Monografía Schmitt
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Nuestra argumentación deberá iniciarse aclarando el problema del enemigo, pues es éste el
concepto que Schmitt erige como eje central del problema de lo político. Intentaremos mostrar
que la desaparición gradual del enemigo, o su confusión con la categoría de criminal, se
corresponde con el estadio supremo de la hostilidad según aparece en las últimas páginas de
Teoría del partisano: el enemigo absoluto. Así, si lo político existe como tal sólo ante la
amenaza latente o la posibilidad real del enemigo, la desaparición de éste, que es a su vez su
exacerbación, se corresponderá con una disolución de la política que será a su vez una política
llevada al extremo.
1
Schmitt, El concepto de lo político, Madrid, Alianza Editorial, 1991.
2
Ibíd., p. 57.
profunda como para que represente la “negación del propio modo de existencia” y una amenaza
a la “propia forma esencial de vida”, 3 se ha llegado a la intensidad política y a una dicotomía real
de amigo y enemigo. El momento político por excelencia es, por lo tanto, la guerra, o al menos
su “posibilidad real”.4 Los hombres se agrupan en unidades políticas porque la guerra es siempre
una posibilidad latente:
La guerra no es pues en modo alguno objetivo o incluso contenido de la política, pero constituye
el presupuesto que está siempre dado como posibilidad real, que determina de una manera
peculiar la acción y el pensamiento humanos y origina así una conducta específicamente política. 5
Que la guerra constituya más bien la excepción y no la regla no implica un obstáculo para la
argumentación de Schmitt, pues, como es sabido, el autor toma el excepcionalismo como punto
de partida en su obra toda. La excepción es más interesante y reveladora que la regla: “el que
este caso sólo se produzca excepcionalmente no afecta su carácter determinante, sino que es lo
que le confiere su naturaleza de fundamento”. 6 Así, la política “brotará” excepcionalmente, cada
vez que un conflicto alcance un máximum de intensidad, es decir, cada vez que la existencia
física de un pueblo se ponga en juego por la sola existencia del otro.7
3
Ibíd.
4
Derrida ha señalado la aparente contradicción en términos que conlleva una expresión como “posibilidad real”
(giro que Schmitt utiliza repetidamente) pues lo real, en el sentido de efectivo (wirklich), y lo posible parecen
excluirse mutuamente. Para Derrida, Schmitt difumina así la distinción entre la potencia y el acto y se entrega a “la
oscilación y la asociación entre la efectividad y la posibilidad.” (Derrida, Políticas de la amistad, Madrid, Trotta,
1998, p. 151). El hecho innegable de que la guerra sea siempre posible la hace ya siempre efectiva. Aun en tiempos
de paz, un pueblo no deja nunca de estar en pie de guerra, porque la posibilidad latente de la guerra persiste. La
excepción y la regla se confunden: “La excepción es la regla, es esto lo que quizá quiere decir este pensamiento de
la posibilidad real.” (Ibíd., p. 150.)
5
Schmitt, op. cit., p. 64.
6
Ibíd., p. 65.
7
Es importante resaltar que, al hablar de enemigo, Schmitt piensa en el enemigo público, no enemistades privadas o
personales. El enemigo es el hostis y no el inimicus.
8
Derrida, op. cit., p. 160.
Schmitt señala precisamente esto cuando observa que “todo antagonismo u oposición religiosa,
moral, económica, étnica o de cualquier clase se transforma en oposición política en cuanto gana
la fuerza suficiente como para agrupar de un modo efectivo a los hombres en amigos y
enemigos”.9 Asimismo,
lo político puede extraer su fuerza de los ámbitos más diverso de la vida humana, de
antagonismos religiosos, económicos, morales, etc. Por sí mismo, lo político no acota un campo
propio de la realidad, sino sólo un cierto grado de intensidad de la asociación o disociación de
hombres.10
No existe así ningún contenido esencialmente político; nada es político en sí mismo y todo puede
devenir político. Y precisamente, para Schmitt no es el contenido lo que determina una
agrupación política, sino la posibilidad real del enemigo concreto. La unidad propiamente
política será aquella que marca la pauta en el caso decisivo, es decir, aquella que se “activa”
cuando la existencia física está en juego, amenazada por un enemigo real. La unidad política,
bajo la forma del Estado, es la que decide en el “momento de la verdad”, y su decisión consiste
en la separación entre amigos y enemigos. Por eso el término Ernstfall que ya mencionamos es
tan elocuente. La palabra alemana literalmente quiere decir “caso serio”: refiere al punto en que
se abandonan todos los juegos y las máscaras admitidos por una situación regular, el momento en
que empezamos a hablar en serio porque la vida biológica se pone en juego. En ese momento
excepcional, quien decida será soberano y la unidad en la que los hombres se agrupen será la
unidad política. Así, entonces,
la unidad política es por su esencia la unidad que marca la pauta, sean cuales sean las fuerzas de
las que extrae sus motivos psicológicos últimos. O existe o no existe. Cuando existe, es la unidad
suprema, esto es, la que marca la pauta en el caso decisivo. 11
9
Schmitt, op. cit., p. 67.
10
Ibíd., p. 68.
11
Ibíd. p. 73.
Esta desaparición del enemigo parecería adoptar, en principio, el aspecto de una paz mundial
hipotética. En la sección 6, Schmitt considera la consecuencia de una unificación de la
humanidad y un fin de la posibilidad misma de la guerra. En tal situación, la política misma
habría desaparecido de la vida humana. Un mundo en que la guerra deviniera impensable sería
un mundo sin política y sin Estado, pues los Estados existen siempre como una pluralidad de
potenciales enemigos. Un único Estado que rigiera todo el orbe perdería su cualidad estatal
porque no habría un enemigo al que contraponerse. Schmitt se muestra escéptico acerca de la
posibilidad de un Estado mundial, pero sobre todo denuncia como equivocada la tendencia a
creer que ese Estado sería resultado de una guerra mundial:
De hecho, Schmitt reconoce una motivación enteramente política detrás de esta tendencia a
valerse de la causa de la despolitización y la paz mundial. Se trata de la estrategia de hacer la
guerra en nombre de una humanidad unificada para excluir de esa humanidad al enemigo. Así,
Ya en la sección 3, Schmitt había reconocido esta estrategia de hacer la guerra por la paz
mundial y declararla la última guerra de la humanidad, señalando que
12
Ibíd., p. 83. Recordemos que Schmitt escribe la primera versión de esta obra en el período de entreguerras, en una
época en que era común la creencia de que la Primera Guerra había traído como resultado la paz mundial. Veremos
que esa paz no es sino una forma de la guerra disimulada.
13
Ibíd., pp. 83-4.
esta clase de guerras son necesariamente de intensidad e inhumanidad insólitas, ya que van más
allá de lo político y degradan al enemigo al mismo tiempo por medio de categorías morales y de
otros tipos, convirtiéndolo así en el horror inhumano que no sólo hay que rechazar sino que hay
que aniquilar definitivamente.14
Aquel Estado que declare que su guerra no tiene fines políticos no está luchando por la paz
mundial, como querría hacer aparecer, sino que ha encontrado una nueva forma de hacer la
guerra con intensidad inusitada. Pero lo que nos interesa resaltar es que Schmitt considera que,
de alguna manera, estamos aquí ante una desaparición del enemigo: “el adversario ya no se llama
enemigo, perop en su condición de estorbo y ruptura de la paz se lo declara hors-la-loi y hors-
l’humanité.”15 Que el enemigo desaparezca no quiere decir, entonces, que se ha alcanzado la paz
mundial y se han evitado las guerras, sino que se ha alcanzado una exacerbación de la hostilidad
que excede lo político. La hostilidad dirigida hacia el enemigo es tan intensa que éste ya no
puede seguir siendo llamado enemigo. “Enemigo” es la categoría política por excelencia, pero
aquí se está yendo más allá de la política; el conflicto con un enemigo dentro de los límites de la
política implica todavía una serie de garantías y una regulación de la guerra. En cambio, cuando
se va más allá de la política, cuando se declaran guerras despolitizadas, esas garantías
desaparecen y el enemigo, como quien percibe esas garantías, desaparece también. Se le llama
ahora bajo otro nombre.16 La humanidad aparecerá, así, como pacificada y despolitizada porque
ya no quedan enemigos, pero en realidad ha cambiado la violencia política por una violencia
peor.
Derrida reconoce esta misma situación en la que la hostilidad, en simultáneo, desaparece y queda
exacerbada en una hiper-hostilidad:
14
Ibíd., p. 66.
15
Ibíd., p. 106.
16
Veremos que la estrategia consistirá en reemplazar la categoría de enemigo por la de criminal.
17
Ibíd., p. 101.
Esa situación conduce a una proliferación de enemigos, precisamente porque no hay un enemigo
con el que confrontarse. Así,
La invención del enemigo, esta es la urgencia y la angustia, es esto lo que habría que lograr, en
suma, para re-politizar, para poner fin a la despolitización; y allí donde el enemigo principal, allí
donde el adversario “estructurante” parece inencontrable, allí donde deja de ser identificable, y en
consecuencia fiable, la misma fobia proyecta una multiplicidad móvil de enemigos potenciales,
sustituibles, metonímicos y secretamente aliados entre ellos: la conjuración. 18
La desaparición del enemigo conduce a una paradójica situación en la que coexisten la paz y una
guerra de intensidad inusitada en la que el enemigo, que ya no es el enemigo, corre el riesgo de
ser aniquilado. La paz mundial se confunde con la guerra total, y el enemigo se rebaja a la
categoría de criminal.
Esta desaparición del enemigo bajo el manto de la criminalidad conduce a la difuminación de las
categorías de guerra y paz. En efecto, el mundo puede aparecer como totalmente pacificado
cuando toda operación militar se hace en nombre de la paz, no contra un enemigo en pie de
igualdad bélica, sino contra un criminal que hay que exterminar porque interrumpe ese estado de
18
Ibíd., p. 103.
19
Ibíd., p. 132.
20
Ibíd., p. 133.
paz. La categoría de guerra se hace entonces difusa. El enemigo queda exacerbado al punto de
desaparecer, y el mundo queda sumido en un estado intermedio de guerra y paz. Los tratados de
paz de la postguerra
llevaron tan lejos el concepto de enemigo que acabaron no sólo con la distinción entre
combatiente y no combatiente, sino incluso con la de guerra y paz. Pero al mismo tiempo
intentaron legalizar por medio de pactos este estado intermedio, tan indeterminado y
deliberadamente mantenido en suspenso, y hacer como si jurídicamente fuese el status quo de la
paz normal y definitivo.21
Y como las potencias mundiales pueden, en su lucha contra los “criminales” violentos, hacer uso
de tácticas extra militares (como la propaganda o las sanciones económicas), se difumina la
distinción entre un accionar pacífico y un accionar bélico. Dice Schmitt:
Ya no es sólo que la declaración de guerra se torne peligrosa porque sitúa fuera del derecho a
quien la hace, sino que toda caracterización delimitadora de las acciones, tanto militares como no
militares, como “pacífica” o “belicosa” pierde sentido, ya que acciones no militares pueden ser
hostiles de la manera más eficaz, inmediata e intensa, en tanto que, a la inversa, acciones militares
pueden ser emprendidas dese la más solemne y enérgica pretensión de actitud pacífica. 22
De la misma manera:
Para quienes están en condiciones de imponer su voluntad y quebrar la de los demás con medios
extramilitares, por ejemplo mediate posibilidades de influencia y coacción económicas, resulta un
juego de niños evitar la guerra militar al viejo estilo, y si proceden militarmente, no tienen más
que afirmar con suficiente firmeza que les falta toda voluntad guerrera, todo animus
belligerandi.23
Así, esta paz libre de enemigo, o en la que el enemigo se pierde tras el rótulo de criminal, se hace
indistinguible de la guerra total. Esta última es el punto en que lo bélico se introduce en aquellos
ámbitos de la existencia que parecían serle externos (la economía, la propaganda, etc.),
difuminando la diferencia entre combatiente y no combatiente. Tiene toda la apariencia de la paz
porque, haciéndose total, la guerra deviene también invisible. A un enemigo se lo combate
militarmente en la transparencia de un campo de batalla; la guerra contra el enemigo-criminal es,
21
Ibíd., p. 136.
22
Ibíd.
23
Ibíd., p. 138.
por el contrario, difusa. De este modo, el recurrir a métodos extra militares para combatir al
enemigo-criminal no conlleva una disminución de la hostilidad, como podría suponerse, sino a
una exacerbación de ella. Ya no hay espacio de la vida humana donde la hostilidad no se
manifieste:
De manera similar, Schmitt ya había rastreado el estado intermedio entre paz y guerra total al
tratar la cuestión de la tecnificación del mundo, en el apartado “La era de las neutralizaciones y
de las despolitizaciones”. El hombre del siglo XX está convencido de que los avances técnicos
terminarán por hacer real una despolitización absoluta que tendrá el aspecto de la paz perpetua.
“Sin embargo”, objeta el autor, “la técnica no puede hacer otra cosa que incrementar la paz o la
guerra; está dispuesta a ambas cosas por igual, y el que una y otra vez se nombre y se conjure la
paz no cambiará nada. Hoy día vemos a través de la niebla de los nombres y las palabras con que
trabaja la maquinaria psicotécnica de la sugestión de masas”.25 Schmitt plantea entonces el
problema de una técnica cuyos avances pacificadores no pueden distinguirse de sus avances más
violentos y terribles; ya no podemos saber si la paz alcanzada en la despolitización técnica no es
en realidad una nueva y total forma de la guerra, más terrible de lo que era incluso imaginable.
Al respecto agrega Schmitt: “sabemos que hoy día la guerra más aterradora sólo se realiza en
nombre de la paz, la opresión más terrible sólo en nombre de la libertad, y la inhumanidad más
atroz sólo en nombre de la humanidad”.26
Así, ocurre que la despolitización (como desaparición del enemigo) conlleva una hiper-
politización (pues la hostilidad, elemento central de la política, se difumina hacia todos los
ámbitos de la existencia humana). Derrida recoge esta paradoja en su lectura de Schmitt:
24
Ibíd., pp. 138-9.
25
Ibíd., p. 121.
26
Ibíd.
¿Qué traicionaría el síntoma de neutralización y de despolitización (Entpolitisierung) que Schmitt
denuncia sabiamente en nuestra modernidad? En verdad una super o una hiperpolitización.
Cuanto menos política hay, más hay; cuantos menos enemigos hay, más hay. El número de
enemigos crece exactamente al mismo ritmo y en la misma proporción. 27
El enemigo absoluto
En las últimas páginas de Teoría del partisano, Schmitt da más precisiones sobre la figura del
enemigo “El enemigo no es algo que se necesite destruir por algún motivo y aniquilar por su
antivalor. El enemigo está en mi propio nivel. Por esta razón tengo que luchar contra él, para
definir la propia medida, el propio límite, la propia figura [Gestalt].”28 Nuevamente se pone de
relieve el carácter no absoluto de la enemistad: el enemigo no es alguien a quien se busca
aniquilar. De hecho, la aniquilación del enemigo sería una auto-aniquilación, pues necesito de él
y de la lucha contra él para definirme y ser quien soy. Si la guerra deviene tal que la aniquilación
del enemigo es su objetivo, es porque el enemigo ya es más que el enemigo. Es el enemigo-
criminal o el enemigo absoluto.
Schmitt señala que, antes de las guerras napoleónicas, los conflictos bélicos habían alcanzado
una serie de acotamientos (Hegungen) que hacían de ellos algo convencional y de carácter casi
lúdico. La guerra había devenido juego. El partisano del s. XIX, en cambio, es quien devuelve la
seriedad a la guerra, podríamos decir que reestablece el Ernstfall, y combate a un “enemigo
real”, en una “guerra real”. Si bien el partisano todavía está limitado en su hostilidad por su
27
Derrida, op. cit., p. 152.
28
Schmitt, Teoría del partisano, Buenos Aires, Prometeo Libros, 2016, p. 88. En ese mismo pasaje, Schmitt da una
definición adicional del enemigo: “El enemigo es nuestra propia pregunta como figura”. (Ibíd.) Derrida ha
reflexionado acerca de esta definición (que también aparece en “Sabiduría de la celda”, parte de Ex captivitate
salus). El filósofo francés señala que “[la pregunta] está planteada, se le plantea a alguien, alguien se la plantea
como un ataque, un agravio, la premeditación de un crimen, un volver a poner en cuestión a quien pregunta o se
interroga. Se la plantea uno a partir de la ruptura con el otro o de la infracción del otro. No puede uno interrogarse
sobre el enemigo sin reconocerlo, es decir, sin reconocer que está alojado ya en la pregunta. El enemigo habita o se
alberga en la pregunta” (Derrida, op. cit., p. 188). Derrida parece decir que la pregunta siempre contiene la
posibilidad de que yo devenga pregunta o cuestión para el otro. Podríamos decir que ése es su Ernstfall: el momento
en que el otro me convierte en una cuestión para él y por tanto ese otro deviene mi enemigo.
carácter telúrico y su interés en un espacio acotado, el revolucionario del s. XX, cuyo ejemplo
eminente es Lenin, abandona las últimas regulaciones y limitaciones de la hostilidad, y se
entrega al combate contra un enemigo absoluto: “La guerra de la enemistad absoluta no conoce
regulaciones [kennt keine Hegung]. La ejecución lógica de una enemistad absoluta le da su
sentido y la justifica. La cuestión entonces es: ¿existe un enemigo absoluto, y quién es en
concreto?”29
La guerra contra el enemigo absoluto, que lleva adelante el partisano del siglo XX, sólo puede
culminar con la aniquilación de uno de los dos bandos: “El partisano moderno no espera ni
derecho ni merced de su enemigo. Ha dado la espalda al a enemistad convencional de la guerra
domesticada y regulada y se desplazó hacia una enemistad diferente y auténtica, que por terror y
contraterror se potencia hasta la destrucción”.30 Schmitt lamenta la progresión hacia la
absolutización de la enemistad como una pérdida para la humanidad, pues con las convenciones
que regían la guerra hasta el s. XIX, “la humanidad europea había logrado algo raro: la renuncia
a la criminalización de la enemistad, la negación de la enemistad absoluta. Es algo muy raro e
incluso increíblemente humano conseguir que la gente renuncie a la discriminación y a la
difamación de sus enemigos.”31
El partisano pone en cuestión las convenciones y regulaciones y se entrega a una lucha de mutua
criminalización. Nuevamente las categorías que rigen lo político se difuminan, porque el
enemigo desaparece tras el rótulo de criminal. Derrida ha notado precisamente este movimiento
en el análisis de Schmitt:
Tanto en la guerra civil como en la guerra colonial, [el partisano] trasforma el concepto de
hostilidad convencional y enturbia las fronteras de esta. El partisano no es ya, aparentemente, un
29
Schmitt, op. cit., 2016, p. 58.
30
Ibíd., p. 19.
31
Ibíd., 91-2. Es interesante considerar dónde adjudica Schmitt la responsabilidad de la pérdida de las regulaciones
de guerra. Su posición hacia el partisanado es marcadamente ambigua, y oscila entre la condena y la profunda
admiración (ambigüedad notable sobre todo en el tratamiento de las figuras de Lenin y Salan). Y si bien parecería
que hace responsable a los partisanos por extremar la guerra, en un pasaje deja en claro que el partisano se ve
empujado a la irregularidad y a la extrema enemistad por un Estado que lo ha despojado de sus derechos: “El que
fue convertido en persona sin derecho busca su derecho en la enemistad. En ella encuentra el sentido del asunto y el
sentido del derecho cuando se rompe la carcasa de protección y obediencia en la que había vivido o se destroza el
tejido de normas de legalidad del cual hasta este momento había podido esperar derecho y protección jurídica.
Entonces termina el juego convencional” (Ibíd., p. 92).
enemigo, y no tiene enemigo en el sentido clásico del término. La hostilidad real llega en
adelante, mediante el terrorismo y el contraterrorismo, hasta la exterminación. 32
Finalmente, Schmitt vuelve sobre el problema de la técnica que ya había tratado en El concepto
de lo político. Puntualmente, en Teoría del partisano, Schmitt plantea que las armas que los
hombres utilizan unos contra otros han alcanzado una sofisticación técnica tan alta, un poder de
aniquilación tan enorme, que la criminalización del enemigo es ya inevitable. En efecto, sólo si
se lucha contra un enemigo denostado moralmente y criminalizado es que se justifica el uso de
las armas de destrucción masiva. La única manera de no parecer un monstruo abominable al
utilizarlas es asegurar que el monstruo abominable es el enemigo. Así,
las personas que se ven obligadas a emplear estos medios contra otras personas se ven obligadas
también a destruir a estas otras personas, es decir, a sus víctimas y objetos, de manera moral.
Tienen que declarar como delictivo e inhumano al lado opuesto, como un completo antivalor. De
otro modo, ellos mismos son delincuentes y monstruos. La lógica del valor y antivalor desarrolla
toda su consecuencia devastadora y fuerza discriminaciones, criminalizaciones y deméritos
siempre nuevos, cada vez más intensos, hasta la aniquilación de toda vida no digna. 34
Como vimos más arriba, el enemigo se caracteriza por no ser un antivalor, sino alguien que
coloco en pie de igualdad conmigo para poder definirme en la lucha contra él. Si entramos en la
lógica de valor y antivalor es porque la categoría del enemigo se ha difuminado, y con ella se ha
difuminado la política, que no es otra cosa que la posibilidad latente de una lucha contra un
enemigo claro y bien definido (un enemigo concreto). Pero esta desaparición del enemigo y esta
despolitización no se diferencian de una hiper-hostilidad y una hiper-política. El enemigo
desaparece porque se lo lleva al extremo: “en un mundo en el que los compañeros se empujan el
uno al otro hacia el abismo del demérito total de este modo antes de aniquilarse físicamente,
32
Derrida, op. cit, p. 163.
33
Schmitt, op. cit., 2016, p. 92.
34
Ibíd., p. 94.
tienen que crearse nuevos modos de enemistad absoluta. La enemistad se volverá tan terrible que
a lo mejor uno ya ni pueda hablar de enemigo o enemistad”.35
En una situación así, nuevamente, un mundo pacificado (donde ya no hay enemigo contra el que
luchar) deviene indistinguible de un mundo sumido en una guerra absoluta (donde se lucha
contra un criminal que debe ser aniquilado y que busca aniquilarnos).
Conclusión
Asimismo, hemos rastreado esta conclusión en la obra Teoría del partisano, donde Schmitt
introduce la categoría de enemigo absoluto. El partisano combate contra un enemigo al que no le
concede derecho alguno y del que no espera una concesión semejante. En ese sentido puede
decirse que, al exacerbar la hostilidad, el partisano supera la categoría de enemigo. Con ello,
supera también la política, pero lo hace precisamente porque su compromiso político está
extremado. La guerra de y contra partisanos es una expresión de la hiper-política.
35
Ibíd., p. 94.
Bibliografía