.
—Míos —dijo una de las criaturas, con voz aguda parecida también a la de un bebé.
—No, míos —dijo la otra—. Los vi primero.
—Yo vi los árboles moverse.
—¡Los vi primero!
—No los hubieras visto si yo no hubiera visto a los árboles.
Su compañero le mostró la lengua y le hizo un gesto despectivo. El otro le escupió.
—Has fallado.
—Eso quería.
Al mismo tiempo volvieron la cabeza hacia Raquel y Morpet.
—¿Qué son? —preguntó uno.
—Un hombre y una niña.
—No se mueven. Los hombres y las niñas se mueven. Ellos no. En consecuencia, son otra cosa.
—Parece un acertijo. Mirémoslos más de cerca.
—Tú primero.
—Tú primero —gorjeó el otro inclinándose, y ambos se lanzaron al vuelo al mismo tiempo. Uno se
posó sobre la cabeza de Raquel; el otro aterrizó en el hombro de Morpet. Raquel trató de no parpadear.
El que estaba en su cabeza se inclinó y oprimió la punta de su diminuta lengua rosada contra su mejilla.
—Piel suave —dijo—. Debe de ser una niña. Tiene buen sabor.
El otro niño-pájaro mordió a Morpet en la oreja. Raquel lo vio, tenso, ahogar un grito.
—Hombre congelado. Estatua. No real.
—Pero lo vi moverse.
—No se mueve.
—¡Se movía! ¡Lo vi!
—¡Tonterías!
—¡Tonterías las tuyas!
—¡Tonterías las tuyas!
Los niños-pájaro discutieron unos minutos, mientras Morpet y Raquel permanecían tan rígidos como
les era posible.
—Alejémonos y observémoslos —sugirió uno de los niños-pájaro, finalmente.
El otro se rascó la oreja con la garra.
—De acuerdo. Tú primero.
—Tú primero —dijo su compañero inclinándose, y ambos volaron al mismo tiempo. Retomaron su
posición original en los árboles y allí se quedaron, inmóviles, mirando en silencio a Raquel y a Morpet a
una corta distancia.
—¿Prapsis? —murmuró Raquel tratando de permanecer inmóvil.
—Sí —dijo Morpet—. Es probable que sea el mismo par que vimos antes. No pueden lastimarnos
pero nada vuela más rápido que un prapsi. Pueden notificar a Dragwena dónde nos han visto. No te
muevas. Son criaturas estúpidas y se aburren enseguida. Si permanecemos inmóviles, terminarán por
irse.
Varias veces los prapsis volaron hasta ellos y se les posaron encima o cerca, luego volvían a los
árboles, discutiendo sin parar entre sí.
—Estatuas. Definitivamente estatuas.
—Sí —decía el otro—. Estatuas tibias.
—¿Se lo contamos a Dragwena?
—No. Sería estúpido. Nos zurraría si le contamos algo sobre estatuas.
Dejaron escapar una risita.
—Vámonos entonces.
—Tú primero.
—Tú primero —dijo el otro inclinándose, y juntos se elevaron desde el árbol. En ese instante, sin
embargo, Raquel sintió un calambre en la pierna derecha y por reflejo la levantó del suelo. Los prapsis
titubearon de inmediato y armaron un tremendo griterío.
—Niña y hombre reales. ¡Vivos! ¡Vivos!
—¡Fingían ser estatuas! Hombre y niña.
—¡Raquel y Morpet!
—¡Morpet y Raquel!
—Hay que informar a Dragwena de inmediato. —De inmediato.
Mientras los sobrevolaban en círculos gritaron:
—Tú primero —y salieron volando al mismo tiempo. Morpet les arrojó un palo, pero ellos lo
esquivaron con facilidad.
—¡Informemos a Dragwena! —chilló un niño-pájaro.
—¡Informemos a Dragwena y a los lobos!
—¡Informemos a los lobos!
—¡Informemos a los lobos!
—Que se los coman…
—¡De merienda!
Los prapsis volaron hacia el norte murmurando jubilosos «¡lobos, lobos, lobos!» hasta perderse de
vista.
15
Los lobos

Morpet observó el rumbo que tomaron los niños-pájaro.


—Se dirigen hacia Dragwena, a las Montañas Raídas —dijo—. El recorrido es corto para un prapsi.
Ahora tenemos que ganarle a la bruja la carrera hasta la Sima de Latnap.
Raquel se estremeció. Al llegar la noche, la nieve había comenzado a caer en abundancia
arrastrando consigo un viento cortante. A sus espaldas, los árboles del bosque de Dragwood seguían
azotando sus ramas con energía sin parar un segundo.
—Morpet, no puedo avanzar mucho más —dijo—. ¿No podríamos escondernos?
—No hay dónde esconderse de la bruja en la superficie —dijo Morpet tomándola de la mano con
fuerza—. ¡Podemos llegar a la Sima de Latnap! No está muy lejos. Por favor, sé lo cansada que estás.
Haz un último esfuerzo.
Raquel asintió con debilidad, casi incapaz de esbozar una sonrisa por más tiempo.
A pesar del peligro partieron a un ritmo lentísimo. Era todo lo que Raquel podía hacer, y además
habían perdido sus botas en el bosque de Dragwood, lo que hacía más pesado cada paso en la nieve.
Rodearon Dragwood y se dirigieron a poniente, atravesando un lodazal de tierra cenagosa.
Al fin, se dirigieron de nuevo hacia el sur. Al frente, surgió un ancho páramo ondulado. En otras
condiciones, Raquel ni siquiera se hubiera percatado del esfuerzo al atravesarlo. Pero sus últimas
reservas de fuerza se habían desvanecido en el fango y se arrastraba aturdida y agotada. Solo el miedo
a la bruja mantenía en movimiento sus pies. Colocaba desganada un pie delante del otro, demasiado
cansada para pensar en el siguiente paso.
Morpet permitió que Raquel se apoyara en su hombro y protegió su rostro lo mejor que pudo del
azote del viento. Parecía que caminaban así desde siempre, con ráfagas heladas atravesando sus ropas
y Armat brillaba tanto que sin sus capas habrían estado expuestos a los ojos de cualquiera.
Al fin Morpet permitió que Raquel descansara un poco más. Sabía que Dragwena llegaría muy
pronto: sus débiles huellas serían como avisos brillantes para su visión nocturna y para los lobos.
Raquel se durmió con el rostro sumido a medias en la nieve oscura. Morpet se la echó sobre la espalda.
Inclinó su propio rostro y caminó contra el viento: era pura desesperación lo que impulsaba sus piernas.
Entonces vio al lobo.
Medía dos metros y medio de altura de la pata al hombro. Treinta o más bestias los habían rodeado
sin que se dieran cuenta. Con el vaho congelado alrededor de sus hocicos, miraban casi con serenidad a
Morpet y a Raquel con centelleantes ojos amarillos. El líder de la manada se adelantó al trote con
tranquilidad. Era Scorpa, una loba feroz, enorme y mortífera. Morpet la conocía bien puesto que la
había entrenado cuando era solo una lobezna.
—Hola, viejo —dijo Scorpa—. Veo que Raquel te hizo guapo. Es una pena que haya olvidado cambiar
el modo como hueles. Ese fue un error.
La manada de lobos le mostró los dientes.
Morpet despertó a Raquel. Tuvo que sacudirla varias veces.
—Bienvenida, niña —dijo Scorpa inclinándose cortés—. Saludar a quien ha escapado de Dragwena
misma es un raro honor.
—¡Aléjate! —intentó Raquel utilizando la voz de Dragwena.
La mayoría de los lobos se agitaron inquietos. Scorpa se apoyó en sus grises patas traseras y aulló en
son de burla.
—No fue un mal intento. Pero no puedes engañarnos con tanta facilidad como a los árboles de
Dragwood.
Morpet blandió su cuchillo contra la garganta de Raquel.
—¡Alejaos o la mataré! —gruñó.
Un lobo se le abalanzó y le arrebató el cuchillo de la mano.
—No has sido lo bastante rápido —se molestó Scorpa—. Raquel te ha dado un deficiente cuerpo
joven, pues te mueves como un anciano. Otro error. Sin embargo, Dragwena limará pronto las aristas
ásperas de la niña —se lamió los labios y pateó el suelo—. Te doy a elegir, Morpet: puedo lanzarte a la
manada de golpe o puedes brindarme el honor de un combate frente a frente. Prometo que los otros no
intervendrán. Al menos tendrás la oportunidad de hacerme cosquillas antes de morir. ¿Qué dices?
Los otros lobos retrocedieron un poco, abriendo espacio, Morpet levantó las manos de repente. Una
luz azul se desprendió de ellas y atravesó el cielo como una bengala.
—¿Todavía esperas que te rescaten? —se mofó Scorpa—. Vamos. Empiezo a cansarme. ¡Elige!
Morpet le escupió en el hocico.
—¡Elijo pelear!
Ingresó en el círculo de combate. El lobo que tenía el cuchillo se lo lanzó de vuelta y él lo sostuvo en
la mano derecha, muy cerca de la cadera, a la manera de un guerrero. Con la mano izquierda hizo señas
a Scorpa para que se acercara.
—¡Vamos, pues! —vociferó—. ¿O tienes miedo, loba?
Scorpa le mostró los colmillos y comenzaron a rodearse uno al otro con lentitud, en busca de sus
puntos débiles. La loba se deslizaba con habilidad. Cuando atacaba, lo hacía siempre sin previo aviso,
pues sus movimientos eran tan rápidos que Raquel apenas los distinguía. Scorpa hundió la mandíbula
en el muslo de Morpet y luego saltó hacia un lado. Morpet ahogó un grito pero se mantuvo sobre sus
pies: caer hubiera significado una muerte instantánea. Scorpa volvió a abalanzarse contra él. Tras
simular que atacaría la misma pierna, cambió de dirección en el último momento y atrapó a Morpet
mientras se daba la vuelta. Para cuando se dio cuenta de su error, los colmillos ya le habían desgarrado
el estómago; al enderezarse la loba, le chorreaba sangre y carne desgarrada del hocico. Scorpa se alejó
otra vez de un salto, y Morpet falló el débil tajo que lanzó contra su vientre.
—Te has vuelto débil, viejo —dijo Scorpa con malicia—, mientras que yo me he vuelto más fuerte. Ya
no soy el cachorro que apadrinabas hace tanto tiempo. Esperaba una lucha mejor que esta.
Morpet caminaba en círculos enfrentándose a ella nuevamente.
—Un enemigo siempre es más peligroso cuando está desesperado —gruñó—. Te lo enseñé,
recuérdalo. Tu fuerza nunca igualará mi astucia.
Pero sus palabras sonaban vacías, y Scorpa lo sabía.
—Es hora de que acabe contigo —dijo lanzándosele a la garganta.
No lo alcanzó. Cuando Scorpa saltó, una enorme águila blanca, tan grande como ella, surgió de la
oscuridad y hundió sus garras en su cuello. En el mismo instante descendieron otras dos águilas que
tomaron a Raquel y a Morpet entre las garras y volaron con ellos por los aires. Los lobos intentaron
morder sus colas, pero los colmillos se quedaron cortos y las aves lograron escapar, llevando a Morpet y
a Raquel hacia las nubes. En cuestión de segundos dejaron atrás a los lobos aullando a sus espaldas y
se dirigieron hacia el sur.
—¡A la Sima de Latnap! —las urgió Morpet, estremecido por el dolor de sus heridas—. ¡Llévanos a la
Sima, Ronocoden!
La enorme águila blanca inclinó la cabeza hacia Morpet para recibir la dirección precisa. Al caer la
noche, había girado en círculos, con sus compañeras, amparadas en la seguridad de las bajas nubes de
nieve, a la espera de una señal. Ahora las enormes aves atravesaban la tormenta sin esfuerzo. Con
aleteos veloces y casi silenciosos, Morpet y Raquel fueron transportados por el cielo; las águilas salían
de las nubes lo menos posible para evitar ser detectadas.
Morpet bajó de la espalda de Ronocoden y golpeó con los puños en un punto en la nieve, idéntico al
resto. Seis golpes. Cuatro golpes. Tres golpes. A unos cuantos metros, la nieve se abrió mostrando una
puerta secreta y unos brazos tiraron de ellos hacia dentro. Las águilas reemprendieron el vuelo de
inmediato, hacia el sur.
Raquel parpadeó en la brillante luz del túnel que se abría frente a ellos. Tres sarrenos estaban allí y,
un poco apartado, Trimak se quedó mirando la sangre que se escurría de la chaqueta de Morpet.
Trimak trató por todos los medios de detener la hemorragia de Morpet.
Pero Scorpa había hecho un buen trabajo: la abertura del estómago estaba desgarrada y la sangre de
Morpet salía a borbotones de la herida extendiéndose como una masa espesa.
Trimak sabía cómo reparar huesos rotos, quemaduras menores o hemorragias pequeñas… pero esto
era una herida que superaba sus habilidades. El rostro grisáceo de Morpet se había contraído en un
rictus por el esfuerzo de permanecer consciente.
Trimak sabía que Morpet moriría en pocos minutos.
Morpet también lo sabía. Miró su estómago desgarrado y levantó la cabeza con mucha dificultad.
—Bueno —dijo, con una sonrisa débil—. Creo que esta herida está más allá de tus hábiles manos,
amigo. Hubiera debido dejar que Ronocoden nos trajera desde el palacio, pero tuve miedo de que la
bruja esperara apoyo de esa dirección. Me he equivocado al decidir viajar a pie. He cometido tantos
errores… tantos.
—¡Cúrate tú mismo! —le ordenó Trimak—. No has venido hasta aquí para abandonarnos ahora.
El rostro de Morpet se contrajo de dolor.
—¿Curarme a mí mismo? Creo que incluso con todos mis poderes no podría reparar esta herida. Y ya
no me queda ninguno. Nada.
Trimak inclinó la cabeza para ocultar sus emociones. —¡Has traído de vuelta a la niña-esperanza! —
dijo—. Contra todo pronóstico, la has rescatado dos veces. Todavía tenemos esperanza, gracias a ti.
—Cuídala bien —dijo Morpet—. Raquel está agotada. Déjala descansar.
—Siempre pensando en los demás —dijo Trimak. Miró hacia otro lado mientras las lágrimas rodaban
por sus mejillas.
—Al menos Dragwena nunca volverá a tocarme —murmuró Morpet—. Se lo he negado a cualquier
precio.
Su cuerpo se desplomó contra la pared del túnel y sus brillantes ojos azules se cerraron.
Trimak hundió el rostro en el hombro de Morpet y se abandonó al llanto; las lágrimas brotaban de
sus ojos.
Raquel se tambaleó hacia Morpet.
—¡No te rindas! —gritó a Trimak—. ¿Qué te pasa? ¡Haz que viva! ¡Haz algo!
Trimak se quedó mirando el suelo, con un gesto de frustración. Raquel colocó sus manos sobre la
sangre que manaba del estómago de Morpet tratando de contenerla.
Morpet no estaba muerto, todavía no. Logró abrir los ojos.
—Raquel, nada que no esté en tus manos resolver está mal —la miró con severidad—. Ahora debes
hacerte cargo de lo que viene.
—¡No te mueras! —le rogó Raquel—. No te mueras, Morpet. ¡No lo soportaré!
—Tendrás que hacerlo —dijo Morpet.
Su cabeza se hundió en las manos de Trimak.
Todos los sarrenos se hincaron sobre una rodilla y elevaron sus espadas.
—¡No! ¡No! ¡No! —gritó Raquel—. No permitiré que te mueras. ¡No lo haré!
Empujó a Trimak a un lado y pellizcó las mejillas de Morpet. Todavía respiraba con debilidad. Raquel
lo obligó a abrir los ojos y lo miró con firmeza. ¿Qué podía hacer? ¡Debe de haber algo! Tuvo una
inspiración repentina… y miró hacia abajo: donde antes había solo una masa de hueso y sangre, Raquel
vio de pronto, desplegado como en un diagrama, el modo de curar a Morpet. No esperó a pensar cómo
podía haber ocurrido. Con toda precisión, como si fuera un bisturí, su mente buscó la herida, la sangre,
cada músculo desgarrado, las venas, las capas epidérmicas. Actuó a toda velocidad.
Bajo sus manos, Morpet se convulsionó y levantó la cabeza. Su estómago se movía debajo de los
músculos. Capas de carne nueva crecían a partir de los jirones, sellando la herida. Con un ruido
parecido al que hacen las botellas al ser destapadas, apareció un nuevo ombligo donde estuvo el que
había sido desgarrado.
Todos los sarrenos miraron incrédulos a Raquel.
—¿Cómo lo has hecho? —jadeó Morpet.
—No… no lo sé —dijo Raquel con honestidad. Buscó en su mente la fuente de sus nuevos poderes y
sintió una capa de magia distinta desarrollándose dentro, más poderosa, lista para ser utilizada. Pero
mientras exploraba para encontrar las respuestas, le invadió una ola de agotamiento. Ahora que Morpet
estaba a salvo, ella apenas podía mantener los ojos abiertos—. Estoy tan cansada… —suspiró—.
Demasiado… cansada para pensar.
—Duerme entonces —dijo Morpet—. Nadie lo merece más que tú —rió y su voz sonó llena de vida—.
Duerme, y cuando despiertes desayunaremos juntos de nuevo.
—Quiero ver a Eric —dijo Raquel con un hilillo de voz.
—Está en buenas manos.
—Tengo miedo de los sueños que pueda tener, Morpet. Por favor. No quiero quedarme dormida.
—Que tengas felices sueños —le dijo—. Dragwena está lejos ahora. No puede lastimarte. No
permitiré que se te acerque. Lo prometo.
Raquel se sentó en el regazo de Morpet, se apoyó en su hombro y al instante se quedó dormida,
demasiado cansada incluso para explorar sus nuevos dones y lo que significaban.
16
La sima de Latnap

Raquel durmió toda la noche hasta entrada la tarde del día siguiente. El sol de Itrea ya había
comenzado a ocultarse bañando el cielo con su líquido fulgor cuando al fin despertó. Estaba en una
cama suave que Morpet mismo le había preparado. Él se hallaba tumbado en una silla a unos cuantos
metros y roncaba con suavidad.
Raquel se levantó con dificultad, en silencio, tratando de no despertar a Morpet y se lavó utilizando
un cuenco de agua que le habían dejado en la habitación. Habían colocado ropa limpia junto a su cama:
pantalones de lana áspera y una camisa de grueso lino de color café. No eran las magníficas prendas de
vestir que ella hubiera podido elegir en el guardarropa del palacio, pero le quedaban bien, y Raquel las
prefería.
Se sentó en el borde de la cama y tosió con fuerza.
Morpet gruñó y abrió sus brillantes ojos azules.
—Hola, guapo —sonrió Raquel—. ¿Es muy tarde para el desayuno?
Morpet se estiró y la miró.
—¡Por supuesto que no! Pero no tenemos tanto para elegir como en el comedor de palacio.
—No importa. Cualquier cosa está bien.
Morpet se palmeó el vientre.
—Precioso ombligo —dijo—. Ha resultado mejor que el anterior. Mejor dibujado.
—No sé cómo lo hice —dijo Raquel con toda seriedad—. ¿Qué significa? Sé que mi magia se ha
desarrollado con rapidez, pero no pensaba que hasta este punto.
—No tengo ni idea —admitió él—. Pero te lo agradezco. Mírame: guapo, en plena forma. ¡Igual que
cualquier soldado neutrano! —saltó más de un metro en el aire, dio una voltereta perfecta y aterrizó
sobre los pies—. No sé qué hiciste, Raquel, pero me siento fantástico.
—¿Cómo está Eric? —preguntó Raquel.
—¡Ah! Qué bien que lo preguntas. Creo que es mejor que vengas y veas al asombroso Eric por ti
misma. No creerás lo que ha ocurrido. Ven.
Morpet la tomó de la cintura y la escoltó hasta la habitación donde Eric estaba sentado en una
pequeña silla. Raquel rompió a llorar y lo abrazó con fuerza durante unos segundos; no quería soltarlo.
—Dime, ¿estás bien? —preguntó finalmente alisándole el cabello.
—Claro que estoy bien —se rió—. ¡Mira! Ahora puedo hacer cosas. Cosas especiales. Cuéntale,
Morpet.
Morpet sonrió.
—¿Recuerdas nuestros juegos en el comedor?
—Por supuesto —dijo Raquel.
—Piensa en cualquier cosa. Tú eliges.
Raquel se encogió de hombros.
—¿Una flor?
—Muy bien. Ahora mira.
Un instante después un narciso flotaba en el aire por encima de la cabeza de Morpet.
Eric acercó sus dedos a la flor y esta desapareció.
Morpet creó seis ramos de flores diferentes y los hizo desplazarse por el techo.
Eric los hizo desaparecer con el dedo, uno a uno, como si se tratara de una varita mágica.
—¡Tiene magia! —gritó Raquel—. ¡Puede hacer lo mismo que hacemos nosotros!
—No, te equivocas —dijo Morpet. Miró a Eric—. Haz un ramo de flores.
—No. Ya sabes que no puedo —dijo Eric.
—Inténtalo de nuevo —lo animó Morpet—. Vamos.
Eric frunció el ceño durante unos segundos, apretando los labios. Al fin, con un gruñido irritado, se
dio por vencido.
—No puedo hacerlo. Y qué. Aquí todos tienen magia. No es nada especial.
—No entiendo —dijo Raquel—. ¿Cuál es el poder de Eric?
—No estoy seguro —dijo Morpet—. Un poder muy inusual en realidad. Nunca antes lo había visto en
ninguno de los niños traídos a Itrea. Creo que lo describiría como antimagia. Eric hace que la magia
desaparezca.
Raquel frunció el ceño.
—Yo también puedo hacer eso. En el comedor los dos hacíamos que las cosas desaparecieran.
—No de la misma manera en que lo hace Eric —dijo Morpet—. Compruébalo por ti misma. Crea algo.
Raquel hizo un solo objeto, una réplica de la mesa de roble perfectamente construida que su abuelo
había hecho muy poco antes de morir el invierno pasado. Era un objeto que conocía bien, pues le habían
enseñado con mucho amor cómo había sido construida: las bisagras, el cajón secreto, las muchas capas
de barniz aplicadas con toda paciencia. Raquel se tomó su tiempo para formar la mesa con todo cuidado
y luego colocar la imagen en el centro de la habitación.
Eric, sin siquiera mirarla, la señaló. En el mismo instante, la mesa desapareció. Raquel trató de
reconstruirla pero descubrió que ya no podía recordar claramente cómo era. Se concentró con energía,
pero lo único que pudo hacer fue una mesa que apenas se parecía a la original.
Por fin se quedó mirando, con asombro, a Eric.
—Haz otra cosa —dijo Morpet.
Entonces Raquel hizo una lámpara concentrándose muchísimo. También desapareció y tampoco
pudo volver a recrearla.
—Te das cuenta ahora, ¿verdad? —gritó Morpet—. ¡Eric hace que desaparezca la magia de forma
permanente! Cualquier cosa que puedas crear, él puede destruirla, y parece que es imposible volver a
usar ese hechizo otra vez. Desaparece para siempre.
Raquel pensó de inmediato en Dragwena.
—¿Puedes destruir también la magia de la bruja?
—Quizá. No estoy seguro —dijo Eric vacilante—. En parte. No su mejor magia. Ella puede esconder
cosas. Y creo que Dragwena tiene una magia que está formada por montones de encantamientos que
cambian todo el tiempo. Podrían confundirme.
—¿Por qué no habías hecho nada de esto antes? —preguntó Raquel.
—No sabía que podía —dijo—. Ocurrió por accidente. Morpet estaba practicando su magia. Yo me
aburría. Quise que se detuviera y ¡zas!
Raquel arrugó la nariz pensando qué decir.
—Eres… ¡No puedo hacer nada que se le parezca!
Eric sonrió feliz. Era la primera vez que Raquel le veía hacerse el presumido desde que llegaron a
Itrea. «¿Será posible?», pensó ella. Por un momento se imaginó a sí misma luchando contra Dragwena
mientras Eric ondeaba su dedo antimagia para deshacer los hechizos de la bruja, uno a uno.
Se sentó a una larga mesa de piedra y siguió armando alboroto respecto a los poderes de Eric hasta
que Morpet le trajo un cuenco de sopa y un trozo de pan.
—Me temo que no hay emparedados de chocolate —se disculpó.
Mientras comía, Eric se acercó, observando de cerca el cabello de Raquel.
—¡Ag! —dijo alejándose—. Es gris. Tu cabello se ha vuelto del todo gris.
Raquel se levantó un mechón. Su cuero cabelludo estaba reseco y escamoso. Se precipitó hacia un
espejo cercano y observó con atención su pelo. Por dondequiera que mirara, bajo la superficie, su
cabello era blanco y delgado. Le dio un tirón y un mechón se le quedó en la mano.
—¿Qué me está pasando, Morpet? —preguntó pasmada—. ¿Estoy… estoy envejeciendo como tú y
Trimak porque he utilizado demasiada magia?
Morpet le tocó el cabello.
—Probablemente no es nada —replicó con ligereza—. La tensión de los recientes eventos. Usar la
magia no te transforma con tanta rapidez.
Raquel siguió mirándose en el espejo para ver si tenía las arrugas típicas de los sarrenos alrededor
de los ojos. No había arrugas pero sí había otros cambios: su mandíbula era flácida y sus ojos parecían
cansados.
Mientras pensaba, Trimak apareció en la puerta. Parecía agotado.
—¿Quieres conocer la Sima de Latnap, Raquel? —preguntó—. Aunque me temo que no es… un
hermoso lugar.
Raquel tomó la mano de Eric, se frotó los ojos todavía hinchados y entraron en las cuevas
principales.
Estaban llenas de sarrenos heridos. Pequeñas camas hechas con poco más que harapos que cubrían
el suelo y docenas de hombres y mujeres que yacían quietos o se quejaban apenas. Unos cuantos
heridos leves se movían entre los demás administrándoles hierbas medicinales y ofreciéndoles consuelo
como mejor podían.
Raquel se quedó mirando a los sarrenos, aturdida.
—¿Qué ha ocurrido?
—Han luchado contra los neutranos bajo el palacio —dijo Trimak—. La mayoría solo contaba con sus
manos como armas. Solo quedan cien, más o menos. El resto murió en los túneles o en el camino hasta
la Sima de Latnap.
—¿Habéis caminado? —se maravilló Raquel—. Quiero decir, ¿habéis venido todo el camino, por la
nieve, sin que Dragwena se diera cuenta?
—Fue una caminata muy penosa —dijo Trimak—. El miedo a la bruja nos guiaba a través de los
vendavales. Creo que lo logramos porque los espías de Dragwena estaban buscando algo más
importante: te buscaban a ti.
Raquel se quedó mirando con tristeza a los sarrenos heridos y, de pronto, todo lo que había pasado,
todo lo que ellos habían sufrido desde que ella y Eric habían llegado a Itrea le pareció demasiado duro
de soportar.
—¡Es culpa nuestra! —dijo—. Dragwena me dejó escapar solo para atrapar juntos a los sarrenos bajo
el palacio. Luego usó a Eric para poder seguirme. Quizá todavía nos está utilizando a ambos. Dragwena
podría averiguar que todos estáis aquí, en la Sima de Latnap, debido a nuestra presencia. ¿Ya habéis
pensado en eso?
—Sí. Por supuesto —dijo Trimak—. Es un riesgo que debemos correr.
—¿De verdad? —preguntó Raquel—. Sé que pensáis que soy la niña-esperanza. Queréis que me
enfrente a Dragwena. Sé que debo hacerlo. Pero… —contuvo las lágrimas mientras se aferraba a Eric—.
Pero…
—Tienes miedo de la bruja —dijo Trimak—. Lo sé. Todos la tememos —sus ojos se nublaron y bajó la
cabeza—. Te estamos pidiendo demasiado.
Raquel se mesó el cabello, ahora gris, con ambas manos.
—A mí no me importa —dijo—. Pero ¿os habéis dado cuenta de esto? Ya no soy la niña del cabello
oscuro, ¿lo veis? —miró a Morpet a los ojos—. Haré lo que sea necesario para que vosotros y Eric estéis
seguros, pero ¿qué he logrado hasta ahora? Ni siquiera pude espantar a unos cuantos lobos. Eric señala
con su dedito y mis encantamientos desaparecen en un tris. ¿Cómo esperáis que venza a la bruja? No
tenéis ni idea de lo poderosa que es. Creo que Dragwena solo está jugando con nosotros. Vuela y se
divierte matando sarrenos mientras acaricia a su desagradable serpiente. ¿Qué puedo hacer para
asustarla de verdad?
Durante un momento hubo un silencio tenso en la cueva. Luego Raquel se percató de un hombre que
estaba arrodillado a corta distancia, un hombre que Raquel reconoció: Grimwold.
—Te recuerdo —dijo—. Me has dado la oportunidad de escapar de la torre-ojo.
El rostro de Grimwold estaba muy lastimado. Una de sus orejas había sido arrancada.
—La niña-esperanza —jadeó—. En ese caso, todas esas muertes… no fueron en vano —se acercó y
tomó el brazo de Raquel—. ¿De verdad eres la niña-esperanza? ¿Lo eres? ¿Cuántas muertes más tiene
que haber?
Raquel leyó la expresión de Grimwold: su desesperación y su esperanza.
—Sí, claro, esos estúpidos versos —murmuró—. No sé lo que significan. ¿De qué nos sirven? Ni
siquiera puedo recordarlos con claridad.
Grimwold no aflojó su mano sobre el brazo de Raquel, y dijo:

«Niña morena será


a los enemigos liberará
en armonía cantarán
al amanecer, del dormido mar
surgiré…
para el regocijo infantil contemplar».

—Sigo sin entender qué significa —dijo Raquel.


—Me sé otros versos —murmuró Eric.
Todos se quedaron helados.
—Una versión algo sombría —dijo.
Raquel miró a Trimak.
—¿Entiendes lo que quiere decir?
Todos los sarrenos negaron temerosos con la cabeza. Eric se aclaró la garganta y dijo:

«Niña morena será


heridos los corazones buenos
la ira despertará
los niños no nacerán
los magos bajo el suelo yacen
hoy las tinieblas renacen».

Cuando Eric terminó, todos los sarrenos se cubrieron las orejas aullando de dolor.
—¿Qué significa? —preguntó Raquel desconcertada.
—Significa esto —dijo Eric entre dientes—. «Heridos los corazones buenos, los niños no nacerán, los
magos bajo el suelo yacen, hoy las tinieblas renacen». Dragwena va a matar a todos los niños y los
magos, tal como se lo dijo a Raquel.
—¿Por qué no nos lo habías dicho antes? —dijo Raquel—. Algo tan importante…
—No he sabido las palabras hasta ahora —protestó Eric con un hilo de voz—. ¡No me preguntéis por
qué!
—Soy yo, ¿no es así? —dijo Raquel—. Dragwena me necesita para que se cumplan los versos
sombríos. Necesita mi poder. Y si me convierte en una bruja, la ayudaré a hacer todas esas cosas
terribles. Soy la niña-esperanza o… el fin de toda esperanza.
Morpet y Trimak se quedaron mirando al suelo, incapaces de sostenerle la mirada.
—No sabéis nada, ¿verdad? —dijo apenas capaz de contener su frustración—. ¡Esperáis que yo lo
sepa! ¿Vamos a esperar sencillamente a que Dragwena venga y nos atrape? Estoy harta de eso, de
esconderme y de huir. Debe de haber algo que podamos hacer. ¿Cuánto tardará Dragwena en
encontrarnos?
—Quizá semanas —dijo Trimak—. Puede que solo unos días. La bruja puede ya saber que estamos
aquí.
Raquel atrajo a Eric hacia ella.
—¿Qué vamos a hacer?
Eric comenzó a llorar y grandes lagrimones rodaron por sus mejillas.
—Raquel, no lo sé. Piensa en algo. La bruja todavía no te ha atrapado.
Y entonces Raquel oyó una feroz carcajada.
No era una voz humana. Raquel la reconoció al instante: era Dragwena.
17
Dientes

Raquel miró con desesperación por toda la cueva.


—No estoy en este pozo inmundo —refunfuñó la voz de Dragwena.
Raquel pensó: «Entonces, ¿dónde?».
—Dentro de ti, niña.
Un enorme terror la estremeció. «¿C-cómo puede ser?».
—Mira tu mano.
Raquel la abrió. La estrella de cinco puntas de la marca de la bruja, ahora trazada en gruesas líneas
negras, resplandecía en la palma de su mano.
—Estoy terminando la tarea que interrumpieron los sánenos en la torre-ojo —explicó Dragwena—. La
herida que te infligí entonces se ha hecho más profunda. La transformación en bruja será indolora y
rápida a partir de ahora. Tu sangre ya se ha debilitado y su color es distinto. Al final será de un vibrante
color esmeralda, demasiado brillante para que lo soporte el ojo humano. Pero para entonces tus ojos ya
tampoco serán humanos…
Raquel trató de arrancarse la marca de la bruja con las uñas.
La sangre que salió era amarilla. Su mente chilló: «¿Qué me has hecho? ¡Esto no puede estar
ocurriendo!».
—Tus amigos en las cuevas se sorprenderán, sin duda —rió Dragwena—. Creen que eres la niña-
esperanza que los guiará de vuelta a casa. ¡Qué sorpresa se llevarán cuando surjan de tu rostro cuatro
mandíbulas de bruja, con arañas que reptan en su interior!
Raquel pasó la lengua por su boca. Distinguió una masa sólida y dura que emergía bajo la carne de
las mejillas.
—Dentro de unas cuantas horas se habrá completado la transformación —le dijo Dragwena—. Ya no
necesitarás dormir. Tus párpados desaparecerán. Las aletas de tu nariz se partirán y se doblarán en
dos, revestidas de una piel tan sensible que te revelará aromas extraordinariamente nuevos. Disfrutarás
de todo eso, te lo prometo.
Raquel cerró los ojos con fuerza, en un desesperado intento por bloquear la voz.
—Eso no funcionará —dijo Dragwena—. Ahora puedo leer cada uno de tus pensamientos, conocer tus
miedos y tus esperanzas. No hay escape posible. No te resistas. Ríndete a mi voluntad.
El cuerpo de Raquel se convulsionó de miedo. Miró a todas partes para pedir ayuda, tropezó y cayó
al suelo.
—¿Qué te pasa, Raquel? —dijo Morpet apresurándose a levantarla.
Eric atravesó la cueva e hizo algo que no había hecho desde que era casi un bebé: le echó los brazos
alrededor del cuello. La apretó con fuerza y Raquel sollozó en su abrazo, derramando una oleada de
lágrimas tras otra.
—Lo sé —murmuró—. Dragwena está dentro de ti, ¿verdad?
Raquel se hundió aún más en su hombro, demasiado espantada para responder.
Morpet miró a Eric a los ojos.
—¿Cómo sabes qué es lo que está ocurriendo? ¿Cómo puedes saberlo?
—Lo sé. Raquel necesita estar a solas.
Morpet llevó en brazos a Raquel desde la cueva hasta una pequeña habitación con un poco de
intimidad. Eric le estrechó la mano durante todo el recorrido animándola con pequeñas sonrisas
jocosas, muy despreocupado. Raquel sabía que Eric no se comportaba así habitualmente. ¿Significaba
eso que nunca más podría sobrevivir sin su ayuda?
Morpet la colocó con suavidad en el suelo y le limpió las lágrimas.
—Ya está —murmuró acariciando su barbilla—. Estamos solos, tú, yo y Eric.
—No estoy sola —dijo—. Dragwena está dentro de mí. Sabe todo lo que yo sé.
—¿Qué deberíamos hacer? —preguntó Morpet. Le preguntaba a Raquel, pero también se volvió hacia
Eric, y fue Eric quien respondió.
—No estoy seguro —dijo Eric—, pero creo que si la bruja puede entrar en su cabeza, entonces
Raquel debería ser capaz de entrar en la de Dragwena también —tomó a Raquel por los hombros—.
Inténtalo, Raquel. Vamos. Averigua cosas sobre la bruja.

Raquel asintió, desolada. Aferrándose a la mano de Eric, consiguió relajarse. Cerró los ojos y aclaró
su mente. Luego, poco a poco, vacilante, con el mayor cuidado, comenzó a intentarlo. Descendió hasta
que entró en contacto con otra presencia, una presencia que ardía en sus propios antiguos, muy
antiguos, deseos: Dragwena.
—Vaya, qué bien —susurró Dragwena—. Anhelaba este momento, niña. Hubiera preferido atraparte
antes de que llegaras a la Sima de Latnap, pero ya no importa. ¡Ha pasado mucho tiempo desde que
pude leer abiertamente los pensamientos de otro, como ahora! Solo las brujas tenemos ese don.
Comenzamos a hablar de esta manera en la torre-ojo. Ahora es mucho más fácil. De modo que, ya lo
ves, pronto las dos seremos brujas y estaremos juntas. No tendré ningún secreto para ti, a partir de
ahora. Mira más adentro.
La mente de Dragwena se abrió invitándola y Raquel recorrió los oscuros secretos de su memoria.
Experimentó sensaciones que le proporcionaban placer a la bruja: la caricia de su serpiente-alma, la
alegría de montar un torbellino hasta llegar al extremo del mundo, las arañas escondiéndose en la
seguridad de su garganta. Y los lobos. Raquel sintió cómo era para Dragwena estar en medio de la
manada: el olor de los lobos juntos durante una cacería, y la bruja entre ellos, corriendo por todos lados
para perseguir a la presa donde quiera que fuese.
—Ve más adentro —la exhortó Dragwena.
Raquel lo hizo. Fue testigo de una larga búsqueda. Entre las Montañas Raídas de Itrea, Dragwena
volaba como un pájaro, más allá de los lejanos polos donde el hielo se congelaba en sus gigantescas
alas.
—¿Qué buscabas? —preguntó Raquel.
—A Larpskendya. El mago me dijo que dejaría su canto en este mundo minúsculo. Busco el olor de su
magia para matar su presencia, dondequiera que esté escondido.
Raquel observó a Dragwena mientras se transformaba en docenas de criaturas. Como tiburón, bajo
el vasto océano Endelión, la bruja buscaba buceando por el lecho rocoso donde su boca se transformó
en enormes fauces dentadas para engullir un millón de criaturas marítimas con agallas fluorescentes.
Buscó durante siglos. La bruja rebuscó en cada rincón del mundo, y más allá del mundo, y en los altos
cielos, día y noche, hasta que Raquel vio pasar las extrañas constelaciones con tanta frecuencia que
llegó a conocerlas perfectamente.
Al fin, terminó la búsqueda de Dragwena.
—No has llegado a encontrarlo nunca —se dio cuenta Raquel—. Ni siquiera sabes en qué consiste el
canto de Larpskendya. Pero sigue aquí, en algún lado, ¿verdad? Protege Itrea. Nos protege —su
corazón se endureció—. Recuerdo el sueño mágico —dijo desafiante—. Larpskendya prometió proteger
a los niños de la Tierra desarrollando su magia. Dijo que serían capaces de utilizarla en tu contra, de
ser necesario.
—No ha existido nunca ningún niño con la magia suficiente para desafiarme —dijo Dragwena—. Pero
Larpskendya ha mantenido su palabra. Durante largas eras he traído niños a Itrea y sus poderes han
ido mejorando de manera constante. Tú eres la más fuerte de todos, Raquel. Pero no eres lo bastante
fuerte para oponerte a mí.
—Eso mismo me pregunto yo —dijo Raquel. ¿Era ella de verdad la niña-esperanza? ¿Y Eric? ¿Qué
pasaba con su don? ¿Había sido una amenaza para la bruja? En ese momento percibió miedo en la
mente de Dragwena, disfrazado, pero miedo al fin, y se sintió agradecida—. De modo que no has podido
encontrar a Larpskendya. Bueno. ¿Qué has hecho después, bruja?
—Este era su planeta, el mundo de Larpskendya. Lo odiaba. ¡Así que lo transformé!
Raquel vio a la bruja rozar los brillantes bosques primigenios de Itrea. Al tocar los árboles, estos se
ennegrecían y morían. Dragwena hundió las uñas en las tierras fértiles y las flores exuberantes se
marchitaron. Cruzó los cielos azules y llenos de vida y los volvió grises y apagados; tiñó la nieve de un
gris más oscuro; filtró la luz amarilla del sol hasta que eliminó por completo los colores y el calor. Pero
todavía no le pareció suficiente. La bruja llegó hasta los extremos más profundos del mundo y creó los
torbellinos, las tormentas eléctricas y las nubes. Luego se volvió hacia los animales: dio a los cuervos
rostros de bebé y transformó a los perros en lobos del tamaño de un oso que podían hablarle y
consolarla en su soledad. Y un día, en un arrebato, Raquel vio que la bruja desposeía para siempre a las
águilas de las voces sonoras que Larpskendya les había dado.
—Nada me sorprende de ti, ahora —murmuró Raquel—. He visto cuánto disfrutas asesinando y
humillando sin razón alguna. ¡Nunca permitiré que me uses para hacer eso!
La voz de Dragwena rió.
—Ya veremos. Águilas, niños, todo lo que ahora conoces o sientes pronto dejará de tener significado
para ti. Solo la batalla con los magos es importante, la batalla sin fín. Pero no todo es guerra, Raquel.
Está la Hermandad de las brujas para brindarte su calor. ¿Te gustaría verla? ¿Te gustaría ver el mundo
en el que nací, el planeta Ool, el mundo de las brujas?
Raquel sabía que Dragwena estaba tratando de seducirla. Pero esta vez, a diferencia del sueño
mágico o de sus experiencias en la torre-ojo, Raquel notó que podía resistirse a la bruja. Con toda
confianza respondió:
—Muéstrame, pues, tu mundo. Debe de ser feo si provienes de él.
Raquel se encontró flotando sobre un planeta gigantesco. El cielo era gris oscuro, casi negro, y había
un sol casi apagado que no desprendía ningún calor. Tal como esperaba, Raquel vio torbellinos pero, a
diferencia de los de Itrea, los torbellinos en Ool cubrían todo el planeta. Y dentro, montadas sobre sus
cimas, Raquel vio a las brujas, a millones de ellas. Volaban por las violentas ráfagas practicando sus
hechizos. Al mirarlas, Raquel sintió un profundo deseo de estar allí, cabalgando al lado de las brujas.
¿Quiénes eran? ¿Cómo se llamaban? Todas eran mujeres. ¿Madres? ¿Hermanas? La llamaban
levantando sus brazos desnudos e imploraban a Raquel que se les uniera.
Raquel quería volar entre las brujas. Pero ahora conocía esa sensación que la arrastraba hacia los
deseos de Dragwena, y se resistió. Eliminó el mundo Ool de su mente, y sabía que Dragwena no se
esperaba esto.
—¿Cómo has traído a los niños desde la Tierra? —preguntó Raquel.
Vio entonces a Dragwena sola, sentada en las interminables nieves de Itrea.
—Larpskendya se aseguró de que no pudiera dejar el planeta. Estaba atrapada pero hice un
encantamiento, un único hechizo de búsqueda. Iniciarlo me exigió una docena de años, Raquel, y cien
más perfeccionarlo; construirlo por poco me destruye —Raquel vio pasar los años de creación del
hechizo. Durante ese tiempo, la bruja apenas se movió sobre la nieve, ni siquiera hizo ligeros
movimientos de cabeza. El esfuerzo para completarlo la enfermó: sus mejillas del color de la sangre
hervían de gusanos y sus dientes se pudrían al morir las arañas limpiadoras.
—Larpskendya cometió un error. Nunca debió haberme dicho que estaba desarrollando magia en la
Tierra. Eso me dio una débil esperanza. Puse todas mis fuerzas en crear este único hechizo. Al final lo
completé —Raquel observó a Dragwena arrastrar su flácido cuerpo hasta la cumbre de la montaña más
alta de Itrea y allí respirar bajo las estrellas radiantes. El hechizo saltó por el cielo. Atravesó al mundo
exterior y se extendió en varias direcciones, al acecho.
—Esperé más de mil años —dijo Dragwena—, hasta que estaba tan débil que me pregunté si los
propios lobos acabarían conmigo. Pero al fin el hechizo encontró tu Tierra. Y entonces fui capaz de traer
niños hasta aquí y de aprovechar su magia para revivir.
Raquel recordó a los magos y al ejército de los niños.
—¿Por qué no has vuelto? Habías prometido matar a los niños cuando se volvieron en tu contra. Sé lo
mucho que los odiabas, y los sigues odiando.
—La magia de los primeros niños no tenía la fuerza suficiente. Pero tuve paciencia y esperé. Sabía
que un día llegaría un niño lo bastante poderoso para ayudarme a volver: eres tú, Raquel.
—Puedo leer tu mente tan bien como tú puedes leer la mía —dijo Raquel—. Es peligroso para ti
dejarme entrar, bruja. Descubriré la manera de vencerte.
Dragwena susurró:
—No, niña, no lo entiendes. Lo que pretendo es mantenerte aquí, ligada a mi mente, hasta que esté
segura de que se ha completado la transformación. Cuando seas una bruja por completo te enviaré de
vuelta a las cuevas y te soltaré. Primero, creo que deberías matar a Morpet y Trimak, los traidores.
Después de eso debemos decidir cómo utilizar al pequeño Eric. Tu hermano tiene fuerzas que todavía
no comprendo del todo. Si no somos capaces de dominarlas para nuestros propósitos, lo destruiremos.
Quizá te deje matar a tu propio hermano, Raquel… si el ejército que he enviado no llega primero a la
Sima de Latnap.
Dragwena abrió su mente y Raquel vio soldados neutranos en marcha. Cinco mil, armados para
luchar cuerpo a cuerpo, flanqueados por los lobos, se dirigían a paso firme hacia las cuevas de la Sima
de Latnap. El ejército llegaría pronto y Dragwena planeaba matar a todos los rebeldes.
A todos, excepto a Raquel.
—¡Voy a avisarlos!
—¡Intenta salir, si puedes!
Raquel forzó sus pensamientos con la esperanza de encontrarse de vuelta en la cueva, con Morpet y
Eric. Lo que ocurrió, en cambio, fue que permaneció dentro de los pensamientos de Dragwena. Buscó la
salida, pero no existía. La ruta originaria estaba bloqueada, o la había olvidado. Cada camino que
probaba la llevaba cada vez más en la mente de la bruja.
—¡Suéltame!
Dragwena soltó una carcajada y el ruido la ensordeció.
—La transformación se está acelerando. ¡Disfrútala! ¿No sientes el cambio? Ya tienes nuevos
poderes más allá de lo que Morpet puede concebir. Te estás convirtiendo en una bruja. Únete a mí. No
te resistas. No tiene sentido. Pronto…
De pronto, una ráfaga.
Raquel sintió que la sacudía como la onda de choque de una bomba. Luego un segundo estampido, el
doble de fuerte, seguido por gritos agudos: los gritos de Dragwena.
—¿Qué? —jadeó la bruja.
Otra explosión, y esta vez Raquel oyó que algo se desgarraba. Miró hacia arriba y vio que la luz
penetraba por el corte y, más allá de la luz, un rincón de la Sima de Latnap. Eric estaba allí con el rostro
ardiendo por la concentración.
—¡Sal de allí! —oyó a Morpet que gritaba—. ¡Ven aquí!
—¡No! —dijo Eric—. Busca hechizos, primero. Rápido, Raquel, encuéntralos. Estoy abriendo a
Dragwena para ti.
Las ráfagas continuaron rasgando la mente de Dragwena, ensanchando la entrada. Raquel no dudó.
Expandió sus pensamientos ignorando la agonía de la bruja. Raquel buscó en las regiones más secretas
hasta que encontró lo que estaba buscando: hechizos, delicados y poderosos hechizos, hechizos de
transformación, hechizos rápidos y de tal complejidad que requieren de conocimientos inimaginables
para pronunciarlos. Y, en lo más hondo, estaban los hechizos de muerte, una enorme variedad de
formas de matar. Raquel los tocó, cargando su mente.
Los gritos de Dragwena cesaron de golpe. Raquel parpadeó y se encontró acostada en las cuevas de
la Sima de Latnap, al lado de Eric y Morpet.
Eric daba patadas a las paredes con frustración.
—¿Qué has encontrado?
Raquel se sintió confundida.
—Yo… no… ¿Dónde está la bruja?
—¡Se ha ido! He echado a Dragwena de tu cabeza. He aplastado su magia. Ella ha huido. Ha tenido
que huir, de vuelta a la torre-ojo.
—¿C-cómo lo has hecho?
Eric sacudió la cabeza.
—No sé cómo. Solo he atacado su magia. ¿Recuerdas? Sabía que Dragwena te mantenía allí con sus
hechizos. He notado que buscabas la salida, así que he llegado hasta allí y he anulado a los que te
tenían prisionera —le sonrió—. Dragwena no lograba hacerlos regresar. Al igual que tú, ¡tampoco sabía
cómo!
Raquel pasó algunos minutos considerando lo que había descubierto. Todos los encantamientos,
incluidos los hechizos de muerte, permanecían en su cabeza. ¿Había algo que pudiera usar para atacar
a la bruja?
Le dolía la mejilla izquierda. La tocó distraídamente… y de inmediato retiró la mano.
Dientes, dientes nuevos, bullían bajo su piel.
Miró a Morpet a los ojos.
—¿Qué aspecto tengo?
El rostro de Morpet se contrajo.
—¡Dime!
Morpet salió de la habitación por unos instantes y volvió con un espejo. Tomándolo con decisión,
Raquel vio varias cosas: su piel era roja, rojo sangre; su nariz, una masa esponjosa sin forma. Examinó
sus ojos: no tenía párpados. Forzó sus labios hasta abrirlos y se dio cuenta de que tres filas más de
dientes habían brotado de sus encías. Ya casi estaban formados por completo, eran blancos y se
curvaban hacia atrás hasta presionar la carne de sus mejillas, listos para salir.
Raquel dejó caer el espejo. Se quedó de pie, rígida, demasiado aterrorizada para gritar.
Morpet la cogió de los hombros.
—Sí, estás cambiando, ¡pero sigues siendo la Raquel que conozco! ¿Quieres matarnos? ¿Quieres?
Raquel sacudió la cabeza, desolada.
—Entonces… todavía tenemos esperanza.
—¿Esperanza? —replicó Raquel enfadada—. ¡Mírame! ¡Sigo transformándome en una bruja!
Dragwena me dijo que esto ocurriría.
Se volvió hacia Eric.
—¿Cuánto falta para que me transforme por completo?
—No lo sé —dijo Eric—. No podría decirlo.
—¿Puedes quitármelo? —rogó Raquel—. Es un hechizo. Debe serlo. ¿No puedes detener lo que me
está haciendo?
Eric frunció el ceño.
—No. Es un hechizo pero, de algún modo, también forma parte de ti. No puedo entender qué es lo
que está ocurriendo. No sé cómo detenerlo.
Raquel apretó los dientes. Las nuevas mandíbulas se acomodaron a la perfección.
—Llévame con Trimak y los demás —ordenó a Morpet.
Dentro de las cuevas principales, todos se quedaron boquiabiertos cuando la vieron entrar. Varios
sarrenos sacaron la espada por instinto. Ella les contó todo rápidamente, incluso que el ejército de
Dragwena se acercaba a la Sima de Latnap.
Raquel se percató de un hombre, muy asustado, que apenas se atrevía a mirarla. Hizo sonar sus
nuevas mandíbulas con un gesto amenazador.
—Debes tenerme miedo —dijo Raquel—. Cuando me convierta en bruja, Dragwena dijo que
disfrutaré matándote —en el momento en que lo pensó, Raquel sintió que surgían en su mente hechizos
de muerte que le indicaban que ya podía matarlos a todos, si lo deseaba. Le dijo a Trimak:
—Haz que todos se preparen para partir.
—Escucha, Raquel —dijo Morpet—, sé que estás transformándote en… algo, pero eso no significa
necesariamente que serás como Dragwena. Tu instinto sigue protegiéndonos.
Raquel vaciló.
—¿Quieres decir que puedo luchar contra ella? ¿La bruja buena contra la bruja mala?
—Sí. ¿Por qué no? Quizá no estás transformándote en el tipo de bruja que es Dragwena. Podrías ser
capaz de proteger las cuevas si fuera necesario. Debemos tener cuidado y tomar la decisión correcta.
¡Piensa! Todo lo que Dragwena te ha mostrado puede ser una mentira. Podría ser que no hubiera un
ejército acercándose a la Sima de Latnap.
Grimwold se arrodilló cerca.
—No. Envié a alguien a comprobarlo. El ejército de la bruja se acerca, tal como Raquel lo ha
descrito.
Raquel miró la cueva de un lado al otro deteniéndose en los rostros ansiosos de los sarrenos.
—No nos queda mucho tiempo —dijo—. No creo poder vencer a la bruja. Ninguno de los hechizos
que he aprendido me muestra cómo hacerlo. Pero creo que puedo poneros a todos a salvo, y luego… Iré
sola a algún sitio, lejos de aquí. No importa dónde. Esperaré hasta que se haya completado la
transformación y veré lo que me ocurre. No me atrevo a permanecer cerca de vosotros, no puedo correr
ese riesgo. Estoy pensando… que si puedo atraer a Dragwena, luchar contra ella, debilitarla de algún
modo, quizás haya una oportunidad.
Morpet dijo con decisión:
—Nunca te abandonaremos en poder de Dragwena. Debemos permanecer juntos, sin importar lo que
ocurra.
Trimak sacó un cuchillo.
—Morpet tiene razón. Una vez prometí usar esto contra ti, Raquel —arrojó el cuchillo al suelo—. Me
da vergüenza. Siento que Dragwena está tratando deliberadamente de separarnos. Quédate aquí.
Haremos lo posible para protegerte.
Grimwold asintió y todos los sarrenos en condición de levantarse elevaron su espada y se
arrodillaron ante ella.
—No —dijo Raquel. El labio le temblaba—. Cuidad de Eric. ¡No dejéis que la bruja o yo lo
lastimemos! No… —salió disparada porque sabía que ni Morpet ni el resto de los sarrenos serían
capaces de proteger a Eric de Dragwena. La idea de que ella misma podría atacar a Eric le resultaba
insoportable. ¿Estaría Eric a salvo con los sarrenos? ¿O con ella? O… por un momento Raquel tuvo una
visión terrible de Eric solo en las nieves de Itrea escondiéndose tanto de ella como de Dragwena.
Eric le dio palmadas en el hombro.
—Oye, tú.
Raquel se dio la vuelta y notó que sus cuatro nuevas mandíbulas se daban la vuelta con ella.
—Confío en ti —dijo—. No te vayas sin mí, Raquel. No me dejes aquí.
Raquel lo atrajo hacia sí.
—¿No me tienes miedo?
Eric sonrió algo alterado.
—Bueno, un poco. Tus dientes son espantosos.
Raquel rió… y sus cuatro mandíbulas se sumaron a la risa.
—Pero tengo esto —dijo Eric señalando con el dedo hacia las paredes de la cueva—. No permitiré
que Dragwena me asuste. ¡No lo permitiré!
Raquel intentó sonreír. ¿Llevar a Eric consigo era la decisión correcta? ¿O era lo que Dragwena
quería que hiciera?
Grimwold se paseaba por la cueva.
—No entiendo cómo puedes sacarnos a salvo, Raquel. ¿Esperas que los sarrenos huyan de este
ejército de avanzada? ¡Míranos! —hizo aspavientos con los brazos—. La mayoría apenas puede caminar.
¿Adónde iremos? ¿Dónde nos esconderemos?
—Dime qué tiempo hace —dijo Raquel.
—¿Qué?
—¿Está oscuro fuera?
—Bueno, sí, es de noche —replicó impaciente—. El sol se puso hace más de una hora. ¿Y qué? Eso no
nos protegerá. Armat está en plenitud y brilla como un demonio sobre todos nosotros. Los espías de
Dragwena nos encontrarán enseguida. —Se volvió hacia Trimak—: Deja que Raquel y Eric se vayan, si
deben hacerlo, pero opino que los sarrenos debemos permanecer en la Sima de Latnap y luchar tanto
como nos sea posible. Si subimos a la superficie, estaremos indefensos. Al menos en las cuevas
podemos enfrentar nuestros aceros con los de los neutranos.
Varios sarrenos murmuraron su acuerdo.
—No necesitaréis ni correr ni luchar —dijo Raquel mientras pasaba por ellos la mirada—. Ahora
tengo nuevos poderes.
Los sarrenos con heridas graves se levantaron de inmediato y se sacudieron, completamente
curados. Raquel se dio cuenta de que en su mente surgían sin esfuerzo los nuevos hechizos que
necesitaba. Supo que eran los hechizos de Dragwena. ¿Cuál era el mejor? ¿Qué clase de sortilegio
podría sorprender a Dragwena y permitirles escapar sin ser detectados?
—Id todos a los corredores altos de la Sima de Latnap —dijo Raquel decidiéndose.
—¿Adónde nos llevas? —preguntó Trimak.
—Ningún lugar es seguro. Os llevaré tan lejos de aquí como pueda.
Mientras Raquel hablaba, un diente se deslizó a través de su mejilla… seguido por una enorme
mandíbula. Todos los dientes empujaron hacia fuera con avidez, tratando de llegar hasta los sarrenos.
Sintió que algo se arrastraba por sus encías y supo que era una araña, nacida en su saliva. No trató de
escupirla, pues sabía que nacerían otras arañas que la reemplazarían.
—Mejor daos prisa —dijo con amargura.
18
Mawkmound

Raquel se sentó a solas durante unos minutos para crear el hechizo que necesitaba para salir de las
cuevas.
Cuando estuvo listo, todo comenzó a alterarse en la superficie. En lo alto del cielo nocturno de Itrea
siete nubes se movieron furtivamente hacia la Sima de Latnap. Llegaron desde poniente desplazándose
con rapidez en la brisa ligera, aunque no tan deprisa como para que su movimiento resultara distinto al
de otras nubes. A lo largo de varios kilómetros, por la línea del horizonte, se arrastraron abrazando las
bajas colinas, antes de elevarse en una enorme masa que oscureció la luna.
—Ahora —dijo Raquel a un centinela.
Abrió la puerta unos cuantos centímetros y echó un vistazo a su alrededor con precaución. El ejército
de Dragwena se acercaba y era visible en todas direcciones. Los sarrenos estaban agazapados en los
corredores detrás de la puerta, llenos de incertidumbre por lo que les esperaba. Una fría bruma se coló
por la grieta y los cubrió a todos con una humedad lechosa.
—No temáis —anunció la voz de Raquel—. Dejad que el aire nos rodee. He invocado a la bruma para
protegernos. Volaremos como si fuéramos una nube. Nos elevaremos hasta el cielo sin peligro de
caernos y el viaje será breve.
En ese instante, todos sintieron cómo eran alzados del suelo, como si hubieran colocado una suave
almohada debajo de sus pies. Todos estaban suspendidos en el corredor, con los pies a unos cuantos
centímetros del suelo.
—Estoy lista —dijo Raquel.
Bajo su dirección, los sarrenos flotaron lentamente hacia arriba mezclándose en el aire nocturno,
uno por uno, puesto que la puerta era demasiado pequeña para que pasara más de uno a la vez. Con
suavidad, como el vapor que sale de la boca de una tetera, abandonaron la Sima de Latnap. Para
cuando el último salió del corredor, Raquel ya se encontraba a más de trescientos metros de altura.
La larga y delgada columna gris se estiró en el aire hasta quedar plana y paralela al horizonte. Allí
permaneció suspendida. En la distancia, la columna parecía una angosta nube gris. Nadie que estuviera
dentro podía ser visto u oído. La nube se desplazó pronto en los vientos ligeros, viajando hacia poniente
junto con las otras nubes en el cielo que ocultaban la luz de Armat y de las estrellas.
—¡Preparaos! —exclamó Raquel, y su voz viajó a lo largo de la bruma—. ¡Vamos a partir!
La nube se detuvo mientras que las otras que la rodeaban siguieron su curso hacia el oeste. Un
momento después, y en silencio, giró de repente hacia el sur y se mantuvo a ras del suelo. En el interior
de la nube muchos sintieron pánico al experimentar la sacudida. La nube adquirió velocidad
atravesando el cielo nocturno. Raquel envió un hechizo de calentamiento para proteger a todos del
viento helado.
Un prapsi solitario, que levitaba muy alto en el cielo, vio pasar a la nube por debajo. Parpadeó varias
veces.
«¿Qué es eso?», se preguntó a sí mismo, pero la nube ya se había ido y el prapsi se olvidó de
inmediato de lo que había visto y se concentró en el ejército de la bruja que marchaba allí abajo: los
neutranos y los lobos llegarían a la Sima de Latnap en una hora.
La nube, apenas impulsada por el aire, se detuvo sobre unos montículos cerca del polo sur de Itrea:
Mawkmound. El recorrido de Raquel por la mente de Dragwena se lo había enseñado todo sobre el
planeta. Sabía que allí no había espías. Ningún ser vivo vivía en Mawkmound, a excepción de unos
cuantos árboles escuálidos que de algún modo desafiaban a los vientos.
La nube descendió suavemente hasta el suelo y se dispersó escupiendo sarrenos en la nieve. Varios
hombres saltaron al mismo tiempo, listos, con las espadas en alto. Grimwold y Morpet permanecieron
cerca de Raquel, con los ojos bien abiertos.
Morpet recorrió la corta distancia que los separaba y le estrechó las manos.
—¿Estás segura de que tienes que marcharte? —preguntó—. Nos sentiríamos más seguros si te
quedaras con nosotros.
Raquel castañeó sus nuevos dientes.
—¿Qué te parecen?
—Podría acostumbrarme —dijo Morpet bajando la mirada—. En cambio, no estoy seguro de poder
acostumbrarme a estar sin ti.
Raquel le acarició la fina barbilla.
—Sabes, creo que prefería tu barba descuidada. Me gustaba más el viejo Morpet.
—Envejeceré de nuevo para ti —dijo con sinceridad—. Cuando vuelvas.
—Puedo transformarte de nuevo ahora mismo, si lo prefieres.
Morpet sonrió.
—Pues, mira, no lo sé. Logro ver por encima de la cabeza de Trimak por primera vez en más de
quinientos años. Es agradable no tener que levantar siempre la vista para mirar a los demás.
—No me había dado cuenta —dijo Raquel, y se esforzó por contener las lágrimas—. Siempre que
miraba, todos levantaban sus ojos hacia ti, Morpet.
Mientras lo abrazaba, Morpet dijo:
—¿Adónde se ha ido Eric?
Raquel vio a Eric deambulando sobre un montículo de nieve algo distante.
—Vuelve —le gritó—. ¡Eric!
Eric no le hizo caso.
—Dragwena está o ha estado aquí —dijo—. Huele a su magia —se acostó boca abajo en la nieve y
extendió los brazos. Olisqueando, dibujó patrones circulares con las manos—. ¡La encontraré!
—¡No, Eric! —gritó Raquel.
Sin previo aviso, la nieve frente a Eric se partió en dos y una figura se desenroscó del suelo.
Era Dragwena.
Antes de que Eric pudiera defenderse, la bruja le dio una fuerte bofetada que lo lanzó a unos metros
en la nieve. Allí quedó sangrando, inconsciente.
—Luego me ocuparé de ti, nene —dijo la bruja.
Grimwold fue el primero en reaccionar. El y varios sarrenos se arrojaron contra la bruja. Dragwena
los congeló con una mirada rápida que los lanzó a muchos metros de distancia en el cielo oscuro. Antes
de que cayeran, Raquel dirigió su mirada hacia arriba, sosteniéndolos en el aire, donde quedaron
clavados como mariposas sin alas contra las estrellas.
—Muy bien —dijo Dragwena—, pero no lo suficiente —lanzó un latigazo penetrante a la mente de
Raquel, quien durante un segundo perdió el control a causa del dolor. Ese momento fue suficiente para
que Grimwold y los otros sarrenos se precipitaran.
La caída los mató.
—Vaya, niña-esperanza —dijo Dragwena—. Parece que disfrutaré de muchas muertes como estas
esta noche. ¿Creías que podías escapar? Boba apestosa. ¿No te das cuenta? Apestas a magia. Ahora
podría reconocer tu olor en cualquier parte. La nube ha sido un torpe artefacto que he podido seguir
con facilidad. Y en cuanto a Eric, sabía que no sería capaz de resistirse a utilizar su inusual don para
buscarme. Todo es tan fácil. No sois más que niños. Siempre seré capaz de ir un paso por delante de ti.
Horrorizada, Raquel miró a los sarrenos muertos. Se preparó y esperó a que la bruja la atacara de
inmediato. En cambio, Dragwena dijo:
—Debes saber que no puedes vencerme. ¿Para qué luchar? Únete a mí por tu voluntad y no lastimaré
a los amigos que te quedan. Tampoco al pequeño Eric. Lo prometo.
En aquel mismo instante, Raquel leyó la mente de la bruja. Dragwena, que había bajado la guardia
durante un segundo, bloqueó el hechizo, pero no antes de que Raquel se enterara de la verdad: la bruja
planeaba matar a los sarrenos salvajemente.
—Vaya, tienes miedo —dijo Raquel—. Ninguna otra cosa te habría llevado a prometerme algo así.
Estás mintiendo. ¡Temes a Eric y me temes a mí!
La máscara de confianza de Dragwena se desvaneció.
—¿Por qué estás tan asustada, bruja?
Dragwena no respondió.
Raquel hizo una pausa. Por primera vez percibió sus diferencias.
—Sé por qué —se dio cuenta—. No estoy transformándome en una bruja de tu calaña, ¿verdad? —se
tocó las cuatro quijadas de la cara—. De hecho, no estoy… convirtiéndome en una bruja en absoluto.
—No puedes resistirte mucho más —dijo Dragwena—. Deja de intentarlo.
Raquel se concentró en todo lo que había ocurrido: la herida punzante que le infligió en la
habitación-ojo, la insistencia de Dragwena de que solo podía significar una cosa. En cuanto Raquel se lo
preguntó a sí misma, comprendió la verdad.
Se enfrentó a Dragwena.
—Fuiste tú quien intentó convencerme de que estaba convirtiéndome en una bruja —susurró Raquel
—. Una y otra vez me decías que sería como tú, que pensaría como tú, que me parecería a ti. Y lo creí —
Raquel sintió su cabello, sus brazos, sus cuatro labios, y sonrió—. Fue mi propia magia la que comenzó
a desarrollarlo. Pero la magia no sabe lo que quiere. Morpet me lo enseñó en el comedor, cuando tuve
que elegir el color del pan. Olvidé esa simple lección. La magia quiere ser usada, pero requiere de
control. Mi magia deseaba hacer algo. Sin darme cuenta la utilicé. Estaba tan segura de que estaba
convirtiéndome en una bruja que la magia funcionó exactamente en este sentido. De haber seguido
creyéndolo, al final podría haberme convertido en una bruja como tú. Ese era tu plan.
En ese instante, Raquel recuperó su cuerpo normal. Se enfrentó a Dragwena con una boca normal
con dos filas de dientes y el cabello negro.
—Tonta, estúpida bruja —dijo—. Sé lo que quieres: volver a la Tierra para matar a los magos y a los
niños. Pero necesitas mi ayuda, ¿verdad? No puedes hacerlo sola. ¡Y no te la daré! Tu voz melosa no
funcionará conmigo ahora, ni ninguno de tus otros trucos —miró a Dragwena sin miedo—. He aprendido
mucho. Puedo destruirme a mí misma si es necesario. Pase lo que pase, no serás capaz de convertirme
en tu bruja. Nunca permitiré que los versos sombríos se hagan realidad.
Dragwena exploró su mente. Raquel captó el pensamiento y se lo devolvió.
Dragwena gritó su ira una y otra vez y el eco de su voz atravesó Mawkmound.
—Entonces espero que estés lista para la batalla, Raquel —soltó Dragwena entre dientes—. Me
resultas inútil ahora. No puedo permitir que vivas —sus ojos tatuados refulgían con fiereza—. ¡Una
verdadera lucha! No he tenido ese placer desde hace muchos años.
—Una lucha a muerte —murmuró Raquel.
—Por supuesto.
Raquel intentó mantenerse serena a pesar de no estar preparada para algo así.
—Ahora conozco algunos hechizos interesantes —dijo débilmente.
—Es cierto —confirmó Dragwena—. Los has tomado prestados de mí. Pero conozco todas las
defensas contra esos sortilegios. Espero que tengas una nueva arma o nuestro enfrenta-miento será
bastante breve.
—Ya lo veremos —dijo Raquel.
—Ahora suenas como una bruja —rió Dragwena—. Valiente pequeña, ¿sabes de cuántas maneras
puedo matarte?
Raquel asintió.
—Lo sé todo, todos tus hechizos.
—No —dijo Dragwena con suavidad—. Solo conoces lo que te permití ver. Cuando Eric te ayudó a
encontrar los hechizos de muerte, me escapé antes de que encontraras el más mortífero. Hay
encantamientos más poderosos aún: los maleficios. No tienes defensas contra ellos, niña. ¿No te da
miedo?
—Todo lo que tiene que ver contigo me asusta —respondió Raquel—. Pero no estarías perdiendo el
tiempo ahora a menos que también me tengas miedo.
Dragwena midió a Raquel con cuidado, incluso con admiración.
—Qué lástima tener que destruirte —dijo—. Sin embargo, puesto que existes, habrá otros que te
seguirán, sin duda. Larpskendya ha sembrado bien la magia entre los niños de la Tierra. Le doy gracias
por ello. No cometeré con los siguientes niños los mismos errores que cometí contigo —retrocedió. Su
serpiente-alma le lamió todo el rostro, un gesto con el que daba inicio la batalla—. Puesto que eres un
adversario lo bastante poderoso para desafiarme, ¿quieres comenzar con el primer hechizo, Raquel?
Creo que mereces ese honor.
Raquel echó una ojeada hacia Eric, que seguía tirado boca abajo en la nieve. Tenía que alejar a
Dragwena de su hermano lo más pronto posible… alejarlo de Mawkmound. Se transformó en un cuervo
y aleteó por el cielo.
Dragwena no la siguió de inmediato. Lo que hizo fue dirigirse hacia los sarrenos.
—Mirad la escena final —exclamó—. Será lo último que veréis en vuestra vida. Cuando vuelva, os
quemaré a todos hasta que os consumáis.
Un momento después, un segundo cuervo graznó y se lanzó tras Raquel.
Todos en Mawkmound observaron nerviosos a las aves negras adentrarse en la noche tenebrosa.
19
El maleficio

Raquel no estaba lista para luchar. Volaba muerta de pánico preguntándose adonde ir. ¿Cuál sería un
lugar seguro para esconderse? Pensó en las Montañas Raídas, lejos de Mawkmound. Voló sin dificultad
entre los picos y valles preguntándose cómo utilizar los nuevos hechizos sabiendo que Dragwena los
había practicado durante miles de años.
Primero la seguridad, pensó Raquel. Algo difícil de hallar. Redujo el ruido de su aleteo hasta alcanzar
un completo silencio. Gruesos copos de nieve le quemaron los ojos y tuvo que seguir volando a ciegas, y
sin embargo seguía viendo el mundo con perfecta claridad. Armat brillaba en el cielo, así que modificó
el color de la parte superior de su cuerpo para que reflejara la luz de la luna. En la distancia, el palacio
se erguía en el suelo, con su color negro impenetrable contra el gris oscuro del cielo.
¿La encontraría Dragwena rápidamente? Sí. ¿Debía atacarla o defenderse? Los encantamientos le
proporcionaban diferentes respuestas. ¿Había algo que ella pudiese hacer y que Dragwena no pudiera?
¿Algo nuevo, un arma que Dragwena nunca hubiera visto antes? Los encantamientos no le ofrecían
respuesta alguna en ese sentido. Entonces Raquel se dio cuenta de que no había protegido sus
pensamientos. Furiosa consigo misma, los borró.
En ese instante Dragwena apareció a su lado, su ala rozando la de Raquel.
—Demasiado tarde —dijo Dragwena—. Debes pensar primero en las cosas obvias, niña. Podía
escuchar tus pensamientos agolparse desde Mawkmound. Y ahora sé que tampoco tienes un arma
secreta. No debías revelármelo. Mantén mi interés o te arrancaré el corazón.
Raquel giró deprisa y al azar: de las Montañas Raídas hacia el bosque de Dragwood; del lago Ker
hacia el palacio. A toda prisa, sin permanecer en ningún lugar más de unos cuantos segundos. Al tiempo
que se movía también cambiaba su forma, en un intento por desconcertar a la bruja. Al fin, Raquel se
fundió con la roca negra de la pared del palacio y se convirtió en un trozo de la pared misma. Esperó
con ansiedad.
El trozo de pared que estaba a su lado se dirigió hacia ella:
—¿Eso es lo mejor que sabes hacer? Conozco ya el patrón de tu magia demasiado bien para que tus
metamorfosis puedan vencerme. Me cogiste por sorpresa con tu truco de la mota de polvo en la torre-
ojo, pero eso no va a servirte otra vez. Anda, empiezo a impacientarme. ¡Asómbrame con tu magia!
Raquel se fusionó con un lobo que merodeaba los jardines del palacio. Incorporó su olor. Se fusionó
con una rana, sintió su viscosidad y la mezcló con el olor del lobo y con otros olores más mientras se
movía sin parar. Por primera vez alcanzó a reconocer el olor característico de su propia magia y lo
eliminó. Avanzó muchos kilómetros, disfrazó todos los olores y se convirtió en un suspiro de aire
inodoro que erraba sin propósito.
Esta vez Dragwena la encontró solo después de unos cuantos minutos. Raquel se dio cuenta solo
cuando una tosca garra negra la atrapó en el cielo.
—Interesante —dijo Dragwena—. ¿Qué más?
Raquel imitó a la bruja y se metió dentro de una enorme garra. Dragwena la siguió hasta que las dos
gigantescas garras negras eclipsaron a Armat, garra sobre garra en una construcción celestial.
Al final, Dragwena hizo que las dos volvieran al suelo.
—¿Copiar es todo lo que puedes hacer? —preguntó, aburrida—. Esperaba una batalla más
interesante que…
Raquel se fusionó con la serpiente-alma de la bruja. Se apoderó de su mente, sostuvo sus colmillos y
la forzó a que mordiera el cuello de Dragwena.
Dragwena gritó y luego recuperó el control, pero Raquel ya sabía qué quería hacer a continuación: la
serpiente había sido solo una distracción. Hizo que su cuerpo brillara y creó miles de otras Raqueles,
igualmente brillantes, en el aire. Por un momento, todo el cielo se volvió tan intenso en su
incandescencia que incluso en Mawkmound los sarrenos lo vieron y se preguntaron de qué se trataba.
Con gran rapidez hizo que cada una de las pretendidas Raqueles se lanzara en diferentes direcciones:
hacia el interior de la tierra, sobre los árboles, en las rocas, en el agua y en el aire. Se concentró para
que todas las formas falsas que conservó en la mente parecieran tan reales como ella misma: con el
mismo olor, el mismo peso, el mismo ritmo de respiración, un solo pulso, y las dispersó por todos los
rincones de Itrea.
Desde arriba en el cielo, sobre el palacio, varias Raqueles miraban hacia abajo. Entre ellas, la
verdadera veía a la bruja, que pareció confundida por un momento.
Luego Dragwena se acercó a su rostro y soltó una fuerte risotada. Raquel gritó y eso la delató. Se dio
cuenta demasiado tarde de que la risotada de Dragwena había explotado junto a todas las otras
Raqueles.
—Vaya, muy bien —dijo Dragwena—. ¡Excelente! Si solo hubieras hecho que todas las otras Raqueles
gritaran, habría funcionado. Pero supongo que es demasiado pedir. Se necesitan muchos años de
entrenamiento para convertirse en una bruja verdadera, y tú no llevas tanto tiempo, ¿verdad? —sonrió
—. Sigue probando. Todavía no quiero matarte.
Raquel cambió de forma por toda Itrea a fin de darse tiempo a considerar algo nuevo. ¿Qué otra cosa
podía intentar? Vamos, se dijo a sí misma. ¡Piensa! Algo completamente diferente…
Dragwena siguió con toda comodidad las transformaciones de Raquel. Se tomó su tiempo, disfrutó
del juego, con la esperanza de que habría otras sorpresas interesantes, hasta que se dio cuenta de que
Raquel se había detenido nada menos que en el bosque de Dragwood. La bruja se deslizó hacia el suelo,
pues sabía con exactitud dónde había aterrizado Raquel. Sin embargo, en lugar de árboles sombríos, la
bruja encontró una selva tropical esperándola. En lugar de tierra oscura entre los árboles, encontró
dulces pastos llenos de vida. Y, sentado sobre el pasto, con las piernas cruzadas, estaba un mago de ojos
multicolores.
—¡Larpskendya! —jadeó Dragwena.
—Te dije que siempre protegería este mundo —dijo Larpskendya—. ¿Creías que te permitiría cazar a
Raquel?
Dragwena se derrumbó hasta quedar de rodillas y escondió la cabeza entre las manos.
—¡Esto no puede ser cierto!
En el instante en que la bruja abrió los ojos, el cuerpo de Larpskendya desapareció. En el lugar
donde había estado se erguía una espada afilada suspendida en el aire. Raquel controlaba la espada:
una combinación de todos los hechizos de muerte rápida que podía reunir. La lanzó, aprovechando que
Dragwena estaba confundida y desprevenida, y se la clavó en el cuerpo, desgarrándola por completo.
El viento esparció los despojos de Dragwena por la nieve, y Raquel se transformó de nuevo en una
niña. Durante unos minutos examinó los restos de hueso, de carne y de ropa y los pisoteó con
delicadeza, sin terminar de creer que había funcionado.
Entonces, a sus espaldas, Raquel oyó un leve aplauso.
Dragwena estaba allí, ilesa.
—Vaya, muy bien hecho —dijo—. ¡Brillante! Qué fantástica bruja hubieras llegado a ser. ¡Qué osada!
Averiguar lo que más temía y utilizarlo en mi contra. Solo conseguí transformarme en árbol en el último
instante —se inclinó ostentosamente—. Es un honor luchar contra ti. ¿Continuamos?
Raquel observó la expresión de la bruja. No tenía miedo, solo placer por haber disfrutado de la
batalla. Sabía que Dragwena no había comenzado todavía a luchar en serio, y que en cualquier
momento podía atacarla. Pero no hizo caso del clamor de los hechizos en su mente y trató de recuperar
los recuerdos de la bruja. ¡Tenía que haber algo más que pudiera utilizar! ¿Cuál era su debilidad?
¿Adónde nunca la seguiría? ¡Por supuesto!
Raquel se transformó en un cohete que se dirigió hacia los confines del cielo. Las nubes se
deslizaban sobre su rostro conforme el aire se hacía más denso.
—¿Qué pretendes ahora? —preguntó Dragwena, asumiendo la misma forma y siguiéndola hacia
arriba.
Raquel se concentró en borrar sus pensamientos, pero Dragwena percibió lo que estaba
exactamente haciendo y leyó su intención.
La bruja hizo que las dos cayeran de vuelta al suelo.
—Idiota —dijo Dragwena—. Si no hubieras bloqueado tu mente, no me habría molestado en leerla
hasta que hubiera sido demasiado tarde. ¡Habrías escapado! Una oportunidad desperdiciada. Puesto
que sabes que no puedo dejar Itrea, ¿por qué no te imaginabas sencillamente fuera del planeta? No
hubiera podido seguirte. Pero has hecho lo obvio: solo te has puesto a volar rápido. Sigues pensando
como una niña, Raquel.
De inmediato, Raquel intentó imaginarse en el espacio, fuera del mundo. Su cuerpo fue impulsado
hacia arriba y luego se arrugó como un papel: una coraza invisible creada por Dragwena la sujetaba. Se
recuperó, voló surcando el cielo con la esperanza desesperada de que se rompiera la coraza. No ocurrió
así. Las estrellas brillaban en el cielo, dolorosamente cerca. Raquel se aferró a su intensa luz en busca
de una salida.
La bruja se le apareció al lado.
—Creo que nuestra pequeña batalla casi ha terminado —dijo—. Estaba equivocada acerca de poder
utilizarte y quizá debí haberme concentrado en tu hermano desde el principio —sonrió, atrayendo hacia
sí el rostro de Raquel—. Eric tiene mayor potencial que tú. Con entrenamiento, creo que será capaz de
eliminar los vínculos de magia que Larpskendya ha colocado alrededor de este mundo. Podría ser Eric,
después de todo, el que me ayude a cumplir los versos sombríos…
Raquel sopló un hechizo de ceguera sobre el rostro de Dragwena. Sus cabezas estaban tan cerca que
la bruja no tuvo tiempo de cerrar los ojos. Por un momento, cuchillas esmeralda atacaron su rostro y
luego se desvanecieron dejando ilesa a la bruja.
—Tengo defensas contra todos tus hechizos —murmuró la bruja—. Eric no luchará como tú. Es muy
joven. Será más fácil persuadirlo.
Raquel gritó y se transformó de nuevo, pero esta vez Dragwena no la siguió. Sencillamente la
arrancó del cielo arrastrándola consigo a Mawkmound.
Raquel vio a Morpet y a Trimak y al resto de los sarrenos mirarlas con atención, expectantes. Eric
yacía en los brazos de Morpet, todavía inconsciente.
—¿Ves sus caritas ansiosas? —dijo Dragwena—. Quiero que todos te vean cuando te aplaste, para
que presencien el fin de su niña-esperanza. Luego mataré a Morpet y a Trimak poco a poco, quizás a lo
largo de más de cien años. Eric puede ayudarme. Los otros no importan —rió—. ¿Dónde está tu
precioso Larpskendya ahora? ¿Dónde está el mago que prometió protegerte?
Raquel tenía una sola idea desesperada. Irguió el cuello y apuntó hacia Armat. Respiró hondo y gritó
los versos de la esperanza.
Por un momento el aire sopló con delicadeza. Todos en Mawkmound lo notaron, incluso la bruja.
Raquel y los sarrenos aguantaron esperanzados pero… algo faltaba. Las palabras se desvanecieron en
la brisa nocturna y Armat siguió brillando fría allá arriba.
Raquel inclinó la cabeza, vencida del todo. Osadía, valentía, toda su magia: nada de ello parecía ser
ahora de utilidad. ¿Dónde estaba Larpskendya? ¿Dónde estaba? Raquel echó un vistazo a los sarrenos
hacinados al otro extremo de Mawkmound y la carita de Eric mecida en los brazos de Morpet, y no se le
ocurrió nada más que hacer.
—Prepárate para morir, niña —dijo Dragwena—. Estoy invocando el Maleficio.
La bruja caminó con lentitud hasta el centro de Mawkmound y elevó los brazos. Profirió
encantamientos en el lenguaje de Ool, el mundo del que provenía. Raquel conocía algunas de las
palabras a partir de los hechizos de muerte que estaban en su mente, pero no reconoció la mayoría. Se
dio cuenta de que se trataba de uno de los hechizos más mortíferos que Dragwena nunca había
revelado: un hechizo asesino de incalculable poder. Raquel buscó algo —cualquier cosa— para
defenderse.
El Maleficio llegó poco a poco. Dragwena sabía que ya no había necesidad de apresurarse. De los
helados parajes del norte, un gigantesco torbellino se arrancó desde algún rincón del mundo. Raquel lo
vio a muchos kilómetros de distancia: un infierno de ira desatada. Mientras miraba, el torbellino se
extendió hasta cubrir el cielo por completo. Su inmensa sombra se cernió sobre la tierra ocultando la
nieve y las estrellas. Sobre las Montañas Raídas, la tormenta-sombra se desató y consumió la brillante
Armat. Montañas y arroyos fueron devorados y un viento comenzó a soplar ferozmente sobre
Mawkmound.
Los sarrenos estaban aterrados, pero no se dispersaron. Al contrario, Trimak y un grupo de ellos
cruzaron las nieves de Mawkmound hacia Raquel, con los cuerpos inclinados contra el viento. Morpet
vaciló por un momento; miró primero a Eric y luego a su hermana. Después llevó a Eric algunos metros
más allá, y Raquel vio que le colocaba su chaqueta debajo de la cabeza y lo recostaba con suavidad
sobre la nieve mientras musitaba unas palabras. Raquel comprendió que no se trataba de un hechizo de
protección: Morpet sabía que su magia era demasiado débil para proteger al niño. Era solo una disculpa
que, con toda probabilidad, Eric nunca escucharía. Morpet lo besó en la frente y alcanzó a los demás a
toda prisa.
Todos los sarrenos rodeaban ahora a Raquel. Los que tenían espadas las apuntaron hacia Dragwena.
La bruja rió.
—¿Espadas? Qué conmovedor.
Entonces, el enorme torbellino llegó a Mawkmound. Quedó suspendido sobre la cabeza de
Dragwena: era una masa en espiral de nubes negras, tan ancha como el horizonte. La bruja trazó una
forma en el aire. Al instante la nube cambió de forma y se condensó en un solo y estrecho túnel de
viento devastador, del grosor de una cuerda. Dragwena se dislocó la mandíbula, la dejó caer hasta la
barbilla y el túnel saltó dentro de su boca. Ella se estremeció de placer, según llegaba a su garganta.
La bruja cerró la boca y sonrió a Raquel.
—¿Listos?
—¡Sí! —vociferó el sarreno más cercano a la bruja.
Dragwena apuntó su boca en dirección al sarreno y soltó el Maleficio.
Un grueso pilar de humo negro avanzó a una velocidad extraordinaria desde sus labios. Dentro del
humo, miles de dientes emergieron hacia la superficie.
Raquel colocó varios anillos de protección alrededor de los sarrenos, pero de nada sirvió. El primero
que fue golpeado por el humo quedó despedazado. Como sabía que todos los demás acabarían muertos,
Raquel puso a salvo a los sarrenos restantes en el extremo de Mawkmound… y se enfrentó sola a toda
la fuerza del humo y de los dientes.
Protegió su cuerpo con varios encantamientos, pero los dientes restallaban dentro sin freno. Raquel
luchó contra ellos con todo lo que sabía: encantamientos defensivos, hechizos mortíferos, sortilegios de
parálisis y finalmente, cuando los dientes consiguieron atravesarlos, con las uñas.
Pero de nada le sirvió. Dragwena soltó una carcajada de alegría mientras los dientes comenzaban a
comerse los labios y los ojos de Raquel.
20
Manag

Raquel notó los dientes arrancarle trozos de su rostro. Hacían jirones sus brazos y sus piernas.
Atacaron su cuello y su corazón, puesto que era la manera más rápida de matarla, mordisqueando
hambrientos sus carnes y murmurando las palabras del Maleficio. Buscaban su muerte.
Raquel lo soportó todo. Su mente estaba toda concentrada en un solo hechizo que anestesiara el
dolor de su cuerpo. Esperó y esperó hasta que todos los dientes se le clavaron en la carne. Al final,
cuando pudo oír el susurro del último colmillo del Maleficio, su significado quedó al descubierto.
Raquel cerró los puños y desencajó su propia mandíbula. Su barbilla cayó y su boca se abrió
enormemente. Con un esputo de sangre y aire, farfulló las palabras que necesitaba. En el mismo
instante, los dientes dejaron de morderla. La negra columna de humo y dientes se apresuró a meterse
en su garganta, llenándola.
El cuerpo sangriento y desgarrado de Raquel miró a Dragwena, retándola.
—Prepárate —refunfuñó—. Larpskendya me enseñó durante el sueño mágico que hay un hechizo de
bondad para cada hechizo de maldad, bruja. ¡Más vale que comiences a correr antes de que te atrape!
Tosió. De su boca salió humo azul que se desplazó poco a poco hacia la bruja.
—¿Qué es esto? —preguntó Dragwena mientras retrocedía asustada—. No puedes usar el Maleficio.
Me pertenece solo a mí.
Raquel presionó su pecho con ambas manos y siguió tosiendo. El humo azul avanzó más espeso.
Pronunció palabras al revés en la lengua de la bruja, y el encantamiento se desbordó de sus labios y
siguió al humo.
Los ojos de Dragwena brillaron de pronto, al comprender.
—Una inversión —murmuró—. Estás invirtiendo el Maleficio. Del mal al bien: no, no puede funcionar.
Dragwena siguió retrocediendo. El primer hilo de humo tocó su pierna. Gritó de dolor… y echó a
correr.
Las palabras manaron de la boca de Raquel. La bruja levantó las manos y se elevó en el aire. Un
jirón de humo la tiró de espaldas y la inmovilizó en el suelo. El resto de la columna azul la rodeó y le
entró por la nariz, la garganta y los ojos. No llevaba dientes dentro, pero la bruja gimió y se retorció
bajo el ataque como si estuviera inhalando fuego.
Entonces, tan rápido como habían comenzado, cesaron las palabras. El hechizo invertido había
finalizado, y las heridas de Raquel desaparecieron. Cerró la boca y los últimos vapores azules se
esfumaron.
Todos miraron a Dragwena.
Yacía en el suelo en horrible tormento, con todo el cuerpo ardiendo en llamas azules que le calaban
muy hondo.
Sin embargo, la bruja no estaba muerta. Con un enorme esfuerzo levantó la cabeza y carraspeó:
—Manag… Manag… —el humo salió otra vez de la garganta de Dragwena como engrudo que expulsó
con la lengua.
Se elevó en el aire y se convirtió en una criatura con garras, ojos verdes y una boca que se extendía
por todo Mawkmound.
Los sarrenos miraron a Raquel desesperados buscando una explicación, pero ella no comprendía ni
tenía respuesta alguna.
Dragwena se sentó. Una brillante luz verde corría por su cuerpo apagando las últimas llamas azules.
—¿Creías que el Maleficio solo consiste en unos cuantos dientes centelleantes? —le espetó—. Son
incontables hechizos, depende de lo que necesite. Esta vez una inversión no te funcionará.
La bruja besó el aire. El cuerpo de Raquel quedó rígido, atrapado por un anillo de titilante fuego
verde. El Manag lo comprendió y abriendo sus enormes garras se lanzó a despedazarla…
Morpet corrió hacia Eric, lo sacudió una y otra vez.
—¡Levántate! ¡Despierta! —rogó.
Eric levantó la cabeza y se puso de pie con torpeza. Avanzó a trompicones hacia Raquel y se paró
frente a ella, minúsculo contra la enormidad del Manag. Apuntándolo con ambas manos, abrió agujeros
en su cuerpo obligándolo de algún modo a retroceder. Pero el hechizo del Manag siguió cambiando,
acorralándolo cada vez más, desafiándolo. Al final, su aliento tumbó a Eric, quien cayó sobre Raquel, y
aun así siguió moviendo sus mágicos dedos.

—¡No puedo detenerlo! —gritó—. ¡No puedo detenerlo! Está formado por millones de hechizos. Son
demasiados. ¡No puedo detenerlos a todos!
—Entona los versos de la esperanza —le dijo Raquel—. ¡Cántalos! ¡Cántalos!
Eric oprimió el rostro del Manag con ambas manos. Giró la cabeza hacia el océano Endelión y cantó
en voz alta:

«Niña morena será


a los enemigos liberará
en armonía cantarán
al amanecer, del dormido mar
surgiré…
para el regocijo infantil contemplar».

El Manag abrió los ojos por completo.


—¡Cántalo de nuevo! —gritó Raquel.
—Niña morena… —comenzó Eric y, esta vez, Raquel se le unió, dos voces cantando al unísono.
Cantaron una y otra vez, sin detenerse, cada vez más y más fuerte, hasta que oyeron un antiguo sonido
que emergía de su sueño: un inmenso corazón que latía en la noche.
El Manag se detuvo. Se cernió sobre Raquel, retrocedió y se dirigió vacilante hacia Dragwena.
—¡Acaba con ella! —chilló la bruja—. ¡Mátala! ¡Mátala!
El Manag cerró sus garras, todavía vacilante.
—¡Destrúyela! —le ordenó Dragwena—. Yo te creé. ¡Te lo ordeno! ¡Hazlo!
El Manag arremetió contra Raquel y abrió su enorme boca a pocos centímetros de su cabeza, pero
seguía conteniendo su ataque.
La bruja se enfureció contra la criatura, y esta gimió con la agonía de sus palabras, pero algo más
contenía la voluntad del Manag. Siguió merodeando, mirando primero a Dragwena y luego a Raquel. De
repente, ignoró a las dos y volvió la vista, aprehensivo, hacia poniente. Todos los ojos se clavaron en él,
porque estaba teniendo lugar una asombrosa transformación.
En medio de la noche, con Armat en el cénit, comenzaba a amanecer al otro extremo del mundo.
Al principio era solo un brillo naranja pálido sobre las montañas de poniente. Pero pronto salió el sol
en todo su esplendor y ascendió en el cielo a una velocidad imposible. No era el pálido sol color crema
que había brillado durante tantos años en Itrea. Era intenso, dorado y casi dolorosamente brillante, y se
levantó en el aire para resplandecer a través de las nubes de Itrea por vez primera en miles de años.
Los sarrenos se quedaron mudos y azorados pero no lo perdían de vista; rayos incandescentes
encendían sus mejillas. Dragwena se tambaleó y lanzó un grito agónico, incapaz de soportar el contacto
de los rayos solares. Llamó al Manag y se agazapó detrás de él para esconder la cabeza entre sus
rodillas.
Los sarrenos fueron testigos del desarrollo de los acontecimientos. Muy alto en el cielo, más allá del
sol naciente, el aire nocturno seguía siendo negro. Entonces ocurrió algo igualmente imposible: Armat,
la enorme luna, cayó de su sitio sobre las Montañas Raídas y chocó, produciendo una poderosa
explosión, contra las aguas del océano Endelión.
—¿Qué es lo que está ocurriendo? —gritó Trimak.
—No lo sé —dijo Morpet mientras miraba la tremenda columna de agua centelleante provocada por
la luna.
El aro de fuego verde que rodeaba a Raquel se desvaneció. Mientras corría para reunirse con los
demás, Morpet vio en sus ojos puntos de luz que caían.
—¡Mirad! —gritó Trimak—. ¡Las estrellas!
En el cielo de Itrea, una a una, y luego por cientos, como puntos de luz en un tapiz, las estrellas
estaban cayendo al océano desde sus lugares de siempre, tras Armat. Mientras tanto, el sol seguía su
galopante ascenso hasta que se colocó por encima de sus cabezas. Ahora resplandecía una brillante luz
diurna por todo Mawkmound.
Dragwena se cubrió el rostro con sus vestidos, cegada por la luz.
Morpet estaba demasiado asombrado para preocuparse por lo que le ocurría a la bruja. Señaló hacia
las aguas donde se había hundido la última de las estrellas.
—¿Cómo es que podemos ver el océano? —murmuró—. Debería estar congelado.
La respuesta que buscaba no se hizo esperar. El océano Endelión había estado elevándose, pero solo
ahora se hacía evidente. Siguió haciéndolo hasta llegar a la cumbre de las montañas occidentales.
Mientras miraban, sus aguas retorcidas comenzaron a desparramarse desde las altas cimas y a correr
hacia ellos a una velocidad devastadora, tragándose la tierra que encontraban a su paso.
Morpet señaló hacia el este. Allí, en un lejano rincón del mundo, adonde no había llegado ningún
sarreno, un océano aún más poderoso corría también hacia Mawkmound.
—¿Por qué no tengo miedo? —preguntó Trimak—. Esto debería resultarme aterrador.
Todos los sarrenos se dieron cuenta de que estaban desbordados por el asombro, no por el terror.
Por su parte, una desesperada Dragwena llamó débilmente al Manag. Apenas podía levantar la cabeza.
El Manag se agazapó y rodeó a la bruja con toda su corpulencia para protegerla de los rayos del sol.
Raquel murmuró algo a su hermano.
Eric soltó una risita y ambos se dieron la vuelta para enfrentarse a las aguas que avanzaban.
—¡Ven, Larpskendya! —cantaron juntos—. ¡Ven al amanecer del dormido mar!
Y entonces llegó Larpskendya: de las profundidades del tumultuoso y espumoso océano, surgió un
ave plateada. Era tal su tamaño que las aguas apenas podían contener sus alas agitadas. Con un
movimiento lento y pesado se alejó de las olas y se dirigió hacia Mawkmound. Clamó los versos de la
esperanza y llenó el aire con un sonido de hermosura indescriptible. Sus ojos multicolores
resplandecían magníficos en toda su belleza.
Los de Dragwena se encontraron con los suyos. En cuanto lo hizo, Larpskendya la envolvió en una
mirada aterradora: en sus ojos ella vio un millón de niños de rostros agrios que afilaban sus cuchillos
contra una pared de piedra. Chilló y lo señaló.
—¡Mátalo! —ordenó al Manag—. ¡Mata al mago!
Sin vacilar, la enorme sombra se separó de su hombro. Larpskendya se dio la vuelta para salir a su
encuentro. Conforme se acercaba, el Manag menguó hasta que se convirtió apenas en un punto de
oscuridad que rozaba su pecho sudado. Se encontraron a medio kilómetro por encima del océano y
Larpskendya, casi sin necesitar abrir su pico de ave, arrancó al Manag del cielo.
Dragwena se tambaleó de dolor cuando su criatura-hechizo fue devorada.
—¡Os mataré de todos modos! —vociferó lanzándose hacia los sarrenos con el rostro contraído por el
miedo y la ira—. Incluso en la derrota, ¡os destruiré!
—¡Formemos un frente! —gritó Trimak, y los sarrenos se apresuraron a colocarse entre los niños y la
bruja.
Dragwena se abalanzó contra ellos, sin que la rozara siquiera una sola de sus espadas. Arrancó a
Eric de las manos de Raquel y corrió hacia un montículo bajo. Raquel le lanzó encantamientos para
herirla, pero Dragwena los combatió y siguió avanzando con Eric por la nieve.
Larpskendya se deslizó sobre el océano. Voló a una tremenda velocidad en dirección hacia la bruja,
pero Dragwena apretaba a Eric contra ella: sabía que tenía tiempo para asfixiarlo.
—¡Mira esto! —aulló Dragwena al pájaro plateado—. ¡No puedes salvarlo! ¡Mataré a otro niño!
Mientras cerraba el puño sobre el cuello de Eric, este pronunció una palabra.
Dragwena se retorció de dolor. Soltó a Eric y miró hacia atrás. Le salía sangre por la oreja.
—¿Qué es esto? —farfulló—. ¿Un hechizo roto? No. Yo… no seré repelida… ¡por un niño! —Dragwena
manoteó para recuperarlo, pero Eric se hizo a un lado sin esfuerzo y volvió a la seguridad del abrazo de
Raquel.
La bruja no pudo seguirlo. Cayó al suelo retorciéndose y luego, apretando los puños y batallando
para recuperar el control, chilló mientras comenzaba a transformarse: su piel de color rojo sangre se
llenó de escamas y se convirtió en una serpiente; luego se convirtió en un molusco, en un cuervo, en un
lobo, en un monstruo negro que se retorcía: en una criatura horripilante entre cuyos dientes astillados
las arañas se apresuraban a escapar. La bruja se fusionó con todas las formas que había asumido alguna
vez, cada vez más y más rápido, hasta que las transformaciones eran tan veloces una tras otra que se
fundieron en una sola y ya no fue posible reconocer sus gritos.
Sin embargo, Dragwena no estaba acabada. De algún modo, mediante un odio abrumador, logró
escapar a la confusión, con las negras garras extendidas.
Raquel aulló y, al oírla, Larpskendya bajó del cielo. Su cabeza barrió el suelo arrancando a la bruja
de la tierra.
Todos miraron a Dragwena, un resto que colgaba del enorme pico del mago, y que de algún modo lo
mantenía abierto. Allí se quedó sin aliento, temblando por el esfuerzo; le castañeaban los dientes,
mientras intentaba reunir todos sus conocimientos en un solo venenoso hechizo mortal. Pero
Larpskendya no temía la magia de Dragwena. Poco a poco cerró el pico hasta que los brazos de la bruja
se cerraron y sus rodillas quedaron aplastadas contra su pecho inflamado. Al final, Dragwena ya no
pudo soportarlo y su columna se quebró. Abrió su mandíbula y profirió un último grito de
desesperación.
—¡Hermanas! —chilló—. ¡Vengadme!
Cuando el pico de Larpskendya se cerró, matando a la bruja, resplandeció en el aire una minúscula
luz verde allí donde había estado el cuerpo de Dragwena. Sin que nadie se diera cuenta, la luz voló
directamente hacia el cielo, atravesó la atmósfera exterior y se lanzó hacia el espacio. Una vez allí,
onduló hacia una estrella distante, hacia un mundo vigilante, lleno de brujas…
21
La elección

Todos en Mawkmound quedaron boquiabiertos mientras Larpskendya permaneció suspendido sobre


su cabeza, agitando sus enormes alas en el aire. Eric corrió a través del montículo y saltó para rozarlas.
Fue sin embargo a Raquel a quien Larpskendya dirigió la mirada de sus ojos multicolor.
Y, en ese breve instante, el mago le comunicó varias cosas: una disculpa por el sufrimiento que dejó
que tuviera lugar, una elección que todos debían hacer y una intensa felicidad, una enorme dicha
gozosa por lo que se avecinaba. Al fin, Larpskendya se inclinó junto a Raquel y tocó su rostro. Un
sentimiento extraordinario la recorrió de pies a cabeza.
—Un don —dijo—. Un don que no había sido confiado a ningún humano.
Raquel tembló al comprender e intentó encontrar las palabras para agradecerle. Pero, de inmediato,
Larpskendya recubrió el don de una tarea y de una advertencia.
Al final, el mago volvió la cabeza, se elevó y se alejó en el occidente.
—Adiós, Larpskendya —dijo Raquel bajando los ojos porque no podía soportar semejante
magnificencia tan de cerca.
Reinó el silencio en Mawkmound, mientras todos lo observaban desaparecer poco a poco en la
distancia, con la cola moteada de rayos dorados.
Entonces dos inmensas sombras bloquearon toda la luz solar.
—¡Cuidado! —gritó Trimak.
Mientras los niños y los sarrenos miraban partir a Larpskendya, los océanos de Itrea habían seguido
avanzando hacia ellos. De pronto, como si fuera el fin del mundo, las poderosas olas llegaban para
estrellarse contra Mawkmound. No hubo tiempo para protegerse ni sitio hacia donde correr o en el cual
esconderse. Sin embargo, en lugar de estrellarse contra ellos, los océanos se detuvieron justo en el
borde del montículo y arrojaron algo con mayor suavidad que la nieve al caer.
Morpet se quedó boquiabierto mientras un guardia neutrano se deslizaba desde las aguas para caer
a sus pies. El hombre se levantó con una amplia sonrisa.
—¡Soy… libre! —gritó frotándose la cabeza. Inclinándose en varias direcciones, anunció su nombre a
cada uno de los presentes.
—¿Libre? —rieron los sarrenos—. Has llegado un poco tarde para la lucha, ¡eso sin duda! —ayudaron
al recién llegado a salir del agua—. ¿De dónde vienes, por cierto?
Pero antes de que pudiera contestar, otro pasajero de las olas fue arrojado sin ceremonia alguna en
el montículo.
—¡Muranta! —jadeó Trimak mientras ayudaba a su mujer a levantarse—. ¿Cómo has logrado llegar
aquí?
—¿Y cómo voy a saberlo? —replicó irritada—. Estaba en mi casa preocupada por ti y de pronto fui
levantada por esta… esta enorme ola —dirigió el brazo hacia atrás— y ahora estoy en… ¡Cómo quiera
que se llame este sitio congelado! —se sacudió el agua del vestido.
Hubo poco tiempo para detenerse en esto porque un torpe Leifrim emergió de las olas. Una oleada lo
depositó cerca de los pies de Fenagel y su hija se inclinó para besarlo.
—¡Esto no es posible! —dijo Morpet—. No es posible. Es…
—¡Es verdad! —gritó Raquel con los ojos llenos de lágrimas de alegría—. ¡Mirad!
Y todo ocurrió de golpe. Toda clase de criaturas, animales y humanos cayeron de las olas con tanta
rapidez que nadie pudo captarlo. Llegaron sarrenos, niños y adultos, de toda Itrea, y dando tumbos, a
su lado, había neutranos, multitud de ellos con la expresión llena de sorpresa. Llegaron por oleadas
desde cualquier sitio en que habían vivido sarrenos o neutranos, y las aguas los depositaban en
Mawkmound.
También llegaron manadas completas de lobos con Scorpa a la cabeza, sus flancos de hermoso gris
cubiertos de sal. La superficie acuática arrastró también prapsis que revoloteaban y proferían sus
tonterías usuales.
Siguieron llegando y no paraban de hacerlo. Cientos de miles surgieron de las olas hasta que
Mawkmound se convirtió en un hervidero de criaturas que en el pasado se habían sometido a la
voluntad de Dragwena. Ronocoden llegó acompañado de sus orgullosas compañeras águilas, batiendo
las alas empapadas y cantando de alegría después de un silencio que había durado siglos. Y llegaron
criaturas extraordinarias que nadie conocía, criaturas que habían vivido y crecido bajo las nieves de
Itrea, olvidadas en la oscuridad durante innumerables años. Serpenteaban, reptaban y se deslizaban
una sobre otra, mostrando los dientes, protegiendo sus ojos sensibles de un sol que nunca antes habían
visto.
Al cabo de un rato dejaron de llegar más criaturas, y las aguas se replegaron un poco abriendo
espacio para que todos se esparcieran.
¡Y cómo se esparcieron!
Los lobos aullaban y saltaban sobre el nuevo pasto húmedo que se extendía a sus pies desde quién
sabe dónde. Los niños jugaban con los lobos y los perseguían en círculos para tocarles el pelo, aunque
no lograban alcanzarlos. En cambio, las águilas los dejaron que montaran sobre sus espaldas para
llevarlos en vuelos cortos y molestar a los prapsis al pasar.
Los sarrenos y los neutranos, por alguna razón sobre la que no tenían el menor control, comenzaron
a bailar y a cantar juntos. Sus voces se unían en clamor al canto de las aves en el aire, hasta que el
ruido de gritos, risas, aullidos y silbidos se hizo tan estruendoso que la tierra se estremeció y reflejó esa
enorme felicidad.
Morpet caminó al lado de Raquel y de Eric y pronunció con melancolía las palabras:

«Niña morena será


a los enemigos liberará
en armonía cantarán
al amanecer, del dormido mar
surgiré».

Raquel lo miró a los ojos con ternura:


«Para el regocijo infantil contemplar».
Y tenía razón porque, mientras los sarrenos, las águilas, los lobos y otras criaturas saltaban,
brincaban y bailaban, todos se transformaron poco a poco hasta convertirse en niños, cachorros y
polluelos. Los prapsis perdieron su rostro de bebé y volvieron a ser crías de cuervo que llamaban a sus
madres con sus picos rojos. Morpet se convirtió en un niño de cabello color arena con brillantes ojos
azules y Trimak sonrió con sus mejillas regordetas con hoyuelos.
—Bueno —dijo Eric sacudiendo la cabeza y sin mirar a nadie en particular—. ¡Vaya lío!
—¡Exacto! —rió Trimak.
—Pero ¿qué va a ocurrir ahora? —preguntó Morpet—. Todos hemos vuelto a ser niños. ¿Qué vamos a
hacer?
Con estas palabras, como si hubiera iniciado un encantamiento, que era lo que estaba ocurriendo sin
saberlo, todas las criaturas de Itrea guardaron silencio y miraron a Raquel.
Ella trazó una figura en el aire. Apareció una puerta que conducía de vuelta al sótano de gruesas
paredes de piedra.
—¿Cuál será nuestro hogar? —dijo—. ¿Itrea o la Tierra? Larpskendya nos ha dado, a cada uno, la
posibilidad de elegir.
¿Elegir? Las criaturas de Itrea se miraron atónitas unas a otras. Habían estado sometidos a la bruja
durante tanto tiempo que ahora no sabían cómo reaccionar. ¿Y cómo elegir? Para casi todos los niños, la
Tierra no era sino solo un nebuloso recuerdo, y los animales no la habían ni conocido; para ellos, Itrea
era su casa.
Los cachorros se sentaron sobre sus colas y ladraron confusos. Los polluelos se acurrucaban piando
con incertidumbre y las extrañas criaturas de Itrea farfullaron cada una en su propia lengua
preguntándose qué hacer. Al fin, todos los animales les pidieron consejo a los niños, pero los antiguos
sarrenos y neutranos también estaban desconcertados. Raquel y Eric miraron cómo miles de niños y
niñas comenzaron a hacerse preguntas entre sí con impaciencia, en un intento por recordar su vida en
la Tierra y a la familia y amigos con quienes alguna vez habían compartido su vida.
Y lenta y dolorosamente, todos comenzaron a recordar.
—Ay, Raquel —dijo Eric—. Mira. Están… llorando.
Empezaron unos cuantos sollozos ahogados, pero pronto grupos enteros estaban llorando
desconsolados. Se arrastraban por el montículo o caían de rodillas, cada niño hundido en su propia
pena, según las imágenes, las palabras y los sentimientos volvían a su mente con inquietud: padres,
hermanos y hermanas muertos hacía mucho tiempo, amigos que nunca volverían a ver o a tocar.
Un joven Leifrim, con pelo negro, arrugó la cara.
—Mi madre —dijo—. Recuerdo cuando me abrazaba pero… —miró a todos lados, avergonzado, con la
esperanza de que alguien le ayudara—. ¿Cómo se llamaba? No puedo…
Fenagel abrazó a su padre. Ella había nacido en Itrea. A lo largo de toda su vida no había conocido
sino esas nieves oscuras. Muchos no tenían seres queridos que los consolaran, porque la bruja había
permitido este honor solo a unos cuantos sirvientes cercanos. En minutos, todos los niños en
Mawkmound estaban absortos en sus llantos o abrazando a los seres amados que encontraban a su
paso, invadidos por un abrumador sentido de pérdida.
—No —rogó Eric—. Raquel, detenlos por favor. Usa un encantamiento. No podemos terminar de esta
manera. Seguramente Larpskendya no quería que terminara así.
—Espera —dijo ella, también con los ojos cuajados de lágrimas—. Larpskendya me dijo que esto
podía ocurrir. No solo sufren por sus familias muertas, Eric. Es por lo que la bruja les hizo, por todos
estos siglos de pesadumbre —sonrió en medio de las lágrimas—. Lo que ocurrirá después será
asombroso.
La angustia de los niños se prolongó.
Se prolongó por más tiempo del que necesitaron los océanos de Itrea para arrojarlos a todos a
Mawkmound. Se prolongó hasta que el último niño tuvo todavía alguna fuerza para llorar. Entonces, el
llanto terminó y Mawkmound quedó en silencio, un silencio tan profundo que incluso los polluelos de
prapsis parecían darse cuenta de que no debían parlotear. Cerraron sus alas regordetas sobre el pico y
esperaron.
Un suave viento se agitó sobre Mawkmound.
Trimak fue el primero en darse cuenta, cuando le rozó la mejilla secándole las lágrimas.
—¡Mirad! —gritó mientras señalaba hacia todas partes.
Hasta ese momento nadie se había molestado en preguntarse qué podría estar ocurriendo más allá
de Mawkmound. Ahora veían que las aguas oceánicas habían retrocedido hasta muy lejos y habían
fundido la nieve. Tierra negra, accidentada y yerma, cubría todo el mundo. Itrea estaba desnuda.
Incluso el pasto había sido arrancado del suelo. Nada verde crecía ni se movía. Un niño suspiró y el eco
de su voz atravesó el vacío total.
—No —murmuró Trimak—. ¿Es esto lo que nos espera por todos los siglos? Incluso la nieve era más
agradable.
Raquel rió.
—¡Entonces desea otra cosa!
—¿Flores? —murmuró—. Al menos sería algo.
En ese instante, retoños vegetales comenzaron a brotar entre sus pies. Dio un brinco hacia un lado y
rápidamente cubrieron el hueco dejado por sus huellas.
—¿Flores de qué color? —preguntó Raquel—. ¿Y de qué forma? ¿Cómo deberían oler? ¿Y cuántas?
—¿Cómo voy a saberlo? —dijo Trimak tratando de no pisarlas—. ¿Qué sé yo sobre flores?
Raquel sonrió.
—¿Ya te das por vencido?
—Hermosas —dijo débilmente—. Bonitas. ¿Cómo se llamaban? Vaya… ¡no lo sé!
Los brotes seguían extendiéndose, pero permanecían cerrados: esperando.
—¡Rosas blancas! —dijo Fenagel—. Narcisos púrpura. Margaritas verdes. Tulipanes… ¡vaya!
Los capullos se abrían para convertirse en las flores que nombraba y siguieron extendiéndose por
todo Mawkmound y más allá.
—¡Alto! —gritó Morpet, y las flores se detuvieron.
—¡Rosas que canten! —gritó Trimak, y de inmediato las rosas blancas empezaron a cantar
desafinadas y los pétalos se abrían y se cerraban—. ¡No cantéis como yo! —les dijo—. ¡Cantad bien,
tontas! —y entonces las rosas cambiaron su melodía. Aunque el sonido tampoco era agradable.
—La magia no sabe qué significa hermoso —dijo Raquel—. ¡Díselo tú, tonto!
Trimak empezó a reír, pero otros aceptaron el reto.
—¡Cómo la felicidad!
—¡Cómo cacatúas!
—¡Cómo gorgoritos de bebé!
Las flores comenzaron a cantar aceptando todas esas sugerencias.
—¿Cómo es posible que ocurra esto? —dijo Morpet. Cerca, una niña apoyaba su oreja en un narciso
cantarín.
Raquel sonrió.
—Magia. Larpskendya les ha dado todo lo que necesitan.
—¿Para hacer qué? —preguntó.
—¡Para hacer lo que quieran! —dijo Raquel—. No seas tímido, Morpet. ¡Imagina algo!
Morpet no encontraba las palabras. Un poco nervioso, creó un pequeño sol en la palma de su mano y
lo sopló para que subiera al cielo.
—Vamos, piensa a lo grande —dijo Raquel—. ¡Mira lo que están haciendo los demás!
Morpet levantó los ojos y, dondequiera que miraba, veía niños por todas partes poniendo a prueba su
imaginación para construir el resto de Itrea. Bosques con piernas que marchaban por las pendientes de
las Montañas Raídas. Fenagel corría por el montículo y unas joyas la seguían como si fueran mascotas
obedientes. Los niños escribían su nombre en el cielo. Montañas en forma de melones comenzaron a
brillar en la distancia, lanzando fumarolas como si fueran volcanes. Una piedra enorme rodó hasta
llegar junto a un niño y le ofreció una selección de caramelos. En cuanto a las flores, las primeras
creaciones de la nueva Itrea, pronto las olvidaron, pero a ellas no parecía importarles: seguían
cantando en voz alta, es decir, hasta que Muranta les dijo que se callaran. A partir de ese momento, solo
tararearon.
En la distancia, Eric vio un dragón que echaba fuego por la boca emerger del lago Ker. Entre tantas
formas extrañas apareciendo por todas partes no se hubiera dado cuenta, pero este dragón se dirigía
hacia los aguiluchos.
—Oíd, dejad eso —previno a los sonrientes polluelos de prapsis, pero las águilas ya habían
convertido al dragón en un pico. Este cazó a las azoradas prapsis hasta que lo enviaron a perseguir de
nuevo a las águilas.
Eric le dijo a Raquel:
—¿No crees que esto está poniéndose un poco… peligroso?
—No pueden lastimarse entre sí —le dijo—. Larpskendya no lo permitiría. Déjalos jugar. Hace tanto
tiempo que no lo hacen…
Unos panes con mermelada quedaron suspendidos frente a su boca.
—Espero que te guste la mermelada —dijo el pan.
Raquel miró a Morpet, que le sonreía.
Una locura de pura imaginación siguió y siguió hasta que cada parte de Itrea terminó por pertenecer
a alguien. Finalmente Trimak pidió una pausa en medio de tanta magia y travesuras.
—¡Sé lo que quiero! —tronó—. ¡Quiero quedarme! Itrea es mi casa ahora. He hecho mi elección.
—¡Brillante elección! —tronó una voz. Provenía de Punto Joy en las Montañas Raídas. La antigua
montaña levantó una gorra y la agitó entusiasta. Detrás de Trimak, un niño soltó una risita.
—Perdón —dijo un poco apenado—. No pude resistirme.
Después de esto, con Itrea engalanada con absurdas y encantadoras locuras, en un breve espacio de
tiempo todas las criaturas hicieron su propia elección. Algunos solicitaron mayor información sobre la
Tierra, pero cuando averiguaron que no había magia en ese mundo perdieron pronto el interés.
Para sorpresa de Raquel y de Eric, un puñado de criaturas decidieron volver con ellos. Unos cuantos
gusanos venidos de las profundidades se enredaron alrededor de las piernas de Eric impidiéndole
caminar. Scorpa se separó de un grupo de cachorros y lamió las rodillas de Raquel con tanto ímpetu
que por poco la hace caer. Un par de prapsis, sin ninguna razón en particular, o al menos ninguna que
alguien pudiera entender, se arrastraron sobre sus pies y hablaron de surcar nuevos cielos.
—Creí que ahora serían polluelos normales —dijo Eric—. ¿Cómo es que pueden hablar?
—Larpskendya no les quitaría ese don —dijo Raquel—. Los cachorros también pueden hablar, solo
que prefieren ladrar.
—Está bien —dijo Scorpa a Eric—. No me trates como a una mascota. Me molesta.
—Ni se me ocurriría —replicó Eric, que acababa de pensar en ello.
De repente, Ronocoden se posó sobre el hombro de Raquel. Miró a los polluelos de prapsis como si
estuvieran bajo su cuidado.
Más tarde, en la primera mañana de la nueva Itrea, tuvo lugar una sencilla ceremonia. El cuerpo de
Grimwold y el de los otros guerreros muertos por Dragwena habían sido arrastrados por las olas al
retroceder, pero no habían sido olvidados. Trimak marcó el lugar en que habían caído con un montón de
espadas: una por cada uno de los guerreros caídos en combate.
Al caer la tarde, Eric dijo:
—No creo que ninguno de los sarrenos venga con nosotros, Raquel. No los culpo.
Pero estaba equivocado. Uno de los niños decidió volver a la Tierra.
Raquel fue testigo, durante horas, del modo como abrazaba a los demás y lloraba con ellos y de cómo
se reía y volvía a llorar; se despedía de todos: de los incontables sarrenos y de los neutranos que había
conocido. Cuánta gente, pensó Raquel. Quinientos años conociendo a gente. ¿Cómo te despides,
definitivamente, de todos aquellos a quienes has amado y con quienes has compartido vida y muerte
durante tanto tiempo?
Tras fundirse con Trimak en un abrazo que pareció durar más de una hora —una separación sin
palabras, como si no fueran necesarias—, Morpet estaba listo.
Su rostro estaba tan descompuesto por las lágrimas que Raquel apenas consiguió cruzar con él una
mirada.
—¿Estás seguro de que quieres venir? —le preguntó—. Todos tus amigos están aquí.
—No todos mis amigos —dijo Morpet con honestidad. Tocó los párpados de los ojos multicolores de
Raquel y la miró furtivamente—. Vi lo que ocurrió cuando Larpskendya te tocó —dijo—. Ahora tienes la
mirada del mago. ¿Creías que no iba a darme cuenta? Larpskendya te dio un regalo, ¿verdad?
—Shh —dijo ella—. No puedo decir de qué se trata. Un regalo… y una tarea que debo realizar.
Morpet aplaudió con alegría y luego observó las maravillas que se había perdido en Itrea durante los
últimos segundos.
—¡Esto es increíble! —vociferó.
—¡Y ridículo! —rió Eric—. ¿Qué se supone que es eso? —señaló un cerdito gordo que flotaba en el
cielo. Estaba acomodado en una nube, usaba gafas oscuras y sorbía limonada. Abajo, en el suelo, una
niña fruncía el ceño concentrada, preguntándose qué más podía hacer—. Todo es absolutamente
delirante —dijo Eric.
—Bueno, a mí me gusta —sonrió Morpet—. Pero mira hacia allá. Eso sí que es delirante de verdad.
Y siguieron mirando y señalando cada cosa a su alrededor: arroyos burbujeantes llenos de ranas,
dragones saltarines y caballos galopantes del color del arco iris y cosas que nadie lograba reconocer.
Todo surgía y desaparecía en el cielo amarillo brillante. Peces provistos de cañas de pescar extrajeron
brujas de imitación del lago Ker y el cómodo cerdito tenía ahora una amiga: la niña, aferrada a su rabo
rizado, que volaba por todo Mawkmound. En ese instante varios niños más se le unieron, o volaron en
otras direcciones, haciendo carreras. En cuestión de segundos estaban en cada rincón del mundo,
modificándolo, dando rienda suelta a su imaginación, conquistando el antiguo mundo invernal de la
bruja.
Al fin, el sol comenzó a ponerse y un niño creó una luna nueva. Conforme levantaba los brazos, iba
surgiendo poco a poco sobre la tierra con una pñicara sonrisa dibujada en el rostro. El chico señaló el
cielo y una nueva constelación de estrellas brilló con calidez.
Morpet trató de capturar todo ese fantástico mundo en su cabeza con una última mirada que lo
abarcara todo, pero no era posible. Estaban ocurriendo demasiadas cosas.
—Ahora hay… de todo —dijo Eric.
—No, no de todo —lo corrigió Raquel—. Algo falta. Algo oscuro y frío.
Morpet explotó:
—¡Por supuesto! ¡No hay nieve!
Todos rieron al darse cuenta de que las oscuras nieves de Itrea habían desaparecido para siempre.
—No tenemos que irnos de inmediato, ¿verdad? —casi rogó Morpet—. ¡Hay tanto que ver, tanto que
hacer!
—Lo siento —dijo Raquel—. Larpskendya me dijo que sería peligroso dejar la puerta abierta
demasiado tiempo. Debemos irnos ahora.
—¿Por qué?
—No lo sé.
—¿Tiene algo que ver con las brujas?
Raquel asintió con firmeza.
—No preguntes. No puedo decírtelo hasta que regresemos.
—Si voy —dijo Morpet—, ¿podré volver alguna vez?
—No estoy segura —dijo Raquel—. Larpskendya no me lo ha dicho. Quizá nunca podamos volver a
Itrea.
Morpet asintió con tristeza y miró a Trimak. La mayoría de los otros niños habían comenzado a
alejarse en diferentes direcciones, pero Trimak no se había movido de su sitio. Permanecía inmóvil en el
centro de Mawkmound, con un brazo alrededor de su esposa, Muranta. Raquel sabía que no despegaría
la vista hasta que su viejo amigo se hubiera marchado.
Morpet caminó con reticencia hacia la puerta del sótano, pero seguía mirando sobre su hombro para
ver qué más inventaba algún otro niño. Un gusano aprovechó la oportunidad para deslizarse desde la
pierna de Eric y enredarse alrededor de la espinilla de Morpet.
—Rápido, pues —dijo Morpet asiendo la mano de Raquel—. Antes de que el gusano y yo cambiemos
de parecer.
Raquel dio un paso hacia la puerta. Uno de sus ojos ya estaba en la penumbra, mientras con el otro
vio vacilar todavía a Morpet en el deslumbrante mundo de Itrea.
—¿Estás seguro? —le preguntó—. Morpet, ¿estás seguro?
—Sí —contestó—. No. Sí… quiero decir… ¡Ay! —la empujó hacia el interior por la puerta.
Raquel parpadeó. Había tanto polvo en el aire que dificultaba la visibilidad. Su padre estaba sentado
en el suelo, con la cabeza entre las manos y un hacha a sus pies. Levantó la mirada poco a poco y
cuando sus ojos se encontraron con los de ella, rompió a llorar con alivio.
—Creí que tú… —balbuceó en el intento de encontrar las palabras—. Estabas en la pared. Pensé…
Raquel lo abrazó. Cuando volvió a mirarlo, sus ojos multicolores brillaron con intensidad.
—Eres distinta —dijo—. Has cambiado.
Raquel lo besó.
—Todo ha cambiado.
—¿Dónde está Eric?
—Ahí viene —dijo Raquel—. De hecho, no es el único que viene.
—¿Qué quieres decir, Raquel?
—Quiero decir…
Pero nadie podía contenerlos. Scorpa trotaba, los prapsis saltaban, Ronocoden aleteaba… y Morpet y
Eric, arrastrando los gusanos lo mejor que podían, entraron por la puerta.

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